Juego de niños
Comedia en tres actos1
Víctor Ruiz Iriarte
Óscar Barrero Pérez (ed. lit.)
Con Juego de
niños Ruiz Iriarte se asienta definitivamente en el
panorama teatral de la época y «pasa a ser, junto con José López
Rubio y Miguel Mihura, el autor de comedia más
representativo de los años 50»
(García Ruiz
273). Con esta obra alcanzó no solo un reconocimiento
importante del público, sino de otras instancias, porque se
le concedió el Premio Nacional de Teatro de 1952. El
éxito de Juego de niños traspasó las
fronteras genéricas cuando, en 1957, Enrique Cahen Salaberry
dirigió la película que llevó el mismo
título.
Si la fortuna se hubiera aliado con el autor su nombre habría traspasado las fronteras de España gracias a esta pieza. Ruiz Iriarte podría, efectivamente, haber alcanzado una relevante proyección internacional si hubiese fructificado un proyecto que llegó a barajarse en la primavera de 1954 y que hubiera permitido la presentación, primero televisiva y luego teatral, de Juego de niños en Londres. Con tal motivo escribió a Ruiz Iriarte Winifred Walshe, quien incluso mencionaba en la correspondencia el nombre de Laurence Olivier. Desafortunadamente, por esas mismas fechas se dio a conocer en un teatro londinense una obra de tema vagamente similar a aquel que trataba Ruiz Iriarte en la suya, lo cual hizo inviable la concreción de la idea2. En cualquier caso, esta historia permite apreciar el no escaso eco que en su momento tuvo la pieza de Ruiz Iriarte.
La crítica
manejó, con ocasión del estreno de Juego de
niños en Madrid, en enero de 1952, términos que
ya por entonces eran habituales en quienes conocían la obra
de Ruiz Iriarte: «farsa»,
«diálogo vivaz y jugoso», «comedia de
costumbres»
(Eduardo Haro Tecglen.
Informaciones, 9 ene. 1952). Su
teatro había encontrado una fórmula de éxito,
ensayada ya en Cuando ella es la otra.
Ruiz Iriarte se vale de nuevo, en Juego de niños, del tema de la inversión de valores para dar pie a un juego humorístico con implicaciones morales. Ricardo, un hombre casado pero que ejerce poco de tal, ve intolerable que a su desatendida esposa, Cándida, se le haga la corte, operación que, sin embargo, él realiza despreocupadamente con otras mujeres. Su enfado es, por tanto, el mismo que sentía Gabriel, y por el mismo motivo, en Cuando ella es la otra.
Ruiz Iriarte repite el escenario propio de la burguesía acomodada a la que dirigía sus obras. Advirtamos, si acaso, que la «magnífica casa» emplazada en el barrio más lujoso de Madrid en el que estamos situados tiene un «garaje en el patio» y dispone de comodidades tales como «aire frío y caliente», observaciones una y otra superfluas para la representación, solo comprensibles teniendo presente la lectura de la obra, y que, en cualquier caso, dan una idea del alto nivel de vida de que disfrutan los protagonistas.
Cándida (nombre sospechosamente significativo) reproduce la conducta de su equivalente en Cuando ella es la otra. Una y otra son personajes comprensibles únicamente admitiendo como punto de partida el concepto de farsa que, no obstante, Ruiz Iriarte no aplicó a Juego de niños. Si en Cuando ella es la otra Gabriel era un adúltero, en Juego de niños Ricardo duerme habitualmente fuera de su casa y regresa con el alba, lo que permite atribuirle la misma condición, con la única diferencia de que no hay amante reconocida. El hombre, casado o soltero, mayor o joven, parece destinado a la conquista de la mujer. Cándida soporta estoicamente los devaneos de su marido para aparentar una dignidad que no puede perder, pero también porque no tiene ninguna duda de que las infidelidades de su marido terminarán en la vuelta al hogar. El papel de las mujeres es, como sucedía en Cuando ella es la otra, atraer al hombre. Unas lo hacen antes del matrimonio; otras, después. Por eso la mujer casada debe esforzarse en mantener la atención del marido: «Está visto que las señoras casadas no entendéis una palabra del matrimonio», pontifica la joven Maité, naturalmente soltera y sin compromiso. Ahí había fracasado Verónica en Cuando ella es la otra y de nuevo fracasa Cándida en Juego de niños.
Los hijos y la sobrina, como la criada, son sabedores de la situación, pero la toman a broma, como si fuera un juego, como si a su madre no le hiciera daño lo que está sucediendo. De manera que sus reproches al padre no pasan de un testimonio humorístico. Y es que, al margen de lo que el hecho tiene de situación teatralmente humorística, Ricardo es el clásico granuja que se hace perdonar no una, sino múltiples infidelidades, al final de cada de una de las cuales parece decir a su esposa siempre algo parecido a esto: «Tú sabes que es a ti a quien quiero».
Los dos hijos y la sobrina deciden jugar a Ricardo una mala pasada para reconducir una situación que ha ido demasiado lejos. El problema es que al final de casi todos los juegos debe haber un derrotado. Aquí el perdedor es alguien que pasaba por allí, que fue invitado a participar en el entretenimiento y que, sin darse cuenta del riesgo que corría, aceptó el envite. Se trata de Marcelo, un profesor de francés que se reconoce «desaliñado, torpe y tímido, que pasa inadvertido en todas partes», y que pierde casi sin que le hayan dado oportunidad de lanzar los dados. Ya alguna reseña de la época hizo notar que en el tono farsesco de la obra únicamente él se aproximaba a lo humano propiamente dicho. Sea cierto o no, el papel que representa es tan desairado como el de Esteban, el organista de la siguiente obra de Ruiz Iriarte, La soltera rebelde. Puesto que la relación extramatrimonial es imposible, no hay siquiera posibilidad de planteársela: a la mujer decente, casada, no le es permitido el devaneo sentimental que sí le es tolerado al hombre. La partida que había iniciado Marcelo estaba perdida de antemano. Al personaje lo adorna un toque de modernidad de alguna forma similar al que se apreciará en la bohemia del organista de La soltera rebelde: es de nacionalidad francesa, lo que significa que, teóricamente, sus ideas avanzadas han de chocar con el conservadurismo español.
Cuando ella es la otra dejaba un poso de amargura en el espectador que quisiera advertirlo. Así sucede, si cabe con mayor motivo, también en Juego de niños. Ello justifica, posiblemente, que Isabel Magaña Schevill, en su introducción a la edición estadounidense de la obra, hable de mezcla de comedia y drama:
| (x) | ||
El desenlace quizá es poco más que una tregua en el conflicto. Marcelo, reproduciendo el papel moralizador de Bobby en Cuando ella es la otra, reprocha a Ricardo su desprecio de algo tan sagrado como es el matrimonio y lo que implica, es decir, la familia y el hogar. Ricardo se defiende tímidamente, sin convicción, apelando a las manoseadas leyes del amor. Pero utilizando ese argumento está tirando piedras contra su tejado de cristal.
Al final, como cabía esperar, se restablece la normalidad que nunca debiera haberse roto, no sin que antes Cándida derrame alguna lágrima de insatisfacción: se ha sentido otra durante algún tiempo. Todo ha sido un juego, más de adultos que de niños. Sucede que, en materia de amores, cualquier juego, por inofensivo que parezca, resulta peligroso. Lo reconoce Cándida: «Desde anoche hasta ahora me parece que he sido otra mujer. [...] ¡Es tan peligroso poner como prenda el corazón...!». No pronuncia la palabra felicidad, pero ha acariciado su sentido... y le ha gustado el dulce sabor del peligro. Su insatisfacción es inevitable desde el mismo momento en que reconoce ante su marido su atracción por un modelo de hombre completo que, naturalmente, no encuentra porque no existe: «Marcelo es el ideal para marido, y en cambio tú eres el perfecto amante. Lo malo es cuando una se casa con el amante». Cándida se equivocó en la elección... y es tarde para rectificar. La inversión de papeles deja un regusto amargo: un marido encantado de comportarse como amante y un hipotético amante que funcionaría muy bien como marido; una mujer que se ha casado con quien debiera ser un amante y podría tener como amante a quien sería, seguramente, un perfecto marido.
Nada más lógico que plantearse si realmente el desenlace es tan feliz como se lo parecería a quienes rieron con la comedia con motivo de su estreno. No se lo parece, y con razón, a Zatlin, siempre deseosa de sacarle la punta que sin duda tiene el lápiz de Ruiz Iriarte:
| (65) | ||
Así es. Es fácil predecir qué pasará con los herederos. Parece que el gen de la seducción se transmite de padres varones a hijos varones y así lo avalan Tony y Manolín, los vástagos de Ricardo y Cándida, uno y otro dedicados a las conquistas de un bello sexo rendido a sus encantos. El tópico de la criada perseguida por el señorito se cumple pero nadie le da importancia al asunto porque, como le dice Cándida a su esposo, «este es igual que tú». El padre, lejos de reprochar a su hijo el defecto que ha podido hundir su matrimonio, lo contempla con complacencia y hasta se diría que se deleita en ver reproducida en su progenie ese gen seductor. Cándida tiene motivos para estar preocupada y para sentir desconfianza ante el futuro inmediato.
Óscar Barrero Pérez
Universidad Autónoma de Madrid
- Zatlin Boring, Phyllis. Víctor Ruiz Iriarte. Boston: Twayne, 1980.
- García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático. Madrid: Fundamentos, 1987.
- Magaña Schevill, Isabel. «Introduction». Víctor Ruiz Iriarte. Juego de niños. Ed. Isabel Magaña-Schevill. Englewood Cliffs, New Jersey: Prentice-Hall Inc., 1965. viii-xxii.
Dedicatoria:
a Tina Gascó.
Con mi admiración, con mi amistad
V. R. I.
Esta comedia se estrenó el 8 de enero de 1952, en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, con el siguiente reparto (por orden de aparición en escena):
| PERSONAJES |
ACTORES |
| MANOLÍN. | CARLOS SÁNCHEZ. |
| ROSITA. | ROSA LACASA. |
| TONY. | MANUEL ALEJANDRE. |
| MAITÉ. | VICTORIA RODRÍGUEZ3. |
| RICARDO. | JUAN CORTÉS. |
| CÁNDIDA. | TINA GASCÓ. |
| MANOLITA. | ANTONIA MÁS. |
| MARCELO DUVAL. | CARLOS CASARAVILLA. |
Dirección: Fernando Granada.
Decorado: Víctor M. Cortezo.
|
Nos hallamos, durante el transcurso de estos tres actos, en la estancia más íntima y más familiar del piso que la familia Del Valle habita en el barrio de Salamanca. Es una magnífica casa, construida recientemente, en la zona que se comprende entre Velázquez y Serrano. La vivienda no es muy grande, desde luego, pero sí es lujosa -de un lujo alegre- y extraordinariamente cómoda. Tiene garaje en el patio, nevera en la cocina, dos cuartos de baño y aire frío y caliente. La habitación que se representa en escena es como un resumen de la vida familiar de los Del Valle... Después de tan explícitas acotaciones casi resulta obvio, ciertamente, anotar la estructura de la pieza y lo que contiene. Buena parte del fondo lo ocupa una cristalera que separa este interior de una pequeña terraza de esas a las que, por fortuna, son tan aficionados los arquitectos contemporáneos. En la terraza, el toldo está echado y hay algunas plantas verdes bajo el antepecho. Al fondo, también hacia la derecha, una entrada que seguramente conduce al vestíbulo. Puertas, a la derecha y a la izquierda. En el centro del salón, frente al público, un gran sofá con sillones. Hacia la izquierda, una mesa redonda con varias sillas en torno. Algún cuadro de excelente escuela moderna. Son, aproximadamente, las nueve y media de una mañana de primavera. Sol en la terraza y luz radiante en el interior. |
||||
|
(Al levantarse el telón ROSITA, la doncella, con un gran plumero en la mano, termina de hacer la limpieza de la estancia. En seguida se oye la voz de MANOLÍN que entra, muy alborozado. Este MANOLÍN es un impetuoso ciudadano de unos quince o dieciséis años. Viste pijama. Trae toda la cara enjabonada y una brocha de afeitar en la mano.) |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Papá! ¡Mamá! |
||||
|
ROSITA.- ¡Chist! ¡Silencio, señorito Manolín! ¿Qué significan esas voces? Su papá y su mamá todavía no han salido de su habitación... |
||||
|
MANOLÍN.- (Muy ufano.) ¿Te das cuenta? ¿Eh? ¿Te das cuenta, Rosita? |
||||
|
ROSITA.- ¿De qué tengo que darme cuenta? |
||||
|
MANOLÍN.- ¿Te das cuenta de que me estoy afeitando? |
||||
|
ROSITA.- ¡Ah, bueno! |
||||
|
MANOLÍN.- (Indignado.) ¿Cómo que ah, bueno? ¡Si me afeito es porque ya me ha salido la barba! |
||||
|
ROSITA.- ¡Quia! |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Rosita, no seas flamenca! |
||||
|
ROSITA.- (Un suspiro.) No tiene usted ninguna barba, señorito Manolín. Lo que pasa es que tampoco tiene usted paciencia para esperar a que le salga y, claro, se afeita usted sin más ni más... Pero lo que es barba, ya ya. |
||||
|
MANOLÍN.- (Con furia.) ¡Te digo que me está saliendo la barba! ¡Porras! |
||||
|
(Entra TONY. Es otro muchacho algo mayor que MANOLÍN. Un par de años, quizá. Acaba de levantarse de la cama; pijama, zapatillas y bata. Con la toalla al cuello, pasa camino del cuarto de baño.) |
||||
|
TONY.- ¡Rosita! ¿Tú sabes si están planchados mis pantalones blancos de tenis? |
||||
|
ROSITA.- No, señorito Tony. |
||||
|
TONY.- Entonces, no te digo nada. Pero a las doce tengo que estar en la Universitaria, y de punta en blanco. ¿Me oyes, rica? |
||||
|
MANOLÍN.- Hombre; lo que no sé es por qué siempre que te diriges a Rosita la has de llamar rica... |
||||
|
TONY.- Porque lo es. (Cariñosísimo.) Porque es muy rica. Porque es riquísima... ¿Verdad, guapa? |
||||
|
ROSITA.- (Huyendo.) Estese usted quieto, señorito Tony. |
||||
|
MANOLÍN.- Si te aprovechas de Rosita en mi presencia, se lo digo a mamá... |
||||
|
TONY.- Anda, si está aquí el chivato. |
||||
|
MANOLÍN.- (Furioso.) ¡No me llames chivato! |
||||
|
TONY.- ¡Huy! Adiós, pequeño. |
||||
|
MANOLÍN.- ¡No me llames pequeño! ¿No te das cuenta de que me estoy afeitando? |
||||
|
TONY.- Ya, ya. Las ganas... |
||||
|
MANOLÍN.- (Ofendidísimo.) ¡Tony! |
||||
|
TONY.- Pero, chico, ¿por qué tienes esas prisas por ser mayor? Si tú supieras las responsabilidades que adquiere uno cuando se hace hombre...4 (Y se va silbando alegremente, sin el menor sentido de la responsabilidad, por supuesto.) |
||||
|
MANOLÍN.- Lo que presume este idiota... ¡Y todo porque tiene dos años más que yo! |
||||
|
ROSITA.- (Riendo.) ¡Pobre señorito Manolín! |
||||
|
(Entra, como una tromba, MAITÉ. Es una adorable adolescente. Viste flamantes pantalones. Trae en la mano un vestido de su pertenencia.) |
||||
|
MAITÉ.- Buenos días, primo. |
||||
|
MANOLÍN.- (Gruñendo.) Buenos días... |
||||
|
MAITÉ.- ¡Rosita! Encanto, cielo mío... |
||||
|
ROSITA.- ¡Huy! |
||||
|
MAITÉ.- Mira, preciosa. Necesito que para esta noche me planches y me requeteplanches este traje con toda esa gracia que Dios te ha dado... ¿Lo harás? |
||||
|
ROSITA.- ¡Qué remedio! |
||||
|
MAITÉ.- Gracias, tesoro. ¡Huy! ¡Lo que te quiero! Dame un beso... (Confidencial.) Estoy invitada a la puesta de largo de Juanita Lara. Es una familia muy graciosa, ¿sabes? Millonarios. Pero de esta clase de millonarios que te los quedas mirando y, sin saber por qué, eso de tener millones te parece una ordinariez... |
||||
|
(MANOLÍN, que lleva un rato paseando en torno a su prima para hacerse notar, se acerca al fin poseído de cierta esperanza.) |
||||
|
MANOLÍN.- Oye, primita, ¿te has fijado? Ya me afeito... |
||||
|
MAITÉ.- (Muy superior.) Vamos, anda, niño. |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Maité! |
||||
|
MAITÉ.- No seas fantástico. Y no me entretengas, que va a llegar el profesor de francés y luego tengo que ir a la peluquería... |
||||
|
(Y sale alegrísima, tarareando, muy feliz, una canción del día. MANOLÍN, como un energúmeno, comienza a darle puntapiés al mueble que tiene más cerca.) |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Maldita sea! Le voy a dar a uno una patada... |
||||
|
ROSITA.- ¡Señorito! |
||||
|
MANOLÍN.- Ríete tú; eso es. Después de que la culpa de todo es tuya... |
||||
|
ROSITA.- ¿Qué está usted diciendo? |
||||
|
MANOLÍN.- Tuya y de nadie más. ¿No me dijiste el otro día que para besarte a ti había de tener barba5? |
||||
|
ROSITA.- (Ríe más.) Pero, señorito... ¡Ay, Dios mío, qué chiquillo! |
||||
|
MANOLÍN.- Ríete, ríete. Así sois las mujeres. ¡Maldita sea! |
||||
|
(Sale MANOLÍN, francamente herido. ROSITA aún ríe y continúa su tarea. Una pausa levísima. Por el fondo, con grandes precauciones, asoma RICARDO. Es un hombre de algunos más de cuarenta años, mundano y simpático, de magnífico aspecto, un poco marchito en estos momentos. Trae el sombrero puesto y6 la gabardina al brazo.) |
||||
|
RICARDO.- ¡Chist! ¡Rosita! |
||||
|
ROSITA.- (Sofocando un grito.) ¡Ay! ¡El señor! |
||||
|
RICARDO.- El mismo, hija. Pero no grites. |
||||
|
ROSITA.- Pero, ¿es que no ha dormido el señor en casa? |
||||
|
RICARDO.- Tú verás. |
||||
|
ROSITA.- ¡Otra vez!7 |
||||
|
RICARDO.- Sí, hija. No sé qué me pasa, pero siempre que ceno fuera de casa se me hace tardísimo... Y ya ves tú. Es una fatalidad. (Transición.) Oye... Mi mujer y mis hijos, ¿duermen todavía? |
||||
|
ROSITA.- No, señor. Los señoritos ya se han levantado. Y la sobrina del señor, también. |
||||
|
RICARDO.- ¡Caramba! (Muy molesto.) Pero, ¿por qué se madruga tanto en esta casa? |
||||
|
ROSITA.- Son las diez de la mañana, señor. |
||||
|
RICARDO.- ¿De veras? ¿Las diez? ¡Qué barbaridad! Hay que ver cómo pasa el tiempo. Y mira tú. Mi reloj tiene las dos. Pero las dos de la madrugada, ¿comprendes? Y, claro, como siempre que miraba el reloj eran las dos, cuando se ha hecho de día, no me lo quería creer... Pensé que era una broma. |
||||
|
ROSITA.- Ya, ya. (Sonríe.) Es lo que pasa siempre. |
||||
|
RICARDO.- Mira, Rosita. Necesito entrar en mi cuarto sin que se enteren los muchachos. Tú ya los conoces. Mis hijos y mi sobrina no me tienen ningún respeto, y en estas ocasiones abusan... Si se enteran de que no he pasado la noche en casa, estoy perdido. Después, si es preciso, ya inventaré algo... (Muy satisfecho con el hallazgo.) ¡Diré lo del reloj! |
||||
|
ROSITA.- ¡No! Lo del reloj, no. |
||||
|
RICARDO.- ¿No? |
||||
|
ROSITA.- No, señor. Venga el señor... Sígame. De puntillas. Sin ruido. No, lo mejor será que el señor se quite los zapatos. Es un truco que aprendí en la última casa que estuve. |
||||
|
RICARDO.- ¡Hola! ¿Se descalzaba el señor? |
||||
|
ROSITA.- ¡Ca! Era la señora. |
||||
|
RICARDO.- ¡Caray! Pero qué falta de moral tiene la gente... (RICARDO, que se ha descalzado apresuradamente, ahora, en pie, con los zapatos en la mano, se dispone a marchar tras de ROSITA.) ¡Qué buena eres, Rosita! (Todo gratitud.) ¡Y qué bonita! Oye, ¿sabes que estas primeras horas de la mañana te sientan muy bien? |
||||
|
ROSITA.- Pero, ¿es que me va a piropear el señor? |
||||
|
RICARDO.- (Con un suspiro.) Perdona, mujer. Es que no lo puedo remediar... |
||||
|
(Con su última frase ha salido ROSITA. Cuando RICARDO va a seguirla, de puntillas y con los zapatos en la mano, en otra puerta aparecen MANOLÍN y TONY. RICARDO, al oírlos, se queda inmóvil y aterrado.) |
||||
|
TONY.- ¡Papá! |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Mi padre! |
||||
|
RICARDO.- Sí, hijo. Tu padre... |
||||
|
MANOLÍN.- ¿Adónde vas, papá? ¿Se puede saber qué haces con el sombrero puesto y los zapatos en la mano? |
||||
|
RICARDO.- ¡Je! (Azaradísimo8.) Tienes razón, hijo. La costumbre es, precisamente, lo contrario. El sombrero en la mano y los zapatos en la cabeza... |
||||
|
MANOLÍN.- ¿Qué estás diciendo, papá? |
||||
|
RICARDO.- (Más azarado aún9.) ¡Je! Nada. No digo nada... (Amabilísimo.) ¿Cómo estáis, hijos? ¿Estáis bien? |
||||
|
TONY.- Nosotros muy bien, papá. ¿Y tú? |
||||
|
RICARDO.- Pues, ¿qué quieres que te diga, Tony? A estas horas está uno molido. |
||||
|
(RICARDO se ha sentado en el sofá y, desesperadamente, se da aire con el sombrero. Los dos muchachos, en pie, se han situado uno a cada lado de su padre y, desde hace un rato, lo examinan con una impresionante actitud fiscal.) |
||||
|
TONY.- ¡Manolín! Tengo una sospecha. Me parece que papá no ha dormido esta noche en casa... |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Sopla! |
||||
|
RICARDO.- (Muy digno.) Manolín, no seas ordinario. |
||||
|
(Los dos chicos hablan dirigiéndose el uno al otro, como si estuvieran solos. RICARDO los mira alternativamente con mucho susto.) |
||||
|
MANOLÍN.- Pero si ya hacía tiempo que no teníamos que regañarle... |
||||
|
TONY.- Pues ya ves. Está visto que a los padres no se les puede dar alas... |
||||
|
RICARDO.- (Dolorosamente.) Tony, Manolín. Yo os explicaré lo ocurrido10. |
||||
|
MANOLÍN.- (Severísimo.) ¡Papá! |
||||
|
RICARDO.- ¿Qué? |
||||
|
MANOLÍN.- Dicen las estadísticas que el noventa por ciento de los padres de familia que desaparecen durante la noche, por la mañana no pueden explicar dónde han estado. Hay un diez por ciento que lo explican todo. Pero es mentira. Tú eres de ese diez por ciento, papá... |
||||
|
RICARDO.- ¡Manolín! |
||||
|
MANOLÍN.- (Escapando.) ¡Ay! |
||||
|
(Irrumpe en escena MAITÉ. Se lanza a los brazos de RICARDO y le besa y le abraza con mucho mimo.) |
||||
|
MAITÉ.- ¡Tío Ricardo! |
||||
|
RICARDO.- ¡Querida sobrina! |
||||
|
MAITÉ.- Ya sé que no has dormido esta noche en casa... ¡No! ¡No te disculpes! Es tu destino. Tú padeces un complejo11 de atracción femenina. |
||||
|
RICARDO.- (Desconfiado.) ¿Qué quiere decir eso, Maité? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Que te gustan todas! |
||||
|
RICARDO.- ¿De veras crees que eso es un complejo? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Huy! Menudo. Pero tú no eres el responsable. La culpa es de ellas... |
||||
|
RICARDO.- Si vieras, hija, que eso lo he pensado yo muchas veces... (Transición. Muy apesadumbrado.) Pero esta vez os equivocáis. No hay ninguna mujer. No negaré que en otras ocasiones... Pero desde hace bastante tiempo soy otro hombre. Sí, otro hombre, ni más ni menos. Lo de esta noche... (Transición.) ¿Es necesario que os explique las causas que esta noche me han obligado a no dormir en casa? |
||||
|
LOS TRES MUCHACHOS.- (Al tiempo12.) ¡Sí! |
||||
|
RICARDO.- (Con dignísima amargura.) ¿No basta mi palabra? |
||||
|
LOS TRES MUCHACHOS.- ¡No! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Ay, qué granuja! |
||||
|
RICARDO.- Muy bien. Pues oíd. (Baja los ojos.) Esta noche he sido víctima de la fatalidad... |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Pobre! |
||||
|
RICARDO.- (Indignado.) ¡Manolín! ¡Si no te callas, te doy un sopapo! |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Ay! |
||||
|
MAITÉ.- Bueno. Pero, ¿dónde has pasado la noche? |
||||
|
RICARDO.- (Con solemnidad.) ¡En Ávila! |
||||
|
(Los tres chicos hacen un unánime movimiento de protesta.) |
||||
|
LOS TRES MUCHACHOS.- ¡No! |
||||
|
MANOLÍN.- (Muy cargado.) Hombre, no. ¡En Ávila, no! |
||||
|
RICARDO.- ¿Es que no os gusta Ávila? |
||||
|
TONY.- No es eso, papá. Lo que nos asombra es tu falta de imaginación. El verano pasado te escapaste tres días y a la vuelta nos dijiste que venías de Pamplona... |
||||
|
MANOLÍN.- Es que, para despistar, siempre escoge ciudades muy de derechas... |
||||
|
MAITÉ.- (Divertidísima.) ¡Ay, qué embustero! |
||||
|
RICARDO.- ¡Maité! ¿Embustero tu tío? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Sí! Embustero, embustero, embustero... |
||||
|
RICARDO.- Pero, ¿es que no vais a creerme? |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Ni pizca! |
||||
|
RICARDO.- (Desesperado.) ¡Oh! |
||||
|
(Aparece ROSITA en el fondo.) |
||||
|
ROSITA.- ¡Chisss! La señora... |
||||
|
(Los tres chicos, al oírla, se alborotan, muy inquietos.) |
||||
|
LOS TRES MUCHACHOS.- ¡Oh! |
||||
|
ROSITA.- La señora viene hacia aquí, y si se entera de que los señoritos están riñendo al señor, ya van listos los señoritos... (ROSITA se marcha por donde entró.) |
||||
|
TONY.- ¡Sálvese el que pueda! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Ay, tío! ¡Qué suerte tienes! |
||||
|
TONY.- Mamá tiene la culpa de que papá esté tan mal criado. Siempre que le estamos amonestando aparece ella para defenderle... |
||||
|
MANOLÍN.- Y que lo digas. Así no se puede educar a un padre... |
||||
|
(MAITÉ, TONY y MANOLÍN, juntos, salen muy aprisa. Entra CÁNDIDA. Es una mujer joven todavía. Tiene una noble belleza natural que el tiempo y la maternidad no han disminuido. Es sencilla, muy sencilla, pero quizá entre muchas se la distinguiría al instante. Se dirige a RICARDO muy natural y muy afectuosa.) |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ricardo! ¿Cómo estás, querido? |
||||
|
RICARDO.- ¡Je! Buenos días, Cándida. ¿Has descansado? |
||||
|
CÁNDIDA.- Yo, muy bien. ¿Y tú? |
||||
|
RICARDO.- Nada. Estoy rendido. |
||||
|
CÁNDIDA.- Se ve. Tienes una cara espantosa. ¡Pobrecito mío! (Le besa amorosamente.) Dime la verdad, Ricardo. ¿Te han molestado los chicos? |
||||
|
RICARDO.- ¡Oh, no! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Te han faltado al respeto? |
||||
|
RICARDO.- Bueno... Un poco. ¡Je! Lo de siempre. |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ay, ay, Dios mío! ¡Qué cosas te habrán dicho! Mira, Ricardo, yo estoy asustada con estos muchachos. Son incorregibles. Dicen y hacen verdaderas barbaridades. Claro que la culpa es tuya. ¡No sabes ser padre! ¡Eso es todo! Juegas a las cartas con Tony y os hacéis trampas el uno al otro. Te pones a boxear con Manolín y hay que ver el pequeño cómo se aprovecha y las palizas que te da. Y, por si fuera poco todo eso, te hacen muchísima gracia los modernismos de mi sobrina, que a mí me producen escalofríos. Yo no sé dónde ha aprendido esa chica todo lo que sabe. Cuando termine sus estudios y la devolvamos a su casa no sé lo que va a pensar de nosotros y de Madrid su madre, mi pobre hermana, tan anticuada y tan apegada a su provincia... (Transición.) ¡Mi pobre Ricardo! ¡Debes de estar cansadísimo! ¿Quieres una taza de café? ¿O un poco de té? ¿Qué prefieres? |
||||
|
(Surge ROSITA como antes.) |
||||
|
ROSITA.- No se moleste más la señora. Los señoritos ya no están escuchando... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ah! Gracias, Rosita. (Sale ROSITA. CÁNDIDA se ha transformado. Es otra mujer13. Su sonrisa, solícita y amorosa, se cambia por un mohín de superior desdén. Cuando habla, al cabo del silencio, en su voz hay un eco de contenida irritación.) ¿Quieres ponerte esos zapatos? Estás francamente cómico... Y no sé si debo reír o llorar. |
||||
|
(RICARDO, muy mohíno, se sienta en el sofá y comienza a ponerse los zapatos.) |
||||
|
RICARDO.- Nunca comprenderé por qué, en estas circunstancias, siempre haces la misma comedia. |
||||
|
CÁNDIDA.- Porque no quiero que Manolín y Tony me compadezcan. Prefiero que vean en mí una insensata que te lo perdona todo y te mima, antes que una pobre mujer que sufre y llora en silencio cuando no la ve nadie... Tengo esa soberbia. No podría soportar que mis hijos tuvieran lástima de mí. |
||||
|
RICARDO.- (Un silencio.) Cándida. |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Qué? |
||||
|
RICARDO.- Yo quiero darte una explicación. |
||||
|
CÁNDIDA.- (Con suave ironía.) ¿A mí también vas a contarme lo de Ávila? |
||||
|
RICARDO.- ¡Je! ¿Me has oído? |
||||
|
CÁNDIDA.- Todo. |
||||
|
RICARDO.- Entonces, no. No te contaré lo de Ávila. |
||||
|
CÁNDIDA.- (Suave.) ¡Gracias! |
||||
|
RICARDO.- Bueno..., quiero decir que a ti te diré la verdad. |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Otra mentira! |
||||
|
RICARDO.- (Muy ofendido.) Pero, mujer... ¿Es que no crees en mi palabra? |
||||
|
CÁNDIDA.- Nada. |
||||
|
RICARDO.- ¡Es el colmo! En esta casa nadie cree en mi palabra. Ni mi mujer. Ni mis hijos, ni mi sobrina. ¡Soy un desgraciado! |
||||
|
CÁNDIDA.- (Sonriendo.) Ricardo, por Dios, no seas farsante. Para ti la verdad siempre es otra mentira. Muchísimo más graciosa que la primera: eso, sí. Pero, esta vez, cállatela. Te aseguro que no tengo ninguna curiosidad por saber dónde has pasado la noche... |
||||
|
(Un silencio. De pronto, RICARDO la mira. Se vuelve hacia ella, sincero, apasionado.) |
||||
|
RICARDO.- ¡Cándida! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ay! ¡Me has asustado! |
||||
|
RICARDO.- ¡Tú sabes que te quiero! |
||||
|
CÁNDIDA.- (Le mira y sonríe.) Me quieres de un modo muy curioso. Me quieres cuando vuelves de la aventura con otras mujeres. Me quieres cuando regresas a casa, después de toda una noche de ausencia. Me quieres siempre a la vuelta de algo. ¿No crees que ese cariño resulta un poco egoísta, Ricardo? ¿Piensas que puedo sentirme muy orgullosa? ¡Oh! Ya sé que soy para ti el reposo, la paz, la convalecencia... Todo eso tan bonito. Y tan triste, tan triste. Quizá tú no tienes la culpa. Quizá a los veinte años de matrimonio, este es el único amor posible... (Bruscamente, en un arrebato apasionado que rompe la serenidad de las palabras anteriores.) ¡Pero si tú supieras cómo envidio a las otras! Las envidio tanto como las odio... |
||||
|
RICARDO.- ¡Oh, Cándida! Por favor... |
||||
|
(Ella está sentada en el sofá. RICARDO pasea por el fondo ante la terraza. CÁNDIDA sofoca unos suaves sollozos. Se seca unas pocas lágrimas. Y en seguida busca con los ojos a su marido y le sonríe14.) |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ea!, ya está. No te asustes. No voy a hacerte una escena... |
||||
|
(RICARDO avanza y se sienta junta a ella en el sofá.) |
||||
|
RICARDO.- ¡Cándida! Yo soy un sinvergüenza. |
||||
|
CÁNDIDA.- (Un suspiro.) Si esperas que yo te lleve la contraria... |
||||
|
RICARDO.- ¡Pero no puedo cambiar! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Hombre! Por lo menos, no me lo digas... |
||||
|
RICARDO.- No. No puedo cambiar... Es inútil. Lo he intentado muchísimas veces. Pero este modo de ser mío es algo superior a mi propia voluntad. ¿Y sabes por qué, Cándida? Porque me asusta dejar de ser joven... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Oh! |
||||
|
RICARDO.- Cuando pienso que tengo muchas canas, que nuestros hijos han crecido, que el tiempo pasa y no vuelve, cuando pienso todo eso, Cándida, me echo a temblar y me lanzo a una nueva aventura, tan estúpida como todas, solo para convencerme a mí mismo de que todavía soy joven... Yo no tengo la culpa, Cándida. ¡La vida es tan hermosa para los que aún son jóvenes! ¡Es tan difícil renunciar! Ten paciencia, Cándida. Todo esto pasará... ¿Me comprendes un poco? ¿Puedes comprenderme? |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Por qué no? |
||||
|
RICARDO.- ¡Eres una santa! |
||||
|
CÁNDIDA.- No me llames santa... Es un piropo muy triste. (Sonríe.) Anda. Más tarde seguiremos hablando. Ahora, lo mejor será que te acuestes un rato. Lo necesitas. |
||||
|
RICARDO.- ¡Sí! Estoy destrozado. Figúrate... No he pegado un ojo. |
||||
|
CÁNDIDA.- No me cuentes detalles. |
||||
|
RICARDO.- ¡Je! Perdona... (RICARDO le besa una mano y marcha hacia la puerta. Allí se vuelve.) Buenas noches. |
||||
|
CÁNDIDA.- (Corrigiendo con suavidad.) Buenos días. |
||||
|
RICARDO.- ¡Ah! ¡Claro! Es verdad... Buenos días. |
||||
|
(Sale RICARDO definitivamente. Queda CÁNDIDA sola, mirando a la puerta por donde salió. Muy aprisa, casi corriendo, entra MANOLITA por el fondo. Viene de la calle, quitándose los guantes apresuradamente. Viste bien. Es bonita.) |
||||
|
MANOLITA.- ¡Buenos días, señora! ¿Cómo está usted? ¡Ay, no me diga nada! Ya sé que vengo tarde. Pero no es mía la culpa. ¡Si usted supiera! Don Ricardo debe de estar furioso, como si lo viera, y con razón. Con el geniecito que se le pone al ilustre abogado cuando tiene que dictar algo urgente y no ha llegado la mecanógrafa. Y conste que yo soy una mecanógrafa de las más cumplidoras; pero hoy... |
||||
|
CÁNDIDA.- (Mirándola.) ¿Qué le ocurre, Manolita? |
||||
|
MANOLITA.- (Desconcertada.) ¿Qué? No comprendo... |
||||
|
CÁNDIDA.- Parece que no tiene usted buen aspecto... |
||||
|
MANOLITA.- ¡Ay! Pero ¿cómo me lo ha notado usted? Si me he maquillado muchísimo... |
||||
|
CÁNDIDA.- Por eso. Usted no se maquilla nunca. ¿Es que ha dormido poco? |
||||
|
MANOLITA.- ¡Qué lista es usted! No he dormido nada... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Nada? |
||||
|
MANOLITA.- ¡Nada! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ah, vamos! Ya sabía yo... Una mala noche... |
||||
|
MANOLITA.- ¡Oh, no! No puedo decir eso. Ha sido una noche maravillosa. |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Acompañada? |
||||
|
MANOLITA.- ¡Claro! Eso no se pregunta. Las mujeres a solas no somos nunca felices. Los hombres, sí, porque son más egoístas. |
||||
|
CÁNDIDA.- Ya... (Despacio.) ¿Era... casado? |
||||
|
MANOLITA.- (Impresionada.) ¿Cómo lo ha adivinado usted? |
||||
|
CÁNDIDA.- Porque los solteros ahora no salen de noche. Son muy serios. |
||||
|
MANOLITA.- Sí; era casado. |
||||
|
CÁNDIDA.- Entonces, ya me lo figuro todo... Primero la llevó a cenar a un restaurante de lujo que está instalado imitando una taberna baratita... |
||||
|
MANOLITA.- (Sorprendida.) ¡Sí! |
||||
|
CÁNDIDA.- Hacia las doce fueron ustedes a bailar a una «boîte»... ¿No es eso? |
||||
|
MANOLITA.- Sí, sí... Eso mismo. |
||||
|
CÁNDIDA.- Luego, en el coche la llevó a un sitio de las afueras, que no cierra en toda la noche. Bebieron champán, naturalmente. Él le contó su vida. Cuando bebe un poco tiene muchísimo ángel. Es muy gracioso. Usted se reía como una chiquilla. ¿No es verdad? Después, cuando se hizo de día, fueron a desayunar a una de esas chocolaterías de bajos fondos, muy típicas. Total, que apenas hace un ratito él la dejó en la puerta de su casa. Usted solo ha tenido el tiempo justo de arreglarse un poco, y aquí está. Porque, eso sí, usted es una chica muy cumplidora. ¡Ah! Me olvidaba de lo más importante. Cuando iban ustedes por la carretera, de madrugada, él paró el coche y la besó... |
||||
|
MANOLITA.- Pero, señora... (Asustada.) ¿Cómo lo sabe usted todo? |
||||
|
CÁNDIDA.- Porque me lo contó otra mecanógrafa que tuvo mi marido antes que usted... ¿O es que creía usted que era la primera? ¡Estúpida! |
||||
|
MANOLITA.- Señora, por Dios... ¡Qué vergüenza! Me muero de vergüenza. No todo es como usted cree... Yo le diré... |
||||
|
(Entra, muy aprisa, TONY, contentísimo, vestido con su impecable traje de jugador de tenis. Se planta alegremente, presumido, ante su madre.) |
||||
|
TONY.- Oye, mamá. Mírame bien. ¿No crees que estoy como para una fotografía? ¿Eh? (Silencio. TONY, al advertir la actitud de su madre, se vuelve y descubre a MANOLITA.) ¡Ah! Perdón... Buenos días, Manolita. |
||||
|
MANOLITA.- Buenos días. |
||||
|
(De pronto, MANOLITA prorrumpe en un sollozo ahogado y escapa corriendo por el fondo. El muchacho se vuelve estupefacto hacia su madre.) |
||||
|
TONY.- ¡Mamá!... ¿Qué ha pasado? (CÁNDIDA, con los nervios rotos, ya en plena crisis, se deja caer en el sofá y rompe en sollozos incontenibles. Oculta el rostro entre las manos. TONY acude.) ¡Mamá! Pero, ¡mamá...! ¿Qué te ocurre? ¡Dime por qué lloras! |
||||
|
CÁNDIDA.- (Ruborizada.) Calla, Tony, calla. |
||||
|
TONY.- Dilo, mamá. |
||||
|
CÁNDIDA.- Tony, hijo... |
||||
|
(Un nuevo sollozo. Se refugia en los brazos de TONY. El muchacho la acaricia con ternura. Entra MAITÉ. Viene con un libro, recitando a media voz su lección.) |
||||
|
MAITÉ.- «J'ai aimé. Tu as aimé. Il a aimé. Nous avons aimé. Vous avez aimé...» |
||||
|
TONY.- ¿Te quieres callar? |
||||
|
MAITÉ.- ¿Qué sucede? |
||||
|
TONY.- ¿No lo ves? ¡Que mamá está llorando! (En pie, mirando airadamente la puerta por donde salió MANOLITA.) ¡Y estoy seguro de que la culpa la tiene papá! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Silencio, Tony! No te permito que juzgues a tu padre... |
||||
|
TONY.- ¡Mamá! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿No me has oído? |
||||
|
TONY.- Está bien, mamá. |
||||
|
(Sale TONY con coraje. MAITÉ va hacia CÁNDIDA. Se arrodilla a su lado, en la alfombra.) |
||||
|
MAITÉ.- Tía..., tía Cándida. Anda, mujer, no te preocupes. Conmigo puedes llorar todo lo que quieras. ¿Crees que no lo sé todo? Tú te pasas la vida disimulando lo que te hacen sufrir las andanzas del tío Ricardo, para que los chicos y yo y las criadas y las visitas no sepamos lo que sufres y lo que lloras. ¿Y sabes por qué, tía Cándida? Porque eres muy orgullosa, mucho, muchísimo, y te daría mucha rabia que tuviéramos compasión de ti. No lo niegues. Si lo que a una se le escape... Pero bien lloras cuando te quedas solita en tu cuarto, cada vez que tío Ricardo no viene por la noche, o se va de viaje diciendo que tiene que defender un pleito en Barcelona; como si no supiera una que se va al Escorial, y en El Escorial, en vez de pleitos lo que hay son líos... Anda, tía, ahora que estamos solas, ¿por qué no me haces confidencias de mujer a mujer? |
||||
|
CÁNDIDA.- Pero, chiquilla... (La mira y sonríe.) ¡Por Dios! |
||||
|
MAITÉ.- ¿Por qué no me lo dices todo a mí solita? ¿Verdad que estás enamoradísima de tu marido y tienes unos celos horribles? |
||||
|
CÁNDIDA.- (Acariciándola.) Sí, pequeña. Le quiero. Le quiero con toda mi alma. No es malo, ¿sabes, Maité? Es un chiquillo. Un chiquillo travieso que hace daño y hace llorar, sin querer hacer daño y sin conocer siquiera el valor de una lágrima, porque él no ha llorado nunca. A veces, me gustaría no quererle tanto, para no perdonarle, para que él también sufriera un poco. Pero es inútil... No puedo. Le quiero. Cuando me mira, ya no tengo fuerzas para reñirle... |
||||
|
MAITÉ.- Si no me extraña. Si es que el muy golfo tiene un ángel... |
||||
|
CÁNDIDA.- (Escandalizada.) ¡Maité! ¡No hables así de tu tío! |
||||
|
MAITÉ.- Vamos, tía. Yo sé lo que digo. Al tío Ricardo no le falla una. Mis amigas están todas chifladas por él. Maruja Roldán le hace versos, no te digo más. Y Lolita le escribe anónimos. Sin mala intención, desde luego, porque Lolita es muy decente... |
||||
|
CÁNDIDA.- Ya, ya. Si he leído esos anónimos. Lo que pasa es que, como Lolita le escribe sin firmar, le dice todo lo que le diría15 si no fuera tan decente como es. Y no quieras saber... |
||||
|
MAITÉ.- Es que así se desahoga la pobre, ¿sabes? Lolita es una chica de la nueva generación y tiene recursos para todo. Vosotras, en cambio, las señoras de tu edad, sois una calamidad... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Niña! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Sí, sí! No protestes. Y tú más que ninguna. Una calamidad, buenísima y guapísima. Un encanto de calamidad. Pero lo eres. ¿Qué has hecho tú para impedir que tu marido se te escape hoy con una y mañana con otra? |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Yo le he querido con toda mi alma! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Ay, qué graciosa! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Niña! |
||||
|
MAITÉ.- Está visto que las señoras casadas no entendéis una palabra del matrimonio... |
||||
|
CÁNDIDA.- (Mirándola con espanto.) ¿Tú crees? |
||||
|
MAITÉ.- (Muy maternal.) ¡Qué inocente eres, tía! Una mujer siempre tiene en su mano muchísimos recursos para evitar que un hombre se le escape. Aunque sea el marido, que es el que más motivos tiene para escaparse... Te lo digo yo, que de esto entiendo un rato. |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Tú? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Huy! La mar... ¿Has probado a darle celos a tu marido alguna vez? |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Yo? (Con indignación.) ¿Por quién me tomas? |
||||
|
MAITÉ.- ¿Es que has flirteado con sus amigos? |
||||
|
CÁNDIDA.- (Horrorizada.) ¡¡Nunca!! ¡Me hubiera muerto de vergüenza! |
||||
|
MAITÉ.- ¿Es que, por lo menos, has tenido uno de esos amigos íntimos que tienen muchas señoras para contarle a él las cosas íntimas que no se le pueden contar al marido? |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡No! ¡Jamás! Todos mis pensamientos han sido para él... Hasta mis sueños. |
||||
|
MAITÉ.- (Con bondadosa reconvención.) Pero, tía... ¿No sabes que el primer deber de una mujer casada es tener en vilo al marido? |
||||
|
CÁNDIDA.- (Mirándola, horrorizada.) ¡Ay, ay, Dios mío! ¿Quién te ha enseñado todo eso? |
||||
|
MAITÉ.- Claro que todavía estás a tiempo. Porque, no sé si lo sabrás, pero estás guapísima. De manera que, si te decides, el pobre tío Ricardo va a andar de coronilla... |
||||
|
CÁNDIDA.- (En pie. Un grito.) ¡Basta, Maité! |
||||
|
MAITÉ.- (Asustadísima.) ¡Tía Cándida! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡He dicho que te calles! ¡Ni una palabra más! No sé cómo he podido escucharte sin darte una bofetada. Pero ¿quién ha educado a esta mocosa? Por supuesto, ¿quién va a ser? ¡Su tío! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Tía Cándida! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Que te calles! ¡Y esta es la nueva generación! |
||||
|
MAITÉ.- Pero, tía... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Silencio! ¡Proponerme que flirtee con los amigos de mi marido! ¡A mí! ¡Qué horror! Querer convertirme en16 una de esas casadas de ahora que viven con sus maridos la misma vida que antes vivían los maridos con sus amantes. De fiesta en fiesta, de cabaret en cabaret. Con un vestido por aquí y por allí... Y a beber. Y a bailar. A bailar con los amigos del marido, claro, porque con el marido no tiene interés; ya se comprende. (Se vuelve furiosa hacia la muchacha.) ¿Es eso lo que quieres de mí? ¡Dilo! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Claro! Pero no sé por qué te pones así. Si todo eso es de primer año... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Descarada! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Ay, tía! |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Vete! Déjame. Quiero estar sola... |
||||
|
MAITÉ.- Bueno. Me iré. (Refunfuñando.) La culpa la tiene una por meterse a arreglar17 matrimonios... |
||||
|
(Muy mohína, entra en la terraza. Desde allí, durante los momentos que siguen, observa atentamente, tras los cristales, la actitud de CÁNDIDA, que ha quedado en el sofá, vuelta de espaldas a la terraza, y habla en su interrumpido monólogo. Pero a poco va transformándose su tono de irritación por otro de desaliento y de amargura.) |
||||
|
CÁNDIDA.- Sí, ya sé, ya sé. Conozco muy bien a esa clase de mujeres. Esas, esas son las que tienen el marido a sus pies: con sus mimos, con sus carantoñas, con sus frivolidades. Tienen amigos, coquetean con ellos. Juegan con el peligro sin quemarse. Una mirada es como un beso. ¡Ah! Pero un beso es inmoral, casi un adulterio. Una mirada no es nada... Ni siquiera pecado. ¿Quién puede decir nada de una señora tan encantadora? Así triunfan, un día y otro. ¡Siempre! Y, mientras, el pobre marido, con los ojos bien abiertos, vigilándola, mimándola, como un esclavo, para que no se le escape, para no perderla... (Un hondísimo suspiro.) ¡Quién fuera como ellas! (Un silencio. Parece que responde a una sugerencia ajena.) ¡Qué tontería! Pero si sería inútil. Si no sé... Soy una ignorante. Una pobre mujer tonta y anticuada. ¡Pobre de mí! Yo coqueteando... Por Dios. Sería ridículo, ridículo (Otro silencio. MAITÉ, desde la terraza, la observa. El rostro de CÁNDIDA, respondiendo a sus pensamientos, se transfigura lentamente. Y, sin moverse, llama. Primero, bajito. Luego, más fuerte.) ¡Maité! ¡Maité! |
||||
|
(MAITÉ corre desde la terraza y llega a su lado.) |
||||
|
MAITÉ.- ¡Aquí estoy! |
||||
|
CÁNDIDA.- Ven aquí, hija. Acércate... ¿De verdad crees que todo lo que has dicho antes es cierto? ¿Estás segura de que tu tío volvería a mí si tuviera celos, si tuviera miedo de perderme? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Segurísima! ¡Eso no ha fallado nunca! |
||||
|
CÁNDIDA.- (Muy avergonzada.) Entonces, si tú, que tienes tantísima experiencia, me das algunas lecciones podíamos hacer la prueba... |
||||
|
MAITÉ.- (Entusiasmada.) ¡Bravo! |
||||
|
CÁNDIDA.- En este momento soy capaz de cualquier locura. |
||||
|
MAITÉ.- ¡Bravísimo, tiíta! ¡Así me gusta! Lo que nos vamos a divertir cuando el tío Ricardo se entere... (Transición.) Ahora, lo más urgente es buscar un hombre digno de ti... |
||||
|
CÁNDIDA.- Pero ¿me lo vas a buscar tú? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Naturalmente! Tú no tienes ninguna práctica y harías una tontería... |
||||
|
CÁNDIDA.- Es verdad... No tengo costumbre. |
||||
|
MAITÉ.- Tratándose de ti, que eres una verdadera señora, hay que procurar que te haga la corte un hombre que esté bien. Si es un cualquiera, cuando se entere tu marido le va a sentar muy mal... |
||||
|
CÁNDIDA.- Bueno. Pero, por favor, que ese hombre sea un caballero... Vamos, que no se aproveche. |
||||
|
MAITÉ.- No seas ingenua. Todos los hombres se aprovechan... |
||||
|
CÁNDIDA.- (Con terror.) ¿Todos? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Todos! Te lo digo yo. |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ah! Entonces no quiero. ¡De ningún modo! |
||||
|
MAITÉ.- (Severa.) ¡Tía Cándida! ¿Quieres reconquistar a tu marido, sí o no? |
||||
|
CÁNDIDA.- ¡Ay, hija mía! Es que me estoy poniendo nerviosísima. |
||||
|
MAITÉ.- ¡Con esos miramientos no vamos a ninguna parte, tía Cándida! No se trata de nada inmoral. Se trata de jugar un poco a un juego que juegan muchas señoras... Irás a todas partes del brazo de un hombre distinguido, guapo... |
||||
|
CÁNDIDA.- (Rápida.) Bueno. No es necesario que sea guapo. Ya me arreglaré yo con lo que haya... |
||||
|
MAITÉ.- (Indignada.) ¿Qué dices? A tío Ricardo no le puedes dar celos con una birria... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Tú crees que sería faltarle al respeto? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Desde luego! Precisamente lo que no perdona ningún marido es que el otro sea más feo que él. Es una cuestión de prestigio... |
||||
|
CÁNDIDA.- (Resignada.) Está bien. Decididamente, haré todo lo que tú digas... Pero, hija mía, ¿dónde está ese hombre con el que tengo que flirtear para dar celos a mi marido? ¿Sabes ya dónde encontrarlo? ¿Quién es? |
||||
|
(En este instante surge ROSITA en el fondo.) |
||||
|
ROSITA.- Con permiso. Señorita Maité, su profesor de francés acaba de llegar... |
||||
|
(Sale ROSITA. MAITÉ, al oírla, se ha puesto en pie, acometida de una inspiración repentina. Los ojos le brillan. Mira a su tía fijamente.) |
||||
|
MAITÉ.- ¡Tía Cándida! |
||||
|
CÁNDIDA.- (Adivinando. Aterrada.) ¡Hija! ¿Qué estás pensando? (MAITÉ, sin hablar, echa a correr y desaparece por el fondo.) ¿Eh? ¿Adónde vas? ¿Qué vas a hacer? ¡Maité! Por Dios... ¡Ay, ay, ay! |
||||
|
(Está unos segundos sola, nerviosísima. No está quieta. Va de un lado a otro. Al fin, bajo el dintel del fondo aparece la figura de MARCELO DUVAL. Es un hombre extraño y atractivo a un tiempo. Muy tímido. Viste con un terrible desaliño. Habla con muy marcado acento francés. Bastante azarado, queda un poco en la puerta sin hablar.) |
||||
|
MARCELO.- Buenos días, «madame». Maité dice que me necesita usted urgentemente... |
||||
|
CÁNDIDA.- ¿Eh? ¡Usted! ¡Usted, «monsieur»18 Duval! |
||||
|
(Le mira de arriba abajo y de pronto rompe en una risa franca, clara, alegre19, incontenible. MARCELO, naturalmente, se la queda mirando atónito. Una pausa. Ella sigue riendo. MARCELO, muy azorado, se mira a sí mismo buscando el motivo de tan evidente regocijo.) |
||||
|
MARCELO.- ¡«Madame»! |
||||
|
CÁNDIDA.- (Sin dejar de reír.) ¡Ay! ¡Usted! ¡Usted! Nunca se me hubiera ocurrido. |
||||
|
(Y sigue riendo con toda su alma ante la estupefacción de MARCELO. Este vuelve a mirarse. Al fin, aunque muy impresionado, da un paso con mucha timidez.) |
||||
|
MARCELO.- ¡Señora! ¿De verdad resulto tan gracioso? |
||||
|
(Entran en tropel, por el fondo, MAITÉ, MANOLÍN y TONY. Con mucha algazara rodean a CÁNDIDA, a un lado de la escena. Al otro, muy distante, siempre en la luna, MARCELO.) |
||||
|
TONY.- ¡Colosal, mamá! Ya nos lo ha explicado Maité. Me parece muy bien que le des a papá una lección. Después de todo, si te autorizamos nosotros, la cosa no puede ser más decente... |
||||
|
MAITÉ.- (Mostrándole con el ademán, orgullosamente, a MARCELO.) ¿Eh? ¿Qué te parece? |
||||
|
MANOLÍN.- (Muy decidido.) ¿Vale este o buscamos otro? |
||||
|
TONY.- (Con ojo de experto.) No tiene mala facha. Es agradable... |
||||
|
MARCELO.- (Asombradísimo.) ¿Se refieren ustedes a mí? |
||||
|
MAITÉ.- ¡Claro! ¿A quién va a ser? |
||||
|
MARCELO.- (Boquiabierto.) Es asombroso, asombroso. |
||||
|
MAITÉ.- Me parece que este es el hombre que te conviene... ¿Te gusta? |
||||
|
TONY.- Di, mamá, ¿te gusta? |
||||
|
MARCELO.- Dígalo, señora, que no puedo más. ¿Le gusto? |
||||
|
CÁNDIDA.- (Sin atreverse a mirarle. Muy bajito.) Pues..., sí. |
||||
|
LOS TRES MUCHACHOS.- (Aplaudiendo.) ¡Bravo! ¡Bravo! |
||||
|
MAITÉ.- ¡Le gusta! |
||||
|
MANOLÍN.- ¡Le gusta! |
||||
|
TONY.- ¡Le gusta! |
||||
|
MARCELO.- ¿De veras le gusto? Es emocionante. |
||||
|
(MAITÉ se abraza a su tía. TONY y MANOLÍN pasan al lado de MARCELO y le estrechan la mano efusivamente, con gran entusiasmo.) |
||||
|
TONY.- ¡Enhorabuena, «monsieur» Duval! Le gusta usted. |
||||
|
MARCELO.- Gracias. |
||||
|
MANOLÍN.- Le felicito, profesor. ¡Chóquela! Y conste que mamá no habla por cumplir. Cuando ella dice que usted le gusta, es que le gusta. |
||||
|
MARCELO.- (Atónito.) Gracias, muchas gracias. Me siento muy orgulloso de gustarle a su señora mamá. Estoy encantado. Pero en fin, nunca hubiera podido sospecharlo. «Oh, mon Dieu». ¡Qué día! |
||||
|
CÁNDIDA.- Más tarde le explicaremos a usted el juego, «monsieur» Duval... Porque supongo que, en principio, todo esto le20 parecerá a usted una inmoralidad. |
||||
|
MARCELO.- ¿Una inmoralidad? A mí no, «madame». ¡Yo soy francés! |
||||
|
LOS TRES MUCHACHOS.- (Entusiasmados.) ¡Bravo! |
||||
|
TELÓN |
||||