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ArribaAbajoCapítulo IX

Juventud de don Manuel Rodríguez.- Su mansión en Chile durante la reconquista española, y servicios que prestó a la causa de la independencia.- Montonera.- Primera prisión de Rodríguez por orden de O’Higgins.- Su segunda prisión por orden de Quintana.- Su conducta después de la derrota de Cancha Rayada.- Poblada del 17 de abril de 1818.- Nueva prisión de Rodríguez.- Confidencia del teniente don Antonio Navarro al capitán don Manuel José Benavente.- Marcha de Rodríguez para Quillota con el batallón número 1 de Cazadores de los Andes.- Muerte de Rodríguez.- Impresiones que causa este suceso sobre los gobernantes y el pueblo.



- I -

La sangre de don Juan José y don Luis Carrera no fue la única sangre de patriotas que empañó el brillo de la victoria obtenida por San Martín y O’Higgins en las llanuras de Maipo. El sistema de aquellos gobernantes era inflexible, inhumano, implacable. Para evitar la sombra más ligera de oposición, para conjurar el amago más remoto de anarquía, no retrocedían delante de nada. La santidad de las intenciones cubría en su concepto todos los crímenes, como la respetabilidad de la bandera cubre los horrores de un campo de batalla.

A la muerte de los dos Carreras, se siguió la muerte de don Manuel Rodríguez.

Este segundo fue un atentado más impío, más injustificable, que el primero. Aquello siquiera fue un suplicio ejecutado a la luz del sol, después de un proceso más o menos formal; pero esto fue un asesinato aleve, perpetrado bajo el amparo de las tinieblas en el recodo de un camino. Los Carreras conspiraban; se recelaba sólo que Rodríguez hiciera con el tiempo otro tanto.

Este único temor bastó para que un pistoletazo le arrebata la existencia. Sus servicios, su crédito, la fogosidad de su carácter, fueron los considerandos de la sentencia tenebrosa que le entregó indefenso a los tiros de un vil asesino.

Como Sila veía en César muchos Marios, O’Higgins vio en Rodríguez otro Carrera, pero el dictador chileno fue menos generoso, que el romano.

Para que puedan apreciarse los motivos de este crimen, y la popularidad justamente adquirida que perdió a la ilustre víctima, se hace necesario presentar un rápido resumen de su vida y de sus méritos en la revolución.




- II -

Como generalmente sucede con todos los hombres, la niñez de Rodríguez fue un anuncio de lo que sería su edad viril. Desde el colegio, manifestó como se conduciría más tarde en los negocios del Estado.

Estudiaba poco, y aprendía bastante. Dentro de la clase, su aprovechamiento le había valido el grado de monitor; afuera, su natural osadía le había conquistado el rango de caporal. Así, alternativamente pasaba la lección a sus discípulos, y los capitaneaba en los combates a pedradas que trababan de cuando en cuando. Era el promotor, o por lo menos el cómplice, de todos los alborotos estudiantiles.

Despedazaba más libros, que seis de sus compañeros, y no se mostraba más cuidadoso de sus vestidos, que de sus libros. Su exterior mal traído revelaba la despreocupación de su ánimo; y la altivez de su mirada, la arrogancia de su carácter.

No conocía el miedo, y era capaz de arrostrarlo todo.

Este conjunto de cualidades le hacía aptísimo para lucir en una revolución.

Tenía por émulo de saber a don José Miguel Carrera. Ocupaba éste el primer asiento en la clase, y Rodríguez el segundo; pero los condiscípulos repetían en abono del último que don José Miguel era estudiante más antiguo.

En los trastornos de la independencia, debían conservar entre sí la misma graduación. Carrera figuró primero, y en más alta escala, que su camarada de colegio.

En el período revolucionario que se extiende desde 1810 hasta 1814, Rodríguez no aparece sino muy en segunda línea.

A fines de 1811, firma como secretario de don José Miguel Carrera; en 1812, se compromete en una conspiración contra el mismo gobernante cuyos decretos autorizaba pocos mese antes, y sufre su primera prisión; en 1814, después de las capitulaciones de Lircay, ayuda para que recobre el mando al mismo individuo que en 1812 había trabajado por derribar.

En el espacio señalado, mientras su antiguo condiscípulo llega a ser general del ejército chileno, él no puede presentar sino el humilde título de abogado en los tribunales del reino.




- III -

La época de esplendor para Rodríguez comienza con la reconquista española, consecuencia de la derrota experimentada por los patriotas en Rancagua.

Rodríguez, como tantos otros, emigró entonces a las provincias argentinas. Tenía de veintisiete a veintiocho años. Estaba en el vigor de la juventud, en la fuerza de la vida. La acción era una necesidad de su naturaleza. La ociosidad le mataba. Su genio impaciente y apasionado no se avenía con el reposo, con la quietud.

Era uno de esos hombres de sentimientos impetuosos, que nacen para vivir entre las borrascas de la pasión o de la política, y cuyo elemento es el peligro. Las revoluciones son el centro natural de los individuos de esa especie; la lucha azarosa y arriesgada es la única ocupación que les agrada.

Don Manuel Rodríguez no pudo conformarse con permanecer en Mendoza mano sobre mano, aguardando la organización del ejército restaurador. Deseaba ardientemente no perder tiempo para servir a la causa que había abrazado. Por este motivo, propuso a San Martín pasar a Chile, prepararle inteligencias en este país, hacer que los patriotas se entendieran secretamente entre sí, e insurreccionar la población de los campos. Se sentía con ánimos para llevar a cabo todo eso.

San Martín que conocía a los hombres, comprendió en el acto todo el mérito de aquel joven osado, y se apresuró a admitir su ventajosa oferta.

Rodríguez no se entretuvo en largos preparativos. Sin tardanza, atravesó la cordillera, y se puso a la obra.

Para apreciar como es debido su habilidad y su arrojo en esta difícil empresa, es preciso recordar la situación de Chile en aquellas circunstancias.

Los mandones metropolitanos trataban a los chilenos como a pueblo vencido, como a nación conquistada. La condición de criollo era por sí sola un motivo de desconfianza, de sospecha. Para aquellos gobernantes necios y apasionados, todo americano era un insurgente, o por lo menos, debía llegar a serlo. Así, aun, en sus partidarios, divisaban enemigos futuros.

Esta convicción les hizo no estimarse en seguridad, mientras no hubieron ocupado militarmente todo el territorio, y puesto en estado de sitio el país entero. Desde Atacama hasta Concepción, habían diseminado cuerpos de tropas, cuyos jefes gobernaban sus respectivos cantones, aplicando a la letra las leyes marciales más rigurosas. Todos los bandos tenían por sanción los azotes, o la muerte. Puede decirse que, en la plaza de cada ciudad, los españoles habían levantado un rollo y una horca. Eran esas las señales de su toma de posesión en esta tierra.

A nadie, le era lícito alejarse unas cuantas leguas de su casa sin permiso y sin pasaporte. El tribunal de vigilancia tenía un ojo en todas partes. La delación era un oficio lucrativo. El terror tendía a ahogar en los corazones todo noble sentimiento.

Sin embargo, Rodríguez se paseó como un duende por entre todos esos destacamentos; vivió en las ciudades, y recorrió los campos; repartió armas y proclamas subversivas; promovió la insurrección donde quiera que se presentó; y se burló a su gusto de las restricciones impotentes que habían plantado los conquistadores.

Su impunidad no nació de que el gobierno ignorase su presencia en el país. Los agentes de España no tardaron en conocer su venida, y en sentir sus manejos. Entonces le persiguieron de muerte, pero siempre en valde. Rodríguez se les escapaba de entre las manos.

Alguien ha dicho que llevaba en el dedo un anillo donde ocultaba veneno para evitar por el suicidio la venganza de sus enemigos en caso de una sorpresa. El hecho es falso. El anillo que llevaba en el dedo no era el de Aníbal para matarse, sino el de Jijes para hacerse invisible.

Los ardides ingeniosos a que recurría, las burlas atrevidas que jugaba a sus perseguidores, le hicieron popular en breve tiempo, y le han valido un prestigio novelesco, que ha hecho de este revolucionario un héroe de romance. Hombres y mujeres, pobres y ricos celebraban, en voz baja las jugarretas que hacía Rodríguez a los esbirros de un gobierno detestado.

Sería interminable recopilar todas las anécdotas de esta especie que se cuentan. Cada contemporáneo tiene una colección distinta. Es probable que se le atribuyan no sólo aquéllas de que fue realmente actor, sino también otras que ha inventado y adornado la imaginación popular.

Uno le pinta elegantemente vestido, entrometiéndose en un baile de oficiales talaveras, que vomitaban improperios contra Rodríguez, el montonero, el bandido; otro le representaba disfrazado de lacayo, abriendo con todo acatamiento la portezuela del coche al presidente Marcó, que acababa de poner a precio su cabeza. Éste se divierte en describir la visita que hizo bajo el traje de criado a uno de sus amigos preso en la cárcel de Santiago; aquél habla del asombro que ocasionó su aparición en una tertulia de la capital, donde pasó jugando malilla toda la noche con la mayor sangre fría, mientras los demás temblaban a cada instante de que viniesen a prenderle.

Estas audaces calaveradas le hacían querido a todo el mundo. La lucha que aquel joven sostenía él sólo contra todos los recursos de los opresores, no podía menos de granjearle la estimación general.




- IV -

Rodríguez, haciendo servir en provecho de su causa la consideración que se había conquistado, organizó, a fines de 1816, en la provincia de Colchagua, una montonera que preparó la ruina de la dominación española.

Antes de su vuelta a Chile, después del desastre de Rancagua, no había tenido ningún motivo de influencia sobre la gente del campo. Su padre era empleado en la aduana, y no poseía fundo rural, donde su hijo hubiera podido tener relación con los moradores de la campaña. Don Manuel se había criado y educado en Santiago. Sus hábitos eran puramente urbanos. No sabía siquiera montar a caballo, y se le desvanecía la cabeza en el pasaje de los ríos.

Eran éstas unas cualidades que no le favorecían mucho para hacerse caudillo de guasos chilenos. No obstante, con el tesón y la facilidad de inventiva que Dios le había dado, consiguió hacerse respetar y obedecer de aquellos hombres del caballo y del lazo, que generalmente miden la importancia de los individuos por su destreza en estos ejercicios.

Rodríguez concibió desde temprano que los habitantes de las ciudades, oprimidos por las guarniciones realistas, estaban en la imposibilidad de insurreccionarse. Los campesinos que no podían ser velados continuamente y tan de cerca, eran los llamados para levantar los primeros la bandera de la sublevación.

Con estas ideas, dirigió todos sus trabajos a ganarse la confianza de los guasos, y a disponerlos para una insurrección.

Principió por anudar sus relaciones con algunos hacendados patriotas de Colchagua, por contraer amistad con los demás que había del mismo color político; enseguida, por su medio, se puso en contacto con los inquilinos. Al fin de algunos meses, toda aquella gente le amaba con entusiasmo, y estaba dispuesta a seguirle a donde él quisiera.

Marcó publicó por todas partes al son de trompeta que contaría mil pesos al que le entregase a Rodríguez, y le concedería el perdón del delito más atroz, si era que el denunciante lo había cometido. Nadie respondió a ese llamamiento tentador.

Con una sola palabra, aquellos miserables podían reunir más plata de lo que jamás habían soñado, y, sin embargo, ninguno la pronunció.

Aún más. Sufrieron que los destacamentos que andaban buscando a Rodríguez hasta por debajo de los matorrales, castigasen su obstinado silencio con azotes; que quemasen sus ranchos, toda su riqueza; que incendiasen sus sementeras, toda su esperanza; antes que revelarles el paradero del proscrito. No puede darse una prueba más convincente del afecto que había sabido inspirarles.

Cuando don Manuel supo por las comunicaciones de San Martín que la invasión de los patriotas se aproximaba, armó a los más alentados de sus guasos, y comenzó la campaña.

La tropa era poco numerosa, pero se componía de individuos tan intrépidos, como su jefe. Ella tenía la ventaja de que el enemigo ignoraba siempre donde había asentado su campamento. Asaltaba los fundos de los realistas, o las partidas españolas, cuando y como le convenía. Si encontraba resistencia, cambiaba apresuradamente con sus contrarios algunos fusilazos, y se desbandaba para irse a reunir más lejos en parajes designados.

Como esta milicia volante e incógnita no llevaba uniforme ni usaba distintivo, sus soldados fuera de la formación y de la reyerta no podían ser reconocidos. Tal vez el guía que conducía a los realistas, el huésped que los alojaba, eran miembros de la banda. El individuo que con aire indiferente se les acercaba en el camino, el que los seguía desde lejos, eran quizá centinelas, espías de los montoneros.

Una campaña como ésta, en la cual casi siempre se ignoraba la posición del enemigo, fatigaba y hacía trabajar en gran manera a los destacamentos de Marcó. Tenían que combatir, no contra un ejército, sino contra un pueblo.

Rodríguez, cuya única estrategia consistía en asaltos y sorpresas, no se limitaba a recorrer los campos, sino que también caía sobre las poblaciones, cuando menos se le esperaba. Melipilla, San Fernando y Curicó fueron sucesivamente invadidas, y estuvieron ocupadas durante varias horas por los insurgentes. Cuando éstos presumían que los escuadrones realistas debían venir acercándose en su persecución, montaban sobre sus veloces caballos, y no dejaban sino los vestigios de su pasaje y de sus insultos a las autoridades constituidas.

En vez de adversarios, las tropas del gobierno no hallaban sólo las noticias de su mansión en aquellos lugares, y de la insolencia con que despreciaban el poder de los conquistadores. Se ponían entonces a buscarlos con encarnizamiento; pero eran raros los que tenían la desgracia de caer en sus manos.

Rodríguez, precisamente aquél cuya aprehensión más les interesaba, siempre se les escabullía. Hubo ocasión en que pasaron a muy corto trecho del escondite donde se ocultaba; pero parece que el cielo le protegía, y no fue advertida su presencia.

La fecunda imaginación del proscrito y su extraordinaria serenidad no le abandonaban nunca. Estaba acorralado, y, sin embargo hallaba medio de señalar a sus irritados perseguidores una falsa huella que les hacía perder su rastro. Entonces corría al lado opuesto, y daba un nuevo e inesperado golpe en algún paraje muy distante de aquél donde se figuraban tenerle bien encerrado.

Esta impotencia para destruir aquellas guerrillas de aldeanos disminuía en gran parte el prestigio del gobierno a los ojos de los habitantes. Los realistas eran los primeros en conocer el descrédito que les traía una insurrección como aquélla. Por eso, hacían los mayores esfuerzos para sofocarla. Su mejor caballería repasaba en todos sentidos la provincia de Colchagua, centro de los montoneros; dos mil seiscientos soldados, la flor de su ejército, se ocuparon en perseguir a Rodríguez y los suyos; pero no sacaron otro provecho que acuchillar a unos cuantos de los guerrilleros, y no poder asistir, embromados como estaban por un puñado de campesinos, a la acción de Chacabuco, donde su presencia habría sido utilísima para su causa.

Las excursiones de don Manuel contribuyeron, pues, a la victoria tanto como el valor de O’Higgins, como las estratagemas de San Martín. La guerrilla que organizó, valió tanto como un ejército, pues ella sola hizo frente a un ejército realista.

La reputación que le adquirieron estas proezas, fue, como era de aguardarse, colosal, reconocida por todo el mundo. Su influencia, particularmente en las masas, era muy grande. Su vida aventurera le había puesto en contacto con individuos que se habían fanatizado por su persona hasta el punto de que se habrían dejado matar por servirle.




- V -

Apenas San Martín y O’Higgins se posesionaron de Santiago, y medio se arreglaron en el gobierno, fijaron su atención en aquel caudillo popular que se había levantado; y previeron que, si no le hacían a un lado, sería en el porvenir un poderoso estorbo para la realización de su sistema.

Nadie conocía mejor que ellos a Rodríguez; nadie sabía mejor, que nunca se doblegaría sumiso bajo su mando. Aquel joven osado, de ánimo inquieto, de opiniones exaltadas, no estaba formado para sufrir con humildad el imperio de un gobernante, ni para llevar el amén a quienquiera que fuese. Le sobraba la franqueza para emitir sus juicios, y el arrojo para ejecutar lo que decía.

Un hombre como éste, cuya frente habían rodeado sus últimos servicios con una aureola de gloria, era verdaderamente temible. Sus pretensiones iban a ser, no las de un individuo aislado, sino las de una facción numerosa. Rodríguez estaba llamado a ser un jefe de partido, y no así como quiera, sino un jefe de partido que dispondría de muchos elementos para hacer triunfar sus ideas.

San Martín y O’Higgins trataron de alejar con tiempo a ese soldado ciudadano, en quien su previsión columbraba un opositor a sus miras.

Forjaron un frívolo pretexto para hacerle venir a Santiago en calidad de arrestado, de la provincia de Colchagua, donde estaba persiguiendo a los dispersos realistas. Aquí se le significó que «razones políticas y el imperio de las circunstancias» exigían su salida del país. Se le señalaron los Estados Unidos por lugar de este ostracismo más bien que destierro, y se le comunicó que se le emplearía en aquella república como agente diplomático. Se le prometieron dos mil pesos para el viaje, y mil pesos anuales para sueldo. Su padre y su familia no debían darle ningún cuidado. El director le ofrecía velar por ellos. Por lo demás, en todo caso, podía contar con la gratitud nacional y la amistad del jefe supremo. El gobierno esperaba, que como fiel hijo, le participaría las observaciones que, en beneficio de su patria, le sugiriera el estudio de aquel país clásico de la libertad.

Ciertamente era imposible imponer un destierro de una manera más honorífica y cortés. La categoría y la inocencia del condenado hacían necesarios todos estos miramientos.

Rodríguez no era dueño de admitir o rehusar. Estaba preso, y por consiguiente, a disposición del director.

Fue conducido bajo custodia a Valparaíso, donde se le alojó en un castillo, mientras se preparaba el buque destinado a transportarle. En el ínterin, don Manuel, que no emprendía de buena gana semejante peregrinación, sobornó a su centinela, y huyó de la prisión.

Esto sucedía en abril de 1817.

Rodríguez se ocultó, y aguardó la llegada de San Martín (que a la sazón se hallaba en Buenos Aires) para ver modo de avenirse con él. Efectivamente, luego que regresó el general, don Manuel le pidió una entrevista; y habiéndole dado sus explicaciones, los dos se separaron muy amigos.

Por intervención de San Martín, O’Higgins convino en que el temido montonero permaneciera en Chile, y todo pareció quedar arreglado por entonces.

Sin embargo, Rodríguez era siempre observado con desconfianza, y tenido en clase de sospechoso. Tal vez la poca reserva que guardaba para emitir su opinión, daría margen a que se le tuviera por desafecto a la administración. Lo cierto es que, el 7 de agosto de aquel mismo año, el delegado don Hilarión de la Quintana le hizo arrestar de nuevo como cómplice de una conspiración carrerina, que, según decía, le habían denunciado.

En esta ocasión, era tan inocente, como en la anterior.

Estuvo en la cárcel durante algunos meses, hasta que por fin la junta misma que sucedió a Quintana le puso en libertad, declarando no resultar ningún cargo en contra suya. El motivo de su arresto, como el del destierro a que anteriormente había querido condenársele, no era otro que un infundado recelo.

Los gobernantes mismos manifestaron estar sinceramente convencidos de su ninguna culpabilidad. Apenas salido, puede decirse, de la cárcel, San Martín le nombró auditor de guerra en el ejército que comenzó a disciplinar en la hacienda de las Tablas para resistir la nueva invasión realista que, a fines de 1817, se supo estaba muy próxima a desembarcar en las playas chilenas.

Esta armonía duró poco. Estaba visto: Rodríguez no podía entenderse ni con San Martín, ni con O’Higgins. Las antiguas sospechas se reavivaron con mayor fuerza. Al pasar el ejército por Santiago en su marcha para el sur, el auditor de guerra recibió orden de detenerse, y prepararse a partir para Buenos Aires en calidad de agente diplomático, o de diputado de Chile, como entonces se decía.

Esto era volver a la idea de alejarle del país. No había más diferencia que el cambio de los Estados Unidos por las provincias argentinas.




- VI -

Se encontraba Rodríguez en esta situación, sin saber qué hacerse, ni cómo evitar el golpe que le amenazaba, cuando sobrevino el desastre de Cancha Rayada. En medio de la desesperación que produjo esta fatal noticia, el vecindario creyó que sólo Rodríguez podía salvar la patria. Muchos altos potentados fueron a buscarle a su residencia; le condujeron ante las corporaciones que se habían reunido en sesión general; y allí todo el concurso, por aclamación, determinó que el director delegado don Luis de la Cruz compartiese el mando con él.

Rodríguez correspondió a la confianza de sus conciudadanos. Con sus palabras y acciones, volvió a todos la esperanza, encendió el entusiasmo en todos los pechos. Como con una convicción vivísima, repitiese que la patria no perecería aquella vez, los desalentados habitantes lo creyeron. Los que poco antes sólo pensaban en huir, no pensaron ya sino en defender sus hogares hasta el último aliento, y en morir, si era preciso, pero heroicamente.

El gobernador provisional Rodríguez publicó la inminencia del peligro, e hizo un llamamiento a todos los hombres de corazón para que viniesen en auxilio de la santa causa de la revolución. Sacó de la maestranza las armas necesarias, y señaló el cuartel de San Diego por punto de reunión.

El cuerpo de voluntarios que iba a levantarse en aquella hora suprema tendría por nombre Húsares de la Muerte, y por divisa una calavera. La denominación y la insignia eran bien significativas.

Rodríguez pidió para sí la comandancia de aquel regimiento.

En pocas horas, se alistaron seiscientos individuos, muchos de ellos oficiales y soldados retirados del servicio.

Cuando llegaron a la ciudad O’Higgins y San Martín, no supieron con agrado lo que había sucedido; pero, ocupados en ver cómo rechazar al enemigo que avanzaba rápidamente sobre Santiago, olvidaron por entonces las disensiones domésticas. En aquel momento solemne, su pensamiento exclusivo era la salvación de la patria.

La victoria espléndida, decisiva, del 5 de abril, coronó los esfuerzos de los jefes, recompensó la abnegación de los ciudadanos.

Rodríguez con su regimiento no tuvo la gloria de encontrarse en toda la batalla, pero contribuyó a su conclusión. Ese día por la mañana, se hallaba en un punto distante del sitio donde se trabó. El estruendo de los cañones le advirtió que la reyerta estaba ya empeñada. Inmediatamente se encaminó con su tropa a la pelea, guiándose por el ruido de las descargas. Atravesó la llanura de Maipo casi a tientas, sin saber con fijeza cuál era la posición respectiva de los beligerantes.

Esta incertidumbre retardó su marcha. No pudo presentarse en el lugar de la acción hasta las cinco de la tarde.

El triunfo estaba decidido, más todavía quedaba trabajo para los recién llegados. Fueron los Húsares de la Muerte los que obligaron a rendirse al jefe realista don Ángel Calvo, que, con algunos restos, se defendía como un león en el cerro de la Niebla. Calvo había desertado en otro tiempo del ejército patriota, y combatía con la desesperación de quien está seguro que su derrota es el suplicio.

Habiendo muerto o hecho prisionero con su jefe a todo aquel piño de enemigos, los húsares permanecieron en el campo de batalla.

A los dos días, recibieron orden de continuar para el sur en persecución de los fugitivos; y en desempeño de esa comisión, se pusieron en marcha bajo el mando del teniente coronel Serrano. El comandante Rodríguez se volvió para Santiago.

Este jefe y aquellos voluntarios se separaron muy ajenos de que nunca tornarían a verse. Sin embargo, así debía suceder. Al jefe, le aguardaba la muerte; al regimiento, la dispersión.

San Martín y O’Higgins miraban el cuerpo levantado por Rodríguez como una falange de revolucionarios, como una base de futuros motines. Esa tropa, donde en la hora del peligro se habían alistado los amigos más decididos de Carrera, los partidarios más acérrimos del ilustre montonero, era para los gobernantes una amenaza perpetua, el núcleo de una oposición armada.

Los húsares alcanzaron hasta Linares. Allí se les ordenó que se replegasen sobre Talca. En esta ciudad, encontraron al coronel Zapiola, quien les comunicó que traía instrucciones del gobierno para licenciarlos. En el acto, el cuerpo quedó disuelto.

La suerte que cupo al jefe fue todavía mucho más triste, que la del regimiento.




- VII -

El triunfo de Maipo envalentonó a los vecinos de Santiago. Muchos creyeron que la independencia estaba ya asegurada, y que la dictadura era en adelante innecesaria.

Se comenzó a hablar con calor en los círculos de la capital sobre la urgencia de poner término al régimen militar y absoluto que se hallaba establecido. Se clamó porque de una vez se afianzasen las garantías de los ciudadanos, y se tomasen precauciones contra los desafueros posibles de la autoridad. Era ya preciso que se proveyese al respeto de las propiedades; que se atendiese a la seguridad de las personas; que se fijasen reglas al ejercicio del poder; que se diese intervención al pueblo en el gobierno.

Algunos querían que, por medio de una asamblea, se consultase la voluntad de la nación acerca de cuestiones tan vitales para ella.

Los más consideraban este arbitrio demoroso y lleno de dificultades. El país no estaba completamente pacificado; el enemigo no lo había aún evacuado todo entero. ¿Cómo pensar en la convocatoria de un congreso general? Eso se haría más tarde; pero, entre tanto, era urgentísimo dar al gobierno una forma constitucional, aunque fuese provisional.

Los de esta opinión, que eran muchos, juzgaron que el cabildo de Santiago podía suplir la falta de una representación nacional.

Esta corporación era tan antigua, como la fundación misma del reino de Chile. Durante el coloniaje, había sido venerada con amor; en 1810, había comenzado la revolución; y esta, que había abolido la audiencia, disuelto a bayonetazos un congreso, cambiado tantas veces violentamente las juntas ejecutivas, había respetado siempre a la municipalidad. Los regidores y sus partidarios juzgaban tales antecedentes títulos bastantes para pretender, en aquellas circunstancias extraordinarias, una ingerencia considerable en la dirección del Estado.

El cabildo, que, en otro tiempo, había sido el cuerpo deliberante de los revolucionarios, el que había formulado las ideas de los innovadores, el que había dado respetabilidad a los actos de estos, ¿por qué no había de desempeñar en 1818 las mismas funciones que en 1810, es decir, por qué no había de ser el senado de la nación más bien que el consejo de una ciudad?

Los municipales de la época de O’Higgins soñaron llegar a ser lo que habían sido los de la época de Carrasco y de Toro, y se lisonjearon con imponer la ley al dictador, como sus antecesores se la habían impuesto a los dos presidentes que acabo de nombrar.

El 17 de abril de 1818, a los doce días de la victoria de Maipo, los que patrocinaban el proyecto mencionado, concurrieron en gran número a la sala capitular, y se constituyeron en cabildo abierto.

Enseguida, nombraron una comisión compuesta de don Agustín Vial, don Juan José Echeverría y don Juan Agustín Alcalde, para que pasasen al lado del dictador, y le hiciesen conocer, en nombre de la reunión, la necesidad que había de que se supliese por la intervención del cabildo en los negocios públicos la falta de una asamblea nacional, cuya convocatoria impedía por entonces la situación del país. Pretendían que por lo menos se les concediese el nombramiento de los ministros de Estado, excepto el de la guerra, cuya elección sería privativa del jefe supremo.

O’Higgins escuchó con disgusto los discursos de aquellos diputados, y les ordenó que fuesen a llamar a los cabildantes para que éstos viniesen a saber por sí mismos la respuesta que iba a dar a semejantes proposiciones.

La actitud altanera que tomaba el director disminuyó los bríos de los municipales, que acudieron a palacio un sí es no es medrosos, y con aire de arrepentimiento.

Don Bernardo les reprendió su conducta, acusó de irrespetuosos, de descomedidas las expresiones de que se había servido Vial para hacer presente su misión, y los despidió con una negativa terminante y todas las señales de un gran descontento.

Nadie se atrevió a contradecirle, y todos se retiraron sumisos.

Vial y Echeverría fueron desterrados de Santiago, en castigo de lo que se llamaba su insolencia.




- VIII -

Rodríguez había representado un gran papel en todo aquel alboroto. Había sido uno de los más animados, y uno de los que con más empeño habían sostenido que debía obligarse a los gobernantes a condescender con los votos del pueblo.

Su voz había resonado tonante en la sala capitular; y enseguida, había venido acompañando al cabildo hasta el patio de palacio, donde había continuado en sostener con toda energía su opinión.

O’Higgins supo o escuchó lo que Rodríguez estaba diciendo. El proceder osado de aquel soldado tribuno agotó su paciencia. El dictador no se resolvió a sufrir por más largo tiempo a un revoltoso tan incorregible, y determinó escarmentarle.

Hizo venir del cuartel de San Pablo una compañía del batallón Número 1 de Cazadores de los Andes, que allí estaba hospedado; y con ella, remitió al mismo lugar preso a don Manuel Rodríguez. El capitán don Manuel Antonio Zuloaga, que la mandaba, recibió orden de hacer fuego sobre el pueblo, si durante el tránsito algún grupo intentaba arrebatar al prisionero.

Nada de eso sucedió; y Rodríguez fue encarcelado en el cuartel de San Pablo.

El teniente coronel don Rudesindo Alvarado, comandante del Número 1 de Cazadores, escogió veinticinco hombres de confianza, los puso a las órdenes del capitán Zuloaga y del teniente español don Antonio Navarro, y encargó a los dos la custodia de don Manuel, haciéndoles responsables de ella.

Rodríguez permaneció en San Pablo cerca de un mes. Sus guardianes tenían instrucciones expresas de no dejarle comunicarse con nadie; pero don Manuel supo congraciarse con Navarro, y éste, que se alternaba en la guardia con Zuloaga, cada vez que entraba de turno, le dejaba salir disfrazado a la calle. En esas ocasiones, Navarro sacaba al preso, a la media noche; y confiado en su palabra, le permitía irse a donde más le acomodase. Una hora antes del toque de diana, volvían a reunirse en una esquina que tenían designada, y Navarro encerraba otra vez a Rodríguez en su calabozo. Los amigos con quienes éste se veía durante aquellas escapadas nocturnas, le instaban que aprovechase la ocasión y huyese. Rodríguez desechaba sin vacilación tales consejos. Jamás, decía, comprometería al oficial que le prestaba aquel servicio, y que se confiaba en su honor.

A fines de mayo, el batallón comenzó a prepararse para trasladarse a Quillota. El preso debía seguirlo.

¿Con qué objeto se hacía emprender a Rodríguez semejante viaje?




- IX -

En uno de los días que precedieron a la partida (el 22 de mayo), Navarro se acercó todo inquieto y azorado al capitán del mismo cuerpo don Manuel José Benavente, y le pidió una conferencia, porque deseaba consultarle sobre un negocio delicado.

Le refirió enseguida que la noche anterior el comandante Alvarado le había conducido, sin decirle para que, a presencia del director; que éste se encontraba con el general don Antonio Balcarce; que O’Higgins le había hablado de Rodríguez, pintándoselo como un hombre distinguido por su talento y valor, el cual había prestado buenos servicios a la revolución, pero turbulento e incorregible; que le había contado como él y San Martín habían procurado infructuosamente ganar de todos modos a aquel hombre díscolo, o alejarle del país con comisiones honoríficas; que le había explicado a lo largo como semejante individuo sería funestísimo para Chile, descubriéndole la intención en que se hallaban de deshacerse de él, como único arbitrio que restaba; y que, por último, después de este minucioso preámbulo, había terminado con la propuesta de que se encargara de desempeñar aquella comisión, para lo cual se ofrecía una oportunidad en la marcha del batallón a Quillota. El director le había comunicado además que la misma indicación se había hecho a Zuloaga; pero que este joven había andado con escrúpulos, que habían obligado a fijarse en otro.

Navarro, después de una larga conferencia, había pedido veinticuatro horas para resolverse.

Aquella noche, se cumplía el plazo, y no sabía qué hacer.

Benavente oyó esta relación con desconfianza. Temió que aquella fuera una red que se le tendía para experimentar su fidelidad al gobierno. Todo podía temerse. La época no era para descuidarse. Su familia era conocidamente carrerina, y era ese un motivo más que suficiente para andar con tiento. Sin embargo, contestó a Navarro:

-Imite Usted a Zuloaga; rehúse como él.

A este consejo, objetó el consultante su calidad de español, su aislamiento en un país extranjero, el temor de que se le hiciera morir para asegurar el secreto:

Usted sabrá entonces lo que hace -le dijo Benavente

Y le volvió las espaldas, indeciso sobre si aquello sería un embuste o una realidad.




- X -

El 25 de mayo a la madrugada, el batallón se puso en camino para Quillota.

A cierta distancia, iba Rodríguez con su escolta bajo las órdenes de Zuloaga; le acompañaba también Navarro.

El capitán Benavente mandaba ese día la guardia de prevención, y marchaba a la inmediación del grupo que acabo de describir.

Se aprovechó de esta circunstancia para acercarse a Rodríguez, y para ofrecerle un cigarro de papel en cuya envoltura había escrito: «Huya usted, que le conviene». Rodríguez leyó estas palabras siniestras. La sorpresa le impidió ocultarlas bastante a tiempo para evitar que las leyera también Navarro, que, en aquel momento, caminaba a su lado.

Rodríguez no era ciertamente un hombre cobarde, nadie se habría atrevido a decirlo. Había siempre arrostrado el peligro con una rara serenidad. Pero no es lo mismo el desprecio de la muerte en una lucha, que el recelo de ser apuñaleado por la espalda en un camino solitario. Esto último hace palidecer al más bravo.

El aviso de Benavente dio miedo a Rodríguez. Recordó los tristes pronósticos de sus amigos en Santiago. Se agolparon a su mente mil incidencias, en que antes apenas había reparado, y que, en aquel momento, tomaron para él un significado funesto.

Rodríguez había vivido en una época de trastornos y de violencias; sabía a no caberle duda que las pasiones políticas en cierto grado de exaltación no se detienen delante de nada, que la vida del hombre no es para ellas más sagrada que cualquiera otra cosa. No tenía ningún motivo para mirar como imposible una venganza sangrienta.

Se acercó a Navarro; le pidió como amigo una revelación de lo que supiese sobre el particular. ¿Le habían dado algún encargo fatal? Si era así, le suplicó que permitiese su fuga. ¿Qué mal podía acarrearle aquel acto de piedad? Él le haría rico, le haría feliz. A él mismo, no le faltaba dinero; tenía además amigos que recompensarían espléndidamente aquel servicio.

El español procuró tranquilizarle; le aseguró que no tenía nada que temer.

Sin embargo, sus protestas no calmaron a Rodríguez. Había en aquellas palabras algo que le alarmaba. El temor no sólo desazona el corazón de la víctima, sino también el corazón del asesino; la palidez no sólo cubre el semblante del que va a morir, sino también el de aquél que debe herir.

Rodríguez continuó la marcha triste, taciturno.

En la primera ocasión, intentó sobornar al sargento del destacamento. Le ofreció oro, si favorecía su fuga. Nada consiguió.

Durante ese día y el siguiente, las alternativas del viaje permitieron a Rodríguez trabar conversación con algunos oficiales. A todos, les descubrió sus sospechas, y les rogó que si algo sabían, se lo comunicaran. Sus respuestas negativas no le satisficieron. Si no le decían nada que apoyase sus recelos, tampoco le decían nada que los disipase.

Dos leguas antes de llegar a la hacienda de Polpaico, Zuloaga recibió orden de entregar el preso y el mando de la escolta al teniente Navarro. Rodríguez lo supo con sentimiento, e hizo inútiles esfuerzos para que el cambio no se operase.

En la tarde del día 26, el batallón acampó en las márgenes de un arroyo que corre inmediato a las casas de la hacienda de Polpaico.

Navarro, con el preso y su escolta, se alojó en una pulpería distante tres cuadras a retaguardia.

Rodríguez estaba más sombrío y meditabundo. Interrogó a Navarro con más instancia sobre cuál sería su suerte; le reiteró sus ofertas.

El español se esforzó por ahuyentarle aquellos lúgubres pensamientos. Le repitió que estaba viendo visiones. Para restituirle la alegría, mandó que sirviesen licor, y le hizo beber.

Después de eso, le convidó para ir por aquella vecindad a una de esas visitas que los hombres de guerra rehúsan pocas veces, deseosos de mezclar los dulces deleites a los rigurosos ejercicios de su dura profesión. Rodríguez se negó desde luego a la invitación; pero fueron tan apremiantes las instancias de su guardián, que al fin consintió.

Parece que el desgraciado hubiera tenido como un presentimiento de que, en vez de los brazos de una mujer, le aguardaba la muerte.

Los dos montaron a caballo, y partieron solos.

Era la oración.

A poco andar, Navarro sacó repentinamente de entre la ropa una pistola; y apoyando casi la boca de esta arma sobre el cuello de su compañero, la disparó sobre él, y le derribó por tierra.

Al ruido del pistoletazo, acudieron los cabos Gómez y Agüero, a quienes de antemano y a prevención tenía el español emboscados por allí cerca, y a una orden de su teniente, ensartaron sus bayonetas en el pecho de su ilustre víctima.

Navarro había cuidado de alejar con diversos pretextos a los otros individuos del destacamento.

A continuación, se rasgó con un cuchillo la manta en tres distintas partes, y se puso a decir que había hecho fuego sobre Rodríguez, porque había arremetido contra él para fugarse.




- XI -

La noticia de aquella desgracia se divulgó en un instante por todo el batallón. Alvarado levantó en el acto un sumario de lo que había sucedido, y lo remitió sin tardanza con el capitán don Santiago Lindsay.

Este bravo oficial partió a escape para la capital. Fue a desmontarse a la puerta misma del palacio, y exigió que, todo cubierto de polvo como estaba, le condujesen a O’Higgins.

Lindsay venía palpitante de emoción. Aquel acontecimiento desastroso había conmovido profundamente, tanto a él, como a sus camaradas. Esperaba que hiciese una impresión no menos fuerte sobre el ánimo de O’Higgins. Mas éste leyó el pliego de Alvarado, y permaneció impasible. No se reveló ni en su semblante ni en su apostura la menor sorpresa. No preguntó un solo detalle, no pidió una sola explicación sobre un hecho, que, fuese como fuera, debía comprometerle tan seriamente a los ojos del público:

-Capitán, ¿cuándo piensa Usted regresar al batallón? -fue la única interrogación que dirigió a Lindsay.

En vista de tan extraordinaria indiferencia, este militar dijo más tarde a uno de sus amigos que para él no era dudoso que O’Higgins sabía con anticipación lo que iba a suceder.

La noticia de esta catástrofe produjo la mayor discordancia en las opiniones.

Muchos al principio no la creyeron; y dándose por sagaces, atribuyeron la desaparición de Rodríguez a una tramoya de San Martín, que le había enviado al Perú con igual comisión a la que había desempeñado en Chile antes de la restauración.

Los partidarios del gobierno sostuvieron que sus conatos de fuga habían causado su muerte.

Los enemigos de la administración llamaron el hecho con su verdadero nombre: un asesinato.

Navarro, después de una prisión de mes y medio, salió para las provincias argentinas. En cuanto a los dos cabos Gómez y Agüero, fueron sin demora enviados con recomendación al ejército del Tucumán.

El capitán Benavente, aquél que en el camino había dado en el cigarro un aviso a Rodríguez, recibió orden de ir a continuar sus servicios a la otra banda, y allí fue dado de baja al poco tiempo.






ArribaAbajoCapítulo X

Nombramiento de don Miguel Zañartu para agente diplomático de Chile en Buenos Aires.- Modificación en el personal del ministerio.- Nombramiento de una comisión para que redacte una constitución provisional.- Renuncia que hace don José Miguel Infante del ministerio de hacienda y nombramiento de don Anselmo de la Cruz para sucederle.- Promulgación de la constitución provisional.- Análisis de esta constitución.- Nombramiento de don José Joaquín Echeverría y Larraín para reemplazar a don Antonio José de Irisarri en el ministerio de gobierno.- Insurrección de los Prietos.



- I -

Después de la victoria de Maipo, el ministerio del director se renovó casi completamente. Sólo Zenteno permaneció en el departamento de la guerra.

Don Hipólito Villegas se retiró fatigado de los negocios políticos.

Zañartu recibió despacho de agente diplomático cerca del gabinete argentino. El objeto de esta misión era triple: facilitar las relaciones entre dos gobiernos tan estrechamente aliados, como lo eran los de Chile y Buenos Aires; impedir las maquinaciones de don José Miguel Carrera, refugiado entonces en Montevideo; adquirir buques y pertrechos navales para la escuadra que se proyectaba organizar a fin de dominar el Pacífico. El desempeño de esta comisión exigía un hombre de la capacidad de Zañartu. Sólo esta consideración pudo obligar a don Bernardo a separar de su lado un ministro que era al mismo tiempo su amigo.

El temor de los manejos de Carrera, y la urgencia que se sentía de poner lista una fuerza marítima, hicieron apresurar la salida de Zañartu. No se reparó en medios para superar cuantos obstáculos se oponían a su marcha. Una nevada que duró seis días le retuvo en la villa de Santa Rosa. Luego que Zañartu comunicó este contratiempo, O’Higgins le contestó instándole para que continuase su viaje tan pronto como le fuera posible. En Mendoza, la falta de carruaje le retardó todavía. Tuvo que comprar uno a fin de proseguir su camino hasta Buenos Aires, y poder dar principio cuanto antes a las funciones para que iba destinado.

La separación de Villegas y la ausencia de Zañartu dejaron vacantes dos ministerios: el de hacienda y el de gobierno. El primero se encomendó a don José Miguel Infante, y el segundo a don Antonio José de Irisarri.

Era éste un distinguido escritor guatemalteco, que había tomado una parte activa en la revolución chilena. Estaba ligado por su esposa a la familia de los Larraines, y se había mostrado siempre acérrimo enemigo de los Carreras. Había llegado recientemente de Europa, y gozaba de una gran reputación de talento.




- II -

Después del cabildo abierto que una porción del vecindario celebró el 17 de abril para exigir que se diese al gobierno una forma constitucional, tanto los ministros de O’Higgins, como sus demás consejeros, le persuadieron que accediese hasta cierto punto a los deseos del pueblo. El poder omnímodo e indefinido que ejercía asustaba a la generalidad, y convenía quitar todo pretexto a la murmuración. A la dictadura arbitraria y sin restricciones de ningún género que existía, debía sustituirse una dictadura legal. Así, todo lo que habría de nuevo sería un reglamento y unos cuantos dignatarios; y se aquietaría la alarma de los que criticaban que no se hubieran fijado reglas al ejecutivo.

O’Higgins reconoció la justicia de estas observaciones.

En consecuencia, el 18 de mayo de 1818, expidió un decreto que anunciaba en la organización del gobierno. Principia en él por recordar que su nombramiento de director había sido con facultades ilimitadas; los dictámenes de su prudencia eran la única traba que se le había señalado. Añade enseguida que no quiere exponer por más tiempo el desempeño de los arduos negocios de la república al alcance de su sólo juicio. Concluye declarando que, como no sería oportuna la reunión de un congreso, el cual se convocaría más tarde en la época conveniente, nombra, entre tanto, una comisión de siete individuos para que le presente un proyecto de constitución provisional.

Estos legisladores por gracia del director eran don Manuel de Salas, don Francisco Antonio Pérez, don Joaquín Gandarillas, don José Ignacio Cienfuegos, don José María Villarreal, don José María Rosas y don Lorenzo José de Villalón.




- III -

La comisión se puso sin tardanza a elaborar el trabajo que se le había encomendado; pero antes de terminar sus tareas, el ministerio sufrió una nueva modificación con la salida de don José Miguel Infante, uno de sus miembros más caracterizados y respetables.

Este republicano de estilo antiguo, de conciencia rígida, de principios inflexibles, no podía de ningún modo formar parte de una administración que, en muchas ocasiones, se creía autorizada para anteponer el interés de la revolución o de su partido a la legalidad, la razón política a la justicia.

Infante hizo, pues, dimisión de su carrera en junio de 1818.

Había marcado su pasaje en el gobierno con dos disposiciones importantes. Fue la una el nombramiento de una comisión central de secuestros, y el arreglo de este ramo de ingresos públicos. Son superiores a toda ponderación el despilfarro en que se hallaba la administración de las propiedades confiscadas, y los robos escandalosos a que había dado origen. Don José Miguel ordenó que rindieran cuentas todos los que habían intervenido en los secuestros, y que en adelante ninguno de aquellos bienes se vendiera o arrendara sino en subasta pública. El remedio, sin embargo, era tardío e ineficaz. Habían ensuciado sus manos en aquellas deshonrosas sustracciones algunos individuos para con los cuales era necesario tener miramientos en razón de sus circunstancias y de su alta posición social. La ley era impotente contra semejantes reos.

La segunda providencia notable tomada por Infante, de que he hablado, fue la concesión de franquicias por primera vez al comercio de cabotaje.

Para llenar la vacante que don José Miguel dejaba en el ministerio, se llamó a don Anselmo de la Cruz, caballero que, si no descollaba por una capacidad sobresaliente, había sido un buen patriota. Al mérito de su civismo, añadía para O’Higgins la calidad de ser hermano de la señora en cuya casa se había educado cuando niño.




- IV -

El 8 de agosto de 1818, la comisión nombrada para redactar la constitución provisional remitió al director el proyecto que había concertado.

Por una advertencia colocada a su conclusión, opinaba que, para ponerla en planta, se hiciera sancionar y jurar en todas las ciudades y villas del Estado por los cabildos, corporaciones y cuerpos militares.

El director y sus ministros encontraron muy a medida de sus deseos el contenido de aquella carga constitucional, que probablemente se había compuesto según las bases que ellos mismo habían designado; pero no se conformaron igualmente con la manera de hacerla aprobar por el pueblo, que indicaba la comisión. Napoleón, a su vuelta de la isla de Elba, había practicado un procedimiento para el caso, que les parecía muy conveniente imitar. Era tan seguro en su resultado como el que había imaginado la comisión, y más solemne e hipócrita en la forma.

Consistía el admirable invento en publicar por bando el proyecto constitucional, y en poder a continuación en cada parroquia por cuatro días dos libros, de los cuales el uno llevaría por epígrafe: Libro de suscripciones en favor del proyecto constitucional; y el otro, Libro de suscripciones en contra del proyecto constitucional. En el primero, debían firmar los que querían ser regidos por la constitución provisional; y en el segundo, los que no.

El gobierno sabía de antemano que sólo una de esos libros se cubriría de firmas, y que el otro quedaría en blanco.

Sucedió como lo había pensado, y como no podía menos de suceder.

Todas las firmas que se recogieron desde Copiapó hasta Cauquenes estuvieron por la afirmativa, y no hubo ninguna por la negativa.

La operación no se hizo extensiva a los departamentos de más al sur, porque los restos del ejército real no los habían evacuado todavía.

El círculo del director quiso hacer pasar la uniformidad de los signatarios por la expresión más clara y evidente de la voluntad nacional. Pero eso estaba bueno para dicho, mas no para creído. Aquella Constitución formulaba la teoría política de los que la habían elaborado.

El 23 de octubre, se juró por todas las corporaciones en el salón principal del Consulado la carta que en adelante iba a regir la República.




- V -

Las disposiciones de la Constitución provisional eran de dos especies: las unas reconocían y formulaban esos derechos individuales que se encuentran proclamados en todas las constituciones modernas; las otras organizaban los poderes públicos.

Las garantías de los ciudadanos eran en este código simples adornos. No se había estatuido nada que asegurase su observancia. En último resultado, su infracción o su respeto dependían del capricho del director, que era la autoridad soberana.

La Constitución provisional principiaba por declarar Jefe supremo de la Nación a don Bernardo O’Higgins. No fijaba término a la duración de su cargo. Le facultaba para nombrar todos los empleados, incluso los senadores y los jueces, a propuesta en ciertos casos de las respectivas corporaciones o jefes de oficina. Le era privativa la inversión de los caudales públicos sin sujeción a presupuesto, y sin más traba que la de dar cuenta al Senado.

El director mandaba y arreglaba las fuerzas de mar y tierra; confirmaba o revocaba las sentencias dadas contra los militares por los consejos de guerra; autorizaba las sentencias contra el fisco; podía conceder perdón o conmutación de la pena capital.

Cuando así conviniese al bien del Estado, le era permitido abrir la correspondencia epistolar delante del fiscal, procurador de ciudad y administrador de correos.

Si salía del territorio chileno, estaba facultado para designar, de acuerdo con el senado, la persona que había de reemplazarle.

En una palabra, según la letra de la Constitución provisional, el director de la República gozaba de más amplias atribuciones, que el antiguo presidente-gobernador de la colonia.

Su autoridad sólo estaba limitada por el senado, al cual competía el Poder Legislativo, y por los tribunales, que entendían en lo contencioso. Sin embargo, tanto el primero, como los segundos, eran todavía, como queda dicho, nombrados por el director.

Las indicadas eran las facultades que le estaban expresamente concedidas; pero podía tomarse sin obstáculo cuantas se le antojase. La única precaución que los legisladores habían adoptado para asegurar el cumplimiento de su código, eran las observaciones que, en caso de infracción, debían elevar al mismo director el senado y ciertos funcionarios que, con ese objeto, y el pomposo título de censores, se habían creado en cada uno de los cabildos. ¿Podía creer alguien de buena fe que esos dependientes del poder ejecutivo (pues senadores y censores no eran otra cosa) habían jamás de molestarle con reprimendas y protestas?

Es verdad que este código se promulgaba con el carácter de provisional, que se reconocía la soberanía del pueblo, y se prometía que más tarde éste por medio de sus representantes acordaría lo que mejor le pareciese. Pero ¿cuándo creería el director O’Higgins que había llegado ese momento oportuno?

El senado sólo se componía de cinco propietarios y de cinco suplentes. Aunque su elección correspondía al director, éste quiso que el pueblo sancionase su nombramiento en la misma forma, y al mismo tiempo, que la Constitución. Al efecto ordenó que se publicasen junto con el Proyecto provisional, los nombres de los senadores designados a fin de que los ciudadanos los confirmasen con sus firmas en el elevado puesto para que él los había considerado dignos.

Los senadores propuestos fueron admitidos con la misma unanimidad, que la carta constitucional.

Los propietarios fueron: don José Ignacio Cienfuegos, don Francisco de Borja Fontecilla, don Francisco Antonio Pérez, don Juan Agustín Alcalde y don José María Rosas; y los suplentes, don Martín Calvo Encalada, don Francisco Javier Errázuriz, don Agustín Eyzaguirre, don Joaquín Gandarillas y don Joaquín Larraín.

Todas estas medidas dejaban constituida en Chile la dictadura más absoluta, disfrazada bajo ciertas apariencias hipócritas, que sólo podían engañar a los muy inocentes, o a los que querían dejarse alucinar. La Constitución que se otorgaba como una concesión a las exigencias de la opinión pública, no era, poco más o menos, sino la redacción en el papel de cuanto se había estado practicando desde la victoria de Chacabuco. O’Higgins, en realidad, después de la promulgación de la carta fundamental, quedaba con facultades tan omnímodas, como las que tenía antes de que se hubiera dictado.




- VI -

A los seis días de la jura de la Constitución, se retiró del ministerio don Antonio José de Irisarri, con el objeto de pasar a Europa a representar los derechos de Chile en el congreso de soberanos que, por aquel entonces, se anunciaba iba a reunirse en Aquisgrán. A esta comisión, se le agregaba la de que negociase un empréstito que sacara de apuros al erario nacional.

Entró a reemplazarle en la cartera de gobierno don Joaquín Echeverría y Larraín.

Era éste un caballero, ligado a una de las primeras familias del país, que había sufrido la pena de su decisión por el sistema revolucionario con una dura prisión en las casamatas de Lima.

De carácter condescendiente y bondadoso, de maneras suaves y corteses, era uno de esos hombres, que, en vez de dar el impulso a los partidos políticos, lo reciben de ellos. Los individuos de este temple, si no tienen el prestigio de los jefes de facción, en cambio se eximen de la odiosidad que los otros siempre arrastran. Las tempestades estallan sobre sus cabezas sin tocarlos. Cuando vuelven a la vida privada, son pocos los odios que los siguen hasta ella. Don Joaquín Echeverría podía ser contado en esa clase. Por consiguiente, su presencia en los consejos del director no debía introducir ninguna variación en el sistema político que estaba adoptado.




- VII -

La Constitución provisional estuvo muy distante de satisfacer las aspiraciones de una gran parte de la gente ilustrada. Deseaban muchos más libertad, más garantías. Pero la mayoría de tales opositores creía lo más prudente guardar silencio, y estarse quietos.

Los unos consideraban una locura todo pensamiento de insurrección contra un gobierno a quien sostenía un brillante ejército. Los otros miraban como un crimen de lesa patria todo proyecto que envolviera probabilidades de anarquía, cuando los enemigos de la América no estaban aún completamente vencidos. A los primeros, los contenía el sentimiento de su impotencia; a los segundos, la persuasión de que todo debía postergarse a la consolidación del sistema nacional. Unos y otros murmuraban entre sus amigos, y aguardaban una ocasión más oportuna para hacer valer sus reclamaciones del modo que se lo permitieran las circunstancias.

Sin embargo, no faltaron individuos menos cautos, o más audaces que los anteriores, los cuales, a pesar de los consejos de la prudencia, resolvieron protestar a mano armada y sin tardanza contra la dictadura de O’Higgins.

Los principales promotores de esta disparatada empresa fueron don Francisco de Paula Prieto, y sus dos hermanos, José y Juan Francisco, vecinos de la ciudad de Talca, y relacionados en aquella tierra. Hasta aquella fecha, ninguno de los tres había representado un papel grande ni pequeño en la revolución. Habían sido patriotas decididos, como tantos otros, y nada más. Pero, de repente, y sin saber por qué, don Francisco de Paula concibió la idea de acaudillar la oposición latente que existía contra el director.

Ni él ni sus hermanos habían sido nunca militares; pero en lugar de grados y servicios, les sobraba la osadía. Este sentimiento, que no era moderado en ellos por un cálculo bastante certero de lo que son las cosas humanas, les hizo persuadirse que el levantamiento de una guerrilla era una base suficiente para comenzar una insurrección contra un gobierno que, si no contaba con una opinión unánime en su favor, estaba al menos apoyado en un poderoso ejército.

Las ventajas que don Manuel Rodríguez había obtenido con sólo su montonera, contribuían indudablemente a alucinarlos. No tomaban en cuenta la inmensa diferencia que había entre su propia situación, y aquélla en que se había encontrado el ilustre revolucionario cuyo ejemplo se proponían imitar.

Este falso juicio los precipitó en su ruina.

Los Prietos se lisonjeaban de que bastaba lanzar un grito contra O’Higgins para que el pueblo lo repitiese. Partían del supuesto de que para conseguir un éxito completo, era suficiente comenzar. Bien pronto y a su costa, la serie de sucesos les hizo conocer cuán equivocada era semejante presunción.

En el mes de noviembre de 1818, los Prietos, seguidos de un cierto número de secuaces, establecieron su campamento en los montes de Cumpeu, partido del Maule.

Desde este sitio, don Francisco de Paula, tomando el pomposo título de Protector de los pueblos libres de Chile, dirigió al general del ejército del sur don Antonio Balcarce, y al gobernador intendente de Concepción don Ramón Freire, sendos paquetes de proclamas, bandos y reglamentos en que los excitaba a cooperar al derribamiento de la administración de O’Higgins. Como era natural, la respuesta que ambos jefes dieron a aquellas invitaciones, fue remitirlas con un correo extraordinario al gobierno de Santiago.

Entre tanto, los sublevados habían engrosado sus filas con la incorporación de sesenta granaderos a caballo, que habían logrado atraer a su partido. Este refuerzo les dio ánimos para entrar en campaña, y principiar sus correrías. Se apoderaron momentáneamente de los pueblos de Curicó y Linares, donde sacaron algunas contribuciones; y se encaminaron sobre Talca, a la que intimaron rendición en el plazo de veinte y cuatro horas. Pero manifestándose esta ciudad dispuesta a resistir, y sabedores los montoneros de que se aproximaba en contra de ellos con alguna tropa el sargento mayor don Santiago Sánchez, se retiraron y se refugiaron en los bosques.

En esta situación, don Francisco de Paula vino de incógnito a Santiago para buscar recursos, y entenderse con algunos correligionarios, y dejó el mando de la guerrilla a sus dos hermanos.

Durante su ausencia, estos jóvenes se confiaron de un español que se les había presentado como desertor, pero que era sólo un espía del gobierno. Este traidor se puso de inteligencia con don Francisco Martínez, jefe de uno de los destacamentos que andaban en persecución de los insurrectos, y le procuró una ocasión de que sorprendiera el cuerpo principal de ellos. Los dos Prietos y los suyos intentaron una resistencia desesperada pero inútil. Algunos murieron en la refriega, muchos fueron prisioneros, y los restantes encontraron la salvación en la fuga.

Entre los prisioneros, se contaba don José Prieto, que aquella vez hacía de caudillo. Conducido a Talca, fue fusilado sin tardanza.

Don Francisco de Paula supo en Santiago este descalabro. Sin embargo, no se desanimó, y resolvió volverse a los campos de Talca para continuar su aventurado proyecto.

A su pasaje por Paine, se puso de acuerdo con el juez de este lugar; y entre ambos, formaron una pandilla, que sorprendió la guardia de la Angostura.

Ésta fue la última hazaña de Prieto.

Una persona respetable que se le había vendido por amigo durante su resistencia en Santiago, delató al gobierno cuanto el proscrito le había revelado, y su nuevo viaje para el sur. Con este aviso, la autoridad pudo atraparle en las orillas del Cachapoal, con todos los que le acompañaban.

Traído a Santiago, fue sometido con sus cómplices a una comisión extraordinaria, que condenó a Prieto y al juez de Paine a sufrir el último suplicio. En conformidad de esta sentencia, los dos recibieron la muerte en la plazuela de San Pablo, el 30 de abril de 1819.

Tal fue el trágico e infructuoso resultado de la primera intentona a mano armada a que dio margen la dictadura de O’Higgins.






ArribaAbajoCapítulo XI

Retirada de las tropas realistas para Valdivia después de la batalla de Maipo.- Emigrados patriotas de la provincia de Concepción.- Amnistía.- Vicente Benavides.- Insurrección de Benavides en la frontera.- Don Ramón Freire.- Acción de Curalí.- Creación de la escuadra.- Su primera salida al mando de Blanco Encalada.- Lord Cochrane.- Toma de Valdivia.- Expedición libertadora del Perú.



- I -

Se equivocaría quien, juzgando la administración de O’Higgins únicamente por lo que dejo relatado, entendiera que ella sólo comprendió facultades omnímodas, arbitrariedades, secuestros, proscripciones, suplicios. Prestó también grandes servicios a la causa de la independencia. Tuvo la guerra con España por pretexto de sus faltas, la victoria por fruto de sus trabajos, la gloria por disculpa de sus vicios y demasías.

Con un erario escueto, con un país empobrecido, con una nación agotada, improvisó una marina, sostuvo un ejército, combatió contra el enemigo de la América por mar y por tierra; le aniquiló en nuestro suelo, y fue a perseguirle hasta el Pacífico, hasta el Perú.

La magnitud de tales méritos compensó para muchos la deformidad de su despotismo. El afecto que se profesaba al libertador acallaba en más de un corazón el odio que se debía al dictador. Sin el prestigio de sus triunfos, O’Higgins no habría podido sostenerse seis meses, y mucho menos seis años.

Fueron los bienes que hizo en pro de la independencia, los que estorbaron el horror que de otro modo habrían inspirado algunos de sus pecados políticos.




- II -

He referido en lo que antecede las faltas que cometió como magistrado y como hombre; es una justicia para él, y un placer para mí, contar ahora los servicios que al mismo tiempo prestaba a la República.

La batalla de Maipo arruinó completamente el poder moral de los realistas en Chile, pero no su poder material. Después del 5 de abril, sólo los muy obtusos y reacios conservaron una firma esperanza de vencer, y sin embargo, sus tropas poseían toda la región que se extiende desde la orilla meridional del Maule, y componían un ejército que alcanzaba a dos mil hombres.

Al frente de ese ejército, estaban Ossorio, el vencedor de Rancagua y de Cancha Rayada, y Sánchez, el sostenedor de Chillán. Pero ni el uno ni el otro hicieron nada para recuperar la superioridad de sus armas. El desaliento había amilanado a esos dos jefes, que nadie por cierto puede razonablemente tachar de cobardes.

Ossorio se fugó casi solo para el Perú, antes de tornar a ver las caras a los vencedores de Maipo.

Sánchez, que le sustituyó en el mando, intentó hacer alguna resistencia a los batallones patriotas que, a las órdenes del general don Antonio Balcarce y de don Ramón Freire, envió O’Higgins para desalojar de sus últimas posiciones a los partidarios de la metrópoli; pero habiéndose limitado a algunas descargas y a dos o tres pequeños encuentros, se retiró con su gente para Valdivia, atravesando el territorio araucano.

En el mes de febrero de 1819, toda la provincia de Concepción quedó libre de realistas e incorporada a la República. El pendón de Chile volvió a flamear sobre esa ciudad de Chillán, que, en 1813, había contenido la impetuosidad de Carrera, y sobre ese puerto de Talcahuano, que, en 1817, había resistido al denuedo de O’Higgins.

La guerra pareció concluida.




- III -

Los emigrados que, a la época de la segunda invasión de Ossorio, habían abandonado las comarcas del sur, recibieron orden de restituirse a sus hogares.

A pesar de las escaseces del tesoro, el gobierno había velado por la subsistencia de aquellos infelices mientras habían permanecido en Santiago y lugares inmediatos; cuatro mil trescientos treinta y uno de ellos habían recibido de las arcas nacionales toda especie de socorros.

Así como se había atendido a su manutención, se cuidó también de proporcionarles los medios de transporte que necesitaban para regresar a las casas de sus padres. El Estado les facilitó cabalgaduras y víveres para el viaje, y veló con celo paternal en que nada les faltase.

El director O’Higgins no redujo a estas medidas la expresión de su interés por los habitantes de la provincia que más había sufrido durante la larga guerra de la independencia.

Publicó la más completa amnistía para todos sus moradores. Sólo serían perseguidos los que estuvieran armados contra la república, y no se rindiesen. Las personas y propiedades de todos los demás eran sagradas, cualesquiera que hubieran sido sus anteriores ideas. Nadie podía ser interrogado ni por los particulares, ni por los magistrados, sobre su conducta pasada. El menor insulto, la más simple alusión, que se hiciera con ánimo ofensivo a las opiniones realistas de los que las habían abrazado, debían ser castigados con las penas que la ley señala para las injurias graves. En una palabra, se otorgaba a los vencidos el olvido más absoluto de todo lo que habían obrado antes de aquella fecha.

El 3 de marzo del mismo año, se hizo extensiva esta amnistía a todos los habitantes de la república.

Estas providencias honran a sus autores, y son dignas de la justicia de la causa que habían defendido. La absolución de las faltas políticas es, no sólo una prueba de generosidad, sino también un acto de habilidad. Es una torpeza en un hombre de estado cerrar la puerta para toda reconciliación, y poner a sus adversarios en la alternativa de perecer o combatir. Por propia conveniencia, no los debe reducir nunca a la desesperación.

Se ve, por lo expuesto, que, en 1819, O’Higgins adopta con respecto a los realistas un sistema muy diverso del que había empleado en 1817. Antes había perseguido; ahora perdona.

¿Por qué no observó con todos sus enemigos un procedimiento igualmente magnánimo? La generosidad y la nobleza de alma nunca son superfluas, y siempre aprovechan.




- IV -

Cuando todos daban por concluida la guerra en la provincia de Concepción, de repente, un bandolero se proclama el sucesor de Sánchez, y el sostenedor de la metrópoli. Los rezagados del ejército español, se asocian a los bárbaros de la Araucanía, y recorren en bandas la frontera. Es Éste el preludio de una de esas campañas inhumanas, triste consecuencia de los trastornos prolongados, en las cuales no se pelea, sino que se asesina, y se enumeran más saqueos, más incendios de poblaciones, que batallas campales.

El demonio que promueve y organiza esta insurrección despiadada, es Vicente Benavides, un hombre que había sido sucesivamente desertor y espía de los patriotas, que había sido ajusticiado por ellos, y que, puede decirse, se había levantado milagrosamente de la tumba.

Era natural de Quirihue, y su padre había ejercido el empleo de alcaide en la cárcel de aquella villa. Alistado como sargento bajo las banderas de la revolución, las abandonó de improviso sin motivo, y corrió a incorporarse en el ejército enemigo. El encarnizamiento con que atacaba a sus antiguos camaradas no tardó en hacerle caer prisionero. Las operaciones de la guerra no dieron tiempo para aplicarle inmediatamente la pena señalada por la ordenanza militar al crimen que había cometido; mas sólo se aguardaba una ocasión oportuna para escarmentar con su suplicio a los que tuvieran intención de imitarle. En este apuro, una fuga feliz le libertó del peligro de muerte que le amenazaba.

Una noche de marzo de 1814, el general O’Higgins, entre cuyas tropas era conducido el prisionero, sólo esperaba la venida de la aurora para acometer a los realistas, capitaneados por Gaínza. Creía muy acertado el plan que había concebido, y tenía por segura la victoria. Así, estaba impaciente de que amaneciera.

Algunas horas antes de aclarar, el ejército había comenzado a ponerse en movimiento, y todos se alistaban para la marcha.

En esta situación, un estallido espantoso aterró a los patriotas, y les hizo saber que una gran parte de sus municiones se había incendiado. Una mula que llevaba una carga de cartuchos, revolcándose sobre una fogata medio apagada, había producido aquel desastre. La sorpresa fue grande, y la confusión mayor.

Se aprovechó de ellas Benavides para escaparse, y para ir a anunciar a Gaínza cuanto proyectaba O’Higgins contra él. La relación del fugitivo puso en guardia al general español, e impidió que se realizara el pensamiento del caudillo insurgente.

Este suceso hizo conocido en uno y otro bando el nombre de Benavides. La multitud aun, por esa tendencia que tiene a exagerarlo todo, atribuyó el incendio de las municiones, no a un accidente casual, sino a la maña de aquel cuya libertad había favorecido.

La fama que sus aventuras un si es no es novelescas habían valido a Benavides, se acrecentó todavía con su comportación en la guerra. En todas las funciones de armas donde se encontró, manifestó un valor extraordinario, e hizo que se le nombrase entre los más denodados.

Sus méritos de soldado le elevaron hasta el grado de capitán, que era el que obtenía en la batalla de Maipo.

En esta acción, fue hecho prisionero con su hermano Timoteo.

Vicente debía temer, con sobrado fundamento, que su conducta anterior no quedara sin castigo, pero el gobierno pareció olvidarle. Por más de tres meses, los dos hermanos arrastraron la cadena del presidario, y estuvieron trabajando, como otros muchos, en las calles de Santiago.

Al fin, una tarde, al regresar de su tarea para la prisión, vieron junto a su puerta un piquete de cazadores a caballo mandado por un oficial. Éste entregó al alcaide un pliego firmado por San Martín, y los dos hermanos recibieron orden de montar a la grupa de dos cazadores. Nadie les dio ninguna explicación sobre lo que aquello significaba.

La comitiva se puso silenciosamente en marcha. Tomó por la calle de Santa Rosa, y no se detuvo hasta las inmediaciones de la chacra conocida con la denominación de «El Conventillo».

En este paraje, el oficial mandó desmontarse a ambos Benavides; y sin más preparación, les notificó que tenían cinco minutos para arreglarse con Dios, porque iban a morir.

Las súplicas y las protestas fueron inútiles.

El jefe del destacamento era un subalterno que no tenía más que ajustarse a las instrucciones que había recibido.

Vicente y Timoteo se abrazaron, e hicieron una corta oración.

Enseguida, cuatro soldados se pusieron al frente de cada uno, y descargaron sus armas, haciendo la puntería al pecho de los reos. Los dos cayeron tendidos en el suelo.

El sargento del piquete, al retirarse, desenvainó su sable, y dio al que creía cadáver de Vicente dos tajos en cruz entre la cabeza y la parte superior del cuello.

Los ejecutores de la sentencia, concluido su encargo, regresaron a la capital.

¿Por qué no se había elegido un consejo de guerra para juzgar a aquellos hombres? ¿Por qué se habían preferido para su suplicio los extramuros de la ciudad, a la plaza principal; las tinieblas de la noche, a la luz del día? ¿Por qué se daba a una ejecución que podía ser legal el carácter de un asesinato?

Son éstas unas preguntas a las cuales se encontrará con dificultad respuesta satisfactoria.

Pero sea de esto lo que se quiera, Vicente Benavides no había muerto. Dos balas habían pasado cerca de sus dos costados; habían quemado su camisa, pero si siquiera habían tocado su piel.

En tan apurado trance, había conservado toda su sangre fría, y se había arrojado a tierra, como si realmente hubiera perdido la existencia. Los sablazos del sargento no le habían arrancado un solo gemido. El deseo de la conservación le había hecho ser bastante dueño de sí mismo para contener en su garganta las quejas del dolor.

Esta vez sí que había merecido, con toda justicia, la reputación de burlador de la muerte.

Cuando se hubo cerciorado de que sus verdugos iban lejos, se levantó, desgarró algunas tiras de la vestidura de su hermano, se vendó con ellas la herida, y fue a pedir socorro a una casucha inmediata, donde, para explicar su situación, inventó una historia de ladrones. Su fábula fue creída por aquellas buenas gentes, y él mismo conducido a casa de su suegra, donde se curó en secreto.

La autoridad ignoró, desde luego, aquella supervivencia. La familia de los ajusticiados, después de la ejecución, obtuvo permiso para darles sepultura. Excusado me parece advertir que ella se guardó muy bien de publicar que, en vez de dos cadáveres, sólo había encontrado uno.

Cualquier otro hubiera huido del país, o caso de quedarse en él, se habría ocultado bajo la tierra, habría cambiado de nombre, habría procurado pasar por un individuo distinto del que todos creían en la otra vida. Nada de eso hizo Benavides. No se conformó siquiera con circunscribirse a vivir como un simple particular, sino que, por medio de un caballero respetable que le protegía, dirigió propuestas de avenimiento a San Martín.

El general concibió al punto los importantes servicios que un hombre como éste podía prestar en la campaña del sur. Le prometió el perdón, y admitió sus ofertas. Lo pasado, pasado. Benavides de ahí en adelante iba a ser un buen patriota, y a perseguir a los realistas con tanto ardor, como el que había desplegado para molestar a los insurgentes. Con estas disposiciones, partió para Concepción.

Balcarce y Freire pusieron en provecho la actividad y las numerosas relaciones de aquel hombre verdaderamente extraordinario.

Benavides correspondió a su confianza, y les ayudó mucho y con lealtad a la pacificación de la comarca.




- V -

Cuando Sánchez se retiró para Valdivia, Balcarce hizo que Benavides se encaminase a Arauco con el encargo de reunir los dispersos que iba dejando el ejército español, y de procurar ganarse la amistad de los indios, que, por lo general, se habían mostrado hostiles a la revolución.

Fue mientras estaba desempeñando esta comisión, cuando le vino la idea de levantar bandera contra los independientes.

Son varias las causas de este cambio en su conducta.

En Arauco, vio la posibilidad de organizar una insurrección. ¿Qué le impedía sublevar en nombre del rey a esos indígenas cuyo afecto se quería que conquistase para la patria, y congregar bajo su mando a esos dispersos que estaba encargado de incorporar a las tropas de Freire? No tenía sino quererlo, y era sucesor de Sánchez.

Esta idea no podía menos de lisonjear a un viejo soldado como Benavides, en quien abundaba el arrojo, y que estaba habituado a una vida de azar y de violencias. Esto sólo habría bastado para decidirle. Pero a este motivo, muy poderoso por sí solo, se añadía el odio que naturalmente profesaba a los insurgentes. Habían muerto a su hermano; y si no habían hecho otro tanto con él mismo, no había sido por falta de voluntad.

Eran ésas unas grandes injurias que pedían venganza; y como si no hubieran bastado, uno de esos revolucionarios había agregado otra que le dolía en el alma.

Benavides era casado, y profesaba una pasión loca a su mujer: Teresa Ferrer. Había quedado ésta en Talcamavida, mientras su marido practicaba sus excursiones por el territorio araucano. Se le antojó galantearla a un oficial patriota. Benavides lo supo, y desde entonces principiaron a atormentarle el corazón los celos más frenéticos. No tenía un sólo momento de calma. A todo instante, pensaba en la seducción de su esposa, y esta idea le ponía furioso.

Aquella afrente exigía venganza, y una venganza terrible. Benavides envolvió en su cólera, no sólo al que le arrebataba el objeto de su amor, sino también a cuantos seguían la misma bandera.

La ambición y los celos le precipitaron, pues, en la rebelión.

Sánchez no le dejó, para que realizase tal intento, sino sesenta hombres, en su mayor parte inservibles. Sobre esa base diminuta y miserable, levantó una montonera imponente, con araucanos y con forajidos españoles, y comenzó las hostilidades.

Nadie más propio que Benavides para acaudillar una guerra vandálica, como aquélla. Era una especie de bandido español o calabrés, supersticioso y sanguinario, de una mala fe como pocos la han tenido, sin piedad en el alma, desenfrenado en sus pasiones.

Desde niño, había adoptado por patrona a la Virgen de Mercedes; todos los días le rezaba precisamente, se hallara donde se hallara; y contando en su calidad de devoto con aquel poderoso amparo al lado de Dios, se creía autorizado para cometer los crímenes más enormes con entera impunidad. Su sacrílego pensamiento hacía cómplice a la madre del Salvador en sus rapiñas, en sus traiciones, en sus asesinatos, y no vacilaba en invocar el apoyo de la santa Virgen para triunfar en sus maldades.

Benavides era hombre que mataba sin escrúpulo; pero que corría enseguida a pedir la absolución a un sacerdote para volver a matar. Fanático corrompido, pensaba que todo quedaba allanado con hacerlo consagrar por las augustas ceremonias de la religión. Antes de marchar a un combate, donde iba dispuesto a no perdonar la vida a un solo prisionero, hacía que todos sus soldados se confesasen y comulgasen.

No le faltaban operarios para estas profanaciones. Los frailes fugitivos de Chillán bendecían las negras banderas de semejante caudillo en nombre del Dios de los ejércitos, y arengaban a aquella tropa de bandoleros, animándolos con las palabras santas de la religión. Los párrocos de la frontera, godos en su mayor parte, le servían de espías, y le redactaban sus proclamas. Tal cooperación explica el incremento que tomó en poco tiempo la insurrección de que hablo.

Benavides no carecía de talento. Tenía esa astucia grosera de los bárbaros, que burla muchas veces a la gente civilizada con el cinismo inesperado de sus embustes.

Era, para decirlo todo de una vez, por sus antecedentes y por su carácter, el hombre de las circunstancias. En aquella época, sólo un bandido podía encargarse de sostener en Chile la causa perdida de la España.




- VI -

El jefe que por su empleo debía poner atajo a esta sublevación realista, era uno de los más notables que produjo la guerra de la independencia. Esta comisión tocaba de derecho al intendente de Concepción, don Ramón Freire.

Es preciso que se me permita detenerme algún tanto adelante de esta noble figura de nuestra historia. Freire merece esta distinción, no sólo porque va a ser el héroe de la campaña del sur, sino también porque será él quien en 1823 arruinará la dictadura de don Bernardo O’Higgins.

Desde sus más tiernos años, habían manifestado una inclinación decidida a la malicia. El niño Freire no pensaba sino en ser soldado. Su padre fomentaba las disposiciones marciales de su hijo con gran disgusto de su madre doña Gertrudis Serrano, la cual como que adivinaba desde entonces los padecimientos, las angustias que ellas habían de originarle.

Como esto sucedía en la última veintena del siglo pasado, no se divisaba en Chile ni ocupación ni porvenir para un militar. Esta consideración, hacía que el padre de Freire le prometiera cada vez que tocaba el asunto, llevarle a España para que sentara plaza al lado de un tío que servía en los ejércitos de la Península, y que más tarde obtuvo en ellos el grado de general.

Al principio, estas ofertas no fueron sino uno de tantos proyectos quiméricos con que se divierten las familias; pero al fin estuvieron casi al realizarse.

El padre de Freire emprendió una negociación naval, en la que comprometió toda su fortuna, y se llevó consigo a sus tres hijos, a quienes dejó en Lima, mientras él continuaba adelante. Al cabo de algún tiempo, debía volver por don Ramón con el objeto de transportarle a España para que cumpliera su vocación.

Era otro, sin embargo, el destino que al joven estaba reservado.

El señor Freire no regresó nunca. Jamás se supo la suerte que habían corrido él y su buque. Es probable que fuese la mar la que privó juntamente a don Ramón de todos los bienes de su casa y del autor de su existencia.

Este accidente desgraciado le impuso una obligación cuyo desempeño era difícil, aunque muy dulce para él. No era todavía un joven, y tenía ya que velar por la subsistencia de su madre.

Para proporcionarse los medios de hacerlo, se alistó en la marina mercante que hacía entonces el comercio entre Chile y el Perú. Su ánimo denodado hallaba atractivo en una ocupación que pone de continuo al hombre enfrente del peligro.

De marino, pasó Freire a ser soldado.

En 1811, entró como cadete al cuerpo de dragones de Concepción. Había procurado alimentar a su madre con el sudor de su frente, como ella le había alimentado con su leche. La suspensión que produjeron los sucesos de 1810 en nuestras relaciones comerciales con el Perú, le dejó sin empleo. Entonces no vaciló en alimentarla a costa de su sangre, si era preciso. Uno gusta de encontrar esta delicadeza de sentimientos bajo la casaca de un sableador a lo Murat.

Durante las campañas de 1813 a 1814, Freire adquirió la reputación de ser uno de los mejores brazos del ejército patriota. Cuando se hablaba de oficiales valientes, el nombre de Freire se venía naturalmente a los labios. Cuantos le conocían, amigos o enemigos, le hacían la justicia de tributarle ese elogio, que es el primero para un militar. La bravura de aquel jefe, era una cosa sobre que no había discusión posible.

En la época de la emigración, Freire no se mantuvo ocioso en las provincias argentinas. Para ganar la vida, buscó, como siempre, una ocupación que cuadrase a su carácter impávido y temerario. Se asoció con varios aventureros europeos y algunos intrépidos emigrados chilenos; y entre todos, formaron un corso para perseguir en el Pacífico las naves españolas.

Aquella compañía abundaba en buenas espadas y en brazos que supieran manejarlas, pero no en capitales, ni en recursos. Los buques que aprestaron estaban medio podridos y gastados por la vejez. Sin embargo, los osados corsarios se embarcaron en ellos con confianza, y marcharon adelante, sin tener miedo ni a las escuadras de la España, ni a las tempestades del océano.

El cielo protegió su audacia. Apresaron un buen número de embarcaciones enemigas con valioso cargamento, lanzaron impunemente sus balas sobre el Callao y Guayaquil; y con sus cuatro barquichuelos mal equipados y peor aparejados, alarmaron todas las costas del Pacífico.

En esta expedición marítima, Freire se distinguió combatiendo en el mar, como en Chile había sobresalido combatiendo en tierra. Su extraordinario arrojo le valió en esta ocasión, como en todas las demás, uno de los primeros puestos entre sus camaradas.

Cuando regresó a las provincias argentinas, San Martín le dio cien infantes y veinte jinetes, para que viniese por el Planchón a distraer la atención de los realistas, mientras el grueso del ejército desembocaba por el camino de los Patos. El éxito más completo coronó esta arriesgada comisión, y acabó de consolidar la fama de Freire.

En las campañas que siguieron, se portó con admirable valor, y su nombre llegó a ser el orgullo de sus compañeros de armas, y el terror del enemigo.

Freire peleaba sin descanso contra los españoles. Esta vez tenía, no sólo que defender a la patria amenazada, sino también que rescatar a su madre.

Los españoles habían imputado a esta anciana inofensiva como un crimen las proezas de su hijo. En la impotencia de vengarse en este ilustre guerrero, habían resuelto atormentar a la madre. Con esta intención, le habían señalado por cárcel su morada, y habían colocado un centinela a su puerta.

A poco, les pareció demasiado ligero este castigo, y la transportaron a las bóvedas de Penco, donde, por muchos días, no tuvo más compañía, que las osamentas de dos cadáveres que habían quedado insepultos en aquel calabozo. Aquella infeliz señora, para libertarse de tan horrible espectáculo, se vio obligada a abrirles una sepultura, cavando la tierra con fragmentos de ellos mismos.

En las épocas borrascosas, no se puede impunemente tener la gloria de haber dado el ser a un grande hombre.

De Penco, doña Gertrudis Serrano fue trasladada a Talcahuano.

Hacía poco que había llegado a este lugar, cuando un día sintió que clavaban por fuera la puerta de su prisión. Se le dio por motivo de esta extraña providencia que la guarnición marchaba contra las tropas insurgentes que andaban por los alrededores, y que no quedaba nadie para que la guardase.

Cuando los realistas regresaron de su expedición, fueron a decirle que los patriotas habían sido completamente derrotados, y que don Ramón Freire había muerto. No limitaron su crueldad a esta mentira inicua. Intimaron a su cautiva que saliera a prender luminarias en celebridad de la victoria, y sin atender a sus lágrimas y súplicas, la forzaron a cumplir tan bárbaro mandato.

Al fin, compadecido de la triste situación de la señora Serrano, don Santiago Ascacíbar consiguió, a fuerza de empeños, que se le permitiera trasladarla a su casa, encargándose de custodiarla.

Permaneció al lado de este generoso caballero, hasta que, en 1818, los triunfos de los independientes ofrecieron una coyuntura para canjearla. Entonces tuvo la satisfacción de abrazar a ese hijo por cuya causa había padecido tanto, y que había llegado a ser una de las primeras notabilidades de la milicia chilena.

Cualquiera otro menos generoso que Freire habría sido implacable con los realistas. El tratamiento que habían dado a su madre justificaba toda especie de represalias. Pero se portó tan noble después de la victoria, como bravo en la pelea.

Arriesgando siempre su vida en las batallas, economizaba cuanto podía la sangre de los enemigos: «No merecen ni el plomo que se emplearía para matarlos», era su respuesta a los que le instaban para que castigase con la muerte los crímenes de algunos guerrilleros españoles. Escudaba a sus contrarios con el desprecio, a fin de protegerles contra el furor de los patriotas.

Se ve, por lo dicho, que entre Freire y Benavides (perdonéseme que los compare), lo único que había de común era el valor.




- VII -

El sanguinario Benavides comenzó las hostilidades como era propio de un hombre sin fe y sin entrañas. Al principio, le contuvo algún tanto la consideración de que su mujer estaba en poder de los patriotas, que la retenían como en rehenes; pero habiéndola recobrado, por una de esas arterías que le eran familiares, dio rienda suelta a su furor. Él y los suyos degollaban a los prisioneros, so pretexto de que no tenían donde conservarlos, y asesinaban a los campesinos que encontraban a su paso para que no revelaran su itinerario. Como si deseara hacer imposible todo avenimiento, hizo sablear a un plenipotenciario que se le había enviado para arreglar las estipulaciones de un canje.

Esta guerra desastrosa duró tres meses con alternativas, ya favorables, ya adversas.

La táctica de Benavides consistía en evitar un encuentro con la división de Freire, y en caer de improviso sobre los puntos menos resguardados de la frontera.

Este plan le salió bien desde luego; pero el 1.º de mayo de 1819 no pudo evitar el venir a las manos en Curalí con el intendente de Concepción. Su derrota fue completa. Benavides no escapó sino con veinte jinetes.

Todos juzgaron imposible que aquel bandido volviera a rehacerse. Se dio otra vez por concluida la campaña del sur; pero en esta ocasión, como en la anterior, los hechos iban a desmentir esta lisonjera esperanza.




- VIII -

Al mismo tiempo que el director O’Higgins sostenía, en una de las extremidades del territorio chileno, la lucha que dejo referida, llevaba a cabo en Santiago y Valparaíso, una empresa más grandiosa y de una importancia vital, no sólo para la República, sino para la América entera.

El Perú era el centro de la resistencia antirrevolucionaria en las comarcas meridionales del nuevo mundo. Ahí estaba la oficina principal de las maquinaciones realistas; de ahí se enviaban socorros y estímulos a los sostenedores de la metrópoli; de ahí partían las expediciones armadas contra las colonias sublevadas. Mientras subsistiera en pie ese virreinato, guardián celoso de la dominación española, la independencia no estaba asegurada. La consolidación del sistema nacional exigía su ruina.

A esta razón política, se añadía otra especial de conveniencia para Chile. El Perú era nuestro principal mercado. La cerradura de sus puertos destruía nuestro comercio. Era urgentísimo que se levantara en aquel país un gobierno amigo que restableciera la cordialidad en las relaciones de ambos pueblos.

O’Higgins y San Martín habían reconocido desde Mendoza la justicia de estas consideraciones, y habían convenido en hacer sin tardanza una expedición al Perú, caso de triunfar en Chile. Era necesario invadir al enemigo para no ser invadidos; era preciso llevar la guerra a aquellas regiones para alejarla de nuestro territorio.

Para esto, convenía, antes de todo, organizar una escuadra que asegurase la posesión del Pacífico, y facilitase el transporte de las tropas. La necesidad de esa medida no admitía discusión. Pero ¿cómo efectuarla?, ¿de dónde se sacaban los elementos que se habían menester?

Faltaban los buques; faltaban pertrechos; faltaban oficiales expertos; faltaban marineros; faltaba el dinero, que todo lo allana, y sin el cual no se hace nada. No había más que voluntad decidida de poner en práctica ese pensamiento, y la fuerza de esa voluntad hizo milagros.

La formación de la escuadra en aquellas circunstancias es el más brillante timbre del director O’Higgins, de su ministro Zenteno, y de cuantos le ayudaron con su cooperación.

Para crearla, se tocaron toda especie de resortes fiscales, contribuciones forzosas, préstamos, confiscaciones. El pueblo, por lo general, correspondió con su entusiasmo al entusiasmo de los gobernantes. Se encargaron naves a Buenos Aires, a Estados Unidos, a Inglaterra. Se admitió sin reparar en condiciones a los marinos de todas las naciones que se presentaron a alistarse. Se convirtió en marineros de guerra a los pescadores de las costas, que no sabían manejar sino el remo de sus miserables canoas.

Al fin, gracias a todas estas providencias, y a la resolución incontrastable de que nuestra joven bandera se enseñorease de la mar, pudo reunirse una escuadrilla, que enumeraba un navío, una fragata, una corbeta y dos bergantines.

Estas naves llevaban entre todas ciento cuarenta y dos cañones, y mil ciento nueve hombres de tripulación. Su comandante en jefe era un alférez de la marina española, don Manuel Blanco Encalada. La mayor parte de su gente ignoraba la maniobra.

El 10 de octubre de 1818, zarparon de Valparaíso las embarcaciones mencionadas, menos uno de los bergantines. Su objeto era dar caza a una expedición enviada desde Cádiz, compuesta de once buques convoyados por la fragata María Isabel de cuarenta y cuatro cañones. Esta expedición transportaba dos mil quinientos hombres de desembarco, y muchas municiones y pertrechos.

Luego que la escuadrilla independiente se comprometió en alta mar, se puso a un mismo tiempo a buscar al enemigo y a disciplinar su gente.

Los chilenos, en su primer ensayo naval, imitaban a los romanos de la antigüedad, quienes, en igual situación, adiestraban su marinería a la par que construían sus galeras.

Como ellos, en su primera correría por la mar, alcanzaron la victoria.

A los dieciocho días de haber salido de Valparaíso, la fragata María Isabel estaba en poder de Blanco Encalada; y a los treinta y ocho días de su partida, regresaba éste al mismo puerto con su hermosa presa y cinco de los transportes que la acompañaban.




- IX -

Después de este glorioso triunfo, la escuadrilla nacional se aumentó con una fragata y dos bergantines, y mejoró su tripulación con varios oficiales extranjeros de un mérito distinguido, entre los cuales se encontraba Lord Tomás Cochrane, quien se puso a su cabeza.

Era éste un marino de reputación europea, que, aunque inglés y enemigo, había arrancado elogios al mismo Napoleón, y de quien se referían prodigios de audacia. En la guerra naval que sostuvo la Inglaterra al principio del siglo contra la Francia y la España, mandaba Cochrane un bergantín de catorce cañones y sesenta hombres de tripulación, y esto le bastó para apresar en diez meses treinta y tres naves con quinientos treinta y tres hombres de tripulación. Estos números pueden dar idea de cuántos eran su actividad y su arrojo. En efecto, las proezas de lord Cochrane le hacen un héroe de epopeya, más bien que de historia.

Pertenecía a esa raza de guerreros cosmopolitas que viven en los campamentos, y que reconocen por patria todo país donde se combate por la libertad. Ese mismo lord de la aristocracia británica que, en 1819, desenvainaba su espada en apoyo de la independencia americana, debía más tarde contarse entre los defensores de la Grecia en su lucha contra los turcos.

Su dirección era una prenda de victoria.

Al mando de la escuadrilla chilena, continuó las hazañas que le habían hecho famoso en las escuadras de la Gran Bretaña. Su sola presencia en el Pacífico ahuyentó a las naves españolas, que fueron a esconderse amedrentadas bajo las baterías del Callao.

Cochrane las siguió allá; y por largo tiempo, estuvo trabajando por sacarlas de su escondrijo, sea por la fuerza, sea por la invitación de un combate. Todas sus tentativas fueron inútiles.

Recorrió entonces sin obstáculo los mares y las costas, e hizo valiosas presas en el agua, y en la tierra. Semejante paseo por el océano equivalía a un triunfo espléndido, porque importaba el abatimiento confesado de la marina realista.

Sin embargo, Cochrane no podía conformarse con un resultado que para él era mezquino y despreciable. Estaba acostumbrado a hacer memorables sus correrías por prodigios; así se impacientaba de no haber señalado todavía su presencia en América por nada de extraordinario. Sentía rubor de regresar a Valparaíso sin haber dado cima a ninguna empresa portentosa.

Se le ocurrió entonces lavar esta deshonra con la toma de Valdivia, la plaza mejor fortificada del Pacífico. El proyecto era el colmo de la temeridad, y su ejecución parecía un imposible. Pero era eso precisamente lo que halagaba al bravo marino.

Valdivia está situada a la embocadura de un río navegable, a cinco leguas del mar. Nueve castillos, levantados en ambas riberas, y cuyos fuegos se cruzan, defienden ese espacio, y aseguran aquella angosta entrada. En la época a que me refiero, estaban armados con ciento dieciocho cañones, y guarnecidos por setecientos ochenta veteranos, y trescientos milicianos.

Cochrane tuvo ocasión de averiguar el estado de la plaza; y por consiguiente iba a obrar con entero conocimiento del riesgo a que se exponía. Con todo, no se desalentó.

Resuelto a llevar a cabo tan aventurado pensamiento, hizo vela para Talcahuano a fin de buscar algún refuerzo.

Allí se encontró con don Ramón Freire. Aquellos dos valientes no podían menos de entenderse. No estaban autorizados por el gobierno para dar aquel paso; pero ni el uno ni el otro vacilaron en cargar con la responsabilidad en la parte que le correspondía.

Freire proporcionó cuantos auxilios pudo, y Cochrane marchó sobre Valdivia con una fragata averiada, un bergantín, una goleta y un cuerpo de doscientos cincuenta hombres.

Estos miserables elementos le bastaron, sin embargo, para enarbolar en unas cuantas horas la bandera tricolor sobre una plaza que, con justo título, pasaba por inexpugnable. El ataque fue tan repentino, y todo se verificó con tal rapidez, que los realistas no tuvieron tiempo para clavar una sola de sus piezas.

Esta heroica acción tuvo lugar en los días 3 y 4 de febrero de 1820.

Cochrane regresó satisfecho a Valparaíso.




- X -

Entre tanto, el gobierno, a pesar de los apuros del erario, de los inmensos desembolsos que exigía el mantenimiento de la escuadra, de los gastos que ocasionaba la campaña contra Benavides, había organizado un ejército para invadir el Perú, y prestar ayuda a los patriotas de ese país. Nombró por su general en jefe a don José de San Martín, e incorporó en él a los batallones argentinos que habían pasado a Chile. Pudo reunir de este modo una división de tres mil quinientos hombres, perfectamente vestidos y equipados. Completó la expedición libertadora con una provisión de víveres para seis meses, y un repuesto de pertrechos para levantar un ejército de quince mil soldados.

Si se quiere apreciar todo el mérito de esta empresa, recuérdese que era la obra de un gobierno empobrecido, y de un pueblo agotado por diez años de trastornos incesantes, y siete de una guerra sangrienta. Para realizar algo como eso en tales circunstancias, se necesitaban mucha actividad en los gobernantes, y mucho civismo en los ciudadanos. Es preciso reconocer, para gloria de unos y otros, que su comportamiento fue esta vez digno de admiración:

-El que no se ha hallado en estas circunstancias -decía O’Higgins- no sabe lo que es mandar. Yo debí encanecer a cada instante.

El gobierno se trasladó a Valparaíso para activar los preparativos de marcha.

El 16 de agosto de 1820, las tropas libertadoras estaban reunidas en ese puerto. El 19, a las nueve de la mañana, se desplegó al aire la bandera nacional, y fue saludada por todos los cañones de los castillos y de la escuadra. A esa hora, principió el embarco. Al siguiente día por la tarde, la expedición se hizo a la vela, escoltada por la escuadrilla de lord Cochrane.






ArribaAbajoCapítulo XII

Maquinaciones de los carrerinos en Chile.- Persecuciones que sufren.- Conspiración de 1820 contra el gobierno de O’Higgins.- Don José Antonio Rodríguez.



- I -

La necesidad de no interrumpir la narración de las campañas marítimas y terrestres, me ha obligado a suspender hasta ahora el relato de las maquinaciones que en ese mismo tiempo tramaban, tanto los carrerinos, como los demás opositores, a la administración de O’Higgins.

Ni don José Miguel desde Montevideo, ni sus parciales en Chile habían abandonado por un instante el pensamiento de derribar a su aborrecido rival. Si la ambición no los hubiera impulsado a ello, los habría ciertamente estimulado el deseo de vengar los sangrientos agravios que habían recibido, y la tenaz persecución de que eran víctimas. Así no cesaban un momento de trabajar con ese objeto; y tanto Carrera, como sus secuaces de acá, mantenían entre sí una correspondencia furtiva y sostenida. Los de Chile enviaban noticias; y de Montevideo, les venían instrucciones.

Estas relaciones no pudieron permanecer ocultas por largo tiempo; y el director, que daba en su temor la medida de la importancia que atribuía a Carrera, se apresuró a tomar precauciones para evitar cualquier descalabro. Con esta intención, se presentó al senado el 16 de noviembre de 1818, para que declarase que aquel era un peligro inminente de la patria, y le autorizase para proceder extraordinariamente al descubrimiento y castigo de los tales corresponsales.

Habiéndole el senado concedido en el acto lo que solicitaba, O’Higgins nombró una comisión compuesta de Villalón, Lazo y Villegas, a fin de que rastreasen las tramas que hubiera, y aplicasen a los cómplices la condigna pena.

Se levantaron entonces minuciosos sumarios, y se formaron abultados expedientes. No se arribó, sin embargo, por el pronto a ningún resultado importante; pero a poco se sorprendió un cajón de impresos que don José Miguel remitía de Montevideo a sus confidentes de acá, con lo cual se creyó que había llegado la ocasión de hacer un riguroso ejemplar.

El 20 de enero de 1819, la comisión arriba mencionada dictó, bajo la presidencia del director, un fallo, por el cual condenaba a José Conde, el asistente de Carrera, a perpetua expulsión del territorio chileno, y a una confinación de seis años en las Bruscas; a don Tomás José Urra, a destierro a la Patagonia; a doña Rosa Valdivieso, suegra de don José Miguel, a encierro en un monasterio de Mendoza; a doña Ana María Cotapos, viuda de don Juan José, a confinación en Barrasa; a don Miguel Ureta, a destierro a Córdoba; a don José Mauricio Mardones, a destierro en la ciudad de San Luis de Loyola; al presbítero don José Peña, a destierro a Mendoza; y a otros correos, apenas menores. Todos estos individuos eran los complicados en el negocio de la correspondencia clandestina enviada desde Montevideo.




- II -

Estas severas medidas suspendieron por varios meses en Chile las tramoyas carrerinas; pero a principios de 1820, el descontento general producido por la dictadura de O’Higgins originó una vasta conspiración, en que se comprometieron muchos personajes de alta categoría. Se contaban entre los alistados nada menos que Infante, don Agustín Eyzaguirre, Cienfuegos, don Pedro Prado, don Manuel Muñoz Urzúa, todos miembros de las antiguas juntas gubernativas. A éstos, se agregaban algunos oficiales retirados de la patria vieja, muchos en actual servicio, y muchos paisanos de diferentes rangos y edades.

El jefe que debía ponerse a la cabeza del movimiento era don José Santiago Luco, que, en el principio de la revolución, había sido coronel del batallón de granaderos; pero como en la época de que voy tratando, no tenía ninguna influencia personal sobre la tropa, y sólo debía a su alta graduación el honor que le discernían los conjurados, los jefes reales y verdaderos de la insurrección proyectada eran otros oficiales que ofrecían por su intervención el apoyo de los cuerpos que guarnecían a Santiago.

Entre éstos, se distinguían dos jóvenes que tenían sentada su reputación de bravos, don Ramón Novoa y don Ramón Allende. El primero ya desde entonces llevaba escrita su hoja de servicio en las cicatrices de su cuerpo; y el segundo, debía merecer más tarde el honor de ser saludado por Bolívar como la mejor lanza del ejército colombiano. En torno de estos dos, se agrupaban otros, no menos sobresalientes que ellos por su arrojo.

Como sucede en las maquinaciones políticas, no todos los comprometidos sacaban francamente la cara. Había una especie de comisión central, cuyos miembros agenciaban los preparativos de la empresa, y se comunicaban en particular con los demás iniciados. Se reunía ésta en casa de don Manuel Ovalle, y se componía de este mismo señor, de don Juan Antonio Díaz Muñoz, don Manuel Muñoz Urzúa, don Ramón Novoa, don Ramón Allende, Cuadra, don Isidoro y don Antonio Vial, don Bernardo Luco, don Miguel Ureta, y dos o tres personas más.

Estos caballeros se habían proporcionado inteligencias en los cuerpos de la guarnición, y obraban con el convencimiento de que todos ellos se sublevarían a su voz. El principal obstáculo que divisaban para el triunfo, era el ejército que San Martín tenía en aquel entonces acantonado en Rancagua; pero no dejaban de haber trabajado sobre aquellos batallones mismos, y como, por otra parte, su número era más o menos igual al de la guarnición de Santiago, estaban resueltos en último caso a decidir la cuestión en batalla.

El odio de la dictadura de O’Higgins ligaba momentáneamente a los conjurados; pero el fin que se proponían no era el mismo. Todos ellos deseaban la caída del director; más los altos magnates que se habían comprometido en la empresa pensaban trabajar para sí mismos, y los jóvenes oficiales que disponían de la tropa se burlaban a sus solas de estas esperanzas, porque tenían acordado llamar de Montevideo a don José Miguel Carrera.

El triunfo, si es que lo hubieran obtenido, los habría necesariamente dividido. Sin embargo, estuvieron muy distantes de encontrarse en ese trance.

Discutían sobre el momento oportuno para dar el golpe, cuando el gobierno se puso en movimiento, y aseguró a la mayor parte de los conjurados.

Después de algunas averiguaciones, fueron confinados: quienes a las costas del Chocó, quienes a Valdivia, quienes a Juan Fernández. Unos pocos lograron escaparse, y otros pocos, los de más categoría y cuya intervención en la conjuración había sido más solapada, fueron considerados por el director mismo, que no se atrevió a encarcelar un tan gran número de ciudadanos.




- III -

Este suceso que sumergía en la aflicción a muchas familias, exasperó los ánimos de una porción considerable del vecindario. Aunque por lo bajo, se redoblaron las quejas contra el despotismo de O’Higgins.

Los más exaltados propalaron que era él mismo quien había fomentado la conspiración para descubrir y atrapar a sus enemigos; que, por medio de don José Antonio Rodríguez, había sugerido el pensamiento a algunas personas que le eran sospechosas; y que este mismo caballero le había conducido en varias ocasiones disfrazado a casa de Ovalle, y que, en otras, le había mantenido al corriente de cuanto pasaba. Según los que esto pretendían, Rodríguez estaba al cabo de todo, porque se hallaba en contacto con varios conjurados, y vivía aún en casa de uno de ellos.

Los más moderados no cargaban en cuenta a O’Higgins la iniciativa del proyecto, pero acusaban a Rodríguez de traidor y delator.

La primera de estas aserciones no merece discutirse; es uno de esos absurdos que sólo puede admitir la pasión de partido en momentos de acaloramiento. Jamás los gobiernos recurren a medios tan peligrosos, como el mencionado, para reconocer a sus adversarios.

La segunda aserción es posible; pero ¿dónde están las pruebas? Es verdad que, en los cargos de esa especie, es difícil suministrarlas; más también es cierto que las facciones políticas son sobrado ligeras en sus acriminaciones.

Rodríguez pasó casi incontinenti a ser el ministro influente del director O’Higgins. Sus contrarios dieron su elevación como una prueba irrecusable de su delación; mas yo pregunto ¿no sería ella el origen de esa terrible acusación?

En un caso como éste, la suspensión de juicio es el partido que corresponde a la imparcialidad de la historia1.




- IV -

De todos modos, esa verdad, o esa calumnia, era un mal antecedente para un ministro. Suministraba a sus opositores una arma poderosa para mancillar su reputación, para arrebatarle su popularidad. El pueblo, en todas partes, en las monarquías y en las repúblicas, es propenso a prestar oídos a los cargos que se levantan contra sus gobernantes.

Por desgracia de Rodríguez no era éste el único motivo de disfavor que se podía remover para desprestigiarle. Había sido realista; había servido destinos de importancia al lado de las autoridades españolas; esos antecedentes políticos no podían menos de perjudicarle, cuando la exaltación de la lucha contra España no se había calmado todavía, cuando esa lucha misma no estaba concluida.

Rodríguez era un hombre de alta capacidad, uno de los primeros abogados de América. Había comenzado su carrera pública sirviendo la auditoría del ejército realista bajo el mando del general Gaínza.

Después de la reconquista española en 1814, había sido nombrado fiscal de la audiencia de Santiago. En este empleo, se había mostrado clemente y bondadoso con los patriotas vencidos.

Su ninguna animosidad contra los rebeldes le había hecho sospechoso a la camarilla de Marcó, que comenzó a tratarle de insurgente y de venal. La irritación de aquella administración contra Rodríguez por la conducta que observaba, llegó hasta el punto de recabar Marcó de la audiencia que le remitiese a España bajo partida de registro. Los oidores sostuvieron a su colega, y se negaron a tomar semejante medida. Pero Marcó no desistió de su empeño, y envió a la corte un sumario que levantó en secreto para fundar sus recelos contra Rodríguez.

Afortunadamente para éste, la nave que conducía ese sumario cayó en poder de unos corsarios patriotas, que lo arrojaron al mar con el resto de la correspondencia.

Entre tanto, Rodríguez había averiguado, no sé cómo, el riesgo que le amenazaba, y escribió al arzobispo de Lima, que le protegía. Este patronato le conservó en su empleo hasta la batalla de Chacabuco.

Después del triunfo de los revolucionarios, los servicios que había prestado a muchos individuos, poco antes oprimidos y entonces vencedores, su conducta equívoca en la época de Marcó, sus relaciones de amistad con O’Higgins y su familia, a quienes había tratado en Chillán, de donde era natural, le valieron el no ser perseguido, como lo fueron los demás realistas, sus correligionarios.

Por el pronto, se encerró en la vida privada; pero poco a poco fue adquiriendo una grande influencia sobre el ánimo del director.

En 1819, el gobierno pensó en reorganizar el Instituto Nacional, que, hijo de la revolución, había perecido con la reconquista de 1814. Para asegurarle rentas, se resolvió incorporarle el seminario conciliar. Esta medida suscitó dificultades y murmullos de parte del clero. Para desvanecer esos escrúpulos, se encargó a Rodríguez la redacción de una memoria en apoyo de la providencia.

Esta comisión, puede decirse, que marcó su vuelta a los negocios públicos. Su escrito fue muy bien recibido, y aplaudido por la erudición que desplegaba en él. Pero su reputación de hábil legista no alcanzaba a desvanecer las prevenciones que abrigaban los patriotas contra un individuo que había servido a los gobernantes españoles. Su conversión de fresca data, no les parecía una prenda suficiente de seguridad, y le miraban con cierta desconfianza y desapego.

Por grande que fuera el afecto que le profesaba, O’Higgins era el primero en reconocer la impopularidad de Rodríguez y el disgusto que ocasionaría su encumbramiento. Así, para efectuarlo, caminó con tiento, y tomó precauciones. Principió por hacer que el senado se lo recomendase como una persona digna de ocupar un ministerio; y enseguida, con fecha 2 de mayo de 1820, lo nombró sólo como interino para el de hacienda, so pretexto de que don Anselmo de la Cruz debía trasladarse a Valparaíso para erigir en principal la aduana de aquel puerto.

Ésta fue la manera precavida y temerosa cómo se introdujo al gabinete un hombre que, a los pocos meses, debía ser el factotum del director, y señalar el rumbo a la política del gobierno.

Pero antes de referir los sucesos a que dio lugar la ingerencia de Rodríguez en la administración, tengo que transportar al lector al otro lado de los Andes, donde se desarrollaron acontecimientos que se hallan íntimamente ligados con la historia que voy narrando.