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Juanita va a Río de Janeiro12

Víctor Ruiz Iriarte

Juan A. Ríos Carratalá (ed. lit.)



«Esta breve pieza fue expresamente escrita para ser representada en una de aquellas veladas -que muchos recordarán todavía- del pequeño teatrito de Cámara privado que dirigía José Luis Alonso en casa de [José Luis] Mañes. María Paz Molinero y Miguel Narros, dirigidos por José Luis Alonso, fueron admirables intérpretes de Juanita va a Río de Janeiro».


(Ruiz Iriarte 1984, 10)                


Esta Nota previa del autor en una revista americana que rescató Juanita va Río de Janeiro un par de años después de la muerte del autor, sitúa el origen de un texto alejado de los cauces de la escena comercial de la época. El «Diálogo dramático» entre Jeannette o Juanita y Jorge fue concebido para un teatro de cámara que, en realidad, era un domicilio donde se daban representaciones protagonizadas y contempladas por amigos de la casa. Fueron varias las iniciativas que aparecieron por entonces con similares circunstancias. La razón habría que buscarla en la necesidad de sustraerse a la presión de las empresas y la censura para representar un teatro más personal o audaz en sus planteamientos temáticos. También, en una afición que permitía afrontar dificultades y carencias, pues no era fácil obtener las debidas autorizaciones y, sobre todo, había que contar con la colaboración desinteresada de unos profesionales dispuestos a trabajar para una sola representación. Fernando Fernán-Gómez en sus memorias, El tiempo amarillo: memorias ampliadas (1921-2007) (Madrid: Debate, 1998), da cuenta de un fenómeno que duró hasta bien entrada la década de los cincuenta y que prueba el entusiasmo de una minoría culta e insatisfecha con lo representado en los teatros comerciales o públicos.

Víctor Ruiz Iriarte formaba parte de esa minoría culta y sensible, aunque ya hubiera dado sus primeros pasos como autor profesional. El diálogo dramático escrito para sus amigos es un esbozo de lo que pudiera convertirse en un drama, aunque de problemática representación porque incluye una circunstancia perseguida por la censura de la época. La censura también afectaba a los teatros de cámara o las representaciones en casas particulares, pero resultaba menos severa en función de la casi nula difusión que en ese marco se daba a las obras. Así, en Juanita va a Río, y a pesar de todos los eufemismos y sobrentendidos, se evidencia la relación sexual de una pareja al margen del matrimonio. Nunca se dice con claridad, se orilla cualquier referencia explícita, pero tampoco hace falta agudizar el ingenio para comprender que Río de Janeiro en esta obrita no es una ciudad brasileña, sino el sinónimo del goce sexual alcanzado por una protagonista que accede a los requerimientos de su novio y pierde su virginidad. «Yo digo que me voy a Río de Janeiro cuando cierro los ojos y tengo un sueño bonito», afirma Juanita, pero ese sueño ha sido carnal y concreto. El texto roza, por lo tanto, el límite de la osadía o de lo permitido por la rígida censura de la época.

Juanita es una modelo que trabaja en casa de madame Lenior; una de esas muchachas hermosas que, en las casas de alta costura próximas a Plaza de Independencia, pasaban modelos para las distinguidas señoras del barrio, y luego se dejaban caer por los cafés cercanos. Madame Lenoir la convierte en «Jeannette» cuando luce sus vestidos en los desfiles. Allí parece haber conocido a Jorge, enamorado de su virtud y capaz de secar sus lágrimas con castos besos. Sin embargo, un día surgió el imperativo varonil. El novio no se apercibió entonces de que lo deseado en la joven era «lo otro»: «el pudor y la castidad pueril de niña». Y una vez conseguido su propósito en un «meublé», se lamenta ante una desconcertada Juanita: «Yo amaba en ti la muchacha que enrojecía cuando yo le pedía un beso, la virgen heroica que sabe resistir un día y otro. Yo amaba en ti la mujercita furiosa que sabe rechazar una caricia. Yo amaba en ti tu fuerza que contenía mis deseos un día y otro. ¡Yo amaba en ti la virtud! ¿Por qué has cedido Jeannette?». Ante semejante reacción, es lógico que Juanita, que se ve convertida en «una cualquiera», reaccione y «ronca, casi sin voz» le conteste: «¡Canalla! ¡Canalla!» Jorge se sigue preguntando por qué «en medio de lo más hermoso está el pecado», pero para su pareja la pregunta no es retórica, el cambio resulta irreversible -«Ya nunca volveré a ser la que era»- y a partir de ese momento está dispuesta a ser «mala... Muy mala».

Ruiz Iriarte no solo recurre a los eufemismos sino que presenta la situación dramática con una calculada ambigüedad. El anuncio final dado por Juanita, su conversión en «mala», puede aludir a que la pérdida de la virginidad antes del matrimonio la convierte en una mujer al margen del decoro de la época. Mal asunto, pero también a una repentina dureza basada en la desconfianza que, a partir de ese desengaño, va a sentir con respecto a los hombres. Ambas posibilidades quedan abiertas y, en cualquier caso, la trasgresión moral arrostra una serie de consecuencias que la alejan del goce placentero. Viajar a Río de Janeiro tenía su contrapartida porque había que volver al Madrid de la posguerra, donde un grupo de jóvenes cultos y sensibles se planteaban casos como el de Juanita y Jorge.

La lectura de esta obrita, publicada por primera vez en la revista Manantial de Melilla, nos remite a los límites de unos teatros de cámara donde no se cultivaba la disidencia o la vanguardia. La aspiración fundamental era buscar un refugio donde respirar al margen de la rígida censura de la época y de la no menos disuasoria actitud de las compañías profesionales. Ninguna primera actriz querría hacer de Juanita en un teatro comercial y tampoco se lo habrían permitido, a pesar de que el pecado asomara y su condición final de «mala» no resultara alentadora para los espectadores. Daba igual, pues ni la más calculada ambigüedad facilitaba a veces el camino de una autorización para abordar temas que, en aquellas épocas, se consideraban «escabrosos». También para los jóvenes que propiciaron la representación, aunque en la vida real la intérprete de aquella Juanita hubiera superado el problema de la sexualidad, incluso la maternidad, al margen del matrimonio. Su condición de actriz y pareja de un difunto escritor notoriamente falangista como Samuel Ros la situaba a salvo, dentro de lo que cabe. Y, puestos a imaginar, el «¡Canalla!» que suelta su personaje sería intencionado, porque estaría dispuesta a ser «mala» sin necesidad de albergar una mala conciencia.

Triste época la evidenciada por estas circunstancias y semejantes debates servidos en forma de Diálogo dramático. El autor buscaría con su texto la sugerencia y la polémica en un pequeño círculo de confianza. Conviene repasarlo para comprender la necesidad de crear un mundo basado en el sueño y el ideal vinculado casi siempre con el amor. El objetivo era compartir el optimismo y la felicidad. Se justifica así el empeño de un Víctor Ruiz Iriarte que un día jugó a la audacia permitida gracias a la amistad con gentes del teatro como José Luis Alonso y Miguel Narros, tan decisivos en la evolución de unos escenarios que ellos siempre intentaron ensanchar para albergar una expresión más libre.

Juan Antonio Ríos Carratalá

Universidad de Alicante





PERSONAJES
 
ACTORES
 
JEANNETTE. MARÍA PAZ MOLINERO.
JORGE. MIGUEL NARROS.



ArribaActo único

 

Una estancia sencilla y un poco anticuada. Un balcón. Un sofá. Una chimenea con espejo. Alguna vieja litografía. Todo tiene un aire vago, sin personalidad, como si estas paredes, a lo largo del tiempo, hubiesen acogido a gentes muy diversas. Una sola luz: una gran pantalla junto al sofá. El resto de la sala queda en una discreta penumbra. Y en algún rincón hay sombra absoluta.

 
 

Al alzarse la cortina no hay nadie en escena. Unos segundos de pausa y, enseguida, se abre una puerta y entra JORGE. Es un hombre joven. Cierra la puerta tras de sí. Mira alrededor con un sutil disgusto, con hondo abatimiento, casi con asco. Muy despacio, se dirige al sofá y se echa perezosamente. La pantalla derrama su luz sobre su rostro pálido. Está inmóvil, con los ojos clavados en el techo de la habitación. Un gran silencio.

 
 

Al cabo se abre la misma puerta y surge despacio, casi de puntillas, JEANNETTE. Una muchacha joven, graciosa, bonita. Tiene los ojos brillantes por un vivo gozo interior. Vuelve a cerrar la puerta, se apoya suavemente en la madera y durante unos instantes contempla amorosamente a JORGE, que no se mueve, como si no sintiera su presencia...

 
 

Otra pausa. JEANNETTE va a la chimenea y, de cara al espejo, termina de arreglarse su peinado con alegre coquetería. Canturrea muy tenue, para sí misma, una cancioncilla de moda. Él sigue sin moverse. JEANNETTE, al terminar su tocado, se mira risueña y feliz en el espejo. Y va hacia el sofá. Detrás del respaldo se inclina hacia delante y sonríe a JORGE, dichosísima, enamorada. Intenta besarle.

 

JORGE.-  Deja... ¿Qué quieres?

JEANNETTE.-   (Sonríe.) Un beso.

JORGE.-  ¿Otro?

JEANNETTE.-  ¡Sí!

JORGE.-   (Bajo.) ¿No han sido demasiados?

JEANNETTE.-   (Ríe bajo.) No, nunca...  (Le besa.)  Te adoro.

 

(Una pausa. Ella ríe y se aparta. Vuelve a la chimenea. Coquetea consigo misma en el espejo. Y se ríe bajo otra vez.)

 

JORGE.-   (Muy cansado.)  ¿Por qué te ríes?

JEANNETTE.-  Pienso en madame Lenior... Me lo conocerá mañana.

JORGE.-   (Indiferente.) ¿Tú crees?

JEANNETTE.-  ¡Oh! Estoy segura. Madame adivina todos los secretos de sus modelos. Es inútil ocultarle nada. Cuando me vio por primera, se me quedó mirando y me dijo de buenas a primeras: ¡Hija mía! ¿Es usted virtuosa? Sí, lo es. No hay más que verla. Entonces es usted la modelo ideal que necesito para exhibir los vestidos de mañana. Por la mañana, todas las mujeres quieren parecer virtuosas. ¿Cómo se llama usted? Juanita. No, eso no; Juanita, de ninguna manera, ni siquiera luciendo mis modelos de mañana3. Se llamará usted Jeannette. ¿Le gusta? Sí, madame.  (Ríe.)  Es deliciosa madame Lenior. Mañana, ya la estoy viendo: me mirará fijamente, abrirá mucho la boca, y me dirá: ¡Oh, mademoiselle Jeannette! La noto algo extraño. ¿Qué pasó anoche? Vamos, dígamelo todo.  (Ríe ante el espejo.)  Es como una bruja.

JORGE.-   (Sofocado.)  ¡Cállate, Jeannette!

JEANNETTE.-   (Se vuelve sobresaltada.) ¡Jorge! Me has asustado...

JORGE.-   (Una transición.) Habla más bajo. Ten cuidado. Pueden oírte.

JEANNETTE.-  ¿Quién?

JORGE.-  Los demás... Detrás de esos tabiques hay otras habitaciones como esta nuestra. Y seguramente otros hombres y otras mujeres como tú y como yo.

JEANNETTE.-   (Sonríe iluminada.) ¿Cómo nosotros? ¡No es posible!

JORGE.-   (Tibiamente irónico.) ¿Crees que tú y yo estamos solos en esta casa... y en el mundo?

JEANNETTE.-   (Se vuelve hacia él, casi resplandeciente.) ¿Y no es así, Jorge? ¿Es que los demás se aman como nosotros? ¿Es que nuestro amor puede parecerse a ningún otro amor?

JORGE.-   (Débilmente.) No... todo lo nuestro es distinto. Pero, calla, Jeannette. No hables. Quisiera estar un poco así, con los ojos cerrados sin pensar nada. Nada; calla, Jeannette.

 

(Él cierra los ojos. Ella, muy despacio, viene a su lado, se sienta en el suelo y le coge una mano, con la que se acaricia su propia mejilla. Y habla como en un susurro tímido, dócil, como un eco. Él, con la mano abandonada, cierra los ojos.)

 

JEANNETTE.-  ¿Te vas a Río de Janeiro?

JORGE.-   (Sin abrir los ojos. Sin moverse.)  ¿Qué es eso?

JEANNETTE.-   (Ríe suavemente.)  Yo digo que me voy a Río de Janeiro cuando cierro los ojos y tengo un sueño bonito. Desde que era una chiquilla me he representado así la felicidad: como un viaje maravilloso a Río de Janeiro. Nunca he sabido por qué... Todas las noches, antes de quedarme dormida me gusta cerrar los ojos y marcharme allá un poco.  (Pausa. Sonríe.)  Pero esta noche ha sido verdad. Esta noche tú y yo, juntos, hemos estado en Río de Janeiro.  (Le besa la mano con infinita ternura.)  Siempre que tú vayas me llevarás contigo. ¿Verdad, Jorge?

JORGE.-   (Bajo, sin abrir los ojos, desde muy lejos.)  Sí, Jeannette.

 

(Un silencio. Ella recorre con los ojos todos los rincones de la estancia, y tiene un suave estremecimiento, como un mohín.)

 

JEANNETTE.-  Estamos casi a oscuras. Pero, ¿por qué no han puesto un jarro con flores? Debiste traer unas pocas flores, Jorge.

JORGE.-  ¡Oh! No es costumbre. Hubiera sido un poco ridículo. Se hubiera reído de nosotros el criado que abre la puerta.

JEANNETTE.-   (Mohína.) ¡Ese estúpido! Cuando llegamos te miró de reojo con una sonrisita. Le vi muy bien...

JORGE.-  ¡Bah!

JEANNETTE.-  Y a mí, no digamos. Es un insolente. Un descarado. ¿Por qué se atrevió a mirarnos así?

 

(Él, contrariado, se pone en pie bruscamente. Ella se incorpora también.)

 

JORGE.-  ¡Oh, basta, basta, Jeannette! Termina de arreglarte. Aquí me ahogo.

JEANNETTE.-  ¿Irnos? ¿Tan pronto? ¿Qué hora es?

JORGE.-   Las tres, las cuatro... No lo sé. Pero es necesario que llegues a tu casa antes de amanecer.

JEANNETTE.-   (Dulcemente.)  No me importa nada...

 

(Él está ahora en pie, tras el sofá, en la sombra. Ella, bajo la luz.)

 

JORGE.-  ¡Jeannette! ¿Qué dices?

JEANNETTE.-  Todo aquello me parece ahora tan ridículo, tan triste, tan pobre... Mi casa, con aquella alfombra absurda en el pasillo; las palmeras del recibimiento, el reloj del comedor. Y mi alcoba, mi alcoba cursi de muchacha romántica, llena de cretonas, de fotografías y de novelas. Con los versos de Bécquer en la mesilla de noche, y el diario encerradito con llave en el cajón... ¡Qué tonto es todo aquello, Jorge! ¡Qué lejos ha quedado!  (Un silencio.)  No quisiera volver allí. Me quedaría a tu lado en cualquier parte... Aquí mismo.

JORGE.-   (Estremeciéndose.)  ¡Aquí! ¿Te has vuelto loca?

JEANNETTE.-   (Sonríe y mira alrededor.) ¿Por qué no? Esto es bonito.

JORGE.-   (La toma de los hombros con alguna violencia.)  ¡Mírame! ¡Despierta!4 Son las cuatro de la madrugada. Y somos una de tantas parejas que a esta hora están encerradas entre cuatro paredes en las habitaciones de esta casa de las afueras. Todas estas habitaciones son iguales, Jeannette. Todos los huéspedes de esta noche hemos venido aquí de igual modo: en un coche que no hace ruido, llamando a un timbre que apenas suena... Y a todos nos ha abierto la puerta ese criado insolente y estúpido que ríe igual siempre, siempre, siempre... Que tiene la misma sonrisa para todas las parejas, todas las noches. ¿Me has oído, Jeannette? ¿Recuerdas ya dónde estás?

JEANNETTE.-   (Suave.)  Sí, Jorge. Tú y yo estamos en Río de Janeiro.

JORGE.-   (La suelta desconcertado.)  ¡Oh!

JEANNETTE.-  ¡Jorge! ¿Cómo son esas otras parejas? Cuéntame...

JORGE.-   (La mira intensamente con un brillo de amargura en los ojos.)  Son... hombres y mujeres. Anoche, al entrar aquí yo también creía que nosotros no éramos como todos. Tú eras diferente a todas las mujeres que llaman a esta puerta. Eras la muchacha buena que yo traía por primera vez casi en brazos, tapando sus lágrimas con mis besos. Eras la muchacha más virtuosa de casa de madame Lenior. Pero, ahora, después, has cambiado, Jeannette.

JEANNETTE.-   (Suspensa.)  ¡Jorge!

JORGE.-   (Airado.)  Te ríes, te sientes feliz entre estas espantosas paredes que huelen a pecado, a vicio y a remordimiento...  (Con angustia.)  ¡Oh, Jeannette, Jeannette! ¿Es que, después, todas las mujeres sois iguales?  (Ella le mira con asombro.)  Dime, Jeannette.  (Con enorme angustia.)  ¿Es que no estás arrepentida?

JEANNETTE.-  ¿Arrepentida?  (Sencillamente.)  No.

JORGE.-   (La suelta y cae agobiado en el sillón.) ¡Oh, Dios mío! ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos hecho?

 

(Él se tapa la cara con las manos. Ella se arroja de rodillas, en el suelo, a sus pies5.)

 

JEANNETTE.-  ¿Qué dices, Jorge? Si no hace más que unos momentos eras un loco feliz, si me ahogabas entre tus brazos, si me has besado mil veces y aún me duelen los labios como si tuviera fiebre... ¡Jorge! ¡Jorge! ¿Cómo puedo estar arrepentida? ¡Si esto ha sido tu felicidad! ¡Si te pediría perdón por haberme resistido tanto tiempo! Pobrecito mío, cuánto has debido sufrir... Tú, tan enamorado, tan apasionado.  (Le toma las manos y se las besa.)  Me has hecho muy feliz, Jorge. Ha sido el mejor viaje a Río...  (Sonríe.)  Era de noche y la bahía estaba llena de luces, de estrellas, de palmeras. Abrázame, Jorge, mi Jorge. ¡Qué lejos se ha quedado allá, en su alcoba, la otra Jeannette, la pobre Jeannette!  (Ríe bajo.)  ¿Quién lucirá ahora los modelos de mañana de madame Lenior?

JORGE.-   (Revolviéndose airado, violento.) ¡Cállate! ¡Cállate! ¡¡No te rías!!

JEANNETTE.-   (Aterrada.) ¡Jorge!

JORGE.-  ¡No puedo oírte reír aquí! ¡Me vuelvo loco! ¡Me hace daño! Pero, ¿es que no te das cuenta de lo que ha ocurrido aquí esta noche? Has sido mía, mía. ¿Lo oyes, Jeannette?

JEANNETTE.-   (Absorta.)  ¡Claro! ¿No lo has querido tú?

JORGE.-   (Desesperado.)  ¡Oh! ¡Sí, yo lo quería!

JEANNETTE.-  ¿No eras tú quien suplicaba todos los días, todas las horas?

JORGE.-  ¡Sí! He sido yo, yo, yo. Pero6, yo creía que todo sería distinto... Yo esperaba que en estos momentos estuvieras en mis brazos con los ojos llenos de lágrimas. Yo esperaba que al salir de ese cuarto serías como una paloma con las alas rotas. Pero te he visto aparecer por esa puerta y te he visto reír, venías radiante, venías contenta. ¡Venías feliz! La modelo más virtuosa de madame Lenior sale de su primera noche de amor risueña y feliz como una...

JEANNETTE.-   (Retrocede. Ronca.) Jorge, Jorge...

JORGE.-  ¿Todavía no comprendes? ¡Torpe! Yo amaba en ti lo otro. ¡Lo que has perdido! Yo amaba en ti tu pudor, tu castidad pueril de niña. Yo amaba en ti la muchacha que enrojecía cuando yo le pedía un beso, la virgen heroica que sabe resistir un día y otro. Yo amaba en ti la mujercita furiosa que sabe rechazar una caricia7. Yo amaba en ti tu fuerza que contenía mis deseos un día y otro. ¡Yo amaba en ti la virtud! ¿Por qué has cedido, Jeannette?  (Casi ahogado de rencor.)  ¡Yo amaba en ti todo lo que has perdido esta noche!

JEANNETTE.-  Pero me has traído tú... ¡Tú lo has querido!

JORGE.-  Calla, calla. Ahora comprendo que intentaba vencer tu virtud solo para verte resistir. Porque ese era tu encanto; porque así me fascinabas. Porque mi amor, más que para ti misma, era para tu maravillosa virtud...

JEANNETTE.-  Entonces...  (Temblando.)  ¿Qué has hecho conmigo8? ¡Jorge! ¿Es que soy una cualquiera?

JORGE.-  Calla, calla, Jeannette.

 

(Ella le mira fija, con los ojos muy abiertos, despavorida. Avanza unos pasos.)

 

JEANNETTE.-  ¡Dímelo!  (Ya está frente a él. Le mira locamente. De pronto, alza la mano y le cruza varias veces la cara.)  ¡Canalla!...

JORGE.-  ¡Oh, Jeannette!

JEANNETTE.-   (Ronca, casi sin voz.) ¡Canalla! ¡Canalla!

 

(Él, sin voz y sin fuerzas, se tapa la cara con las manos y cae extenuado en el sofá. JEANNETTE, inmóvil, le mira aterrada, llena de pavor. Un silencio trémulo de angustia. En el pecho de JEANNETTE brota un sollozo que la estremece. Mira en torno con indefinible espanto, como si por primera vez entrase en esta sala. Los sollozos y la soledad la ahogan. Tiene miedo, un miedo infinito. Un grito, y corriendo entra como loca en la alcoba y cierra la puerta de golpe. Una pausa larga, larga. Si en la chimenea hubiera reloj, se oiría brotar en el aire su tic-tac. JORGE se incorpora lentamente. Ahora, sentado en el sofá con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, espera... Vuelve a abrirse la puerta de la alcoba. Y surge JEANNETTE con un abrigo sobre los hombros. Ya no solloza. Se apoya en la jamba, desfallecida. JORGE la oye, pero no la mira, y habla como para sí mismo.)

 

JORGE.-  La vida no es como tus viajes a Río, Jeannette... Así somos los hombres. Si nosotros supiéramos qué es lo que de verdad deseamos. ¡Si pudiéramos saber! ¿Por qué es todo así, Dios mío? ¿Por qué después de amar hay que tener remordimiento? ¿Por qué en medio de lo más hermoso está el pecado? ¿Por qué?

JEANNETTE.-   (Estremecida.) ¡Sácame de aquí, Jorge! En la habitación de al lado hay una mujer riendo y es espantoso oírla. Todo lo que nos rodea es horrible. Esta casa es el infierno... Ahora comprendo por qué se reía de mí ese criado. Te conoce, ¿verdad? Has estado aquí otras noches, con otras mujeres. Calla, no lo niegues.  (Un silencio. Mira en torno y tiembla.)  ¡Jorge! ¿Por qué me has hecho despertar?

JORGE.-  ¡Jeannette!

JEANNETTE.-  ¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí, Jorge! ¡¡Vámonos!!

JORGE.-   (La recoge, la estrecha, la besa.) ¡Grita, Jeannette, grita! Llora... Quiero tus lágrimas. ¡Las necesito! Esas lágrimas te hacen volver a ser la que eras. La que yo quería.

 

(Ella se separa y le mira dura, fija, rencorosa, inexorable.)

 

JEANNETTE.-  No. Ya nunca volveré a ser la que era. Desde hoy seré mala... Muy mala.

 

(Él la sigue, desconcertado.)

 

 
 
TELÓN