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Tercer grado del desarrollo del hombre: el adolescente


Hasta aquí, la educación del niño ha sido el único objeto de los cuidados de sus padres y de su familia. En la época de su vida que vamos ahora a estudiar, el hombre, considerado como unidad, debe ser instruido por medio de la escuela, no tan sólo en sus relaciones individuales, sino también en la manera cómo forma parte de la grande y general unidad. Hay, ante todo, que consultar sus tendencias y sus aspiraciones, consideradas primero con relación al

individuo, y después con relación al ser general de las cosas. Tal es la enseñanza propiamente dicha, y la esencia misma del grado que pasamos a examinar.

El hombre aprenderá, pues, a conocerse y a conocer los objetos del mundo exterior, no solamente por la manifestación de su ser, por la de los objetos exteriores y por las leyes particulares que los rigen, sino también por la manera cómo la ley eterna se revela en su unión: se convencerá él de esto mediante datos positivos o indiscutibles. He ahí la significación que damos nosotros a la voz escuela. Por la escuela, pues, adquiere el hombre el perfecto conocimiento de los objetos exteriores, según las leyes generales y particulares que les son propias. Por el examen de sus propiedades exteriores, descubrirá sus propiedades interiores, deducirá de lo particular a lo general, y de la multiplicidad de los objetos a su unidad. No queremos, por la voz escuela, hablar exclusivamente de una clase, como tampoco, al insistir por que el niño vaya a la escuela, pretendemos alejarlo absolutamente de su familia. No, queremos solamente hablar de la necesidad de iniciar al niño, ya adolescente, en una serie de conocimientos sucesivos, con un fin bien determinado.

El hombre a quien se le ha asignado una vocación que debe esforzarse por cumplir, está por su naturaleza obligado a progresar de continuo, y a elevarse por grados al punto culminante a donde Dios le llama. Cada uno de estos grados ve perfeccionarse, en cierta medida, la aptitud despertada y desarrollada ya en el grado precedente. Bajo la inspiración de la enseñanza de la escuela es cómo se desarrollan sobre todo la actividad, la fuerza de voluntad, y la fuerza creadora del adolescente.

Querer no es para el hombre otra cosa que el proyecto decidido de marchar desde un punto determinado hacia un fin indicado, empleando en ello toda su actividad. Importa, pues, que el punto de partida, el origen de esta actividad sea irreprochable, la dirección recta, el fin claramente precisado, para que todos los esfuerzos del hombre utilicen la potencia de su actividad y acaben por manifestar, desarrollar y perfeccionar dignamente todo su ser. El ejemplo y la palabra del educador o del maestro contribuirán sin duda grandemente a encaminar al adolescente por esta vía y a mantenerle en ella; pero con tal de dirigirse en particular al corazón, como al principio más fecundo de la actividad. Si el corazón no adquiere energía y firmeza, la voluntad quedará inerte para el bien; si por el contrario, el corazón es fuerte, la voluntad será poderosa.

El buen corazón del niño, un sentimiento de piedad innato en él, le lleva espontáneamente a presentir y a desear esta unión entre todos los seres y los objetos de que se ve rodeado: aspira a una unión espiritual, a un lazo intelectual, a una vida común con ellos.

En el juego es en donde halla el medio de satisfacer este deseo; en medio de la familia, la que en todas las épocas de la vida tiene el privilegio de presentar más ancho campo a la manifestación y desarrollo del corazón del hombre, es donde los adolescentes de uno y otro sexo dan vuelo simultáneamente a su actividad corporal y a la de sus sentimientos. El niño de esta edad no mira todas las cosas sino a través del prisma de la familia, que es para él el espejo de la vida14.

Las relaciones que existen entre sus padres y los demás miembros de la familia, cautivan la atención del niño. Éste les ve crear, obrar, producir, trabajar, y quisiera imitarles, reproducir cuanto les has visto hacer. Su actividad hasta entonces no se ejercía más que para sí misma; en adelante, será excitada por otro móvil: el joven y la joven quieren producir, componer, imitar, y hasta inventar, y este deseo constituye la principal manifestación de los niños llegados a este grado.

Los niños de esta edad gustan sobre todo de tomar parte en los trabajos de sus padres, no ya sólo en los más ligeros y más fáciles, sino también en los que parecen exigir más esfuerzos y fatigas. No descuidéis ¡oh padres! esta disposición. No rechacéis a esos pequeños trabajadores. No conceptuéis obstáculo o fastidio, la cooperación en vuestros trabajos tan ingenuamente reclamada por ellos. Esto sería un golpe mortal para su actividad. Los niños, así rechazados, se sienten como apartados de todo aquello de que tienen la vaga conciencia de ser una parte. Vedles aislados: su actividad, excitada por el deseo de utilizarse en provecho vuestro, les viene a ser una pesada carga. Desanimados, no se vuelven a representar ya más, se fastidian, hallan el tiempo largo, y tristes y sombríos ven concluirse el trabajo para el cual se sentían ellos con la habilidad y la fuerza necesarias. Más de una vez hemos oído todos esta queja salir de la boca de los padres: « Cuando mi hijo era pequeño, quería siempre ayudarme; entonces no servía para nada: hoy, crecido y robusto, esquiva el trabajo.»

La inclinación a la actividad, el deseo de manifestar en actos la virtualidad íntima, se despierta en el hombre sin que él lo sepa; pero toda oposición u obstáculo a tales aspiraciones tiende a sufocarlas y aun a aniquilarlas. Los niños no se engañan, y al perseverar en querer utilizar sus fuerzas y el poder de su actividad desdeñada, luchan instintivamente por su porvenir y por el desarrollo de su vida. Fortificad, pues, desarrollad en ellos esta disposición, asociadlos desde temprano a vuestros trabajos, para que adquieran a un tiempo el justo conocimiento de sus fuerzas, y la medida en que les está permitido emplearlas15.

Según ya hemos notado, la actividad en el primer grado de la vida del niño, no se emplea por éste sino en imitar lo que ve pasar en la vida doméstica. En el tercer grado, se emplea con un fin de utilidad real: el niño levanta, tira, lleva, agujerea o parte uno tras otro los objetos que están a su alcance; quiere medir sus fuerzas para darse cuenta exacta de ellas. No permanece inactivo ni en los campos, ni en los jardines, ni en los bosques, ni en los prados, ni en el taller, ni en la fábrica, ni en el interior de la casa. La fabricación del menor utensilio doméstico le inspira interés, quiere tomar parte en ella; su curiosidad es despertada por cuanto él ve hacer en torno suyo. De ahí esas preguntas sin cesar reiteradas. Oídle decir continuamente: ¿Porqué? ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Cuándo? ¿Dónde? etc.; y cada una de las respuestas que sacian completamente su deseo de instruirse, es como un nuevo mundo que con vuestra palabra abrís a los ojos de su inteligencia.

El niño que se busca y se reconoce a sí mismo por ese modo de enseñanza tan de acuerdo con la naturaleza, no retrocede ante las dificultades u obstáculos; antes por el contrario, los busca y triunfa de ellos.

Se regocija el niño por cierto con el empleo de su actividad; mas le llena de júbilo la obra que ha llevado a cabo. A la fuerza y a la habilidad viene pronto a unirse la osadía. Hélo ahí trepando por las peñas, y por los árboles más altos. Menosprecia la dificultad y el riesgo; no consulta más que su voluntad, y ésta le asegura el éxito.

Más no es sólo el deseo de conocer, medir y utilizar sus fuerzas el que lleva al niño a la cima de las montañas o de los árboles; a las cuevas y cavernas; y le hace recorrer los espacios más apartados; no, guíale otra aspiración en sus aventuradas correrías. Excitado por la vida interior que él ha descubierto en sí mismo, quiere ver cada una de las partes individuales del vasto conjunto, por distantes que estén, con el fin de considerarlas después en su unidad.

La experiencia le ha enseñado que el aspecto de las cosas se trasforma, cuando se las contempla desde lo alto. Desde la cima de la montaña o desde el árbol en que está subido, mide con la vista el horizonte; cada uno de los objetos de que se compone el paisaje que se despliega delante de él, aparece distinto a sus ojos, y se goza el niño contemplándolos en su conjunto. ¡Ah! si nos acordásemos mejor de las impresiones que experimentamos en esa edad, menos dispuestos estaríamos a decir al niño. «¡bájate de ese árbol, que vas a caer!» No se preserva nadie de las caídas con sólo estar de pie, o andar sin tener en cuenta los obstáculos y peligros que puede uno hallar en torno suyo, como tampoco es posible desarrollar las fuerzas y la actividad sin el conocimiento y hasta la experiencia de los peligros. ¿Queremos realmente que el niño llegue a la elevación del sentir y del pensar? Dejémosle que se eleve a esas alturas exteriores. ¡Que la claridad que las alumbra ilumine su inteligencia, y que la vista de la inmensidad ensanche su corazón! Desterremos, pues, vanas alarmas, pueriles terrores. La fuerza, lo mismo que la destreza, se aumenta en razón del uso que se haga de ella. Más seriamente amenazado está por los peligros el niño poco experimentado en triunfar de ellos que aquel a quien necesitamos reconvenir por su osadía16.

El niño criado en la timidez siente a veces despertarse en él la fuerza que hasta entonces no se ha ejercido, un impulso irresistible le mueve a emplearla, su inexperiencia no le hace entrever los verdaderos peligros, y entonces es cuando se halla realmente expuesta.

Esta afición a descubrir lo desconocido, a conocer, a examinar a la luz del día, los objetos encontrados en las tinieblas es la que excita al niño a penetrar en las hendiduras de las peñas o a pasearse por los bosques más sombríos. Trae de estos prolongados paseos, piedras, plantas, insectos que no había visto antes. El animal más pequeño, un gusano, un escarabajo, una araña o una lagartija, se le antoja botín precioso, y cuando llega junto a su padre o a su maestro, les hace mil preguntas sobre la materia. Cada una de estas cosas o cada uno de estos animales por él hallados, es una conquista para su mundo interior. Evitemos, pues, el caer en el error en que caen tantos padres y maestros, que, por negligencia o desagrado, quieren que el niño rechace el objeto que desea conocer. Si el niño obedece, rechaza al mismo tiempo una parte esencial de su facultad interna, que el menor conocimiento contribuye a desarrollar; pues si más tarde queremos hacerle comprender que tal animal o tal insecto es o inofensivo o verdaderamente digno de atención, nuestra palabra quedará infructuosa, y carecerá ya de importancia, porque nuestra imprudencia sufocó antes en él la aspiración hacia el cabal conocimiento de ese ser o de esa cosa.

Un niño educado por padre o por maestro inteligente y concienzudo, hablará, desde la edad de seis a siete años, de la particular estructura del escarabajo, hará notar el uso que el insecto hace de sus miembros, y llamará la atención sobre otras propiedades que, hasta entonces, había quizá escapado a vuestra observación. Prevenid, enhorabuena, al niño que no se aproxime, sino con precaución, a los animales que no conoce; pero no le inspiréis un tímido espanto.

La misma afición que induce al adolescente a errar por los campos y bosques, por montañas y cavernas, le cautiva no menos frecuentemente en espacios más reducidos. Gusta de formar un pequeño jardín a lo largo de la cerca de la propiedad de su padre; abre un canal en el borde del arroyo para conducir el agua a su jardín; una hoja, una corteza de árbol, una rama confiada a la superficie del agua del arroyo, le revela las leyes de la natación; plácele sobre todo al niño emplear el agua en las diversas ocupaciones a que voluntariamente se entrega; encuentra en el agua la claridad, la limpidez y el movimiento que hacen de la misma a sus ojos y sin que él se lo explique, el espejo de su joven alma. El niño ha comprendido también instintivamente que el hombre debe dominar la materia, y la aspiración a esta propiedad en el hombre, hace hallar al niño tanto deleite en el manejo de materias blandas y flexibles, como el barro, la arena, etc. Poco a poco acaba por someter todas las cosas a las fantasías de su facultad creadora; remueve y cava la tierra, y la dispone en jardín; la ahueca en subterráneo o en bodega. Para construirse una cabaña, reúne planchas, ramas, listones o perchas. La nieve es ora el cimiento para las paredes de sus construcciones, ora la materia de que forma pellas sólidas. Las piedras brutas, acarreadas por él no sin gran esfuerzo, son trasformadas en fortalezas. Las aspiraciones de esta edad tienden todas a unir los objetos, a fin de apropiárselos en su conjunto. Dos muchachos se encuentran en el campo o en el jardín, no bien se han dado un abrazo, se consultan para saber en qué han de emplear su actividad. Construyen una casita con los bancos, mesas y asientos que hallan a su alcance; colocan su edificio sobre una altura de donde pueden, de un solo golpe de vista, abarcar el valle en todo su conjunto. Así también, la inteligencia del hombre, confiada en sus propias fuerzas, se forma el mundo que le conviene y se apropia el tiempo, el espacio y los materiales necesarios para la construcción de todo su edificio.

Bien sea el dominio del niño una simple zona de patio o de jardín, un rincón en la casa paterna o en un cuarto; bien sea que no tenga más espacio que un armario, una caja o una despensa, bien disponga de una pequeña colina, de un jardín o de una casita, siempre resulta que él posee un punto, un centro para desplegar su actividad, dominio tanto más precioso a sus ojos, cuanto que lo escogió por sí mismo. Si por ventura está en posesión de un espacio relativamente vasto, si las creaciones que medita son variadas y múltiples, llama entonces en su ayuda sus hermanos o a sus camaradas, y emplean todos de consuno su genio, su corazón y sus esfuerzos: la obra individual se convierte entonces en una obra común. Padres y maestros que queréis analizar la manifestación, el desarrollo y el fruto de esta necesidad de actividad y de producción en el niño de esta edad, dignaos seguirnos hasta esa clase, en que hallaremos una reunión de muchachuelos de ocho, nueve y diez años17.

Sobre una mesa larga y angosta vemos desde luego una caja llena de trozos de madera de construcción. Tienen la forma de cubos propios para obras de albañilería; cada uno de ellos tiene poco más o menos el sexto del tamaño de un cubo de piedra ordinario. La forma cúbica es la más bella y la más variada que pueda ofrecerse al poder creador despertado en el niño. Notamos también arena y serrín amontonado en un rincón de la sala, y además, un montón de musgo recién cogido por los mismos niños, en ocasión de su paseo matinal. En el momento en que penetramos en la sala, ha llegado la hora del recreo, y cada uno de los alumnos se dispone a entregarse a alguna ocupación, según su gusto o su aptitud particular. En un ángulo bastante oscuro de la sala vemos elevarse una pequeña capilla. La elección del lugar, la simplicidad del altar y de la cruz en que remata, atestiguan elocuentemente la inteligencia y el sentimiento del joven arquitecto: es obra de un niño de genio fácil y apacible. Más allá, dos chicos agarran una silla sobre la cual encastillan los mayores pedazos de madera que puedan conseguir: la silla figura una montaña desde cuya cima una fortaleza domina todo el valle. Veamos lo que acaba de ejecutar este otro niño, sentado muy pacíficamente junto a una mesa: un verde cerrito, en cuya vertiente se divisan las ruinas de un castillo. Más lejos, vemos aparecer en pocos instantes, una aldea entera. Pero he aquí que cada uno de ellos, habiendo concluido su obra, mira con curiosidad la de sus vecinos. De repente, un mismo pensamiento, un mismo deseo surge en todas partes, y cada cual exclama: «¿Porqué no reuniríamos todo esto? Nuestras diversas construcciones, no estando aisladas, formarían un conjunto magnífico.» Un instante ha bastado para hacer general este deseo y para realizarlo: al punto, caminos plantados de árboles ponen en comunicación el castillo con la aldea, la aldea con la fortaleza y ésta con la capilla; ocupando el espacio entre ellos praderas surcadas por arroyos18.

Si volvemos a observar a estos niños en el recreo siguiente, les veremos traducir su facultad creadora y sus sentimientos de otras y muy diversas maneras. Algunos hacen con barro un paisaje; otros, con naipes construyen casas provistas de puertas y ventanas, o convierten en barquichuelas unas cáscaras de nuez. El deseo de juntar sus diferentes creaciones es, de nuevo, tan pronto realizado como expresado. Traspórtase la casa sobre la colina, navega el botecillo por el pequeño lago que se ve en el extremo de la cañada, mientras que el mas joven de todos esos muchachos llega triunfante con un pastor y unos carneros y los sitúa en la pradera bañada por el lago.

Vamos al campo. ¿Qué tumulto es ese? ¿Porqué esos gritos de alborozo? Allí, varios niños algo mayores que los que hemos visto poco ha, están agrupados junto a un arroyo: han abierto canales, construido presas, puentes, puertos, diques y molinos. Cada uno de ellos ha realizado su idea, sin preocuparse de la del vecino. Llegado el momento de gozar de tales obras, se presenta una gran dificultad: un buque navegando a toda vela por el canalito, ve su marcha impedida por las diferentes construcciones que le obstruyen el paso. Cada uno de los constructores establece y defiende su derecho contra las reclamaciones y exigencias del vecino. Turbóse la paz; la joven población se siente conmovida. ¿Que hacer para restablecer la armonía entre los muchachos? Propónese un tratado en buena y debida forma, que es aceptado unánimemente. Pónese en comunicación unos con otros los diversos trabajos, modificando algunos y hasta sacrificando unos cuantos a las necesidades generales. Lanzase de nuevo el buque, y esta vez llega sin obstáculo a la extremidad del canal.

De esos juegos comenzados y concluidos con sagacidad, reflexión y sentimiento, es lícito deducir que los niños a quienes acabamos de ver entregados a ellos, son a esta hora alumnos estudiosos, concienzudos, honrados, aptos ya para muchos trabajos, y que serán un día hombres de corazón y de inteligencia, útiles a su familia y a la humanidad.

Importa de una manera capital dejar al párvulo el cuidado especial de un pequeño jardín, que le pertenezca en propio. Es el medio mejor de enseñarle cómo las plantas se desarrollan simultáneamente según las leyes que les son particulares, cuáles son los cuidados que reclaman, y que frutos dan al cultivador en recompensa de sus afanes. Su deseo por ver abrirse las flores que ha sembrado, le excita a conocer la índole de los cuidados que ellas exigen, se identifica con ellas; su amor por ellas crece en proporción de las fatigas que le cuestan; le parece que sólo para él se desarrollan y florecen, y su corazón adquiere expansión como ellas. A falta de jardín, dad al muchacho a cuidar algunas plantas en cajas o macetas. No son necesarias las flores raras y rebuscadas; las plantas más ordinarias, como estén abundantemente provistas de hojas y de flores, no le proporcionarán menos gozo. El cultivo de las flores, no hay que engañarse en ello, ejerce una saludable influencia en la vida interior del niño. Además de los ventajosos resultados de que hemos hablado, esta ocupación le conduce insensiblemente al deseo de poseer nociones exactas sobre los seres vivientes y sobre la creación toda. Los escarabajos, las mariposas, los pájaros son al punto objeto de sus investigaciones, porque son ellos sobre todo los que más preferentemente se acercan a las flores.

Lejos están de ser irreprochables todos los juegos y todas las ocupaciones del niño; con frecuencia, por el contrario, revelan instintos o inclinaciones perversas. Verdad es que el juego infantil, en esta edad, refleja, en cierto modo, la vida interior del niño, y que por las predilecciones que indique con ocasión de sus recreos, puede uno permitirse juzgar lo que aquél será más tarde. En los juegos que exigen más actividad, no solamente la fuerza física recibe alimento vivificante, sino también la fuerza intelectual; y aún podría añadirse, que si bien se considera, es tal vez la inteligencia la que mayor y más real provecho saca de esta clase de juegos. ¿Cuál de nosotros, al aproximarse a un círculo de niños que juegan con toda libertad, no queda admirado del espíritu de justicia, de moderación, de verdad, de fidelidad y de rígida imparcialidad que reina entre ellos? Mediante un examen más minucioso descubriremos ahí la protección, la benevolencia, el apoyo a los débiles, el estímulo a los más tímidos y el germen de las virtudes sublimes del valor, la paciencia, la resolución, el sacrificio de sí mismo, que hacen los héroes y los santos.

El niño, en cualquier lugar que se encuentre, sabe siempre asegurarse un espacio particular para jugar con sus camaradas, y estos juegos en común producen frutos utilísimos a la sociedad misma. Por ellos se manifiesta el sentimiento de la comunidad, de sus leyes y sus exigencias. El adolescente procura mirarse y sentirse a sí mismo en sus camaradas, medirse con ellos y reconocerse por ellos; así esos juegos influyen inevitablemente sobre la vida del hombre, despertando y alimentando en él las virtudes morales y cívicas.

Pero a veces la estación u otras circunstancias impiden al muchacho, libre de los deberes domésticos o escolares, ejercer y desarrollar sus fuerzas al aire libre; conviene empero, a toda costa, que no permanezca inactivo; y en consecuencia, se le proporcionarán las ocupaciones manuales que la casa o la habitación permitan, se le empleará en trabajos mecánicos, en la confección de objetos de papel, cartón u otra cosa, con el fin -esto es lo importante- de fomentar siempre su actividad física.

Sin embargo, hay en el hombre cierta aspiración, cierto deseo, cierta exigencia del alma que no se satisface ni con las ocupaciones manuales, ni con el empleo de toda su actividad: otra cosa espera él de la educación. El presente, por rico que sea, no le basta. Por el hecho mismo de que el presente se revela a sus ojos, concibe una idea confusa de un pasado. Quiere conocer el principio anterior, la causa primitiva, de lo que existe. Desea escuchar la narración de los sucesos del pasado e iniciarse en los tiempos remotos. ¿Cuá1 de nosotros no se acuerda de las impresiones que ha experimentado a la vista de unas murallas antiguas, de una torre en ruinas, de una casa vieja, de una piedra tumularia o de una columna erigida sobre una altura? ¿Quién no se acuerda de haber sentido en su adolescencia el deseo vivísimo de oír relatar el origen, las vicisitudes, en una palabra, la historia de esos objetos que hablaban tan elocuentemente al alma? ¿Cuál de nosotros no ha sentido un vago deseo de oír a las ruinas mismas referirnos su historia? ¿Y quién mejor que los padres puede dar al niño esta satisfacción a propósito de seres y de cosas que le precedieron en la vida? El deseo de escuchar esta especie de relatos, desarrollando y fomentando la aspiración del niño a conocer todas las cosas, le aficiona a los narradores, y mas tarde a los historiadores. Ese deseo de la reproducción de las cosas por medio del relato, es tan vivo en el niño, que cuando no lo ve satisfacer por las personas que le rodean, se esfuerza por satisfacerlo él mismo en sus horas de recreo, y particularmente al anochecer, mediante los recursos de que su edad dispone. ¿Quién no ha visto y notado con interés la manera cómo se organiza un círculo de muchachos, en torno de aquel de ellos a quien su memoria y su riqueza de imaginación ha designado naturalmente como el narrador de la pequeña banda? ¿Quién no se ha admirado de la atención absorta con que escuchan al narrador, cuando su relato responde a las aspiraciones íntimas y los sentimientos instintivos de su joven auditorio?19

Pero el presente en que vive el niño contiene muchas cosas que éste procura en balde explicarse. Desearía recibir las explicaciones que le faltan, por boca de esta reunión de cosas cuya existencia interior su alma presiente. De la dificultad, y a veces de la imposibilidad, de satisfacer este deseo del adolescente, nace en él la idea de esas fábulas y de esos cuentos de hadas que dan inteligencia y voz a los objetos mudos. Verdad es que la fábula los representa siempre dentro de los límites de las condiciones del hombre; al paso que los cuentos de hadas les dan una extensión superior a la de la mente humana. Hase podido observar muchas veces cuánto atractivo semejantes relatos, hallados en la misma imaginación del niño, que manifestaba así, sin comprenderlo, los sentimientos secretos de su alma, tenían para aquellos de sus camaradas que le escuchaban; porque el niño gusta de oír referir por otros lo que él siente en sí, lo que reside en él, y que él no podría expresar, por falta de palabras. El encanto y el gusto que penetran en el corazón del niño, cuando comienza a saborear el sentimiento del gozo y del placer, cuando siente en sí el despertar de la fuerza, cuando ve brillar la primavera, todas esas impresiones le hacen buscar palabras que tiene el dolor de no encontrar. Entonces, su impotencia por la palabra le inspira el canto. ¡Cuánto gusta de cantar, el niño de esta edad! Cantando, se siente realmente vivir. ¿No es acaso el sentimiento de su fuerza creciente, el que arranca de su garganta esas canciones cuyo eco resuena en los montes y en los valles, al recorrerlos el adolescente con su pie ligero?

El deseo de conocerse es lo que hace muchas veces que se detenga el niño junto a un agua, clara y apacible: quiere ver reflejarse en ella el ser espiritual de su propia alma. El juego es para su alma, lo que son para él el agua del arroyo y la del mar, el aire puro y el horizonte sereno visto desde la cima de la montaña. El juego es asimismo para él espejo de la lucha que le aguarda en la vida, y para aguerrirse contra los peligros de esta lucha, busca ya, en los juegos de esta edad, los obstáculos y las dificultades.

De ese afán del niño por el conocimiento de las cosas antiguas que le enseñan el pasado, de esa necesidad que le hace traducir por medio del canto las dulces y las fuertes impresiones que penetran su alma, deducimos que las manifestaciones externas del adolescente no son, en su mayor parte, más que el reflejo de los sentimientos y de las aspiraciones de su ser intelectual, de su vida interna. Sería de desear que los padres tomasen en consideración esas manifestaciones simbólicas; que hallasen en ellas un lazo nuevo y vivificante por el cual su vida fuese unida a la de sus hijos; en suma, que viesen en ellas en fin una trama de la vida nueva entre el presente y el porvenir de su existencia común.

He ahí, en toda su integridad, la vida del joven de esta edad. Como sea hábilmente conducido y desarrollado según la ley divina, ese presentimiento de la pureza de la vida interior y exterior que en él se revela; como reciba el niño una educación apropiada a su índole y a su ser, correspondiendo a toda la belleza y plenitud de su vida, le veremos ser buen hijo, alumno activo y laborioso, camarada fraternal y generoso. Pero digamos también que, por desgracia, lo contrario sucede asaz frecuentemente. Toda educación que no haya tenido el principio y el fin que acabamos de indicar a la ligera, producirá sólo egoísmo, arrogancia, molicie, pereza física y moral, sensualidad y glotonería, vanidad y presunción, injusticia y envidia, los sentimientos contrarios a la piedad filial y la fraternidad, ligereza y frivolidad, aversión y alejamiento del juego, desobediencia, y en fin, el olvido de Dios. Si buscamos la fuente de todos esos tristes defectos y de tantos otros aún que se manifiestan en la vida del niño, la encontraremos en la inteligencia por el desenvolvimiento de las diversas partes del ser original del hombre, y luego en la desgracia que se tuvo, en los primeros grados de su desarrollo, de apartar de su camino natural sus facultades, sus fuerzas y sus aspiraciones, impidiendo su pleno perfeccionamiento.

Toda la predisposición del hombre a los defectos y los vicios proviene casi siempre de la falsa dirección dada a las dos condiciones especiales del hombre, a su índole y a su ser. Está en la esencia del hombre el poseer la buena cualidad opuesta a su defecto; pero aquélla está muchas veces comprimida, fuera de su sitio, o en otros términos, mal comprendida y mal dirigida. El único e infalible medio de evitar o destruir toda propensión a los defectos, a la maldad, al vicio, estriba en buscar y encontrar el lado del hombre originalmente bueno, en cuya perturbación tal o cual defecto ha podido tomar origen, y una vez encontrado, aplicarle los remedios propios para una completa curación. Conviene también, para alejar esa propensión al mal, que el hombre la combata con tesón, que sepa vencer los malos hábitos, sin echar jamas la culpa al mal supuesto original en su ser. El hombre ama instintivamente el bien y lo prefiere al mal, tan luego como alcanza a distinguir el uno del otro.

Es incontestable que si vemos hoy día tan poca piedad filial, tan poca benevolencia general, tan poca fraternidad y religión, y, en cambio, tanto egoísmo, tanta malevolencia y rudeza de carácter en el joven, esto se debe a la incuria de los padres, quienes no despiertan y cultivan desde temprano el sentimiento de comunión entre ellos y sus hijos.

Si se quieren reconquistar esos sentimientos de piedad filial y fraternal, esa generosidad, ese precioso espíritu de sostén entre camaradas y condiscípulos, espíritu cuya ausencia tan amargamente se deplora en las familias, adquiérase de nuevo y cultívese, pero con el mayor cuidado y con precauciones extremas, el sentimiento íntimo de comunión, dado el caso de que aún exista en el niño.

Otro manantial de defectos en el niño es la precipitación, la inatención, la ligereza, en una palabra, la imprudencia con que obramos para con él, citando le representamos como verdaderas faltas las consecuencias, enojosas en verdad, de ciertos actos a los que le había llevado esa disposición natural a emplear todas las cosas en provecho de su actividad. De este modo confundimos con una acción que, por falta de experiencia, los inevitables resultados de esa acción. Así fue que un día cierto niño, a quien no le animaba ningún sentimiento malo, hallaba gran placer en esparcir yeso molido sobre la peluca de un tío suyo a quien amaba tiernamente. ¿Era esto reprensible? Evidentemente que no, pues él ignoraba que la cal pudiese perjudicar los cabellos de la peluca. Otro niño, habiendo hallado en un gran vaso lleno de agua platos de porcelana hondos y redondos, descubrió por casualidad que esos platos, al dejarlos caer, vueltos hacia abajo, sobre la superficie del agua, producían un sonido más o menos fuerte, según la mayor o menor rapidez del movimiento que él les imprimía. Ese descubrimiento le gustó; repitió varias veces el experimento, confiando en que la cantidad de agua contenida en el vaso era bastante a evitar cualquier percance. La cosa anduvo bien durante algún tiempo; el niño notó pronto que el efecto producido por el plato, al caer en el agua, aumentaba en proporción de la altura a que lo soltaba; mas, ¡ay! el plato, lanzado esta vez con violencia, dio horizontalmente sobre la superficie del agua, y el aire, fuertemente comprimido entre el hueco del plato y el líquido, sin poder escaparse por ningún lado, imprimió al plato un choque tal que lo rompió en dos partes iguales. El joven físico, que se instruía de tal suerte por su propia experiencia, quedó estupefacto a la vista del resultado, no menos triste que inesperado, de tan divertido juego. Igual falta de prudencia observamos en todas las manifestaciones, tan numerosas y tan diversas, de la vida interna del niño. Citaremos el caso de otro niño que, con ánimo resuelto de dar en el blanco, arrojaba piedras en dirección de una pequeña ventana de la casa vecina, sin reflexionar que, a lograr su intento, rompería infaliblemente el vidrio, como en efecto aconteció. El niño entonces quedó como petrificado a la vista de su mala acción. Otro niño, de buena índole, que amaba las palomas y las cuidaba gustoso, concibió un día la idea de apuntar sobre las del corral de la casa vecina, sin pensar, por cierto, que si la bala tocaba una de ellas, la mataría necesariamente, y toda una nidada de avecillas quedarían así privadas de los cuidados de una madre. Disparó; cayó muerta una paloma hembra, desuniendo una hermosa pareja y privando muchas palomitas de la madre que las calentaba y nutría.

Con mucha frecuencia, no hay que negarlo, es el hombre, el maestro mismo quien ha hecho malo y vicioso al niño, atribuyéndole una intención perversa en actos cuyas consecuencias fueron deplorables, pero que no había cometido sino por ignorancia de su verdadero alcance, por ligereza, irreflexión o falta de criterio. Por desgracia, los maestros sin indulgencia no ven en los niños sino unos diablillos maliciosos e indiscretos, propensos a entregarse a todos aquellos actos reprensibles que, a los ojos de hombres más prudentes, no pasan de ser bromas llevadas un tanto al extremo, por la única, si bien imperiosa, necesidad de divertirse.

Este inútil o injusto rigor de los maestros con respecto al niño, es tanto más lamentable, cuanto que le sugiere ideas tristes y le inspira el mal, haciéndolo así malo de hecho, ya que no de voluntad, aniquilándolo intelectualmente, y frustrándole en su vida interior, la única cosa por la cual reconoce él que no posee la vida ni de sí ni por sí, y que no puede dársela a sí mismo.

Otros niños parecen a primera vista tener grandes defectos. Tales defectos son simplemente hijos de su ignorancia de las relaciones exteriores de la vida, y no quitan a los niños el vivo deseo de ser buenos y virtuosos. Éstos, por desgracia, se hallan expuestos a caer en la maldad, precisamente porque no se habrá reconocido en ellos, antes bien se les habrá negado, esa tendencia que, bien dirigida, hubiera hecho de ellos hombres virtuosos a carta cabal. Con frecuencia los niños son castigados por faltas que sus padres o maestros les inspiraron, o que las mismas reprimendas o los castigos les llevaron a cometer.

Hemos dicho ya, que todo lo que el hombre hace en esta época de su vida, lleva un sentido profundo y reviste un carácter general. El niño busca la unidad en cada ser y en cada cosa; quiere verse reflejado a sí mismo en todas las cosas y por medio de todas las cosas. Un deseo, inexplicable para él, le empuja sobre todo hacia las cosas de la naturaleza que se ocultan a sus miradas; porque un presentimiento secreto le advierte que aquello que es capaz de satisfacer a su alma, no se muestra ni abierta ni siquiera exteriormente, sino que él debe buscarlo, descubrirlo y sacarlo a la luz. Como este deseo quede desatendido en su origen, se desvanece al punto en el niño el afán que le hubiera llevado a descubrir y a conservar por sí propio el alimento que su alma solicitaba; pues el niño, por débil y por inconsciente que sea, aun en medio de todas sus aspiraciones, presiente en todas las cosas la unidad que es el principio necesario de ellas: en una palabra, presiente a Dios. Pero no a Dios tal como se lo representa un espíritu puramente humano, sino tal como lo presiente su corazón, su alma, tal como lo reconoce, en tanto que verdad, tal como quiere adorarlo. Llegado a la edad madura, el hombre experimentará todavía cierta satisfacción al confesarse que presintió vagamente a Dios, y que supo encontrarlo, si bien después de haberse encontrado a sí mismo.

Tales son las manifestaciones espontáneas de la vida del niño, en la edad en que él empieza a asistir a la escuela. Mas ¿qué se entiende por escuela?