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Bala en boca

Enrique Bunster






ArribaAbajoMilitares de otros tiempos

Hace muchos años, en un discurso de primera piedra, don Mariano Puga expresó que los chilenos suelen rezagarse y desmentir su pasado «precisamente porque tienen laureles sobre qué dormirse». Esta frase feliz cobra vigencia en la actualidad e induce a filosofar acerca de la causa o causas del peculiar fenómeno. Aparte la mala memoria colectiva, defecto incurable de nuestra idiosincrasia, tal vez cuente el que hicimos hace ochenta años de historia ejemplar en América y acabamos por acostumbrarnos. Nuestros grandes episodios, nuestros diamantes militares y cívicos han llegado a parecernos tan naturales como si hubiesen sido sucesos cotidianos. A veces pienso en la veneración profunda y exaltada que en Argentina profesan a sus prohombres, entre ellos el señor Sarmiento, personaje que jamás podría compararse con Vicuña Mackenna como escritor y tribuno ni con Barros Arana como historiador y educador. ¡A qué altura no habrían encumbrado a estos dos compatriotas de haber nacido allende la Cordillera! De igual modo, un Portales argentino o brasileño sería considerado un superhombre, y qué decir de un Montt, un Prat o un Balmaceda. Otros pueblos agigantan a sus próceres; el nuestro tiende a reducir a los suyos con ligereza inconcebible, o a olvidarlos, como si le incomodasen.

Concretándonos a los fastos bélicos, vemos que a ninguna nación americana han respondido mejor su Marina y su Ejército cuando la patria estaba en peligro. Tradición rectilínea en un pueblo no militarista y que invariablemente se batió en condiciones de inferioridad numérica y económica. Hasta sus derrotas son electrizantes y decisivas: Rancagua, Tarapacá, Iquique, La Concepción. Y algunas de las victorias pertenecen a la categoría de las llamadas imposibles, como la toma de los castillos de Valdivia y la captura de la Esmeralda, el ataque a Panamá por la Rosa de los Andes y la travesía del Istmo hasta el Atlántico con uno de sus botes llevado en hombros; la captura del Aquiles en la isla Guam, Micronesia, y la triple captura en el Callao, sin gasto de pólvora, ejecutadas por Ángulo; el combate del Pan de Azúcar de Yungay, la destrucción de un blindado por una goleta de madera en Punta Gruesa, el desembarco en Pisagua, la batalla en el arenal de Tacna y la toma del Morro de Arica.

Las hazañas militares y navales de este pueblo pacifista son tantas y de tal magnitud que han dejado en segundo plano, o sencillamente en el olvido, a hechos y personalidades dignos del canto épico. Muy pocos recuerdan hoy a Santiago Bueras, el agricultor de Aconcagua que improvisó un batallón de granaderos con los huasos de su fundo para pelear en la guerra de la Independencia. Su fuerza física y su agresividad le valieron el sobrenombre de «el Hércules» chileno; su carga a sablazos en Yerbas Buenas, con la barba salvaje y los ojos de loco furioso, dio tema a un cuadro clásico. Enseñó a sus jinetes a botar a los enemigos del caballo arrebatándoles el quepis y mechoneándolos hasta sacarlos de la montura. En uno de sus combates se le quebró el sable; desde entonces llevaba un par; y descubrió la manera de usar los dos simultáneamente, uno en cada mano, manejando las riendas con los pies. Así se le vio en la arremetida final de Maipú, donde un proyectil realista le arrancó a Freire un botón de la guerrera y otro más preciso atravesó la cabeza de Bueras mandándolo al otro mundo a la rastra de un corcel desbocado.

Del más famoso de nuestros generales, el vencedor de la Guerra del 79, se ignora lo esencial: Cómo ingresó al Ejército. Su padre, el coronel Fernando Baquedano, mandaba el regimiento Cazadores en la expedición del 38 contra la Confederación Perú-boliviana. Cuando su buque, la fragata Hermosa Chilena, navegaba con el convoy a la cuadra de Coquimbo, cayó en la cuenta de que su hijo de quince años viajaba de pavo en el entrepuente con la complicidad de un suboficial. Llevado a su presencia, Manuelito respondió a la filípica paterna con firmeza:

-Hágame fusilar, pero no me obligue a abandonar la expedición.

El coronel terminó por abrazarlo, conmovido a la vez que admirado, y mandó hacerle una cama a los pies de su litera. Al desembarcar en Ancón, Fernando Baquedano puso su retoño al cuidado de un sargento espetándole este discurso:

-Hazte cargo de él, y si se mete en la leona (el combate), te va en ello la vida.

El sargento Moscoso tomó al muchachito a la grupa de su cabalgadura, y al producirse el encuentro de la Portada de Guías lo dejó en la retaguardia para no exponerlo al fuego. Pero al primer descuido de Moscoso, Manuel se apoderó del caballo de recambio del capitán Tagle, oficial de Estado Mayor, y salió disparado a unirse con la vanguardia. La leona tenía lugar en un callejón del barrio de Malambo, en medio de infernal polvareda; echado a pique por sus tripulantes. Con esto desapareció la fuerza naval Perú-boliviana, ya reducida a la mitad por Angulo, y Santa Cruz se vio obligado a confiar la defensa del litoral a buques particulares franceses que contrató y mandó en jefe el corsario Blanchet. A esto se debe el que en ciertas pinturas del combate de Casma, librado a quemarropa, veamos banderas chilenas y francesas flameando entre el humo de las andanadas. Conduciendo Blanchet cuatro barcos contra tres de Simpson y García del Postigo, logró quitarles al abordaje el Arequipeño, dejándoles en la desigual proporción de dos contra cinco. Parecían los mercenarios a punto de cantar victoria, cuando el bergantín fue recapturado en un espeluznante asalto a fusil, pistola y machete que dejó la cubierta roja de sangre. De esta refriega salió Blanchet herido de muerte, y como consecuencia, su escuadrilla se dio a la fuga (13 de enero de 1839). Probados el coraje y la habilidad de García del Postigo, se le confió el bloqueo del Callao; una misión arriesgada en vista de la hostilidad de las estaciones navales de Francia e Inglaterra contra Chile. No bien los buques cerraron el puerto, el almirante Sir Charles Ross colocó dos de sus fragatas casi tocando los costados de la Libertad para exigir a su comandante el libre tránsito de las mercaderías inglesas. García pidió instrucciones a Simpson y éste las pidió a su vez a Bulnes. El General en Jefe ordenó que no soportaran la afrenta, que en caso de encontrar oposición violenta resistieran con sus cañones, y si era necesario, con la santabárbara. Junto con recibir esta orden, García del Postigo destapó su artillería de ambas bandas y dispuso todo para una resistencia suicida; y por bocina mandó decir a Sir Charles: «O se retira, o vuelo». Algo hizo sentir al inglés que no era una bravata, y optó por alejarse.

Otro gallo de pelea desconocido, con títulos de sobra para la fama fue don Santiago Barrientos, militar oriundo de Castro cuya vida aventurera se narra en un rarísimo folleto de Vicuña Mackenna. No debe haber más de cuatro o cinco eruditos que sepan algo de él. Como el grueso de los hijos de Chiloé, éste sirvió en la guerra de la Independencia bajo las banderas del Rey. Después de Maipú pasó a la Madre Patria dispuesto a impedir que su vieja espada se oxidara. Tuvo trabajo suficiente en las luchas intestinas y participó en todas las acciones de guerra carlista. Coleccionó heridas y ganó los ascensos hasta el grado de coronel; llevó en su pecho diez condecoraciones, entre ellas la cruz de San Fernando, y fue hecho Comendador de la Orden de Isabel la Católica. Su más brillante anotación la obtuvo en la puerta principal del Palacio Real de Madrid la noche del 7 al 8 de octubre de 1841. Siendo segundo comandante de la guardia de alabarderos de S. M. Isabel II la misma que más tarde mandaría bombardear Valparaíso, sobrevino un complot fraguado por opositores del general Espartero, regente de la Reina de once años, con propósitos que nunca quedaron aclarados. El palacio fue asaltado «con una nube de balas» por fuerzas abrumadoras. A la cabeza de dieciocho alabarderos y unos pocos sirvientes, los coroneles Dulec y Barrientos tuvieron tiempo de levantar parapetos en las gradas de la escalera, y desde allí y desde las ventanas resistieron el fuego de los asaltantes «durante largas horas», hasta que acudieron los refuerzos con que fue desbaratado el ataque. Como recompensa recibió Barrientos a nombre de la Reina una espada de plata y una pensión de seis mil reales. Cuando ya no tuvo contra quien batirse, el belicoso chilote retornó a Chile y dedicó el resto de su larga vida a cultivar por sus manos un predio agrícola en la cercanía de Valdivia.

Andaba don Santiago Barrientos por los noventa años cuando estalló la guerra del Pacífico. Demasiado tarde para desenvainar su espada preciosa; pero como vivió hasta el 82, ha tenido tiempo de seguir desde lejos la tercera entrada de sus compatriotas en Lima. Y entonces habrá oído hablar del hombre que en Tacna convirtió la derrota en victoria y en el Morro de Arica y en Miraflores realizó lo imposible: el coronel Pedro Lagos. Todavía más: puede que lo haya conocido, siquiera de vista, cuando servía en el Sur batallando con los araucanos. Pues era difícil no advertir la presencia de Lagos, aún a la distancia, con su corpachón de ciento diez kilos de peso que hacía hundirse el lomo de su cabalgadura. De otra parte, era famoso antes de ser célebre, y el exigente Encina afirmó que fue el único oficial del 79 dotado de verdadero golpe de vista militar. Ganó su renombre en tres de las más duras acciones de la guerra, como brazo derecho de Baquedano; pero a veces no hace falta una batalla, sino que basta con una incidencia o un hecho secundario para que el hombre de armas demuestre su arrojo o su genio original. Pocos saben o recuerdan que cierta vez, cruzando el desierto de Tarapacá, don Pedro Lagos se quedó sin agua y durante dos días su regimiento Santiago soportó el suplicio de la sed bajo el sol abrasador. Varios caballos perecieron y un jinete se volvió loco. En la tercera jornada llegaron a un paraje cuyo único habitante guardaba el tesoro inapreciable de medio barrilito de agua. La tropa exhausta saludó el hallazgo con gritos de júbilo y gorras al aire... Pero el coronel había hecho un cálculo instantáneo, dándose cuenta de que las raciones, por pequeñas que fuese, no alcanzarían para sus mil y tantos soldados. Entonces dio una orden como sólo un gran jefe puede atreverse a dar: «derramen el agua». Sus hombres comprendieron y reanudaron la marcha en perfecta disciplina, refrigerados por el agua mágica de la justicia.




ArribaAbajoLas cantineras del ejército

De acuerdo con una tradición fidedigna, el último cañonazo de Maipú lo disparó una mujer. Sabido es que hacia el final de la batalla invadieron el campo espontáneos combatientes civiles cuya acción consistió en capturar soldados realistas echándoles el lazo. Entre estos enardecidos paisanos se vio a una huasita que allegaba fuego al estopín de un cañón abandonado, el que vomitó hacia las casas de Lo Espejo la postrera bala gruesa de la contienda.

Esta anónima heroína podría considerarse como la precursora de las admirables mozas que han dejado rastro en la historia militar de Chile. Se las conoce con el nombre de «cantineras», aunque servían también como cocineras y lavanderas; pero su humanitaria solicitud para con los heridos ha hecho ver en ellas a las antecesoras de la Cruz Roja nacional; y queda por decir que algunas, acaso las más, ganaron fama por su coraje en el manejo de las armas, combatiendo como varones en el infierno de las batallas.

Famosa entre todas, Candelaria Pérez, llamada con propiedad «la sargento Candelaria», salió del anonimato en esa guerra de leyenda con que el Ministro Portales destruyó desde ultratumba a la Confederación Perú-boliviana.

Candelaria Pérez, nacida en el barrio de la Chimba (Recoleta), tenía por oficio el de empleada doméstica, y en tal calidad había emigrado al Perú en 1833, acompañando a una familia holandesa. Poseía un físico aparentemente frágil, de tez morena y rostro fino y agraciado. En su alcancía de gallina ponedora fue depositando las monedas que ahorraba de su salario; y a la vuelta de unos años tuvo reunido suficiente dinero para independizarse. Con lo dicho se retrata su carácter: era una mujer ordenada, perseverante y sanamente ambiciosa, capaz de bastarse a sí misma en tierra extraña. Si todo nuestro pueblo estuviese hecho de gente así, distinta sería su suerte y no viviría culpando a otros de su atraso y miseria. Aprovechando su experiencia culinaria abrió en el Callao una cocinería que tuvo por nombre la «Fonda de la Chilena» y cuya especialidad fue el expendio de pescado frito. Situado en pleno barrio de marineros, el negocio prosperó con la clientela cosmopolita y bulliciosa procedente de la flota de veleros que cada día se renovaba ante los muelles. Por entonces era gobernador militar de la plaza su compatriota el general Ramón Herrera, y quién sabe si esta feliz circunstancia no le produciría la ingenua sensación de tener un protector en las alturas... Todo a pedir de boca, cuando cierta noche penetró en la bahía el comandante Angulo, cumpliendo órdenes de Portales, y de una redada se llevó tres de los buques de la escuadra Perú-boliviana. Esta captura sin precedentes paralizó el proyecto de la Confederación de atacar a Chile, pero dejó a los chilenos residentes en el Perú a merced de las represalias oficiales y populares. No bien el Gobierno de Santiago declaró la guerra, las turbas de Lima y el Callao asaltaron los domicilios y comercios de estos inocentes; la Fonda de la Chilena fue saqueada y su dueña apresada por la policía y metida en los sótanos de la fortaleza del Real Felipe.

De un día para otro, Candelaria había perdido hasta el último centavo de sus haberes. Cuando salió en libertad tuvo que volver al servicio doméstico para ganarse el sustento.

Pero esta vez no sería por largo tiempo. Una mañana de asombro y tambores batientes entró en Lima el Ejército Restaurador del general Bulnes que iba a liberar al Perú de la dominación boliviana después del cruento combate de Guías. Enloquecida de júbilo y de deseos de devolver el golpe recibido, Candelaria corrió en demanda del cuartel general de sus paisanos a ofrecer sus servicios. ¿Qué servicios? Los soldados se rieron de la pobre e hicieron chistes a costa de su condición de mujer. Porfió hasta hacerse escuchar de un oficial del Carampangue, el capitán Guillermo Nieto, y de esta entrevista salió enrolada en calidad de cantinera y enfermera y con doce pesos mensuales, que era el sueldo de un sargento. A poco le dieron el grado y el uniforme correspondientes, y no tardaría en demostrar que era capaz de llevarlos con honor.

Se halló presente en el combate del Pan de Azúcar de Yungay, esa acción que ningún general europeo se hubiera atrevido a emprender y que hizo decir al mariscal peruano Gamarra: «El soldado chileno es el más valiente del mundo». Aunque su misión consistía en cuidar a los heridos, Candelaria se dejó contagiar del furor de la lucha y cogiendo los fusiles de los muertos peleó confundida con los que trepaban la ladera casi vertical del cerro clavando las bayonetas para afirmarse, avanzando metro a metro bajo la lluvia de balas y peñascos arrojados desde la cima y rodando al precipicio como moscas. Cayó y expiró en sus brazos el capitán Nieto, su presunto amante. Sin detenerse a cerrarle los ojos, continuó subiendo; de paso dio muerte a un soldado boliviano que le apuntaba insultándola, y llegó a la cumbre cuando el Carampangue acababa de izar la bandera vencedora.

La antigua sirvienta de mano jamás pudo imaginar la celebridad que había conquistado en ese combate de exterminio. Vino a darse cuenta de ello el día en que las tropas de Bulnes desfilaron por la Alameda en la colosal apoteosis del regreso. Un griterío delirante de la muchedumbre se elevaba en la avenida embanderada al paso de la pequeña mujer uniformada que marchaba sin saber si reír o llorar.

Desde entonces y para siempre la llamaron la Sargento Candelaria. Diez años después, exactamente el 25 de febrero de 1849, se estrenaba en Santiago La Batalla de Yungay, un drama histórico en cuyo reparto figuraba la valerosa fusilera del Pan de Azúcar. Ella misma asistía a la representación desde un asiento de la galería. Reconocida en un entreacto, la obligaron a pasar al escenario para ser ovacionada por la concurrencia puesta de pie.

Se sabe que murió inválida y olvidada, pero la posteridad la recuerda y una calle de la comuna de Ñuñoa lleva el nombre ilustre de Sargento Candelaria.

Su mérito póstumo consiste en haber instituido una tradición que no sabemos si subsistirá en el futuro, pero que fue confirmada con brillo en la guerra del 79. El Museo Histórico Nacional conserva los retratos de la buenamoza Irene Morales, cuya vida novelesca vamos a contar, y de su congénere Filomena Valenzuela, del regimiento Atacama, que adornaba con un penacho de plumas su quepis de cantinera de armas tomar. Otras dos «amazonas», como las llamara Vicuña Mackenna, las costureras santiaguinas Leonor González y Juana N., perecieron atacadas a mansalva mientras curaban heridos del Segundo de Línea en el caserío de Tibilaca, a raíz del combate de la quebrada de Tarapacá. En ese terrible encuentro se batió revólver en mano Dolores Rodríguez, natural de Caleu, que aunque seguía a los Zapadores sin empleo militar ni ocupación confesable, se condujo como soldado y recibió un balazo en una pierna.

En esa guerra titánica de uno contra dos, las cantineras habían asumido el papel oficial de enfermeras en cumplimiento de los principios de la Convención de Ginebra, que el Gobierno de la Moneda suscribiera hacía poco. Mientras no existiese la Cruz Roja chilena que se originaría en Punta Arenas en 1903, las émulas de Candelaria Pérez debían encargarse de auxiliar a los heridos «sin hacer distingo entre paisanos y enemigos»... Por supuesto, carecían de la más elemental preparación, porque la contienda sorprendió al Ejército sin organización sanitaria y el insigne cirujano Wenceslao Díaz tuvo que improvisarlo todo sobre la marcha, trabajando con sus colegas en pavorosos hospitales de sangre desprovistos de antisepsia y donde el ochenta por ciento de las operaciones desembocaba en la muerte.

Recordando a la inmortal cantinera y enfermera Irene Morales, el coronel Enrique Phillips escribió en El Mercurio:

«No sólo peleó en medio de los soldados, sino que también confortaba a los moribundos y daba de comer al hambriento y de beber al sediento. Su nombre debe vibrar entre nosotros como un ejemplo de patriotismo y de valor no superado entre las mujeres».



Esta joven de rasgos finos y raro aplomo «de espesa y áspera cabellera» (Vicuña Mackenna), era hija de un carpintero y había nacido ultra Mapocho, en la Chimba que acunó a la Candelaria y al valiente Dardignac. La vida no le escatimó las pruebas más duras, como a todo ser escogido para sobresalir. A los trece años perdió a su padre, y la madre desamparada se fue con ella a Valparaíso, donde le enseñó el oficio de la costura. Allí tuvo Irene su primer amor, el que no pudo ser más infeliz y doloroso, pues casó en artículo de muerte y quedó viuda el mismo día nupcial. Poco después moría su madre. Ya sin consejo ni amparo de nadie, decidió irse a Antofagasta, como pudo haberse ido a cualquiera otra parte, y para pagar el pasaje de tercera clase vendió su máquina de coser. En el puerto de destino conoció a su segundo marido: el músico chileno Santiago Pizarro, que servía en la banda de un regimiento boliviano. No cumplían dos años de casados cuando el cabo Pizarro asesinó a un soldado en una riña de taberna. Fue condenado a muerte y fusilado de noche, en las afueras de la ciudad, a la luz de un farol. La viuda encontró el cadáver abandonado junto a la vía férrea y lo hizo fotografiar antes de darle sepultura para conservar la imagen de la atrocidad que juró vengar de alguna manera.

La ocasión llegó pronto y por donde menos pudo imaginarlo. Una mañana apareció en la bahía la escuadra chilena con sus fuerzas de desembarco, justo cuando las autoridades bolivianas se disponían a sacar a remate las pertenencias salitreras de sus connacionales.

Era la chispa que encendería la guerra, y curiosamente, tocó a Irene Morales ser la primera en romper hostilidades. Después de arengar a los compatriotas reunidos en la plaza (constituían el ochenta y cinco por ciento de la población) y de repartir abrazos en las filas, corrió a la Prefectura, arrancó el emblema oficial y lo pateó en el suelo. Ese mismo día el capitán Camus la admitió como cantinera en su compañía del Tercero de Línea.

Más tarde contó a Vicuña Mackenna que había salido con la expedición a Pisagua «disfrazada de soldado», pero en el retrato publicado por el Nuevo Ferrocarril se aprecia con qué propiedad llevaba el uniforme de botas de caña corta, guerrera de sargento y quepis ladeado a la izquierda; un pañuelo de seda pende del cuello y cae sobre el pecho con descuido. Tenía entonces treinta y cuatro años, y tanto en esta litografía como en el retrato del Museo vemos a una mujer en el apogeo de su popular hermosura.

El dramático desembarco de cinco mil hombres en Pisagua, bajo el horrísono cañoneo de la escuadra, no debe de haberla intimidado, porque en la siguiente batalla de Dolores empuñó el fusil y entró en el fuego como si no supiera hacer sino eso. En un grabado contemporáneo se ve a su batallón trepando por las faldas del cerro San Francisco envuelto en el humo de las descargas cerradas. Dispersado el enemigo, que dejó sus bajas en el campo, la cantinera-enfermera no tuvo descanso en el hospital atestado de heridos de tres naciones, recogidos en parihuelas para ser auxiliados con pareja caridad. De esos bolivianos examinase a los que ella ayudaba a revivir, ¿cuántos no habrán sido blanco de sus propios certeros disparos? De ser así, cumplió el juramento de venganza y lavó el odio de su alma prodigándose en el ejercicio de la solidaridad humana.

Al abrirse la segunda campaña de la guerra la destinaron a la Cuarta División como lavandera del coronel Barbosa. Cumplía este menester en el campamento de Tacna, a corta distancia de las líneas peruanas, cuando al pasar de la lavandería a la tienda de su jefe se extravió en medio de la camanchaca nocturna. Fue a dar al vivac del regimiento de Carabineros de Yungay, y allí la sorprendió la iniciación de la batalla de veintidós mil hombres, librada en un arenal y donde Campero, Presidente de Bolivia, mandaba los ejércitos aliados. Matanza de ocho horas, sostenida sin agua bajo un sol de fuego y donde el coronel Lagos convirtió la inminente derrota en victoria y apabulló en tal forma a Campero y sus tropas que les hizo volverse a la Paz.

Como Candelaria Pérez, Irene Morales salió ilesa de la ruleta de la muerte; como ella, terminó su vida en la obscuridad de donde había salido; y se tomó el mismo desquite post mortem, dando su nombre a la más corta calle de su ciudad natal.




ArribaAbajoRetrato de un Presidente de la República

Comencemos por el instante en que don Aníbal Pinto cogió la pluma para firmar la declaración de guerra a Perú y Bolivia. Los Ministros y consejeros que estaban con él no dejaron testimonio de cómo se condujo, y ahora ignoramos si se mostró nervioso o sereno, si vaciló, si le tembló o no la mano al poner la suerte de la patria en juego. Sólo conocemos la afirmación de un cronista contemporáneo: «Todos querían la guerra, menos el Presidente, que veía sus males y temía a sus horrores». Podemos entonces presumir que al devolver la pluma al tintero ha debido exhalar un suspiro de sometimiento a la Providencia, y lo menos que pudo sentir es que el suelo se movía bajo sus pies; porque es preciso imaginarse la gravedad del paso que acababa de dar. Su valor no puede ponerse en duda: lo había demostrado cuando mandó apresar una barca norteamericana que cargaba guano en la costa de la Patagonia, y ante la movilización de la escuadra argentina puso la suya en pie de guerra obligando a aquélla a alejarse del lugar del incidente. Volvió a probar que no tenía miedo cuando paró de un solo empellón el intento boliviano de desconocer el convenio salitrero gravando a las empresas chilenas y decretando después su expropiación. Nunca un gobernante procedió con igual resolución y rapidez: le bastaron cuarenta y ocho horas a partir del momento en que declaró cortadas las relaciones; lo necesario para embarcar un batallón y hacerlo llegar a Antofagasta justo a tiempo para impedir el atropello. En uno de los gestos más viriles de su historia, Chile desbordaba de sus fronteras en defensa de miles de connacionales amenazados o perseguidos, que constituían el grueso de la población de la provincia, y en resguardo de los capitales invertidos en salitreras y minerales, equivalentes a tres millones de libras esterlinas. Cierto que el Presidente ignoraba entonces que Bolivia tuviese tras de sí a un aliado poderoso, pero en Lima calcularon mal al dar por seguro que el descubrimiento del Tratado secreto le haría echar pie atrás. Nadie se mostró más decidido a afrontar el conflicto cuando lo juzgó inevitable.

Pocos hombres expresan menos carácter que éste en sus retratos. Ojos claros y cristalinos, de mirada soñadora; nariz corta y fina, como inofensiva; pelo dorado, de querubín, con la barbita recortada y el bigote prudente enmarcando la boca propensa a la sonrisa. Engañados por esta fisonomía, y por su fama de caballero retraído y de pocas palabras, muchos le tenían y le tienen por un ser anodino. Pero, ¿no les dice nada su frente de pensador, esa ancha cúpula que ha debido deformarle los sombreros? Y basta hojear su biografía para informarse de su altísimo nivel intelectual, de su cultura fuera de lo común, su ímpetu ejecutivo, capacidad de trabajo casi sobrehumana y entereza a prueba de contrastes y desengaños. Su adversario político Ramón Subercaseaux le atribuye todas las virtudes, con la salvedad de que «su espíritu era lento y opaco». Don José Francisco Vergara le llamó «crisol de la honradez» y «dechado de gobernante constitucional», agregando que con su ejemplo levantó el nivel moral del país. Encina escribió que no concebía otra vida digna que la encuadrada dentro del respeto inflexible a las leyes, pero su prurito negativo lo indujo a añadir que «carecía de imaginación política y de don de mando».

Hijo del general y presidente Francisco Antonio Pinto, heredó el amor a la filosofía del hombre más culto de su tiempo. Al cursar estudios superiores fue discípulo de Andrés Bello en Derecho Romano. Comenzó a escribir en la primera juventud, entregando a la prensa sus artículos en defensa de las doctrinas de Bello. Para alejarle del círculo de amigos de Bilbao, su tío el Presidente Bulnes lo nombró oficial de la Legación en Roma. Se dedicó en Europa al estudio de sus instituciones sociales y políticas. De regreso, a los veintisiete años, se incorporó a la Facultad de Filosofía y Humanidades leyendo su ensayo sobre Descartes: El método en Filosofía. Otro de sus estudios se titula La obra del barón de Gallupi, y como el anterior, fue publicado a instancias de Barros Arana en los Anales de la Universidad de Chile. Bruscamente el filósofo cede el campo al estadista cuando el presidente Pérez lo nombra Intendente de Concepción. En diez años no dejó cosa por hacer, desde plazas y jardines públicos hasta hospitales y telégrafos, desde correos y mataderos hasta cárceles, liceos y caminos. Volvió a Santiago del brazo de Delfina de la Cruz, hija del General derrotado en Loncomilla; y de ahí en adelante marchó hacia el Poder por calle rectilínea. Diputado y senador liberal elegido una y otra vez, impuso su oratoria de gran señor, dejando a otros la función de gritar y alborotar. Rechazó el Ministerio de Hacienda por no considerarse idóneo para el cargo; en cambio aceptó organizar el Gabinete de Errázuriz; pero sin tomar para sí la Cartera del Interior, que por este hecho le correspondía, sino la de Guerra y Marina, de escaso lucimiento político. Como adivinando el cercano porvenir, se empeñó en perfeccionar la disciplina de los cuerpos militares, en modernizar su armamento y en activar la construcción de los blindados que un día iban a barrer el Pacífico. Cuando Errázuriz decidió que fuese su sucesor, el escritor Aníbal Pinto encontró a los historiadores Miguel Luis Amunátegui y Benjamín Vicuña Mackenna disputándole el paso a la Presidencia. Nunca estuvo tan cotizada la literatura nacional. Vicuña, inmensamente popular, anunció que el hijo que esperaba su esposa nacería en el palacio de gobierno. Pero en esos tiempos no era el electorado el que elegía, sino Su Excelencia, y fueron los numerosos niños Pinto de la Cruz, todos iguales y de pelito dorado, como querubines, los que llegaron a corretear por los pasillos de La Moneda.

El nuevo Presidente contaba cincuenta años y, según el decir, vendía salud. El mando y la guerra iban a acortarle la vida con sus sutiles arsénicos. No vamos a decir que no cometió errores, pero conviene saber que fueron fruto de su candorosa buena fe. Mal estuvo en confiar el Ministerio del Interior al literato Lastarria, que decía que tenía talento y lo lucía; literato que ya una vez fracasó con estruendo en Hacienda y ahora reincidió para luego disculparse con el terremoto, las inundaciones, y las malas cosechas y la colosal estafa de Paraff, el fabricante de oro que embaucó a medio Santiago y en cuyos prodigios creyó también el bondadoso presidente Pinto.

¿Pero qué son esas fallas, y todas las que quieran agregarse, si las agrupamos en un platillo de la balanza y en el otro ponemos el resultado de la contienda del Pacífico?

Dicen sus críticos que también en la suprema dirección de la campaña incurrió en errores graves. Pero, ¿no los cometía Napoleón? Y los suyos fueron los típicos y propios del gobernante a quien la guerra se le produce de repente y que debe improvisarlo todo. Al firmar la declaración de beligerancia estaban con él los ministros Fierro, Zegers, Prats y Blest Gana, los seis consejeros de Estado y el general Godoy. Aunque conocía la falta de discreción de este último, no le recomendó bastante que guardara el secreto, y al salir del Consejo lo primero que hizo el militar fue decirle a un corresponsal colombiano en el patio de palacio: «¡Albricias! ¡Acabamos de declarar la guerra!». Y en veinticuatro horas el cable dio la vuelta al globo. Jamás impuso el Gobierno la censura de prensa: todo salía publicado en los diarios, y para informarse de los movimientos de nuestros buques y tropas los agentes peruanos no tenían más que leer El Mercurio. Peores fallas todavía se dejaron ver en la organización de las operaciones iniciales: los primeros regimientos acantonados en Antofagasta no llevaban pipas para la provisión de agua, y los cañones de costa no pudieron emplazarse por haber quedado sus cureñas olvidadas en Valparaíso. En esos días angustiosos el Presidente tenía que entenderse con un general de setenta y cuatro años, temperamental, desmemoriado y susceptible, y con un almirante enfermo, ególatra y casi inmanejable. Estos desajustes en los mandos fueron los escollos que Su Excelencia logró salvar cuando nombró a don Rafael Sotomayor, con poderes omnímodos, Ministro de Guerra en campaña; y su segunda movida maestra sería la entrega de la jefatura del Ejército a Baquedano, contrariando la opinión de quien dijo que sólo iba «a cuidar caballos». Su tercer acierto decisivo: la designación de don Augusto Matte como Ministro de Hacienda.

Don Aníbal tenía en las filas a su hijo mayor y a su sobrino Ignacio Carrera Pinto. ¿Podría alguien con más razones para desear una rápida y concluyente victoria? Sin embargo, menudeaban sobre él las críticas por la supuesta lentitud de la estrategia. Al decir de Vicuña Mackenna, debía haberse llegado a Lima en tres meses. Pinto replicaba: ¿Con qué armamento, con qué proyectiles, uniformes, capotes, zapatos, frazadas, morrales y caramayolas? ¿Con qué organización de intendencia, con qué hospitales, tiendas, ambulancias, cocinas y vehículos para el transporte de agua, víveres y forrajes? ¿Con qué tropas entrenadas en el desierto y qué fuerzas de reserva?... En sólo sesenta días se había aumentado el Ejército desde dos mil a ocho mil hombres; pero atacar presuponía una etapa de preparación de cinco a seis meses, y siempre que para entonces se hubiese obtenido el dominio del mar... Por eso el combate naval de Angamos, justo al sexto mes, señaló el desencadenamiento de la agresión terrestre, iniciada con el desembarco en Pisagua. Recién entonces comenzó la guerra que pedían los impacientes: la épica embestida en que el futre y el roto, aún no distanciados por el insensato antagonismo de clases, se lanzaron revueltos en masa solidaria, como en las refriegas de California y Australia, a dar una lucha que no pararía hasta apearse Baquedano del caballo a la puerta del palacio de los Virreyes.

La repechada contra Bolivia, contra el Perú y contra el Desierto había durado un año y nueve meses; el suelo patrio no había sido tocado, y en medio del esfuerzo bélico tuvieron lugar unas tranquilas elecciones parlamentarias. Un diario francés llamó a Chile: «la petite Allemagne de l'Amerique du Sud».

«La noche entera fue de fiesta», escribió el Presidente a raíz de la apoteosis de la victoria. Cronistas contemporáneos refieren que la gente corría por las calles gritando y cambiando abrazos, mientras las campanas de los templos eran echadas a vuelo y tronaba el cañón del Santa Lucía. En los teatros y en la Plaza de Armas la multitud coreaba la Canción Nacional y en las tabernas y chinganas hubo brindis, griterío y cueca zapateada hasta la salida del sol.

El territorio de la República amaneció agrandado en ciento ochenta mil kilómetros cuadrados y con su población aumentada en cien mil habitantes. Todo parecía un sueño. La guerra se había hecho sin contraer deudas en el exterior, utilizándose únicamente los recursos del Estado y los particulares, más una moderada emisión de billetes que no alcanzó a depreciar la moneda ni a producir carestía. Y aunque hoy parezca increíble: los ejercicios financieros de los años 79, 80 y 81 arrojaron un saldo a favor de dieciocho millones de pesos. Era la obra de una Administración eficiente y de un hacendista genial: Augusto Matte.

Contra todas las previsiones, había crecido el comercio interno y externo, y la adquisición de los derechos de exportación del salitre preludiaba una era de bonanza y riqueza sin precedentes.

El súbito prestigio del vencedor hizo acudir a Tarapacá a los empresarios ingleses, cuyas inmensas inversiones transformarían la tecnología de las salitreras para multiplicar su productividad.

Al dejar el mando, don Aníbal Pinto entregó un país no imaginado cinco años antes, un país convertido por añadidura en la primera potencia militar y naval de América latina.

Cumplida su tarea, el ciudadano fatigado y envejecido volvió a la vida privada, ocupando la modesta casa del barrio Yungay que don Eusebio Lillo accedió a arrendarle. Rehusó los honores y recompensas, tales como la Legación en Europa y la candidatura senatorial que le fueron ofrecidas. Y no es que estuviera precisamente rico. Había salido de La Moneda debiendo ciento ocho mil pesos. Para pagar a los acreedores tuvo que vender una parte de sus acciones de las minas de Puchoco, y para subsistir con sus siete hijos aceptó el puesto de redactor y traductor de folletines de El Ferrocarril.

A raíz de su muerte, una pensión de cinco mil pesos alivió la pobreza de la viuda.




ArribaAbajoDardignac o la vida de un militar

Una encuesta a cualquier nivel demostraría que casi nadie sabe por qué una calle de la barriada norte del Mapocho, antigua Chimba, lleva el nombre de «Dardignac». Este apellido es el de un desconocido, o mejor, de un olvidado, que vivió novelescas aventuras y tuvo un final de gloria electrizante y atroz en la guerra del Pacífico.

Ramón Dardignac nació en La Chimba en el invierno de 1848, hijo de un constructor civil de origen francés. Cuando contaba apenas tres meses, su padre se fue a California, contagiado de la fiebre del oro, y nunca volvió a saberse de él. La esposa o viuda, Concepción Sotomayor, crió y educó en la mayor pobreza al niño abandonado, que era para colmo de contextura frágil y enfermizo, hasta que obtuvo por caridad una beca en la Academia Militar. Tenía once años al estrenar su uniforme de cadete, y ya a esa edad dejó entrever la pólvora que llevaba en la sangre. Ante el castigo brutal e injusto de un brigadier, reaccionó cogiendo una barra de fierro con que le persiguió dispuesto a romperle el cráneo. Por eso afirma un historiador: «Era hombre que desde niño no aguantaba pelos». Las primeras anotaciones de su hoja de servicios indican que al graduarse como subteniente ingresó al 9.º batallón de Infantería en vísperas de la guerra con España. Terminado este conflicto en que no participó el Ejército, fue transferido a un regimiento de artillería, y con este cuerpo intervino en la entonces eterna guerra de Arauco. En un combate singular, el joven de contextura frágil dio muerte a un fornido mocetón mapuche.

En 1873 el teniente Dardignac se hallaba sirviendo en un cuartel de artillería de Valparaíso. Cierta noche que se dirigía a casa de su novia, en los cerros, resbaló y cayó en el barro ensuciándose la guerrera. Con intención de limpiarse entró a un bar pidiendo agua y una toalla. El tabernero italiano se las negó con grosería, y en el agrio cambio de palabras que sobrevino detonó la dinamita del carácter del oficial, quien arrojó un objeto del mesón a la cara del egoísta. Dos guardianes que presenciaban el altercado se interpusieron; a los gritos llegaron otros, y la batahola que se siguió hizo acudir desde el cercano cuartel de artillería al capitán Guillermo Nieto con un grupo de soldados. No se supo quién disparó la primera bala; lo cierto es que en el tiroteo desatado cayó muerto un policía y resultaron heridos Nieto y Dardignac.

En el proceso seguido por la justicia castrense fueron estos dos oficiales sentenciados a muerte. Desde su calabozo el reo Dardignac ofreció a su prometida Elvira Castro, de dieciséis años, liberarla del compromiso matrimonial. Ella rehusó, y la triste boda tuvo lugar en los Doce Apóstoles bajo la vigilancia de fuerza armada. Si alguna esperanza quedaba a los recién casados, debieron abandonarla cuando la Corte Marcial confirmó la sentencia. Sólo al empeño de un poderoso logró a última hora que ésta fuera conmutada por un año de cárcel, expulsión del Ejército y seis meses de destierro.

Mientras el preso cumplía la condena en la Penitenciaría, su mujer dio a luz una niña. A raíz de la visita de Elvira al penal, para hacerle conocer a su hija, el duro Dardignac desahogó su emoción escribiendo en su libreta:

«Mi dulce hijita, sólo hoy, doce días después de tu nacimiento, he tenido la indescriptible dicha de verte, de besarte y prodigarte las caricias que tanto he anhelado».



Vencido el plazo detrás de las rejas, partió vía Magallanes para su exilio en Argentina. Como iba solo, a buscarse la vida, dejó una carta dirigida a Elvirita, que la joven madre debía leerle en la cuna:

«Se ha cumplido en ti lo que en mí he conocido: la ausencia de un padre cuando contaba de existencia sólo tres meses».



Llegó a Buenos Aires en lo mejor de una guerra civil, y aprovechó la ocasión providencial para enrolarse en no importaba cuál de los bandos. Cumpliendo su primera misión, la de conducir un mensaje al campamento del general Mitre, fue hecho prisionero por patrullas enemigas; y bajo la amenaza de ser fusilado tuvo que volverse contra sus parciales. Como a fin de cuentas le daba lo mismo, entregó su lealtad a sus captores; y tan bien se condujo en la batalla de La Verde que fue enviado a presencia del presidente Avellaneda como portador del parte oficial en donde su propio desempeño era recomendado. Pudo entonces asimilarse al ejército argentino, y a poco fue ascendido a teniente primero de artillería, equivalente a capitán en el arma chilena. Con este grado se encontraba sirviendo en Belgrano, adonde había ido a reunírsele su familia, cuando las querellas limítrofes de ambos países hicieron la vida imposible al militar desterrado. Estando ya la pena cumplida, regresó a la patria, de nuevo en condición de indigente y a buscar en qué ganarse el pan, y ahora con su mujer esperando otra criatura.

Dos años vivieron en Valparaíso capeando los embates de la miseria, hasta el día en que él obtuvo el puesto de ayudante de policía de San Felipe... ¡Cómo sería su necesidad, que no acababa de dar las gracias a su benefactor el intendente Guillermo Blest Gana! Contaba entonces treinta años y su retrato por Luis F. Rojas muestra a un joven moreno y de pelo negro, con perfil aguileño y bigote puntiagudo, de expresión inteligente y decidida. Desempeñaba ese obscuro cargo policial cuando se declaró la guerra contra Bolivia y Perú. Inmediatamente ofreció sus servicios como instructor gratuito de las compañías destinadas a reforzar el regimiento Lautaro. Este gesto le valió el perdón de la jefatura del Ejército y fue reincorporado como oficial de carrera en junio de 1879. Sin hacer caso de su mala salud (sufría de una afección renal), se despidió de su esposa y de sus hijitas y partió «lleno de gozo» a unirse a las fuerzas concentradas en Antofagasta. Llevaba al cinto una hermosa espada japonesa que le habían obsequiado sus amigos aconcagüinos.

Su retiro forzoso le había dejado rezagado en el escalafón, y esta desventaja no hacía más que acicatear su ardor guerrero y su anhelo de acreditarse con algún hecho resonante. A poco de tenerlo bajo su mando, el general Arteaga se quedó admirado al ver que dominaba la ciencia de las tres armas, caso raro, si no único; y esto le indujo a concederle el grado de capitán efectivo y a retenerle consigo como ayudante del Estado Mayor. Del muchacho disipado y violento no quedaba nada: los golpes de la adversidad habían hecho de él un hombre sereno y sólidamente asentado en la fe. En una de las cien cartas suyas que recopiló Vicuña Mackenna le cuenta a su esposa que no sale a divertirse, que vive esperando sus noticias, que el domingo oye las dos misas de campaña y sólo piensa en volver pronto «a ese hogar querido donde he dejado lo más preciado de mi vida».

Tuvo en Antofagasta un sueño de asombroso realismo: se veía herido de muerte en la batalla final mientras que a través del humo divisaba en lontananza las torres de Lima. Sin embargo, en víspera de embarcarse para Pisagua escribió a Elvira: «No temas por mí», añadiendo que si Dios quería preservarle la vida «ni una granada de trescientas libras que estalle sobre mi cabeza me daría la muerte». Y en esa carta como escrita para la posteridad, estampó esta frase reveladora de cómo entendía la dignidad y privilegio de llevar el uniforme militar:

«Haré por la Patria cuanto más pueda, tal como si en mi presencia te ofendieran a ti y me pidieras castigar al ofensor».



Con hombres así se ganó la guerra de mayores proporciones librada en América del Sur, la guerra que costó al país vencedor diez mil vidas peleando con todo en contra: hostilidad extranjera, clima aplastante y topografía casi insuperable. Hay que detenerse a pensar que en el desembarco en la caleta de Ite se trabajó una semana en echar los cañones a tierra, subiéndolos con pesadas roldanas colocadas en lo alto de un acantilado y cuyos cables eran tirados desde la playa por batallones enteros. Luego, en las marchas por los arenales, cada pieza de artillería tenía que ser arrastrada hasta por dieciséis caballos. Bajo el sol abrasador los soldados caminaban jornadas completas con el agua racionada, a veces sin ella, respirando polvillo salitroso y destilando sudor como esponjas vivientes, los pies sangrantes y llevando a la espalda la mochila abrumadora. Difícil precisar cuántos sucumbieron de sed, insolación o locura. Vencidos por la fatiga, los menos resistentes botaban por el camino la muda de ropa y las mantas; pero del calor infernal pasaban al frío cruel de la noche, y entonces tenían que dormir enterrados en la arena. Y en tales condiciones, exhaustos, sedientos, cojos y atacados de diarrea, solían entrar en batalla sin descanso previo.

A raíz del desembarco en Pisagua primera operación anfibia en el mundo tocó a Ramón Dardignac pelear en el médano de Germanía y luego en el pajonal de Sama. Lo que su espada de samurai llevó a cabo en estos combates le valió dos de las once cintas de distinción que prendería en su pecho; y es de fama que nadie en esa contienda obtuvo tantas.

Convertido en ayudante de campo del general Baquedano, fue el encargado de reconocer al enemigo en los inicios de la batalla de Tacna, penetrando tres veces bajo el fuego de las vanguardias bolivianas. Escribió después que había hecho «bien poca cosa», porque soportando los agudos dolores de sus riñones enfermos, tuvo que permanecer inmóvil junto al General en Jefe durante el encuentro de ocho horas en que el ejército chileno se batió sin agua y con los cañones atascados en la arena. Cuanto pudo hacer el ayudante de campo, después de la victoria, fue tratar de impedir la repasada de los enemigos heridos; bárbaro desahogo que la soldadesca enfurecida consumó antes de que él interviniera.

En el asalto del Morro de Arica, ejecutado por dos regimientos que se mandaron solos para no compartir con otros la loca hazaña, el casi inválido Dardignac contribuyó con lo que pudo, cortando la retirada de los fugitivos a la cabeza de cincuenta carabineros de Yungay.

En carta a Elvira había dicho: «Las presillas de sargento mayor yo las sabré conquistar». Y las conquistó después de Arica por su resolución de seguir en servicio cuando debía estar en el hospital.

Y obtuvo más. Al preparar Baquedano la embestida final contra Lima, con veintisiete mil hombres, el mayor Dardignac fue promovido a segundo jefe del batallón Caupolicán. A los treinta y un años había rehecho su carrera, alcanzando y hasta aventajando a oficiales de su antigüedad que le dejaron atrás a consecuencia de su expulsión.

Entonces el valiente escribió:

«En la última jornada quiero que todo el Ejército vea cómo se bate Dardignac adelante de sus soldados».



Y en la postrera carta a la esposa, escrita horas antes de ponerse en marcha, habla de «la aspiración innata del soldado chileno de buscar el peligro en vez de rehuirlo...».

Lo que sucedió a partir de entonces lo supo Elvira Castro a través de los telegramas de los diarios y por los partes oficiales del Comando en Jefe.

Tocó al batallón Caupolicán atacar la última trinchera invicta en la batalla decisiva de Miraflores. Era una posición armada de cañones y fuertemente protegida por fusileros. Para llegar hasta ella debían recorrer un kilómetro bajo el fuego de balas y granadas del fuerte. Extenuado por el dolor de su enfermedad, Dardignac se apeó del caballo y luego de arengar a su tropa caminó junto al comandante Canto, su jefe inmediato, a través de los potreros sembrados de alfalfa y plantíos de camotes. Tardaron dos horas en saltar, rodear o perforar las tapias, fosos, puertas, alambradas y tranqueras que obstaculizaban el paso. Las minas explosivas causaban espantosa mortandad. Una bala como de advertencia rompió una manga de la guerrera del segundo jefe, sin herirle. Estaba ya a veinte metros de la fortificación, encabezando a un puñado de sobrevivientes, cuando al dar la orden de rodear la trinchera fue alcanzado por el disparo de un fugitivo. Rodó por tierra con la pierna derecha destrozada. Gritó:

-¡Me han herido! ¡Adelante!...

Mientras que a través del humo divisaba en lontananza las torres de Lima, tal como lo viera en sueños...

Conducido al hospital de sangre de Chorrillos, el héroe fue dado de baja con diagnóstico grave, e inmediatamente embarcado en el transporte Itata con destino a Valparaíso.

El lento viaje dio tiempo a que la gangrena hiciera presa en su organismo. Le fue amputada la pierna en el hospital de la Providencia y sobrevivió ocho días en medio de horribles padecimientos. Su cuerpo deshecho por la fiebre apenas abultaba debajo de la sábana. En su libreta de notas encontró la viuda lo que escribiera cinco años atrás en prisión:

«Mi dulce hijita, sólo hoy, doce días después de tu nacimiento, he tenido la indescriptible dicha de verte...».






ArribaAbajoTodo un militar: Don Pedro Lagos

Como en la Francia de Napoleón, en Chile un marinero o un soldado pueden llegar a convertirse en oficiales, si son capaces, y alcanzar altos grados del escalafón. Esta puerta abierta es antigua: el general Lagos, héroe de la Guerra del 79, probaba con su hoja de servicios que había empezado desde cabo. Podría objetarse que es un caso raro y que este hombre nació dotado de todas las virtudes requeridas para distinguirse en la milicia; pero queda en pie que es posible en nuestro ejército ascender desde la base a la cumbre, sin necesidad de liquidar a la oficialidad, como en ciertas revoluciones modernas, sino por la sola fuerza del mérito.

Hijo de un pequeño agricultor que cosechó quince hijos en dos matrimonios, el joven Pedro Lagos Marchant no tuvo recursos para ingresar a la Academia Militar. Había nacido en la subdelegación de Nebuco, cerca de Chillán, y fue traído a Santiago por un hermano sacerdote que obtuvo del general Aldunate su matrícula en la Escuela de Cabos. Tres años después egresaba con calificación óptima, y a la vuelta de otro año ya había dado el salto a teniente. Con todo lo que estudiaba, la mitad de su ciencia iba a adquirirla en la escuela práctica de los combates, porque le tocó expedirse en una época en que Chile olía a pólvora. Desde 1811 has 1891 este país tuvo cuatro guerras internacionales y otras tantas guerra civiles, sin contar la guerra permanente de Arauco. A partir de entonces los chilenos dialogan; y la diferencia entre ambos métodos radica en que disparando balas ganamos la independencia y conquistamos las salitreras, y disparando palabras perdimos la Patagonia. Un hado infalible favorece a este pueblo cuando se juega su destino con resolución viril, aún en empresas fantásticas y locas; misterio que O'Higgins y Portales descubrieron con su instinto poderoso y nos legaron como enseñanza y mandato. Y don Pedro Lagos había nacido en 1832, en plena hazaña portaliana, y su cuna chillaneja era casi vecina de la del Padre de la Patria...

Tenía la estatura de un Hércules, y con todo el blanco que presentaba, la metralla que rodeó su vida no lo tocó, pasándole por encima y por los lados como a un invulnerable combatiente de sueño. Quizá él mismo no sabía al final en cuántas refriegas épicas anduvo metido. Se bautizó a fuego en el sitio de la Serena, en la contienda intestina de 1851, cuando aún no cumplía los veinte años. A los veintidós ya era capitán y servía en el batallón 4º de línea destacado en la Frontera, que llegó a mandar como jefe. Por segunda vez salió en defensa de la Constitución con motivo de la lucha civil de 1859. Su extraordinaria eficiencia le hizo alcanzar el grado de teniente coronel a una edad en que casi nadie llega a esa altura. Intempestivamente abandonó el servicio activo, molesto por el clima de intrigas y sospechas políticas que envolvía a los militares, y se instaló en Nebuco a trabajar la heredad familiar.

Parecía alejado para siempre de las filas, cuando resonó el clarín de la guerra del Pacífico. De manera espontanea acudió a ofrecer su experiencia y recibió la misión de organizar un regimiento con la recluta de los suburbios de la capital. El conflicto había sorprendido a Chile sin resolver la pacificación de la Araucanía y con la Escuela Militar y la Fábrica de Cartuchos cerradas desde tres años atrás, y contaba con 2.400 soldados entrenados cuando Perú y Bolivia reunían 10.000. A la escasez de armamento se sumaba la peor de las angustias: la crisis económica, ese factor que por sí solo puede dejar a un país militarmente indefenso. Nada más que un prodigio a lo Portales podía hacer frente a los gastos gigantescos del rearme y la movilización masiva. Los contemporáneos lo creyeron imposible, pero el presidente Pinto y el ministro Augusto Matte supieron cómo hacerlo, llegando a armar a cuarenta mil hombres y a financiar la guerra sin crear un impuesto ni recurrir a empréstitos exteriores.

Del flamante regimiento Santiago, formado por Lagos, dijo Vicuña Mackenna que era «el más formidable cuerpo de línea de nueva creación que ha paseado su bandera por los médanos y las montañas del Perú». Su incomparable disciplina le valió al organizador y comandante la promoción a coronel y el nombramiento de jefe del Estado Mayor. Pero el choque de su arrogancia con la intransigencia del general Escala produjo el cortocircuito que dejó a éste separado del mando y al coronel Lagos dimitido y de vuelta en Chillán.

Por segunda vez parecía malograda la carrera del mejor dotado oficial del Ejército, cuando un telegrama de Baquedano lo hizo retornar al frente para dar por fin la medida cabal de su capacidad.

Tuvo que contentarse ahora con el puesto de subalterno de primer ayudante del General en Jefe. Poca cosa para él, ¿pero no conquistó Prat la más alta gloria utilizando un buque inservible? Todo depende de uno, y esto fue lo que Lagos se propuso confirmar. De entrada, probó que era infatigable. Llegó a decirse que dormía sobre el caballo. Después de reconocer al enemigo en las cercanías de Tacna, se dirigió al campamento de Yaras, donde acababa de fallecer el Ministro Sotomayor; de allí partió escoltando sus restos hasta la caleta de Ite; y desde ese punto cruzó otra vez a la cabeza de un regimiento de cazadores completando en tres días y noches un recorrido de seiscientos kilómetros por el desierto, para llegar a Tacna horas antes de romperse el fuego y casi sin haber pegado los ojos. Cuando lo creían exhausto y durmiendo a pierna suelta, entró en batalla ejecutando la proeza famosa de sacar un cañón atascado en el arenal, el que ató con un lazo hecho firme a la cincha de su silla para arrastrarlo hasta una loma. Pero en Tacna exhibió algo más que su vigor titánico: demostró que era capaz de trocar en victoria una derrota casi consumada. Habiendo llegado una vanguardia chilena a media cuadra de las posiciones Perú-bolivianas, se agotaron sus municiones y quedó la infantería inerme bajo el fuego graneado de las trincheras, mientras los carros portadores de proyectiles permanecían pegados en la arena. Cuando se ordenó transportar los cajones a lomo de mula, descubrieron que sus tapas estaban atornilladas, y entretanto la vanguardia acribillada retrocedía en desorden, las granadas de la artillería caían en suelo blando sin estallar y el comandante Yávar, sublevado contra el civil Vergara, se negaba a atacar con sus jinetes sin orden directa del general. En esos momentos de total confusión fue cuando Lagos intervino como brazo derecho de Baquedano para conjurar el pánico y rehacer la batalla. Su primer acierto consistió en lanzar toda la caballería al ataque: pululante turbonada de sablazos que dio tiempo a reaprovisionar a la infantería vaciando las cartucheras de los caídos y haciendo saltar a culatazos las tapas de los cajones de municiones. Reorganizados en cuadros de resistencia, los batallones lograron contener a bala y bayoneta el avance aliado, mientras que Lagos, tomando en persona el mando de una División, caía como un torrente sobre el centro y la izquierda del enemigo. Esta embestida desesperada hizo subir al veinte por ciento las bajas chilenas, y el batallón Atacama perdió la mitad de sus hombres; tal fue el costo de tomar Tacna y de eliminar a Bolivia de la guerra.

Así ganó don Pedro Lagos el derecho a dirigir días después el asalto del Morro de Arica. Este diamante de la historia militar fue obra exclusiva de su genio original, mezcla feliz de astucia y audacia, y lo que hizo de él la figura legendaria del Ejército. Para atacar esa fortaleza natural defendida por siete bastiones equipados con diecisiete cañones, tres kilómetros de parapetos, minas explosivas y dos mil soldados, el coronel Lagos disponía de tres regimientos de infantería municionados con sólo ciento cincuenta tiros por hombre, suficientes para combatir noventa minutos. Algo parecido a un suicidio o a un acto de locura, porque el Morro a simple vista era inexpugnable y los observadores neutrales calculaban que con fuerzas abrumadoras podría tal vez tomársele en una o dos semanas... Para desconcertar a Bolognesi acerca de por dónde atacaría, bombardeó la víspera los fuertes del norte y oriente, los que de inmediato el peruano mandó reforzar a expensas de los que su contrincante quería tomarse. Viendo que ni el Buin ni el 3.º de línea aceptaban quedarse en la reserva, don Pedro zanjó la cuestión como sólo a él podía ocurrírsele: ¡al cara o sello! Ganó el 3.º, y al alba despachó a este cuerpo a atacar el fuerte Ciudadela, mientras el 4.º de línea marchaba contra el del Este. El desayuno tendrían que conseguírselo en la plazoleta del Morro, si eran capaces de llegar arriba; como aperitivo les habían dado la chupilca del diablo, hecha de aguardiente con pólvora... Para engañar de nuevo a Bolognesi, Lagos dejó encendidas las fogatas del vivac. La voladura del polvorín del Ciudadela delató el comienzo del combate cuando Bolognesi ya no tenía tiempo de trasladar refuerzos a la cima. Su suprema esperanza eran las minas explosivas de que estaban sembrados los senderos y laderas; pero la mortandad causada por ellas cegó de furor a los atacantes y convirtió la repechada en tarea de exterminio a la bayoneta. Tomados los fuertes auxiliares, los dos regimientos hicieron caso omiso de la orden de esperar al Buin para dar unidos el ataque final; siguieron de largo sin escuchar cornetas ni gritos, siguieron sin jefes, porque el comandante San Martín cayó herido de muerte y su reemplazante fue pasado a llevar. Era una horda de bárbaros que trepaban pisando la dinamita, vociferando, deshaciendo a cuchilladas los parapetos de arena ensacada y saltando por encima de las trincheras. Así se explica que casi nadie escapara vivo en la plazoleta, ni Bolognesi, que debió ser respetado, ni los heridos y rendidos; y se comprende que la bandera chilena haya aparecido en el mástil de la fortaleza a los cincuenta y cinco minutos de haberse asaltado los fuertes menores.

Arica explica a su vez el inmenso esfuerzo desplegado por el dictador Piérola para defender Lima. Treinta y dos mil hombres y doscientos cañones esperaron la embestida emplazados en Chorrillos y Miraflores, protegidos por parapetos de cinco metros de espesor, fosos de siete metros de ancho y tres de profundidad, llenos de agua, y los conocidos regueros de dinamita que explotaban al pisar sus detonadores ocultos bajo la arena. Todo ello a dos pasos de los recursos logísticos de la ciudad y con su fácil transporte por ferrocarril. Visitando estas colosales defensas, el almirante francés Du Petit Thouars opinó: «No hay ejército que pueda tomar esto». El resultado de Chorrillos probó que estaba en el error. Entre esa batalla y la de Miraflores, el coronel Lagos vigiló como un centinela. Dormía a la intemperie y al pie de su caballo, que para eso había sido cabo. Como todo lo preveía, mandó incendiar el vecino balneario elegante de Barranco para impedir que la soldadesca saqueara las cantinas y se embriagara como sucedió en Chorrillos. Aunque llano y bromista en el vivac, no toleraba en el servicio la más leve falta. A un oficial que llegó con pliegos de Baquedano y permaneció sin desmontarse, estando él a pie, le dijo que no lo conocía; y se lo repitió hasta que el subalterno comprendió y se apeó de la montura. Mandando la Tercera División, ya con rango de general, le tocó resistir con sólo cuatro mil hombres la inesperada ruptura del fuego, consecuencia del imprudente reconocimiento de Baquedano a tiro de honda del enemigo, y antes de saber si el Gobierno limeño aceptaba el armisticio propuesto por el Cuerpo Diplomático. Mientras las otras dos Divisiones se reponían de la sorpresa y acudían en su auxilio, la de Lagos se aguantó «como una muralla de cal y canto contra todo el Ejército peruano», al decir de Vicuña Mackenna. Una hora permaneció el gigante dirigiendo la acción a la sombra de una higuera cuyas hojas arrancadas por las balas le caían sobre el quepis y los hombros. Alguien preguntó después:

-¿Por qué ese árbol no fue un laurel?...

Su estoicismo aprendido en Arauco dio tiempo a que el resto de las tropas, e incluso la artillería de la escuadra, se unieran al estruendo grandioso que sacudía las ventanas de Lima y enrojeció de sangre el agua de acequias y fosos para abrochar la victoria.

Muy justo, pues, que el artífice de tres batallas, el virtual vencedor de la guerra, haya recibido la Jefatura del Ejército en los comienzos de la ocupación de la capital peruana.

Con todo lo que había dado de sí, al partir de vuelta a la patria tuvo que pedir dinero prestado para pagar unas deudas y traer algún regalo a su esposa y a su hijita...

La gloria y el asombro que producía su presencia no hicieron mella en su sencillez de campesino de Nebuco. Siendo Comandante General de Armas de Santiago le tocó asistir con su amigo Vicuña Mackenna a la inauguración de la nueva Recoleta Dominica. Al ver acercarse al sacristán con el cepillo de las limosnas, susurró al oído del escritor:

-Nosotros, compañero, damos lo que podemos. Usted habrá dado su tinta, yo voy a dar un poco de pólvora.

Y se oyó del lado de la calle una atronadora descarga de fusilería.




ArribaAbajoFusiles al hombro

«Voy al encuentro de las balas enemigas, ¿pero por qué pensar que alguna ellas puede alcanzarme a mí?»...



Así podemos interpretar el sentir de Arturo Benavides Santos, el estudiante de quince años que en los comienzos de la Guerra del Pacífico abandonó la Escuela Superior de Valparaíso para enrolarse como voluntario en el regimiento Lautaro. Cuando más tarde escribió sus recuerdos de combatiente, desde el título del libro expresó la genial despreocupación con que fue a jugarse la vida: Seis años de vacaciones. Para él no era otra cosa, que desde que ingresó al cuartel con un centenar de muchachitos que iban a cambiar el bolsón escolar por la mochila.

¡Qué emocionante el abrazo de la aventura! ¡Qué ejemplos de resolución y entusiasmo daba la juventud al llamado de los clarines! Un pariente suyo, Guillermo Gordon Valdés, dejo a su esposa en plena luna de miel para engrosar las filas espontáneas del Lautaro. Las damas de Quillota trabajaban día y noche confeccionando los escapularios de la Virgen del Carmen que luego obsequiarían al regimiento. Para que su experiencia fuese perfectamente romántica, Arturo Benavides flechó el corazón de una liceana de trece años «preciosa cual botón de rosas al comenzar a abrirse»; le declaró su amor paseando de uniforme por la plaza del pueblo, y al preguntarle si se acordaría de él en su ausencia, la niña contestó sin aliento:

-A toda hora, Arturo.

Quillota y enseguida Valparaíso, se volcaron a las calles para despedir a los guerreros que desfilaban bajo lluvias de flores y cantando la marcha Nos vamos al Perú. Seguía a la tropa un perro vago que se había aquerenciado en el cuartel y al que adoptaron como mascota del cuerpo. Acababa de ser capturado el Huáscar y reinaba en el puerto un loco júbilo patriótico. Mujeres disfrazadas de varones se introducían a bordo de los transportes. El soldado Benavides quedó apretujado entre sus compañeros en la toldilla del Toltén, vaporcito de ruedas característico de la confusión de buques de madera, blindados de último modelo, corbetas a vapor, veleros o pontones a remolque formaban los convoyes del 79. El hacinamiento humano era tal, en cubiertas, entrepuentes y bodegas, que en caso de incendio o naufragio en alta mar, ni la décima parte de los hombres podría ponerse en salvo. Haciendo de tripas corazón, el señor Benavides tartamudeó ante su hijo:

-Espero que cumplas siempre con tu deber..., aunque te cueste la vida.

La madre, con entereza estoica, entregó a Arturo un canasto con ropa, frutas y golosinas; luego se sentó a su lado en silencio, tomándole las manos y acariciándole los cabellos. Al despedirse, sin una lágrima, le dio este solo consejo:

-Tenle mucho miedo a las mujeres.

Los soldados de infantería cargaban un equipo de campaña cuyo peso era de veintiséis kilos. Llevaban un fusil Comblain y cien tiros en el cinturón-cartuchera. A la espalda portaban la manta y la frazada de dormir y un maletín cuyo contenido usual consistía en una muda de ropa interior, una servilleta, un peine, un cepillo, jabón, cigarrillos y fósforos. Del cuello sujeta con una correa, pendía la caramayola o cantimplora de aluminio para dos litros de agua, que por una de sus caras llevaba ajustado un plato y por debajo un vaso en forma de barquilla. Al quepis se agregaba un cubre-nuca de tela semejante al de la Legión Extranjera. Este equipo pesaba tres kilos más que el del Ejército inglés; quizá por eso, el paso de marcha era de 61 centímetros, contra 75 del de la infantería francesa. El rancho era tan abundante y variado como podría recomendarlo un dietista militar moderno. En el morral no podían faltar el charqui, las tortillas, las cebollas, la harina tostada y el ají como ración básica. El costo de alimentar cada hombre, comprendidas la carne, los porotos, las conservas, el café con aguardiente y las frutas, era de cincuenta centavos diarios. Los soldados recibían un sueldo de once pesos mensuales; los capitanes, 95, los generales 900; lo que no era poco en tiempos en que el peso tenía un valor equivalente a cinco francos franceses... (M. Le León: Recuerdos de una misión en el Ejército chileno).

Teniendo por litera un bote salvavidas trincado sobre la borda, Arturo Benavides navegó hasta Antofagasta en placentero viaje. Las tropas tenían su campo de adiestramiento en el desierto mortal, donde los únicos vestigios de vida son los moluscos petrificados y donde el agua potable se vendía entonces a igual precio que el vino. Allí el soldado raso ascendió a cabo, y llegaría a Iquique promovido a sargento; un sargento tostado por el sol y endurecido en las caminatas de leguas envuelto en nubes de polvo sofocante. Imposible resumir sus vacaciones, porque el Lautaro fue el regimiento de más nutrida campaña, como que alcanzó hasta el lago Titicaca, y se contó entre los últimos que volvieron a la patria. Se hace necesario escoger una etapa de sus correrías, y ésta será la de Tarapacá, que se redujo a marchas y a ejercicios, porque las experiencias que el narrador recogió son de tal valor que no ceden en interés al relato mismo de las batallas.

Rara vez la historia oficial se detiene a referir cómo vivía y se acomodaba el soldado chileno en ese medio desconocido. Para eso están los memoralistas, los actores y testigos presenciales, y entre éstos el más fino cazador de menudencias fue el niño-sargento (y luego subteniente) Arturo Benavides Santos. Por él sabemos que en sus primeras noches en la pampa del Tamarugal, a raíz del desembarco en Iquique, los regimientos de la División pernoctaron en rucas formadas por costras de caliche que amontonaban a guisa de adobes; y anota que dentro de esos ásperos y fríos reparos «todos se manifestaban contentos». En Pacocha el alojamiento fue de lujo, toda vez que se hicieron uso de las casitas de calamina de los pescadores y de algunas tiendas de campaña; pero aquél era el cuartel general de las moscas y zancudos. A tal punto abundaban que para comer tenían que ir separándolos de la comida con los cubiertos; y pese a todo «ni la tropa ni los oficiales murmuraban, y todos procuraban mantener el buen humor».

Bajo el mando del bizarro coronel Orozimbo Barbosa, los hombres del Lautaro afrontaban con paciencia los rigores del desierto, cuyo paisaje de estrella apagada «oprimía el ánimo e infundía pavor» y cuyo suelo arenoso «no se podía tocar: quemaba». En ese ambiente aplastante los soldados cumplían faenas de esclavos egipcios cuando la artillería se atascaba en las faldas de los cerros con sus caballos blancos metidos en el polvo hasta la panza. No había otra manera de mover los cañones que arrastrándolos a pulso entre cuadrilla de individuos, sobre senderos de sacos vacíos colocados a modo de rieles para que pudiesen rodar cuesta arriba.

Era durante esos forcejeos heroicos, o en las marchas con el equipo de veintiséis kilos sobre el cuerpo, cuando el tormento de la sed ponía a prueba la resistencia y la disciplina de la hueste. Para refrescar la boca reseca algunos se introducían una bala de fusil bajo la lengua; otros, al borde de la locura, se bebían su propia orina. Cuenta el autor:

«Yo intenté también hacerlo, agregándole un trozo de chancaca que pacientemente disolví; pero no pude beber, pues al intentarlo me dieron náuseas. Un soldado me la pidió, y como si hubiera sido cristalina y fresca agua, con ansias se la bebió».



Al final de la jornada el descanso consistía en dormir a cielo raso, tiritando, abrazados al rifle y a los recuerdos del hogar.

Estas penalidades, podemos presumirlo, han debido ser más crueles que las de los combates, donde el furor de la pelea ahoga cualquier otro sentimiento y donde al menos espejea la quimera de la gloria... Pero en lo más duro de aquellos padecimientos brillaban de pronto los gestos de generosidad y compañerismo, virtudes cristianas capaces de levantar la moral y rehacer las fuerzas de un guiñapo humano. Tal el caso del capitán José Miguel Vargas, que en la travesía de Ite a Yaras cedió su caballo, quedándose a pie, para transportar en él los fusiles y mochilas de unos soldados rendidos de fatiga. Viendo que Benavides no podía dar un paso más, este oficial le dijo:

-Te vamos a hacer una ramadita para que no te dé el sol y puedas dormir, y en cuanto lleguemos al valle te mandaré un caballo para que sigas la marcha.

«Con dos rifles y el mío -refiere el memoralista- hicieron un pabellón, le colocaron una frazada para hacer sombra, y con ternezas de madre me acomodaron en el improvisado refugio, y se alejaron».



Al encontrarse solo en la inmensidad de la pampa, el chiquillo de dieciséis años creyó morir de terror y lloró y rezó en alta voz por la salvación de su vida. Logró dormirse al fin «pensando en mi amada madre y en mi padre, hermanos y amigos»...

Al amanecer, despertado por el frío insoportable, divisó en lontananza dos jinetes que venían en su dirección. Temiendo fueran enemigos, cogió su arma y esperó con la bayoneta calada y la bala pasada... Cuando vio que eran compatriotas brincó de alegría y trató de caminar a su encuentro al reconocer a Barbosa y su asistente, a los que una casualidad les había hecho descubrirle. El coronel se apeó del caballo y le dio a beber unos sorbos de agua de su cantimplora; y observando su extremo estado de agotamiento le ayudó a montar al anca para llevárselo al campamento de Baquedano. En el trayecto pernoctaron a la intemperie y Barbosa compartió con él su frazada, su tortilla al rescoldo y los últimos tragos de agua. Con jefes como éste, ¿podría perderse esa guerra?

Al reanudar la marcha, la claridad del alba les dejó ver un reguero de fusiles abandonados en el páramo. Mientras el asistente colocaba una banderola para que pudiesen ser encontrados y recogidos, don Orozimbo exclamó en un arranque de varonil ternura:

-¡Pobrecitos! ¡Cómo sería la sed que tenían cuando botaron hasta los rifles!

Al llegar al campamento de Yaras supieron que dos de aquellos infelices se habían suicidado. Pero todas las penurias ajenas y propias las olvidó Benavides durmiendo a pierna suelta a la sombra de los árboles del oasis, retozando en los remansos del río Sama y hartándose en la mesa del capitán Vargas, que lo invitó a una merienda de cazuela de cerdo, carne asada, camotes y verduras. Viniera lo que viniera después, ésas eran las más dichosas vacaciones que podían concebirse. Sólo faltaba el tabaco, y por eso, cuando el coronel Castro apareció fumando cigarros puros, los hombres del 3.º de línea le escoltaban en sus paseos para disfrutar del aroma del habano y rifar después la colilla.

En las horas libres Yaras cobraba la animación de un campo de excursionistas, y a la vez de una feria, cuando los mercaderes que seguían al Ejército montaban su teatro de títeres o desplegaban sus mostradores portátiles repletos de baratijas, comestibles y juegos de azar. En vísperas de partir al asalto de Tacna, el general Baquedano y el ministro Sotomayor fomentaban las expansiones ingenuas de la tropa como un sedante de sus nervios. A orillas del río, los ordenanzas y las cantineras libraban batalla con la plaga de piojos que habían proliferado en las ropas, y batallones enteros se paseaban entretanto en paños menores o desnudos. Debajo de un algodonero, el capellán Eduardo Fabres confesaba de la mañana a la noche. Utilizando un tambor como escritorio el sargento Benavides se hacía dictar la correspondencia de los soldados analfabetos. Uno de ellos le mandaba a decir a su madre:

«Si en la batalla que vamos a tener a lo largo, sepa mamita que pa'usté será mi último pensamiento y que al dar la última boquiá tendré bien agarrao el capulario de la Virgen del Carme como me lo ha recomendado, pa de un salto treparme al cielo».



Otra carta fue dictada en estos términos:

«Juanita: Si muero le encargo que quiera y cuide a mi mamita; y si libro en cuanto llegue al sure me caso con usted como se lo ai prometío».



Sólo él, el escribiente Benavides, no tenía una prenda a quien escribir en vísperas de ir a enfrentar la metralla. La colegiala de Quillota «preciosa cual botón de rosa al comenzar a abrirse», había fallecido mientras su amado cruzaba el desierto recordándola.




ArribaAbajoLos que iban a la guerra

Nadie puede predecir el comportamiento de una sociedad enfrentada a un trance crucial de su historia. En 1878 Vicuña Mackenna se preguntaba con preocupación qué suerte esperaba a los chilenos, hundidos por entonces en una de las peores crisis económicas y morales de que había recuerdo en el país. Un año después, el acicate de un conflicto bélico imprevisto, que los pilló desarmados, produjo el milagro de resolución viril, patriotismo y coraje que llamamos la Guerra del Pacífico. Las virtudes cívicas de los tiempos de Portales y Bulnes estaban dormidas, pero intactas, y despertaron como a efecto de una campana tocando a rebato. El descubrimiento del Tratado secreto Perú-boliviano es el hecho que más poderosamente ha coexionado y enardecido a este pueblo de espíritu pacifista y nervios fríos. Nunca, hasta esa fecha, se había visto a los estudiantes abandonar el hogar para correr a los cuarteles. Muchedumbres de ciudadanos se enrolaron como voluntarios a medida que iba llegando el armamento. Un batallón desaparecido, el Carampangue, renació para acoger a la juventud santiaguina que dejaba el frac de los salones elegantes por el uniforme de guerrera azul y pantalón rojo. Un anciano coronel, don Tadeo Calderón, se alistó con sus cuatro hijos: Emilio, Juvenal, Arnaldo y Arturo; familia que no cupo en un solo y hubo de ser distribuida en el Santiago y el Cazadores. Cada provincia quiso tener el suyo propio, con su nombre inconfundible, para competir en ese torneo nacional de bravura. Discutiendo más tarde acerca de cuál había merecido las palmas del sacrificio, los sobrevivientes del batallón Atacama alegaban que en una sola batalla cayó la mitad de los suyos; y señalaban al carretonero Juan Portilla, alias el Aportillado, que en Dolores recibió cuatro heridas «mortales» y en Tacna perdió un ojo y la dentadura, salió con una mano destrozada y el cuerpo atravesado de parte a parte por una bala, ¡y seguía vivo!

Los historiadores dan una visión como deshumanizada de los hermosos horrores bélicos. Para penetrar en su emoción verdadera y en su colorido, esto es, para sentir la guerra, es menester recurrir a los testimonios de los combatientes que escribieron su crónica a la sombra de la tienda de campaña y apoyando el papel en una caja de municiones. El mejor libro de Vicuña Mackenna o Gonzalo Bulnes no tiene el sabor ni la autenticidad del rústico relato de Hipólito Gutiérrez, el campesino de Ñuble que se enroló con su compañero Sandoval en el batallón Chillán, del comandante Vargas Pinochet «para morir o vencer por nuestra bandera chilena». Su crónica de un Soldado de la Guerra del Pacífico lleva aparejado el aliño insubstituible del lenguaje y la ortografía populares; algo imposible de escribir por quien no fuera un peón de ojotas y que sintió los proyectiles casi afeitándole la barba.

Refiere Hipólito Gutiérrez que fue a la guerra por gusto, y textualmente dice que en la «máquina» (el tren) iban los de Chillán «cantando y bailando de contentos. Los parecía que íbamos a una fiesta». Eran hombres protegidos del miedo por una filosofía que el narrador expresa así:

-Nadien muere mientras no se le llegue la hora ni unque andemos dentre las balas.

Iban felices, dándose pisto en las estaciones y en los puertos, con buena comida y veinte centavos diarios para sus gastos personales.

Empezó la cosa a ponérseles fea al internarse por el desierto después del desembarco en la costa de Tarapacá:

«Tantísimos arenales que en vez de caminar para ailante, para atrás, para atrás».

«No los conocídamos unos con otros con las caras mortales llenas de tierra, el caliche que volaba por el sudor de la marcha».

«Ya yo no podida andar de los pies todos hechos pedazos de empollas y mi compañero Sandoval lo mismo pero iba mejor que yo».

«Estaba la arena como rescoldo, ya me boté a la larga (...) lo mismo que un bruto cargado, y el sol que me quemaba vivo. Vienen pasando un capitán y un subteniente y les oía una voz que dijeron:

-¿Qué estai haciendo ái hombre, al sol, que te puedes morir ái sin amparo nenguna?

-Mi capitán, ya no puedo más de los pies hechos pedazos.

-Levántate no más y vamos andando, que ya vamos a llegar ya.

Me levanté y seguí a más no poder, cuase sin vía y sin alientos».



Eso le sucedió en la marcha de casi setenta kilómetros de Pozo Almonte a Dibujo. Para ir desde allí hasta Dolores tuvieron que pasar por San Francisco, y «esos campos estaban muy fétidos de tantos cuerpos que habían de las batallas; estaban enterrados, pero estaba el campo muy fuerte».

Al llegar a Dolores iban quejándose de tercianas «sentaría y arrea» y recordando a los muertos abandonados por el camino. Para entretener el hambre en la caminata llevaban charqui y pan en el morral, que les pesaba como si llevasen una casa a la espalda. El tabaco no se merecía, muy escaso, que por un solo cigarro se daba veinte centavos; los muy tabaqueros tenían que pitar hojas de algodón; ¡qué gusto tendrían!

De Jaspampa a Pisagua viajaron en tren, lo que casi era peor que ir a pie:

-Salimos por unos cerros y quebradas que daba medio de tantas curvias para llá y para acá la linia que temídamos del que se desrilase la máquina, por ái no se merecían casas, unos peladeros eternos que no se merecían árboles ni pastos sinós que cerros, arenas y piedras no más...

Mientras el Chillán iba y venía por los páramos, en San Felipe se preparaba el Carampangue, que se llamó Esmeralda en honor al combate del 21 de mayo y que hoy conocemos como el Séptimo de Línea. Entre sus oficiales se contaban los jóvenes José María Pinto, hijo del Presidente de la República, Florencio Baeza, Eduardo Lecaros, Rafael Ovalle, Patricio Larraín Alcalde, Ignacio Carrera Pinto y el subteniente voluntario como los demás Alberto del Solar, a quien seguiremos como autor del Diario de Campaña. Muchacho de veinte años, educado en el mejor colegio de Valparaíso y futuro diplomático en París, Del Solar se había contagiado del delirante entusiasmo que suscito en Santiago la lectura del acta de declaración de guerra por un funcionario que recorría las calles seguido de una patrulla militar. En su precioso libro recuerda que los balcones de las casas lucían embanderados mientras que los pasajeros de coches y tranvías agitaban sus sombreros por las ventanillas y cambiaban gritos y ¡vivas! con la multitud arremolinada en las aceras y donde fraternizaban ponchos, levitas, chupallas y capotas de seda. El batallón de la juventud dorada llevaba por jefe al septuagenario coronel Amengual, que había perdido un brazo en la guerra de cuarenta años atrás. Bajo su duro mando, los niños bien supieron lo que era la disciplina de un ejército en campaña. La deserción se castigaba con la pena de muerte y las faltas menores con azotes. Al todavía bisoño Del Solar le tocó presenciar los cincuenta varillazos al son de cada administrador, a un soldado acusado de ebriedad:

«Los lastimeros quejidos del infeliz dejaban impasibles a cabos y sargentos, habituados ya a tal espectáculo, a la vez que hacían estremecer las más delicadas cuerdas de mis sentimientos compasivos».



Desde Antofagasta, adonde el Séptimo de Línea avanzó para completar su entrenamiento, divisaron un día sus oficiales, a través de los largavistas, al Huáscar y la Unión navegando hacia el norte perseguidos por la escuadra chilena. Horas después se oyeron los ecos de los cañonazos de Punta Angamos, el magistral combate en donde el Cochrane impactó al Huáscar en todos los puntos vitales, sin hundirlo, para apoderarse de él y despejar el mar a los transportes de tropas que invadirían el Perú. Cuando «un pueblo entero, una muchedumbre frenética se agolpaba en el muelle para recibir al bravo Latorre y sus compañeros de triunfo».

El batallón del manco Amengual se sentía frustrado hasta entonces por habérsele mantenido en la reserva. No participó en el asalto de Pisagua, y al desembarcar en Iquique encontró la ciudad desguarnecida y la ocupó con el aplauso de los comerciantes chinos y de las prostitutas chilenas. Una de estas «la linda, picaresca, vivaracha y provocativa Anita Buendía», de dieciocho años, llevaba ese apellido postizo por sus íntimas relaciones con el general en jefe peruano. Nunca se sabrá si ejerció el espionaje, pero es fama que en Lima atribuían las derrotas de Buendía a su desgaste físico y pérdida de tiempo en los brazos de esta vampiresa cuyo nombre verdadero se desconoce. Entre tanto «nuestro único anhelo era divisar por fin los uniformes enemigos», y la inacción ponía la disciplina en peligro pese al rigor de la jefatura y a la sólida autoridad de don Patricio Lynch en el gobierno de ocupación en Tarapacá. A causa de un conato de motín bajo pretexto de la mala comida, el soldado Francisco Canchú se ganó cien azotes y cincuenta de yapa por refunfuñar que ajustaría cuentas con el subteniente Futrecito.

Aun sabiendo lo que era el desierto, el día de la partida les pareció que salían de vacaciones. Pronto observaron que andaban y andaban y no les cundía «porque cada paso que se da sobre la arena profunda y movediza equivale sólo a medio paso sobre terreno firme, a causa de que el pie resbala hacia atrás». Ya lo había dicho Hipólito Gutiérrez:

-En vez de caminar para aislante, para atrás, para atrás...

Supieron también lo que era la sed, llevando en la caramayola para unos sorbos de agua calentada por el sol y que no se atrevían a beber por haberse agotado la reserva. Hubo infelices que cayeron de bruces en la búsqueda instintiva de una humedad inexistente; los hubo que enloquecieron y murieron... Así se comprende la desatada alegría que provocó el arribo al oasis de Locumba, donde de comandante a corneta se arrojaron al río de cabeza junto con los animales de carga para beber y mojarse entre rugidos de placer; luego vino la tarea de matar el hambre devorando como langostas los plátanos, chirimoyas, cocos, guayabas y racimos de uva de ese paraíso, mientras los caballos se revolcaban en la alfalfa entre salvajes relinchos de contento...

El otro oasis que buscaban, el de pólvora y sangre, les esperaba a las puertas de Tacna. Y recordando esta batalla de estreno, Del Solar quiso contar lo que se experimenta ante el primer cañonazo del enemigo:

«Al ver desprenderse el penacho de humo, apenas tuvimos tiempo de inclinar la cabeza, alzando los hombros con ese movimiento peculiar del que siente que algo se le viene encima. Antes de que se oyese el estampido, ya el proyectil pasaba silbando con ruido infernal por encima de nuestras filas y, describiendo una curva acentuada, iba a estallar en mil pedazos a cincuenta metros de distancia y haciendo un torbellino de cascos, fuego y humo, mezclados con el polvo de la arena».



Saludaron el bombazo con vivas a Chile y lanzando los quepis al aire, pero quedaron pálidos, y él sintió algo parecido al miedo... Así comenzó el homérico encuentro de nueve horas, que el gañán Gutiérrez describe cómo hablando:

«Tuvimos que correr como legua y media para llegar adonde las trincheras de los enemigos, ya íbamos cuase muertos de cansados caéndose algunos de cansados. Cuando ellos los vieron que ya nosotro íbamos de frente se pasiaban unos de a caballo por encima del alto allá y para acá, que el ejército de ellos no lo víamos porque está en el bajo de la loma... y han rompido el fuego y nosotros que vamos distante cuatro cuadras las balas los venían a caer todas a nosotros que los tapaban de balas, esta no es ponderación, y correr que era bueno para ailante sin tirar ningún tiro nosotros y los compañeros caendo ailante y al costado de nosotros... y correr por una cuesta por la derecha a rodiarlos íbamos nosotros y el Esmeralda, y llegamos al borde de un cerrito y hemos visto aquel campamento tan grande denemigos... y rompimos los fuegos... y los rodiamos... Y así seguimos peliando y las balas que les caían como cuando llueve granizo y los compañeros caendo a más y mejor... Era tanto el cerramiento de las balas que a mí me pasaban de entre las piernas, por los sentidos, pero nada de temor, me parecía que era una fiesta ora una travesura».



De tanto correr y animar a la tropa, el subteniente Del Solar cayó exhausto en una zanja. Recobró el conocimiento en los brazos de un soldado que le daba agua de su caramayola. Era Francisco Canchú, el amotinado que prometiera vengarse de él a raíz de los azotes que hizo darle en Iquique...

Tacna recibió a los vencedores con el señorío del que se traga su amargura. En los hospitales de sangre las damas socorrían por igual a peruanos y chilenos. Paseando por la plaza. Del Solar vio cuando el alegre Ignacio Carrera Pinto, apodado el Mocho, ofrecía una flor a una hermosa muchacha.

-Será robada, porque ustedes son unos ladrones -dijo ella.

A lo que él contestó:

-Si somos ladrones ¿cómo no nos hemos robado el oro de esas lindas trenzas...

Terminaron haciéndose amigos. Si hubo algo serio entre ambos, ¿cómo habrá recibido ella, más tarde, la noticia de lo ocurrido en La Concepción?

Describiendo la batalla final de Miraflores, coinciden los dos cronistas en referirse al misterioso arco iris que ambos vieron desplegarse entre la Tablada y los escombros humeantes de Chorrillos. Adecuado símbolo del fin de la tormenta... Pero es el ignaro peón chillanejo quien halló la frase feliz para abrochar su narración al evocar la salida de Lima en el viaje de regreso a la patria:

«¡Qué gozo, qué contento que los ibiamos para nuestro verde Chile y florecidos campos!».






ArribaAbajoA guerra a mano limpia

No sé quién, no sé cuándo, acuñó esta frase:

«En la guerra del 79 murieron todos los chilenos valientes y todos los peruanos cobardes».



Frase no muy exacta, pues nunca han sido cobardes los peruanos. Léanse los documentos oficiales contemporáneos, léanse las memorias de los combatientes Benavides, Del Solar, Gutiérrez y se verá que los soldados enemigos pelearon como leones. Perdieron por la ineptitud de sus gobernantes, por la irresponsabilidad de la clase dirigente y la corrupción de los jefes militares, que llevaban el uniforme para obtener privilegios, propiedades, mansiones y carruajes. Perdieron también porque la jefatura decadente optó por la estrategia cómoda, esperando al invasor detrás de sus parapetos, táctica funesta que Napoléon desahució con su aforismo: «La mejor defensa es el ataque», y San Martín confirmó con sus ordenanzas: «Defenderse atacando».

Don Gonzalo Bulnes, nuestro especializado historiador militar, propuso otra clave del desenlace de la contienda: «Lo que venció al Perú fue la superioridad de una Historia»: Juicio certero porque al Perú desmoralizado, anarquizado por los caudillos y saqueado desde dentro se opuso un Chile invicto y de rica tradición en empresas de aventura, un país con sus reservas morales intactas, con su aristocracia patriota y sobria, su pueblo orgulloso, sus colegiales que asediaban los cuarteles para alistarse, sus damas que entregaban las joyas al Gobierno, sus cantineras que peleaban como varones y sus militares formados en la escuela del sacrificio y la disciplina mandados por un Baquedano de vida intachable y modesta y heredero del coraje de O'Higgins.

Sabiéndose inferiores en número, en riqueza y armamentos ante el doble y preparado enemigo, los chilenos se dieron cuenta de que iban a la derrota si no ponían en juego la suma de sus recursos humanos. Nada estuvo más lejos de su ánimo que menospreciar la capacidad bélica del Perú y su aliado y el denuedo de su gente, que tenía motivos tan respetables como la nuestra para tomar las armas. De no existir la clara idea de lo difícil que era el enfrentamiento, no se explicaría el aporte espontáneo, unánime y electrizante de la ciudadanía en esos momentos cruciales. Por fabulosa coincidencia el presidente Pinto rompió relaciones con Bolivia el 12 de febrero, aniversario de la batalla de Chacabuco, y declaró la guerra a la Alianza el 5 de abril, efemérides de la batalla de Maipú; y no hay duda de que esas fechas de gloria contribuyeron con su magia a enardecer el espíritu combativo.

Como en una Cruzada, todos quisieron participar, y de hecho tomaron parte hasta los que no podían empuñar el fusil. La fortuna, la generosidad, el ingenio y la audacia formaron el ejército de apoyo, sin armas ni banderas, que en las grandes movilizaciones puede no sólo ser útil, pero hasta decisivo. ¿No lo fue doña Isidora de Cousiño al ceder los barcos de la Compañía de Lota y todo el carbón que necesitara la escuadra? ¿No lo fue Eusebio Lillo al hacerse nombrar secretario en el buque insignia, previendo el efecto psicológico que la presencia del autor de la Canción Nacional produciría entre los marinos? A guisa de sable, don Benjamín Vicuña Mackenna cogió su pluma y dio comienzo a la más colosal campaña de prensa de que haya recuerdo, publicando a diario para acicatear a los directores de la guerra, para celebrar las victorias de tierra y mar, para homenajear a los héroes y mártires, para trazar la biografía de cada figura sobresaliente, fuesen generales o cornetas, almirantes o grumetes; y junto al escritor combatía el orador hablando día a día en el Senado y hasta en los mítines patrióticos al pie de las estatuas; y esta actividad abrumadora todavía dejaba tiempo al investigador que reunía paquetes de documentos para escribir sobre la marcha la historia de la guerra en cinco mil páginas. Desde su Legación en París, el novelista Alberto Blest Gana cumplía la doble tarea de comprar cañones y fusiles, que despachaba eludiendo el control neutral, a la vez que vigilaba las adquisiciones navales del Perú detectando las maniobras de sus agentes en lugares tan distantes como el Havre, Tokio y Constantinopla. Este maravilloso servicio de inteligencia, en que le secundaban los funcionarios Morla, Lynch y Zañartu, permitió al Ministro de Chile desbaratar ante las Cancillerías la compra de los acorazados con que Grau habría podido destruir la escuadra chilena.

En esta División de guerreros desarmados cualquier hombre o mujer podía servir con el ejercicio de sus habilidades. La de Anita Buendía, prostituta de dieciocho años radicada en Iquique, consistió en ceñir entre sus lindos brazos al viejo y concupiscente general peruano de este apellido (que ella llevaba como apodo) para acabar en desgastarlo y hacerle descuidar sus deberes; y quién sabe si no ejerció también el espionaje.

Nunca se valorizará bastante el precioso concurso de los carreteros, burreros y baqueanos de la Pampa del Tamarugal, conocedores de las rutas del desierto, de sus oasis y depósitos de agua. La pericia de estos rústicos anónimos salvó de la muerte a batallones extraviados y enloquecidos por la sed, y los hubo que voluntariamente se asimilaron a las filas para acompañarlas hasta el fin de la campaña de Tarapacá.

En auxilio de un Ejército que carecía de adecuado servicio sanitario acudió la gente pudiente de Santiago abriendo hospitales de sangre que tampoco podía mantener el Estado. Uno entre muchos fue el que instaló la familia de don Domingo Matte en la calle Lira; otro, el de la calle Castro, cerca del Polvorín, que fundaron los filántropos Ramón Subercaseaux y Melchor Concha y Toro y cuya administración tomó a su cargo doña Luisa Vicuña Mackenna. Lo dotaron de cincuenta camas, farmacia y completo equipo de operaciones, y trabajaron en él, gratuitamente, los cirujanos Barros Borgoño, Valdivieso y Puelma Tupper. Los primeros heridos hospitalizados procedían del desembarco en Pisagua:

«A veces -cuenta Subercaseaux en sus Memorias- me tocaba pasar la mitad del día ayudando en las mesas de cirugía, sea teniendo el cloroformo, sea sujetando los cuerpos o miembros durante la amputación».



Esta magnífica obra humanitaria estuvo a punto de desaparecer cuando el vecino Polvorín voló remeciendo la ciudad y dejando el hospital con el techo hundido y las murallas agrietadas.

Si decenas de cirujanos entregaron su ciencia y su caridad en los pabellones de sangre, tres ingenieros partieron al frente con igual disposición altruista. Uno de ellos, Juan Agustín Cabrera, se encontraba en la bahía de Iquique tratando de conectar el cable submarino con los buques bloqueadores, cuando se produjo el combate del 21 de mayo y quedó atrapado a bordo de la Esmeralda. Sobrevivió para escribir su insuperable crónica de testigo y actor de la epopeya. Su colega Federico Stuven se había embarcado en la fragata Elvira Álvarez, al ancla en Antofagasta, para transformarla por propia iniciativa en maestranza militar flotante. Era hijo de un alemán de Hamburgo y una chilena de Quillota y había estudiado mecánica y fundición en Alemania e Inglaterra hasta graduarse como ingeniero de máquinas. El afán de dominar su especialidad de alto abajo le llevó a contratarse como conductor de locomotoras en las montañas de Tarz. De regreso en Valparaíso creó la «Fundición Stuven & Chambery», de donde salieron cañones de gran calibre en los días del conflicto con España. En el Perú montó ingenios azucareros y fábricas de algodón. Fue autor de una Guía del Ingeniero Mecánico y estableció en Buin una industria de papel de estraza. De este próspero negocio se deshizo al estallar la guerra y después de proponer al Ministro en campaña su genial idea de la maestranza ambulante. En la cala del viejo buque instaló los tornos y fraguas con que se reparaban o reconstruían las armas, vehículos y piezas de artillería, ahorrándose las largas demoras de su envío a Valparaíso y el costo y los riesgos de la doble travesía marítima.

Nombrado comandante de ingenieros militares, vistió uniforme y con su velero llevado a remolque siguió al convoy de la expedición a Pisagua. En la caleta de Junín proveyó de agua a las fuerzas de desembarco de Lynch, refaccionando los estanques y cañerías destruidos por los aliados. Pero la fama de que goza proviene de su desempeño como ingeniero de ferrocarriles. La fertilidad de sus recursos hizo posible que el coronel Arístides Martínez realizara sobre ruedas su incursión de reconocimiento a Moquegua. Con dos destartaladas locomotoras que encontró y reacondicionó en la estación de Pacocha un par de trenes que dieron cabida a los quinientos expedicionarios del regimiento Lautaro y sus dos cañones volantes. Después de cortar el telégrafo, partió Stuven conduciendo en persona la primera de las máquinas. Como en Moquegua lo menos que se esperaba eran tropas chilenas, y precisamente en víspera del Año Nuevo, el vecindario las tomó por peruanas e invadió los andenes arrebatado de alegría, disputándose las mujeres entre sí por abrazar a los soldados. Al descubrirse la verdad, las que no arrancaron despavoridas cayeron desmayadas, y al propio coronel Martínez tocó socorrer a una que se desvaneció en sus brazos. Vuelta la calma a los ánimos, el nuevo año fue celebrado con decoro, dando tiempo a que el coronel recogiese la información que había ido a buscar.

En el viaje de regreso, saboteadores intentaron dejar a los trenes sin agua, inutilizando los estanques y bombas de las estaciones; y en una curva al borde del precipicio la locomotora del ingeniero descarriló al encontrar los rieles removidos. Percances de esta índole eran los que él sabía resolver, y el Lautaro volvió a la costa sano y salvo con apenas unas horas de retardo.

Con la misma facilidad con que reparaba y utilizaba los ferrocarriles del enemigo, los descomponía para que éste no pudiera servirse de ellos. Así lo hizo en Pacocha al volver del interior, llevándose las piezas vitales de las máquinas y los frenos de los vagones. La próxima vez que armó un convoy fue para contribuir tal vez de manera decisiva al resultado de la guerra. El hecho ocurrió al entrar al puente de Maquegua a raíz del combate de Los Ángeles. Su ojo vigilante divisó desde lejos unos bultos sospechosos colocados en la armazón metálica del viaducto. Detuvo la máquina a tiempo para evitar una catástrofe de consecuencias incalculables. Eran trece cajones de dinamita que debían detonar automáticamente al paso del tren. Los desconectó y retiró por sus manos, con riesgo de la vida, salvando así la de los pasajeros, entre los que iban el Ministro Sotomayor, el comodoro Riveros y los generales Escala y Baquedano...

Esta intervención providencial de Stuven trae a la memoria al legendario Arturo Villarroel, que convirtió el manipuleo de explosivos en su virtuosa especialidad y pasó a la historia con el apodo de General Dinamita. Nacido a bordo de la goleta en que su padre transportaba madera de los aserraderos de Chiloé, desde la cuna parece marcado con el signo del trotamundos. Alternando sus estudios de ingeniería eléctrica con el afán de correr aventuras, Villarroel se buscó la vida en el Perú y acompañó al general Flores en su expedición a Ecuador, combatiendo con él en Guayaquil. Dedicado al comercio, viajó desde allí a Argentina, Brasil, Europa, China, México y California, donde experimentó el contagio de la fiebre del oro. Se repatrió a tiempo para encontrarse en el incendio de La Compañía y prestar socorro a las víctimas; y enseguida se contó entre los fundadores del Cuerpo de Bomberos, y en tal condición tomó parte en la lucha contra el fuego durante el bombardeo de Valparaíso por los españoles.

Su habilidad ingenieril le permitió como a Stuven obtener agua en el desierto, salvando de la sed a la División Lynch con los pozos que labró en la marcha de Lurín a Cañete. Pero esto es nada comparado con sus proezas de jefe de contraminadores del Ejército que fue el puesto con que lo hizo enrolar el ministro Vergara porque aquí combinó la eficiencia del técnico eximio con la imperturbabilidad de un alegre suicida. Tres noches consecutivas trabajó con sus auxiliares en retirar las dinamitas y minas automáticas de que estaban sembradas las laderas inferiores del Morro de Arica. Es casi imposible explicarse cómo no volaron todos mientras rastreaban en tinieblas esa red de pólvoras ocultas y calculadas para estallar al pisarlas. Y el día del asalto el impávido personaje iba delante de la tropa, sin más armas que sus herramientas de electricista, cortando alambres y desmontando detonadores y refiere Virgilio Figueroa «en lo más recio del fuego consiguió salvar así un buen número de vidas de una muerte espantosa».

En las vísperas de las batallas finales le confiaron la tarea de limpiar los faldeos de un cerro artillado como fortaleza, donde el infierno acechaba debajo de suelos «minados en tal forma que las bombas se sucedían a pocos centímetros una de otra». En espeluznante trabajo nocturno realizado bajo las barbas de los peruanos, Villarroel destruyó las mortíferas instalaciones hasta dejar el campo casi despejado a las fuerzas atacantes. Fue él quien hizo posible la victoria de San Juan; y si allí se detuvo su carrera es porque habría sido inverosímil que llegara ileso hasta Lima. Definido ya el resultado de la acción, se retiraba al campamento cuando un proyectil perdido pegó en una mina y la explosión consiguiente lanzó al general Dinamita por los aires como a un muñeco de trapo. Salió con vida, porque los explosivos no se hicieron para matarlo a él; pero sufrió tales fracturas y lesiones, al volar y aterrizar, que quedó inválido y fue dado de baja en las filas.

Un final parecido al de Stuven, inutilizado para siempre por la caída desde una locomotora en marcha.



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