Casa grande
Escenas de la vida en Chile
Tomo segundo
Luis Orrego Luco

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Era el escritorio de Justino Vanard uno de los más concurridos en la calle de Bandera, por lo cual sus amigos habían dado en llamarle «pescadería». Multitud de individuos, de toda especie de cataduras, edades, sexos y profesiones le aguardaban sentados en la sala de espera, y le asaltaban con peticiones cuando aparecía con el gran cigarro puro en los labios, la cabecita parada, el paso menudo y rápido de un hombre de afiebrada actividad, y el cuerpo muy pequeño y regordete, tanto que un soldado, al verle pasar, había dicho: «A ese habrá que tirarle con municiones...» Era una actividad la suya más aparente que real, el eterno moverse, en todos sentidos, con poquísimo provecho, pero dejando en el ánimo la impresión de ardilla provista de cigarro. Asaltábanle mujeres, preceptoras en busca de un empleo, profesoras y maestras de escuela; no le dejaban descansar los hombres, maestros o empleados de instrucción pública, armados de memoriales en que pedían este mundo —8→ y el otro, pues era conocida su consagración a las cuestiones de instrucción pública y su influencia en la Cámara de Diputados, de la cual era miembro. También aparecía el tipo de algún correligionario pobre en busca de auxilios pecuniarios; Vanard se registraba los bolsillos y rara vez dejaba de ayudarles en su mala fortuna, con lo cual y saludos cariñosos y apretones de mano que prodigaba, era, en realidad, uno de los hombres más populares de Santiago.
Al entrar, acercósele un empleado con la correspondencia que Vanard firmaba, sin enterarse de ella, echando humo del cigarro puro, un enorme Cazador de «Corona». A cada instante resonaba el teléfono, con rápido campanilleo, comunicando órdenes para compra de acciones, suspendiendo otras, preguntando cotizaciones; y lo llamaban de todas partes, del Club, del Cuartel General de Bomberos, del cual era miembro entusiasta, del Estanco de Alcoholes, del Ministerio de Hacienda y del de Instrucción, de la Escuela Normal, de la Bolsa de Comercio, y a todas respondía en tono rápido, con dos palabras y alguna indicación, siguiendo, al mismo tiempo, los asuntos más diversos y al parecer sin ilación alguna. A cada instante salía para ir a los Bancos o a la Bolsa, provisto de papeles y de cheques o recibía la rápida visita de otro corredor que se asomaba, con dos palabras: «Cajas 6..., a cuarto, compro... Chile, cincuenta acciones, cinco octavos... -No, medio...- Conforme.-» El agente salía y entraba otro con un paquete de títulos impresos en tinta verde, por las litografías Norte Americanas; contábanlos, pasábanle cheque y a otro. Había ocasiones de grandes marejadas, cuando alguna casa de comercio suspendía sus pagos. De repente, entraba otro corredor: —9→ -«Vanard..., ¿sabe?, le están dando una gran correteada al Chile y Hungría... -Estos extranjeros que sólo traen su plancha y un balde, exclamaba Vanard, se llevan ciento quince millones de depósitos a su tierra, y cuando les cobran, gritan como las gallinas cuando las despluman...» Y luego partía como un chiflón para la Bolsa, a paso cortito y ligero, en el instante en que los demás corredores acudían apresurados al llamado de la campanilla eléctrica a la hora de la rueda. Una masa negra y confusa llenaba las aceras en dirección a la Bolsa, codeándose, empujándose, pues reinaba en esos momentos visible nerviosidad. Las acciones de Malveo habían bajado a diez pesos, de veinticinco a que estaban dos días antes. Era un derrumbe enorme, atendido al considerable número de acciones vendidas a plazo, en desenfrenado juego. En un grupo se comentaba la cosa; Vanard les hizo saludo imperceptible, con las manos en los bolsillos, como se acostumbra entre hombres de negocios, sin que ni un músculo de su rostro se moviera. «Ahí viene la 'Banda de Pitos' -dijo un caballero algo sordo, muy querido entre los hombres de negocios -a ver qué nos cuenta...» Y se acercó cierto joven de aspecto simpático, alegre y bullicioso, con las manos metidas en los bolsillos: «-Sólo sé que estamos fregados... y sin novedad. La casa de Wilfisch ha quebrado en seiscientas mil libras... ¡Felices los que pueden quebrar en esa suma..., allá me lo quisiera yo!... ¡Adiós Vanard!...» Pero éste no le oyó. Atravesaba la calle para saludar a Emilio Sanders con grandes sonrisas y apretones de mano, preguntándole por su mujer... Y entró luego a la oficina de otro corredor, llamando por teléfono, y habló algunas palabras con el agente de negocios, de —10→ fisonomía triste, afligida, largo y flaco, al parecer abrumado por grave melancolía, pero tal era su rostro habitual, aun cuando ganase el dinero a canastadas: «¡Vanard, hombre, le gritó uno de rostro placentero y acento germánico..., no me haga correg, hombgre..., migre que la vida es corgta... y los zapatos están muy cagros...!»
Vanard tocó nerviosamente la campanilla del teléfono, llamando a Ángel Heredia. Había novedades..., gran baja de Malveo... Y entró a ocupar su asiento entre los corredores. Notábase cierta nerviosidad en los diversos grupos que iban tomando posiciones. Uno hablaba, con su vecino, en voz baja y trémula de indignación en contra de los bajistas que, según él, habían arreglado un informe para producir el derrumbe. Y decía horrores. Otro, más allá, con igual calor, sostenía todo lo contrario, con más indignación todavía. Habíanse formado grupos de alcistas, que se concentraban para defenderse, y grupos de bajistas. Ahí estaba Cristóbal Raigada, flaco, el rostro amarilloso, la sonrisa irónica y desleída, de enfermo del hígado, jugando casi siempre a la baja: era un mozo inteligente, muy entendido en especulaciones y que tenía la más triste idea de los hombres de negocios, en general, y de los chilenos en particular... Se meten a cuanto asunto se presenta, decía, sin saber por dónde van tablas... Organizan directorios con gran lujo y reparto de acciones liberadas. Enseguida le meten el tonto a los amigos, como haciéndoles gran favor, y los clavan con quinientas o mil acciones a cada uno. A veces las acciones salen con prima. Entonces todos tienen las caras risueñas. Y suben, y suben sin límite. Allá van la comida donde Gage, con champaña; salen al parque las victorias —11→ con llantas de goma, arrastradas por caballos ingleses. Y la mujer se abre cuenta donde Pra o Muzard por cinco mil pesos que probablemente se pagarán en el día del juicio... ejecutivo. Pero un buen día, que fatalmente llega, cuando los directores sólo conservan el número de acciones reglamentarias, se produce la baja, pues viene a descubrirse que no hay estaño, ni cobre, ni salitre, ni ganados, en aquellos tan estupendos negocios... Sólo quedan el hoyo pelado y los títulos impresos. Y entonces viene el crujir de dientes, las lamentaciones de los perdidos o de los arruinados a quienes los bancos no ejecutan porque de hacerlo vendría la ruina general y ellos se quedarían en definitiva con el tonto. En Chile tenemos la desgracia de ser demasiado listos, pero como todos hacemos el mismo juego, resulta, al fin, un fracaso lastimoso. Allí tiene Ud., por ejemplo, si uno planta viñas, y le va bien, los demás se meten a plantarlas y arruinan el negocio; si uno pone depósito de carbón y leña, al día siguiente se llena la ciudad con negocios de la misma especie; si uno planta melones, al día siguiente, amanece Santiago enmelonado. Así pasa con los negocios de Bolsa... Nos hemos empapelado todos, engañándonos los unos a los otros con nombres sonoros, sociedades auríferas en donde apenas hay agua y... piedras; ganaderas en bosques inaccesibles, a no ser para las águilas, y no faltan en la Bolsa, minas al por mayor en Bolivia, la República Argentina, y gomerales en el Acre!!! De todo se forma sociedades: una de hielo en el Polo antártico, otra de adoquines de aire comprimido, y la de «Pompas Fúnebres Consolidadas»..., sin duda para enterrar a todas las demás...
La campanilla eléctrica había cesado de tocar. Los —12→ corredores estaban en sus puestos, el Presidente detrás de su mesa, y los secretarios listos. Una multitud considerable de especuladores se agrupaba detrás de las barandillas de madera, y era tan compacta que apenas sí podía pasar el muchacho con los telegramas de Valparaíso, para distribuirlos entre los destinatarios.
En cuanto Ángel recibió la tarjeta de Vanard, buscó sombrero y bastón y guantes, poniéndose en movimiento hacia la Bolsa con aire febril. «Enorme baja. Malveo, le decía, véngase, espero orden.» Estas pocas palabras bastaron para trastornarle por completo, causándole fortísimas palpitaciones de corazón y cierta punzada desagradable en los tímpanos, acompañada de un temblor en las piernas que vacilaban como negándose a sujetarlo. Habían bastado pequeños detalles, como el carácter de la letra toda trémula, el hecho de enviarle su tarjeta a esa hora desusada y hasta el azoramiento del mandadero que llegaba a todo escape, algo insignificante y trivial, para provocar en él la visión del próximo peligro, ya que no catástrofe. Recibida de sorpresa y cuando menos lo esperaba, esa tarjeta de Vanard le producía impresión de golpe dado por la espalda, de algo inexorable, repentino y feroz. La fortuna, y su expresión el dinero, son los resortes principales de la sociedad moderna, en cuanto encarnan exterioridades de vanidad más importantes para los hombres que necesidades esenciales de la vida. Más de una vez, leyendo novelas, se había sonreído de la sencillez con que sólo contemplan la existencia humana con el aspecto simple y único de algún episodio sentimental, de dificultades de corazón surgidas de repente, y prescinden, de manera absoluta, de esa complejidad —13→ extraordinaria de intereses, de apetitos, de ambiciones, de vanidades que constituyen el tejido más fuerte y la verdadera trabazón de la existencia. Ángel era el producto genuino de un estado social de transición en Chile. Perteneciente a familia ilustre, muy enorgullecido con su nombre y posición social, recibió de su padre, hombre de fortuna, el débil apoyo de una fianza para negocios de campo en los cuales no le acompañaba la fortuna. Había pasado algunos años en la Universidad, para conseguir el título de abogado, estudiando flojamente, como casi todos los alumnos, al final del año, para calentar los exámenes: el resto de su tiempo lo empleaba en paseos, en el café, en bailes o en calaveradas más o menos estrepitosas. Igual existencia llevaban todos los demás jóvenes de su misma situación social. Los padres no se habían ocupado en darles una educación ruda y práctica, adaptada a la lucha de la vida, sino en convertirles en caballeretes de paseo, adornados de título vacío, de un pedazo de papel inútil. ¿De qué le servía, vamos a ver, su diploma de abogado, cuando no poseía las condiciones de paciencia humilde y de labor obstinada del escribiente que pasa años de años junto al abogado de nota, para aprender el oficio? Si sólo veía campo en el comercio o en la agricultura, ¿para qué las leyes y los años perdidos en estudios ociosos? Sin preparación alguna, sin educación de trabajo, Ángel tenía demasiado orgullo para presentarse, como otros jóvenes hijos de padres ricos, en demanda de un empleo público, para quitarle su pan a jóvenes pobres. Prevenciones inveteradas de familia impedíanle seguir ciertos ramos lucrativos de comercio. ¿Qué habrían dicho sus amigos o parientes si le hubieran encontrado vendiendo o vigilando en casa de —14→ Muzard o en otra parte, con el propósito de prepararse para establecer, a su turno, un almacén? Eso le parecía tan absurdo que apenas lo imaginaba en el descendiente de hidalgos españoles. ¿Qué hacer? No hallaba carrera en la diplomacia, en la cual sólo surgen, hoy día, los diputados y senadores a quienes se manda, por conveniencia política, para que hagan y digan todo género de desatinos, por cuenta de la nación chilena, en una carrera que ignoran. ¿Acaso no se había reído Santiago entero de un reportaje en que un Ministro Plenipotenciario había dicho todo género de atrocidades? El Ejército era tan míseramente remunerado... Ángel miraba en torno de sí, hallando como únicas expectativas los trabajos de Bolsa y el matrimonio con muchacha rica. La Bolsa, es decir, vida de juego y de engaño, desmoralización lenta e inconsciente de juegos de azar, enmascarados con hipocresía y nombre de trabajos; el matrimonio con mujer de fortuna, es decir, dependencia del marido convertido en mujer; abdicación, en muchas ocasiones, de la dignidad, de ese orgullo tradicional de los Heredia. Y aún, casos se daban de jóvenes casados con hijas de padres ricos que sólo venían a recibir herencia cuando se habían convertido, a su turno, en ancianos. Ángel había hecho un matrimonio excepcionalmente feliz, dentro de ese género de ideas. Pero las particiones se habían dilatado, con un largo juicio que se arrastraba por las secretarías de los Tribunales, en complicaciones de artículos, de notificaciones y nulidades, poniéndose y retirándose de la tabla. Ángel había recibido, por parcialidades, doscientos mil pesos, a cuenta de la herencia de su mujer -y en esto había andado con mucha suerte-.
En los mismos días comenzaba en Chile esa fiebre —15→ de negocios de 1905, uno de los más extraños fenómenos morales para los historiadores futuros. Se encontraban ya prontos los fondos para la conversión metálica y los Bancos tenían repletas sus cajas con ese objeto; pero todos temían esa operación financiera, a pesar de que el cambio internacional se encontraba muy cerca de la par. Hubo un Ministro de Hacienda que diciéndose partidario del oro, postergó la conversión y arrojó cuarenta millones más de papel al mercado. Los hombres de negocios comprendieron que el descenso del cambio venía, teniendo que subir considerablemente la cotización bursátil de los valores y acciones con base de oro. Los Bancos, en cuyas cajas se desbordaba, inútil, su propio dinero y el depósito del Fisco, abrieron la mano a todo el mundo, se echaron a la calle a ofrecerlo... Vino entonces el alza afiebrada, repentina, enorme; las acciones subían diez puntos en una rueda. Todos compraban y vendían acciones exigibles, sin tenerlas a la mano, y sin garantías de ningún género. La Bolsa era una inmensa mesa, en la cual todos jugaban, por el momento, a la alza, y como las acciones subían y subían sin término, se fundaron sociedades nuevas, a millares, cotizándose con premio sus acciones antes de lanzadas. ¿Acaso no recordaba el joven que una noche, mientras tomaba una copa en el mesón del Club se habló de una nueva sociedad ganadera que podría formarse en el centro de la Patagonia, inexplorada todavía?
Pues, a la mañana siguiente, cuando entraba a la sala de periódicos, un corredor de comercio le ofrecía diez pesos de premio, o sea dos mil pesos de ganancia, sin abrir el bolsillo, por la cesión del derecho a ser accionista de una sociedad por formarse —16→ y que nunca se formó, en parajes inaccesibles y desconocidos.
Con el alza general todos ganaban, el champagne corría, algunos partían a Europa, todos eran millonarios. E viva la gioia..., el vino spuma giante, nel bichiero schientillanti...
Hubo un momento en que Ángel creyó haber clavado la rueda de la fortuna. Los corredores le buscaban para ponerle al frente de sus negocios, de las sociedades anónimas o en los directorios de comunidades en formación. El nombre de Heredia caía bien, era antiguo, honorable, prestigioso, daba confianza a los accionistas. Ángel recibía doscientas o trescientas acciones liberadas, por ser amigo, y suscribía mil haciendo propaganda entre sus íntimos, a quienes aseguraba, con la mayor buena fe, que esa sociedad, cuyos minerales y ubicación él no conocía, era la más rica del mundo. Por cada diez pesos pagados, afirmaba, se recibirían quinientos. Y metían, entre él y los demás directores, a sus hermanos, amigos íntimos, padres y parientes, embriagados todos por aquella palabra mágica: la fortuna... Todos querían ser ricos de golpe, sin trabajo, sin esfuerzo, sin sacrificios de ningún género. Ahí estaban las tres o cuatro fortunas de salitreros y mineros improvisados, exhibiéndose insolentemente, haciendo resonar las trompetas de sus automóviles, derramando el champagne a torrentes, tirando el dinero a manos llenas por la ventana. ¡Y cómo la sociedad de mejor tono se inclinaba ante ellos, solicitándoles, invitando a su mesa, con orgullo, a esos aventureros averiados que no habían dejado fechoría por cometer en Antofagasta, falsificando títulos, raspando registros notariales, inventando nombres, resucitando muertos, improvisando —17→ familias a los difuntos! Muchos títulos eran legítimos, bastantes negocios honorables, no faltaban los de buena fe, pero la sociedad los confundía, concediendo igual aceptación y prestigio a los serios que a los malos, pues los aventureros tenían buen cuidado de poner en los directorios de sus empresas a las personalidades más honradas y conocidas, por aquel principio de que la bandera cubre la mercadería. Y los hombres buenos hacían, con ánimo ligero, el negocio de los pillos, en el mareo del oro y de la fortuna, seducidos al final de un banquete, o por el entusiasmo de un hijo a quien se hace gerente, o a quien se entregan acciones liberadas. En la fiebre de los negocios, lanzábanse a la calle de la Bandera, repleta de gente, de rostros ávidos, congestionados, de individuos que manoteaban y gritaban, salidos muchos no se sabía de dónde. «¿Le apunto doscientas acciones de La Colorado? -¿Salitres, ganaderas, qué cosa? -No pregunte... -Apúntelas». Dos horas después, las acciones, aún no firmada la escritura, ya tenían diez puntos de premio. Así seguía la fiebre de especulación y de la aventura sacudiendo a la población entera, como sobrecogida de un vértigo. Hasta las mujeres se habían metido a especular desenfrenadamente. Repetíanse, de boca en boca, las anécdotas de millonarios improvisados; zutano está inmensamente rico en su operación sobre azúcares de Viña: compró a 23 y están a 130..., mengano se va a Europa, ya no sabe qué hacerse con la plata. Se hablaba de un abogado que acababa de invertir trescientos mil pesos en un chalet de campo; otro personaje había regalado setenta mil pesos a una bailarina. Las señoras se echaban al cuerpo todo cuanto pillaban en las tiendas, vestidos, encajes, sedas, collares —18→ de perlas. A una niñita de ocho años le habían comprado un collar de doce mil pesos. Abríanse cuentas en todos los almacenes y tiendas de la ciudad, gastando sin tasa ni medida. «Bueno, hijita, solían decir algunos, para eso trabaja y suda su negro..., gaste no más...» Y salían nuevas y mejores sociedades, cada cual lanzando la suya. Creose la fábrica de diamantes, aprovechando un invento que aún no se había ensayado, la sociedad de máquinas purificadoras de aire, destinadas a transformar la higiene de las grandes ciudades, y por último, la famosa fábrica de «Adoquines de aire comprimido», con un capital de dos millones de libras esterlinas, suscritas, y una primera cuota de diez chelines por acción pagada. Y las tales sociedades, aun las más absurdas, hasta las más descabelladas, eran suscritas inmediatamente y revendidas con prima, sin que nadie se parase a examinarlas, ni a discutirlas. En el Directorio figuraban los nombres más honorables y conocidos de la sociedad santiaguina.
La calle de la Bandera se había convertido en un hormiguero, inundada de rostros desconocidos y hasta de algunas fisonomías patibularias. Los corredores no alcanzaban a cumplir todas sus órdenes, ganando cuanto dinero querían y especulando por su propia cuenta. Y como las acciones subían cuatro y cinco puntos en la misma rueda, caía más de uno en la tentación de apropiarse la ganancia de órdenes ajenas, con lo cual se iba infiltrando un airecillo sutil de inmoralidad entre las corrientes desenfrenadas de jugadores. Y los Bancos seguían prestando el dinero a manos llenas.
La sociedad entera se sentía arrastrada por el vértigo del dinero, por la ansiedad de ser ricos pronto, —19→ al día siguiente. Las preocupaciones sentimentales, el amor, el ensueño, el deseo, desaparecían barridos por el viento positivo y frío de la ansiedad de dinero, de mucho dinero. Y las almas veían desaparecerse de la existencia todo sentido espiritual, barrido por el hecho concreto, por el apetito feroz y desenfrenado de lucro, por un sensualismo desatentado para el cual desaparecía todo valor que no fuese de Bolsa. ¡Y con qué admiración no se abría calle, para que penetrase al Club de la Unión, como soberano, el famoso Pacheco, individuo de reputación dudosa a quien nadie hubiera dado la mano seis meses antes, enriquecido de repente con la compra de títulos salitreros a vil precio, hecha de primera mano, a familias que se hallaban en la miseria, dándoles quinientos pesos por lo que había revendido a diez mil libras. Todos sentían la sed de fortuna, jugando al alza en la Bolsa... El vértigo continuaba y los papeles seguían subiendo. La venta de acciones a plazo permitía el uso casi ilimitado del crédito. Ángel, como los demás, se veía arrastrado por el vértigo del juego de Bolsa, poseído del ansia de dinero, para él de todo punto indispensable, condición esencial para el mantenimiento de su rango social. Gabriela figuraba en todas las fiestas, era invitada a las grandes comidas, tenía carruajes y palco, organizaba kermeses de beneficencia. En ese medio social no era posible mantenerse sin considerable suma de dinero, ni vivir al nivel de sus amigas, muchas de las cuales poseían una fortuna sólida, haciendas o minas. Luego entraba la competencia de los trajes y de los sombreros. Gabriela había sido una de las mujeres más elegantes, de soltera; ahora, casada, su lujo era necesariamente mayor y el rango de la casa más costoso. Las primeras —20→ pruebas que habían sacudido ese hogar, donde la felicidad hacía promesas eternas, fueron cuestiones emanadas del dinero. Ángel había recibido doscientos mil pesos, parte principal de la herencia de don Leonidas, todavía en particiones. Pero la vida era cara; mantener una casa como la suya, y caballos de carrera, y coches, costaba un dineral. Su capital, invertido parcialmente en bonos hipotecarios, le daba diez y ocho mil pesos de renta anual. A fin de año comenzaron a llover las cuentas y el joven vio, con espanto, que los gastos del año subían de cuarenta... Hubo explicaciones; el marido trató de exponer su verdadera situación económica. No podían seguir en ese tren de gastos, pues en tres años se quedarían sin un céntimo. Gabriela, sorprendida, abrió tamaños ojos; aquello sobrepasaba la medida de sus ideas y de su educación económica de vieja cepa española. En las Monjas le habían enseñado un poco de gramática, bordado y algo de historia y de geografía, bastante catecismo, nombrándola «Hija de María»; pero no se cuidaron mucho de su aritmética, de la cual sólo recibió nociones ya olvidadas: ni siquiera conocía bien las cuatro operaciones elementales, y no entendía de sacar intereses ni de cuentas. Le parecía ordinario y plebeyo eso de llevar cuadernos con apuntes del gasto. Por otra parte, con las preocupaciones y hábitos desordenados de una familia rica, ella se contentaba con entregar a la llavera, a la «Tato», ama que la había criado y la quería ciegamente, el dinero necesario para el gasto. Era honrada y no le robaría ni un céntimo. En cuanto a los gastos de modista y demás, «eso era indispensable» y no se discutía. Así, pues, el lenguaje de su marido había causado a la joven una sorpresa mezclada de estupor. ¡Y cuán —21→ pequeño y sórdido lo sentía en aquellos momentos! Le veía bajar de su pedestal de enamorado atento y cumplido de antaño, para convertirse en un vulgar y prosaico pescador de dotes, preocupado de cuestiones de tanto por ciento y de dinero... ¡Aj!... Sentía casi asco, náuseas íntimas imposibles de disimular, irritación de todo su ser que se traducía en movimientos de repulsión física. Ángel había sentido como una puñalada en aquel instante, al notar desinteligencias irreductibles entre ambos, y por cuestiones de dinero... Y no podía dejar de sentir una complacencia amarga, viéndola tan elegante, el cuerpo incitante ceñido de seda que moldeaba sus caderas llenas, golpeando nerviosamente el suelo con su largo pie. Aquel animalito de fina sangre necesitaba vivir en el lujo, con cuidados de caballo de carrera, con pesebreras, alimentos y preparadores especiales... Luego él había tratado de borrar la mala impresión de aquella saludable advertencia, echándolo todo a la broma; se habían reconciliado dirigiéndose juntos al paseo.
Las cuentas fueron llegando, poco a poco, de todas partes, las unas pequeñas e insignificantes, las otras crecidas; algunas eran dobles, muchísimas exageradas. Ángel tuvo disgustos y desabrimientos con Gabriela, a quien expuso la necesidad de moderar un tanto los gastos de lujo, para proporcionarlos a las entradas y no concluir en dos años el capital entero. Ella le recibió altanera, casi despreciativamente, con los labios apretados en un gesto que ya conocía en boca de su suegra: «-Tienes admirables condiciones para Ministro de Hacienda -le dijo la joven con ironía-. Es que no podremos seguir viviendo así...» Y mientras se miraban con las pupilas clavadas, notaba —22→ el marido un despego completo, hasta ráfagas de odio en aquellos ojos que viera lánguidos y cargados de amor, ahora duros y punzantes. Es que por ley humana, cuanto nos procura satisfacciones y placeres, mueve dentro de nosotros los resortes del cariño, y cuanto es desagradable y áspero se convierte en semillero de odios y de ocultas antipatías. Los sentimientos iban naciendo y desarrollándose, así, en forma inconsciente, y germinaban solos en las horas de reflexiones calladas y de involuntarias meditaciones mudas, ahondando, ahondando cada vez más el espacio que los separaba al uno del otro. Era un motivo de crueles ansiedades para el marido eso de tocar los asuntos de dinero, tan difíciles y espinosos para él pues al fin y al cabo la fortuna era de ella.
Mas, de repente, surgieron las horas de bonanza, con lo que habían dado en llamar el resurgimiento del país. Los millones amontonados en los Bancos para la conversión de la moneda de 1905, salían a cancha, incrementados por las nuevas e inesperadas emisiones. Las sociedades se formaron a destajo, locamente y sin examen, suscritas al minuto. Ángel se metió en la vorágine de los negocios con todo el empuje de los desesperados, convirtiendo en papeles los dineros todos de la herencia. Necesitaba crearse fortuna rápidamente, para evitar la catástrofe que preveía, con los gastos exagerados de la casa. Y cerraba los ojos, creyéndose en camino de salvación. Un corredor de comercio amigo suyo, de cabeza encanecida por los años, hombre honorable y serio, le afirmaba, con toda sinceridad y buena fe, que casi todos los negocios eran buenos; sólo se necesitaba un poco de paciencia para esperar su desarrollo. Las salitreras darían dividendos enormes de un cuarenta o más por ciento dentro —23→ de dos años: uno para instalar la maquinaria, y otro para comenzar la elaboración de salitre. Las ganaderas se demorarían tres o cuatro. Pero los valores duplicarían, a lo menos, en cuanto se iniciara la producción. Ángel veía en los ojos de su consejero el convencimiento de un hombre honrado e inteligente. Metió la fortuna de su mujer en todo género de empresas, auríferas, salitres, minas de cobre, y ganó, como todo el mundo. A los seis meses, su fortuna pasaba de quinientos mil pesos, y se consideraba, a sí mismo, el rey de los financistas, pues la voz pública le corría millonario y los amigos, aun los simples conocidos, le invitaban a beber copas en el mesón del Club para pedirle consejos de inversiones, que daba siempre con voz reposada, tranquila y absolutamente segura como el fallo definitivo e indiscutible de los Tribunales de Justicia.
Pero luego, y de modo súbito, comenzó la baja de valores. Las cajas de los Bancos se encontraban exhaustas y los deudores no pagaban ni siquiera los intereses de sus créditos. Se pronunciaron quiebras y los grandes capitalistas comenzaron a crujir, no muy seguros, mirando para todos lados. Algunos Bancos pedían nuevas emisiones de papel-moneda. Entretanto, como la mayor parte de las acciones sociales sólo habían sido pagadas en parte, llegaba la hora de nuevas cuotas en los momentos en que los Bancos no tenían dinero. Alzábase inmenso clamor, voz salida de todas partes, desesperada y rugiente, pidiendo nuevas y nuevas emisiones de papel-moneda.
Gabriela, ya más tranquila, escuchaba las adulaciones de sus amigas que la consideraban millonaria, y hablaban de las enormes ganancias de Ángel en la Bolsa. ¿Por qué no se iban a Europa, cuando estaban —24→ tan ricos? Qué suerte era tener un marido como el suyo, tan hábil para negocios. A él no se le iba una; era de los que ven debajo del agua. Gabriela escuchaba complacida las conversaciones de sus amigas echando indirectas a su marido, a la hora de almuerzo y de comer, respecto del famoso viaje y gastando entre tanto el dinero a manos llenas. Había comprado una pareja de caballos de diez mil pesos, y adquiría joyas y trajes sin tasa ni medida. Cuando se produjo la primera baja en valores, Ángel se halló preocupado: era necesario reducir gastos, hacer economías, ya no abrían crédito en los Bancos, los negocios no iban bien. Gabriela se encogió de hombros, mirándole altanera y con ceño fruncido. Y a ella ¿qué más le daba? Allá se compondrían solos los negocios, pues todo era cuestión de paciencia, según se lo había oído a él mismo. No debía tocar esas pequeñeces un hombre que manejaba millones..., pues todo el mundo lo afirmaba y ella sabía por cien conductos diversos. No había quién no se lo hubiera dicho a su mamá y a ella. Hasta el banquero Fillmer le había preguntado por qué su marido no compraba el fondo de Pehuan que iba a rematarse en novecientos mil pesos. En vano trataba el marido de explicar a su mujer el estado general de sus negocios; ella se obstinaba en no oírle, se negaba a descender a cálculos que para ella eran griego. Y luego se exaltaba, a pesar de ser tranquila, se tapaba los oídos y daba voces. Ángel, en cambio, se desesperaba, perdía el tino y se hundía más y más en especulaciones aventuradas y obscuras, en el fondo de las cuales veía relucir el oro de los millones, es decir, la paz del hogar, el fin de las angustias del millonario ficticio, el descanso, el respiro, la consideración de los demás y junto con esto el poder, y el camino —25→ de la ambición. Tal como veía constituida la sociedad chilena, se necesitaba gran fortuna para figurar en política, pagar elecciones de diputado o senador. En una sociedad en que sólo cuenta el dinero, se decía, es necesario adquirirlo a toda costa. Y sin quererlo, como otros muchos, iba perdiendo toda noción moral, en lenta e insensible desmoralización que le corroía el alma quemándole como ácido nítrico. Cuando podía esquivar un pago, lo hacía tranquilamente; buscaba salidas capciosas y tinterillescas para eludir compromisos de negocios. Lo que le hubiera repugnado profundamente seis meses antes, le iba pareciendo ahora expediente natural y explicable en circunstancias dadas. Ya entraba en las transacciones y compromisos de conciencia consigo mismo, en el camino de la duplicidad de los seres impulsivos. Un velo, cada vez más denso, iba envolviendo su ser moral y deformando la vista de las cosas.
La tarjeta de Vanard llamándole a la rueda de Bolsa había caído sobre él como una granada de espoleta. Y era tanta la emoción, que sus manos trémulas no daban con el hueco de las mangas al coger el abrigo. Bajó los tramos de la escalera de dos en dos y se lanzó por la calle de Ahumada atropellando la gente, con la vista perdida por la ansiedad amarga de llegar pronto, en la previsión lacerante de una catástrofe financiera en la cual bien pudiera caer envuelto, perdiendo buena parte de su fortuna. Desesperábase con el laconismo de la tarjeta que le dejaba en duda; acaso le hubiera causado un alivio, el saberse arruinado, en vez de aquella ansiedad irritante, sólo comparable con la de los que buscan el cadáver de un deudo en el desastre nocturno del tren. Así, a grandes trancos, llegó a la Bolsa de Comercio, —26→ en cuya puerta dos corredores atrasados discutían un negocio, con las manos metidas en los bolsillos, y con voces rápidas. Sin saludarles, hízoles a un lado y se metió violentamente en el salón central, enteramente lleno de individuos de todas cataduras y de trajes negros, amontonados tras de las barandillas de madera que protegen el recinto de la rueda de corredores. El Director de turno presidía, impasible, mientras uno de los empleados leía con voz chillona y monótona una lista interminable de valores ofrecidos, pronunciando los nombres con excesiva rapidez...: 500 Sofías a ½, vendo... 1,000 Avanzadas a 6, vendo... -A 7/8 compro... -interrumpió una voz desde el fondo...- 200 Cochamó a 30, vendo... 300 Australes a 26... 100 Ormo a 40... Compro 100 Vapores a 1/4... -A medio, vendo -interrumpió una voz-, ¡Conforme!... -exclamó otra voz, y se oyó golpe seco de martillo, en la mesa, anotándose en la pizarra la operación correspondiente.
Era interminable la lista de acciones mineras, salitreras, ganaderas y auríferas ofrecidas en venta. De tarde en tarde interrumpíala una voz que ofrecía o pedía las acciones a un cuarto más bajo, o más alto, según el movimiento de la plaza. En ciertos papeles muy movidos veíase hasta varios puntos de diferencia en la misma rueda. A cada instante llegaban los mozos con telegramas de Valparaíso, o con tarjetas de órdenes. Había momentos en que las ofertas salían a gritos de diversos puntos de la sala a una voz. «¡Vendo cien Alianzas a 19! ¡Y cien más!... Y cien más..., y doscientas más..., cien más..., quinientas más...»
En cuanto Vanard hubo divisado la fisonomía pálida de Ángel, abandonó su asiento, conduciéndole —27→ apresuradamente al vestíbulo. «Era preciso que habláramos dos palabras... Se ha producido gran baja en las Malveo... Hay vendedores a 12... Tú las comprastes a 26... Esto significa ya buena pérdida... -¿Y a qué se debe la baja?... -Dicen que ha llegado informe del ingeniero Mac-Fersen, enviado por el Banco Alemán, según el cual no habría ni un grano de sales potásicas en todo Malveo... Aquello sería burla, explotación audaz de la buena fe de los accionistas a quienes habrían contado el cuento del tío... -¡Pero cómo será posible esa infamia con un Directorio tan respetable! -exclamó Ángel ingenuamente. El joven no podía aceptar el informe..., aquello debía ser maniobra de los bajistas. Qué de cosas peores no se había visto en Bolsa ¡Dios Santo! Vanard se encogía de hombros; Dios estaba muy lejos y los hombres eran muy malos. Todo podía pasar; el judío Bamberg era capaz de una grande, y los telegramas llovían de Valparaíso, dando órdenes suyas para vender cantidades de Malveo, sin duda en descubierto. -«Pero la cosa apura -agregó Vanard-..., ahora tendremos toros en la Bolsa. ¿Quieres que venda tus Malveo?» -«No», replicó Ángel, resueltamente. El joven había llegado a la Bolsa con el propósito de abandonar todas sus acciones de Malveo, temiendo la horrible baja; ahora mudaba súbitamente de resolución, quería sostenerse, comprar todavía más, pelear a brazo partido con los bajistas. Acaba de oír el nombre para él tan odiado de Bamberg que le había hecho perder dinero en el Comercial, mediante una maniobra poco decente y que además cortejaba a la Biondi.
Bastaba la presencia del odiado personaje entre los bajistas para enardecer la sangre de sus venas. —28→ «Me afirmo», dijo rápidamente a Vanard. «Si las Malveo bajan a 8 tomo dos mil más..., y si llegan a 6... -agregó en tono de duda-, lo que me parece difícil, tómeme cinco mil más...» Ángel estaba pálido; Vanard, tomado el apunte en su cartera, le estrechó la mano fuertemente, despidiéndose con una sonrisa que le iluminaba el rostro. Ambos entraron a la sala. Una luz descolorida caía de lo alto de la claraboya sobre los rostros de los corredores, atentos a la oferta y a la demanda, con el sombrero encasquetado en la cabeza, en algunos echado hacia los ojos, en otros, de lado; algunos agachaban la vista, como dormidos, imitando a los jugadores. Ahí estaba el corredor Vallejos, gordo y colorado, respirando salud y satisfacción, con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco; sentíase contento, pues había recibido numerosas órdenes de compra, y no creía en la veracidad del Informe de Malveo. Por eso chupaba su cigarro puro, que había resultado exquisito, con especial complacencia. Un poco más lejos, el corredor Garrido, nuevo en la Bolsa, y no hecho a tempestades repentinas, estaba un poco nervioso e inquieto; jugaba, también, a la alza como Vallejos, pero comprometía en esta ocasión el capital de unos clientes a quienes había recomendado el negocio de Malveo como el mayor de América. «Las acciones llegarán a mil pesos», les decía en tono de convencimiento absoluto, mientras embolsicaba tranquilamente las acciones «liberadas» de su comisión. Ahora tenía sustos, ¡qué diablos! Las acciones después de alcanzar una prima enorme, vendidas a treinta pesos, habían bajado lentamente a la par, y luego, en veinticuatro horas, de golpe y porrazo, a doce pesos. Mientras tanto, seguía el secretario recitando, con voz apresurada y chillona de —29→ letanía, su lista de valores. Sólo se vendía uno que otro, principalmente bonos hipotecarios, resonando, de tarde en tarde, el golpe seco del martillo.
Bajo su aparente indiferencia, todos los corredores se hallaban emocionados. Sabíase que había «máquina», es decir, un Trust de corredores, con fuertes capitales acumulados con el propósito de jugar a la baja con Malveo. Por eso, creyendo falsa la noticia del Informe del Banco Alemán, que nadie conocía, se había formado también otro pequeño trust para defenderse, y de él formaba parte Vanard, quien, naturalmente, había recibido con júbilo el refuerzo de la orden de Heredia. Vallejos, Garrido, Bellido Hernández y Vanard estaban de acuerdo, secretamente, para sostener las acciones de Malveo en contra de los bajistas encabezados por Raigada y, según se creía, apoyados por todos los capitales y el crédito de Bamberg que representaba otro sindicato secreto de Valparaíso.
La voz monótona del secretario seguía rápida enumerando valores, minas, salitres. Un acento ronco le interrumpió, de repente, desde un rincón: «Cien Malveo compro a 12...» Era la primera vez que se nombraba las acciones en esa rueda... -«¡Conforme!» contestó la voz un tanto atiplada de Martínez Villar. Y resonó el palo. Entre los corredores se daba señales de atención y cesaron las conversaciones de golpe; en la galería hubo instantes de murmullo seguidos de silencio. «¡A 13 compro doscientas Malveo!...», gritó Vallejos... «Y doscientas más», agregó Bellido muy entonado. «Y otras doscientas», decía la voz fuerte de Julio Menéndez. Entre los corredores resonó el murmullo de varios que hablaban; en la galería circular se notaba movimiento y agitación —30→ visible. El alza parecía iniciada. Un señor gordo, de barba blanca, envió una tarjeta con órdenes para Vanard. «Bien lo decía yo, agregó al oído de su compañero, esto se va para arriba, se encumbra como volantín. ¡Malveo es una riqueza enorme, señor, es el primer yacimiento de potasa del mundo!» Y gritaba, y gesticulaba, como queriendo imponer sus convicciones a todos. Los alcistas no podían ocultar un sentimiento de júbilo; todo volvía para arriba... Malveo triunfaba. La cara de Cristóbal Raigada parecía más amarilla aún, bajo la luz mortecina de la claraboya, y su sonrisa nerviosa tenía aspecto de mueca, pero no decía palabra. Garrido le miraba de reojo, con aire de triunfo, gozándose interiormente con la pérdida de su adversario, que en esos instantes leía un telegrama, pasándolo a otro. Se nombraron diversos papeles, con golpes de martillo.
De repente, estalló de nuevo el nombre de Malveo: ofrecíanse doscientas a 12..., y doscientas más..., y doscientas más, hasta mil. Johnson, después de enjugarse la cabeza calva con el pañuelo, ofreció quinientas Malveo a 10, con voz reposada. Se las tomaron. Ofreció quinientas más, y también las tomaron. A su turno, del otro extremo de la sala se oyó la voz fuerte de Villalón, el alter-ego de Raigada, que ofrecía Malveos a ocho... Se tomaron hasta seis mil acciones. Algunos corredores se miraban inquietos; habían recibido, en garantía, acciones de Malveo a diez. Diversos agentes las ofrecían a 8 y los corredores, sobrecogidos de pánico, no se atrevían a tomarlas. «A cinco, vendo mil Malveos», exclamó Raigada, con tono despreciativo. «¡Conforme!», le gritó Vanard, y resonó el golpe seco del palo con tono lúgubre. Era el desastre que comenzaba, algunos sentían el temblorcillo —31→ nervioso de las grandes pérdidas que hacen flaquear las piernas y cubren la frente de sudor helado. Ángel notó que le palpitaba el corazón aceleradamente, junto con una angustia indefinible, algo lacerante, como en el día de su ruptura con Gabriela. Habían desaparecido la animación febril y los rostros contentos de los días de grandes alzas. Los movimientos eran más pausados, las voces bajaban en rumores sordos de cuchicheos, mientras un soplo de temor indefinido circulaba por la sala. ¡Las Malveo a cinco! Pero eso era la ruina y la desesperación para muchos hogares..., era el hambre..., la quiebra de otros..., el suicidio de algunos... Ahora los ánimos viraban... Por la fuerza del golpe, comenzábase a creer en la efectividad de los informes del ingeniero Mac-Fersen, y si eran verídicos, las Malveo bajarían a dos pesos, a uno, a veinte centavos..., a nada. El estremecimiento nervioso de la duda conmovía a los defensores de Malveo. Bellido había jugado a la alza en los primeros instantes, lleno de fe; mas ahora, viendo el abatimiento profundo de los sostenedores del papel, y la audacia creciente de los bajistas, encabezados por Martínez Villar y Raigada, tomó una resolución súbita, y cambió de repente de posiciones, jugando a la baja. Los amigos escucharon, con sorpresa, la voz de Bellido que ofrecía, también, mil Malveos a 5 y mil más y otras mil..., hasta diez... La sala se arremolinaba, desencajábanse algunas figuras entre los asistentes de galería. Se veía ojos inyectados en sangre, se palpaba los grandes abatimientos precursores de ruina y de catástrofe. ¡Las Malveo a cuatro!...
Vanard se había puesto pálido, intensamente pálido, pero seguía con sonrisa nerviosa incrustada en el rostro; sentía cólera tremenda en contra de Bellido, —32→ a quien hubiera abofeteado de buena gana. Era un chancho..., un infame que faltaba a su palabra traicionando sus compromisos y pasándose al enemigo en plena batalla. En realidad, esa rueda no era otra cosa sino lucha terrible, con muertos y heridos; un batallar desapiadado y frío por arrojarse mutuamente a la miseria y a la calle... Bellido, con cara de palo, miraba hacia el techo, temiendo encararse con los ojos fulgurantes de sus compañeros. Vallejo le buscaba insistentemente la cara, con deseos de abrumarle a fuerza de desprecio, de escupirle: el traidor tendría que amarrarse los calzones, pues si ellos le cogían en algún descubierto le harían sonar. Vanard había tomado una actitud desmayada y flácida, con los brazos caídos, el rostro de color cetrino y la mirada ausente y errabunda; ya no tenía fuerza para fingir por más tiempo... Durante varias semanas había creído en el alza de las Malveo, comprando y comprando sin cesar, primero a 26, luego a 22, a 18, a 15, a 12..., a 8, a 6..., y ahora las veía ofrecidas a 4... Estaba excedido en su cuenta corriente a más no poder; había sacado dinero en préstamo, del Transatlántico, dando en garantía unos bonos ajenos..., y ahora todo se derrumbaba, sin esperanza alguna, en el crack terrible. Su caso se ponía crítico. ¡Santo cielo!, qué no harían sus enemigos para hundirlo en situación semejante. De su frente goteaba sudor helado, pegándole a las sienes sus ondas tupidas de cabello de un negro de ala de cuervo. Vanard conocía el mundo, y su fino tacto, acaso excitado por preocupaciones, creía notar en sus compañeros de Club la frialdad, las miradas errantes, los saludos despegados con que se recibe a los hombres que van a menos, sintiendo, con esto, en su vanidad, que era grande, las más crueles mordeduras, —33→ tanto peores cuanto no se pueden castigar a bofetadas como las injurias francas. Ahora comenzaba a sentir que le zumbaban los oídos con el imperceptible campanilleo de las grandes catástrofes. Los bajistas habían triunfado en toda la línea. Martínez Villar continuaba ofreciendo las Malveo a 4... Villalón, el compañero de Raigada, mozo de barba negra, en punta, con voz aguda las ofreció a tres y medio. Un sacudimiento nervioso agitaba a los alcistas: Vallejos, con el rostro encendido, compró varios miles de Malveo a 3; no tenía dinero con qué pagarlas, pero adivinaba en sus adversarios un gran descubierto, y él sabría ponerles las peras a cuatro. Acaso en ese golpe de audacia encontraría la fortuna, pues era imposible que las acciones no reaccionaran de tal sorpresa. Y si le reventaban, ¡qué demonios!, arrancaría a la Argentina...
Al levantarse la rueda todos hablaban a un tiempo, gesticulando, dominados por sus nervios; ya sin poder contenerse. Cruzábanse los llamados, las voces, las actitudes triunfantes de los unos, las caras contraídas de los otros, mientras las anchas fauces de las puertas de la Bolsa vomitaban su alimento humano que salía con paso precipitado y violento, en negra y compacta muchedumbre. Vanard apretó fuertemente la mano de Ángel, poniendo en su gesto un sentimiento de fuerza y de consuelo que ya no sentía dentro de sí. «Era celada de los bajistas que habían armado la máquina para bajar las Malveo, y quedarse con todas las acciones, con el propósito de subirlas a precios enormes, con gran ganancia, más tarde». «Banda de Pitos», alegre y simpático, voceaba en un círculo refiriendo la historia del trust de Valparaíso, con todos sus nombres; a él no se le iban con chicas, era capaz —34→ de cantarle una fresca al lucero del alba... Y movía los brazos, accionando con grandes aspavientos. Alrededor de Vallejos, en la acera del frente, se arremolinaba una ola de clientes, temblando de incertidumbre, ávidos de una frase consoladora en aquel derrumbe súbito e inesperado de las acciones más bulladas del mercado, de aquellas en las cuales se fundaba más sólidas esperanzas de fortuna y preconizadas por sus adeptos como la continuación de la «Mil y una Noches», como la industria de la potasa que sería, para Chile, de mayor importancia que el salitre. En la calle de Bandera, entre Huérfanos y Agustinas, hormigueaba la multitud, atraída por las noticias de la caída de las Malveo. En torno de Vanard se había reunido numeroso grupo de amigos y tenedores de la sociedad en baja; eran los creyentes, los cándidos, a quienes bastaba una palabra de su agente de Bolsa, para encender nuevamente la fe, una fe de carbonero, en la riqueza de los yacimientos de Malveo y en su inmenso desarrollo futuro. «¡Calma!, ¡calma!», les decía Vanard... «La regla es aguantarse y no vender cuando todos venden». Un agricultor, antiguo militar a quien se acusaba de manejos indelicados, el «huaso Miranda», llegaba lleno de fe, el pecho henchido de confianza, a dar órdenes de que le compraran diez mil Malveo a tres...
Cristóbal Raigada aparecía, en esos momentos, en la puerta de la Bolsa; venía saliendo de los últimos, lentamente y sin apresurarse, con la sonrisa que descubría lentamente los dientes apretados y blancos en su rostro amarillento, calzados los guantes oscuros, como de costumbre, y rodeado de una corte, del círculo que cerca y adula siempre a los vencedores, de los compañeros que piden datos, de los clientes que buscan —35→ consejo. Parecía triunfador romano. «Me acusan de ser bajista, decía, pues bien, lo soy; pero no combato nunca en contra de las sociedades buenas, sólidas y honradas... En cambio, cuando encuentro en mi camino trampas destinadas a zorzales, grandes pilatunas..., alguna maula formidable arreglada por cuatro pilletes, me le voy encima con todo el cuerpo, y si puedo, la aplasto, si no la bajo, seguro de hacer una buena obra de limpieza pública. Las Malveo son un escándalo...» Y sin agregar palabra, Raigada sacó de su bolsillo una copia del famoso informe, del ingeniero del Transatlántico, tomada a máquina.
Comenzaron a leerla en voz alta, en el numeroso círculo del vestíbulo de la Bolsa. El Informe era horrible: jamás habían existido rastros de sales potásicas en Malveo; aquello era una inmensa burla hecha al candor de los suscritores de la Sociedad. La noticia del informe se extendía como una mancha de aceite, queriendo todos leerla y comentarla a un tiempo. No faltaban agentes del Directorio que afirmaran, con certidumbre, cómo les constaba que el ingeniero se había vendido y que ni siquiera había estado en los campos de Malveo, haciendo su informe desde Santiago.
Pero ya la lucha era imposible, llegaba la catástrofe, arrastrando a la multitud en el desenfrenado galope del sálvese quien pueda. De la confianza extremada, la opinión de los hombres de negocios había saltado al absoluto escepticismo. Ángel Heredia, todo nervioso, mordiendo entre los dientes el puño de plata de su bastón, presenciaba la reacción del miedo, en que todos se atropellan por vender, si todavía es tiempo. Las órdenes les llovían a los corredores de comercio para vender Malveo a cualquier precio. —36→ El joven se sentía poseído de vértigo; todo le parecía turbio, y las piernas comenzaban a flaquearle. Vanard le cogió de un brazo llevándolo al Club, en donde se sentaron solos, junto a la mesita del rincón. Ángel supo que se habían cumplido sus órdenes. Pidieron whisky y soda, para Vanard, quien se bebió cuatro copas, una en pos de otra, mientras refería a Heredia los detalles de la jornada. Habíanse contraído los músculos de su cara en gesto serio y grave que no le cuadraba. Un aire mustio, cansado, envejecía su rostro simpático, dándole muchos años, de golpe, y como poniendo término a su juventud tan prolongada. Poco antes, nadie le hubiera echado más de treinta y cinco; ahora pasaba ya de los cincuenta, violentamente acusadas las arrugas de su frente y las patas de gallo de sus ojos, a fuerza de trabajos y de preocupaciones. Las ojeras, de tono cárdeno, se volvían violáceas, hinchándose con el mal dormir y el excesivo meditar. Era que el peso grave de sus responsabilidades le abrumaba. En vano había golpeado las puertas de los Bancos que ya no le abrían crédito, pues su influencia política bajaba desde que se hallaba lejos del poder su partido. Quiso recuperar algo del dinero prestado a los amigos, pero como casi todos se hallaban sometidos al oleaje y a las tempestades de la Bolsa, encontró las puertas cerradas. En la mañana había visitado a don Bonifacio Carel, prohombre de su grupo, en el cual gozaba el prestigio de fortuna que pasaba de varios millones; le negó los treinta mil pesos que pedía. Vanard se bebía el coñac copa tras copa, de un sorbo, mientras su mirada vagabunda, envuelta en honda tristeza, erraba por todas partes, sin detenerse en ninguna, y sin fuerzas para los disimulos mundanos, como esos viejos resortes ya vencidos —37→ e inútiles que ceden al más leve contacto. Había cumplido las órdenes de Ángel. Ambos sacaron las cuentas en una hoja de bloc: el joven perdía, con la baja de las Malveo, la suma de ciento setenta y tres mil pesos, pues las había comprado, en parte, a los precios más altos. Esto, agregado a las pérdidas de otros papeles, reducía su fortuna, dejando libres solamente unos cuantos miles de pesos del naufragio de tantas y tantas ilusiones, y cuando ya se consideraba millonario en medio del resurgimiento del país que algunos daban como producido con el chorro continuo de millones fiscales. Dominado por la tristeza que le invadía, el joven no paraba mientes en los síntomas de la tempestad moral que sacudía al infeliz Vanard como una hoja triturada par el viento. Hubo un instante en que tuvo en los labios una frase humilde de súplica; lágrimas asomaban a los ojos del pobre vencido, pero no se atrevía a solicitar un préstamo del hombre a quien hacía perder una cantidad enorme con sus consejos desgraciados. Ángel tal vez contaría sus apuros y miserias a Gabriela, a Magda, a todo el mundo, y eso, después de rechazada su petición. Se veía mirado en menos en las casas de tono en donde antes le acogían y no podía resignarse a la compasión de mujeres a quienes había atendido en bailes y acaso cortejado. Su orgullo se sublevaba desesperadamente y sus nervios le hicieron dar un salto en la silla. «¿Que tiene; Vanard?», le dijo su compañero. «Nada», contestó el infeliz, y recuperó la sonrisa de su rostro como quien hace una mueca forzada y terrible.
—38→
Ángel se despidió del agente en la puerta del Club y tomó por la calle de Bandera en dirección a su casa. Llevaba el rostro con el mismo aspecto de costumbre, la cabeza echada atrás, los bigotes retorcidos para arriba y no se apartaba de sus labios la sonrisa enigmática, en la cual se acentuaba ahora su puntillo de insolencia; sus cabellos rizados, por efecto del sudor, se le habían pegado en las ondas de las sienes. Por lo demás, nadie hubiera sospechado las horribles ansiedades interiores que desgarraban su alma, ante la cual surgían, de golpe, todos los problemas de dinero y de vanidad social. Sus rentas disminuían de modo enorme, pues parte considerable de su fortuna se hallaba invertida en papeles que no daban dividendos. Era menester, sin embargo, mantenerse en el mismo rango social, con el coche, el palco, los trajes de su mujer, la serie de gastos personales y unos ítems muy fuertes relativos a sus vicios. ¡Vamos!, un hombre de su posición no podía tirar por la ventana a una prima-donna del Teatro Municipal, ni separarse —39→ de sus amigos, con quienes comía frecuentemente, ni dejar de tomar los aperitivos, ni las botellas de champagne jugadas al cacho, ni romper, de golpe y porrazo, con los compañeros de poker quienes, en cuanto lo vieran llegar al Club, le llamarían a jugar una mano. Y así como Gabriela, aun arruinada, tendría que hacer los mismos gastos que Marta Liniers, Nina Oyanguren, Olga Sánchez y demás señoras de gran fortuna con quienes vivía en intimidad estrecha, él se encontraba encadenado a sus amigos, aun cuando no tuviera dinero para hacer los mismos gastos, ni el cinismo necesario para vivir de parásito, a punta de humillaciones disimuladas y del eterno adular a los ricos. No, eso no lo haría jamás; tenía demasiado orgullo, concepto muy alto de su nombre y de su prestigio de familia: un Heredia no hacía esas cosas, ni podía descender de esa manera... Involuntariamente surgía a sus ojos la figura del «Senador» Peñalver, arrepanchigado en la mejor de las poltronas, o devorando, a cuenta ajena, la más exquisita de las comidas. Pero qué lucha tan tremenda, qué de tragos amargos no era necesario pasar para atravesar dignamente por situación tan depresiva... Sin embargo, a todo se hace el cuerpo, como dicen.
Ángel seguía pensando, mientras caminaba por la calle de Bandera, y contestando automáticamente los saludos, con sonrisa y movimiento de manos inconsciente, arrastrado por el impulso mecánico de su andar. De súbito, al doblar por la esquina de Agustinas, se topó con Cristóbal Raigada que se encaminaba al Banco Italiano, con un paquete de bonos bajo el brazo. La sangre refluyó a la cabeza del joven cuando Raigada, antiguo amigo suyo, le golpeó familiarmente el hombro; la cólera hizo palpitar violentamente su —40→ corazón, como en los momentos en que se preparaba a descargar bofetadas. Una indignación profunda le puso de palidez cadavérica, al sentir el saludo familiar del promotor de la baja, de esa baja infame que llevaba la ruina a tantos hogares... Pero se contuvo.
-«¡Pobre Ángel!», le dijo con voz apacible y suave Raigada. «¿Que también has caído junto con los zorzales que compraban Malveos a cuarenta pesos? Eso era una gran pilatuna, hijo mío...»
Por una rápida transición, Ángel no quiso confesar su ruina, en la sublevación del orgullo. Comprendía que manifestar enojo era darse por vencido en la terrible batalla financiera. Hizo poderoso esfuerzo, y con voz que se anudaba en su garganta:
-«¿Por qué dices eso?», interrogó.
-«Las cifras cantan, hombre», agregó Raigada, pasándole el Informe del ingeniero sobre Malveo.
Ángel lo leyó en silencio, pudiendo apenas sostener el papel entre sus manos que temblaban. ¡Santo cielo! Entonces era cierto cuanto se decía sotto voce, y él tomaba por infame calumnia... Los yacimientos de potasa se encontraban en la mente de Dios; la Sociedad había sido máquina infernal y sus acciones ya no valían un céntimo. Las piernas se negaban a sostenerle y entró, maquinalmente, a un bar en compañía de Raigada. Mientras el sudor pegajoso y frío humedecía su frente, sintió en su ser una reacción súbita. Minutos antes había pensado en golpear a Raigada, con furia, con frenesí, con el más desatentado de los odios, por el mal que le hacía a todo el mundo, sin tomar en cuenta, según creía, sus propios daños; ahora, leído ya el informe, pasaba a una confianza ciega en Raigada y su odio tomaba otra dirección.
—41→«¡Son unos grandes canallas!», murmuro como hablando consigo mismo, y dirigiéndose al corredor:
-«¿Sería posible vender unas diez mil Malveo?»
-«¡Caramba!», le contestó el otro enarcando las cejas, «es grueso. Pero acabo de recibir un telegrama de Valparaíso en que me piden tres mil a cinco... Te venderé las que te quedan... y diez mil más en descubierto... Quedan todavía zorzales... En la semana próxima, las compras a peso y te zafas parte del clavo...»
Separáronse con fuerte apretón de manos, en que ponía Heredia todo su agradecimiento. Raigada, con su paso largo y pausado, penetró al Italiano. Era muy habiloso, conocía todos los recodos y recámaras de la Bolsa, sabía quiénes jugaban grueso, a la alza o a la baja y había leído, en Ángel, como en libro abierto. Por eso, al acercarse a la pieza del gerente, experimentaba la sensación del triunfo más completo de su vida de hombre de negocios en aquel apretón de manos; era el gozo de haber hecho palpitar, a su voluntad, todas las cuerdas de un alma, convirtiendo, con una palabra, un adversario mortal en instrumento ciego.
Heredia volvió en dirección a su casa con el ánimo ya más tranquilo, por haberse robustecido con el contacto de un hombre fuerte. Caía la tarde, los focos eléctricos hacían parpadear su luz como de luna a la hora del crepúsculo. Por la calle del Estado se descargaba una avalancha de coches, a todo trote, con el estrépito del rodar apresurado, de las fustas que sacudían latigazos, de cascabeles y cadenas. Masa negra de gente cruzaba por las anchas aceras frente a San Agustín, o se detenía en los escaparates brillantemente iluminados de las tiendas. Algunas damas, —42→ de porte airoso, con el vestido ligeramente alzado, hacían resonar sus pasos menudos; sirvientas de manto, llevando cajas de sombreros, paseantes apresurados, se codeaban a esa hora de agitación en que termina el día. Las torres de San Agustín se perdían en el cielo que comenzaba a oscurecerse.
Ángel se deslizó, con paso firme, junto a los muestrarios iluminados de las tiendas fijando su pupila, involuntariamente, en los dos enormes frascos de líquidos rojo y verde, asomados en una botica. Y siguió, sin apresurarse, por entre la multitud, con el bastón cogido por la mitad, y separado del cuerpo, a la inglesa. Frente a un modisto, se detuvo un instante el carruaje de Nina Oyanguren que descendió con aire elegante, el vestido ligeramente recogido, la cabeza echada atrás, el paso ligero, saludándole con una de esas leves inflexiones de cuerpo, mezcla de familiaridad y simpatía, usuales en la gente de tono. Manuelita Vásquez descendía del cupé, a su turno, con un gran paquete; el valet de pie cerró la portezuela y ambas se hundieron en la arquería del edificio de moda. A pesar de sus preocupaciones, Ángel no pudo dejar de representarse, en la imaginación, la figura que pondrían las dos elegantes santiaguinas en manos del sastre que les tomaba medidas, les pulseaba el talle, les prendía alfileres y se alejaría para contemplarlas con sus ojuelos de alemán, el continente grave y alzados los bigotes rubios engomados; todo se lo figuraba irónicamente en esos instantes de graves emociones para él. Un poco más allá, cerca de Moneda, se le juntó Polo Sánchez. Púsole cara de vinagre, pero el otro no hizo caso, y siguió a su lado, hablándole de la baja del cambio, del encarecimiento de los artículos de consumo y de cómo la vida se hacía imposible —43→ en Chile. Ángel había vuelto a sus preocupaciones, sin cuidarse de lo que el otro hablaba. Polo prosiguió, cambiando de tema, por una asociación de ideas; disertaba sobre el azúcar de betarraga y sus varios métodos de cultivo. Y para forzar su atención, acudía al interrogatorio. ¿Conoces los procedimientos usados en Alemania? ¿Los usados en Francia? Ángel seguía preocupado con el desastre financiero; la enorme pérdida de ciento setenta y tres mil pesos, capaz de tumbar a un Banco, él la resistiría -pensaba para su interior, con cierto sentimiento de vanidad. Pero era un golpe feroz, ¡caramba!, y él lo había recibido como todo un hombre... Sentía admiración profunda de sí mismo, satisfacción íntima al verse fuerte, cuando cualquier otro estuviera desesperado. Mas, como en ese instante le hablara Polo del acontecimiento del día, de la terrible y súbita caída de las Malveo, sintió Ángel una especie de escalofrío, acompañado de sensación de sequedad en la garganta y una pena callada que le invadía lentamente como las rachas de neblina de la tarde. Era la inmensa desgracia de su porvenir destruido, de todas las esperanzas de fortuna derrumbadas como castillo de naipes en el momento en que más seguro se creía de riqueza; con ella se iban hasta las expectativas políticas, los ensueños de ambición formados para el futuro. ¿No había iniciado ya la correspondencia para lanzar su candidatura de diputado en las próximas elecciones? Ahora volverían las luchas tan desagradables dentro del hogar, para moderar los gastos de la casa, para contener los despilfarros de la servidumbre, para limitar los encargos a Europa. Sentía sobre sus espaldas el peso de su enorme tren de rico y sin fortuna, sacando la cuenta: quinientos pesos de arriendo de —44→ casa; trescientos, para el coche y cochero; cuatrocientos francos a la Nurse, ciento cincuenta al chef de la cocina, mil doscientos para los demás gastos de la casa. Aquello formaba un total de cuarenta mil pesos cortos, agregados los demás gastos de ropa, teatros, etc. Y no veía de dónde sacarlos, a menos de comerse todo el capital a breve término. Pero muchos otros habían quedado en la calle, con la baja de papeles, en peor situación que la suya. Estas reflexiones, hasta cierto punto, le servían de paliativo en la desgracia propia. Mas luego se representaba, con cruel plasticidad, la lucha que habría de sustentar con su mujer y su resistencia obstinada e insolentemente orgullosa; ella no podía dejar de vivir, como lo había hecho siempre, a la altura de sus demás amigas: al fin y al cabo no era una mendiga ni una pordiosera de calles. Y veía la pelea diaria por cada ítem del presupuesto doméstico y cómo se resistiría la expulsión de la inglesa, la del cocinero, la mudanza a otra casa más barata...
En ese instante le interrumpió Polo en sus meditaciones:
-¿Y tú crees lo que se dice, hombre? ¿Será posible? Respóndeme.
Ángel se encogió de hombros, no sabiendo de qué se trataba, y se despidió de su amigo con un apretón de manos, pretextando asunto urgente. Ahora sentía la necesidad de andar, de moverse mucho, para descargar, con el movimiento, la tensión excesiva de sus nervios. El campanilleo de un carro le hizo detenerse frente a la Plazuela de San Francisco. Los focos eléctricos derramaban un reguero de luz sobre los ladrillos de composición con los cuales se encuentra embaldosada aquella parte del paseo de las Delicias. —45→ Los árboles extendían sus largas ramas de esqueleto deshojado en hilera interminable que se perdía, a lo lejos, entre los focos. La torre de San Francisco, toda de rosa y blanco, surgía como un fantasma, y más allá los jardines con sus chorros de agua, una serie de viejos edificios coloniales, construidos en los primeros años del siglo XIX, y el Hospital de San Juan de Dios, lamentable y triste, sin carácter ni arquitectura, como ruina olvidada del tiempo de la conquista. Luego, al fondo del semicírculo, casi al pié del cerro Santa Lucía, divisábase las agujas y las torres góticas de la Iglesia del Carmen Alto. Un soplo helado de viento de cordillera le hizo alzarse el cuello de su gabán mientras, de paso, recibía la bocanada tibia, impregnada de alcohol, de los muchos bares que en aquella parte existen.
El reloj cercano daba en esos instantes la media, con su voz metálica; eso trajo la noción de la realidad a la cabeza recalentada del joven, y como sintiera unos ardores en el estómago, sacó el reloj. Era ya tarde y debía volverse; al llegar a su casa daban las nueve. Tocó el botón eléctrico para el sirviente; llamaba su atención no ver el comedor iluminado. ¿Que Gabriela no había comido en casa? Muy rara vez se quedaba en la de su madre.
-¿Dónde está la señora? -preguntó, comenzando a notar algo raro, sobrecogido de un presentimiento de vago temor. Ya creía notar en la cara del sirviente un no sé qué, fuera de lo usual.
-Ha salido, señor, poco después de llegar. Me dio esta carta para Ud...
Ángel movió la llave para dar luz a su escritorio, cogiendo la carta de manos del criado. Sería probablemente alguna excusa de no comer en casa, pensó —46→ entre sí, para tranquilizarse, dominando la inquietud extraña que le sobrecogía.
-¿Y los niños? ¿Están acostados?
-Salieron con la señora.
Ángel quedó estupefacto, y despidió al sirviente con un gesto: «Que pongan la comida...»
Es algo extraño, pensaba, mientras le palpitaba el corazón al abrir la carta de su mujer. Una sorpresa extraordinaria se dibujaba en su fisonomía, mientras iba leyendo. Era larga carta, escrita con mano trémula y con huellas de lágrimas que habían borroneado algunas palabras. Llegaba de casa de una amiga, en donde acababa de saber su escándalo con la Biondini. Se iba a casa de su madre, con los niños, pues no quería vivir, ni un momento más, con él bajo el mismo techo. Era un infame que arrastraba el nombre de sus hijos por el lodo. En todo Santiago no se hablaba de otra cosa sino de su escándalo dado en el proscenio del Municipal, por una mujerzuela... a quien tenía de querida. Su dinero que le escatimaba para «lo más indispensable» era arrojado por la ventana en la compañía despreciable de viles mujeres de teatro. No volvería a verle en su vida, pues estaba harta de humillaciones y de sufrimientos. La carta seguía mezclando lamentaciones indignadas con una sublevación íntima de todo su ser. Ángel se sentía como anonadado e inconsciente ante el derrumbe total y completo de toda su existencia, su fortuna, su hogar, que desaparecían arrastrados de golpe, a un mismo instante. Bienvenido seas mal si vienes sólo, pensó.
Y la inmensa tragedia se desarrollaba, sin gritos, ni escenas, ni estrépito, como todos los demás sucesos ordinarios y corrientes de la vida común. Un pedazo de papel, unas cuantas líneas, y sentía dentro de sí —47→ un vacío negro, algo irreparable. Era como un gran foso que se hubiera cavado en su conciencia, abismo oscuro y hondo en el cual se hubieran sepultado sus esperanzas. No era feliz en su hogar, las disidencias a cada paso estallaban irreductibles entre ellos, y, sin embargo, el paso dado por Gabriela le sobrecogía del estupor más doloroso, de un desgarramiento interno como si con sus hijos le arrancaran pedazos de sus entrañas, y la sentía también, a ella, como se siente el brazo amputado después de una operación quirúrgica. Le abrumaba la consternación más completa, de tal modo le sorprendía y le desesperaba el abandono de su mujer y de sus hijos. La acumulación de las desgracias y de los golpes, en un solo día, sobrepasaba la medida de toda previsión, sumiéndolo en estado de inconsciencia, casi letárgica. Luego surgió en su ánimo esta pregunta: «¿Y por qué se ha ido Gabriela?» No cabía en su criterio que fuera únicamente por haber sabido su historia con la Biondini. Eso databa de hacía varios largos meses, había penetrado en su vida, en sus costumbres, sin que ella lo notara, se había connaturalizado entre ellos como formando parte de su existencia. Por otra parte, él cumplía sus deberes de hogar, sin provocar escándalos inútiles. ¿Y por qué le extrañaba eso a su mujer? ¿Acaso desde hacía dos años no habitaba cada cual su departamento propio, viviendo aislados, de manera indiferente y a su modo? Desde que se había pronunciado, de manera brutal y completa, la disonancia íntima, la incompatibilidad de temperamentos entre ambos, él recobraba, por consecuencia lógica, toda la libertad de sus acciones. Por otra parte, para dar paso tan grave, Gabriela necesitaba pruebas, pruebas positivas y hechos tangibles que señalaran la infidelidad de su marido, —48→ y esos, no podía tenerlos, ni era concebible que aceptase simples y sencillos rumores, comentarios o chismografías santiaguinas. Él jamás había dado el escándalo de que se hablaba, y la escena de los bofetones era una fábula ridícula. Sólo era cierto que había señalado la puerta del camarín a un personaje que se había tomado libertades indebidas, pero esto repetido y comentado por clubs, salones y corrillos, se había convertido en escena de pugilato: como de costumbre, de una hebra de verdad se había sacado una montaña de mentiras y de calumnias con las cuales querían aplastarle. No, eso no era posible. Parecíale que la fugitiva, luego que reflexionase, volvería trayéndole a sus hijos por los cuales sentía, en el fondo de su pecho, que se despertaba intensidad de amor precisamente ahora que la pobreza amenazaba su puerta y que la ruina se alzaba como un espectro. Ansia de ternura se desbordaba en el corazón del vencido de los negocios, sed de tener un pecho al cual confiar todas sus congojas y sus amarguras que eran tantas. El sueño tranquilo de esas inocentes criaturas, de su Irene, de su Pepe con el cabello crespo y rubio, cortado en cerquillo por la frente... Avisáronle que la comida estaba lista y penetró en el comedor, sentándose. La cuchara se le caía de las manos, en un estado de completa inapetencia, aterrado ante la idea de permanecer solo, enteramente solo y para siempre. La catástrofe, con la doble fuerza de lo imprevisto, le hería en las profundidades más hondas y sensibles de su alma. Que sentía la disonancia de sus vidas, la incompatibilidad de sus caracteres; que él había pronunciado palabras rudas, amenazas brutales nunca puestas en vías de ejecución; que ella se mostraba altanera, fría, descorazonada, sin delicadezas ni contemplaciones: —49→ eran hechos innegables. Pero se había llegado a un modo de vivir tácito entre ellos, y nada nuevo podía justificar ese horrible paso en que le separaban de sus hijos, de esos niñitos chicos y débiles, el consuelo único de su vida; para ellos pensaba en sus ansias desbordadas de fortuna, asociándolos a su grandeza futura. ¿Acaso no había soñado muchas veces con presentar a su hija, como reina, en verdadero palacio, cuando fuera mujer? ¿Qué padre no sueña con esas cosas? Y ante la mesa vacía, en la cual se amontonaban los platos, sin que pudiera tocarlos, se puso a pensar en su Irenita y en Pepe, comiendo solos en casa de su abuela, mientras su madre se componía, con postizos y esencias, para ir al teatro en compañía de Magda. En su imaginación veíalos, con el andar de los días, solos y enfermos, sin que le fuera dado a él tocar su frente ardorosa, ni besarlos, pues, con su egoísmo ingenuo, creía que con sólo verle ya ellos comenzarían a mejorarse. ¿Qué sería de los niños a esa hora? Sin duda estarían acostados y rezando, con las manos juntas, el bendito alabado sea... Y bastó ese pensamiento para que surgiera en su alma, como al golpe de una varilla mágica, el hondo sentimiento de misticismo católico arrojado como semilla de infancia por su madre en aquel corazón de vividor endurecido; era el ardor quemante de espíritu que le abrasaba, exaltado, en las horas profundas y sin remedio; era la tradición de los sentimientos religiosos, ciega y fanáticamente mantenidos en su familia desde el tiempo de los conquistadores. Y de súbito, poniéndose rápidamente en movimiento, salió, llevando maquinalmente en la mano la servilleta, en busca de su gabán y de su sombrero. La impaciencia le espoleaba, era una grande ansiedad de su alma por —50→ llegar al puerto, a ese templo, al cual decía con ardor de místico y la pasión de un iluminado: Tú eres la paz...
Así, andando a paso rápido, penetró al templo de San Francisco en donde había esa noche festividades religiosas. Hallábanse encendidas multitud de velas en los altares, arreglados con profusión de flores y grandes candelabros. Un resplandor de apoteosis iluminaba el altar mayor mientras resonaba la voz grave del órgano, y se escuchaba el murmullo monótono de un coro de rezos, en la nave lateral, donde se apiñaba la muchedumbre de mujeres envueltas en negros mantones. Ángel sintió, de manera insoportable, la disonancia entre la inmensa angustia de su alma y la alegría tranquila de aquella profusión de luces, de aquellas iluminaciones religiosas, del resplandor alegre de la festividad católica. Necesitaba mayor soledad, más oscuridad, más tristeza para su pobre alma que se desangraba en inmensa congoja. Luego su presencia de hombre mundano, con paltó de pieles, guante fresco y de medio tono, porte airoso y desenvuelto, hacía volver la cara a muchas mujeres, produciéndole sensación profana y perturbadora.
Se echó a vagar por las calles oscuras, hundiéndose en las callejuelas. Así llegó a la plazuela de San Isidro que no atravesaba desde hacía muchos años, y tomó por la de Estudiantes, en dirección a Carmen y se perdió en el laberinto de callejas de habitaciones pobres y menguadas, en donde la miseria parece brotar de los techos destartalados y hundidos, de las ventanas bajas y de las anchas puertas coloniales. Los pisos están desnivelados, muchas paredes en desplome, el alumbrado público escaso. De todo aquel hacinamiento de conventillos y de edificios vetustos surge —51→ honda queja de miseria negra para el que llega de otros barrios y de otra vida, llevado allí por el acaso y sin saber cómo. Las casitas ruinosas y viejas tienen su fisonomía, cuentan la historia de sus habitantes en un lenguaje que habla al observador, y al cual sirven de comentario elocuente las Casas de Préstamos cercanas que prosperan en el aire cenagoso de aquellos barrios. Pero Ángel sentía en la oscuridad intensa y en la pobreza que clamaba, como un eco de su miseria interior, como voz de paz en el derrumbe de su vida, como si la fraternidad del sufrimiento adivinado y el acercamiento a los humildes le procurase alivio... En las callejuelas silenciosas resonaban sus pasos y al oírlos, surgió de repente en su ánimo la idea de que pudieran asaltarle bandidos de los suburbios. Entonces, por extraño fenómeno humano, aquel desesperado, hombre de valor a toda prueba, recordó que andaba sin armas y tuvo el vago temor de una sorpresa. ¿Qué se diría si le ultimaban en una callejuela de extramuros, a esas horas? Esto le hizo desandar el camino andado y volverse apresuradamente.
Al llegar a su casa encendió la lamparilla de su escritorio para quedar a media luz, y se arrojó sobre el sofá de Maple. Desde allí surgía la figura del viejo Cristo, en la penumbra, con sus hechuras toscas y primitivas de la época colonial, la cabeza demasiado grande, las piernas cortas; mas, en su expresión, el artista primitivo y rústico había sabido poner un sello de tristeza amarga, de supremo desencanto de las cosas. Sorprendíase Ángel de sentir ahora la poesía ingenua y honda, ignorada hasta ese instante, sin darse cuenta de que sólo comprendemos las cosas cuando el estado del alma llega a vibrar en un mismo diapasón con ellas.
—52→Así pasaron las horas, sintiéndolas el joven una a una, dadas por un reloj de la ciudad y luego repetidas, en las lejanías, por otros, en concierto de voces diferentes, prolongadas en soledades silenciosas. El insomnio le agitaba sin darle punto de reposo, ni permitirle ni un corto descanso en el estado de anonadamiento moral y físico que le abrumaba como si le hubieran apaleado violentamente el cuerpo. Muy temprano, al día siguiente, se dio un baño, echándose a vagar por las calles, sorprendido por el aire matinal y el aspecto nuevo para él, risueño y alegre, que tomaba Santiago con los lecheros que pasan al trote con grandes tarros de metal, y las carretas de verdura que recorren las calles entre chirridos de ruedas y lamentos de ejes. Pasaban las cocineras con el cesto al brazo, en dirección al Mercado, y los obreros a su trabajo, con caras trasnochadas y manos en los bolsillos. Las modistillas, los empleados de tiendas, todo un mundo pequeño y anónimo circulaba en la atmósfera matinal con aspecto apresurado, encaminado cada cual a sus obligaciones, lo que no dejaba de sorprenderle, pues jamás había sentido los apremios del trabajo a hora fija. Y por asociación de ideas pensó en que podría llegar para él esa hora del trabajo necesario y subordinado, en empleo modesto, sintiendo malestar indecible y una especie de humillación involuntaria como de repugnancia a la miseria. Todas sus pérdidas surgían nuevamente, crecían y se multiplicaban en su imaginación excitada por el desvelo, produciéndole un estado de ánimo intolerable. Ahora comprendía el suicidio por pérdidas de dinero. Al llegar a la esquina de Teatinos se topó casualmente con Raigada que se dirigía a la sala de esgrima, con paso largo y pausado. Era una silueta típica, de —53→ cuerpo alto y delgado, vestido de negro, la nariz fina, la nuez saliente en la garganta, los ojuelos penetrantes y agudos. Cambiaron saludo amistoso. El corredor le dijo, en tono tranquilo, que ya le había liquidado sus acciones de Malveo, y que le llevara los títulos en la tarde... «También le vendí las otras diez mil, a cuatro, agregó... El Informe aparece en los diarios de la mañana; aquí lo tiene, en el Ilustrado. ¿Sabe a cómo se cotizan en Valparaíso en este momento?» Y le mostró un telegrama. Habían bajado a un peso. Ángel quedó estupefacto; jugando él también a la baja, sin saberlo, había recuperado treinta mil pesos aquella noche.
Al separarse del Corredor sentía el joven un alivio inmenso, como si le hubieran dado bálsamo, y se detuvo, poseído de simpatía cariñosa por Raigada que se alejaba con paso largo y perezoso. Parecíale, ahora, que todo se había mudado; la alegría de la mañana surgía también radiante en su alma y la sentía gloriosa en la atmósfera transparente, bañada de sol que destacaba, con relieve, las líneas finísimas de los árboles desnudos y las manchas blancas de los mármoles de estatuas en el paseo de las Delicias. Y todo aquello que media hora antes le disonaba como el corte de un cuchillo en un durazno o el roce del terciopelo, le parecía cambiado ahora y nuevo, sin que acertara a darse cuenta de la rápida transición.
Mas, al volver a su casa, le sobrecogió la misma tristeza. No salían a recibirle Irene y Pepe, ni a darle el beso de la mañana con «los buenos días, Papá», como de costumbre. Estaba cerrada, pues al llevarse Gabriela casi toda la servidumbre, no había dispuesto quien ventilara los salones, abiertos siempre de mañana, a esa misma hora. Este detalle reavivó su pena.
—54→Involuntariamente subió la escalera que conducía al segundo piso, y penetró a las habitaciones de los niños. Ahí estaba el catre de bronce, con barandillas, de Pepe, el menor, de tres años. Las imágenes de santos en las paredes, un Niño Dios, rubio de ojos azules a la cabecera, y la fotografía de Ángel, a un lado, y de Gabriela, al otro. Era un retrato suyo, de antigua data, con peinado de grandes hondas y sombrero de pelo pasado de moda, en el cual estaba más joven, pero se notaba ridículo. Una tricicleta de hierro y un muñeco habían quedado tendidos al pie del catre, en la precipitación de la partida, y se había olvidado, igualmente, un atado de ropa de niño. La pieza de Irenita con sus muebles todos de laque blanco, y sus cortinillas inglesas, parecía de niña grande. La mano de Gabriela había llenado de lazos de cinta las colgaduras, poniendo el sello de una elegancia coqueta de madre que ya comienza a mirarse en su hija. Todavía quedaba, en un vaso, el ramo de flores que habían llenado la pieza de penetrante perfume. Ángel abrió los cajones de la cómoda, en donde halló revueltas las cintas con los guantes finos, hechos para sus manecitas de cuatro años, y los pañuelos, un par de zapatitos nuevos, muchos de medias negras, algunas de seda, una muñeca grande, un chal a cuadros cuidadosamente doblado. Todo revelaba la precipitación nerviosa de la partida, como de campamento que se abandona en la desesperación de una idea fija y súbita, de un propósito inexorable. Con esto Ángel sintió sobre su vida el peso de las resoluciones irrevocables, angustia de verse lejos de sus hijos, separado de ellos quizá para siempre. Gabriela y su suegra cultivarían en ellos sentimientos de odio y de menosprecio para con el padre; crecerían considerándole —55→ acaso con repugnancia, a él, que se miraba en ellos. Esto le causaba angustia lacerante, dolor sin palabras ni expresiones. Una resolución violenta comenzaba a surgir en su ánimo, alternando con las ternuras apasionadas. Sí, tomaría un coche, y se presentaría a la casa de miseá Benigna para sacar a sus hijos por la fuerza y traerlos a la suya; nadie podría impedírselo, era bastante hombre para hacerse respetar, y si los sirvientes se ponían por delante, los correría a bofetadas, con su revólver si era preciso. La idea de estas soluciones de fuerza encuadraba de tal modo con su temperamento que por el solo hecho de concebirla sintió una especie de alivio, seguido del deseo de convertir la idea en acción. La imagen de Gabriela humillada y vencida le procuraba una delicia cruel. Sí, habría de domarla, de mandarla como amo y señor, en todo. Ahora no le guardaría consideraciones de ninguna especie. En esto penetró en su dormitorio cerrado y oscuro, dando vuelta el botón de la luz eléctrica, mediante lo cual, inundándose de luz la pieza, recibió la impresión de la noche. Y bastó la sensación del perfume de Gabriela, mezcla de Heliotropo y de Violette de Parme, para despertar en el joven, viva y palpitante, la imagen de su mujer, con una fascinación sensual desconocida, en la cual se combinaban la idea no abandonada de violencia y de dominio, con otras asociadas al dulce mareo del perfume que surgía de todo, en aquella estancia: de los muebles, de las cortinas, de las colgaduras del lecho y de la cubierta de cama, del forro de seda claro de su paltó de nutria. En el traje de seda malva y violeta, caprichosa creación de Doncet, en la cual se armonizaban y combinaban esos colores con las líneas elegantes y severas de las últimas modas, se notaba la —56→ presencia de Gabriela. De seguro lo había tirado precipitadamente sobre la chaise longue, en la prisa loca de abandonar la casa, por lo cual, la chaqueta, sin plegar todavía, conservaba el molde torneado de sus brazos redondos y finos y mantenía, palpitante, un olor humano que Ángel sorbía junto con ese para él tan conocido de la violeta mezclada con heliotropo. Involuntariamente asociaba esos olores a sus sonrisas, a sus besos, a sus miradas, al gentil balanceo de sus caderas, lo que ahora le parecía único y adorable, una vez perdido. Era que bastaba la perspectiva del alejamiento y de la distancia, de la mujer en otro tiempo amada, para que se fueran borrando las asperezas y los roces, los choques y las violencias mutuas, mientras tomaban relieve las dulces voluptuosidades, las ternuras de antaño. Las luces reflejadas en los grandes espejos biselados del ropero de tres cuerpos Luis XV, parecían proyectar intensa vida sobre el retrato de Gabriela, de gran tamaño, con marco de laque blanco. Su fisonomía parecía surgir, dulce y reposada, sin altanerías, ni resistencias. Ante ese retrato, acentuado por perfumes, esperando ver surgir, de súbito, la imagen tantas veces reproducida en los espejos, sintió Ángel que su orgullo y su cólera se fundían, desvaneciéndose, en la sensación de los recuerdos candentes del pasado, reavivados por ráfaga de súbito deseo en aquella su naturaleza tan sensual y tan ardiente a la vez que mística y soñadora. Y comenzó entonces a convenir, por primera vez, y sin darse cuenta de la causa, en que una parte a lo menos de las desinteligencias de su vida y del desacuerdo de su hogar emanaba de él, y era exclusiva culpa suya. Junto con esto experimentaba la amargura desesperada de lo irreparable. Gabriela -él la conocía bien- —57→ ya no volvería sobre sus pasos, una vez tomada una resolución, ni él, tampoco, en las inflexibilidades de su orgullo, se allanaría a buscarla. ¡Y los niños! ¡Ah! Qué sollozo angustiado y lacerante surgía de sus carnes abiertas que sangraban...
—58→
No había tomado ningún alimento y fumaba, sin cesar, cigarro tras cigarro, sin detenerse a mirar ciertos detalles de su escritorio que de ordinario le complacían. Hallábase enteramente absorto y ausente de espíritu, cuando resonó en sus oídos el repiqueteo de la campanilla. ¡Ah!, si fuera ella que volvía, arrepentida, a su hogar, a explicarse con él y formar vida nueva, acompañada de los niños. Pero abandonó ese pensamiento por parecerle absurdo. En ese instante se abría la puerta y entraba a su escritorio el canónigo Correa, antiguo amigo de su familia, clérigo cuya bondad e inteligencia, reconocidas de todos, lo rodeaba de prestigio, aun ante los radicales avanzados entre quienes contaba con buenos amigos. Su presencia, en cualquier momento, le habría distraído; en aquel instante le causaba una sensación desagradable. Recibióle, sin embargo, cortésmente.
El señor Correa era sacerdote, hombre de mundo, confesaba la gente de fortuna y de posición social. Perteneciente a familia distinguida, era recibido en —59→ todas partes con grandes consideraciones, pues conocía a los padres, hijos y nietos de todos, y daba suma importancia a las cuestiones de abolengo. Grande, alto, fuerte, a la estatura de un soldado de Granaderos unía físico vigoroso y robusto capaz, en momento dado, de sostener sus convicciones religiosas a fuerza de puños. En el púlpito se había señalado en su juventud por actitudes militantes, dignas de los tiempos de Pedro el Hermitaño, que daba golpe y reveses. Con los años se habían dulcificado sus intransigencias en contra de los liberales; ya no repetía, como en otros tiempos, sus consejos a las madres católicas para que impidiesen el matrimonio de sus hijas con jóvenes liberales que «infestaban» los salones. Su espíritu había cobrado mayor elasticidad, convertido en director de las almas bien nacidas y de las conciencias perfumadas. Su tiempo, de valor no escaso, lo consagraba a la gente que merecía la pena. De fisonomía distinguida, la cabellera blanca, maneras fáciles y sueltas, tenía en su voz inflexiones insinuantes, apoyadas en sonrisa benévola, que penetraban hasta el fondo de las almas inspirando confianza. Apenas se había escuchado su palabra de hombre de mundo, ya los pecados salían por sí solos, sin atascarse en la garganta, sintiéndolos fáciles de confesar los fieles, pues la llaneza mundana del confesor servía de apoyo invisible. Y como era inteligente y conocía el mundo a fondo, con todas sus pequeñeces y miserias, sabía desprender de la vida una filosofía tranquilizadora ligera, elástica, proporcionada a las ideas y situaciones de los ricos, doblegándose a cosas y personas, a conveniencias de sociedad y a costumbres, a preocupaciones y hábitos inveterados, si bien permanecía inflexible y riguroso en cuanto a la sustancia del —60→ dogma y a los preceptos de la Iglesia. Al mismo tiempo que condenaba, con voz de trueno, desde el púlpito, por vicios del día, empleaba en el confesonario palabras turbadoras tratando del amor divino, y gastaba indulgencias con las ovejas tímidas. En sus charlas familiares, durante las visitas, no desdeñaba las anécdotas picantes ni los cuentecillos de sociedad, hallándose al corriente del matrimonio próximo, de los negocios de mengano, de las aventuras de perengano. ¡Y cuán suave y sutilmente se deslizaba en las conciencias femeninas, adivinando el olor de las faltas, las sutilezas mundanas de los casos de conciencia, las tentaciones próximas y la manera de resistirlas sin dar escándalos ni traer complicaciones!
Desde su entrada, con reposado y tranquilo continente, al escritorio de Ángel, iba sembrando como un sentimiento de paz desprendido del contraste de su estatura vigorosa con su sonrisa benévola y su andar apacible. Estrechó la mano de Ángel, se dejó caer suavemente en el sofá, y luego, con voz de cobre y sonrisa mundana, expresó la satisfacción que le causaban los resortes muelles. Bien venía un poco de reposo después de esas escaleras modernas que lo dejaban a uno todo cortado. Ángel le escuchaba, como adivinando que su visita pudiera referirse a las cuestiones conyugales. El señor Correa tocó diversos puntos, ligeramente, con voz insinuante y tendiendo los hilos de la confianza mutua con suave maestría, sin pretenderlo. Le habló luego de su tío, el Ilustrísimo señor Heredia, Obispo de Santaria, cuya salud parecía un tanto amenazada por achaques al corazón: era necesario procurarle una vejez tranquila, evitando cuanto pudiera perturbarle, en especial todo género de preocupaciones y golpes morales. Había estado, también, —61→ de visita en casa de doña Benigna Álvarez de Sandoval, y conversado larga y detenidamente con Gabriela, de cuyos labios escuchó la confidencia de los últimos sucesos. Él, como persona de mundo y en virtud de aquello: «más sabe el diablo por viejo que por diablo», conocía de sobra los desacuerdos e historias íntimas ocultas en todos los matrimonios. La tierra es un valle de lágrimas, cosa a la cual no podían acostumbrarse las mujeres; se necesitaba resignación, mucha resignación y fortaleza, pues no hay matrimonio donde no exista alguna falla, las más de las veces imperceptible para el mundo. Era necesario hacer el sacrificio de la resignación por los hijos, tomando en cuenta su porvenir y la situación social tan falsa en que solían quedar con las separaciones de los padres, salvo, por cierto, los casos en que la vida en común se hiciera de todo punto insostenible. Grave, muy grave, le había parecido el caso de Ángel y su aventura de teatro. La voz del clérigo Correa tomaba un acento distinto, más severo, pero con cierto leve matiz de indulgencia mundana. Se encaraba con el joven, exhortándole a una conducta seria; sobre todo condenaba el escándalo, que duplicaba la falta, dándole proporciones enormes. Y así como había tratado de paliar su conducta a los ojos de la joven, para traer la calma, en la visita precedente, ahora creía de su deber hablarle con franqueza un tanto ruda, afearle su conducta, reprobarla y señalarle a tiempo el precipicio. Por felicidad, según creía, se trataba de una de esas aventuras vulgares en las cuales no aparece comprometido el corazón, ni complicación mayor de sentimientos. En tales casos, basta con un poco de buena voluntad y de cordura para componer las cosas. Y consideraba indispensable y urgente, el arreglo entre —62→ Gabriela y Ángel, pertenecientes a dos familias tan distinguidas, tradicionalmente religiosas: los Heredia... los Sandoval... El divorcio sería un escándalo enorme, un descrédito para la sociedad santiaguina, pues familias como la suya debían dar siempre buenos ejemplos a las que se encontraban más abajo... El sacerdote insistía en este punto, dilatándose en desenvolvimientos y reflexiones, pues conocía el corazón humano, y sabía que tocaba, con esto, la llaga viva del orgullo de los Heredia.
Por último le habló de los niños... Ángel tuvo un movimiento espontáneo para preguntarle por ellos. El sacerdote volvía a su lenguaje benévolo, buscando las expresiones más insinuantes, las inflexiones de voz que penetraban y removían hasta el fondo del alma del joven. Había visto a los niños; estaban muy monos. Pepito tenía un poco de fiebre, pero ya pasaría..., y al ver la inquietud no disimulada en el rostro del padre, le tomó por ese lado, insistiendo con palabras en que unía el agrado a la unción, la frase cariñosamente compasiva con la melancolía tierna. Esa era precisamente su cuerda. Sus grandes triunfos en el púlpito, a pesar de no ser grande orador, los había obtenido hablando de los niños a las madres. Y repitió ahora esas palabras que fluían a sus labios espontáneamente, convertidas en segunda naturaleza, seleccionando aquello que había traído lágrimas, a raudales, a los ojos de las mujeres: «Piensa que será de ti, cuando los niños se enfermen gravemente, y no puedas estar junto a ellos, si Dios quiera llamarlos..., no podrás recibir el suspiro supremo en que se vuela el alma. El llamado oportuno al médico, el viaje inesperado que trae con una receta la salvación de la vida de tu hijo, no podrás hacerlo. Y los niños, lejos de ti, aprenderán —63→ a mirarte con indiferencia, como a extraño, y la familia desaparecerá para siempre, arrebatada por el vendaval. No te quedará, para la vejez, sino soledad y vacío en torno de ti, indiferencia y desprecio más lejos...»
Ángel también lloraba. Estaba dispuesto a todo, comprendía lo grave de su situación. Y se encontraba de tal manera perturbado con los varios golpes recibidos, y era tal la dislocación de su sistema nervioso, que no atinaba a defenderse, ni a justificarse con las razones que verdaderamente le abonaban, atenuando su conducta. Sólo quería la paz y la vuelta de sus hijos. Olvidaría los choques, los disentimientos, el pasado; por su parte, rompería con la italiana, sin gran sacrificio.
El señor Correa le comunicó, entonces, que Gabriela se encontraba profundamente herida y que, si bien estaba seguro de reducirla, era mujer de carne y hueso, al fin y al cabo. Era menester dar tiempo al tiempo. El creía que lo más oportuno sería la separación momentánea, con cualquier pretexto decoroso. Por ejemplo, ¿qué le costaba emprender un viaje a Europa por algunos meses? La ausencia era gran calmante. Así le daría tiempo a Gabriela de perdonar y de olvidar. A su vuelta reanudarían su existencia, valiéndose de las lecciones del pasado. Quién sabe si no renacería el nido, más tibio y sólido, después de las tempestades. Su voz se llenaba de unción cariñosa al terminar, bajando la voz, con las palabras de su prelado: Pax multa...
Ángel convino en ello, aceptando sus consejos, en todo. Acompañó al sacerdote hasta el vestíbulo, y se dirigió a la calle, resuelto a pedir su pasaje para —64→ Europa en la Compañía de Vapores, arreglando sus negocios en el acto.
Serían las cuatro de la tarde cuando se encaminó a la Agencia, dando sus órdenes. Pasó, en seguida, al escritorio de Vanard, sorprendiéndose de hallarlo cerrado a esa hora. No acertaba a comprenderlo. En la esquina se encontró con Javier Aguirre, que llevaba el rostro sin bigote, afeitado a la americana. Hízole bromas, mas el otro le contestó con displicencia, produciéndose, con esto, una reacción en su naturaleza altiva, y cuando se despedía secamente oyó que Javier le hablaba con otra entonación de voz... «¿No sabes la noticia? Me siento abrumado... Acaba de suicidarse el pobre Vanard».
-«¿Vanard?... ¿Vanard?... Imposible...»
-«Lo que oyes...»
Ángel no podía creerlo. Y como estaba acostumbrado a las bromas de Javier, le pareció que se trataba de una burla, mas la fisonomía impresionada de su amigo volvió a desconcertarle. Bien podía ser verdad. Sintió entonces como el frío de la hoja de un cuchillo que le clavase lentamente.
-«El cadáver está en la casa del Círculo de Armas».
Mientras se dirigían a ese pequeño club se acercaron varias personas a preguntarles si era cierta la noticia que ya circulaba por todas partes. Vallejos, más colorado que nunca, con el bigote caído, se aproximó, comentando y ampliando las noticias.
-«¡Pobre Vanard! ¿Quién hubiera creído que hombre tan alegre, y un vividor tan consumado, se fuera a suicidar? Era un buen muchacho, servicial, cariñoso, afable, inteligente... ¿Qué edad tenía?»
Todos ignoraban la edad de Vanard, como uno de —65→ los misterios sociales. Martínez Villar, que se acercó al grupo, le calculaba cerca de sesenta, pues había sido cajero del Banco de la Alianza en 1868, es decir, hacía cerca de cuarenta años. ¡Qué bien conservado, era una maravilla! Y todos se condolían de su suerte.
-«Desde hacía días, agregó Vallejos, se le notaba alicaído y triste. Tenía profundas ojeras y se quejaba de insomnios. Don Pancho decía en el Club, con su humor acostumbrado: 'Este chico Vanard me da mala espina..., debe tener algo muy gordo metido adentro... -¿Por qué? -Por que anda mirando al suelo y arrastra los pies'».
Todos se miraban con tristeza; Velarde sacó un paquete de cigarrillos Maryland, encendió uno y exclamó entre dos bocanadas: «Se nos fue el chico...» Era la oración fúnebre de los que con él habían comido alegremente, cenado juntos, solicitado sus empeños y fumado sus cigarros.
Los demás echaron a andar hacia el Círculo de Armas. Martínez Villar contaba los últimos amargos trances del pobre difunto. Se notaba el tren de vida dispendioso que llevaba: frecuentes comidas en el Club, enormes gastos en las elecciones, pues la última de Calbuco pasaba de cuarenta mil pesos, y una manera de vivir que se juzgaba por su consumo de cigarros puros... La cuenta del año anterior subía de mil quinientos pesos. Sus entradas estaban considerablemente disminuidas, y se decía que había hecho malos negocios en Bolsa.
Vanard se quejaba de que un caballero de gran fortuna y posición social le había encargado la compra de papeles que no le había querido recibir al día siguiente, obligándole a liquidarlos de una manera desastrosa para él, con pérdida de varios puntos. Como —66→ se trataba de persona pudiente y grandes influencias en los Bancos, el corredor se había quedado callado... Referían otros que Vanard había recibido, para invertirlos convenientemente, unos fondos pertenecientes a la Beneficencia, y que había jugado con ellos en Bolsa, perdiéndolos totalmente... Así, a lo menos, lo indicaba entre líneas el suelto de un diario de la mañana. Sea lo que fuere, lo cierto es que Vanard, durante los días precedentes, había recorrido todos los Bancos, había golpeado a la puerta de sus amigos, de sus correligionarios, encontrándose con negativas redondas, aun de aquellos que le debían dinero. La situación estaba mala... Era un sálvese quien pueda general. Mientras tanto los de la Junta le apretaban, exigiéndole cuenta de los sesenta mil pesos, dándole plazos que habían expirado. Ahora comenzaban a ponerle cara seria; algunos se hacían los desentendidos, para no saludarle, y eso era lo que más profundamente lo hería en su dignidad de hombre. Las preocupaciones le habían agriado el carácter, inclinándole a la bebida, por lo cual no le veían en el Club, sino frente a un vaso de whisky and soda. Ahora solían divisarle, por la calle, con la cabecita de cabellera renegra echada atrás y el ceño fruncido; se quejaba de pasar noches de insomnio y de invencibles tristezas. Sin embargo, en la víspera, estuvo muy alegre en el five-o-clock-tea de Olga Sánchez, embromando a la baronesa de Strinberg, de quien era gran amigo.
Ángel, presa de honda emoción, escuchaba en silencio cuanto se decía, comprendiendo la miseria de una existencia generosa, pisoteada por la fatalidad, arrastrada y envuelta por el torbellino de la vida. Así, conversando, llegaron a la puerta del Circulo, situado —67→ en la Alameda, en el momento en que comenzaban a pasar los coches, iniciada ya la hora del paseo, y desfilaban mujeres elegantes, con los colores de tonalidad violeta de última moda en los vestidos y sombreros de estilo japonés, indiferentes y despreocupadas, en sus papeles de buen tono, sin pensar en el infeliz cuyo cadáver se velaba, en esos momentos, en el Circulo, al caer la tarde radiante de un día de sol.
Los tres penetraron en silencio hasta el último patio. Allí, en una piececita oscura, situada junto a la sala de esgrima y cerca del cuarto del baño, se encontraba tendido, sobre un viejo sofá de reps verde, el cadáver de Justino Vanard. El portero, acurrucado sobre una silla de paja, refirió con voz enronquecida cómo habían pasado las cosas. A las doce llegó Vanard, sentándose en aquella salita a escribir tres cartas que había lacrado y sellado. Estaba pálido, de un color terroso, y muy triste. Y como él diera vueltas por la pieza, le había entregado un billete de cinco pesos para que le fuera a buscar un diario, agregándole: «Guárdate el vuelto...» Era tan rebueno don Justino... A esa hora el Círculo estaba desierto. Al volver, se encontró con el cadáver de don Justino Vanard recostado en el sofá y la mano derecha colgando, con el revólver apretado. Costó no poco trabajo quitárselo. Se había pegado el tiro en la sien derecha, saltando un trozo de masa encefálica al techo; un fragmento, sanguinolento y gelatinoso se había adherido al vidrio de un retrato del Patriarca Matta, colgado encima del sofá. Allí estaba el infeliz Vanard, con la fisonomía impasible y serena, la boca plegada ligeramente por una contracción amarga; todos los rasgos de su fisonomía parecían hechos con cera, en tono amarilloso y luciente en el cual resaltaban las —68→ arrugas y las patas de gallo de los ojos. Esas miradas antaño tan vivas y penetrantes, empapadas en malicia, tenían ahora el brillo del vidrio. Su cuerpo se extendía rígido, como si estuviese tallado en madera. Las lágrimas acudían a los ojos de sus amigos al pensar en las congojas que lo llevaron a ese trance desesperado, y vagaban involuntariamente las miradas por aquel cuerpo, como paquete inerte, vestido con negra ropa vieja, rodilleras en los pantalones, los zapatos deformados y los tacos torcidos.
Velarde refirió en voz baja que esa misma mañana, minutos antes de su muerte, Cucho Sánchez, que iba en compañía de Marta Liniers, por la Alameda, se había encontrado con Vanard, quien les había dirigido, sonriendo, el mismo saludo elegante, con todo el brazo estirado al quitarse el sombrero, y la cabeza derecha, el mismo saludo de Pepe Rosales, aprendido del Duque de Morny por los «Floros» durante el Segundo Imperio. Marta Liniers, advirtiéndolo, había contestado con una inclinación de su cuerpo ceñido finamente por el paltó de astracán.
Ángel, sumido en honda tristeza, escuchaba el murmullo de las vanidades mundanas que pasaban zumbando en torno de su alma hundida en las sombras, con la sensación alternada de las futilezas y de las melancolías de la vida.
Sintió cómo que se asfixiaba. Se asomó al patio; allí estaba Martínez Villar, con las manos metidas en los bolsillos, la mirada fija en el suelo, empinándose en las puntas de los pies para dejarse caer lentamente sobre ambos talones. No bien lo vio, díjole con su voz de cobre: «Las Malveo cerraron a ochenta centavos en la segunda rueda de la Bolsa... ¿Qué tal, don Ángel?...»
—69→
Ángel vibraba todo entero al recordar la patria ya lejana, ese cielo de Chile de azul intenso, aquella su naturaleza que tiene algo de las magnificencias tropicales, en sus selvas del sur, de altísimos robles entretejidos de copihues y de helechos, junto con las dulzuras de la zona templada. Cerrando los ojos, a través de las lejanías del recuerdo, creía ver Santiago, sus amigos, los paseos al parque, las comidas de Gage, las torres de los templos, entre las cuales descollaban las de Santo Domingo, todas de piedra, con su admirable carácter colonial y su pátina de añejo dorado del siglo XVIII; parecíale divisar cuerpos gentiles y flexibles de mujer, ojos negros aterciopelados como de andaluzas, el andar que casi no toca el suelo, lleno de gracia, y la fragilidad de porcelana de Sajonia —70→ de esas lindas chiquillas de veinte años que parecen objetos de vitrina. Se veía en el Club, a la hora del aperitivo, mientras el bar-man de chaqueta blanca batía en cocteleras de metal la bebida americana de moda, el gin-fish, o el whisky-sawer, mientras circulaba en el corrillo de jóvenes el «cacho» haciendo rodar los dados de marfil sobre el mostrador barnizado de claro. Creía tener en sus manos las cartas de poker, y veía los montones de fichas rojas, amarillas y blancas que iban enflaqueciendo por momentos..., y las terribles sorpresas del Royal-flush y de las cuatro cartas. Y la llegada de los niños, de vuelta del paseo de la tarde al Santa Lucía, con carreritas y besos, contando en su media lengua lo que habían visto y a quienes habían encontrado. El recuerdo de los niños tenía tal fuerza evocadora que llenaba de lágrimas sus ojos... Los quería tanto... Se miraba en ellos, como vulgarmente se decía. Y sus ojos cerrábanse a medias, durante largas horas de travesía, con el libro en las rodillas, el plaid en las piernas y al frente el mar azul, inmenso, ilimitado, brillante, ocultando en sus tranquilidades aparentes el fragor de tempestades futuras. Y mientras los rayos de sol se quebraban, reflejados en las aguas tersas, y el cielo se confundía con ellas por los horizontes lejanos, le invadía una atmósfera de nostalgia, hecha de ensueños y de recuerdos. Su vida, en apariencia tan sencilla, había sido drama rudo y desconocido; la experiencia le enseñaba ahora aquella lección tantas veces leída, sin comprenderla, en el pequeño y viejo libro que conservaba de su madre:
«El mundo pasa y sus deleites. Los deseos sensuales nos llevan a pasatiempos: mas pasaba aquella hora, ¿qué nos queda sino derramamiento del corazón y —71→ pesadumbre de la conciencia? La salida alegre muchas veces causa triste y desconsolada vuelta y la alegre tarde hace triste mañana. Y así todo gozo carnal entra blando, mas al cabo muerde y mata. ¿Qué puedes ver en otro lugar que aquí no lo veas? Aquí ves el cielo y la tierra, y los elementos, de los cuales fueron hechas todas las cosas».
Esto le decía la Imitación, el gran libro del menosprecio del mundo.
Si se ponía a mirar, en lo que alcanzaba, por las rendijas de los demás hogares, se quedaba espantado. Por aquí la lucha ruda con la pobreza, para mantener el rango social, con los recursos escasos, salvando las apariencias; más allá el adulterio, unas veces cínico y descarado, con el amante instalado a la cabecera de la mesa, otras tan oculto que los culpables apenas se saludan en presencia de las gentes; a ese lado, el marido que bebe y golpea a su mujer, más allá el jugador que se pasa las noches de claro en claro, o el calavera que revienta de celos a su desgraciada esposa. Y por fuera todos parecen correctos, las exterioridades se guardan, y la cosa no parece... ¡Y qué decir del puritano con el gaznate ronco de predicar contra la corrupción, recibiendo, a su turno, las más gruesas sumas en los negociados políticos y administrativos!... Todo se disimulaba, se ocultaba, desaparecía a los ojos del público, a quien se engañaba con palabras y con actitudes de comedia. Mas, a lo lejos, iban borrándose rápidamente las impresiones desagradables, y quedaban, tan sólo, recuerdos cariñosos, saudades dulcísimas de la patria ausente y querida ahora más que nunca.
Había partido con el propósito firme de rehacer su vida, creyendo en las omnipotencias de la voluntad, —72→ con la profunda convicción de que el espíritu, enteramente libre, hace lo que quiere, sin sujeción a las fatalidades del medio, de la lucha por la existencia y de la selección natural; negándose a reconocerlas, aún después de haber visto su acción terrible dominándole a pesar suyo. Y surcaba los mares alegremente, estirado sobre su silla de lona en la cubierta del gran transatlántico, seguro de sí mismo y de dominar el porvenir, adormecido en los calores del trópico, entornados los ojos para contemplar las claridades luminosas del horizonte lejano.
Otras veces, en tanto que miraba, sin leer, las páginas de una novela francesa, reflexionaba sobre el pasado, asombrándose de verlo todo color de rosa en razón de sus nervios reconfortados por el aire marino y su espíritu ya libre de preocupaciones. Los puertos particularmente le distraían; Río de Janeiro con su bahía espléndida de una vegetación maravillosa, el verde encendido de sus bambúes y de sus palmeras, las frondosidades incomparables de la Tijuca y del Corcovado, su Ruas das Palmeiras, con tanto hermoso palacio entre jardines de ensueño, y la Praia da Gloria, las alturas de Santa Teresa. La vida presentaba nuevos aspectos en esas decoraciones de ópera que hacían pensar en los esplendores de la naturaleza primitiva, recién descubierta por Colón, y aún no profanada por mano de los hombres; se vislumbraban allí las magnificencias de sus bosques, océanos vivos en los cuales el hombre, débil y desamparado, se pierde con la facilidad de un ligero barco en el océano. Las playas de Bahía y de Pernambuco mostraban otros aspectos de la misma grandiosa naturaleza invadida ya por los blancos edificios y las elegantes construcciones modernas que reverberaban bajo el cielo deslumbrador —73→ y eternamente azul. Cuba y Puerto Rico desfilaron a sus ojos en la plenitud soberana de su naturaleza tropical. Recordaba, luego, el desembarco en Nueva York, el movimiento que amilanaba y empequeñecía, todo enorme, desbordado, gigantesco, los edificios de veinte pisos, Broodway, las multitudes abrumadoras, Broocklin, los diarios de ochenta páginas, los millones movidos como las arenas del mar. Los edificios colosales, los palacios de mármol de los millonarios en la quinta avenida y el choque, demasiado recio, producido sobre sus nervios por aquel conjunto enorme y abigarrado, ante la rapidez de los trenes sobre los ferrocarriles elevados en el espacio, los edificios desmedidos y las multitudes atropelladas. Hasta perdía la noción de los valores al pagar tres dollars por una hora de coche. Y no sabía qué pensar al escuchar las prédicas al aire libre de la Salvation Army, y al verse detenido por una procesión política desfilando al compás del Star springled banner.
Luego se veía cruzando el Atlántico, en dirección a Europa, lleno de bríos juveniles, animoso y fuerte, seguro de rehacer su vida y su hogar en una nueva primavera. Tendría más paciencia y más fuerza de voluntad para dominar sus nervios con Gabriela; era todo cuestión de mutua condescendencia..., era preciso saber ceder, en ocasiones, como se lo decía el señor Correa. Y se complacía en la disciplina futura de su voluntad, considerándolo ya todo como fácil y allanado.
La suerte debía disponerlo de otro modo. Aún recordaba la impresión profunda y súbita de ese instante en que debía transformarse su existencia. Era la hora en que se ponía el sol. Los pasajeros se agrupaban en la popa, afirmados en las barandillas de —74→ hierro pintadas de blanco, cerca de los botes salvavidas, cubiertos de lona. Las fuertes chimeneas del transatlántico arrojaban negro penacho de humo por el cielo. El sol se hundía lentamente, con majestad soberana, en el fondo de las aguas; su disco se ensanchaba, aplastándose, a medida que tocaba el horizonte, convertido en hoguera que hería la vista con su tono violento, y luego desapareció de la superficie de los mares en una grande agonía violeta, anaranjada, rosa, lila, según las súbitas y continuas transformaciones del cielo. Ángel parecía sumido en la contemplación de aquella mañana sintiéndolo con todas las fibras, en un estado de comunión absoluta entre la grave melancolía de su alma y la majestad solemne de aquella hora única del sol perdiéndose en el mar. Y como viese que las amarguras de su pasado y las soledades de su presente se amontonaban al recuerdo, como evocadas por las impresiones de esa hora, experimentó insoportable sensación de angustia y volvió el rostro. Aún recordaba la impresión, tan fuerte que parecía insostenible, al ver a pocos pasos una joven de veinte años, de cuerpo esbelto y lleno, moldeado por traje de punto de Irlanda, todo blanco de lirio, el ancho sombrero de paja caído sobre sus cabellos rubios levemente rizados. Era Gabriela, con algunos años menos, surgiendo nuevamente en su vida, con el talle delgado y flexible que tenía seis años atrás cuando la había conocido; parecía más risueña, las mejillas sonrosadas y llenas, en vez de la ligera flacura producida por contrariedades y desencantos. Diríase que el corte de su barba, algo redonda y voluntariosa, la plegadura especial de su sonrisa, el modo de llevar la cabeza, los cabellos de un rubio rojizo, la silueta, el andar, correspondían a la misma persona, tan absoluta —75→ y total parecía la identidad entre las dos mujeres. Pero ésta era Gabriela rejuvenecida, feliz, con las ilusiones arrebatadoras, con todas las promesas de ternura y de ensueño. Ángel se quedó sobrecogido, contemplándola como se contempla una resurrección, pasmado de tamaña semejanza, como perdido en las mismas pupilas acariciadoras pero graves e impenetrables. Y luego, vio formarse en sus labios un pliegue conocido de sus horas de amargura y de ensueño desencantado, de sensibilidad demasiado palpitante. En la finura de las manos, delicadas, de los pies, del talle, del aire tan distinguido, del conjunto, como producto y flor de varias generaciones de aristocracia seleccionada, sintió ese algo que tanto le había conmovido con súbitas palpitaciones de corazón hacía ya muchos años. Y experimentó sorpresa agradable al sentir, de nuevo, las antiguas palpitaciones, como si le repitieran que su alma renacía y podía revivir en una resurrección gloriosa y sentimental. La mirada de la joven se hallaba fija en el mar sin que se diera cuenta de la contemplación de que era objeto, y como dejara caer la bolsita inglesa de gamuza, con su monograma de oro, que llevaba en la mano, Ángel se inclinó a recogerla, pasándosela con atento saludo. La joven le dio gracias con una ligera inclinación y la misma sonrisa de Gabriela en tal forma, de tal manera idéntica, que Ángel sintió la evocación emocionante de su pasado. Hablaron dos o tres frases, en inglés, cambiando impresiones sobre el admirable espectáculo que acababan de presenciar. Supo que la joven era norteamericana. Se dirigía al Havre, de paso a España. Estaba cansada de los esplendores y lujos de la vida moderna; quería la vuelta a la vida sencilla, al amor de la naturaleza, al arte medioeval. —76→ Pensaba en visitar Sevilla, Granada, los alcázares, la Alhambra. París y Londres sólo servían para la vida convencional del lujo y de la fortuna. Ella quería, sobre todo, emociones. Su voz, de timbre armonioso, era distinta de la otra, más flexible, más alta, más musical; tenía entonaciones penetrantes que acariciaban el oído. Ángel sentía desprenderse de ella, junto con cierta gravedad de forma, algo ligero y caprichoso que le recordaba a Magda. En ese instante tocaban la campana de prevención, para la hora de comida. Los hombres corrían a ponerse el smoking y a prepararse. Era un hormiguero de gente que hablaba todos los idiomas, predominando, por cierto, el inglés, pronunciado por los americanos con acento nasal y abreviado. Veíase las fisonomías de bigotes afeitados, la elegancia un poco tiesa y dura, la alegría estrepitosa y desenfadada del yankee de pura sangre, en aquel inmenso transatlántico, en el cual parecían haberse agotado las comodidades y atractivos para una rápida navegación entre Nueva York y Europa, desde las salas de juego, en donde tallaban jugadores profesionales, hasta el diario impreso a bordo con las comunicaciones últimas del telégrafo sin hilos. Todo era movimiento, agitación en los unos, lecturas en sus sillas de lona y reposo en los otros. Era un mundo más pequeño, con tipos extravagantes, personajes equívocos, gruesos millonarios, elegantes del último figurín, vividores empedernidos, grandes damas de exquisita distinción, cocotas parisienses de regreso, aventureros, diplomáticos, millonarios aparatosos anhelantes de exhibiciones, turistas y negociantes de varias cataduras, llegados de todos los rincones del mundo, hablando trozos de todos los idiomas.
—77→Y en medio de aquella muchedumbre desconocida, extraña, incoherente, Ángel veía surgir, de una manera inesperada, la imagen de la misma inolvidable Gabriela de antaño, con su mismo perfume de exquisita pureza, su mezcla de gravedad y de simpatía, y aquella indecible fascinación sensual desprendida del contraste de su talle virginal y flexible con la plenitud de sus formas y las entonaciones calurosas de su acento. Hubiera querido prolongar esa conversación a solas con ella, en la claridad crepuscular que sigue a la puesta de sol, con una franqueza extraña entre dos personas que no se conocían, que lo ignoraban todo la una de la otra, autorizadas tan sólo por la libertad de las costumbres norteamericanas.
Era que en la naturaleza de místico incompleto de Ángel, existía el impulso inconsciente del amor que se sublevaba en la nostalgia de sus recuerdos. Veía esa niña, contemplada por primera vez, como impregnada de su propia alma, como saturada de sus antiguas sensaciones, de sus sufrimientos, de sus ternuras, de sus penas y de sus ensueños. El frenesí de imaginación, la intemperancia de los recuerdos lo colocaban en presencia de aquella virgen como delante de una cosa enteramente suya. El deseo y las aspiraciones del amor vivían en su alma en estado latente y surgían, por esa asociación de semejanza física entre la joven americana y Gabriela, en una forma tan violenta y súbita que lo entregaban desarmado, en brazos del azar. Veía, en esa joven, la resurrección de horas fugitivas y encantadoras de un pasado que se presentaba en la imaginación como el Paraíso perdido. Mas luego, de súbito, surgía el terror de ser rechazado violentamente, con lo cual sentía un malestar agudo que no se explicaba cómo hubiera podido surgir en tan —78→ corto espacio. Su sensibilidad se hallaba excitada en lo más vivo, y habían bastado para eso las melancolías evocadas por una puesta de sol, lejos de los suyos, en el mar, y el paso de una joven, acaso con aire indiferente, por el escenario estrecho de su vida, y una semejanza que hería en lo íntimo la sensibilidad de sus recuerdos. Era, por naturaleza, un enamorado de la pasión, del amor más que de las mujeres.
Un señor de aspecto extraño vino a interrumpir su diálogo. La joven se lo presentó: «Mr. Astor-Lee, mi padre...» Ángel, a su turno, declinó su nombre, cambiando con el caballero un shake hand vigoroso. Era, como luego lo supo, uno de los príncipes de las finanzas americanas, de la raza de hombres acostumbrados a manejar los millones a puñados, entre los dedos, en las múltiples combinaciones de los trust ferrocarrileros o alimenticios, en combinaciones gigantescas mediante las cuales se monopoliza, en un momento dado, el trigo, el arroz, el azúcar de un país, la mayoría de las acciones de un ferrocarril o de una mina. Persona de aspecto demacrado, las espaldas hundidas, el color plomizo y en el rostro las huellas de un esfuerzo continuo, mostraba el cansancio de un trabajo abrumador, de una tensión permanente del espíritu siguiendo el movimiento bursátil de los diversos mercados de la Unión, y de la multiplicidad de negocios emprendidos. El cuerpo delgado, los labios apretados por una contracción amarga, los ojos sin brillo y como vagabundos, tenía las apariencias distraídas del tipo que los americanos denominan absent minded. Desgreñado en el vestir, con el gorro de viaje echado atrás, la corbata negligentemente anudada, nadie hubiera dicho, al verle, que se hallaba en presencia de uno de los más audaces y desatentados manejadores —79→ de millones, ni cuanto esfuerzo de energía sobrehumana acumulaba en su vida aquel hombre de tan insignificante y descuidada traza.
Media hora más tarde, en los momentos en que la orquesta, vivamente dirigida, empezaba los compases del vals Viuda Alegre, al entrar al comedor central, recibió una tarjeta de Mr. Astor-Lee, respetuosamente entregada por el steward. Invitábale a su mesa, en donde le colocaron al lado de Mistress Astor-Lee, a quien fue presentado, y frente a su hija Nelly que acababa de conocer en el puente. Y mientras servían la espléndida comida de los grandes transatlánticos americanos a una considerable concurrencia, en la mesa selecta, en la del capitán, a la cual todos se sentaban vestidos de semi-etiqueta, los hombres de smoking y las señoras de escote redondo, se encontró Ángel de repente en animada y familiar charla con una familia norteamericana para él totalmente desconocida una hora antes.
Aquel Mr. Lee, de rostro en apariencia adolorido, con la misma expresión desapegada de todo, comía con trabajo unas tostadas de pan y un ala de pollo, su alimento único de dispéptico, acompañado de aguas minerales. Mientras las damas americanas bebían champagne extra-dry, hablando en alta voz y riéndose a carcajadas, cubiertas de brillantes y encajes, como si estuvieran en New York bajo una reverberación de luz eléctrica que desprendía destellos de sus joyas, la orquesta entonaba una marcha de Souza, el músico favorito del pueblo americano, el autor de un célebre cake walk y de un famoso tow-steps. Las notas subían cortantes, alegres, en un ritmo violento como dando el compás a ese mundo cosmopolita, de fondo netamente americano, en el cual —80→ se encontraba sumido de imprevisto Ángel Heredia. Después de conversar unas cuantas frases de cortesía con Mistress Astor-Lee, el joven se vio llamado por una ligera seña de su hija Nelly que le dirigía la palabra. Mientras la contemplaba, sentía renacer en su memoria el recuerdo de la otra, de Gabriela, tal como la había conocido años atrás, en aquella inolvidable primavera tantas veces evocada entre suspiros; y acudían a su memoria mil reminiscencias de insignificantes detalles ya olvidados, de palabras perdidas, de cosas muertas. Creía en la resurrección de su pasado, pero más fresco, más primaveral aun, más alegre, como galvanizado por el compás violento de la música de Souza y la alegría estrepitosa de aquel nuevo mundo. Parecíale, de buena fe, que el encuentro con aquella joven, y su milagrosa semejanza con Gabriela, venían a servirle de suave transición a su vida nueva de hogar, a la reconstrucción de su nido que brotaba como el ave fénix de las propias cenizas. Ni la sombra de un reproche se formulaba a sí mismo en aquella simpatía súbita, brotada al calor de sus recuerdos y que no valía, según se dijo, sino en cuanto vale el retrato por parecerse a la imagen verdadera y natural. Nelly, entre tanto, le hablaba con graciosa desenvoltura: «¿Sabe Ud. por qué se encuentra sentado en ese asiento? Apostaría que no. Ni adivinaría Ud. por qué yo le dije a papá que le enviara una tarjeta, invitándole. Tenía deseos de conocerle y de presentarle a mi amiga Maud Alisson, que está loca de entusiasmo por Ud. Le ha proclamado el hombre más buen mozo del mundo. Para nosotros los americanos todo debe ser grande y mundial. Estábamos juntas cuando Ud. llegó al barco y apenas le hubo visto, cuando hicimos una apuesta considerable: —81→ cada una de nosotras ha escrito su biografía de Ud., sin conocerle, ni saber su nombre. En la de Maud Ud. figura como tenor italiano enamorado de una princesa alemana, con quien desea casarse, pero como existen razones de política, el matrimonio se ha roto y Ud. viaja desesperado para distraerse. Luego la leerá Ud. y verá que es bastante divertida. En mi escrito Ud. aparece como un Marqués español a quien le suceden numerosas aventuras; Ud. viaja para olvidar unos pesares, después de haber muerto a su rival en duelo...» Nelly se echaba a reír, sin más, con una carcajada cristalina que le recordaba la risa de Magda. Y el joven se puso a meditar en los extraños misterios que permiten reproducirse, a inmensas distancias, los rasgos finísimos de dos mujeres, hasta sus gestos, y sus risas, causando la ilusión completa de la casi identidad.
Eran deliciosas las noches de a bordo. Paseábanse, después de comer, sobre cubierta, se bailaba, enseguida. Hasta hubo un concierto a beneficio del «Asilo de Marineros» en el cual cantó el tenor de Reské, la romanza de Fausto con esa emoción intensa y el arte que le han hecho célebre.
Ángel había penetrado en la intimidad de la familia Astor-Lee, durante la vida estrecha de la navegación, y poco a poco, insensiblemente, se había saturado de aquel refinamiento de lujo, de la violenta exhibición de joyas, de encajes y de sedas, de aquel poder de los millones jamás sospechado en otras partes, ni manifestado en esa forma. Las sombrillas con mango de oro e incrustaciones de zafiros y rubíes; la marquesa de brillantes que llevaba al dedo Nelly; el cinturón con grande hebilla de oro mate con perlas enormes; sus vestidos de punto de Irlanda, ostentaban —82→ un lujo continuo y sin tasa, el desdén del dinero, la apoteosis permanente de los caprichos femeninos. Y mientras más la veía, más notaba que era el capricho la esencia del alma de aquella mujer rica en fantasía.
—83→
Las compañías de campo despiertan en poco tiempo, acaso en horas, una intimidad desconocida en la vida de ciudades, donde el contacto es más lejano y difícil. Lo propio suele pasar con la existencia en común de los vapores, en donde el ocio forzado, el espacio reducido, la curiosidad natural, el tedio, aproximan a los viajeros unos de otros. A las pocas horas se había formado ya un grupo en el cual se practicaba en toda su extensión el flirt. Allí estaba Maud, una graciosa y linda americana, con Mr. Stevens Hill, y Nelly, con otras muchachas y otros jóvenes. Cada pareja buscaba su rincón en la cubierta, o se paseaba por un espacio reducido, en charlas alegres, con el mar ilimitado siempre a la vista, el cielo claro que invenciblemente se funde en el horizonte con la línea de un verde casi desteñido del mar. Reinaba tanta calma que apenas ondulaba, inmóvil casi, enteramente silencioso.
Y mientras paseaban por cubierta, el ritmo de un mismo paso iba estableciendo, entre ellos, nueva comunidad, —84→ confirmando la mutua e inevitable atracción de dos temperamentos que se completaban, de dos simpatías recíprocas y naturales. Formaban hermosa pareja, contemplada con envidia por los viejos que habían pasado ya la edad de los amores. Ángel, alto de estatura, de cuerpo musculoso y fuerte, los ojos de negro intenso, llevaba en la pupila un destello brillante, acentuado por la sonrisa enigmática, a veces irónica, nacida de una plegadura natural de su boca. Las cejas tupidas se unían encima de los ojos cargados como de un efluvio eléctrico. Y la pasión, el ardor contenido de su temperamento, expresado involuntariamente en la mirada, contrastaba con su andar lento que tenía mucho de felino, como el del tigre americano, el jaguar de los bosques. Presentíase en aquel dominio de los nervios una voluntad poderosa, que sugestionaba ya por su contacto. ¿Había principiado así el amor de Gabriela, como desarrollo lento de una sugestión recibida? La pareja marchaba con paso decidido, ciñéndose el joven al andar de la muchacha, como si ya comenzara entre ellos la ligadura de dos simpatías. Maud, en los raros momentos en que se hallaban juntas, la embromaba con su nuevo flirt; Nelly apretaba sus labios caprichosos, fruncía el ceño, pero seguía constantemente en conversaciones interminables con Ángel.
Y cuando el joven llegaba a la cubierta sin hallarla, sentía desagrado, irritante vacío. Luego se decía a sí mismo que era aquello el principio de su regeneración y esas emociones la reproducción fiel de las sentidas en otro tiempo con Gabriela. ¿Y por qué no habrían de repetirse cuando la viera, en su hogar restaurado, al iniciar la nueva vida? De vuelta a la patria ya tendría nido, y sabría conservarlo con las experiencias —85→ de la vida pasada, pues el joven se creía ya muy sabio y muy experimentado en las cosas de la existencia. Y se dejaba arrastrar de la corriente, en amistad peligrosa, creyendo poder dominarla si llegaba el caso. Era simplemente, para él, amistad amorosa, eterno complacerse en hablar de poesía, en buscar el romance de la existencia, en soñar despierto con amistades puras que ligan a las almas perdurablemente al través de la distancia, sin notar cómo en aquella poesía se ocultaba el deseo, despertado por ráfagas inconscientes de sensualismo. Y si lo dudaba, le hubiera bastado, para convencerse, con pensar en los deliciosos instantes que había pasado contemplando el cuerpo esbelto de Nelly, ceñido por traje de piqué blanco, de estilo trotteur, mientras él, con una novela en la mano, haciéndose que leía, sentado en su silla de lona, la divisaba apoyada en la barandilla, con brazos atrás, alzando el busto en una de esas actitudes que recordaban, por su elegancia natural, las de estatuas griegas. Su retina se fijaba aun en ciertos detalles, en el cinturón de piel de gamuza gris con hebilla de oro, y en su fino calzado blanco, en sus medias de seda calada, igualmente blancas y en ciertos reflejos deliciosos de sus cabellos rubios en la nuca, de un tono más claro y más tierno. El joven había cerrado los ojos a medias, como fingiéndose dormido, para gozar en la imaginación los refinamientos de sensualismo despertados en lo íntimo de su ser por los recuerdos. Era que surgían besos dados a Gabriela, caricias ya lejanas... Recordaba cierta mañana, en el fundo de don Leonidas, cuando fueron al camino de las quilas, en la quebrada que bajaba del parque al río. Allí había cogido por primera vez entre sus brazos a Gabriela, que temblaba, sin resistir, en —86→ el corazón que le palpitaba con tal fuerza que parecía arrancarse, y cuando la había besado en los labios había sentido un desfallecimiento de todo su ser, como si fuera a morirse. Ahí, apoyada en la baranda blanca de hierro, estaba la otra Gabriela, de tal manera idéntica en su aspecto, en su porte, en sus movimientos, que era cosa de pasmarse. Hasta la sonrisa grave que asomaba a sus labios recordaba la expresión de la otra con relieve sorprendente. Las memorias de los sentidos, las del pasado, imprimían en el joven la convicción de que se encontraba en presencia de algo suyo, de algo poseído que guardaba su sello.
Nelly buscaba al joven para pasearse con él. Si no le veía, por casualidad, poníase triste, las horas le parecían mortales, todo insípido, le cansaba. No era ya la muchacha locamente alegre que había conocido Maud. Y cuando Ángel se perdió una tarde entera en la mesa de poker, agitado por una conmoción no explicada que le producía cierto malestar nervioso, al pararse de la mesa con gruesas pérdidas, se dirigió lentamente a cubierta. Allí estaba Nelly, que no le había visto venir, sumida en la contemplación del mar, y notó en su mirada tristeza inexplicable, el cansancio de la vida que tanto conocía en las pupilas de la otra y que despertó, a su turno, en el joven, otro amargo estado de alma que creía muerto. En aquella su mera amistad amorosa, iba surgiendo el recuerdo de otros amores y de otras agonías, superponiéndose con una exactitud cruel, para hacerlo revivir también sus horas de agonía con sus horas de amor. ¿Y por qué causa podía sufrir la hermosa muchacha, de inmensa fortuna, en quien se juntaban todas las condiciones para ser dichosa? Ángel no se lo explicaba, al —87→ acercarse sonriendo a ella, con un verso de Sully-Prudomme en los labios: ...Le vase brisé..., la canción del vaso trizado por el cual se filtra gota a gota el agua..., «no lo toquéis, está roto...» Y cuando el joven pensaba en hablarle de su melancolía, notó que el rostro de la muchacha y toda su persona se iluminaban con alegría febril y súbita. Sólo habían andado seis días juntos en aquel vapor, y parecían como viejos amigos, unidos por amistad tierna. Cuando Ángel habló de la separación ya próxima vio anublados los ojos de la joven por tristeza indecible. Iban a separarse, quizá para siempre, en este mundo tan chico en el cual nos perdemos sin embargo. La joven experimentaba ansiedad angustiada, de la cual no acertaba a darse cuenta, creía, presentía en el joven un sentimiento serio y grave, mas, de repente, parecíale como que se alejaba de ella, huyendo visiblemente de su compañía, y entre ambos se levantaba un sentimiento de congoja inquieta, cuyas causas ella ignoraba. Era algo pesado, amargo, desesperante, lo que creía leer en los ojos de Ángel, como cuando ella no alcanzaba a darse cuenta exacta y precisa de un drama desconocido que sentía aletear en la atmósfera. ¿Por qué se alejaba el joven de repente, sin motivo alguno? ¿Qué significaba esa expresión de cansancio profundo, el tedium vitae, notado por ella en ciertas expresiones fugitivas de su rostro, sorprendidas al pasar, y que él se esforzaba en disimular tras de unas sonrisas, como viajeros importunos a quienes se cierra la puerta? El joven debía sentir, en los efluvios de la mirada, en los estremecimientos nerviosos del contacto leve, cómo se deslizaba entre ambos la sensación tibia de ternura alternada con ondas quemantes de pasión. Esas mismas tristezas súbitas, esos silencios —88→ impensados, ¿qué eran sino expresiones del amor que pasa batiendo las alas? Entre tanto él comenzaba a interrogarse inquietamente a sí mismo. ¿Quiero a Nelly? ¿Acaso una pasión imperdonable viene a confundir en mi corazón los recuerdos sensuales, los besos inolvidables de mis amores de antaño, haciendo una sola imagen de dos mujeres distintas? Por una asociación complicada de recuerdos y de sensaciones, sentía los detalles de sus amores de otro tiempo surgiendo unidos al acre y violento deseo de experimentarlos todavía, en las irradiaciones de aquella juventud que le ofrecía inconscientemente en la mirada el calor de sus besos. Y se sentía rodar por un abismo sin fondo, sobre una pradera cubierta de flores. Recordaba entonces las leyendas eslavas de la deliciosa y fresca región, al centro de los bosques, todo cubierto de nenúfares y de plantas hermosísimas y perfumadas que solicitan al viajero a cogerlas y a descansar en medio de ellas; mas luego el caballo y el jinete se hunden lentamente y no existe poder humano que llegue a salvarlos. Así, por un extremo de inconsciencia, él se sumía lentamente en las fascinaciones de aquel amor que súbitamente surgía ante sus ojos, cada vez con claridad creciente. Y mientras se dejaba llevar del atractivo de las conversaciones tiernas, y mientras se perdía en los dulces abismos de miradas, creía poder interrumpir, de súbito, el idilio involuntariamente comenzado, cuando más intensamente se sumía en él. Pero trataba de luchar, sin comprender cómo en tan breve espacio el veneno moral le hubiera penetrado todo entero, con el engaño que a sí mismo se hacía de resucitar en su alma el amor a Gabriela, al través de la imagen de Nelly. Combatía consigo mismo, sublevábase, alejándose de la joven, —89→ evitándola. Pero entonces era ella quien experimentaba la inquieta ansiedad de continuar la romanza interrumpida, sintiendo en su alma la impresión desesperante, de escozor intolerable, de una melodía que se corta, de nombre escapado de la memoria cuando lo necesitamos con urgencia, de sonata de Beethoven, interrumpida por el ejecutante en el momento mismo en que nuestra alma comenzaba la comunión del sentimiento. Luego, con su iniciativa de raza, la joven solía buscarle hasta en la sala de juego. Y mientras ella, valientemente, arrojaba sobre el tapete del baccarat un puñado de oro, Ángel se veía ya vencido, en un desfallecimiento de la voluntad ante aquella joven tan hermosa y frágil, a la cual daba un atractivo extraño de gracia la pasión del juego y el completo dominio de su propia persona.
Salieron juntos a cubierta, en noche plácida, con el cielo tachonado de estrellas fulgurantes que titilaba en la sombra tibia. Ángel sentía cómo la ola le envolvía y le arrastraba a pesar suyo; aquella muchacha que debía ser simplemente una nostalgia de amor, una evocación de recuerdos, regeneradora de su vida, le sacudía en un súbito y angustiado sentimiento de deseo, en una sensación de vida rota, de cosas imposibles, de flores marchitas, de puñados de lirios destinados a ser cogidos por otro. Acudían a sus labios las frases ardientes de amor, y se desvanecían en suspiros, con la conciencia de que no tenía derecho a pronunciarlas, de que en ese momento cometería un crimen irreparable y acaso inútil, ya que todo le separaba de esa joven: matrimonio, familia, pasado.
Entonces, comprendiendo, aunque tarde, el peligro inmenso, hubiera querido huir, poner países y mares de por medio; mas pensaba de igual modo, que —90→ de todas maneras desaparecería la esperanza de reconstrucciones del hogar; presentía que iba a hundirse no ya en melancolías de soledad, sino en angustia lacerante y sin remedio. Pero todo lo borraba una palabra temblorosa de Nelly, al calor tibio de su cuerpo tan próximo, su aroma suavísimo de esencia de White-Rose, desprendido del traje a cada movimiento, y hasta los mismos elegantes y suaves gestos, sencillos y armoniosos a la vez. No habían pronunciado hasta entonces una sola palabra de amor; pero la franqueza honrada de Ángel se confesaba, sin subterfugios, su responsabilidad moral completa. No era indispensable promesa, ni confesión de amor, para establecer entre ellos esa comunidad de alma nacida porque él la permitía, porque él la solicitaba con todas sus fuerzas; la responsabilidad comienza por el hecho de haber despertado conscientemente en un corazón de mujer sentimientos de amor, por haber creado en ella la vida de ensueño, la realidad de ilusiones y esperanzas. De aquí la lucha entre los dictados de su conciencia y el impulso casi incontenible de los sentidos, en un temperamento poderosamente sensual, mareado por lenta absorción de fluidos femeninos. Nelly no podía resignarse a la separación ya próxima; sus lágrimas corrían a raudales, despertando, en Ángel, junto con remordimientos, excusa para proseguir en aquel camino de peligrosa culpable seducción. «¿Con qué objeto acabar ahora esta dulce romanza de mi vida, haciendo sufrir a una criatura inocente, cuando entregándose al tiempo todo concluirá de un modo natural y sin sacudidas dolorosas? Verá otros paisajes, nuevos espectáculos mundanos, París, Londres, con sus maravillas y su lujo le harán olvidarse del rápido y fugitivo episodio». Con estas y —91→ otras excusas semejantes adormecía su conciencia a manera de narcótico moral y se dejaba rodar por la pendiente suave que empujó en sus brazos a la joven, en la oscuridad de la toldilla, y le hizo buscar con sus labios ardientes las mejillas frescas y perfumadas de Nelly que temblaba toda entera, estremecida. Y ese temblar pudoroso le producía al joven una sensación exquisita de pureza que halagaba su vanidad de hombre y sorprendía deliciosamente sus sentidos de vividor gastado. Era tan fuerte la palpitación del corazón de Nelly que Ángel casi lo sentía vibrar dentro de su propio pecho. Junto con besos locos, palabras entrecortadas, lágrimas silenciosas, vinieron las promesas de eterno cariño, de ilimitada pasión. Se verían pronto, y dentro de un mes, cualquiera que fuese la suerte; aun cuando los negocios de su padre le retuviesen en Liverpool, se encontrarían en alguna parte solitaria y nueva para ellos. ¿Dónde? Se habló, de repente, de Granada, recibida con júbilo por Nelly. Tenía vivos deseos de visitar España; la región de Andalucía, el reino de los antiguos moros la llamaba con sus imágenes de leyenda, sus palacios y jardines árabes, la honda fantasía que hablaba a su espíritu romántico historias de caballerías. A fines de febrero, cuando los viajeros abandonan esos parajes, llegarían ellos a visitarlos juntos, en la exquisita comunión de dos almas que sienten unidas la belleza de los grandes espectáculos y las delicadezas de las obras de arte. Luego, la promesa mutua les tranquilizó por completo y en su alma se fue deslizando la quietud suprema de la noche en el eterno palpitar de tantas y tantas estrellas lejanas.
—92→
Al día siguiente, cuando el tren expreso le conducía velozmente hacia París, reclinado junto al vidrio de la ventanilla, sintió Ángel sobre su conciencia la reacción que venía, el acre malestar moral que le indicaba las perturbaciones malsanas de una mala obra. Mientras desfilaban confusamente los paisajes a su vista, los campanarios rústicos y los villorrios, sentía crecer el remordimiento de las malas acciones y, por un fenómeno moral de que no acertaba a darse cuenta, quiso echar sobre Nelly esa misma responsabilidad que le abrumaba, con lo cual, por un momento, casi le parecía odiosa esa imagen adorada. Mas luego acudían a puñados los recuerdos de los breves días levemente marcados con sello de amor sensual. Ángel notaba el calor que la certidumbre de ser amado infundía en todo su ser, renovando su vitalidad y llenándole de alegría con la sorpresa de sentir nuevamente, ahora, la misma intensidad juvenil de sus primeros años. Luego, por un movimiento de su ser impulsivo, no pudo resistir al deseo de abrir el necessaire en el cual llevaba, junto con el retrato de Nelly, uno —93→ de sus guantes de cabritilla blanca en el cual se mantenía todavía la forma de sus dedos y la conformación deliciosa de su mano larga y fina. Lo besó, sintiendo el olor delicado y fresco de su tierno cutis y, junto con esto, evocación tan poderosa y fuerte que cerrando los ojos veía las líneas de su cuerpo esbelto y alto, con una morbidez perturbadora. Luego reaccionaba sobre sí mismo y sentía la odiosa angustia de una situación desesperante. No podía casarse con Nelly ¿Y si ella o su familia llegaban a saber su verdadera situación, su matrimonio, algo de su vida? Ángel se estremecía figurándose la mirada de desprecio de aquella mujer apenas conocida y adorada, porque para él representaba el resurgimiento de toda su primavera.
Entonces resolvió, angustiosamente, no volver a verla, distraerse, enloquecerse, embriagarse, arrojarse al torbellino. La llegada de Ángel produjo un verdadero escándalo en la colonia americana. Noche a noche se exhibía en los pequeños teatros del Boulevard en compañía de las mundanas más estrepitosamente conocidas, ostentándose con cinismo y desdén del qué dirán tales que dejaban espantados a sus compatriotas. Dio comidas a sus amigos, en compañía de «horizontales», en el Restaurant de la Cascade, en el de Bignon y en otras tabernas de moda, con adornos de orquídeas y fuentes luminosas. No dejó escándalo por dar, ni barbaridad por cometer, buscando, en vano, una sensación de alivio que no hallaba, de olvido que no venía. Y a medida que con más ardor trataba de aturdirse, iba sintiendo más profundamente adherida a las intimidades de su alma la imagen de aquella joven de belleza y de elegancia rara, y cómo surgía dejando en la sombra todos los —94→ placeres sensuales de París con el perfume de su casta idealidad amorosa. Estaba lejos de ella, y la distancia había resultado ineficaz; se había sumido en el libertinaje, y la embriaguez de aquellos instantes le hacía experimentar como una sed de pureza ingenua y graciosa, perversamente realzada por la libertad aparente y desenfadada de sus maneras de americana.
Al cabo de dos mese de vida de alegría forzada, seguida de accesos de melancolía íntima, Ángel vio claro la imposibilidad de renunciar a la resurrección de las horas más felices de su pasado, de sus ensueños de amor, de las delicadezas y refinamientos sensuales, desesperadamente adheridos a la piel de sus recuerdos y que surgían, como una visión sobrecogedora, nuevamente, después de algunos años de lucha y de agotamiento moral, de desengaños y horribles desencantos de vida. En el instante en que tocaba a la edad de las grandes abdicaciones y de los cansancios definitivos, surgía Nelly -otra Gabriela más joven, más fresca; todavía más fascinadora, pero con una identidad de físico tan sobrecogedora que resucitaba por sí sola el pasado en toda su amplitud de recuerdos y deseos. ¿Y por qué huiría de ella? ¿Por qué se alejaría para siempre? ¿Por qué? ¿Era acaso por ese principio de respeto al orden religioso que veneraba en su conciencia de católico? Ah, no; Dios era demasiado bueno para negar su indulgencia a las fragilidades de los hombres que habían luchado con su conciencia y se sentían vencidos de las tentaciones. ¿Sería el respeto del mundo, el temor de que supiesen allá lejos, en Chile, su historia, deshaciéndose toda esperanza de reconstrucción de su hogar con sus hijos? Por extraña aberración humana, el mismo sentimiento —95→ que le hizo buscar, en Nelly, regeneración propia, en el resurgir de la imagen de Gabriela y de todo su pasado, le hacía nuevamente odioso hasta el recuerdo de Gabriela, y los sentimientos de familia llegaron a serle una carga que deseaba arrojar lejos de sí. Surgió luego, en su interior, la idea de que la joven podía haberse encaminado a Granada; veíala espantada, sola, desesperada, mientras él, en París, se agotaba en orgías con el alma desbordada de amor, de irresistible amor a ella que también le amaba. ¿Por qué la haría sufrir tan estéril, tan inútilmente, cuando la vida le ofrecía tantas horas felices, cuando su corazón palpitaba con esa irresistible savia de juventud? Y comenzaba entonces a tirar por la borda el bagaje insoportable de sus remordimientos, de sus preocupaciones y de sus temores. Una inquietud le abrazaba en irresistibles deseos de partir, de caer en brazos de ella... Y que la vida trajera, por sí sola, la última palabra, la solución trágica o alegre de este problema. Entonces, por primera vez, sintió la fuerza dolorosa de una sombra que se interponía entre su felicidad y él -esa sombra era Gabriela.
Surgieron evocados, impensadamente, los recuerdos amargos de seis años de matrimonio con sus desencantos sucesivos, pequeños alfilerazos, desinteligencias, escenas, heridas de vanidad, la horrible soledad de dos almas que ya no se comprenden y que viven juntas, y luego aquella insoportable unión de dos seres que se contemplan al través de una mesa común, sin tener nada que decirse, en el hielo de una desinteligencia absoluta. Aquel horrible andar..., andar..., alejándose cada vez más el uno del otro. De tal manera se mostraba la visión cruel y desapiadada que se interponía entre la felicidad y él; esa era —96→ la sombra que surgía, desde lejos, amenazadora. Sintió una especie de complacencia amarga en evocar recuerdos, tan duros y punzantes, de la vida conyugal. Caras agrias, incidentes desapacibles revivían ante sus ojos. Hasta detalles insignificantes, ciertos vestidos, una opinión antipática de Gabriela, resaltaban ahora ante sus ojos quizá con un relieve que nunca tuvieron. Sentimientos enervados y odiosos se adueñaban de su alma, sacudiéndole en una corriente de revuelta en contra de esa vida que había sido tan amarga y ante la absoluta imposibilidad de ponerle término. Era matrimonio indisoluble, condenación a cadena perpetua de dos seres que ya jamás vibrarían al unísono. ¿Existía, en verdad, el derecho de impedirle ser feliz en otra mujer que le amara de corazón y con quien se armonizara en absoluto? ¿Podría castigarse con el infierno en vida el error o la ligereza de un momento? Ángel sentía la sublevación desesperada de todo su ser en contra de tales violencias; particularmente ahora, que era amado, sentía la opresión terrible del sistema social impuesto por las costumbres, por las creencias y por las leyes de su propio país. Un oleaje de amargura le sacudía todo entero. ¿Fue entonces o fue más tarde, cuando por primera vez acudió a su mente la idea maldita, repudiada en el acto, con indignación, por su alma? Parecíale que todo se arreglaría si Gabriela muriese, y experimentó complacencia culpable ante la sola perspectiva de ver desaparecer a la madre de sus hijos. Rechazó luego esa idea, como tentación infernal, mas, en repetidas ocasiones, se sorprendió a sí mismo complaciéndose en ella...
Pero una reacción de su ser moral le hacía reprocharse el mal deseo, afeándoselo como tentación de —97→ los infiernos. A su alma saturada de creencias católicas desde la infancia, acudían las oraciones enseñadas por su madre en contra de las seducciones del «maldito», y lloraba de sentirse tan depravado, tan poseído de aspiraciones culpables. Hacía, entre sí, juramentos de alejarse de Nelly, de considerar ese episodio como página incidental de su vida, apartándose para siempre de ella, como si eso dependiera de su propia y exclusiva voluntad.
Tenía la locura de creer que podía renunciar a la felicidad, entrevista y acariciada por la imaginación en Nelly -esa otra Gabriela radiante de ilusión, de belleza y de gracia- encontrada en el momento de transición en que le abandonaba la frescura de la primera juventud y comenzaban a imponer su gravísimo peso las desilusiones de la existencia y las abdicaciones definitivas. Después de haber contemplado, en su alma angustiada, la caída de las hojas, creía poder desechar esta nueva primavera tan espontáneamente ofrecida, apartar de sus labios las tentaciones del beso, borrar de su memoria esa imagen turbadora y deliciosa, desviar de sus sentidos las memorias castamente voluptuosas de la otra Gabriela que acudían, en tropel, tomando las formas esbeltas y mórbidas de Nelly. ¿Y por qué ahogaría esos deseos? ¿Por qué? ¿En obedecimiento a una ley moral, rígida y dura, inflexible y marmórea? Dios es tan bueno..., comprende las miserias de los hombres y sabe perdonarlas. Luego las fragilidades mismas de la naturaleza humana le ofrecían una excusa anticipada en su caída, tan perdonable, desde que en su conciencia solo existían sentimientos y no hechos culpables. Sentía que ella lo llamaba, que lo esperaba lejos, en el apartado retiro de la ciudad española.
—98→
Era ya entrada la noche cuando el prolongado y melancólico rumor de la sirena, repercutiendo en los valles de Granada, anunciaba la llegada del tren correo. Un joven alto, delgado, de hermoso porte, arrojaba a un mozo de cordel su maleta-necessaire de cuero de cocodrilo, su caja de sombreros y los atados de mantas inglesas y bastones. Frío sutil calaba los huesos en aquella noche de febrero, con el cielo cubierto de manchas de tinta que ocultaban por completo la luna. Por el modo febril con que pasaba su equipaje, se notaba como desequilibrio nervioso en su temperamento. Dio al cochero la dirección del «Hotel Siete Suelos», y se lanzó en el vehículo destartalado, que hacía crujir sus ejes, cruzando calles estrechas y negras, por plazoletas desiertas, a través de la ciudad alumbrada a medias como en dramas de capa y espada. Todo estaba desierto y silencioso. Así llegaron al pie de gigantesca masa oscura; tras de recorrer callejuelas empinadas como cuestas, detuviéronse al pie de enorme puerta, a medias iluminada —99→ por la luz del reverbero que dejaba en la sombra, diseñado apenas, un bosque tupido que a esas horas, y en circunstancias semejantes, parecía ilimitado y fantástico, digna morada de Aladino, de «Barba Azul» o de «La Bella durmiente del Bosque».
El cochero se volvió y le dijo: «Estamos en el recinto de la Alhambra».
Azotó los caballos en seguida, y, lentamente, comenzaron la ascensión de pendiente rápida, como avenida de montaña, entre árboles inmensos que se dilataban en la sombra con perspectivas indefinidas e ilimitadas, por obra de la imaginación y de la noche. Su imaginación se complacía en aquellas perspectivas insondables de misterio. La sensación física, tan aguda, correspondía, en él, a un sentimiento moral latente, a un estado de su alma, anhelante, así mismo, consumida por el deseo, ansiosa de reanudar el idilio de su amor naciente, llena de temor de verlo interrumpido y desbaratado por una palabra, por la más leve indiscreción de cualquier compatriota suyo. Junto con esto despuntaba el escozor del remordimiento, en el misterio complejo de su alma. Nunca tales sensaciones de bosque, de noche, de soledad, le produjeron impresión parecida, ni completaron de modo tan absoluto su ser interior.
Luego, llegado al Hotel de «Siete Suelos», se notó a sí mismo una voz rara, emocionada, enronquecida, al preguntar al camarero, con la garganta seca, si había llegado Mistress Astor-Lee, en compañía de su hija. Y como el mozo le contestara con negativa, comenzó a latirle desesperadamente el corazón dentro del pecho. Pidió un cuarto, se arrojó vestido sobre el lecho, y comenzó a sentir opresión insoportable, angustia que le atenaceaba, como si la sombra hubiera —100→ invadido por completo su alma. ¡Ah!, le parecía que nunca más vería a Nelly. De seguro que alguien, quizás un compatriota suyo, habría referido a la joven la historia de Ángel Heredia. Cómo envidiaba a los seres desconocidos y anónimos a quienes hasta entonces había mirado en menos, desesperándose de pertenecer a una de esas familias que viven siempre expuestas a la expectación pública, sometidas al lente de la chismografía y de la maledicencia ajenas en una especie de vida pública, sin intimidades propias, ni el derecho de vivir para sí, en la reserva del hogar. Alguien, sin duda, le había denunciado, por el puro gusto de hacer el mal por el mal. El rubor subía involuntariamente a sus mejillas, como si realmente se hallase en presencia de la mirada acusadora de la madre, y sentía el sobresalto peculiar de las situaciones falsas, la angustia de la mina que puede reventar de un momento a otro, el desprecio de Nelly, el fin de su ensueño de amor. Y todo eso le parecía tan insoportable, que precisamente por la intensidad de aquel desgarramiento interior, se daba cuenta de cuán hondas eran las raíces de su sentimiento de amor a Nelly. Se asfixiaba materialmente: abrió las ventanas y apagó las luces para sentir sobre su frente abrasada, el frío de la noche, envuelto en la sombra, con doble sensación, calmante para sus nervios.
Despertó al día siguiente con las claridades de una mañana primaveral, sintiendo canto de pájaros en la floresta y rumor de abejas zumbando en la tranquilidad apacible de la atmósfera. La masa verde se alzaba frente a sus balcones; los árboles extendían sus ramajes hasta por sobre el techo del Hotel, dejando apenas leves claros que permitían ver trozos de cielo azul de tono intenso. La mañana era apacible; una —101→ brisa ligera sacudía levemente las hojas de los árboles -que por lo fuertes, lozanos y magníficos le parecieron dignos de figurar en los bosques de América. Angosta franja de azul marcaba el cielo, diseñado en lo alto de aquellas hermosas gradaciones de verdura. Lo verde tomaba mil formas y matices, desde el intenso verde botella y verde-mar hasta el dorado verdoso de las hojas por donde filtraban, como en línea recta, los rayos del sol. Era una orgía de notas verdes, todas originales, vibrantes y luminosas todas; difundíase por el alma de Ángel, nacida de ellas, plenitud primaveral, expansión de vida inconsciente y desbordada. Luego, escuchó rumores de agua, de arroyos semi-ocultos que suavemente se deslizan como olvidados de sí mismos entre las malezas; junto con esto observaba la humedad de los troncos de aquellos árboles centenarios, los musgos que les tapizan y que luego trepan por ellos. Sentía que su alma se apaciguaba en la naturaleza. Producíale grave recogimiento el murmurar del agua, como si pretendiera servir de acompañamiento y de orquesta a la música de las cigarras, de los grillos, de los mil insectos que pueblan la apacible y dulcísima quietud, que da la suave somnolencia del recinto moro; y sin explicarse el por qué, sintió, de súbito, esa quietud en su alma.
Y mientras tomaba su café, después del paseo matinal, oyó crujido de faldas de seda y un paso ligero y firme que hizo palpitar locamente su corazón dentro del pecho. Parecíale que el cielo se despejaba, que todo le sonreía, que cantaban gloria en la mágica transformación universal. Ahí, en el dintel del comedor, se dibujaba la delgada silueta de Nelly, vestida primorosamente con traje lila, del corte severo y elegante de Laferniére, sombrero del mismo tono, sombrilla —102→ con puño de oro y amatistas y ese aire entre risueño y desenfadado que los artistas americanos suelen dar a sus creaciones. Brillaba en sus ojos una ternura que le removía todo entero, hasta lo más profundo. Ángel se sentía amado, y de los temores excesivos pasó, de golpe, a la más ilimitada confianza. Nelly acababa de llegar, cumpliendo su promesa. La naturaleza entera se transformaba a los ojos de Ángel; la penumbra del bosque, el sol encubierto, la frescura de la mañana producían en su alma una sensación deliciosa de ensueño. Nelly venía de Italia en donde acababa de pasar la temporada. Le habló de una cacería cerca de Roma, a la cual había concurrido en compañía del Cuerpo Diplomático y de unos días de arte en Florencia; pero todo le había parecido triste..., le faltaba algo..., las cosas no tenían vida... Y al pronunciar estas palabras le miraba con profunda intención sentimental. Ángel sentía reanudados esos lazos, por un momento interrumpidos, con más fuerza que nunca, con el desesperado anhelo de aferrarse de aquel amor primaveral que se le ofrecía de modo tan espontáneo. Al estrechar la mano de Nelly, hizo un esfuerzo para desechar toda idea importuna, borrando, por entero, el pasado, ese pasado irrevocable. A su turno, la joven, ocultaba otra preocupación un tanto triste, de manera que en aquel saludo se formó un primer silencio entre sus dos almas, sin que acertaran a comprenderlo, extrañados ambos de ese hecho que constataban. En su interior sentían bullir el amor, pero mezclado de una angustia inquieta, mutuamente presentida, no el amor sano y fuerte que mira desembozadamente al porvenir.
Almorzaron juntos en el comedor del Hotel, acompañados de Mistress Astor-Lee, madre de Nelly, —103→ todavía joven, a pesar de sus cincuenta años, y concertaron los programas para su estadía en Granada. Visitarían las iglesias, con sus sillerías talladas, los sepulcros de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel; recorrerían juntos la famosa Vega de Granada, en carruaje, internándose por la campiña, pero, desde luego, la Alhambra.
«Vamos inmediatamente», propuso Nelly. Su madre se excusó; estaba algo cansada. «Entonces iremos nosotros solos», dijo la joven a su amigo, usando las libertades concedidas por las costumbres americanas. Ángel encendió el cigarro, bebió su copita de Kummel, y partieron.
Iban a pie por el ancho camino, rodeado de bosque, bajando por entre los árboles que entrecruzaban en lo alto sus copas en caprichosos arabescos verdes. A lo lejos divisaron la puerta de las Granadas, llamada Bib-Leuxar; a la derecha de ésta la célebre Torre Bermeja, levantada sobre antiguas construcciones fenicias, según explicaba el joven. Allí se han ido amontonando siglos sobre siglos, unas civilizaciones sobre otras, todas ellas distintas y lejanas.
Luego volvieron sobre sus pasos llegando al punto en que el camino de la Alhambra se bifurca en dos: uno que conduce a la Torre de Siete Suelos y el otro al Palacio. Detuviéronse a contemplar la fuente levantada por el Marqués de Mendoza en honor de Carlos V.
Las impresiones producidas por los objetos se van mudando conforme a un estado interior. Así, la Puerta del Juicio, construida en esa vasta plazoleta, por el Rey Árabe Jusuf Afi, muda y solitaria ahora, les hubiera producido acaso profunda impresión en otra circunstancia. Allí dieron sus sentencias los Califas —104→ en medio de su pueblo, vestidos con los magníficos atavíos de su corte. Ahora escuchaban ambos con perfecta indiferencia las palabras del guía. Ángel iba pensando en que había creído notar, durante el almuerzo, en la madre de Nelly, una sombra de reserva, algo imperceptible, pero positivo, que le llenaba el alma de una zozobra insoportable, de presentimientos relacionados con sus secretos temores. La joven, a su turno, había traslucido el cansancio nervioso, la melancolía del joven que debiera sentirse radiante, en presencia de la prueba de amor que ella le daba, partiendo de Italia, atravesando los mares, abandonando una existencia brillante de fiesta, para presentarse en aquella ciudad silenciosa, en el día prometido. ¿Por qué estaba así? ¿Qué explicación tenía esa tristeza, precisamente cuando más motivos debiera tener para sentirse alegre?
A sus ojos se ofrecía ahora el arco de ancha torre que afecta la forma de un corazón; en él se marcan la mano y la llave misteriosas y simbólicas de la Justicia del que todo lo puede y del que todo lo alcanza. Ángel se inclinó, sonriendo, para decirle a Nelly: «Ese corazón es más pequeño que el mío...» Una mirada de ternura contestó su frase. Súbitamente les invadía el sentimiento de confianza mutua, apacible soplo desprendido de la naturaleza. Antes de penetrar en la Alhambra extendieron la mirada por el paisaje. La colina parece nido inmenso de verdura que se alza muy suavemente y domina la ciudad, y dilata en todos sentidos sus caseríos blancos, sus vergeles, sus alamedas, las torres de sus iglesias. El cielo de azul intenso, el sol vivísimo, daban el mayor realce posible a esas manchas de irresistible y deslumbradora blancura, a —105→ los follajes verdes que forman como abismos de verdura en derredor de la colina.
Y penetraron en la Alhambra. En su estado especial de alma comprendían ambos el Palacio de los Árabes y el espíritu de su pueblo, que no ve los objetos del mundo exterior con claros y determinados contornos, sino envueltos en una niebla luminosa, que desvanece y esfuma las líneas, haciendo que no se sienta el deseo de darles forma consistente. Los árabes muestran más la impresión recibida de la naturaleza y de la vida humana que lo realmente visto, reproduciendo la mancha de color sin la firmeza de los perfiles y de las líneas. Viven hacia adentro, esos espíritus orientales, concentrándose en sí mismos, desdeñando el aparato de la arquitectura y de la calle, por las dichas ocultas del harem, envuelto en misterioso velo, todo interioridades. Ángel y Nelly sentían las fascinaciones de la vida interior, del secreto amoroso. ¡Ah!, vivir eternamente solos, apartados del mundo, en aquellos misterios de verdura y de arte, sintiendo palpitar los corazones juntos, hubiera sido la suprema dicha. Sentían profundamente, como los árabes, ajenos a toda vanidad; se recogían dentro de sus casas y dentro de sus almas, a gozar la suprema dicha que debe ocultarse callada, exclusiva, temerosa de ser descubierta.
El vastísimo patio de los Arrayanes, o del Mezuar, que se despliega de súbito, pasado el estrecho corredor, produjo en Ángel un sentimiento de calma, de plácida quietud, de intimidad callada y apacible, que le refrescaba el espíritu después de las zozobras súbitas y las alarmas que le sorprendían como remordimientos. En el centro, un estanque en forma de paralelogramo, orlado de arriates, de arrayanes y de —106→ mirtos, extiende sus aguas como grandes espejos temblorosos que retratan algo de cielo y algo de verdura; despertando sensaciones de frescor... La arquería morisca mueve y quiebra sus curvas elegantes en torno del patio, como para hacer más apacible y más completa la sensación primera. Despidieron al guía para quedar solos, apoyándose Nelly en el brazo, del joven, en una embriaguez de dulcísima intimidad. ¿Que no era suyo? Sobre esos anchos corredores, debajo de aquellas arquerías debían extenderse los mullidos tapices rojos, celestes, oro y hoja seca, esas combinaciones primorosas y sensuales. Allí sentíanse ellos unidos en comunión profunda y completa de las almas. Nelly se afirmaba toda entera sobre Ángel que desfallecía, en un éxtasis, al contacto semi-tibio de ese cuerpo adorado. ¿Acaso no era suya? Hallábase capaz de todas las locuras, de todas las exaltaciones, hasta del crimen, por aquella mujer de admirable cuerpo, elegantísima, fascinadora, que le sonreía como jamás lo hicieran las sultanas orientales. ¿De qué no sería capaz por ella?
Penetraron a la gran sala de Embajadores. Todo le parecía radiante. Los techos, en que se combinan por maravilloso modo los colores más vivos, en la plenitud de la armonía, como si se tratara de una magnífica orquesta de colores dirigida por maestro genial, avivaban el sentimiento de alegría, de variedad, de novedad constante. Afectaban todo género de formas, desde los encasillados, la media naranja, las estalactitas, gigantescas bóvedas de gruta primitiva decorada con el admirable primor de la naturaleza; aquí, en la sala de Embajadores, mostraban el trabajo finísimo, el relieve de un encaje de Malinas o de puntos de Venecia.
—107→Sintieron, a un tiempo, la comunidad de alma en las mismas impresiones. El interior de la Alhambra parecíales como hecho por la ideal combinación de elegancias de palmera, fragilidades de cristal y sutilezas de encajes superpuestos. Las salas espléndidas, las columnas aéreas como tallos de junco, se comunican por corredores de finas arquerías de labores árabes con jardines, estanques y surtidores arrancados del Oriente. La luz iluminaba, de lo alto, esas fragilidades de verdura y de agua, y penetraba luego por los finísimos bordados de las puertas, saltando por entre los encajes de los arcos de sala en sala, como esos silfos de que hablan las antiguas leyendas, besando los techos mudéjares, los alicatados azules, púrpura, verde mar, grana, violeta pálido; deslizábase por entre oscuros encasillados, y saltaba por las estalactitas que bajan del techo como flecos de cristal iluminados por todos los colores del iris, y por último, salía por el arco de una ventana que parecía primorosamente ejecutado en punto de Alancón. Ángel y su amada se detenían, extasiados, ante las inconcebibles combinaciones del color y de las formas, de luces, gasas, cristales y plumas que el vuelo fantástico de las imaginaciones orientales ha logrado encarnar en aquellas salas y en aquellos jardines.
La ebriedad amorosa iba llenando esos corazones ardientes, sus almas preparadas, para recibir emociones. Ángel se complacía en la gracia elegante de Nelly, al recoger su vestido para subir las múltiples escalinatas, dejando ver su hermoso y largo pie, la fina garganta de su pierna cubierta por media de seda y realzando las líneas virginales de su cuerpo. Al penetrar a la penumbra la sorprendía un beso, y mientras él se desvanecía en la sensación deliciosa de su cutis fresco —108→ y perfumado, ella, arrancándose castamente, con ligereza de gacela, aparecía, de súbito, en otro salón: era el de Embajadores. -«Aquí no se ama», díjole, sonriendo, mientras ponía el dedo sobre los labios con un mohín de enojo. «No estamos ya en la intimida, sino en la sala de recepción, donde han de lucir los tapices más espléndidos de Oriente, las cimitarras y las armaduras damasquinadas, las telas recamadas de oro... Mire -agregó, señalándole con el dedo las inscripciones árabes-: 'Sólo Alah es vencedor'». El techo, elevadísimo, se halla dominado por notas de color oscuro que contribuyen a dar a la sala, rodeada de luminosas habitaciones y jardines, un aspecto severo a la par que imponente, noble así como soberbio.
Por los calados de las ventanas penetraban infinitos rayos de luz. Afuera todo era alegría y vida, con lo cual ganaba la sala en severidad hasta convertirse en imponente. Los jóvenes, la mano cogida de la mano, en contacto dulcísimo, contemplaban las murallas por las cuales se desarrollan mil y mil combinaciones de líneas caprichosas, que se enredan y se desenredan y se entrelazan de todos los modos posibles, siempre redondeadas, siempre impecables en sus diversos movimientos. Incesantemente se leía la divisa de los Califas de Granada: «Sólo Dios es vencedor». Sentimientos de fatalismo invadían el espíritu de Ángel con soberana imposición. Se entregaba, también, como los árabes, en brazos del destino junto con su amada. Se empeñaba en cerrar los ojos al pasado, en crearse libertad ficticia, desprendida de las cadenas de los hombres y de la tiranía de las instituciones sociales, para darse al amor irreductible y triunfal de la naturaleza. ¿Quién podría quitarle a esa joven que sentía suya, en cuerpo y en alma, nada —109→ más que al suave contacto de su mano? Sí, la sentía plenamente suya, en la confianza del ser que se entrega de una vez para siempre, nada más que con sentir el contacto de esa mano y la rendición de su mirada, esas vibraciones de la pupila en el ser que se entrega incondicionalmente, apenas con la suave resistencia de la paloma. Era tan hermosa y él se embriagaba tanto en ella...
Nelly se había entregado desde el primer momento, con una mirada, junto a la barandilla blanca del vapor. Recordaba la impresión causada por ese joven de cuerpo robusto y musculoso de atleta conforme al ideal americano, con los cabellos negros ligeramente crespos, el color moreno y una llama rojiza en las pupilas, de nariz ligeramente levantada, de fuerza ruda, de virilidad dominadora, con aire de vencedor, un poco retraído. Y luego, sorprendía en aquella contextura física la elegancia del talle, de los movimientos, de los gestos más insignificantes, de los detalles del traje correcto de un perfecto gentleman. Su pantalón, bien cortado, caía sobre un pie fino; su mano, muy larga, de uñas pulidas y sonrosadas, tenía un sello de aristocracia que se acentuaba con el timbre de su voz, con el ritmo de su paso. Instintivamente, al hacer conjeturas sobre el desconocido, Nelly había dicho a su amiga: «Debe ser un marques...» Había comenzado a pensar en él, convirtiéndole insensiblemente en centro de sus preocupaciones, dejándose envolver por el efluvio de sus miradas que por todas partes la perseguían, desviando inmediatamente en cuanto ella le sorprendía. Esa mirada, de leve tinte despótico y dominante, le causaba un bienestar indecible. Era tan mujer por todas las fibras de su temperamento, y le agradaba tanto la dominación —110→ del hombre fuerte que la protegiera, acariciándola y dejándose vencer de su belleza y de su gracia. Luego nunca había sentido tan completamente el efecto casi milagroso de su influencia femenina sobre un hombre. El estremecimiento interior de Ángel no se había escapado a su perspicacia de mujer, y ella pertenecía a esa raza en la cual el ser amado constituye lo más esencial, el punto de partida de su propio amor. Luego el contacto íntimo de la vida a bordo; la tristeza del desconocido; la belleza radiante del alar infinito; las puestas de sol; las noches de luna; todo contribuía a despertar en ella un sentimiento profundo de amor, removiendo fibras íntimas, nunca hasta entonces tocadas, de la virginidad de su alma.
Recordaba las tristezas súbitas cuando pasaba una tarde sin verle, sentada en su silla de popa, y luego cuando él aparecía, alto y esbelto, ella no desviaba los ojos, inmovilizada por voluntad temible y fuerte, como sintiendo la corriente de una sugestión que la adormecía en dulce desvanecimiento de la propia voluntad.
Ángel se entregaba a las fatalidades de su dicha, con la mirada perdida en aquel paraje denominado el Mirador de la Reina. Allí se asomaban, de tarde en tarde, las cautivas a respirar las brisas que traían los aromas del Generalife, situado a lo lejos. El panorama que a sus ojos se extendía le daba la impresión de su agitada existencia, con mares de verdura, cascadas de árboles que se prolongan a los pies de la Alhambra y que parecen un abismo de verdura, abismo risueño, alegre, singularmente feliz, que atrae como una sonrisa y que hace pensar en esas sirenas que arrastraban a los viajeros al fondo de las aguas. Una congoja le invadía al pensar en que también él se hallaba —111→ cautivo, prisionero de unas redes que le impedían ser feliz con Nelly, creatura de pureza, de castidad y de ensueño. Ni por un segundo cruzó por su imaginación la idea de una seducción torpe; comprendía, por otra parte, que ella le habría desterrado para siempre. Una desesperación invencible crispaba los músculos de su cara mientras veía surgir, entre él y la felicidad, la sombra temible, la sombra de Gabriela, del matrimonio, del hogar consagrado, de la ley, de la sociedad. Y en su crisis de amargura se sorprendió deseando la muerte de Gabriela, la supresión del obstáculo. ¿Acaso no era posible que muriese? ¿No solía quejarse, a veces, su mujer, de palpitaciones violentas de corazón? Podía morirse cualquier día, cuando menos pensado. Y se repetía esos sofismas como para acallar su conciencia que le reprochaba como un crimen lo que hacía con Nelly, pues en el hecho moral, no en el material, estaba lo más grave de una seducción consciente que podía parar en un desastre irreparable, en el día de la verdad, cuando se aclarasen las cosas. Un sentimiento de terror súbito hizo brotar en su frente gotas de sudor helado.
Nelly, invadida por un sopor delicioso y suave, contemplaba el Albaicín que tantas maravillas encerraba en tiempo de los moros. Allí se alzan los huertos, los palacios de verano, los estanques de aguas vivas, los aljibes, las torres mudéjares, los jardines y las habitaciones misteriosas en que vivían los moros vidas eternas de voluptuosidades y de ensueño, en el retiro callado, en el silencio de la ventura discreta. El valle, en toda su magnífica extensión, se desplegaba a su vista. Las manchas oscuras de los cipreses resaltan entre el verde claro de los huertos y la vívida blancura de las habitaciones que, por lo albas, traen —112→ consigo una idea de palomas. El blanco es la nota dominante, la nota más típica del Oriente; aquellos contrastes de lo albo y de lo verde, aquellas extrañas y vaporosas irradiaciones de blancura surgen por el desierto y por los valles como si se tratara de un desafío al sol.
Apoyada en el hombro de Ángel, la joven contemplaba el Darro, bajando entre granados y flores en medio de las colinas del Albaicín y de la Alhambra. Desprendíanse, entre las líneas lejanas, encantos misteriosos, adivinados más que percibidos, junto con una sensación de paz que les fue dominando por medio de infiltración lenta. El joven experimentaba el adormecimiento de sus inquietudes en un goce tranquilo del presente, en la contemplación exquisita de aquella deliciosa creatura que marchaba, junto a él, con el vestido ligeramente arremangado, haciendo crujir la seda de su enagua de encajes, bajo los cuales, como entre espumas, surgía delicadamente su pie. Y cuando ella se inclinaba sobre su hombro para contemplar el paisaje, sentía el roce de sus cabellos rubios y suaves, impregnados en raro perfume. La plena luz la favorecía, exhibiendo en toda su pureza las líneas de su rostro, tan delicadas y tan finas, el óvalo perfecto, la ligera curva de las cejas, esas largas pestañas tras de las cuales tomaban aire de sorpresa ingenua sus ojos. El joven sentía en sí el goce del triunfo al verse amado por aquella creatura, era una sensación de mareo de vanidades.
Penetraron al patio de los leones que les mostraba, de lejos, una perspectiva de cálices invertidos, cortados en plena luz, que iban a rematar en columnas delgadas, sutiles, esbeltas como palmeras, con ligerezas de pluma y levedades de cristal de Baccarat. —113→ Las ciento veinte columnas de mármol, dispersadas en artístico y simétrico desorden, de cuatro en cuatro y de tres en tres, multiplicaban sus rayas de blancura, las extienden, prolongan la perspectiva, la arrojan en un desborde, en una mancha de luz, hacia el centro, por la pila, y luego la dejan sumirse misteriosamente por las oscuridades de su fondo. Los jóvenes sentían que la luz les fascinaba, les embriagaba, les sobrecogía intensamente, quizá con el rayo que atravesaba los encajes de sus arcos por la parte superior en forma de múltiples y finísimas agujas; quizá por disposición de las columnas que parecen multiplicadas por la perspectiva: les dominaba el hipnotismo de la luz, la sensación de suavísimo e inexplicable deleite, el goce refinado de la retina de sus ojos hasta diluirse en un ensueño del espíritu.
En el centro del patio se alzaba la pila, de tazas superpuestas, sostenida por leones informes y groseramente esculpidos. Pero la vista de Ángel se encaminaba a las columnas tan esbeltas que casi tenían formas de mujer. A su lado, Nelly, estaba encantadora, con los ojos húmedos y la palpitación leve del ala de su nariz, signo de emociones en ella. Era que todo se acumulaba a un tiempo: sensaciones de arte y emociones de corazón. Atravesaba por las horas supremas de su vida, por momentos que dejan en lo íntimo del ser una huella imborrable. Se sentía feliz. En cambio, el rostro de Ángel, involuntariamente señalaba contracción dolorosa, y cuando llegaron al muro del recinto vastísimo de los jardines de la Alhambra, había tomado su mirada la expresión del que desea formular una pregunta. Era que se acumulaba en su espíritu inquietud tan angustiosa que tornaba por hacerse insoportable.
—114→-«No sé si sea susceptibilidad mía, pero he creído notar algo que desearía me explicara», dijo a la joven. Ella palideció levemente, con ansiedad. «Hábleme». -«He creído notar, en su madre cierta frialdad para conmigo...» -«¡Ah! -exclamó Nelly, con la entonación del que no halla palabras para expresar algo-, en Florencia escribieron a mi madre un anónimo... Le decían que me guardase, porque Ud. era casado, y tenía hijos en su patria. Pero..., ¿cómo era posible creer en semejante infamia?... Los anónimos se reciben y se desprecian», agregó con tan firme acento de seguridad y de convicción que Ángel sintió en sus entrañas el frío de un cuchillo.
El instante horrible, la hora temida se acercaba; sus temores se cristalizaban y tomaban cuerpo. ¡Ah!, si Nelly hubiera podido notar, en la penumbra de aquel rincón oscuro, la intensa palidez del joven, la convulsión que le sacudió todo entero por espacio de un segundo, el esfuerzo desesperado con que dominaba sus nervios, y cómo cada palabra suya producía nueva angustia traducida en las palpitaciones aceleradas de su pulso...
-«Yo no me he dejado conmover ni un instante por esa calumnia», agregó la joven, «pero mi madre..., ha dudado..., perdónela...»
Cada expresión le hería doblemente, por el tono en que había sido pronunciada, con tan ingenua, tan ilimitada fe, y por la conciencia de la terrible, de la fatal condenación expresada en ellas. Si la joven le hubiera recibido fría y duramente; si le hubiera expresado alguna duda irritante, si hubiera provocado una escena de violencia, habría sacado fuerzas para defenderse y mentir. Pero en presencia de aquella naturaleza recta y confiada, de aquella alma entregada toda —115→ a él, se sentía humillado, vencido, sin alientos para la inevitable comedia. La sombra de su vida tomaba cuerpo, se solidificaba, se convertía en obstáculo insalvable, entre la felicidad cercana, entre la mujer adorada, refinada, exquisita y el mísero galeote con su cadena atada al pie. Dos lágrimas silenciosas rodaron de sus ojos y cayeron sobre Nelly que le arrojó los brazos al cuello besándole en la frente, en los ojos. Ella jamás lo había creído, jamás. Y por primera vez sus labios se unieron en un beso desesperado, amargo, ardiente e infinitamente dulce, que en Ángel tenía el picante escozor de la culpa y en la joven la deliciosa inocencia de un alma que se entrega... Ella le amaba aún más en el dolor, sentía en sus entrañas de mujer las voluptuosidades de la pena.
Pasada la embriaguez suprema de aquel instante, Ángel sufrió el horror instintivo de sí mismo; se despreciaba, se vilipendiaba. La joven, dentro de su casta exaltación experimentaba la necesidad de luz. Y salieron a los jardines.
Desde allí, ¡qué espectáculo! Abajo, las lomas herbosas de las colinas, los árboles apiñados, ahogados con los misterios de las hojas muertas. El sol cae: la Sierra Nevada, que envuelve la ciudad de Granada en sus festoneadas labores, ostenta sus aristas, sus cumbres y sus agujas encaperuzadas en nieve que se tiñe, suavemente, de rosa pálido, tibio, esfumado en sedas, damasquinado en plata -como la empuñadura de coral de un alfanje. Mézclanse, por el horizonte, el anaranjado, ya violento, ya diluido, que desaparece lentamente para dar paso al iris y al ópalo que crecen y se ensanchan, a la par que los tonos satinados de nácar y rubí. La llama púrpura de un grande incendio se rasga levemente para dar paso al zafiro, —116→ convirtiendo esa faja de horizonte en las caprichosas combinaciones de una plancha de ágata. El sol ha desaparecido por completo: ya no garabatean por el agua sus rayos de luz, ni vibran entre las hojas de los árboles, ni reverberan sobre las murallas blancas de esas casas que parecen mezquitas. La sombra caía: Ángel sintió que la soledad se formaba en su alma, con el tedio de las frivolidades de la vida y el desencanto de los ensueños rotos. Era la conciencia de la corta duración de las alegrías humanas, sin ser suficientemente intensas para borrar las ansiosas inquietudes. La noche caía cuando abandonaron el recinto de la Alhambra. Nelly callaba, pero su sonrisa y las líneas de su cuerpo mostraban una manera tan melancólica y tan fina de expresar la confianza de su amor, de fundirse en él, que Ángel sintió de nuevo el corazón oprimido por la angustia de la sombra creciente.