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ArribaAbajoLa guerra después de la guerra

Con el convoy que repatrió a Baquedano llegó a Valparaíso el más cuantioso botín recogido en las guerras americanas. Su inventario interminable incluía quince mil fusiles y doscientos cañones de campaña y montaña. Semidesarmado y sin escuadra, y a sabiendas de que un país en bancarrota es militarmente impotente, el Perú encontró todavía reservas de orgullo y coraje para seguir luchando. Desde la Sierra, con armamento conseguido en Bolivia, el empecinado Avelino Cáceres iba a dar que hacer a las fuerzas de ocupación hasta dos años después de la entrada a Lima. A este dilatado epílogo contribuyeron las vacilaciones del gobierno de Santa María y las intrigas y litigios de las potencias y la banca internacional, a las que el canciller Bismarck llamó al orden con su declaración inolvidable:

«Dejemos de una vez que ese país heroico disfrute en paz de su merecida victoria».



Esta nueva frase de la contienda, de que poco sabe el vulgo, no sólo fue más larga que la primera, sino por añadidura más cruel y penosa. En el registro de un solo regimiento, el Lautaro, se enumeran nueve combates de espectacular violencia, entre los cuales no están La Concepción ni Huamachuco. Se inició esta campaña contrariando la opinión de Lynch, quien en vano señaló a los estrategas de La Moneda la inconveniencia de expedicionar sobre altitudes de cuatro a cinco mil metros en los meses invernales. Si el desierto fue inclemente para el soldados chileno, mucho más lo fue la salvaje cordillera peruana; y si en las arenas quemantes se peleó sin compasión, en las cumbres heladas el ensañamiento no se detuvo ante la muerte. En cualquier relato de testigo ocular puede leerse que los guerrilleros indígenas se paseaban con las cabezas de sus enemigos ensartadas en las lanzas y adornaban con su piel estacada la puerta de sus viviendas.

Como aquí se tratara de los aspectos vivenciales de la guerra más que de sus hechos de armas, anotaremos que el Lautaro, con la flor de la juventud voluntaria de Valparaíso (el corneta contaba once años al enrolarse), viajó por ferrocarril en la primera etapa de su traslado hacia la Sierra de Junín. Entre las mujeres que servían como cantineras iba la embarazada esposa de un sargento. Al embarcarse en la estación de Lima desapareció el perro mascota, y los hombres vieron en esto un augurio de mala fortuna. Pero cuatro días después de llegar a Matucana, irrumpió el hermoso mastín en el vivaque, flaco, sucio y cubierto de heridas de mordeduras, al cabo de una carrera de cien kilómetros siguiendo la vía férrea porque sabía que por ahí viajaban sus amos, y se supone que ha ido buscándolos de pueblo en pueblo con su olfato portentoso. Acompañaba al regimiento desde los días de su fundación en Quillota y había ganado la jineta de cabo en Tacna, donde cazó un zorro al empezar la batalla como en anuncio de victoria y luego cayó con gloriosa herida de bala. Después de curarle las que sufriera en su odisea de Lima a Matucana, fue sometido a sumario, porque la ordenanza es la ordenanza, para ser enseguida procesado como desertor con todos los procedimientos de una corte marcial. Mientras «Lautaro» (éste era su nombre) dormía a pata suelta en su calabozo, fiscal y defensor sostenían los alegatos. A punto de ser condenado a muerte, se salvó el acusado cuando la defensa conmovió el corazón de los vocales aduciendo como atenuantes el largo acuartelamiento y la seducción de las bellezas limeñas; y la pena se redujo a su degradación de cabo a soldado raso y a veinticinco azotes conmutables en mil caricias, jolgorio general y el obsequio de una chuleta suculenta.

Así entretenían sus ocios y conservaban la moral en alto esos guerreros devorados por la nostalgia del terruño y retenidos por una campaña que prometía más penurias que gloria. Quien refiere aquel episodio, y los que vienen enseguida, es el subteniente Arturo Benavides, más tarde alcalde de Valparaíso, en su libro Seis años de vacaciones. Su regimiento formaba parte de la División de 2.300 hombres que bajo el mando del coronel Del Canto debía perseguir a las escurridizas fuerzas de Cáceres.

Ya en Casapalca, en el camino de la Sierra, tuvieron que calarse los ponchos de castilla; e informados de que más arriba no encontrarían leña, cogió cada cual el trozo más largo que podía llevar consigo, utilizándolo como báculo, para lanzarse a las desoladas alturas.

En el primer descanso, al cabo de ocho horas de caminata ascendente, el inexperto Benavides pagó su noviciado. Habiéndose echado a dormir bajo un reparo que sólo le protegía a medias, despertó con las piernas cubiertas por una capa de nieve, y cuando quiso incorporarse advirtió que las tenía heladas. No había nadie a su alrededor, nadie en la cercanía, y todo el paisaje aparecía pintado de blanco. Sólo sus brazos obedecieron a su voluntad y en un manoteo desesperado consiguió derribar el techito de ramas del cobertizo. Dominado por el pánico, dio voces pidiendo socorro, lloró, rezó... Al término de varias horas acudió Juan Bueno, su asistente, que había notado su ausencia en las filas y deshizo camino para venir en su búsqueda. Como los masajes con nieve y pellizcos no lograsen normalizar la circulación de la sangre, envolvió las piernas inmovilizadas con la manta y corrió a la siga de su batallón para dar cuenta del accidente. Entre tanto Benavides perdió el conocimiento y en medio de su estado de delirio tuvo la vaga sensación de que entre varios le acomodaban en una camilla, que le conducían a un poblado y le subían a un tren... Al volver en sí se encontró tendido en una cama del Hospital 2 de Mayo en Lima... Tardó tres semanas en sanar y otras tantas en convalecer, y entonces supo que los masajes con nieve que le diera el asistente le habían salvado de la doble amputación.

En su ausencia había tenido lugar la batalla de Pucará, en que dos mil chilenos de las tres armas derrotaron a tres mil quinientos del ejército regular de Cáceres. Cuando iban persiguiéndoles cedieron las amarras de un puente de cimbra, y como consecuencia hubo doce ahogados y el Lautaro quedó dividido en dos mitades separadas por las turbulentas aguas del río.

Estos puentes escalofriantes fueron el peor obstáculo opuesto al avance de la División Del Canto. Uno de ellos, cerca de Huancayo, había sido cortado por los montoneros para detenerla, y fue menester instalar un andarivel entre los dos vertiginosos barrancos para poder pasar de una orilla a la otra del Mantaro. Esta improvisada obra de ingeniería la hizo posible un soldado que se desnudó desafiando el frío cordillerano y cruzó a nado la gélida corriente llevando atada a la cintura una soga de cincuenta metros cuyo extremo sujetaban desde la ribera. Con él iba el perro «Lautaro», que debía servirle de obediente auxiliar en la operación mientras un cañón apuntado hacia la margen opuesta les protegía de posibles merodeadores. Llegado que hubo el nadador al lugar a propósito, recogió la soga, la cual llevaba a remolque un fuerte cable de acero que enseguida hizo firme al tronco de un árbol ribereño. Entonces ató la soga al collar del perro, el que nadó hasta la primera orilla para que desde allí pudieran arrastrar el cable y dejarlo amarrado a otro árbol... Con ayuda de un aparejo corredizo pasó por el andarivel un segundo soldado, llevando en un atado la ropa del desnudo; luego pasó un tercero, llevándole su fusil y equipo. Al ponerse el sol había en esa cabecera de puente veinticinco infantes, más un oficial con sus cabos y sargentos y el vigía «Lautaro», que cumplió su guardia nocturna husmeando los contornos y gruñendo por si acaso. Quince días después el regimiento entero había pasado con sus bagajes de campaña para invadir un territorio aún no hollado por tropas chilenas.

Para comunicarse con el resto de la División idearon utilizar al perro, que cruzaba el río llevando y trayendo mensajes en un tubo de metal atado a su pescuezo. Este ingenioso correo hizo posible el envío de refuerzos a la compañía destacada en Ñahuenpuquio para rechazar a los montoneros que la tenían cercada. En sucesivas misiones el amaestrado animal fue portador del parte de victoria de los combates de Chupaca y Vilca-Bamba. Estos servicios distinguidos le valieron al degradado «Lautaro» la recuperación de su jineta de cabo.

Ocurrían estos hechos en lo más crudo del invierno, en serranías y desfiladeros amortajados por la nieve. Bufando bajo el capuchón de sus ponchos, los hombres (y mujeres) caminaban jornadas enteras sin probar comida caliente. Rotas las suelas de los bototos, tuvieron que calzar ojotas. Y un nuevo enemigo, el tifus, les salió al paso, obligándoles a detenerse ante una casa abandonada para hospitalizar a los enfermos en el suelo y sepultar a los muertos en fosa común. Cayó contagiado el subteniente Benavides, y cuenta en sus memorias que el fiel asistente Juan Bueno en veinte días no se separó de su lado:

«Sólo mi madre me habría cuidado mejor que él, y estoy persuadido de que mediante sus atenciones salvé la vida»...



Pero el solícito enfermero cogió a su vez el contagio y pasó a engrosar la lista de decenas de bajas mortales que la epidemia causó en los regimientos.

En medio del trágico flagelo trataban los oficiales de distraer a la tropa organizando carreras de caballos y funciones de títeres. Hasta una tanda de teatro en que los valientes del 2.º de Línea se atrevieron con El médico a Palos de Molière...

Falto de recursos sanitarios, de abrigo y de víveres, que el enemigo había interceptado, llegó un momento en que la División no pudo sostenerse más y tuvo que replegarse a Lima.

Al emprender la marcha cedieron los caballos y mulas a los convalecientes, mientras que los enfermos eran conducidos en camillas confeccionadas con ramas y cueros de vacuno transportadas por indios reclutados a la fuerza. Estos camilleros de poco fiar iban amarrados por parejas con sogas o lazos anudados a los tobillos, para quitarles la tentación de escapar, y junto a cada uno marchaba un soldado en función vigilante con bala en boca.

Tenían que recoger de paso a la compañía del Chacabuco destacada en La Concepción, y Benavides, que iba en la avanzada, llevaba orden de pedir al jefe de esa guarnición, Ignacio Carrera Pinto, que tuviera preparado el rancho y la dieta para los tufosos... Pero al llegar encontraron el pueblo desierto, el cuartel reducido a escombros y sus inmediaciones sembradas de cadáveres masacrados. Ningún sobreviviente, y sólo un testigo para contar la fabulosa pelea de setenta y siete hombres sin esperanza contra un batallón completo y una horda de dos mil indígenas. Matanza en que sucumbieron hasta las mujeres de los sitiados y con ellas el niño nacido durante la resistencia de veinte horas...

Mientras La Concepción quedaba ardiendo como una pira funeraria, los regimientos de Del Canto partían Sierra abajo llevándose como sagradas reliquias los corazones de los cuatro oficiales mártires y la bandera salvada por milagro.

A la consternación aplastante siguió la reacción psicológica del enardecimiento patriótico, y este estado anímico fue el que sostuvo la moral de la tropa en la calamitosa marcha de retorno. Pocas veces una hueste ha sufrido peores padecimientos ni los ha afrontado con tanta paciencia y disciplina. Lo de menos fueron los combates de Tarma-Tambo, San Juan Cruz y el puente de La Oroya, porque en todos cantaron victoria y el furor de la lucha hace olvidar el frío, el hambre, la fiebre, la fatiga y los dolores físicos. Espoleados por la escasez de víveres, iban casi a la carrera en demanda de los valles donde estaban la verdura, el ganado y la leña. ¡A marchas forzadas y respirando el aire enrarecido de la alta cordillera! Subían y bajaban cerros de la mañana a la noche, chapaleando en el barro y la nieve con el calzado o las ojotas agujereadas. Por toda comida, un caldo tibio y un pan duro. Dormían a cielo descubierto, apenas protegidos por el poncho y la frazada despedazados al cabo de siete meses de campaña. Un parte de Lynch dice que cinco soldados y seis prisioneros perecieron helados, y «los caballos consumían los últimos techos de paja de las chozas».

Benavides refiere que en diez días no se quitó las botas ni mudó su ropa interior, impedido por el frío y el cansancio.

Más temibles que los proyectiles de los montoneros ocultos eran los peñascos que los indios echaban a rodar desde las alturas, los cuales se precipitaban desprendiendo a otros para caer sobre el camino como terroríficas máquinas de muerte.

Al llegar a la aldea de Morococha, casi arrastrándose, iban ya sin reservas de alimentos, y como allí tampoco había donde conseguirlos, no pudieron comer ni los enfermos. Todo lo que quedó por hacer a los cocineros fue encender fuego con los palos de los ranchos deshabitados para preparar la única bebida posible: ¡agua caliente!, pero agua pura, porque hasta el azúcar se había acabado.

Poco más allá sacrificaron la llama del comandante del Lautaro, que era su portaequipaje, para asarla y repartirla en bocaditos insignificantes.

A Casapalca llegó Benavides a pie, llevando de la brida a su caballo incapaz de resistirlo sobre la montura.

Quien más debió padecer fue la cantinera encinta, que en lo mejor de la nevada empezó a sentir los dolores del parto. La bajaron de su mula y la tendieron sobre unas frazadas; una de sus cofrades ofició de comadrona, y la criatura nació y sobrevivió contra todas las leyes de la obstetricia.

Ese desfile de hombres harapientos y famélicos parecía cualquier cosa menos un ejército victorioso. Pero les quedaba su gallardía marcial, y al entrar a Chicla, donde debían tomar el tren, enrollaron los ponchos y tomaron la calle de la estación marchando a tambor batiente, Benavides montado en su jamelgo vacilante, el cabo «Lautaro» ladrando a los vientos, la cantinera parida con su guagua en los pechos.




ArribaAbajoRetrato de un General en Jefe

Puesto que las líneas de la mano señalan nuestro destino, algún quiromántico ha podido decir a don Manuel Baquedano González:

«La fama y la gloria le llegarán tarde y de repente, pero con tal apoteosis que ningún conciudadano la conocerá igual, y no habrá sitio bastante espacioso para el homenaje de la posteridad».



Y él jamás habría creído que la Alameda de Carrera, de San Martín y de O'Higgins iba a resultar estrecha para su estatua y que debería construirse para ella una plaza de jardines panorámicos, con su nombre por añadidura y la Cordillera como grandioso fondo de perspectiva.

A este caballero de sobriedad espartana, tartamudo y devoto de la Virgen, el toque de calacuerda del 79 lo sorprendió en su fundo de Los Ángeles, a orillas del Laja, precisamente en tiempo de cosechas. Entendiendo muy bien lo que tiene que hacer un general cuando la patria está en peligro, dejó sus intereses personales postergados y acudió a alistarse con la presteza de un subalterno. Era hijo de militar y su biografía refiere que de niño abandonó el colegio y el hogar para embarcarse de pavo en el convoy de la guerra de 1838. A los quince años peleó a las puertas de Lima y obtuvo el grado de alférez. Viendo expedirse al general Bulnes en Guías, Buin y Yungay, adoptó su escuela primitiva y cruenta, que se reducía a atacar de frente y sin hacer caso del costo humano propio o ajeno, al revés de Prieto, que en Lircay jugó al ajedrez con sus tropas. Formado a la sombra de Bulnes, su tocayo Baquedano llega a asemejársele de manera asombrosa en episodios cruciales de su vida. Así como el maestro combatió contra su padre en la Independencia, el discípulo se enfrentó con el suyo en la batalla fratricida de Loncomilla; y habiéndole visto caer herido, se acercó a socorrerle después de la acción. (Tal era la firmeza de convicciones de los antiguos, y su sentido del deber). Otra semejanza misteriosa es que mientras Bulnes inspiró a Zapiola el Himno de Yungay, Baquedano salvó la vida a Eusebio Lillo, autor de la Canción Nacional, en el combate de la Alameda. Lo mismo que Bulnes, dos veces desenvainó su espada en defensa de la Constitución, en los años 51 y 59, con la sola diferencia de que Montt no le quería y le tuvo siempre entre ojos. Como era usual entonces, encontró en la Araucanía su mejor escuela práctica de soldado, y en una de tantas sublevaciones de la Frontera combatió contra los indios en Malleco y Renaico. De ese torbellino de fuego y lanzadas pasó sin transición a la tranquila jefatura de la escolta del presidente Pérez. Bajo el gobierno siguiente ascendió a general de brigada para ocupar el puesto de Comandante General de Armas de Santiago.

Al producirse el conflicto con Bolivia y Perú, su futuro vencedor llevaba cincuenta y tres otoños a la espalda y aparentaba mucho más con su cabeza prematuramente envanecida. La suerte no se dio prisa en sacarle de la obscuridad. Tocó al coronel Emilio Sotomayor ser el primero en distinguirse al desembarcar en Antofagasta el día en que las salitreras chilenas iban a ponerse en subasta por el gobierno boliviano. Y declarada de hecho la guerra, es el general Arteaga el favorecido con el nombramiento de Comandante en jefe del Ejército, quedando Baquedano como conductor de la caballería. Producida la vacante por renuncia de Arteaga, es otro anciano, Erasmo Escala, el designado para ocupar el puesto máximo, permaneciendo por segunda vez postergado el que a la postre probaría ser el mejor.

Más tarde diría que la guerra era con el desierto antes que con el enemigo. De sus fértiles valles y clima bendito, los chilenos pasaron sin transición al medio más inhóspito del mundo, a la luna de América. Como si Dios hubiese querido corregir su desolación horrenda, hizo correr el cauce del Loa hacia el sur, luego hacia el oeste, después al norte y por último otra vez al oeste, para repartir su magro caudal de agua salobre por los suelos resecos y salitrosos. En esos páramos en donde no crece ni la maleza, los sufridos pobladores pintaban arbolitos verdes en las murallas de sus viviendas para engañar los ojos (Memorias de Abdón Cifuentes). La camanchaca, única defensa contra el sol quemante, es una neblina compacta que no deja oír un grito agudo a cien pasos de distancia, y un cronista escribió que «al enfriarse la costra de caliche después del terrible calor del día, sus cristales crepitan con tal fuerza que semejan el fuego graneado de batallones en combate». Esta tierra estéril, cuyo destino paradójico es dar fertilidad a otras, puede decirse que fue autárquica en la guerra. Adelante iba el salitre, convertido en pólvora, segando vidas; detrás iba el yodo, su subproducto, curando a los heridas... Por allí cruzaron las Divisiones chilenas de sur a norte, del poniente al oriente, de norte a sur, de la Cordillera al mar, cambiando polvo por sudor, las cureñas y carros hundidos en la arena hasta los ejes. En su libro Seis años de vacaciones, el voluntario Arturo Benavides cuenta que su regimiento, el Lautaro, recorrió a pie 49.770 kilómetros.

Estaba por cumplirse un año de campaña cuando el general Baquedano saltó repentinamente a la nombradía con su victoria en la cuesta de Los Ángeles. Victoria obtenida después de cometer el gravísimo error de no recoger suficiente provisión de agua. La horrible sed del desierto, en la travesía de Hospicio a Moquegua, hizo presa en una de sus Divisiones produciendo casos de dispersión, locura y suicidio. A los atacados de insolación tenían que destrabarles los dientes con las bayonetas y romperles la tela que se forma en la garganta. Con las fuerzas en condiciones de servir dio el general su asalto nocturno a las posiciones del coronel Gamarra, que eran tan difíciles, si no más, que las del Pan de Azúcar de Yungay. Sus mineros de Atacama debieron subir en fila india, a gatas y a tientas por un sendero de varios kilómetros, labrado en zigzag al borde del precipicio. Fueron descubiertos por los centinelas cuando, después de trepar toda la noche, estaban llegando a la cima del cerro. El combate duró una hora hasta que el poeta Rafael Torreblanca izó la bandera chilena en el mástil, a tiempo que la artillería y caballería daban cuenta en el bajo de los que se replegaban hacia Torata. Esta sorpresa que sólo se consideró posible después de llevada a cabo, dejó abierto el camino de Tacna y Arica y al vencedor listo para reemplazar a Escala en la Comandancia en jefe.

Su ascensión al puesto máximo significó el fin de la pugna entre militares y civiles y de los síntomas de indisciplina que ella generaba. Alberto del Solar, del Séptimo de Línea, lo describe en su Diario de Campaña tal cual le tocó verlo con esos días:

«Matinal como ninguno, se le veía constantemente en movimiento, ora a caballo, ora a pie. Su rostro, tostado por el sol, hacía hermoso contraste con el blanco de sus canas, semicubiertas por un quepis de irreprochable corte».

«Recuerdo haberlo visto aproximarse muchas veces a nuestras tiendas para observar de cerca a los soldados y poder así examinarlo todo personalmente, dirigiéndonos investigadoras preguntas con aquella dicción entrecortada que caracterizaba su lenguaje. El tono empleado era grave y paternal a la vez; severo y sencillo; culto pero sin apelación».



En el libro de Benavides vemos a un Baquedano enojado porque el voluntario de dieciséis años, que llevaba mucha prisa, le dio alcance en el camino y lo cubrió de polvo al pasar. Don Manuel mandó buscarlo con un ayudante y le espetó esta filípica tartamuda:

-Cuando el general, general, o cualquier superior, superior, va por un camino, camino, el subteniente no galopa, galopa, echándole tierra, tierra.

Dice Encina en su Historia de Chile que hacía el efecto de un ser elemental; sin embargo:

«Era profundamente sensato, poseía cierta sagacidad natural y buen juicio militar dentro de su escuela. Era tan incapaz de una hábil concepción táctica como de un gran disparate».



La mayor virtud que el historiador le reconoce es su inflexible autoridad, que imponía tajantemente en lo grande y en lo pequeño. Y don Rafael Sotomayor, director civil de la guerra y a quien el general soportaba con callada disciplina, escribió: «Donde está Baquedano, no hay chismes».

Imposible pasar por alto su punto débil: la imprevisión. Así como en el desierto casi se le mueren de sed dos mil soldados, a pesar de habérselo advertido el Ministro en campaña, en Tacna estuvo en un tris de perder la batalla por no dotar a la infantería de suficientes municiones y por llevar las de repuesto en la retaguardia y en cajas con tapas atornilladas. Convertido el desastre en victoria merced a la intervención prodigiosa del coronel Lagos, el General en jefe no anduvo lejos de atribuirlo a un milagro. Conversando poco después con el capellán Ruperto Marchant Pereira, le mostró la medalla de la Virgen que llevaba al cuello, pendiente de una cadenita de oro, diciéndole:

-Aquí tiene a la que debemos todos nuestros triunfos.

Su fe en Ella era tal que rezaba el Rosario antes y después de cada batalla, desgranando las cuentas con las fuertes manos que empuñaban la espada invicta. Hoy parece una curiosidad, pero los veinticinco mil hombres que mandaba eran también creyentes, a tal punto que en su sentir la guerra del Pacífico reducíase a un duelo entre la patrona del Perú, Santa Rosa de Lima, y Nuestra Señora del Carmen, reina del Ejército de Chile; y el cronista Del Solar oyó esta frase a la hora de los porotos en el vivac: «¡Una simple beata pretendiendo pelear contra la Santísima Virgen!»

Cualidad relevante de Baquedano -y muy rara entre nosotros- era el saber reconocer y aprovechar el talento ajeno. Carecía del feo vicio nacional de la envidia. Aunque no simpatizaba con Lagos, premió su actuación en Tacna designándole para dirigir el asalto de Arica y dejándole plena libertad en la concepción del plan de ataque al Morro. Esta sola virtud, con que también estimuló el genio militar del civil Vergara y del marino Lynch, suple con creces sus limitaciones de estratega y táctico. Si el objetivo era ganar la guerra, lo consiguió como bueno y sin sufrir una derrota, embistiendo de frente a un enemigo que por norma lo esperaba parapetado en formidables defensas y protegido por campos sembrados de dinamita y de minas automáticas. Los Ángeles, Chorrillos y Miraflores son tres monumentos a un general sin miedo y a una tropas que él supo mantener en obediencia inalterable.

Su propia falta de brillantez personal confiere a los actos de Baquedano un tinte emocionante. Es el sencillo agricultor del Laja el que les dice a los Jefes de División, Lynch, Sotomayor y Lagos, en la víspera de Chorrillos:

-Yo espero que todos cumplirán con su deber. Somos chilenos, y el amor a Chile nos señala el camino de la victoria. Adiós, compañeros; hasta mañana después de la batalla.

El ministro Vergara no creía mucho en su inteligencia ni en su golpe de vista militar; pero en Chorrillos evidenció sus tardíos progresos al mover con arte la mayor masa de soldados que un compatriota hubiese tenido bajo su mando; y en el momento difícil e incierto de Miraflores le bastó ver la arrolladora carga de la caballería para predecir el desenlace:

-¡Barbosa, Barbosa por la derecha! ¡Esta es la victoria!

Como Bulnes, entró a Lima sin pompa ni fanfarria, los tambores silenciosos, respetando el dolor o la cólera de un pueblo en desgracia. Y como su maestro, mantuvo a sus huestes de tal modo sujetas a la disciplina que con su sola presencia contuvieron el saqueo de la ciudad por las turbas desmandadas. Apenas instalado en el Palacio de los Virreyes, ordenó solemnes honras en la Catedral por los caídos en las dos últimas batallas. Como medida de escarmiento negó el indulto a un soldado del Lautaro que en Trujillo había dado muerte a un camarada. El voluntario Benavides, testigo del fusilamiento, refiere que un paisano comentó:

-Con severidad y justicia hay que gobernar a los pueblos. Si al Perú se le hubiera gobernado así, no se habría desmoralizado y habríamos ganado la guerra.

En un banquete ofrecido en su homenaje por los altos jefes, el general terminó su discurso de agradecimiento con estas palabras:

-Bebo esta copa por el Ejército, que tanto ha dado a Chile y que sabrá, no lo dudo, ser en la paz el más respetuoso, leal y firme sostenedor de la ley y las instituciones, como en la guerra lo ha sido del honor nacional.

Contra la opinión del Gobierno, sostenía que las fuerzas no debían retirarse hasta dictar las condiciones de paz. Tuvo que ceder ante las órdenes terminantes de La Moneda, y emprendió el regreso profetizando lo que vendría: tres años de ocupación parcial e insuficiente, conflictos diplomáticos con las potencias y sacrificio inútil de vidas en la cruel campaña de la Sierra. Como Bulnes, entró a Santiago concentrando en la Alameda a un mar humano que le vitoreó hasta el delirio.

Como a Bulnes, quisieron llevarle a la Presidencia de la República... Sólo en esto no fue igual a su modelo histórico; pero diez años después llegó a sentarse en el sillón de O'Higgins cuando la caída de Balmaceda puso el poder en sus manos por tres breves días.




ArribaAbajoVerdades y mentiras sobre Balmaceda

Como cualquier otro carácter original, el mártir de 1891 es inimitable. Todos recuerdan a un moderno Presidente que desde los balcones de La Moneda anunció al pueblo que no se suicidaría. Pasado el extraño efecto producido por las palabras del no suicida, corrieron por la ciudad comentarios de este jaez:

-Con el suicidio no se juega.

-Con la dignidad presidencial tampoco.

-Sin duda el orador está inspirado en Balmaceda, o se siente un nuevo Balmaceda, al que espera superar, y/o sin querer lo imita.

-Pero es que Balmaceda no da lugar a la imitación, sino a la parodia. De entrada, era un gran señor, con doscientos años de nobleza española a la espalda; poseía la más hermosa estampa varonil que haya lucido un Presidente de Chile; era un intelectual refinado, capaz de deslumbrar a su amigo y admirador Rubén Darío; realizó el gobierno más constructivo y patriótico de nuestra historia; era sobrio e impecable en su vida privada, modelo de esposo y padre; gobernante al que repugnaba la demagogia populachera y estadista que puso por encima de todo el decoro del cargo de Mandatario; y por todo eso fue grande hasta en sus errores, en su caída y en su fin.

Dice Sergio Onofre Jarpa en su libro Creo en Chile que para que un Presidente o un político pueda invocar el nombre de Balmaceda «tiene el deber, si quiere igualársele o parecérsele, de seguir su ejemplo y aceptar su propio sacrificio antes que sacrificar al país».

Darío, que le dedicó el Canto épico a las glorias de Chile, hizo este vívido retrato de su persona:

«Su voz es vibradora y dominante; su figura llena de distinción; la cabeza erguida, adornada por una poblada melena, el cuerpo delgado e imponente; su trato irreprochable de hombre de corte y de salón, que indica a la vez al diplomático de tacto y al caballero...».



Hablando en el Ateneo de Madrid, don Miguel de Unamuno expresó:

«Hace falta en Chile una pluma que pueda desarrollar con maestría el hermoso tema de la vida de Balmaceda».



El último de los Presidentes de la era portaliana ha sido estudiado y discutido a porfía: la lista de los títulos consagrados al examen de su obra es tres veces más extensa que las correspondientes a Portales y Montt. Uno de sus más actuales comentaristas, S. O. Jarpa, hace hincapié en las contradicciones en que incurrió a lo largo de su existencia. Educado en el Seminario, adonde le llevó una clara inclinación mística, ingresó poco después al Club de la Reforma, nido y baluarte de la corriente anticlerical. Secretario de Montt y discípulo suyo en el concepto del gobierno fuerte, convirtiose en la Cámara en un ardiente parlamentarista y enemigo de la intervención electoral. Ministro en el Gabinete de Santa María, volvió a abrazar la idea del Ejecutivo autoritario y se empeñó en restarle atribuciones al Parlamento. Y desde esa cartera y desde la Presidencia de la República fue un franco y decidido partidario de las elecciones controladas a conveniencia de palacio. Como Presidente ha sido el más celoso guardián de las fronteras patrias; como Ministro fue quien presentó al Senado, aunque sin recomendarlo, el Tratado que hizo perder a Chile el dominio de la Patagonia y cuya concertación -explicó- se había generado en compromisos contraídos por un gobierno anterior.

Si algunas de sus actuaciones acusan veleidad o inconsecuencia, en otras brilla la firmeza a toda prueba de que era capaz. Cojamos un diamante al pasar: su actitud ante los Estados Unidos cuando ese país pretendía amedrentarnos con el envío de su escuadra a la costa del Perú:

-Solos hicimos la guerra -declaró Balmaceda al Plenipotenciario Trescot- «y solos haremos la paz y no aceptamos que ninguna otra potencia intervenga.

Y así se hizo.

En unas cosas están de acuerdo los historiadores, y es en señalar las gigantescas realizaciones materiales de este gobernante. Así como la administración Montt aprovechó la bonanza del cobre para dar a Chile un impulso nunca visto hasta entonces, la de Balmaceda -en la mitad del tiempo de que dispuso aquélla- utilizó el diluvio de millones del salitre en transformar la fisonomía del país. Construyó mil kilómetros de caminos, trescientos puentes carreteros y ferroviarios, mil doscientos kilómetros de vías férreas y mil quinientos kilómetros de líneas telegráficas; creó el Instituto Pedagógico, el primer liceo de señoritas y la primera escuela técnica femenina; construyó diez liceos de hombres y trescientas escuelas primarias, tres escuelas prácticas de minas y seis escuelas agrícolas; dejó diez puertos modernizados, el dique seco de Talcahuano, treinta faros, dieciocho centros penales, la canalización del Mapocho y los edificios de siete Intendencias, del Ministerio de Industrias, de las Escuelas Militar y Naval y de la Escuela de Artes y Oficios, aparte de una cadena de hospitales y redes de agua potable para veinte ciudades, sin olvidar que reforzó la escuadra y renovó el armamento y equipo del Ejército. Inició la colonización de la Araucanía y en Magallanes entregó un millón de hectáreas para la crianza de ganado, mientras que su clarividente intuición geopolítica le llevó a anexar la isla de Pascua.

Este programa colosal fue cumplido sin salirse de una norma: que tratándose de ejecuciones extraordinarias debían financiarse con fondos también extraordinarios, como eran las entradas fiscales del salitre. Balmaceda intuía que el auge salitrero no iba a ser eterno y con años de anticipación previó la competencia del nitrato sintético y quiso adelantarse a ese hecho inevitable dejando el país capacitado para diversificar su producción de riqueza. Con este fin es que dio los dos pasos preliminares: la multiplicación de las comunicaciones internas y el fomento de la instrucción superior y técnica. Alcanzó a ver las primicias de su estimulo a la industria: las primeras locomotoras y el primer buque a vapor de construcción nacional, que encargó a la maestranza de Lever & Murphy de Viña del Mar. Pero esta política previsora, verdadera lección que el Mandatario dejó como un legado a sus sucesores, no fue apreciada ni comprendida por los contemporáneos. Pensaban éstos que si el Estado nadaba en la abundancia, debía reducir o suprimir los impuestos y destinar las entradas del salitre a cubrir los gastos fiscales normales en lugar de tirarlas al pozo sin fondo de las obras públicas... Y éste fue uno de los primeros motivos de descontento, el que movió a la Oposición a iniciar sus criticas en la prensa y en el Congreso.

En el último tiempo se ha visto que la personalidad de Balmaceda y su hoja de gobernante dan para mucho. Con su absoluta falta de escrúpulos y su desprecio por la verdad histórica, escritores marxistas han ensayado el recurso de asimilarlo a su causa, presentándolo poco menos que como un precursor de la revolución proletaria. ¡Singular revolucionario aristócrata, liberal, católico y latifundista, defensor de la propiedad privada y el capital particular y enemigo del Estado empresario! Si viviese hoy, sus actuales panegiristas rojos le llamarían pelucón retrógrado; pero desde la bruma del pasado, desde el otro mundo, Balmaceda les sirve de bandera, en último caso de banderín, para tremolarlo ante los ojos de su clientela de ignorantes. Del recio tronco sacan dos astillas que les parecen utilizables: su posición nacionalista ante el predominio inglés en las salitreras y su ruptura con los banqueros... A esto se reduce el Balmaceda «izquierdizante» exhibido en choclones y en malos libretos de radio.

Esta distorsión malévola de la política económica del Presidente tiene su origen en un libro del marxista Hernán Ramírez Necochea, que es un infundio a partir del título Balmaceda y la contrarrevolución de 1891, toda vez que no se tienen noticias de que Balmaceda haya hecho previamente alguna revolución, ni pensara hacerla. Este autor comprometido se mantuvo en relativa impunidad hasta que el economista Hermógenes Pérez de Arce destrozó punto por punto su tesis de la revolución originada en causas económicas. La confabulación de la banca nacional y el imperialismo inglés contra Balmaceda es un episodio del que nadie oyó hablar en aquel entonces. Sin prueba alguna, el señor Ramírez Necochea reactualizó el rumor contemporáneo de que el salitrero John T. North habría dado cien mil libras esterlinas para ayudar al derrocamiento del Presidente. ¿Derrocarlo por qué y para qué? Cualquiera que examine los discursos y mensajes de Balmaceda verá claras tres cosas: que jamás pensó en expropiar las Compañías salitreras inglesas, que rechazaba la idea de convertir al Estado en entidad empresarial y que sólo pretendía interesar en esa industria a los capitales particulares chilenos con el fin de prevenir un monopolio extranjero. Balmaceda fue toda su vida un convencido liberal partidario de la libre empresa. Con los enormes ingresos de que dispuso su gobierno pudo haber levantado innúmeras usinas estatales, empezando por las de elaboración del salitre; no lo hizo porque sostenía que «la misión fundamental del Estado es sólo garantizar la propiedad y la libertad». Prueba de la sinceridad de sus principios es el proyecto de traspasar a inversionistas nacionales una parte de los yacimientos de la reserva fiscal. Por añadidura, otorgó concesión a la firma inglesa Campbell-Autren para construir y operar como dueña y señora un ferrocarril salitrero... ¿Qué queda, pues, de la supuesta refriega entre Balmaceda y el imperialismo inglés? Y para remate, es perfectamente sabido que el gobierno de Su Majestad Británica fue contrario a la revolución y guerra civil, que seguramente consideraba innecesarias y perjudiciales para los intereses de sus súbditos. Otra cosa es que North y el Foreign Office se alarmaran cuando el Presidente intentó hacer volar las oficinas salitreras para privar de sus recursos a los revolucionarios.

Los otros conspiradores del 91, a juicio del honrado historiador Ramírez, son los banqueros chilenos. De su versión de los hechos surge la interrogante de cómo pudieron los señores Matte, Edwards y otros confabularse contra un gobierno que no hizo sino favorecerles con las cuantiosas sumas de dinero estatal que tenía depositadas en sus Bancos; y cómo pudieron ponerse de parte del Congreso cuando fue éste el que obligó al Ejecutivo a retirar esos fondos... La rectificación de Hermógenes Pérez de Arce consiste en poner en claro que los banqueros se volvieron contra el Presidente después que este rompió con el Congreso y se declaró dictador. En otras palabras, la oposición de la banca fue una consecuencia y no una causa del enfrentamiento.

De manera que -y esto ya lo había afirmado Encina- la Revolución no tuvo un origen económico, fue un conflicto de poderes, el choque entre el régimen presidencial y el régimen parlamentario, o sea, una contienda política, en donde se luchó por principios, por ideas y hasta por ideales. Esto jamás podrá entenderlo un materialista fanatizado. De acuerdo con ese grosero modo de pensar, lo lógico habría sido que los Edwards y los Matte se hubiesen puesto del lado del Presidente si pensaban sólo en su conveniencia egoísta; y ya sabemos que no lo hicieron, y arriesgaron su fortuna a la jugada más peligrosa. Y es que estaban lejos de ser los gavilanes que el señor Ramírez se imagina. Con su genio de economista, don Augusto Matte financió la guerra del Pacifico sin recurrir a impuestos, a empréstitos ni a racionamientos. Don Agustín Edwards secundó a su madre, doña Juana Ross, en la obra de bien social de mayor envergadura que han visto los chilenos; cuando fue elegido diputado, rechazó el mandato porque la elección no había sido correcta.

La prueba más reveladora de cuál fue la índole de esta revolución está en que el Congreso presentó un ultimátum exclusivamente político para preservar la paz. Sólo exigía una limpia elección presidencial, con una ley electoral y un Ministerio que tuviese la aprobación de las Cámaras como garantía de imparcialidad. Debían terminarse los Presidentes impuestos por el Presidente. No hay la más mínima duda de que si Balmaceda hubiese accedido a tiempo, la catástrofe se habría evitado. No existía otra causa valedera para un desafío a muerte. La orgullosa intransigencia y la mutua desconfianza de las partes tenía que desembocar en la destitución del Presidente por el Parlamento. Y uno en lugar de un sí desencadenó la dictadura, la rebelión, el odio, el terror, las diez mil vidas segadas en las batallas campales, la pérdida de un acorazado, los fusilamientos sumarios, la matanza de Lo Cañas, los saqueos de Santiago y Valparaíso, la sangría económica y el trágico fin de una figura cumbre de nuestra historia.

En una crónica de Joaquín Edwards Bello se lee que Balmaceda firmó su sentencia al echarse encima a las tres fuerzas invencibles de Chile; la Iglesia, las mujeres y la Marina. No mencionó al Congreso porque éste fue el conducto por donde se canalizó el torrente incontenible de la resistencia antidictatorial.

Esta lucha contra el absolutismo sirve al estudioso para medir la ferocidad que genera una guerra civil. Un autor contemporáneo recogió los denuestos que se oyeron en los púlpitos de los templos de Santiago. El cura del Carmen Alto vociferó:

¡Abajo el Champudo! ¡Ya cayó el Champudo!

Otro orador sagrado gritó:

¡Fueron bandidos todos los que acompañaron a Balmaceda!

Sabido es que la anciana madre del Presidente fue escupida en la cara por dos damas devotas en la puerta de la Catedral. Y el cadáver del vencido tuvo que ser sepultado de noche y en tumba ajena para librarlo de la profanación.

Parece hoy increíble que apenas cuatro años después su nombre comenzara a ser reivindicado y que una pléyade de balmacedistas llegaran a la Cámara y al Senado elegidos por sus entusiastas partidarios; cómo es increíble que hasta los comunistas pretendan ahora apropiarse del hombre que pensaba y decía:

-Sólo la libertad de trabajo alumbra y vivifica la industria.

-La propiedad es sagrada.

-La libertad es igualmente sagrada.

-Es conveniente la pronta enajenación de las reservas salitreras pertenecientes al Estado.

-No estamos en contra de los legítimos derechos de los propietarios ingleses.

-Si el Estado ha de tener una religión, ésa debe ser la católica.

-Tengo fe en Dios, que ve hasta el fondo de las conciencias.

-Dios se apiadará de nosotros.




ArribaAbajoBalmaceda: genio y estilo

Mientras estuvo en el Seminario pareció evidente que sería sacerdote, y la madre piadosa lo veía de Arzobispo de Santiago. Colgado el hábito de cadete de la Iglesia, pronosticaron que sería escritor en vista de su pequeño y pulcro ensayo biográfico sobre el presbítero Valdivieso. Tampoco era éste su destino, aunque iba a pasarse la vida escribiendo intervenciones parlamentarias, resoluciones ministeriales, mensajes y discursos presidenciales, artículos de prensa y millares de cartas privadas y públicas. Típicas de los caracteres inquietos y versátiles son estas vacilaciones en la búsqueda del camino a seguir; en el caso de José Manuel Balmaceda el fenómeno se acentúa, porque aun entregado a su vocación definitiva, la política, no sigue el rumbo rectilíneo de un Portales, un Bulnes o un Montt, sino que de continuo oscila entre tendencias contrapuestas, siendo en veces amigo y en veces enemigo del clero, hoy defensor y mañana detractor del régimen parlamentario, un día campeón de la libertad electoral y otro día de la intervención electoral.

No es raro que hasta en el amor haya vacilado entre dos tipos de mujer diametralmente opuestos. La alegre y coqueta Elvira Concha y Toro era la antítesis de su temperamento apasionado, serio y romántico; en tanto que Emilia Toro Herrera, a la que en feliz decisión tomó por esposa, dejó la fama que un poeta cantó así:


Siempre elevada en la región serena,
En la grandeza fue modesta y buena,
Como fue noble y resignada en el dolor...



El joven diputado por Carelmapu casó con esta dama en la primavera de 1865, al cabo de un romance que tuvo por escenarios la mansión de la calle de los Huérfanos y la hacienda de Lo Águila de Paine, propiedades de la encopetada familia descendiente de don Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista y Presidente del primer Gobierno Nacional, y emparentado con doña Paula Jaraquemada, la celebérrima heroína de la Independencia. A los que creyeren que el novio hizo un matrimonio de conveniencia o arribismo, hay que advertirles que aportó más fortuna y blasones que la desposada, porque los Balmaceda eran nobles en España desde el siglo XVII y entre los bienes que poseyeron en Chile se cuenta Bucalemu, fundillo de treinta y seis mil cuadras en donde solían pastar hasta veinticuatro mil vacunos...

Era el mayor de los ocho hijos varones de don Manuel José Balmaceda y doña Encarnación Fernández. Fue el predilecto y regalón de esta señora de carácter fuerte a la vez que espiritual, y abundan los testimonios que prueban cómo correspondió el primogénito a la predilección materna. En los apuntes inéditos de Raúl Marín Balmaceda se lee que «con el primer dinero que su padre le dio a ganar, le compró a su madre el vestido más lujoso que encontró en el mejor comercio de Santiago», atavío que ella a la edad en que ciñó la banda presidencia -no cumplidos aún los cuarenta y seis años- don José Manuel Balmaceda parecía algo mayor de lo que era. Sus contemporáneos le describen como un hombre alto y de recias espaldas, de tez pálida y melena y mostacho de color castaño claro:

«Los ojos -al decir de Encina- despedían miradas de fuego que, en abierta contradicción con la melena, no delataban el ensueño sino el dinamismo. Mientras sus modales acariciaban, algo indefinible en la mirada atraía y a la vez ponía en guardia al interlocutor».



Don Ramón Subercaseaux escribió que tenía la apariencia de un italiano y que era flexible y se contoneaba al caminar. Por su costumbre de halagar a la gente y de prometer lo que no siempre le era posible cumplir, muchos le tuvieron por falso o voluble. Parece más exacta la definición de Encina:

«Como en todos los iluminados, en Balmaceda los hombres sólo contaban en cuanto instrumentos u obstáculos en el camino obsesivo propuesto».



Su biógrafo Ricardo Salas Edwards vio en él a un misántropo y señala sus frecuentes crisis de melancolía. No se puede pensar que una personalidad de tal envergadura haya sido un dechado de equilibrio psíquico. Y de otro lado, ¿qué son esas presuntas fallas de su carácter puestas en la balanza contra las virtudes y condiciones positivas que lo adornaron? Cuando el presidente Pinto le encargó la misión diplomática de negociar la neutralidad de Argentina para poder enfrentar a Perú y Bolivia, Balmaceda pagó de su bolsillo los gastos de viaje y permanencia en Buenos Aires, porque la patria estaba en peligro y escaseaba el dinero. ¡Y entonces ya no era precisamente un potentado! Había perdido la mitad de sus haberes en la gigantesca construcción del canal de las Mercedes, donde él y otros quijotes sólo ganaron sinsabores para dar riego a centenares de usufructuarios en las tierras de rulo entre Maipú, Melipilla y Curacaví:

«Mi consagración a la vida pública -escribió el patriota- me ha hecho sacrificar en gran parte mis intereses...»



Así se estilaban las cosas cuando el país era manejado por una aristocracia idónea.

El antiguo seminarista y modelo pictórico de Jesucristo había compuesto para sus hijos una oración que más tarde mereció los honores delimprimatur o permiso eclesiástico para darla a la estampa. Es otro de sus rasgos olvidados o desconocidos, recientemente sacado a luz por el investigador Mario Correa Saavedra, y así dice la plegaria:

«¡Oh Dios!, en cuya presencia inclino mi frente y a quien pido con toda humildad misericordia. Dame, Señor, virtud, inteligencia, amor al estudio y aplicación al trabajo.

Alienta mi salud y mis empresas. Aviva mi fe, para que siempre reverencie tu nombre, observe tus mandamientos y te lleve en mi corazón.

Oye, Señor, mis ruegos y bendíceme no en atención a mis merecimientos, sino según tu infinita clemencia.

Alaben al Señor mis labios en el día y bendíganle durante la noche; sea para siempre bendito y alabado el Creador del Cielo y de la tierra. Amén».



Aquí cabe recalcar que la fe cristiana de Balmaceda fue constante e invariable y nada tiene que ver con las veleidades en que cayó bajo la influencia del presidente Santa María, que le hizo firmar como Ministro las leyes anticlericales sobre cementerios, registro civil y matrimonios. Como prueba está el hecho de que la primera medida de su gobierno, la primera de todas, el mismo día en que asumió el mando, fue escribir de su puño y letra al Papa León XIII para proponerle la reanudación de las relaciones diplomáticas cortadas por su impío antecesor. Hermosa rectificación y magistral maniobra política de resultados nulos, porque los católicos recordaban la ofensa y su resentimiento iba a contribuir a la implacable oposición conservadora que desembocó en el drama del 91.

De acuerdo con la sobria costumbre imperante, residía en La Moneda, en cuyo estrecho departamento presidencial acomodó a la larga prole; las paredes del estudio privado desaparecieron detrás de las estanterías de su biblioteca de cinco mil volúmenes. Para su uso y el de la familia tenía su coche particular, porque en plena abundancia del erario público, derivada del auge salitrero, el Presidente no varió la norma tradicional de administrar con parsimonia los dineros del Estado.

En el salón del departamento, alhajado con modestia que debía impresionar a las visitas extranjeras, Su Excelencia recibió una vez, juntos, a Rubén Darío y Sarah Bernhardt, invitados por su hijo Pedro, que casi niño iniciaba con brillo su carrera de escritor y crítico de arte. ¡Qué escena para un museo de cera!

Como trabajaba hasta tarde y hacía su tertulia política en la noche, Balmaceda comenzaba la jornada activa poco antes de la hora de almuerzo, que entonces se servía a las doce. Pasaba la mañana en la alcoba, leyendo a sus autores favoritos: Platón, Suetonio, Lamennais, Castelar y Lamartine, y entre los chilenos, Vicuña Mackenna y los Amunátegui. En algún momento libre del día, invariablemente iba a saludar a su madre a la casa de la calle Catedral con Teatinos. Su amigo Julio Bañados Espinosa refiere que en la mesa hojeaba los diarios o abría parte de la correspondencia, urgido por el tiempo que se le hacía corto. Hasta las dieciocho o diecinueve horas despachaba con los Ministros (que eran sólo seis en el gobierno más dinámico de nuestra historia) y concedía las audiencias indispensables. Gran parte de su epistolario oficial está escrita por su mano, y cuando dictaba lo hacía construyendo las frases con la seguridad y rapidez de un maravilloso improvisador, mientras se paseaba arriba y abajo de la sala alisándose el pelo o atusando el espeso bigote. Como prueba de que pudo haber sido un extraordinario periodista, si hubiese abrazado este oficio, entre una carta y un discurso redactaba los editoriales con que defendía su política en las columnas de La Época, El Diario Oficial, Los Debates, La Nación, El Comercio y La Tribuna. Por algo le llamó Rubén Darío: «personaje de rara potencia intelectual».

En sociedad, el gran patricio era afable sin salirse de su seriedad congénita y poseía un estilo de conversación locuaz y apasionado que sin duda heredó de su madre. En el hogar, donde era cariñoso a la vez que autoritario, había puesto su predilección y su orgullo en Pedro, el muchacho genial y enfermo, del que esperaba «que ilustrara su nombre y mantuviera el lustre y prestigio de la familia»... Su prematura muerte fue el golpe aplastante al que se atribuye la tristeza y el desencanto de sus últimos años.

Nadie puede expresar la cuantía de esta desgracia como él lo hizo en la carta dirigida a su hermano Elías:

«...¡Pobrecito de mi corazón! No me dio penas ni trajo amarguras a mi hogar, ni molestó a nadie, y lo poco que vivió fue para significarse y dejar una huella que ha despertado las más vivas simpatías en toda la sociedad de Santiago. Todos los diarios le han elogiado, y ha sido entregado a la fosa no como un niño, sino como un hombre que ha servido a sus semejantes, que ha ilustrado las letras y que prometía ennoblecerlas con nuevos esfuerzos, ennobleciéndose él mismo...».



La vida de Pedro se extinguió en el invierno de 1889, en la época en que las primeras ráfagas del huracán político se hacían sentir. Fue, pues, un Balmaceda enlutado, abatido e inconsolable el que tuvo que afrontar la más despiadada contienda civil que hayan visto los chilenos. La forma en que resistió, luchando hasta el límite de lo posible, fue el asombro de los que recordaban sus antiguas indecisiones, y recién entonces se pudo tener una idea de las reservas de entereza que poseía ocultas. Se sabía que era fuerte y valiente, pero no hasta ese extremo... Y lo triste y sublime es que dio su empecinada batalla como habría podido darla don Quijote, divorciado de la realidad y peleando por algo -la supervivencia del régimen portaliano- que a esas alturas ya era una quimera o un castillo de encantamiento.

Sentado a la mesita en que Rufina Lagos le servía sus solitarias comidas, redactó el Testamento Político y las cartas de adiós. Con fecha 14 de septiembre escribió al general Mitre:

«Acabo de tomar la suprema resolución de abandonar espontáneamente esta vida para entrar a la que no conocemos, pero que debe de ser infinitamente superior, porque solamente así es perfecta la obra del Todopoderoso... (...) Convencido como estoy de que no encontraré ya seguridad en ningún punto de la tierra, porque mis adversarios irán hasta el fondo del mar si allí puedo ocultarme...».



El objeto de esta carta era pedir a Mitre, propietario de La Nación de Buenos Aires:

«El favor de que las presentes líneas, escritas con ánimo sereno al borde de la tumba, alcancen la mayor publicidad posible en la prensa americana y europea. He encargado a Julio Bañados Espinosa que haga la historia completa de mi Administración; pero debo anticiparme a ese libro, a fin de no mantener suspendido por mucho tiempo sobre mi memoria el fallo de la historia...».



Ahí estaba su autorretrato: el del hombre consciente de su grandeza y obsesionado por el juicio de la posteridad.

El día 18, aniversario patrio y fecha en que debió expirar su mandato, escribió sin parar de la mañana a la noche. Escribió a Eusebio Lillo; luego a Claudio Vicuña y Julio Bañados la extensa carta testamentaria en que expresa que ha amado a la patria por sobre todas las cosas de la vida; y «cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de ustedes».

Escribió a sus hermanos:

«...Piensen que yo, que he ilustrado nuestro nombre, no puedo dejarlo arrastrar y envilecer por la canalla que nos persigue».



A la esposa y los hijos:

«Dios les protegerá. El tiempo pasa veloz. Antes de mucho nos reuniremos todos en un mundo mejor que el que dejo en horas de odio y venganza».



Y en esta carta iba su recomendación dictada por la gratitud con que apreciaba los servicios de Rufina Lagos:

«...Tómala tú. Es discreta, capaz e inteligente y puedes confiarle tu casa... Se ha interesado por mí de un modo que compromete mi reconocimiento».



A la madre dirigió estas palabras:

«Tiene Ud. a Dios y su santa fe que la conforta y la levanta. Dios se apiadará de nosotros. Cúidese para sus hijos y nietos. Y crea que la ama de todo corazón el hijo que le dedicó siempre sus más tiernos y sus más vivos afectos».



Había recién terminado de escribir, pasada la medianoche, cuando Uriburu se presentó en su dormitorio. Venía de la función de gala del Teatro Municipal, donde estuvo con don Jorge Montt en un entreacto. El cansancio y su terrible estado anímico no impidieron que el hombre que estaba en el andén de la muerte se mostrara gentil delante de la extemporánea visita. Conversaron con la animación de costumbre y esta fue la última vez que se vieron.

Como nadie habló con él después de esa entrevista, se llevó el secreto de lo que fueron sus horas finales en el mundo. Puede presumirse que el alba le sorprendió sin haber pegado los ojos. Antes de que Rufina le llevara el desayuno se sentó a redactar la última carta, dirigida al dueño de casa, para agradecerle su hospitalidad y despedirse.

La detonación del disparo despertó al vecindario a las 8 de la mañana. Al acudir la mucama, vio al suicida tendido sobre el lecho, vestido y con el rostro ensangrentado. Un minuto después, Uriburu observó los detalles que la horrorizada Rufina fue incapaz de captar. La mano exánime sostenía aún el revólver. El proyectil, después de penetrar por la sien derecha, había ido a incrustarse en la pared. El cadáver quedó semi tumbado sobre la pierna izquierda, que aparecía recogida como a efecto de las contracciones de la agonía. Sobre la mesa de noche encontraron un número de El Ferrocarril y la carta a Eusebio Lillo.

Así voló a la leyenda el héroe que la historia transformaría en símbolo de supremas virtudes ciudadanas. El mártir en cuyo mausoleo el pueblo escribe hasta hoy sus demandas de milagros a la más ilustre animista de Chile:

«Balmaceda, ruega por que adelante en mi estudio de piano. -M. O».

«Balmaceda, ruega a Dios que le den trabajo a Raúl; gracias. -TERESA».

«Balmaceda, ruega a Dios que me compren un terno para el año nuevo. -F. ARRIAGADA».

«Balmaceda, ruega para que la Olga se case con Tito», etc.






ArribaAbajo¡Fuera de Chile los Balmaceda!

La historia señorial cierra el capítulo de la Revolución del 91 con el balazo suicida que puso fin a la vida del Presidente. Corresponde a la crónica menuda retomar el cabo suelto para referir el drama de la familia del mártir, de los inocentes que se vieron acorralados en medio de la borrasca de persecuciones y venganzas partidistas. De este epílogo sombrío no quedaron testimonios contemporáneos impresos, pero el fundamento documental existe, aunque data de fecha posterior, y me cuento entre los pocos privilegiados que lo conocen. Se trata del relato escrito por Andrés Balmaceda Bello, sobrino del Mandatario, y conservado por su viuda entre los papeles inéditos que de él heredó. Compuesto en las postrimerías de una larga existencia, evoca con memoria fotográfica la odisea compartida por el niño de cinco años que siguió a los suyos en la emigración a través de los Andes. Ignoro por qué no trascendió a la publicidad; sólo sé que Hernán Díaz Arrieta lo tuvo en sus manos y declaró al autor, en carta manuscrita, que era una de las cosas más impresionantes que había leído.

A la gentil autorización de Olga Balmaceda hay que agradecer la salida a la luz de este trozo del pasado, comparable a la huida de los patriotas después del desastre de Rancagua..., con la diferencia de que el lugar del caudillo derrotado lo ocupó aquí una heroica, una indomable y maravillosa mujer.

El desbande de la familia se produjo al día siguiente de la Batalla de La Placilla, cuando sobrevino el saqueo de las casas de los balmacedistas, que el general Baquedano no atinó a impedir con su guarnición de cinco mil hombres:

«Abandonamos nuestro hogar -cuenta Andrés Balmaceda- a medio vestir, sin ropas, sin recursos, escondidos en el fondo de un siniestro coche de posta».



Pasaron a través del populacho que invadía las calles embanderadas como un río desbordado, y han debido ver cómo de los balcones caían muebles, bacinicas, pianos de cola, vajilla y lámparas de cristal; pililos ebrios se paseaban con sombrero de copa y otros tremolaban corpiños y calzones a guisa de trofeos. Las bandas de saqueadores procedían bajo las órdenes de capataces a caballo que al toque de una campanilla mandaban iniciar o poner término a su obra de vándalos. Los empavorecidos ocupantes del coche de posta fueron a refugiarse en el hospital San Borla, mientras la anciana madre del Presidente, doña Encarnación Fernández, se asilaba en la Legación del Brasil, y su señora, doña Emilia Toro, lo hacía en la Embajada de los Estados Unidos.

Todavía estas damas se hallaban ocultas cuando el 19 de septiembre se inmoló Balmaceda en su escondite de la Legación argentina. Para salvar la vida, tal era el odio desatado, los hermanos del Presidente, excepto don José Ramón, habían salido al extranjero, de suerte que sólo permanecían en Santiago sus esposas y niños a la espera del momento favorable para seguirles.

La catástrofe que acababa de consumarse al costo de millares de vidas y de mil residencias desvalijadas, dejaba planteadas para la posteridad un sinfín de controversias; pero una conclusión es clara: que ninguna clase de dictadura, ni la mejor intencionada y la más constructiva, se salva en Chile de caer a corto plazo, por las buenas o por las malas, a causa del «espíritu casi selvático de libertad» que Alberto Edwards estudió en La Fronda Aristocrática. Como prueba del feroz repudio al gobernante que se salió de la Constitución está el hecho de que entre sus enemigos se contaron tres de sus deudos más próximos: su hermano Vicente, su cuñado y su suegra.

De la Legación brasileña misiá Encarnación Fernández se había trasladado al hogar de don Ruperto Allendes. Desde allí, en marzo del año 92, mandó decir a su hijo José Ramón, a su nuera doña Emilia Toro y al resto de la parentela que era tiempo de partir para la Argentina. En un libro de Eduardo Balmaceda Valdés se lee que tomó esta determinación a raíz de haber sido escupida en el rostro por dos señoras que se cruzaron con ella en la puerta de la Catedral. De su casa, por otra parte, apenas si quedaban las murallas y los techos. La ultrajada madre del Presidente, a la que sus nietos llamaban «Mamita», iba a demostrar que la espantosa desgracia no había aniquilado sino más bien acrecentado sus reservas de entereza y energía. Iba a ponerse a la cabeza de su tribu de mujeres solas y de niños (Ana Bello de Balmaceda era madre de una guagua recién nacida), para sacarles a través de la frontera y librarles de la miseria y las vejaciones.

Abandonó el domicilio del señor Allendes negándose a aceptar la protección de la policía. Emula de Isabel Riquelme, de Paula Jaraquemada y Rosario Montt, no precisaba guardaespaldas, que están de más cuando no se tiene miedo. Contaba setenta y un años y lucía bien conservada con su tez marfileña y sonrosada en las mejillas, los ojos azules y el pelo rubio apenas plateado por la edad.

Emigraban con ella los Balmaceda Toro, los Balmaceda Bello y los Balmaceda Fontecilla. Se presume que viajaron hasta Los Andes en los coches del fundo de Melipilla y llevando por delante los animales de carga y de montura. Porque fue a lomo de mulas y caballos que la familia proscrita se internó en la soledad petrificada de la Cordillera. E. Balmaceda Valdés recogió la tradición de que su padre, don José Ramón, conducía del cabestro al «Cerezo», en cuya silla montaba la Mamita.

Textualmente dice Andrés Balmaceda Bello:

«Abandonábamos la Patria dejando nuestros hogares saqueados, nuestros bienes en peligro, la familia dispersa y vilipendiado nuestro nombre».

«Algunos parientes cercanos nos acompañaron en las primeras jornadas. Vestíamos riguroso luto... Adelante de todos, en el caballo patrón de la hacienda, la abuela anciana y casi ciega, envuelta en un amplio chal negro y tocada con una mantilla, marchaba entera, firme, callada, la cabeza baja y el alma traspasada de dolor, como un general que huye con los restos de su ejército salvado de la derrota».



Seguía a doña Encarnación Fernández su enfermera y dama de compañía Aldelicia Leiva, que cabalgaba acicalada como para una visita de etiqueta, con retoques de polvo y colorete y un ostentoso sombrero de plumas encaramado sobre el moño. Como un perro fiel escoltaba a su ama el mozo Ruperto Piña, combatiente de la guerra del 79 y de las recientes batallas de Concón y Placilla; hombre de tal capacidad que más tarde administró los fundos de la familia, escribió en los diarios y fue candidato a regidor por Melipilla.

Llegaron al anochecer a Guardia Vieja, segunda etapa del viaje. En el mísero paradero tuvieron que apiñarse en una posada de planchas de zinc donde los niños se acostaron amontonados sobre esteras, cubiertos con sus mantas de castilla y sin más calefacción que un brasero alimentado con hojas de maíz cuyo humo viciaba el aire. Molidos de cansancio como estaban, se les pasó la noche en un ronquido; y por la mañana provocó una algazara infantil la presencia de los cóndores parados sobre la pirca del corral de las mulas; inmutables vigías que ni pestañeaban bajo las pedradas con que los chicos pretendían echarlos a volar.

En la siguiente jornada comenzaron las penurias de la marcha por los senderos escarpados al borde de los precipicios. Los arrieros llevaban sobre la cabecilla de la montura a los menores, a los que el hambre y la sed arrancaban llantos lastimeros. La señora Ana Bello de Balmaceda, madre de Andrés «dejaba rodar silenciosamente sus lágrimas sobre la criatura que sostenía en sus brazos»; y el propio Andresito gemía de angustia cuando su mula cansina se distanciaba de la silente fila india.

En Juncal hicieron alto para esperar a los rezagados, entre los que iba la reina destronada, doña Emilia Toro viuda de Balmaceda, en compañía de sus hijos. La caravana de veinticinco desterrados, más la servidumbre y la dotación de baqueanos cordilleranos, siguió tramontando por el camino de Portillo y Las Cuevas. Que la gente de entonces era más fuerte que la de hoy, podría deducirse de la forma en que resistían a la fatiga, al frío de las nieves y al aire enrarecido de la altura, desde la abuela septuagenaria hasta Valentina Balmaceda Bello, la guagua de pecho, ¡y cómo se entonaron los ánimos al trasponer la línea fronteriza! Allí estaban la seguridad y la paz, y también los brazos abiertos de los varones Balmaceda Fernández, encabezados por don José Rafael, padre de Andrés, que habían ido a esperarles para cambiar besos, lágrimas, risas de felicidad y loas al Altísimo.

Allí entraban al exilio, pero a partir de ese minuto empezaba a disminuir el tiempo que transcurriría hasta que pudiesen repatriarse...

En Las Cuevas -ya acostumbrados- alojaron en una casucha destartalada en donde cinco de los pequeños debieron tenderse atravesados sobre un colchón, ateridos bajo el precario abrigo. Una tempestad de viento y nieve no dejó dormir a nadie, sacudiendo el refugio con ráfagas ensordecedoras que penetraban por los portillos de las latas para colarse por entre las mantas. Premunido de una linterna, don Rafael Balmaceda se pasó la noche metiendo tacos de papel en las aberturas de los tabiques. Viendo que su hijo menor lloraba aterrorizado, lo tomó en brazos para trasladarlo a su cama.

Al amanecer, el paisaje circundante era un sudario blanco y helado que cegaba los ojos bajo la luz furiosa del sol. La aumentada cabalgata partió siguiendo la huella del baqueano mendocino. Detrás iba la Mamita, hecha una lástima a causa de la fatiga y los síntomas de la puna, el «Cerezo» conducido de la brida por su hijo Elías. Tras ella, el solícito Piña y la impertérrita Aldelicia Leiva ataviada como para asistir a la Opera. El desfile de medio centenar de bestias de silla y de equipaje pasó a trancos cautelosos por el Espinazo del Diablo, tremebundo filo de las cumbres cortado a pico entre dos abismos. Uno de los niños iba apunado sobre su mula resonante. De pronto el mal de las alturas hizo presa en todos, sin distingo de edad o sexo. La marcha se detuvo entre gritos y quejidos y los arrieros debieron multiplicarse para administrar las sales de amoníaco, el éter, el coñac y las fricciones con nieve.

En estas deplorables condiciones llegaron a Puente del Inca, ya anocheciendo, para echarse sobre las camas de la posada convertida en enfermería.

Cuando entraron a Mendoza, al séptimo día desde la salida de Santiago, fueron advertidos de que acababa de declararse una epidemia de difteria. Vistosos letreros señalaban las casas en donde había contagiados, y era menester cubrirse boca y nariz al pasar ante ellas. Exhaustos como estaban los viajeros, forzosamente tenían que permanecer allí para recobrar las fuerzas antes de seguir a Buenos Aires. Paseando por la ciudad tropezaron con una antigua plaza arbolada en donde perduraba un vestigio de otra contienda civil chilena: el murallón que sirvió de patíbulo para el fusilamiento de los Carrera.

Al cabo de una semana de descanso tomaron el tren para cruzar los mil kilómetros de pampa que les separaban de la capital. Encariñada con el caballo que la llevó al destierro, doña Encarnación había dejado a su capataz la orden de devolverlo a sus natales potreros de alfalfa de Melipilla.

Terminó el viaje en el Hotel París de la calle Corrientes, y sólo al trasponer sus puertas pudo decir la Mamita que llegaba al final de la aventura con su hueste sana y salva.

Una fotografía conservada por sus descendientes muestra a la admirable matrona rodeada de los seres que la defendieron de la soledad en esos tres años de ostracismo. Vestida de luto definitivo, mira delante de sí con sus ojos ya casi apagados, y la expresión es vaga y desencantada. El jardín que sirve de marco al grupo familiar corresponde a la casona de la calle Cangallo, o bien a la de Cerrito, donde el clan se instaló sucesivamente a vivir. Lugares que fueron puntos de reunión casi diaria de los caídos, como se dio en llamar a los proscritos del partido balmacedista que allí representaban los señores Claudio Vicuña, Julio Bañados, Emilio Bello Codesido y Gregorio Cerda y Ossa conjuntamente con los hermanos del Presidente.

Pero no sólo estos compatriotas en desgracia, sino lo más connotado de la sociedad bonaerense acudía a manifestar su adhesión a la madre y a la viuda del legendario estadista. Los domingos solían hacerse estrechos el comedor de treinta asientos y el salón en donde la abuela presidía las mesas de naipe y ajedrez. En una ocasión en que había invitados para presenciar desde los balcones un desfile militar, el pequeño Andrés Balmaceda se encontró de pronto en los brazos del convidado de honor, un caballero patriarcal que tenía en la frente una cicatriz de guerra en forma de estrella: el general Bartolomé Mitre.




ArribaAbajoEl loco del burro

Entre 1851 y 1860, Chile fue el primer país productor de cobre en el mundo. Después de perder esta posición privilegiada, la recobró en 1871 y la mantuvo hasta 1880. Había por entonces quinientas minas en trabajo, y los cargamentos eran conducidos anualmente en sesenta veleros y sesenta vapores con destino a los puertos de Europa y el Lejano Oriente.

Esto fue obra casi exclusiva del capital nacional, en una época en que la explotación se hacía con sistemas anticuados y cuando aún no se tocaba el mineral de Chuquicamata.

Este hermoso récord no tuvo nada que ver con la iniciativa o la protección de los gobiernos: antes bien, fue conquistado a pesar de la política estatal, que encarecía la producción con los impuestos desmedidos y nada hizo por respaldarla en el exterior, no obstante que más de la mitad del consumo mundial era de procedencia chilena. Para los estadistas el cobre ha sido solamente un surtidor de ingresos fiscales: él sólo rendía más que la agricultura y la ganadería reunidas.

La clave de aquella primacía estuvo en la inaudita riqueza de las minas. Al paso que en Inglaterra se contentaban los productores con leyes hasta del dos por ciento, en Chile se decía que una veta «era mala» cuando su ley bajaba de diez.

Otro factor determinante fue el poderío de los hombres que sostuvieron la industria. Como el carbón y el salitre, el cobre atrajo o formó a los mayores magnates nacionales. Uno de ellos, don José Tomás de Urmeneta, poseyó la más cuantiosa fortuna de la América del Sur.

Los orígenes de este auge se confunden con los albores de la Independencia, y es todo un símbolo el que los proyectiles de los cañones libertadores se hayan fundido con el cobre nativo de Aconcagua y Atacama. De esa época datan las primeras exportaciones en gran escala, cuando la Compañía de Calcuta, de don Agustín de Eyzaguirre, empezó a mandar sus cargamentos a los puertos de la India (1819), Contemporáneo es también el arribo de los primeros «indiamen», buques hindúes fletados por la British East India Company (la más fuerte empresa particular del orbe, con armada y ejército propios), que venían a buscar el metal rojo a cambio de trigo y el té de Ceylán.

En pos de los traficantes llegaron los mineros y hasta los fundidores -tan rápidamente se extendió la fama del chilean copper-; y ya a mediados del siglo existía en Guayacán, levantado por una sociedad inglesa el célebre establecimiento de fundición con el que iban a relacionarse los grandes negocios cupríferos.

Urmeneta entró en acción hacia 1834. La posteridad conoce la altura a que alcanzó y la envergadura de la obra que legó a su patria. Lo que suele ignorarse es el punto desde donde empezó a subir y las circunstancias que determinaron su encumbramiento fabuloso.

Este legítimo rey de la minería nació en Santiago en 1808 y murió en Limache en 1878. Era un retoño de esa inmigración vizcaína que hizo la prosperidad y el prestigio de Chile y que en nuestros días se ha visto reemplazada por la inmigración semita. La muerte de sus padres lo dejó huérfano a los diez años. A los quince, el hermano que lo protegía le costeó su traslado a Providence, Rhode Island, Estados Unidos, para que estudiase comercio. Al regresar, cuatro años después, ya pudo bastarse a sí mismo, pagando el pasaje con el producto de su primer negocio: la venta de un cajón de agujas. El hombre excepcional se anunciaba en sus actos. Habiéndole sido adjudicada su parte de la herencia familiar, renunció a ella en favor de sus hermanas, no pidiendo otra cosa que una mancerina sin valor, recuerdo sentimental de su madre. Después de una segunda salida al extranjero para completar su aprendizaje mercantil, vino a establecerse en la hacienda de Sotaquí, departamento de Ovalle, de la que era propietario su amigo don Mariano Ariztía. Allí contrajo matrimonio con doña Carmen Quiroga, y es importante saber que la única dote que novia y novio aportaron, fue «la decencia de sus personas».

El objeto de su establecimiento era hacerse cargo de la administración de la hacienda, que Ariztía le había confiado más por caridad que por conveniencia... Pero desde el momento mismo de instalarse allí, sus miradas se posaron sobre un cerro que divisaba desde el corredor de la casa: el cerro Tamaya.

Está éste situado a veinte kilómetros al N. O. del pueblo de Ovalle, en la banda septentrional del río Limarí, y corre de norte a sur con una altitud de 900 metros. Su aspecto es salvaje y desolado. Su sola utilidad era una vetita de cobre, ya medio bronceada, de la que extraían metal para la manufactura de utensilios domésticos.

Contrariando la opinión de los mineros y cateadores, el joven Urmeneta se forjó la idea de que esta montaña podía esconder un vasto yacimiento. El origen de su intuición es un misterio; sólo se sabe que, con la ayuda pecunaria de su protector, tomó en arriendo un pique abandonado, casi en la cumbre del cerro, y comenzó a trabajarlo con sus pobres medios.

A poco de iniciarse las faenas, los barreteros tropezaron con una buchada que hizo de su explorador un pequeño potentado. La producción, enviada a Inglaterra, significole una ganancia de doscientos mil pesos de 48 peniques.

Pero la bonanza no debía pasar de allí. El pique se broceó, y en dos años se tragó la mayor parte de los haberes del empresario.

Inmutable ante el fracaso, éste denunció otra mina abandonada, la de El Durazno, que creía más cercana a la supuesta veta matriz, y empezó a horadarla en la roca viva. La nueva empresa consumió los restos de su capital. Arruinado, tuvo que sacar a su mujer y a sus niños de la casa de Sotaquí y llevárselos consigo a un rancho de adobes y techo de totora que levantó en la falda del cerro. Los paisanos le hicieron blanco de su lástima y de sus burlas. Por su costumbre de movilizarse en un asno -que otro lujo no podía permitirse-, le llamaron «El Loco del Burro».

Es fantástico e increíble, pero estrictamente verídico: Urmeneta vivió en el Tamaya dieciocho años. Su caso no tiene precedentes, no se parece a nada. En este lapso sus hijos crecieron -descalzos y semidesnudos-, su esposa tomó la apariencia de una mendiga, y él mismo estragado por el hambre y la obsesión, llegó a parecerse a un espectro.

Cierto día, en octubre del año 52, su desastre culminó. No teniendo ya con qué comer ni con qué pagar a sus hombres, se resolvió a darse por vencido y puso en venta la mitad de su pertenencia. Pero no encontró interesados, porque nadie quería la mina maldita.

En tal momento decisivo -gran momento de la historia de Chile-, el noble Ariztía acudió una vez más en su ayuda y le entregó cuarenta mil pesos para que jugase su última carta.

La perforación se reanudó, y dos días después, en el lugar denominado Frontón de Campino, a 330 varas de profundidad, las barretas cortaron un filón de un metro ochenta de grueso y de ley del sesenta por ciento.

¡La veta cuprífera más grande y más rica jamás encontrada en el mundo!

«No ha habido minero -dice un historiador- que haya merecido más ampliamente su suerte y su caudal».



De un día para otro, el Tamaya solitario pasó a ser el mágico imán que atraía a los soñadores de riquezas. Sus laderas se poblaron de cateadores afanosos, y una en pos de otra fueron descubriéndose nuevas minas. El cerro entero era un depósito de cobre de leyes descomunales.

Urmeneta frisaba entonces en los cuarenta y cuatro años. Se le describe como un hombre de airoso porte, parco y glacial a simple vista, pero poseedor en el fondo de una sensibilidad incomparable.

Sus virtudes fueron recompensadas con largueza. El solo Pique Urmeneta, como se llamó a la mina descubridora, le produjo diez millones de pesos. Las otras vetas, que posteriormente fue comprando, han debido rendirle cuatro o cinco veces más.

Su tenacidad fenomenal y sus rentas inmensas permitiéronle imprimir a sus empresas un impulso del que no había ejemplo en el país. Las faenas de extracción se modernizaron mediante poderosas maquinarias movidas por el vapor y manejadas por operarios traídos de Inglaterra. Al pie de la montaña surgió una población, y un camino expresamente labrado dio paso a los convoyes de mulas y carretas que transportaban el mineral hasta la costa. Navíos de Liverpool, Swansea y El Havre venían a estacionarse en Coquimbo a la espera de su embarque.

Las exportaciones debían hacerse en bruto, porque la fundición inglesa de Guayacán había fracasado y se hallaba paralizada. En 1858, Urmeneta decidió que el cobre chileno debía fundirse en Chile, y sin dilación compró el establecimiento y se dio a la tarea de reacondicionarlo.

Lo que no habían conseguido los británicos, lo logró él a fuerza de práctica y paciencia. Mezclando en cierta porción (secreto suyo) los óxidos con los sulfatos, obtuvo un abaratamiento y una aceleración del fundido que habilitaron a la usina para volver a encender sus fuegos. La dirección del negocio corría a cargo de don Maximiano Errázuriz, su yerno predilecto, con el que había formado la sociedad Urmeneta & Errázuriz. Era la mayor fundición de su especie en el continente, después de la de Lota: daba trabajo a cuatrocientos hombres y consumía cada año 25.000 toneladas de carbón. El Humo de sus treinta y cinco hornos ennegrecía el cielo del lugar, y su resplandor, por las noches, era el faro que guiaba a los buques al entrar en la bahía.

El nuevo multimillonario se tomó un memorable desquite de sus años de miseria. El esplendor y magnificencia de su vida hicieron época en la sociedad chilena. En los alrededores de Limache compró para su solaz una estancia de quinientas cuadras, que fertilizó con obras de regadío y forestó con especies exóticas, hasta convertirla en un lugar de ensueño. En la capital (calle de las Monjitas) levantó un palacio suntuoso al costo de quinientos mil pesos. Construido en piedra y en estilo gótico inglés, este edificio tenía puertas de maderas preciosas y vitrales coloreados a fuego. Sus salones y vestíbulos llegaron a reunir la más valiosa galería de arte conocida en Santiago. Fiestas y bailes feéricos lo tuvieron por escenario, y su celebridad lo pobló de leyendas. Se decía que los duendes se daban cita en sus enormes habitaciones y que en una de las torrecillas, disimulada por la yedra, existía una salida secreta por donde el dueño de casa escapaba en horas nocturnas.

A la puerta del palacio había una berlina con caballos y lacayos importados de Inglaterra. En días de spleen o de ocio, el magnate se hacía conducir a Valparaíso. Allí lo esperaba el Dart, su yate a vapor de doscientas toneladas, con camarotes principescos y tripulación de uniforme. A su bordo embarcose una vez con el naturalista Philippi y el fotógrafo Helsby, y salió a vagar por el Pacífico. Parodiando a Colón, gratificó al vigía que primero divisó la tierra de Juan Fernández. Haciendo él mismo de piloto, puso la proa a la Oceanía y fue a dar a Tahití, el edén de las vaina que se entregan por una sonrisa.

Favorito del éxito y la fama, se vio aureolado de todos los honores que podía apetecer. Fue hecho diputado (1858) y senador (1861); presidió los directorios de los ferrocarriles fiscales, fue juez de la Corte Suprema y consejero de Gobierno; y en el colmo de su triunfo (1870) lo ungieron candidato a la Presidencia de la República, que se le escapó de las manos por causa de la intervención electoral.

Los que de él se mofaron un día, cuando cabalgaba en el burro de la pobreza, han debido mirarlo después con estupefacción supersticiosa, como si en él se hubiese encarnado el héroe de un cuento legendario.

El incesante crecimiento de la producción hizo insuficiente la capacidad de Guayacán. Teniéndolo previsto, Urmeneta planeó y ejecutó en dos años el montaje de una nueva planta fundidora. El lugar elegido fue la bahía de Tongoy, a treinta kilómetros al sur de Coquimbo, sobre una caleta que antaño utilizaron los balleneros y cuya playa estaba cubierta de restos de cetáceos. La imponente fábrica significó un desembolso de un millón de pesos, y fue traída des Alemania en un barco expresamente fletado. Inaugurada en 1868, se la exhibió como el más acabado exponente de la industria pesada nacional. Comprendía nueve hornos de reverbero y otras tantos de manga; potentísimos chorros de aire multiplicaban la liquidación de los metales. Frente al establecimiento debieron construirse tres muelles de fierro, dotados de equipos de vagonetas y grúas a vapor. En la cercanía se formó una población de mil quinientas almas.

¡Las realizaciones que hoy están reservadas a los gobiernos y a los trust financieros, las llevaba a cabo un hombre solo, con sus propios medios y sin respaldo de nadie!

Su audacia y dinamismo no se detuvieron aquí. En plena era del ferrocarril, resultaba anacrónico el que los minerales se siguiesen transportando en carretas..., y entonces encargó a Errázuriz que hiciera construir un camino de hierro desde las minas hasta Tongoy, y luego otro desde Guayacán hasta Cerrillos, para empalmar con el F. C. de Coquimbo.

Las dos líneas, de una extensión conjunta de cincuenta kilómetros, se entregaron al servicio entre 1859 y 1868, y fue su costo de un millón y medio de pesos. Los rieles treparon por las faldas del Tamaya hasta su cumbre misma, casi a novecientos metros de altura; y hasta allí subieron los trenes, arrastrados por dos y tres locomotoras, para recoger el tesoro que fluía del fondo de los piques.

Simultáneamente Urmeneta había terminado de comprar las restantes minas del cerro, y a la fecha explotaba las más ricas de entre ellas: la Almagro, la Murciélago, el Borracho, Arenillas, Las Ánimas, Campaniñ y San Lázaro. La fama de su fuerza colosal repercutió en el exterior: en la Mining Review de Chicago, un articulista le llamó «The mining Genius of Chile».

Fueron esos los años en que el cobre alcanzó su récord histórico. Ferrocarriles y fundiciones no daban abasto: en 1871 Guayacán casi se fundió a sí misma (al decir de un humorista) entregando su cifra tope de cuatro millones de kilos en barras y seis millones en lingotes. La usina sólo dejaba de funcionar seis horas en el año: lo justo para limpiar las tuberías de sus hornos. Tongoy apenas le iba en zaga, y la producción de las dos mantenía ocupada en su acarreo al grueso de la flota mercante nacional.

Sobre el hombre del Tamaya caía la riqueza como un aguacero. Desbordándose, ésta tuvo que ser canalizada en otras direcciones, en negocios que ya casi escapaban al control de su dueño. Durante los últimos años de su vida el rey del cobre abordó la industria vinícola, plantando en Limache la viña que sería famosa y cuya administración confió al segundo de sus yernos, don Adolfo Eastman. Intervino a la vez en las empresas carboníferas, explotó la plata y el oro en catorce minas de Punitaqui, Tambillos, Arqueros, Huasco y Andacallo. Del mismo modo estuvo comprometido en los cultivos experimentales de la seda y la betarraga de azúcar. Su fortuna llegó a estimarse en setenta millones de pesos.

Si no fue aún más poderoso, es porque practicó el principio de que hay que hacer algo por el prójimo.

Se mencionan entre sus gestos filantrópicos el obsequio de un lazareto y dos escuelas al pueblo de Limache y la subvención de seis colegios en las poblaciones mineras; la fundación de la Casa de Orates de Santiago, el mantenimiento del Hospital de San Vicente y el pago de la mayor parte de las obras del cerro Santa Lucía. Como amante del arte, fue un mecenas que mandó a perfeccionarse en Europa a pintores y escultores que más tarde alcanzaron la celebridad. Sin ser banquero ni prestamista, financió los proyectos industriales y comerciales de cuanta gente buscó su ayuda. Entre los favorecidos se cuenta el Gobierno de la República, al que facilitó trescientos mil pesos para la construcción del ferrocarril Santiago-Valparaíso.

Sus donaciones espontáneas no pueden casi enumerarse. Con la misma generosidad con que hizo restaurar las iglesias de La Estampa y la Viñita, dotó de equipo al Cuerpo de Bomberos, proporcionó su yate durante el conflicto con España, socorrió al vecindario de Valparaíso a raíz del bombardeo y encabezó todas las listas de suscripciones para la erección de los monumentos que adornan la capital.

Los legados y pensiones llenan páginas y páginas de su testamento. Pocos días antes de morir, entregó a Eastman una orden escrita encargándole que sus funerales se hiciesen sin ninguna ostentación «pues quería que la que se había de gastar en una ceremonia, se repartiera entre los pobres».

Sus exequias tuvieron el brillo de una apoteosis. El templo de San Francisco fue estrecho para contener a la multitud que desfilaba ante la capilla ardiente; y un acompañamiento popular de millares de personas marchó en pos de la carroza. Lo lloraron y lo despidieron como a un benefactor de la nación.