Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

  —163→  

ArribaAbajoDía quinto

Acordo y no sei se estoy en el quinto día o en el cuarto. Abro los ojos, me los esfrego. Sé que estoy en un escenario vacío, un gran espacio de nada, iluminado por gruesas columnas de luz que entran por escotillas abiertas. Estoy en la barcaza, recordo, en los porones de carga de la barcaza. Los porones están vacíos, desiertos, pelados, bodegas olvidadas. En otros tiempos, de cierto que estas bodegas estarían colmadas con todo lo que se puede colmar una bodega. En otros tiempos estos espacios, ahora vacíos, serían el picadero de carregadores, marchantes, veedores, espacios nutrientes para encher los templos del negoz. Hoy están vacíos. Pergunto: están vacíos porque hay otros espacio, otra chata más nueva y eficiente, o porque está aquí, esta chata y estos espacios, simplemente esperan el momento, la oportunidad propicia para carregar? Estoy en el cuarto o en el quinto día? Puede que esté en el quinto. No importa. Puede que esté en el cuarto. No importa dije. Estar en uno u en otro se prende a una discusión que no quiero entablar a esta hora da matina. Será la matina? Debe ser mucho más. Debe ser por ahí, al medio día. O a lo mejor un poco más tarde. Lo que sí sé, a ciencia cierta, es que estoy en un gran espacio vacío, a bordo de una chata que está atracada, por algún motivo que no conozco, al muelle de una   —164→   urbe costanera. Puede ser que esta chata esté abandonada, y no apenas atracada. Puede ser que la hayan dejado para que la coma la maresía con su voracidad errumbrante. Lo que también es cierto es que falta poco para que termine mi plazo, y por ende, la misión.

Carmen continúa la incógnita que era cuando todo esto comenzó. Contudo, hoy puedo decir que sé mucho más de ella, no quiero acordarme, pero sé mucho más de ella de lo que sería bueno o sano saber. No sé lo esencial, lo cuántico: no sé dónde está. Sé quién es, no sé en dónde está. Y si supiera en donde está, por acaso sabría quién és?

Se me ocurre una idea cachiporra: hasta ahora, siempre la encontré a Carmen en escenarios virtuales en donde no estaba yo, en donde no estaba yo en el momento en que la teclaba en mi gem. Ella tampoco estaba presente. Nos encontrábamos en terceras opciones a partir de los axiomas preparados por mí en el gem. Mi ventaja, mi única ventaja, es que siempre propuse los escenarios del encuentro: yo daba la partida para la axiomatización. Ojando el gran depósito que tengo delante mío, un espacio vacío, pelado de cualquer objeto, me recordo de un palco. La luz que entra de afuera, por las escotillas, parece venir de cañones de luz que están dispuestos a revelar personajes, todavía ausentes. Hay un clima de expectativa, un silencio de espera, un preparo para acontecimientos. Yo estoy aquí. Voy a jugar a partir de este palco. La chamo a Carmen para estar aquí também. Yo estoy aquí, real, ella será virtual.

Si no fuese, suponiendo que no fuese de esa forma, suponiendo que ella estuviera aquí, nos miraríamos face a face, como quiere el profeta y ahí, entonces, sí que acababa toda a   —165→   historia, no por falta de tema, a la fufuqui, mas por transparencia del símbolo, a ligor caruso. Como no pode ser, vamos a actuar la alegoría posible.

Ella se me aparece del otro lado del palco, digamos que es un palco. Está en pie, las manos las tiene para atrás del cuerpo, la cabeza la tiene erguida, el mentón levantado, la mirada pa riba, inclinada paún lao. Descansa el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda. La pierna derecha la tiene distendida, digamos que está distendida.

No sabe que estoy aquí, no da muestras de sentir mi presencia. Yo la ojo por un largo rato. No es muy alta. Parece mucho más alta de lo de veras es. Es bella, no hay dudas, y misteriosa.

La chamo:

-Carmen.

Ella produce un suspiro de fastidio, no me mira y exclama:

-Servus, nocheinmal!

Me adelanto a cualquier insulto y le anuncio, con melodía ruiseñora en la voz y ovejándome el espíritu:

-O teu goto de merda te quer falar.

Ella es rápida y me gana de mano:

-Teu goto, un catzo.

Antes de que la cosa se ponga fea y la revuelta gane los porones, yo le anuncio:

-Poncha, te suaviza as ínfulas y te aconchega na paz, que temos que conversar.

-Qué tú quer?

La manera áspera de dirigirse a mí, no tiene razón de ser. Con paciencia pre irónica, le pido que repita la cuestión:

-No gostei do ton, repete.

-Qué tú quer?

-Continúo no gostando, repete.

  —166→  

-Qué tú quer?

-Casi, casi bon, repete.

-Qué tú quer?

Ella repetía la pergunta con el mismo tono de la primera vez y repetiría la pergunta, con el mismo tono desafiante y desagradable de la primera vez, mil veces si fuese el caso. Era yo, el de carne y hueso, el que tenía que mudar, o de pergunta, o de estrategia, para romper el círculo viciado.

-Qué eu quero? Te encontrar, tú sabes diso Carmen.

-No te poso ayudar.

-Es verdade, y no te pido que me mostres o camino. Yo lo enconrao. Sólo te pido que mientras lo procuro, mientras trato de cumplir mi papel, tú comprendas lo que nos toca vivir a cada uno, y no dificultes nuestro relacionamiento.

Ella me oja con atrevimiento y pergunta:

-Debo ser boasiña mientras tú me quieres devorar, queres que eu represente el papel de cordero?

-De ninguna manera. Nuestros destinos están sellados, cada uno de nosotros sabe cómo termina la historia esta. Por eso, si el destino tiene apenas que cumplirse, y nada más que eso, mantengamos nuestra dignidad. Ifiugaregou, iugaregou, punto.

La ojo en closap, ojo sus labios que modulan, mientras la mirada, la tiene ausente:

-Aimnotsochur, no sé si es así, no soy fatalista y no creo que esté todo dicho. Si estuviera todo escrito, ni precisaba llegar al momento presente, a esta frase: yo estaría con Mitre, a su lado y tú non terías historia pra contar. Yo fuchí, member?

Ella quería ver un acto de libertad en su fuchida. La fuchida era un acto libertario, la había puesto en libertad, pero el acto en sí, porque estaba determinado, no era un acto de friuil.

Estaba pensando cómo ser didáctico y explicarle la cuestión a Carmen, cuando el barullo de una explosión brutal, un   —167→   auténtico, gelovenois, me sacudió a mí y a todo mi entorno. El herrumbre que brotaba de las chapas de la chata, más los polvos pegoteados a las chapas a lo largo de muchos años, se soltaron por el efecto de la vibración seca que sacudió a todo. Una nube de color indefinido, una mezcla de olores, una turbiez que picaba los ojos, se desprendía y flotaba en el aire. Carmen permanecía inmóvil, imperturbada. Era como si no hubiese sentido la explosión. En verdad ella no la había sentido, no tenía cómo sentirla. La explosión ocurría en la chata en donde estaba yo, no en la chata en donde estaba ella. Carmen sólo podía saber que algo había ocurrido, en donde yo estaba, observándome a mí y observando las modificaciones que se manifestaban en mí a partir de lo ocurrido. Yo, cuando lo de la explosión, me sobresalté, me asusté, habré puesto cara de pánico, pero no dije que había oído, escuchado, presenciado, en el sentido de haber sido presencia, a una explosión. Ella, ojándome a mí, podría saber que algo había pasado, que algo me había asustado, sobresaltado, pero no podía saber qué, exactamente qué había ocurrido. A menos que yo le informase. Carmen pergunta, contrariando lo que acabo decir y sin alterar la expresión vacía que manifiesta:

-Que foi esa explosión?

La miré a Carmen, estupefacto. Si ella había oído la explosión es porque estaba en la misma chata que yo. Claro! Era la única manera. Y si ella estaba antes, estaba ahora. Dicho de otra forma: Carmen estaba, en este momento, delante mío, compartiendo el mismo espacio físico que yo, en la chata, en el porón de la barcaza. Y yo, la había encontrado, finalmente. Procuré no mostrar ninguna emoción en la voz. Le pergunté:

-Tú ouviste la explosión?

Y ella, impaciente, malcriada, agresiva:

-No soy sorda.

  —168→  

Con mucho cuidado, con el cuidado gatutino con que se acerca uno al nido, me fui revelándole lo que descubría:

-Carmen, si tú ouviste, y me dices que ouvistes la explosión, me dices que ouviste la explosión porque no eres sorda, esto significa que estamos chuntos aquí, estamos chuntos no porón, estamos feistufeis: te achei, Carmen, te achei.

Ella no pareció entender mis palabras. Repitió:

-Eu ouvi uma grande explosión. A explosión sacudíu todo y a nube de puerquezas resultante, irritó meus ollos.

No pude contenerme. Salté de alegría, conmemoré, aplaudí, grité:

-A mí también, a mí también, a nube de puerquezas irritó meus ollos. Estou con os ollos ardiendo, estou con os ollos chorando de tanta puerquezas que a explosión provocó.

Y ella:

-Y por qué te contentas, goto de merda?

Y yo triunfante:

-Porque, iusí, estamos juntos, Carmencita, en el mismo bote real, juntos en la misma explosión, real, no virtual: yo te achei, Carmen, y te poso llevar a Mitre que me contrató.

Yo estaba eufórico. La misión llegaba al fin, antes del plazo. Yo había cumplido mi trabajo. Carmen me ojaba de una forma extraña, como si empezara a entender lo que significaba haber oído la explosión, estar en la misma chata que yo, estar a apenas metros de mí, su captor. Me lanza, con un perfume de desespero en la voz:

-Él me maltrata.

-Notmaibiznez.

-Él me hace sufrir.

-Dongivadem.

Es siempre lo mismo, todos son iguales, todas son iguales: na hora final, na hora da verdade, todos quieren dar su versión, exponerla, al juicio del teruco con poder. Lo que nunca   —169→   entienden es que el teruco con poder, tiene poder para hacer pero ni siempre, casi nunca, poder para resolver. Yo no soy juez. Yo le muestro que no estoy dispuesto a oír lamentos que me puedan desviar de mi intención de detenerla:

-Carmen, esto y mais cualquer coisa, tú le explicas a él. Ella suelta una carcajada nerviosa:

-Y tú pensas que él escuta?

-Escuta o no escuta, no es mi problema.

-Me mato antes.

No me caliento con la amenaza. Mi contrato habla en buscarla, encontrarla y traerla de cualquier manera, a la hembra huida de Anastasio Mitre. Viva o muerta. Le puntualizo esto, para evitar escenas patéticas y derramamiento de sangre a toa:

-Las condiciones de mi contrato son tales que eso no me importa.

-No te importa que eu morra?

-No me importa que tú morras.

-Te da igual?

-Igualito, igualito, nomás.

Terminaba de decir la frase cuando oigo a una multitud que se acerca. Digo multitud porque oigo que se acercan pisadas fuertes, de mucha gente. Oigo gritos de orden, gritos de obediencia. No veo a la multitud que se acerca. Vienen, se aproximan desde el fondo del porón que está a oscuras. La multitud se aproxima pero todavía no entró en escena. Yo miro en vuelta, instintivamente procuro un lugar para me esconder. Lo que llega no me parece amistoso y no quiero mostrarme. Ojo en vuelta y no hay nada para taparlo a uno, no hay lugar para esconderse. El porón es un palco desnudo, abierto. Las voces y los pasos se acercan. De repente, con la luz que cae de una escotilla sobre los que llegan, puedo ver quienes son. Me   —170→   quedo paralizado por el terror: Es Mitre con sus guardias y sus asesores. Viene desde el fondo del porón, camina gritando órdenes y voluntades:

-Llámenlo al secretario, que me traiga los decretos pertinentes, las versiones favorables y las contrarias, quiero decidir a la luz del día y de la noche-. Mitre se interrumpe, de repente. Para. Mira en vuelta. Parece querer situarse en el entorno. Pergunta:

-Qué es esto? Parece un palco.

El lambeculo de turno se precipita a tomar su lugar dentro del área de luz que baja de la escotilla:

-Presidente, esto es un espacio vacío que se llenará con las augustas vontades do nuestro creador, Anastasio Mitre. Mitre lo mira al lambeculo. Mira en vuelta. Lo vuelve a ojar al lambeculo. Le dice:

-Espacio vacío? Me parece un palco. Y el lambeculo como un rayo.

-Es un palco, Presidente!

Mitre lo oja por un instante al otro que, modestito, se va retirando de la zona iluminada. Como si no se hubiera interrumpido, Mitre retoma, con voz de mando, la vociferación de las órdenes que ahorita tronaba:

-Que fusilen al ministro del interior, tetamilón hijo de puta; no, que no lo fusilen, mejor -y con voz suave, con evidente placer de gurmé-, mejor: átenlo a un poste, arriba de un hormiguero, pueden ser las coloradas o las negras, que estén hambrientas, átenlo de cabeza para bajo y que no se me duerma, no dejen que se desvanezca, no permitan que pierda la consciencia; quiero que lo formigueen bien, por todo el cuerpo; que alguien me cuente después cuanto tiempo aguantó. Tengo que saber si es un castigo digno del nombre; traigan a mi caballo nuevo, el alazán, para que lo aplaudan los senadores; quiero   —171→   milanesas en el almuerzo y oigan, cuantos oigan esto, escuchen bien: esta tarde, después de la siesta, quero que me sorprendan. Entendido? Quero que me sorprendan, entienden? Quero ojar a alguien nuevo. Se me entiende la orden?

El coro respondió con afirmación positiva mientras que a un secretario, lo vi salir corriendo; se esfumó en los bastidores para buscar, de inmediato, a una hembrita para sorprender el despertar del todopoderoso.

Esto era Mitre, en un típico despacho peripatético. Yo continuaba petrificado, esperando ser descubierto a cualquer momento. Pedía un milagro y esperaba que, de repente, el piso del porón se abriera y que me tragara el infierno.

Lo veo a Mitre que se acerca a Carmen, se dirige a ella. Cambia la voz, deja la voz áspera de mando, modula la voz con suavidad, y le pergunta:

-Que foi a explosón, meu corazón?

Carmen suelta una rizada gustosa y le responde:

-Ringsmianairishbel. De cerco una interacción a distancia que algunos ignorantes teiman en confundir con otra coisa. Mientras habla, mientras dice lo último, la maldita mira en la dirección mía y pone cara de asco. Yo pienso que me llegó la hora. Mitre le acaricia la cabeza, el pelo, la cara y le dice:

-Cómo era o cuento?

Carmen se pone profesora y le contesta didáctica:

-Simples: gemelos, por mais distanciados que estén, se acontece una coisa a un, acontece a mesma coisa ao outro.

-Fantástico, y por qué sería?

-Erp, el sacerdote no sabe, mas te dou a opinión mía: acho que es tudo un: parecen dos pero es uno en realidad.

Mitre sonríe maravillado:

-Cuántas y cuántas veces ya me falastes da teoría?

Y ella, doctora sabichona:

  —172→  

-Sólo haría sentido responderte si hubiese medido las veces. Y él, buen alumno jodón:

-Ah! gatiña de shredinguer, veo que a cabeciña funciona mais rápido do que a luz.

-Para me salvar la pele, faso o imposible.

Mitre continúa acariciando a Carmen. Pero ahora hay algo nuevo en su postura. El semblante se le turbia, y en la voz, nace un otoño plantado de amenazas. Dice, como si estuviera recordando algo muy remoto:

-Un día vai chegar y vou te mandar buscar con odio. Carmen se asusta, se voltea la cabeza y lo mira:

-Y por qué, misir?

Mitre no responde de inmediato. Quiere aclarar un recuerdo futuro que todavía parece lejano. Dice, pausado:

-Porque un día en vou saber.

Carmen sacude la cabeza, muleca, y le lanza:

-Qué vais saber, nobelpraice?

Él la mira en los ojos. La expresión, la tiene dura:

-Vou saber das tuas andanzas.

Carmen se le planta y le tira al vuelo:

-Mis andanzas son públicas y nada hago que tenga que esconder. Vivo a la luz del día y no permito que me duden. Mitre no retoma de inmediato su parlanza. La mira a Carmen, la oja con atención, balancea la cabeza y anuncia, como un profeta de libro librorum:

-Un día tú vais me trair, y eu vou saber; vais me trair no camarote de un barco, allí donde tú sabes que no te poso vichiar. Teño horror al agua. Será uma noite de nieblas y el aviso lúgubre de la sirena, te repetirá el recuerdo, una y otra vez, del mal negocio que ficestes al haber nacido.

Carmen produce una risa nerviosa:

-Nats. Con quién te podría traicionar, macho?

  —173→  

La voz de Carmen es melosa, diáfana, una voz de traición anunciada. Mitre la larga a un lado. Se voltea, de forma brusca, le da las espaldas, se afasta ruidoso con su corte de asesores, pero no deja de responderle:

-Quién es, no importa. Vale como un goto de merda.

Carmen lo provoca y le grita:

-Y a quién mandarás que me busque con odio?- Mitre no le responde, se aleja, ocupado con cuestiones de estado. Carmen vuelve a perguntarle: -Y al final, me encuentran o no?

No hay respuesta.

El ruido de pasos se perdió en algún lugar, no fundo da escuridón que existe en el fondo del palco, digamos que sea un palco.

Cerré los ojos, con fuerza, para que nadie me viera. Cuando los volví a abrir, tempos y tempos depois, muito depois de no ouvir mais nada por cerca, ni pasos, ni la voz tonitruenta de Mitre, cuando volví a abrir los ojos, ella me miraba, se sonría y se burlaba. Se lambuzaba toda. Esperó que yo la viera bien, esperó un ratito malvado que todo el humo del pavor se disipara y me lanzó, con voz pueril de víbora de paraíso:

-Qué coisas, mas que coisas se ouven por ahí.

Yo no me moví de mi lugar, estaba como con ruptura severa de médula, pero le hablé como si estuviera tirado, abrazado, en adoración, a sus pies:

-Me diz que non es verdade, me fala que no aconteció.

-Darlin, para mí valió cada minuto. Facía de novo, tudiño de novo.

De qué me hablaba? Todo lo ocurrido en el camarote fue una gran brincadeira en el gem. Le supliqué mi inocencia:

  —174→  

-Eu no fiz nada, te lo juro.

Y ella, maldita:

-Tu fez sim e fez mais de una vez y agora, ele vai saber lo que pasó no camarote, vai saber y vai morir de invecha.

Yo le respondo desesperado:

-Cómo? Quem vai contar? Eu matei o capitón.

Ella ríe con desprecio:

-Lov, aquel pobre coitadiño que fuchia da guerra, aquel, no conta nada. Es Mitre que desconfía; no sabe certo de qué desconfía; desconfía, desconfía de traición, sabe que va a ocurrir en un barco en alta mar, sabe que habrá nieblas y cuando ele desconfía con tantos detalles do panorama, Mitre sabe, con certeza. Tú mesmo no lo ouviste dicer? dijo que era un goto de merda. Ele sabe.

-Estou perdido.

Carmen se olvida que estoy presente y parece hablar para sus adentros, como si estuviera confesándose:

-Pensando bem: que poca estima me tiene. Desconfía que me voy a la cama, a hacer puchero, con tan poca cosa. Pensando mejor: qué poca estima se tiene él, para pensar que le roba su humedad un don poto cualquiera.

-Estou perdido.

Ella me oja con ojos que no muestran la menor piedad y me lanza, arrogante:

-Te falei, goto de merda, que si te acercabas a mí, te hundías. Te falei que no era bon ficar na mea cola.

-Y agora?

Yo estaba totalmente desorientado. Me parecía que, de repente, la criatura se volvía contra su creador. Ella me respondió sin llevarme en consideración:

-Y agora me deixa em paz que vou travajar. Vou mandar limpar a cena do crime. Baideuei, a explosón que sentiste, foi   —175→   sim, una interacción a distancia, y foi um petardo que mandei poner na cama de un ex socio mau pagador. Goto de merda virtual.

O sea, yo estaba perdido y no la había encontrado a Carmen. Biutifuldei!

La perspectiva de la muerte impone una concentración admirable a la mente. Recuerdo que Mitre decía esto. No era suya, la frase o la idea. Lo citaba y le daba los créditos, a Samuel Jonhson, un poeta de la antigüedad que, según Mitre, había sido un gran dictador, literario es verdad, pero dictador al fin, para sus contemporáneos.

Mi primera actitud fue la de rechazar todo lo que había visto y oído. Dicho de otra manera: lo primero que intenté, fue decirme y hacerme creer que nada de lo que acababa de ocurrir había realmente ocurrido. Todo habría sido un sueño, una gran pesadilla.

Sueño, maifut, mongo! Retumbaban en mis oídos las palabras terribles de Mitre, su profanación del tiempo, la profecía descarada. La antelación del delito, lo guiaba a apuntar a un transgresor futuro, todavía envuelto en generalidades placentarias. Todavía era una intuición presentida, era todavía un paisaje lejano, pero la intuición, cuando es buena, se concreta, el paisaje se acerca y llega, y entonces, hay que salir de cerca, porque se desata el terramaremoto con vientos de huracán. Cuando ocurra lo que Mitre sabe que va a ocurrir, yo seré un hombre muerto. Mejor dicho: empezará un largo, demorado, penoso, terrible calvario que me llevará, mucho tiempo después a la muerte. En las circunstancias, yo también presiento, será una muerte bendita que silenciará, para siempre, mis padecimientos atroces.

Me pongo a imaginar, sin poder impedir el flujo de imágenes que me asaltan, ordenadas, para mostrarme lo que me reserva   —176→   el futuro: primero me toman preso. Yo ya fuchí, ya estoy escondido, pero igual me toman preso. A lo mejor puedo pasar algún tiempito louprofail, sin que se sepa en dónde estoy; después, me encuentran, no tarda mucho y me encuentran. Por eso, no vale la pena detenerse sobre esta libertad provisoria, estas horitas de clandestinidad. Empecemos por lo que va a pasar: me toman preso. En el momento de la prisión, seguro que no me tocan un pelo, no me hacen daño, no me pegan, no me lastiman. Guardan mi integridad física para Mitre, para que Mitre me vea enterito, sanito, y para que él pueda comenzar el proceso de deterioro vital que terminará con mi humanidad. Sé de todo esto porque lo vi ocurrir en otras ocasiones. En los casos en donde hay razones particulares, razones del Presidente, es Mitre y ningún otro, el que da inicio al calvario. Sabe hacerlo, sabe domar el tiempo y prolongar hasta el infinito, el dolor y todos sus corolarios de desespero. No adelanta pedir perdón, que es la primera idea que se me ocurre, la primera tentativa de defenderme. Pedirle perdón a Mitre cuando me presente delante de él será en vano, porque en ese momento, por detrás de la máscara de cordialidad que tendrá puesta, por detrás de la máscara de aparente comprensión, de distracción afectada, por detrás de todas estas máscaras, que una calma, una tranquilidad visible, servirá para alimentar, repito que vi ocurrir esto en varias oportunidades, por detrás de las apariencias, estará el odio en su forma más pura y más letal, estará la ciencia suprema de un hombre cruel que sabe, como ninguno, torear a la muerte para que no calle de golpe. Pedir perdón a Mitre por lo que ocurrió, nunca. Anticiparme y pedirle perdón a Mitre antes de que él sepa, antes que le cuenten o que él descubra, será, nada más que adelantar la tortura. Por más arrepentido que pueda estar yo, el perdón es imposible, la clemencia, un engaño.

  —177→  

-Duele ser perseguido, no?

Es la voz de Carmen. Me asusto. Doy un salto. Ella está a mi lado.

-Guadegel?!

Ella no se perturba, me mira y se ríe.

-Estoy aquí, continúo aquí. Con el susto que pasaste, te olvidaste de desconectar el gem. Continúo aquí, virtual, bien entendido.

-Carmen.

Es lo único que consigo articular. Abro los brazos, me acerco a ella, estoy en sus manos. Ella parece una hada madrina. Me dice, con voz dulce de mami lechosa:

-Calma gusano. O que vai a pasar, no pasó todavía. Estamos alaif.

Yo le pergunto, totalmente achicado:

-Qué facemos? Y te pido, no me chama de gusano, soy bon tipo, no fundo.

Ella me mira y me reprocha, con voz dura:

-Como se dan vuelta las coisas, así, de repente: quen te viu y quen te ve. Ahora somos dos fuchidores, somos dos perdedores.

-Lo que me mata es que yo, de boludo estoy en esto, por calentón, por no haber sabido rechazar un momento de seducción.

Carmen estalla en risas. Me dice, con voz de púlpito gótico:

-Te engañas, frangollo. No creas que soy tan seductora así; no la sobrestimes tanto a Carmen. No fui yo, apenas yo, la que te seduzco. Soy casi un catalizador en este juego de vida vivida. No te seduzco tanto mi cuerpo, ni tanto te seduzco mi persona: te seduzco, sobre tudo, tu imagen de mí, la imagen y todo lo que ella implica que no es poca cosa. Por esto te digo que caíste en una trampa que tú mismo te tendiste. Entende ben,   —178→   cachorro, como son las coisas: tu imagen de mí, va mucho mas allá de lo que yo pueda ser.

Yo no estaba totalmente convencido. Además, quería mostrar arrepentimiento:

-Igual, hice lo que no tenía que hacer: meterme en la cama que no era mía. Esto no se faz con la mujer ajena.

Ella me retorca con sabiduría:

-El tabú del adulterio tiene raíces escondidas: no poder querer a la mujer del otro, de cualquier otro, no es apenas no poder seducir o no poder tenerla a la mujer del otro. No es apenas una cuestión de entrepiernas lo que está en juego, ni tampoco es una cuestión de posesión: es una cuestión de ser. No poder querer a la mujer ajena es, sobretodo, no poder querer estar en los pantalones del otro, no poder querer estar en los calzantes del otro, no poder desear estar en la piel desnuda del otro, no poder ansiar por estar en la cama del otro, no poder ambicionar ser el otro, notubídioder, en una palabra final. La traición, frangollo, no es con relación al otro, a la otra, que no me reprochen los que se pajean por la corrección política; la traición tan hablada y castigada, es en relación a uno mismo y a la naturaleza íntima de cada uno. Nadie puede ser otro, nadie puede querer ser otro, nunca, y muchos, en el intento vano de soñar poder serlo, dejan de serse sin llegar a rehacerse.

Puerra! Yo no sabía nada de esto. Para mí, encamarme con ella, era encamarme con ella, nada de pretender ser otro que no yo. No discuto el punto porque ella lo conoce mejor a Mitre y debe saber mejor sus varios dichos y cuestiones. Se me ocurre una pergunta. Se me ocurren varias perguntas pero formulo la que me parece con más posibilidad de revelarme algo:

-Cuándo fue que te foqueé? Ella continúa desde el púlpito:

  —179→  

-Mucho antes de lo del barco, con seguridad. Sabes cuándo? Cuando Mitre apareció y cuando mi imagen, catalizadora, repito, se hizo pública. Cuando estos dos elementos te llegaron a la consciencia, viniste a mi cama, mintiéndote con cosquilleos para darte fuerzas y poder expulsarlo al usurpador.

Quiero evitar el sacrilegio de palabras. Digo:

-Al Presidente le tengo una profunda admiración. Ella levanta los hombros en señal de desdén:

-Bulshit. En nuestra cósmica soledad de ser, no contemplamos al otro jamás, a ningún otro, nunca. Queremos sí, por susto, por miedo, por terror, sabiendo que el otro nos puede negar, queremos invadirlo, apagarlo y reinar.

Decía Mitre que cuando un parlante opositor fala, no hay que callarlo. Hay que hacerle tocar música y entonces, bailar con el enemigo.

-Suponiendo que sea cierto lo que decís, suponiendo: por qué yo, por qué no se te metieron otros a la cama?

Y ella, maternal:

-Beibi, beibi, no fostes o único, claro que no. El mismo mecanismo universal que es nostra razón de ser y que te trajo a ti, empujó a otros também. Tú fostes el apuntado, el acusado, el ojado, apenas esto. Tú te diste por enterado: tú sei il mito. Cada vez más achicado, le digo a Carmen:

-Puerra, mujer, que sabes mucho más de lo que te creía saber.

Y ella, fingiendo modestia:

-Sé apenas algunas palabritas, amore.

Y yo:

-Me refiero al sermón.

Ella se retieza:

-Ya, capito. Y tú pensas que llegué hasta donde llegué apenas administrando humedades?

  —180→  

El diálogo terminó. Ella terminó de hablar y yo no propuse ninguna continuación. Parecía que todo había sido dicho y Carmen se recogía y se marchitaba como una ninfea crepuscular de gogán. La miré a Carmen detenidamente. Ella no me miraba. Se había alejado algunos pasos de donde estaba, se había distanciado de mí. Su expresión era de tranquilidad reconquistada; tenía, en el rostro, las marcas de una belleza serenada por voluntad férrea. Sus ojos, podía verlos, ojaban un paisaje particular que no me era dado ver. Carmen se había recluido en su mundo. Estaba callada. Más que callada, estaba ausente, de verdad, ausente.

Rompí el silencio y la separación que nos unía. La chamei:

-Carmen.

Ella no me dio oídos en un primer momento. Parecía no haber oído mi llamada. Pero al ratito se movió, volteó la cabeza en mi dirección, me ojó con sorpresa en la voz:

-Otra vez?

-Carmen.

Ella continuaba perdida:

-Dónde estamos?

La Carmen virtual que tenía delante mío, no era la misma de ahorita. Esta, con toda probabilidad que no se recordaría de todo lo que había sucedido, ni tampoco tendría memoria de lo dicho. Le pergunto:

-No te lembras de ahorita?

Ella me mira, como si estuviera despertando:

-De qué tendría que recordarme?

-De todo -le tiro la sorpresa- Mitre estuvo aquí.

Ella se sorprende:

-Mitre?

-Sí, estuvo contigo y lo más grave, descubrió que va a descubrir sobre nosotros.

  —181→  

Ella me mira con asombro y curiosidad:

-Tenemos algo nosotros?

Yo le respondo con espíritu de bumerán:

-Carmen, escuta: hay en el aire un mecanismo de permanente seducción que está al servicio de un impulso insaciable para tomar el lugar del otro; este mecanismo está por tuda a parte: Empuja y tira, a la cama y de la cama, pero no sólo a la cama y de la cama. A nosotros, este mecanismo nos agarró, no por nada en particular, porque es capaz de agarrar a cualquiera. Nos agarró y Mitre ya sabe.

-Tuvimos un caso, es eso que me quieres decir?

-Un caso muy rápido, casi un acaso.

-Y por qué nos enredamos?

Me atrevo a la blasfemia más sórdida como se tira uno a un río de aguas heladas:

-Según la teoría que corre, porque yo quería ser Mitre y ocupar su lugar.

-Y yo?

Le tiro rápido para acabar rápido:

-Catalizadora. O importante es que Mitre sabe.

-Cómo sabe? Quién le contó?

-No sé: las tramas casi siempre invisibles de la historia, o un contagio electrónico en el gem. Lo importante es que sabe virtual y va a saber en la realidad.

Ella está, de repente, resignada. Me dice:

-Bueno, a mí ya me persigue, no muda nada. Mas a ti, te corta las bolas, si te agarra.

Me da rabia la visión egoísta:

-Si me agarra, ese es el punto, si me agarra. Mas no me agarra. Tengo que fuchir, y te propongo que fuchamos los dos. Podemos ayudarnos mutuamente.

Ella se interesa por la propuesta pero da un paso atrás:

  —182→  

-Qué gano yo?

-Yo conozco todas las mañas del que persigue. Conociéndolas puedo apagar las huellas que un fuchidor siempre deja, las marcas que estás dejando y todavía vas a dejar.

Parece contentarla la respuesta, pero enseguida, nuevo paso atrás:

-Y qué ganas tú en la unión?

Yo le soy claro:

-Si yo conozco apenas las mañas, no hay persona que mejor conozca a Mitre que tú. Conociéndolo a él, con mañas y mucho más, podemos preverle los movimientos y nunca hacer lo que espera de nosotros que hagamos.

-No es muy determinista, muy mecánico todo esto?

-Puede ser, mas es la manera clásica de facer: unir esfuerzos. Ella parece convencida y me pergunta:

-Cuál es la propuesta.

Le digo, regalando sinceridad:

-Confía en mí. Tenemos que encontrarnos. Ella se sonríe:

-Ese fue siempre tu deseo.

-Ahora es diferente. Confía en mí. Corro más peligro que tú.

No tenía argumentos muy fuertes para convencerla. Ella podría creer que yo le tendía una trampa. Estaba desesperado, sentía que el tiempo corría contra mí. Buscaba frenéticamente palabras para demostrar la sinceridad de mis intenciones. No fue necesario. Ella me declaró:

-No creas que estoy desconfiando de tus propósitos, yo sé lo que te pasa. Y para demostrar que sé bien más de lo que imaginas, te cuento: lembras daquele hombre que te seguía y que murió apuñalado? Lembras?

-Lembro, claro que lembro.

  —183→  

Y ella:

-Era hombre de Mitre, te seguía para matarte y yo lo mandé apuñalar.

Un frío polar bajó por mi espina, se me helaron los huesos. Todo giraba en mi cabeza. Para defenderme de esta posible evidencia escalofriante, le digo a Carmen:

-Si me hubiese querido matar, me mataba, que tuvo muchas oportunidades para hacerlo: yo me expuse.

Ella se acerca y me tira:

-Él te seguía, te buscaba, como tú me buscas a mí, mas no te había encontrado todavía. Te perseguía: Dontiusi? Él era virtual, te perseguía en un gem.

Me sorprendo:

-Por qué me seguiría?

Ella:

-Porque Mitre sabe de algo virtual.

Yo pateo el suelo:

-Caramba, a historia está derrapando para la contramano: ahorita era yo el gran victimario, agora, descubro que soy víctima inconsciente.

-Inconsciente no diría, distraído, sí.

Yo le quiero hacer el punto para organizar las cosas. Le digo:

-A mí me contrataron para acharte y llevarte de vuelta a Mitre, empecemos por ahí.

Ella se ríe como si supiera más secretos que yo.

-Así es la punta del aisber, una punta blanca, definida, fría y bien tallada. No es todo lo que hay.

Yo me entrego:

-Qué tú sabes que yo no sé?

-Sé mi lado y hago suposiciones sobre los otros lados para continuar viviendo.

Yo me pongo bien alfombra para que me cuente más:

  —184→  

-Por ejemplo?

Ella toma su tiempo dramático, hace una pausa para el contrapunto y me dice, con un suspiro:

-Por ejemplo tu misión. Parece que todo comienza cuando salgo del palacio.

Yo le corrijo:

-Cuando fuches del palacio. Es su turno de corregirme:

-Yo salí, apenas salí. La fuchida es pura ideología intestina y en el terreno adubado de la ideología, nace la historia necesaria: El cuentador cuenta porque vive y porque tiene sus partipri viscerales.

Po que sí, po que no, es una idea. No quiero aprofundarme. Le indico:

-Digamos, entonces.

-Bueno. Salgo del palacio, se desata la historia, con sus infinitas posibilidades e interpretaciones: tú pensas que me seguís, a pedido de Mitre para capturarme y devolverme a mi amo; yo sé que me seguís y sé que te siguen, a pedido de Mitre para matarte y penso que el motivo soy yo; Mitre sabe que me caza, sabe que te caza y pensa que lo traicionan, a mando de una conjura que persigue, sin piedades, a todo dictador. Te das cuenta, las pasiones que se desatan? Yo salí, sólo salí y estamos hoy, a merced de una vorágine que nos quiere tragar.

Le pergunto, por perguntar, porque me parece que sé la respuesta que me va a dar:

-No se pode aclarar todo esto? Aimin, somos todas personas civilizadas, damas y cavacheros.

Carmen se impacienta:

-Te repito que la historia es siempre la historia de una ideología, y los protagonistas, todos ellos, pagan con sus vidas; con sus vidas vivas o con sus vidas muertas.

  —185→  

Para mí, que quieren que les diga, es más que un epílogo contundente. Le tiro apresurado:

-Carmen, la hora es agora: Vamos a encontrarnos, y vamos a fuchir, los dos.

Veo en Carmen, en su rostro, en sus ojos, en su voz, una angustia que se levanta contra el tiempo y que exclama, con pasión de buzo ciego, acostumbrado a los vientos incesantes de la isla negra:

-Te espero.

-Juer?

No puedo dejar de emocionarme con la pergunta formulada. Era esta, y ninguna otra, la pergunta que yo me facía sin parar, la pergunta que era mi razón de ser en los últimos tiempos y que, ahora, estaba a punto de ser respondida, nada menos que por ella, Carmen. Juer? Juer? Juerariu? Ella también estaba visiblemente emocionada o estaba apenas asustada. Pude observar en sus ojos algo que me pareció ser una fulgurante punta de desconfianza, como si, en el momento fatal, un alarma hubiese sonado a sus oídos atentos, para gritarle el peligro que corría con la revelación que estaba a punto de hacer. El rostro se turbó en el espacio de un relámpago. Pero enseguida sus ojos se tranquilizaron y su expresión volvió a espejar la confianza sincera que tenía en el alma. Suspiró y me dijo:

-Coñeces el Ricks?

Yo lo conocía de haberlo oído nombrar. Nunca había estado adentro, nunca me había sentado en una de sus mesas famosas. Era un café, un bar, un club nocturno, bien frecuentado y muy conocido por su dueño, de quién contrabandeaba el nombre y por varios episodios de resistencia a más de una cosa, ocurridos en su interior.

-Sé dónde queda -le respondí.

Ella me ojó, como si fuese por la última vez y dijo:

  —186→  

-Te espero esta noite, tenocloc.

Terminó de decir esto, se volteo, me dio las espaldas y echó a caminar, una imagen gatutina y distraída, en dirección al fondo del porón, digamos que era el fondo de un porón, hasta deshacerse en las tinieblas ilimitadas, que las amarillas escotillas de la tarde, ya sin fuerzas, no conseguían iluminar o definir, digamos que no conseguían iluminar.



  —187→  

ArribaAbajoDía sexto

Para mí, que cuento, los días que cuento no significan necesariamente amaneceres después de la noche. Más que la ruptura de la noche, el día, como lo cuento, es un tiempo diferente al que lo antecedió. Por eso, me considero en el sexto y no en el quinto y estaba en el cuarto y no en el quinto, cuando dudé sobre si estaba en el quinto o en el cuarto, inda agora, cuando estaba en el porón.

Espero la noche y me atrevo a salir. En pocos minutos estoy en el muelle. Me apresuro entre los almacenes. Toda la región del puerto está cercada por paredes altas, difíciles o imposibles de transponer. Busco una salida. Además de una salida, busco a alguien, a un cualquiera, que me pueda ceder, ropa e identidad: de esta forma salgo del puerto y no me presento rotoso a donde voy, al encuentro de Carmen.

No demora mucho y se me presenta la oportunidad. Me acerco. Es un frangollo joven que se pierde en miradas al cielo sulfuroso e inmundo y piensa que ve las estrellas que no existen. Tiene mi tamaño, lo puedo utilizar. Joven distraído, no me siente llegar. Me llego por sus espaldas. La guagua está alerta. Con un gesto seco, le clavo el metal hasta sentir que no va más, a causa del mango. El poto se retieza de pecho, voltea   —188→   ligeramente la cabeza en mi dirección. Sus ojos me buscan. Están muriendo pero me buscan. Nunca me encuentran y por este motivo, él no llega a saber qué fue lo que lo golpeó, qué fue lo que lo hirió, y le trajo un frío intenso y repentino y un cansancio suave que lo invade por entero, como un mar desatado, para hacerlo dormir, perchanztudrim.

Reviso los bolsillos del muerto: es un aspirante a encargado, recién formado, haciendo su pasantía en el puerto. Le quito la ropa y mientras me visto, no puedo dejar de mirar al cuerpo desnudo que parece dormir. Es joven y porque es joven me parece frágil, y porque es frágil no parece que esté muerto: parece dormir. Ya vestido yo, lo continúo ojando. Estoy de pie a su lado y lo ojo. Me agacho, me acerco a su rostro como si quisiera sorprender alguna señal de vida en el sueño que aparenta. Iunouat? Me quedé un tiempo largo a su lado, como si lo estuviera velando. Tal vez en representación de alguien que lo estaría velando si supiese. O tal vez por mí mismo, tan expuesto, que lo había adulterado, para siempre.

No fue difícil vencer los controles de entrada y salida. En poco tiempo estaba en la vía que margea el puerto. Crucé la vía, me metí por ruelas infectas que la lluvina insistente hacía brillar. De los dos lados, mientras pasaba, me ofrecían servicios y productos de toda clase. Yo caminaba con pasos rápidos, la cabeza volteada para bajo buscando la mínima exposición.

Al cabo de algunas horas de caminata, estoy delante del Ricks. El corazón, lo tengo latiendo con fuerza. Una parte por la caminata, es cierto. Pero otra parte por la emoción del momento. Estaba por entrar a un sueño antiguo, estaba por encontrarla a Carmen.

  —189→  

Carmen y sueños eran reales. Tengo una idea. Ojo en vuelta. De entre los productos y servicios que se me ofrecen, busco a alguien que tenga flores. Quiero una flor para Carmen. Veo a un hombre gordo, muy gordo, con cara de beibi o de mago. Viste ropas negras, ropas de palco. Yo lo ojo y él se acerca, pausado. Le pergunto:

-Tens alguma flor?

Él me niega con la cabeza, en silencio. Después me declara, con voz grave:

-Teño una flor futura, un botón de rosa.

Yo lo miro al hombre que exuda genio por todos los poros. Le negocio su botón de rosas y no nos decimos una sola palabra. Me intriga que esté en la profesión de florista. Le pergunto:

-Escuta, cidadón, me conta: non te parece que podías facer mais que vender botones de rosa na ruela?

Él me oja con cara de burlón; carcajea por adentro, se sonríe con los ojos. Me dice:

-Preciso comer y no me pagan mal por lo que faso.

Después me desvía la mirada, hace un gesto amplio con un brazo como para señalarme la inmensidad que nos rodea. Vuelve a ojarme y me dice, enigmático, como si estuviera representando, al tiempo que su brazo señalante, vuelve a la posición de origen, para incluirse en la totalidad mostrada:

-Es todo verdad, todo, todo, es verdad.

El hombre se retira, se aleja devagar, pesado. Yo me quedo admirado, con el vacío que se hace a mi vuelta y les declaro, que, para la buena orden del universo y de la vida, es necesario que siempre existan los posos magistrales o sus equivalencias. Entro al Ricks. Un hombre de la raza negra, toca una melodía al piano, al pasar del tiempo. Hay mucha gente. Gotos de uniforme, mercantes, picaretas, jugadores, mujeres. Se   —190→   respira un aire cargado de tabaco y de conspiración. Yo me alejo del burburiño y me siento en un canto. La espero a Carmen.

Miro el reloj: tenocloc. Levanto la cabeza para ver si alguien llega. Nada viene en mi dirección. El movimiento de la casa es intenso: gotos de uniforme negro, agrupados, marciales, clincuts; gotos de uniforme claro -Mitre decía que colorir lo que no tiene color es lo mismo que matar el blanco y negro- distendidos, ruidosos, perreando a cada hembra que pasa; mujeres que se acercan al bar seguidas por pretendientes sedientos, hombres que entran por la puerta secreta que lleva a la sala de juegos. Y el pianista tocando más una vez la misma canción. De repente, los gotos de uniforme negro se avivan: se ponen a cantar ruidosamente, una canción cervesera. A mí, si me perguntan un juicio, no me gusta la canturía, y nada más, cefiní. Pero el resto de la afición lo tomam a pecho: los que conversaban, se callan, los que bebían, dejan sus vasos, los que perreaban, se apartan de las hembras, los que jugaban, salen de la sala de juego, y sobre la cansoneta de los de negro, una voz de mujer, atrevida, muleca, carmosa, comienza a modular una melodía contagiante, que se adueña del lugar, de todos, y todos, ya levanta dos o poniéndose de pie, a pulmones abiertos, muchos con lágrimas en los ojos, entonan el himno que Carmen, después me enteré que había sido ella, había comenzado a modular al entrar al lugar. Yo, sigo la corriente, me pongo de pie, canto a gritos, pongo la palma de la mano sobre el peito, con fervor revolucionario. Miro al costado: Los de uniforme negro, son los únicos que no conocen la letra. Se callan, se entreojan y deben decirse algo como, «qué carajos hacemos nesta festa si no conocemos la música», porque, acto seguido, se levantan y se van, con caras largas como si hubiesen perdido la bola do chogo.

  —191→  

Yo estoy en mi cantiño y sin más; de repente, autofdeblu, salida como por encanto del medio de la masa que me rodea, la veo a Carmen que ya me vio y que camina en mi dirección. Me levanto para recibirla, debo estar emocionado, nervioso, con algún otro impulso de vientre, porque derrubo un vaso, cuando me levanto. La menta verde que contenía el vaso, se inflaciona en una mancha oscura que se ataja con rapidez sobre el mantel. No le digo palabra a Carmen. La miro, la contemplo. Ella llega, tampoco me saluda. Me mira con una mezcla de curiosidad, desconfianza, estrañamiento. Me dice, o me pergunta:

-Puedo sentarme?

Le gestulo con la mano, el asiento. Ella se sienta, yo me siento. Le entrego el botón de rosas, ella no me da las gracias: la veo fría, distante, nórdica.

Carmen parece preocupada. Mira en vuelta como si quisiera certificarse de alguna incerteza, como si quisiera darse la seguridad de que no corre ningún peligro. Después, posa sus brazos sobre la mesa, se entrelaza las manos nerviosamente. Me encara, me pergunta, seca, directo al asunto:

-Rick me diz que me podes achudar.

No lo conocía al dueño del lugar, no personalmente. Lo conocía de fama y por lo visto, él me conocía por lo mismo. En el bafón, en donde nos movemos los dos, no es preciso ser muy famoso para ser conocido. No importa: si Rick dice que yo puedo achudar, está dicho. Me servía y mucho, ser presentado por Rick: evitaba algunas perguntas difíciles que Carmen me podría hacer. Ella podría, por ejemplo, querer saber quién yo era y por más que le escondiese con habilidad el fato de que yo era un janter y que tenía, hasta hace muy poco tiempo, la misión de encontrarla, y llevarla a Mitre, ella, igual, podría quedarse con un pie atrás, o quién sabe, con más de un pie atrás. Un nihil obstat de Rick evaporaba cualquier sombra de sospecha.

  —192→  

Era desconcertante tenerla a Carmen delante mío. En los últimos días la había encontrado en varios momentos, en varias situaciones, en paisajes diversos. Bien o mal, habíamos hablado, conversado, intercambiado experiencias, ideas, pulsiones. Habíamos llegado a más, mucho más, 'member? No me quiero acordar pero habíamos sido íntimos y yo la había amado, de verdad. Ahora, estrañamente, estaba delante mío una mujer, Carmen, la mujer huida de Anastasio Mitre, y ella, que me ojaba con intensidad, me miraba, me veía y me dirigía la palabra por primera vez. Yo tenía algo que ella necesitaba y por esta razón se me acercaba. Podía ver en Carmen, por detrás de un velo eficiente que conseguía mascarar las tensiones más fuertes, las sombras de la duda y del miedo. Carmen necesitaba huir, la perseguían y ella sabía que el tiempo le era adverso. Yo me perguntaba de quién huía, de Mitre, de mí, o de alguien más. Todo había estaba claro, hasta hace unos días o unas horas. De repente, yo estaba delante de Carmen, y ella me perguntaba, a mí, al hombre que habían contratado para capturarla, si yo podía achudarla a fuchir. Como ella fue directo al asunto, sin vueltas, la acompañé, y fui seco y directo también. Le digo:

-Depende-. Ella mira a la mesa nuestra que está vacía. Mira al bar. Yo entiendo y le pergunto: -Algo para beber?

Ella me mira como si me entendiera por dentro. Me dice:

-Un té, con un dulce de Llasa.

La miro a Carmen de forma detenida. Quería sorprender alguna manifestación de reconocimiento tardío en sus ojos. No pude ver nada. Yo había vivido una situación parecida a esta, con té, con dulces de Llasa. Carmen no, por lo menos, y aparentemente, no conmigo. Como dije, ainda ahorita, era estraño ser extraño en una situación que no me era extraña.

-Un té con dulce será -reiteré.

  —193→  

Gestulé y un culi se vino rapidente. Pedí té con dulce para mí también. No tenía la intención de esperar que nos sirvieran para empezar la conversación. Había algo en el aire que no podía definir pero que era opresivo e indicaba el peligro. No era solamente Carmen la que tenía que fuchir. Yo también y mi intención era afastarme del lugar lo antes posible. Le dije a Carmen:

-Uatsdedil?

Ella miró una vez más en vuelta; sus ojos buscaban de forma inútil, flagrar el peligro que presentía; después, se aproximó, el cuerpo sobre la mesa y me dijo, en voz baja, para que sólo yo escutara. La voz era firme, voz de una persona que mantiene el control en cualquier situación.

-Yo corro peligro en este lugar. Sería muy largo explicarle mi situación. Soy una mujer perseguida, más de uno me sigue, mi cabeza está a premio. Ricki dice que su situación es semejante a la mía.

Reclamo por la inverdad:

-Mi cabeza no está a premio.

-Pero corre peligro, como yo.

Aquí, tengo que dar el brazo a torcer:

-Digamos que sí.

Ella continúa:

-No puedo quedarme en este lugar y exponerme a la muerte o a algo peor. No hay tiempo, tengo que fuchir -y después de una pausa casi imperceptible- tenemos que fuchir, lo puedo incluir en mi fuchida?

Las cosas estaban andando rápido demás para meu gusto. Yo sabía cuál era la trama. Carmen me la había mostrado entera en el porón. No está Carmen. La otra, que es esta misma en otra situación. Yo sabía que el final sería nuestra fuchida. Pero había cosas que yo no conocía y tenía intenciones de descubrir.   —194→   Por esto, no le quiero demostrar mucho interés en la propuesta que me tiende Carmen. Le digo, mirando al culi que deposita nuestro pedido:

-Digamos que sí.

Ella mira más una vez a nuestra vuelta. Después vuelve e mí. Antes de hablar, sorbe un poco de té:

-Rick me fala que hay un correo secreto que está llegando esta noche.

Le repito para que me explique:

-Un correo llega esta noche?

Carmen aproxima su rostro sobre la mesa. Puedo sentir el perfume de su piel. Habla con urgencias en la voz:

-Un correo, sí, llega esta noche, trae documentos para una pareja. Los documentos son legales. Son dos pases, para un hombre y una mujer. Es nuestra oportunidad. Tenemos que apoderarnos de los documentos. Con ellos podremos salir de aquí y pasar al otro mundo.

El otro mundo a que ella se refería, era la zona A, reservada y ocupada por los japifiu. Con documentos legales podríamos pasar los controles de frontera, y ya dependiendo del esfuerzo, del trabajo, de la eficiencia, de cada uno de nosotros, podríamos permancer en la zona hasta el final de los tiempos. Nadie era expulsado de la zona Japifiu por otro motivo que no fuese el económico; la desgracia económica es el único crimen que se castiga en la zona A y se castiga con el destierro. Nadie puede salir, ser echado o deportado de la zona A por ninguna otra razón. Si llegáramos a cruzar la frontera, Carmen y yo estaríamos libres, de Mitre, de todos y para siempre.

Tomo un sorbo del té. El líquido caliente baja a mi estómago y sus vapores gustosos suben rápido a la cabeza. Le pergunto a Carmen:

-Cuál es la idea?

  —195→  

-Sencillo, yo sé dónde estará el correo. Él llega esta noche, pero la entrega de los documentos se hará mañana por la mañana. Tenemos que llegar a ellos antes de eso.

-Podríamos negociar los documentos a nuestro favor.

-Nochanz.

-So?

-La cosa terá que ser drástica, por nuestra salvación. Hay que asaltarlo al correo y despojarlo de su precioso cargamento. Carmen debe haber calculado todos los puntos de esta historia. Yo indago, con cuidado, procurando no demostrar interés excesivo en la pergunta:

-Para quién vienen los papeles?

Ella responde sin ninguna emoción en la voz:

-Para una pareja de recién casados. Eran Japifiu, cada uno en su casa. Fueron expulsados no hace mucho. Se conocieron por aquí y queren voltar. Las familias, la de él y la de ella, pagaron una buena suma por los papeles del perdón, es lo que dicen.

Carmen hablaba y no expresaba ninguna emoción en la voz. Estábamos tramando quitar a una pareja de recién casados el pase para una nueva vida, pase que seguramente, como ella misma decía, les había costado caro, y a Carmen no se le movía un pelo de escrúpulos. Ley da selva, ley da selva! Le pergunto.

-El correo chega, y debe chegar bien escoltado, y cómo te parece que le quitamos los documentos?

Ella baja los ojos como si tuviera alguna vergüenza que esconder. Dice:

-La escolta no es problema, se los puede distraer si el correo así lo desea. Mi plan es el siguiente: yo lo entretengo al correo, tú chegas, faz lo que tens que facer, y pronto.

No entiendo cómo va ella a distraerlo a un hombre treinado para ser correo. Tomo otro sorbo de té y le indago:

  —196→  

-Cómo lo vas a distraer?

Ella suspira y me oja bien en los ojos. Me dice, revelándome:

-Una mujer tiene armas que no fallan nunca.

Estaba dispuesta a seducirlo al correo, a llegar a las últimas consecuencias, al sacrificio. La examiné a Carmen, mirada rápida, con intención de avaliar lo que se me presentaba a los ojos y también lo que podía imaginarme o recordar sobre ella. Estaba yo de acuerdo: Ella tiña armas suficientes, con muchas sobras. Sentí un cosquilleo de celos pero la situación era de desespero y no había cabidas para estos sentimientos. Mismo así, para no vender barato la coisa, le tiro dificultades:

-Mientras ustedes se diverten, yo lo mato al correo, es esto?

Ella me responde, siempre mirándome en los ojos:

-No, esperas que acabe.

-Después lo mato?

-Si es necesario.

-Claro que es necesario. Si no lo mato nos delata. Lo mato y tengo que esconder o corpo.

Carmen mira en vuelta. Parece asustada. Me dice:

-Los detalles son asquerosos. Si hay que hacer, hay que hacer y no precisas falar sobre eso.

Me pongo duro para ver adónde se chega:

-Escuta, a coisa pode ficar preta. Te controla los xililiques-. Después, más calmo le pergunto: -Y yo, qué gano nesta historia?

Ella se sorprende y me dice:

-Tu liberdade, claro. Nois dois fuchimos.

Yo le respondo, bien maroto:

-Puedo matarlo al correo, quitarte los documentos y pasarme al otro mundo, solo, o con alguien que escoja.

Hay una sombre de desaliento, afectado o fingido. Ella suspira, baja la mirada:

  —197→  

-Pensé que podría ser yo la escogida.

Yo me sorprendo con la sinceridad o con la propuesta, ambas inesperadas; me sorprendo y no estoy fingiendo. Consigo decir:

-Maibi.

Ella sabe hablar. Su voz es pausada, compradora. Sus ojos se hacen a un lado para dejar pasar el pudor:

-Yo te poso facer feliz, forastero, yo te poso facer el hombre más feliz que ya pisó la tierra. Si me das la oportunidad, poso ser tua mucher. Confía en mí.

Yo miro en vuelta, un poco asustado, confieso. No miro tanto para flagar un enemigo político; mas, para proteger al caramelo que se me ofrece. Consigo decir, para concluir el dil:

-Va a ser un traballo difícil.

-Rick me diz que es o homem para estos momentos.

Caramba! Me conoce, el tipo. Le digo con confianza:

-Uilmeikit.

Su rostro se ilumina. Me invade con una sonrisa infinita:

-Te prometo que la recompensa estará a la altura.

En este instante, sin poder contener un impulso que me salta del vientre, le seguro las manos sobre la mesa y le digo:

-Carmen, no tens que seducir al correo, dexa que yo me encargo do turbeiro.

Ella no se defiende de mis manos. Al contrario: siento que las agarra con suavidad. Me dice, señora de la situación:

-Beibi, pensa bem: yo soy la única que puedo chegar perto de él y distraerlo. Deixa que se distraiga. Cuando estiver soñando, después da distracción, tú chegas y faz lo que tens que facer. Es rápido. Depois, temos a vida pela frente. Vou te dechar la porta abierta.

Me quedé un rato largo sin acción, sin pensar, sin ver nada, jast ouvindo la música al piano y sintiendo las manos intensas   —198→   de Carmen en mis manos. Hasta este momento yo tenía un motivo muy fuerte para querer fuchir: el terror de ser preso por Mitre y su gente. Ahora había un motivo suplementar: Carmen. Ella se me ofrecía por entera para que fuchise con ella y después, para que compartiéramos una vida juntos. Ella me proponía la unión de esfuerzos, la unión de espíritus y la unión de cuerpos. Se proponía a estar conmigo, a compartir su futuro conmigo como premio por mi acción, la de achudarla a fuchir. Me gratificaba la propuesta porque yo la amaba, estaba seguro de eso. En mí, era amor, en ella, quizás un comercio: yo le daba algo, ella me daba algo. Pero, al fin de las cosas, no es todo y siempre un comercio, por créditos, por oro, para saciar humedades, para derrotar soledades, para perpetuar fortunas y posiciones, para apagar el incendio voraz del otro? Todo es siempre comercio, se da aquí y se toma allá.

Tranquilo con esta explicación que me creaba yo mismo para pautar la situación que vivía, me quedé más un rato en éxtasis. Boludo como una paloma en el guater. A lo lejos sentía los rumores que llegaban del lugar, la gente que entraba y salía, las mujeres que pasaban seguidas por sus escoltas, los jugadores que suspiraban como suicidas eternos, los gotos, siempre a la espreita de cualquier coisa, el pianista. Había algo de efímero en todo aquello y al mismo tiempo el peso terrible de acontecimientos trágicos suspendidos sobre nuestras cabezas. Le digo a Carmen:

-Sinto que este mundo que nos toca vivir está acabando.

-Es la guerra, estamos en el ojo del furacón.

Veo que entran gotos que se acercan a otros gotos que ya estaban sentados. Confabulan. Ricki sale de su escritorio o de la sala de juegos. Se aproxima de la mesa de los gotos. Un goto se levanta y le secreta algo al oído. Ricki parece asustado con lo que oye. Mira a los presentes, parece buscar a alguien   —199→   en la muchedumbre. De repente, veo que sus ojos estacionan sobre nuestra mesa. Él la oja a Carmen. Después fala algo al oído del goto. La oja de vuelta a Carmen y le señala algo con un ademán de cabeza. Carmen se asusta. Siento que sus manos se tensionan en mis manos. Ella me dice:

-No hay más tiempo a perder. Hay patrullas por toda la urbe. Nos están buscando.

La oigo a Carmen que me habla. Pero estoy muy lejos. Tomé goles fuertes de la tasa de té y estoy afastado de donde estoy. Vago gustoso por un mundo de sensaciones. No estoy durmiendo ni soñando. Estoy apenas distanciado en espíritu. Y como si estuviera de verdad alejado, muy alejado, siento la misma sensación que se tiene cuando se está semi dormido y le hablan a uno: siento la voz de Carmen que me indica una dirección, me parece la indicación de una dirección y más un nombre. Siento que ella retira sus manos de las mías, después veo, de forma vaga, que se levanta, se aleja de mí y desaparece. En poco tiempo me veo solo, no meio do salón.

Sobre la mesa ella me había dejado un papel. Con una dirección, un nombre y la hora. Al leer lo que ella me había dejado, tuve un espasmo de atención cuyo motivo no pude definir al instante. Consulté mi hora: Tenía tiempo todavía pero era hora de comenzar a actuar.

Estaba en la ruela oscura y inmunda, caía una lluvina sulfurosa que no mojaba al pasante pero que dejaba el piso, resbaladizo y plástico a la luz. Tenía algún chón para caminar antes de llegar al target. Había consultado las indicaciones de la urbe y calculé que tenía una horita de caminata hasta chegar al perímetro que me había indicado Carmen en el papel. Remexía en la cabeza, estas indicaciones escritas, cuando no   —200→   pude contener un grito: me di cuenta de lo que me había producido un espasmo de atención en el bar: el número y el nombre escritos en el papel. En el bar estaba impregnado de té y mi atención no había captado. Pero ahora me daba cuenta que, lo que había escrito Carmen, era el nombre y la dirección -de Pietro, el primer clú que yo había investigado. Miré el pedazo de papel. Algo no estaba conforme. Teclo el gem. La oigo a Carmen que me lanza, muleca, el nombre y el número de Pietro. Comparo este número con el número escrito en el papel. Carajos! Ron nambar. El número que Carmen me lanza en el ordenador es el reverso, dígito por dígito, del número que ella escribió en el papel. Ron nambar, mil carajos! Si yo hubiese tenido el número correcto, si me hubiese avivado, hubiese encontrado la dirección correcta. Pensando bien, que dirección correcta? La dirección correcta para encontrado al poto del correo? y estaría Carmen presente en esa dirección? Tal vez. Aposto como fue obra de la misma Carmen, la demonia, confundir la información en el ordenador. Fez uso de un virus inicial simples y me tiró, por efecto borboleta, lonche, bem lonche.

Faso hora. Tengo que llegar al punto de encuentro a la hora exacta. La dejo a Carmen actuar la seducción. Habrá llegado al perímetro y estará en los preámbulos con el poto. Cómo será el baile? Le hablará primero para dejarlo pajero? O lo ataca de cuerpo entero para subyugarlo de una vez por todas. Me molesta pensar en esto. Pienso en otra cosa.

Pensando en otra cosa, me voy a pocos acercando de la dirección combinada. Subo ruelas íngremes, bajo por los otros lados resbaladizos. La urbe es llena de sobes y deces. En algunas partes, en las vías de mayor movimiento, hay túneles que se meten por las entrañas de la terra y simplifican la   —201→   situación del que pasa. Mientras camino, oigo voces que no paran de gritar en mi dirección, ofreciéndome, con desespero, servicios y productos. Yo paso, me distraigo y non dou bola.

Caminando, estoy atento a los cantos sombríos que aparecen por toda parte. Presto atención a la menor indicación que pueda señalar la presencia de un goto y de su sombra. Voy andando.

Llego al perímetro. Es bien diferente del perímetro en que estuve al inicio de la investigación. Este no es un perímetro de retirantes. Los que moran por aquí tienen más créditos, son más clin. Bajo una ruela estreita, casi limpia, que termina en una plazoleta que tiene un lago negro en el medio. Dos gatos, sin pelos y con sarna sangrante en la piel, preparan el bote al borde del lago. Están quietos como estatuas en la beira. Cuando un romacuanto mergulla de la noche quente para fisgar un tarlín escamado, el gato bonda pa lante, como que por magia; en el aire, con una de las patas de frente, golpea la cola del tarlín, que cae de vuelta al agua, y lo atrapa al romacuanto desequilibrado, que grita y se contuerce, desesperado, entre los dientes y la baba espesa del felino. La escena toda, dura segundos y se repite, una y otra vez, idéntica, como si fuera de propósito.

Un poco distanciado, un fanfarrón miserable, con un toco de brazo que le llega al codo y con la piel cubierta por humores amarillentos y embolsados, se ríe sin diente de los gatos y de la suerte de los romacuantos. Se ríe, digo yo, para no sentir el dolor quemado que le duele, al meterse en el agua, la mitad del brazo expuesto.

Cruzo la plazoleta sin apuros. Calculo, mentalmente, mirando de costado, cuándo se dará el nuevo pulo do gato. Casi acierto.

Me meto en una ruela, que está del otro lado de la plazoleta. Es la ruela de la dirección escrita en el papel. No es sucia, la   —202→   ruela. No tiene aquella base viscosa y resbaladiza, que huele fuerte, de las ruelas del centro. A los dos lados, las casonas de alquiler. Paredes oscuras, portas antiguas y chanelas sin luz, hablan de los habitantes de estos pagos: son abastados, pagan renta, no traballan en las ruelas a los gritos; mantienen las portas fechadas y la chanelas apagadas. Quién sabe no mantienen las chanelas apagadas para olvidar que existen y para burlar la tentación, nunca matada, de mirar lo que pasa afuera y en vuelta. Busco el número que tengo escrito en el papel. Camino un poco más. Me acerco a una puerta que es igual a las otras: alta, oscura, coronada por un pórtico con figuras demenciales. Miro a mis costados: no hay nadie. Uno de los gatos escuálidos de la laguna negra me siguió. A algunos metros de mí, me oja con atrevimiento, como si yo fuera un romacuanto o un tarlín. Abre la boca, no mía, no emite sonido. Abre la boca muestra los dientes y sopla la baba que le brilla con la luz oblicua de un postezuelo plantado en la plazoleta. Lo dejo de mirar al gato. Me decido por entrar a la casona. Empurro la puerta. Como Carmen me había dicho, la porta está aberta. Entro. En el momento en que entro, veo, de reojo, que el gato da un salto en la dirección en que estoy, como si quisiera seguirme puerta adentro. Con cuidado pero con decisión rápida, fecho la puerta atrás de mí. Oigo al gato tirarse contra la puerta. El gato mía y araña la puerta con rabia.

Estoy en una sala semi arreglada y zambullida en penumbras. Me quedo quieto para acostumar los ojos a esta nueva situación de luz. Los reflejos desganados que acuden de la plazoleta, se dejan filtrar por dos ventanales cubiertos con vual. Poco a poco vou consiguiendo ver. Algunos muebles pesados. Un armario severo, una mesa robusta, poltronas bajas. Consigo ver más cosas. Hay un calzante de mujer tirado en el   —203→   piso, a un lado. Es un lado de un calzante de mujer. Hay otras prendas, tiradas en el suelo, indicando vagamente una camino y una dirección. El camino vago lleva a una puerta que está cerrada. Con cuidado, me acerco a ella. Mientras me acerco, oigo ruidos, voces, que vienen de la habitación que está del otro lado de la puerta.

Paro. Escucho. Son voces de una mujer y de un hombre. No puedo saber lo que dicen. Por el tono de las voces, me parece que conversan. Me acerco. Espero. La toco a la guagua, la palmeo, le aviso que se prepare.

Espero. En verdad no sé qué espero, exactamente. Espero que las voces, la voz de él, se quede quieta, se calle. Si se calla, yo espero más un poco y entonces entro, rápido, silencioso y eficiente, a impartir muerte con mi guagua.

El frangollo no se calla. Continua la parlanza. Carmen interviene en el diálogo. No sé lo que dicen, no distingo las palabras, pero las modulaciones son de quienes están tranquilos, conversando. Tengo que esperar.

Al fin, el frangollo calla. Yo espero. Si está callado, o duerme o está distraído. Espero. Me acerco a la puerta. Pongo, con cuidado la mano sobre el picapuerta. Quito la guagua. La miro, como para decirle, vamos. Espero. Respiro hondo. Es agora. Abro la puerta, sin hacer mucho ruido pero con decisión. Tengo que ser rápido. Lo primero es identificar el lugar en donde están, Carmen y el correo. Hay luz en el cuarto. Carmen debe haber tenido la idea de dejarla, prendida para facilitarme la vida. Los veo a los dos cuerpos, desnudos sobre la cama de una plaza. Los cuerpos están pegados, ligeramente encimados. No están encimados: hay partes, piernas, brazos, manos, que se enciman. Carmen está boca pa riba. El mensajero, boca pa bajo. Carmen tiene los ojos abiertos, me ve, me oja. Veo que el mensajero se mueve, inicia un movimiento para voltearse y   —204→   encararme. De un salto estoy a su lado, la guagua extendida, en el límite de mi brazo. Le clavo en la espalda y dejo que todo el peso de mi cuerpo empuje y comprima la lámina contra sus huesos. El correo se quiere mover, hace fuerzas para contrarrestar mi presión. Se mueve para los lados pero lo único que consigue, con estos movimientos, es aumentar la herida interna que le empecé a provocar. Emite gruñidos en espasmos, sonidos apagados. No tiene más aire para decir nada. Se va aquietando, se deja estar, se va olvidando de todo los momentos que pasó. Todavía le clavo, fuerte y profundo. Cuando siento que está desinflado, espero más un poco. Después quito el puñal: un movimiento seco, rápido, para que la guagua me salga limpia. Carmen no dice nada. No dijo nada durante toda la operación. La miro. Tiene ojos de pavor, fijos en mí. Lo tiro al correo pa un lao. El cuerpo se voltea, cae al suelo.

Le digo a Carmen:

-Cefiní -le quiero agregar: amor, pero me atajo. Todavía no estoy acostumado. Procuro en volta la ropa del correo. La veo sobre la silla. Le reviso los bolsillos. Encuentros los papeles. Los muestro a Carmen, como si fueran un trofeo. Ella intenta sonreír. Carmen se levanta de la cama. Su cuerpo desnudo tiembla y ella se quiere cubrir las intimidades expuestas. Yo comprendo y desvío la mirada. Siento que se encierra en el baño. Oigo un ruido abundante de ducha. Me la imagino caliente, con vapores y en un escenario de mucha espuma. Relax.

Lo miro al correo, parter. Tengo que deshacerme del cuerpo. Miro en vuelta, para ver si el local me sugiere alguna idea. Nada que valga la pena. Hay un armario, pero no lo puedo esconder dentro del armario, muy obvio. Hay una cama, pero no lo puedo esconder debajo de la cama, muy obvio. Hay   —205→   cortinas, tapetes, mesitas de cabecera, portarretratos, una botella con comprimidos prozac. Nouuei. La palmeo a la guagua y le digo que se prepare:

-Dexa a Carmen sair do baño que a chente trabacha.

Una hora después, Carmen sale del baño. Soberbia como nunca. Ni como en las mejores épocas de Mitre. Me mira en los ojos y me dice, para derretirme:

-En cha vou, amor. Me quedaría para te acompañar, mas me da arcadas lo que vais facer. Te espero na estación. El reil sale en dos horas. Te espero, amor.

Se me acerca, me deja que la sienta, sin tocarme: es una muestra de todo lo que me espera. Le digo, sófrego:

-Vai, vai, que eu vou atrás.

Ella me dice, como si se acordara de repente, de una cuestiúncula:

-Os documentos, los tens?

-Están conmigo.

-No achas que es mejor que yo los tenga? Se poden sachar con o trabacho que vas facer.

Yo pienso en los documentos que están en el bolsillo. El hilo de una sospecha se me acerca al brontoncéfalo. La oja a Carmen con atención. Veo un ser amedrontado, frágil. Mismo así le digo:

-Non se luchan. Yo los tengo y non se luchan.

Ella me mira y concuerda conmigo, con un gesto de cabeza. Me dice, acercándose a mí con algún temor:

-Tengo miedo, mucho miedo.

Se acerca más ainda y yo la tomo en brazos. La estrecho en un abrazo demorado. Ella quiere enterrar su cabeza en mi hombro. Le digo:

-Non temas que eu te cuido.

  —206→  

Y la oigo decir:

-Te quiero.

Yo afasto, con ternura, la cabeza puesta en mi hombro, le contorno la cara con mis manos, la miro muy de cerca, y como ruego, con la mirada, en silencio, que me repita lo que acaba de decir, ella accede, y otra vez, me reza:

-Te quiero.

-Oudarling!

Después la beso con pasión, pasión que es correspondida. Abrazados, nos vamos hasta la puerta. Quito los documentos del bolso para entregarlos a ella. Ella se niega con la cabeza. Me dice, poniendo la mano sobre mi brazo:

-Mejor tenlos tú. Cuídalos. Te espero en la estación.

Nuevo beso, nuevo abrazo, pasión nueva. Y de parte a parte. Antes de abrir la puerta de la calle, me acuerdo del gato nochento que me seguía. La protejo a Carmen con mi cuerpo. Abro la puerta, expectante. No hay nada. No me fío. Tengo cuidado. Pongo el cuerpo para afuera, la cabeza primero. Nada. Estoy por bajar la guardia, cuando lo veo, una sombra flaca, en flecha, llena de escamas, que me vuela desde la parte alta de la puerta. Me hago a un lado con un salto bailarín. El gato me pasa raspando. Sus garras abiertas rozan mi pelo. Siento su hálito de muerte respirar en mis narices. El cuerpo cae al suelo, de espaldas. Antes que se reorganice, le tiro una patada entera al costado del oído. El gato se levanta en el aire, hace una curva y va a chocarse contra la pared de la casona de en frente. Se desliza, hecho pelota, hasta la calzada, chillando, babando. Se recompone aturdido. Se aleja con odio, una masa oscura, invadida por espasmos.

Una chanela de la casa de enfrente se ilumina. Veo un vulto na chanela.

  —207→  

La pongo a Carmen en la ruela y la veo que se afasta, con pasos rápidos, llena de miedos y inseguridades. Miña muller.

Me vuelvo al trabajo.

Al correo, lo corto en pedazos chicos que van al mierdero. Tiro la cadena. Pongo más unos pedazos en el mierdero. Vuelvo a tirar la cadena. Cuando estoy trabajando a la altura de la cintura, empecé por la cabeza, por el escalpe, cuando tiro la cadena con trozitos de riñón, el mierdero se tranca. Se atasca. Merde! El agua, en vez de irse, como en un trago de hiato, da vueltas, vueltas, vueltas, sube dando vueltas y transborda. Inunda el baño. No para más. El agua no deja de transbordar, como en una pesadilla de inundación. Me ensucio los calzantes, hago splash, splash por tuda parte. Veo un ojo que flota al pie de la cama. La cosa fuchiu del control. Y cuando la cosa foche de control hay que saber perder y lo mejor es irse. Hago una inspección del lugar. No quiero dejar marcas que puedan delatar, a Carmen o a mí. Miro en el baño, en el cuarto, miro en la sala. Miro abajo de los muebles. Encuentro una media de nailon, toda lamida y salivada. La quemo para apagar el pasado forever. Paso trapo en todo para apagar huellas. Nada puede decir que estuvimos aquí. Bon trabajo, me digo, totalmente enamorado:

-Es hora de partir, oh, abandonado.

Estoy en la rucia a camino de la estación. Calculo que al correo, de seguro que lo descubren dentro de unas cuatro o cinco horas. Es el tiempo para que el mierdero enloquecido, consiga producir agua para llenar el baño, el cuarto, la sala y finalmente transponer la puerta de entrada. Limpié todos los rastros, míos y de Carmen. Cuando los restos picados del cuerpo, escurran por la rucia, a camino del lago negro de la plazoleta, estaremos, Carmen y yo, en otro mundo, libre de gotos y culpa.

  —208→  

Por última vez camino por las ruela infectas de esta urbe ratana a beira mar. Me gritan a todo momento, para ofrecerme servicios y productos. No me hago del distraído, delta vez. Al contrario, a todos cuanto me gritan, los miro, me sonrío con ellos y les digo, o con la cabeza o con el indicador, que no, que por ahora no, que gracias por la oferta, mas no. A las ratazanas gordas que me cruzan el paso, no las churo ni tampoco hago movimientos inamistosos que las pongan en fuga. Si me cruzan el camino, me detengo y las veo que deslizan a mis pies, gordas, abarrotadas, portando familia. A un goto peligroso, con quien cruzo, le lanzo radiando alegría:

-Vai enfrente guardián postrero: prende y arrefenta, que de teu trabacho sangrante dependí nossa felicidadi.

Él me sonríe con el reconocimiento que le brindo por el oficio.

Y si chovece, si chovece forte, com agua de pingo, te churo, te churo, que bailava na chuva.

Estoy en la estación. Entro, soy figura anónima en el medio del mucherío. Viajantes para todas partes del planeta, se cruzan, se mezclan. Desembarcan, embarcan, se desvían, se chocan, raramente se falan, caras en penumbras, tal vez irremediablemente atrasadas para algo que no puede ser. Me voy abriendo espacio, a veces contra la corriente, a veces, siguiendo el río. Busco la plataforma dosmiluno, combinada con Carmen. Esta plataforma es considerada plataforma frontera, de ella sale un reil que penetra en el otro mundo, la zona A. Me voy caminando. Un goto de merda me oja con atención. Aquí la vigilancia es estricta. Que me oje, el goto, tengo papeles. Los palpeo instintivamente. Están seguros. Continúo. Los parlantes multisprachen indican a quien los oye, las salidas y las entradas que ocurren y los servicios y   —209→   los productos y las vontades que hay para trocar. Voy andando que me falta suelo. Veo, todavía a una cierta distancia, la indicación de la plataforma dosmiluno. Sigo empujándome en el enjambre, es toda una odisea llegar al espacio pretendido.

Chego. Estoy delante de la plataforma combinada. La seguridad es muy grande. Varios gotos, armados de los dientes pa bajo, centinelan el perímetro. Miro en vuelta. Nada de Carmen. Me quedo a esperar. Los gotos me ojan. Yo les sonrío altanero. Miro la hora, para saber la hora y también para que los gotos que me ojan entiendan dos cosas: estoy tranquilo, casual, y espero a alguien para ingresar a la plataforma. La hora es la hora marcada. Nada de Carmen. Debe haberse atrasado en el camino. Pienso que las novias siempre se atrasan: por más puntuales que sean, siempre están, puntualmente atrasadas. Me sorprendo pensando esto que pienso. Estoy haciendo el juego del ritual. Le cuento a Carmen cuando estemos en el reil:

-Sabes lo que pensaba cuando te esperaba? Que las novias se atrasan siempre.

Ella, a mi lado, se ríe. Yo también. Ella me mira y entiendo que su cuerpo se me acerca. Ella deja la cabeza contra mi hombro. Los dos miramos afuera, por las ventanas panorámicas. Cruzamos un paisaje de nieblas oscuras. Después, la niebla se disipa, es menos espesa. Hay luz. Parece que sale el sol a cualquier momento. Es primavera: Ailaviu!

Miro en vuelta. Carmen no llega. Miro la hora. Miro los gotos que de vez en cuando me miran, sin pasión, caminando pa riba y pa bajo, una y otra vez, mil veces, como péndulos incansables, o como ecos repetidos de una situación primera.

  —210→  

Miro en vuelta. La busco a Carmen. No será difícil verla llegar. La distingo enseguida, cuando venga. Por la altura que tiene, por la elegancia mientras camina. Estará vestida de azul. Fácil será encontrarla entre las hordas grises que pasan encorvadas.

La busco. Miro. Me volteo. Nada.

-Me atrasé.

Es Carmen. Llega a mis espaldas. Me volteo. No la vi llegando. Está de gris. Carmen parece agitada. Mira en vuelta. Parece que se asusta. Procuro que se calme. Pongo mis manos sobre sus brazos. La tengo de frente. Le digo, mirándola en los ojos.

-Beibi, beibi, itsocai. Está todo bien, estoy aquí, no hay problemas.

Ella me mira en los ojos. Se distrae. Mira a otra parte. Parece muy asustada. Me pergunta:

-Los documentos?

-Están conmigo. Itsocai, beibi. Calma.

Ella se afasta un poco de mí, mis manos ya no están sobre sus brazos. Veo que Carmen me mira más una vez. Es una mirada estraña, vacía, como si ella no estuviera delante mío. Me mira. Después mira a otro punto. A otro punto o a otra persona, porque veo, de alguna forma veo, que ella hace un movimiento rápido con la cabeza. Un movimiento que, en el momento entiendo, puede ser un signo de concordancia o un signo de indicación. Instintivamente miro en la dirección que miró ella. Hay tres gotos que nos ojan. Están parados a unos pasos de donde estamos. Los gotos se ponen a caminar en nuestra dirección. Yo la miro a Carmen que me mira con la misma mirada vacía de antes. Yo la miro con intensidad, en los ojos y ella me desvía la mirada. Baja la cabeza. Miro a los   —211→   gotos que están llegando. Atrás de los gotos, ahora lo veo a Rick, que me mira, de costado, como es su costumbre mirar. Los gotos llegan a mí. Uno de ellos me pide, con voz cortés:

-Sus papeles, si faz favor.

En este momento mis papeles, los únicos papeles que puedo mostrar, son los pases que llevo en el bolsillo. Hago un esfuerzo para controlarme. Mientras quito los pases le digo, al goto:

-Chur.

Quito los dos pases, que están sellados y carimbados. Los entrego al goto que me los pidió. Le digo, con la voz más casual que puede articular:

-Son nuestros pases, de mi mujer y mío -con el brazo extendido, la indico a Carmen. El goto me toma los pases. Me mira, mira los documentos que tiene en la mano. Por encima del goto, lo veo a Rick que me mira. La miro a Carmen que mira en la dirección de Rick. Extiendo el brazo para tocarla a Carmen y hacerle ver que está todo bien. Miro en su dirección. Le guiño el ojo. Ella no ve. Mira en dirección a Rick. El goto examina los papeles con otro goto. Se hablan entre ellos. El tercer goto me oja vigilante. Los gotos hablan, uno a otro y otro a uno. El que me interpeló, me dice:

-Tendría usted la amabilidad de acompañarnos? -Señala con el brazo la dirección que debo seguir para acompañarlos. Nos dirigimos al lugar en donde está Rick. Me volteo. Carmen se queda. Yo le guiño el ojo y intento sonreírle. Nos acercamos a Rick. El goto que habla conmigo le pergunta a Rick:

-Qué me diz?

Rick me mira. Me mira por un buen tiempo. Después, sin desviar la mirada que tiene puesta en mí, oigo que le dice al goto:

-Este es o homem, alrait. Jamás vou esquecer de esta mirada fría. Este es el hombre que robó los documentos y mató a mi correo.

  —212→  

Las palabras martillan en mi cabeza. Siento patas de goto que me agarran los brazos. No lo entiendo a Rick. Me volteo para buscarla a Carmen. Elle me mira, después desvía la mirada. Mira a Rick. El goto da a Rick nuestros pases. Rick los toma y lo veo que se aleja. Le dice algo al goto, le da una palmadita en el hombro y se aleja. Oigo claramente que el goto le dice a Rick:

-Un placer servirlo, siñore Pietro Zeis.

Yo estoy paralizado, por mí mismo y por los gotos, ahora son tres, que me contienen los movimientos. Veo que Rick se acerca a Carmen. Carmen lo espera. Rick le llega. La abraza. Ella lo abraza. Los dos se alejan. Llegan al control. Presentan los documentos. Los gotos del control checan. Los gotos del control les devuelven los documentos a Carmen y a Rick o a Zeis. Carmen y Rick, o Pietro, se alejan ahora, sobre la plataforma dosmiluno, a camino del viaje. Veo que mientras caminan y se alejan, la mano de Carmen, sin levantarse, busca, tímida, la mano de Rick. La mano de Pietro la percibe a Carmen, se extiende y la acepta y así, janinjan, ellos se afastan de min.



  —213→  

ArribaAbajoDía séptimo

Traizón, traizón inesperada. No hubo cómo librarme de los gotos. Eran tres, enseguida fueron cuatro, cinco, mil. Todos me atajaban, me sujetaban, se agarraban a cualquier porción de mi cuerpo que estuviese todavía libre de las manos agarrantes del colega ao lado. Me acuerdo que en el momento de la prisión, me comparé a un esquife de lujo, a uno de esos, barnizados, con adornos plateados, que encierran a difuntos de categoría y que son disputadísimos por cargadores atentos a las reglas del chogo. A la diferencia del esquife, me quedé, cubierto de moretones, de tanto que me agarraron. Los moretones y los dolorecitos que los acompañan, no son nada en comparación al gran dolor que me invade. Non quero nin falar. Non quero comer, non quero dormir. Estou mal, preso, acabando. Todo esto que cuento, todo esto que cuenté hasta agora, lo cuento para oírme y entender mi situazón, para ponerme, a mí mismo, en algún entorno significativo y de esta forma, tentar fuchir de un destino que me propone el aniquilamiento total. Caramba, que foi muito lo que me pasó. Perdí coisas grandes y coisas pequenas. Créditos, claro, perdí todos. Posición, perdí la que tenía, como homem de confianza du patrón, y también la que me proponía alcanzar: el Señorío de Madureira, que pode no ser nada para muitos mas es muito   —214→   para mim. Já se pensó? eu, Señor de Madureira, ja se pensó, Señor de Madureira, eu. Cuasi, cuasi, consigo e ia poder desfilar por ahí, con garbo y pompa, y todos falando en volta, ahí vem, ahí pasa, ahí va, no un cualquier más o propio y o único, o Señor de Madureira. No quiero ni pensar. Perdí tudo y estou agora por perder la vida. Además de las cosas grandes, perdí coisiñas que no son tan grandes como la vida o el Señorío de Madureira, pero que igual lo afundan a uno. Cuando uno pierde ciertas cosas que están ligadas a partes muy entradas do ser, partes que nunca se iluminan porque no les chega a luz, cuando uno pierde estas partes, o estrago es inmenso, y desproporcional. Se afundan los alicerses primordiales, y se hunde todo, no queda nada. No ser cómo explicar, mas es así que siento. El miedo, mas non es cualquier miedo, la angustia, mas non es cualquier angustia, la desesperanza, mas non es una desesperanza cualquier. Es la última de cada uno de eles y esto hace la diferencia. Lo que siento y me aterra es que lo que siento, non ten mejoras, non ten retorno, non ten clemencia. El dolor vai aumentar, o desespero vai ser mayor, la angustia, para siempre. No existe perdón.

Fui preso hace dos días. El pánico de los primeros momentos, el terror de encontralo a Mitre, pasó rapidiño cuando me di cuenta que el crimen por el cual me acusan habla del asesinato de un correo y este crimen tiene que ser castigado en el mismo lugar en donde fue cometido, lo que me tranquiliza porque una deportación es ilegal. Ontem me juzgaron y ontem me condenaron. Al vuelo. Sentencia pasada sin problemas y sin remordimientos. El juez siquiera levantó los ojos para ojarme mientras me condenaba. Estos malditos del estado, tetamilones togados, traen sus sentencias desde el vientre de   —215→   sus madres. Las aplican durante la vida como una mujer aplica los óvulos que tiene en el ovario. A veces nos contentamos con una sentencia dictada por uno de estos señores, pero nunca es por justicia: es por congruencia entre la sentencia proferida y nuestro humor de momento.

Hoy es día domingo, por esto no me matan. La muerte que me van a dar es muerte por fuego, que es el castigo adecuado al delito que cometí. Y en un día domingo, no se mata por fuego. Si fuese por mordida de cobra, patada de cavalo, silla eléctrica, submersión en pileta, fusilamiento, atropellamiento, o entonces morte por indigestión, podía. Pero muerte por fogo, no pode. Entón espero, que amanezca mañana y me maten quemado. No quero pensar. Mitre, el hijo de puta de Mitre, agora que estoy perdido mesmo, que más da, no lo temo, Mitre decía que para morir rápido en una situación de fogo hay que gritar, gritar mucho, gritar a plenos pulmones, gritar con toda la fuerza que se pueda. De esa forma, siempre según Mitre, el aire vital, sale de nuestro cuerpo y sin aire, se pierde el conocimiento: uno desmaya y olvida el dolor. Eso decía Mitre. Tenía experiencia en torturar a la gente. Por eso, pienso que le voy a seguir el consejo: cuando sienta que me quemo, grito, grito, grito, hasta quedarme sin aire. No quiero pensar.

No entanto, penso. Vou pensar até el último momento. No pensar pensante, mas producir imágenes y tener consciencia de ellas. Estas últimas imágenes, no las podré contar. A quién las podría contar? Mas estaré pensando y contando. Tal vez, en el último momento, ya olvidándome, me cuente todo esto de vuelta, en un segundo. Nadie sabrá, mas me estaré contando, recontando, siempre por primera vez. Todo lo que hay, es   —216→   siempre un cuento de lo que hay, no hay otra manera de ser. Nada que ver con humos forzados o cerraduras explícitas, por ejemplo: no es ideal, atención escuelas filosóficas.

Estoy en la celda, solo y sin mis pertenencias. Me arrancaron tudo. El gem, se foi. Si lo tuviese conmigo, en este momento, me embarcaba en una de sus virtualidades, y mismo que esto no me arreglase la vida mañana, mismo así, valía la pena. Pelo menos fuchia, de mentira, mas fuchia. Es un fokintoy, el gem. A pesar de que a veces las cosas se confunden, porque los circuitos se contagian y la información se mezcla. En el gem, puedo vivir para siempre virtual.

Estoy solo en la celda. No solito del todo: hay baratas y ratazanas que también pueblan la celda. Atraviesan el cemento, entre una mancha de sombra y otra mancha de sombra, como si fueran pesadelos funestos. En las oscuridades palpitan y traman mi muerte. Decía mitre que el espanto y el terror que nos causan las baratas y los ratones se debe a la extraordinaria capacidad de movilidad que tienen estos bichotes. Pueden moverse antes que la consciencia los atrape, mucho antes que la atención los pueda seguir o esquivar y porque pueden esto, el pensamiento les tiene terror.

Fico esperando. Nada ocurre. Espero que pasen las horas.

Hay dos prisiones: hay la prisión del que está adentro y hay la prisión del que está afuera. Es el mismo bilding, pero no son las mismas rejas. Sólo el que está adentro puede ver los dos lados. Y sólo mientras está adentro. Cuando sale, se olvida y entonces sólo ve el bilding de afuera, sin rejas.

  —217→  

Almorcé. La penúltima comida. Todavía no es la última mas, por esta, da para ver que la última va a ser casi un banquete: variedad y cantidad. Mañana, cuando me quemar, toda la grasa que llevo en mis entrañas va a arder con el mismo chisporroteo con que ardieron las carnes asadas de los animales que me dan a probar. La misma cosa. En la vida, todo es una cuestión de fila. Pode esperar que te va a pasar lo que le pasó al primero de la fila. Esto no es de Mitre. Esto es mío.

Después del almuerzo me vienen dos gotos. Uno de ellos me apunta el arma de oficio. El otro me lee las ordenanzas. Y dentro de las ordenanzas legales me pide que exprese un último deseo. Yo me rasco la cabeza, me rasco la cabeza porque me pica y me recordo. Tengo un último deseo, sim. Quiero verla, la recuerdo. Le digo al goto:

-Quero ver a una mucher.

El goto le pisca el ojo al otro goto como si entendiese con la entrepierna mi pedido. Pero yo no quiero una mucher cualquiera. Le aclaro:

-Mas no es cualquier mucher. Yo quero una mucher que eu marquei. Les doy, a los dos gotos, las indicaciones para que la encuentren a la poncha que me quería facer feliz. Quiero verla. Es un deseo que se agranda mientras lo formulo. Los dos gotos salen y prometen voltar.

Todavía espero. Todavía hay tiempo: a la tardecita espero que vuelvan y que me la traigan. Cuando la traigan se quedarán los dos gotos un tiempito, pa ver qué pasa. No va a pasar nada y entonces los dos se irán. La dejarán en mi celda y se irán. Ella vai me mirar y no va a decir nada y puede ser que al principio no me reconozca. Yo tendré que recordarle:

-Eu te fiz as marcas, lembra?

  —218→  

Ella sonríe con alguna dificultad y me dice, como si tuviera una enorme pena en la voz:

-Eu te fiz feliz, recuerdas?

Me aproximo de ella, la abrazo, buscando protección y dejo que hunda su cabezita en mi hombro, buscando protección. Nos quedamos así un rato largo, en silencio, gustándonos.

Elle se separa de mim. Mira en vuelta. Y como no sabe todo lo que me pasa, me pergunta:

-Por qué estás aquí, preso?

-Itselongstori.

-Encontrastes o homem que procuravas con sofreguidón?

No recuerdo, de primeras, a quién se refiere. Después me viene a la memoria el poto asesino que perseguía por las ruelas y que me llevó a la casa de las ponchas. Le digo:

-Nunca lo encontré.

Y ella:

-Te falei para no buscarlo.

-Facía meu trabacho.

-Mas que trabacho era ese que te llevaba por senderos nunca vistos?

-Facía trabacho de seguimiento.

-Seguías a alguien?

-Seguía a pedido.

-Y para qué?

-Para prender y levar de volta.

-Te mandaban facer o sabías lo que hacías?

-Tiña un patrón y un contrato.

-Eres un goto mercenario entonces?

Recibo la frase perguntante como una bofetada en la cara. Até ela, que es una poncha, dice que soy un goto. Le digo, parte porque me recordaba, parte porque quería que supiese que ella no era a única en mi vida:

  —219→  

-Eso me decía Carmen, a mí.

Y ella, por supuesto:

-Quién es Carmen?

Y yo, queriendo actuar:

-Somuan. Se llamaba Carmen.

-Te deixou?

-Se pode dicer que sim. Me deixou, de forma inesperada, com alguien que non debía fuchir com ela.

Le picó la curiosidad. Ella fica seria y entiende que soy mucho más que un goto.

-Ela te dechou, eu no.

La poncha me oja, atrevida; pendula la cabeza para arriba, para abajo, como si me estuviera examinando con gula. Da unos pasos para tras. Me mira y silbata una tonada lánguida que la hace moverse de caderas como un viento indeciso, o como un mar de corrientes, para un lado, pa lotro; va sacándose, lentamente, las piezas de ropa que la cobrem. Se queda en dos piezas, después en una, después sin nada. Cuando está totalmente desnuda, me extiende los brazos y me dice:

-Com.

Yo me acerco. Siento el olor de su piel, la abrazo. Le digo:

-Te quero.

Ella me abraza y me susurra al oído:

-Lesgou; fokmi.

La hago parter y quiero perderme dentro de su cuerpo para que nadie, nunca, me encontre y para que nunca, nadie, me pida explicaciones.

Durante algunos instantes, tuve la sensación de poder lograr mi objetivo. Pero la cosa no duró para siempre y después de una pulsión de vida plena, que se repitió con espasmos salientes, me fui reencontrándome con todo lo que me cercaba: las paredes frías, blancas, insignificantes, de mi celda, la puerta   —220→   cerrada, la ventana con barras, el rumor lejano de los otros internos, jugando en el campo de futebol, las bocinas de la calle, las sirenas de las ambulancias ocasionales que llegaban y salían y que me hacían pensar en la condición humana, en China.

Lo que pasó no fue en el gem, fue en mi cabeza.

No estoy en China, estoy aquí, encerrado con mis palabras, vacías, sin eco o diálogo. Espero una visita, espero que me la traigan a la mucher con quien sueño ahora, no tanto por ser mucher, mas por ser sueño. Pedí este favor a los gotos que vinieron a verme. Pero no creo que me hagan caso. Los gotos no son confiables. No les importa nada. Yo soy el único que me hago caso, y a quien puedo recurrir.

Esto está claro como la noche, o mejor, como en la noche, que es más verdad y que es cuando las cosas más oscuras de nuestras verdades se vuelven aparentes y claras. Mitre le tenía miedo mortal a la noche. No bien desaparecía el sol, el malévo se ponía a ruchir por dentro. Temblaba con los fantasmas que le salían durante la noche y lo torturaban sin piedad. Mitre me hablaba de este terror nocturno: me decía que de noche el hombre se hace mortal y, desamparado, puede morir. De noche Mitre se hacía traer una poncha o una virgen. Nunca para hacerse hombre con ella. La traía y se volvía crianza; minúsculo, dormía en su falda o en su hombro, protegido de todo mal, abrigado por una madre esencial.

Espero. No pasa nada. Estoy cansado como para proponer algo. Entonces no pasa nada más por hoy. Hoy es domingo. Si fuese otro día me mataban. En las cárceles de Mitre, tampoco se mataba en día de domingo. Los condenados a muerte, en ese día, se perfilaban en los corredores, afuera de sus celdas.   —221→   En procesión, esperaban el turno para ingresar al consultorio médico en donde recibían la descarga eléctrica parietal. Los gritos que se gritaban en el consultorio, facían tremer a todos y muitos, mas muitos mesmos, choravan y imploraban para no pasar por el castigo que, afinal, a todos alcanzaba y a todos dejaba, una mitad aquí, una otra mitad, allá. El día siguiente, día de muerte, muchos, todavía atontados por las descargas, ni sentían lo que les pasaba, cuando se los llevaban para el último acto, con martillo en el cráneo y patadas en el pecho. Terminaban de desmayar y se dormían entre espasmos rebeldes y baba sangrante.

Nada ocurre. Pasó la tarde, terminó la tarde. Mañana me queman. Como en los tiempos de la Santa Inquisición. No me tapan los ojos: me dejan desnudo, me empujan por el corredor desierto con un látigo de alambre helado. Yo camino delante del azote como si pudiera escapar. Al final del corredor me atan, de pies, de manos, de todo. No puedo mexerme. Me quitan las uñas, todas las uñas, una por una. Dicen que es para matar las marcas de la vanidad. Después me cortan la lengua, para ayudar a la sumisión. Me rompen el codo, con piedra basáltica, me trituran las rodillas, para aquietarme los deseos de correr y de volar. Me ciegan los ojos por el orgullo que es mirar. Me callan los tímpanos y me dejan solo, con mi voz interior. Me tiran al fuego, aún entero y con dolor. Dicen que pa que sienta, entienda y pida perdón. Me ponen sobre las brasas para que no blasfeme nunca más. Yo nunca más blasfemo, pero no por obediencia.

Torquemada ya está en el castillo, Torquemada llegó esta tardecita. Torquemada y más Roberto le Bougre. Cada uno trajo los útiles de oficio: alicate de uña, ropa de amianto. Me   —222→   lo dijo el cardenal, metido en la túnica del emperador. Es tudo igual: el diferente morre antes de nacer. Puede aparecer, pero morre antes de coñecer a luz. Somos todos cátaros, begardos, beguinas, albigenses, valdenses, pasaginos, josefinos, speronistas, arnaldistas. Tuti, tuti, fratelli del libre espíritu.

Estoy como un barco pesado en un mar que se mueve de fondo: mombelo, pesadote, hundido en algo que puede ser la serenidad. Es tarde da noite, madrugada temprana. En poco tiempo, amañece por detrás del velo oscuro de las nubes sucias. Tendremos luz o lo que llega a nosotros y llamamos luz: merlicht goto, merlam goté.

En poco tiempo estará tudiño acabado. No me molesta saberlo. Tal vez esté cansado para tener miedo. O quién sabe no lo tenga porque sé que muero. El tirano decía que todos sabemos que morimos y este hecho no es tan funesto como no saber cuándo morimos. La incerteza cuanto al momento es la que alimenta al medo porque en su vientre paradoxal, sugiere y alienta la semilla trigueña de la eternidad. Yo muerro en pocas horas, no hay cómo evitarlo. Tengo certeza que no soy eterno.

Cuando me queimar, vou seguir os consejos do tirano: eu vou a gritar, gritar, gritar hasta desmayar y morrer.

Mas se no morrer, que puede que no morra, puede ser que no morra ainda, me acordo con raiva y de veras, les churo de manos chuntadas, que la persigo a Carmen, a la hembra fuchida, pelo mundo entero até o final dos días. De los días de ela quero dicer.

La persigo por odio propulsante, la persigo con raiva de corpo ferido, la persigo y la vou a encontrar. Chá pensó si eu la encuentro?

  —223→  

-Te tengo pelos cabelos, poncha!

Que raiva gustosa me va a dar. Y cuando la tiver pelos cabelos, presa entre miñas garras de bruto, quero ver, quero ver lo que ela vai dicer. Quero ver ela me ojar y decir alguna coisa. Vai ter que decir alguna coisa, yo mismo la vou a facer falar. Mas es posible que ela no espere que eu la haga falar, pode ser que ela fale por vontade propia, por cosquilleo de las partes. Chá pensó? Si ella chega y pergunta, atrevida, moleca, raíña:

-Qué tú quer?

Eu no espero que me pergunte duas veces. Respondo, como eco:

-Te quiero a ti.

Puede ser que ela ría, pode ser que ela me chame de goto, puede ser que ela me escupa na cara, pode ser que ela se mande fuchir. Puede ser, qué importa?

Y si ela dicer que también me quer? Hem? No es probable mas es posible. Y se ela dicer que gusta de mim? Hem? Teño a esperanza, pequena, esperanza mínima, gluónica, de que ela, quién sabe, quem sabe, me diga iso mesmo, um día destes. Chá pensó!? Pode ser, já pensó???!!!

Madrugada. Dormí sin darme cuenta. Despierto y oigo pasos que se acercan. A estas horas de la madrugada, estou cansado. No puedo reaccionar. O corpo quer continuar a dormir. Me vienen a buscar. Me iré. Me vou. Terminó todo. Terminaron los sueños, terminó la historia.

Nada más.

Nada más.

Nada más.

Ziend.





  —[224]→     —225→  

ArribaAbajoEpílogo

De las actas de la observación legal que se observó sobre el reo por el Observador Principal del Estado, el OPE, en los últimos instantes que le tocó vivir al Preso Juzgado y Condenado, el PREJUSCO:

«... con el día ainda oscuro, mas después de oír el glorioso clarín, determiné el inicio de los trabachos y fizeran pasar a la platea: como siempre en estos casos, tuve que pedir con energía, calma, comportamiento y después silencio a todos estos mirones que, por un motivo u otro, viene para ver la matanza. Amenacé con expulsarlos, a todos y ahí sin, ficaran quietos, quietinios. Con el silencio de la platea determiné que entrara el primero. Chegó relutante. Se lo empurró. Resistíu. Se lo dominó. Protestó. Se lo tiró nas brazas. Se debatió. Cansó. E depois queimó, gritó, murreu. La platea al oírlo quemar se pone en patas y grita hurra, hurra. Pide ancor.

Las cenizas de este primero, al viento. Nada más queda, ni el recuerdo. La platea sigue los gritos y pide ancor, ancor. No doy bolas al público y llamo al siguiente...» «Entra o próximo...».

ZIEND

Epurtan... (sigue nextpeij)

  —226→  

En los kinotos del gem, bits vortéticos conjuran contra la mineralidad del ser y pretenden tener sentido. Se aprovechan de las posibilidades de reunión, se juntan, se instigan, por mecanismos que parecen llevar a un fin y... saben? Hacen algún sentido, como macacos de pícaro. Veamos:

El mar estaba grande como un eucalipto en campo abierto, en pleno verano. Parecía un eucalipto ramoso de aquellos que se dejan alisar por vientos que soplan del largo, venidos del horizonte distante. El mar no sólo estaba alto, se mostraba profundo también: no se rompía em marolas espumantes, no se deixava corromper por manchas, rabiscadas de branco. El mar estaba alto sim: as ondas cabalgaban entroncadas por los debajos, sin romper la película oscura que cubría la masa de agua como piel protectora. El mar se levantaba y se deprimía como un monstruo colosal, despertado por espasmos y por partes separadas, que subían y bajaban, pendular y ondulante como cualquier ser de veras mombelo. A pesar da altura del mar -se lo ojaba de abajo, de pie sobre la rambla- a pesar del dorso amenazador que parecía preparado a caer sobre la playa, la rambla, los quioscos sobre la rambla y inundar tudo, no acontecía nada: el mar se agigantaba por encanto a metros de la costa, se levantaba hasta un límite imposible, listo para explotar, como un volcán líquido, y no pasaba nada. La montaña se tragaba a sí mesma, se consumía como un trunuar y lo que clapotaba contra los alicerses de la rambla era apenas agüita de sanpaiper, deslizante y retirante bajo el poniente pacífico del bigsor.

-Juarui? -perguntou el maroto un poco perdido.

Ella miraba el mar que la amenazaba a cada nueva ola de profundidad, antes de hundirse y desaparecer.

-Yo soy feliz sin saberlo.

  —227→  

El gai no se conformaba:

-Yo tengo que saber, tengo que conocer.

Ella lo mira con poca paciencia y le dice:

-Oquei: vamos a suponer que tú y yo seamos creación de un ser superior. Souuat?

-Mi vida tendría sentido. Yo podría no ser nada. Mejor diciendo: yo no me preocuparía en saber juaiam, me bastaría saber que hay alguien, un motor primero, un creador.

-Está bien, encontrastes tu varum.

-Por otro lado....

Ella se estaba aburriendo y percebía que el cuento se alargaba:

-Qué te pasa agora?

-Y si ele non existe?

-Paciencia: nosotros existimos.

-Tens certeza?

Ella se espanta:

-Manduco, qué es? No ves que aquí estamos los dos?

-Podemos ser una fantasía.

Ella levantou los ojos para mirar al cielo. La cosa se ponía fea.

-Notai.

-Y si o creador no nos quer?

Ella estaba llegando al límite. En vez de estar en la rambla, solitarios, en una siesta de domingo, con mar de pocos amigos, bien que podrían estar en la cama, jugando con las entrepiernas del opuesto. Mas non, él estaba angustiado como un nórdico y quería exponerse a los elementos desatados. Está bem. O trato fue así: Ella soportaba el bulshit na rambla, él lavaba os pratos a la noite. Ella suspiró y dijo:

-Si no nos quer, tú estás libre y el no te vichia.

Él sentiu que lo humijaban:

  —228→  

-No preciso que me vichien, quero apenas que me atesten.

Ella concordau con la cabeza. Estaba preparada a concordar, haría cualquer cosa para que o tempo pasase.

-Te atestan, amor, te atestan.

Él la tomó en brazos:

-Carmen, ailaviu.

-Amor, amor, amor, miño gotote querido.

-Amor, amor, amor.

Se beijaram na rambla, na frente das ondas gigantesca que nunca llegaban a cair sobre los que estaban na rambla.

Ella retomó la parlanza:

-Escuta gotote, por qué te torturas? Estamos bien, tú tens un empleo con jubilación garantida, tenemos un chalé na montaña, amigos de verdade, tenemos o nosso mundo, Mitre es un batler de lucho, que te falta?

-La certeza de ser necesario.

-Mas tú eres necesario.

-No teño certeza, poso ser contingente o mismo virtual. Ella fechou los ojos: no adiantava, él estaba en uno de aquellos días de angustia sin fin. Mellor calar y deichar pasar.

-Está bien, te decho em paz.

Él se separó de ella. Estaba con el ceño fruncido, estaba preocupado, pálido, atormentado, sudaba frío:

-Y si...

Ella quería matar el vibrión:

-Qué pasa agora?

Él se dio un tiempo y después formuló:

-Y si, vamos a supor que, y si el creador nos creó y depois murreu?

Ella batió el pé no chón y reclamó:

  —229→  

-Camón. Que tú quer? Encamusar la vida? Tú quer sofrer o te alegrar? Porque si tú quer sofrer con tua realidá posible eu me vou a buscar a otro que me fasa soñar: miña meta es disneiuel. Si o creador no está, no echiste, murreu, aidongivedam: eu vivo y me cosquillean las carnes, si tú quer saber.

Con el palabrorio forte y decidido que contenía amenazas implícitas y que tenían toda la pinta de ser verdades, el caiu na realidade: Se dio cuenta que estaba por perderla a Carmen por pajerear con hipótesis. Se tranquilizó la mente.

Se alejaron de la rambla, janinjan.

Después se casaron, chupiti, chupitá.

Después tuvieron fillotes, chirió-chacha, chirió-chichi, para sentirse continuados o protegidos, uaua, uaua, uaou.

Mucho tiempo después, tchan, tchan, tchan, tchon!!! Una mañana tomaban café en el demagó, el lugar preferido de dos entre uno o lo contrer que puede ser la memchos. Gotote devaneaba a bordo de una nueva depresión. Sentiu que murria. Tomou a mano de Carmen y dijo distraído como un cordero dominical:

-Ivich.

Carmen se puso apoplética:

-Quién es la poncha?

Él sintió la profunda metida de pata. Intentó arreglar la cosa y dijo:

-Kelcan.

Ella se tranquilizó y se acalmó porque kelcan no es uno cualquiera, ni tampoco es una cualquiera. Había abolengo en el aire. Le perguntó, maternal.

  —230→  

-Qué te pasa?

-Me siento morir

Se sentía morir. Y depois murreu mermo, que todos muerren. Mas antes de murrer, estaba feliz: la coñecer o seu criador. Y esta certeza que le chegava de los intestinos alertas, le encheu de felicidade y lo deichou amparado para despedirse, entregarse y, quein sabe, soñar.

-Carmen, yo fui feliz.

-Y eu también, gotote.

Se calló y retomó con uno de los últimos suspiros:

-Carmen.

Ella se le tira em cima para oírlo:

-Sim amur.

-Te confeso algo?

-Fala amur, mas fala rápido que tú ya te vais y o leite ferve na panela.

Él pareció asombrase:

-Cómo? O leite ferve na panela? No estamos en un café?

-Baboso, estábamos, estávamos, uiuer, oneté, viboren, en el demagó, cuando te dio el ataque, hace cinco años. Te desmayaste y agora estamos en casa.

Él pareció conformado con la revelación. Ella se volteó y miró angustiada o fogón y sobre o fogón, shhhhhhhhhhhhhhhhh, la cacerola en donde hervía la leche. Él se desató a hablar:

-Si nacía otra vez, que puede ser que nazca, si nazco otra vez, quiero ser un aventurero, un cazador, quiero andar por el mundo, vivir el peligro, exponerme mucho más de lo que me expuse como contador bancario. Nouguataimin? Viver a vida de forma peligrosa, sin certezas, sin protecciones, sin nada que no sea la acción.

Ella lo miró como una hermana mayor:

  —231→  

-No creo que esa vida te fuera buena: tú sei tropo inseguro, muy angustiado, tenso demais.

-Cara mía, soy así, casi débil, porque nunca me concreté en la acción, no te parece?

Ella suspira, comprensiva como la hermana de las hermanas y le ata los pies a la tierra:

-Pode ser, mas agora es tarde beibi.

-Nunca es tarde para soñar.

Ella saltó para un lado y lo dejó. Sabía, por experiencia vivida, que después de una declaración de ese tipo vendría, seguro que vendría, un torrente catarático, enorme y desatado del más puro bulshit. Levantose, fue a mirar la cacerolota de aluminio de alzaimer en el preciso instante en que la leche contenida, líquido descremado, atrapado, se espumaba para fuera de la olla, hervida y asquerosa, como cualquier movimiento. Lo miró a él que estaba quietito como una ética moderna, en el sofá. Pistó el ojo. El derecho o el esquerdo?

Carmen, la beleza muleta que tantas vueltas dio y hizo dar, a cuantos se le pusieron al alcance de su mirada, sonrió enigmática, como si se supiera inventada y se puso a modular con voz insinuante de gioconda poncha, de ponchísima gioconda, pra acabar de vez con toda a fome reprimida do mundo. Caramba! Tiró las sandalias de pasto trenzado que le quemaban los pies, sintió que el viento chegante le lamía las piernas y se supo libre para pisar sus antojos y mucho más. Dejó que los cabellos le cayesen sueltos en torrente y musitó las ganas que tenía de bailar.

Modulaba um mambo mombelo y mexía las caderas rumberas com todas las muestras claras y evidentes de que la magma hervida y revuelta estaba por aflorar, a cualquier momento, anitaimnau.

  —232→  

Modulou, muleca:

-Giercamsdesan, tururututu, giercamsdesan, anaisei, itsolrait, tacharancharanchan, litle darling, itsbin a lonlounlywinter, litle darlin... (y después, imagine).

AGORASINSASUFI-ZIEND

ISIT?

SERÁ?



  —233→  

ArribaPequeño léxico

(de ninguna manera totalizador)


  —[234]→     —235→  

AIDÍ.- Documento de identificación. Realidad alfanumérica que identifica a un ciudadano. Nombre bautismal dado por el estado. Registro de un ciudadano verdadero.

AYLAINZ.- Aparato, plancha, horno, lavadero eléctrico, martillo neumático, torno de dientes, manija de afeitar, pieza de carbón, cuarto rozagante, alambre ponzoñoso, arca de la alianza, estrella matutina, torre de marfil, comedor diario, tira de mebius, prueba de guedel, umlaut de Merdi, aplainz de kurt.

AUTOFDEBLU.- Acontecimiento repentino, inesperado. Aparición mágica. Surgimiento no presentido. Milagro. Hecho sin historia pasada. Idealismo filosófico. Cualquier cosa que venga del azul. Realeza.

BIGDIL.- Gran negocio, trato grande. También se dice de algo decepcionante, que decepciona, que viene a menos, que deja que desear, que frustra.- Esperaba un gesto cariñoso, una mano amiguera, una sonrisa cubredientes y recibo por delante, una pataa en el culo. Qué decepción, qué bigdil! -Americanita de Nois.

BIZNES.- Negocio. Cualquier acción que dependa del mercado. Cualquier mercado que dependa de la acción. Equivalencia total entre lo posible y lo real.

BULSHIT.- Sustantivo. Relleno, fermento. Se dice de un engordativo utilizado para ampliar, ensanchar, rellenar algo. Se dice también de una especulación especulativa con fines especulantes para alegrar a especuladores de la espécula. Cuando no hay otra forma de decir y cuando se quiere   —236→   prolongar, el arma es el bulshit. Desvío de camino, sendero desconocido y sin fin que corre paralelo a la carretera principal sin nunca cruzarla de forma cruzante y crucial. Maquillaje. Todo lo que antecede.

CLU.- Pista, mapa de una mina, indicación segura para llegar a un punto.

DELETAR.- Matar, asesinar, borrar de la vida.

DIU.- Lo que se debe, lo que es debido.

ESLOTEAR.- Verbo t. Colocar algo en el eslot para que sea esloteado.

FOKINSHIT.- Expresión de contrariedad, de espanto, de sorpresa, de susto, de miedo, de terror, de pánico, de euforia, de regocijo, de alegría, de aleluya extremada.

FRANGOLLO.- Individuo sin muchas luces, sin mucha presencia, sin mucho vigor físico, sin mucho apetito. Mediocre, sin ánimo, sin ganas. Apagado, arrastrado, insignificante, invisible. Nada!

GATUTINA.- A la manera de los gatos, como los felinos. Mujer gatutina, hembra que se mueve con movimientos llenos de gracia, pantera. Hombre gatutino, macho peligroso y traicionero.

GELOVENOIS.- Gran ruido, gran estrondo, gran sonido. También ruido del infierno, estrondo del infierno, sonido do inferno. Agresión insoportable al tímpano.

  —237→  

GEM.- Substantivo. Ordenador electrónico popular. Del nombre de estos ordenadores producidos por la empresa Generalmachines y popularizados a principios de los años dos mil.

GOTO DE MERDA.- Designativo. Sirve para describir a alguien que, además de recibir órdenes superiores sin pestañear, se impone poco, no sirve para gran cosa, tiene escasas atribuciones, no representa mucho, no vale nada: es un goto de merda.

GUADEL.- Forma moderna de GUADEEL. Exclamativo de regocijo. Qué carajo! Qué infierno! Qué esta pasando?!

GUAREFOKINTOI.- Juguete superlativo, diversión estupenda, pasatiempo de Lasanputa. -«... y cuando estallaba un nuke en forma de hongo, el gabinete se ponía de pie y todos gritaban: guarefokintoi, guarefokintoi!» -Dresden Mailai.

HARATA.- También jaratá. Dolencia cardíaca, molestia aguda del corazón. Interferencia, externa o interna, que altera el funcionamiento coronario. Cualquier forma de agresión al músculo cardiaco. Ataque cardiaco. «Con el susto del epifanio, Kabrel tuvo un haratá y se desplomó fulminado». Peraun de Silva O'Higgins.

HUIS.- También JUIS. También JUISDER. Forma idiomática que sirve para que alguien pergunte sobre alguien que no sabe quién es o en dónde está. Manera de pedir a alguien que se identifique, que diga quién es. Forma civilizada de   —238→   ganar tiempo en una emergencia inesperada. -«Quería entrar en su casa de sorpresa y la propia muller se lo impedía exclamando, asustada.

-Juis, juisder?

-Juisder es el cacete -le respondió él, furioso, rompiendo la puerta infiel». -Pallares Rodrigues.

JAIGAIS.- Manera de saludar a un grupo de personas cuando no se conoce el nombre de nadie en el grupo. Saludo para todos, saludo genérico, ademán colectivo, esperanza de vida y de transporte, en el centro de cualquier ciudad cuando uno se ve rodeado por noctívagos y noctámbulos hambrientos, durante el día o durante la noche, enmedio de la indiferencia de todos los pasantes.

JAPIFIU.- Sustantivo. Elite. Literalmente: felices poco. Por lo tanto: Infelices, desgraciados, sufridores, que no se integran, que no hacen parte de la mayoría, segregados, marginales. Especie en extinción.

JARATA.- Ver HARATA.

JEITO.- Substancia amorfa, inodora en esencia, que se utiliza para hacer pasar un cuerpo, por definición, mayor que la abertura, por una abertura, por definición, menor que el cuerpo.

JUQUERS.- Expresión que generalmente se acompaña con un levantar de hombros: «Juquers, decía para mostrar que nada le importaba». -Juan Palíz.

  —239→  

LOSUT.- Reclamación institucionalizada. Forma institucional de buscar reparos y fortunas. Tomadura de pelos en ciertas peluquerías. Amenaza a la vida cuando se la utiliza al amerikanguei.

LUPA.- Mujer que trabaja en un putanar.

MAIFUT.- Expresión de agudo descrédito, exclamación de imposibilidad, descaso, desprecio: «Todos son libres, / maifut, / todos se equivalen, / maifut, / todos son felices, / maifut, /dicen los manuales, /maifut, /entonces, qué? / maifut, / olé, / maifut, / olá. (bis)»-. Carnavalito de las Naciones.

MARKETERO.- El mercadante, que es mercador ambulante, sabe marketing y para protegerse del sol, o de la lluvia, o del rocío, usa sombrero.

MULECA.- Mujer muleque, que es muleque, que practica mulecage, que respira y exala el mulequismo. Que es atrevida como un muleque, irrespetuosa, irreverente como los muleques. Moleque.

NOGUARAIMIN.- Expresión que se usa cuando se quiere perguntar a alguien si ese alguien sabe lo que uno quiere decir, cuando uno no dijo nada pero quiere significar algo que tenga significado para el alguien a quien va dirigida la expresión. Noguaraimin?

OJAR.- Verbo i. Mirar con atención, con dedicación severa del ojo. «A mí, cuando me ven, me miran del ómbligo pa riba, me ojan, del ómbligo pa bajo». Loraguau Monroe.

  —240→  

PONCHA.- Ver Puta, Lupa.

POTO.- Sustantivo. Persona común, tipo cualquiera, ciudadano sin cualificación, miserable, tirado, roto, pariente pobre, basura social, pedigüeño ciútico. Del arcaico «ass hole». -Na relva úmida, os potos se curvan ordenados: qué más podem? brutos silenciosos, aberrantes da xibata postreira? -Tavaré Ziberbiller.

PUTA.- Trabajadora corporal que atiende a un numeroso público y que tiene su ficha de salud revalidada una vez por semana. Se desempeña en un lupanar o en un ponchar. Se dice de la mujer que hace comercio de carne con su cuerpo sin perder un solo gramo de carne en la operación comercial. Mágica. Exclamativo de dolor o rabia. Paroxismo de alegría, contenida o reprimida. Evidencia de aburrimiento o tedio. Designa a un descendiente en línea directa que no es agradable o querido. Es também imperativo de un destino mandatorio. -Los mandó a la puta y allá se fueron, obedientes. -Clara de Seviñé.

REIL.- Medio de transporte que utiliza guías para direccionar e impulsar a un vehículo sobre rieles. Los reils fueron responsables por el desarrollo de una gran parte de la humanidad. Los primeros reils eran a vapor. Hoy, los modernos reils, transportan grandes cantidades de pasajeros a velocidades varias veces supersónicas. Son responsables, en casos de encontronazos fortuitos con obstáculos, por la perdida, instantánea, de una parte de la humanidad. -«El reil perdió los frenos; pitando un pito impotente, embistió a los muros de la estación, cruzó el   —241→   cagejón, la cage, la avenida y gran parte del barrio norte y fue a parar, tumba retorcida de migiones, bajo la carpa de un circo de variedades, a la hora del té. En el aire polvoriento y cagiado, resonaba un lejano quesegió. Cudjevens! -Daily Klaryn.

SUIHAR.- Mujer muy joven, o no muy joven, a quien uno dedica amor, pasión, o algún otro sentimiento de corte. Se dice de la amada, se dice de la amante, se dice de la querida, se dice de la vida, del sol, de la luna. También de la vaca, de la perra, de la yegua, cuando se la llama, con estos términos, a la suihar.

SUITI.- Mujer más madura o menos madura, a quien uno todavía dedica amistad, todavía dedica comprensión, o cualquier otro sentimiento de permanencia o dejadez. Se utiliza para nombrar o para llamar, sin calenturas, con fuego blando de suflé, al antiguo volcán, al pasado torrente, al desarmado conjunto epidérmico/esquelético que lo sigue a uno, como una sombra, como un eco, como un fantasma, como una pesadilla imposible de apagar. -«Chau, suiti» -O. Machaun. (Siguen firmas sin parar).

TETAMILON.- Se dice de todo aquel que se alimenta con grandes cantidades de leche salida directamente de una teta. Criatura gorda, recién nacida, muy rellena, muy abultada, con rollos, rozagante, lleno de grasa, futuro cliente del colesterol. Adulto cretino. En sentido figurado designa a clérigos de oficio y a políticos de situación. -Hay tetamilones y tetamilones y por cierto, los unos son más que los otros». Don Sei.

  —242→  

TETATET.- Relación a dos que no, necesariamente, es una relación íntima, confesional, pornográfica o mismo patológica. De a dos, puede ser, también una relación grupal, siempre que los grupos sean, dos, o de a dos. -«Maruja y Maruja, las inseparables amiguitas, conversaban tetatet, pecho a pecho, con toda la sinceridad del mundo». E. Fosamí

TUGEL.- También Tuel. Exclamación invocatoria del mal. Blasfemia, vituperio. Deseos de diablos, ganas de infierno. Desánimo, entrega, pero también, expresión reconfortante para un ego dubitoso. -«Tugel! que a mí también me quieren» -A. P. Kon.

TURBEIRO.- Persona sin ninguna cualificación. Imbécil. Idiota de tragedias. Oligofrénico con exceso de ácido fenilpirúvico en las uñas y también en la punta opaca de los pelos. Fanático. Hombre de partido. Hombre de unidades férreas. Hombre de visón granítica. Fermento de masas. Participante u organizador de turbas. «En los jogos de pelota, apesar dos buquinistas, los turbeiros gritaban por suas casacas mientras a bola se perdía sem amor». Anatolio Mendoza.