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ArribaAbajoDía tercero

Vuelvo al gem a ver si consigo algo con la hembra. Es difícil esta guaya: llena de subterfugios y jeitos laterales. Yo sé, que saber lo que quiero saber, ella no sabe: saber no sabe. Ella no maneja el aplicativo que llevo en el gem. Pero puede ajudar y es aquí en donde la enfrento: ella no quiere ajudar. Voltea, voltea, me jode y no me ajuda. Hubo un momento, un momentito, en que perdí la cabeza y la amenacé:

-O me fala o te levo para as mandíbulas dos cachorros.

Perdí la cabeza, estaba cansado y me sentía impotente. Ella se sonrió, vi que era una sonrisa con perfumes de tristeza, con alguna sombra dolida y me lanzó.

-Goto, es disto que se trata. Tú me quer levar, me tens que levar esqueceu?

Me enervé y por un momento perdí el guai de la misión. Ella tenía razón y yo estaba desviando la investigación, haciendo amenazas, para satisfacer una curiosidad mía o para arreglar una gran metida de pata que, me parecía, había cometido. Más que una metida de pata: Pongámonos de acuerdo: invadirle el cuarto a Mitre ya sería un sacrilegio imperdonable, entrar mientras está con la suihar, llega a ser un delito de mercado. Shit. Y yo, de Juan mirón, estoy en   —92→   esta. Me sigue doliendo que me refiera como goto. Esto es algo que tengo que retomar para aclarar. Me duele, me molesta.

Como veo que no avanzaba con Carmen, decido hacer una pausa. Todavía tengo mi aguita de Irlanda. Me agito, la sorvo y allá me voy.

Me fui pero con un ojo apenas, que conste que el otro lo mantuve sereno y vigilante para confiscarle cualquier sospecha al ejecutivo, embutacado sobre su negocio. Algo me decía que debía proceder de esta forma y yo jamás discuto con mis adentros cuando estos se exponen para mis afueras. Con el ojo que estaba abierto, pude ver que, a alguna hora indefinida, pero tarde, muy tarde, el ejecutivo se erguió de su butaca y se vino hasta junto de la mujer que yo había descrito como capaz de alimentar a un batallón y que él me había descrito como siendo su mujer. Se le llegó, muy comerciante, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón ancho; cosa de importancia le sopló al oído porque ella lo miró, nadie mira a nadie cuando se está con la aguita, se levantó y lo siguió, carnera, hasta atrás del mostrador. Se sumergieron y no los vi por un pequeño rato. Cuando la volví a ver, ella se peinaba el pelo con la mano cerrada y se limpiaba la boca con el revés de la muñeca. Él apareció ajustándose los tirantes que le prendían el pantalón; se repuso en su negocio, buscó el barril y le sirvió aguita, que sería de Irlanda, y ella se fue a sentarse donde estaba cuando él la vino a buscar. Sorvió la aguita, estaba contenta. La oí proferir, una u otra vez con asco, pero no quería decir nada.

Quiero estar a solas con Carmen. Me imagino que a bordo de un reil puedo estar a solas con ella. En el gem, preparo el   —93→   reil, que ya salió de una estación cualquiera y que agora corre, supersónico, por entre praderas de lodo y aguas estancadas. Hay siempre una niebla baja que se viene a asomar, pegajosa, contra el vidrio panorámico del vagón Yo estoy solo; veo manchas que pasan, coladas a la ventana. No hay que mirarlas, marean. Es de tarde y puedo saber esto porque el culi del té entra y recorre el vagón con su ofrecimiento amable de infusión caliente y dulces de Llasa. Nada me apetece. La espero.

El culi pasó hace ya un buen rato. Carmen llega, camina en mi dirección. Yo la invito a que se siente a mi lado. Ella obedece, sumisa. No la miro y hago como si no me importara que esté a mi lado. Me molesta que me diga goto, vuelvo a repetir. La voy a dejar un rato en suspensión. Siento que busca acomodación en el asiento, no está confortable. Es ella la que rompe el silencio:

-Me sorprende encontrarlo precisamente en este reil.

No la encaro, ni tampoco le contesto de inmediato. Cuando lo hago uso la voz más neutra posible, la que dice: juquers? Le digo exactamente eso:

-Juquers.

-A nadie le importa que me sorprenda, es cierto. Por otro lado, hay una estación al final de este reil y yo pienso desembarcar sin decirle baibai. Por lo tanto si es para hablar, hablemos.

Esta mujer tiene iniciativa, no hay duda que tiene iniciativa. Y a mí me deja mal parado. Resuelvo mudar de táctica. Mitre decía gire la práctica de la seducción abre cualquier puerta y domina a cualquier mujer. Lo chamo al culi de vuelta y le ofrezco té con dulces de Llasa a Carmen. Ella mira la bandeja de plata que le ponen bajo los ojos:

-No gracias, acabo de tomar el té en el otro vagón.

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Miro al paisaje de formas oscuras que cliquea sin parar por la ventana. Le digo a Carmen:

-No me va a dar el placer de tomar una taza de té conmigo? Ella me mira y por primera vez veo que me sonríe, impulsada por algún sentimiento de amabilidad. Me dice, devolviendo sus ojos a la bandeja de plata y paseándolos por entre los dulces de Llasa:

-Si es así, con mucho gusto.

Para retomar la conversación a partir del lugar desde donde ella pretendía arrancarle contestó:

-No debería sorprenderse por encontrarme en este vagón. Es todo una casualidad engendrada.

-Acepto la formulación, pero tiene que entender que yo siempre estoy atrasada con relación a sus propuestas. Es usted el que da las cartas.

Me dice esto de un jeito tan dulce, tan entregado, tan amoroso, que quiero esquecerme de la cosa toda y proponerle, ahí mismo, que nos quedemos como estamos, para siempre. Yo me agencio para deletear la estación de destino y para hacer eternos a este ref.

No le dije esto y faltó un pelo fino para que se lo dijera. Me manejé contenido:

-Tenemos que conversar y como primera medida quero que me tutee.

-Está bien te tuteo.

Me metía sus ojos dentro de mis ojos, como si estuviera ojándome por entero.

-Carmen, tú sabes que esto no termina bien, tú sabes que tengo órdenes de llevarte.

Me sorprendí con mis propias palabras. Eran palabras duras que podían lastimar a la mujer que tenía a mi lado. No quería lastimarla, por lo menos no en aquel momento. Ella no me las reprochó, me dijo con mucha tranquilidad en la voz:

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-Tens un deber, una misión. Cúmplela.

Yo aprovecho el mensaje y recargo lo explícito:

-Es mejor así. Vamos a entrar en esto con la cara lavada, vamos a jugar limpio, si es que se puede jugar limpio, pero, al menos sabemos, desde un principio, a qué atenernos.

Ella se limita a un movimiento de cabeza afirmativo. Me da a entender que conoce las reglas del juego y que las acepta:

-Azúcar?

-Dos terrones, con su amabilidad.

Sus manos sc comunican ágiles, moviéndose con inteligente precisión. Me fascinan sus manos. Quiero axiomatizar a partir de ellas y devanear con la imagen de los pies, gemelos de la misma estirpe, ágiles y bien pizantes, pero los cosquilleos de la atorranzia se manifiestan y, shit, tengo que trabajar. Tugel con los fetiches! A la cosa, mariscal.

Tomo la iniciativa y le formulo:

-Tomabas el té en un otro vagón, me decías?

Ella baja la taza humeante y me pergunta con alguna sorpresa:

-Cuántos vagones tiene este tren?

No se me ocurre pensar en esa cuestión. No sé cuántos vagones tiene el tren. Le informo.

-No sé.

Por lo que puedo observar, a ella tampoco le importa mucho la indagación. No insiste y me dice:

-Sí, tomaba el té con alguien.

-Se puede saber quién era?

-No tengo motivos para esconderte pero, de verdad, no sé. Era un hombre.

Entiendo que sea una información parcialmente deletada.

Quedó el hecho, la presencia del hecho, pero no su historia, su pasado, su porvenir, un nombre.

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-Carmen, estoy en esto a pedido del Presidente, la misión me la confió el Presidente. No pretendo, ni quiero de ningún modo, meterme en cuestiones que no son de mi biznes. Por eso te pido que me adviertas si me estoy metiendo en algo muy personal.

Ella me mira y parece sonreír. Me dice:

-De acuerdo.

Yo insisto:

-No quiero encontrarlo a Mitre, si me hago claro. Ella me sonríe abiertamente y me dice:

-Es un riesgo que vas a tener que correr. Nosotros éramos muy unidos, esto es público.

Carajo, que esto yo sé. Ella tiene razón, el riego de encontrarlo a Mitre es real. No agora, no en un reil pero cada vez que la encuentre a ella, puedo estar a un paso de él. Se me hace guatona la torta. Yo le propongo:

-Vamos a pasar al otro vagón.

Ella comienza a levantarse y ojo que no había probado el dulce de Llasa que estaba escogido. Le repongo:

-No hay por qué correr, puedes terminar el dulce.

Ella oja el dulce mientras se termina de levantar y me lanza:

-Es apenas un dulce.

La sigo por el corredor y pasamos al otro vagón. No puedo dejar de estar nervioso. El hombre que tomaba el té con ella puede ser alguien del entorno de Mitre y no me gustaría sorprenderlo. Por otro lado, algo me dice que no es nadie de la presidencia. La sigo por el vagón que es un vagón de camarotes. Las puertas de estos camarotes están todas cerradas. Veo al culi que comienza a subir el vagón, empujando su carro de té y dulces. Lo interpelo por el brazo.

-Culi, meu bom culi, me informa costumeiro: serviste té en este vagón?

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-Estou para comenzar, patrón querido.

En este vagón Carmen no tomaba el té. Le agradezco al culi la información y lo aliento:

-Culi prosperante, te prepara, foguete, que un día vais a ser piloto.

Nos metemos en el otro vagón. Es el vagón restorante y está colmado de personas. La miro a Carmen. No necesito perguntarle nada. Ella me indica con un movimiento de cabeza un hombre que nos da las espaldas; el hombre está sentado delante de una bandeja con una taza de té. Le digo a Carmen que me espere y me acerco al poto. Le lanzo:

-Si me permite, me siento.

No espero que me permita y me siento. El hombre me mira y no parece sorprenderse con mi persona. Toma la taza de té en la mano, la protege y me advierte:

-Si quer té, pida ao culi.

-Le agradezco la pertinencia mas ya tomé en el otro vagón. Cuando le digo esto, parece súbitamente asustado; curva su cuerpo sobre la mesa, se aproxima de mí y pergunta con angustia:

-Me cuenta, cuantos vagones tiene este tren?

-Los que sean necesarios, frangollo.

Puerra, que no tengo paciencia para atender a las angustias fóbicas de machitos virtuales. El machito intenta tranquilizarse con una buena tragada de té caliente. Murmura:

-Entiendo.

No sé que carajos entiende, pero este es su problema. Yo me acomodo para el interrogatorio. Le lanzo un latigazo:

-Quién es Carmen?

El machito deja la taza, pone cara de escapulario, agua los ojos y se atraganta con lágrimas. Dice:

-Es la puta más divina que conocí.

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Tengo que cortar el vibrión antes que se me inunde el negocio.

-Gueireminet, míster. Volviendo al comienzo: quién es Carmen? y me responde con la cabeza, no con la entrepierna.

El poto toma su tiempo para reponerse de la emoción. Después me lanza:

-Es una compañera de té.

-Está mellor así. Preciso encontrarla, alguna idea?

Le pergunto al hombre y al mismo tiempo la tengo a Carmen dentro de mi campo de visión, en pie, en el corredor, ojándome impotente. Parece sumisa y es una imagen nueva que se me presenta de la hembra huida de Anastasio Mitre. Esta imagen nada tiene que ver con las provocaciones mulecas, los insultos, los desprecios que ella me servía. Carmen, en este momento, es dócil y espera, con paciencia, que yo termine un interrogatorio que me podrá llevar a encontrar su paradero, y por consiguiente, que me podrá llevar a su fin. A pesar de esto, a pesar del peligro que corre, está quieta, pelicana. De dos una: o ella sabe que nada de relevante conseguiré con este hombre o hay una otra mujer debajo de la Carmen que todos dicen conocer.

El hombre me pergunta, sin mucha convicción, como si supiese la respuesta:

-Se eu non colaborar, si non responder?

-Te tiro do tren.

El movimiento de cabeza significaba que estaba plenamente consciente de esta posibilidad.

-Está bien, eu falo.

Practica una última sorbida de té. Lo observo con atención y lo estaba ojando con tanta devoción que cuando me doy cuenta, shit, no la tengo más a Carmen en mi campo de visión. No está más, en el corredor, de pie. Miro en vuelta. Las mesas   —99→   están ocupadas con la fauna de viajantes que se hermanan unos con otros para protegerse de la soledad del transviaje. El paisaje parpadea sombrío y veloz sobre las ventanas que se dicen panorámicas. Nada de Carmen. Pájaro fugitivo, la reencuentro después.

-Fala.

-Como le decía.

Le interrumpo:

-Lo que decía ya dijo; me diga algo nuevo: Quién es Carmen para llegar a saber dónde está Carmen.

-Una compañera de té.

Yo me impaciento:

-Frangollo, non delira sobre la butaca: quero mais.

Él se asusta y me propone:

-Con paciencia, me deixa falar: Una compañera de té, no siempre aquí, en los vagones de un tren. La encontré en una degustadora para hombres. No tengo hábitos de frecuentar estos lugares, pero un día, a la salida de la obligación, después de horas que habían sido particularmente duras de se llevar, me fui entrando a una que quedaba por cerca de la firma. En la degustadora, se me presentaron varias opciones de delirio y escogí la ceremonia del té. Conocía la ceremonia del té de otras ocasiones y me pareció que, con ella podría reencontrarme a mí mismo, con una buena representación. Carmen fue mi guía. Durante toda la noche ella me llevó por los ritos secretos de la iniciación, me conduzco por los misterios del aspirantado que culminan con la preparación de la infusión, y le digo, que el resultado de esta peregrinación, me hizo al cielo y cambió mi vida. Volví varias veces para hacer el camino milenar del té al lado de mi guía, la sacerdotisa Carmen. A cada nueva ceremonia la experiencia se renovaba, y yo renacía, entero, en un plano más completo, superior. Mi vida comenzó a girar en   —100→   vuelta a la ceremonia del té, todo era té, todo era ella. No sé qué magia posee esta mujer. Pasaba días y noches en la degustadora, siguiéndola a mi guía. Perdí todo: largué familia, obligaciones, jubilación, una amante que me dio cachorros, todo largué por ella. Gasté todos los créditos que poseía: Carmen es una mujer insaciable, voraz. Y cuando perdí la última miserable gota de lo que era mío, ella se levantó, se rió de mi cuerpo sufrido y baibai.

Yo le pergunto:

-Perdeste tudo no té?

Él me responde, asfixiado de dolor:

-Na ceremonia del té -hace una pausa y repica, suplicante-: Me diz una coisa, señor de piedades, donde la puedo encontrar?

Lo miro con las cejas levantadas por el asombro:

-Estoy queriendo conseguir esta información de usted. Él se abre los brazos:

-Yo no sé.

Me acerco a él y le lanzo:

-No estaba tomando el té con ella, hace poco?

Él se asusta, mueve la cabeza:

-De ninguna manera, no la veo a Carmen faz tiempo.

Golpeo la mesa y instintivamente ojo el lugar en donde estaba Carmen, en el corredor. Ella no está. Le pergunto al míster:

-Dime una cosa diferente, el nombre Pietro, te suena algo?

Lo veo que se pone pálido, me parece que tiembla. No me dice nada, yo espero. Al final balbucía:

-Pietro.

Yo le retomo con aspereza:

-Sí, Pietro, quién es Pietro?

Él levanta la mirada y me oja aturdido. Con mucho esfuerzo me dice:

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-Pietro -hace una pausa, baja los ojos y retoma- ella se foi con él.

Yo le reprocho:

-Se foi con él es decir mucho y no decir nada, que interpreto yo?

Él se irrita:

-Míster, se fue con él quiere decir que abandonó todo, todo, a mí me abandonó y se fue con él.

Me sonrío complaciente:

-Buen machón este Pietro para cargarse con una hembra del porte de Carmen.

Él sonríe desolado:

-Mucho oro, míster, créditos en abundancia.

Yo indago inocente:

-Cuál es el biznes del poto?

Él se espanta de forma genuina y me lanza:

-Pietro, Pietro Zaiss, no lo conoce? El magnate de los ojos. No puedo creer que nunca haya presenciado el eslogan: «Ojos claros, ojos pardos, glaucomados, reventados, cualquier sea su visión, un día va a terminar con un par de ojos Zaiss».

Claro que sé quién es Pietro Zaiss, mil virulas. Ahora, con el nombre Zaiss, sé quien es Pietro, carajo.

-Se fue con él, entonces -digo, mitad para mis adentros, mitad para mis afueras y agora entiendo mejor de que manera se fue con él.

-Con él se fue -me hace coro el guayo. Yo quiero saber más. Le indago:

-Tens idea de cómo se conocieron.

Él me mira con desconcierto y lo veo herido:

-En la ceremonia del té.

Está lastimado el macholo. Seguro que le fustiga el hecho de que le túrvien la cuna. Como Edipo. Yo le lanzo la verdad que puede consolarlo:

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-No sufras, que la Carmen no vale nada. Aclaro: vale como hembra, y mucho, mas tem orden de captura y por eso, no vale nada.

-Él tampoco vale nada.

El reconcho mecanismo de despreciar al otro con el blábláblá. Le doy un consejo:

-Mellor sublima.

Él me devuelve:

-No me interpretas bem: Pietro no vale nada porque no tiene valores.

-El magnate no vale nada?

-Nada, está impedido de tocar lo que tiene por orden del juez que atiende la causa de los herederos potenciales. Lo acaban de declarar baboso senil.

-Y Carmen sabe?

-No sé si sabe agora, mas no sabía antes.

Lanzo un pensamiento palabroso que se me ocurre:

-Lo que no va a protagonizar Carmen cuando descubra!

El poto concuerda:

-Va hacer un jelovenois de los diablos.

Pienso con mis botones que la cosa se pone fea para el Pietro de los ojos. No tengo de memoria nada más peligroso y inflamable que engañar a una hembra tenida por los créditos. Enfin, no es cosa mía y ellos que se entiendan entre ellos.

Veo la taza de té vacía y el dulce de Llasa abandonado sobre la bandeja enfrente al forastero. Le indago:

-Está seguro que no estaba con Carmen, ahorita? Me responde como macho sincerante.

Él se me pone tieso, recto, duro y me devuelve solemne:

-La palabra de un caballero.

-Y qué hace en el tren?

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-Fucho de mí mismo.

No le respondo y murmuro como si fuera un eco:

-Está fuchindo, el caballero.

Digo esto y tengo la sensación de que el reil baja la velocidad de su carrera.

Miro por la ventana. No veo nada diferente. Me levanto con rabia, voy a volver sobre mis pasos. Atravieso la masa de solitarios que se conversan para ganarle al tiempo. Humean consuelos de sus pipas embotantes, sorven el té que se permite; hablan, intercambian sensaciones y experiencias para aterrar el vacío que los empantana a todos. Paso al vagón siguiente, que es el vagón de los camarotes. Las puertas de los camarotes están cerradas, como estaban cuando pasé por ellas ainda agora. Los japifiu selectos se acuchan reposantes. Paso por un camarote que tiene la puerta ligeramente entreabierta. Una idea, que es una idea propia de investigador o de mirón, se me ocurre. La puerta está entreabierta y eso es todo. Por las dudas, por las duditas, no más, me acerco y oigo. Ningún ruido. Empujo la puerta que cede a mi solicitación sin ninguna resistencia. El camarote doble está con la cama abierta. Sobre la cama, lienzos, sábanas, ropas en confusión promiscua. Tengo la impresión de que el camarote fue desocupado hace muy poco tiempo. Y me parece que fue desocupado de forma apresurada: quién lo ocupaba, o quiénes lo ocupaban, salieron apurados. Cómo sé esto? Un investigador siempre sabe. Sobre una bandeja de plata, dos tazas de té vacías y un plato con una única porción de dulce de Llasa. La puerta que da al baño está cerrada. Algo me dice que algo me dice. Desfundo la guagua, porque algo así me dice. Olfateo el aire. Hay cosa mala en el aire. Me acerco de la puerta que da al baño. Pruebo la puerta. Está cerrada con llave. La examino más de cerca. Está cerrada con llave desde adentro.

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Ya que estoy aquí, ya que llegué hasta aquí, continúo. Golpeo con impertinencia pero con moderación. Nadie responde. Insisto. Ninguna contestación. Pergunto:

-Juisder?

Nada de respuesta. Sumo dos más dos y me doy cuenta: si la puerta está cerrada por adentro, si yo llamo y nadie contesta, es que hay alguien del otro lado que no quiere me hablar. No voy más lejos y no indago razones. Intento de nuevo abrir la puerta, tiro mi cuerpo contra la puerta. Siento que puede ceder. Lo tiro a mi cuerpo con más fuerza: falta un poco. Hago una tercera y brutal tentativa. La puerta se viene abajo.

Estoy en el baño que es diminuto. Levanto la guagua para protegerme. No entiendo lo que pasa: no hay nadie. Mejor dicho, no veo a nadie. Pero hay algo en el aire, un perfume demente que yo conozco y no reconozco de inmediato. Es un perfume agrio, insolente. Se me hielan los huesos cuando la memoria me viene: Es el olor a muerte. No, olor a carnes podridas, a gusanos purulentos, todos aromas y esencias que parasitan el cadáver. Lo que tengo ahora, en la nariz, es el olor activo de la muerte, el perfume que ella tiene mientras está. Cierro mi mano para tenerla segura a la guagua. Estoy en el baño que es diminuto y me afiguro de dónde puede llegar el peligro. El baño tiene un lavamanos y un mierdero. Ojo a un lado, al otro. Nada. Hay un espejo que me molesta porque está oscuro y refleja mal. La ventana opaca está cerrada. Ojo el espejo que me devuelve una parte del camarote desarreglado. La cama en confusión es siniestra. Me imagino los cuerpos bestiales que se atrevían sobre ella. Atrás de la cama hay un armario que veo por el espejo. Me volteo de un golpe, la guagua en mi delante. Llego al armario, pateo la puerta que cruje y se abre: nada. Que hay muerte en este sitio no lo dudo, que hay olor a muerte, lo huelo. Miro a mi vuelta. Contéo algún canto   —105→   que no haya ojado. Pienso en el baño, ojo el mierdero de lejos. Es un mierdero igual a cualquier otro. Vuelvo al baño. El mango de la guagua me lastima la mano. Me acerco al mierdero, ojo el fondo: Un círculo de líquido negro se recorta en lo profundo de un cono de metal pulido. Se me ocurre algo. El corazón dispara. Tiemblo. Presiono la descarga. El líquido del fondo se pone a girar. Distante, turbillona de forma lenta y devagar; después, va subiendo, montando, espeso, compacto, como si todas las cañerías del mundo estuvieran cerradas, trancadas y desangraran en él; el líquido girante, mientras sube, va cambiando de color. Atrapado y en turbillón, se aclara y es sangre, roja viva, lo que desborda burbullante y se derrama sobre el piso del baño. Me hago a un lado para no manchar mis calzantes con el miasma que vierte incriminatorio. Voy saliendo, asqueado; me volteo, de pajero, para una última mirada al mierdero que así brotando, me recuerda a la fuente artificial de una plaza pública. Mientras miro, un ojo varicoso vence el borde del mierdero enmedio a coágulos pesados que erupcionan y se convulsionan y todos caen al piso con un sonido profundo de reventar. Shit, mil veces shit.

En el camarote, olfateo con rapidez algunos lienzos de la cama: es ella, con certeza. Carmen estuvo aquí. Estuvo tomando el té, con Pietro, es con el que tomaba el té. Durante el té, ciertamente descubrió la situación del baboso senil, con todas las implicaciones futuras, y en un rompante de furia, al Zaiss lo hizo en pedacitos. Después lo letrinó por entero como si fuera un pedazo de buena mierda.

Me despacho, salgo al corredor desierto. Tengo el cuidado de cerrar la puerta detrás mío para esconder el camarote inundado de sangre. Siento que el tren disminuye la marcha. Qué carajos ahora? Camino agitado. Penso en lo que acabo de ver en el camarote: Carmen tiene momentos que me aterrorizan.

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Pensar que después de la acción sangrienta se me fue a sentar al lado para tomar el té! Mujer de carácter, esta.

Miro afuera. El reil pasa más lento. Es noche. Me acerco a la ventana. Veo un paisaje lluvoso. Cruzamos una pradera sin límites. Cerca del paso del reil, formas humanas, centenares de ellas, se agachan, se esconden, pretenden desaparecer en el suelo. La noche se interrumpe por fulgores repentinos. Oigo el ruido sordo de explosiones. En la oscuridad derrotada por los clarones, veo que alguien corre, alejándose del tren. Alguien huye desde el tren. No puedo ver quién es.

Paso al otro vagón. Éste es el vagón en el cual estaba yo cuando me surgió Carmen, con seguridad, recién salida del camarote. El vagón está prácticamente vacío, como estaba antes. Hay apenas un asiento ocupado. Es el asiento que yo ocupaba cuando tomaba el té con Carmen. Me acerco del asiento. Mientras me acerco identifico que es un hombre el que ocupa el lugar. Me aproximo. El poto parece dormir. Lo reconozco al hombre que foche por Carmen, el de la ceremonia del té. Lo ojo con atención. Tiene raíces en la boca. No respira. Es tierra, suelo, campo de cultivo.

Shit, volver a empezar.

Me rasco la cabeza porque me pica.

Lo veo al ejecutivo que me oja. Debe pensar, detrás de aquellos ojos saltones, ojos de pescado sin oxígeno, que yo me esfuerzo para terminar mi historia. Debe pensar en el trabajo enorme que la tarea representa y debe concluir con algún pensamiento digno de un cangrejo. Puede ser que me equivoque, pero dudo: así debe pensar. Me levanto, voy hasta donde está él. Le comento:

-Para bem terminar me faz falta más aguita de Irlanda.

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Él mueve los brazos como si los fuera a abrir. No los abre. Me cuento que debe ser un poto encerrado y egoísta. Me lanza:

-El patrón sabe, el patrón quer -y me va a servir el líquido de un tonel.

Yo soy sincero y le digo:

-Es educado el profesor.

Él me recita:

-Para servir o cliente hay que conocer o cliente.

Reconozco la procedencia del mandamiento comercial y la revelo:

-Primer mandamiento de los manuales.

El ejecutivo se incorpora con vivo interés al intuir un alma hermana.

-Ualmarteano el patrón?

Lo desaliento:

-Personalmente soy agnóstico mas estuve relacionado con alguien que creía.

Me agarro la aguita, el ejecutivo me anota en su cuaderno de almacén y me devuelvo alegre a mi lugar. Continúo la investigación.

Se trata agora de establecer otra hipótesis o mejor dicho, una hipótesis más temprana, o diciendo de otra forma, lo que quiero es llegar al tren un poco antes y establecer prioridades. Me preparo para acertar.

Llego a la estación a la tarde y el reil que está en la plataforma sale rumbo al oeste. Lo bordeo, me acomodo y por el vidrio de contemplar, veo que Carmen llega apresurada. Consigue embarcar. Está sola. Sube un vagón después del mío. El reil se pone a mover; salimos de los centros teñidos de oscuro, soplamos por nubes corrosivas de metales, nos alejamos, poco a poco, de la urbe; ganamos rapidez, perdemos la capacidad de ojar y es de otra forma que sentimos que todo   —108→   pasa, en velocidad. En poco tiempo el vidrio de contemplar es una pantalla en donde todo clica, sin parar.

Me levanto. Subo la composición en busca de Carmen. La encuentro que me espera en el tercer vagón. Quiero ser cortés y pido permiso para sentarme a su lado:

-Puedo juntarme?

Ella levanta los ojos de crianza, se pasa la mano sobre el pelo para indicarme la paz, me ríe cómplice y me brota su voz de mareas:

-Siempre digo sí a un caballero cuando me pide asiento en un viaje de reil. Es que me aburro sola.

Me toca la sinceridad, hay desarme en ella. Le confieso:

-Poder hablar con una mujer formosa es siempre un privilegio.

Ella me conquista con la sonrisa del siglo:

-Gracias por el privilegio.

Yo protesto:

-Lo siento, es el mío que defiendo.

Ella continúa sonriendo y yo estoy por derretirme:

-Me lo entregue pues entonces.

-Es todo suyo, además lo mismo me pasa a mí, me aburro, solo, en un ref: somos dos.

Ella me entierra, con melodía en la voz, la siguiente confesión:

-Tenemos algo en común.

Doy un tiempo rápido. La miro, la ojo con atención de rapiña: me conmueve su belleza. Le lanzo, maldito:

-Muito más do que tú pensas, guaya.

Le lanzo esto con voz perversa y con evidente placer. Lo que me pasa es que no resisto al gusto maldoso de un chicotito en la mano. No siempre, que no soy sadicón, pero a veces me cosquillea el dolor ajeno. Carmen, que se preparaba para ser   —109→   mimada, se sorprende y llega mismo a asustarse. Baja los ojos y la oigo murmurar:

-Por qué tiene que ser así?

Yo insisto, busco el límite, la piso para maltratarla. Le esputo:

-Porque así tiene que ser, poncha.

Ella no responde, levanta los ojos, me mira sin rencor: está recompuesta o renacida. Es otra mujer la que tengo delante mío. Esta no baja los ojos, ni baja la voz. Me lanza sonriendo:

-A su juego, marcalón.

Yo me río con ella. Diciendo mejor, me río al mismo tiempo que ella, pero no nos reímos juntos, ni nos reímos de lo mismo. Quiero invitarla a algo. Le propongo:

-Chamo o culi para algo?

Ella ya está lejos, protegida de la seducción. Se niega indiferente:

-No quiero nada

Todavía me creo señor al anunciar:

-Pues nada será.

Ella descruza y vuelve a cruzar las piernas torneadas con amabilidad. Me propone negociante:

-Vamos a nuestro biznes, que me esperan.

La vi subir sola al reil, agora me dice que alguien la espera. Le hago ver este hecho:

-Estás sola, Carmen.

Ojo que ella se molesta con la contradicción, se ruboriza. Me lanza, misteriosa:

-Ni tanto. Insisto:

-Por lo menos, al subir estabas sola. Ella me repite:

-Me esperan.

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Como sé que Mitre le tiene aversión, odio, fobia a los reils, no temo ser indiscreto con perguntas ni tampoco temo encontrarlo por aquí. El campo libre me llena de osadías:

-Y quién te espera?

Puede ser que Pietro sea el que la espere. No sé. Estas situaciones del gem parecen parecidas, parecen iguales, pueden ser iguales, eventualmente, pero en general no lo son. El reil en el cual estoy ahora, no es, necesariamente el mismo reil en el que estaba yo hace un ratito. Yo la axiomatizo a Carmen y no sé si todos los otros parámetros se mantienen iguales. Carmen se molesta de forma más intensa, con mi pergunta. La veo agitarse, mexerse en el asiento como si una angustia súbita le suflase el pecho. Suspira y me responde con la repetición:

-Me esperan.

Que las mujeres son tercas, no hay dudas sobre esto. Pero, atención: ni una se sabe terca de antemano y sólo lo descubre cuando nota la terquedad cuestionaria del interlocutor. Es la ocasión la que hace a la terca. Para no despertar una situación de sinuca sin salida, me manejo desviante:

-Muy bien, te esperan. No vamos a tardar con lo nuestro. Unas perguntitas.

Ella consiente con un ademán soberano. Me pide:

-Antes de comenzar quiero oír la clásica advertencia. Me pongo en duda:

-De qué advertencia estaríamos hablando?

-La de los gotos.

Carajo, que esta mujer me quiere lastimar para siempre. Repito que no soy goto, nada tengo que ver con gotos. Sé, por ver en la pantalla de mesones y en los programas infantiles, lo que tienen que decir los gotos antes de empezar un cuestionario. Le hago el gusto; ya me vengaré. Le advierto con tedio, la parlanza abreviada.

  —111→  

-Ciudadano, te cuestiono y respondes, pero es bueno que sepas y comprendas, que todo lo que me dices, mismo que sea de corazón abierto, lo puedo usar yo, después, para cortarte la cabeza. Te digo esto porque es tradicional y legal.

Termino la parlanza y la ojo. Ella se llena de ínfulas y lanza la respuesta popular, debida en estos casos por la plebe:

-Goto de merda, me cuestionas, yo te respondo y te digo sincerante que la guaya que te trajo al mundo, tem examen de salud, revalidado una vez por semana, por puta.

Ella piensa que todo esto es un juego y a mí me duele el trato diferenciado.

-Está bem, cada uno se dijo su cada cual. Agora pasó lo turbio y vamos a lo claro.

-Te das cuenta del peligro, me supongo. Yo me sorprendo:

-Y de qué peligro me habla la nena?

Ella parece gozar con mi cara:

-Del peligro creciente que corres. Fíjate lo curioso del bigdil: a medida en que vayas teniendo más información sobre mí, y la información sobre mí es esencial para tu misión, mas te vas involucrando en este shit. Y la merda, como todo en la vida, tiene flujo y reflujo, todos salen salpicados.

Ella se ríe con la amenaza, la atrevida. No me intimida. Pero tiene razón. Voy al grano y la tiento:

-Sé todo sobre Pietro.

Ella, no se inmuta para nada. Al contrario, me mira como si pensara que lo que digo es una estupidez. O es cínica o no sabe de quién carajos estoy hablando.

-Felicitaciones.

Es mi momento de estar por arriba. Si ella ya lo conoce a Pietro, hay algo que ella todavía no sabe sobre él y que le va a causar desolación.

  —112→  

-Ni tanto, ni tanto. Tú sabes que él no vale nada?

-No sei.

Me quedo en la duda:

-O que tú no sabes?

-No sabía que no valía nada.

Me golpeo la pierna con satisfacción victoriosa:

-Entonces es él, Pietro, el que te espera en su camarote y tú no sabes todavía que no vale nada.

Ella se calla, me mira, me dice:

-Siento mucho, pero aquí hay una confusión: quién es Pietro?

-Pietro, Pietro Waiss, el de los ojos.

-Y tendría que conocerlo?

Me quedo mudo. Después articulo:

-No lo conoces?

-No.

Pienso para mis adentros. Esta no es la misma situación de antes, no es el mismo reil, Pietro no está a bordo. Carmen todavía no lo conoció a Pietro. Este es un momento muy anterior, con toda seguridad. Pienso para mis adentros y las palabras me salen, rebeldes:

-Todavía lo vas a conocer.

Ella me canta, como buena consumidora:

-Mas o menos eso dice el eslogan.

Algo repentino me distrae la atención. La dejo de mirar a Carmen. Siento que el reil se va parando. Veo que pasamos por un paisaje apagado. Veo formas humanas que se esconden petrificadas sobre el suelo pantanoso. Veo clarones lejanos que insultan a la oscuridad. Oigo el rumor de explosiones que vaguean por la noche.

El reil para. Carmen se levanta, como si yo estuviera ausente y no puedo impedir que se aleje de mí. Se va al vagón siguiente.   —113→   Miro afuera. Una explosión ilumina el terreno. Veo cañones, bueyes que tiran carros, gotos con los uniformes deshilados. Hay muertos en trincheras. Un obús estalla muy cerca de donde estoy. Veo cuerpos que giran en el aire, en pedazos. Oigo gritos finales y gemidos de dolor. Me levanto, abro la puerta, salgo al campo y me pongo a correr. Está en juego mi vida, busco protección.

Corro, me alejo. Hay gotos que me cruzan y que marchas en dirección opuesta a mi carrera. Las caras tienen rabia o pavor, hay demencia en todas ellas. A unos cuantos que me pasan agrupados, en marcha forzada, las cabezas bajas, les lanzo la pergunta:

-Quo vadis?

Uno de los gotos, el que me parece líder, responde:

-A tomar humaitá. Vamos!!!!

Pienso que debe ser una aguita local y no me apetece el sorbo.

Llueve con fuerza. Llego a un lugar en donde se aglomeran cabañas sórdidas, oscuras. Las diviso porque se recortan contra el cielo pintado por las explosiones. No corro más, camino, arrastro los pies en el barro. El parpadeo de una fogata me atrae. Me acerco. Me refugio en la entrada de una cabaña. Un goto con uniforme azul y mucha barba negra se me acerca y me declara, escupiendo una mezcla espesa de naco y sangre:

-Mitre está a camino.

Se me hielan los huesos y la carne que los recubre. Me quedo paralizado. Por más que esté en mi plazo acordado, si me encuentra, de seguro que me pergunta por Carmen. Y yo que no la tengo todavía!

Llueve.

Mi primer impulso es salir rajando de donde estoy, antes que me encuentre él aquí o me lo encuentre yo por ahí. Voy a   —114→   rajar, cuando el goto de uniforme se perfila, quita pecho, lleva la mano a la frente y grita, mirando a alguien que, supuestamente, está atrás de mí:

-Oficiaaaal!

Yo me volteo y veo que entra a la cabaña un hombre viejito, todo alquebrado, todo mojado, con su uniforme azul oscuro, todo inmundo de lama. El viejito entra y no le da pelota al goto que se mantiene tezo. El viejito se camina hesitante hasta el fondo de la tienda. Apalpa una butaca esquelética, se apoya en ella, se la encima como si se la estuviera montando y en el caballo soñado, se deja estar, un ser a camino del neante. El goto se relaja, suelta los miembros, escupe su porción de naco y sangre y le reclama a sus entrañas, con evidente asco en la boca:

-Estos son los generales de nuestra guerra.

Yo que estoy siempre atento, a la palabra guerra, me pongo en alerta. Caramba, que algo en este sentido tenía que estar ocurriendo para explicar las explosiones, los corpos volando, los cadáveres repartidos por el piso. Para precisar las cosas, me lo cuestiono al goto, con prudencia:

-Goto estimado, se podes me precisar, el enemigo se acerca?

Él me mira aturdido pero enseguida su mirada cambia y es el odio el que faisca en sus ojos. Se lleva la mano al sable y grita con rabia:

-Escuta: goto es tu abola y vaca tu máñe. En lo que me toca a mim, sou capitón do echercito imperial.

Es la segunda vez, en poco tiempo, que me refieren a la ascendencia. Me resulta bastante vulgar y chulo el lenguaje que utiliza pero lo que quiero saber es dónde está el enemigo, que esto es lo esencial para tomar partido. Con la razón explicada, le doy el gusto y retomo:

-Capitón imperial, forza do destino, descansa a espada y me parla do enemigo.

  —115→  

Él me oja con evidente desconfianza. Todavía tiene la mano sobre la espada aunque veo, en sus ojos, que el impulso asesino disminuyó.

-O enemigo está por tuda parte.

Las generalidades son peligrosas porque involucran a todos y diluyen cualquier responsabilidad de origen. Además no llegan a la cuestión. No estoy para estos cuentos. Mi problema es sencillo: no me quedo aquí porque no es conveniente encontrarlo a Mitre. Pero, por otro lado, tengo que saber pa qué lado caminar, no sea que me meta como boludo en el campo enemigo y me acusen de espión. Intento sacarle rumbo al filósofo:

-Capitón, amado capitón, querido capitón -digo esto y lo veo a él que vuelve a ojarme como asesino. Qué pasa ahora? Tengo un pálpito salvador y le agrego, rápido, para reconciliarme -amado do inferno, querido da morte, valente sangrero!- se me arreglan las cosas: el poto se relaja, se relame, escupe y me aprueba con bríos:

-Así me fes mia pai.

Yo le puedo proseguir:

-Capitón, de que lado ven o Mitre?

Se entiende la malicia, verdad? Si Mitre llega de un lado, el enemigo estará, clarísimo, en posición diametralmente opuesta y con esto me hago, en particular, un mapita preciso para la retirada. El poto se me vuelve a poner belicoso. Carajo, está con los nervios en punta, totalmente histérico. Ahora no sé en qué lo ofendí. Él me lanza indignado:

-General Mitre, general Mitre, más respeto, subalterno.

Bah!!!, mil veces Bah!!!!: Que no me digan que mi Presidente se hizo General! Este Mitre es puerreta! Por un momento me olvido de mi salida de escena. Tengo que felicitarlo al amigo, es importante. Le transmito esto al poto,   —116→   que para mí, no se lo digo a él, pero para mí, sigue siendo un goto, y más, un auténtico goto de merda. Le digo:

-Tengo que saudarlo al general.

Él me desprecia y me responde:

-Tú saudarlo? Por lo que sé, si te encuentra, te castra, no quiere ver a nadie.

Que es capaz de hacerlo, es capaz de hacerlo, capaz de castrar por un simple viento norte. Le indago el motivo que me puede sugerir:

-Y por qué?

-Por Tamandaré que no le da cobertura naval, no le hace caso y lo cree enemigo. Así la guerra se alarga, no termina nunca y nos condenamos a morir por el capricho de un tirano, de frío, de tétano, de disentería, de cólera, de hambre, de picada de cobra, de mordida de araña y también, porque esto es una guerra de verdade, de lanza, de sable y de bala redonda. No debía falar esto, mas falo, que en esta guerra se muere menos de combate que de espera.

Escupe otra porción asquerosa de lo que sabemos. Que capacidad na boca tem el guayo! Y judegel es este mandaré tan poderoso como para dejarlo de mal humor a Mitre. Debe ser un almirante. Lo que más detesta Mitre en esta vida, al punto de ponerse apopléctico cuando se la menciona, es el agua y todo lo relacionado con el agua. La oposición lo llamaba, en una época, cuando había oposición, y con el perdón debido por la expresión, «perro rabioso».

-Te digo una confidencia, capitón imperial. Todos estamos a merced de los que pueden más, y aprendí que quien no busca la buena teta, tem, todavía, menos futuro que un distraído. Por esto, pretendo esconder los cullones y mostrarme hurrante delante del general.

  —117→  

En verdad, no sé si me quedo para felicitarlo a Mitre por la promoción, lo decido después y de forma íntima. Pero quiero manifestar un punto: me da raivas, de veras que me molesta, que de salida, un turbeiro cualquer lo quiera desanimar a uno. Lo ojo con severidad escrutinante al tal capitón imperial. No me responde, no me mira. Masca la boca chupada. Parece cansado, quebrado. Está de pie al borde del abrigo. Atrás de él cae una lluvia torrencial, de castigos, y en el medio del agua, se ilumina la noche y tiembla la tierra, por trueno o cañón.

Nunca vi llover con tanta fuerza, son baldes y baldes de agua. El ruido, es el ruido de un río que pasa, en este caso, que cae. Me pongo a mirar la lluvia y me quedo direccionado como una gallina delante de un trazo. Me sacudo la cabeza para despertar.

La lluvia paró. A mi lado, el capitón está tendido sobre el piso de la cabaña, que por estar un poco más elevado, no es lecho del torrente que todavía corre sobre la tierra. El capitón tiene la cabeza apoyada sobre las manos cruzadas. No masca. Abre un ojo. No dice nada. Me manifiesta:

-Nada se mexe.

Ni el capitón se mexe, ni me responde.

Corre buena parte de la noche en esta situación. De repente, un clarín se mosquitea a lo lejos, en sonidos cortos y rampantes. Para joderlo al compañero que está tendido en el piso, naa ma que pa joderlo, y para quebrar la tensión, le lanzo:

-Debe ser mengano o solano que llega.

Una pila de nervios, este señor a mi lado. Se incorpora, sacude en el aire el sable desbainado y se pone a gritar improperios de pesadelo. Yo me enojo y le indico con un grito:

  —118→  

-Caramba, te faz tratar, compañero.

Él se desinfla lentamente; después suspira y confiesa:

-A mención ao tirano me faz explotar.

No sé de qué carajos habla y no pretendo indagar.

El goto se desinfla pero no se queda en reposo total. Está tenso, lo veo que vuelve a mascar. Sus ojos buscan algo en la noche que no puede ver. Olfatea el aire. Yo lo quiero entender y le pergunto:

-Qué le pasa, capitón?

Él no me fala de inmediato, pero no tarda y me contesta:

-No es lo que me pasa a mí, subalterno, puede ser lo que nos pasará a todos.

Me veo involucrado y me intereso con más determinación:

-Y qué sería lo que nos puede pasar a todos, capitón centinela?

Él sigue olfateando el aire, sigue buscando el clú decisivo:

-Penso que si sonaron el clarín puede ser para engañarnos:

Sonó el clarín que despide al oficial de más alto rango, al comandante. Si se fue el oficial comandante, es señal de que el enemigo estará quieto y no habrá ataques.

Yo respiro aliviado con la conclusión que me parece procedente y sensata. Confieso que a mí, cualquier situación que no sea el tetatet, yo con mi guagua, el otro con lo que quiera, me resulta desagradable y desnecesaria. Le digo al capitón:

-Capitón pensante, así es.

Él no había concluido su mentalización y me la mostró, a continuación:

-Pero puede que no haya salido el oficial de rango más alto, puede que permanezca acuartelado el comandante superior. En este caso, por qué sonaría el clarín su triste toque de despedida?

  —119→  

Le adivino la continuación pero me abstengo de palabrearla. Le ruego:

-Me diz, por qué?

-Para engañar, para atacar, para nos matar.

Me puse la mano en el interior de la ropa y la empuñé a mi querida guagua, que el relato, el devaneo, la alucinación, del capitón, para mí y mis botones, son fundamentadas lo bastante.

-Así lo crees, capitón, sangrante decapitador?

-Así lo creo.

Los minutos siguientes fueron de gran angustia. Ojé al viejito en el interior de la cabaña: seguía en un mundo que no era este aquí. A pesar de ello, le indagué al capitón, señalándolo al viejito con un movimiento de cabeza:

-No lo vas a acordar?

-Y pa qué, si no quiere guerrear.

Yo tampoco quiero guerrear y se lo digo:

-Nadie quiere guerrear, hermano.

Él se enoja y me grita:

-Eu quero, vou a lanzar o maldito enemigo. Solano muere por mi lanza.

Que este tipo necesita tratamiento, no hay dudas, necesita tratamiento, y un buen tratamiento, años de diálisis cerebral, con la pequeña melania, de preferencia. Ya se lo dije a él y no le repito porque no vale la pena repetir; además, insistir, acaba siendo malo para el mismo tratamiento, interfiere en la relación. Pero, que necesita, necesita.

Nos quedamos vigilantes toda la noche. No pasó nada.

El día amanece espléndido. Firmamento azul intenso, ni una sola nube por cerca. Nubarrones de gran altura sobre el horizonte. Hace frío gustoso. Silencio. Ni pájaros, ni viento.   —120→   El suelo del campamento, una pasta oscura de lama revuelta, se salpica de cielo en las pozas de agua. En vuelta, dos lapachos portentosos florecieron en amarillo y rojo. Caprichos de la naturaleza, cambio de estación.

El capitón dormita sobre su uniforme tendido. Miro al interior de la cabaña. El viejito general se mantiene montado en su sueño escuálido. Ojo el costado enemigo. Tengo dificultad para ver algo por detrás de un bosque de malezas. A lo mejor, veo una cabaña, a lo mejor, es una roca del terreno. No importa: ojo el costado enemigo y aunque no me aseguro de ver algo, lo sé, allí está él, acuartelado, entrincherado.

El capitón se incorpora de un salto, se levanta, el sable en mano. Oja un punto que yo no distingo. Oigo voces que, de repente, se manifiestan, irrumpen, en el silencio de la mañana. Miro en la dirección que mira el goto a mi lado. A una pequeña distancia del campamento, sobre la relva de la pradera, hay una oveja. El goto se pone a correr y veo que otros gotos, de otras cabañas, surgen como magia y también se ponen a correr en dirección a la oveja que pasta, rumina y mira a la turba que se le acerca. La oveja está quieta y cuando se quiere mover, es tarde: muchos le caen arriba.

Yo camino por la lama, me acerco de la confusión y ojo que la muchedumbre, la tiene a la oveja blanca, por la lana, por las patas, por las orejas, por la mandíbula. Todos se dirigen al lapacho glorioso, florido en amarillo. Aparece una cuerda, por sobre las cabezas de la procesión. La cuerda pasa de mano en mano, la veo que aparece y desaparece y vuelve a aparecer. Veo que a la cuerda, la tiran para que voltee una rama del árbol dorado. La punta de cuerda que cae de la rama, la ponen en collar a la oveja que está paralizada por una cantidad de   —121→   manos. Los hombres empiezan a tirar de la cuerda. Tiran muchos, tiran todos los que pueden tirar, con la poca cuerda que hay. La oveja sube al cielo, prendida del cuello, estirando el peso que tiene detrás. Patalea, se sacude, no sé si béa, enmedio a los gritos que la quieren matar. Los hombres estiran la cuerda, sacuden la cuerda. La cabeza de la oveja llega a la rama. Veo que voltea la rama, el cuello se retuerce en un deslice imposible, la cara gira, mira abajo, los ojos están abiertos con terror. El cuerpo, más rígido, sigue el mismo camino, sube, da vuelta a la rama, se raspa, se opone a la curva, se retieza, para, estalla y cae, pesado y sin resguardo, al suelo, en medio a gritos y silbatos. El capitón, porque es el capitón, lo veo a media distancia, se aproxima de la escena; tiene el sable desbainado. Llega hasta la oveja, clava la punta del sable en el vientre que está quieto. Con un movimiento de brazo, de brazo acostumbrado a rasgar na guerra, como si barriera, impulsa la lámina, que va rompiendo la carne, y esputando sangre a los más cercanos. Gritos, risas, simulacros de protección. Así como fue, sin dejar el vientre, la lámina vuelve, por el mismo sendero abierto, ahora más profundo y letal. Las voces se callan, se puede oír la lámina arando. El cuerpo de la oveja se abre en dos. Hay nuevos gritos de alegría, hurras de victoria. Aparecen las entrañas, confusas, aturdidas, no afeitas al ollar. Y más gritos hay, palmas, silbidos, eructos. Ahí entonces, nel medio del vientre fresco, surgen dos cachorros, ya formados, aspirantes, todavía ciegos, que tiemblan, desprotegidos y brillosos de gelatina. El sable del goto no los toca; ellos se mueven y el sable no los toca, por maldad, digo yo; el sable los preserva para el viento frío, para la luz en braza, para el ruido blasfemo de todos los hombres y ellos, dos cachorros llenos de esperanza placentaria, se van callando, poco a poco, acurrucados, retorcidos, ensuciados en la pasta tenebrosa de   —122→   barro y botas. Todos carcajean, alejados y alienados, egoístas y insensibles; se chupan los dedos con hambre, con gula; son estímulos y nada más, y yo pienso, ojando de afuera la cuestión, que la merda de toda vida es perderse el enojo diario por las circunstancias de la sobrevida. Yo no las pierdo, no yo; las forzo pa que se queden; vivo la vida y a diario me indigno con lo mismo que me vive y me hace vivir, pues me digo que no se puede nunca esquecer, las esencias de nuestras circunstancias, que son de aterrar, tal vez porque, con la raíz vislumbrada, en el juego palabrorio, se me ocurre al vuelo, sean de la tierra y no tanto del cielo, como nos gustaría pensar y, si hay que curtir una parte del cuerpo, hasta el callo marinero, para seguir viviendo, que se deje tierna, o mismo en carne viva, una otra parte, pa que pueda llegar y entrar, abrigada y sin miedos, la ternura posible, la pequeñita chama de nuestro acontecer, aquella que nos puede aún redimir.

Levanto la voz, para que me escoten:

-Capitón, un reclamo postrero: combate o sofrimento, te pido.

Él me oja, todos callan. Me muestra el sable manchado y me devuelve:

-Subalterno, no mariquees, que na guerra sólo se combate a vida.

Me volteo, hago pasos, me afasto. Voy chutando a lama y las pozas de agua que se me presentan en al camino, como si estuviera volviendo del colegio en un día de aguacero. Se me afigura que no tengo grandes biznes por aquí. Carmen no está y a Mitre, lo saludo después.

Hay una explicación que hay que dar si no, la cosa queda confusa: las informaciones se mezclan en el gem. Un archivo se relaciona con otro archivo. Hay puntos que no fueron   —123→   deletados y estos crean escenarios que pueden parecer gratuitos o caóticos. No lo son. Hay que investigar, buscar significados; algunos de estos escenarios no son agradables, como este que acabo de pasar. No es agradable un campo de guerra.

Me rasco la cabeza porque me pica. Ya me referí a esto y la cabeza me sigue picando.

El ejecutivo me oja desde su puesto de trabajo. Se levanta de la butaca y se camina en mi dirección. Antes de llegar cerca me va diciendo:

-Patrón, no quería interrumpir el devaneo.

Él debe pensar, que por aquí todos devanean con su aguita, de cerca o de lejos. No es mi caso, que yo no devaneo, investigo, pero no me doy el trabajo de aclarar. Le respondo:

-No me interrumpió-. Él se me acerca más y dice:

-Cuando lo vi que se rascaba la cabeza, me dije, es agora que se despierta.

Me vuelvo a rascar la cabeza. Deben ser los nervios. Le digo al ejecutivo:

-No se fíe, estaba despierto, la cabeza me pica de gusto y el devaneo era de trabajo: termino mi historia.

Él me sonríe y es como si yo le hubiese hablado lo que él quería escotar. Me dice:

-Pues que por esto me asomo. La historia se termina y si el patrón me quiere cancelar sus dius, le traigo la libreta comprobante.

Yo ojo la libreta que tiene en las manos. Es la libreta en donde anota todo lo que se pide y todo lo que se debe. Le exclamo:

-Estoy terminando la historia, todavía no la terminé.

Él se abre los brazos como si entendiera mucho de contadores:

  —124→  

-Qué patrón, qué patrón, que se sabe que una historia, cuando está en sus finales, se aborta a cualquier momento, con su fin o sin su fin; patroncito, en este caso, seamos pensantes, me quedo sin los créditos y sin el guaformí. No me la puede cerrar, la libreta?

Una idea lúcida se me ocurre. Todavía lo glorifico:

-Profesor, acaso corro peligro?

Él se me pone con cara de seguidor domado:

-No de mi parte, que de mi parte está seguro.

Insisto:

-Y de otra parte?

Él se levanta los hombros:

-De dónde sería?

Yo le lanzo al acaso:

-De los gotos, estoy seguro, de los gotos por ejemplo?

Me dice, severo:

-Ellos buscan a un hombre que mató.

Yo me voy incorporando, por las dudas que en la vida hay que tener malicia. Le pergunto, con cara de último brunch:

-Profesor, por acaso soy yo?

Él pretende rectificar y me informa:

-Si me permite, y en un contexto más fiel a la tradición, le debo decir que los roles están, como diría cho?, truncados.

Tiene cultura el profesor, no hay duda que tiene cultura. Pero vamos a lo que interesa: decir lo contrario es, muchas veces, reflexionar sobre el espejo. Acabo de hacer esta reflexión cuando oigo que la puerta de la ruela se abre y entra luz en abundancia. Quiénes pueden ser? Los gotos, los perros, los hierros.

Manejo mi guagua, lo agarro al hijo de puta traidor por los tirantes y le escupo:

-Larga o cuaderno y si dices una sola palabra te rodeo las tripas.

  —125→  

En la hora de la verdad, todos entienden el lenguaje directo. Los gotos entran, los perros ladran, los hierros tiran chispas contra el suelo. Pensando en el espejo, tengo una idea que me va a salvar. Voy a pasar al otro lado del reflejo, rápido como una liebre. Me apresto a la acción. Me levanto de un salto. Pido que se me escuche y me pongo a discursar, farsante:

-Hombres de ley, hombres de prensa -hay siempre prensa en estos acontecimientos de ley-, por fin chegastes-. Hago una pausa para que se entienda con clareza todo el drama del momento y retomo el discurso y la denuncia gravísima: -Hay aquí un antro perverso de consumo ilícito. Nueva pausa: -aguita de cerca-, pausa rápida: -aguita de lejos-, enmendando, triunfante: -aguita de Irlanda, tambén-, y entonces, después de otra breve pausa, y ahora sin parar, hasta el final, con oratoria vomitada, atropellando palabras y emociones: -y este frangollo que tengo por los tirantes, es el dueño de tanta ilegalidad. Embota a los que trabajan, turbia a la juventud, mantiene esclava del vicio a su propia mujer y puedo dar una lista frondosa de frecuentadores de aquí -le apunto a la morena del batallón y hago un gesto general con la mano para significar que los infractores están por tuda parte, en más partes de lo que puede creer la vana filosofía. Los gotos, que no son tontos, se entreojan, se remuerden las consciencias, se sienten empajados por la cola, y se achican. Yo continúo, a los gritos: -que la ley me pida la lista, que me solicite nombres y explicaciones, estoy a disposición de la justicia-.

Termino mi libelo acusatorio y por las caras que me ojan, conseguí el propósito que me había propuesto.

Se sabe que la pena para el delito de mantener y comercializar aguita, es la muerte inmediata, después de las formalidades de la delación. El hijo de puta de los tirantes, que conoce de delitos y penas, se me quiere escapar; forcejea,   —126→   intenta librarse, yo lo tengo firme. Siento que va a vociferar, abre la boca, con certeza para dar su versión de los fatos que es diferente a mi versión de los fatos. No es el momento para ambivalencias, lo lamento: le aplico un puñetazo violento en la nuca y él se desploma en el suelo, silencioso. Los gotos se acercan, me miran como aturdidos y rabiosos. Yo me escudo en la prensa que quiere saber más detalles y revelaciones; yo les voy contando toda la verdad mientras me camino, despacito, piano, piano, hasta la porta que da para la ruela, en busca de ar.

-Un hijo de puta el taberneiro -es la última indignación que me oigo lanzar antes de esfumarme en medio al turberío. Oigo un tiro seco. Lo acaban de justiciar.



  —127→  

ArribaAbajoDía cuarto

Qué hijo de puta el taberneiro. Y yo, que lo vestía con el título de profesor, que lo pensaba con el cargo de ejecutivo, que me guardaba de impulsos cuando le hablaba, que hijo de puta. Me iba a entregar a los gotos mediante una regia recompensa. No sé cuánto puedo estar valiendo en el mercado pero estoy seguro que el taberneiro no lo iba a hacer por poco.

Paso la noche deambulando. Escojo las vielas y las ruelas más escondidas. Son las más inmundas y por éstas, sólo se pasa, nadie se abriga en ellas, nadie dorme en ellas, nadie es loco para dejarse estar en la superficie de una de ellas. Es tan grande la cantidad de roedores, que uno puede oír, al pasar, cómo se despedazan entre ellos para devorarse unos a otros. Cuando se pasa, lo atacan a uno; las ratazanas entierran los dientes en el cuero de los calzantes, saltan para morder la pierna y no consiguen el propósito porque son pesadas con miembros cortos y delgados. Yo piso firme, golpeo el taco, chuto en vuelta. Hay chillidos de dolor.

Por estas ruelas sólo se pasa, y aún así. Por las más angostas, ya nadie pasa. Están abandonadas. En estas vielas dejadas, durante el día, el suelo grisáceo parece tener espasmos súbitos,   —128→   se mueve en pequeños oleajes eléctricos. No es ninguna ilusión de loco. Son ellas, las ratazanas asesinas, que duermen, boca abajo, y se mueven compactas con pesadillas recurrentes.

No llego al extremo de frecuentar estas vielas pero es casi esto, en mi afán de esconderme de los gotos.

Pasar la noche en movimiento, cansa a cualquiera. No soy excepción aunque estoy bien entrenado para aguantar adversidades físicas. Lo que me preocupa, por esto me tensiono, por esto me canso, es que estoy un poco atrazadillo con relación a mi cuestión: Carmen. La guaya me escapa. Ya le llega el momento.

Aprovecho mis andanzas para tener las buenas ideas sobre la investigación. Estas ideas son muy importantes y los resultados de la investigación dependen de ellas. Aunque pueda parecer que no pienso, que no estoy alerta, que no hago nada, a no ser caminar y distraerme, estoy atado al trabajo. La investigación, cualquier investigación, tiene dos momentos muy claros, porque son dos momentos bien distintos. Un momento, el momento que todos reconocen como siendo el verdadero momento de la investigación, es el momento del asiento, de la sentada. Es cuando el investigador se pone sobre su butaca y batuca lo que la mente le dicta. Batuca aquí, batuca a lá, una red de conceptos, palabras, frases, se van arreglando y, de a poco, se ve el cuerpo de la investigación. Sin embargo, este no es el único momento y muchas veces, ni siquiera, es el más importante momento del laburo. Así como hay la investigación sentada, hay la investigación parada, sin batuques, sin butacas, con mucha desatención aparente e imaginación volando. En estos minutos, horas, días, que pueden ocurrir en ruelas, avenidas,   —129→   dentro del vapor o toqueteando a una poncha, surgen los insaits y las novedades de valor que, después, trabajadas, van a resultar en algo.

La discusión esta, la repetí varias veces con Mitre. Él me pedía algo, que ni el ni yo, sabíamos cómo hacer. Entonces yo me ponía a trabajar y a pensar: caminaba, jugaba, jodía y él me decía:

-Cabrón, al trabajo, manduco.

Con todo el respeto del mundo y sin querer ofenderlo -a veces no hay ofensa más peligrosa que avisar que se está pensando- yo le decía:

-Estoy pensando, Presidente.

Como buen ex alumno de la compañía, monaguillo virulento y además, forjado en los códigos campanarios que marcaban con rigor los momentos labradores del día, él me reprochaba, incrédulo:

-Qué pensando nada, haragán, que no te veo embutacado en el escritorio!

Yo entonces, le exponía mi tesis sobre los dos momentos de una investigación. Cuando tenía tiempo, él me oía y me ojaba desconfiado hasta que terminaba de hablar. Terminaba de hablar y me mandaba a la puta. Cuando no tenía tiempo, no me oía y me mandaba a la puta directamente. Pero sucede que, como él no poseía la solución que precisaba, y como tenía que confiar en mí para que la encontrara, me dejaba hacer, con la advertencia:

-Si no se encuentra la cuestión, te mando a la puta.

Yo confiaba tanto en mi método que nunca me preocupé con la amenaza formulada, esta sí, una auténtica y real amenaza.

Toda esta vuelta enorme para decir que, a pesar de mis andanzas nocturnas, pateando ratazanas gordas, resbalando en   —130→   detritos húmedos, Carmen estaba conmigo, en mi cabeza. Sus hipótesis seguían en mi bolsillo, a bordo del gem y buscaba yo una situación relevante para tenerla de nuevo a mi lado, en un otro interrogatorio.

Me acerco a un quiosco, guiado por el olor a frito. La propietaria, una mujer gorda, más que una mucher gorda, una mucherona, se lima las uñas. Antes que me ofrezca algo con el cántico de algún manual conocido, le pido:

-Un pastelito primavera.

Me lo trae servido en una rueda de cartón. Está humeante. Me sirvo de un chorrito de bernés. Me forro el estómago. Me pido otro, que la sensación de uno me reclama más. La mucherona me lanza:

-Forastero, te buscan.

Tengo un sobresalto y no me reconozco en la advertencia:

-A mí?

Ella abre los dedos de la mano en abanico y se mira las uñas. Sin levantar los ojos, me devuelve:

-A ti, forastero.

Me hago el pavo, me pongo voz de tonto y le pergunto inocente:

-Mas por qué?

Ella me oja y me reprocha:

-Tu matou.

Que yo no matei al que dicen que matei. Me acusan por el del hotel, a quien yo no matei. No me acusan por los dos umiluchos retirantes que yo deleté. La justicia justiciera es igual para todos, pero, dependiendo del lugar en donde se viva, hay unos que son más iguales que otros. Lo que me hace pensar que los factores no alteran el producto cuando no hay orden, clik, noguaraimin?

Le digo a la mucherona:

  —131→  

-Yo no matei.

Ella cabecea:

-Okei, te creio, forastero.

Me siento contento, un justo. Ni todo está perdido. Expreso mi alegría:

-Agradezco la visión que tiene sobre mi persona.

Le entrego los créditos a la mucherona que vuelve a ocuparse de sus uñas azules. Voy saliendo, llevo mi pastelito. Oigo que me dice:

-Mina opinión no vale nada. Me alejo.

No me alejo mucho. A la vuelta de una esquina, una patrulla de gotos, fuertemente armados, identifica a los pasantes. Por las dudas, no es sabio que los enfrente. Me volteo, tranquilo, para no levantar sospechas. Es incomún ver patrullas por estas ruelas. Sospecho que yo sea la causa.

Vuelvo sobre mis pasos y me dirijo a la mucherona que sigue compenetrada con sus uñas.

Me acerco a ella y quiero informarme. Le digo, casual, casual:

-Gotos por tuda parte.

Ella no se digna mirarme. Me dice:

-Por el bien de los vecinos. Hay muita violencia suelta. Yo pretendo hacer política barata y le lanzo las opciones posibles:

-Por una lado es bueno, por otro lado no.

-Es bueno de cualquier manera -me replica ella con rabia y emoción en la voz. Llora y concluye, con ira: -que tú no sabes lo que es ser robada un día sí, un día no, o ser violada, dos veces por semana, con día y hora marcados.

Bajo los ojos, cierro las piernas. Le digo:

-Aimsorri.

  —132→  

Ella suspira, se reprime una lágrima con el revés de la mano gorda y balbucea:

-Itsokei -se calla. Retoma después de un nuevo suspiro.

-Comprendo tu drama. Los gotos te deben estar buscando por tuda parte.

Yo me abanico la cabeza, parriba y pabajo. Me acerco todo lo que puedo de ella, hasta que el olor a esmalte se sobrepone al olor del aceite y le pergunto, mirando a los lados para que nadie me vea:

-Dime, si tú sabes: tantos gotos nas ruelas, a quién tería matado yo? Que no maté, mas a quien tería matado?

A ella no le importa un mísero rábano la información:

-Se mató un embaichador.

Yo me asombro, me asusto, no reprimo y silbateo entre dientes:

-Un japifiu!

Ella agrega:

-Embaichador de Malta. Nuevo silbateo de asombro:

-El japifiu de los japifiu!

Ella quiere justificar:

-Por eso hay tantos gotos por ahí. Esto es cosa de cachorro grande.

Es grande mismo, tiene razón ella, y me preocupa estar involucrado en algo tan grande. Le digo a la mucherona, para que no queden dudas:

-Yo no fiz nada.

Ella me sonríe maternal y va informando:

-Que lo sé fillote; te digo, es dil de cachorro grande, no es coisa para ti.

Contento por la inocencia, disgustado por la apreciación. Esta mucherona no sabe de lo que soy capaz. Si supiera todas   —133→   las barbaridades que cometí, a servicio de Mitre, no estaría tan segura de mi ineficacia y temblaría como árbol viejo al solo verme: yo soy malísimo, cuando soy máu.

Me alejo de la mucherona, mas una vez, pero ahora me camino por otro lado, tomando precauciones redobladas al vencer una esquina, no saa que caiga como sardina en red de gotos.

Me pongo a pensar en la información que acabo de conseguir y la pongo a servicio de mi análisis: Pietro Bolarda era embaichador y quería conversar conmigo; para eso se hizo anunciar en la portería y para eso subió a mi habitación. Alguien no quería que hablara, lo siguió y lo mató en el cuarto, a pocos metros de donde yo me vaporeaba, inocente como un mono rascante. Qué tendría para decirme, el embaichador? Kilosá, infelizmente morreu el que podía informar. Y quem era este cavachero? Su nombre no me dice nada, no lo recuerdo nombrado en los círculos de poder o entre los cumpinches del Presidente. No lo recuerdo tampoco relacionado con Carmen. Puede ser que exista alguna información sobre él, en el gem. Le recuesto la información al procesador. Doy el nombre del embaichador, pergunto:

-Juis?

La pantalla pide que espere. Me informa:

-No sei.

Si el gem no sabe es porque no sabe directamente y estamos acabados. Lo que me queda ahora es perguntarle a Carmen, cuando la encuentre, sobre este señor. A veces la información se esconde en los laberintos de una personalidad; puede ser que Carmen sepa algo. El gem no sabe. Ya sus personajes... Todas estas consultas al gem, las voy haciendo mientras camino, un ojo en la pantalla, otro ojo, bien abierto, en el   —134→   camino. Por estar en alerta, puedo ver que un grupo de marketeros que se hacen pasar por ambulantes, está pidiendo aidí a los que pasan: gotos disfrazados. Hago media vuelta, vuelvo sobre mis pasos. Oigo que alguien grita a mis espaldas:

-Eiú!

Sigo caminando, que si a mí no me llaman por el nombre, no me doy por enterao. Oigo silbatos, uno, dos, tres. Nuevos gritos. Acelero el paso. Con discreción, volteo la cabeza para ver qué ocurre, en realidad. Veo que los gotos disfrazados de ambulantes, corren en mi dirección, vociferando y apuntando armas. Me pongo a correr también.

Viro en la primera esquina. Es una ruela angosta, en pendiente. Corro cuesta arriba. Oigo estampidos, oigo que los disparos dan en las paredes, en la piedra del piso. Caramba, no están para juegos estos gotos. La ruela es sinuosa y esto me protege de las balas. Me esquivo, me abajo, hago eslalon mientras corro. Llego a un beco estrecho. Entro en él. El beco, además de estrecho, es muy oscuro. Corro y siento que me resbalo sobre una superficie traicionera. Oigo el ruido de mis calzantes que pufan en las humedades esponjosas, o clapotan donde hay agua descarada. Es difícil mantenerse en pie, cuanto más correr por aquí. Pero, si es difícil para mí, va a ser imposible para los gotos que me persiguen: Los gotos son gordos, pesados, lerdos, no están acostumbrados a perseguir sobre terreno adverso. Dentro de poco tiempo me largan, con seguridad.

Otro tiro, y la bala pasa tan cerca que la oigo cuando zumbe, y su presión de paso, me ciega el tímpano. Con el instinto, me hundo la cabeza. Miro atrás, veo muy poco, vultos, sombras, a una buena distancia. Yo los veo mal, veo tres vultos que corren, ellos me tienen en sus miras infrarrojas, por eso corro en zigzag. Llueve. Gotas de agua negra me escurren por la cara. Doblo   —135→   en otro beco, más plano. Puedo correr con mas libertad, pongo buen terreno en la retaguardia. Siento que los gotos también doblan y me persiguen. Gritan, disparan, corren y no desisten. Juardosgais? Gotas de lluvina insisten en caer sobre mi cabeza. Estos gotos son diferentes de los que mencionaba arriba, tienen disposición y preparo para la cacería, se mueven rápido, disparan. Deben ser de alguna compañía de élite. También, qué les parece? Persiguen al matador de un embaichador!

Otra bala, tan cercana como la anterior. Me resbalo, pierdo pie, procuro recuperar el equilibrio; por un momento no sé qué me pasa, es el vértigo, doy vueltas, o todo da vueltas; me protejo con los brazos y estoy en el suelo.

Me repongo, levanto la cabeza; a metros de donde estoy, veo sombras nerviosas que corren y desaparecen en una boca de desagüe. Miro atrás: se acercan. Sin levantarme, me arrastro en dirección a la boca protuberante del desagüe. Es una boca estrecha. Calculo que, si entro, entro apretado. Miro de nuevo a mis seguidores. Como estoy aplastado, tendido en el suelo, estoy seguro contra sus miras nocturnas. Me sigo arrastrando. Llego a la boca de desagüe, me tiro con decisión. Calzo los pies en una saliencia del terreno y empujo el cuerpo para adentro. Siento que los hombros se chocan contra los bordes del túnel estrecho que está en el mismo plano de la ruela. Me levanto los hombros para achicarlos. Un enjambre de baratas aturdidas por mi presencia, me imunda la cara, las manos, me inunda el cuerpo, por debajo de la ropa. Cierro la boca, siento que se mueven, con sus patitas de seda, sobre mis labios. Siento que voltean por la oreja y que investigan, con sus antenas nerviosas, las profundidades del oído. Hay gritos, en la ruela: los gotos llegan y seguro que ya no me ven. Voy deslizando contra las paredes húmedas. Uso las manos para buscar apoyo. Toco algo que me recuerda el lodo frío; las manos me resbalan,   —136→   patinan, no avanzo; busco nuevo apoyo, abro las manos, procuro clavar los dedos, cierro una masa dura y caliente, que se articula con mi toque; oigo un chillido terrible y siento que algo me muerde, varias veces, como si quisiera rasgarme la piel; abro la mano: lo que agarraba se me escurre con un pelambre áspero. No puedo hacerme del fino en este momento: baratas, ratazanas, y lo que más venga, tuél, que si no son ellas, mi vida se me va.

Los gotos están en la boca del desagüe. Oigo sus voces que se amplían en la cámara de eco que es el túnel en que estoy. Las voces suenan fuerte, distorsionadas, amedrantes. Los roedores y los insectos se asustan con el ruido, y se agitan: se me corren por el cuerpo, me chocan contra la cara. Soplo para espantar el hocico de una ratona que se me acerca al ojo. Consigo que se vaya. Las voces de los gotos, por la manera de hablar, me indican que me tienen perdido. Hablan a los gritos, hablan todos al mismo tiempo, como si estuvieran sin acción o sin rumbo. Por las dudas, y porque los oigo que están parados enfrente a la entrada del desagüe, me voy deslizando, lentamente, hundiéndome cada vez más. A cualquier momento, uno de ellos descubre la boca y aunque no me descubran a mí, de seguro que empiezan a disparar pa dentro.

Continúo, me arrastro con dificultath. De a pocos, el túnel se vuelve ancho. Consigo levantarme a medias, gateo en la oscuridad impenetrable y total. No los oigo más, a los gotos. No veo en dónde estoy ni lo que tengo a mi vuelta. Oigo un vago murmurio a agua, a poca agua, que se mueve, deslizando y cayendo. Oigo el clapichoplo repentino que hacen sobre el agua, cuerpos invisibles que se desplazan, en carreras, por cerca mío. Continúo de rodillas, las manos apoyadas en una mezcla fría de lodo y agua. Espero. No me muevo. Me imagino que los gotos se habrán ido. Procuro voltearme en el túnel estrecho.   —137→   Resbalo, escorrego. Intento de nuevo. El túnel es muy estrecho. Penso que más adelante, se irá ensanchando. Con esta razón me muevo, progreso, voy gateando. De repente mis manos tocan la nada, se hunden en el vacío, parte de mi cuerpo cae, de cabeza primero, el tronco y el resto después. Hago fuerza para volver, con la cintura, con las piernas. Deslizo, resbalo, intento atajarme a algo, no consigo. Caigo, grito de pavor; me escorrego por una tubería que tiene paredes gelatinosas, como limo. De súbito la tubería termina, caigo como si fuera una bolsa de papas tirada al vacío desde un lugar en altura. Entro de cabeza al agua. Por un instante pierdo la noción de dirección, no sé qué es arriba y qué es abajo. Estoy cercado por el líquido enemigo, oscuro y sin piedad. El aire me falta, busco la superficie, pataleo, agito los brazos. Encuentro la superficie. Respiro y el agua me cubre en oleajes múltiplos. El agua turbillona con fuerza y se desplaza a gran velocidad. Mi cuerpo voltea y voltea. Voy cayendo junto con el agua. De nuevo el vacío. Siento que caigo vertical; mientras caigo, el agua no me sumerge, respiro por arcadas o por sollozos, en el vacío. Me hundo de nuevo, otra vez pierdo la noción de dirección. Hay remolinos. Me falta el aire. Abro los brazos, pataleo, en el agua que turbillona, que me gira y que no puedo pelear. Busco apoyo, referencia. No tengo aire. Abro la boca, respiro por reflejo. Trago agua. Siento que me saltan los ojos, que se me va todo. Respiro. Es agua. Respiro, me abro al agua, por instinto. Caigo al vacío otra vez. Cae el agua al vacío, mi cuerpo se separa del agua, respiro aire, respiro más aire, aire. Vuelvo al agua, me hundo, pataleo, me desespero, procuro subir. No hay remolinos, ni movimientos. Salgo al aire. Respiro, respiro. Miro a mi vuelta: oscuridad, agua. Oigo el ruido portentoso del desagüe. No lo veo, lo oigo, no está lejos. Nado para alejarme. Me golpeo con detritos de madera, me envuelvo en   —138→   papeles y celofanes que se me pegan al cuerpo. Me desembarazo de ellos. Hilos, pelos, se me meten en la boca. Los soplo, los escupo con la lengua. Nado. Me canso. Dejo de nadar, boyo. Miro: veo que la luna navega entre nubes gigantescas. No hay niebla, ni lluvina. La luna ilumina los morros que circundan la bahía. Veo las curvas suaves de las cimas, los tajos profundos de los valles, las rocas armadas con redondezas antiguas que irrumpen desde el fondo para tocar el cielo. En la sombra de las faldas, parpadean o se hipnotizan, mil ojitos de luz. Nado en dirección a un punto de la costa que se me aparece en sombras. Mientras nado y me acerco, la luna se esconde, los morros se esfuman, los ojitos de la urbe se aguan, después se apagan, detrás de niebla y lluvina que no tardan.

Me pongo los pies en tierra, sobre un muro costanero que está protegido del agua por piedras dentadas y detritos de todo tipo.

Cuando digo que me pongo los pies en tierra, quiero decir exactamente eso, me pongo los pies desnudos sobre el cemento. Perdí los calzantes de tanajura que la china calificó como eternos. Pueden ser eternos para caminar pero son un estorbo para nadar. Shit. Las vestes mojadas se me pegan al cuerpo. Ojo en vuelta. No veo señal de vida en los espacios minerales, iluminados con reflectores potentes que derraman puntos silenciosos de una luz nieblada de amarillo. Paredes altas de almacenes oscuros me hacen pensar que estoy en una zona cercana al puerto. Oigo una sirena de embarcación brandir su lamento prolongado a lo lejos. Camino. Costeo los almacenes que se perfilan ordenados. De adentro de uno de ellos oigo el lamento conformado o cansado de retirantes encajonados y prontos para la exportación. Seguro que a la mañana atraca el   —139→   navío blanquero para llevar la carga. La masa callada de una grúa se recorta, en pie, sobre el muelle. Entre un almacén y otro hay pasajes profundos, vías desiertas, que no muestran fin y que no me indican ninguna dirección. Camino un buen rato. Los pies reclaman del piso árido.

En una esquina de almacén, me hago a tierra, me siento, para descansar y también para investigar. Calculo que estaré seguro en este canto: de aquí puedo advertir la llegada de cualquier intruso. La ropa mojada es fría. Por ahora no puedo hacer nada al respeto. Cuando amanezca y venga el día se verá.

Sentado, parterr, entro en el mundo de Carmen: soy yo virtual. Porque estoy al lado de un almacén, porque estoy en pleno puerto de carga y descarga, el gem me propone el escenario: un barco que está por hacerse al mar. Entre nos, piscando el ojo de forma íntima, de yo para mí: no es el gem el que propone nada, soy yo el que propongo, sin decirme que soy yo.

El navío parte a la madrugada: tres soplos cortos de sirena y las máquinas se ponen a funcionar, tirándola, a la embarcación, del costado del muelle y afastándola para tras. Miro la operación desde el pasadizo mal iluminado, apoyando los cotovelos sobre la madera curtida de la balaustrada. Hay un olor que es mezcla de pintura fresca, herrumbre antiguo y barniz de madera.

Navegamos. En poco tiempo dejamos en el olvido cualquier huella de costa.

La noche está pesada. No por la noche, que por la noche hay estrellas y ensueños por toda parte. La noche está pesada   —140→   por culpa del barco. Es que hay algo de muy triste y primitivo que se destapa al abandonarse un puerto. Y es esta tristeza, que parece fumo, la que pesa con crueldad sobre cada pedazo del barco. Nunca estuve en un barco antes de hoy, ni tampoco dejé puerto alguno, antes de hoy; sin embargo, tiens, sé lo que no sé.

Dejo el pasadizo. Bajo unas escaleras que llevan a los camarotes. La veo a Carmen que sale de un camarote y cierra la puerta con firmeza. Al verme, se sorprende o se asusta. Yo me acerco a ella. Ella me da las espaldas, con brusquedad, y quiere alejarse de mí, rápido. Yo le digo:

-Carmen, vamos ser razonables: para que fuchir si te encuentro?

Ella entiende el sentido de mis palabras; la veo que se queda, para, toma el corremano como si quisiera apoyarse en él y se voltea para encararme. Me pergunta:

-Qué queres?

Yo abro los brazos y le digo:

-Encontrarte, tú sabes eso, Carmen.

Ella mueve la cabeza para concordar. Suspira, me oja y dice resignada, mucho más para sus adentros:

-Qué puedo hacer!

Yo le digo:

-Vamos a conversar. Este navío debe tener un salón de armas, vamos a conversar en el salón de armas. Caminamos por el corredor estrecho, yo voy delante, Carmen me sigue. Siento el movimiento de costeo mombelo que hace el barco, pa'un lado, y mombelo costeo, de vuelta, pa'lotro. Subimos unas escaleras difíciles. Llegamos al salón de armas. Personas ocupan sillones colocados en vuelta de mesas. No me importo con ellas. Nos sentamos, Carmen y yo. Carmen parece cansada. Yo le remarco este hecho:

  —141→  

-Pareces cansada.

Ella no me contesta, mira a su vuelta como para hacer un reconocimiento del entorno; después me oja con decisión. Queda evidente que no tiene intenciones de permitir que yo entre en su intimidad y que pueda compartir con ellas los motivos que la llevan a estar cansada.

-Ya nos encontramos antes, verdad?

-En algún lugar, sí, siempre en otro lugar.

-Esto parece un barco.

Pienso por un momento cuáles son los indicativos que existen en el ambiente y que pueden sugerirle a Carmen que estamos en un barco: el movimiento mombelo, el uniforme de dos oficiales que conversan y toman una copa de ferné, el corredor estrecho de los camarotes, la puerta del camarote. El camarote. No estoy seguro. La vi a Carmen salir del camarote, no quiere decir que estaba dentro del camarote. Le confirmo:

-Sí, efectivamente, estamos en un barco.

-No me gustan los barcos -me dice y no me mira. Parece distante.

Yo le confieso:

-A mí tampoco me gustan estos flotantes pero es un lugar igual a cualquier otro y sirve para que nos encontremos. Ella se pierde en miradas laterales. Me pergunta:

-Quiénes son estas gentes?

Yo no sabía mucho sobre ellos. Sabía que el barco se destinaba al África y propuse algunas conclusiones mientras miroteaba en vuelta:

-Mercadores, retirantes, místicos.

Ella levanta las cejas como si estuviera asustada, de repente:

-Retirantes?

Yo no entendí la preocupación. Le expliqué:

-Todo barco que va al África lleva su carga de retirantes.

  —142→  

Y ella, con desafío en la voz:

-Si estos fuesen retirantes estarían presos, no libres.

-Ni todos son retirantes y los que son, no están libres. Supongo que la mayoría esté guardada en los porones, encerrados y vigilados, pero uno que otro, domesticado, viene a cubierta, pa servir al amo.

-Presos? Pueden servir? Aceptan servir? Y el amo permite que le sirva un preso. No es peligroso?

Entiendo al instante que todas estas perguntas se originan del espíritu infantil que no comprende otra cosa que no sea la libertad egocéntrica y que por eso mesmo, no se afigura las tramas e teias que fermentan silenciosas mientras manda uno y obedece el otro. Le digo a Carmen:

-Toda relación, toda relación mesmo, es amoldable y amoldante.

Ella se perturba y me dice:

-Yo no podría vivir prisionera.

Ella era una prisionera en muchos sentidos, prisionera de sus deseos, prisionera de sus antojos, prisionera de Mitre, que era prisionero suyo, de ella. Mas no es esta una cuestión que me interese proseguir. Hay otro dato que viene a luz y que puede traer beneficios para mi investigación. Carmen está preocupada, tensa, y esto ocurre en la presencia de retirantes. Le provoco para ver si me dice algo:

-Por qué te procupas con la suerte de los retirantes?

Ella acusa el golpe. Veo que su mirada se perturba. Algo cambia en el rostro. Es una mudanza pequeña, casi imperceptible. Puedo ver que hace un esfuerzo para controlarse, una voluntad férrea entra a jugar para serenar lo que fue perturbado, para apagar las marcas del desorden. Ella me dice:

-Pienso que todos estamos sujetos a vivir una situación de retirantes, algún día.

  —143→  

Soy yo el que me caigo del cavalo agora. No esperaba oír algo tan sincero, y más que sincero, tan real, tan verdad. Aprovecho el momento y le pergunto:

-En este momento, Carmen, eres una retirante? No se esquiva de mi pergunta. Me responde:

-En este momento soy una fuchida, no necesariamente una retirante. Y sé tú quer saber: me escondo con amigos que teño, que me ayudan a seguir viva.

-Pietro Lais, Pietro Bolardi, eses?

Ella me mira. Después sonríe y me dice:

-Pode que sí, pode que no, tú tens que descubrir.

-Onde?

La sonrisa se amplía:

-Non teño la mínima idea. Investiga, quem sabe, tú non acha.

Suelta una carcajada rápida, de gozo y burla. Toda marca de inseguridad había desaparecido de su rostro. Carmen mira fascinada a las mesas ocupadas. Yo entiendo que procura determinar, dentre todos los presentes, quién es el retirante, el decaído, el que será negociado a buen precio en los mercados blanqueros del África. Mira con atención sadicona, después me lanza:

-Es compleja la historia. Miro en vuelta, puedo ver a algunos que, seguro, son retirantes. Los miro, veo rostros apacibles. Veo rostros apacibles y serenos en los amos, y sin embargo... dime, por qué los quieren negociar?

Y ajora gosé? Antes que suelte una catarata con mil y una interpretaciones académicas me conformo con señalar lo que está más a mano:

-Porque es mano de obra barata y educada.

-Y qué tipo de trabajo van a tener?

Cuidado, cuidado con el bulshit. Me apresuro:

  —144→  

-El que sirva para la mano de obra propuesta.

Ella baja la voz, mira a un punto indefinido que esta sobre la mesa. Dice:

-Me parlan que los señores africanos inician a sus hijos en la carne de las retirantes y que ellos mismos buscan placeres indecibles con las mujeres que compran. Todo lo que no se atreven a hacer con las negras, sus pastoras, hacen y reinventan con las blancas licenciosas.

Qué le puedo retorcar? Todo eso es verdad, es así como dice ella. Mas no quero decirle para no perturbar la expresión de belleza serena que tengo a mi frente. Carmen, me doy cuenta, son muchas mujeres, todas fascinantes a su manera, ni todas amables, como la Carmen que tengo agora. A esta la quiero proteger y quiero evitar de perder la expresión de dulzura que le ilumina el rostro. Le digo:

-No te preocupes.

Ella me dice con una sonrisa de comprensión:

-Me proteges, me gusta.

Yo me siento poco a gusto, de repente siento la contradicción. Le digo:

-Carmen...

No termino la frase. Ella entiende y sin deshacerse de la sonrisa, se me acerca y continúa:

-... ni siempre me proteges, no es tu papel, no es tu misión. Yo entiendo lo que tens que facer: capturarme, llevarme de cualquier manera. Pero ahora, en este momento, me proteges al sonegarme información. Me gusta: Ahora me proteges, después me darás a las fieras, ningún instante es para siempre, beibi; somos todos percheros de máscaras momentáneas que se suceden y se suceden sin parar y este número sería infinito si tuviéramos tiempo para probarlas a todas las mascaretas.

Yo le confidencio, tapando el nombre:

  —145→  

-Mi amigo siempre dice que la coherencia no existe.

-Yo creo que sí existe, pero es apenas mineral.

Nos quedamos mudos, uno y otro, los ojos en los ojos, las manos sobre la mesa, al alcance de un toque que no vino. Ella rompió el encantamiento y dijo, desviando la mirada:

-En este momento soy una retirante. Tengo miedo de ser capturada y puesta a venta.

Yo la tranquilizo y participo del juego sincerante:

-No te capturan para venderte, Carmen, antes de eso te encuentro. Por qué no me dices dónde te puedo encuentrar?

Le sonrío muleco y a ella se le ilumina la cara. Me dice, también con pimienta muleca:

-Pensa bem, el momento en que me encuentres, me pierdes. Non te gustaría pasarlo más un poquito conmigo?

Claro que me encantaría. El sueño de toda la república era mirarla de cerca a Carmen, tenerla cerca, ya no digo gozar de su atención.

Me encantaría continuar pero no puedo y le digo, con voz de ducha fría:

-Tengo que llevarte a Mitre.

Al oír la mención a su amo, Carmen arregala los ojos. Me mira por un momento largo y después me pergunta, llena de angustias:

-Él me odia, verdad?

No podía contestarle de forma directa. Con toda sinceridad, de verdad, les digo: tenía indicaciones de este odio, indicios, podía hacer suposiciones, quitar conclusiones, nada más. Escogí la respuesta oblicua:

-Carmen, él me pide que te lleve de cualquier manera. Ella completó lo que yo no quería decir:

-Viva o muerta.

Huí de darle confirmación tácita. Le repetí:

  —146→  

-De cualquier manera.

Ella se dio el tiempo de un suspiro hondo y me sorprendió con la revelación que le brotaba del fondo:

-Tú no sabes lo que padecí a un lado del tirano-. Antes que pudiera recomponerme de la sorpresa que me provocaba la confesión, antes de que pudiera defenderme de esta revelación que, saliendo de los labios de Carmen, podía engatusarme para lejos del trabajo que yo tenía, ella retomó la palabra y me anunció:

-Mas, no creas que con esto, busco piedad, entendimiento, no creas que busco seducirte para que me dejes ir, no soy mujer de indirectas. Si te digo lo que te digo es a título de información, nada más, y te advierto, goto de merda, en cualquier circunstancia, biuer de mí.

Terminó de hablar, se levantó para irse. Carmen se había quitado una de las tantas máscaras de que hablaba ainda agora y se había vestido con una nueva. Yo también, sentí que me cambiaba. No me sentía ni ofendido ni decepcionado con lo que acababa de oír. Me acostumaba a las incomprensiones de la guaya, qué hacer? Mi atención en ese momento se distrajo de Carmen y sentí, sin ojar con precisión a ningún punto específico, que la tripulación del navío, los dos oficiales que tomaban ferné y algunos pasajeros, se tensionaban por algún motivo desconocido. El mar de aguas tranquilas en que navegábamos, parecía terminar y alguna cosa nos amenazaba. Carmen también había sentido la mudanza en el ambiente. De pie, permanecía quieta a mi lado, esperando los acontecimientos. Le pergunté, para mostrarle que todavía no había acabado con ella:

-Y ónde pensas que vais?

Ella me mira, me clava la mirada. Me dice:

-Sígueme.

  —147→  

Se voltea, hecha a andar, me levanto y vou atrás. Cruzamos todo el salón de armas, salimos al pasadizo exterior. Un viento inesperado y frío quería latigarnos. Caminamos por el pasadizo. El barco, ahora, se movía lento por un mar de nieblas espesas. Las máquinas propulsoras ronronaban y vibraban en rotación baja, empujando con temblores, el oleaje compacto que efervescía y pulsaba contra el casco de fierro. La sirena oscura soplaba a cada minuto, el anuncio tétrico de nuestra presencia; buscaba, en vano, un eco respondiente. Nadie contestaba: Estábamos solos, en el medio del océano. De repente, hubo un ruido sordo, y un movimiento de contención brusco, como si algo hubiera chocado al barco. Carmen y yo nos miramos. Estaría yo con cara de susto, porque ella se sonríe y me aclara, con un leve movimiento de hombros:

-Donuorri: ballenas, son comunes en estos mares.

Bajamos por la escalera que llevaba al pasillo de los camarotes, caminamos a lo largo del pasillo, compensando con el cuerpo, pa'un lao y pa'lotro, los movimientos mombelos del barco. Carmen abre la puerta del camarote, entra y como siente que yo me duvido, me señala:

-Entra, non te vou morder de morte.

Entré al camarote poco iluminado. La luz amarilla que salía del alerta, colocado a un lado de la cabecera de la camona, tiraba sombras y claros en la confusión de los lienzos desechos. Al pie de la camona matraquera, el saco de un pijama rojo estaba desparramado, con indolencia, sobre un lado tirado de un escarpín azul. El otro lado del escarpín, descansaba, solitario, en el asiento de una silla de patas sólidas. Enfrente a la silla, sobre una pequeña mesa circular, una copa de cristal se había tumbado sin romperse. De la copa salía una lengua de líquido verde que no iba muy lejos. La pintura blanca de las paredes, insinuaba, en reflejos brotados y desganados su   —148→   composición esmaltada para uso marino. La escotilla rectangular puesta en el medio de la pared desnuda, era un ojo negro, delator, como el de un cíclope prehistórico, portentoso y sin medidas.

-Basta de mironear en vuelta!

La exclamación de Carmen me sacudió los primordios. Estaba yo, en el camarote, delante de ella, sin acción. Ella me miraba de una forma extraña. Un poco ausente, un poco presente, queriendo mirarme y no queriendo mirarme, pensando y no pensando, en una palabra, indecisa, pero también decidida. Y entonces, la pergunta clave se manifestó en ella sin marcas de antecedentes, sin esperanzas anticipadas; fue una aparición súbita, repentina, cargada con angustia por lo desconocido. Ella murmuró:

-Dónde estamos?

No contesté al filo. Miré en vuelta, quería responderle con la sinceridad que ansiaba brindarle. Procuraba palabras sencillas, un discurso directo; buscaba los elementos de la inserción. Le dije, pretendiendo no asustarla pero sabiendo que le entregaba, con mi respuesta, el desespero puro:

-Carmen, estamos aislados en la mar.

Ella bajó los ojos, bajó la cabeza, como si quisiera someterse a todas las circunstancias del mundo y de esa forma, huérfana de libertad, poder huir, alejarse para siempre del terror. Quedó un buen tiempo sin ningún movimiento para que yo contemplara su ofrecimiento de entrega. Después, volvió a la acción, recuperando un mecanismo de protección animal cuyo origen se perdía en la memoria de los tiempos. Sus manos, los delicados dedos ágiles de las manos, los huesos cubiertos de piel pergamina, eran una procesión de gestos solidarios que buscaban acalmar, en el ruedo, los elementos despóticos que se habían soltado con la terrible revelación. Los dedos de las manos preparaban la trama aquietadora. Confabulaban, tejían   —149→   en el vacío para rehacer el equilibrio, para entregar, de nuevo, la paz y abrían, uno a uno, con precisión cirujana, los botones suavemente emperlados de la blusa azul. Yo sabía, por sabiduría soñada, de qué otra forma?, lo que estaba por ocurrir y porque sabía que iba a ocurrir, no trabajé para traerme el futuro, apenas esperé que pasara el presente. Una parte centinela de mi cerebro, me gritaba alertas para protegerme de la trampa que me tendía el enemigo seductor. Yo oía todos los avisos, los oía bien claritos, todos ellos, que sordo no soy, mas, quer saber con honestidad de afogado? El amor se vive sólo una vez!

La blusa tirada al suelo, descalza de toda ropa, ella se voltea y desliza gatutina sobre los lienzos confusos de la camona permisiva. No me mira, mira al cielo, se mueve indolente como agua nueva, recién caída. Se abre, me espera. Me llego.

La cubrí con mi cuerpo entero, buscando tapar cada poro de su piel, procurando saciar cada poro de su piel y, por mí, de esta forma perchado, ficaba eterno, desatándome y volviendo a empezar. El barco navegaba por un mar distante, apenas recordado. Cabeceaba, se acostaba, pa'un lao y pa'lotro y yo firme, sereno, anclado en mi placer.

Junous cuanto tiempo después, oigo, por oír no más, porque no estaba prestando atención a ningún ruido, oigo por oír, que cliquea la manija de la puerta. Cliquea dos veces y veo luz en el camarote, la luz del corredor: alguien entra. Yo quieto. No puede ser que tenga tan mala pata. Oigo un grunhido. Se prende la luz en el cuarto, hay un grito:

-Turbante!

Me volteo con rapidez, que a mí se me ha descubierto. Caigo al suelo. Miro en dirección a la puerta y lo veo. A quién lo veo? A quien se puede pensar que veo? Al capitón imperial,   —150→   parado en el marco de la puerta, los ojos desorbitados por el odio, el pecho desnudo, vestido con el pantalón del pijama rojo. Le grito, para saludarlo con efusión amiguera y procuro ponerme en pie:

-Capitón imperial!

Él me responde desdeñoso y va entrando:

-Capitón imperial maifut.

No lo veo con el sable pero desconfío que está armado. Procuro certificarme de la situación y ganar tiempo:

-Estimado capitón, me fala que non sé: tens derechos sobre el lecho?

Él me mira, se espuma la boca como un miura embanderillado. Me lanza:

-Que pensas que hago, de pantalaun pijama no camarote de ela.

Y qué? Para mí, la respuesta no aclara nada. Yo mismo estaba desnudo, en el camarote de ela, y hasta hace un ratito, en cima de ela, desnudo. Quiero decir: en cuanta a aclarar derechos, la respuesta del capitón no me aclaraba un carajo. No le menciono esta situación por las dudas. Preparo el terreno para revelarle, con sorpresa mímica y circunstancial, lo que ya sabía yo pero que no quedaba bien que supiese entender. Le digo, con voz de juanete escondido:

-Non me diz!!!????...

No termino la frase. Dejo la duda en el aire. Él quiere que yo concluía, me provoca:

-O qué?

Procuro gesticular la incredulidad: muestro la palma de las manos en posición de beato:

-No me diz lo que sospeito.

Él quiere saber lo que ya sabe, dicho por otro que no sea él:

-O que sospeitas tú?

  —151→  

Me golpeo la frente con la palma de la mano, maneo la cabeza para mostrar negación. Le lanzo, dramático, en un esputo único:

-Que la hembrona es tua mucher!

Él se pone las manos en la cintura y me lanza con desafío:

-Es mía mucher sim, y tú, que hacías? La foqueabas a gusto y gracia? A ver si se puede una coisa de estas!!!

Yo después de la revelación desatada, procuro suavizar la cuestión y le reprocho la ausencia. Le digo, modulando la voz y gestulando con las manos:

-Sí papito, es verdad, mas tú non estabas, como vou a saber, hein, me fala?

Él la mira a ella. Después me volve a mirar:

-Y ela no te falou?

-Sobre tu? Ni un piu, te lo juro.

La mira a ella:

-Tú no le falastes?

Carmen, que continuaba acostada, mirando al techo, cierra las piernas, se voltea mimosa, asume una posición fetal y suspira:

-Perdí la cabeza por un instante, no sé que pasó, me sentí muy sola. Tú non estabas.

El capitón se le acerca a Carmen y le dice:

-Puerra mucher, te dije que salía a comprar tabaco-. El capitón se sienta en el borde de la camona. La mira a Carmen. Yo, mientras tanto, me voy vistiendo apurado, procurando no llamar la atención. Veo de reojo que el capitón le acaricia la cabeza a Carmen y le dice: -Puerra, mujer, que no tenían la marca que me gusta a mí, vamos, y me costó un par de minutos decidirme por otra, vamos, que tampoco te quiero dejar yo a ti. Esh que, también a mí me maltrata tu authenthia, que no la puedo pasar sin ti, pero como te digo, mujer, que no había la   —152→   marca que me gusta, y no iba a coger la primera que me enseñaban; a probarla antes, que fue lo que hice. Anda, anda, que no fue náa, a reponerse, a levantarse; el maldito vicio, que si no fuera por él, puesh, que no pasáa náa!

Yo estaba vestidito, como para irme y me pareció pertinente manifestarle:

-A mí, por suerte, no me gusta el tabaco. Él me dice:

-A usted, desgraciado, no lo quiero ver nunca más! Yo le respondo, con sentimiento, de verdad, con pena:

-Es una lástima capitón que tengamos de despedirnos de esta forma.

Él la mira a Carmen con ternura, ella le acaricia la pierna. Él me lanza sin ojarme, con melancolía en la voz, sin marcas de resentimientos o de mesquinezes:

-No son capitón.

Al oírlo, me emociono, se me hace un nudo en la garganta. Lo quiero abrazar. No lo voy a abrazar que a lo mejor me pega. Pero lo condecoro para la posteridad:

-Es verdad, tiene usted razón, no es un capitón; permítame que lo promueva: cavachero imperial!

Buen tipo, el capitón, digo el cavachero. Era, agresivo, histérico, un hombre al borde de una ataque de nervios, recordati? Y ahora... qué maravilla! Pienso que la terapia de alma a la cual se sometió, obró el milagro: un energúmeno, un sicótico, un beligerante, transformado en gentlemen. Lo que no opera la milanea chica cuando uno se deja hacer, nouguaraimin?

Estoy en cubierta. La niebla se disipó. Hay luna. Peces voladores brillan en argento sobre el manto negro del mar. Respiro un aire nunca tocado, me lleno los pulmones de   —153→   felicidad. Mitre dice, comilón que es, que lo que engorda no es precisamente la comida si no la penitencia que se adhiere al pecado de la gula. Es la culpa o su sentimiento contrabandeado, la que hincha y sufla por dentro de las carnes. Es él, el sentimiento de haber mal hecho, el que prende el fuego de la insaciedad y pone todo a perder, prohibiendo la sensación, abortando el placer. Me dice Mitre sobre el mismo tema: «aventurado es el que no conoce castigo, pues él no repite, ni en la cama, ni en la mesa, ni delante del espejo. No guarda, no almacena, ni recuerda, porque se renueva a cada instante».

Estoy feliz por un buen rato, indolente con las sabias palabras de mi amigo, relamiéndome, delgado y sinsín. Estoy bajo la luna, bajo un cielo de dos cometas, soy compañero distraído de las escamas que brillan sin secuencia sobre el manto negro de la mar.

Una infernal visión me sacode: Mitre. El mismo que me abrigaba con sus conceptos, me borra, ahora, de una pataa, la felicidad. La ecuación es la siguiente y es sencilla: El capitón me vio con Carmen, el capitón lo conoce a Mitre, el capitón le cuenta a Mitre lo que pasó... y no quiero ni pensar que será de mí.

Me borro de todo el paisaje apacible, el barco se vuelve naviguero de un mar sinistro y niebloso. La sirena se levanta a cada minuto y grita en vuelta para ver si alguien le responde. Nadie la escucha y es señal de que estamos solos en el medio del océano.

Baixo las escaleras, me enfurno en el corredor, llego a la puerta del camarote. No golpeo, forzo la traca, entro, prendo la luz: la bestia de dos espaldas se había recompuesto en las tinieblas de los lienzos y gemía y gruñía, ofegaba y pedía más, insaciable, herida, desesperada. Yo le grito:

  —154→  

-Aimsorri, aimsorri mas tengo que interromper a festa.

Yo no quería interrumpir nada, mucho menos una festa tan cara a cara; tengo mis sentimientos y sé lo que son estas cosas, pero tenía que hacerlo: era él o yo, y a mí, todavía me quedaba la misión. Busqué a la guagua en la cintura, la desfundé y antes que el capitón se pudiera recomponer de su éxtasis, le clavé un laminazo en la pleura y le rasgué, de un tajo descendiente, todo el aire que lo hacía suspirar. Vacío, cayó para un lado de la camona y se desplomó, como nadie, en el suelo.

Carmen se había sentado sobre la cama, se cubría los seios con susto y me miraba estupefacta. Me balbució un reproche:

-Qué ficestes?

-Matei.

-Matastes de muerte matada, lo sé, lo sentí fuchir y enfriarse en mis adentros. Mas uai? me dis uai? que podía yo contentarte a ti y a ele também!

Limpié la lámina de la guagua, me la guardé y le respondí a Carmen, mirando directo a sus ojos de almendra y sorrou:

-No lo deleté, ni por calentura, ni por celos. Tuve miedo de la delación.

-De qué me falas forastero?

La voz de Carmen era de súplica. Pedía que le explicara. Yo le di la clave del drama:

-Tú no sabes, Carmen, mas yo conozco a este hombre y él lo conoce e Mitre. Si yo no mataba, con seguridad que le contaba sobre nosotros, sobre nuestro afer y con seguridad que me mandaba, ya sabemos dónde, y te ponía en más aprietos a ti también.

Ella me mira espantada y me dice:

-Y qué le calienta a Mitre lo que hacen sus hombres cuando no están en el campo de vatagia?

  —155→  

Mi vez de espantarme:

-A Mitre, el supremo? Le calienta todo y además no comparte con nadie sus humedades, lo sabemos los dos y seguro que él, también lo sabía.

Ella me mira y me lanza con rabia:

-Tú no entendes nada, goto de merda.

Me sorprendió la rápida recuperación de Carmen. Ahorita, estaba igual a una viuda joven, desecha sobre la camona. Agora, me insultaba como una matrona virulenta. Tanpí, no es el momento para especular. Había una evidencia molesta, deitada no chón y había que perderla. Me puse a trabajar. Lo desnudé, al occiso. Tenía el pecho cubierto con un tatuaje que representaba la cabeza de un hombre barbudo pisado por una odalisca descalza. Había una fecha y un nombre: -«1865-1870, recuerdos de Ypacaraí»-. Para mí era chino. Alguna aventura, algún amor, algún odio, algún triángulo que duró cinco años.

Lo miré una última vez, por entero, al cabachero imperial, distendido y pelado no chón. Después, agarré mi guagua filosa y lo fui cortando. Lo repartí en pedacitos que fui tirando dentro del mierdero del baño. Corté bien cortado: piel, huesos, vísceras y, al picadillo y también a los líquidos abundantes que recogí en una palangana, los tiré al mierdero. Tiraba un poco, daba descarga, volvía a tirar otro poco y volvía a dar descarga. Al final, de tanta descarga, el mierdero se trancó, se entupió, se empaturró y un líquido enegrecido, compuesto de sangre y bilis, transbordó del agujero fétido e inundó el camarote, empujando coágulos sueltos, un ojo reventado, pedazos perdidos de un interior mostrado. Tuve un insait y exclamé:

-Gueireminet, a mí no me toman del pelo: todo esto ocurrió antes y yo estaba en un tren.

Carmen me desmiente:

  —156→  

-Te engañas, fariseo, esto ocurre agora. Sente a merda no calzante y me dis se non es verdade.

La poncha tenía razón: esto ocurría agora. Pero yo también tenía mi razón: en el camarote del tren, Carmen había asesinado a Pietro Zais, lo había cortado y lo había tirado al mierdero que se trancó, como este aquí. Yo grité, desesperado:

-Éste era Pietro Zais y tú lo mataste en el tren, recuerdas?

-No era Pietro Zais en el tren, es este mismo aquí, estúpido virtual.

Carmen, desnuda sobre la cama, asistía al espectáculo líquido y crudo, con evidente asco estampado en la cara. Me puse a pensar cómo hacer para detener y después limpiar la inmensa cagada que efervescía del mierdero atragantado. La miré a Carmen como que a buscar auxilio. Ella me devolvió la mirada, que, en ella, era una mirada llena de resentimientos, y me dijo:

-Matastes a un pobre coitadiño que despertaba en sueños de las pesadillas de la guerra y que esperaba recuperarse para trabajar en la nación.

-La nación, la estancia de Mitre?

-No señor, la nación, el diario que el generalísimo fundó.

No podía creer en lo que oía: Generalísimo? Carajo, un ascenso más y yo flotando en la ignorancia. Pero lo del diario, eso jamás, Mitre los odiaba a todos. Le dije a Carmen:

-Tú sabes, mariposa, cómo odia a la prensa el patrón. Ella me respondió, muy altanera, como si supiera interpretar el mundo de una forma más perfecta que la mía:

-Y tú no sabes, pelotudo, con cuántos Mitres se faz o mundo. Chega! Basta de insultos, de malos modos, de odios intestinos. Un hombre, por más fuerte que sea, tiene su punto de ruptura como lo tiene el más fierro de los aceros. Chegaiti!

  —157→  

Decidí dejarla a Carmen con sus inconprensiones y me quité del camarote enpuercado. Tujel, a la mierda con todas las inmundicies que lo invaden. Me voy a dar un tiempo, Voy a tomar distancia de mi objeto. Por ahora, estoy fora! Salgo al corredor, subo las escaleras corriendo, salto al pasadizo. La niebla se había espesado. La sirena negra y dura tanteaba, a intervalos, algún obstáculo en la noche y el barco se movía en el agua, pesado y ciego como un bruto.

Más tarde, continúo en el pasadizo, mirando el mar. Hombre mediterráneo de nacimiento y formación, tengo un fascínio antiguo por estos campos inmensos, de agua y espuma. La niebla se disipó, ainda agora, los últimos fiapos algodoneros, subieron soplados y se perdieron más arriba. El aire es claro y frío, y está perfumado con maresía. Nos movemos por un océano atormentado, salpicado de colinas, picos y valles que se transmutan en azul, a cada instante. A una distancia que no es grande, la costa escarpada, de cumbres atrevidas y faldas generosas, tallada en varios colores de piedras, devuelve, en matices y sombras, la propuesta de luz que le chega de un cielo fundo, navegado por nubarrones atascados de blanco. El paisaje es amplio, grandioso, sereno en su proposición final. Estoy feliz, con la sola posibilidad de ser feliz.

Un sacudón en el hombro. Me asusto y me vuelvo al mundo. Miro en vuelta. Tres hombrotes, grandes, fuertes, me rodean. Uno de ellos me sacudió el hombro, con brutalidad. No sé que quieren. Sé, por intuición, que no es nada de bueno lo que quieren. Procuro ser amable. Les aceno la mano y les saludo:

-Jaigais.

  —158→  

Uno de ellos, el más bruto de todos y que también es el que me sacudió el hombro, esputa al piso con ánimos de quien ya vio esta película antes, y me dice:

-Letsisomaidí.

Como no sé si son potos o gotos, ni tampoco se me evidencia para qué bando tocan el arpa, les retruco, amiguero y jodón con cara de victoria y ojándolo al que me pide:

-Livinstonaipresium.

Como respuesta, recibo una pataa que me llega al mérito. Grito de dolor y recibo otra pataa, tan fuerte o más, que la primera. Me callo con recuerdos de Pavlov.

Tirado en el piso durante un tiempo, dolido, sufriendo, oigo que el trío confabula. No entiendo lo que dicen. Podría mostrarles los aidís que llevo, todos los que llevo, pero no creo, creencia íntima, que esto sea una buena idea. Todavía no. Procuro certificarme primero sobre el origen de estos seres. Me ordenan:

-Levanta y anda.

Yo, para evitar más daños a mi persona y a sus partes, no converso y de pie me pongo. Camino obediente y los tengo a los tres en la cola. Ellos me dan el rumbo, con algunas palizas y algunas patadas de corrección de brújula, nunca tan fuertes o tan dolorosas como las que recibí estando en el suelo.

Caminamos a lo largo del muelle un buen rato. Pasamos por almacenes y más almacenes, nos acercamos a un barco, viejo, despintado, atracado al muelle, acostado sobre un lado, por la carga mal puesta. Puedo leerle el nombre: BANZO LAINER. Sobre el atracadero, enfrente al barco, se forma una fila comprida de hombres, mujeres y cachorros. La fila se mueve de forma lenta y disciplinada: todos van subiendo a bordo, escoltados por miradas fieras de gotos armados. Comprendo el cuadro: son retirantes y los embarcan pa   —159→   l'África. Me volteo de cabeza para decirles a mis captores con una sonrisa campachera na cara:

-Se pensan que soy japifiu, están equivocados. Uno de los monstruos se ríe:

-Tú no es japifiu, tú eras japifiu, agora sois retirante.

Los otros dos monstruos también ríen. Carajo, que si chego a embarcar estou frito y mal vendido. No hay tiempo a perder. Me juego todo por todo. Estos no son gotos oficiales, por lo tanto no me buscan por ninguna muerte. Estos son gorilas del puerto y los puedo impresionar mostrándoles quién soy. Me quedo, me fico, me revuelto, doy un grito, levanto los brazos para significar que la comedia llegó al fin:

-Gueireminit.

Recibo un pataa doble que me levanta en el aire, a mi cuerpo y a todos sus pensamientos. Insisto, con rabia, a pesar del dolor:

-Gueireminit, más respeito que eu soy achente secreto.

Miro a las tres caras. Por ahora ninguna comprensión. Me empujan y casi me aciertan una nueva pataa. Uno de ellos me lanza:

-Anda, camiña, que tens un longo mar pela frente.

Yo pego un salto ágil pa un lado. Con un movimiento felino, tiro un aidí do bolso. Brando el aidí na cara dos tres y les proclamo:

-Achente secreto a servicio de Mitre -y les agrego, sin saber si las sucesivas promociones de mi jefe ya son de conocimiento público- el Presidente, el General, el Generalísimo.

Lo que es la osadía del destemor: Lo que pasa? No pasa nada, no me dan la mínima bola, no les calienta un carajo el documento que muestro, firmado por el propio Mitre, una reliquia. Me empujan, me juegan pataas que yo esquivo; se ríen. Uno grita:

  —160→  

-Al África, umilucho!

La cosa está más fea de lo que yo pensaba. Los gorilas se tiran sobre mí, siento que me quieren inmovilizar, para embarcarme a la fuerza. Me esquivo. Libre, con el barco blanquero a un lado, con los gorilas acosantes al otro, no tengo escoja: corro unos metros rápidos, salto del muelle, caigo al vacío, entro fundo en el agua. Refloto para respirar. Nado sin estilo, procuro esconderme entre la profusión de detritos de toda orden. Oigo disparos. Siento que el agua clapota a mi vuelta con las balas que caen. Me alejo, me voy alejando. Me escondo en la sombra de una chata encostada al muelle. Fico por ahí, entra la chata y el muelle, un tiempo largo, hasta que pase mi tormenta personal. Oigo voces, gritos: me procuran. Yo me quedo quieto, sin facer marola.

Me quedo en el agua, quietiño, con miedo que me encuentren. Mi cuerpo es una esponja, mis dedos parecen un pergamino antiguo, tengo gusto a caca en la lengua.

Cae la noite. Con cuidado, alerta al menor ruido, subo a la chata. Me deslizo en la cubierta. Paro, oigo: nada. Me dejo entrar por una escotilla abierta. Me bajo, voy por la oscuridad que huele a guardado antiguo. Me fico. Estoy refugiado en los porones de la embarcación, cansado, desiludido, con pocas horas pela frente. Me relaxo. Duermo.

Sueño con un archipiélago de ratones. Los rattus rattus, ratazanas de pelambre negro, cubren todo el mundo. Se multiplicaron, se esparcieron, se adueñaron de cada espacio de la tierra. Son supremos, ganaron todas las batallas y las guerras y no tienen enemigos que les pueda hacer frente. Las restantes especies animales en la naturaleza, animales grandes, animales pequeños, fueron todas subyugadas y relegadas a la condición de especies inferiores. En el seno de la sociedad   —161→   ratana, también se callaron revueltas, se reprimieron peleas, se ganaron guerras civiles. Cuando sueño mi sueño, toda oposición fue aniquilada en el seno de la sociedad ratana y se vive una calma de opresión: la dictadura de una camarilla, gobierno, que al final, todos aceptan. Soberbios, gordos, entronados, despóticos, sordos y ciegos, los rattus rattus; viven una época de bonanza, un tiempo de plenitud, una realidad sin dolores y sin sufrimientos. No digo que sean felices porque la felicidad es compleja y contradictoria, buena y cruel, de una sola vez, y estas tensiones fueron eliminadas por los rattus rattus. Anestesiados, inmediatistas, incapaces de un juicio altruista, no evalúan a tiempo el peligro que les llega de oriente, de donde ellos también vinieron un día: aparecen los ratones de pelambre gris, que vienen del oriente porque de esa forma gira la tierra, no por otra razón cualquiera; la ratazanas albinas avanzan implacables, con sus ejércitos indisciplinados, desordenados, hordas acéfalas, masas avasallantes por su número gigantesco. Los de pelambre gris, obedeciendo a impulsos primitivos, bárbaros, insaciables, invaden los territorios que ven por primera vez, cubren la tierra con la marca frágil de sus patas, pisotean los esconderijos íntimos de los inválidos, las oscuridades remotas de los inocentes; se apoderan de los nidos, de las basuras necesarias, atropellan las reservas, se llevan todo por delante, empestan, contagian a los líquidos, sacuden sus parásitos mortales sobre toda vida, aplastan, muerden, descarnan al enemigo, sin ninguna piedad. Los rattus rattus, en desespero, conclaman a sus hermanos para la defensa, pero es imposible detener al invasor. Los rattus rattus perdieron la capacidad de defenderse, indolentes por los fármacos de la estirpe de los brozak, las líneas rectas del bienestar adquirido como moneda suprema. Los que llegan, miserables, infelices, dolidos, sufridores, tienen sed de sangre,   —162→   de poder, de territorio, y al cabo de una guerra final, humana por su crueldad, se proclaman los señores nuevos de un nuevo mundo gris, el reino de los rattus norvegicus.

Despierto del sueño, asustado. Miro en vuelta. Quiero mirar en vuelta, intento lo imposible que es penetrar la oscuridad. Apresto el oído. No veo nada, no oigo nada. Sé que ellos están por cerca, sé que me deben estar ojando, ellos pueden ver en donde no hay luz. No están con hambre, no están crueles, por eso, y por ningún otro motivo, no me devoran, no me reparten y dejan que les sea compañía. Pueden retazarme, en pedazos, cuando quieran y determinen, pueden entrarme en las tripas y desangrarme por adentro. Pueden llegarme hasta el hueso. Basta que quieran y que uno de ellos dé la orden para el ataque.

Lo mío no fue un sueño total. Quiero decir que no todo lo soñado fue sueño. Nunca es todo sueño lo que uno sueña. Lo que soñé, agorín mesmo, ocurrió, es verdad auténtica, es revelación científica, crean los que no creen en estas cosas. No ocurrió esta noche, no ocurrió mientras yo soñaba con ellos, con sus batallas, sus guerras, con las manchas terribles de sus taras. Todo esto ocurrió en los tiempos antiguos de las pestes y del hambre y puede ocurrir otra vez. Hay indicios claros de que volverá a ocurrir. Mirándolos, ojándolos con atención, uno puede ver, más allá de las semejanzas de pelambre y movimientos, las marcas suicidas del parásito, la quiebra del autoestima, en cada uno de ellos, la esfumación del miedo, en cada uno de ellos, la vocación maligna para la inconsciencia, en todos ellos.

Vuelvo a dormir. Sin soñar.