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El Carrusel

Víctor Ruiz Iriarte




ArribaAbajoIntroducción1

Juan Antonio Ríos Carratalá


Víctor Ruiz Iriarte inició su última etapa como comediógrafo con el estreno de una comedia, El carrusel (1964), que le proporcionó un nuevo éxito de crítica y público. Las más de doscientas representaciones en Madrid y Barcelona supusieron el punto de partida de una gira nacional por otras cuarenta ciudades. La compañía de Amelia de la Torre y Enrique Diosdado podía darse por satisfecha con un autor que ambos cabezas de cartel, agradecidos, consideraban de la casa. La pulcritud de su tarea en tantas comedias satisfacía a un público bien delimitado socialmente, pero que en la década de los sesenta empezaba a mostrar debilidad a la hora de asegurar la continuidad a comediógrafos hasta entonces de trayectoria ininterrumpida. Un ejemplo de este cambio es Víctor Ruiz Iriarte. Frente a las dieciséis obras estrenadas entre 1950 y 1960, sólo llevó a los escenarios siete durante el período que va desde el estreno de El carrusel hasta 1975. Las pautas del trabajo teatral seguían nuevos rumbos y el comediógrafo, consciente de la progresiva dificultad para estrenar, reorientó su tarea creativa incorporando la faceta como guionista de televisión con más de un centenar de comedias emitidas. Al mismo tiempo, desarrolló una importante labor al frente de la SGAE como presidente durante cuatro años.

El carrusel inicia también una etapa teatral caracterizada por la madurez. La misma se manifiesta como tema de fondo a través de unas crisis vitales que afectan a los protagonistas de las comedias. El paso del tiempo y el contraste entre lo que se fue o se quiso ser y lo que, llegados al momento de recapitular, se es supone un conflicto de indudable atractivo. En particular, para un público que comparte en buena medida esa madurez y pertenece a la generación del comediógrafo. Aunque repetido en las obras de otros muchos autores, en el caso de Víctor Ruiz Iriarte ese conflicto aparentemente huye de lo intemporal2 y se centra en un contexto próximo: la sociedad española del desarrollismo y, más en concreto, los grupos que habían triunfado gracias al enriquecimiento durante el franquismo. El comediógrafo observa en sus representantes un comportamiento esnob donde el brillo de las apariencias contrasta con un materialismo a ultranza, el interés como único objetivo, la hipocresía y la desaparición de cualquier rastro de generosidad o rectitud moral. Daniel y Rita, el matrimonio protagonista de esta comedia, con su frivolidad encarnan un modelo que se reiterará en otros títulos de este período de madurez.

La perspectiva moralizadora de Víctor Ruiz Iriarte se muestra incompatible con el análisis social, económico e histórico de la evolución de estos grupos. Esa labor tampoco era viable en el marco teatral donde se desenvolvía el autor y ante un público poco predispuesto a llevar su reflexión por derroteros polémicos. El deseo de conducir «el conflicto hasta sus últimas y naturales consecuencias», expresado por Pedro Corbalán en la reseña de Informaciones (7-XII-1964), tan sólo era «una opinión particular», como reconoce el propio crítico. La alternativa consoladora y elegiaca, de probada aceptación entre los espectadores de la época, subraya el contraste entre una etapa de juventud presidida por el amor, la generosidad y demás valores espirituales y la madurez, donde la crisis que supone el desmoronamiento vital se agrava con dos defectos: la frivolidad y la incomprensión. La hipocresía sella con su silencio cualquier posibilidad de autocrítica. Víctor Ruiz Iriarte lo explicó así en una entrevista concedida al periodista M. Gordon, del diario Ya, con motivo del estreno de El carrusel:

La sociedad que describo [...] es una sociedad en crisis cuyos principales defectos son la frivolidad y la incomprensión. La frivolidad es la gran protagonista de la vida contemporánea [...] Es la frivolidad que nos hace continuar impasibles, sin sentir el estremecimiento del dolor ajeno. La incomprensión radica en la falta de curiosidad por el otro. Cada uno de nosotros está más solo que nunca, por muy rodeado de gente que esté. Creo que mi último estreno, El carrusel, viene a ser una síntesis de esa sociedad nuestra donde la frivolidad desemboca en drama, pero donde al final, pase lo que pase, no sucede nada. Es una visión melancólica. Y éste es el retrato de la burguesía, sector que he reflejado preferentemente en mi obra.


Esa misma burguesía alimentaba sus esperanzas con la ayuda del teatro de Víctor Ruiz Iriarte, cuyo espíritu optimista confiaba en recuperar lo perdido por el camino. Las crisis de madurez de sus protagonistas siempre nos remiten a un pasado positivo, aunque truncado sin responsabilidades que incidan en la autocrítica. La idealización es una necesidad de la memoria. Rasgos como la frivolidad de los comportamientos o la incomprensión hacia el prójimo aparecen sobrevenidos gracias al paso del tiempo. Lejos de presentarse como una consecuencia relacionada con los orígenes de los protagonistas, a menudo triunfadores en la guerra civil de 1936-1939, su presencia presupone una degeneración de aquello que en otro tiempo fue positivo, generoso y sobrio. Sus comedias se convierten así en una llamada de atención de índole moral. Un aviso para caminantes, que no dudan de haber escogido el camino correcto, aunque en un momento determinado se hayan desviado y hasta perdido.

Esta circunstancia afecta a la pareja protagonista interpretada por Amelia de la Torre y Enrique Diosdado. Ambos encuentran abundantes motivos de lucimiento en unos papeles donde el esnobismo y la frivolidad de las primeras escenas dan paso a una crisis de conciencia en el marido, mientras la esposa se aferra al silencio y la hipocresía. Daniel y Rita forman un matrimonio maduro que, metido en la vorágine de las fiestas en las embajadas y las comidas «con los americanos» (frivolidad), ha ido despreocupándose de los problemas de sus hijos (incomprensión). Las consecuencias aparecen desde el inicio de la comedia. Lolín, la menor, se siente tan sola que opta por enseñar francés a la doncella. Tomy, serio e intelectual, es amante de Mónica, la sirvienta de la casa a la que ha dejado embarazada. La voluble Maribel, cuando encuentra el amor de un ingeniero serio y responsable, se enfrenta con el desinterés de su madre. Ramonín, el mayor de los hermanos, es contestatario y homosexual, sin que sus padres sepan de los peligros que corre cuando la policía le detiene. Los cuatro deciden dar un aviso, o un escarmiento, a Daniel y Rita para sacarles de su ensimismamiento de padres esnobs y despreocupados: cada uno les plantea una imaginaria situación conflictiva. El problema, con el consiguiente efecto teatral, es que dichas situaciones dejan de ser imaginarias para convertirse en una trágica realidad. El juego se ha vuelto peligroso para todos.

El conflicto generacional entre padres e hijos se sitúa en un segundo plano a lo largo de la comedia de Víctor Ruiz Iriarte. La crítica periodística no lo reconoce así porque sería tanto como desechar un tema con gancho entre los espectadores. José Montero Alonso incluso aprovecha la ocasión para el lucimiento retórico:

El mundo de los padres y el mundo de los hijos. Lo que era, tradicionalmente, una unidad, una continuidad, el desenvolvimiento armónico de una serie de vidas que se encadenaban ordenadamente, como eslabones de un mismo sentimiento y de una misma concepción vital, se ha roto de un modo brusco, como de un tajo. La unidad se ha partido. Son ya dos climas distintos, dos concepciones que pueden llegar a enfrentarse. Y que en El carrusel se enfrentan. ¿De quién es la culpa de ese divorcio profundo, de ese gran riesgo en que la juventud -o una parte de ella, o ciertos grupos al menos- puede verse envuelta?


(Madrid, 5-XII-1964)                


La culpa y el riesgo aportan dramatismo al supuesto conflicto generacional. Sin embargo, el mismo queda diluido porque los cuatro hijos de la familia Sandoval apenas superan la caricatura de una juventud desnortada. A diferencia de sus homólogos en posteriores comedias del autor, su actitud dista mucho de suponer una alternativa de futuro frente al comportamiento de sus progenitores. En El carrusel, Víctor Ruiz Iriarte opta por centrarse en los padres; es decir, por hablar directamente a su público para que la desgracia del núcleo familiar no se traslade a un ámbito social. Y dentro de la pareja de triunfadores maduros, Daniel es el verdadero protagonista de la crisis de conciencia porque Rita se muestra incapaz de superar su inconsciencia. El comediógrafo había simpatizado con el cambio de costumbres de la mujer durante la década de los cincuenta, pero en esta última etapa de su producción recela de lo que considera excesos en este sentido. De ahí que la frívola esposa quede relegada ante el protagonismo de Daniel, que padece una crisis interior. Tal vez sea tardía, pero cabe esperar una solución gracias a la esperanza que caracteriza el teatro de Víctor Ruiz Iriarte. Ese desenlace esperanzador pasa por el amor, la generosidad y otros valores espirituales que, según el comediógrafo, se pueden recuperar como un absoluto; en abstracto y al margen de las circunstancias de una realidad histórica o social, que en estas comedias ni está ni se le espera porque formaría parte del caricaturizado «neorrealismo».

La interpretación de una moral de esnobs capaz de disgregar la célula familiar requiere elegancia y tino. Estos límites del buen gusto los vemos sobrepasados con frecuencia en algunas películas contemporáneas, empeñadas hasta lo cursi en «la educación de los padres». El tema estaba bien visto en las instancias oficiales como dique frente a los excesos de la juventud, aunque fuera la ye-yé, e interesaba a un público receloso ante las consecuencias de un cambio en las relaciones entre padres e hijos. Sin embargo, el conflicto se prestaba a un trazado a base de brochazos y los personajes solían aparecer aquejados de una caricaturización de los comportamientos y las actitudes. Enrique Diosdado y Amelia de la Torre, según las reseñas, evitaron estos riesgos. El primero hizo uso de la contención y la sobriedad para plantear el drama humano de Daniel en una comedia que él mismo dirigió. La citada actriz era una eterna merecedora de parabienes por parte de la crítica. Víctor Ruiz Iriarte conocía el terreno donde se movía y traza unos personajes ideales para unos intérpretes cuya presencia en escena daba seguridad, y autoridad, a la llamada de atención o alfilerazo que plantea el autor en El carrusel. Los elogios de la prensa abarcaron el trabajo de los jóvenes que, como Manuel Galiana y Ana María Vidal, debutaban tras pasar por una escuela que les evitó los años de meritorios de otras épocas. Su incorporación a los espacios dramáticos de TVE era cuestión de poco tiempo y allí volverían a encontrarse con Víctor Ruiz Iriarte.

La dolorosa situación del hombre atrapado por sí mismo es el contenido que el comediógrafo quiere transmitir con el simbolismo del carrusel (II, VII). Sus luces nos trasladan a «un mundo encantado», pero a veces se apagan, la feria se detiene y, en la oscuridad, un hombre pide ayuda. En esta «obra de conciencias» (José Montero Alonso) cuyo propósito es ofrecer un ejemplo para la meditación (Nicolás González Ruiz), tal vez sobre la figura del Comisario: «Ese comisario, inspector, conciencia o como quiera denominársele, nada añade con su discurso final» (Francisco García Pavón). Su inclusión es una probable consecuencia de la influencia ejercida por la célebre obra de J. B. Priestley, An inspector calls (1944), pero apenas toma cuerpo frente al suicidio de Mónica y la destrucción de una familia. Nadie en casa de los Sandoval se libra de la desgracia. La doncella se suicida. Daniel arrastrará el remordimiento de haber iniciado el trágico juego. Rita, Ramonín, Maribel y Tomy no podrán liberarse de su vergonzosa cobardía. Lolín algún día será consciente del daño que ha provocado involuntariamente. La culpa carece de nombre y apellidos, pero abarca la totalidad de los protagonistas como en la citada obra de J. B. Priestley. El antídoto de Víctor Ruiz Iriarte para combatir esta desoladora conclusión es amor y esperanza. El público agradeció el asidero moral sin preguntarse por su viabilidad y premió con aplausos una comedia que nos habla de una crisis de conciencia nada atemporal. Sus rasgos nos remiten a la imagen de sí misma que daba una burguesía española abocada al final de una época.




El carrusel

Comedia en dos actos y siete cuadros


Esta comedia se estrenó la noche del 4 de diciembre de 1964 en el Teatro Lara de Madrid3, con el siguiente reparto:

PERSONAJES
 
ACTORES
 
RITAAMELIA DE LA TORRE
MARIBELANA MARÍA VIDAL
LOLÍNMARÍA DEL CARMEN YEPES
MÓNICAMARÍA JESÚS LARA
DANIELENRIQUE DIOSDADO
TOMYMANUEL GALIANA
RAMONÍNRAFAEL GUERRERO
COMISARIOVICENTE ARIÑO
  • Ilustraciones musicales de Manuel Parada
  • Decorados: Eduardo Torre de la Fuente
  • Dirección: Enrique Diosdado

Todas las escenas se desarrollan en este mismo interior, tan burgués y tan confortable. Los cuadros se suceden unos a otros, mediante el juego de luces que se indicará, renunciando, por tanto, al uso del telón, excepto, como es natural, al término del primer acto y al final de la comedia. En el caso de que las instalaciones del teatro no permitan tal procedimiento, el telón deberá subir y bajar siempre en medio de la más absoluta oscuridad.

Estamos en el piso ático de una casa de lujo. El decorado representa el vestíbulo y el cuarto de estar.

El cuarto de estar ocupa casi toda la superficie del escenario. Es una pieza muy confortable. Los muebles, los cuadros, las lámparas y muchas cosas bonitas, encantadoramente útiles, son de un exquisito gusto. Se diría que todo está seleccionado por el rigor y el arte de un buen decorador profesional. A la derecha, una gran pared de cristales, con puertas dobles en el centro, separa el salón de una espaciosa terraza. La terraza está cuajada de plantas verdes y la cristalera velada por unas vaporosas cortinillas blancas. Una puerta en primer término a la derecha -siempre lados del público- y una más, en segundo término a la izquierda. En primer término de este lateral, un arco que da paso al vestíbulo. Una entrada al fondo. Un suntuoso sofá. Unos sillones. Una mesita, delante del sofá, atiborrada de libros y revistas.

El vestíbulo, a la izquierda, es una pieza que, como se ha dicho, comunica con el cuarto de estar por medio de una embocadura diáfana. La puerta de la escalera está a la izquierda, frente al arco. Y en la pared del fondo se inicia un pasillo, que lleva a las distintas habitaciones del piso.






ArribaAbajoActo primero


Cuadro primero

 

Es de día. Un piano próximo inicia una suave melodía. En escena no hay nadie cuando se levanta el telón. Unos segundos después, la puerta de la escalera se abre sola, como movida por una mano invisible. Y al poco tiempo, en el umbral surge el COMISARIO. Un hombre de avanzada edad, casi un viejecito. Menudo, delgado, tiene una sonrisa luminosa. Viste de oscuro, con desaliño, y sus cabellos blancos están un poco en desorden. Muy despacio, cruza el vestíbulo y entra en el cuarto de estar. El COMISARIO espera con el sombrero entre las manos. Y, por el fondo, aparece DANIEL. Un hombre de excelente aspecto. Tendrá, seguramente, alrededor de los cincuenta años. Pero representa menos4. Él y el COMISARIO se miran un instante en silencio. El COMISARIO, como siempre, sonríe. Calla el piano.

 

COMISARIO.-  Buenos días, señor.

DANIEL.-  Buenos días...

COMISARIO.-  ¡Je! Verá usted. He recibido una llamada. Pero era una llamada un poco apremiante y, con la precipitación, no sé, no sé si me habré equivocado de puerta. ¿Es aquí?

DANIEL.-  Sí, señor comisario. Aquí es. Le he llamado yo...

COMISARIO.-  ¡Ah! Entonces...

DANIEL.-  ¿Quiere sentarse, señor comisario?

COMISARIO.-  Naturalmente...  (Se sientan. El COMISARIO mira en torno, evidentemente satisfecho.)  ¡Oiga! Tiene usted una bonita casa, ¿eh? ¿Qué representa ese cuadro?

DANIEL.-  No lo sé.

COMISARIO.-  Pero ¿le gusta?

DANIEL.-  No.

COMISARIO.-   (Muy complacido.)  Vaya...

DANIEL.-  ¡Señor comisario! Permítame, ante todo, que me presente. Me llamo Daniel de Sandoval...

COMISARIO.-  Encantado. Pero ¿no nos hemos visto en algún lugar antes de ahora? Yo juraría que usted no me resulta un desconocido.

DANIEL.-  No recuerdo...

COMISARIO.-  Bien, bien, no importa. Adelante, señor Sandoval. ¿A qué debo el placer de su llamada?

DANIEL.-  ¡Señor comisario! Tengo que hacer una declaración...

COMISARIO.-  ¡Hola! ¿Una declaración?

DANIEL.-  Sí.

COMISARIO.-  ¿Por qué?

DANIEL.-  Porque necesito encontrar un culpable...

COMISARIO.-  ¡Ah!  (Un silencio.)  ¿Tiene usted alguna sospecha?

DANIEL.-  Sí, señor comisario...

COMISARIO.-  ¿De quién sospecha usted?

DANIEL.-  De mí mismo.  (Otro silencio.)  Verá usted. Todo ocurrió hace un año...  (En este momento, la puerta de la escalera, que ha permanecido abierta después de la entrada del COMISARIO, se cierra sola y produce un pequeño portazo. DANIEL vuelve la cabeza.)  ¿Qué ha sido eso?

COMISARIO.-  El viento, quizá.  (Sonriendo.)  Continúe, señor Sandoval...

 

(Otra vez, al piano, comienza a oírse la misma melodía. Y las luces descienden lentamente hasta llegar al

 

 
 
OSCURO.)
 
 


Cuadro segundo

 

Cuando vuelven las luces, muy despacio, como se fueron, es de noche. Pantallas encendidas. La terraza está envuelta en el resplandor azul de la luna. En escena, sentado en el sofá, solo, leyendo un periódico de la noche, se halla DANIEL. Y se oye, dentro, la voz de RITA.

 

RITA.-   (Dentro.)  ¡Daniel!

DANIEL.-   (Distraído.)  ¿Qué?

RITA.-   (Dentro.)  ¿Qué música es ésa?

DANIEL.-  ¿No lo sabes? La vecina, que toca el piano...

RITA.-   (Dentro)  ¡Jesús! ¡Qué pelma es esa chica! Un día me quejaré.

DANIEL.-  ¿Por qué? Resulta muy agradable...  (Una pausa. Calla el piano. DANIEL, un poco impaciente, se vuelve hacia la puerta de la izquierda.)  Rita, por favor, ¿quieres acabar de arreglarte de una vez? Si no te apresuras, llegaremos tarde...

RITA.-   (Dentro.)  Ya voy, cariño, ya voy. Un minuto nada más.

DANIEL.-  Hum...

 

(DANIEL vuelve a su periódico. Una pausa. Y por la puerta de la izquierda aparece RITA. Es una mujer todavía muy atractiva, en el mejor momento de su fragante madurez. Lleva en la mano un espejito. Habla, casi siempre, con una irremediable volubilidad.)

 

RITA.-  ¿Dicen algo de interés los periódicos?

DANIEL.-  ¡Pchs! El Inter ha vencido al Manchester... Pierdo una cena.

RITA.-  ¡Qué tonto! Siempre pierdes...

DANIEL.-  Esta mañana ha bajado la Bolsa...

RITA.-  ¿Sí? ¡Qué bien!

DANIEL.-  Y parece que hay crisis de Gobierno...

RITA.-  ¿Tan pronto?

 

(DANIEL alza los ojos, la mira y suspira profundamente.)

 

DANIEL.-  Rita...

RITA.-  ¿Qué, cariño?

DANIEL.-  Date prisa, te lo suplico. Estamos invitados a cenar...

RITA.-  Pero si ya estoy lista...

DANIEL.-  Hum...

 

(Él continúa leyendo.)

 

RITA.-  Te advierto que estoy molida. Me duele todo, todo. Hoy ha sido para mí un día terrible. ¡Figúrate! Por la mañana, una tómbola. Claro que, eso sí, las niñas pobres estaban monísimas, llenas de lacitos azules por todas partes; las monjitas, unas santitas, y el obispo, un encanto de hombre. Pero, hijito, después, a mediodía, ese horrible almuerzo...  (Se calla. Y de pronto.)  ¡Daniel! ¿Dónde hemos almorzado hoy?

DANIEL.-  ¡Qué pregunta! ¿Ya no te acuerdas? En El Parador, con los americanos...

RITA.-  ¡Quiá! Eso fue ayer...

DANIEL.-  ¡No! Ayer comimos en el campo.

RITA.-  Estás fatal, querido. Lo del campo fue el miércoles. Lo recuerdo muy bien... Me constipé.

DANIEL.-  ¡Calla! Tienes razón. Pero, en fin, yo juraría que hoy hemos almorzado con los americanos...

RITA.-  ¡Qué lata! ¿No crees?

DANIEL.-  Mujer...

RITA.-  Bueno. Después de todo, peor fue lo de esta tarde. ¡Calcula! ¡Un té a beneficio de los suburbios! ¡Jesús! ¡Qué pesada se pone la duquesa con los suburbios! ¡Si dicen que ya no quedan! Pero, hijo mío, está visto que la aristocracia no sabe prescindir de los pobres... Por cierto, allí estaba Lina Mendoza. ¿Conoces? Esa estrella de cine tan, tan, tan española, pobrecita. Nos presentó la duquesa, y enseguida nos hicimos muy amigas. ¡Ay! Esa chica es muy desgraciada, Daniel. Pero muy desgraciada. Me ha hecho muchas confidencias, ¿sabes? Resulta que la infeliz lleva tres años acostándose con Enrique Cifuentes. Y ahora, cuando la chiquita empezaba a hacerse ilusiones, y con razón, creo yo, ahora, Enrique, que es un fresco, ya se sabe, porque antes era un escritor muy del régimen y, de la noche a la mañana, se ha hecho de la oposición, va, la deja plantada y se dispone a casarse, aunque dice que ya está casado en Méjico o así con una viuda de San Sebastián. Teresa Renovales, ¿la recuerdas? La conocimos en Zarauz, cuando nos presentaron a los belgas. Una aristócrata, eso sí, nadie lo niega. Pero, hijito, una aristócrata rarísima: ni le gusta el folklore, ni tiene casa en Marbella, ni es amiga de Picasso5... Una pena. Lina, claro, la pobrecita, está furiosa. Y con razón. Porque, lo que ella dice: si es por política, yo soy tan monárquica como la Renovales y, además, estoy de guapa como para parar un tren. Claro que la infeliz tiene una idea muy modesta del ferrocarril. Pero, en fin...

 

(DANIEL abandona la lectura del periódico y mira en torno, como buscando algo.)

 

DANIEL.-  ¡Rita!

RITA.-  ¿Qué, amor mío?

DANIEL.-  Por curiosidad: ¿dónde están los chicos?

RITA.-  ¿Los chicos? Me pareció que hace un momento andaban por aquí. Pero ¡ay!, eso, con seguridad, no se sabe nunca. Estos hijos nuestros son de una independencia salvaje. Entran, salen, vuelven a entrar y vuelven a salir. Pero ¿de dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Qué piensan? Un misterio. Tomy, como es tan intelectual, nunca dice nada. ¡Vaya! Y menos mal que ya no lleva barba. Estaba horrible el pobrecito. De Ramonín, no hablemos. Un bohemio. De pronto se va, desaparece... Y más vale así, porque, la verdad, es que cuando se queda en casa y empieza a hacer pintura abstracta, lo pone todo perdido.6 Maribel, ya se sabe, a todas horas con la pandilla. En el bar, en la «boite» y haciendo locuras con el seiscientos7. Un día se romperá la cabeza y tendré que darle un cachete. Y con Lolín, la pequeña, tampoco se puede contar demasiado, porque como tiene tantísima imaginación, se pasa el tiempo viviendo fantasías. ¡Oh! ¡Qué hijos! Y cuidado que yo les predico, y les predico como un misionero. Me gustaría que me oyeras cuando les hablo del hogar y de la familia cristiana y de todo lo demás. Porque sí, hijito, porque yo soy así. Porque me gusta el orden. Porque soy un madraza, ea. Bueno, pues todo es inútil. ¡Ay! Esta juventud8...  (Se va, muy presurosa, por donde vino. DANIEL, solo, enciende un cigarrillo. Y al instante vuelve a oírse la voz de RITA, dentro.)  ¡Daniel!

DANIEL.-  Sí...

RITA.-   (Dentro.)  ¿Tú crees que lo de esta noche será divertido?

DANIEL.-  ¿Por qué no? En esa embajada saben hacer muy bien las cosas.

RITA.-   (Dentro.) ¿A quién habrán invitado?

DANIEL.-  Me figuro que, sobre poco más o menos, a la gente de siempre. Algún personaje oficial, la condesa, los Santoja, nosotros; qué sé yo...

 

(Surge de nuevo RITA en escena. Ya despojada de su bata, aparece elegantísimamente vestida, se cubre los hombros desnudos con unas bonitas pieles.)

 

RITA.-  Y, naturalmente, también estará Rosa Fornell...

DANIEL.-  Casi seguro...

RITA.-  ¡Daniel! Me gustaría saber por qué, desde hace una temporada, nos encontramos con Rosa Fornell en todas partes...

DANIEL.-  Es muy sencillo, toda la buena sociedad invita a Rosa Fornell. Y se comprende. Rosa es simpática, elegante, divertida; cuenta las cosas con muchísima gracia...

RITA.-  Bueno. Pero es una golfa...

DANIEL.-  Mujer...

RITA.-  Y lo sabe todo el mundo...

DANIEL.-  Rita, Rita...

RITA.-  Curioso, ¿no crees?

DANIEL.-  ¡Oh! Eres implacable...

RITA.-  ¡Daniel! ¡No la defiendas!

DANIEL.-  Pero si no la defiendo...

RITA.-  Claro que si lo que pasa es que te gusta esa fresca, puedes decírmelo. En confianza.

DANIEL.-  ¡No! ¡Qué ocurrencia!

RITA.-  Por el marido no te preocupes. Siempre está en Logroño...

DANIEL.-  ¡Rita! Te digo que no y no. ¡Ea!

RITA.-  Bueno. No sé por qué voy a creerte. A ti te gustan todas.

 

(A partir de este momento el diálogo se hace más vivo y acalorado. Es una verdadera discusión. Ya están los dos en el vestíbulo, en dirección a la puerta de la escalera.)

 

DANIEL.-  Pero, Rita, sé razonable. ¿Tú crees que éste es un buen momento para hacer una escena de celos?

RITA.-  ¡Jesús! ¿Quién habla de celos? Pero si yo no soy celosa...

DANIEL.-  ¡Ah! ¿No?

RITA.-  ¡No!

DANIEL.-  Bueno. Eso...

RITA.-  ¡Nada! Pero nada, nada...

DANIEL.-  ¡Rita! ¡Rita!

RITA.-  De veras, cariño. Lo único que me preocupa en esta ocasión es tu prestigio...

 

(DANIEL ha abierto la puerta de la escalera. Salen los dos. La escena queda en soledad. Comienza a oírse el piano, que repite la misma melodía durante unos pocos segundos. Y las luces descienden hasta llegar al

 

 
 
OSCURO.)
 
 


Cuadro tercero

 

Cuando vuelven las luces es de día otra vez. En escena se hallan DANIEL y el COMISARIO.

 

DANIEL.-  Bueno... Mi mujer y yo siempre discutimos. Aquella escena de aquella noche fue una escena como tantas otras. Pero, en fin, cuando llegamos a las puertas de la embajada, Rita, que tiene una fantástica capacidad de recuperación, estaba dispuesta a pasar una gran noche. Allí mismo, en el vestíbulo, nos encontramos con Rosa Fornell. ¡Je! Tengo que reconocer que, por entonces, Rosa se dedicaba a despertar los celos de mi mujer. No sé por qué. Bueno, en realidad, sí lo sé. Es su eterno juego. Todo el mundo tiene un juego. Mi mujer, naturalmente, juega a lo contrario. Pero también juega. Es la vida.  (Se vuelve ligeramente hacia el COMISARIO, que le escucha en silencio.)  Sí, sí, ya sé, ya sé señor comisario, ya sé lo que está usted pensando. Todos nosotros somos muy frívolos. Bien. Acepto el reproche. Pero ¿es que podemos ser de otro modo? Esta frivolidad se ha impuesto en nuestras vidas poco a poco, de un modo insensible, casi, casi sin que nosotros mismos nos diéramos cuenta. Antes todo era distinto. ¡Oh! ¡Si usted nos hubiera conocido en otros tiempos, cuando mi mujer y yo éramos unos muchachos recién casados, jóvenes, alegres, locamente enamorados el uno del otro! Éramos muy ambiciosos. ¡Pero nuestra ambición eran tan noble y tan pura! Cada uno de nosotros soñaba para el otro lo mejor, lo más hermoso que la vida puede dar. Después, con el tiempo, esa ambición romántica, tan generosa, llena de renunciamiento, degenera. Y uno ya no lucha por una mujer. Lucha por sí mismo. ¡Oh, no! Ni siquiera eso. Se lucha por la misma voluptuosidad de la lucha, que es como una amante irresistible y exigente. ¡Señor comisario! La vida nos ofrece todos los días un espectáculo asombroso. Figúrese usted: un hombre, plantado en medio de todos los demás, pelea como un loco, dispuesto a aniquilar o a ser aniquilado. Cuando ese hombre fracasa, el espectáculo es grotesco, porque todos le pisotean y su pobre soberbia se arrastra por los suelos. Pero cuando ese hombre triunfa y se convierte en un dominador, el espectáculo tiene toda la grandeza de una tragedia antigua. Yo he sido uno de esos valientes. Yo he triunfado. Yo he ganado el éxito, la fortuna, el poder.  (Una pausa. Sonríe como para sí mismo.)  Pero, claro, ¡en ese combate se pierden tantas cosas! ¿Es por eso, por todo lo que se pierde, señor comisario, por lo que mi mujer y yo estamos envueltos en esa frivolidad? Entonces, ¿es que la frivolidad es el resumen de muchos desencantos y de muchas desilusiones? ¿Es que la frivolidad es la pérdida de la esperanza? ¿Es que la frivolidad llega cuando hemos perdido la fe? Porque ¿en qué podemos creer nosotros, los que sabemos que casi todo se compra y casi todo se vende, porque tantas cosas hemos comprado y tantas cosas hemos vendido? Si todo eso es así, la frivolidad es como un suicidio y el mundo está lleno de muertos...  (Se calla. Desvía la mirada, suavemente sonrojado.)  ¡Je! Es curioso. Hablo y hablo. Digo cosas sin sentido. Pero todavía no le he dicho la verdadera razón de mi llamada...

 

(El COMISARIO le mira y sonríe.)

 

COMISARIO.-  No importa. Yo nunca tengo prisa...

DANIEL.-  ¡Señor comisario! No le ocultaré nada. Le diré lo que sé por mí mismo y lo que pude comprender después, cuando todo era irremediable. Y usted juzgará. La verdad es, señor comisario, que todo ha sido como un juego al que nos habíamos entregado todos, casi, casi sin saber que jugábamos...

 

(Se calla. El piano repite su melodía. Mientras el COMISARIO sonríe, las luces comienzan a descender.)

 

 
 
OSCURO
 
 


Cuadro cuarto

 

Vuelven las luces. Es de noche. En seguida deja de oírse el piano. En escena aparecen TOMY, MARIBEL, LOLÍN y MÓNICA. TOMY es un chico muy joven -quizá no ha cumplido los veinte años-, con un inconfundible aire de estudioso que, zambullido en el sofá, lee, con un fantástico interés, un libro que tiene entre las manos, indiferente por completo a todo lo que le rodea. MARIBEL, una muchacha encantadora, tumbada sobre la alfombra, junto a la mesita, habla por teléfono: parece muy dichosa. A la izquierda LOLÍN -una adolescente- y MÓNICA -una doncella de la casa, joven y bonita- discuten vivamente.

 

MÓNICA.-  ¡No, señorita Lolín! Le digo que no y no...

LOLÍN.-   (Severísima.)  ¡Mónica! ¡Mónica!

MÓNICA.-  Pero, señorita, si es que yo no quiero aprender el francés... De veras.

LOLÍN.-  ¡Ay, qué rica! Eso es muy cómodo. Pero la cultura tiene que llegar a todos los sectores sociales...

MÓNICA.-  ¿Es obligatorio?

LOLÍN.-  ¡A ver! Por patriotismo...

MÓNICA.-  ¡Huy!

LOLÍN.-  Hala, hala. Siéntate ahí.

MÓNICA.-  ¡Ay, madre mía!

 

(MÓNICA, apuradísima, se sienta en un sillón a la izquierda. LOLÍN se arrodilla sobre la alfombra, a sus pies.)

 

LOLÍN.-  ¡Calla! Verás que fácil es...  (De un bolsillo saca un pequeño librito, que abre. Lee con un impecable acento.)  «Entre les pattes d'un lion, / un rat sortit de terre assez à l'étourdie./ Le roi des animaux, en cette ocasión, / montra ce qu'il était et lui laissa la vie...»  (Transición, muy benévola.)  Bonito, ¿no crees? Ingenuo, claro, cosa antigua. Pero bonito. Es de La Fontaine.9

MÓNICA.-  ¡Ah, ya!

LOLÍN.-  ¿Te gusta La Fontaine?

MÓNICA.-  ¡Uf!

LOLÍN.-  Me alegro. Bueno, pues ahora lo lees tú en francés y luego lo traduces al castellano...

MÓNICA.-  ¿Quién? ¿Yo?

LOLÍN.-  ¡A ver!

MÓNICA.-   (Aterrada.) ¡Quia!

LOLÍN.-  ¡Mónica! ¡No seas rebelde!

MÓNICA.-  ¡Señorita Lolín! ¡No me lo pida usted!

LOLÍN.-  ¡Qué terca eres, monina! Llevo cerca de un mes enseñándote francés y lo único que sabes decir a estas alturas es hotel, café, papá y mamá...

MÓNICA.-  Pero, señorita, si es que no tengo afición10

LOLÍN.-   (Muy severa.) Hala, hala, perezosa. ¡A estudiar!

MÓNICA.-  ¡Ay, Virgen!

LOLÍN.-  Mira, lo mejor será que volvamos a repasar los verbos...

MÓNICA.-   (Asustadísima.) ¡No! Los verbos no...

LOLÍN.-  ¡Qué egoísta eres!

MÓNICA.-  ¡Ay!

LOLÍN.-  Escucha: «Je suis. Tu es. Il est. Nous sommes. Vous êtes. Ils sont...».

 

(MÓNICA, llena de apuro, cierra los ojos.)

 

MÓNICA.-  Sé sui...

LOLÍN.-  ¡Ay! ¡Qué acento! Sigue...

 

(De pronto, MARIBEL, al teléfono, grita con toda su alma.)

 

MARIBEL.-  ¡Sí, amor mío! Te quiero, te quiero, te quiero...

 

(Por el fondo, impetuosamente, surge RAMONÍN. Es un muchacho algo mayor que TOMY. Se planta en el centro del escenario casi de un salto, y recita, como dirigiéndose a un auditorio imaginario.)

 

RAMONÍN.-  «¡Oh, lá, lá!» ¡La ciudad! ¡Mírela! ¡Ahí está! ¿Qué ve? ¿Una choza? ¡Señor mío! No es una choza... Es un rascacielos, todo de cristal. Tiene cien pisos y una torre. De noche el rascacielos se bambolea y hace bum-bum-bum. ¿Cómo? ¿Qué dice de la choza? ¡Buen hombre! La choza se la llevó un prestidigitador. Pero si usted ve ahí la choza es que es usted un soñador anticuado y peligroso. ¡Guardias! Metan en prisión a este señor...  (Un desplante, muy ufano. Luego, con mucha naturalidad, se vuelve a TOMY, que le mira con la boca abierta.)  ¿Has oído?

TOMY.-  Hombre...

RAMONÍN.-  Profundo, ¿eh?

TOMY.-  Mucho, mucho...

RAMONÍN.-   (Encantado.)  ¡Ah! ¡El teatro moderno! Ideas, inquietudes, lo social, la tremolina...  (Entra de nuevo en situación y recita como antes, para un público inexistente.)  Cru, cru, cru. ¡Oh, la muchedumbre! Chisteras, paraguas rojos, paraguas azules, sombreros con pompón. ¡Alto! ¿Quién vive? ¡Oh, mírela! ¡Ahí está! Es madame Fix, con su boa... ¡Kikirikí!11

 

(Y en pleno trance, con un salto de ballet, desaparece por la puerta de la derecha. TOMY suspira. Deja el libro que tenía entre las manos y toma otro de la mesita. Mientras, MARIBEL, que no se ha enterado de nada, sigue hablando, gozosa y apasionada, por teléfono.)

 

MARIBEL.-  ¡Sí! ¡Te lo juro! Para siempre, para siempre, para siempre...

 

(Entre tanto, al otro lado, LOLÍN, también indiferente a todo lo demás, continúa, implacable, su enseñanza.)

 

LOLÍN.-  Mais non, ma petite. Ecoutez-moi: «la table, le tableau, le bateau» y «su'il vous plaît…».

 

(MÓNICA se yergue y se pone en pie.)

 

MÓNICA.-  ¡No! ¡Se acabó!

LOLÍN.-   (Extrañadísima.) ¿Cómo?

MÓNICA.-  ¡Señorita! ¡No quiero saber nada de francés!

LOLÍN.-   (Indignada.) ¡Mónica!

MÓNICA.-  ¡No! ¡He dicho que no y no! ¡Ea!

LOLÍN.-  ¡Mónica! Ven aquí...

MÓNICA.-  ¡No!

 

(MÓNICA, sin atender los perentorios requerimientos de LOLÍN, entra en el vestíbulo y desaparece por el pasillo. LOLÍN la sigue, pero antes de salir se vuelve un instante hacia TOMY.)

 

LOLÍN.-  ¿Tú has visto, Tomy?

TOMY.-  ¡Je!

LOLÍN.-  ¡Qué indómita es esta chica! Ninguna se me ha resistido tanto.

 

(Sale siguiendo los pasos de la doncella. MARIBEL, al teléfono habla ahora muy bajito, muy emocionada.)

 

MARIBEL.-  Sí, mi vida. Muchos, muchísimos besos...

 

(Cuelga muy despacito. Sonríe. Sus ojos se encuentran con TOMY. Pero no le ve. Todavía cabalga sobre una nube maravillosa. Un silencio.)

 

TOMY.-   (Muy amable.)  Buenas noches, Maribel. Soy tu hermano Tomy. ¿Me recuerdas?

MARIBEL.-   (Descendiendo.) ¡Ah! ¿Estabas ahí...?

TOMY.-  ¡Je! Pues sí...

MARIBEL.-  ¿Qué lees?

TOMY.-  La Biblia. ¿Conoces?

MARIBEL.-  No sé. ¡Lee una tanto...!

 

(Corre muy ligerita y entra en la terraza. TOMY, solo, mueve la cabeza filosóficamente y cambia de libro. Por el pasillo, muy enfurruñada, viene LOLÍN, que cruza el vestíbulo y entra en el cuarto de estar.)

 

LOLÍN.-  ¡Nada! Es inútil. En la cocina nadie quiere aprender idiomas. Ya se ve que las clases populares carecen de disciplina intelectual...  (Se sienta en el sofá, al lado de TOMY. El muchacho, indiferente a la presencia de la chica, continúa enfrascado en su libro.)  Hola, Tomy.

TOMY.-  Hola.

LOLÍN.-  ¿Qué libro es ese que lees con tanta atención?

TOMY.-  El sexo y la conciencia, de Van-Lips-Merk-Strokem12...

LOLÍN.-  ¡Qué bárbaro! ¿Es apasionante?

TOMY.-  ¡Uf!

LOLÍN.-  ¿Me lo dejarás?

TOMY.-  No es para menores...

LOLÍN.-  Idiota.  (Un mohín. Un silencio. La pequeña mira en torno y suspira. Luego, con timidez.)  ¡Tomy! ¿Por qué no me dices algo?

TOMY.-   (Muy sorprendido.)  ¿Quién? ¿Yo?

LOLÍN.-  ¡Sí!

TOMY.-  ¡Toma! ¿Y qué quieres que te diga?

LOLÍN.-  Pues lo que se te ocurra, así, de pronto. Cualquier cosa. Por ejemplo, dime: ¡Lolín! Preciosa, hermanita, te quiero muchísimo... Dame un beso.

TOMY.-   (Estupefacto.)  ¡Hala! ¿De verdad quieres que te diga todo eso?

LOLÍN.-   (Sonrojadísima.) ¡Sí!

TOMY.-  Pero, chica, ¿por qué?

LOLÍN.-  ¡Tomy! Porque no me hace caso nadie...

 

(Y toda rubor se echa a llorar definitivamente. Se vuelve de espaldas a TOMY y esconde la cara entre los almohadones del sofá.)

 

TOMY.-   (Atónito.)  Pero, Lolín...

LOLÍN.-  ¡Déjame!

TOMY.-  ¡Chica!

LOLÍN.-  ¡Que me dejes!

TOMY.-  Bueno, bueno...

 

(El muchacho, bastante confuso, vuelve a su lectura. Pero empieza a mirar de reojo a LOLÍN, muy preocupado. Ella, poco a poco, se incorpora y seca sus lágrimas.)

 

LOLÍN.-  ¡Qué tonta! ¿Verdad?

TOMY.-   (Superior.)  ¡Pchs! Las mujeres...

LOLÍN.-  Es que a veces me siento terriblemente desgraciada, ¿sabes?

TOMY.-  ¿Tú?

LOLÍN.-  Sí, sí...

TOMY.-  ¡Anda! ¿Y por qué?

LOLÍN.-  Porque estoy muy sola. ¿No te das cuenta, Tomy? Bueno. No me choca. Aquí, en esta casa, nadie se da cuenta de nada. Ya se ve. ¡Huy! ¡La familia! ¡Qué risa! Fíjate en nosotros, que somos un ejemplo. Para empezar, papá y mamá nunca están en casa. Mamá, la pobre, lleva un trajín: con las tómbolas, las fiestas y los estrenos, se le pasan los días sin sentir. Y de papá, no hablemos: entre sus grandes empresas industriales y el adulterio, porque las señoras se lo rifan, no está para nada.  (Un suspiro.)  Esta noche tienen una cena en una embajada, ¿sabes? Ayer hubo flamenco y jaleo. Y, a lo mejor, mañana se van a Torremolinos. ¡Ay! ¡La «dolce vita»13 a la española! Lo normal entre la gente mayor, que lo pasa de primera. Pero, claro, después, tú te vas por ahí o te metes con tus librotes, porque eres muy intelectual; Maribel se va por ahí o empieza a hablar por teléfono con todos sus amigos, y Ramonín se va por ahí o se encierra en su cuarto horas y horas. Y pase lo que pase, aquí me quedo yo sola. ¿Y qué voy a hacer? Pues ya está; o me pongo a enseñarle el francés a la pobre Mónica, que lo lleva fatal, o me siento ahí, en la terraza, y me quedo dormida mirando a la luna, mientras la vecina toca el piano. Y, eso sí, en cuanto cierro los ojos, como soy tan fantástica, lo mismo me meto monja que me caso con los cuatro Beatles...

TOMY.-   (Sonriendo.) ¡No me digas!

LOLÍN.-  ¡Huy! Como te lo cuento...  (Una transición. Se quita una lágrima rebelde con el dorso de la mano y sonríe muy avergonzada.)  Bueno. No me hagas caso. Y, sobre todo, no me tomes por una romántica tonta, que yo soy una chica de mi tiempo.14 ¡Ea! Para que lo sepas...

 

(Echa a correr hacia el fondo. TOMY, que la sigue con la mirada, se pone en pie y la llama.)

 

TOMY.-  Espera, Lolín...

LOLÍN.-  ¿Qué quieres?

TOMY.-  ¡Je! ¡Lolín! ¡Guapa! ¿Me das un beso?

LOLÍN.-  ¡Oh!  (La muchacha, radiante, vuelve y se refugia entre los brazos de su hermano.)  ¡Tomy! ¿Cómo se te ha ocurrido todo eso, tan bonito?

TOMY.-  ¡Je! Pues, ya ves, de repente. Un impulso. Me salió de dentro.

LOLÍN.-  ¡Qué bueno eres!  (Se abalanza otra vez sobre TOMY y le cubre la cara de besos.)  ¡Huy! Toma, toma, toma...

TOMY.-  ¡Socorro!

LOLÍN.-   (Riendo.) ¡Tonto!  (Se ríen los dos. LOLÍN, poco a poco, deja de reír y se queda mirando a TOMY.)  Tomy...

TOMY.-  ¿Qué?

LOLÍN.-  ¿Si será que en esta casa cada uno tiene un secreto?

TOMY.-  ¿Un secreto?

LOLÍN.-  ¡Sí!

TOMY.-  Pero ¿por qué piensas eso?

LOLÍN.-  No lo sé. Se me ocurrió de pronto...

 

(Sale por el fondo. TOMY se ha quedado pensativo. Hay una pausa. Y en el vestíbulo, en la actitud de quien estaba esperando, asoma MÓNICA, la doncella. Llama cautelosa.)

 

MÓNICA.-  ¡Chis! ¡Chis!  (TOMY se vuelve hacia ella. Sonríe. Durante unos segundos se miran los dos largamente, intensamente. Y, de pronto, como respondiendo al mismo impulso, corren el uno hacia el otro y se abrazan, se estrechan, se besan apasionadamente.)  ¡Oh! Tomy, Tomy. ¡Te quiero tanto!

TOMY.-  Nena...

 

(Se vuelven a besar. Un silencio. Y, de pronto, se oye la voz de RAMONÍN que grita estentóreamente.)

 

RAMONÍN.-   (Dentro.)  ¡Cru, cru, cru!

 

(MÓNICA y TOMY se separan, aterrados.)

 

MÓNICA.-  ¡Ayyy!

TOMY.-  ¡Porras!

MÓNICA.-  ¡Oh! Un día nos sorprenderán...

 

(MÓNICA escapa corriendo, sofocadísima, y entra en la habitación de la izquierda. TOMY, casi de un salto se zambulle en el sofá. Y por la puerta de la derecha aparece RAMONÍN, recitando como siempre para su inexistente auditorio.)

 

RAMONÍN.-  ¡Cru, cru, cru! ¡Mírela! ¡Ahí está! ¡Oh, madame Fix, la vieja prostituta! Jajajá. ¡Kikirikí! Canta el gallo. ¡Oh, no! Es el agente de bolsa de madame Fix. ¡Guardias! ¡Protejan a la bondadosa, a la hermosa, a la poderosa madame Fix!  (Transición.)  Bueno. Se acabó el ensayo...

TOMY.-  ¡Ah! Pero ¿estabas ensayando?

RAMONÍN.-  ¡Naturalmente! ¿Es que no se nota? Pues para que te enteres: dentro de ocho días debutaré como actor en un teatro de cámara15...

TOMY.-   (Estupefacto.) ¿Quién? ¿Tú?

RAMONÍN.-  ¡Yo! ¿Qué te parece?

TOMY.-  ¡Ramonín! Me has dejado de una pieza.

 

(RAMONÍN se sienta en el sofá, junto a TOMY.)

 

RAMONÍN.-  Un suceso, ya verás. Me presento con una obra extranjera, como un profesional. Una comedia revolucionaria, muy de izquierdas, ¿sabes? Algo extraordinario. Figúrate tú que se levanta el telón y los personajes hablan y hablan y siguen hablando, y hasta el final nadie sabe de qué se trata. Pero, cuando llega ese final...

TOMY.-   (Interesadísimo.) ¿Qué? ¿Se casan?

RAMONÍN.-  Un cuerno, chalao.

TOMY.-  Hombre...

RAMONÍN.-  ¡Aquí no se casa nadie! Ese final es un grito de rebeldía. Un clamor de angustia. Una llamada a la conciencia de esta sociedad podrida y egoísta...

TOMY.-   (Impresionadísima.)  ¡Hala!

RAMONÍN.-   (Muy ufano.)  Buen mensaje, ¿eh?

TOMY.-  ¡Huy! ¡Tremendo!

RAMONÍN.-  Oye.

TOMY.-  ¿Qué?

RAMONÍN.-  ¿Tienes dinero?

TOMY.-  Veinte duros.

RAMONÍN.-  Dámelos.

TOMY.-  Hombre, Ramonín...

RAMONÍN.-   (Muy disgustado.) ¡Tomy! ¡Hermano mío! Tienes sentimientos capitalistas. Francamente, me avergüenzo de ti...

TOMY.-   (Resignado.) Bueno, bueno... Toma.

 

(Saca un billete y se lo tiende. RAMONÍN se lo guarda sencillamente.)

 

RAMONÍN.-  Venga.  (Y de pronto, muy jovial, le sacude a TOMY una palmada en la espalda.)  Vaya, vaya, con Tomy. ¡Gran muchacho! ¿Y qué? ¿Qué haces? ¿Estudias?

TOMY.-  ¡Hombre! ¿Qué quieres que haga?

RAMONÍN.-  ¡Ah! Si vieras cómo me preocupas. Cuántas veces me digo a mí mismo: «¡Pobre Tomy! Tan formal, tan estudioso, tan decente, ¿qué será de él?» ¿Qué serás tú, Tomy?

TOMY.-  Pues está clarísimo. Terminaré la carrera y me iré a los Estados Unidos. Y seré profesor en una universidad...

RAMONÍN.-  ¡Bravo! Entonces, sigue estudiando. No importa. De todos modos, ya sabes que nunca te faltará mi apoyo...

TOMY.-  ¡Je! ¡Gracias!

RAMONÍN.-  De nada. ¡Chico! Yo estoy contento. Me parece que, por fin, he encontrado mi verdadera vocación...

TOMY.-  Bueno. Te diré. Tú, desde que renunciaste a ser ingeniero, has tenido muchas vocaciones. Primero quisiste ser cantante de melodías modernas. Después, poeta social. Luego, pintor abstracto. Y si ahora te empeñas en hacerte cómico...

RAMONÍN.-  ¿Y qué quiere decir todo eso, espíritu burgués, muchachito virtuoso, empollón...?

TOMY.-   (Abrumado.) Hombre, hombre...

RAMONÍN.-  ¡Que soy joven! ¡Que tengo inquietudes! ¡Que adoro la diversidad!  (Una transición. Muy feliz, como para sí mismo.)  Y el peligro...

TOMY.-  ¿Qué peligro?

RAMONÍN.-  ¡Oh! Tú no puedes comprender, Tomy.  (Sonríe con aire triunfal.)  ¡La verbena, la noria y la rueda de la fortuna! ¡La vida que da vueltas con su eterna armonía! ¡El pájaro y la rosa, la estrella y la luna...!

TOMY.-  ¿Qué es eso?

RAMONÍN.-  Versos.

TOMY.-  ¿Tuyos?

RAMONÍN.-  ¡Oh, no! De Michel.

TOMY.-  ¿Quién es Michel?

RAMONÍN.-  Un amigo mío.16

TOMY.-  ¡Ah!

 

(De pronto, RAMONÍN, en una brusca transición, casi ruborizado, se vuelve y rebusca entre los periódicos y revistas de la mesita.)

 

RAMONÍN.-  Oye: ¿tienes por ahí algún periódico francés? Ya sabes que yo no leo nunca la prensa española. No habla más que de fútbol, que es lo que les gusta a los viejos. ¡Condenado fútbol! Es el opio del pueblo...  (Toma un diario.)  ¡Anda! ¿Has visto esto? La juventud de Francia no está con De Gaulle17. ¡Hombre! Me alegro. A ver si se entera papá, que como es tan de derechas no se entera nunca de nada...

 

(Y se va por la primera puerta de la derecha, llevándose su periódico. En el acto, por la izquierda, asoma MÓNICA.)

 

MÓNICA.-  ¡Chis! ¡Tomy!

TOMY.-  ¡Mónica! Pero ¿todavía estás ahí?

MÓNICA.-  ¡Sí! Tengo que hablar contigo.

TOMY.-  ¿Ahora?

MÓNICA.-  ¡Sí!

 

(Dentro se oye la voz de MARIBEL, que llama.)

 

MARIBEL.-   (Dentro.) ¡Lolín! ¡Lolín!

 

(TOMY y MÓNICA se dan un susto tremendo.)

 

MÓNICA.-  ¡Ay!

TOMY.-  ¡No! Ahora, no. ¡Lárgate!

MÓNICA.-  ¡Ay, Señor! Esto no es vida...

 

(Entra corriendo en el vestíbulo y desaparece por el pasillo. Al mismo tiempo, por la terraza, surge MARIBEL, jubilosa, radiante, emocionadísima.)

 

MARIBEL.-  ¡Lolín! ¡Tomy! ¡Ramonín!  (Se acerca al fondo y llama.)  ¡Lolín! ¡Lolín...!

LOLÍN.-   (Dentro.)  ¿Qué?

MARIBEL.-  ¿Dónde estás?

LOLÍN.-   (Dentro.) ¡Aquí!

MARIBEL.-  ¡Ven! Date prisa...

 

(Surge RAMONÍN por donde se fue.)

 

RAMONÍN.-  ¿Qué ocurre?

 

(MARIBEL se vuelve hacia los muchachos, que la miran muy intrigados.)

 

MARIBEL.-  ¡Tomy! ¡Ramonín! Voy a daros una gran noticia.

RAMONÍN.-  ¡Ah! ¿Sí?

MARIBEL.-  Pero no sé cómo empezar. Es una cosa tan grande, tan grande...

 

(Irrumpe LOLÍN como una flecha.)

 

LOLÍN.-  ¿Qué pasa?

MARIBEL.-  ¡Lolín! Me voy a casar...

LOS OTROS.-  ¿Cómo?

 

(Se han quedado atónitos. MARIBEL está conmovidísima.)

 

MARIBEL.-  ¡Sí! ¡Hermanitos! ¡Cuánto os quiero! ¡Y qué guapos sois! ¡Dios mío! Pero qué guapos...

RAMONÍN.-   (Estupefacto.) ¡Sopla!

LOLÍN.-  ¡Maribel! ¿Has dicho que te vas a casar?

MARIBEL.-  ¡Sí! Eso he dicho...

LOLÍN.-  Pero, así, de pronto...

MARIBEL.-  ¡Sí! Así, así...

LOLÍN.-  Pero ¿no decías que el matrimonio es una estupidez?

MARIBEL.-   (Divertidísima.)  ¡Huy! ¿De veras he dicho yo eso?

LOLÍN.-  ¡Sí!

MARIBEL.-  ¡Ay! ¡Qué tontería tan graciosa!

LOLÍN.-  Maribel...

RAMONÍN.-   (A TOMY.)  Oye, tú, ¿qué quiere decir esto?

TOMY.-  Está clarísimo. ¡Que se ha enamorado!

RAMONÍN.-  ¿Otra vez?

MARIBEL.-   (Indignada.)  ¡No! ¡Otra vez, no! Nunca me he enamorado de verdad hasta ahora. Él no es un tonto presumido como todos los demás, que sólo saben bailar y tomar copas y venga besuqueo. Él es un hombre distinto...

RAMONÍN.-  ¡Ah, vamos! Uno del Opus18...

MARIBEL.-   (Indignadísima.)  ¡No! ¡Ramonín! ¡No me pongas nerviosa!

TOMY.-  Calma, calma. Analicemos fríamente las circunstancias. ¿Quién es ese hombre extraordinario?

MARIBEL.-   (Tiernamente.) Se llama Guillermo...

TOMY.-  ¡Hola! Como Shakespeare...

MARIBEL.-  ¿Tú crees?

TOMY.-  ¡Seguro!

MARIBEL.-   (Muy superior.)  No sé, no sé...

TOMY.-  Bueno...

LOLÍN.-   (Muy nerviosa.) ¡Maribel! Dilo todo de una vez, que no puedo más. ¿Dónde has conocido a Guillermo?

RAMONÍN.-  ¡Mujer! Eso no se pregunta: en la piscina, en el Bar Pepe o este invierno en Navacerrada...

MARIBEL.-  ¡Ca! Te equivocas, rico. Guillermo no va nunca a la piscina. Jamás ha estado en el Bar Pepe, porque no es de ésos. Y, desde luego, no puedo imaginarme a Guillermo con un gorro, una bufanda y dos palitos haciendo tonterías en la nieve...

LOLÍN.-  ¡Ah! ¿No?

MARIBEL.-  ¡No!

LOLÍN.-   (Suspensa.)  ¡Qué caso!

TOMY.-  ¡Je!

LOLÍN.-  Entonces, ¿dónde has encontrado esa alhaja?

 

(MARIBEL baja los ojos y sonríe, llena de ilusión.)

 

MARIBEL.-  En el Metro...

LOS OTROS.-  ¿Cómo?

MARIBEL.-   (Muy superior.) Naturalmente, vosotros no habéis estado nunca en el Metro...

LOS OTROS.-   (A un tiempo.) ¡No!

MARIBEL.-  Pues ¿qué queréis que os diga, hijitos? Todo el mundo debería entrar en el Metro, por lo menos una vez en la vida...

TOMY.-  ¡Ah! ¿Sí?

MARIBEL.-  Es maravilloso...

LOLÍN.-   (Muy interesada.)  ¿Como El Escorial?

MARIBEL.-  Bueno. Lo mejor será que os lo cuente todo desde el principio...

LOLÍN.-  ¡Ay, sí! Cuenta, cuenta...

MARIBEL.-  Veréis. Una tarde, hace quince días, a eso de las siete, iba yo por la Gran Vía con el seiscientos. De pronto, pasé la raya blanca para adelantar a un autobús que se ponía pesadísimo, y cuando ya estaba en dirección contraria, ¡pum!, se me caló el seiscientos. ¡Claro! ¡La catástrofe! ¡Un jaleo! Se cortó la circulación. Los taxistas empezaron a dar voces y sacaron a relucir la cuestión social. Todo el mundo se arremolinó. El guardia se puso hecho una furia. Porque en Madrid la gente es muy escandalosa, ya se sabe, y por nada se arma la marimorena. ¿Verdad? Entonces yo, como el seiscientos estaba tozudo, tozudo, me dije: «¡Bueno, ahí queda eso! ¡Que lo arregle el guardia que chilla tanto!». Me bajé del coche y eché a correr y, ¡zas!, me metí en el Metro.  (Entusiasmadísima.)  ¡Chicos! ¡Qué delicia! ¡Qué cosa tan divertida es el Metro! No se puede contar; es para verlo. De veras. De pronto, ¡todos para allá! De pronto, ¡todos para acá! ¡Hala! Las escaleras, ni las notas. Te suben, te bajan, te llevan. Y cuando menos lo esperas, te encuentras aplastadita en el rincón de un vagón. ¡Es fantástico! ¡Ah! Pero lo mejor viene después: Cuatro Caminos. De repente, no sé por qué, pasa una cosa rarísima. ¡Todos se empeñan en que tienes que salir del vagón! Y te sacan. Pero resulta que los que están esperando en el andén se empeñan en que tienes que volver al vagón. Y te meten. Bueno. Yo no hacía más que entrar y salir. Hasta que, de pronto, oí cerca de mí una voz, una voz maravillosa, que me decía: «¡Señorita! ¿Necesita usted ayuda?».

LOLÍN.-  ¿Era él...?

MARIBEL.-  ¡Sí! Era Guillermo. Me cogió del brazo así, fuerte, fuerte, y de un tirón me sacó de aquel lío. Un minuto después estábamos al aire libre, en la Glorieta de Cuatro Caminos. ¿Conoces Cuatro Caminos?

LOLÍN.-  De oídas...

MARIBEL.-  ¡Oh! Es un lugar tan romántico...  (Un suspiro.)  En aquel momento le miré por primera vez a los ojos y comprendí que todos, todos los hombres del mundo, menos él, todos son unos pobrecitos y no valen nada. Pero nada, nada...

LOLÍN.-  ¡Qué bárbaro!

MARIBEL.-  Es ingeniero. Trabaja en la Guinea19. Ahora está en Madrid de vacaciones. Vive solo en un piso muy grande y muy viejo. Para mí, desde que le conozco, todo es un sueño. Hemos pasado horas y horas juntos, muy juntos, por ahí, en los cafés, en los cines, en el Retiro. Por ahí. Anoche montamos en los caballitos de la verbena, como dos novios de esos antiguos, antiguos. Él me lleva siempre cogida de la mano, y a mí me gusta, porque a su lado me siento tan pequeña, tan pequeña y tan feliz. Cuando habla dice unas cosas muy hermosas. De todo, ¿sabes? De la vida, del amor, de Dios. Yo le oigo como embobada, y de pronto, sin saber por qué, me echo a llorar. Porque sí, hasta ahora yo no he sido más que una chiquilla frívola, tonta y malcriada. La vida es bonita como un milagro y yo no lo sabía...

 

(Se calla. Se seca una lágrima.)

 

LOLÍN.-   (Conmovida.) ¡Maribel!

 

(TOMY y RAMONÍN se miran muy impresionados.)

 

TOMY.-  Oye, tú. Esto parece algo muy serio...

RAMONÍN.-  ¡Muchacho! ¡Qué historia! El Metro, Cuatro Caminos y los caballitos de la verbena. Pero si es neorrealismo puro...

 

(MARIBEL, de pronto, en una transición.)

 

MARIBEL.-  ¡Calla! Se me ocurre una idea...

 

(Se lanza al teléfono y, muy deprisa, empieza a marcar un número. Los otros se alarman.)

 

RAMONÍN.-  ¡Chica!

TOMY.-  ¿Qué vas a hacer?

MARIBEL.-  ¡Callaos! Un momento.

LOLÍN.-  ¡Maribel!

MARIBEL.-  ¡Déjame!  (De pronto, al teléfono, casi gritando.)  ¡Guillermo! ¡Amor mío! ¡Mi vida!

LOLÍN.-  ¡Hala!

RAMONÍN.-  Bueno. Está para que la aten...

MARIBEL.-   (Gozosísima.)  ¿No sabes? ¡Ya se lo estoy contando todo a los chicos! ¡Sí! Aquí están…  (Escucha. Luego, con timidez, casi suplicante, se vuelve a TOMY y le brinda el auricular.)  ¡Tomy! ¡Por favor! ¿Quieres decirle algo a Guillermo?

TOMY.-  ¡Naturalmente!  (Toma el auricular y habla.)  ¡Guillermo! ¿Cómo te va? Soy Tomy, tu cuñado...

 

(Ríen las muchachas. RAMONÍN se adelanta y le quita a TOMY el auricular de las manos.)

 

RAMONÍN.-  ¡Trae! ¡Déjame a mí!  (Al teléfono.)  ¡Hola, Guillermo! ¡Muchacho! ¿Qué voy a decirte? En este momento el cuarto de estar de los Sandoval está inundado por una inmensa oleada de ternura. Todos estamos a punto de llorar.  (Ríen los otros.)  Bueno, hombre, bueno. Conque ingeniero. Oye, por curiosidad, y de política, ¿qué? ¿Cuál es tu grupo de presión? ¿Cómo? ¿Ninguno? ¡Toma! Pues estás listo. Ahora me explico que te pases la vida en la Guinea...

 

(Ríen los demás. LOLÍN salta y le arranca el auricular de las manos.)

 

LOLÍN.-  ¡Déjame a mí!  (Al teléfono.)  ¡Guillermo! Yo soy Lolín. ¡Claro! Quinto, en el Liceo20. Una lata. ¡Huy! ¡Qué va! Todavía no. Bueno. Estos días tengo un problema. Hay un muchacho que me dice cosas. Pero como no tiene más que dieciséis años, se me queda muy chico. Además, no es Alain Delon21...

 

(Se ríe. MARIBEL, que está junto a ella, le quita el auricular.)

 

MARIBEL.-  ¡Trae!  (En el teléfono.)  ¡Guillermo! ¿Has oído? ¿Sí? ¿De veras? ¡Cariño! Te quiero tanto...  (Cuelga lentamente. Luego se vuelve a sus hermanos, casi ruborizada.)  ¿Os ha gustado?

LOLÍN.-  Tiene una voz muy bonita.

TOMY.-  Parece simpático...

RAMONÍN.-  Yo lo encuentro muy favorecido...

MARIBEL.-  ¡Qué tonto eres!

LOLÍN.-  ¡Maribel! Entonces, ¿estás decidida? ¿Te vas a casar?

MARIBEL.-  Sí, Lolín. Estoy decidida. Me caso. Esta misma noche hablaré con papá y mamá...

TOMY.-  ¿Es la costumbre?

RAMONÍN.-  Antiguamente, sí.

LOLÍN.-  ¡Ay! Será emocionante, ¿verdad?

MARIBEL.-  Tenemos que darnos prisa, ¿sabes? Porque, ¡hay que hacer tantas cosas! A Guillermo sólo le queda un mes de vacaciones y, claro, el pobrecito no puede volver solo a Guinea.  (Está emocionadísima, casi no puede hablar.)  Será algo maravilloso, ya verás. Viviremos en una casa pequeñita, pequeñita, rodeados de negritos, y tendremos muchos, muchísimos niños. ¡Dios mío! ¡Qué feliz soy! Pero ¡qué feliz!...

 

(Echa a correr y entra en la terraza. Desaparece. Los otros la siguen con la mirada y luego se miran entre sí.)

 

LOLÍN.-   (Atónita.)  Es fantástico...

TOMY.-  ¡Je!

 

(TOMY se acerca a la cristalera y mira hacia el exterior.)

 

LOLÍN.-  ¿Qué hace?

TOMY.-  Ahí está...

LOLÍN.-  ¿Llora?

TOMY.-  ¡Claro!

LOLÍN.-  ¡Pobrecita! ¡Dios mío! ¡Qué enamoradísima está!

 

(Entra en la terraza. Quedan solos RAMONÍN y TOMY.)

 

RAMONÍN.-  ¡Muchacho!

TOMY.-  ¡Je!

RAMONÍN.-  ¡Si no lo veo, no lo creo! Una chica tan frívola, tan coqueta y tan mona. Y de pronto, se sube a un caballito de la verbena y se cree que es Juana de Arco...

TOMY.-  ¿Qué quieres? Es el amor...

RAMONÍN.-  ¡Hum! Está visto que no se puede creer en nada...

 

(Se va por la primera puerta de la derecha. TOMY, solo, marcha hacia la terraza. Pero cuando va a entrar, en el vestíbulo surge MÓNICA, que llama.)

 

MÓNICA.-  ¡Chis! ¡Tomy! ¡Espera!

 

(TOMY se detiene y se vuelve hacia ella, muy jovial.)

 

TOMY.-  Hola, Mónica. ¿No sabes? ¡Grandes noticias! Maribel se ha enamorado de un muchacho estupendo y se van a casar enseguida. Esta noche tendremos reunión de familia...

MÓNICA.-   (Con un temblor en la voz.)  ¡Tomy! Escúchame. Tengo que decirte algo. Es muy importante.

TOMY.-  ¿De veras?

MÓNICA.-  ¡Sí!

TOMY.-  ¡Dímelo!

 

(La muchacha le mira, llena de angustia. Luego, de pronto, corre hacia él y se refugia en sus brazos, llena de sofoco.)

 

MÓNICA.-  No, no puedo...

TOMY.-  Pero, mujer...

MÓNICA.-  No puedo, no puedo. ¡Por Dios! ¡No me preguntes!

 

(Y en ese instante, por donde se fue, vuelve RAMONÍN. Se queda estupefacto al ver abrazados a TOMY y a la muchacha.)

 

RAMONÍN.-  ¡Atiza!

 

(MÓNICA y TOMY se separan, asustadísimos.)

 

MÓNICA.-   (Un grito ahogado.) ¡Ay!

TOMY.-  ¡Hum!

MÓNICA.-  ¡Dios mío!

 

(MÓNICA escapa aterrada. Entra en el vestíbulo y se va volando por el pasillo. RAMONÍN no sale de su asombro.)

 

RAMONÍN.-  ¡Mi madre!

TOMY.-  ¡Je!

RAMONÍN.-  ¡Chico! Esto sí que es bueno. El muchachito serio, el prestigio de la familia, el niño modelo...

TOMY.-   (Azoradísimo.) ¿Te quieres callar?

RAMONÍN.-  ¡Qué tío!

 

(TOMY marcha lentamente hacia la terraza. Pero antes de salir se vuelve.)

 

TOMY.-  Ramonín...

RAMONÍN.-  A la orden, Casanova.

TOMY.-  ¡Je! ¿Me guardarás el secreto?

RAMONÍN.-  Descuida, hombre. Por mí, nadie sabrá nada. Yo tengo mucho mundo.

TOMY.-  Gracias.

 

(Entra en la terraza. RAMONÍN se queda viéndole marchar.)

 

RAMONÍN.-  ¡Je!  (Sonríe. De pronto, mira en torno rápidamente, como para asegurarse de que está solo, se sienta en el sofá, toma el auricular del teléfono y marca un número. Espera. Y luego habla muy bajo, muy risueño, muy confidencial.)  ¡Michel! ¿Eres tú? Soy yo. ¿Por qué no me has llamado antes? Toda la tarde estuve esperando tu llamada. Oye, Michel, yo...  (Bruscamente se calla. Una transición muy violenta. El rostro se le ensombrece.)  ¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Con quién hablo? ¡Usted no es Michel! ¿Qué pasa ahí? ¿Dónde está Michel?  (Un grito ahogado.)  ¿Qué?  (Escucha.)  ¿Qué dice? ¿La Policía? ¡No! ¡No es posible! ¡No lo creo! Mentira, mentira... Es mentira.

 

(Cuelga de golpe. Está muy pálido. Un largo silencio. RAMONÍN mira alrededor de sí mismo, como acorralado. Suena el timbre de la puerta de la escalera. MÓNICA aparece por el vestíbulo, va a la puerta de entrada y abre. Habla como dirigiéndose a alguien, que debe estar en el rellano.)

 

MÓNICA.-  Buenas noches. ¿Qué desea?  (Escucha. Luego se vuelve, dejando la puerta abierta, y se asoma al cuarto de estar.)  ¡Señorito!

 

(RAMONÍN alza la cabeza y la mira como si despertara.)

 

RAMONÍN.-  ¿Qué?

MÓNICA.-  Es un amigo suyo... No quiere entrar.

 

(Se va por el pasillo. RAMONÍN, solo, se incorpora muy despacio. Avanza. Entra en el vestíbulo. A dos pasos de la puerta de entrada se queda inmóvil, paralizado por la sorpresa. Habla como dirigiéndose a la persona que debe de estar en el rellano de la escalera.)

 

RAMONÍN.-  ¡Michel! ¿Qué ha pasado?

 

(Un silencio brevísimo. Las luces descienden, y la figura de RAMONÍN, inmóvil, desaparece entre las sombras. Se oye el piano.)

 

 
 
OSCURO
 
 

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