Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoCapítulo V

Desavenencias de los emigrados.- Don José de San Martín.- Competencia de éste con Carrera.- Esfuerzos inútiles de Carrera para proporcionarse de Buenos Aires auxilios con que volver a Chile, y su partida a Estados Unidos.- Obstáculos superados por San Martín para emprender la restauración de Chile.- Batalla de Chacabuco.



- I -

Como siempre sucede, la desgracia hizo renacer más enconados que nunca en el pecho de los emigrados chilenos esos odios que por un momento había adormecido el peligro común. Jamás las facciones de Carrera y de O’Higgins se habían manifestado tan enardecidas como se mostraron en ese viaje de la proscripción.

Son un triste accesorio de las catástrofes públicas y privadas esas recriminaciones que en su desesperación se arrojan recíprocamente aquéllos que las padecen, aquéllos que, en lugar de atacarse, deberían consolarse, aquéllos a quienes une la fraternidad del dolor. Parece que hallaran un lenitivo contra su aflicción en hacerse cargos unos a otros.

Los gloriosos derrotados de Rancagua no se eximieron de ésta que llamaré la injusticia de la desgracia. Necesitaban un pretendido culpable, colocado a sus alcances, sobre quien descargar los golpes de su pesar. La víctima que escogieron fue don José Miguel Carrera. Se atribuyó la derrota del 2 de octubre, la pérdida de Chile, a una traición del general en jefe. El no haber éste socorrido a los sitiados de Rancagua había sido, no por impotencia, sino por el execrable deseo de que quedaran sepultados bajo los escombros de la plaza O’Higgins y los principales partidarios de ese rival odiado.

La acusación no podía ser más absurda y desnuda de fundamento. ¿Era tan implacable el odio de don José Miguel contra O’Higgins, que, por hacerle perecer, fuera hasta sacrificar a su propio hermano que combatía al lado de este dentro de la villa? ¿Tanto le cegaba la pasión, que se ocultara a su perspicaz inteligencia que la destrucción de aquella tropa era la ruina de todo el reino? ¿Le importaba tanto la vida de ese émulo, que, por arrebatársela, consintiera en perder su ejército, su patria, las expectativas de su ambición? Si estaba dispuesto a asesinar, ¿le faltaría acaso ocasión más propicia y oportuna?

Pero el espíritu de partido nada reflexiona, y acoge con favor todo lo que ensalza a sus héroes, o abate a sus contrarios.

Esa calumnia infundada, arrojada por los o’higginistas al rostro de los carrerinos, acabó de exasperar sus resentimientos. Estos últimos volvieron a sus adversarios injuria por injuria, y les replicaron con las capitulaciones de Lircay, que calificaban de ignominiosas, y desde las cuales hacían datar la pérdida del país. Todo fue acusaciones y cargos; todo fue reproches y denuestos.

Los emigrados arribaron a Mendoza divididos en dos bandos, que se aborrecían de muerte, y entre los cuales todo avenimiento era imposible.




- II -

En aquellas circunstancias, gobernaba la provincia de Cuyo don José de San Martín.

La figura de este guerrero famoso es una de las más prominentes de la revolución americana. Grande por el genio, grande por los resultados que obtuvo, ocupa el segundo lugar en la numerosa falange de ilustres capitanes que se inmortalizaron en la guerra de la independencia. Sólo se encuentra inferior delante de Bolívar.

Había militado con brillo en las tropas españolas, y su nombre es citado con elogio en el parte de la batalla de Bailén.

En Europa, había aprendido no sólo la táctica de los ejércitos, sino también la de las sociedades secretas. Había sido soldado, y miembro de logias masónicas. En esas dos escuelas diferentes, había estudiado las dos ciencias que habían de asignarle entre sus contemporáneos un puesto tan elevado, la ciencia de los combates y la ciencia de los manejos encubiertos, la que enseña a vencer por el cañón, y la que enseña a triunfar por la intriga.

Las armas y la astucia más refinadas fueron siempre las dos palancas que San Martín empleó para realizar sus propósitos. Como el general de Maquiavelo, tenía algo del león y algo del zorro. Valiente e instruido como militar, era aún más hábil como diplomático. Por temible que fuera en un campo de batalla, lo era todavía mucho más dentro de su gabinete fraguando tramoyas, armando celadas, maquinando ardides para envolver a sus enemigos.

Conocedor profundo del corazón humano, tenía el arte de escoger sus agentes, y de hacer que los hombres cooperasen a sus designios, tal vez sin que ellos mismos lo comprendiesen.

En la política, no tenía ni conciencia ni moralidad. Todo lo creía permitido. Para él, todos los medios, sin excepción, eran lícitos. No retrocedía ni delante de la perfidia, ni delante del asesinato.

Seguía en esto sin vacilar el sistema de los príncipes italianos de los siglos XV y XVI.

Poseía una inteligencia fuerte para concebir los planes más vastos y complicados, una imaginación fecunda en recursos, una voluntad persistente para ejecutarlos. Hombre de cálculo más bien que de inspiración, todo lo hacía pensado. Procuraba dejar lo menos que fuera posible a la casualidad. Cuando emprendía la menor cosa, se esforzaba por prever todas las incidencias probables, todos los resultados posibles. Concedía a la razón humana un poder inmenso, y no era fatalista ni en las creencias, ni en las acciones. Así, son admirables la fe y constancia con que llevaba a ejecución sus proyectos.

Puede decirse que toda la vida pública del general San Martín no es más que la realización de una sola idea, que todos habrían quizá tachado de quimérica, si la hubiera proclamado cuando la concibió, y a la cual se debió más tarde la emancipación de una gran parte de la América Meridional.

Lima era la metrópoli de la dominación española en esta extremidad del nuevo mundo; el Perú, el centro de sus recursos; el virrey, el jefe visible de los realistas en estas comarcas. A nadie, se ocultaba que, mientras no se aniquilase ese foco de realismo, la guerra no tendría término.

Hasta San Martín, los patriotas argentinos, para sostener y propagar la revolución, habían elegido por campo de batalla las regiones del Alto Perú, que les son limítrofes. La suerte de las armas había sido para ellos muy variable. Habían alcanzado grandes victorias, habían soportado desastrosas derrotas.

San Martín, con su vista penetrante, percibió que los ejércitos de la revolución habían equivocado su itinerario. Para ahogar en Lima el poderío de los reyes de Castilla, pensó que era camino más corto y trillado pasar por Chile y atravesar el océano, que no empeñarse en hacerlo por el Alto Perú, como hasta entonces se había intentado. Hacer triunfar definitivamente en Chile la causa de la independencia, era, pues, una condición precisa para poner en práctica este sistema.

San Martín, que lo había elaborado, determinó, también ejecutarlo, y en efecto lo llevó a cabo a despecho de los obstáculos que le opusieron la naturaleza y los hombres.

Había arribado de Inglaterra a Buenos Aires en 1812. Casi inmediatamente había sido nombrado comandante de un regimiento de caballería, que organizó y disciplinó a la europea. A principios de 1813, con sólo ciento cincuenta de estos jinetes, había destrozado en San Lorenzo a trescientos españoles. Con esta hazaña, su fama militar había acabado de consolidarse.

En 1814, había sido puesto bajo sus órdenes el ejército del Alto Perú. San Martín sólo permaneció algunos meses en este puesto, que tantos le habían envidiado. Él no divisaba por aquel lado una victoria duradera y definitiva. Desde la provincia de Tucumán, donde acampaban las tropas, su pensamiento se lanzaba a los Andes, a Chile, al Pacífico, a Lima.

Para abandonar el mando, aparentó que estaba enfermo. Fingió que escupía sangre, y pidió su retiro so pretexto de curarse. El gobierno accedió a sus deseos.

Al poco tiempo, solicitó la gobernación de Mendoza. Este pedido se le otorgó con menos trabajo que el otro. Era aquella una provincia pobre y retirada, cuya administración ningún jefe de categoría habría codiciado. Mas su situación al pie de la cordillera la hacía para San Martín de una importancia inmensa. Era en ella donde debía preparar la ejecución de su gran proyecto.




- III -

En el mes de octubre de 1814, estaba en ese destino, cuando la emigración chilena llegó en busca de hospitalidad y protección.

San Martín no podía contentar a un mismo tiempo a los dos bandos rivales en que iba dividida. No lo pensó tampoco. Desde el primer momento, se decidió por O’Higgins y los suyos.

Los confinados que Carrera le había remitido después del movimiento de julio, entre los cuales se encontraban hombres de mucha labia, le tenían ya prevenido en su contra.

Los jefes argentinos que iban con la emigración confirmaron las acusaciones de los confinados chilenos, y les dieron la autoridad de sus testimonios. Don José Miguel se había malquistado en Chile con todos ellos. La decisión que los auxiliares cordobeses habían demostrado por sus adversarios, la oposición que él mismo había hecho al nombramiento de Balcarce para general en jefe, los habían recíprocamente enemistado.

Estos dos motivos habrían bastado para que el gobernador de Cuyo hubiera escogido con marcada preferencia a O’Higgins; pero a ellos se agregaron todavía otros más poderosos. Don José Miguel era altanero en sus negocios privados, y más altanero aún en aquéllos que ventilaba como representante de Chile. La desgracia sobre todo le ponía más inflexible, que una barra de hierro. En la prosperidad, era capaz de ceder; en el infortunio, nunca.

A nombre de la alianza que ligaba a los dos países, solicitaba el apoyo de los argentinos para restaurar la patria; pero jamás habría tolerado que la expedición libertadora no se efectuara bajo su mando, ni con otra bandera, que la de Chile. Como miembro de la junta ejecutiva, pedía que se le prestasen socorros, no que se le alistase como subalterno.

San Martín, que también era orgulloso, y que como Carrera había nacido para el mando, no sobrellevaba con mansedumbre semejante arrogancia. La aguantaba tanto menos, cuanto columbraba en don José Miguel un estorbo para sus planes, un competidor que le disputaría con tenacidad la dirección de una empresa de que había hecho el sueño dorado de su vida.

Esos dos hombres no estaban hechos para entenderse. Ni el uno ni el otro reconocían superiores.

O’Higgins era más dócil, más flexible, más manejable. Se doblegaba mucho mejor que su émulo bajo el imperio de las circunstancias. En vez de aspirar a ser general en jefe, se avenía a ser simple general de una división.

San Martín le caló de una mirada. Comprendió al instante que se conformaría con ser su segundo, que le ayudaría con su prestigio y con su brazo, y que nunca pensaría siquiera en hacerle sombra. Era ése el hombre que necesitaba, el hombre que le convenía. Desde entonces, fue su amigo declarado, y el enemigo implacable de Carrera, que le ofendía con su orgullo, y le hacía competencia con su ambición.

No habiendo logrado imponer a don José Miguel con su título de gobernador, trató de someterle por la fuerza. Para eso congregó las tropas del país, y por el influjo de O’Higgins insurreccionó contra el soberbio Carrera una parte de la división chilena. De este modo, pudo desarmarle, y enviarle con escolta a Buenos Aires.




- IV -

Don José Miguel no perdió el tiempo en la capital de las provincias argentinas. No obstante las persecuciones de que fue víctima muchas veces, no obstante su falsa posición de proscrito desvalido, no cesó un momento de solicitar auxilios para salvar a su patria de la opresión en que yacía, pretendiéndolos ante los diversos personajes que sucesivamente tomaron a su cargo el gobierno argentino. A fin de conseguirlos, movió toda especie de resortes; acarició las pasiones, y se dirigió al convencimiento de aquellos magistrados; pero tan vanos fueron sus halagos, como poco escuchados sus argumentos.

Después de tantos esfuerzos frustrados, cualquiera otro habría desesperado. Don José Miguel sintió redoblarse su constancia con el mal éxito de sus pretensiones. Por no haber encontrado amparo en Buenos Aires, no desconfió de ser más dichoso en otra parte.

En noviembre de 1815, se embarcó para Estados Unidos con la esperanza de traer bien pronto de la extremidad septentrional de la América los recursos que necesitaba para libertar a Chile. No llevaba consigo más que su genio y una suma de dinero que se habría tenido por módica para cualquiera expedición mercantil de regular importancia.




- V -

Hacía la misma época San Martín, cuyo carácter no era menos tenaz, comenzaba a organizar un ejército en Cuyo para realizar su pensamiento favorito, la consolidación de la independencia en Chile, el aniquilamiento del realismo en el Perú.

El permiso sólo de levantar levas, de hacer los preparativos, le había costado esfuerzos increíbles.

El gobierno de Buenos Aires agotado de recursos, distraído con las disensiones civiles que agitaban el país, dedicado exclusivamente a la guerra inmediata que sostenía en Montevideo, o en el Alto Perú, no se sentía muy dispuesto a emprender, como lo proponía San Martín, una campaña allende la cordillera. Escuchaba esta indicación como una cosa de ejecución remota, que se haría con el tiempo; tal vez como una ilusión quimérica. San Martín fomentó entonces las sociedades secretas en Buenos Aires, y se hizo conspirador para allanar el camino del poder a hombres que le prestasen su cooperación. Este arbitrio le surtió el efecto deseado. Logró que subiesen al gobierno amigos, que por lo menos le dejasen obrar libremente en las provincias de Cuyo, San Luis y San Juan. No pedía nada más. Pero poco le faltó para que perdiese en un momento todas estas ventajas.

Una asamblea constituyente reunida en la ciudad de Tucumán proclamó el 9 de julio de 1816 la independencia de la república argentina, y nombró director supremo del Estado a don Juan Martín Pueirredón. Este caballero era contrario a la expedición a Chile. San Martín lo sabía. Si no se le hacía variar de opinión, todo estaba perdido.

Pueirredón debía pasar de Tucumán a Buenos Aires para hacerse cargo del mando. San Martín determinó convencerle de la bondad de su proyecto en el camino.

Principió por despachar a la capital un emisario de toda su confianza con ciertas instrucciones para los amigos que allí tenía, muchos de los cuales ocupaban puestos elevados en el gobierno. Este agente debía ir a mata caballo. El tiempo andaba escaso.

San Martín partió enseguida con dirección a Córdoba, donde se proponía salir al encuentro del director.

En el camino, se le presentó su emisario que le traía la respuesta de los amigos de Buenos Aires. El objeto de su comisión se había llenado completamente.

San Martín le escuchó, y continuó su carrera hasta Córdoba.

A poco de haber llegado, hizo también su entrada en la ciudad don Juan Martín Pueirredón. Desde las cinco de la tarde hasta la una de la noche, el presidente y el general tuvieron una larga conferencia. Al salir de ella, Pueirredón estaba conforme con que se llevase a cabo la expedición de Chile.

Nunca se ha sabido de un modo positivo, cuál fue el irreplicable argumento que empleó San Martín para convencerle; pero entonces se susurró por lo bajo que, entre otras razones, le había indicado que si no se convenían, corría riesgo de ser asesinado antes de alcanzar a la posta vecina.

San Martín regresó a Mendoza con la autorización del director para preparar la expedición. Desde ese momento, se dedicó con tesón a la organización y disciplina del ejército. El gobierno central sólo le ayudó con auxilios casi insignificantes. Lo sacó todo, hombres y pertrechos, de las tres provincias de Cuyo, San Juan y San Luis. Quien conozca la pobreza de esas comarcas, ése sólo sabrá apreciar en su justo valor los talentos y la actividad de San Martín. Con los escasos elementos que ellas le proporcionaban, levantó un ejército de cuatro mil soldados, bien armados y equipados.

Junto con hacer los aprestos correspondientes, el gobernador de Cuyo pensó cómo superar la gran dificultad que se oponía a la realización de su plan. Lo que más le asustaba para invadir el territorio chileno era, no las tropas realistas, sino la naturaleza, los Andes, ese baluarte colosal con que Dios ha fortificado nuestro país por el oriente.

Los agentes de la metrópoli, que, después de la batalla de Rancagua, se habían encargado de la administración del reino, estaban muy distantes de hallarse a la altura de la situación. Eran por lo común individuos groseros, ignorantes, fanáticos, que, en vez de hacer amar su causa, la hicieron aborrecer. Con sus persecuciones inútiles, con sus extorsiones de toda especie, convirtieron al patriotismo a cuantos no lo habían abrazado todavía. En este sentido, puede decirse que la reconquista española de 1814 fue un gran bien para el sistema de la independencia. Ella, con la elocuencia de los hechos, hizo revolucionario de corazón a casi todo el pueblo.

El presidente don Francisco Casimiro Marcó del Pont fue particularmente la personificación verdadera de ese período de estupidez y de tiranía. Era ése un ente tan presuntuoso como necio, tan cobarde como sanguinario, que se perfumaba como una mujer, y gobernaba a los chilenos como déspota.

Ese general almizclado, y los realistas atrabiliarios que formaban su cortejo, eran ciertamente demasiado pequeños para luchar con San Martín; pero tenían un ejército de cinco mil veteranos aguerridos, y por parapeto para resguardarse, la cordillera más escabrosa y encumbrada del mundo. Esa inmensa muralla de piedra, fortificación digna de un reino, no tiene en toda su extensión, sino seis boquetes o pasajes que sean transitables. Un jefe vivo y experto habría desbaratado todas las fuerzas de los insurgentes en sus ásperos desfiladeros, en sus angostas gargantas.

Era eso lo que temía San Martín, y lo que supo impedir.

Nadie más propio que él para lograrlo. Antes de emplear contra los realistas las maniobras militares, los atacó con intrigas. Desde Mendoza, burló completamente a Marcó y su camarilla, y les persuadió de cuanto le convino. Usó para ello de grandes y pequeños resortes; de argucias domésticas, puede decirse, que harían reír en una comedia, y de insurrecciones populares, como las montoneras de Colchagua, que forman un hermoso episodio del poema de la revolución.

Con estas maquinaciones, las unas pueriles, las otras magníficas, todas ingeniosas, consiguió su objeto. Marcó perdió la cabeza. San Martín tuvo el talento de dejarle vacilante sobre cual de los seis boquetes iba a ser la entrada de los invasores. Marcó, desorientado, quiso estar en todas partes, prepararse para rechazar a los patriotas por cualquier punto que se presentasen, y ocupar militarmente todas las ciudades, todas las aldeas, todos los villorrios para sofocar la sublevación general de los habitantes que le amenazaba. Con este sistema, no estuvo realmente en ninguna parte. Despedazó su ejército en destacamentos, y lo inutilizó.

San Martín atravesó los Andes sin ser sentido; y casi junto con la noticia de su llegada, se supo que estaba al pie de la cuesta de Chacabuco, a unas cuantas leguas de la capital.

Marcó, en su confusión, se había olvidado hasta de nombrar general en jefe para sus tropas. El coronel don Rafael Maroto, en quien recayó su tardía elección, no llegó al campamento realista, situado al lado meridional de la cuesta de Chacabuco, sino la antevíspera de la batalla.

El 12 de febrero de 1817, los dos ejércitos vinieron a las manos. Todo se redujo a una carga a la bayoneta, dada por O’Higgins, y otra carga de los granaderos a caballo. Los realistas fueron completamente deshechos. Puede decirse que el general argentino los había derrotado desde su gabinete en Mendoza.

Después de este descalabro, Marcó, en lugar de pensar en defenderse con los brillantes restos que aún le quedaban de su numeroso ejército, pensó únicamente en buscar la salvación en la fuga.

Todos los demás jefes le imitaron, menos el coronel don José Ordóñez, intendente de Concepción, que concentró en aquella provincia todas las fuerzas del sur, y fortificó a Talcahuano para sostenerse contra los patriotas, como correspondía a un valiente, mientras remitía auxilios el virrey de Lima.

El día 13, los vencedores de Chacabuco tomaron posesión de Santiago.

El 15, un cabildo abierto proclamó a don José de San Martín director supremo del Estado que acababa de libertar. San Martín, por política, para no ofender con un vano título las preocupaciones nacionales, renunció por dos veces el honor que se le ofrecía en señal de gratitud. En consecuencia, al siguiente día, fue elegido del mismo modo director supremo don Bernardo O’Higgins, como se traía acordado desde el otro lado de los Andes.

La primera campaña de la restauración estaba terminada. La bandera española no conservaba a su rededor sino unos cuantos centenares de hombres. La mayor parte del territorio chileno reconocía ya, o iba a reconocer muy pronto, la autoridad de los insurgentes. San Martín, para dar cuenta a su gobierno del resultado de su expedición, habría podido imitar ese famoso boletín de César al senado de Roma: «Veni, vidi, vici».






ArribaAbajoCapítulo VI

Abandono de la capital de Chile por los realistas.- Elección de don José San Martín para director supremo, y su renuncia de este cargo.- Elección de don Bernardo O’Higgins para el mismo empleo.- Primer ministerio de O’Higgins.- La Logia Lautarina.- Política inflexible adoptada por el gobierno.- Medidas fiscales.- Ejecución de don Manuel Imas.- Ejecución de San Bruno y Villalobos.- Nombramiento del general argentino don Hilarión de la Quintana para director delegado, y descontento que produce.- Nombramiento de una junta en reemplazo del gobernante anterior.- Nombramiento de don Luis de la Cruz para director delegado.- Creación de la Legión de Mérito.- Proclamación de la independencia de Chile.- Campaña de 1817 contra los realistas del sur.- Campaña de 1818 contra el ejército de Ossorio.



- I -

Después de la batalla de Chacabuco, la fuga precipitada de Marcó del Pont, de sus cortesanos y de sus tropas, dejó en acefalía la ciudad de Santiago.

La plebe, viéndose libre de toda sujeción, dio rienda suelta a su furor contra los sostenedores de la metrópoli, y principió sus venganzas por el saqueo del palacio de los presidentes-gobernadores. En pocas horas, los lujosos tapices, los magníficos muebles, las primorosas porcelanas, todos los dijes que constituían la vanagloria y el deleite del último gobernante español, pasaron a manos de individuos menos relamidos y delicados, que su dueño primitivo.

El destino que había cabido a los bienes de Marcó inspiró serios cuidados al vecindario de la capital. Temió que el populacho, cebado con el botín del tirano, y sin freno que le contuviera, entregase al pillaje las propiedades de los demás ciudadanos.

Para evitar un riesgo tan inminente, muchos de los principales habitantes rogaron a don Francisco Ruiz Tagle que invistiera el mando de la ciudad hasta la entrada del ejército libertador. Este señor, convencido de la gravedad de las circunstancias, se prestó a sus deseos, y aceptó para conservar el orden aquella delegación popular.

Tal era el gobierno provisional que había establecido, cuando el general San Martín hizo su entrada en la capital.

Una de sus primeras providencias fue convocar a los notables del pueblo para que, reunidos en cabildo abierto, designasen tres electores, uno por cada una de las tres provincias en que estaba dividido el reino, Santiago, Concepción y Coquimbo, a fin de que éstos nombrasen la persona que había de regir el país.

En cumplimiento de esta convocatoria, el 15 de febrero, se congregaron en la sala capitular cien vecinos bajo la presidencia del gobernador Tagle. Era aquél un acto de pura fórmula. No había otra elección posible, que la del general en jefe del ejército vencedor, o la de la persona que él indicara. Aquella junta lo consideró así, declaró inútil el nombramiento de los tres electores, y proclamó por unanimidad director supremo a don José de San Martín.

Como ya lo he dicho, no entraba en la política de este admitir semejante título. Renunció, pues, el honor que se le ofrecía, y volvió a convocar el vecindario con el mismo objeto que anteriormente.

El 16, se reunieron doscientos diez individuos, que insistieron en el acuerdo del día precedente.

San Martín tornó a renunciar, y manifestó a aquella asamblea electoral por conducto del auditor de guerra don Bernardo Vera las razones que apoyaban su resolución.

Como ella permaneciera todavía congregada, nombró por unanimidad también a don Bernardo O’Higgins director supremo interino del Estado con facultades omnímodas. Vera, que hacía en aquella ocasión como de apoderado de San Martín, expresó cuán placentera sería para el general la elección que acababa de efectuarse.

Apenas el auditor hubo concluido su discurso, una porción de los ciudadanos allí reunidos corrió a casa de O’Higgins; y en medio de vítores y aplausos, le trajo a la sala capitular para que prestara el juramento de estilo.

Se convino en que los demás pueblos irían ratificando lo acordado, a medida que la retirada de los realistas lo fuese permitiendo.




- II -

La proclamación de aquellos doscientos diez individuos fue el título primitivo de don Bernardo O’Higgins para la dictadura que ejerció por el espacio de seis años. Es preciso confesar que, en las circunstancias, no podía consultarse la voluntad de la nación de una manera más legítima y formal.

El pueblo de Santiago se hallaba en el día siguiente al de una victoria que trastornaba todo el orden establecido, sin que fundase sólidamente el nuevo sistema. El enemigo, aunque derrotado, se atrincheraba en una extremidad del país, y abandonaba el resto con lentitud, como quien se propone volver a disputarlo. A nadie, se ocultaba que Chacabuco no había sido más que un principio de la lucha, brillante para las armas de la patria. La campaña de la restauración estaba abierta con ventaja, pero no concluida. Todos tendían la vista a las costas del Perú, de donde seguramente iba a partir la escuadra que había de transportar las nuevas legiones de la España. La gente pacífica recelaba todavía mayores padecimientos que los que llevaba ya soportados en aquella encarnizada contienda, y los militares afilaban sus sables.

En semejante situación, habría sido insensatez mostrarse demasiado escrupuloso por las formalidades que se observasen en la elección del gobernante supremo. Era aquél un momento de descanso entre dos batallas. ¿Cómo pensar en reglamentar y convocar comicios electorales, cuando el tiempo apenas alcanzaba para los preparativos de guerra?

Es preciso confesar igualmente que, entre todos los jefes nacionales que en aquella época pisaban el territorio chileno, O’Higgins era el más aparente para regir a sus conciudadanos, y el más digno de merecer ese honor. Soldado valiente, hombre de prestigio, caudillo de un numeroso bando, en íntimas y buenas relaciones con el general del ejército aliado, poseía todas las calidades que habrían podido desearse.

Pero hechas estas reservas, no se negará tampoco que la irregularidad de su elección debía perjudicarle andando el tiempo. La opinión de doscientos diez padres de familia no es la opinión de un pueblo, tanto más cuanto sus sufragios habían estado muy lejos de ser enteramente libres. Ellos no habían hecho sino pronunciar en voz alta el nombre que San Martín les había repetido al oído. No dudo que sin esa poderosa indicación O’Higgins habría sido designado; pero la cosa había sucedido de ese modo.

No hay sentimiento más puntilloso, que el del nacionalismo. Se dijera lo que se dijese, el director debía su elevación al apoyo de un ejército perteneciente a una nación extranjera, aunque hermana, más bien que a un acto espontáneo de sus conciudadanos. Esta observación que se deducía lógicamente de los hechos, no podía menos de ser funesta para la popularidad de don Bernardo. Sus adversarios políticos, desde los primeros tiempos, hicieron servir en provecho suyo el vicio de que adolecía el nombramiento del director.




- III -

O’Higgins inmediatamente organizó su ministerio, que dividió en tres departamentos, a saber, el de gobierno y relaciones exteriores, el de guerra, y el de hacienda.

Los dos primeros fueron encomendados a don Miguel Zañartu y a don José Ignacio Zenteno. Zañartu se hizo también cargo del de hacienda, que no fue dado sino algunos meses más tarde a don Hipólito Villegas.

Zenteno se había comprometido por la causa nacional; pero antes de la emigración, no había ocupado un puesto de primera línea. En Mendoza, San Martín le había nombrado oficial de su secretaría. Los dos se habían entendido. Zenteno tenía una cabeza organizadora, y era infatigable para el trabajo. El gobernador de Cuyo, prendado de la inteligencia con que le comprendía, y de la laboriosidad con que ejecutaba sus disposiciones, no había tardado en hacerle su secretario.

La parte que Zenteno había tomado en la formación del ejército de los Andes, había sido importantísima. Era él quien había dirigido esos mil pormenores indispensables para el arreglo y la disciplina de la tropa, y cuya minuciosidad y multiplicidad piden una contracción y un empeño difíciles de encontrar.

En el ministerio de la guerra, iba a continuar las mismas tareas, que en la secretaría de Mendoza, tareas que sin descanso soportó durante años, y que a otros los habrían rendido en unos cuantos meses.

Zañartu era un hombre apasionado, de bastante habilidad, de carácter firme y decidido, de sentimientos profundos, que cuando aborrecía, aborrecía de muerte, y cuando amaba, era con exaltación. El odio contra los Carreras era en él una pasión.

En 1813, había sido en Concepción, sino el caudillo, al menos el orador fogoso y audaz de la facción que había combatido contra don José Miguel. En esa ocasión, había desplegado un atrevimiento al cual nada había intimidado, ni el prestigio de Carrera, ni el fanatismo del ejército por su general. Esta conducta debió ser a los ojos de O’Higgins uno de sus principales méritos para confiarle la cartera de uno de los ministerios.

En los departamentos, se reinstalaron los antiguos cabildos, que no tenían ningunas franquicias ni iniciativa, y autoridades locales, que no eran sino agentes sumisos del ejecutivo.

Los enumerados eran, puede decirse, los funcionarios públicos y oficiales de la administración. Pero en la sombra, se formó además un senado misterioso, especie de remedo de las instituciones venecianas, que, aunque no estuviera autorizado por ninguna ley, formaba en realidad el consejo del director. Era una asociación masónica, que se denominaba «la Logia Lautarina».

El público designaba con más o menos fundamento a varios altos potentados civiles o militares como cofrades de aquel club tenebroso y encubierto; pero nadie podía asegurar a punto fijo y con certidumbre quiénes eran sus miembros.

Estaba estrechamente relacionado con otro semejante que existía en Buenos Aires, y que gobernaba también aquel Estado. Ambos debían su fundación al general San Martín, que era muy inclinado a dirigir la política por resortes ocultos y maquinaciones subterráneas.

Este senado enmascarado, que deliberaba a escondidas, como si temiera la luz, sin secretario que autorizase sus acuerdos, y sin actas donde se consignasen sus procedimientos, decidía, según se dice, bajo la presidencia del director, todos los negocios grandes y pequeños de la guerra y de la administración. Ejercía al mismo tiempo las funciones de cuerpo deliberante y de poder ejecutivo. Lo que se resolvía en sus sesiones, era lo que se ponía en práctica.




- IV -

Desde los primeros días de su establecimiento, se dejó conocer cuál sería el programa del gobierno que debía su elección al triunfo de Chacabuco.

Asegurar a toda costa la independencia de Chile era su principal objeto, francamente confesado.

Para conseguirlo, estimaba necesarias particularmente dos cosas: crear y conservar en el partido revolucionario la más absoluta unidad de miras bajo la disciplina más severa; y abatir moralmente, aterrorizar a los realistas.

Todo lo consideraba perdido si, como antes de la batalla de Rancagua, la división se introducía entre los patriotas. Creía casi infructuosas las ventajas militares, mientras los realistas se atreviesen a confesarse tales, y a tener el descaro de su opinión.

Estaba dispuesto a emplear toda clase de medios para alcanzar esos dos resultados. Esto explica el encarnizamiento con que se puso a perseguir a los carrerinos, y el rigor de las represalias que tomó contra los adictos a la España.

El gobernador de Mendoza, Luzurriaga, recibió orden de detener a cuantos no llevasen el competente pasaporte. La cordillera debía servir de atajo a todos los amigos decididos de Carrera, aun cuando ofrecieran sus servicios, aun cuando no hubiera sospechas contra ellos.

Los que estaban en Chile fueron vigilados casi de vista.

Todas las medidas preventivas se juzgaban licitas para impedir la más remota posibilidad de anarquía. El gobierno era tanto más estricto en sus precauciones, cuanto que don José Miguel había arribado por aquel entonces al río de la Plata con una expedición de los Estados Unidos. Su proximidad sola se consideraba como el amago de un gran peligro.

La persecución de los realistas fue todavía más dura y tenaz. Las congojas que entonces debieron soportar, fueron sin duda espantosas, y dejaron compensadas las que ellos, durante la reconquista, hicieron sufrir a los patriotas.

Ningún español, ningún americano tachado de godo podía andar por la calle después del toque de oraciones, so pena de ser fusilado en el acto.

Estaban conminados con el mismo castigo, si se reunían en número de tres, bien fuese en su casa, o en cualquiera otra parte.

Otro bando ordenó que todo individuo que hubiera recibido boleto de calificación del tribunal de infidencia establecido por Ossorio, fuese a entregarlo al ministro de gobierno en el término de cuarenta y ocho horas.

Esta penitencia era terrible. El decreto callaba el fin de tal disposición, de modo que el paciente, cuando había presentado el documento, que podía acarrearle quién sabe qué castigo, quedaba sujeto a la angustia más dolorosa, ignorando cuál sería su suerte.

A imitación de los españoles, se creó también una junta de calificación. Todo el que, en el plazo de dos meses, no hubiera justificado ser patriota; era declarado sin opción a empleos públicos y perdía el que tuviera.

Algunos destierros, entre los cuales se enumeró el del obispo Rodríguez, convencieron a todo el mundo de que las amenazas del directorio no eran vanas palabras.




- V -

Al mismo tiempo que se dictaban estos rigurosos decretos, se reorganizaba el ejército a toda prisa. Se hacían levas, se disciplinaban tropas, se aprestaban armas y municiones.

Todos temían por días la invasión. Nadie se lisonjeaba de que la guerra estuviese terminada.

Mas los preparativos bélicos exigen dinero, y el erario nacional estaba escueto. Los vencedores de Chacabuco no habían traído más riquezas, que las que habían llevado a la emigración: sus espadas. Las cajas del tesoro estaban casi vacías. Al enemigo, sólo se le habían tomado setenta y cinco mil setecientos diez pesos. El gobierno de la reconquista había dejado el reino agotado, había saqueado la hacienda de los patriotas, y había arrancado a las familias empobrecidas las contribuciones, puede decirse, con la punta de las bayonetas.

Había, entre tanto, que sostener una guerra inevitable y sagrada, que mantener un ejército, que proveer a la salvación del país. ¿Qué hacer en tales apuros? En pocos días, y entre dos campañas, no se improvisa un sistema de rentas.

No había más arbitrio que obligar a los particulares tildados de realistas a satisfacer con sus caudales los gastos de la guerra y de la administración.

No retrocedió el gobierno delante de una providencia que justificaban la necesidad y los resentimientos políticos. Impuso una contribución de cuatrocientos mil pesos a los españoles europeos residentes en el país, y declaró propiedad de la nación todos los bienes, derechos y acciones de los realistas prófugos, de los que habían sido tomados con las armas en la mano, de los que no se habían presentado a sincerar su conducta, de los que vivían en los reinos de España y sus dominios, a no ser que se hallasen en ellos presos o confinados por adictos a la independencia americana.

En cortos plazos, todos los tenedores de estos bienes debían entregarlos a la comisión respectiva bajo las penas más severas. Por una perversión de las reglas morales, que jamás podría disculparse, se fomentaba la delación, y se otorgaban premios a los abusos de confianza, a fin de evitar cualquiera ocultación en las propiedades mencionadas.

Los realistas pusieron entonces el grito en los cielos por aquel despojo. Algunos de sus descendientes han repetido después las quejas de sus padres. Ni unos ni otros han reparado que los verdaderos culpables de la extorsión eran los mismos sobre quiénes recaía. Eran ellos los que, después de la derrota de Rancagua, habían abusado de las confiscaciones y secuestros; eran ellos los que habían empobrecido el reino con las rapiñas de los talaveras, y los que no habían dejado otro camino de salvación a los insurgentes en la escasez del erario y el agotamiento de todas las fuentes de la riqueza pública.

Por otra parte, la república, como hija honrada y heredera celosa por la reputación de sus primogenitores, ha reconocido todas las deudas de esa especie que podían acreditarse de un modo legítimo, y las pagará fielmente. Los secuestros no habrán sido entonces más que un préstamo forzoso.

Sería de desear aun que, si fuese posible, se satisficiesen hasta su último cuartillo, con todos sus intereses, sin descuento, sin rebaja.




- VI -

Pero si la república debe cargar con las deudas en dinero que nuestros padres contrajeron para darnos la libertad, la existencia, no puede hacer otro tanto con sus deudas de sangre, sobre todo de sangre inútil. Ésa las rechaza, las repudia. Caiga su responsabilidad sólo sobre quien tuvo la desgracia de marcharse con ellas.

De esa clase es el asesinato innecesario, injustificable del español don Manuel Imas.

Era éste un comerciante oscuro, honrado, pacato, de limitados alcances. Era adicto a la España, porque era peninsular. Sin talento, sin valor, sin relaciones, podía mirarse como el ser más inofensivo.

Pero esa insignificancia, que salva a tantos en las convulsiones políticas, fue la causa de su ruina. El gobierno deseaba aterrar a los realistas; deseaba manifestarles que las conminaciones de sus bandos no eran simples amenazas escritas en el papel, propias para asustar a los inocentes y a los niños. El desdichado Imas fue la víctima escogida para lograrlo. No pertenecía a una familia pudiente; no poseía grandes riquezas; su muerte sería un ejemplar que produciría su efecto sin suscitar embarazos a los gobernantes.

El 18 de febrero, se había publicado un bando que ordenaba a los particulares bajo pena de la vida la entrega en el perentorio término de seis días de cuantas armas poseyesen.

Don Manuel Imas era jefe de los guardatiendas, que desempeñaban en los barrios del comercio el cargo que ahora los gendarmes de la policía. Como tal, guardaba en su tienda las armas de los expresados celadores. Las prescripciones del bando de 18 de febrero no podían comprenderle. Él lo entendió así; y por lo tanto, ni siquiera pensó en entregar las armas que le servían para el destacamento de policía que mandaba.

Cierto día, se le presentó un soldado a venderle un sable. Imas rehusó comprárselo. El soldado reiteró su oferta con instancia. El pobre comerciante se negó todavía, pero el vendedor se lo pidió con tanto encarecimiento, que, por librarse de su importunidad, le respondió que volviese pasados algunos días, y que entonces le compraría el arma. Imas la necesitaba para sus guardatiendas.

El infeliz había casi olvidado esta incidencia que debía serle tan fatal, cuando, a las doce de la noche del día que había designado (1.º de abril de 1817), hallándose recogido en su casa, oyó redoblados golpes a su puerta. A sus interrogaciones para averiguar la causa del alboroto, le respondió la voz del soldado cobrándole su palabra sobre la compra del sable. Imas le expresó su extrañeza de que hubiera escogido hora tan avanzada para concluir su negocio; pero no sé por qué destino adverso, accedió a su solicitud.

Apenas hubo abierto la puerta para recibir el sable, cuando se encontró rodeado de un piquete, que le condujo a la cárcel, acusándole de haberle sorprendido en flagrante infracción del bando de 18 de febrero.

Ignoro si en el calabozo se le presentó un juez para interrogarle; lo único que he sabido es que al poco tiempo vino un sacerdote a ofrecerle su auxilio, porque estaba condenado a morir dentro de pocas horas.

El sacerdote escuchó la confesión de ese hombre que iba a comparecer delante de Dios, y corrió a palacio para asegurar al director la inocencia del supuesto reo. Era demasiado temprano, y se le negó la entrada.

El sacerdote se fue a la catedral a decir misa, mientras podía hablar con O’Higgins. Cuando salió de la iglesia, colgaba en la plaza de una horca el cadáver de don Manuel Imas, que acababa de ser pasado por las armas.

Se tenía resuelto aterrar a los realistas. La casualidad había ofrecido contra uno de ellos, quizá el más insignificante de todos, una leve sombra de culpabilidad, un infundado pretexto de acusación. Impacientes los gobernantes por ostentar su severidad, no habían desperdiciado la ocasión, y se había cometido una grande injusticia.

Los que eso autorizaron ¿creían que la sangre de un godo era menos preciosa, que la de un patriota? ¿qué las lágrimas de la mujer y de los hijos de ese español eran menos amargas, que las de sus propias mujeres e hijos?

Después de ese atentado contra la humanidad, ¿con qué derecho criticaban a Marcó la ejecución de Traslaviña y sus compañeros?

Éste y otros actos de esa administración, que yo querría borrar del catálogo de sus providencias, traían su origen de esa impía máxima que había adoptado por base de su política: el fin justifica los medios.

Ese principio abominable, disculpa de la maldad, escudo del crimen, mezcla sacrílegamente el bien con el mal, hace de la moral un negocio de cálculo, y no de conciencia, y procura sofocar el remordimiento con los sofismas del raciocinio. Una vez admitido, no hay cosa que no sea lícita. Todo lo que hay de más horrible puede legitimarse. Los gobiernos, como los individuos, no deben apreciar la moralidad de sus actos por las consecuencias, por los resultados próximos o remotos, sino por la malicia o bondad intrínseca. Nunca el asesinato será permitido, aun cuando llegara a probarse, lo que me parece difícil, que la suerte de una nación dependiera de la vida de un hombre.

Doce días después de Imas, fueron también fusilados en la plaza principal don Vicente Bruno, el célebre talavera, presidente del tribunal de vigilancia, y el sargento del mismo cuerpo Villalobos, su cómplice en los asesinatos que el 6 de febrero de 1815 ejecutaron en la cárcel de Santiago.

La muerte de aquellos dos hombres feroces era justa. Ambos habían ultimado infamemente a indefensos prisioneros. San Bruno había cometido con los habitantes de la capital toda especie de tropelías sangrientas. Para uno y otro, el suplicio era la merecida expiación de sus delitos.

Estas tres ejecuciones abatieron el ánimo de los realistas, que pedían en secreto al cielo la venganza de sus agravios, pero que no se atrevían ni siquiera a lamentarse en alta voz. El miedo los enmudecía, y la rabia les hacía tender con avidez sus miradas a la provincia de Concepción, donde el valiente Ordóñez defendía el honor de la bandera española.




- VII -

La necesidad de apresurar la conclusión de la guerra, obligó a O’Higgins a dejar la capital y a partir para el sur con el ministro Zenteno.

El 15 de abril de 1817, nombró para que le subrogase durante su ausencia con el título de director delegado o sustituto, al coronel argentino don Hilarión de la Quintana.

La designación de este individuo para el mando supremo fue altamente impopular. Esta preferencia de un jefe extranjero sobre los hijos del país, chocó hasta el mayor punto con los sentimientos del nacionalismo.

Los enemigos del gobierno se aprovecharon de este pretexto para redoblar sus murmuraciones.

Decían que Chile estaba constituido en colonia de Buenos Aires. ¿De qué les serviría no hallarse dependientes de los españoles, si habían de serlo de los argentinos? Aquello sólo era cambiar dominación por dominación. Los vencedores de Chacabuco les habían traído la conquista, y no la libertad.

Los opositores presentaban el nombramiento de Quintana como la prueba más bochornosa de la subordinación de O’Higgins a San Martín.

Este último, como era natural, ejercía grande influjo. Puede decirse que en muchos casos era él quien gobernaba. Esto daba margen a la crítica más acerba y pretexto a los émulos de don Bernardo para desacreditarle. Se repetía que, después de Chacabuco, los Andes como frontera habían desaparecido; que Chile y las provincias argentinas formaban un solo Estado; que San Martín era su verdadero soberano, y O’Higgins y Pueirredón, colegas que le estaban subordinados.

En estas hablillas, había mucho de cierto. San Martín, con el buen éxito de su empresa, había adquirido una fama y una influencia incalculables de éste y del otro lado de la cordillera. En esta y en aquella comarca, su voluntad pesaba mucho en la dirección de los negocios. Poco después del 12 de febrero, había realizado un rápido viaje a Buenos Aires, probablemente para afianzar por la diplomacia su supremacía en aquel gabinete, como en Chile la había afianzado por la victoria.

Esta injerencia del general argentino en el gobierno, que era inevitable, pero quizá demasiado absoluta, hería a los habitantes en las delicadezas del amor propio. No soportaban con paciencia esta especie de vasallaje, y echaban sobre O’Higgins la responsabilidad de aquella deferencia que, en su orgullo de chilenos, calificaban de excesiva.

La acusación era injusta. Don Bernardo se veía arrastrado por las exigencias de su posición, tenía que mostrarse condescendiente con aliados de quienes necesitaba para asegurar la emancipación del país, que habían prestado grandes servicios, y que estaban prontos a prestar otros no menores.

Pero el espíritu de partido no admitía estas excusas, y presentaba la adhesión de O’Higgins a San Martín, no como una consecuencia precisa de las circunstancias, sino como el pago de sus despachos de director. Se propalaba que el cabildo abierto del 16 de febrero no había sido más que una pura farsa; que el nombramiento de O’Higgins debía datarse en Mendoza, y no en Santiago; y que era la gratitud de tan alto empleo lo que le hacía tan obsecuente y tolerante para con el general del ejército de los Andes y sus paisanos.

Los que proferían estas acriminaciones, hijas de las pasiones políticas, tenían buen cuidado de tomar sus precauciones para hacerlo. No andaban divulgándolas ni en las plazas, ni en los lugares públicos. La libertad de la lengua no estaba reconocida en aquella época, y habrían tenido por qué arrepentirse los que se la hubieran tomado. Pero no por esto surtían menos efecto estos amargos reproches, que se hacían circular sigilosamente y por lo bajo. El sentimiento de un nacionalismo, exagerado, si se quiere, pero vigoroso, les prestaba un alcance terrible.

La elección de Quintana para director sustituto, acabó de irritar el descontento producido por los motivos indicados.




- VIII -

Por desgracia, aquel militar estaba muy distante de ser hombre aparente para desvanecer las prevenciones del público.

Como la mayor parte de los oficiales del ejército de los Andes, se mostraba soberbio por los servicios prestados y la importancia de su posición en una tierra que acababa de salvar del yugo tiránico de la metrópoli. Sus pretensiones eran exorbitantes; desmedidas las consideraciones que exigían, tanto él, como casi todos sus demás camaradas.

A la aspereza de su orgullo, se añadía la tosquedad de las maneras, más propias de un campamento, que de una ciudad. Quería gobernar poco menos que como se dirige a los soldados en campaña.

Ciertas medidas fiscales necesarias, pero no que podían menos de ser odiosas, robustecieron las antipatías que se habían despertado en el pueblo contra él.

Las salidas del erario estaban muy lejos de hallarse balanceadas con las entradas. Los gastos de la guerra se aumentaban en una gran desproporción con los fondos del tesoro. Para llenar el déficit, Quintana, a imitación del gobierno de la reconquista, decretó sobre todos los vecinos pudientes una contribución mensual por el término de un año, y restableció algunos de los impuestos que aquél había ideado. Semejantes disposiciones debían naturalmente suscitarle el aborrecimiento de muchos de los contribuyentes.

Pero lo que puso el colmo a su impopularidad fue la prisión inmotivada de varios ciudadanos tachados de carrerinos, entre quienes se encontraban don Manuel Rodríguez y don Manuel José Gandarillas, ambos patriotas eminentes y generalmente estimados.

La presencia de los tres Carreras en las provincias argentinas traía cuidadosos a los gobernantes. Temían el atrevimiento de aquellos jóvenes, y así redoblaban su vigilancia. Mas Quintana no se contentó con estar alerta, sino que demasiado receloso, a la menor sospecha, aseguró a hombres que no eran adictos a la administración, pero que, en aquel momento, no conspiraban. Esta tropelía acrecentó de una manera alarmante el descontento.




- IX -

Vista la actitud de los habitantes, San Martín y O’Higgins no estimaron prudente contrariar una opinión tan pronunciada, y dieron satisfacción a las exigencias del público, reemplazando a Quintana por una junta compuesta de don Francisco Antonio Pérez, don Luis de la Cruz y don José Manuel Astorga. La dirección suprema delegada pertenecía a todos ellos unida e indivisiblemente; pero la presidencia de la junta debía alternarse cada tres meses entre los tres por el orden de sus nombramientos.

Quintana les entregó el mando el 7 de septiembre delante de todas las corporaciones.

Don José de San Martín, general del ejército argentino, y don Tomás Guido, agente diplomático de la misma república, no desperdiciaron esta ocasión solemne para desmentir los rumores que se habían esparcido acerca de las pretensiones de su gobierno a la dominación de Chile. Ambos protestaron que aquel gabinete no tenía otro plan, que el de mantener la independencia absoluta de este país.

La junta de 7 de septiembre, se esforzó por calmar la irritación que había causado la petulancia de su predecesor.

Puso en libertad a Gandarillas y Rodríguez, dándoles un certificado de su inocencia.

Dictó algunas medidas fiscales, y se empeñó por regularizar el sistema de contribución. La mensualidad se cobraba de un modo arbitrario y desigual. La junta trató de evitar esta desproporción inicua. Para ello, dictó un decreto ordenando que todo propietario, todo negociante y todo poseedor de censos cediese a la patria una vez en principios de cada año el uno por ciento de su capital o del valor calculado de sus propiedades rústicas y urbanas.

Desgraciadamente la junta no tuvo tiempo de hacer poner en práctica el equitativo plan de contribuciones que había acordado.

Ella misma pidió al director O’Higgins que concentrase todo el poder en una sola persona para conseguir la actividad en las resoluciones, y la rapidez en la ejecución, que demandaban las circunstancias del Estado. Don Bernardo, reconociendo la conveniencia de esta solicitud, mandó que don Luis de la Cruz, resumiese todo el mando.

El 16 de diciembre, recibió cumplimiento esta decisión suprema.

Las peripecias de la campaña que se abrió inmediatamente, impidieron al delegado hacer ejecutar el proyecto que él mismo había concebido en unión de sus otros dos colegas.




- X -

Pero antes de relatar las alternativas y los principales resultados de la guerra, voy a hablar de dos célebres e importantes disposiciones que promulgó el director supremo durante su permanencia en las provincias del sur. Es la una la creación de la Legión de Mérito, y la otra la proclamación de la independencia de Chile.

La primera es la revelación del sistema político de O’Higgins, y la segunda, puede decirse, la partida de bautismo de la república. Ambas merecen, por cierto, que se les dediquen algunas líneas en una reseña de la época.

El 22 de marzo de 1817, O’Higgins había abolido la nobleza de sangre, y la había declarado una anomalía en una república. Por su orden, se habían borrado del frontispicio de las casas los escudos de armas e insignias análogas, esos jeroglíficos, como los llama el bando, que muchas veces no son sino el signo del servilismo, o de la degradación humana.

Oficialmente la nobleza heráldica, la nobleza hereditaria quedaba suprimida. Era ese un gran paso hacia la reforma social, la extirpación de una preocupación ridícula, pero perniciosa.

En Chile, con reducidas excepciones, la que se pretendía nobleza era una nobleza apócrifa, que, por dinero, había comprado un título al gabinete de Madrid, y que, a fuerza de cavilaciones, se había acomodado una genealogía medio decente, que tal vez no tenía más realidad, que el hallarse escrita en un libro lujosamente encuadernado y de broches de oro. Otros no tenían títulos, sino un simple mayorazgo, y muchos aun ni siquiera eso.

El tronco de esas altaneras familias había sido quizá algún pobre polizón venido de España sin más riquezas que su sombrero embreado y un chaquetón de lana, o algún honrado comerciante que había ganado sus blasones detrás del mostrador de una tienda. Sin embargo, estos colonos ennoblecidos, olvidándose de la humildad de su origen, ostentaban más arrogancia que un Montmorency, y exigían más acatamiento que un descendiente de los cruzados. Era conveniente apartar del camino ese estorbo a la igualdad de todos los ciudadanos; era útil derribar era superioridad ficticia que se levantaba sobre un pedestal de arena.

O’Higgins manifestó comprender el espíritu del siglo, cuando firmó el bando de 22 de marzo. Pero el mismo gobernante que esto había hecho, creó por un decreto de 19 de junio, una nobleza militar, en lugar de la nobleza hereditaria y civil que acababa de destruir.

Fue ésa la fecha con que ordenó la formación de la Legión de Mérito, que debía sustituir a los marqueses, a los duques, a los condes del viejo sistema los brigadieres, los coroneles, los mayores.

Los togados, los literatos, los filántropos, los sabios, tenían, como los hombres de guerra, opción al honor de ser incluidos en ella; pero según la categoría en que eran clasificados, así recibían también el grado militar correspondiente, y eran tratados en conformidad.

La intención del fundador estaba manifiesta; quería calcar la organización de su orden sobre la jerarquía del ejército; la ordenanza debía ser la magna carta de esta nobleza de creación moderna.

La Legión se componía: de grandes oficiales, que tenían el carácter y los honores de brigadieres generales con una pensión anual de mil pesos; de oficiales, que equivalían a coroneles de ejército con sueldo de quinientos pesos; de suboficiales, equivalentes a sargentos mayores con el de doscientos cincuenta pesos; y de legionarios, que correspondían a tenientes con una asignación de ciento cincuenta pesos. Los sueldos de estos individuos no debían sufrir el menor descuento.

Se señalaban para el mantenimiento de la Legión todos los bienes secuestrados a los enemigos de la independencia, que se habían fugado al tiempo que el ejército libertador había ocupado el territorio chileno.

Los miembros de la orden gozaban de fuero especial, y sólo podían ser juzgados por sus pares. Contra ninguno de ellos, podía ejecutarse la sentencia sobre materia criminal de cualquier otro tribunal.

La nobleza creada por O’Higgins tenía sobre los titulados de Castilla la ventaja de hallarse basada en el mérito personal, y no en la herencia de un mérito ajeno; pero siempre era una aristocracia privilegiada, una desigualdad disonante en una verdadera república.

El valor, el talento, la virtud, el patriotismo tienen sin duda derecho a la consideración, al respeto, a la veneración de los ciudadanos, pero de ningún modo tienen derecho a la desigualdad, al privilegio. El premio de los hombres eminentes es el acatamiento público, la estimación general, la gloria; pero fuera de eso, deben ser tratados sin distinciones injustificables y de la misma manera que todos los demás.

O’Higgins era consecuente con el régimen político que se proponía plantar después de la victoria definitiva al destruir la nobleza hereditaria, fundada en los servicios o quizá en la riqueza de los antepasados, y al establecer la nobleza militar que tenía por base los servicios personales prestados a la nación. Él no ambicionaba ceñir su cabeza con una corona de metal como los reyes europeos, sino con una de laurel como los dictadores romanos. Los marqueses, los duques, los nobles de Castilla, eran antiguallas que despreciaba como inservibles; pero los brigadieres, los coroneles, los individuos del ejército que darían la independencia al país, formaban el cortejo forzoso de un presidente vitalicio, que alegaría títulos semejantes para ocupar ese encumbrado puesto.

La creación de la Legión de Mérito era una medida preparatoria para realizar más tarde la otra idea que había de completarla. Estaba la base; faltaba la cúspide.

El 12 de septiembre de 1817, se verificó en Concepción la instalación solemne de la nueva orden.




- XI -

Desde la victoria de Chacabuco la proclamación de la independencia era una exigencia del público, un propósito firme y decidido de los gobernantes.

Esta franqueza sobre el fin que se proponían los patriotas es un rasgo característico del período revolucionario que comenzó en 1817. Antes de entonces, la idea estaba en muchas cabezas; algunas voces valerosas habían pedido su realización abiertamente; diversos actos de los gobernantes no podían tener más significado que el de una emancipación resuelta.

Pero era éste un deseo oculto en las almas, que no se expresaba claramente por palabras. El nombre de Fernando VII se levantaba siempre en todos los documentos oficiales como una especie de pararrayo contra la cólera de la metrópoli, como una preocupación de prudencia contra las eventualidades de la suerte y los peligros del porvenir.

Mas después del 12 de febrero de 1817, los insurgentes tomaron otro tono, adoptaron otro lenguaje más atrevido y correspondiente a sus verdaderas intenciones. La separación absoluta de la España era el objeto confesado de la lucha, el clamor general de todos los patriotas. El disimulo se había dejado entre los bagajes de que Ossorio se había apoderado en Rancagua.

La independencia estaba declarada de hecho; pero se necesitaba hacerlo de una manera solemne, y con la precisa formalidad. El gobierno pensó que no debía retardarlo por más tiempo, y se dispuso a consultar la voluntad de los habitantes.

Con este objeto, la junta delegada de Santiago promulgó el 13 de noviembre de 1817 un decreto por el cual se ordenaba que, en todos los cuarteles de cada ciudad, y por el término de quince días, cada inspector acompañado de dos alcaldes de barrio, abriese dos registros, en uno de los cuales firmarían los ciudadanos que estuvieran por la pronta declaración de la independencia, y en el otro los de la opinión contraria.

Este modo de hacer constar la voluntad nacional fue acremente censurado por el partido que con cautela hacía oposición al gobierno del general O’Higgins. Los descontentos pretendían que el acto no tendría la suficiente solemnidad, sino se convocaba un congreso que lo discutiese y acordase. Mas ni San Martín ni don Bernardo estaban muy dispuestos a autorizar la reunión de un cuerpo deliberante, que habría coartado sus facultades, y embarazado su marcha.

Debe confesarse que no dejaba de asistirles razón para opinar así en la víspera de la invasión realista, que por momentos debía precipitarse sobre el país. Con todo, la postergación del congreso fue un cargo más que sus enemigos políticos añadieron al catálogo de las recriminaciones que les dirigían.

El resultado de la suscripción fue, como debía aguardarse, unánime por la independencia. En consecuencia, O’Higgins expidió la declaración memorable en que está consignada la voluntad del pueblo chileno para constituirse en nación independiente y gobernarse como tal. Este documento fue en realidad firmado en Talca a fines de enero de 1818; pero el director lo supuso fechado en Concepción el 1.º de ese mes y año.

El 12 de febrero próximo, aniversario de la batalla de Chacabuco, fue proclamada esta misma independencia en toda la república, y jurada por todos sus habitantes.




- XII -

Era éste un reto arrogante arrojado al general don Mariano Ossorio, el vencedor de Rancagua, que, a mediados de enero, acababa de desembarcar en el puerto de Talcahuano con un ejército de tres mil cuatrocientos siete veteranos, entre los cuales se contaba el batallón Burgos, que había combatido en Bailén.

Había encontrado allí al denodado Ordóñez, que, con mil quinientos y tantos compañeros, había sostenido su puesto con toda heroicidad.

Inmediatamente después de haberse los patriotas posesionado de la capital, en febrero de 1817, enviaron con una división a don Juan Gregorio Las Heras para que procurase desbaratar los restos realistas que existían en el sur a las órdenes del intendente de Concepción.

Apenas hubo llegado este jefe a las inmediaciones de aquella ciudad, cuando el 5 de abril intentó Ordóñez sorprenderle en la hacienda de Curapaligue; pero fue engañado en su esperanza, y rechazado con pérdida. Se retiró entonces con su gente al puerto de Talcahuano, que con anticipación tenía fortificado, resuelto a defenderse allí hasta que los auxilios del virrey del Perú le permitiesen tomar la ofensiva.

Efectivamente, a los veintiséis días, le llegó un refuerzo considerable. Luego que los restos del ejército de Marcó, que escaparon en las naves de Valparaíso, habían arribado al Callao, el virrey, sin pérdida de momento, les había ordenado volverse, en el número de mil seiscientos, para socorrer a Ordóñez.

Las Heras, noticioso de este suceso, y temiendo ser atacado con tropas mucho más numerosas, lo comunicó apresuradamente a O’Higgins, que ya iba de la capital en su ayuda con un batallón de infantería y un escuadrón de caballería, instándole por que viese cómo reunírsele cuanto antes.

Con este aviso, el director apura sus marchas; hace avanzar a un destacamento de su división; pero, a pesar de su ardoroso empeño, sólo alcanza a escuchar a la distancia el cañoneo de la refriega.

El 5 de mayo, Ordóñez había atacado a Las Heras en el campamento del Gavilán, cerrito que limita a Concepción por el noroeste; y no obstante su superioridad numérica, había sufrido la misma suerte que en Curapaligue. Como entonces, había buscado un refugio detrás de las murallas de Talcahuano, y se había encerrado en aquella plaza.

El rigor del invierno impidió por algunos meses a don Bernardo estrecharle en aquel atrincheramiento. Aprovechó Ordóñez este intervalo para resguardar con setenta cañones de todos calibres, colocados en baterías, la lengua de tierra que une al continente la pequeña península donde se había situado.

A mediados de noviembre, O’Higgins movió su ejército, y fue a acamparlo enfrente de Talcahuano bajo los propios tiros de aquellas baterías. Pero el director debía ser tan impotente delante de esta plaza, como, en otro tiempo, su rival Carrera lo había sido delante de Chillán.

El 6 de diciembre, los patriotas acometieron a Talcahuano. El asalto era dirigido por el general francés Brayer, uno de los capitanes de Napoleón. La reyerta fue sangrienta; la comportación de los atacadores heroica; pero los realistas sostuvieron su puesto, y no se dejaron arrebatar sus fortificaciones.




- XIII -

Acababan los patriotas de sufrir este descalabro delante de Talcahuano, cuando llegó la noticia de que una expedición invasora al mando del general Ossorio estaba próxima a zarpar de los puertos del Perú.

San Martín, que a este tiempo se hallaba disciplinando un ejército en la hacienda de las Tablas, inmediata a Valparaíso, convino con O’Higgins en que éste levantase el sitio de Talcahuano, y en concentrar ambos sus fuerzas para resistir al enemigo con toda la masa de sus tropas, dondequiera que se presentase.

En conformidad de este plan, los dos generales, en los primeros días de marzo de 1818, efectuaron en San Fernando la reunión de sus respectivas divisiones, y compusieron con ellas un ejército de seis mil seiscientos soldados.

Ossorio, que, por el mes de enero, había, como he dicho, desembarcado en Talcahuano, había avanzado en el mismo tiempo hasta Talca a la cabeza de cinco mil hombres.

El 19 de marzo, los dos ejércitos estaban a la vista en las cercanías de esta ciudad. La victoria parecía segura para los insurgentes. Tenían en su favor dos ventajas inmensas: la unión y el número.

La discordia reinaba en el campamento realista. Ossorio y Ordóñez eran dos caracteres opuestos, que se miraban con celos, y se trataban con desconfianza.

Ordóñez no podía perdonar a Ossorio que le hubiera arrebatado el título de general a que su honroso comportamiento le había hecho tan acreedor. Los demás oficiales se habían dividido en bandos que seguían al uno o al otro. Esta situación no les pronosticaba ciertamente el triunfo. Sin embargo, lo obtuvieron; y en pocas horas, el brillante ejército de San Martín era sólo cuerpos de fugitivos que huían camino de Santiago.

A las ocho de esa noche, los realistas se precipitaron sobre el campamento de los patriotas situado en los llanos de Cancha Rayada, y cayeron sobre ellos sin ser sentidos. Los sorprendieron en el instante que ejecutaban un movimiento para cambiar su línea. Todo fue desorden. Los batallones insurgentes se hicieron fuego unos contra otros. A la confusión, se siguió el pavor, y todo pareció perdido para la causa de Chile.

Las numerosas y bien disciplinadas tropas que constituían la esperanza de la revolución, fueron rotas, y en apariencia completamente dispersadas.

O’Higgins recibió una grave herida en un brazo, mientras combatía entre los primeros, y procuraba alentar a los suyos.




- XIV -

Al anochecer del día 21, principió a difundirse por Santiago la noticia de este desastre.

Desde luego, fue un rumor vago, que nadie acertaba a decir de donde había salido, y que rehusaban creer los que se habían comprometido por la revolución.

Enseguida, fue una voz general, que aterró a los habitantes. No cabía duda. Había llegado un oficial fugitivo que todos nombraban, y que en dos días había recorrido las ochenta leguas que median entre la capital y Talca.

Aquel testigo presencial traía la noticia del fatal suceso. Él lo había visto, y relataba todos sus pormenores.

Habían venido también otros; pero más discretos y precavidos, habían comunicado la desgracia a muy pocos, y se habían ocultado para entregarse a la desesperación en silencio. Más tarde, cuando San Martín, entró en Santiago, castigó la imprudencia disculpable del primero, separándole del ejército.

En pocos momentos, un temor contagioso e irreflexivo se apoderó de todos, de los gobernantes y de los ciudadanos. Casi todos desesperaron de la salvación de la patria. Pensaron en huir, y no en defenderse. La agitación no les permitía siquiera tomar datos para calcular la magnitud de la pérdida. Todo era preparativos de fuga para Mendoza. Se decía que los españoles venían a descargar sobre Santiago venganzas espantosas. Era preciso correr.

En estas circunstancias, se presenta un hombre que vuelve el valor a los tímidos, el entusiasmo a los desalentados, la esperanza a todos: don Manuel Rodríguez (ése era su nombre) se hace elegir, en una junta de corporaciones, colega del director delegado don Luis de la Cruz; manda volver los caudales públicos que ya se llevaban para allende los Andes; levanta en unas cuantas horas el regimiento Húsares de la muerte; promete por bando a los militares, en recompensa de sus servicios, cuantiosos premios para después de la victoria y la extinción del enemigo, como si ésas fuesen cosas posibles; repite con fe y unción: «Aún tenemos Patria»; y todos lo creen.

El terror-pánico se cambia en heroísmo. Son muy pocos los que abandonan sus hogares. El mayor número jura morir por la santa causa de la independencia.

Esto sucedía el 23.

El 24, entran San Martín y O’Higgins. Son recibidos en triunfo, como si volvieran de la victoria. Con su presencia, se redobla el entusiasmo.

El primero establece su cuartel general a una legua de la ciudad, y comienza la reorganización del ejército.

El segundo olvida su herida, desprecia la fiebre que ella le causa, firma sus decretos con una estampilla de su nombre, porque no puede valerse de la mano derecha, y trabaja sin descanso.

El 26 de marzo, había ya reunidos cuatro mil hombres. El suceso de Cancha Rayada había sido en realidad, no una derrota, sino una dispersión. Las Heras y otros jefes habían conservado en orden diversos cuerpos del ejército, que proporcionaban una base respetable.

Por otra parte, la victoria había sido muy costosa para Ossorio, y su gente había quedado bastante maltratada.

Sin embargo, había continuado su marcha sobre Santiago. Se esperaba por momentos una batalla decisiva.

A pesar de los muchos elementos de defensa que se habían organizado en pocos días, la más cruel zozobra se ocultaba en el pecho de la mayor parte. El revés del 19 de marzo había probado que la muerte en la guerra es traicionera, y las eventualidades de las armas demasiado dudosas. ¿Quién sabía lo que podría suceder?

El 4 de abril, los dos ejércitos durmieron a la vista.

Al siguiente día, desde las doce de la mañana, el estampido del cañón anunció a los vecinos de la capital que el destino de Chile se estaba decidiendo en el llano de Maipo.

O’Higgins, a quien su herida mantenía postrado en la cama, escuchó desde luego resignado ese estruendo lejano que sus oídos estaban habituados a percibir desde más cerca; pero al fin, no pudo contener su impaciencia, se levantó, y se hizo conducir, debilitado por la fiebre como estaba, al campo de batalla para correr la suerte de sus camaradas. Allí tuvo la felicidad de presenciar un triunfo decisivo y completo. Los realistas no tuvieron como en Cancha Rayada por auxiliares a las tinieblas de la noche, y sufrieron uno de los golpes más rudos que hayan recibido en América.

La emancipación de Chile parecía en adelante asegurada.

Después de un acontecimiento tan próspero, el porvenir de O’Higgins se presentaba brillante y halagüeño. Había vencido en Chacabuco, había promulgado la declaración de la independencia, se había encontrado en Maipo. Había alcanzado la gloria, y merecido el reconocimiento de sus conciudadanos.

¿Por qué fatalidad estaba destinado a empañar tanto lustre con una ambición desmedida de mando absoluto, y con venganzas implacables y poco generosas?

En los días subsiguientes a la acción de Maipo, tuvo lugar en Mendoza una catástrofe sangrienta, que disminuyó el crédito que le habían valido sus eminentes servicios, que le acarreó odiosidades profundas y que arrojó sombras siniestras sobre el cuadro de su vida.

Voy con sentimiento a trasladarme al otro lado de los Andes para referir ese suceso doloroso. Es cosa triste que la historia sea una mezcla de grandes virtudes y de grandes crímenes, y que sean muy raros aquéllos de sus héroes que pueden ser elogiados sin restricciones.






ArribaAbajoCapítulo VII

Viaje de don José Miguel Carrera a Estados Unidos.- Su llegada a aquel país.- Relaciones que traba con varios oficiales emigrados del ejército de Napoleón I.- Dificultades que tiene que soportar para organizar una expedición.- Su partida de Estados Unidos.- Su llegada a Buenos Aires.- Sus desavenencias con Pueirredón.- Persecuciones del gobierno argentino contra Carrera.- Fuga de don José Miguel para Montevideo.



- I -

En noviembre de 1815, es decir, poco más o menos a la época en que su émulo O’Higgins prestaba en Mendoza su activa cooperación a San Martín para comenzar a organizar el ejército libertador, don José Miguel Carrera se hacía a la vela en el bergantín Expedición de Buenos Aires para el puerto de Baltimore.

Había desesperado de proporcionarse en las provincias argentinas los auxilios necesarios para la restauración de su patria, y corría a sacarlos de los Estados Unidos. Para realizar este viaje aventurado, había puesto en contribución el bolsillo de sus amigos, había vendido cuanta prenda preciosa poseía, y empeñado las alhajas de su mujer. Con estas trazas, había logrado reunir doce mil quinientos pesos, y quinientos noventa y tres marcos de plata en barra: pequeña suma, que un comerciante no habría considerado suficiente para una especulación de regular importancia, pero que él juzgaba tal para equipar una escuadrilla capaz de imponer a los realistas de Chile.

Para llevar adelante su pensamiento, había pasado por toda especie de sacrificios. Baste decir que dejaba en una tierra extraña, confiada a la Providencia Divina, y a la protección de algunos fieles partidarios, la subsistencia de una esposa joven y bella a quien amaba, y de dos tiernas niñas que dormían todavía en la cuna.




- II -

El 17 de enero de 1816, arribó felizmente al puerto de Baltimore. Tenía a la vista la poderosa república del Norte, la tierra deseada donde esperaba hallar los elementos precisos para la salvación de su país natal.

Sin embargo, no conocía siquiera el idioma del pueblo cuyo amparo venía a implorar; y entre todos esos ciudadanos de la democracia americana con los cuales debía congraciarse, sólo contaba dos amigos. Eran éstos el comodoro Porter, cuyo afecto se había ganado en un viaje que el noble marino había hecho a Chile, y Mr. Joel Robert Poinsett, aquel agente diplomático de los Estados Unidos que había sido su consejero, y le había acompañado en la campaña de 1813.

De la rada de Baltimore, Carrera escribió al último anunciándole su llegada, y comunicándole sus proyectos. Poinsett le contestó que el momento era muy oportuno; que el presidente pensaba consultar al congreso sobre la conducta que debería observarse con los insurgentes hispanoamericanos; y que este cuerpo estaba entusiasmadísimo en favor de la emancipación de las colonias españolas.

Con esta noticia, don José Miguel se apresuró a pasar a Washington, donde se cercioró por sí mismo de las buenas disposiciones que abrigaban por la causa de la independencia los gobernantes y ciudadanos de la Unión.

Allí trabó inmediatamente relaciones muy estrechas con Monroe, en aquel momento ministro de Estado, y que iba a ser poco después presidente de la confederación, quien le alentó para llevar a efecto su empresa.




- III -

En aquellas circunstancias, los Estados Unidos servían de asilo a muchos de los oficiales de Napoleón I, a quienes la caída del emperador había obligado a salir de la Francia. El general chileno se puso en relaciones con muchos de ellos, a fin de persuadirles que cambiasen un ocio molesto para aquellos hombres de guerra por las campañas de la libertad en Chile. Se hizo amigo con José Bonaparte, con los mariscales Clausel y Grouchy, con el general Brayer. Todos éstos le dieron planes y consejos; Brayer se comprometió, además, a acompañarle.

Carrera, que había ido sabiendo únicamente el castellano, había aprendido en pocos meses el inglés y el francés para comunicarse, ya con los ciudadanos norteamericanos, ya con los oficiales imperiales cuya cooperación solicitaba, y se expedía en esos idiomas con tanta facilidad, como si los hubiera hablado desde la infancia.

A pesar de una acogida tan lisonjera, don José Miguel encontraba a cada paso mil tropiezos. Muchos militares se ofrecían a seguirle; pero había necesidad de procurarse municiones, armas, naves, y el dinero le faltaba. Por más que lo buscaba, no hallaba armadores que se atreviesen a correr los riesgos de una expedición cuyas probabilidades de buen éxito eran problemáticas.

Mr. Poinsett le ayudaba con todas sus fuerzas y toda su influencia.

Al fin pudo este inducir a unos ricos comerciantes, más emprendedores que los otros, a que entrasen en el proyecto. Exigían ganancias exorbitantes y ventajas de judío; pero don José Miguel estaba dispuesto a pasar por todo a trueque de que la expedición se realizara.

Tenía ya muy avanzados los preliminares del convenio, cuando se presentó a aquellos negociantes una especulación para Santo Domingo, si no más lucrativa, al menos más segura, y rompieron los ajustes.

Esta contrariedad, como otras de la misma especie, no le abatieron. Sostenido por su inquebrantable voluntad, comenzó de nuevo sus pesquisas de uno o algunos capitalistas bastante arrojados para que le habilitasen.

Por último, después de un sinnúmero de sinsabores, se entendió con los señores Darcy y Didier, que se comprometieron a suministrarle y a equiparle cinco buques de distintos portes.




- IV -

Cuando Carrera tuvo la certidumbre de que iba a conseguir una escuadrilla, alistó treinta oficiales ingleses y franceses, algunos de un mérito distinguido, compró una gran cantidad de armas, e hizo todos los aprestos que creyó precisos para levantar un ejército en cualquier punto de la costa chilena donde desembarcase.

Como si contara con el triunfo, no se limitó a transportar en sus naves un cuadro de militares y un cargamento de fusiles. Pensando, no sólo en la destrucción, sino también en la reedificación, contrató y condujo al mismo tiempo un cierto número de sabios, artistas y artesanos:

-Una docena de tales personas -repetía- vale más para Chile, que un ejército. Con oficiales, pueden formarse tropas en cualquiera parte; pero los mecánicos no se forman con sargentos instructores.

Sería difícil imaginarse todos los obstáculos que tuvo que superar, todos los trabajos que tuvo que tomarse para poner su expedición en estado de partir.

No obstante, la habilitación de Darcy y Didier, tenía todavía por su parte que hacer frente a una multitud de gastos. Para eso, le faltaban los medios absolutamente. No hallaba cómo proporcionarse fondos. Estaba ya para venirse; todo estaba costeado y preparado; y, sin embargo, no podía moverse, porque no tenía dinero con que atender a las necesidades del viaje. Había consumido en los aprestos hasta el último real.

En este apuro, logró que le prestasen cuatro mil pesos en papel moneda de Baltimore, bajo condición de reembolsarlos al fin de un año en pesos fuertes con la utilidad de un ciento por ciento.

Por gravoso que fuera este empréstito, Carrera lo recibió como un favor señalado del cielo. Sin esta cantidad, se habría visto forzado a llevarse anclado en el puerto. Así por una carta que he tenido ocasión de consultar, dio las más expresivas gracias a su acreedor, el jefe de la administración de correos de Baltimore, Mr. John Skinner Squire.

Era éste uno de los norteamericanos más entusiasmados en favor de la independencia de las colonias españolas, y grande apreciador del revolucionario chileno. Se había prestado gustoso a servir de agente al gobierno de nuestro país para mantenerlo en relación con todos los gobiernos insurgentes de América, y distribuir entre ellos su correspondencia y sus periódicos. Era don José Miguel quien le había apalabrado con este objeto; y Skinner se había ofrecido a desempeñar, no sólo la mencionada comisión, sino igualmente cualquiera otra que se le encomendase.

Por las condiciones que exigía un amigo de la causa y del caudillo como era éste, puede colegirse cuáles serían las que impondrían los indiferentes, los simples especuladores.

Lo referido permitirá conjeturar las dificultades vencidas por Carrera para efectuar la expedición.

En pocas circunstancias de su vida, desplegó más actividad, más genio, que en su viaje a los Estados Unidos. Habiendo llegado a ese país como un desconocido y sin dinero, se relacionó con los más encumbrados personajes, y organizó una escuadrilla bien tripulada y pertrechada.

El 26 de noviembre de 1816, salió de Baltimore a bordo de la corbeta Clifton. La escuna Davei, los bergantines Salvaje y Regente, y la fragata General Scott -así se llamaban los otros barcos de la expedición-, debían seguirle sucesivamente, y en el orden en que los dejo enumerados.

El 9 de febrero del año siguiente, arribó la Clifton a Buenos Aires.

Sin pérdida de tiempo, desembarcó don José Miguel, y fue a ponerse a las órdenes de Pueirredón. Su objeto, al hacer escala en aquel puerto, era el de orientarse del estado de la guerra, y combinar sus movimientos con los del ejército que sabía se estaba organizando en Mendoza.

El director de la República Argentina le recibió con cortesía y benevolencia; le anunció que en aquel momento las tropas de San Martín debían estar atravesando la cordillera; le dijo que ese general llevaba orden de hacer proclamar a O’Higgins director supremo; le confesó con sinceridad que, en aquellas circunstancias, estimaría funestísima la presencia de su interlocutor en Chile; a su juicio, la antigua rivalidad de don José Miguel con O’Higgins, y las desavenencias más recientes que el primero había tenido con San Martín, le cerraban por entonces la entrada de la patria; concluyó proponiéndole que cediese la escuadrilla al gobierno, y regresase a Estados Unidos en calidad de agente diplomático de Chile y Buenos Aires.

Carrera replicó que como ciudadano chileno no podía admitir cargo alguno de un gobierno extranjero, y que, por otra parte, estimaba poco decoroso para sí un empleo holgado y lucrativo, cuando la independencia de la tierra de su nacimiento no estaba asegurada. Con todo, agregó que suspendería su viaje a Chile hasta ver el resultado de la invasión de San Martín, y esperaba, caso de frustrarse ésta, ser auxiliado por la república del Plata para intentar a su vez la restauración de su país natal.

Fue éste el fin de la conferencia. Los dos interlocutores se separaron disgustados; pero con todas las apariencias de la cordialidad, y sin romper todavía uno con otro abiertamente.

Entre tanto, llegó la noticia de la victoria obtenida en Chacabuco. Este suceso variaba necesariamente el plan de la expedición de Carrera, pero no su importancia.

Don José Miguel ofició entonces al director solicitando que le dejase ir con su escuadrilla a perseguir el comercio español en el Pacífico, y a esforzarse por que la bandera de la revolución dominase en el mar, como ya dominaba en tierra.

Pueirredón le contestó de palabra que estaba resuelto a desbaratar la expedición y a impedir, tanto la partida de Carrera, como la de sus compañeros. Temía que la presencia de este caudillo en Chile fuese la señal de un trastorno en el orden establecido.

Don José Miguel protestó enérgicamente contra tal violencia; indicó los perjuicios que iba a sufrir la causa de la emancipación con el destrozo de una fuerza naval que podía ser muy provechosa; y manifestó el aprieto en que semejante medida le ponía, obligándole a faltar a sus compromisos con los armadores y con las personas que había traído de la otra extremidad de la América, confiadas en su buena fe.

Todas sus representaciones fueron palabras arrojadas al viento. Carrera no tenía como resistir, y se vio precisado a ceder.

Los pasajeros de la Clifton y de la escuna Davei, que en el intervalo había también llegado, recibieron orden de desembarcar.

El gobierno había prometido pagar el costo de la manutención en tierra de aquellos voluntarios extranjeros. Era eso justo, puesto que era él quien estorbaba al jefe de la expedición cumplirles las promesas que les había hecho.

Carrera se apresuró a hacer los honores del recibimiento a los compañeros que había conducido. Los alojó y alimentó lo mejor que pudo. En poco tiempo, gastó mil quinientos pesos para satisfacer las necesidades más premiosas de sus huéspedes; con lo que puso fin a todos sus recursos.

En cumplimiento de lo prometido, pidió entonces al director que ordenase librarle contra las arcas nacionales el alcance de aquel desembolso. Pueirredón respondió con una negativa formal a esta petición.

Esto puso el colmo a la exasperación de Carrera; pero su mala estrella quería que no tuviese siquiera ni a quien demandar justicia.




- VI -

En el ínterin, fondeó en el puerto el bergantín Salvaje. Su capitán y sobrecargo exigieron del capitán Davy de la Clifton que se escapase con su corbeta, y se marchase en unión del Salvaje a las costas de Chile, para cumplir el convenio que habían ajustado en Norteamérica.

Davy, que ya se había puesto a disposición del director, rehusó convenir en lo que le proponían. De aquí se originó entre ellos una disputa bastante acalorada.

El gobierno no tardó en tener conocimiento de las pretensiones del capitán del Salvaje, y de lo que ocurría en la escuadrilla.

Entre los oficiales franceses, venía un coronel Lavaysse. Carrera le había encontrado en Nueva York arruinado y sin tener como vivir. Lavaysse le había manifestado su cruel situación, y le había rogado que le trajese consigo. Había obtenido sin trabajo que sus súplicas fueran acogidas, y se había venido en la corbeta Clifton.

Cuando por orden del director habían bajado los expedicionarios a tierra, don José Miguel había hospedado a este individuo en la propia casa de su hermana doña Javiera, donde había sido tratado con toda especie de consideraciones.

Mas aquel hombre ingrato y desleal, viendo que el proyecto de su bienhechor podía darse por frustrado, entró en negociaciones con Pueirredón, se aseguró un grado en el ejército, y delató la contienda de los capitanes, atribuyéndola a intrigas de don José Miguel, que quería fugarse para Chile con sus buques.

Bastó este denuncio para que se decretara la prisión de los tres hermanos Carreras y de algunos de sus principales amigos.

A las doce de la noche del 29 de marzo, fueron arrestados don José Miguel y don Juan José, y puestos en la más absoluta incomunicación a bordo de un buque de guerra surto en la bahía.

Una casualidad salvó a don Luis de correr igual suerte.

A la hora de la aprehensión, estaba fuera de su casa. Doña Javiera, sin atolondrarse por lo que sucedía, en medio de la confusión del momento, envió un mensajero a la casa donde sabía se encontraba su joven hermano. Don Luis, advertido a tiempo, alcanzó a ocultarse, y logró burlar las pesquisas de sus perseguidores.

Los otros dos estuvieron a bordo catorce días, sin que se les tomara una sola declaración, ni se les hiciera la menor indicación acerca del motivo de su arresto. El gobierno no pensó nunca en formarles un proceso, para el cual no había absolutamente materia.

Al fin de ese término, fueron trasladados a uno de los cuarteles de la ciudad, siempre con la misma incomunicación.

Hacía tres días que se hallaban en esta nueva cárcel, cuando San Martín, que después de la batalla de Chacabuco había hecho un viaje a Buenos Aires, se presentó en el cuarto de don José Miguel.

La conversación de los dos generales fue una mezcla extraña de insultos y de cumplimientos. San Martín dijo, entre otras cosas, que él era el primero en reconocer los servicios que Carrera había prestado a la causa de la independencia en su país, y agregó a continuación que no divisaba ningún inconveniente en que regresase allá con sus hermanos, pues tenían acordado con O’Higgins ahorcar sin más plazo que media hora al que chistase la menor palabra contra el gobierno:

-Siendo eso así general -le contestó el preso-, ningún hombre racional se expondrá a semejante arbitrariedad sin contar con los medios de resistirla.

Después de esta visita, Pueirredón envió a doña Javiera tres pasaportes para que sus hermanos partiesen a los Estados Unidos. Junto con la remesa de los salvoconductos, le hizo asegurar que entre tanto don Luis podía presentarse en público libre de temor, y que la prisión de los otros dos no había sido más que una pura medida de política.

La familia, creyendo descubrir en este dulce recado una red para encarcelar a don Luis, que se había escapado hasta entonces de las garras de sus enemigos, obró en conformidad de tal concepto. Don Luis tuvo buen cuidado de no salir de su escondite, y los otros dos se pusieron a pensar seriamente en los medios de fugarse. Veían demasiado que era locura aguardar justicia del gobierno. Sólo con el silencio respondía el director a todas sus solicitudes.

No sé con qué pretexto logró don José Miguel que se le trasladara nuevamente al buque de guerra donde primero le habían colocado, y desde allí, burlando la vigilancia de sus guardianes, se salió en un bote que tenía preparado de antemano.

Su fuga fue conocida al instante.

Inmediatamente corrió en su alcance una lancha con veinte soldados; pero a despecho de sus esfuerzos, el prisionero les ganó la delantera, y pudo refugiarse en Montevideo, que se hallaba entonces en poder de los portugueses.

Don Juan José, menos feliz que su hermano, no encontró una ocasión propicia para imitarle en su fuga, y permaneció todavía encarcelado.

Al cabo de varios días, cuando se hubo amortiguado algún tanto la irritación de sus adversarios, se fingió enfermo, y obtuvo de esta manera que se le permitiera ir a medicinarse en su casa.

Esta circunstancia le permitió ponerse otra vez en contacto con su hermano Luis, que siempre permanecía escondido en Buenos Aires, y con aquellos amigos de su familia que, en la desgracia común, habían dado pruebas del sincero afecto que a ella los unía.






ArribaAbajoCapítulo VIII

Exasperación de los carrerinos inmigrados en las provincias argentinas.- Tertulia que tenían en casa de doña Javiera Carrera.- Proyectos de conspiración contra el gobierno de O’Higgins.- Viaje de don Luis Carrera para Chile.- Su prisión en Mendoza.- Prisión de don Juan Felipe Cárdenas, compañero de don Luis, en San Juan.- Viaje de don Juan José Carrera.- Su prisión en la posta de la Barranquita, provincia de San Luis.- Proceso que se les sigue a los dos hermanos y sus cómplices.- Anhelo de don Juan José por encerrarse en la vida doméstica.- Trabajos de los dos hermanos para fugarse de la cárcel.- Don Luis forma el proyecto, no sólo de escaparse, sino también de derribar a las autoridades de Mendoza para proporcionarse auxilios con que pasar a Chile.- Este plan es denunciado al intendente Luzurriaga, quien lo estorba al tiempo de irse a ejecutar.- Generosidad de don Luis.- Defensa que hace en favor de los Carreras don Manuel Novoa.- Temores que inspiran los dos Carreras a las autoridades mendocinas a consecuencia del desastre de Cancha Rayada.- Determinación que toma San Martín contra estos dos adversarios con motivo del mismo suceso.- Procedimientos extraordinarios que se siguen para sentenciar a los Carreras.- Ejecución de don Juan José y don Luis Carrera.- Oficios de San Martín y O’Higgins en favor de estos dos jóvenes.- Conducta cruel del último con el padre de los Carreras.



- I -

La persecución y el infortunio, como era natural, tenían despechados a los Carreras y a cuantos se habían ligado a su suerte.

La vuelta a la patria les estaba prohibida, como si los españoles dominaran en ella. La proscripción había reemplazado a su antiguo poderío, la miseria a su esplendor. La calidad de amigo suyo era de este y de aquel lado de los Andes, un motivo de desgracia, como, en otra época, lo había sido de prosperidad.

Veían felices, fuertes, poderosos, a sus aborrecidos contrarios, que les habían sucedido en ese mando, en esos honores, en esa influencia, poseídos poco antes por ellos solos.

A los viejos agravios, se habían agregado otros nuevos. Con esto, se había redoblado el encono de los Carreras contra San Martín, contra O’Higgins, contra el círculo de estos generales, contra todos esos que en Chile les habían disputado el poder, que en Mendoza los habían encadenado como díscolos incorregibles, que después de la victoria de Chacabuco les negaban la entrada al país de su nacimiento, de sus afecciones, de su prosperidad, como si fueran bandidos intratables.

Sus ánimos altivos se revelaban contra una persecución tan rigurosa, y a su juicio, tan inmerecida.

La esperanza de vengarse, de abatir a sus rivales, de recuperar esa dominación que habían perdido, era su único consuelo, el único lenitivo de sus males; el medio de conseguirlo, era su pensamiento dominante.




- II -

La mayor parte de los carrerinos que residían en Buenos Aires, se reunían con don Juan José y don Luis en casa de doña Javiera. Esta tertulia era, puede decirse, el club central del partido. En ella, se leían las cartas que escribían los amigos de Chile y de Mendoza; se comentaban los sucesos en vista de los intereses y pasiones de los concurrentes; se murmuraba contra San Martín, O’Higgins y Pueirredón; se avanzaba por la imaginación la marcha de los acontecimientos, y se trazaban planes de conducta para el porvenir.

Se sabe cuán propensos son los bandos políticos a forjarse ideas halagüeñas, sobre todo cuánto están caídos. El deseo de levantarse les quita toda prudencia, y no les permite juzgar los hechos como son en sí. Se abstraen de la realidad, para vivir sólo en un mundo de ilusiones.

Fue lo que sucedió a los tertulios de doña Javiera.

Sus corresponsales de aquende la cordillera, víctimas del encono implacable que don Bernardo abrigaba contra los carrerinos, sintiendo un ardiente deseo de un cambio en el gobierno, lo creían una cosa posible; y dominados de su ilusión, miraban todas las ocurrencias sólo por el lado que era favorable para ellos. Así, hablaban en sus cartas de la impopularidad que atraían sobre la nueva administración la inflexibilidad de la política adoptada por ella, los secuestros y contribuciones, el absoluto dominio que ejercía San Martín, las pretensiones demasiado altaneras de algunos jefes auxiliares; pero se dejaban en el tintero el prestigio inmenso que le habían dado el espléndido triunfo de Chacabuco, la restauración de la patria, la expulsión casi completa de los realistas; y se olvidaban, al hacer sus raciocinios, del poderoso apoyo que le prestaban las bayonetas de un brillante ejército.

En vez de referir los corresponsales lo que la pasión les impedía ver, una de sus cartas prometía veintiún mil pesos para tramar una conspiración; otra anunciaba que tal potentado, poco había enemigo de los Carreras, se hallaba dispuestísimo en su favor, y había quebrado enteramente con O’Higgins; otra, que tal oficial superior estaba disgustado con el gobierno. El uno ofrecía su brazo; el otro, su caudal; aquél echaba en rostro a sus antiguos caudillos la inercia vergonzosa que los mantenía en una tierra extraña mano sobre mano; éste les suplicaba que salvasen a sus partidarios y a Chile.

Casi todos los proscritos de Buenos Aires daban asenso a estas noticias lisonjeras, por la misma causa que inducía a sus corresponsales a transmitirlas como ciertas. Estaban impacientes por salir de su abatimiento, y esto los forzaba a tomar por realidades lo que no era sino sueños.

Don Juan José y don Luis habían intervenido en muchas conjuraciones para que ignorasen que, antes de ponerse a la obra, todo es ofertas, todo se allana, todo se proporciona; pero que cuando se llega a la ejecución, muchos de esos elementos son palabras, nada más que palabras.

Con todo, a pesar de su experiencia, no supieron estimar semejantes datos en lo que valían, y se acaloraron con los dichos apasionados de sus amigos.

El apresuramiento por reconquistar la elevada posición que habían perdido, les quitaba la calma para apreciar la verdad de los hechos. El arrojo, que sobraba a su carácter, les presentaba como posibles las empresas más temerarias.

No faltaron, entre sus mismos adictos, hombres previsores que les señalasen el abismo donde iban a precipitarse; pero no quisieron escucharlos, y caminaron delante con los ojos cerrados.

Don José Miguel, que habría sido el único capaz de moderar su ardor desenfrenado, estaba asilado en Montevideo, y no sabía absolutamente nada de lo que, en la capital del Plata, maquinaban sus hermanos en unión con algunos impetuosos partidarios.




- III -

En vista de las noticias y ofrecimientos que les venían de Chile, los concurrentes a la tertulia de doña Javiera se pusieron a combinar sus planes. La distancia y el atrevimiento de sus ánimos les hacían mirar los proyectos más aventurados como fáciles y asequibles. Se fijaban mucho en las probabilidades favorables, y poquísimo en las adversas. De ahí resultaba que veían las ventajas, y no los inconvenientes de sus pensamientos.

Raciocinando de este modo, nada les parecía más sencillo, que derribar al gobierno sostenido por el prestigio de la victoria del 12 de febrero, y al general San Martín, a quien apoyaba un ejército lleno de entusiasmo por su persona.

Para eso, contaban con las promesas vagas que ya he mencionado, y con otros recursos no menos eventuales.

Don Manuel Rodríguez había sido en otro tiempo su amigo decidido. Los servicios que este eminente patriota había prestado al sistema nacional, le habían valido una gran reputación, y mucha influencia en el país. Era seguro que les ayudaría con su nombre y su cooperación. No lo sabían positivamente, ni se habían comunicado con Rodríguez; pero lo suponían.

La fragata General Scott no había llegado aún de Estados Unidos; pero no debía tardar. Don José Miguel podía embarcarse en ella en el momento oportuno para ir a sostenerlos por mar. ¿Y si la fragata no venía? ¿Y si al tiempo de su arribo, el gobierno argentino se apoderaba de ella, como lo había hecho con los otros buques? No tomaban en cuenta para nada las eventualidades adversas como las que he indicado; y, por consiguiente, todo lo veían a medida de sus deseos.

Estos dos ejemplos que he entresacado entre otros, mostrarán de qué naturaleza eran los arbitrios que, en aquel club, se propusieron y discutieron. Todos ellos eran el producto de un despecho impaciente, que no podía contenerse, que no sabía aguardar. Los medios debían ser tan disparatados como el pensamiento de derribar el gobierno de O’Higgins al siguiente día, puede decirse, de un triunfo como el de Chacabuco, que había libertado al país de una dominación odiosa, y que había cubierto de gloria a los vencedores.




- IV -

Sin embargo, todo me inclina a creer que lo que dejo narrado fue sólo conversación, y que nada quedó definitivamente acordado, a no ser la resolución de conspirar para derrocar a sus adversarios, y la necesidad de introducirse en Chile de una manera furtiva a fin de disponer los elementos de la empresa en el lugar mismo que había de ser teatro de ella.

Se decidió, pues, ese viaje cuyo término había de ser tan fatal para los dos actores principales.

Con el objeto de no despertar sospechas, se convino en que los complotados se dirigiesen a Chile sucesivamente y en grupos separados, y se señaló por punto de reunión la hacienda de San Miguel, perteneciente a don Ignacio de la Carrera.

Partieron los primeros don Manuel Jordan; don Juan de Dios Martínez; don Manuel Lastra, hijo de doña Javiera; José Conde, fiel asistente de don José Miguel, que le había acompañado desde España; y dos o tres oficiales norteamericanos, también comprometidos en el proyecto.

Todos ellos lograron atravesar la cordillera sin accidente notable, y penetrar felizmente en el territorio chileno.




- V -

El 10 de julio de 1817, al rayar el alba, salió don Luis de Buenos Aires para el último viaje que había de emprender en su vida. Para no ser reconocido, se había atado la cara con un pañuelo, y había tomado el traje de peón, y el nombre de Leandro Barra. Venía acompañando a don Juan Felipe Cárdenas, joven militar retirado del ejército chileno, a quien aparentaba servir en calidad de mozo.

Cárdenas fingía ser un comerciante que pasaba a este lado de los Andes por motivos mercantiles; y de este modo, se había provisto sin dificultad en Buenos Aires del correspondiente pasaporte.

Los dos viajeros se apartaron del camino real, y siguieron sendas extraviadas al través de los campos. Comían y dormían en los ranchos del tránsito, cuidando de no detenerse sino el tiempo absolutamente preciso. Con estas precauciones, llegaron salvos, y sin ningún contratiempo, a la ciudad de Córdoba.

Don Luis se fingió enfermo, y permaneció en cama mientras estuvieron en aquel punto. Cárdenas, en su papel de amo, hizo revisar el pasaporte, y agenció las diligencias de la policía.

Hasta allí todo iba bien.

El 20 de julio, dejaron a Córdoba, y continuaron su ruta. Llevaban la más completa seguridad de que nada había revelado su verdadera condición a las autoridades de la población de donde se alejaban.

Hacía dos días que marchaban sin que les hubiera sucedido cosa notable, cuando por desgracia se les juntó el correo que conducía la correspondencia para la Rioja.

La vista de aquella valija les inspiró la maldita idea de que tal vez por su medio podrían averiguar si su fuga habría sido descubierta en Buenos Aires. Caso de haber acontecido así, debía ir entre la correspondencia oficial encerrada en aquella maleta una requisitoria contra ellos.

En el acto, se apoderó de ambos, y en especial de don Luis, un vivo deseo de disipar sus dudas. Para satisfacerlas, trataron de ganarse la confianza del postillón, y comenzaron a halagarle. Cuando se hubo establecido entre los tres esa cordialidad amistosa, propia de caminantes que siguen el mismo rumbo, Cárdenas, mirando la valija, dijo que, dentro de ella, debían ir unos documentos que mucho le interesaban, y preguntó al correo si le sería lícito abrirla para cerciorarse de ello.

El conductor se negó redondamente a la pretensión, manifestando que sólo los maestros de posta podrían concederle lo que solicitaba. Viendo don Luis que el arbitrio no había surtido efecto, para no despertar sospechas, se apresuró a apoyar los asertos del postillón, y demostró con toda formalidad a su supuesto amo la sinrazón de la demanda.

Los tres prosiguieron la marcha en la mejor armonía, y no volvieron a tocar una sola palabra del asunto.

Sin embargo, los dos chilenos estaban muy lejos de haber desistido de su propósito. Habiéndoseles frustrado su primer plan para registrar la correspondencia, confabularon otro de que se prometieron mejor resultado.

Cuando se iba acercando la noche, convidaron al postillón para beber, y le embriagaron. En el alojamiento, Cárdenas le pidió la valija para convertirla en almohada. El correo no se atrevió a rehusar un favor tan ligero a su alegre y garboso compañero de viaje.

Pocos momentos después, el cansancio y la embriaguez le tenían sumergido en el más profundo sueño.

Entonces Cárdenas, sacando una navaja, se puso a romper la maleta. Pareció a don Luis que andaba lerdo en la operación; y arrebatándole la navaja, la concluyó él mismo. Extrajeron la correspondencia, y acomodaron la valija lo mejor que pudieron.

Al día siguiente, habiéndose convencido de que no venía ninguna requisitoria, arrojaron los paquetes de cartas a un lado del camino.

El postillón no reparó absolutamente en la rotura de su maleta.

Llegó ese día a la posta del Corral del Negro, siempre en compañía de los dos viajeros, entregó la valija, y se volvió atrás en la misma ignorancia.

El nuevo postillón no observó tampoco la falta de la correspondencia, y continuó con Carrera y Cárdenas hasta la posta inmediata, en donde se separaron, los unos para San Juan, y el otro para Rioja, sin que nadie hubiera recelado la sustracción.

En San Juan, Carrera y Cárdenas se detuvieron cuatro o cinco días. Mientras el segundo practicaba las diligencias de estilo, el primero, como en Córdoba, se fingió enfermo, y permaneció oculto en la cama.

Desde este punto, don Luis se encaminó sólo para Mendoza. Se quedó todavía Cárdenas, porque tenía que arreglar algunos negocios; pero se comprometió para alcanzarle en breve tiempo, a fin de emprender juntos el paso de los Andes.




- VI -

El 3 de agosto, a las siete de la noche, arribó don Luis a Mendoza. Un mozo que le acompañaba le llevó a alojarse a casa de un vecino oscuro, el cual no sé por qué motivo malicio el disfraz de su huésped. Por el tono con que se le trataba, conoció el viajero que, si no estaba descubierto, era al menos sospechoso, y pensó al punto cómo ponerse a salvo, saliendo a buscar otra casa más segura adonde mudarse.

Como era de noche, no le fue fácil encontrarla, y tuvo a las diez que regresar a su primer alojamiento, resuelto, sí, a tomar al otro día sus precauciones.

Halló la puerta cerrada; y a pesar de sus súplicas, no consiguió que se la abriesen. Reclamó entonces su equipaje; pero también le fue negado. Esta conducta aumentó los temores de don Luis.

Se echó a andar por la ciudad sin rumbo fijo, y sin saber qué determinación tomar. Estaba proscrito. El intendente de aquella provincia era don Toribio Luzurriaga, el azote de los carrerinos. Este funcionario era tan temido, como detestado, por todo el partido. Era el carcelero, el verdugo, el brazo de hierro que San Martín empleaba en sus persecuciones. El proceder de su huésped hacía temer a don Luis que su llegaba hubiera sido denunciada a ese implacable enemigo. Tal vez en aquel momento, sus esbirros corrían a prenderle. ¿Cómo no azorarse?

En medio de su inquietud e incertidumbre, Carrera se encontró casualmente con un antiguo camarada. Le miró como un socorro enviado del cielo, y se creyó salvado.

Era este don José Ignacio Fermondoy, ex capitán de artillería, que había sido su subalterno, cuando, en tiempos más felices, mandaba ese cuerpo en Chile.

Apenas el proscrito hubo reconocido a su compañero de armas, le descubrió quién era, le manifestó su apurada situación, le pidió que le auxiliase. Fermondoy le ofreció protegerle como pudiera, y le condujo a un fundo inmediato a la ciudad, en el cual vivía.

Don Luis respiró, y se estimó seguro bajo el amparo de la amistad. Esperaba por momentos a Cárdenas, y tenía resuelto, tan luego como éste llegase, abandonar para siempre aquel país, que para él y su familia había sido la tierra del infortunio. Al otro lado de los Andes, le aguardaba lo desconocido, quién sabe que, la lucha, tal vez el triunfo, tal vez la muerte. Pero poco se detenía en las ideas lúgubres. Iba a tentar la fortuna, y confiaba en la bondad de su estrella. La magnitud de la jugada no le hacía palidecer. Su audacia le presentaba como infalible el logro de sus deseos.

Entre tanto, su ocultador Fermondoy era presa del miedo más acerbo. Acababa de saber que el equipaje de don Luis había sido entregado a Luzurriaga. La presencia de su amigo en la ciudad no era ya un secreto para el intendente, que, en aquella hora, debía estar haciéndole buscar con todo empeño. Si era descubierto en su casa, ¿qué le sucedería a él mismo?

En aquella época, los odios políticos eran inhumanos, encarnizados. No conocían la piedad, ni la toleraban en los indiferentes.

Fermondoy temblaba delante de los grandes perjuicios que le amenazaban si el proscripto era sorprendido en su casa. Esta zozobra le puso triste, meditabundo.

Don Luis observó su aire sombrío, y comenzó a recelar una traición. ¿Tendría aquel hombre ánimo de venderle? Los individuos que están fuera de la ley son muy suspicaces y propensos a sospechar una perfidia en cuantos se les acercan, una red en cuanto les rodea.

Impaciente el joven por salir de sus atormentadoras dudas, interrogó a Fermondoy sobre aquel sobresalto que no podía disimular, y se traslucía en su semblante.

Fermondoy, le participó en contestación con franqueza, aunque con miramientos, cuáles eran sus cuidados.

Don Luis reconoció la verdad de sus temores.

Entonces convinieron en que el fugitivo se trasladaría aquella misma noche a un escondite más lejano, y, por lo tanto, menos expuesto a la vigilancia de los agentes de Luzurriaga.

A las dos de la mañana del 5 de agosto, se pusieron en marcha con este objeto, acompañados de un solo sirviente. Habían andado apenas unas cuantas cuadras, cuando fueron sorprendidos por dos patrullas que estaban apostadas en el sitio, evidentemente con el conocimiento anticipado del itinerario que iban a seguir.




- VII -

Hallándose don Luis en poder de sus enemigos, y siendo interrogado sobre el fin de aquel viaje misterioso, declaró que el aburrimiento de la pobreza y de las persecuciones le hacía encaminarse a su patria para buscar protección en su familia; que iba dispuesto a vivir retirado en el campo, o si esto no era posible, a pasar a alguna tierra extranjera con los recursos que le proporcionase su padre; que, para no ser estorbado en su proyecto, había salido de Buenos Aires con el nombre fingido de Leandro Barra, y el disfraz de mozo de don Juan Felipe Cárdenas; que éste se había detenido en San Juan; pero que había quedado convenido en alcanzarle pronto para atravesar juntos la cordillera.

Sin pérdida de tiempo, Luzurriaga despachó un pliego a esta última ciudad, ordenando se aprehendiese a Cárdenas para continuar y formalizar la sumaria.

Antes de recibirse este mandato, don Juan Felipe había sido asegurado.

Apenas Carrera y Cárdenas se habían separado del postillón, el maestro de posta había reparado la sustracción de la correspondencia. Una falta tan extraña había alarmado a las autoridades locales. Se habían hecho investigaciones, y todos los indicios habían designado a los dos chilenos.

Desgraciadamente para ellos, habían dejado trazas por las cuales podía conjeturarse la dirección que llevaban. En el acto, se habían despachado requisitorias; y en su virtud, Cárdenas había sido aprehendido en San Juan el 3 de agosto.

Don Juan Felipe principió por negar porfiadamente cuantos cargos se le hacían. Se le tomó una primera y una segunda declaración; en las dos, se mantuvo firme. Entonces, para vencer su obstinación, el que le interrogaba le hizo saber que don Luis había sido descubierto, que había revelado su disfraz, y dado a conocer la complicidad de Cárdenas en su fuga. A esta noticia, el reo perdió la serenidad, y confesó todo lo que sabía, la rotura de la valija, la conspiración proyectada contra el gobierno de Chile, la escapada de Buenos Aires que a la fecha debía haber practicado don Juan José a imitación de su hermano.

Esta revelación dio a Luzurriaga el hilo del complot. Sin pérdida de tiempo, ordenó a Dupui, gobernador de San Luis, que asegurase la persona de don Juan José, cuando pasase por su jurisdicción; y ofició a San Martín, comunicándole lo que acontecía.




- VIII -

Efectivamente, con corta diferencia, el anuncio de Cárdenas se había verificado.

Don Juan José Carrera salió con el día de Buenos Aires el 8 de agosto. Para no hacerse sospechoso, se valió de un ardid semejante al de su hermano. Cambió su nombre por el de Narciso Méndez, y se fingió mozo de un impresor chileno llamado Cosme Álvarez, que venía representando el papel de comerciante de mulas.

Durante las primeras jornadas, se extraviaron de propósito por los campos; pero viendo que el rodeo los retardaba demasiado, volvieron a tomar el camino real, y continuaron por la ruta común.

El viaje de don Juan José iba a ser más azaroso, que el de su hermano don Luis. Una aventura terrible debía pronosticarle el triste destino que le aguarda al fin de la jornada.

En la posta del arroyo de San José, dieron un muchacho por postillón a nuestros dos caminantes.

El cielo estaba sereno, la atmósfera pura y calmada.

Carrera venía sumamente fatigado y muerto de hambre. La escasez de recursos por aquella pampa casi desierta, y las zozobras de la fuga, le habían hecho pasarse dos días sin comer. Sentía necesidad de pronto refrigerio y de pronto reposo.

Estas imperiosas exigencias de la naturaleza le hicieron suplicar a Álvarez, que se adelantase a la cañada de Luca, la posta más vecina, para que le tuviera preparado alojamiento y comida. Por este motivo, quedó sólo con el muchacho que le servía de postillón.

El cielo, poco antes limpio y azul, se comenzó de repente a cargar de negros nubarrones. Los viajeros, olfateando una de esas imperiosas tempestades, frecuentes en esos climas, apresuraron el paso; pero, por mucho que aguijonearon a sus caballos, la tempestad anduvo más ligera, que ellos.

El agua principió a caer a torrentes, el granizo azotaba sus cuerpos entumecidos; la oscuridad de la noche, que por instantes se hacía más densa, les impedía distinguir los objetos a una vara de distancia.

Por el pronto, resistieron la furia desencadenada de los elementos; pero al fin sucumbieron. Habían perdido el camino. No sabían dónde estaban, ni adónde dirigirse. No tuvieron más arbitrio que detenerse en medio del campo, y a cielo raso, encomendándose a la protección de Dios.

La tempestad duró trece horas sin calmarse.

Cuando aclaró, don Juan José quiso levantarse, pero no pudo; el hielo había trabado sus miembros. El calor de los rayos del sol, que por fortuna suya apareció sobre el horizonte, reanimándole algún tanto, le permitió moverse. Entonces logró ponerse de pie, y mirar a su alrededor. Los caballos se habían escapado. A poca distancia, estaba el postillón tendido sobre el suelo. Se acercó a tocarle, y le encontró muerto. Su contextura, más débil que la de su hercúleo compañero, no había tenido fuerzas para sostener el ímpetu de la borrasca.

Don Juan José sentía su cuerpo todo quebrantado. Sin embargo, le era forzoso andar para buscar socorro. Así lo hizo con una fatiga indecible, hasta que llegó a un miserable rancho, donde pudo secar su ropa, y calentar al fuego sus ateridos miembros.

Cosme Álvarez le había estado aguardando toda la noche en la cañada de Luca, lleno de ansiedad. No viéndole venir todavía al otro día, aquel fiel amigo, más bien que servidor, volvió atrás para buscarle. Le halló caminando a pie, enfermo, desalentado. Le tomó consigo, y le llevó al alojamiento.

Junto con ellos, y por opuesto lado, llegaba a la cañada de Luca el correo de Mendoza.

Trabaron los tres conversación; y el correo, sin comprender el golpe mortal que asestaba a sus interlocutores, les refirió la única noticia de importancia que traía, la prisión de don Luis Carrera a tiempo que se dirigía de incógnito para Chile.

Con esta nueva, don Juan José se creyó enteramente perdido. A la debilidad de su cuerpo, se añadió el abatimiento de su ánimo. Se llenó de dudas y vacilaciones: no sabía qué hacerse. Ya proponía a Álvarez regresar a Buenos Aires; quizá su ausencia no había sido todavía notada. Ya quería irse a refugiar a Santa Fe, cuyo gobernador era su amigo y pariente. Pero todos éstos no fueron sino proyectos. Pasando de la desesperación al colmo de la audacia, determinó desafiar la enemistad declarada de la fortuna, y proseguir adelante. Se proporcionó cabalgaduras; y adolorido, quebrantado como estaba, corrió a todo galope para Mendoza.

No alcanzó sino hasta la posta de la Barranquita, donde, el 20 de agosto, fue aprehendido, por el piquete que con este objeto tenía allí apostado el gobernador Dupui en cumplimiento de las órdenes del intendente Luzurriaga.

Cosme Álvarez intentó resistir; pero don Juan José, considerando inútil cualquier derramamiento de sangre, le mandó que se entregara, y señaló él mismo al oficial del destacamento un par de pistolas que, por no haberlas visto, había dejado a los presos.

Habiendo sido transportados a San Luis, tomaron desde luego declaración a Cosme Álvarez. Este animoso joven rehusó revelar la menor cosa. Para soltarle la lengua, le aplicaron cien azotes. El tormento le hizo confesar a medias la verdad. Refirió los pasos que había dado para procurarse el pasaporte; describió el itinerario que habían seguido; contó algunas incidencias poco comprometedoras del viaje; y se mantuvo pertinaz en que nada más sabía.

Don Juan José dio por objeto de su fuga la firme resolución de buscar en los bosques de Chile, entre los campesinos, un refugio contra la encarnizada persecución de sus enemigos, un asilo donde volver a hallar las dulzuras de la vida privada, el retiro, el olvido.




- IX -

Don Juan José Carrera no confesaba la verdad.

El deseo de abstraerse de los negocios públicos no había sido ciertamente lo que le conducía a su patria.

Pero si, al emprender su viaje, no había tenido ese pensamiento, lo tuvo seguramente cuando se encontró encerrado dentro de un calabozo, abatido por la tenaz enemistad de la fortuna, viendo desvanecidas las ilusiones que le habían acariciado, sufriendo dolores punzantes de cuerpo y de alma. Entonces los proyectos de la ambición le llegaron a ser odiosos. En aquel momento, lo habría dado todo, lo habría prometido todo, porque le hubieran concedido el sosiego de la oscuridad.

Después de tantas agitaciones, de tantos desengaños crueles, de tanto cálculo errado, de tanta esperanza frustrada, el reposo del hogar doméstico, la separación más completa de la política, habrían sido su mayor felicidad.

Exaltado por la fiebre, no pudo resolverse a aguardar, y se puso a trabajar sobre la marcha para obtener una cosa que, en aquel instante, era para él el bien supremo. Trato de hacer conocer su voluntad a su esposa doña Ana María Cotapos, residente en Santiago, para que, moviendo toda especie de resortes, empleando cuantos empeños fuesen posibles, le consiguiera lo que tanto anhelaba.

Estaba encadenado, y no tenía aperos para escribir. La agudeza de ingenio que da a los presos la concentración de sus facultades en una sola idea, le enseñó a suplirlos. Se proporcionó como pudo una tira de papel mugriento, molió carbón que remojó en una cáscara de nuez, y tajó con unas tijeras una pluma de gallina. Con estos utensilios, escribió a su mujer una tierna carta, que descubre la sinceridad de su petición:

«Un hombre oprimido y desesperado -le dice en ella- es capaz de hacer diabluras, que en otra situación ni aún pensaría. Déjenme volver a mi país tan libre como salí de él; déjenme quieto en el campo; y estén seguros que ni sentirán que tal hombre existe en Chile. Si falto a esto, yo mismo pronuncio desde ahora mi sentencia: que me fusilen. Pero si soy siempre perseguido, es natural y forzoso que busque de todos modos mi descanso y seguridad».



¡Pobre don Juan José! Esta súplica y esta promesa no llegaron a sus adversarios por boca de su esposa, sino más directamente todavía. La carta fue interceptada, fue leída, y, sin embargo, el ruego no fue escuchado.




- X -

El gobierno de Chile, el más interesado y el único ofendido en el negocio de los Carreras, puesto que la conspiración se estaba tramando contra él solo, comisionó al intendente de Mendoza para que adelantase el sumario a los dos jóvenes, y les formalizase su proceso. Estimaba peligroso el trasladarlos a este lado de los Andes, aun cuando fueran alojados en un seguro calabozo; y prefería los inconvenientes que acarrearía el alejamiento de los dos reos principales a los continuos azares que le ocasionaría la presencia de individuos tan removedores como aquéllos.

En consecuencia, don Juan José fue transportado a Mendoza, y colocado, aunque con entera separación, en la misma cárcel, que su hermano.

Las razones de política que aconsejaban esas precauciones contra los Carreras, no mediaban respecto de Cárdenas. Antes por el contrario, a San Martín y O’Higgins les convenía procurar indagar por sí mismos de este cómplice el alcance y ramificaciones del complot. Así, el primero ordenó a su agente Luzurriaga que, sin tardanza, remitiera a Cárdenas para Santiago.

Entre tanto, se fue aprehendiendo sucesivamente en Chile a la mayor parte de los conjurados subalternos que habían salido de Buenos Aires antes que don Juan José y don Luis.

Excusado es decir que se hicieron con todo empeño las averiguaciones del caso; pero bien poco o nada fue lo que se sacó en limpio. Como lo he asentado más arriba, no había en realidad sino el pensamiento de conspirar; los medios estaban todavía por acordarse.

Cuando se dirigieron a los Carreras los cargos que resultaban contra ellos de las diligencias practicadas en Santiago, como no se les presentaba ningún documento ni testimonio formal que los apoyasen, o los negaron con firmeza, o los explicaron satisfactoriamente.

En este estado de la causa, se les notificó el 23 de diciembre que nombrasen apoderados a quienes encomendar su defensa en Chile. Estos apoderados debían apersonarse ante el director de esta república en el término de veinte días contados desde la fecha. Los dos hermanos designaron a don Manuel Araoz.

Este caballero correspondió a la prueba de confianza que le daban, y procuró con todo empeño aliviar la triste condición de los proscritos, sus clientes. Desesperando de conseguir cosa alguna por la vía judicial, recurrió a otro arbitrio, que le pareció más expedito y eficaz.

Se aprovechó de la oportunidad que le ofrecía la jura de la independencia para pedir al gobierno que mandase sobreseer en aquel proceso. Daba por fundamento a su solicitud los servicios prestados a la causa de la revolución por los Carreras, por sus amigos y parientes. Pedía para ellos, no la libertad absoluta, sino el destierro. Ninguno de los dos hermanos volvería a pisar el territorio chileno, o el de las provincias argentinas, cualquiera que fuese el gobierno que rigiese esos estados, sin permiso previo y terminante. En garantía del cumplimiento de esta promesa, ofrecía Araoz la fianza de muchos distinguidos ciudadanos que firmaban con él aquella petición.

La propuesta fue desechada.

¿Por qué el gobierno no se mostró generoso? ¿Por qué O’Higgins no acabó de vencer a sus rivales a fuerza de magnanimidad? ¿No le bastaba para la tranquilidad de la república el alejamiento de sus émulos? ¿Para qué quería su sangre?

Entre tanto, don Juan José y don Luis eran custodiados en Mendoza con la mayor rigidez.

Aunque ya hubiesen dado sus confesiones, estaban condenados a la más absoluta incomunicación, y aprisionados con pesados grillos. Luzurriaga les hacía soportar incomodidades y vejaciones inútiles.

Doña Javiera, su fiel y cariñosa hermana, que no los había olvidado un sólo instante, sabedora de sus padecimientos, había reclamado con energía contra tanta severidad ante el director de Buenos Aires. Había obtenido providencias favorables; pero éstas habían quedado escritas al pie de sus representaciones, y en Mendoza, fueron tan desatendidas, como si nunca se hubieran dictado.




- XI -

La humedad del calabozo, el peso de las cadenas, la molestia de la reclusión, la tristeza del infortunio, la soledad de la incomunicación, habían debilitado los cuerpos robustos de aquellos jóvenes vigorosos, y los dos gemían bajo el martirio de agudos dolores.

La incertidumbre de su suerte les era insoportable. El recuerdo de su familia sin recursos y en la orfandad acababa de abatirlos. Don Juan José, sobre todo, ansiaba volver a ver a su esposa, y tenía, sin embargo, como un vago presentimiento de que no tornaría a encontrarla sino en el cielo. Este temor le ponía fuera de sí, le desesperaba.

Ese hombre cuya existencia había sido tan agitada, que había gastado la flor de sus años en los devaneos juveniles, en las conspiraciones, en los campamentos, sentía una necesidad insaciable de quietud, de goces domésticos.

Había recibido un bucle de cabello de su querida Ana, que guardaba como una prenda sagrada, como una memoria de días más felices que temía no volviesen a lucir para él.

Conversaba con su mujer en largas y apasionadas cartas, donde se revelaba el fuego del amante más bien que el afecto del marido. Escribía también a su compañero de desgracias el desdichado don Luis, y a su inconsolable hermana doña Javiera.

Se valía de mil arbitrios, de las más ingeniosas combinaciones para hacer llegar estas cartas furtivamente a su destino. Luzurriaga le había prohibido que se correspondiese con nadie.

Un día que fueron a tomar una declaración a don Juan José, dejaron olvidados en el calabozo un tintero y unas plumas. El preso robó una pluma y la mitad de la tinta, enseguida escondió aquel tesoro en una cueva de ratón. Eran ésos los utensilios con que escribía las cartas de que he hablado.




- XII -

Don Luis se entregaba con menos frecuencia a los pensamientos tiernos; el objeto de su continua meditación era la fuga.

La libertad es un sentimiento tan natural, que el primer acto de todo preso, cuando se le deja solo, es registrar en todos sentidos el calabozo donde se le ha encerrado, desde el techo hasta el suelo, a fin de descubrir algún resquicio para poder escapar.

Cuando estas indagaciones le han salido infructuosas, no por eso se desanima, sino que intenta ganar al carcelero, que muchas veces no es tan seguro y fiel como la prisión, y que, por codicia, por ambición o por piedad, le suministra los recursos necesarios para huir.

Lo que sucede con todos los prisioneros en general, sucedió esta vez con los Carreras, y en especial con don Luis. Desde el instante que fueron sorprendidos, pensaron en los medios de salvarse sin aguardar el resultado de un proceso que, dirigido por sus enemigos, no podía menos de serles adverso. Al principio, sus tentativas no fueron muy felices. Cargados de prisiones como estaban, no podían libertarse sin auxilio ajeno. Los centinelas que habrían podido ayudarlos en aquel trance, estaban muy distantes de querer hacerlo. Eran soldados veteranos acostumbrados a una rígida disciplina, que no querían siquiera escuchar sus palabras, que rehusaban sus obsequios, y los mantenían en la más estricta incomunicación.

Sin embargo, los dos presos eran tan insinuantes, tan activos, tan porfiados que lograron seducir a algunos de aquellos severos guardianes, aunque no en número suficiente para que la realización de su proyecto no fuera en extremo aventurada. El temor de un fracaso les hizo esperar una ocasión más oportuna.

La casualidad no tardó en presentársela.

Siendo necesario remitir a Chile todos los desertores del ejército de los Andes que se habían podido recoger para que se incorporaran de nuevo en sus respectivos cuerpos, salió escoltándolos la mayor parte de la guarnición. Con su partida, quedó tan poca tropa de línea en la ciudad, que el intendente se vio precisado a ordenar que en adelante los cívicos reemplazaran a los soldados veteranos en la custodia de la cárcel.

Este cambio mejoró notablemente la condición de los reos. Los nuevos guardianes eran menos rígidos y más accesibles, que los antiguos; la ordenanza no había ahogado en su pecho la voz de la humanidad. Muchos además eran chilenos a quienes la miseria o la emigración habían hecho salir de su país, y que simpatizaban naturalmente con dos compatriotas desgraciados.

Don Luis Carrera supo con maña utilizar estas disposiciones, y bien pronto pudo contar con decididos partidarios entre los mismos que estaban encargados de custodiarle. En poco tiempo, tuvo a su devoción algunos hombres resueltos, que no aguardaban más que una señal suya para moverse.

La facilidad con que había logrado persuadirlos le alucinó, y le hizo pensar más en grande.

Hasta entonces, había limitado sus aspiraciones a la fuga; pero las simpatías que notaba en su favor, le inspiraron la idea de una conspiración. Le pareció poco recuperar la libertad; quiso también alzarse con el mando. No se contentó ya con escaparse, sino que pretendió además aprisionar a sus enemigos, y suplantarlos en el gobierno, como ellos le reemplazarían en la cárcel.

Comparativamente con recursos iguales habían triunfado los Carreras en Chile; ¿por qué no sucedería lo mismo en Mendoza?

La idea era demasiado seductora para que la desechase; satisfacía demasiado bien su ambición y su venganza para que no la admitiera.

Don Luis modificó, pues, su primitivo plan, y convirtió en una revolución contra el Estado, la sorpresa que había meditado contra la guardia.

El calabozo, como el desierto, y como el mar, tiene sus mirajes. El débil crepúsculo que penetra al través de sus rejas, favorece la ilusión. Abrumado por la soledad, el huésped de esa morada siniestra se forja sueños de gloria y poderío que por lo común no tiene más realidad, que la que la imaginación les presta. Pocos son los que han logrado romper las puertas de la prisión para escalar el poder; muchos son los que las han visto abrirse para marchar al suplicio.

Don Luis entretuvo el tedio de su aislamiento con una de esas visiones de prisionero, y se vio transportado por la fantasía, del fondo de su calabozo, a la cabeza de un ejército, que le ayudaría a encontrar en Chile su antiguo rango, y la venganza.

El proyecto temerario que imaginó para conseguirlo, revela, ya que no un juicio perspicaz y una gran prudencia, al menos la extraordinaria osadía que era peculiar a su familia.

Se proponía nada menos que usurpar el mando en la provincia de Cuyo; reemplazar las autoridades existentes en Mendoza, San Juan y San Luis por los cabildos, a los cuales exigiría previamente juramento de que le prestarían su activa cooperación; formar una división respetable con los muchos chilenos que habitaban en aquella tierra; proponer después de esto una transacción a San Martín; si no admitía, penetrar con su tropa por Arauco, tomar a los españoles por retaguardia, y vencerlos. A continuación de su triunfo, tenía meditado convidar de nuevo a San Martín a un arreglo amistoso; pagarle los gastos, si consentía en regresar con sus soldados a las provincias argentinas; auxiliarle, si prefería marcharse al Perú; obligarle por la fuerza de las armas, caso que no aceptara buenamente sus ofertas.

La base de este plan gigantesco, concebido por un joven a quien las prisiones privaban de todo movimiento, eran unos cuantos milicianos que se había ido ganando uno por uno con sus cálculos halagüeños, con sus ofrecimientos de futura riqueza.

Un zapatero chileno llamado Manuel Solís, que residía en Mendoza, y servía en uno de los batallones cívicos de esa ciudad, fue el principal agente de quien se valió don Luis para organizar su conjuración, y conquistarse adeptos.

Por conducto de éste, notició sus proyectos a don Juan José, quien por el pronto negó su participación, o bien porque la fidelidad del emisario no le fuese bastante conocida, o porque creyera el plan impracticable. Sin embargo, al fin lo aprobó, y se puso en comunicación por escrito con su hermano. Pero más tarde, sostuvo hasta el cadalso que su única idea había sido la fuga, y que si había aparentado conformarse con lo demás, había sido sólo para impedir que los otros se desanimasen, y dejasen por eso de favorecer su huida. El resto de la maquinación le había parecido siempre una quimera.




- XIII -

Don Luis prosiguió la realización de su propósito con la tenacidad del que está privado de su libertad, y trabaja por recobrarla.

Se designó para dar el golpe la noche del 25 de febrero de 1818. Se prefirió ésa, porque en ella tocaba estar de guardia a Solís con algunos otros de los conjurados.

Ese día, se pasó en los preparativos y agitaciones consiguientes a una conspiración cuya hora va a sonar.

Las cosas comenzaron pésimamente. Los dos hermanos habían recibido dos limas cada uno para quitarse las prisiones; pero las limas salieron tan malas, y las prisiones eran tan gruesas, que no les fueron de ninguna utilidad. Los dos jefes de la conjuración se veían precisados a principiar el movimiento con los grillos en los pies.

Esta desgracia no vino sola.

Solís, ignorante todavía del apuro en que se hallaban los Carreras, concibió el funesto antojo de salir a cobrar, antes de que se tocara la retreta, cierta cantidad que se le debía.

Por el camino, se encontró fatalmente con don Pedro Antonio Olmos. Era éste su vecino; y como vivían pared de por medio, le había descubierto anteriormente los planes que estaba fraguando con don Luis.

Olmos, que era uno de esos soplones aficionados a tan vil oficio para congraciarse con los gobernantes, le había escuchado con todos sus sentidos, había aparentado querer participar de la empresa, y le había ofrecido el auxilio de cuatro hombres seguros.

Con todo, no había sabido ocultar tan bien sus perversas intenciones, que Solís no hubiera llegado a traslucirlas. Había éste entonces concebido recelos de su confidente, había procurado corregir su imprudencia empeñándose en persuadir a Olmos que todo había quedado en nada, y no le habían vuelto a hablar del asunto.

Más esa noche, al encontrarse con su vecino, olvidando de repente, no sé por qué, sus primitivas sospechas, le anunció que el golpe iba a darse dentro de pocas horas, y le exigió los cuatro hombres que, en otro tiempo, había prometido para coadyuvar a la salvación de los Carreras.

Aquel espía por afición manifestó alegrarse de lo que se le avisaba; repitió a su interlocutor que por los Carreras estaba pronto a derramar hasta la última gota de sangre; y se despidió, asegurándole que corría en busca de los cuatro auxiliares ofrecidos.

El delator se dirigió a casa de Luzurriaga para contárselo todo; Solís, a la cárcel para verse con sus cómplices.

Cuando este principal agente de la conjuración se presentó en los calabozos de don Juan José y don Luis, vio con desaliento que no habían podido desembarazarse de sus prisiones. Desesperando del éxito por esta causa, les propuso retardar la ejecución del proyecto para mejor ocasión. Pero los dos Carreras dieron a las palabras de Solís la misma contestación: que estaban dispuestos a salir aun cuando fuera con grillos.

La paciencia tiene sus límites; la resignación no es una virtud predominante en oficiales jóvenes y valientes, que están habituados a ceñir espada. Hacía meses que se les sometía a la más dura incomunicación. Su causa se les seguía con una lentitud calculada. Muchas de las acusaciones que se les hacían eran imputaciones falsas, y altamente ofensivas para su honor. No tuvieron fuerzas para aguardar más. Estaban impacientes por respirar el aire libre, por vengarse.

Así hablaron a sus cómplices con calor hasta persuadirles que persistieran en el intento; y esperaron agitados y llenos de inquietud la media noche, hora que habían señalado para llevarlo a efecto.

Mientras tanto, el intendente, advertido de todo por Olmos, se echó sobre la guardia con un destacamento de tropa, y aseguró a los conjurados.

Don Luis, apenas sintió el ruido de la sorpresa, arrojó las limas y quemó una exposición de todo lo que proyectaba hacer, que tenía preparada para remitirla sin tardanza a don José Miguel, pidiéndole acudiese por mar a Chile en su socorro.

En un instante, se le habían arruinado los espléndidos castillos que había edificado en los aires. El despertar de aquel alegre sueño era terrible. Desde aquella hora, la esperanza se había alejado de su calabozo.




- XIV -

A pesar de un contratiempo tan espantoso para él, don Luis no perdió la serenidad. Delante del peligro, se olvidó de sí mismo para no pensar sino en salvar a su hermano, a los infelices soldados a quienes su imprudencia había comprometido.

Cuando fueron a tomarle su declaración, ofreció referirlo todo francamente, revelar hasta sus más íntimos pensamientos, si Luzurriaga le daba palabra de perdonar, o por lo menos de minorar la pena de los pobres cívicos a quienes había seducido para la conjuración. Hizo presente en descargo de ellos que la miseria e ignorancia no les había permitido resistir a los halagos con que él los acariciaba, a las perspectivas de ventura con que los alucinaba.

El intendente accedió a la petición del noble prisionero.

Con esta seguridad, don Luis relató minuciosamente el plan cuyo extracto se conoce ya. Echó sobre sí toda la culpa de la maquinación. Él sólo había sido el que había concebido el proyecto, él sólo se había empeñado en llevarlo a efecto. Su hermano no tenía otra complicidad, que la de no haber delatado un pensamiento a cuya ejecución había rehusado cooperar. Solís y sus camaradas eran individuos candorosos del pueblo, a quienes había engañado. Si había un crimen, era de él sólo, y de nadie más.

El sumario en el cual intervinieron veinte testigos, confirmó en lo sustancial la relación de don Luis, salvo que no hacía aparecer tan exclusivamente suya la responsabilidad del hecho.




- XV -

Los reos nombraron por defensor a don Manuel Novoa, su amigo y partidario, que, desde la acción de Rancagua, residía en Mendoza. Este caballero estaba enfermo en aquellas circunstancias; sin embargo, admitió la difícil comisión de patrocinarlos.

En los pocos días que se le dieron de plazo, hizo una buena defensa en estilo forense, y con razonamientos de abogado. ¡Trabajo inútil! ¡Vana ceremonia! En las causas políticas, cuando los que van a juzgar son los enemigos implacables del acusado, no hay otra defensa posible, que la dignidad del silencio, o uno de esos desahogos elocuentes, conminatorios, que aterran con la amenaza de represalias probables de parte de los hombres, o de un castigo infalible de parte de Dios.

Lo demás es una hipocresía para los jueces que fingen oír razones cuya justicia están de antemano resueltos a no admitir, y una debilidad para los reos que emprenden desmentir lo que ciertamente han maquinado, y justificarse delante de adversarios que en nada quieren concederles disculpa.

Los alegatos de Novoa no sirvieron sino para abultar el expediente. Fuesen débiles o fuertes sus raciocinios, no podían influir en lo menor sobre la sentencia que se iba a pronunciar.




- XVI -

Novoa presentó su último escrito el 29 de marzo.

Ese mismo día, llegó a Mendoza la funesta nueva del desastre de Cancha Rayada.

Este suceso era fatal para los acusados.

Esa derrota inesperada arrebataba a San Martín y a O’Higgins el prestigio de la victoria. Aquel descalabro era un grave cargo contra ellos, fuese merecido o no. Podía temerse muy bien que los carrerinos hiciesen servir en provecho suyo la impopularidad y el descrédito que por el pronto debían recaer sobre sus rivales.

En Mendoza, los amigos de San Martín lo recelaron así. Tuvieron miedo de que los audaces prisioneros quisieran aprovecharse de la desgracia de Cancha Rayada para una nueva intentona.

Luzurriaga, que estaba cierto de no ser el mejor tratado en caso de una sublevación, temblaba más que los otros. Todas las precauciones le parecían pocas contra los Carreras. Había colocado a los dos juntos en el calabozo más bien resguardado de la cárcel; les había redoblado las prisiones; había tomado sus medidas para que no se comunicasen ni aún con los centinelas; pero nada le calmaba, y siempre estaba lleno de sobresaltos.

El 31 de marzo, participó sus temores al director de Buenos Aires, y le consultó sobre si debía sentenciar él mismo la causa, o remitírsela en estado de conclusión para que el supremo gobierno decidiese. Le instaba que tomase una resolución pronta, cualquiera que fuese, y terminaba pidiéndole que si decidía avocarse el proceso, le permitiese enviar a la capital los reos al propio tiempo que los autos, pues, en la situación en que se hallaba, no se atrevía a garantir la seguridad de individuos tan revoltosos.

Un chasque partió con el pliego a todo correr.

Parecía natural que Luzurriaga aguardase para proceder la respuesta del director. Si así no había de ser, ¿para qué le había consultado?

No obstante, hizo todo lo contrario.

Sin esperar las órdenes que había pedido, continuó de repente el proceso de una manera arbitraria e ilegal, contra los trámites fijados en el código, contra las disposiciones terminantes de la constitución.

Indudablemente había recibido instrucciones de algún potentado, más caracterizado que el mismo Pueirredón, las cuales ponían a cubierto la inmensa responsabilidad de su conducta.




- XVII -

Era el caso que después de Cancha Rayada, San Martín había experimentado respecto de los Carreras los mismos temores que sus adictos en Mendoza.

Creía redobladas con su derrota la influencia y la osadía de aquellos jóvenes. Aunque estuvieran separados por los Andes, y encerrados en una cárcel, le incomodaban, le infundían susto. Miraba su existencia como el amago de un peligro.

San Martín no vacilaba nunca para tomar una determinación.

Don Bernardo Monteagudo partió para Mendoza, llevando instrucciones del general sobre lo que debía hacerse. La aparición de este personaje explica claramente el cambio operado en los procedimientos de Luzurriaga.

Para paliar algún tanto la irregularidad y extrañeza del procedimiento, los agentes de San Martín hicieron que el cabildo, a propuesta del síndico procurador, elevase al intendente una representación para que, en vista de los gravísimos peligros que amenazaban a la provincia, «pronunciase a la mayor brevedad el fallo correspondiente en la causa de los Carreras, o tomase la medida más conducente a fin de separarlos cuanto antes de aquel pueblo, y acallar así su clamoroso empeño».

Luzurriaga, aparentando conformarse con los votos del cabildo, nombró al siguiente día una comisión de tres letrados a fin de que, instruyéndose de los autos, dictaminase, «sobre si estando concluido el proceso, debía proceder, atendidas las circunstancias, a pronunciar la sentencia y mandarla ejecutar, sin embargo de apelación».

Esta comisión se componía de Monteagudo, el enviado ad hoc de San Martín, y de dos abogados de mala fama, don Miguel José Galigniana y don Juan de la Cruz Vargas.

Como era de esperarse, decidieron que una situación excepcional y un riesgo inminente dispensaban en este caso de la observancia de la ley; y, por lo tanto, fueron de opinión que se pronunciase sin más trámite sentencia definitiva, y que ésta se ejecutase en el acto.

Sin tardanza, el intendente pidió parecer a los mismos individuos sobre lo que debería fallarse. Vargas, que no había tenido escrúpulo para firmar el informe anterior, se excusó de hacer otro tanto con este segundo, alegando que él había sido designado para ser puesto preso en caso de triunfar la conspiración de los Carreras; y que, por consiguiente, se hallaba implicado.

Por este motivo, la comisión quedó reducida a sólo dos miembros, Galigniana y Monteagudo. Ambos se portaron en el asunto con la mayor expedición. En pocas horas, confabularon su dictamen, y lo elevaron al intendente.

Luzurriaga lo leyó; y en el acto, resumió al pie su contenido en la providencia que va a leerse:

«Visto el presente dictamen, y conformándome con él en todas sus partes, téngase por sentencia en forma, y ejecútese a las cinco de la tarde, pasándose por las armas a don Juan José y don Luis Carrera; y en cuanto a los demás correos, sáquense de la prisión en que se hallan, para que presencien la ejecución de los Carreras, debiendo ser remitidos oportunamente al excelentísimo director supremo, para que les dé el destino que juzgue conveniente, aplicándolos a las armas o marina; poniéndose en libertad a Enrique Figueroa.

Toribio de Luzurriaga».



Esto sucedía a las tres de la tarde del 8 de abril de 1818.

Inmediatamente se notificó a los reos el anterior decreto, y se les puso en capilla.

Don Juan José creía que aquello era una burla; pero don Luis le persuadió que era muy serio, y le instó para que arreglase sus cuentas con Dios.

Los dos, y sobre todo el segundo, vieron acercarse la muerte con la misma serenidad con que la habían despreciado tantas veces en las batallas. Marcharon tomados del brazo al lugar de la ejecución; delante del banco, se abrazaron fuertemente; dedicaron un recuerdo a su familia, a su hermano José Miguel; y no habiendo permitido que les vendasen los ojos, recibieron la descarga que les arrebató la vida a las seis de la tarde.

Tenía don Juan José sólo treinta y tres años, y don Luis sólo veintisiete.

Presenciaron su ejecución: Manuel Solís, Carlos Tello, José Antonio Jiménez, José Mesa y José Benito Velázquez, los cívicos que se habían comprometido a salvarlos.

Don Luis, poco antes de sentarse en el banco, pidió al religioso fray José Lamas que le auxiliaba escribiera a su padre y a su hermano, rogándoles que socorrieran y sirvieran en cuanto pudiesen a aquellos infelices sobre quienes él había atraído la persecución y la desgracia. El sacerdote cumplió puntualmente la última voluntad de su penitente.

El principal crimen de los Carreras para los que habían ordenado su suplicio, había sido, no la conspiración abortada, sino su influencia y su arrojo, que, después de Cancha Rayada, espantaban a San Martín y a O’Higgins.

Hacía media hora que habían dejado de existir, cuando todos los campanarios de Mendoza echaron al vuelo sus campanas para anunciar al pueblo la espléndida victoria obtenida en el llano de Maipo por el ejército chileno-argentino.




- XVIII -

A los tres días se escribían en Santiago las dos cartas que a continuación copio:

San Martín a O’Higgins.

Excelentísimo Señor:

Si los cortos servicios que tengo rendidos a Chile merecen alguna consideración, la interpongo para suplicar a Vuestra Excelencia se sirva mandar se sobresea en la causa que se sigue a los señores Carreras. Estos sujetos podrán ser tal vez algún día útiles a su patria, y Vuestra Excelencia tendrá la satisfacción de haber empleado su clemencia uniéndola en beneficio público. Dios, etc.

José de San Martín».



O’Higgins a Luzurriaga:

«La madama de don Juan José Carrera, interponiendo la mediación del excelentísimo capitán general, ha solicitado se sobresea en la causa que se sigue a su esposo por este gobierno, el que no ha podido resistirse ni al poderoso influjo del padrino, ni a las circunstancias en que se hace esta súplica, no considerando el gobierno justo que el placer universal de la victoria no alcance a esta desconsolada esposa. En consecuencia, este gobierno suplica a Usía que, en favor del citado individuo, por lo respectivo al delito perpetrado contra la seguridad de este estado, se aplique toda indulgencia, dando así a él, como a su hermano, aquel alivio conciliable con los progresos de nuestra causa augusta. Dios, etc.

Santiago, abril 11 de 1818.

Bernardo O’Higgins».



¿No sospecharon los que esto firmaron que a la fecha los Carreras estaban en una cárcel más segura, que los calabozos de Mendoza? ¿Sus cartas no eran una farsa, una burla cruel? ¿O bien sus resentimientos políticos se habían aplacado con la victoria? Después de Maipo, ¿no creían ya necesaria la muerte de los Carreras, como la habían creído después de Cancha Rayada?

Mientras tanto, al poco tiempo, don Manuel Novoa, el abogado que los había patrocinado, era desterrado de Mendoza a Buenos Aires; y O’Higgins mandaba pagar a don Ignacio de la Carrera la cuenta de las costas del proceso seguido a sus hijos, cuenta que con este objeto le había pasado Luzurriaga.

En esta cuenta maldita, que ascendía a ciento noventa y cinco pesos siete reales, el anciano padre tuvo que satisfacer esta partida.

Diligencias de presenciar la sentencia y ejecución de ella y otras intimaciones...: 4 pesos.