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La religiosidad en la poesía de Salvador Rueda

Francisco José Ramos Molina




«Las de la lira; y sus bordes,
también la lira semejan.
Pues como ves ese asombro
Detrás de la lira griega,
¡al través de la Poesía
hay que ver la vida entera!»1.


(Gracia, personaje de Vaso de Rocío)                






Podemos afirmar sin ambages que la poesía de Salvador Rueda no se puede entender en toda su plenitud sin la consideración del tema religioso como fundamental. Y, más en concreto, sin la presencia de la religiosidad católica. Manuel Prados, que lo trató en vida, afirma: «Salvador Rueda fue profundamente religioso: [...]»2. Y Salvador Rueda escribe para corroborarlo:


«Como rimaron, alegres,
con las costumbres paganas
músicas de monocordios».


Habría que estudiar si Sandoval conoció a Espronceda, lo que sí es seguro es que es uno de sus autores leídos. En el número 5, pág. 72, se incluyen dos sonetos, uno de ellos que exalta la hermosura de la amada es un reflejo del «Canto a Teresa» y de la poesía de Espronceda:


«¿Vistes en el pensil fresca y lozana
Mecida por el aura vagorosa
Abrir su cáliz la naciente rosa
Al nacarado albor de la mañana?».


No sólo el léxico, sino los grupos oracionales rememoran la influencia del mejor poeta del primer romanticismo: «dulce aroma», «en pos de la ventura», «vaga en torno de mí tu imagen pura», «La tierna flor de su ilusión perdida».

A pesar de esta marcada influencia es la poesía de Sandoval la que mejor muestra el espíritu del romanticismo en la revista. La poca brillantez del resto y las adversas circunstancias, parecidas a las demás provincias en similares casos, hicieron que este nuevo intento de crear una prensa literaria durase poco tiempo.


«de liras, sistros y flautas,
rima, en concepto sublime,
con nuestra Iglesia cristiana, el órgano polifónico
con sus cien trompas sagradas.
Ecléctico en religiones,
el arte, en todas, me agrada;
mas prefiero la de Cristo,
pues son mi palio sus alas»3.


(«Mi religión», p. 135, I)                


Muy alejada de la interpretación que vamos a ofrecer aquí quedan las palabras de Miguel D'Ors4, así como las de don Rafael Espejo-Saavedra5. No obstante, opinamos que cualquier posible polémica queda dilucidada por esta consideración de Salvador Rueda:

«Somos esclavos del plano en que vivimos: él forma nuestra inclinación, modela nuestro temperamento, cuaja de un modo determinado nuestro carácter: y acaso, a haber sido mi cabeza, de recienacido (sic), bautizada por la luz del sol a gran altura y teniendo por pila bautismal el cielo, se deba el amplio fondo religioso de mis poesías cuando cantan a la Naturaleza y a las maravillas del Universo»6.


Para Salvador Rueda la naturaleza7 es la manifestación de la presencia divina en la tierra, hasta el punto de que cualquier ser de la naturaleza es necesario, puesto que es creación de Dios. De ahí que los insectos o las culebras sean dignas de canto.

Al tiempo que Dios es el Creador Supremo de la naturaleza, el vate es el creador del ritmo, del canto a los seres de la Creación que es la poesía. Anotamos varios poemas en los que Salvador Rueda asemeja la creación poética a la creación divina:


«Quiero cortar mi pluma del palmeral sagrado
que está por Dios ungido, por Dios santificado,
para trazar mis himnos cual páginas de amor».


(P. 6, I)                


Estamos ante una cita del poema «La palma». Obsérvese que habla de música, de ritmo («himnos»), y que entiende a Dios como amor. Así lo recrea «El poema a la mujer», lo católico aparece en forma de metáfora a través del amor, pues el poemario responde al ciclo completo del amor humano, desde el enamoramiento en «Cadena de rimas» (p. 29, I), hasta la unión carnal en «Cópula eterna» (p. 30, I), pasando por el nacimiento («Nacimiento» p. 31, I), el matrimonio («Lo que es casarse», p. 63, I), o «Fiestas nupciales» (p. 98, I), y, cómo no, la muerte («Lejano amor», p. 31, I).

«El revivir de las colmenas» (p. 93-5, 1) es el revivir de la creación natural, humana, poética. Hay un paralelismo entre la mujer, tejedora de telas; las abejas, creadoras de miel, y el poeta, creador del ritmo poético.

«La colmena» (p. 154-6, 1) relaciona la vida monacal con las abejas:


«En su claustro obscuro,
poblado de celdas,
igual que las monjas
reviven las abejas».


(P. 154, I)                


El faro concreto de Tabarca, en «El faro de Tabarca» (pp. 114-7, I) cobra una dimensión trascendental cuando es: «[...] / ¡faro, que eres palabra de los mares, / y luz de Dios, entre la noche oscura!8» (p. 114, I).

Aparece también la imagen de Dios asociada a Lázaro como símbolo de renacimiento. La Naturaleza renace en cada primavera, cual Lázaro. Efectivamente, el momento culminante de la Creación es la primavera y a ella, como estamos viendo, dedica Salvador Rueda muchos poemas. Así ocurre en «Galop»:


«Generador de vidas, Mayo brillante,
que el gran crisol materno, Naturaleza,
de sus varias semillas saca triunfante,
y de las sabias leyes de su belleza».


(P. 288, II)                


El agua, elemento iniciático de la vida católica, es también considerada fuente de vida. El poema «La música de Granada» (p. 286, II) no canta otra cosa sino el sonido de su agua.

En «Fantasía» (fragmento de un poema) (pp. 244-5, I) el vate imagina el nacimiento del idioma español a partir de las manos de Dios que lo sembró en Castilla y, como espigas de trigo, creció. Se une aquí lo religioso con lo nacionalista.

Es el poeta quien aprende de la Naturaleza en «Los panales» (pp. 256-7, II). Las abejas hacen poesía con sus ritmos sonoros:


«Y, al ver las santas tablas, de miel y ley repletas,
que fingen los panales dorados por el día,
avergonzados bajan la frente los poetas,
y aprenden de un insecto dulzura y armonía».


(P. 257, II)                


Asemeja el panal al logaritmo matemático y al misterio filosófico, pero no elude la referencia católica como superior a estos. El panal es el vate creador, pero también las santas tablas, superiores al poeta. «El ave lira» (p. 258, II): «En su plumaje, que hacia Dios levanta, / la inspiración divina se refleja» (p. 258, II).

Prácticamente todos los animales que aparecen en la poesía de Salvador Rueda tienen una referencia religiosa divina. El poemario La procesión de la Naturaleza es una manifestación clara de lo que decimos.

Los camellos, que llevaron a los Reyes Magos ante Jesús, los insectos, el avestruz. El cóndor, el pavo real, el cisne, el ibis, las arañas o los gusanos de seda, el león, el caballo, el elefante -torre bíblica-, la cigarra, los árboles, las palomas, los reptiles, porque:


«En el fondo de las víboras Dios sembró chispas de gracia,
Dios sembró lo noble en todo lo feroz que el orbe encierra,
y el que tiene de la lira milagrosa la eficacia,
de amor hace que palpiten los venenos de la tierra».


(P. 275, II)                


Este es una de las claves del pensamiento católico de Salvador Rueda. El amor como fuerza que combate el veneno-mal de la tierra. Cristo es el pastor que inunda de amor el mundo. De ahí que Salvador Rueda guste de cantar a los seres más ínfimos, mal vistos socialmente, a los pobres y dañinos porque son criaturas divinas que el amor vence y, porque, no en vano, es lo que hizo el hijo de Dios. Cambíese el apellido de Lorca por el de Rueda y parecerá que don Cristóbal Cuevas está hablando sobre el de Benaque:

«Lorca está dispuesto a ver a Dios pequeño y en lo pequeño. Cuando acepta lo religioso en uno de los momentos a que antes aludíamos lo hace siempre dentro de esta intimidad. En los años en que renace el arco de triunfo, labra Alonso Cano sus virgencitas, preciosos ejemplares de virtud e intimidad. [...] Es fray Luis quien, en la "Introducción al símbolo de la fe", habla de cómo resplandece más la sabiduría y providencia de Dios en las cosas más pequeñas que en las grandes. Humilde y preciosista, hombre de rincón y maestro de miradas, como todos los buenos granadinos»9.


Como corroboración de lo que decimos sobre la concepción del amor católica de Salvador Rueda el poeta de Benaque compone El poema del beso (pp. 949-978, III); cincuenta sonetos dedicados a la realización del amor divino en la tierra: el beso, como expone en «El beso de Dios» (p. 978, III):


«Fue el ósculo de Dios fiat que, vehementemente,
incendió los sistemas planetarios,
que arderán en los tiempos milenarios,
pues su beso es la vida permanente».


(P. 978, III)                


Es el beso de Dios, su fiat, su «hágase» iniciático que dará la vida eterna: el amor. Con él Dios:


«Fundó el amor, ungió los corazones;
y, girando a más altas creaciones,
el beso se deslía, se deslía...».


(P. 978, III)                


Que Rueda quiso escribir y divulgar el «poema del amor entre los hombres», como código poético, es indiscutible10.

Quizá sea, precisamente, en el amor donde se igualan las religiones, como ocurre con la doctrina musulmana, a la que dedica un soneto -«El surtidor de perlas» (p. 954, III)- y en la que destaca la asociación amor-beso (cfr., 954, III).

Dentro de esta concepción divina de la poesía -y de la vida- el poeta es un instrumento de Dios y está obligado a cantar la Creación11. Así lo leemos en:


«Y si, teniendo un arpa sublime y soberana,
no cantan de los hombres la lucha sempiterna,
baje sobre tu pecho la execración humana;
caiga sobre tu frente la maldición eterna».


(P. 279, II)                


La estrofa del poema es «donde Dios se eleva trocado en poesía»:


«Es un ara pura cada flor o estrofa
donde Dios se eleva trocado en poesía,
y quien hace, innoble, del acento mofa,
a Dios no comulga, que es pan y armonía».


(P. 437, II)                


«Modo de ver a Dios» (p. 384, II) es definitorio y definitivo sobre este tema. Dios es lo más cercano al vate:

(P. 299, II)                




Dios vive en todo, pero está en la frente
más que en la piedra; y más intensamente
que en pájaro feliz, vibra en el verso.

Es Dios, en la unidad de cuanto expresa,
El pasador que todo atraviesa,
Y redondo abanico del Universo».


(P. 384, II)                


Tal es la importancia de la poesía relacionada con lo divino que:


«Si en gruta sombría que el sol no hermosea
de Cristo encerraran la efigie y la idea,
y el arte no diese su luz a los dos,
el alma del hombre volviérase atea,
pues sin arte excelso, tal vez no hay quien crea
ni en aras, ni en cielos, ni en Cristo, ni en Dios».


(P. 549, II)                


La relación del poeta con la divinidad es manifiesta en estos versos, donde Salvador Rueda queda situado junto a la espiga divina, Espíritu Santo:


«Está ritmificado del vate ser divino
por músicas cuadrículas de origen peregrino;
desde el Misterio viene timbrado en formas mil;
mi espíritu es la espiga que viene acordonada,
como una flauta de oro simétrica y bordada,
que tocan los dos labios del céfiro sutil».


(P. 606, II)                


Pues bien, estamos plenamente convencidos de lo que acabamos de afirmar y corroborar con múltiples ejemplos, botones de muestra que podrían ser aumentados en cantidad, pero también tenemos que decir:



«-Yo he mirado a la tierra, al mar, al cielo,
como me dice la escritura santa,
y no he visto a ese Dios grande y sublime
que los martirios calma.

Devorando en silencio mis dolores
he vertido al llamarle tristes lágrimas,
y abrazado a la cruz, le he suplicado
sin que escuche mis ánsias (sic).

-Ni abrazado a la cruz a Dios se implora
sin vivir de la fé bajo las alas,
ni los ojos del hombre verlo pueden
del mundo en la morada.

Para invocar a Dios y bendecirle,
para escuchar su angélica palabra,
para verle ¡insensato! hay que buscarlo
con los ojos del alma!»12.


Este poema, de sus primeros tiempos, no ofrece duda: se ve a Dios con los ojos del alma, en nuestro interior reside Dios, no lo podemos tocar. El poeta de los sentidos afirma que Dios no se percibe por los sentidos que nos relacionan con el mundo exterior, sino con el alma, con el espíritu. Y esto no es más que la demostración del profundo sentido religioso de Salvador Rueda, que hará extensivo a la Naturaleza, como venimos diciendo.

Amparo Quiles13 afirma:

«Su madre es la referencia obligada, la ligazón a la tierra y ala naturaleza y el motivo de sus viajes anuales a Benaque. Por ella sentía el poeta una profunda y casi religiosa veneración, idolatrándola hasta un grado sumo. Esta "casi religiosa veneración" que Amparo Quiles observa en las cartas personales de Salvador Rueda se hace patente y obvia en su poesía, donde con toda claridad encumbra a su madre al estadio de divinidad femenina, Diosa».


En el mismo sentido se expresa don Manuel Prados, quien afirma que «Rueda veía a su madre como a una Virgen, como a un modelo de belleza, como a un arquetipo maternal. [...] no era ya amor, sino adoración, lo que a Rueda inspiraba su madre»14.

El poemario «El libro de mi madre» (pp. 341-379, II) ensalza la figura materna desde su enfermedad hasta el ascenso a divinidad. El poeta iguala su madre a María, madre de Dios. Diviniza sus manos en cuanto que hacedoras de vida:


«Esas manos divinas, de Dios hechura,
cuatro veces bañólas luz soberana;
¡manos de casta virgen, de madre pura,
de viuda doliente y excelsa anciana!».


(P. 343, II)                


Su madre vale «Más que todo» (p. 348-9, II), como titula uno de sus poemas, pues es la única que se iguala a Dios, a través del amor que simboliza el beso de una madre, guía del amor divino:


«-Un beso de mi madre vale más glorias;
los imperios se forman de luto y lágrimas,
y a Dios encierra un beso cuando lo brindan
las bocas maternales de risas santas».


(P. 349, II)                


Ante el advenimiento de la muerte de su madre en «Mater purissima» (pp. 349-354, II) el poeta idealiza a su madre hasta lo sumo en «Cómo quisiera que fueses» (pp. 355-7, II):


«Y esa esencia inmarchita que te mantiene
no es que yo en mi arrebato me la imagino;
como un prodigio humano, tu cuerpo tiene
algo eterno, impregnado de algo divino».


(P. 355)                


Y lo hace de modo consciente, conocedor de la eternidad de la palabra poética:


«No has de morir; tus líneas idolatradas
yo encerraré en estrofas de urdimbre fuerte;
con versos más pujantes que las espadas
disputaré tu imagen hasta a la muerte».


(P. 356, I)                


La madre de Salvador Rueda muere el 27 de septiembre de 1906, así titula su canto VIII. Tras «El Domingo de Ramos» (pp. 364-7, II) esplendoroso con su madre y triste por su ausencia, y «Brindis sagrado» (pp. 367-370, II), donde siente la pérdida irrevocable, la presencia de la muerte; Salvador Rueda le rinde tributo a su madre con «Las andas de mi madre» (pp. 371-4, II) e «Himno de Gloria» (pp. 374-6, II), y termina con la universalización de su madre en todas «Las madres» (pp. 376-9, II). Ya en 1880 escribía Rueda:


«Ojalá que al rendirse nuestras almas
cansadas de sufrir,
como se abrazan al chocar las palmas
nos juntemos los dos para morir»15.


«Para el "poeta de la naturaleza" -que no "naturalista"- el hombre constituye un elemento más del "Gran Todo", y, cuando aparece, lo hace, no en su dimensión biográfica, sino en su aspecto biológico (recuérdese el poema "La herrada", cuyo tema reelabora Rueda varias veces). De ahí que el tiempo humano -tiempo determinado por la conciencia de la muerte- apenas aparezca en su poesía: lo único e irreversible no tiene cabida en su cosmovisión»16.


Vamos a ofrecer múltiples ejemplos de que esto no es así. Lo que ocurre es que don Rafael Espejo no contempla la importancia de lo religioso en la obra de Salvador Rueda dentro de la dimensión adecuada. La muerte, el tiempo, está interpretado desde lo religioso. El poema dedicado a su madre, donde aparece la muerte en sentido católico es un buen ejemplo de ello.

La religiosidad de Salvador Rueda a través de sus poemas contempla la muerte como un paso inevitable de la vida. La muerte se relaciona con la reencarnación o resurrección que se observa en varios poemas, verbi gratia, en «Escalas interiores» (pp. 238-240, I).

«La fiesta triste» (pp. 241-2, I) y «La muerte de un ángel»17 tratan el tema de la muerte de un pequeño ser.

Los poemas que se agrupan bajo el epígrafe de «En el hospital» (pp. 308-319, II) desarrollan el tema de la enfermedad y la muerte incierta.

«El enigma» (pp. 442-4, II) plantea la duda de qué hay tras la muerte. Salvador Rueda expresa su deseo de una nueva vida.

En «El andar de la materia» (pp. 526-8, II) el poeta desarrolla su concepción de la reencarnación, el renacimiento de la materia:


«Desde el principio obscuro de las edades, viene,
quizás, el hombre en varia, perenne mutación,
igual que una película de líneas, y pasando
de mariposa frágil hasta elefante atroz».


(P. 527, II)                


En cualquier caso la muerte también forma parte del mundo religioso de Salvador Rueda, pues es un medio para alcanzar la vida eterna, así se puede leer en «La dignidad de la muerte» (p. 989, III), en «Desaliento»18, o en:


«Dichoso el que a la muerte se abraza con empeño
y al mundo y a la vida si adios (sic) postrero dá;
felices los que gozan del mas (sic) sabroso sueño;
dichosos los que mueren, feliz el que se vá!»19.


Es más, Salvador Rueda se manifiesta contra la pena de muerte desde la esencia católica:


«Quien, por decreto, róbale la vida
un ser que Dios creó, lleva el pecado
de dejar con su pluma desangrado
el orbe entero, por la roja herida.
Dejar a un ser el alma suprimida
Por horrible dogal sobre un tablado
O darle muerte, ciego y maniatado,
Es el crimen total de un homicida».


(P. 984, III)                


No obstante, Salvador Rueda, poeta de los sentidos, de una religiosidad mediterránea, aboga por un catolicismo alegre, casi festivo y huye, por tanto, del Cristo clavado en la cruz que sufre. Ejemplos de ello los podemos leer en «La risa de Grecia» (pp. 480-4, II). Esto se hace más patente, si cabe, en «La fiesta de las Palmas» (pp. 496-9, II), donde hace un alegato por un catolicismo alegre, festivo, muy propio del mediterráneo:


«¿Por qué adornar los templos de efigies doloridas,
de muecas espantables, de llagas encendidas,
de duras contorsiones y lágrimas de hiel,
y no mostrar de Cristo la cándida ternura,
y el habla que es un rico panal de luz y miel?».


(Pp. 497-8, II)                



«En vez de ornar sus ojos de lágrimas crueles,
trazad, nobles artistas, a golpes de cinceles,
su vida hecha de risas y luces del edén,
su esencia milagrosa de niño y de profeta,
de rey de la palabra y angélico poeta,
a quien de Dios la mano doró la augusta sien».


(P. 498, II)                


El poema de las rosas (pp. 829-839, III) viene encabezado por una cita bíblica adaptada, por no decir tergiversada.

La cita de Salvador Rueda es «Florete quasi lilium. (Frase de Jesús)» (p. 829, III), que aparece en el Eclesiástico, 39,19, del Antiguo Testamento, y dice exactamente, en latín:


«Florete flores quasi lilium
Date vocem et collandate canticum
Et benedicte Dominum in omnibus operibus suis».


En la versión española, esta misma cita, Eclesiástico, 39, 19 se traduce: «Las obras de todo ser viviente están ante Él y nada puede ocultarse a sus ojos».

Las rosas son la máxima manifestación de la alegría divina:


«Sois la gran negación de la tristeza,
¡Oh rosas, en los tallos replegadas!;
al capullo magnífico asomadas,
sois la risa del sol que a abrirse empieza».


(P. 829, III)                


Y es que El poema de las rosas es otro poemario que merecería un análisis más pormenorizado por su significación en la concepción católica de la poesía de Salvador Rueda y que aquí tan sólo apuntamos su importancia por la idealización de la Naturaleza, en cuanto que expresión de la voluntad de Dios, que supone la rosa, manifestación de la concepción alegre de la religiosidad de Salvador Rueda. Este poemario, en definitiva, explicaría o sería la base para explicar la constante presencia de la rosa en la poesía de Salvador Rueda.

Varios son los poemarios de Salvador Rueda dedicados íntegramente a lo religioso, además de muchísimos poemas individuales en los que trata objetos de la liturgia católica o pasajes bíblicos. La Nochebuena, en «La cena aristocrática» (pp. 243-4, I) donde se cita lo malagueño y andaluz y en «La Noche-Buena»20, sirvan de botones de muestra.

Salvador Rueda ve peligro en la sociedad de su época, por ello invoca a Jesús para que se deifique y expulse a los mercaderes del templo de nuevo en «Los mercaderes del templo» (p. 383-4, II). «El Jueves Santo» (pp. 530-2, II), con «El lavatorio.- La jura del misal» (pp. 530-2), sobre el episodio del Triduo Pascual, día en que la Iglesia Católica conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena de Jesús. Y «Resurrección» (pp. 532-4, II) son otros ejemplos de la presencia de episodios bíblicos en la obra de Rueda, quien demuestra profundo conocimiento del catolicismo en «Mujeres de nardos» (pp. 72-3, I), donde hace alusión al Cantar de los cantares y a todas las que adoran los nardos21.

Entre los poemarios dedicados al tema religioso nos encontramos con «Lira religiosa», donde nos habla de las monjas y la oración, de la Cuaresma, la Pasión y Resurrección de Jesús, de la liturgia, de León XIII, en diez poemas perfectamente estructurados.

Igualmente organizado encontramos el poemario Sierra Nevada, que tiene un discurso completo y unívoco. Es un ascenso a la cima de lo católico. El poeta parte desde la impureza de lo terrenal: «Rendido llego a ti, Sierra Nevada, / llena de lodo el alma que fue pura» (p. 617, II).

Rechaza lo terrenal representado por los libros («La tristeza de los libros»), las pasiones humanas («El dolor de la lucha»), el juego y el dinero («El juego»), las mujeres como salvación («Las mujeres»), «El arte», «Los viajes», la mentira, en «La eterna mentira».

Ante tal abandono de lo terrenal, el vate, en «Miserere mei» clama a la naturaleza para que lo socorra y lo rehaga:


«Deshazme, y otra vez déjame unido,
como vaso en mil chispas que, fundido,
sale otra vez más claro y transparente».


(P. 622, II)                


Es el poeta purificado por la Madre divina en, precisamente, el número diez de los sonetos, titulado «Purifícame».

Si los nueve anteriores los ha dedicado a la huida de lo terrenal, los nueve siguientes (del XI al XIX) son los poemas del nuevo ser purificado en común-unión con la naturaleza, a través del baño, el agua purificadora, los pájaros, las flores, el picacho del Veleta y el Mulhacén, en un claro ascenso desde lo terrenal a lo más cercano al cielo.

Termina Sierra Nevada con «La suprema sabiduría», el poema número XXI, que es el supremo renacimiento, la nueva vida renacida:



«Bebí todas tus íntimas esencias,
infiltré en mi virtud todas tus ciencias,
me hice hombre nuevo al sol de tus montañas.

Y siento, en lo profundo de mí mismo,
Su estrépito de aguas de bautismo
Que otra vez siembra a Dios en mis entrañas».


(P. 629, II)                


Culmina así el ascenso a lo divino en una estructura de 9+1+9+1 donde el uno es la purificación, en cuanto que culminación de deshacimiento humano, y en cuanto que fin de la inmersión en la naturaleza y la comunión con Dios.

Son varios los elementos comunes relacionados con lo religioso que observamos en la poesía de Salvador Rueda, algunos han quedado siquiera apuntados. No quisiéramos dejar de señalar dos sustancias que consideramos fundamentales: el pan (cereales) y el vino. Efectivamente, la poesía de Rueda está envuelta de cereales (trigo, especialmente, espigas...) y de vino (uva), que a nuestro modesto entender no son ni más ni menos que el cuerpo (pan) y la sangre (vino) de Cristo, símbolos eucarísticos esenciales de la liturgia católica. Rueda logra desarrollar este paralelismo simbólico de modo consciente a lo largo de sus composiciones poéticas partiendo de elementos del cultivo andaluz para trascenderlos a universales dentro de su concepción católica del universo.

A este respecto, Bienvenido de la Fuente analiza el poema «El pan», contenido en Lenguas de fuego22. El carácter divino del pan que nosotros fundamentamos dentro de la concepción católica de Rueda, Bienvenido lo interpreta en la línea de hacer bello lo cotidiano, de idealización del objeto hasta tal punto que se le otorga un carácter religioso: «En los doce cuartetos dodecasílabos aconsonantados pone Rueda toda su alma y toda su fantasía en aras de ensalzar y glorificar el pan, alimento cotidiano»23.

Bienvenido explica la relación de este poema concreto, «El pan», con lo religioso; pero en ningún momento interpreta la religiosidad como característica general relacionada con la visión de la naturaleza de Salvador Rueda. La religiosidad es un mecanismo o estrategia de elevación de lo cotidiano a poético24. Tal es la interpretación de este crítico que afirma que Rueda llega a «[...] caer en un abierto panteísmo...», pues identifica el pan con Dios. Efectivamente, pero si consideramos la poesía de Rueda en su extensión, no solamente este poema, veremos que en otras ocasiones, como ya hemos señalado el vino también está asociado a Dios, lo que nos remite a la simbología católica del pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo, respectivamente.

«Como elemento de gran importancia en las impresiones visuales de la poesía de Rueda se halla la luz. Toda su obra está presentada en un ambiente iluminado. Luz fuerte, lo más intensa posible, que ponga de relieve el exterior de las cosas que quiere describir»25. Luz intensa, tan intensa como la iluminación de Dios que reciben todas las cosas. Es una luz divina cuyos haces Dios expande para que su creación sea resplandeciente y bella. Armónica en su expresión poética. Música celestial iluminada.

Augusto Martínez Olmedilla ya intuía, allá por 1928, la importancia de lo religioso en Salvador cuando hablaba de un «misticismo panteísta» en La musa26 y afirmaba:

«Dios, el Hombre, la Naturaleza: he aquí la gran trilogía que parece compendiar toda la producción del poeta y ala cual han ido siempre dirigidas sus estrofas. Rueda es un místico, pero con misticismo amplio y profundo, que abarca la totalidad de las grandes abstracciones: la Divinidad que crea y preside, la Humanidad que lucha y padece, el Cosmos que envuelve y sojuzga»27.


En el lado contrario se sitúa alguien que conoció directamente al poeta, don Manuel Prados. Respecto a este panteísmo que algunos defienden en la poesía de Rueda, Manuel Prados clarifica con las siguientes palabras que nosotros corroboramos:

«Rueda fue un hombre puro y sencillo, un cristiano a ultranza, pese a su lirismo que algunos creyeron panteísta y que no fue sino católico, en el sentido de universalidad de la palabra. Todo otro sentido de la misma es insidioso. Rueda no adoraba las cosas, sino a Dios en las cosas. Mejor dicho, relacionaba de continuo la belleza con la divinidad»28.






 
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