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ArribaAbajoCuarta parte

La sombra



ArribaAbajo- I -

Los pasajeros agrupados en el puente del vapor «Oravia» contemplaban con anteojos el borde negruzco de la costa chilena, en dirección a Lota. Ansiedad en unos, júbilo en otros con la idea de abrazar a la familia, curiosidad en los extranjeros, sentimientos de varia especie venían a mezclarse a ese instante de inquieta expectación. Unas señoritas inglesas hablaron de visitar el Parque de Lota, pintado como nueva maravilla. Invitaron a varios caballeros, entre otros a Heredia, que declinó el ofrecimiento. Siempre conservaba la apostura varonil de su cuerpo de buen mozo, pero las arrugas de su frente se habían acentuado, junto con las cárdenas ojeras; el pliegue de la boca tenía un no sé qué de amargo, el color del rostro era un tanto plomizo y los ojos brillaban con fulgor particular, con lumbre que en ciertos instantes   —118→   tomaba acentuación rojiza. Era que la vida había pesado rudamente sobre sus hombros, sacándole de una tempestad para lanzarle en otra. El desgaste de sus nervios, el relajamiento de los resortes de su voluntad se hacían visibles en ciertos detalles de conducta, en la indiferencia con que aceptaba la vida, en el desmayo de todo su ser ante los apetitos de la juventud: la alegría espontánea, los ímpetus, se habían disuelto en una especie de penumbra moral. «¿Con qué objeto habría de afanarse?», era la desesperante respuesta dada a sí mismo. Así, admirando y comprendiendo por instinto las delicadezas del arte y de la naturaleza, no había pensado en bajar al admirable paraíso de Lota, como si se hubiera roto, en su interior, un resorte de los que antes le movían. Extravagancias, rarezas, comenzaban a señalarle a los ojos de los demás viajeros: aún cuando hablaba inglés a la perfección, por haberlo aprendido siendo niño, no había pronunciado ni una palabra en ese idioma: sólo usaba el español o el francés. Veíanlo andar horas de horas, por la cubierta del buque, siempre con el mismo paso igual y gimnástico, enteramente solo, sin dirigir la palabra a los demás viajeros.

Ahora volvía, con el peso de grandes preocupaciones, a su tierra, y con sentimientos de tal manera complejos que no hubiera acertado a decidir si eran, en suma, felices o amargos; quizá tenían de todo. Aún sentía sobre sí el peso de la terrible comedia de la mentira constante en que había vivido quince días en Granada, frente a Nelly, a quien engañaba, adorandola. Se habían separado, prometiéndole volver a Norte-América, en cuanto hubiese arreglado sus negocios de Chile, donde todo se hallaba perturbado con la crisis económica. Le había prometido volver, como   —119→   si fuera libre, como si no tuviera mujer y familia imposibles de abandonar, y en ese mismo instante había sentido, dentro de sí, una sinceridad que le horrorizaba, porque iba mezclada con algo confusamente siniestro y oscuro que no quería aclarar en manera alguna, pero que ya sentía. Era un sedimento malo, envuelto en un fulgor de relámpago, de tal manera era rápido su paso por el alma, apresurado para no tener remordimientos. Ahora gozaba cierto alivio al no verse obligado a mentir; su naturaleza expansiva se veía, con esto, más libre y descansaba. Pero luego renacía con inquietante fuerza el recuerdo de su Elena, de su adorable Nelly que, aún a la distancia, traía a sus sentidos una fiebre turbadora y sensual. Veíala en esas noches deliciosas de primavera, en Granada, bailando el two-steps, tocado en orquesta de bandurrias y bandolines en una deliciosa fiestecilla de media docena de parejas, una «sauterie» organizada por el secretario de la Legación Americana. Cerrando los ojos percibía, palpitantes y estremecidos, los contornos esbeltos del cuerpo de la joven, echado atrás el busto con una flexibilidad pasmosa, en tanto que su elegantísimo traje negro ceñía, duras y perfectas como las de una estatua, aquellas sus formas adoradas. Y hasta el detalle de cómo daba el paso, con el vestido ligeramente arremangado, al compás tan cortante de la música, reavivaba ciertas sensaciones adormecidas en su retina. Experimentaba la nostalgia íntima de aquella mujer, la tenía demasiado prendida de su alma, pegada a su carne, a sus ojos, a su imaginación, a sus deseos. Era como la sensación de codicia en el avaro, al ver montones de oro que no son suyos, algo que le agarraba y le atenaceaba todo entero, sin soltarle, encendiéndole ardores en la sangre. Y tenía de   —120→   tal modo la obsesión de sus apetitos no satisfechos y de sus recuerdos, que se sorprendía deseando prolongar esa vida permanente de ensueño, o irritado cuando alguien le interrumpía al acercarse a hablarle.

Mas la vista de esa línea negra de playa chilena vino a traerle también otros recuerdos que le removieron en lo más hondo: el de Irene y el de Pepe, sus dos niños. ¡Cómo habrían crecido en el espacio de aquellos ocho meses que no los veía! Irene tenía el cabello castaño y sedoso, los ojos azules, sombreados por pestañas largas y crespas. Será, con el tiempo, una belleza fina, pensaba para sí Ángel, y tendrá sello de raza, de elegancia delicada. Sus ojos ingenuos y grandes tenían mirar de tal manera irresistibles que hacía cuanto le daba la gana con sus padres. Ángel experimentaba, con esto, un placer de vanidad. ¡Y cómo habría crecido y cambiado, Santo Dios! Los niños, en unos cuantos meses, ya son otros. Pepe tal vez habría entrado al Kindergarten, a pesar de que él hubiera preferido siguiera en la casa con el aya inglesa, para que se perfeccionara en el aprendizaje de idiomas...

La costa crecía por momentos, las moles que se avanzan en el mar hacían palpitar el corazón de los viajeros con la sensación cariñosa de la tierra de Chile, tan ardorosamente despertada después de cada ausencia. El movimiento de la hélice era ya más lento y los grupos de viajeros se agitaban con animación peculiar. Los botes fleteros comenzaban a merodear en torno del vapor, en tanto que se acercaba, en el suyo, el capitán de puerto. ¡Ah!, con qué júbilo vio Ángel que le saludaba el clérigo Correa, pañuelo en mano. El corazón le palpitó pensando en la familia, en sus hijos pequeños, en las promesas de este encuentro.   —121→   Luego se abrazaron y sintió Ángel que lágrimas acudían a sus ojos. «Picaronazo..., hijo pródigo..., ven para que te abrace...», le decía el sacerdote en tono efusivo. «Pax multa... ahora, más que nunca, soy mensajero de paz...» -«¡Y los niños?», preguntó ansiosamente Ángel; era el grito que se le iba del alma. -«Están bien; Irene le manda muchos besos, a su papá, y Pepe me ha dado, para que te lo regale... un programa del Circo Frank Brown... ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!...» El buen sacerdote reía con risa llena, beata, que le sacudía todo entero, satisfecho con el éxito de su acción social y saboreando, de antemano, su misión conciliadora y el gusto que daría al joven. «¿Y no me preguntas por Gabriela? -agregó- ¡Ah! es que no te atreves, porque todavía te remuerde la conciencia..., bueno..., pues tienes por mujer una santa, hijo mío, un ángel del cielo siempre inclinado a todo lo noble. Bien sabe Dios cuánto ha sufrido, la pobre, y eso te probará la sinceridad de su carino, pero te perdona de todo corazón...»

Mientras el clérigo pronunciaba estas palabras, Ángel experimentaba la sensación rara, muy rara, de aquel a quien hablaran de cosas desvanecidas, muertas, ya viejas, sumidas en una distancia inconmensurable. Si palpitaba su corazón al recuerdo de los niños, en cambio Gabriela no le decía nada, no le removía, como si hubieran trascurrido cien años entre ellos. Ni siquiera comprendía eso del perdón de que le hablaba el señor Correa. ¿Le perdonaba? ¿Y qué tenía que perdonarle sino una aventura de aquellas más corrientes y vulgares, una historia insignificante de aquellas jamás tomadas en cuenta entre la gente de mundo? Y como no le remordía la conciencia, parecíale   —122→   un poco teatral aquello del perdón, y un sí es no es afectado y ridículo aquello de enviarle un clérigo a Lota para darle cuenta de aquel suceso trascendental. Tampoco veía en eso motivos para considerarla como santa. Ángel se valía de tan insignificantes menudencias para formular cargos interiores a Gabriela, pues, por una dura ley psicológica, el mal hecho a otro suele ser causa de odiosidades para con el ofendido.

Mientras tanto, el clérigo Correa, con acento de unción sacerdotal y soltura de hombre experimentado, le refirió cuántas dificultades había sido preciso vencer con Gabriela. Al principio, casi «se lo habían comido vivo en la casa», desde la propia miseá Benigna, que le proclamaba un pájaro de cuenta y pícaro redomado. Luego todos los Sandoval, con primos y parientes hasta el cuarto grado, emprendieron campaña en contra de la familia Heredia y en particular de Ángel. No había delito ni picardía de que no se les acusara; salieron a relucir hasta los negocios de los abuelos y los manejos de los Heredia, «esos godos redomados y sinvergüenzas» en contra de los «patriotas» en la época de la revolución americana de 1810: una de las abuelas Heredia había sido tan cruel que hacía azotar a las esclavas cuando le perdían un pañuelo. Aquello era de morirse de risa... Pero él, en su carácter de sacerdote, había tranquilizado los ánimos... Vamos, era menester indulgencia con los pecados de los hombres, como la tuvo nuestro Señor Jesucristo... Al fin y al cabo, la misma doña Benigna había presenciado muchas cosas en sus mocedades... Entre los hombres, ese género de faltas, si bien graves, muy graves, él no lo disimulaba, era cosa corriente...

La voz de bronce del clérigo Correa resonaba con   —123→   metal agradable, uniendo al prestigio del sacerdote los atractivos de la educación y de maneras finas, convirtiendo la religión dura y amarga de los pobres en una doctrina elegante, confortable, aristocrática y de buen tono, arreglada a las costumbres y preocupaciones de sociedad. Las mujeres le llevaban al confesonario sus penas y sus miserias íntimas, sus caídas y sus desengaños; él sabía tratarlas con la suavidad del cirujano que aplica a tiempo los anestésicos y sabe proceder sin violencias ni escándalos en los casos morales apretados, dando consejos preciosos, suministrando distingos escolásticos, mediante los cuales se evita el ruido muchas veces y se salva la paz de la familia. ¡Cómo sabía insinuar, al oído, esas palabras que reconfortaban en sus ideales a las mujeres desconocidas de sus maridos, próximas a rodar por la pendiente! Y junto con esto, penetraba en los hogares de buen tono, con sus medias de seda y sus zapatos con hebilla, y el aire aristocrático de hombre de pergaminos auténticos, cara sonrosada, y sonrisa afable.

«Sin necesidad de recurrir al canto ni a la música, como Orfeo -agregaba-, he conseguido el triunfo de domesticar a las fieras, hijo. Bien dicen que más vale maña que fuerza. Si escucharas a miseá Benigna, creerías oír hablar a otra persona. Tú eres simplemente un muchacho alocado pero de buen fondo, como que perteneces a familia hidalga: «todo puede esperarse del que nace caballero al contrario del 'siútico', que ha de bajar a la tumba eternamente de 'cursi', aun cuando vaya sobre un asno cargado de oro». Tu tío, el Ilustrísimo señor Obispo de Sartoria, es un santo varón, a quien doña Benigna pone por los cuernos de la luna. ¡Y qué decir de la belleza de tus hermanas! No hay mujeres más lindas en Chile...   —124→   Magda, en los primeros tiempos, te llamaba «el penúltimo de los pícaros», y cuando le preguntaban por que no el último, respondía que «era para no desalentar a los demás». Ahora te trata de «picarón buen mozo que olvida, de cuando en cuando, el noveno mandamiento». Ahora todo ha cambiado...»

El sacerdote, satisfecho con su triunfo, encendía un cigarro puro lenta y beatamente, gozando a cada bocanada con aire de conocedor en tabacos. «Están dados, en esa casa, Angelito, -le decía palmoteándole el hombro-, y Gabriela te espera con los brazos abiertos. El consejo que te di fue sabio, no hay como la ausencia para domesticar los espíritus rebeldes. No se puede ser por mucho tiempo culpable a cuatro mil leguas de distancia. Hasta Dreyfus volvió de la Isla del Diablo convertido en víctima propiciatoria». El señor Correa sonreía con aire de iniciado en los misterios del corazón.

Ángel, paseándose por el puente, meditaba, hondamente preocupado por el problema de su nueva existencia que sólo ahora se presentaba a sus ojos en su positiva realidad. Era preciso decir adiós para siempre a los nuevos ensueños de su vida, olvidar a la hermosísima niña que realizaba sus ideales, sus deseos, sus más íntimas aspiraciones, que correspondía a la carne de su carne, al ser de su ser, que comprendía la vida como él la comprendía. Durante su existencia entera había vagado de desengaño en desengañó. Se había casado creyendo amar a una mujer, encontrándose en el hogar con otra muy distinta, en medio de un continuo andar entre miserias, pequeñeces, choques, contradicciones de carácter, cuestiones de dinero, exigencias y fracasos de negocios. El solo recuerdo de aquellos años pasados ponía en su sonrisa   —125→   pliegues de amargura. Y cuando pensaba que por fin había divisado, muy lejos, el ideal de mujer, el retoño de los árboles marchitos, en una joven de hermosura tan espléndida, con su aureola de lujo de millonaria, los goces de vida y la situación que procura la inmensa fortuna, allí a la mano, sin más trabajo que inclinarse a esa mujer de la cual se sentía tan amado, tan locamente adorado... Y en vez de caer en sus brazos para siempre, debía cerrar los ojos y abandonarla. Leyes sociales implacables habían establecido el matrimonio indisoluble, como cadena que no se podía cortar hasta la muerte. Preocupaciones religiosas y sociales de la raza española en América encerraban la vida del hombre en marco de hierro con púas; si, por desgracia, al casarse, llegaba a equivocarse, como a él le acontecía; si una incompatibilidad absoluta de caracteres le hacía imposible de llevar la existencia del matrimonio; o si, como en otros casos, sobrevenía el adulterio, la ley prohibía al hombre rehacer su existencia legalmente: sólo permitía la felicidad fuera de su orden convencional, descargando todo el peso de una sanción social abrumadora sobre seres que no tenían más delito que el de amarse y el de comprenderse fuera de un matrimonio que les estaba prohibido por la organización social existente. Al querer renunciar a todo ensueño, a toda esperanza, sintiendo aún la mordedura sensual del deseo hasta desfallecerse en él, con el alma llena de Nelly, que era suya, a quien adoraba, de quien se sentía comprendido, sentía un desgarramiento de sus entrañas parecido al de la mujer que pierde un hijo. ¡Ah!, no, no podría resignarse jamás a esa nueva situación de intimidad forzada con una mujer que ya no amaba y tan lejos de la otra. Gabriela despertaba en él ese   —126→   horror de las imposiciones, de la fuerza que oprime, del deber practicado contra la propia voluntad, cuando el sentido crítico ya le ha barrenado por su base. Y sentía dentro de sí una sublevación creciente, rugir contenido, ansia de clamar: «Todo eso es una mentira impuesta por la fuerza en contra de la razón y del sentimiento. Mi espíritu es libre y Uds. no pueden encadenarlo. Uds. condenan esos arrendamientos de predios rústicos por cien años; Uds. defienden al menor hasta en sus bienes; Uds. dieron libertad a los esclavos, prohibiendo que un hombre fuera siervo de otro hombre, y le concedieron derechos políticos a ese esclavo; pero a un hombre, a quien llaman libre, no le permiten ordenar su vida legalmente conforme a su corazón. Y si aquel ser humano ha cometido error, en un sólo momento de su vida, al casarse, y con mujer cuyos defectos y vacíos intencionalmente le ocultaban, presentándola bajo el disfraz social de fiesta en horas de expansión y de alegría, prohibiéndole toda intimidad y toda libertad anteriores como contrarias al orden regular, porque 'eso no debía ser así', porque no era costumbre, ese error ya no tiene más remedio que el descanso de la tumba. El divorcio sería contrario a las leyes chilenas y a los hábitos y preceptos religiosos de la Iglesia dominante». Por primera vez en su vida, al contemplar su propio caso, pensaba Ángel en que millares de seres humanos quedaban sometidos al mismo yugo y aplastados por una misma cadena. Siguiendo reglas características del hombre, sólo en su experiencia personal comenzaba a conocer la ola de miseria humana que bullía en torno suyo, entre sollozos de tantos seres y lágrimas calladas de tantos otros. Y comprendía un abismo desesperante, círculo del infierno,   —127→   oculto a los ojos del mundo por las leyes del propio decoro, en el cual hombres y mujeres se revolvían sin hallar consuelo, ni encontrar alivio sino pisoteando leyes del derecho humano y preceptos del credo religioso en un mar de fango, con la señal de los réprobos y la marca de fuego de la infamia. El mundo era implacable, sin tregua ni perdón, y, sin embargo, Cristo había dicho a Magdalena, la pecadora: «Mucho te será perdonado, porque has amado mucho...»; y a la mujer adúltera: «Que te arroje la primera piedra aquel que no haya pecado...»

En esto iba el pensamiento secreto de Ángel, cuando la voz del señor Correa le interrumpió con inflexiones cariñosas e insinuantes de hombre de experiencia; le trataba como a niño a quien había conocido de chico, por ser íntimo de la familia. Ahora tocaba el capítulo de las confidencias sociales y mundanas. Los negocios habían entrado, en Chile, por período de crisis: «Qué quiere Ud., amigo mío, hemos abusado tanto del crédito, formando sociedades sin base ni seriedad. ¿Creerá Ud. que su concuñado Emilio Sanders, el marido de Magda, está de director de la 'Sociedad de adoquines de aire comprimido?' Julito Ahumada es gerente de la 'Sociedad de pompas fúnebres'... Mire que formar sociedad para enterrar a los muertos, es ya un colmo... Se explota, en comunidades, minerales que sólo existen allá en la mente de Dios. Naturalmente, con tantos y tantos millones invertidos en esa forma, padecen hasta las sociedades serias y honorables. Las quiebras están a la orden del día. Se cuentan detalles encantadores... El marido de Julia Fernández se ha presentado definitivamente en quiebra, con cesión de bienes; la pobre Julia está desesperada. '¿Cómo podré vivir con   —128→   dos mil pesos mensuales?' me decía. 'Es imposible; apenas me alcanzará para la plaza'». El presbítero Correa continuaba en el mismo tono de charla mundana, para penetrar más fácilmente en el espíritu de Ángel, acostumbrado como estaba a insinuarse agradablemente en el alma de sus fieles de tono.

Resonaban sus pasos sobre el piso del buque, en el silencio y la tranquilidad que sucedieron a los afiebrados instantes de llegada, cuando todos querían bajar a tierra. Los ojos de Ángel se dirigían maquinalmente a las chimeneas rojas de las máquinas, a los grandes tubos blancos, en forma de cuernos, de los ventiladores, al mar apacible y azul, a las colinas verdes y boscosas de los jardines de Lota suspendidos junto al mar. Escuchaba maquinalmente, por respeto al clérigo Correa, pues aquella charla, que tantos agrados le causaban en otro tiempo, no correspondía al nuevo estado de su espíritu, sorprendiéndole su insubstancialidad y futileza, por primera vez, como algo extraño y nuevo.

Entre tanto, involuntariamente proseguía su monólogo interior, escuchándole como a un eco lejano, casi sin oírle, aferrándose a la ilación interior de su propio pensamiento. De súbito el sacerdote habla con fuerza del matrimonio. El clérigo, íntimo amigo de su familia, encarnaba las tradiciones de la iglesia, arregladas, en lo exterior, al mundo moderno, al gusto de los fieles, al buen tono de moda, presentándolas como fáciles y agradables hasta en los actos más austeros y graves. Las formas no podían ser más amenas, y desprovistas de toda rudeza y amarga asperidad, pero, en el fondo, era el mismo dogma inflexible predicando la unidad eterna del matrimonio, cualquiera que fuesen los factores personales o accidentes   —129→   de la vida. Era que la Iglesia partía del libre arbitrio absoluto de los contrayentes, de la creencia ilimitada en una libertad del alma, dentro de la cual, cada uno podía trazarse la propia vida y hacer lo que creyera conveniente, refrenando sus pasiones, venciendo sus propios apetitos secretos, sus instintos obscuros, y dominarse, imponiendo, por medio de la libertad moral, un rumbo a su vida. Y Ángel, creyente convencido y sincero, católico por tradiciones y educación, criado en esas ideas desde los Jesuitas, veía nacer, en forma obscura, en las interioridades de su alma, una protesta inconsciente en contra de ese concepto de la vida y de esas imposiciones del dogma. ¡Ah!, su propia existencia le probaba todo lo contrario; esa libertad no existía sino en parte. ¿Acaso él mismo no había sido juguete de las circunstancias, del medio, de su temperamento? ¡Acaso no había hecho todo género de esfuerzos estériles para mantener la unidad en su matrimonio, la paz tan sólo? Siempre quedaban, irreductibles, su personalidad y la de Gabriela, sin que les fuera posible entenderse, ahora menos que nunca, y sin que bastase el cariño de los hijos para unirles, desde que existía, separándoles, algo, lejano materialmente, pero próximo y vibrante dentro de sí. Un desfallecimiento moral, la conciencia de la inutilidad de sus esfuerzos al entrar, de nuevo, a la vida conyugal, le sobrecogió con claridad pasmosa. Precisamente, en esos instantes, llegaban a sus oídos estas palabras del sacerdote, y sus ojos, velados por una nube de distracción, se fijaron sobre él, con singular fijeza:

«La Iglesia, hijo mío, al bendecir vuestro matrimonio, ha previsto así mismo el caso de rudas pruebas, del desacuerdo en los caracteres, tales cosas, que la   —130→   vida en común se hiciera imposible, autorizando en esos casos la separación, pero nada más que la separación, pues el Evangelio establece la continuidad moral del matrimonio y prohíbe las segundas nupcias en vida de los cónyuges. El carácter de sacramento impone al matrimonio un sello solemne de eternidad. La separación te dejaría en un estado incierto, incompleto, ese no es el estado normal del hombre; quedarías expuesto a tentaciones rudas y tal vez desastrosas. ¿Cuál sería tu existencia si por fragilidad humana llegaras a enamorarte de otra mujer? Si fuera casada, te revolverías en el fango de vida culpable y peligrosa, llena de sinsabores y de remordimientos; si soltera, la religión y la ley te impedirían contraer otras nupcias, vivirías como réprobo, con una marca de fuego en la frente, y con las ansias del deseo no satisfecho, de la aspiración inconfesable, royéndote las entrañas, devorándote, alimentándose de tu sangre y de tu alma como los vampiros...»

Ángel estaba muy pálido, y un estremecimiento imperceptible le sacudía el labio inferior. El sacerdote, sin advertirlo, en el calor de la improvisación que le arrastraba, prosiguió: «Sí, hijo mío, ha sido una gran ventura para ti ésta que ha producido la crisis, sacándote de situación incierta y falsa para traerte de nuevo al buen camino de la vida conyugal franca y sin equívocos, honrada y tranquila. Vivirás junto con tu mujer, que es buena, y en compañía de tus hijos, a quienes adoras, y eso lo sé yo de muy buena tinta, pues he leído las colecciones de tarjetas postales que les enviabas de todas partes del mundo, llenas de ternura y de palabras gentiles. No podrías vivir lejos de ellos. La voluntad humana es poderosa y omnipotente para la virtud y el bien, mediante la gracia divina.   —131→   Tu alma es libre..., encamínala a vencer las resistencias del orgullo, y bendice al cielo que tan excesivamente pródigo de bondades se ha mostrado contigo. Gabriela te espera con los brazos abiertos, después de perdonarte, y podrás rehacer la vida de modo serio. Quiere apartarte de la Bolsa y de los negocios; han arreglado con la Benigna que te vayas a trabajar al campo, arrendándole su fundo. Esa vida de actividad, de levantarse temprano, trabajar todo el día en la vigilancia de las faenas, de la lechería, de la viña, te hará bien considerable para la salud del cuerpo y acaso para la del alma. La ociosidad, hijo mío, es madre de todos los vicios...»

El clérigo le habló largamente de Gabriela, de su piedad... Se confesaba los sábados y comulgaba los domingos, a pesar de que, según creía, debía hallarse en duros aprietos para descubrirse pecados siendo, como era, mujer excepcionalmente virtuosa. «¡Ah!, si todas las señoras de Santiago fueran como Gabriela, seríamos el primer país del mundo, porque la virtud, la mansedumbre y la fortaleza de las mujeres hace a los pueblos grandes.»

Ángel le escuchaba en silencio contemplándole, y, cosa inexplicable, habiendo visto un hilo blanco sobre el cuello de su sotana, experimentó una comezón nerviosa de quitárselo, pero no se atrevía a interrumpirle en medio de su disertación sobre la virtud de las mujeres. Y luego notó lo cómico del incidente, mientras su alma permanecía siempre grave.

El señor Correa tomó el vapor para volverse, por mar, a Valparaíso. Quería penetrar al fondo del joven, dominarle, prepararle para la nueva existencia, madurarle con observaciones. La obra de regeneración debía ser completa, ayudándole a rehacer su   —132→   vida leal y honradamente dentro de los preceptos cristianos y de los cánones de la Iglesia. Se evitaba, con esto, grave escándalo entre dos familias conocidas que habían prestado, en muchas ocasiones, su apoyo social y político a la Iglesia en medio de las tribulaciones a que la habían sometido los Gobiernos liberales. Experimentaba, con esto, el placer, un tanto orgulloso, de sentir en su mano la acción social de la misma Iglesia.



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ArribaAbajo- II -

Numerosas personas esperaban, paseándose por los andenes, la llegada del expreso nocturno de Valparaíso. Las hermanas casadas de Ángel Heredia, vestidas de negro por luto reciente, formaban un grupo compacto, elegante, con sombreros de moda cuyas plumas oscilaban. Gabriela, Magda con su marido y varios íntimos, formaban otro grupo, en medio del cual accionaba el «Senador» Peñalver con el aire satisfecho y altivo de un Jefe de Estado. Había concluido por tomar a lo serio el título de Senador, dado en noche de alegre cena por los compañeros de fiesta.

Luego se incorporaron al grupo dos jóvenes a quienes saludó con cierto aire de condescendencia protectora, dándoles un par de dedos de la mano izquierda. Las mujeres cambiaban sonrisas y se miraban, mutuamente, sombreros y trajes con ojo de crítico. Al parecer reinaba entre ellas la mejor armonía. En uno de los grupos femeninos se comentaba el matrimonio   —134→   del joven Hernández con Manuelita Vásquez, a quien una tía suya acababa de legar cien mil pesos al morir. «La tomó de placé y le salió ganador», exclamaba Emilio Sanders, con su lenguaje hípico, celebrándose a sí mismo con gran carcajada. Y recordando sus aficiones, agregó con voz sonora: «A propósito, voy a darles una mala noticia. Sun-dial está con una pata enferma de reumatismo y tal vez no corra en la próxima temporada...» Era de oír el lenguaje de sentido pésame con que participaba a sus amigos la infausta nueva; acaso no hubiera experimentado ninguno de ellos mayor sentimiento por la muerte de una hermana.

Los focos eléctricos iluminaban a giorno el vasto recinto de la Estación Central con su elevado techo y las líneas de rieles, de reflejos opacos. Las carretillas con equipaje pasaban corriendo por los andenes desiertos. El pito de alguna sirena se hacía oír a lo lejos, o vibraba el toque acompasado de la campana de alguna máquina remolcadora que volvía al recinto. En el andén central aumentaba el núcleo elegante a la espera de diversos viajeros que regresaban de Europa. La luz eléctrica les daba un tono pálido, uniforme, a esos grupos, vestidos con las modas del último vapor, nerviosos, refinados, sedientos de diversiones, que sentían chico, para sus placeres, el escenario de la vida santiaguina con sus carreras, su ópera, sus comidas y una que otra tertulia. Más de una de las primas de Gabriela o de las parientas de Ángel acudía con la esperanza de ver algo nuevo en la entrevista de las Heredia con las Sandoval en los andenes, pero habían perdido su tiempo. Gabriela había saludado cariñosamente a sus cuñadas, para juntarse en seguida con Magda. Allí estaban también   —135→   Marta Liniers y Olga Sánchez, Julio Menéndez y Javier Aguirre. Leopoldo Ruiz se acercó a Gabriela.

Un velo de melancolía había caído sobre ella, avejentándola con arrugas precoces que daban a su boca pliegue de cansancio y de hastío, difícil de ocultar, como si las tempestades de la vida, al pasar, le hubieran impreso marca indeleble. Sentía, en sí, la vida errada, equivocación de impulsos de amor que la habían conducido al matrimonio, y como un remordimiento, recordaba la resistencia de su padre, a quien ese matrimonio disgustaba. Parecíale que sus desgracias y sus contratiempos conyugales eran el castigo merecido de una desobediencia a la voluntad del muerto, y aceptaba los dolores de su vida como reparación necesaria. Era, en el fondo, una excelente mujer, de alma sana y pura, cumplidora de sus deberes, preocupada constantemente de sus hijos, a quienes idolatraba. Se veía arrastrada a pesar suyo, muchas veces, por el anhelo de paseo de Magda. El contraste entre ambas hermanas era profundo y visible. Magda, alegre, ligera, alocada, lo consideraba todo en la vida desde el punto de vista de la diversión, sin atribuir importancia a las cosas, ni preocuparse del qué dirán; Gabriela, de fondo grave y serio, miraba la vida meditándola y pesándola. Magda era, por excelencia, nacida para el mundo y el mundo su elemento. Desde el colegio soñaba con él, al divisar a las mujeres elegantes que iban al parque en coche descubierto, al oír la crónica de los escándalos santiaguinos que desde la infancia conocía de memoria, en la época en que otras muchachas aprendían el catecismo. Vanard y el senador Peñalver, viéndola de vestido corto, no vacilaban en contar, delante de ella, las anécdotas más escabrosas, los detalles del último baile y de la   —136→   comida de bulla, y así sabía que tal viejo santurrón muy respetable, senador y ministro, se alegraba demasiado en las fiestas, cerrándose a abrazos con las señoras, y no ignoraba quién hacía la corte a quién dentro de las exterioridades respetables de la vida de buen tono. Al casarse con Emilio Sanders, no iba enamorada Magda, sino resuelta a unirse con una posición social y pecuniaria, con el sportman conocido, con el hombre elegante cuyo nombre sonaba en todas las fiestas, con la familia rica y hasta con el monóculo que formaba un todo inseparable con él. El palco en el teatro, el coche propio, los brillantes, las invitaciones, las amistades mundanas cultivadas asiduamente, los trajes de afamadas modistas llenaban lo mejor de su existencia. Para ella, el día más grande era aquel en que estrenaba un vestido nuevo «que le llenara el gusto» en alguna fiesta en donde pudieran admirarlo, viéndose cortejada por los hombres, perseguida de miradas incendiarias, notando que despertaba deseos y apetitos de concupiscencia, y al mismo tiempo sintiéndose fría como el mármol. Esa era, para Magda, la suprema dicha. «Mira, tonto, solía decirle a su marido, me tomaste placé y te he salido ganador... y todavía te quejas de la cuenta de Lejour... Dime, hombre de monóculo y sin entrañas, si yo fuera cocota, ¿cuánto no gastarías en mí?» Solía Magda tener salidas de ese género, muy celebradas de los hombres. Era lo único suyo; por lo demás, sus ideas, sus juicios, su estilo, su manera de expresar los sentimientos los tomaba del círculo en el cual vivía, entre casadas jóvenes de tono, entre las «gallinas finas» del Club Hípico, y las del five-o'clock de Olga Sánchez..., entre las que hablaban la mitad en francés... cela va sans dire... Magda vivía esclava de   —137→   la moda, consagrando lo mejor de su existencia al culto de la elegancia no siempre de buen tono. Asistía a la Iglesia los domingos, en actitud irreprochable, pero a la misa de moda, en compañía de Marta Liniers, de Nina Oyanguren, de Olga Sánchez, de Julia Fernández, a prosternarse a los pies de un Redentor de buen tono, en cuyo templo solía predicar el señor Correa. ¡Y qué noches de triunfo las suyas al presentarse en su palco de la ópera, vestida de lila, con traje de Rédfern, en compañía de Gabriela, sintiendo sobre sí los anteojos de los hombres, las miradas de las mujeres, y saber que éstas hablaban de ella, mal por supuesto, pero llenas de una admiración envidiosa que no podían ocultar.

Ahora, vestida de claro, con el alto cuello de garza ceñido de encajes y su talle esbelto conservado como si fuese soltera, la falda de seda recogida con la mano izquierda mientras la derecha se extendía visiblemente y en actitud dominadora sobre el puño de oro del bastón de su marido, Magda reinaba en su grupo elegante, reunido allí por la feliz llegada de viajeros.

En cambio, Gabriela estaba triste, profundamente triste y hermosa. Sus cabellos rubios, con el peinado de moda, le formaban uno como casco de oro veneciano, bajo el cual tomaba su frente un tono de alabastro en donde se diseñaban ligeros surcos, dándole ese tono especial de los árboles cuando comienzan a caer las hojas, en otoño. Sus ojos grandes, rasgados, circundados de una tibia penumbra azul, brillaban con casto fulgor opaco; su boca, de expresión bondadosa, entreabierta, dejaba relucir, por lo limpio del esmalte, dos filas de menudos dientes, entre unos labios teñidos de rosa descolorida. Algo incierto, algo inquieto palpitaba en su persona toda, de color anémica y   —138→   como marchita, de una albura de lirio en conservatorio, de flor enferma. Hubiera querido borrar el sello de melancolía en ese momento, aparecer feliz y radiante como Magda, pero su naturaleza la dominaba. No pertenecía Gabriela a ese género de mujeres que se consuelan de ser desgraciadas por cierto placer que hallan en parecerlo. Era naturaleza también espontánea, como la de Magda, pero en sentido grave. Otra ráfaga de drama, de extraño e inesperado drama, había cruzado también por su vida, sin que lo sospechara el mundo, de manera callada, casi invisible, sólo percibida por unos pocos. En su abandono había visto surgir, junto a sí, otro cariño. Aún lo recordaba como si fuera ayer. Acababa de partir a Europa su marido, cuando los médicos le recetaron una temporada en los baños de Cauquenes, para la salud de los niños algo quebrantada. Allí se había encontrado en compañía de su prima, Pepita Albareda, casada desde hacía un año con Leopoldo Ruiz. Era matrimonio dichoso; tenían ya un niño y se querían tiernamente. Las dos primas se llevaban juntas el día entero, caminando por las quebradas, andando a pie, en todas direcciones, para contemplar los panoramas fantásticos de la Cordillera y del valle y hacerse mutuamente confidencias. Sentíase Pepita completamente feliz con el cariño de su marido, siempre atento a sus deseos, pendiente de ella, generoso y franco, de buen humor, con tono campechano de «huaso». «Con Leopoldo no se pasan penas», decía. Y así era, Gabriela no podía dejar de sentir envidia al ver la suerte de su prima que ni era bonita, ni tenía fortuna; y recordaba también, aun cuando sin darlo a entender, los tiempos en que Leopoldo le hacía la corte. Ella no había podido quererlo, y eso no era culpa suya, pero el   —139→   amor callado del joven la había perseguido por espacio de largo tiempo, como una sombra, por bailes, por paseos, en visitas, en el campo, en kermeses de caridad, enviándole flores todas las mañanas, y cajas de confites y libros. Eso todo Santiago lo sabía, pues habían sido unas calabazas muy ruidosas. Durante los años tan largos de su matrimonio, Gabriela se había ido alejando de sus amistades antiguas y le había perdido de vista. Ahora le tenía de primo, le veía jugar cariñosamente con sus hijos Irene y Pepito, llevarles a correr, cuidándoles como si fueran propios, encargándoles dulces y juguetes a Santiago. Le inspiraba tanta compasión el estado de aquel matrimonio roto y de aquellos niños casi abandonados... Gabriela, en lo íntimo de su ser, comprendía la delicadeza de semejante actitud, invadida por sentimiento de amistad tierna, sentimiento nuevo, fundado en estimación y en agradecimiento. Comprendía la actitud de una alma noble en presencia de su desgracia, el deseo de hacerle menos amarga la vida, de distraerla, de adormecer sus desengaños. Esa humanidad que solía inspirarle tanta repugnancia, vista de cerca, en sus movimientos de bestialidad y de egoísmo, se le presentaba noble y generosa, con el cariño desinteresado de un hombre a quien ella había despreciado y herido con esas heridas de vanidad que nunca se perdonan. Y qué decir de Pepita, con su viveza y su ingenio rústico y un tanto inculto que se avenía a las mil maravillas con el de Leopoldo... Era igualmente cariñosa con ella y con los niños. Ni uno ni otro le tocaron ese punto, tan delicado, de las intimidades de su matrimonio. Pero ambos comprendían la borra de amargura que llenaba su alma, la continuada decepción que le había procurado el matrimonio.

  —140→  

En Santiago, volvieron a verse a menudo. Pepita vivía en la calle de San Martín, a distancia relativamente corta de sus primas. Las visitaba frecuentemente, y cuando no podía ir a verlas, ellas se dirigían a buscarla, en la noche. Las tres primas iban juntas a sus compras a las tiendas, a elegir colores y géneros consultándose mutuamente en materia de modas. Y como esa era la vida de Magda, ya se comprenderá la intimidad que entre ellas reinaba y la frecuencia con que se veían. Algunas veces iban al teatro, Magda con Pepita, acompañadas de sus respectivos maridos; Gabriela se resistía a seguirlas; no quería pasear, ni exhibirse, le parecía que era viuda, que su situación especial le imponía cierto retraimiento. Insistían las otras, pero notaban en el fondo de su negativa tal tristeza, mezclada con amarguras de abandono, que sentían hasta remordimientos de divertirse. Sin embargo, solían arrastrarla a las carreras, llevarla al parque, o al fondo de un palco. Magda redoblaba su ansia de paseos; ahora se daba una disculpa a sí misma, y tenía la frase pronta en los labios. «Necesito salir para distraer un poco a la pobre Gabriela, tan desgraciada. No es posible, señor, que una mujer joven y bonita se sepulte así en vida. Hace el papel de viuda, no quiere ir a ninguna parte... Si su marido se hubiese muerto, pase, pero está bien vivito, demasiado vivo, y divirtiéndose a más y mejor por Europa..., en donde los hombres no hacen, por cierto, una vida de santos... Para qué andar con bromas... Yo le aconsejo que salga y que pasee, por eso tratamos de llevarla a todas partes...» Y en efecto, hacían lo posible por divertirla. Emilio Sanders, en compañía de Leopoldo, que era gastrónomo y muy entendido en materias culinarias, organizaban paseos   —141→   de campo y comidas en la Quinta Normal que tuvieron cierta resonancia. A veces, Gabriela se vio arrastrada por el torbellino; tratada en confianza solía deponer sus exterioridades graves y se mostraba alegre, si bien no loca ni disparatada como Magda, ni con la viveza de Pepita. Las tres primas aparecían siempre juntas en todas partes, y Leopoldo, atento, cortes, dándoles gusto en cuanto se les ocurría, generoso y rumboso por naturaleza.

Sucedió lo que había fatalmente de suceder. El joven sintió renacer en su pecho el antiguo cariño, aún cuando sin atreverse a confesarlo, muy respetuoso, muy callado, sin esperanzas, aterrado de sentir ese afecto por una mujer como Gabriela, a quien admiraba y comprendía. Ella también lo adivinó, por una especie de presentimiento, queriendo retraerse de ese amor prohibido y que la rectitud de su alma rechazaba. Nacieron frialdades súbitas, y dejó de ir a casa de su prima, pero ésta se quejó y se puso a perseguirla, llamándola. ¿Cómo desairar a una persona que había sido tan buena con ella? ¿Qué motivos positivos, precisos, tenía para huir? Sintió Gabriela, dentro de sí, una lucha, y fue como en todos sus conflictos, en busca del confesor. Salió más tranquila. Aconsejábale que continuara su vida en la forma acostumbrada. ¿Qué no estaba segura de sí misma? ¡Ah!, en cuanto a eso, no abrigaba temores, se sentía dueña de sí, mujer de su hogar y de sus hijos, para quienes vivía. No tenía ni asomos de pasiones, ni alcanzaba siquiera a concebirlas. Estaba cierta de que Leopoldo no sería nunca otra cosa, sino amigo sincero, alma noble y desinteresada. Su amor no entraba en la categoría de esos otros amores que a ella le inspiraban tanta repugnancia como desprecio. El viejo sacerdote   —142→   que conocía la pureza de su alma, la frialdad de su temperamento, la bondad de su carácter y de su temple, le recomendó que, en estas circunstancias delicadas, evitase despertar en su prima celos infundados que pudieran destruir la paz de un hogar. «Usted debe continuar sus relaciones de amistad con su prima, evitando, en cuanto sea posible, el extremo de intimidad. ¿No le había hecho ninguna manifestación especial el joven? ¿No le había pronunciado palabras...? ¿No le había dado a entender alguna cosa de amor?» -«Nunca, nada... ni palabras, ni actitudes que no fueran respetuosas». -«Entonces no tiene motivo de preocuparse.»

Gabriela volvió a su vida ordinaria, más inquieta, más desconcertada que nunca. En el fondo de su alma sentía la opresión de aquel amor adivinado, presentido, expresado sin palabras, por estremecimientos involuntarios, por alusiones veladas, por tristezas profundas cuando ella se alejaba de él, por alegrías súbitas cuando compadecida le daba, como de limosna, alguna buena palabra. Y tenía con él actitudes y gestos crueles, frases duras e inmotivadas que sorprendieron a Magda. -«¿Qué te ha dicho algo, ese pobre, que le tratas de ese modo?» -«Nada, absolutamente nada, si es un infeliz...» Y Magda atribuía el mal humor de su hermana a la amargura natural de un ser sacudido por el infortunio, que no puede perdonar la dicha ajena.

En cambio, Leopoldo estaba siempre dispuesto a servirla en sus negocios, en pequeñas cosas relacionadas con la vida de familia, pues Emilio Sanders se ausentaba frecuentemente, con sus labores de campo. Y crecía la intimidad entre ellos, profunda y respetuosa de parte de Leopoldo, enternecida y agradecida   —143→   del lado de Gabriela. Pero la joven reflexionaba...; no había nada, absolutamente nada, era verdad, mas no debía continuar así. En estas circunstancias le anunció el clérigo Correa la vuelta de su marido y le habló de perdón, de olvido, de paz, de reconstitución del hogar, de los sacrificios exigidos por los hijos. Siempre la misma cosa... Le habló, además, de las murmuraciones sociales y de los peligros que asedian en el mundo a una mujer joven y bonita, separada de su marido. ¿Por qué le decía eso? ¿Había algo en su vida que se prestara a duda? El orgullo de Gabriela se sentía herido. Lloró. Al día siguiente mandó llamar al señor Correa y quedó concertada la reconciliación. Le perdonaba su falta, la olvidaba, y le pedía que volviera; ella también necesitaba perdón de sus impaciencias, acaso de durezas involuntarias de carácter. Pero surgían algunas dificultades íntimas. Magda, con su ligereza ordinaria, había echado por todas partes sapos y culebras en contra de Ángel y de los Heredia; ahora no sabía cómo retirar cartas. En fin, todo se arregló. La familia quedaba contenta, pero cuán honda pena leía en el alma de su amigo Leopoldo, a pesar de su sonrisa, y no era la irritación del egoísmo amoroso, sino una mezcla de cariño con lástima y admiración profunda. Era que Leopoldo se sentía por algo, en el fondo de aquel sacrificio. El señor Correa le habló de sus hijos, precisamente en los momentos en que ella, sobresaltada, veía en el horizonte unas cosas obscuras a las cuales tenía miedo.

El silbido lejano de la locomotora hizo estremecerse a Gabriela, y su corazón palpitó de un modo tan inesperado, que la sorprendía, en el momento en que la campana y el poderoso reflector de luz anunciaba su entrada a la estación. Era que se despedía   —144→   interiormente de un rápido ensueño de paz, de aquel intermezzo, para ella tan dulce, de amistad desinteresada, de quietud no interrumpida por las dolorosas e inevitables desavenencias de su vida conyugal, basada en un permanente desacuerdo de caracteres y de vidas.

Sobre la plataforma del Pullmann aparecía su marido con el necessaire en una mano y una maleta plana, de cuero, de evidente procedencia inglesa, en la otra, vestido con irreprochable traje de viajero. Su cuerpo, delgado y esbelto, lo llevaba con desenvoltura y elegancia natural de movimientos, revelada en actitudes fáciles. Sentíase, a primera vista, lo que había de notable en Ángel, el cuerpo ágil y maravillosamente conformado, en el cual la fuerza parecía resorte oculto, en vez de exhibirse en músculos enormes. Su actitud, su porte de cabeza, la línea oblicua de su frente, su mano, sus rasgos todos dejaban impresión de fuerza varonil, a la cual se unía la mirada melancólica y la sonrisa escéptica de los retratos de Byron. Pero en su mirada se notaba ahora cómo resaltaba la dureza, ahondándose, con los años y con las impresiones, ciertos rasgos apenas perceptibles antes, reveladores hoy día de las tendencias de carácter.

Detrás de unas señoras a quienes esperaba su familia, cediéndoles cortésmente el paso, descendió Ángel repartiendo saludos, sonrisas y apretones de mano; llegó rápidamente hasta Gabriela y se dieron un abrazo estrecho, apretado, efusivo, cariñoso, como en el mejor de los hogares. Las señoras esperaban este instante con impaciencia, y los amigos con curiosidad: unos y otros quedaron decepcionados al ver una escena de la vida ordinaria, sin aspavientos de mal gusto, sin ribetes de drama, tranquila y de buen tono. Eran   —145→   dos esposos, momentáneamente separados por un viaje, que volvían a reunirse, y nada más.

-«Vivan los novios!», gritó la voz de Javier Aguirre, que se acercaba dando codazos.

Y mientras el mundo apreciaba de este modo su actitud, ambos, involuntariamente, experimentaron un sentimiento raro y nuevo, que, por un curioso parecido, muy leve, de dos estados de al amdiversos en el fondo, les hacía sentirse totalmente extraños el uno al otro en ese momento. Gabriela acababa de experimentar la sensación de abrazar a otro, no a su marido, y se había sonrojado con el rosa del pudor. Ángel recordaba, involuntariamente, la sensación de los abrazos dados y recibidos sin amor, a mujeres elegantes de París. Ambos tuvieron la conciencia instantánea de ser totalmente extraños el uno al otro, y de que existía algo pasado e irreparablemente muerto entre ambos. La joven se sentía asustada, como avergonzada en presencia de aquellos ojos de llama casi negra, desprendida muy hondamente, bajo los párpados cansados y violáceos; el color moreno de su rostro y lo sombrío del cabello, daban a esas miradas relieve duro, acentuado por sonrisa irónica, en tales condiciones, que para ella despertaban sensación desagradable de dominio y de tiranía. Ángel, a su vez, dominado por su temperamento sensual, contemplaba a Gabriela con mirada rápida pero profunda, y la sentía cambiada, más gorda, más mujer. Su cuerpo esbelto de otro tiempo se había redondeado, tomando aire inesperado y nuevo de fuerza, casi viril. La belleza rubia había perdido su delicadeza virginal, y si bien los ojos, envueltos en el nimbo de su cabellera de oro, conservaban la misma expresión límpida de bondad, Ángel sentía que la mujer adorada, la Gabriela   —146→   de antaño había muerto en la fuga del pasado irreparable, había desaparecido para siempre, cediendo el paso a otra, a una mujer de deber, de hogar, de virtud, a una madre de familia, pero a otra. Y como relámpago, vio desfilar sus ojos la imagen de Nelly, con tal fuerza de seducción y tal precisión de contornos que le maravillaron. Esa sí que era la Gabriela adorada de otro tiempo...

Los abrazos, las felicitaciones, los apretones de mano de los íntimos, le solicitaban de todas partes. Luego, aquella masa de gente se puso en movimiento, siguiendo el lento caminar de los viajeros, a quienes arrebataba el torbellino de mandaderos de gorra encarnada, de niños, de canastos, de maletas, de gente varia, arrojada incesantemente del fondo de los vagones. Magda, al abrazar a su cuñado, le pidió el obsequio de un horrible ramo de flores de Quillota que traía un sirviente: ella sabría a quien dedicárselo, no faltaría viuda, inconsolable pero con deseos de consolarse.

Por el camino Gabriela iba refiriendo a su esposo que los niños no habían venido a recibirlo porque la noche estaba fría y ellos un tanto resfriados, se habían quedado llorando. Por una especie de instinto, sentía que en ella la madre había sobrevivido a la esposa, y que en adelante el terreno de unión estaría en los niños. Ángel también lo comprendía al abrir las puertas del carruaje, cuyos faroles niquelados brillaban en la oscuridad con intensa luz. Y cuando el coche se puso en movimiento y ambos se encontraron solos, sus impresiones tomaron un relieve súbito, se aclararon, se precisaron y experimentó dentro de sí una suerte de malestar inquieto, en vez del aparato de júbilo esperado. A su mujer la sobrecogía un acceso   —147→   de timidez, como si se encontrara a solas con un extraño, y su alma casta se estremeció con el horror de lo prohibido. Así marchaban en silencio, sin atreverse a interrumpirlo con una palabra, el uno al lado del otro, con el sufrimiento súbito de sentir tan palpable y tan completo el hielo que debía reinar, entre ellos, en el curso forzado de aquel matrimonio legal, repudiado con toda su fuerza por los corazones de ambos. Y fue una sensación tan inesperada en ese instante, de tal manera súbita y sobrecogedora, que Gabriela experimentaba escalofríos y se puso a recitar una oración mental, pidiendo fuerza a Dios para sostener el peso de la vida. Ángel notó que pasaba por su cerebro una idea que le horrorizaba, y la desechó con miedo. Esa idea criminal, que le hacía temblar ahora, le había sorprendido la víspera, y en otra ocasión durante el viaje, rechazándola siempre. Pero la esperaba: había presentido que volvería infaliblemente y ahora le sobrecogía de nuevo. Había deseado la muerte de Gabriela, y como sentimiento de protesta contra eso, cogió su mano y la besó ardientemente, encima del guante blanco, sintiéndola helada. Ella le dejó hacer con sorpresa, pero sin ternura, y temiendo de súbito, esas intimidades que despertaban en su alma terror invencible, la retiró rápidamente sintiendo con esto una gran confusión. Pero ambos se habían adivinado, sin hablarse; ya se conocían tanto con los dilatados años de matrimonio transcurridos y experimentaron, de nuevo, la sensación creciente del hielo que los separaba, de la falta de ternura amorosa, de la carencia de ideal que los uniera. Lloraron, en sus almas, la certidumbre inamovible ya, de ser imposible el acuerdo de amor, la unidad de espíritu que los condujo al matrimonio y se mantuvo por algún tiempo.   —148→   Ahora serían los prisioneros del deber, de una institución social y religiosa cuyo más mínimo contacto les hacía saltar, como si experimentaran una quemadura en la superficie de la piel, de esa misma piel tan voluptuosamente besada por Ángel en un tiempo ya lejano, tan lejano que ni uno ni otro comprendían cómo pudo existir.

El carruaje había salido ya del suave piso de asfalto, de la Avenida de las Delicias, para caer en el rudo y primitivo pavimento de la calle Manuel Rodríguez. A pesar de las llantas de goma de las ruedas, se veían sacudidos reciamente, con lo cual se cortó el hilo de las imaginaciones. Pocos momentos más tarde llegaban a la calle de Compañía. La casa de doña Benigna se hallaba iluminada brillantemente. El portero, vestido de gala, esperaba con cara de júbilo, en compañía de varios sirvientes; Ángel los reconoció y los saludó por sus nombres. Algo como una atmósfera de contento reinaba en la casa, por la cual iba y venia la «Tato», la vieja sirviente, contenta con la llegada del marido de su «hijita». Se notaba que todos esperaban algo, vida nueva, el término de un estado de malestar y de indecisión. Luego, llegada a la ancha galería, Gabriela dijo a su marido: -«¿Vamos a ver a los niños?», y le notó pálido, sobresaltado, palpitante cuando penetraron a la pieza de vestirse. Ambos lo esperaban acostados, en sus catrecitos de bronce. Pepe se arrojó de la cama en camisa de dormir, exclamando «¡Papá!..., ¡papá!» y dando gritos con tal júbilo que Ángel sintió el alma toda removida y le estrechó apretadamente entre sus brazos. Y cuántos besos no dio a Irene, más tranquila, más callada, pero igualmente sensible, con esa sensibilidad interior y vibrante de su madre... En seguida se volvió a Gabriela,   —149→   transformado por el cariño paternal, agradeciéndole aquellas tan puras emociones de su vida, y la besó también, cerca de sus hijos. Lágrimas silenciosas rodaban por las mejillas de la joven. Ángel sentía bienestar indecible, una santa paz en aquel instante, algo tan dulce, tan íntimo, tan imborrable, que debía recordar con amarga melancolía meses después, como se llora en las horas tristes los breves momentos de dicha ya lejana. Pero se sentía mejor, más sano de alma; comprendía unos horizontes nuevos y puros, dentro del deber y de la familia. Al ver a Gabriela inclinada junto al lecho de sus hijos, con las ondas de cabellos rubios reflejando la luz en su seda, y los grandes ojos negros emocionados, recordó haberla visto muchas veces allí mismo repitiendo, en compañía de sus hijos, el bendito y las demás oraciones que les enseñaba. La monotonía sencilla y conmovedora de la voz de los niños repitiendo el rezo, repercutió nuevamente en su alma y dijo a su esposa, con voz de aspiración íntima: «Gabriela, tú eres la paz...»

Al entrar al salón se encontró Ángel con doña Benigna, recostada en su silla de enferma, esperándole como para sellar el olvido de lo pasado. Allí estaban Manuelita Vásquez, Marta Liniers y media docena de personas íntimas que habían acudido a saludar al viajero y a beber una copa de champagne por su regreso. El clérigo Correa, radiante, embromaba a las señoras y reía, como pensando interiormente: lo que Uds. ven es obra mía; sintiéndose pastor del rebaño de Cristo, pacificador de hogares. Junto con la satisfacción de su obra evangélica, experimentaba ese placer de vanidad de verse como centro de la religión elegante y de buen tono, de las ovejas con prendedores de brillantes, collares de perlas y grandes apellidos.   —150→   Magda, entre tanto, rompía estrepitosamente en el piano con el Cake-Walk «On the Ohio».

Mientras los sirvientes circulaban por el salón con bandejas de champagne, Ángel experimentaba sensación rara, al oír los acordes de música escuchada tantas veces a bordo del transatlántico Iliria en compañía de otra mujer, de Gabriela joven, de Nelly. La música ejercía sobre su alma fascinación evocadora, de precisión cruel; levantaba imágenes, les daba carne y cuerpo, las animaba con soplo tan extraordinariamente vivo que entraban en la realidad de la existencia. Además, excitaba su sensualismo en una especie de embriaguez amorosa. Y mientras resonaban, palpitantes, los compases de música americana, la imagen de la ausente se imponía, arrastrábale, enloquecíale en desesperante nostalgia de amor. El pasado le perseguía contra su voluntad; ya no se sentía libre sino esclavo de una fuerza interior, como los hipnotizados. «Tú eres la paz», había dicho a Gabriela en un transporte sincero, junto a sus hijos a quienes miraba enternecido, y luego, casi al lado, sin quererlo, sin poderlo evitar, sentía esa evocación de la ausente que le llamaba a sí, abriéndole sus brazos enamorados, ofreciéndole su boca, esa inolvidable sensación de sus besos que todavía conservaba. ¿Era posible luchar, en tales condiciones? ¿Podía, honrada y sinceramente creer en la posibilidad de reconstruir su vida sobre las ruinas del antiguo hogar, en el templo desierto y obscuro, sin sacerdotes y sin fieles? Los compases del baile americano, briosamente tocados por Magda, resucitaban, nítida y nerviosa la imagen de Nelly, con su cuerpo de viajera, tan esbelto, alto y flexible, y su elegancia fastuosa de millonaria... Y sintió placer en cerrar los ojos para verla de nuevo, inquietante y   —151→   turbadora, con la conciencia de que ya no podría apartarla de sí, sintiendo el fuego de su alma atizado por la ausencia y el deseo más vivo y cada vez más lacerante...

Cenaron todos alegremente, fuéronse los invitados, apagáronse las luces, perdiose en la noche el rumor de los coches que partían y Ángel se encaminó a la habitación preparada, junto a los niños. Contigua estaba la pieza de Gabriela. Mientras por una parte renacía en su alma con desoladora fuerza la imagen de la mujer amada, experimentaba ya la sensación de alejamiento, de separación de hecho de su mujer legítima, y eso que en otra circunstancia hubiera mortificado su orgullo, le producía ahora una suerte de bienestar como si la hubieran suprimido de su vida. Más tarde habría de recordar horrorizado ese mal sentimiento.



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ArribaAbajo- III -

Los primeros días transcurrieron tan ocupados que Ángel no sabía darse cuenta de sí mismo, preso aún, como todos los viajeros, de la idea de movimiento. Recibía visitas, no podía salir a la calle sin toparse con amigos que le sujetaban, abrazándole. La ciudad, las calles, los edificios de Santiago le producían impresión extraña e indefinible. Sentíase viajero, eterno viajero a pesar suyo. En los primeros tiempos de su salida de Chile había sentido nostalgia del país; ahora, transcurridos apenas unos cuantos días, le crecían alas para arrancar de nuevo, viajar y perderse. Ahora el corazón se le oprimía al escuchar tanta queja y tan continuada lamentación. Los negocios emprendidos al vapor y sin estudios, cuatro años antes, habían fracasado casi todos. Varios de sus amigos quebraron, pasando de la opulencia a la miseria. Uno de ellos, antiguo hacendado, había entrado con empleo inferior, a los ferrocarriles; otro estaba de pesador de Aduana. Las Sociedades Anónimas andaban por los suelos. Y sobre todos pesaba la terrible preocupación   —153→   de las deudas por pagar, de los intereses acumulados, de los plazos vencidos. En las arrugas de la frente, en el mirar apagado notaba la pesadilla de los malos negocios. Los suyos también habían ido a mal; la baja de papeles, aun de los más sólidos, reducía a una miseria la fortuna de Gabriela, y había concluido con todos sus ahorros. Notó, con terror, que había perdido ya su independencia. Las cuentas comenzaron a caer, como goteras, unas en pos de otras; eran pequeñas deudas atrasadas, de sastre, de unos caballos, cosa que ya no recordaba, pagos de médico, y, junto con esto, notó, con espanto, las cuentas de Gabriela y de los niños que eran bastante subidas. Como había bajado el valor de la moneda, ahora duplicaban sus precios. Ángel, ya inquieto, se dirigió a los bancos en busca de préstamos, y se encontró con las puertas cerradas; nadie prestaba, no había dinero. La marea de las cuentas continuaba subiendo: había recibido las de los encargos a Europa, de dieciséis mil quinientos treinta francos, es decir, cerca de veinte mil pesos, con el cambio malo del día. Gruesas gotas de sudor le empapaban la frente, mientras las preocupaciones comenzaban a herirle en el cerebro. Era angustia horrible, de no saber qué hacerse, ni a qué puerta golpear. Su padre, a quien había acudido, le había prestado diez mil pesos, refunfuñando, y echándole en cara la locura de su viaje a Europa en aquellos momentos en que dejaba su fortuna comprometida.

Y bajo el peso de preocupaciones aplastadoras y de temores que la imaginación agrandaba, exagerándoles, mostrándole ya el papel sellado de las ejecuciones y las horribles notificaciones judiciales, el embargo de muebles, el descrédito social; aplastada el alma, degradado de antemano, tenía que exhibirse en   —154→   victoria, en compañía de Gabriela vestida con lujo. Era preciso sonreír, contestar saludos, atender a la gente, mostrarse amable y alegre, cuando hubiera querido arrancar y esconderse donde no le vieran.

En medio del torrente de carruajes en cuádruple fila, cerca de los jardines de la laguna del parque, los soldados de policía, con cascos negros, mantenían el orden, inmóviles en sus caballos. La inmensa cantidad de coches desfilaba al paso, con los caballos de cuello fino, los cocheros tiesos, en medio del rumor metálico de bocados, sonido de cascabeles, chasquido de fustas, ruido acompasado y sordo de enorme masa de caballos y de coches. Gabriela se inclinaba, sonriendo, para hacer observaciones a su marido que le contestaba con afectuosa cortesía, presentando a los ojos del mundo el modelo de los matrimonios unidos y perfectos, sin una sombra que los perturbe. Marta Liniers de García, en un vis a vis arrastrado por magnífico tronco de hackneys, les saludaba. Más atrás iban sus amigos Belmar; Magda en compañía de Manuelita, en victoria arrastrada por pareja de alazanes. Javier Aguirre, que manejaba un tandem les dijo una barbaridad, a lo que contestó Magda, a media voz: «Cállate burro loco...» También pasaba, en flamante carruaje, con caballos de fina sangre y footman, alguna gente desconocida, ricachos advenedizos de la última cosecha, con su insolencia descarada, exhibiendo lujo, deseosos de casar alguna hija con joven de buena familia, aun cuando fuese calavera descerrajado. Más allá les saludaba la baronesa de Strinberg, diciéndoles al pasar, con su ironía acostumbrada: «Tout est pour le mieux, au meilleur des mondes possible». (Lo mejor en el mejor de los mundos). Gabriela hizo notar a su marido el traje elegantísimo de Nina Oyanguren.   —155→   Una de las hermanas de Ángel pasó con todos sus chicos en victoria admirablemente puesta. Gabriela y su marido saludaban, contestando esos gestos cariñosos que ordinariamente se dirige a los recién llegados de viaje, y se veían obligados a vivir pendientes del mundo.

Entre tanto, angustia sorda mordía el alma del joven. Las deudas, los plazos, las ejecuciones, el fin estrepitoso de una situación falsa, comenzaban a perseguirle, no ya como posibilidades, sino como cosas próximas, que habrían de realizarse fatalmente dentro de breve plazo. Y era necesario contemporizar. mientras tanto, y sonreír a la gente mientras la procesión desesperante corría por dentro. El peso de las convenciones sociales le abrumaba.

Sentíase prisionero de una sociedad que se lo daba todo hecho, instituciones y modas, desde el sombrero hasta el matrimonio y que nada le toleraba que no fuera conforme con el molde, con el formulario social. Le parecía una mala comedia, ya demasiado prolongada, que torturaba su existencia.

¡Ah!, era necesario ponerle fin, tener explicaciones terminantes y claras con Gabriela, exponerle su verdadera situación y poner término a una vida que le torturaba demasiado. Si no tenían para vivir como ricos, lo harían como pobres, pero sin deudas, sin fastidios, sin ejecuciones, con la frente levantada y con dignidad. ¿Qué le importaban, al fin y al cabo, las frivolidades de los paseos? Ángel tomó una resolución, y en cuanto la hubo tomado, se sintió tranquilo, notando, con sorpresa, cierto placer en aquel movimiento de carruajes mareador, en los saludos dados y recibidos, en ver cómo las mujeres miraban el traje de Gabriela, en sentirse todavía en el centro de la elegancia   —156→   santiaguina, y ese placer se acentuaba con un sabor especial, llegando hasta engañarse a sí mismo con la comedia mundana, hasta experimentar la sensación de algo permanente y firme. Era algo enteramente ilógico, pero la lógica del sentimiento suele ser rara. La vanidad produjo efecto perturbador en el alma de Ángel: ya no vio claro. Sintiose como sobrecogido por doble mareo: el físico, de ver los carruajes desfilando en interminable fila junto a él, en ronco y acompasado movimiento, y el moral, de vanidad satisfecha, al sentirse convertido en centro de miradas, de saludos cariñosos de la buena sociedad. Aquel mundo en medio del cual vivía, como el pez en su elemento, le sorprendía ahora como cosa agradable, notando en sí, con sorpresa, algo del advenedizo, del rastaquere tan pagados de exterioridades.

En victoria, tirada por magnífica pareja de animales de sangre pasaron Leopoldo Ruiz y su mujer, haciéndoles saludos familiares. Esto no dejó de causar extrañeza desagradable a Ángel, que jamás había cultivado relaciones de intimidad con Leopoldo Ruiz, a quien miraba de arriba abajo entre los jóvenes de su tiempo. Hasta le consideraba con cierta antipatía como a «huaso intruso». -«¿De dónde le ha bajado tanto cariño al señor Ruiz?», dijo a Gabriela, con retintín.

Ella se ruborizó involuntariamente con aquel tono.

-«Pero si es casado con mi prima Pepa Alvareda...» Notábase altivez en su respuesta como si una bocanada de orgullo la sofocara, viendo mirar en menos a personas relacionadas con su familia. Así lo creyó Ángel. Era, sin embargo, otra cosa. Gabriela había sentido caer mano torpe y ruda sobre la amistad delicada y sentimental, sobre el apoyo que había sentido cerca de sí en horas amargas.

  —157→  

A la vuelta siguiente, Pepita hizo detener su carruaje al encontrarse con el de Gabriela. «¿Cómo te va, linda, preciosa?», le dijo. «Esta noche iremos al Santiago, dan el Cyrano de Bergerac..., es una espléndida compañía española..., tenemos palco y pasaremos a buscarles. Irá también Magda con nosotras... No admito escusas...»

La fila de carruajes que se ponía en movimiento, nuevamente, vino a cortar el diálogo. Ángel recibió la invitación con frialdad.

«Sin duda será un sacrificio para ti, que acabas de ver en París admirables compañías dramáticas», le dijo la joven. «Pero nosotros sólo muy de tarde en tarde tenemos piezas del teatro moderno ejecutadas por buena compañía. Ésta es bastante regular... ¿Y como no hay otra parte mejor a donde ir? Además no es posible hacerlas perder su palco que toman precisamente para llevarme...»

Ángel le dirigió una mirada aguda que la hizo bajar la vista y cubrirse de rubor, sin saber por qué, después de esas palabras tan inocentemente pronunciadas. No se atrevía a decir a su marido que durante su viaje, tanto su familia como ella, miraban el matrimonio como roto y la separación producida de hecho. Su prima quería distraerla a toda costa, y con ese motivo la invitaba. Gabriela trató de resistirse, al principio, mas luego cedió a las instancias reiteradas de su hermana Magda, y las tres primas comenzaron a figurar entre los asistentes que daban tono a las funciones de esa compañía. Ambos se callaron; mas el hecho de no explicarse estableció entre ellos hielo súbito, algo desagradable, y aún cuando sin importancia creó ligera mezcla de irritación y de tensión nerviosa, manifestado en ligero fruncimiento de la boca de Ángel y en cierto pliegue del párpado, que conocía bien.



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ArribaAbajo- IV -

De vuelta a casa, el joven se sentía de mal humor, guardando silencio durante la comida. Cerca de las nueve, pasó a buscarlos el americano de Pepita, que se apareció al comedor, como un huracán, con su viveza acostumbrada; Leopoldo la seguía. «Vengo a buscarte...», dijo «¿Por supuesto que Ud. nos acompaña?», agregó, dirigiéndose a Ángel, con una sonrisa. «No puedo, tengo un poco de dolor de cabeza...» «¡Cuánto lo siento!, pero eso no impedirá a Gabriela que venga con nosotras, a pasar un buen rato... No tema que los corran divorciados de nuevo...», agregó con su ligereza y falta de tacto habituales. Ángel se puso pálido; estaba seguro de que su mujer declinaría la invitación. Magda intervino en ese momento: «Por supuesto que irá...; ¡no faltaba más!... La gente podría creer que Ángel era mal marido, tirano... y es tan buen marido...», agregó con leve acento de ironía.

-«Yo no digo nada, que vaya si quiere...» -contestó Ángel.

Las mujeres se miraron entre sí, y Gabriela se puso   —159→   de pie, dirigiéndose, en compañía de Magda y Pepa, a sus habitaciones para ponerse el sombrero. Cedía, porque le faltaba carácter y no sabía negarse a un ruego, a pesar de que eso disgustaba a su marido; iba, sin ganas, al teatro, por bondad de corazón, para que su prima y Marcos no creyesen rota o enfriada, de súbito, esa amistad de las horas tristes, abnegada y generosa, hecha de consuelo y de afecto; pero iba descontenta consigo misma por el visible gesto de contrariedad en Ángel. Éste miró un instante, en silencio, el fondo negro de su taza de café, y luego encendió maquinalmente un cigarro habano, arrojando al techo larga bocanada de humo.

Pasó una noche bastante desagradable. Sin saber por qué padecía desasosiego nervioso que le tenía a vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño. Era como un malestar latente y sin causa. Sentíase aislado, en su departamento, pues Gabriela vivía en el suyo, y en el fondo del matrimonio subsistía la separación, como si ambos estuvieran solteros, situación extraña, ilógica, en la cual suelen vivir muchos hogares con algo trizado pero invisible a los ojos del mundo.

Y de repente, sintió Ángel la necesidad de pensar en Nelly, hacia quien convergieron, de súbito, las fuerzas todas de su alma. Se dirigió, en puntillas, a una de sus maletas, la abrió, cogió un pequeño envoltorio y lo llevó a su lecho. Sacó un pañuelo con riquísimos encajes de Inglaterra, sintiendo cómo se desprendía de él perfume sutil y penetrante de magnolia, tan lleno de vida, tan emanado de ella como si estuviera próxima; levantose dentro de su alma esa misma sugestión que experimentaba siempre que se hallaban juntos, unida esta vez a un ansia ardiente y sin esperanza. Luego, cuando palpó un guante blanco en el   —160→   cual se conservaban amoldadas las huellas de sus dedos largos y delgados, la impresión finísima de sus coyunturas, las arrugas de la muñeca, sintió como un estremecimiento nervioso que le recorría el cuerpo. Nada más que a la simple vista del guante, ya la veía en los giros elegantes de un vals o hallando el two-steps, con el vestido recogido de manera que ceñía las formas adorables de su cuerpo, el talle esbelto y fino, largo, muy largo; las caderas redondeadas; la garganta delgada de la pierna, de media de seda; el pie marcando un gesto infantil que graciosamente contrastaba con aquellas sus magníficas líneas de escultura antigua; el cuello largo y flexible, el nimbo de oro de sus cabellos en los cuales resaltaban la palidez mate de su tez y el brillo de sus ojos. Parecíale ver la deliciosa languidez de su cabeza echada atrás, al bailar, y la expresión melancólicamente picante de una sonrisa en la cual se unían el escepticismo y las voluptuosidades, el amor y el hastío. Y cuando hubo colocado el retrato de Nelly sobre su mesa, le pareció al joven que entraba, de nuevo, triunfante, en su corazón, dominadora e irreemplazable, con una forma de tentación sensual desconocida y poderosa, como la realización de lo inconsciente de su propio temperamento. Al mismo tiempo se le aparecía Gabriela como acababa de encontrarla a su vuelta, con ojos de desencanto, más gorda, sin la gracia ligera de esos veinte años volados e irreemplazables, con algo pesado que contrastaba con la imagen sutil de la otra Gabriela, de la joven americana. El tiempo le había robado su primer amor. Ángel sintió que ya nunca más volvería a ver a esa graciosa creatura ya desvanecida, muerta, perdida muy lejos en los años. En cambio sentía de tal modo, con tan honda profundidad, cómo Nelly había penetrado   —161→   en él, sobrecogiéndole y dominándole, que bastaban la forma del guante y el simple aroma de su pañuelo, para hacérsela sentir toda entera en fatiga de amor. Sentía fiebre pensando en ella, ansias del deseo, tendencias a tomar el vapor, presentarse a ella y seducirla, aun cuando para eso hubiera de abandonar a su mujer y a sus hijos para siempre, dando irreparable campanada social. En su sueño agitado la veía en todas las circunstancias, con diversos trajes, en las más variadas actitudes, sin poderse desprender de ella que le perseguía como una tentación.

Al día siguiente partieron al campo; era necesario concluir siembras de trigo y prepararse para labores de invierno. La agitación y la vigilancia del trabajo le ocupaban casi todo el día, pero llegaban las horas interminables de la oscuridad. A las seis era preciso encender luces. Leía, o trataba de leer, mientras los pensamientos se agolpaban a su cabeza llenándole de visiones que trataba de apartar en vano. Luego comenzaba la terrible soledad en compañía de Gabriela. Su mujer cosía, en silencio, ropa de niños, o bordaba, o tejía contando sus puntos. De tarde en tarde, el mayordomo, o algún sirviente, le pedía órdenes, o le daba cuenta de algún tropiezo en las faenas; de enfermedades de animales; de potreros que era menester regar u operaciones de bodega; de carretas por comprar o que pedía prestadas un vecino. Luego volvían a sentirse en soledad, los dos, más apartados que nunca.

Gabriela también sufría cruelmente, sintiendo el desacuerdo irreparable entre ambos y su vida irremediablemente rota. Ansiaba consuelo, hubiera querido llorar desesperadamente y contar sus penas íntimas, sus desengaños de esa vuelta en la cual esperaba la paz del hogar. ¿Pero a quién podría abrir el fondo de   —162→   su ser? ¿A su madre, enferma, clavada en una silla? Habría sido imponerla sufrimiento cruel, dolor inútil en sus últimos días. ¿A Magda, su hermana? Era bondadosa, pero tan indiscreta; de seguro pondría el grito en el cielo, se lo contaría todo a su marido, produciendo un verdadero escándalo. Por otra parte, cuando una mujer se ha casado pasando por sobre la voluntad de sus padres, no tiene derecho de quejarse, imponiéndoles nuevos sufrimientos por algo que quisieron evitar en tiempo y que no pudieron; una imposición de orgullo le sellaba los labios. En cambio, en su sacrificio veía la tranquilidad futura de sus hijos. Se educarían en medio del hogar, entre su padre y su madre, de la mejor manera posible. Irene saldría a sociedad, más tarde, y tal vez sería feliz, casándose con hombre bueno y tranquilo. Si ella se hubiera separado, ¿cuál sería la posición de su hija? A los hombres no les gustan las casas donde hay drama, se decía; acaso estaría yo mejor, personalmente, pero sacrificando el porvenir de mi hija. Y callaba sus lágrimas. Ese mismo silencio, esa acusación muda y permanente, desesperaban al marido, irritando sus nervios, por lo cual hacía estallar su descontento con cualquier pretexto, y a veces sin causa: en el fondo había siempre lo mismo.

Un día principió a recibir cartas de las principales tiendas de Santiago. Cobrábanle cuentas de su mujer, gastos varios, inconsideradamente hechos. Gabriela se creía rica, y juzgaba inagotable su fortuna, pues nunca, de soltera, hicieron objeciones a sus gastos. Pero su padre, a quien irritaban profundamente, como degradándole, esas cuestiones mezquinas de dinero, había contraído deudas considerables que acumulaban intereses.

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La liquidación de la fortuna de don Leonidas Sandoval se había llevado a cabo con grandes dificultades. Vendiéronse propiedades, pagáronse deudas, gravose nuevamente la casa de Santiago y el fundo. Pero no podía Gabriela seguir con los gastos de otro tiempo. Ángel recibía diariamente nuevas cuentas que se iban acumulando. ¿Con qué las pagaría? Al llegar se había encontrado con la baja de todos los valores por la crisis iniciada en 1906, a raíz del matrimonio. La dote de Gabriela se hallaba reducida a una miseria, dado el valor actual de los papeles: Ángel sintió la necesidad de poner término a una situación insoportable. Resolvió hablar francamente con Gabriela.

A los dos meses de su regreso a Chile, ya se encontraba en el antiguo círculo vicioso. Un receptor vino a notificarle, por exhorto judicial, la demanda ejecutiva iniciada en Santiago, en contra suya, por uno de los grandes almacenes de novedades y artículo de lujo. La cuenta ascendía a doce mil pesos, y estaban cansados de esperar. Ángel tomó el expreso para la ciudad. Ahora maldecía el plan sistemáticamente seguido por ciertas grandes tiendas de abrir créditos. Comenzaba a conocer la terrible pesadilla de las ejecuciones; las noches de insomnio pasadas en continuas vueltas en su lecho, pensando de dónde sacaría plata; el valor de pedir dinero prestado a un amigo y de hallar la negativa junto con la excusa; el inútil golpear a las puertas de los bancos que se niegan; el ir y venir desesperadamente en todas direcciones, con el embargo encima; la idea fija de una humillación, terrible para el que no se halla acostumbrado a esa existencia. Por fin consiguió nuevo préstamo de su hermano Santiago, hecho en condiciones onerosas y comprometiendo su legítima de herencia paterna.

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A la vuelta, Ángel venía caído, mustio, pensando en el terrible día de mañana, en otras deudas, en dificultades pendientes. Su imaginación las abultaba, convirtiéndolas en montaña, mostrándoselo todo negro, cerrados y sin salida alguna los caminos. Cada carta le parecía una amenaza, y rompía los sobres temblando, sin saber si al día siguiente se hallaría con alguno de esos receptores de cuello grasiento, con el paquete de escritos judiciales, en una servilleta de cuero, la mirada torva, el gesto sorpresivo. El día estaba nublado; el joven sentía sobre sus nervios, conmovidos por el insomnio, la depresión de la atmósfera húmeda, de la luz descolorida, del cielo cubierto de nubarrones. Los árboles, desnudos de hojas, tenían aspecto desolado, y hacía frío intenso. Parecíale que su alma se sumía en la penumbra angustiada de aquel día, pesado y sin aire, como si unas manos invisibles le fueran estrangulando. Por momentos deseaba que todas las ejecuciones llegaran a un tiempo, para verse libre al cabo, de tantas ansiedades como le atormentaban, y en su exasperación nerviosa, llegaba a parecerle que la pobre Gabriela tenía la culpa de cuanto le pasaba. Los «Almacenes del Nuevo París» le habían ejecutado por una cuenta de trajes y sombreros de su mujer. ¿Cómo era posible que hubiese gastado esa enormidad en lujo, en un solo año? Dábanle ganas de patear de cólera, dentro del coche que le conducía a las casas del fundo, a la vuelta, y la misma placidez tranquila del rostro de su mujer se le hacía insoportable.

Apenas llegado a las casas, la mandó llamar con una sirvienta. Los niños, Irene y Pepito, salieron a recibirle con cariños, los pobrecitos. -«Papá, ¿qué nos trae de Santiago? ¿Compró caramelos? ¿Se acordó de   —165→   mi tambor?...» El joven los hizo a un lado desabridamente y los chicos, extrañados y heridos con semejante brusquedad, se echaron a llorar. En ese instante entraba Gabriela, que se puso pálida: «¿Qué les has hecho? ¿por qué lloran los lindos?»

Ángel dijo a los niños secamente, sin contestar a su mujer: «Váyanse, que tengo que hablar con la mamá...»

Ella se sentó en una silla, lentamente, con el rostro contraído y los labios apretados. No se miraron, pero ya sentían, el uno en presencia del otro, indecible malestar que crecía por momentos, como dos enemigos que tienen que hablarse. Gabriela miraba, a través de los vidrios de la ventana, el campo yerto y Ángel se paseaba, a grandes trancos, por el vasto salón, con la mirada clavada en el suelo: pero ambos se veían y se sentían en una atmósfera hostil. Junto a esa ventana, años atrás, habían cambiado juramentos de amor con la mirada; Ángel lo recordó, de súbito, pareciéndole como desesperante ironía.

Y sin poderse contener, entró violentamente en materia, refirió sus padecimientos, la ejecución, las dificultades para encontrar dinero. Era vida insoportable, y ella tenía la culpa de todo, de todo absolutamente, con su lujo insensato, con su afán de rivalizar en trapos y sombreros con amigas millonarias. Gabriela se defendió como pudo. Los dueños de la tienda tenían la culpa, escribiéndole circulares, haciéndole saber que habían llegado nuevos sombreros y géneros de moda; la tentaban y se los metían por las narices y por la cara. En vano se negaba a tomarlos, decíanle que no se preocupara por el pago, que ella lo haría cuando quisiera, sin apuro. La francesa, jefe de la sección de modas, la seducía con sus sonrisas y sus   —166→   cariños... «Señora, este sombrero le sienta a Ud. tanto... Se ve divina... c'est ravissant...» -«Pero si no puedo comprárselo, trescientos pesos es muy caro..., mi marido no tiene dinero...» «Su marido está millonario...» le contestaba la francesa... «Con un traje elegante la querrá mucho más..., se lo dejo en doscientos ochenta... Es de balde..., pero sólo por la simpatía que tengo por Ud...»

Ángel sonreía sarcásticamente. A su turno hablaba con dureza, quejábase de los despilfarros, del hijo, y sin saberlo, iba levantando el diapasón de su voz. Era una vergüenza lo que pasaba. Y contó el caso de cierta señora, conocida de ambos, que se hacía pagar sus cuentas por el amante. A eso se llegaba por la pendiente resbaladiza: a la pérdida de la vergüenza y de todo pudor. Eran intolerables aquel camino y aquella vida que conducían a la ruina y a la infamia. Estaba «hasta aquí», decía señalando la coronilla de su cabeza, con las deudas y los malos ratos.

Ángel se paseaba a grandes trancos por la pieza, gesticulando violentamente, contra su costumbre, poseído de una tendencia incontenible a la acción. Pero, de repente, se detuvo, pues con los movimientos desordenados se le habían salido los puños. Su voz exaltada se calló, escuchándose en el silencio, el rumor acartonado de esos puños que volvían a su sitio. Esto produjo disonancia chocante entre la futileza del gesto y la gravedad de lo que hablaba.

A su turno la mansa y calmosa Gabriela tuvo un movimiento de revuelta. «No toleraría ya más ni esas recriminaciones, ni semejante lenguaje»... Al fin y al cabo gastaba su propia fortuna, la herencia de su padre... «Me como lo mío, ¿entiendes?, lo mío... y no tengo que darle cuenta a nadie!...»

  —167→  

Ángel se quedó estupefacto, ante el lenguaje y el tono empleado por su mujer. Era tan grande su sorpresa que no volvía en sí... ¿Era aquélla la Gabriela con quien se había casado? Pues había sufrido transformación inmensa; tenía otra alma, que él no sospechaba, y que le parecía monstruosa. «¿Qué causa secreta la había mudado a tal extremo?», fue lo primero que se le ocurrió pensar. Ambos callaron un momento.

Y cortando el silencio, la joven, con tono frío, que pareció por eso aún más insultante, le dijo con desdén:

-«¿Y por qué no trabajas? ¿Quieres decirme? En algo que nos dé lo necesario».

Entonces, por primera vez, Ángel concibió la duda de que su continuo juego de Bolsa no fuera trabajo, y contestó sonrojándose involuntariamente: -«¿Que no me has visto día y noche ocupado en negocios de Bolsa?»

«¡Ah!..., antes me decían que eras millonario... Ahora, acaban de contarle a mi mamá que te encuentras arruinado... ¿Y mi herencia, dónde está?...»

Esta vez, el marido no supo qué contestar, tan grande era su sorpresa, y tan de improviso le cogió la pregunta. Sintió, sobre sí, el peso de una gran humillación; había querido confundirla, refrenarla en sus gastos, y, más que todo, descargar sus nervios tan conmovidos por las agitaciones, y se encontraba convertido de acusador en reo, y sin escape, sin respuesta, vencido. Todas las delicadezas y pundonor de hombre y de hidalgo quedaban bajo las patas de los caballos. Sintió que indirectamente se le echaba en cara el vivir a costa de su mujer, el no tener fortuna propia, el haber perdido la de Gabriela... Y la conciencia de que todo aquello era cierto y de que no podía negarlo, le   —168→   infundió una desesperación creciente. No había en el mundo ser más desgraciado que él... De ahí le mordió un sentimiento de odio en contra de Gabriela, en forma tal que no lo dominaba y se arrojó sobre el sofá con la cabeza entre las manos. Entonces, de nuevo, surgió el pensamiento monstruoso, ya rechazado con horror otras veces: quería ver morir a Gabriela, hacerla desaparecer, por algún medio, sin que ella sufriera, y sin que lo supiera nadie... Matarla... El corazón le latía apresuradamente y sentía la boca llena de saliva...



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ArribaAbajo- V -

Las últimas hojas amarillentas caían de los árboles al final del otoño, o más bien, ya entrado el invierno. Ángel, arropado en su manta de lana, de vicuña, con el corbatín arrollado al cuello, iba por los caminos centrales de la viña, al paso largo de su caballo que hacía resonar las espuelas. Cuadrillas de podadores cumplían su tarea, cortando cargadores y pitones con chasquido seco de tijeras. Era una hermosa viña de uva carbenet, perfectamente alambrada y tenida toda limpia de maleza. El joven recorría la faena mirando a todas partes, inspeccionando cuidadosamente las labores y de trecho en trecho, bajándose del caballo para ver personalmente el largo que iban dando a los cargadores y a los pitones, con arreglo al sistema Guyot; hacía observaciones, llamaba al viñatero, y luego proseguía. Una sensación de hielo y de tristeza subía del alineamiento regular de los alambres y de las plantas desnudas, cuyos sarmientos negruzcos se retorcían de trecho en trecho como arañas. Los alambrados a pérdida de vista, en líneas paralelas y regulares, le producían impresión de mar y de extensión,   —170→   aumentando el descorazonamiento que de algunos días a esa parte le roía las entrañas.

-«¿Por qué hay tan pocos trabajadores en la viña?», preguntó mal humorado al mayordomo.

Éste se rascó la oreja, enarcó las cejas y contestó con el tono pausado de los «huasos».

-«¿Que no ve que es san lunes, patrón, y que los curaos andan arando, no más, por los caminos?»

-«Ya lo sé; pero debía haber más peones..., de otra manera no acabaremos nunca la poda..., por lo menos unos treinta podadores...»

-«No es náa lo del ojo... Acabo de echar el quilo pa juntar los que ve su mercé...»

-«¡Pero esto no se puede tolerar...! ¡Ese hombre no ha podado en su vida! Miren cómo corta los cargadores...», gritó el joven señalando una parra.

-«Otra te pego», refunfuñó entre dientes el mayordomo, «el patrón está bien de mala... a que no se aguanta a sí mismo...»

Y así era, en efecto. Ángel estaba de humor emperrado, hablaba poco, andaba taciturno y descontento de todo. En cambio, nunca a los ojos de la servidumbre, se había mostrado el matrimonio más unido. El joven prodigaba atenciones a su mujer, le hacía venir dulces, postres y conservas de Santiago. De su último viaje le había traído «Femina», «Le Theatre» y otras revistas ilustradas. La joven se quejaba constantemente de jaquecas, desvanecimientos y vómitos. Cuando se había sentido mal, el marido había partido a los pueblos vecinos en busca de médico.

Gabriela decaía visiblemente, estaba pálida y ojerosa. Había enflaquecido tanto que las chaquetas le quedaban anchas. Los médicos no atinaban con la   —171→   enfermedad. El doctor Morán había dicho que se trataba de algo interior, pero había dado a entender a su madre, con guiñadas de ojo, que era caso corriente con el matrimonio. El doctor Boildieu, consultado por la familia, creía que era enfermedad nerviosa. Admiraban las preocupaciones de Ángel, cómo cuidaba en lo posible a su mujer. Nunca matrimonio se había presentado mejor a los ojos del mundo. Cuando pasaban juntos en victoria por las calles del centro, ella, un poco pálida pero sonriente, y él inclinado a su oído, murmurándole palabras afectuosas o se bajaba a comprarle dulces y flores escogidas en la tienda de Santa Inés, o recorrían juntos los escaparates de una librería escogiendo libros, la gente les contemplaba con envidia. Para el mundo constituían ya un matrimonio feliz y reposado; eran una pareja de gran tono, cuya amistad se solicitaba por los que deseaban figurar en el grupo de moda, cuyos saludos se cotizaban en los círculos de snobs y se buscaban como adquisición que enaltece en la feria de vanidades mundanas. Los sombreros se alzaban, las cabezas se inclinaban respetuosamente cuando ellos pasaban orgullosos, distraídos, henchidos de vanidad inconsciente, sin ver a nadie, otorgando medio saludo, inclinación de cabeza imperceptible, como dos semi-dioses, mientras una niña decía a su amiga:

«¿Vistes a Gabriela Sandoval? ¡Qué elegante iba! ¡Qué sombrero tan lindo! ¡Qué buen mozo es Ángel Heredia! ¿Te fijaste en la pareja de caballos? Valen, por lo menos, seis mil pesos...»

Y el mundo les admiraba, les envidiaba, les codiciaba, después de haberlos calumniado como es costumbre. Gabriela continuaba, como antes, en el mismo sistema de lujo y derroche. Su marido nada le   —172→   decía, dejándola obrar como si sus negocios prosperasen en medio del universal decaimiento; hasta parecía fomentar, por el contrario, sus gustos dispendiosos, dándole anillos y prendedores que ella no solicitaba. Y por extraño fenómeno, a medida que aumentaban los extremos del no sospechado y súbito cariño del marido a los ojos del mundo, la mujer experimentaba hacia él pavor desconocido, terror sin causa, el recelo de algo irreparable y tremendo, sin que pudiese explicar a nadie lo que sentía. ¿Y a quién hubiera podido decirlo? ¿A su madre? No era posible aumentar las ansiedades ni los sufrimientos de una mujer clavada en lecho de enferma y acosada por el remordimiento de haber puesto de su parte cuanto era dable para el desgraciadísimo matrimonio de su hija. Ambas se miraban, y se comprendían, pero no podían decírselo todo. ¿Hablarle a Magda? Pero si era la ligereza misma, si la había comprometido de todas maneras, si se había comprometido a sí misma con su lengua desenvuelta y sus caprichos absurdos. Ya se comenzaba a murmurar en sociedad la historia, imaginaria a su entender, de los amores de Magda con Pepe Arcos, el refinado elegante, el Petronio de barba negra. Dado el carácter de su hermana, no ignoraba que largaría a los cuatro vientos cualquiera confidencia, y se trataba de cosas tan delicadas que no eran para repetidas. Pero se había acumulado tal cantidad de pequeños, casi imperceptibles, incidentes, que la joven se sentía ya inquieta, acosada por duda que crecía por momentos y se hacía de todo punto insoportable. El peso de la horrible comedia cala entero sobre sus espaldas: Ángel no solamente no la amaba ya, sino que la odiaba con toda la intensidad de una pasión feroz, tan fuerte como su antiguo cariño.   —173→   Eso lo reconocía en ciertas vibraciones de su voz; en tales entonaciones que sólo ella notaba; en vacilaciones rápidas de su pupila, aun cuando aparentaba mayores atenciones y afecto; en un temblor nervioso que no siempre ocultaba al ponerle su abrigo, al darle la mano a la bajada del coche. Había, sobre todo, un movimiento del párpado, involuntario e inconsciente, y leve contracción de la boca, apenas perceptible, que la llenaban de íntimo espanto. Luego esos decaimientos súbitos de su salud, esas fatigas y vómitos sin causa la llenaban de sobresalto, particularmente después de un hecho inexplicable y sospechoso. Uno de los médicos le había recomendado que tomara ciertas dosis de café, cuando el corazón comenzara a fallarle y disminuyera su pulso, en esos extraños ataques que solían sobrecogerla, enfriándola toda entera. La Tato, su vieja sirvienta, le dejaba preparada una tacita sobre su velador, junto a un anafe. En cierta ocasión le había faltado azúcar, acaso por olvido de la Tato, y su marido, sin que ella lo llamara, se había presentado. Otra noche, se había sentido mal, dándose vueltas en la cama, sumida en la modorra insoportable del insomnio. De repente, había sentido el crujir imperceptible del entablado, luego otro rumor, un silencio, y otro; había cerrado los ojos, presa de súbito miedo, pensando en historias de aparecidos. Pero un malestar indecible la desazonaba; los abrió, hallando a su marido, de pie, junto al velador. ¿Qué podía traerle a esa hora, a las dos de la mañana? -«Creí que te sentías mal...», le dijo, y salió.

Diez días después se había sentido nuevamente presa del mismo indescriptible malestar físico. El Doctor Boildieu le había dado inyecciones de morfina,   —174→   enseñando las aplicaciones a su marido. Con esto había experimentado un placer indecible, sentíase más ligera, más alegre, borrándose toda preocupación moral, en medio de la alegría física. Ahora crecía en ella un remordimiento sordo. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a dudar de su marido, del padre de sus hijos? Ni siquiera se atrevía a pronunciar mentalmente la fórmula del envenenamiento que sin embargo la sobrecogía de un terror loco. Luego las inyecciones se repitieron, produciéndose en ella sentimiento nuevo de gratitud hacia Ángel que calmaba sus dolores y la aplicaba, con mano ligera, inyecciones y remedios. Se notaba, en su marido, esfuerzo visible, por mejorarla, y ella misma sentíase mejor. Hasta el propio Doctor Boildieu le había hablado, con emoción, de los cuidados y atenciones de Ángel.

Una mañana, al despertar, no quiso tomar desayuno, sentía cierta repugnancia en el estómago. La «Tato» se había llevado la taza de café con leche, dándosela en un platillo a «Bijou», la perrita fox-terrier. Dos horas después, el animalillo se retorcía desesperadamente; murió. Y cuando la «Tato» dio la noticia a su ama, se miraron ambas en silencio, sin atreverse a formular sospecha, ni buscar causa atenuante. La vieja sirvienta, que amaba a Gabriela como hija, con ese afecto de esclavas de la antigua servidumbre de grandes familias chilenas, estaba desesperada; la sobrecogía una zozobra invencible. La joven, profundamente conmovida, le pidió por la memoria de su padre, por el nombre de sus hijos, que no dijera nada, sucediese lo que sucediese. Es que el concepto del honor de la familia suele producir, en Santiago, los efectos más extraordinarios; el padre llegaría hasta callar un crimen en que se encontrara   —175→   comprometido su nombre, sacrificando a ese aun los sentimientos más naturales y más humanos. El padre de sus hijos no podía ser criminal..., ni parecerlo.

Sobrecogida, luego, por terror creciente, y por amor no sospechado a la existencia, que era, sin embargo, infierno; arrastrada por el instinto humano de conservación, Gabriela quiso volver a Santiago. Se sentía protegida en medio de la familia, en el bullicio, en el hormiguero del movimiento mundano. Y paseaba, en sociedad, por salones, carreras, bailes y teatros, la agonía de su drama íntimo, de sus temores ya casi convertidos en certidumbre, pero inconfesables.



  —176→  

ArribaAbajo- VI -

Ángel se dirigió al Club, en la tarde, como de costumbre. Halló un grupo de socios, en la puerta, comentando las noticias del día, unos, viendo pasar la gente, otros. El patio, con sus palmeras, sus plantas siempre verdes y sus estatuas de bronce obscuro, le causaba sensación de agrado. Saludó, al pasar, a Bamberg que comentaba las cotizaciones de Bolsa puestas en el tablero, y se detuvo, un momento, junto a un grupo de sportmen que discutían las condiciones le la yegua Flirt, de fina sangre, nacida en el país, hija de padre y madre importados. De ordinario, el joven hacía unos saludos desganados, a medias, que le suscitaban malas voluntades, pero de algún tiempo a esta parte, desplegaba ostensible amabilidad con la gente, esforzándose en prodigar saludos y sonrisas, que le resultaban un tanto forzadas -obedecía instintivamente al sistema de disimulación que se había impuesto; quería prepararse buena atmósfera.

Con paso largo y desmadejado penetró a la cantina, toda inundada de luz eléctrica que caía a plomo sobre los grupos de bebedores, sentados junto a mesitas   —177→   barnizadas de claro. Hiciéronle señas, desde una, para que se acercara; acababan de mandar pedir los dados al «Tirano», tipo de clubman, bajo de estatura, hundido de hombros, vividor, buen compañero. Era, en la materia, autoridad. Desde que se había desterrado ese juego, por orden del Directorio, andaba con una colección de dados en el bolsillo del chaleco. Le miraban como juez, y sus fallos eran inapelables, ya se tratara de casos difíciles de «Poker», o de «Chicago» -«No vale, señor, es caso de empate... Tampoco vale, porque el que tiene los dados en mano, comienza en el empate...» Sus reglas formaban un código, y se le miraba como inapelable.

Rodaron los dados, pidiéronse copas y Ángel, frente a un «whisky and soda», metió su cuchara en la conversación. El «Senador» Peñalver atacaba el matrimonio. «Es una institución absurda y anticuada, decía, propia de la Edad Media, pero incomprensible en la sociedad contemporánea, y de la cual se reirán vuestros nietos... Hoy día, el hombre que haga semejante disparate, sólo puede tener disculpa si su mujer le lleva un millón de dote... Como dijo Nuestro Señor Jesucristo: 'No sólo de pan vive el hombre...'»

Celebraron todos esta nueva interpretación de las Sagradas Escrituras.

-«Su cálculo significa unos quinientos mil por barba», agregó Javier Aguirre. «Eso es poco... Es casi nada con el cambio a nueve. Yo subo la dote a dos millones...»

-«¡Otra te pego!», dijo a su turno Leopoldo Ruiz. «No es nada lo del ojo... Dos millones... Con esos quereres cualquiera niña le dirá a uno: 'Adiós, que me voy llorando y te dejo...'»

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«Pues yo sólo me casaré cuando se arregle matrimonio por tiempo limitado, como los nuevos medidores de la compañía de gas», observó Polo Sánchez bebiéndose un cocktail.

«¡'Senador' date a preso...», gritó Leopoldo Ruiz, golpeando el hombro de Peñalver... «Más fácil que casarse es ir a tomar frutillas a Renca...»

Aludía Ruiz al cuento, de todos conocido, de cierta joven que se había fugado de la casa paterna en compañía de un dependiente de tienda. Sorprendida en Renca, por la justicia, contestó que se había ido a ese lugar, junto con su raptor, «a comer frutillas» que tanto abundan por esos parajes y son sabrosas.

Julio Menéndez arrojó sapos y culebras en contra del matrimonio. «Casi todos los que él conocía estaban mal avenidos; marido y mujer andaban como el perro y el gato. Era todo hipocresía y disimulación; los que se arañan dentro, al lado de afuera de la puerta se besaban casi, para que la gente les viera. Todo era engaño, farsa y mentira...» Citó luego casos, sacó nombres a relucir...

Ángel escuchaba en silencio, poniéndose rojo como tomate, la vena de la frente se le hinchaba, mientras Menéndez continuaba su plancha, sin darse cuenta, con gran aplomo. Pero Heredia, que se contenía a duras penas, dio una gran voz, interrumpiéndole groseramente: «Eso es una estupidez», dijo, y movía los brazos violentamente, metiéndole al otro los dedos por los ojos. «Es una mentira... ¿De dónde saca Ud. que todos los matrimonios andan tan mal avenidos?... ¿De dónde?... ¿Por qué no han de ser las mujeres virtuosas y los hombres honrados? Estoy hasta aquí... de mentiras y de calumnias; vivimos perpetuamente desacreditándonos y amargándonos   —179→   la vida, devorándonos unos a otros como los caníbales... Esto ya no se puede tolerar...»; y al pronunciar estas últimas palabras dio un gran golpe en la mesa con el puño. Su voz había subido el diapasón, sin que él mismo lo notara, y en las mesas vecinas se había formado gran silencio. Julio Menéndez, pálido como un mantel, se puso de pie, oyéndose con sonido lúgubre el arrastrar de la silla por el piso. Los corazones palpitaban, la escena iba a concluir a botellazos. Los amigos intervinieron, hablando todos a un tiempo. Estaban estupefactos de la salida de Ángel sin venir a cuento y de aquella explosión formidable y súbita. Diéronle explicaciones, si nadie quería ofenderle. Luego todo se tranquilizó, destapándose «un frasco de Champaña»...

En los pasillos se hablaba ya de duelo, contándose historias de desafíos; se recordaba uno que cuatro años antes estuvo a punto de costar la vida a un general. Momentos después comenzaba el gran match de billa, en el salón central de billares, y nadie se acordaba ya de lo ocurrido.

Ángel Heredia, con el cuello del gabán alzado se retiraba a su casa cuando vio salir al Doctor Pascual Ortiz, a quien se acercó, saludándole amablemente. Seguían el mismo camino, calle Huérfanos abajo. ¿Por qué no se irían juntos? Era Ortiz joven pobre y bastante inteligente. Su lucha por la vida había sido extremadamente ruda. Amigo, en otro tiempo, de Ito García, de Antonio Fernández, y del grupo de jóvenes elegantes de la generación anterior, aun cuando no había figurado en la misma sociedad, la conocía a fondo, por las facilidades especiales que la profesión procura a ciertos médicos; vislumbraba el mundo de miserias, de rivalidades, de envidias, de   —180→   odios, de ambiciones, de vanidades, de pobreza dorada, de lujo de oropel. Más de una vez, tomándole por cobrador, le negaban la presencia del enfermo a quien iba a visitar, o bien tenía que dejar dinero para medicinas en casas al parecer acomodadas. Tal conocimiento de la vida lo puso misántropo. No dejó de extrañarle, siendo agudo y observador como era, la amabilidad desusada de Heredia. Aceptó, no obstante, con la debida cortesía, las obsequiosidades y la compañía de Ángel que le alargaba un cigarro puro; prendieron y echaron a andar por la calle de Huérfanos abajo. Ángel hablaba exageradamente de su amor por los animales, en especial por caballos y perros; el doctor, que no entendía gran cosa de sport, asentía amablemente con la cabeza, experimentando cierta sensación no razonada de vanidad en tratar de estas materias, de las cuales se había burlado tantas veces y que ahora se le presentaban, por una asociación de ideas, con todo el prestigio del gran tono, de vida ociosa y elegante. Heredia, con el puño de plata de su bastón en alto, el sombrero echado atrás, y el tono convencido, hablaba de su pasión por una perrita fox-terrier que le habían regalado, y era tal su mala estrella que, según le acababan de asegurar, estaba loca. Por eso, con pena profunda, resuelto a matarla, había cogido su revólver, pero no había tenido coraje para ultimarla. -«Quisiera hacerla morir de un modo humanitario, sin dolores, ni sufrimientos... ¿No existe algún veneno que destruya en esa forma?...» El doctor reflexionaba. El arsénico era brutal, así como el fósforo... Una inyección de cocaína sería eficaz, en regular dosis. El cianuro de potasa era, también, un veneno extraordinariamente activo, y tenía la peculiaridad de no dejar huellas en   —181→   las vísceras. Pasados unos pocos días desaparecía enteramente. La atropina y la digitalina eran lo mejor. Y luego se puso a disertar sobre los nuevos y terribles tóxicos descubiertos por los químicos últimamente. Ahora se sabía, de fijo, la composición del célebre veneno de los Borgia, incoloro e insaboro como el agua, que no dejaba rastro ni huellas y que consumía lentamente a una persona, disecándola, momificándola, destruyéndola como una enfermedad desconocida.

Heredia le escuchaba con vivísima atención, sin perder palabra. Un velo transparente de neblina se arrastraba por las calles envolviendo los focos de luz eléctrica en nimbos pálidos como de luz de luna. Las aceras se habían humedecido, tomando color negruzco, y en la calle silenciosa resonaban la voz del doctor y el sonido de sus tacos. De repente se detuvo, y en son de broma, dijo, con su voz cavernosa, a Heredia: «Pero hombre, ¿qué piensa Ud. matar alguna persona?» Éste soltó una carcajada sonora y le estrechó las manos efusivamente. Acababan de llegar a la esquina de San Martín.



  —182→  

ArribaAbajo- VII -

La comida anunciada, desde hacía una quincena, en casa de Marta Liniers de García, debía figurar entre los acontecimientos del pequeño gran mundo santiaguino. «Paco», su marido, tenía fama de gastrónomo eminente, de eximio catador de vinos, y de autor sin rival de minutas de banquete. Inútil para las cosas serias de la vida, incapaz de comprender esos problemas ardientes de la sociedad moderna, había gastado su fortuna en comer, en Londres, donde había residido muchos años, en compañía de damas de nombre y de fortuna considerable o de sus hijos, quienes le hacían el alto honor de pedirle prestado un dinero que jamás le devolvían. En cambio, a Paco se le llenaba la boca nombrando con unción casi mística a Lady Avendale o a la Marquesa de Dunmore. Era loco por el sport, y había pagado cincuenta libras esterlinas, en remate, por la huasca del famoso jockey Max Oliphant. Así derrochó cerca de un millón de pesos, casándose, en seguida, con Marta, a quien deslumbraban las corbatas, los chalecos, las levitas y hasta el lenguaje de su marido que en cinco   —183→   minutos metía en la conversación los nombres de un par de lores, de dos millonarios y hasta el de don Mariano y el Presidente, concluyendo la enumeración con los pedigrees de los últimos ganadores en las carreras. Pero en materia culinaria, su autoridad era inapelable. Como detalle de importancia capital, decían en el Club, que los mozos servirían la comida de librea violeta y de calzón corto y zapato con hebilla. Se comentaba, con viveza, el nombre y calidad de los invitados, los trajes que llevarían las señoras; extrañábase que se hubiera invitado a fulano y no a mengano. Circulaban cuentecillos, chismes de toda especie; referíase que Paco García andaba preguntando a la gente, en el Club, si había visto a Pepe Belmar, con quien debía tratar un asunto culinario, sin darse cuenta de cómo se murmuraban historias, dándole por amante de su mujer. Pero Paco no podía resolver ningún detalle sin consultarlo. Por su parte, Belmar le había ofrecido regalarle todas las orquídeas de la mesa. «¡Qué diablos! Con algo había de contribuir...», exclamaba Javier Aguirre.

-«El matrimonio, amigo mío, le contestó Peñalver, según ha dicho alguien que no recuerdo, es una cruz..., y tan pesada, que para llevarla se necesitan dos..., y a veces tres. Ahí tiene Ud. la razón de por qué yo no me he casado a la edad de treinta y pico...»

-«De sesenta...»

-«No; de dos veces treinta...»

El día de la comida fue acontecimiento memorable. Estaba la escalera adornada de plantas, de sicas, bambúes y palmas; el pasamanos cubierto de enredaderas de copihues que destacaban sus delicadas flores encarnadas, de brillo de cera, sobre el fondo verde y reluciente de sus hojas... Paco García andaba en la   —184→   gloria, ocupado hasta en los más ínfimos detalles de etiqueta, en la cual ponía todo su amor propio. Nadie le igualaba en materia de minutas, como decía Ruiz, o de menú, como llamaba Magda. Poseía ciertas recetas especiales, como la de una sopa de ostras y tortuga en leche, un postre de plátanos asados y pasados por miel, y había hecho viaje a Lima para comer, en compañía de su tío José Francisco, la «sopa teológica» cuyo secreto conservan, desde hace un siglo, las descendientes de cocineras de Virreyes. Esto, sobre todo, entusiasmaba a Paco: el comerse lo que había paladeado, un siglo antes, el jefe supremo de las colonias españolas. Y como suspiraba, recordando las marquesas y condesas en cuya compañía había comido en el Carlton y el Savoy de Londres y en los grandes Restaurants de Picadilly; esos platos inolvidables constituían el orgullo de su vida. Tal emoción, para él, sólo era comparable con la que le había producido la entrevista con su Santidad el Papa León XIII, quien le había concedido el honor insigne de audiencia especial, en compañía de la colonia chilena. Paco, por su fortuna y su elevada posición, recibió el encargo de hablar en nombre de todos, pues en Chile, para las representaciones colectivas, se prefiere a los hombres adinerados sobre los inteligentes. Mas en la presencia augusta del Jefe de la Iglesia, delgado, fino, vestido de blanco, imponente, el joven García perdió los estribos, comenzando su speech de esta manera... «Santo Padre: Yo viaggio con cuatro domestici e cinque bambini...» Al pronunciar tales palabras se le agotó la inspiración, y el discurso se hizo clásico. Esto no obstante, Paco mantuvo, a la vuelta, su prestigio de hombre de tono. Ahora se encontraba tan ocupado como en días de procesión, cuando estaban a punto de   —185→   salir las andas de la Iglesia. Iba y venía, como ardilla; examinaba las libreas de los sirvientes, con todos sus botones y zapatos; el arreglo de flores en la mesa, sobre la fina tela de seda y encajes llamada chemin de table; probaba personalmente el «punch a la romaine» y los vinos; levantaba esta flor, enderezaba aquella vela en su candelabro Luis XV, arreglaba tal cuadro. Y por uno de esos detalles cómicos de la vida santiaguina, al cochero francés le había transformado en «maitre d'hotel» echándole al cuello una cadena plateada.

A pesar de eso, el conjunto resultaba verdaderamente elegante y de gusto, el arreglo de flores bien hecho, todo sobrio, el servicio silencioso y preciso, los lacayos en su puesto, el vestuario con sus números y servidores listos, despojaba de sus abrigos a los invitados. A cada instante resonaba el estrépito de tronco súbitamente detenido, de portezuela que se cierra de golpe, acompañado del destello luminoso de los faroles niquelados; y cruzaban rápidamente las señoras envueltas en pieles, mostrando los encajes de las enaguas al recoger la falda para subir la escalera. Marta, elegantísima, vestida de terciopelo violeta bordado de plata, recibía de pie, en el vestíbulo, en compañía de Paco García, con los bigotes cortados a lo Roosevelt, y un cuello tan alto y tan tieso que estaba a punto de estrangularlo, pero, con esto, y gran posesión de sí mismo, él se tenía por un Conde d'Orsay.

En casa de Sandoval se alistaban para la comida. Gabriela recibió los últimos toques. El peluquero compuso pequeños detalles, alzando crespos, desprendiendo ondas, y se colocó a distancia, mientras la modista arreglaba prendidos de lazos en el escote.   —186→   La joven estaba elegantísima con su traje de seda lila que ceñía, como estuche, sus formas llenas, la morbidez de sus caderas, las turgencias de su seno, la línea esbelta de su talle. Las mangas eran cortas y terminaban en ondas de encajes que caían sobre el larguísimo guante blanco, terso y fresco. Su mano, larga y delgada, recogía la falda del vestido, con lo cual se diseñaba, nítida, su pierna escultural. Era la belleza opulenta y cálida de una flor de conservatorio, de color blanco mate y de tez azulada en su transparencia enfermiza y exangüe.

Pepa Alvareda la contemplaba con admiración: «Estás adorable, mi linda; pareces una diosa... Todos los hombres deberían adorarte de rodillas...» Manuelita Vásquez se acercó, besándola y abrazándola: «Eres ideal...»

-«¡Cuidado con despeinarla!», gritó Magda que esperaba ya lista, contra su costumbre. También asistía a la comida de Marta. Las amigas y primas las ayudaban en los últimos arreglos. Sacaron de su estuche el collar de perlas, de gran valor, colocándolo suavemente sobre la garganta de Gabriela; pusiéronle, prendida en el pelo, a un lado, la pequeña corona Condal, de perlas con brillantes, hereditaria en la familia; cubriéronla con capa de capucha de encajes, y se dio la señal de partida.

Ángel, en compañía de Sanders y de Javier Aguirre, esperaba en el saloncito, fumando cigarrillos Maryland y charlando sobre el asunto del día, la caída del Ministerio. El reloj señalaba las ocho. Al ver a las señoras, todos se pusieron en movimiento. El joven divisó una carta en el piso del vestíbulo, y se agachó para recogerla: «Espérame en el coche, que te alcanzo», dijo a Gabriela, y se detuvo un segundo.

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La carta estaba escrita a máquina y era anónima: «Abre bien los ojos, Ángel, le decía, y mira. ¿Que te has puesto demente o ciego? Tu mujer te engaña. Está enamorada de Leopoldo Ruiz. Ayer, a las seis, se vieron en el Cerro Santa Lucía; el lunes, a las cuatro, en la Quinta Normal. En el teatro, se sientan juntos y conversan la noche entera... Sólo tú ignoras lo que sabe todo Santiago. Una amiga.» El primer impulso del joven fue arrugar la infame misiva, arrojarla sobre el piso de mármol, y patearla; pero en seguida la recogió, la desarrugó y la introdujo en el bolsillo del frac. Gabriela esperaba en el cupé. Ángel abrió la portezuela, cerrola violentamente, y el carruaje partió con la suavidad de las ruedas enllantadas y el trote regular de los caballos hackneys.

-«¿Qué tienes?», preguntó con timidez Gabriela.

Reinó, entre ambos, silencio pesado. Ella presentía algo ignorado y angustioso; la oprimió la congoja de la terrible situación ya diseñada entre ambos y agravada, pero llegada ya a la crisis. Y esto hacía latir su corazón con el desorden loco de los grandes miedos, y helarse las gotas de sudor en su frente, mientras, por una extraña ley fisiológica, su pulso se debilitaba.

-«¿Estuviste el lunes en el Santa Lucía?», preguntó secamente Ángel.

-«Sí...»

-«¿Y por qué no me habías dicho nada?»

Gabriela calló.

-«¿Estuviste sola?»

-«No, con Magda».

-«¿Y nadie más?»

-«Allá se juntaron con nosotras... César Elduayen y Leopoldo Ruiz». Gabriela se había estremecido   —188→   y su voz se perturbaba visiblemente. Era que desaprobaba aquellas citas dadas por Magda, ignorándolo ella. Ahora sentía la complicidad de tales citas, y la conciencia de su responsabilidad, que en este momento se le aparecía clara, llenábala de inesperada turbación.

-«¿Estuviste el lunes en la Quinta Normal?... ¿Con quiénes?...», preguntó Ángel con esa voz blanca, incolora, que infunde tanto terror a las mujeres.

-«Sí...», contestó Gabriela, sintiendo que la voz se anudaba en su garganta... «Con los mismos». Perdía la cabeza, estaba confundida, y a pesar de ser inocente, se sentía culpable por la forma y el tono en que se desarrollaba el cruel interrogatorio de su marido. Luego quiso dar explicaciones, mas él se las cortó con gesto autoritario, sin murmurar palabra, de modo brutal. Ángel experimentaba súbito ardor en la cara, pues la sangre se le subía a la cabeza; sentíase dominado por una cólera irreflexiva, con deseos de romper los cristales, de golpearla, de ejecutar actos de irrazonada destrucción. No eran celos; había conservado el fondo de conciencia de sí mismo, y bien veía que ya no la amaba. Pero sentía renacer, dentro de sí, vanidad desmedida; era todo el orgullo de raza de los Heredia, impetuoso y altanero, como en los tiempos en que sus abuelos vistieron coraza para luchar en contra de moros españoles y de los indios araucanos; era el sentimiento de sorpresa indignada al ver su nombre, junto con el de su mujer, puesto en la picota del escándalo, arrojado a los cuatro vientos, en vergonzosa revoltura con otros nombres conocidos de él, y salpicados de lodo y de ridículo. No se paraba a considerar si Gabriela era o no era culpable; bastábale con que la gente lo creyera, y con que ella,   —189→   por ligerezas de conducta, diera motivo a infames habladurías. Le había entregado su nombre para que lo mantuviera sin sombra de sospecha, como la mujer de César; no le había dado un nombre cualquiera, sino uno de los más conocidos de Santiago, de pura sangre azul por sus cuatro costados. Y ella lo dejaba caer en el lodazal, exponiéndolo a esos anónimos, a las murmuraciones de vividores y de mujeres que disimulan o creen ocultar sus faltas propalando las ajenas... Y cerrando los ojos parecíale ver a Carmen Velarde o a Pilar García, sonriendo para mostrar los dientes menudos y bajando el tono para contar, con risita melosa y a media voz, la historia de las citas de Gabriela Sandoval, y cómo las virtudes más estiradas tienen fragilidades y caídas...

El carruaje se detuvo un instante, en la calle de San Martín, ante un tranvía eléctrico al cual se le había cortado la corriente. La súbita detención le hizo saltar, de tal manera se habían excitado sus nervios.

¿Y si en realidad Gabriela fuese culpable? ¿Acaso no existía, entre ellos, sentimientos insoportables y latentes de odio, corrientes de hostilidad muda, reveladas, en todo, en tanto que las leyes, la religión y la sociedad les obligaban a mantenerse pública, legal y socialmente unidos en aquel infierno? ¿No era acaso lo humano, lo natural y lógico, lo fatal que ella buscara por instinto el amor en otro? ¿Acaso no estaba mirando en todas partes el funcionamiento seguro y fijo de las leyes de la especie, de afinidades y de repulsiones, de oscuros instintos sexuales que obraban tan seguramente como el imán sobre el hierro? Esas desconocidas atracciones de carne y de sangre y de nervios se ejercían a pesar de tenaces y desesperadas resistencias morales de algunos, de sublevaciones íntimas   —190→   de ideal, de protestas, de sentimiento arraigado por la adulación, y así venía el naufragio de sólidas virtudes que de repente desfallecían y se entregaban. Al llegar a este punto, Ángel tuvo, en la imaginación, la visión precisa y brutal, la visión física de la traición de Gabriela, y le produjo tal impresión de repugnancia y de protesta indignada que dobló la caña del bastón hasta romperla. El ruido seco de la madera quebrada le hizo volver en sí...

El coche se había detenido cerca de la puerta de Marta y ocupó el puesto que dejaba un americano. La gran mampara de calle se encontraba con ambas hojas abiertas de par en par. Habíase extendido una alfombra, a través de la acera, hasta el pie de los carruajes. La escalera, brillantemente iluminada y el vestíbulo cubierto de plantas junto a las cuales esperaban, rectos e inmóviles, lacayos de calzón corto, ofrecían perspectiva de verdura y de alegría un tanto estrepitosa. Ángel descendió primero del carruaje, extendió su mano sobre la cual se apoyó ligeramente la manecita enguantada de blanco de Gabriela, y le ofreció el brazo con las maneras elegantes y sueltas de marido de buen tono, discretamente cariñoso en público. Subieron lentamente, sin apuro, dando tiempo a que se disipara el ligero castañeteo de los dientes de la joven que reaccionaba poderosamente para dominar sus emociones.

-«Así me gusta la gente...: amorosa y tierna como un par de pichones», dijo una voz de barítono gastado, a sus espaldas -«y no como esos matrimonios del día que parecen perros y gatos que se arañan...»

La joven, al volverse, vio la cabeza blanca de su tío don Pablo Sandoval, muy afeitado, correcto y elegante.

  —191→  

-«¿Cómo está, tío?... ¿Tanto bueno por acá?...»

Y subieron juntos, charlando animadamente los tres, como si nada hubiera sucedido. Don Pablo Sandoval, como las personas que se sienten felices y rebosan dicha, aun al través de contrariedades y pobrezas, todo lo veía de color de rosa, y se reprochaba interiormente el haber pensado mal de Ángel y de su matrimonio. Le encontraba especialmente simpático ese día; su terquedad era cosa de buen tono. «No me den esos hombres almibarados, decía para su interior, ni esos todo miel por fuera: los prefiero secos y sinceros como Ángel, hombres de veras, capaces de dar de trompones y de balazos, pero también de alargar la mano a los amigos». Y pensó, con este motivo, en que bien podría pedirle su fianza más tarde para un negocio entre manos, con lo cual redobló su amabilidad con la pareja.

Marta, en lo alto de la escalera, recibió a Gabriela con un brazo; la encontraba pálida, pero muy hermosa, era Venus. Sí, estaba un tanto enferma, y hasta se había sentido mal en el camino, pero había venido porque no quería dejar hueco en su mesa. Las voces bien timbradas y agradables de las jóvenes se perdieron en el corredor, mientras se dirigían a la pieza de señoras. Ángel entregó su abrigo, en cambio de su número, al sirviente, y penetró al saloncillo en donde fumaban los hombres cigarrillos egipcios en medio de animada charla. Del fondo de las otras salas llegaban acordes de la Polonesa de Chopin. Una atmósfera tibia, de conservatorio, saturada de ámbar, producía una sensación que dilataba los nervios con algo agradable e indefinido de confianza, de lujo y de refinamiento, de bienestar que provocaba la charla.

  —192→  

Leopoldo se adelantó hacía ella con la faz sonriente; sus dientes albos relucían por el contraste con su barba negra y cuidada, en punta, y sus ojos verdes reflejaban ese contento desbordado del bienestar en la vida, la salud exuberante de existencia campestre. Experimentaba la misma emoción particular cada vez que se encontraba con Gabriela. Ésta le recibió secamente, impresionada y vibrante con la escena del carruaje, y cuando la ofreció el brazo para entrar al salón, se negó con un gesto, sin palabras, ni explicaciones. Leopoldo Ruiz estaba herido; la expresión de su fisonomía cambió al instante, poniéndose intensamente pálida y se inclinó con los ojos bajos y los dientes apretados, golpeándose contra el marco de la puerta para darle paso. Ángel, detrás de ella, observaba todo eso, y cuando Leopoldo se acercó a él, sólo recibió dos dedos alargados con indiferencia desdeñosa: era que en todo cuanto ahora observaba creía ver síntomas que confirmaban la verdad del denuncio anónimo. Su alma, atormentada por la vanidad herida, sentía esa forma especial de los celos que consiste en la ira del dueño y señor, en la cólera del propietario que ve sus heredades invadidas por un intruso; los instintos de la especie y del sexo estaban demasiado latentes en su naturaleza poderosa para no dar un sobresalto de animal herido. Y mientras, en lo íntimo, en lo más delicado de su ser, surgía Nelly como en apoteosis -bella, radiante de fascinaciones, enamorada, enloquecida de él, elegantísima, añadiendo las frivolidades y refinamientos del mundo al despertar de ignoradas sensaciones-, experimentaba la fuerza del contraste con esta nueva situación, inesperada del todo, que le llevaba al despeñadero del desprestigio en el lodazal en que se hundía Gabriela.   —193→   Porque Gabriela, a sus ojos, se comprometía más y más; ya leía en su alma las vacilaciones de amores inconfesables, y tomaba nota de la honda emoción de Leopoldo Ruiz, y esa emoción había sido, en realidad, tan intensa, que el pobre, poco avezado a las artes mundanas del disimulo, revelaba, al desnudo, cuanto se desbordaba de tribulaciones en su ser.

La orquesta tocaba el preludio del vals Quand l'amour meurt, de Granger. La dueña de casa se acercó a cada caballero, dándole una tarjeta con el nombre de la señora a quien debía dar el brazo para llevarla al comedor. El «Senador» llegaba el último, pedía disculpas, y para excusarse refería que se había atrasado con motivo de un duelo concertado entre dos Congresales, e interrumpido por la policía en el momento en que los adversarios llegaban al terreno.

Peñalver, apoyado en la chimenea de mármol rosa, refería los detalles del escándalo parlamentario, insinuaba delante de las señoras, en términos de salón, unos insultos muy soeces que se habían cruzado. Su fisonomía expresiva de fauno, de larga barba nazarena, blanqueada a patacones, y su gran nariz, emergían al lado de un florerito de plata cincelada en el cual se alzaban los tallos elegantes y las hojas de cera violeta pálida de unas orquídeas. El «Senador» embellecía el incidente, poniendo en boca de los personajes insultos feroces que él expresaba por medio de perífrasis cultas que hicieron reír a los asistentes. Un círculo de señoras le había rodeado, pero él continuaba refiriéndolo todo, sin omitir detalle ni concepto, en forma irreprochable de corrección mundana. Una viuda, vestida de terciopelo morado, le ponía los «impertinentes», aplicándose los vidrios de largo mango de carey a sus ojos ligeramente fruncidos: «Picaronazo...,   —194→   y qué bien cuenta sus barbaridades...» -«Señora, no hay más que taparse los oídos cuando yo hablo...» -«Y la cara cuando Ud. mira...», añadió ella.

Un sirviente, abriendo ambas hojas de la puerta, pronunciaba, en francés, las palabras sacramentales: «Madame, le diner est servi...» Los caballeros buscaban a las señoras a quienes debían acompañar. Leopoldo Ruiz leía en la suya, que acababan de darle, el nombre de Gabriela Sandoval de Heredia, escrito con hermosa letra inglesa. Y se pusieron en movimiento al través de la ancha galería vidriada, entre plantas de helechos de Juan Fernández, cuyas grandes hojas parecían encajes iluminados con luz eléctrica. Era un rumor de finas pisadas de mujer rozando con sus tacones el parquet, de sedas que crujían, de voces cristalinas, de leves risas contenidas detrás del abanico, de voces graves de hombre y los ladridos del perrillo japonés de Marta que llevaba un sirviente al interior.

Después del rumor de sillas arrastradas por el parquet, y de buscar sus asientos, sentáronse todos. Comían las ostras, mientras los mozos servían el Jerez, en medio del silencio general de los invitados. La cosa comenzaba un tanto fría, pues los fraques violetas y el calzón corto de la servidumbre, desusados en las costumbres santiaguinas, causaban, en algunos, cierta sensación molesta de estiramiento. Javier Aguirre encontraba aquello como de comedia, pero no lo decía. La orquesta comenzaba un pizzicato: Emilio Sanders se inclinó al oído de su compañera. Había oído, esa misma música, en matrimonio, hacía quince días, y en misa de entierro hacía ocho: lo que va de ayer a hoy... Junto con los compases cadenciosos de   —195→   la orquesta, oíase rumor de ostras que caían en los platos, sobre los cuales brillaban los tenedorcillos de tres dientes, y el «maitre d'hotel» servía personalmente un «Chateau Iquem de 1874». Abel Rosales, sentado a la derecha de Olga Sánchez, lucía su calva aristocrática, su fino perfil un tanto enjuto, y entornando los ojos se inclinaba al oído de Marta Liniers, sonriente y amable, como quien se prepara a decir una galantería: -«Exquisito el Iquem, exquisito..., capaz de resucitar un muerto...», le dijo entornando los ojos. «Este Paco García, su marido, es mucho 'peine'... Ahora nadie sabe preparar un 'menú', sólo él se las vale...» Y agregó Rosales, con gesto de displicencia aristocrática: «Es que todo anda tan perdido, hijita...»

En toda otra circunstancia, Gabriela se hubiera sonreído al escuchar la fraseología tan personal de Rosales, mas no se encontraba para bromas. Sentía sobre sí los ojos de su marido, quemantes y escrutadores, clavados en ella. Era una especie de magnetismo el que se desprendía de su mirada perturbadora, produciéndole indecible malestar íntimo y hasta una especie de mareo físico próximo al vértigo. Y en su extraña turbación, sin darse cuenta de lo que hacía, se volvió a su compañero de mesa, a Leopoldo Ruiz, diciéndole con enervamiento, en voz baja: «Hábleme, por Dios, de cualquier cosa, más tarde le diré por qué lo pido...» El joven se sintió sobrecogido de estupor, hasta llegó a creer, en un principio, que Gabriela se hallara enajenada; mas luego, siguiendo la dirección de sus ojos, encontrose con la mirada de Ángel, y adivinó, instintivamente, uno de esos dramas íntimos que pocas veces se dejan ver al descubierto. Al sentarse a la mesa estaba profundamente herido   —196→   con la actitud que tanto Ángel como Gabriela tomaron para saludarle; su alma había sufrido profunda herida de vanidad y su delicadeza íntima, ajamiento rudo. Ahora comprendía, lo penetraba todo de una ojeada. Esa honda compasión que había removido sus entrañas, en el año último, cuando supo, en sus detalles, el drama íntimo de Gabriela, renacía, y de su corazón iban cayendo las cenizas encubridoras del cariño inconfesado, de la ternura profunda, del amor sin esperanza que tiembla hasta con su propio nombre, que de todo se asusta. Obedeció la orden de Gabriela, sin vacilar, ni discutir, y se puso a decirle, en voz alta, una serie de vulgaridades insustanciales. Habló del tiempo, de las cosechas, del mal que hacían las heladas a las viñas, y de los humazos hasta el día de Todos los Santos; de caballos hackneys e Yorkshire; de pulmonías, de corrientes de aire y de braseros, de una receta infalible para curar dolores de cabeza, del encarecimiento de los artículos de consumo... Y cuando callaba, notaba en la actitud nerviosa de Gabriela y en el aparente interés con que ella la escuchaba, como una orden de seguir, de hablar siempre, y obedecía. ¡Cosa extraña!, para tratar ese cúmulo de asuntos baladíes, vulgares, o ínfimos, tomaba tono cariñoso, palpitante, casi emocionado, humilde, y empleaba notas de barítono que conmovían a Gabriela, en su insignificancia, como si hubieran sido suspiros de amor. En realidad, la mirada perseguidora de Ángel, le hacía perder la cabeza, en un vértigo, la llevaba a lo ilógico, a la contradicción de su actitud moral. La indignación producida en ella, dentro del coche, al oír de boca de su marido la infame calumnia que asociaba su nombre al de Ruiz, había tomado tal forma, que al verle, a la entrada del salón, no pudo contener   —197→   un movimiento nervioso de repulsión que no era sino forma de la protesta de su alma, y había estado con él extremadamente dura y terca. Mas al ver el efecto producido en aquel infeliz, inocente de toda culpa, irresponsable de la calumnia, había sentido remordimientos. La mano del destino les colocaba nuevamente el uno al lado del otro, y había reaccionado, queriendo, con delicadeza, borrar la impresión de ofensa injusta. Los ojos de su marido la perseguían, la acosaban, se clavaban sobre su alma, se cebaban en su honra, parecían repetirle esa acusación; y para evitar esa obsesión insoportable había pedido a su compañero que le conversara, y precisamente a Leopoldo, al supuesto amante. Había, en eso, toda la falta de lógica, la inconsecuencia horrible que suele existir, en ciertos momentos, en la conducta humana, sujeta a perturbaciones y a nerviosidades que mueven a ejecutar cosas enteramente ajenas al carácter y a la situación o al temperamento.

La animación de los convidados era general. La orquesta tocaba la Geisha, y el «sommelier» servía el «Mouton-Rotschild» tibio, en su cesta de mimbre, como en los restaurants parisienses. Los rostros de los hombres aparecían congestionados, se hablaba un poco más fuerte y la alegría discreta, de buen tono, sin carcajadas estrepitosas se mantenía al nivel de la casa.

En los extremos de la mesa había dos hermosísimos candelabros antiguos, de plata, que representaban niños desnudos en vendimia; rojas flores de copihue colgaban de sus ramas, con entonaciones de carne, de sangre y de cera. Y bastaban esas hermosísimas piezas para dar aire de dignidad antigua, pedigree, a esas fisonomías de bellezas jóvenes y frágiles vestidas   —198→   de seda clara, y a las caras exangües, ligeramente coloreadas por los vinos, de algunos vividores.

Las miradas de Gabriela iban de los candelabros a las flores, se paseaban por los artesonados del techo, por las tapicerías d'Atibisson de las murallas que representaban una escena de caza, en fondo verde, por las pecheras y corbatas blancas de los invitados, por los brillantes y perlas de las señoras -y no veían sino manchas semi-coloridas y confusas, desleídas en la angustia de su alma bajo la sugestión perseguidora de las miradas de su marido. Eran ojos negros, de siniestro destello, que le parecía preñado de acusaciones y de cargos que la atormentaban y la acosaban -y en la línea espesa de su bigote negro y de sus labios apretados sentía la decisión de las resoluciones crueles e inapelables.

El mozo, en ese instante, pasaba otro guiso; la joven se sirvió maquinalmente y se puso a comer, sin saber lo que hacía, mientras, a su lado, Leopoldo le hablaba sin cesar, sin que ella le escuchara, a pesar de que le miraba sonriendo. Abel Rosales, frente a ella, con gesto suelto del índice expresaba el refinado sabor del «supréme de volaille» que sólo sabía apreciar su amigo don Justo Donoso.

Ángel conversaba con Marta Liniers y tocaban un punto delicado, por casualidad. Tratábase de los amores ocultos de la vida santiaguina; el joven sostenía la tesis de la discreción mundana y Marta, acaso llevada del espíritu de contradicción, o arrastrada por la paradoja, se puso a referirle casos de damas altamente colocadas y modelos de matronas, de seriedad clásica y consagrada, que habían tenido sus aventuras de marca mayor, ignoradas del mundo y sobre todo de sus maridos. Mientras a unas desgraciadas   —199→   se las aplasta por cualquier cosa, a otras pecadoras, decía ella, se las deja presentarse triunfantes en los salones, respetadas de todos, aplaudidas por su virtud que no es sino un vicio ignorado. Y sobre semejante peligroso tema encajaba multitud de cosas, detalles y anécdotas que Ángel escuchaba con ansiedad malsana, aplicándolas a su propia situación, viendo alusiones clarísimas a su caso, tal como lo señalaba el anónimo, dando por sentado, en su interior, que todo el mundo lo conocía. Y era tal el estado de su alma, que, junto con recibir la sensación aguda de herida en cada palabra de Marta, quería prolongar voluntariamente su propio suplicio, apretar la cadena que le estrangulaba clavándole sus púas, y anhelaba saber más, sufrir más con aquello. La mirada de sus ojos negros se clavaba en Gabriela, y la perseguía, sintiendo que ella quería escaparse. Luego veía el prolongado diálogo a media voz, el incesante hablar de Leopoldo, y sentía, en él, esa sumisión absoluta del que se ha entregado y deja de ser persona para ser un siervo de amor. Aun la actitud de su mujer, escuchándole con los ojos bajos, le parecía signo evidente de complicidad. ¿Y qué decir de la palpitación del ala de su nariz y del leve, casi imperceptible, temblor de su barba? Para él, que la conocía tanto, eran señales evidentes, innegables, de emoción poderosa, del sentimiento de amor compartido, de pasión vencedora que ya se revela y arroja la máscara en presencia del mundo, en uno de esos movimientos irresistibles. Y mientras escuchaba a Marta, con actitud política, sus nervios, en tensión ya horrible, parecían vibrar todos a un tiempo, y sus ideas tomaban fijeza espantosa, presentándole, en la imaginación, lo que había comenzado de mera sospecha, y sobresalto del anónimo,   —200→   convertido ahora en hecho consumado. Le parecía evidente que Leopoldo y su mujer se amaban, que eran cómplices en uno de esos dramas ocultos de que hablaba Marta, y lo veía todo con precisión brutal. Hasta sentía y daba como hechos y aplicados a su caso los detalles de otras aventuras galantes y vulgares: el coche de alquiler, la casita de mala muerte y peor catadura... En su excitación nerviosa creía hasta escuchar el rumor de bajos de seda y broches de corsé que crujen. El verla tan soberbiamente hermosa -el sentir, en Gabriela, esa misma expresión de soberana belleza que le había dado Nelly- llegó a producirle sensación intolerable y quemante de angustia, pues las asociaciones involuntarias de ideas despertaban en el fondo obscuro del hombre la sensación exclusivista del dominio, confundiendo, en ese instante, en uno sólo, el recuerdo sensual del amor pasado con la tiranía del amor presente.

Ángel comenzaba a sentir el zumbar de los oídos y la mirada turbia. El vino francés, tan delicado que lo bebemos sin sentir, aumentaba su exaltación nerviosa y el doloroso don de visión imaginativa que le dominaba en ciertos instantes. Veía el amor, asociado a la idea de la muerte, como dos ideas que se completaban mutuamente en el curso natural de las cosas y ya el valor de la vida humana -de la suya y de la ajena- iba disminuyendo insensiblemente, a su vista, hasta el punto de borrarse. El instinto de la destrucción, necesario e inevitable como solución impuesta por la vida. Extraordinaria ansiedad se apoderaba de Ángel, pensando en que con eso quedaría libre y en que le amaba Nelly -estaba completamente seguro de tenerla cogida, sugestionada, entera y absolutamente suya.

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La orquesta ejecutaba el Cake Walk. Un sirviente le pasó una tarjeta y vio, en el extremo opuesto de la mesa, que Félix Alvareda les invitaba, a él y a Gabriela, a beber champagne; ambos aceptaron y sonrieron, inclinándose, vaciando, a medias, el contenido.

Mientras tomaban el café, en el hall, y fumaban log cigarros puros, Javier Aguirre pronunció unas cuantas palabras al oído de Ángel. Su mujer acababa de sentir fatiga en el salón azul, donde conversaban las señoras. Javier se mostraba muy inquieto, de algún tiempo acá notaba en su prima un mal semblante, de color a veces cetrino, otras de palidez transparente. Y como el joven andaba siempre de broma, esto de oírle en serio y con tal ternura, llamó la atención de Ángel.

Gabriela, cuando él llegó, se encontraba recostada en el sofá, intensamente pálida, con círculos azulados en torno de los ojos, y manchas cárdenas en los pómulos. No había perdido el conocimiento, mas, según dijo a Marta, experimentaba en la cabeza una sensación como si fuese a volar, y no sentía los pies, de tal manera se encontraban helados. Pepita Alvareda se los envolvió con un chal, mientras Olga Sánchez le pasaba un pomo minúsculo, de sales inglesas, lindo frasquito de cristal de roca y tapa de plata -lo que produjo extraña impresión en Ángel, mostrándole como la vanidad mundana encuentra fórmulas hasta para esos instantes críticos. Leopoldo, de pie junto a la puerta, se encontraba desconcertado entre la corriente de las diversas emociones que le agitaban y la actitud que le correspondía. Muy pálido, hacía esfuerzos para ocultar su emoción profunda; había comprendido, en la comida, la actitud de Ángel, atribuyéndola a celos furiosos, y esto le había llenado de   —202→   goce íntimo de vanidad satisfecha -si Ángel tenía celos de Gabriela y si a él le recibía con tan marcada hostilidad era porque había sentido en ella el amor latente, el amor oculto y no confesado. Y luego, con cuán honda emoción le había dicho la joven: «Por Dios, Leopoldo, hábleme, hábleme, necesito que me hable...» Era, sin duda, porque así ella sentía físicamente su apoyo moral. Y eso de que el débil busque instintivamente el apoyo del fuerte, en la vida sentimental, ¿qué cosa es sino la corriente del amor que pasa? Y al pensar así, un celeste goce le inundaba el alma devorada de amor no satisfecho. Había sufrido tanto con la desesperación de romperse la cabeza contra los muros de piedra de la inalcanzable, unas veces, nadando, otras, por un mar sin orillas... Y ahora que su corazón palpitaba hasta romperse, dando ya no solamente como posibles, sino como realizados, sus más delirantes ensueños, una angustia le sobrecogía -comenzaba a darse cuenta de que en Gabriela existía junto con la perfección opulenta de la belleza física, el ideal moral que no era posible tocar sin destruirlo. Y luego, durante la comida, en las miradas del marido que pisoteaban, ofendían y apuñalaban a la joven, él veía su corazón manando sangre y se sentía unido estrechamente a ella, comulgando en el dolor de ella, haciéndolo común, con el supremo y ardiente goce de los cristianos en el circo, al sentir el diente de las fieras hincado en sus carnes para libertar y unir sus almas.

Ahora miraba mecánicamente, y vio la entrada de Ángel al salón azul, y cómo se inclinaba respetuoso y tierno, con delicadezas inesperadas, ante Gabriela, conservando el gesto altivo y algo seco, habitual en él, pero templado por algo tan hondamente humano   —203→   y dolorido que a todos impuso respeto. Leopoldo no sabía qué pensar; veía en Ángel otro hombre, enteramente distinto del que había contemplado casi dos horas -y todo lo que acaba de pasar desaparecía de su conciencia como la imagen se borraba en el espejo, sustituida por otra. Ángel, personalmente, fue a buscar las sales a que su mujer estaba acostumbrada, y las cápsulas de fenálgina que Gabriela llevaba siempre en el cupé. Preparó el vaso con gotas de agua de «Carmelitas», y lo pasó a su mujer con el gesto comedido y la mirada «buena» que ella tanto le agradecía. A Gabriela, que le observaba sin mirarle, pareciole que se había equivocado al ver en las miradas de su marido, durante la comida, intenciones que no tenían y reaccionó, súbitamente. Luego sentía un homenaje tan delicado en la manera como su marido le ponía la capa, daba la mantilla, le envolvía el cuello en su boa de pieles, le rectificaba un pliegue, le pasaba los guantes; en la actitud, en las líneas, en el silencio, en la mirada, en lo aterciopelado de la voluntad -que la sonrisa mundana acudió súbita y suelta a su boca de mujer: «Me siento mejor, pero me voy, hijita, para no turbar la fiesta», dijo a Marta, dándole un beso en las mejillas. Se despidió, y al llegar a Leopoldo le pasó unos dedos que sintió helados y flojos. Era que en la reacción de su espíritu lo sentía odioso, cargando a su cuenta lo pasado. Él vio que todas sus ilusiones se desplomaban, y experimentó la sensación física de que las luces girasen junto con los muebles.

Luego sintió la voz de Paco García en sus oídos: «Tu café se ha enfriado... ¿Otra taza...? ¿Un «Monterrey»?

Cuando la esbelta y hermosa figura de Ángel Heredia   —204→   se dibujó en la puerta, envuelto en abrigo de cuello de nutria, puestos los guantes blancos y con la pechera muy alba destacada entre las pieles, ojos intensamente negros, el bigote levantado, la boca fina, la barba imperiosa y varonil, la línea de las cejas casi unida y vigorosamente delineada, experimentaron las mujeres esa especial sensación de la belleza masculina. Y admiraron, luego, la pareja que formaba con Gabriela, de cuerpo mórbido y elevada estatura, de físico tan bien armonizado, al parecer, con el suyo, como si en ambos se completaran las líneas de dos tipos bellos y raros.



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ArribaAbajo- VIII -

Mientras el cupé rodaba suavemente sobre sus llantas de goma, conduciéndoles a su casa, reinaba entre ambos silencio, pero Gabriela ya no se sentía sola. Había desaparecido de su alma esa horrible sensación del interrogatorio de Ángel, al marchar a la comida, y se había borrado, también, la persecución de su mirada perturbadora, quedando eso en su alma, a manera de bruma flotante. Ahora, con mayor frialdad de análisis, sentía regocijo íntimo, inesperada felicidad en los celos que, a su entender, comenzaban a devorar a su marido. Y era que, con el criterio corriente en el mundo, tenía para sí, como articulo de fe mundana, que los celos eran síntoma de amor, y creía que, con esto, el amor de Ángel hacía ella renacía. Turbación extraña y voluptuosa, ansia de amor y de muerte la sacudió todo el cuerpo en lento escalofrío. Y cuando Ángel, en la sombra del cupé, sin mirarla, cogió su larga y fina mano, Gabriela experimentó el estremecimiento de la sugestión y sintió que sus dientes castañeteaban, uno contra el otro, sin que le fuera dable retirarla, notando ya su voluntad   —206→   desfallecida: quería resistir, pero inútilmente, la invasión inesperada de otra voluntad.

Ángel quiso combatir en esa ocasión el horrible pensamiento que le había en otras asaltado. Su fisonomía tuvo, en la sombra, la contracción nerviosa de un amargo disgusto. «Vamos, ¿soy capaz de eso?», se dijo a sí mismo. Y cayó en abstracción profunda, mientras sentía correr por sus venas como un plomo líquido. En la comida no había probado bocado alguno, bebiendo en cambio de todos los vinos abundantemente. Al principio, había rechazado esa idea con horror, pero poco a poco se había familiarizado con ella, y desde hacía una quincena ya la admitía como posible y hasta se complacía en observarla, sin pensar en que la idea lleva, en sí, el germen de la acción. Era, sin duda, algo espantoso, pero quedaría libre, y este sentimiento de libertad se unía al de otro amor satisfecho en toda su plenitud sensual, y sentía entre sus brazos a Nelly, olía su perfume, enlazaba su cuello nervioso y delgado, besaba sus labios ardientes. La idea era infame y seductora, a la vez, pero la parte de infamia se desvanecía, casi, en el secreto, puesto que nadie lo sabría, tomadas de antemano precauciones. De algún tiempo a esta parte, su agitación nerviosa iba en aumento, y no digería bien. Y en el desvelo del insomnio, su conciencia resistía. En el anónimo, y en su acusación infame, se esforzaba en hallar pruebas, convicciones que le justificara ante sí mismo, desesperándose de sentirlas caer y aplastarse con el desvanecimiento de la voluntad de Gabriela que ahora sentía suya. Luego el carruaje se detuvo en la puerta de Sandoval y Ángel notó que el corazón le desfallecía y que un temblor agitaba sus nervios. El lacayo abrió la portezuela; Ángel dio su mano a   —207→   Gabriela, y al ofrecerle el brazo sintió en ella presión ligera, casi imperceptible. Al cruzar por el parquet de las galerías vidriadas notó extrañamente la uniformidad rítmica de sus pasos que resonaban, como uno sólo, en el silencio de la noche. El corazón le palpitaba tan fuerte que lo sentía latir, como el péndulo de un reloj.

Así penetraron al peinador de Gabriela. Allí, una lámpara, encendida a medias, reflejaba sus luces sobre el gran ropero de tres cuerpos, de lunas biseladas. Los estores, cayendo tras las cortinas de fondo malva, encerraban discretamente la pieza en tono suavemente voluptuoso, acentuado por el perfume de Royal-Begonia. Hasta el riquísimo Cristo de marfil, colgado en la pared tapizada en seda de listas, tenía sabor mundano. La joven se detuvo en el centro de la pieza y se quitó su capa, arrojándola sobre una silla, con lo cual quedó en su traje de comida, de gran escote. Sobre su fino y alto cuello se destacaban dos hileras de perlas con el brillo suave y mate de un oriente purísimo, en competencia con su cutis de palidez nacarada y transparente.

Ángel, al verla en ese instante, a través de un velo de sensualismo, sintió surgir la duda del anónimo, y recordó la actitud que tenía con Leopoldo Ruiz, durante la comida. La encontraba ahora, de repente, como transformada, y tan hermosa, que creyó ver en ella la irradiación de felicidad de los amores culpables. ¿Por qué se había embellecido de improviso? Y era que en su casto hogar, Ángel aplicaba la lógica perversa de sus resabios mundanos. Y de nuevo cruzó por su cerebro el pensamiento criminal, pero esta vez en forma definitiva, irresistible, enteramente resuelta. Sintió el peso de la fatalidad, dominante en   —208→   la naturaleza entera, como si acabara de concentrarse en él, y le empujara a la acción.

-«Ángel, ¿por qué no me haces una inyección de morfina?... Tengo una jaqueca horrible...», le dijo Gabriela.

Ángel se estremeció. Ya en otras ocasiones le había aplicado el calmante. Ahora, sin decir palabra, cogió el estuche: -«La aguja está mala... Espérame». Y se encaminó rápidamente a su escritorio. Debía atravesar el dormitorio de los niños, y de la vieja «Tato» que los cuidaba. El corazón le latía horriblemente y todos los rumores nocturnos se le presentaban aumentados. Estaba tan nervioso que tuvo gran dificultad en poner la llave en el cajón del escritorio, de donde sacó la jeringa y un frasco pequeño de «digitalina», con el cual la llenó. Acababa de recobrar su sangre fría, por lo cual, efectuada la operación, se trepó sobre una silla y ocultó el veneno en la parte superior del estante. Mas, al volver, sintió nuevamente que crujía el entablado y esto le produjo unas gotas de sudor helado en la frente. Se detuvo, entonces, sintiendo que las piernas le flaqueaban hasta el punto de buscar apoyo en un mueble, a tientas. Vaciló, en su propósito, por un segundo. Acaso sería mejor irse y abandonar eso para otra vez. Mas reaccionó luego, notando que su voluntad se cristalizaba. Y era lo más curioso que mientras más pensaba en «eso» lo encontraba más absurdo. Siguió, sin embargo, adelante, en las puntas de los pies, notando cómo eran cada vez más violentas las palpitaciones de su corazón, con lo cual coincidía el vacío quemante en su estómago y aflojamiento de todo su organismo y de sus nervios. Al llegar a la pieza, instintivamente, se agarró de la cortina, que tembló toda entera, de arriba abajo.   —209→   Allí estaba su mujer, tendida sobre un largo canapé de «moquette» con flocaduras que tocaban al suelo. Tenía la joven las caderas ceñidas por el traje, con las formas llenas y mórbidas de una estatua de Niobe; las líneas de su talle eran esbeltas, el seno turgente se movía en suave palpitación. Ángel se detuvo a contemplarla, bajo la media luz, con la mano izquierda, en la cual ocultaba la jeringa de inyecciones, echada a la espalda. Su cabellera, de un oro rojizo, obscura, redondeada en la frente con el peinado de moda, en una onda, como de ala que cae, parecía de metal bruñido, con suavidades aterciopeladas por las cuales resbalaban los reflejos. Y sus ojos, cerrados a medias, con expresión de insoportable sufrimiento físico, parecían agrandados por unas ojeras cárdenas que le invadían el rostro en forma tan semejante a la que dejan las voluptuosidades infinitas que Ángel contuvo un grito. La veía, en su imaginación, físicamente en brazos de otro; la veía acudir a la cita y desvanecerse en un beso, y el anónimo infame tomaba las evidencias de un proceso juzgado. Ya no vaciló, acercándose a ella con paso lento, al cual se esforzaba en dar su naturalidad ordinaria, sintiendo, sin embargo, que ya era otra cosa.

-«Cuánto has tardado, amigo mío...», le dijo ella.

Ángel no contestó, sentándose a los pies del canapé. Estaba acostumbrada Gabriela a que le pusieran sus inyecciones un poco más arriba de la rodilla, en la pierna. Su marido levantó el vestido con delicadeza, sintiendo, con el crujir de las faldas, una sensación desagradable. Las piernas delgadas y fuertes, cubiertas con media de seda, quedaron en descubierto, así como los pies calzados con zapatillas de baile, tan finas que calzaban sus pies como guantes. Ángel se   —210→   estremeció; eran exactamente del modelo usado por Nelly, y le pareció, por un instante, que la obsesión del recuerdo amoroso iba a perturbarles.

Sentándose en el extremo del canapé, cogió la pierna de Gabriela, colocándola sobre su propia rodilla, y corrió un poco el calzón de batista con vuelos de encajes y cintas, buscando el punto acostumbrado. Allí hundió la aguja suavemente. Gabriela dio un gritito nervioso, y Ángel apretó la jeringa con fuerza, pero no alcanzó a vaciarla por completo, pues la joven dio un grito horrible y estridente, que resonó por toda la casa -una de esas voces inolvidables que se graban en la memoria por toda la vida. Su marido se llenó de terror, cubriendo su rostro mortal palidez; la mandíbula inferior le temblaba. Había creído que la acción de la digitalina con atropina en fuerte dosis, sería instantánea, pasando, sin sentirlo, del sueño a la muerte, y veía la aguja quebrada, la jeringa medio llena y a Gabriela de pie, de un salto. Entonces, violentamente, la cogió del talle. Mas ella, con ver su rostro, comprendió lo que había pasado, arrojando instintivamente otro grito: «¡Miserable!... ¡Dios mío!, me muero...» Sentía por todo su cuerpo un fuego líquido... Eso no era morfina...

En ese instante aparecieron en el marco de la puerta, una en pos de otra, las figuritas de niños, de Irene y de Pepe, con las camisitas largas de dormir y los pies descalzos, los ojos saltados de las órbitas, y en pos de ellos la «Tato», la vieja sirviente, nieta de esclavos servidores de la familia de padres a hijos. Sus ojos chispeaban debajo de su tupida cabellera, negra a pesar de los años. Era muy inteligente y lo había comprendido todo, antes del primer golpe de vista, al escuchar el grito. Pero Gabriela, junto con ver a   —211→   los niños, se sintió dominada por angustia inmensa -su corazón de madre se desbordó. -«Ha sido un accidente... Tato...», le dijo... «Me equivoqué de frasco en las inyecciones... y me muero...»

A la vieja sirvienta se le rodaron las lágrimas por su hosca y fea cara arrugada, de leona. Comprendía que su ama quería salvar el nombre sus hijos a toda costa y mentía. Al mismo tiempo, viéndola en pie, no perdió la sangre fría y se fue al teléfono, a llamar médicos, al Doctor Boildieu, a Pascual Ortiz, a Morán, a cualquiera que estuviese en el Club de la Unión, y a Olga Sánchez o a Marta Liniers, en cuya casa debía encontrarse Magda.



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ArribaAbajo- IX -

Gabriela Sandoval se moría... Estaba muerta. La noticia comenzó a circular en el gran salón de billares del Club. Julio Menéndez, mientras hacía una billa, dijo a sus amigos que acababa de saberlo de fuente segura. Resonaba el golpe seco de las bolas, cuando alzó el taco y refirió lo que acababan de contarle, junto con el llamado al Doctor Ortiz a casa de las Sandoval. «¡Pobre Gabriela!», exclamó, buscando salida para su bola que acababa de encerrarse en lo que llaman los jugadores un «pillullo». -«¿Vamos a la casa?» -«Espérate un momento... En cuanto concluyamos la mesa... Ya sólo me faltan cuatro».

En ese mismo instante, en los pasillos de la ópera, se daban unos a otros la noticia los muchachos de frac y de corbata blanca. Acababa de caer el telón del tercer acto de Africana, cantada por Julian Biel. Javier Aguirre cruzaba por el foyer, entonando entre dientes el ¡Oh! Paradiso... Rafael Oyanguren le detuvo para transmitirle el terrible rumor. Gabriela Sandoval había muerto, de un ataque al corazón, decían unos, envenenada casualmente afirmaban los otros, pues se había bebido un remedio equivocado. Javier, su primo, que la amaba de veras, se demudó, poniéndose tan   —213→   pálido como el estuco de las columnas, sintiendo que las piernas le flaqueaban. En ese instante bajaban por la grande escala del segundo orden de palcos las hermanas de Ángel Heredia, que acababan de recibir la noticia; en pos de ellas desfilaron todas las familias emparentadas con los Heredia o los Sandoval. Manuelita Vásquez iba llorando a gritos, con el pañuelo en el rostro y la mantilla anudada al cuello. Al principiar el cuarto acto de la ópera, la sala se encontraba semi-vacía. Todos iban a casa de Sandoval; la sociedad entera se encontraba sobrecogida por el horror de la catástrofe inesperada. Los unos, los íntimos, tenían tal ansiedad, que necesitaban irse en busca de noticias, inmediatamente; los otros, los más, experimentaban un goce de vanidad satisfecha en pisar esos lujosos salones que, por espacio de largos años, habían distribuido las ejecutorias de nobleza y de buen tono en la sociedad de Santiago; a muchos aguijoneaba la curiosidad.

El patio de la familia Sandoval presentaba un aspecto raro, con los corredores llenos de gente: de frac y de corbata blanca los hombres, muchas de las señoras y niñas de traje claro y escotadas, con las capuchas levantadas y las capas blancas orladas en pieles o en encajes, tal como acababan de salir de la ópera. Diríase una noche de baile, a no ser porque había escasa luz y se hablaba a media voz. En el salón rojo, Pepa Alvareda, con su hermoso traje azul bordado de plata y de gran escote, sobre el cual había anudado su mantilla, colgando el abrigo casi desprendido de los hombros, recibía las visitas, como persona de la familia, y daba explicaciones, entrecortadas con sollozos. ¡Quién lo hubiera creído! Acababan de encontrarse juntas en la comida de Marta Liniers. «Gabriela estaba   —214→   hermosísima... Nunca la había visto tan bien... Parecía diosa, con su elevada estatura y sus cabellos de rubio de Venecia... Su sonrisa era tan atrayente... Se había presentado elegantísima y formaba con Ángel una pareja admirable. Si la hubieran visto con el abrigo de pieles ya puesto y la doble vuelta del collar de perlas: parecía la reina Alejandra en los dibujos de Hellen. Antes de salir de casa de Marta había tenido grave desmayo. Dicen que los ataques al corazón suelen venir así. Y al llegar a casa, equivocó el frasco, envenenándose. Cuando llegó el médico ya era tarde, sólo vino a constatar la muerte...»

Las señoras hablaban en voz baja, compadecían a los niños, suspiraban, y muchas de ellas lloraban también. Manuelita andaba con los ojos hinchados y enrojecidos de tanta lágrima. El saloncito estaba lleno de hombres, de maridos que esperaban a sus mujeres y hermanos a sus hermanas. Algún advenedizo, que llegaba a la casa por primera vez, examinaba con curiosidad el célebre retrato pintado por Goya. En el rincón del escritorio, en la pieza vecina, estaba sentado Ángel, de frac todavía, y con el cuello del gabán levantado: sentíase en extremo inquieto. Unas veces se paseaba, otras se sentaba, fumando cigarrillo tras cigarrillo. Emilio Sanders, con su voz de cobre algo ronca, hacía comentarios y hablaba sin cesar. Aguirre lloraba en un rincón. De repente se puso de pie, y pasando por las piezas interiores, se encaminó al dormitorio de Gabriela. El cadáver había sido tendido sobre su catre de pinturas de «Vernis-Martin». La cama se encontraba entreabierta y con la camisa de dormir ya desdoblada, a la cabecera, cuando pusieron el cuerpo encima. Gabriela parecía dormida, con expresión cansada y un leve pliegue amargo en el ángulo del labio.   —215→   Su rostro tenía la transparencia de la cera y su nariz, algo tosca, se había como afinado con la muerte. El rojo de sus labios, sobre la palidez intensa de su rostro, semejaba una mancha de sangre. Nunca le había parecido su prima tan soberanamente hermosa como en el triunfo de la muerte... Mas, al verla vestida de gran parada, con bordados de plata y con encajes de punto de Alancon, tuvo, sin saber cómo, la impresión de un maniquí... Hasta su calzado le pareció demasiado perfecto y su largo guante blanco demasiado fresco y nuevo...

En el rincón, detrás de un biombo, se había sentado Leopoldo Ruiz en una silla de paja, que desentonaba con el lujo refinado de aquellas habitaciones. ¿Cómo había ido a parar allí aquel humilde mueble de sirvienta? Llevado acaso por la vieja «Tato», para acompañar a su hijita. Ruiz ocultaba su rostro entre las manos, y tenía los ojos cerrados. Javier Aguirre, que con instinto de hombre de mundo le adivinaba, tuvo impulsos de compasión, y se le acercó, mas luego volvió atrás, cerrando la puerta que crujió tras de él. La pieza quedó sola, en gran silencio. Ardían numerosas velas en dos grandes candelabros de plaqué, colocados en mesitas de laca, junto al cadáver. Las flores, en grandes vasos, desprendían fuertes perfumes muy acres.

Leopoldo se acercó al cadáver, puso entre sus manos el crucifijo de marfil colgado a la cabecera, y lo contempló con angustia amorosa. Luego dio un paso y la besó en la frente con reverencia y con temor apasionado -como si su alma se pusiera de rodillas... Era el primer beso. Y le pareció que se esparcía por la pieza el perfume tenue, casi imperceptible, de violetas olvidadas en un vaso...



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Arriba- X -

Había pasado Ángel varios días probando uno que otro bocado, sin apetito, y las noches de claro en claro, escuchando el lento rodar de las horas por los relojes de la ciudad. Estaba excesivamente nervioso e inquieto, en continuos paseos por el escritorio, en el cual vivía encerrado el día entero, revolviendo en su imaginación hasta los detalles más triviales de la noche horrible. Aún creía ver, pasadas las diez de la mañana, a través de la gran mampara que dividía los grandes salones, el grupo de mujeres de manto, llorando todas, en medio de Pepita Heredia que soltaba el trapo a cada momento. Estaba vestida de baile, en pleno día, y había echado sobre sus espaldas un chal gris, cogido no se sabía dónde. Manuelita Vásquez conservaba su capa de teatro, pues había pasado también la noche en pie. El sol, penetrando por las ventanas del jardín, caía violento sobre los trajes de fiesta nocturna de las señoras, el frac y la corbata blanca de Emilio Sanders y de Javier Aguirre, dándoles un aire deshecho y marchito, poniendo en relieve las ojeras y las arrugas de los rostros, como si saliesen de una bacanal.   —217→   Pepita, que se daba su mano de gato, aparecía con la tez morena y un tanto aceitunada, y Manuela, con ondas caídas del postizo, mostraba al descubierto un manojo de canas. Sus ojos, hinchados y enrojecidos, los ángulos de la boca semi-caídos, la sinceridad espontánea de la angustia abrumadora de la tragedia, se revelaba en sus rostros y en sus gestos que ya no obedecían a la comedia mundana.

Ángel recordaba con amargura la necesidad despertada imperiosamente en él de contemplar el cadáver de su víctima y de ver la impresión que esto habría de producir en los que estaban velando el cuerpo. Por eso había estado rondando la pieza en donde había sucedido «eso». Allí, al pie del ropero de tres cuerpos, tendida sobre la alfombra, pasó toda la noche Magda. Había penetrado como un rayo, teatralmente y a grandes zancadas, a la pieza en donde estaba el cadáver de Gabriela, abrazándose de él, alzando el cuerpo inerte y desmadejado entre sus brazos que nadie hubiera creído dotados de tamaña fuerza. Pero entre Sanders y Pepa Alvareda la separaron, arrastrándola a la otra pieza. Allí se había echado al suelo, aullando como bestia herida, derramando torrentes de lágrimas, llamando, sin cesar, a Gabriela, en todos tonos, como si pudiera oírla, sin resignarse a la catástrofe. Allí, también, permanecía tendida, con el peinado deshecho, la cabeza oculta en el brazo. Y como en el desorden de la caída su vestido se había enredado, quedaban al descubierto sus largas y finas piernas, apretadas en medias de seda y sus zapatillas de charol, exhibidas a la vista de todos los pasantes. Pepita, pudorosamente, se las cubrió con su capa de teatro, cogiendo, al pasar, un pañuelo de rebozo que echó sobre sus propios hombros.

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A pesar de que se juzgaba seguro y a cubierto de toda sospecha, con las declaraciones de Gabriela, antes de morir, sobre la casualidad del accidente. Ángel no podía apartar de sí el sobresalto que le tenía dominado. El corazón parecía saltársele del pecho cuando se acercaba a «esa» pieza, y no podía dejar de hacerlo, como si una fuerza imantada le arrastrara. Él, que de ordinario miraba a los hombres con desdén, saludándoles apenas, se sorprendía ahora, contemplándoles en las niñas de los ojos, clavando las pupilas como para llegar hasta el fondo de las almas y descubrirse lo que realmente pensaban respecto de él, y hasta mendigando una señal de conmiseración o de simpatía. Y eso lo hacía respecto de seres a quienes siempre había tenido en menos. Dos detalles le habían causado alarma profunda: el «señor Correa», al salir de la pieza de Gabriela, había pasado envolviendo la mano en su manteo, sin duda para no saludarle. El Doctor Pascual Ortiz, en cambio, le había mirado fijamente, pronunciando unas palabras, no recordaba cuáles, tal perturbación le produjeron, pero heladas para esos momentos.

¡Qué par de días tan horribles aquellos que precedieron al entierro! La conducción del cadáver al Sagrario, en la noche; la ceremonia fúnebre del día siguiente, que había presidido en persona por un esfuerzo de voluntad, y para alejar toda sospecha de «la maledicencia»; el templo todo enlutado y cubierto de crisantemos blancos y rodeado de palmeras y de sicas; el par de helechos de Juan Fernández que alargaban sus grandes hojas de filigrana verde, como encajes, sobre la cabeza y los pies del féretro; la luz pajiza, en pleno día, de los cirios, sobre grandes candelabros tapizados de crisantemos; la voz doliente de   —219→   un tenor que cantaba en el coro con acompañamiento de orquesta y a media luz -todo revivía en su imaginación. El corazón le daba golpes recios, y tuvo impresión fuerte al ver a tres sacerdotes, revestidos de ornamentos fúnebres, bendiciendo el cadáver, entorno del cual dieron vuelta, el uno en pos del otro, arrojando agua bendita, y cantando letanías. Se abrió, de repente, la puerta del templo, y aparecieron, entre jirones de neblina de fría mañana, los árboles de la Plaza de Armas, los mirtos, los talles delgados de palmeras. Ángel sintió, sólo entonces, la sensación absoluta del vacío dejado por Gabriela. El calor, la falta de alimentos, el estado nervioso, le causaron fatiga. Y mientras la tierra le faltaba, y se le helaban las extremidades y la cabeza, experimentó cierto sentimiento de alivio, pensando en que su desmayo contribuiría a alejar toda sospecha de «eso». Paco Velarde le llevó a la casa y partió el acompañamiento, presidido por el coche en el cual iban don Pablo Sandoval y Emilio Sanders.

Esos días transcurrieron en medio de excitación nerviosa creciente. Ángel no probaba, casi, bocado, ni acertaba, tampoco, a conciliar el sueño, pues caía continuamente en una especie de sopor en el cual no acertaba a definir si se hallaba dormido o despierto, caracterizado por una sensación desagradable de la boca. Al mismo tiempo le era imposible apartar de sí aquel olor de almendras, propio del cianuro mezclado a la digitalina. Y cómo acudían pavorosas las asociaciones de ideas, con esto, trayéndole visiones de muerte, cuerpos rígidos y fríos, miembros inanimados.

Los amigos íntimos le hicieron compañía durante la primera semana, mas esto aumentaba las angustias y las zozobras de su alma. Le fue preciso repetir, una   —220→   y otra vez, la historia de la muerte de Gabriela, y cómo ésta le había pedido le hiciera una inyección, para su terrible jaqueca, pasándole un frasco de digitalina. Al repetir la historia, experimentaba cada vez la misma angustia del temor de contradecirse. Por fin, cuando le interrogaban nuevamente, cerraba los ojos y movía la mano, como apartando lejos de sí todo recuerdo. ¡Y cómo evitaba el encontrarse con las demás personas de la familia! Las conocía tanto, que leía, en el fondo de sus almas, la parte de comedia. No podía penetrar al saloncito de Magda, lleno de amigas, sin observar cómo ésta se consolaba de su desgracia con cierto placer que hallaba en aparentarla.

Luego comenzó largas caminatas por los alrededores de Santiago, a la Avenida Pedro Valdivia, a Nuñoa, al viejo barrio de la Recoleta, en el cual han conservado las casas todo su aspecto del siglo XVIII, con grandes solanas y balcones corridos. Y siempre le perseguía la misma inexplicable inquietud nerviosa, el descontento de la vida, el hastío, el temor a la compañía de los hombres y el horror de sí mismo. ¿Qué les daba a sus amigos por tocarle siempre esos puntos en que él hubiese querido guardar silencio? ¿Por qué Julio Menéndez había cogido un retrato de Nelly, puesto junto a la chimenea, y lo había pasado a los demás, diciéndoles: «¡Vaya con el capricho de Ángel! ¿A quién se le ocurre hacer reproducir, en Estados Unidos, el retrato de Gabriela?...»? Y los demás lo habían examinado atentamente, declarando que ese era, sin cuestión, el mejor retrato de la joven que acababa de morir, sólo que la nariz era más fina y el cuerpo más delgado.

Sorprendido por esa uniformidad de pareceres, Ángel se había contentado con mirarles hasta el fondo del   —221→   alma, y sonreír con su sonrisa enigmática, diciendo, lentamente: «Esa... es otra persona».

Y se echaba a vagar por calles apartadas, notando, con temor, que ya no era dueño de mandar en sus propias ideas, como si hubiera flaqueado el dominio de su voluntad sobre su imaginación. Mientras andaba a pie por la calle de Lillo, en el barrio de Recoleta, se puso a pensar, involuntariamente, en una conversación que acababa de tener con el doctor Ortiz. Parecíale que éste sospechaba el crimen y le hacía preguntas capciosas, procurando envolverle. Grave turbación se adueñaba de su alma, mientras la voluntad le mantenía dueño de su cuerpo. Semejantes esfuerzos no se realizan sin una contracción de todo el ser, manifestada por la tensión de la máscara inmóvil, la veladura de la mirada, la voz incolora. Y ahora, en la angustia de su imaginación desbordada, andando solo por una callejuela, había sentido reproducirse la escena, agravada con tal acuidad en la pregunta y en las actitudes de Ortiz, que Ángel ya no fue dueño de sí mismo y exclamó, en voz alta: «¡Cállese!, ¡cállese!... Esto es horrible... Soy inocente...»

Y sólo entonces, sorprendido por sus propios gritos, y por un sentimiento desesperado, se vio solo, en plena calle de Lillo, mientras dos personas, al parecer decentes, se paraban a mirarlo. Esto le produjo gran confusión y volvió a la casa.

Allí, sobre la mesa de su escritorio, encontró un paquete de cartas recién traídas por el correo. Eran, en su mayoría, tarjetas de pésame y dos o tres comunicaciones de negocios. Pero una, entre todas, llamó su atención, reconociendo la letra grande y redonda de Nelly.

Ángel se detuvo, apoyándose en la mesa, tan grande   —222→   era su agitación y de tal manera el corazón le palpitaba. Luego, sintiendo la necesidad de leer aquella carta a solas, y sin que nadie le turbara, se puso el sombrero y cogió un tranvía eléctrico en la esquina de Compañía y San Martín, en busca de sitio apartado. Cinco minutos después se encontraba en el Parque Forestal, junto al pequeño castillo de finos torreones. De allí pasó a la terraza de estilo italiano, con balaustradas grises, a cuyo pie ondula un estanque. A su espalda se alzaba una palmera de tronco rugoso y ramas que se abrían en forma de abanico. Más allá del río canalizado, los edificios chatos de los galpones de la Vega se dilataban, entre el bullir de carretones y de vendedores que partían, sus negocios ya hechos. De codos en la balaustrada, el joven veía destacarse, a lo lejos, la masa del Santa Lucía, cubierta de árboles, de tono verde obscuro, que envolvían el cerro dominando la ciudad como una fortaleza fantástica. Su mirada vagaba de unos edificios viejos y carcomidos, restos atrasados de la Colonia, a los chalets agrupados al terminar de la avenida, con sus líneas pintorescas de estilo americano y suizo, hasta sumirse en las hondonadas de árboles del parque. Y lentamente bajó de la colina. Elevada palmera surgía en la ciudad, entre edificios lejanos, sobre cielo anaranjado, y más lejos, las torres de Santo Domingo, grandes y fuertes. Bruscamente dobló por el puente rústico, de madera, que comenzaba a desvencijarse. Ahora marchaba en dirección a la cordillera de los Andes, imponente y cubierta de nieve, muy alba, con ligeros toques de rosa. Los árboles de la gran avenida, a su izquierda, despojados de hojas por el invierno, aparecían esqueletados y de color café, con sus grandes ramas tristes y desnudas, extendidas lamentablemente, enmarañadas   —223→   como telas de araña. Hacía su poco de frío, en el banco solitario elegido entre bosquetes de pinos y de arbustos de hoja permanente, desde los cuales sólo se divisaba una faja de cielo gris perla. El alma de Ángel no era insensible a la naturaleza, comprendiéndola más en el fragor de las tempestades que en el ritmo dulce de su reposo. Ahora, sin embargo, sentía, a su contacto, esa calma relativa, dominadora de las voces interiores, con la cual podía entregarse, todo entero, a su lectura. Allí, sobre un banco rústico, sacó la carta de Nelly, se detuvo a palparla, como si de esa envoltura frágil se desprendiese algo vivo, y rompió el sobre, sintiendo que de los pliegos se desprendía ese mismo perfume de ella, ese mismo que continuaba flotando en la atmósfera cuando ella pasaba, y leyó...

«Se ha demorado mucho en llegarme la última de sus cartas que vienen, casi siempre, puntualmente. Como siempre, a la sola vista de su letra me he sentido feliz, experimentando el mismo sacudimiento nervioso de horas inolvidables, al simple roce de su mano.»

«Ahora me siento desgraciada, profundamente desgraciada, amigo mío, y en mi pena, entra Ud. por mucho, involuntariamente. Mi pobre madre, que tanto me quería, ha muerto. Ud. y yo tenemos la culpa, y esto pesa sobre mi conciencia con peso que me abruma. Es preciso que se lo diga todo, todo, todo. Después de su partida hemos viajado constantemente. Mi madre ha conocido en Roma, en París, en Alemania, caballeros y diplomáticos chilenos a quienes ha interrogado sobre Ud. ¿Sabe lo que han dicho? Que usted era casado en Chile y que tenía hijos, mujer y familia. Y tuvimos explicaciones completas, definitivas, con mi madre. Yo le contesté que ya lo calculaba. ¿Cómo explicar sus tristezas, sus desesperaciones súbitas,   —224→   el alejarse de mí en las horas inolvidables en que sentíamos nuestro amor completo? Yo no podía ignorar, amigo mío, que Ud. era casado, pero tampoco me era posible apartar de mí el sabor de aquellos besos, cuando me sentí caer, desfallecida, en sus brazos. ¿Será posible que olvide aquellas horas en que me sentí creada para Ud. como Ud. lo ha sido para mí? Podrán separarnos el espacio, el tiempo, la vida, pero yo lo llevaré siempre en mi corazón, adherido a mi alma. Será Ud. casado, acaso un criminal, un indigno, lo más horrible, lo más monstruoso para el mundo, y así, yo lo adoraré y seré suya con todas las fuerzas de mi alma -y suya o de nadie.»

«Así se lo dije a mi madre que me escuchaba espantada, con sus ideas de puritana, y sin comprender los derechos supremos del amor. Se enfermó; estaba desesperada. Entonces comenzó entre ambas una lucha sorda. Quiso llevarme al mundo, para imponerme el olvido y buscarme novio, como se hace de ordinario con todas las muchachas. Acepté. Fui a las fiestas de Niza y de Montecarlo: me presentaron, en la Embajada Americana de Roma, un colección de Príncipes y Condes; asistí a las fiestas de la Duquesa de Uzés, en París, a las de la Duquesa de Malborougth, en Londres, y a otras, siempre recibida como parienta de los Gould y de los Astor... ¿Y qué sacó mi madre? Que le rechazara todos sus pretendientes, uno por uno, con una sola palabra, siempre repetida... Heredia... Heredia... Heredia... -«¿Pero bien sabes que es imposible?» -«Pues... nadie...»

«Mi madre ha muerto de un ataque, amigo mío, ¡y yo tengo la culpa!, y también Ud... Pero le he dado mi corazón y se lo guardaré hasta la hora de la muerte. Me encuentro profundamente abatida, junto a mi   —225→   pobre padre que no levanta cabeza y que me adora. Sin eso, quién sabe lo que hiciera».

«Véngase, si es verdad que Ud. me quiere como lo decía -y yo sentí, con mi instinto femenino, que Ud. era profundamente sincero. Véngase, abandónelo todo por mí. Aquí, en las tierras de Ohio, nadie le conoce; podrá mudarse de nombre y las leyes dan facilidades para que hagamos un hogar. Los bosques y la naturaleza, los ríos inmensos, la vida sana del campo, el cariño sin límites de una mujer que sólo piensa en Ud., le darán esa parte de felicidad a la cual todos aspiramos en el mundo y el olvido para el resto. Venga. ¿O será posible que Ud. se olvide de su Nelly? Eso, no lo creo; Ud. nunca podrá olvidarse de mí...»

Cuando Ángel leía su carta por décima vez, la tarde caía, dilatándose la sombra por entre los árboles del parque. Los focos eléctricos brillaban, a trechos, con luz pálida de luna, y las mariposas iban a chocar contra ellos. La faja gris perla del cielo parecía ya mancha de tinta. Una emoción involuntaria pasaba de la naturaleza a su alma, envuelta en ardores de fiebre y sacudida por tantas emociones imprevistas. A todo se hubiera esperado, menos a lo que en esa carta leía, y sin embargo, el fondo de su alma permanecía obscuro. La muerte le protegía decididamente, y sin embargo, su alma continuaba sumida en sombra. La muerte de Gabriela había pasado como un accidente, a pesar de que algunos sabían la verdad; el sobresalto que esto le causaba, y por lo cual andaba con su frasquito de digitalina en el bolsillo, para el caso de una orden de prisión o de una autopsia, ya no tenía razón de ser. Hasta la fatiga de la joven en casa de la señora Liniers de Vidal en la noche de su muerte le había servido. No quedaban huellas, ni datos positivos en   —226→   su contra. Y junto con esto, venía el ardiente llamado de esa mujer que le enardecía como un tóxico. Todo se inclinaba a su favor; debería sentir esa delicia nueva y perversa de la felicidad en el crimen -y sin embargo, como en la naturaleza, la sombra continuaba flotando en su alma.

Volvió meditabundo y paso a paso a la calle de la Compañía, encerrándose con llave en el escritorio, pues no tenía deseos de comer. La agitación de sus nervios había crecido con la lectura de la carta, sintiéndose dominado por verdadera fiebre. Una vez en su escritorio, encendió un cigarro, y destapó una botella de whisky, sirviéndose vaso tras vaso. La cabeza le ardía; los pies, helados; y su imaginación se había desatado en vuelo poderoso. Sacó la cajita dentro de la cual guardaba sus reliquias: un guante blanco de Nelly, un trozo de encaje arrancado de su vestido, el pañuelito que sólo conservaba un dejo vago del perfume primitivo, de ese perfume que se desprendía fresco y palpitante de su carta. ¡Y cómo la evocaba sugestionándose a sí mismo con aquellos recuerdos, resucitándola en la imaginación, desprendiéndola de su retrato con el cuerpo alto y delgado, la cabellera sedosa, los ojos soñadores, la nariz fina de alas palpitantes y sonrosadas, los dientes pequeños y de nácar que blanqueaban entre el rosa descolorido de sus labios, y el andar resuelto y ágil a un mismo tiempo, que daba el carácter a toda su persona! Cerrando los ojos sentía nuevamente la misma impresión de gracia melancólica, de vigor nervioso, de ternura y decisión a un mismo tiempo, y recordaba cómo, junto con verla, antes de cruzar con ella la primera palabra, ya se había sentido ligado a ella por unos lazos instintivos y secretos. Ahora sentía el revivir de todos sus sentimientos   —227→   pasionales, del deseo de hacerla suya, de besarla, de confundir sus almas en una ebriedad amorosa en que perdiera la conciencia de su ser. A medida que la noche transcurría, en la fiebre de ensueños, sintió Ángel ese terrible malestar de insomnio: su cabeza había trabajado en exceso. Ahora contaba las horas, dadas por todos los relojes de la ciudad. Y deseaba, con impaciencia irritada, que transcurriese el tiempo, casi eterno, en que había de llegar el nuevo día. Ya tenía formada su resolución de partir a la América del Norte; ya sentía, en lo íntimo, la impaciencia de sus caricias y el ansia de un amor insaciable, ardiente, sin fondo visible, como los mares, como los cielos.

El desvelo irritante le incitó a beber un poco de alcohol, pasando así, entre desvaríos amorosos y modorra pesada, el resto de la noche. Por fin sintió, en el patio, unos cantos de pájaros, y vio filtrarse por las junturas del postigo entreabierto unos rayos de luz del alba, pálidos y entumecidos, que fueron a reflejarse en la luna del espejo. Entonces, sin darse cuenta de la causa, ya sea por el exceso de la tensión nerviosa, ya por la falta de alimentos durante los últimos días, ya por la obra del alcohol sobre un temperamento que padecía de lesión hereditaria, sufrió el fenómeno de alucinación. Veía la luz reflejada en los espejos, los muebles claramente dibujados, y tenía conciencia de hallarse despierto. Mas, al mismo tiempo, notó que la cortina del fondo se movía, dibujándose, en el hueco, los perfiles de una imagen de mujer. Era Nelly. Llevaba puesta su larga capa Trianón, saliéndole guedejas de cabellos rubios de la capucha. Nunca la había sentido más hermosa. Y avanzó hacia él, con paso rígido, algo duro y pesado.

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Ángel se sentó en su lecho, hincando las uñas en su propio brazo, hasta rasguñarse haciendo brotar la sangre. Era evidente que no dormía. Esa mujer, su Nelly, avanzó lentamente, sentándose a los pies de su propio catre. El joven extendió los brazos, con expresión enloquecida de amor y deseo. Ella, sin contestarle, sin pronunciar palabra, dejó caer su capa. Vio Ángel entonces que el rostro de la niña tenía la transparencia de la cera y que parecía la resurrección de algo muerto, pues sus ojos carecían de expresión. No era Nelly, era Gabriela, de gran escote, como en la noche fatal de la comida.

Y luego vio que la imagen, horriblemente exacta, de su mujer ya muerta, alzaba lentamente su falda, mostrándole su fina pierna cubierta por media de seda negra, recogía el encaje del calzón, y le señalaba, con el dedo, el punto en donde había clavado la aguja. Y la sensación era tan real y precisa, que hasta vio la luz reflejada en la punta de su zapatilla de baile. Ángel dio un grito y perdió el conocimiento. ¿Cuántas horas pasó sin sentido? Jamás lo supo. Caía ya la tarde cuando, arrastrándose, abrió la ventana de par en par. Estaba desesperado. Comprendía que la imagen de la muerta, que esa alucinación maldita de aquel fantasma que no lograba separar de sí, volvería de nuevo a perseguirle cuando tuviera a Nelly en sus brazos. Se creaba en su espíritu la certidumbre de que el parecido, entre ambas, la identidad que había despertado, por dos veces, el amor en su corazón, volvería, de nuevo, a traerle ese horrible recuerdo de la muerta en brazos de la viva. Y sus besos tendrían perpetuamente un sabor a crimen, y sus abrazos frío de muerte, y en sus éxtasis amorosos un súbito hielo de cadáver. Su imaginación tendría que asociar fatalmente   —229→   a las dos mujeres en todos los trances de la vida. Ese amor, con aspecto de cadáver, le causaba escalofríos, era la existencia imposible, el suicidio a corto plazo...

Un rayo de sol poniente vino a iluminar el viejo crucifijo de cobre, transmitido de padres a hijos entre los Heredia. Ángel, que se había golpeado la cabeza contra la muralla, mesándose los cabellos y arañándose tiras de los brazos, clavó su vista en el Cristo y sintió, en su angustia, la necesidad de apoyo moral que le salvara en el completo naufragio de su vida. Fue, como si se produjera, de súbito, en su interior, un desgarramiento inesperado.

Comprendía, en ese instante, por primera vez, y con claridad que le deslumbraba hasta cegarle, toda la honda verdad del símbolo cristiano -vio en el Cristo la redención por el dolor, y en el dolor la fuente necesaria, inevitable de la vida, su base amplia y fuerte de eternidad y de paz. Y este símbolo llegó aparecerle tan grande, que no cabía en lo humano, y era necesario ascender hasta él, por escala de tribulaciones y amarguras, de padecimientos infinitos, macerándose a golpes, chorreando la sangre de las carnes entreabiertas, acongojada el alma en las traiciones, en los desengaños, en humillaciones de vanidad, en decepciones de amor, inclinándose hasta besar el polvo pisoteado de las multitudes.

Sintió el ansia de vivir en la verdad junto con el horror y el vacío de las fofas vanidades de este mundo. Y la verdad debía comenzar con decir muy alto: «Yo soy criminal». Primero debía proclamarla ante la justicia humana, y después ante el tribunal de Dios. Mas sentía, junto con el ansia de la verdad, que las fuerzas de su naturaleza   —230→   flaca no alcanzaban hasta ella. Se puso de rodillas delante del viejo crucifijo, buscando amparo en su corona de espinas y en la madera carcomida de su cruz, y sintió en su alma el eco de las primeras enseñadas en la infancia por su santa madre, en la Imitación: «Vanidad es buscar riquezas perecederas y esperar en ellas. También es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne y desear cosa por donde te sea necesario ser gravemente punido. Vanidad es desear larga vida... Vanidad es amar lo que tan presto pasa...»

«El mundo pasa y sus deleites. Los deseos sensuales nos llevan a pasatiempos: mas pasada aquella hora, ¿qué nos queda sino derramamiento del corazón y pesadumbre de conciencia? La salida alegre muchas veces causa triste y desconsolada vuelta y la alegre tarde hace triste mañana...»

«El que me sigue no anda en tinieblas, más tendrá lumbre de vida».

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¿La encontraría esa alma culpable y noble, débil y criminal? Cerrada ya la noche, los suspiros de agonía, ¿lograrían sacarla de la sombra?

FIN