Miguelí miraba el retrato que sonreía bajo el cristal del escritorio. Esos labios no iban a hablarle nunca. Pero estaban. ¿Adónde? ¿En la tierra, en el árbol, en el río que pasa y pasa llevando camalotes para echarlos al mar como coronas de muertes innumerables? Y si hablara, quién sabe qué diría de los matadores y las muertes, de glorias y de pecados, de la sofocación del nacimiento, de la rabia de los vivos que echan sombras al vacío. A lo mejor que era el fantasma por el que brotan cruces en las encrucijadas, el ojo de la estrella, el espejo del mundo, un pique en el pie izquierdo de un gigante barbudo. Cualquier cosa menos Miguel Domínguez Insaurralde, hijo y nieto de próceres, de fieros perdedores de todas las batallas, de molidos a palos como lo fuera él mismo, pelados por peluqueros que pasan máquinas por cima de chichones, de echados al montón como oveja trasquilada al patio de la comisaría, donde duerme la Libertad a pata suelta con el gorro frigio echado sobre los ojos. Por la tarde había venido Antonia a traerle una manta. Llorando de vergüenza le dio más coscorrones. Le dijo que allí se iba a quedar, —221→ convicto y preso, hasta que el propio Daniel viniera a llevárselo. La noche la pasó en el corredor, con borrachines y rateros disparates.
Pero, vaya donde se vaya uno se ha de topar con un Samudio. Eran tantos los hijos de taitá Gaspar. A la madrugada lo despertó uno de ellos, que se llamaba Kitó. Estaba de conscripto, en servicio de rancho. Miguelí no se acordaba de él, pero se cuidó de demostrarlo. Le preguntó de la familia. Todos bien, a Dios gracias. Taitá está tan viejo que se olvida de enfermarse. El gringo Stauffemberg ganó el pleito, pero va a cobrar si es brujo. Casiano se cortó el dedo gordo del pie con el hacha y fue así que le pillaron que le entraba a la mujer de don Toribio. A Casimira, estando preñada, la corneó una vaca. Y claro, parió un fenómeno: guampas pintadas en el traste inocente y tamaños ojos saltones. ¡Qué desgracia!
Para esto ya le había convidado y revirado el cocido con abundancia de galletas, duras como cantos rodados, que Kitó le enseñó a partir con precisos cucharazos. Quedose pues en la cocina. Para la siesta, fregando cacharros, ya habían entrado en confianza. Los conscriptos dormían por ahí tumbados, mezclados con los presos, o buscaban piojos entre las costuras. La guardia estaba adelante. En el fondo había otro patio, pelado, con arcos para jugar al fútbol y un galpón de cinc en una esquina. Desierto al sol, un centinela dormitaba a su sombra, guardando la puerta con bayoneta calada.
Miguelí se dio cuenta de que Kitó quería decirle algo. Por fin, tras santiguarse, le confió.
-Allá en el galpón hay un preso incomunicado. ¿Te animás a llevarle un jarro de cocido? Está prohibido darle ni agua, pero el centinela es mi socio, no se va a despertar.
Sin esperar respuesta le dio el jarro, cargole de galletas los bolsillos y encargó:
—222→-Que no te vean. Si nos llegan a pillar estamos listos.
A Miguelí volvieron a dolerle todos los moretones seguro de que le aguardaba otra tanda de palos. Pero se fue derecho, pasó junto al centinela, que tenía la visera sobre los ojos, empujó la puerta con el pie y se introdujo en el galpón.
El preso estaba recostado en un fardo de alfalfa. Apenas se lo distinguía mediante los rayitos de sol que entraban por los agujeros del cinc. Al acostumbrarse a la penumbra pudo verlo mejor. Tenía una pierna encogida, la otra estirada sobre el piso de tierra. El rostro tan desfigurado que le costó darse cuenta de que sólo le restaba la mitad del bigote. Pero Miguelí estaba apurado:
-¡Señor, señor!
El preso abrió los ojos, grandes, afiebrados, que se antojaban ciegos.
-¡Señor, señor, te traigo para tu cocido! -insistió Miguelí, atreviéndose a tocarlo por las ganas que tenía de disparar de allí. Quién sabe qué malevo sería este protegido de un Samudio.
Le salió una especie de estertor. Movió la boca con dificultad. Tardó bastante en articular las dos palabras:
-Hola, Miguelí...
Casi se le vuelca el jarro: era Sotelo. Ya había vuelto a cerrar los ojos. Al respirar le salía como un ronquido, como si al hacerlo le doliera. Olvidando el miedo, Miguelí le acercó a los labios el cocido. Pareció reanimarse; por algo Kitó había echado tanta azúcar. Pero al llegar a la mitad, sacudió la cabeza.
-Basta. No vale la pena.
Sudaba a chorros, como enfermo de chucho. Miguelí sentía ganas de llorar.
-¿Qué te pasó?
-Gajes del oficio. ¿Y a ti? ¿Guerrillas?
-No.
—223→Sotelo cerró los ojos. Pareció hacer un gran esfuerzo, y al abrirlos, habló con claridad, aunque gangoso, dolorido.
-¿Sabe Marcial que estás aquí?
-Sí, sabe.
-Entonces te hará soltar enseguida. Vas a hacerme una gauchada.
Despacito, con cuidado, estiró la pierna que tenía encogida. Miguelí vio con espanto que las plantas de los pies estaban horriblemente llagadas.
-Dile a Marcial...
Miguelí lo interrumpió:
-No puedo. Él me hizo apresar.
Sotelo no dijo nada. Dejó caer la cabeza como para darle un descanso. Quedó un rato como dormido.
-Parece que me rompieron una costilla -murmuró-, y casi todos los dientes...
Hablaba con un susurro que le salía de la garganta.
-No te quebrantes por mí. Ahora tendrán que llevarme al hospital. ¿Conoces al mayor Quinteros?
Miguelí estuvo a punto de decirle que lo había visto ha dos noches. Pero se contuvo. No hacía al caso.
-Sí, lo conozco.
-Hay que avisarle para que se asile. Están sobre la pista... y que esconda de vuelta los cigarros... ¿Cómo vas a hacer?
Miguelí quedó pensando.
-A lo mejor el ranchero se anima. Es un Samudio. Fue el que te mandó el cocido.
Sotelo levantó la cabeza.
-¿Samudio?... ¡Ah, sí, de tu valle!... Solía hablar con ellos. Gente bárbara.
Volvió a callar, para tomar resuello.
-No queda otra alternativa. ¿Tienes un lápiz?
-No.
-Tendrás que conseguirlo. Vas a escribir: «M. avisa que el locro se quemó. Saquen la olla del fuego»... ¿Vas a acordarte?
—224→-Seguro.
-Puedes agregar que en lo demás no se preocupen, que conservo mi honor.
-Voy a decirlo.
Entonces Sotelo lo miró de una manera que nunca se le olvidó. No lo miraba a él, lo traspasaba, iba muy lejos, como se mira a la pradera al salir de los montes.
-Que Dios te ayude, camarada.
Se le desplomó la cabeza como si se le hubiera soltado. Miguelí vio con horror que le manaba sangre por la boca. Oyó un golpe en el cinc. Derramó el resto del cocido en el fardo de alfalfa, metió el jarro en el bolsón de la campera, entreabrió la puerta, observó y salió corriendo.
Entraba a la cocina cuando pasó el cambio de guardia.
Kitó Samudio se pasaba la manga por los ojos.
-Lo trajeron anoche para esconderlo de su gente. Ésos de la Primera son sin entraña. No tienen projimidá.
-¿Vas a llevar el papelito?
Kitó hizo ruido al aspirar por las narices.
-No tengo franco, me toca rancho esta noche, ¿puede ser después de la retreta?
-No, mi valle, ha de ser enseguida.
Kitó era bajo, retacón; algo rechoncho, como cuadra a un ranchero. La cara redonda, de calabaza, ojos vivaces. El pelo negro, que le renacía de una rapada, le rebosaba los costados de la gorra que llevaba hacia la nuca, torcida para un costado. La casaca le quedaba como estrecha, inflada de una fuerza que le nacía de adentro.
-¡Lo que ha de pasar, que pase! -exclamó, pegándose la nalga-. ¡Dame si que el papelito!
Por consejo de Kitó, Miguelí se mantuvo lejos del rancho para no ligarla de rebote. Toda la tarde fue un ir y venir de oficiales al galpón del fondo. Hasta que pasó un señor de panza y traje que parecía doctor, —225→ ministro o algo por el estilo. Lo seguía el mismo caraí comisario, llevando en la mano una linterna.
-No tengo nada que ver, anoche me lo encajaron, órdenes son órdenes... -repetía sumiso, quejumbroso.
-Lo único que falta es que ahora se nos muera -alcanzó a oírle decir al personaje cuando estaba de vuelta-. ¡Es una calamidad! Hay que sacarlo enseguida.
-A éstos co les gusta luego hacer de mártir. Hasta muertos nos joden. ¡Qué compromiso! -se lamentaba el comisario.
En la formación se dio parte de que el cabo conscripto Cristino Samudio se había desertado.
Don Rosendo solía decir que una de las tantas flaquezas de los paraguayos es que no saben odiar. Pero, cada vez que Miguelí se recordaba de lo que pasó después, le entraba una rabia tan tremenda que se mordía los labios hasta hacerlos sangrar. Por eso prefería no acordarse, aunque estaba jurado en juramento que alguna vez alguno iba a pagar con sangre la sangre que se vertió. Por murmuraciones de la tropa se enteró que Sotelo se había muerto en camino al hospital. De nochecita, después de la formación, los números de guardia se sentaban con los presos y los vigilantes fuera de servicio a tocar la guitarra y a cantar. Hablaban del valle, del amor, de la Patria. Describían la primavera imitando los trinos, nombrando todas las flores. Contaban hazañas de hombres bravos; de amigos inseparables, leales hasta la muerte. Miguelí los escuchaba acurrucado en un rincón de la recova, llorando por su amigo muerto. La misma Antonia se había ablandado al verlo estallar en llanto. Le prometió hacerlo salir al día siguiente si le juraba no escaparse. Ella no sabía nada de lo que pasó a Sotelo. Miguelí no se lo dijo por temor a que su hermana perdiera los estribos. Si eso pasaba, de nuevo podían sonarle las costillas, y aquellos días preñados de lecciones tan amargas lo habían hecho cauteloso. —226→ Seguían cantando los soldados cuando llegó un oficial con el sable en la mano, mandando formación. Miguelí se encogió cuanto pudo, aguardando a ver qué hacía aquella gente feroz.
-¡Que lo traigan! -gritó el oficial.
Un conscripto rechoncho llegó repuntado a culatazos. Era Kitó Samudio. Esperó entre cuatro bayonetas. Poco después apareció el comisario ajustándose el cinturón. Se fue derecho, con el torso hacia adelante y el pescuezo estirado como si fuera a morder, hasta donde estaba Samudio en posición de firme y le aplicó un puñetazo en las narices. Siguió pegando hasta que el soldado se cayó. Lo levantó a patadas. Cuadrose Samudio, lo tumbaron; volviose a cuadrar, de nuevo rodó al suelo. Y así hasta que, acatando una orden, se sacó los pantalones y se tendió en el banco. Un soldado se le sentó sobre las piernas, otro lo sujetó de la cabeza.
-¡Sabléemelo hasta que cague! -ordenó el comisario, dirigiéndose al oficial.
Éste se recogió un poco la manga. Hizo vibrar el sable dos o tres veces. Lo sostuvo en la punta de los dedos, retrocedió como midiendo y descargó un golpe secó en las nalgas desnudas de Kitó que sonaron como escupida al fuego. Se encogió como resorte. Aguantó el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, hasta que al sexto, quizá tocado en un hueso, lanzó un berrido bestial. Miguelí se metió la cabeza entre las piernas, se tapó los oídos con toda la fuerza, tratando de escapar a aquellos alaridos que ahora se iban sucediendo acompasados, siguiendo a cada golpe, quemando el alma como marcas al rojo. Después de haber gritado así, sólo ha de restarle a un hombre echarse al monte, destrozar presas a mordiscos, aullar como los zorros, rugir como las fieras cuando amenaza la tormenta. Ahora Kitó lanzaba una especie de estertor continuo. Súbitamente endurecido, como si se le hubiera roto algo, Miguelí levantó la cabeza y se puso a mirar. El oficial seguía pegando calmosamente. Pasito —227→ para adelante, pasito para atrás. Se detuvo por fin, pidió un jarro de agua. Pasó el sable ensangrentado, se tiró el sudor de la frente usando el dedo, bebió a sorbos, fatigado. El comisario le dio fuego para encender un cigarrillo.
Soltaron a Kitó, que se quedó tendido, gimiendo como adormilado. Un soldado estaba revolviendo un balde con un palo de escoba, echando miradas traviesas al negro trasero en carne viva que brillaba redondo a la luz del farol. Tanteó el gusto mojando un dedo y llevándoselo a la boca, para luego derramárselo a Kitó, quien, dando un grito, saltó con las piernas al aire. Hasta el pobre Miguelí largó a reírse a su pesar.
-Llévenlo al calabozo.
Rompieron filas. Volvieron a templarse las guitarras, los cantores a cantar:
| Con vuestra venia, mi capitán, sólo un momento | |||
| la carabina por la guitarra ta cambiá mi. | |||
| Oíd, señores, estas canciones del campamento, | |||
| frente por frente a las trincheras Paraguarí. | |||
| Paraguay pe dejé mi madre, dejé mi novia, | |||
| tengo mi rancho en el mentado Loma Clavel, | |||
| y en estas tardes de junio triste mi amor me agobia, | |||
| porque a mi máuser como a mi novia quiero ser fiel. |
Dos soldaditos compartían un cigarrillo cerca de donde estaba Miguelí.
-No hay sableador como el subcomisario -decía uno de ellos-. Te hace recordar por su abuela maleta y apenitas nomás si te lastima para que te pique la salmuera y no se pasme.
—228→-¡Es de mi valle! -replicó el otro, con orgullo.
Al día siguiente, cuando lo vinieron a buscar, Miguelí estaba tan enfermo que tuvieron que llamar una ambulancia.
-Voy a hacerte injertar bajo la piel, sobre mi corazón, y saldremos por ahí descomponiendo bailes, cantando serenatas y escondiendo muchachas. Con la guitarra y el revólver y el poncho liberal, en parejero melado que sepa bailar polcas sobre un cuero, siempre derecho hasta la loma del mundo.
El retrato callaba, callaría siempre.
-Vas a ser mi abogada. Si no te arrancan de mi pecho nunca me podré morir.
Miguelí ya no era un niño, no esperaba respuestas de la sombra. Sin embargo las palabras tienen vida y dan vida a las cosas, les contagia su virtud. «O mo âh», como dicen los narradores de velorio, que saben hacer hablar a los animales, que conocen la historia de plantas y de pájaros: «En el principio está el Hombre, el yvypóra, el Santo enclenque que gira y gira buscando la mata de los tiempos; que sabe que ha de morir, pero que juega por el suelo su cuchillo porque no cree en la muerte».
Al abrir los ojos en el hospital, el padre Lutin le sonrió aliviado. Había pasado tiempo suficiente como para que pasara todo. Lo devolvieron a Loma Verá sin un reproche. Se encontró de nuevo con pantalones cortos, como si todo hubiera sido un largo sueño provocado por algún encantamiento contenido en la ropa que le pusiera doña Rosario. Volvió a portarse como chiquilín, contento de retozar a gusto, de ir recuperando fuerzas con la leche caliente recién ordeñada, el picadillo de carne y huevos fritos que le daban a las nueve y las ollas de dulce lamidas a discreción. —229→ Ni se habló de volverlo al cuarto de su hermano Daniel. Hasta la tía Zoraida se levantaba de noche a ver si estaba bien tapado. Hasta que pasó de moda y se discutió de nuevo el problema de su destino. Ahora pendía sobre él la amenaza de una tunda.
Se abrió la puerta y entró don Rosendo. Estaba ceñudo, acalorado.
-Pasame el mboreví -dijo, al sentarse.
Miguelí descolgó el terrible látigo de piel de tapir. Don Rosendo se puso de pie, lo miró a los ojos, para adentro, como buscando algo. Si era el miedo no le iba a dar el gusto de encontrar.
Los azotazos cayeron medidos, estudiados, por las nalgas, la espalda, las canillas, hiriendo en lo más sensible con la maestría de cabo de los palos en círculo. El dolor quemante, insufrible, endureció los músculos encaramados al grito. Hasta que de súbito cesaron y el dolor quedó latiendo.
-Ponlo en su lugar y vuelve aquí.
Miguelí hubiera preferido correr a campo afuera, buscar un lugar donde lamerse y aullar aquella angustia que le tapaba la garganta. Obedeció. Don Rosendo lo miraba con forzada admiración de viejo. Para él era el coraje la primera y esencial de las virtudes porque sin coraje no hay virtud capaz de sustentarse. Hubiera querido abrazar a su querido hijo Miguelí, pero su severa concepción del patriarcado se lo impedía.
-Sé por qué los has hecho, hijo -declamó-. Quisiste probar que tenías el corazón más grande que el bravo toro bayo. Pero, hay un terreno en el que no puedes comparar tu valor con el de un toro y fue allí donde fallaste. Al jugarte la vida en el potrero grande obraste como un insensato para luego dejar que el pobre animal se destrozara a golpes porque te faltó valor para reconocer la maldad inútil que habías cometido. Te he castigado por eso. Te he castigado duramente, como se castiga a un hombre, que —230→ ha de hacerse más duro que el quebracho para afrontar la vida en esta patria bárbara. Pero no te olvides que cada golpe que te daba me hería en el corazón.
Se pasó la mano por la frente y continuó.
-Te has portado muy mal últimamente. Nos has defraudado. Decidimos no decirte nada porque estabas enfermo y porque hay cosas de las que es mejor no hablar. Tú mismo habrás comprendido la vergüenza que pasamos. ¿Sabes lo que escribió el doctor Fernández? Te lo diré: «Nosotros podemos comprender. Estoy dispuesto a intentarlo. Pero Mercedes no quiere que vuelva a poner los pies en nuestra casa»... ¡Ah!, ¿lloras? Bien, eso está bien. Sufriste sin chistar el dolor físico, que no es cosa de broma, pero le aflojas al sentimiento... Pero ahora, cálmate. Olvidemos aquello. Hay actos de los que no somos dueños. Hablemos del toro bayo, que es lo que nos interesa. Acércate una silla y discutamos de hombre a hombre.
Miguelí obedeció.
-Hiciste daño sin necesidad. Me dirán algunos hipócritas que nunca es necesario hacer daño. Quizá eso sea verdad alguna vez, en un mundo vegetariano. Por ahora la violencia es muchas veces necesaria, inevitable, pero debemos redimirnos con el odio a la violencia. Ella me acompañó toda la vida. Anduve siempre con el fusil, el sable, el ganado o el látigo. Hoy me doy cuenta de que, por eso mismo, fue mi vida una continua renuncia a lo mejor de mí mismo, como fue la historia de mi patria.
-No lo haré más, papá.
-Bien, te creo. Pero eso de nada sirve al bayo ni a mí me devolverá la plata que me costó. Vamos a ver, ¿para qué quería yo al toro bayo? Era un animal sano, fuerte y hermoso. Hubiera tenido muchos hijos tan fuertes, tan hermosos como él y tú lo has matado. Destruiste una fuerza fecunda, una fuerza capaz de prolongarse. No solamente hiciste daño al toro. También me has hecho daño a mí, a Loma Verá, a la Patria. Te has hecho daño a ti mismo. Recuérdalo: —231→ debes respetar toda fuerza fecunda, toda fuerza capaz de prolongarse.
Hizo una pausa, atusándose los bigotes, meditabundo.
-Si grabas esta idea en tu cabecita no se habrá muerto en vano el toro bayo. Su fuerza se prolongará en tu espíritu y te ayudará a ser un hombre de bien. Hombre de bien es aquel que respeta la vida. No te olvides que a un hombre hay que medirlo por lo que es capaz de dar.
-Comprendo -continuó, hablando con lentitud para oírse a sí mismo- que te fuera difícil reconocer la maldad inútil que habías cometido. Para decir la verdad hay que obrar con rectitud. La verdad es un arma poderosa, pero el esgrimirla es privilegio de las causas justas.
No era la primera vez que don Rosendo decía eso. En Miguelí asomó una crispa taimada.
-Eres un héroe, papá. Tú siempre luchaste por las causas justas.
Don Rosendo sonrió halagado, pero algo ensombreció su frente y dijo con sinceridad.
-¡Quién sabe, Miguelí, quién sabe! No es fácil estar seguro de que la causa por la que se lucha es la más justa. Creo sí que en mi juventud luché por una causa justa, pero después renegué de la causa por la que había luchado, por la que habían muerto todos mis hermanos. Defendí a mi patria en la Guerra Grande, pero el invasor, avergonzado de su miserable victoria sobre un pueblo que se había elevado a mil leguas por encima de él, quiso envilecer a los que tuvimos el descaro de sobrevivir.
Levantó la cabeza y habló como evocando:
-Teníamos una pequeña patria encerrada en sí misma como una perla rara en el fondo del mar. La amábamos como a la vida, velábamos por ella, era nuestro orgullo, nuestra razón de ser. Pero vino la guerra como el ogro de los cuentos. ¡La guerra del setenta! Daniel dice que no vale la pena hablar de ella, que no es más que un pretexto para justificar —232→ nuestra miseria, nuestra incapacidad de construir. Pero ¿cómo no hablar de un acontecimiento que trasciende de las circunstancias ínfimas que le dieron origen y determinaron su desenlace pavoroso? Fue una pesadilla horrenda, y al despertar descubrimos que la perla ya no estaba. Y quedamos sin fuerzas, como panal sin reina.
Don Rosendo se había puesto de pie y recorría el salón a grandes zancadas destacando en la penumbra su silueta poderosa. Como siempre que hablaba de la Guerra Grande se apoderó de él una extremada agitación. A veces lo hacía con el orgullo victorioso de los soldado-lope-cué, esas reliquias entusiastas que describían batallas esgrimiendo sus muletas. Otras, como un hombre abatido que tratara de justificarse ante el implacable auditorio de las generaciones.
-Estuve en la batalla de Avay. Días antes, como sabes, en Ytororó habíamos llenado de cambaes la zanja del arroyo. Casi sin balas, con gran parte de la pólvora arruinada por la lluvia, los volvimos a pelear a campo abierto. A lanza y bayoneta destripamos otros diez mil cabrones que clamaban a la Virgen de la Concençäo. Cuando todo estuvo perdido formamos un cuadro y caímos allí cinco mil hombres. Hasta el último hombre... Pero antes hicimos rebotar como pelotas veinte cargas de la caballería riograndense... Cuando estaban llegando les salíamos al paso lanceando a los caballos y carpiendo con el sable pescuezos de los jinetes, mientras los de atrás, estorbados por sus muertos, recibían en la cara el fuego de nuestros rifleros que, en medio de aquel infierno, administraban sus tiros como cazadores concienzudos -don Rosendo soltó una carcajada-. ¡Y ya nomás salían disparando con la cola entre las piernas, corridos por nuestros escuadrones, para retornar, arreados por sus oficiales como novillada al brete!... No te vayas a pensar que fueran poca cosa los cambaes, ¡es que aquí se habían topado con sus padres! Nadie que no lo viera se puede figurar lo que fue aquello. Las ánimas de los muertos gemían en el viento. El clamor de —233→ los heridos era un uno y solo grito de la tierra espantada... ¡Anda!, tráeme un jarro de agua que te voy a contar lo que pasó después...
Miguelí voló hasta el cántaro y regresó a la carrera.
-Tuvieron que tumbarnos uno a uno y rematarnos en el suelo, porque los heridos se les encaramaban como tigres y los cosían a puñaladas. Nuestro coronel, con un sablazo que le había partido la cabeza, se abrió una calle para él solo. Vi niños toreando a una docena de negrazos, hacerlos recular y hachearlos por el lomo. Me sentí en el hospital, con dos heridas de bala y un lanzazo en el pulmón. Me dieron de comer y me curaron. «Paraguaisiño vravo, ¿cuánta sangre tei vose?», solía decirme el cirujano, un hombre bondadoso como suelen serlo casi todos los «rapais». Apenas pude andar me escapé para reincorporarme al ejército en retirada. Fui recibido por el Mariscal. Madame Lynch, con sus manos, me convidó una copa de coñac...
El viejo resoplaba de orgullo, con el jarro de lata levantado en un brindis.
-¡El Mariscal! -repitió Miguelí-. ¿Qué te dijo?
El viejo soltó una carcajada.
-¿Qué te crees? Me hizo algunas preguntas y mandó que me dieran de comer. Nada más, ¿por qué iba a tratarme como a un héroe? Sobrevivientes como yo llegaban por docenas todos los días. Así renació en las Cordilleras el ejército que el invasor creía aniquilado en Lomas Valentinas. Nada tan singular como ese ejército: ancianos, mujeres, mutilados, niños con barbas postizas que se batían como leones y que en Rubio Ñú contuvieron al Ejército Imperial...
Don Rosendo dejó el jarro sobre el escritorio.
-Años después, estando en Buenos Aires como embajador, un general argentino me preguntó por qué lo hicimos. Una pregunta difícil. La gran pregunta que se hace este pueblo desde hace setenta años: ¿Por qué? ¿Qué absurdo fanatismo nos llevó al holocausto? —234→ ¿Por qué no abandonamos la lucha cuando ya no era posible la victoria? ¡Cuántas páginas se llenaron tratando de explicarlo! No faltó quien dijera que el heroísmo paraguayo emanaba de la virtud de la mandioca. No, hijo, no. Es que también los pueblos se plantean a veces, en dimensiones colosales, el dilema de Hamlet, y en esa guerra conquistamos nuestro derecho a la vida. Desde entonces hasta la última placera del mercado siente el orgullo de ser hija de un pueblo inmortal que «supo caer sobre su escudo para quedar de pie sobre la historia». Por eso «Vencí penurias y fatigas»30, llegué a Cerro Corá, fui la fidelidad en el infortunio de mi patria... ¡Ah, lo que fueron esas marchas! Columnas enteras se arrastraban por el monte. Sí, literal, en cuatro patas, como las bestias. Pero cuando las alcanzaba el enemigo, ¡se levantaban los cadáveres a derramar los restos de su exprimida sangre hambrienta!
La voz retumbó en toda la casa. Don Rosendo abría los brazos para captar la emoción de un inmenso auditorio. En sus ademanes desmesurados había algo de teatral, de cómico, de trágico, de sobrehumano y de ridículo. Se escurrió con el índice el sudor de la frente y siguió ronco, jadeante.
-Nada de esto podía comprender el invasor. Cagatintas del ejército aliado nos pusieron en fila a los sobrevivientes para firmar un mensaje de gratitud al enemigo por habernos liberado de la tiranía de López... Centurión, Aveiro, Resquín, Caballero, Maís, ¡todos firmamos y fuimos consecuentes con nuestra cobardía! Es que ya no había una moral que nos sostuviera. El sólido y honrado hogar paraguayo había caído para siempre.
Se detuvo ante el retrato del Mariscal, y señalándolo con el índice, se volvió hacia la multitud que —235→ aguardaba en un hilo su juicio sobre el Gran Responsable.
-¡Él! ¡Él no firmó! -exclamó, bajando la mano-. ¡El Mariscal! Un déspota ilustrado que fue grande. Grande a pesar de su egoísmo y de su pequeñez porque su pueblo lo hizo grande...
Evocadas por la excitación de su cerebro volvieron nítidas las imágenes terribles de aquellas batallas pavorosas. Se vio otra vez en una carga bárbara sobre el puente de Ytororó, pisoteando a los heridos bajo la siesta tórrida. Volvió a sentir aquella resolución suicida, aquel odio salvaje.
-¡Ah! -rugió, levantando los puños como esgrimiendo una lanza-. Ellos aplastaron allí una fuerza formidable. ¡Ah cuando esa fuerza resucite!
Miguelí, sin saber por qué, rompió a reír. En los ojos del viejo llameó la locura.
-¡Nei, terejó! -gritó, descargando sobre la mesa un puñetazo-. ¡Fuera, perro bastardo!
Miguelí huyó espantado.
El cristal de la mesa se había roto. Asustado, trató de reparar lo irreparable. En eso vio el retrato de su hija muerta. La contempló largo rato, y después, apoyando la cabeza gris en sus manos sarmentosas, se sentó en una butaca y rompió a llorar.
—[236]→ —237→
—238→ —239→
Don Jorge sacó de un cajón la «Parabelum» y la ocultó lo mejor que pudo bajo el faldón de la casaca. Se encaminó a la caballeriza. Aleccionado por la experiencia, revisó personalmente la cincha y la pechera; la negligencia de los peones rebasaba todo límite. Dio una palmada a las ancas lustrosas de su padrillo alazán de pura sangre, capaz de dejar atrás a los mejores parejeros de la comarca, se aseguró la fusta en la muñeca y montó con agilidad. El traje verde y el casco de corcho realzaban su figura imponente. Se detuvo ante la escalinata donde Frau Cristina lo aguardaba recostada en un angelote de mármol.
-Si no regreso al anochecer -le dijo, tras despedirse- manda a buscar a la policía.
-Me parece una imprudencia -le advirtió la mujer.
-No lo creo. Lo he pensado muy bien. Esa gente cree poder intimidar a todo el mundo. Es preciso demostrarles que a mí no me asustan.
Frau Cristina sonrió con esa expresión engañosamente ingenua y embobada que tienen las gringas.
-Lo que tú digas está bien.
Don Jorge se alejó fortalecido por la confianza de su esposa. Aunque su determinación era fruto del cálculo, estaba indignado. El último cargamento de semillas que despachara en las carretas de los Samudio —240→ llegó a destino encogida en un tercio. Si un hombre tan astuto como don Gaspar se había atrevido a tanto era porque se creía seguro de su impunidad. No le faltaba olfato al miserable. Los militares estaban siendo desbordados por los demagogos que habían acabado por corromper a parte de la oficialidad, y el Gobierno buscaba ahora el apoyo de una parte de estas hordas primitivas atizando sus rivalidades para contener a la oposición. La idea, sin duda, no era mala, pero era necesario tomar medidas para no salir pagando platos rotos. Prueba del peligro era que don Gaspar había tardado muy poco en darse cuenta del partido que podía sacar de la anarquía que se avecinaba. El muy zorro era capaz de acabar cuatrereándole sus vacas.
Los Samudio vivían en una casa enorme, amorfa, que había ido creciendo con la familia. Una familia muy singular. La integraban hijos legítimos y naturales con sus respectivas esposas o concubinas; las hijas, con sus esposos o concubinos; las mujeres desdeñadas, alguno que otro idiota, músico, borrachín protegido, compadre en desgracia y presidiarios prófugos. En realidad, cualquiera podía llegar, quedarse cuanto quisiera, y, si se afincaba, con el tiempo olvidaba el apellido y pasaba a ser hijo de Taitá Samudio. Parte de las tierras que ocupaban sin más título de que no había demonio que se animara a echarlos, las reivindicaba don Jorge exhibiendo gordo expediente. «No puedo leer sin anteojos -había dicho don Gaspar, ante el juez, después de examinar los amarillentos papelotes uno por uno, con lentitud exasperante-, pero el que toque por mi seña ahí nomás tendrá su cruz».
¿Qué hacer con semejante bruto?
El pleito le costó a don Jorge un dineral. Contrató abogados, movió influencias, hizo destituir al comisario, que le tenía pavor a los Samudio, y hasta consiguió sentencia favorable en el momento justo en que un escuadrón de caballería llegaba a perseguir —241→ cuatreros. Don Gaspar se había apresurado entonces a reconocer su derrota y a comprometerse a pagar daños y costas. Pero don Jorge no vio un centavo. Nunca le decían que no. Cuando llegaba a la casona era recibido con hospitalidad digna de un jeque. Le regalaban dulces, queso fresco, y hasta una vez gallinas, que viajaron cacareando en ancas del padrillo. A von Stauffemberg ya le gruñía la sospecha de que se estaban burlando de él cuando le llegó la noticia del robo de las semillas.
Los Samudio se dedicaban a la cría de caballos y al transporte en carreta y alzaprima. Don Gaspar llevaba la contabilidad con montones de maíces, acaparaba las ganancias y las iba repartiendo conforme a la equidad o a su capricho. Don Jorge utilizaba sus servicios porque nadie que estimara su hacienda podía prescindir de ellos en pasando las praderas. Para vengarse de tan arbitrario monopolio, él, que tan escrupuloso era en sus cuentas, solía hacerle pequeñas trampas que el viejo parecía aceptar a sabiendas. Hasta que ahora, de repente, le confiscaba un tercio de la carga.
-Un mal signo, sin duda -pensó don Jorge, en voz alta, al tiempo que frenaba su montado en la tranquera de los Samudio-, debo poner las cosas en su lugar.
Don Gaspar lo esperaba, vestido con sus mejores galas, sentado bajo el alero, empuñando como cetro su bastón de guayabo. De los flecos del poncho «treinta listas» asomaba el calzoncillo bordado y las espuelas de plata maciza ceñidas a sus pequeños pies descalzos. Un sombrero de fieltro de alas anchas le enmarcaba el rostro aguileño dejando como en penumbras los ojos despiadados. Aunque saludó con cortesía y se interesó por la salud de «ña Frau» y de la «Frauleincita», no se dignó a descubrirse ni a tender la mano a don Jorge, quien, de pie, doblaba su estatura tratando de sacudirse el respeto que inspiraba aquel viejo espantapájaros. Finalmente acercaron otra silla y comenzó la conferencia.
—242→Probablemente, explicó don Gaspar, con mucha seriedad, después de escuchar las quejas de don Jorge, las termitas se habían comido desde adentro las bolsas de semilla. Son tantas las rarezas que suelen hacer los cupiís. Mire si no los tacurúes que levantan en el medio del campo sin que nadie sepa cómo. ¿O es que el señor don Jorge había sorprendido alguna vez a las termitas construyendo su nido?
Taitá Samudio hizo una larga pausa esperando la respuesta. Como no la obtuvo, inclinó la cabeza y continuó.
¿Acaso no se habían comido el cepo de la comisaría cuando apresaron a su hijito Pantaleón por un insignificante problema de marcas? El pobre niño, al sentir que se deshacía el yvyrá-cuá se marchó para su casa. ¿Quién intentó apresarlo de nuevo? ¡Nadie! ¡Dios nos guarde de esos bichos paridos por el diablo!
Don Jorge soltó una carcajada, pero, recordando a qué había venido, se contuvo bruscamente.
-Usted es responsable de la carga que falta -dijo, haciendo esfuerzos por moderar el tono-, tiene que pagar. Si no lo hace, me veré obligado a demandarlo.
Don Gaspar hizo un gesto de asentimiento.
-¿Por qué le he de pagar yo la cena a esos bichos?
Don Jorge se calló, desconcertado.
Al señor don Jorge, continuó taitá Samudio, no le iba a ganar un pobre viejo, quien, sin embargo, llegó a tan avanzada edad porque siempre fue prudente.
«Ya está -pensó don Jorge-, ahora me amenaza. Éste es el momento».
-Usted está acostumbrado a asustar a la gente, mi estimado don Gaspar, pero no se vaya a equivocar conmigo. No sabe con quién está hablando. Ni usted ni nadie pueden asustarme a mí.
Era como hablar a una piedra. Don Jorge se enardeció:
—243→-¿Cómo pretende engañarme con fábulas? ¿Cómo piensa hacerme tragar esa estupidez de las termitas?
En el rostro del viejo se iluminó una sonrisa contenida.
-Yo no quiero hacerle tragar nada a usted, señor don Jorge -protestó escandalizado-, quienes se tragaron sus semillas fueron los cupií.
-¡Usted es un cínico! -estalló el alemán, incorporándose con la mano en la pistola-. ¡Un jefe de cuatreros, un ladrón!
Don Gaspar se volvió, sin inmutarse, hacia una de sus hijas que pasaba por ahí.
-Haga té de naranja -ordenó-. El señor don Jorge tiene nervios.
-¡Jaque Sultán, lo mitá! ¡Jaque! -gritaba alguno y se hacía el desbande. Era una carrera corta, los chicos conocían la jurisdicción del perro.
Sultán era el encargado del equipaje de una tribu de braceros que recorría la comarca levantando cosechas. Cuando llegaban a un establecimiento se alojaban en cualquier tapera o galpón destartalado, y, después de limpiar y airear, porque era gente muy pulcra, hacían sobrados, colgaban hamacas, tendían catres, ponchos, jergas, para dormir todos juntos, parejas, niños y viejos. Sultán trazaba un círculo en torno a la morada, hacía sus recorridas a hora fija y mordía a cualquiera que hollara sus dominios.
Claro que hacía excepciones. Como viejo y buen funcionario, interpretaba la ley en forma elástica. Fuera de la tribu admitía jerarquías, distinguía sutiles gradaciones de status. A don Rosendo lo dejaba pasar haciéndose a un lado, respetuoso. A doña Lucía, meneábale la cola gentilmente. A caraí León le gruñía y a Miguelí no le hacía caso, aunque lo vigilaba discreto. Con los demás no andaba con chicas. —244→ Los mordía a primera andanada, sin dar voz de alto. Esto, entre otras cosas, porque el digno perro ladraba rara vez. Y todo dentro de los límites fijados de antemano y publicados en sus rondas. Nunca se propasaba, a pesar de las frecuentes provocaciones de los peoncitos.
Ejercían en la tribu otros funcionarios públicos de inferior jerarquía: la mula Josefina y Serafín Cañete. Josefina cargaba sobre su lomo flaco la totalidad de los bienes comunales. Serafín era el músico.
Sultán, perro concienzudo, no hacía distingos entre sus amos. Si alguno lo acariciaba, soportaba un momento el manoseo y se mandaba a mudar con paso tardo, espiando de hito en hito con sus ojazos pestañudos y llorosos de san bernardo venido a menos. Sólo era amigo personal de Serafín Cañete, su igual. En cuanto a Josefina, le guardaba sorda hostilidad. La sabía caprichuda y antojadiza, recordaba con rencor patadas alevosas.
Serafín era el más célebre punteador de la comarca, el orgullo de la tribu que recorría un país de músicos. A pesar de los harapos que lo uniformaban a la multitud, tenía cierto matiz aristocrático que lo distinguía. Rostro fino, moreno, mezcla de negro y árabe, ensortijada cabellera gris. Siempre bien afeitado, pulcro, mesurado, señorial, el negro Serafín era una mosca blanca.
Sabía discursear altisonante, al gusto de su pueblo, en caraí-ñeé, en lengua de señores. Recitaba nocturnos de José Asunción Silva, conocía poemas de Darío y Santos Chocano. Cuando su gente se iba a trabajar, se sentaba a la sombra, con los pies descalzos muy abiertos, con los anteojitos de armazón de acero en la punta de la nariz -de parada nomás- y le leía a Sultán, deletreando despacito, «Los Miserables», o, «lo miseraule», como decía Serafín.
Sultán era el reflejo de sus emociones. Sonreía, movía la cola, gruñía amenazador, según el caso.
Serafín Cañete tenía su historia. En el país no —245→ abunda la gente sin historia. No fue a la escuela. Aprendió a leer. No sabía sino firmar, y eso, con trabajo. Compadre de toda la florescencia fugaz de paraguayotes ilustrados de principios de siglo, adquirió, en farras y serenatas, la más curiosa versación literaria. Escucha atento, siempre postergado, vanidoso, pedantesco y burlón, medio chiflado, un día, por casualidad, se sumó a los braceros, los acompañó en su vagar, resignado a la condición de trasto, de bufo bonachón y viejo verde. Don Rosendo, que lo conocía desde su juventud, lo había invitado varias veces a quedarse en Loma Verá. Pero Serafín no era hombre para un solo sitio, prefería ser valija a ser ropero. Su sensibilidad romancesca le hacía brotar lágrimas auténticas al percibir el perfume de un naranjal, de un jazminero inclinado, y no había moza quisquillosa capaz de resistir a su gracejo insinuante, a su ironía injuriosa, plañidera y nostálgica.
Poseía dos bienes terrenales. Su mbaracá de concierto, obra de un célebre, pobrísimo y borrachín artesano de Luque, y dos tomos en rústica de Los Miserables, a los que faltaban páginas, arrancadas por manos sacrílegas en función indeclarable. Jamás perdonó el atentado.
-Ésta es -solía decir, mostrando el libro- un obra maestro del literatura universal -y agregaba con despecho, sin hacer caso a los relámpagos anunciadores del trueno de la carcajada-. Lo único que siento son las páginas que un chancho asqueroso le arrancó para limpiarse.
Desahogada la ira de su corazón, sumaba su risa al general contento.
Esa mañana estaba Serafín leyendo su famoso libro, conmovido por las tribulaciones del caraí-guazú31 Juan Valjean, cuando se le acercó Miguelí y se sentó en cuclillas frente a él. Serafín se volvió con mirada —246→ ofendida, y sonrió con esa solemnidad desconfiada y desdeñosa que adoptaba cuando lo sorprendían leyendo.
-Maiteipa, caraí Cañete.
-Buen días, Miguelí. ¿Tú solés leer?
-Sí, un poquitito.
-¡Hay que leer, hay que leer! -sentenció el viejo.
-Yo quiero aprender a tocar la guitarra.
Los anteojos de Serafín se desplomaron de susto.
-¡Nde bárbaro! Eso es muy difícil.
-¡Prestame tu guitarra, Serafín!
En los ojos de Miguelí había abismos de súplica. Después de la paliza y del sermón se había refugiado en su pieza intentando leer. Hasta que de repente le entraron unas ganas tremendas de guitarrear.
-¡Ah mi hijo! -decía Serafín-. Yo no le puedo emprestar a usté mi guitarra. Si prestamo la guitarra, la guitarra se enoja y no quiere tocar más... ¡ipochy ja naipusevei! -repitió, mostrando las palmas en ademán de impotencia.
-¡Cómo se va a enojar una cosa de madera!
Serafín levantó las cejas, enigmático.
-¡Nde bárbaro! La guitarra recién hecha es un trozo inanimado de materia inerte, che compañero -declamó, elevando un índice sentencioso-. La guitarra hecha por chambones, suena a palo. Pero guitarra vieja, confeccionada por las manos hábiles y cariñosas de los artístico artesano, lleva en su caja y por sus cuerdas el canto inmortal del Paraguay Eterno, el trino de sus pájaros canoros, el perfume de sus bosques seculares. Las ánimas de las mujeres hermosas, de los hombres de provecho a los que cantó sus hazañas beneméritas... -don Serafín se detuvo a apreciar el efecto de su oratoria castiza, e inclinándose confidencial, prosiguió en un tono en el que campeaban la profundidad y la ironía-. La guitarra es como la mujer. Uno la mira y dice: «esto co es una mujer nomás, con dos camas y otra cosa». Pero no es. La mujer es la cosa más extraña que hay, chamigo. Algunos creen calarlas por el pelo: la morena, —247→ sabrosa pero revoltosa; la rubia, vistosa pero aguachada; las trigueñas, leales pero cargosas; etcéteras... Puras macanas, te aseguro. Joven o vieja, linda o con coto, la mujer, como el potro, es bicho de cuidado: nadie sabe lo que va a hacer hasta que se le sube arriba. Hay quienes los manosean y les dan raspadura para ganar su voluntad y quitarle las cosquillas. Otros prefieren el chicote. Cualquiera de entrambos puede salir con la cabeza rota. Hay potros que se amansan enseguida, otros quedan mañeros. No falta el que esconde la hiel, y cuando ya te crees seguro y le aflojas las riendas, pegan el corcoveo y te dejan lisiado para toda la vida.
Don Serafín cerró el libro, guardó los anteojos y continuó, relamiéndose.
-Como te decía, la mujer más buena tiene una rabia adentro. Si nosotros queremos una cosa la hacemos si podemos. Y si no, ¡paciencia! La mujer necesita alguno que le haga.
Miguelí no era recluta en el arte sutil de hacerse el tonto.
-Muy cierto, don Serafín -le dijo, sonriendo-. Pero ¿eso qué tiene que ver con la guitarra?
El viejo suspiró, resignado.
-La guitarra es como la mujer. Suena a según cómo se la toca.
Hizo una seña para que lo esperara y se dirigió con paso encorvado hacia el galpón, llevándose sus Miserables a los que nunca desamparaba desde que el cochino aquel le arrancó dos hojas. Miguelí cambió una mirada con Sultán. «Ahora verás», le decía el perro.
Cuando regresó Serafín, Sultán se tendió a sus pies con la cabeza entre las patas, vueltos hacia arriba sus angustiados ojos de mudo.
Don Serafín sostuvo en alto la guitarra como tanteando su peso. Pasó las manos por la madera, palpando su tersura. Golpeó con la palma abierta sobre el cordaje, dio un ligerísimo rasgueo, punteó veloz de —248→ la bordona a la prima, de la prima a la bordona y dio tres golpes precisos en el clavijero.
-El mucho templar es de mal músico -dijo, dándose por satisfecho-. Ya lo viste. La guitarra está a punto, vibrando de impaciencia como el buen parejero antes de la largada. Hay punteadores que creen tener la música por sus dedos. Se equivocan. El canto está aquí adentro, en la madera, en la caja. Nomás hay que ayudarle para que salga afuera. Ahora escucha. No mires por mi mano. La mano se mueve sola cuando siente la música.
El rostro del punteador se tensó como las cuerdas de su guitarra y evocó absorto a la multitud contenida en la caja. Miguelí escuchó ruborizado, ciego, sordo a todo lo que no fuera aquella polifonía milagrosa.
-¿Viste? -preguntó don Serafín cuando hubo terminado.
-¡Cierto!
Serafín se levantó.
-¡Prestame tu guitarra, Serafín!
El viejo volvió a sentarse.
-Si te conseguís una guitarra yo te voy a enseñar. Vas a aprender enseguida. Tenés pasta.
-¿Adónde voy a encontrar una con tanta música adentro?
Se encontraron los ojos y se echaron a reír.
-Quiero la tuya, un momento nomás, caraí Cañete -insistió Miguelí-. Voy a cuidarla bien, qué pa te cuesta.
Don Serafín movió tristemente la cabeza.
-Imposible. Voy a contarte un caso verdadero -le dijo en guaraní-. Conocí a un punteador muy renombrado que era dueño de una guitarra antigua, del tiempo del Gran Señor. Un joven amigo suyo se la pidió tanto y tanto que un día, borracho, se la prestó. El mozo se fue junto al remanso de un arroyo y se puso a tocar la Magdalena. Como se sabe, Magdalena fue una mujer famosa por sus favores que, después de muerta, le aparecía bailando hasta volverse —249→ calavera en medio de la danza a quien cantara estas coplas:
| «Magdalena, Magdalena, | |||
| aní ve na che quebrantá. | |||
| 'Ro jayjú' ye este día, | |||
| coêro che mbuecoviá...»32 |
Canturreó Serafín, despacito, para que no lo oyera el fantasma, marcando con las cuerdas la tonada evocadora. Miró inquieto a su alrededor y continuó en un guaraní que hasta dejaba oler las cosas.
-Vio entonces a una doncella tan hermosa como el lapacho florecido. Sus mejillas eran nubes sonrosadas por el sol cuando el lucero se despide de la mañana azul. «Qué hermosa es tu guitarra», le dijo, «préstamela un momento». El mozo quedó parpadeando como lorito que despierta la luz de una vela, mientras ella ejecutaba un cantar desconocido de belleza incomparable como danzar de mariposa sobre la policromía de una cascada cayendo entre los culantrillos de un remanso transparente, y el canto de la alondra en su nidito oculto entre las madreselvas que descienden hasta el agua como el manto de la Virgen. La música se hacía más y más hermosa. De tan hermosa se hizo hiriente, inaguantablemente hermosa como el toque cruel de la diana en el amanecer, antes de la batalla, sacándonos de un sueño en que estuvimos en el valle, en el regazo de la madre o junto a una mujer que ha perdonado nuestra ingratitud. Abrió los ojos. La doncella tenía los pies de loro. Sus manos, siendo manos, se retorcían como garras sobre las cuerdas. Su rostro, aunque seguía siendo hermoso, tenía el gesto bestial de un pájaro iracundo...
Sultán se irguió gruñendo, con los pelos erizados.
—250→-¿Quién era?
-Mbaracá-yaryi, la Abuela de la Guitarra... Toda guitarra vieja es muy celosa. Hay que cuidarse. El diablo es su padrino. Por culpa de la guitarra se cometen los mejores pecados. Aunque la mía está bendecida por Monseñor Bogarín y en mi revólver cargo una bala de plata con una cruz de oro grabada en la punta, cuando cruzo de noche las picadas suelo oír ruidos extraños, voces que me llaman desde la espesura, sombras furtivas de mujeres condenadas que se agazapan y tiritan en los claros alumbrados por la luna, fieras de odio, hambrientas de venganza...
El viejo tiritó de espanto. Con los ojos brillantes, continuó:
-Todas las cosas tienen su abuela que las protege del abuso de los hombres. Si fuera por mí, tocaría día y noche la guitarra. Dicen que tengo un pacto con el diablo, ¡Dios me guarde! La guitarra me responde porque la respeto y la cuido...
-No me importa -declaró Miguelí-. No le tengo miedo a nada. Préstame tu guitarra, Serafín, porque si no me la prestas voy a robártela.
La resolución era tal, que el viejo, como un niño, se abrazó al instrumento.
-¡Nde bárbaro! -exclamó, echando gallitos-, ¡cómo pa va a decir esas cosas un mozo decente como el señor usté!
-Ya dije todo -remachó en guaraní-. Si no me la prestas, te la robo. Total, ya estuve preso. No me importa ir otra vez. La cárcel está luego nomás para los hombres.
Don Serafín parpadeó como si viera visiones.
-¡Francisco Cárdenas semilla-ré!33 -musitó, meneando la cabeza.
—251→A Miguelí le saltó la sangre a la cara.
-¡Qué dijiste!
Serafín levantó el brazo como parando una guantada.
-¡Nada, no dije nada!
Miguelí, en cuclillas, parecía agrandarse como gato onza acorralado.
-No dije nada, mi hijo, ¿qué te pa voy a decir si estoy callado? «En boca cerrada no entran los mberú», como bien dijo Chopenjagüer. No vaye andar pegando por mí los antojos de tus quimeras, porque le voy a contar a su señor padre de usté para que le dé un correctivo -Serafín hablaba atropellado, sin poder sacar los ojos de aquella fierecilla que resucitaba a un hombre de los que no se olvidan-. ¡No me mire así! Usté no es nadie para asustarme. Yo no soy tu peón. Y, últimamente, si quiere robar, robe; si quiere matar, mate; pero no ande amenazando como si fuera brasilero. ¿Qué te pa se habrá creído? ¡Lo único que me faltaba era este agravio a mis canas seculares! -concluyó levantando un puño enclenque.
Miguelí bajó la cabeza, apabullado.
-Me pareció nomás, don Serafín. No vayas a enojarte.
-Está bien -admitió el viejo, resoplando-. A veces a uno se le antoja alguna idea, y como no le gusta, quiere pegar por otro... Pero usté es un flojo, mi amigo. Un arriero de ley aguanta cualquier corcovo, y si se cae, sube otra vez, como los domadores.
Miguelí creyó entender.
-Vas a decirme entonces quién fue Francisco Cárdenas.
Don Serafín acababa de descubrirse una espina en el pie.
-¿Panchito? ¡Ah! ¿No tenés pa un cortaplumas?
Miguelí se lo dio. Serafín se puso a limpiar con saliva una parte de su callosa planta. Pasó la hoja —252→ del cortaplumas por la llama de un yesquero hecho de cartucho de fusil, y comenzó la operación.
-Es espina de coco -dijo-. Hay que sacar enseguida. Si no se te sube por las venas y le clava al corazón.
-Lo conociste.
Don Serafín lo miró serio, como estudiándolo.
-Sí lo conozco. El año pasado ganó una carrera en Itacuruví. Era un tapado, como la yegua de Pychai. Nunca cobró la parada porque siguió galopando hasta acabarse en la loma.
-No es por ese que te digo.
-¡Ah!, ¿no? ¿Y usté qué sabe? ¡Escuche a los mayores y no me discuta!
Guiñó un ojo y volvió a ocuparse de la espina.
Si no es ése, a lo mejor era uno su pariente -continuó, como hablándole a su pie-. Buscaba entierros. Todas las noches salía a pescar por las señas. Hablaba con las poras, les hacía muchas promesas que después se olvidaba. Por eso, cuando topaba un cántaro, las monedas de oro se le convertían en carbones encendidos. Yo mismo le vi las manos rajadas de cicatrices porque nunca se cansaba de tocar por el fuego.
-No. Ése tampoco puede ser.
Una leve sonrisa se pintó en el rostro del viejo punteador.
-¡Claro pues! Entonces era aquel otro que vendía santos de sandía-piré. Y todos milagrosos.
-No vayas a mentirme, caraí Cañete. ¿Cómo iba a hacer santos milagrosos de la cáscara de la sandía?
-Te juro a usté. Y los vendía a montones. Pero, pasado un tiempo, los santos se secaban quedando retorcidos como cecina seca.
-Entonces era un ladrón.
-¡Ni qué esperanza! Los santos hacían milagros, sólo que duraban poco y la gente los tiraba olvidándose de sus favores.
—253→-¿Y Dios? -preguntó Miguelí, sugestionado, afligido por tanta ingratitud-, ¿no los castigaba Dios?
-¡Aquí está! -exclamó don Serafín, mostrando la espina. Encendió un cigarro y se puso a apretar la herida para que sangrara-. ¡Dios en el cielo y nosotros por el suelo, sin consuelo!
Mientras esperaba que se juntara suficiente ceniza en el cigarro reflexionó en voz alta:
-Ñandeyara Guazú ha de ser, malicio yo, lo mismo que el Presidente. Tiene demasiado trabajo para atender a tanto pobre. Entonces habla nomás con los ricos, que son pocos. Los pobres tienen que tratar con los santos para que le lleven la alcahuetería. Los santos de algo tienen que vivir, hay que darles para su requecho... No, mi amigo, Dios nunca se quebrantó por los pobres santitos de sandía-piré que hacía el mentado Pancho Cárdenas.
Miguelí se rascó la cabeza. El viejo se estaba haciendo el tonto o trataba de hacerle entender algo. Ahora se ocupaba en tapar el hueco de la espina con la ceniza del cigarro. Resolvió seguirle el juego.
-Los hubiera hecho de barro.
Don Serafín asintió.
-¡Sin dudamente! También hacía santos de barro, pero los aplastaba contra el suelo antes de que se secaran. Nunca estaba conforme con los milagros que hacían.
Miguelí se impacientó.
-No es por ése que te pregunto. Te digo por el Pancho Cárdenas del que canta el compuesto.
El punteador se llevó la mano a la cabeza como si al fin comprendiera.
-¡Ah sí pues! ¿Ese que tenía una estrella en la frente y que sólo por allí le podían entrar las balas?
-¡Ése! ¡Ése mismo!
Don Serafín pegó los labios a la cara en la más tonta sonrisa.
-A ése -dijo- no lo conozco.
Y se mandó a mudar.
—254→
Por la siesta, apenas los mayores se durmieron, Miguelí corrió al galpón. Serafín dormía en un catre bajo un paraíso. Sultán, a sus pies, soñaba con fantasmas.
Trepó por uno de los horcones y bajó la guitarra, que estaba en el sobrado. Cuando la sacó del estuche gimió un sonido tenue. Un mbopí se descolgó del techo y volvió a un rincón nocturno. Sintió algo frío que le tocaba el brazo.
-¡Sultán!
El perro lo hocicaba gimiendo, con la cola entre las piernas, desconcertado. Miguelí se asustó. Reaccionando, se puso a acariciarlo.
-Un momentito, nomás, che compañero, por favor -le dijo, suplicante.
Sultán jadeaba a más no poder, con la cabeza gacha y la lengua por el suelo. Apoyó una pata en Miguelí, como para darle un consejo. Pero éste, abrazando la guitarra, echó a correr.
Sultán lo persiguió indeciso, con pesado galope, hasta el límite de su dominio. Corrió después en círculos, intentando unos ladridos sordos. Finalmente se detuvo, sacudió la cabeza como para aventar presentimientos, y, estirando el pescuezo, se puso a aullar.
-Sultán vio a la Muerte -pensó una vieja bruja que no podía dormir.
Miguelí llegó a la represa, monte adentro, pasando el tajamar. Se sentó en el limpio de un tacuarillar recién cortado. Lo abrumaba un murmullo penumbroso. Ensayó un rasgueo. La guitarra, enojada, se negaba a cantar.
-¡Canta guitarra, canta!
La guitarra cantó. Maravillado, hizo correr sus dedos nervudos por el cordaje tenso. La sensibilidad emocionada, la predisposición del ánimo afligido, daban a sus manos cierta intuición armoniosa. De pronto —255→ un chasquido seco, una vibración ahogada. Una cuerda se retorcía en el aire con estertor humilde. Un venado lo miraba desde la orilla opuesta agitando nervioso su colita roma. Cedros gigantes mecían su alta copa, cerrando, descubriendo, retazos blanquecinos de cielo caldeado. Guazú-virá se inclinó a beber. Su imagen tierna se reflejó en el agua.
-Hermano guazú-virá -le dijo Miguelí-, se me soltó una cuerda de la guitarra.
El venado alzó hacia él una mirada límpida y se deslizó en el agua. Nadando sin temor cruzó el arroyo. Se sacudió contento, salpicando en la arena. Se volvió una vez más y se internó en el monte. La cascada del dique cantaba una galopa. En el chirriar de las cigarras se adormilaba el tiempo.
-¡Mbaracá-yaryi, Mbaracá-yaryi! -evocó en voz queda Miguelí.
Aguzando el oído percibió los murmullos de la siesta. La maleza crepitaba como si guardara el fuego. Allá, por las maciegas, silbaba yacyi-yateré, el duende niño de los besos fatales. Miguelí, que había robado la guitarra, la miraba con tristeza. Allí estaba, a sus plantas, desnuda, mutilada, como si hubiera envejecido. ¿Qué hacer con ella? ¿Huir? ¿Abandonarla como un despojo inerte o esperar que un milagro le devolviera esa fuerza exaltada que arrebata el espíritu lanzándolo al galope por piquetes de nube?
-¡Mbaracá-yaryi, Mbaracá-yaryi!
Oyó asustado que se agitaba la maleza. Se aferró a una rama para no huir. Era un hombre armado de máuser siguiendo a un perro negro. Miguelí se alegró de que en vez de la mujer de pies de loro se le apareciera su amigo, Basilio el Mariscador. Escondió la guitarra entre la tacuarilla segada y saludó.
-Maiteipa, Basilio.
-¿Qué tal, Miguelí?
-¡Lindo! ¿Vas a cazar? Reciencito nomás pasó por aquí un guazú-virá -dijo, y sintió en el pecho una opresión extraña.
—256→Basilio cruzó el arroyo por el canto de la represa. Miguelí le mostró las huellas del venado. Aún estaban las gotitas de agua junto al dibujo sutil de las patas. El cazador puso una bala en la recámara y trotó detrás del perro. Miguelí lo siguió. Algo le reprochaba la conciencia. Ahora Basilio atropellaba los matorrales espinosos que circundan el monte. Salieron al cañadón. Negro aguardaba allí señalando una islita. Miguelí comprendió que la suerte de hermano guazú-virá estaba echada y un remordimiento tardío le oprimió el corazón. Basilio avanzaba agazapado para tomar pulso. El venado levantó la cabeza intuyendo el peligro y trotó sin prisa hacia el montecito. Retumbó el disparo. Guazú-virá saltó como brincando al cielo y cayó redondo con la paleta bandeada.
-¡Pipu'uuu! -gritaba Basilio.
Hermano guazú-virá estaba muerto. Inmóviles perlas negras miraban fijas, sin ver. «No me ha visto -pensó Miguelí-, está muerto, no sufre». Basilio taponó las hoyas del balazo con puñados de pasto gredoso y cargó sobre sus hombros la presa aún palpitante.
El estampido familiar del mosquetón-bolí llegó ladrando al rancho. Se encaramó a la cumbrera, se hundió en la tierra bajando por las tapias de adobe. Micaela despertó sobresaltada. Se sentó en el catre de tientos con los pies colgando. Vio a sus hijos. El chiquito, asustado, berreaba en la hamaca. Teresita había interrumpido la costura para alzar al techo sus ojos afiebrados. Martina ensayaba sollozos soñolientos en la estera tendida sobre el piso de tierra apisonada.
-¡Jesús, María y José! -se lamentó Micaela-. Este Basilio no tiene más remedio.
Se levantó malhumorada. Bebió del cántaro un porongo —257→ de agua. Era una mujer maciza y plena. Sus labios apretados mostraban una voluntad atormentada, tensa.
Más allá de la sombra de los mangos titilaba el sendero que llevaba a la chacra como diciendo que Basilio había abandonado el trabajo para irse a cazar. Micaela vertió el agua de una jarra en una palangana enlozada. Se lavó la cara y se peinó al descuido el rodete ceniciento. En la cocina, avivó el fogón con la pantalla y puso a calentar la pava. Iba a morder una galleta, pero, tras breve reflexión, volvió a dejarla en la gurupa de lona que colgaba de la pared. Cuando empezó a silbar el agua, llenó el mate y fue a sentarse a la sombra de los árboles, mirando hacia el cañadón. Más allá de la tranquera reverberaba el pastizal hasta el monte parduzco sobre el que se destacaba el lapacho florecido.
Aunque lo sorbía a disgusto, el mate le iba quitando poco a poco la modorra. Los pensamientos estancados comenzaron a deslizarse como por un dique roto por la azada. Habían cambiado mucho las cosas desde que los Domínguez vendieran el Palmar a don Jorge von Stauffemberg. Hasta entonces Basilio había ejercido libremente su vocación y oficio de mariscador. Don Rosendo se conformaba con uno que otro cuero, algún cuarto sabroso, a veces con un servicio personal. Y todo con gentileza, como favores entre compadres. Pero el gringo era otra cosa. No solamente prohibió la caza en sus tierras sino que organizó el trabajo de tal modo que restaba poco tiempo para emprender las largas expediciones que exige la mariscada.
Micaela se rió sola. Recordaba picardías. Al pensar en el gringo se le formaba en la cabeza la figura de un papagayo. Tal vez porque vestía de verde. Quizás por los bigotes en la cara colorada. Pero el gringo no era feo. Tampoco viejo. En cierta ocasión pretendió bajarle el ala. Ella lo esquivó con un esguince: «Con cuidadito, don Jorge. Cuando yerra mi marido —258→ mete la bala en el ojo». «¿Tu marido? -replicó el gringo, amoscado-. No sabía que eras casada». «Mi hombre, entonces, pero no le falla el pulso». Don Jorge se rió para echarla a barato, pero al día siguiente los Samudio avisaron que se había hecho la denuncia de que Basilio tenía armas del Ejército. Después de Dios, el gringo. El fusil fue a quedarse dos meses en Loma Verá, aunque el comisario no se molestó en averiguar lo que ya sabía.
¡Si Basilio lo supiera! Sabría que a su mujer la apetecían, que no era una vieja, que convenía cuidarla. Claro que ella no se lo iba a decir ni sin esperanza. Era capaz de reírse, porque Basilio era un hombre al que nada quebrantaba como si nada en el mundo lo pudiera lastimar.
Se le apareció entonces la imagen del caraí-guazú Basilio Gómez, cuyos labios carnosos y grandes ojos pardos contraídos en un gesto de perenne ironía expresaban la comprensión intuitiva de las cosas y de la vanidad de todo esfuerzo. Aunque se esforzara sin embargo porque era un hombre digno.
Pobre Basilio. Él no tenía la culpa de que ella se le aferrara como el ánima sin dejarle escapatoria, plagueándole siempre.
Micaela sí tenía la culpa. Era hija legítima de un mboriajú-ryguatá, de un pobre satisfecho. Su padre era dueño de la tierra que cultivaba, de unas cuantas lecheras y de yuntas de bueyes. Ella había sido normalista. Llegó a estar de novia con un contador público. Hasta que vino Basilio y se puso a mirarla, pensativo, acariciándose la barbilla como quien piensa comprar una ternera. No era más que un yvypóra, un fantasma de la tierra, no tenía sino lo puesto. Pero «yvypóra» significa también Hombre, así, con mayúsculas, y Micaela Gauto, ávida y fecunda como suelo de rozado, se fugó con él en una noche cálida, de ésas en que retiemblan con irresistibles reclamos los rabeles de los grillos.
Teresita pasó como varilla frágil sosteniendo a —259→ horcajadas en la cintura a su hermanito desnudo. Se detuvo en el borde de la sombra y se puso a otear el cañadón.
Pobrecita, con tal que Dios la conservara. Le seguía dando chucho y se había acabado la quinina. Mañana, sin falta, se iría a Loma Verá a pedir unas pastillas. No le iban a negar. Pero, ¡cómo duele pedir, Virgen Santísima! Se prometió tratarla con menos dureza. Teresita le recordaba a los hijos que se fueron despedidos por guitarras, llevando en sus ataúdes regalos para sus hermanitos, dejando en la joven madre dolores inconsolables.
Micaela revolvió el mate. Estaba flojo, pero no podía permitirse el lujo de cambiar la yerba. No es que faltara, es que se había acostumbrado a privarse de las cosas. Su vida era una sucesión interminable de pequeños renunciamientos en favor de la familia para evitar que la pobreza se trocara en miseria. Se quedó, pues, resignada, con el porongo en el regazo. Tenía la mar de cosas que hacer, pero se conocía. Allí se iba a quedar hasta que volviera su marido. Cuántas veces lo había esperado. Su memoria estaba tan llena de caminos que podía volver a verlos, con sus detalles, con sólo cerrar los ojos y evocarlos. Basilio se iba a los obrajes, a los yerbales, al extranjero, para regresar un día cualquiera, lo más campante, como si hubiera estado nomás en el boliche.
La más larga ausencia fue la guerra. Se había quedado con Antonio y Teresita. Antonio, el retrato de su padre, señorón y callado, tan travieso a su manera. Ya le ayudaba repuntando vacas, juntando huevos de gallinas y guineas, partiendo cocos, desgranando porotos, hasta que cayó también, víctima de la disentería que la Muerte insaciable, cebada en los combates, extendió por los campos. No dejó ni un retrato, ni un trompo, ni una hondita. Cuando ella se muriera, pobrecito, no quedaría ni su sombra vagando entre los cocoteros.
—260→A pesar de todo la guerra no fue tan mala con Micaela. No solamente salió del paso sino que se dio el gusto de regalar carretadas de alimentos para mandar al Chaco. Sabía muy bien que con parte de esas donaciones dio comienzo el negocio de Telésforo Britos. Pero qué podía importarle a ella si había sentido adentro como el brotar de una semilla y al espíritu agrandado flamear como bandera punteando los surcos. Porque ella, sí señor, era la Patria, su inmarcesible médula. Allí estaban sus entrañas calientes para resucitar a los caídos.
Por fin había llegado el júbilo engañoso de la victoria y el regreso del hombre. Basilio deslió, con guiños de contento, una flamante carabina boliviana que había traído más o menos disimulada en una manta. Fue su único requecho. Ni un reloj, ni un anillo, para no hablar de esas caramañolas siniestras que sargentos borrachos hacían tintinear con dientes de oro arrancados a los muertos.
Así eran sus negocios.
Micaela entre tanto había aprendido algo más positivo: a cultivar para vender. Pero Basilio volvió a las andadas detrás de los cueros de tigre y el aceite de carpincho. Por eso, cuando el gringo Stauffemberg sujetó a su compañero, se alegró de ver, en lugar de la mezquina huerta que cultivaran para el consumo y el trueque, rojos surcos serpenteando entre los cocoteros con promesa de algodonales y sueños de tierra propia.
Lo compadecía, claro, cuando lo pillaba deteniendo el arado y olfateando el monte como coatí prisionero. Pero se dominaba y exigía. Estaban de por medio las hijas y el niño que dormía en la hamaca. Y algo más, aunque esto no se lo dijera a nadie: la rabia de vivir atada a la tierra como si fuera una planta. Ella quería domar la tierra. Herirla, golpearla, tornarla sumisa como un buey, mansa como una lechera. Librarse de ella. Poner de por medio pisos de baldosa, paredes de ladrillo, techos de teja. Odiaba tener que —261→ andar descalza, con los dedos agarrotados, abiertos como pezuñas, redondos como tarugos. Quería ponerse tacos altos, los más altos. Teñirse el pelo de rubio, peinarse permanente, pintarse las uñas, usar colorete y perfumes de Francia. Y no para lucirse. Se creía fea, aunque muy caavó, pues gustaba a los varones. Nomás era para no ser un animal que sólo se viste con el cuero.
Se hubiera casado con un gringo. El gringo cuida a su mujer, escucha su consejo, y cuando pesca paraguaya se queda como azonzado y por poco no la ponen en florero. Por algo don Jorge, que entiende a la gente, para tratar de negocios prefería hablar con ella antes que con ese estorbo que era Basilio.
Basilio se burlaba de don Jorge, por desagradecido. Si hasta les había regalado una lechera con cría, claro que sin papeles y con el compromiso de llevarle queso fresco. También les prestó un arado de reja con su yunta de bueyes. Semillas de primera calidad. Era justo que se quedara con dos surcos de cada tres. Otros no daban nada y pedían liño por medio. Además tenían la obligación de venderle el resto a un precio inferior al que fijaban en la villa, pero pagaba al contado y en efectivo, no en trueque por provistas como el almacén de Britos. Justo era también que pusiera sus leyes. Las hectáreas a sembrar, la frecuencia de las carpidas, la obligación de trabajar desde el lunes hasta el sábado, la de no interrumpir tanto tiempo la tarea para tomar tereré o comerse el avío. No había por qué enojarse si andaba siempre como el carancho, escondido por las lomas, espiando con su largavista. Basilio era un zafado al hacer necesidades cada que lo descubría. Era un irresponsable al dejar la capuera y andar largando tiros de máuser que se oyen desde lejos.
¡Quién diría, un hombre grande!
Don Jorge no es malo, sabe su negocio. Mediante eso ya se estaba haciendo dueño de toda la comarca, sacando a unos, poniendo a otros, como si fuera Dios. —262→ Con los únicos con quienes no podía era con los Samudio, que eran unos bárbaros que ni a la Autoridad dejaban pisar su casa sin permiso.
-¡Allá están, ya vienen! -exclamó Teresita, excitada.
-¿Con quién? -preguntó Micaela, levantándose.
-Con Miguelí.
-¡Jha! ¡Con su socio! ¡Con ese zafado sinvergüenzo!
Pasaban Tayhy-punta y se internaban en el cañadón hacia la casa por una senda bordeada de pastizales tostados, doblados por la canícula. Venían con la cabeza gacha, los párpados fruncidos para proteger los ojos de la violenta resolana y del sudor que quemaba como salmuera. Solamente los anoes, las piriritas y las urracas se atrevían con esa siesta tórrida revoloteando sofocadas por los matorrales achaparrados. Miguelí jadeaba como el perro, trotando casi para no rezagarse. El sol partía la tierra en terrones calcinados. Los pies descalzos buscaban por su cuenta los manchones de pasto. Suspiraron con alivio al entrar en la sombra de una enorme nube quieta. De súbito, en los montes lejanos, los carayás rompieron con sus roncos aullidos. El carayá es compadre del viento. Basilio se detuvo a interrogar, entre esperanzado e inquieto, los blancos nubarrones en que se iba juntando el sudor de la tierra. Reanudaron la marcha apresurando el paso. Al llegar a la tranquera, tábanos y viuditas se lanzaron sobre ellos con hambre suicida.
A Micaela se le aflojó el semblante. Se dulcificaron sus facciones duras. En el cuerpo quebrantado renació, inexplicable como un atavismo, la sensación elemental de la existencia. Micaela Gauto vivía intensamente viendo a Basilio Gómez trasponer la tranquera con una presa cobrada en el monte.
—263→
Basilio asentó con la chaira una gastada cuchilla corva y tanteó con los dedos el filo de navaja. Negro gemía impaciencias en la espera de achuras. Miguelí disimulaba su turbación, fingía ayudar. Era triste de ver hermano guazú-virá colgado de una pata, con los ojos de vidrio empañados de polvo. Basilio iba a abrirle el vientre cuando oyó un disparo, un grito y un lejano galopar. Otros tiros y aullidos de bestia humana enardecida por el desenfreno del galope y la ansiedad del crimen. Salieron para mirar. Un hombre verde, en padrillo purasangre, perseguido por jinetes de sombrerazo en caballitos de cuello erguido. El de verde hacía distancia.
-¡Jesús, María y José! -imploró Micaela-, los Samudio van a matar a Jorge Stauffemberg.
Y mientras Basilio cargaba el máuser y corría hacia la tranquera, ella arrastró a los chicos hacia el rancho.
Miguelí se sintió atrapado de sus cortos pelos y arrastrado para adentro por mano fuerte y sin contemplaciones. Micaela cerró la puerta, descolgó una vieja escopeta de avancarga y la encañonó en un ventanuco. La luz marcaba su perfil ajado de ojo resuelto, con hilillos ahumados escapando del rodete. Miguelí se tendió a espiar por las rendijas del zócalo. Vio junto a la tranquera la silueta de Basilio con el fusil en descanso y una mano en pantalla. Impávido como su amo, el perro aguardaba junto a él.
Don Jorge se tiró del caballo a los pies de Basilio.
-¡Socorro, Basilio! ¡Me van a matar, me van a matar!
Las niñas rompieron a llorar a gritos. Miguelí se volvió. Casi lo pisa el alemán, que entró como una tromba y se zambulló bajo un catre. Miguelí escapó por la puerta, que había quedado abierta, y fue a parapetarse tras de un horcón del alero.
Seis jinetes frenaron al llegar a la tranquera.
—264→-¡Adónde está ese gringo, carajo! -gritó Pantaleón Samudio disparando su revólver.
Basilio no contestó. Los Samudio se miraron indecisos. Pantaleón era un indiazo con la cara cruzada por una cicatriz. Lo seguían mocetones cetrinos, de bozo renegrido y expresión resuelta. Colorados pañuelos, coloradas las cinchas, coloradas las jergas y las rayas cruzadas de sus camisá-pará. Polainas hasta los muslos. Cinturones chapeados. Tiradores de cuero con flecos a la rodilla. Rodajas nazarenas en talones desnudos, sangrando de impaciencia los ijares de las jacas. Pantaleón repitió la pregunta, esta vez sin amenazas.
-Está en mi casa -respondió Basilio.
Pantaleón sacó el dedo del gatillo para rascarse las greñas. Los Samudio rompieron a reír.
-Está bien -dijo Pantaleón, sonriendo a su vez y enfundando el «treinta y ocho»-. Vamos nomás, muchachos. No hemos de matar a un hombre para agarrar a un gringo -y dirigiéndose a Basilio, remató-. ¡Por ser quien eres, Basilio!
Volvió grupas y se alejó, seguido de sus hermanos. Menos por uno, hombrudo y retacón, que se quedó en su sitio acariciando el winchester, relamiéndose de ganas con expresión gatuna. Basilio levantó el máuser.
-¡Kitó! -llamó Pantaleón-. ¡Vení pues, nde vyro!
Kitó Samudio clavó espuelas y salió bellaqueando. Por fin partió al galope, disparando su winchester.
-¡Jho Basilio Gómez, la añamemby!
-¡Pipu'uuu! -aullaron los Samudio, largados a rajacincha, tronando con sus armas el cristal de la siesta.
Basilio se inclinó para darle una caricia al perro y volvió para su casa. Las palomas volaban hacia sus dormideros mezcladas y en paz con los kirikiríes. Bandadas de loritos pasaban alborotando.
—265→-Salí nomás, don Jorge -dijo Basilio, asomándose-, ya se fueron los muchachos.
Don Jorge asomó de su refugio como un chancho ofendido. Se sacudió la tierra, muy colorado, resoplando. Una vez afuera se puso a gorgoritear y a hacer muecas, braceando. De súbito estalló, levantando los puños.
-¡Miserables! ¡Indios miserables!
Tiró al suelo una azada, pateó una silleta y siguió saltando en una pata y puteando en tres idiomas.
-No te vayes na a enojar, don Jorge -le decía Basilio, tratando de calmarlo-. Los Samudio son maleducado de más. Si querían matarte de deveras le acertaban de lejos a tu caballo y ahí nomás te degollaban.
Se le pararon los pelos, quedó con la boca abierta, las manos en la garganta. A Basilio se le escapó una corta y seca carcajada. Don Jorge irguió a lo toro su cabeza rubicunda y fijó en Basilio una mirada terrible.
-¡Tráigame mi caballo!
-Miguelí -dijo Basilio, volviéndose-, e'guerú mo jymbá co caraí pe.
-¿Qué dices?
-Que te traiga tu caballo.
-¡Te he mandado a ti, ya!
-Y yo le mandé a él -replicó Basilio.
Pero Miguelí ya se había ido y al momento volvía con el padrillo de las riendas. Don Jorge andaba de un lado para otro, cojeando, buscando algún objeto en que volcar su furia. Se plantó frente al venado.
-¡Ah estos indios! ¡Basilio!
-Patrón...
-¿No tengo terminantemente prohibido cazar en mis tierras?
Basilio lo quedó mirando.
-Me comía los porotos -explicó- y lo maté en el campo de los Domínguez.
—266→-¡Mientes, mientes! -vociferó, levantando la fusta, pero cuidándose muy bien de golpear a aquel hombre tranquilo de cuya faja asomaba el mango de su cuchillo. Con gente como ésta nadie sabe a qué atenerse. Tanto podía callar como abrirle de un tajo desde el ombligo a la garganta. La idea lo alarmó, todos eran enemigos. Buscó la «Parabelum» y al comprobar que se le había caído, retrocedió por instinto al sentirse desarmado. Entonces vio el máuser de Basilio recostado en la pared.
-¿Y ese fusil? -gritó-. ¿No sabes que está terminantemente prohibido tener armas del Ejército?
-Es mío, patrón.
-¡Mientes! -aulló, y saltando como un muñeco empuñó el arma.
Basilio siguió en silencio las maniobras de Stauffemberg. El alemán se puso el fusil en bandolera, descolgó el venado y lo acomodó en la grupa del padrillo. Montó de un salto y pasó la tranquera.
-¡Don Jorge! -alcanzó a gritarle Basilio.
El gringo se volvió.
-Váyese por la picada. Si agarra el cañadón se va a topar con los Samudio.
Don Jorge le echó una mirada furibunda, dio un respingo, chicoteó a su montado y se fue hacia la picada.
Basilio rompió a reír.
-¡Después de Dios, el gringo! -exclamó.
Las palomas volaban en círculo, desorientadas. Una inquietud tensa, caldeada, oprimía a la tierra, súbitamente silenciosa como al acecho de un asalto. Micaela Gauto miraba el cañadón como invocando a las ánimas que salen a reñir en las tormentas. En cada arruga martirizada de su rostro latía un odio implacable.
—267→Comenzaron a crujir las copas altas.
-Viene una tormenta grande -comentó Basilio.
-¡La guitarra! -se acordó Miguelí, y salió corriendo.
Basilio lo vio alejarse, intrigado. Miró a su compañera, no se movía. No hacía caso de la ropa tendida a secar, del almidón que estaba a la intemperie. Iba a llamarla cuando notó que las hijas se hacían cargo, corriendo aligeradas como si obedecieran a un instinto.
-Bicho bravo la mujer -gruñó Basilio, dirigiéndose a la cocina. Sacó un leño del fogón y lo quedó mirando, pensativo. Al soplarlo se dispersaron las cenizas y salió una llamarada que iluminó su rostro atezado, surcado por arrugas. Al prender el cigarro se vio las manos y se acordó de su fusil. Les tuvo lástima, como si hubieran quedado huérfanas. Se sentó a pitar en una silleta.
¿Adónde iría a parar su mosquetón? ¿Quién como él sabría cuidarlo? ¿Quién lo iba a engrasar, pasarle el paño, protegerlo de la lluvia y del polvo? Estaba tan nuevo como hace diez años. Robusto, con las estrías intactas. Cada tiro, estudiado, significó un buen cuero y carne para la familia. Jamás disparó al rumbo. El bolí que lo tuviera apenas lo había usado, allá en Ingavi, contra el último asalto que pegó el invicto Batallón Domínguez. El sargento primero Basilio Gómez se lo arrancó de la mano y lo tumbó de un empellón para no matar a un niño. ¿Cómo había permitido, entonces, que ese gringo caracha se lo quitara? Por lo menos el recluta boliviano intentó defenderlo jugándole un bayonetazo con el ciego coraje que tienen esos indios.
Justamente, Basilio despreciaba los alardes inútiles. Su pelotón solía sufrir muy pocas bajas porque calculaba antes de obrar. Nunca perdía la cabeza. Era prudente. Sabía atacar con decisión tanto como abstenerse o replegarse a tiempo, como cuadra a un soldado paraguayo. Manotearle el fusil al gringo Stauffemberg —268→ significaba perder la siembra, la casa y los animales. Todo tiene su tiempo. Además, comprendía que don Jorge había obrado de la manera que obró porque estaba avergonzado. Basilio había visto a muchos oficiales maltratar a la tropa después de haber hecho un papelón en la línea. Esto no iba a entenderlo Micaela. La pobre no fue a la guerra ni salió nunca a cazar. Quien se apura pierde la presa.
Afuera silbaba el viento. Basilio continuaba cavilando.
Ese mozo Sotelo hablaba mucho y acabó martirizado. Se lo había advertido cuando iban hacia el Brasil: «Hazte dueño de tu lengua, no dejes que te perjudique lo que puso Dios para ayudarte». Sotelo decía que la guerra del Chaco fue por el kerosene, que el territorio defendido era de don Carlos Casado. Los muchachos sólo ven un lado de las cosas. Por eso, cuando le preguntó qué iba a quedar del Paraguay si dejaban entrar al boliviano, Sotelo, aunque habló mucho, no encontró qué contestarle. La cuestión era esperar el momento oportuno para romper la línea. Pescar primero por las avanzadas, descubrir los piques de maniobra, ubicar las ametralladoras para no ir a meterse como un bobo en su campo de tiro. Y, de ser posible, maniobrar y encerrar al contrario en corralito. Cuando hubiera algo serio no iba a ser Basilio Gómez el que se quedara sentado a esperar que algún pueblero charlatán viniera a darle lo que le pertenecía. Entre tanto, no iba a dejar que el gringo se aprovechara de un momento de furor para echarlo a patadas de su propia casa. Ya llegaría el momento de pegarle con su propio berrenque. Tranquilo, pues, compañero. Mañana iría a ver al capitán Domínguez. A lo mejor, por las buenas, recuperaba su fusil para usarlo algún día en algo de provecho.
-Las mujeres no entienden estas cosas -murmuró, levantándose-, miran nomás por su capricho, no tienen un alma sola como los hombres de verdad.
—269→Salió con la intención de llamarla para que hiciera unos mates. Pero, al verla, sintió una vergüenza inexplicable y se encaminó hacia la tranquera cuidando de eludir a la mujer que, como una bruja, parecía pedirle al viento un látigo para azotar al mundo.
La tormenta, como un toro furioso, llegaba hinchada de polvo. Un trueno retumbó a lo lejos. Basilio se subió a la tranquera tratando de penetrar con la mirada el cañadón que se agitaba en marejada rebotando en el monte. Vio al Tayhy peleando como bravo, cortando en dos al viento, cubriendo a la floresta que tenía a sus espaldas. Recio, flexible, se abría en abanico, se agachaba, hacía un esguince y emprendía a puñaladas con la tormenta.
¿Vencería una vez más el centenario fatigador de tempestades? Cuando se aferraba a sus raíces hundidas como garras en la tierra roja, y en esfuerzo titánico se enderezaba repartiendo mandobles con su ramaje invicto, parecía lanzar aquel grito victorioso que venía del extremo del cañadón:
«¡Pipu'uuu!»
Un hombre solitario, enfrentado a los soplos del monstruo enfurecido, lanzaba un grito fraternal reclamando el aliento de otro hombre.
-¡Pipu'uuu! -respondió Basilio.
El grito, arrebatado por el viento, rodó por el pastizal.
«¡Pipu'uuu!»
El sapucai era más próximo, un poco a la derecha del primero. Basilio sabe oír, por algo es cazador.
-Ése es mi compadre Cástulo -pensó. La idea lo entristecía como si él mismo fuera otra persona. Convenía volver a casa, pero estaba afligido. Una nube negra se abalanzaba sobre un grumo erizado de relámpagos. El cielo se incendió en toda su bóveda y atronó la embestida de la caballería fantástica. Basilio creyó ver a Miguelí corriendo hacia Tayhy-punta —270→ cuando un trueno formidable lo arrojó de bruces. Se incorporó de un salto y corrió campo traviesa en el momento mismo en que se precipitaba una lluvia torrencial.
Miguelí corría impulsado por la idea de salvar a la guitarra. Debía llegar antes de que lloviera y se desbordara el arroyo. Para eso, entrar al monte por una senda en lugar de tomar por la picada. Había obscurecido. Metió el pie en un hoyo, rodó por el suelo, perdió el rumbo, quiso huir, regresar. Un gigante se batía con el viento. Resplandor, estampido. El Tayhy, partido en dos, ardía siniestro. Miguelí sintió el impacto de ver matar a un hombre. La tormenta lo arrastraba. Se aferró a los pastos, desesperado, cuando una granizada lo aplastó a la tierra. Revolcándose para eludir el azote se escabulló bajo una mata. El monte aullaba, gemía, se quebraba, a veinte pasos.
-¡La guitarra!
Medio ahogado se precipitó a aquella vorágine sacudida por resplandores que precedían al tronar de cien cañones. Estertor de ramajes requebrados, arrojados con violencia. Chasquido de la lluvia entre cimbrar de mástiles. En un momento de calma vio, desde un claro, el camino que llevaba a Casa Grande invitándolo a encontrar pronto refugio. Mordiéndose de rabia atropelló monte adentro, corriendo a tientas, sangrándose en espinos. Llegó al arroyo. La represa resistía aún, combada como un arco. Un relámpago iluminó la orilla opuesta. Un hombrecito encorvado hurgaba en el tacuarillar, inmune a la tormenta.
-¡Serafín! ¡Serafín Cañete! -llamó Miguelí, desesperado.
La sombra se volvió con un mirar de brasa. Miguelí se cayó al agua. La represa cedió y fue, todo el arroyo, un torrente desbordado.
—271→Braceros y peones llegaban corriendo a Casa Grande. La tempestad destechaba los galpones. El mujerío rezaba a Santa Bárbara. Sobre un catre yacía el cadáver de Serafín Cañete todavía abrazado al estuche de su guitarra vieja. Afuera retumbaba la artillería de Dios. Replicando a los truenos, el grito de los hombres que luchaban con la tormenta. Sultán seguía aullando. Nadie se hubiera atrevido entonces a levantarle la cola y mirar por entre sus piernas. Quien tal hiciera vería a la Muerte, y quien ve a la Muerte muere en vida, es decir, se vuelve loco. O se vuelve perro, y aúlla.
Habían encontrado a Serafín en el galpón abrazado al estuche. Ya se decía que la guitarra lo acompañó al otro mundo para deleite de Dios. Don Rosendo andaba de un lado para otro preguntando si habían visto a su querido hijo Miguelí.
Un peón trajo noticias. Miguelí había estado en el rancho de Basilio Gómez. Salió al empezar la tormenta. El rancho de Basilio se había destechado y había muerto el Tayhy.
-Está bien -dijo don Rosendo, y se sentó a esperar.
Una ráfaga de viento entró en la sala, y con ella Basilio, trayendo el cuerpo exámine de Miguelí.
Las mujeres se pusieron a llorar a gritos, aullando como el perro. Don Rosendo esperó que pasara el tumulto. No sentía nada. No podía llorar. La herida estaba caliente.
A medianoche fue la calma absoluta. En la habitación sólo quedaban una vieja sirvienta de la que nadie se acordaba, y Basilio, don Rosendo y Daniel.
Daniel fumaba en un rincón. La muerte de Miguelí revivía recuerdos que pretendiera ahogar. Nunca había perdonado a María Rosa, tal vez porque la quiso tanto. Ahora que se murió del todo el dolor crecía en su corazón incapaz de perdonar, pero que amaba. —272→ No perdonó la muerte que dio a Francisco Cárdenas de un balazo certero en plena frente.
-¡Adónde está ese gaucho, carajo! -había gritado sofrenando el caballo en el barrancón del brete.
Francisco estaba desarmado. Él no supo esperar, no pudo esperar porque lo detestaba con esa capacidad de rencor de los hombres rectilíneos. Caracoleando esperó, con el revólver humeante, la reacción de los peones del muerto que lo miraban con asombro estúpido. Solamente Sapó Mesa sollozaba abrazado al cadáver y le gritaba amenazando con el puño:
-¡Nde añá raity pe guaré! ¡Nde añá raity pe guaré!
La guerra lo salvó de la cárcel, lo acostumbró a matar. Volcó la sangre de Francisco en un lodoso río sangriento. Pero él no sabía qué decirle a Sapó Mesa cuando le gritaba entre sueños mirándolo con sus ojazos saltones:
-¡Nde añá raity pe guaré! ¡Nde añá raity pe guaré!
Hombre disciplinado, estudioso, cabal, Daniel Domínguez se sabía un fracasado. Lo atormentaba el recuerdo de sus hermosas ideas, de sus aspiraciones, manchadas por el crimen. Recordaba y sufría. Sufría por el hijo del hombre al que había baleado. Y desde el fondo de su conciencia honrada un Sapó Mesa chiquito lo seguía amenazando:
-¡Nde añá raity pe guaré! ¡Nde añá raity pe guaré!
Apenas ya oía la voz que lo atormentara tantos años. Ahora, menos que nunca, tenía nada que decirle.
Miguelí, por disposición de su abuelo, yacía junto a Serafín Cañete. El viejo punteador dormía inocente. En la frente del niño había un fruncir apasionado, como si lo afligiera un enigma. Don Rosendo contemplaba con asombro la exaltada nobleza de aquel —273→ rostro varonil que parecía haber madurado con la muerte.
-Hijo mío, la muerte te ha hecho hombre. Eras demasiado valeroso para vivir.
-No se muere en la víspera sino en su hora -dijo Basilio el Mariscador.
-¿Cuándo será mi hora? Tal vez Dios me ha olvidado.
-Dios no se olvida de nadie, mi patrón.
Basilio el Mariscador lloraba. Lloraba sin darse cuenta, con gruesos lagrimones.
-Alguien más en el mundo -pensó el viejo- amaba a mi querido hijo Miguelí.
—[274]→ —275→
Se decía que en el arroyo, donde estuviera la represa, se oía con el nordeste el penumbroso tañer de una guitarra.
Un día llegó un peón proclamando el milagro.
En un tacuarillar, a la vera del arroyo, florecía la guitarra de Serafín.
Allí estaba, en efecto, desvencijada, ennegrecida, atravesada por cañas de tacuarilla verde. Una enredadera ceñía el brazo. En la caja anidaba un perfumado enjambre camoatí. La engarzaban campanillas y un trinar de zorzales le hacía coro.
-Aipó angá co ipoty Serafín Cañete mbaracá cue mi.
-¡Floreció la guitarra de Serafín!
La acompaña una cruz de lapacho. Allí van a rezar los humildes en el día de los Santos Difuntos. Mbaracá-poty se llama ahora. La gente pasa por allí con miedo. Pero, en el fondo quiere que el nordeste evoque al genio oculto excitando las voces de la guitarra-árbol, florecida en panal, en madreselvas azules.
-Un lugar de leyenda, como mi Patria -solía decir don Rosendo cuando por allí pasaba-. La cruz simboliza a la Muerte. La guitarra florecida, a la Fecundidad.
—[276]→ —277→FIN
AHO-RYÉ: Bolsón formado entre el escote y el cinto del typoi, vestido tradicional de las campesinas paraguayas.
AMÓ: Allá.
ANÍ: No.
AÑÁ: Diablo/a; añá-memby: hijo de diabla, de mala mujer; añá raity pe guaré: hijo del infierno, salido de un nido de malvados.
ARÁ-PIRÉ: (Piel de diablo). Prendas de tela burda que dan a los soldados cuando salen de baja.
APEPÚ: Naranja agria.
APYCÁ: Asiento hecho con la sección de un tronco de árbol.
ARAGUÁ: Corona, guirnalda. Según algunos, los guaraníes llamaban así a los españoles, en el sentido de ara: día; gua: originario de...
ASAYÉ: Siesta.
AVÁ: Indio; avá-i: indiecito.
AVÁ-PAYÉ: Hechicero.
AVARÉ: Sacerdote.
AYÉ: ¿Verdad?
BANDA: Prostituta.
BANDA OCARA: Conjunto campesino de banda muy ruidoso y pintoresco. Incluye todos los instrumentos posibles.
BATALLÓN POMBERO: Unidad militar encargada del reclutamiento y de la persecución de desertores durante la guerra contra la Triple Alianza. Integrada por mutilados, se hizo proverbial su inutilidad y lamentable aspecto.
BOLÍ: Boliviano.
CAAVÓ: Atractivo, suerte en el amor.
CAVARÁ: Cabra, cabrón.
CABURÉ: Torta de afrecho de mandioca.
CABUREÍ: Avecilla rapaz extremadamente agresiva y sanguinaria. Paraliza de terror a sus víctimas, y sus plumas son infalible amuleto de amor.
CAMISÁ-PARÁ: Camisa blanca con rayas cruzadas de colores.
CAGUARÉ: Especie de oso hormiguero.
CAMA: Senos.
CAMBÁ: Persona de raza negra. Término despectivo con que se designaba a los soldados brasileños en la guerra de la Triple Alianza.
CAMOATÍ: Especie de avispa.
CARAÍ: Señor.
CARAÍ-GUAZÚ: Gran señor, preferentemente, en sentido moral.
CARAÍ-ÑEÉ: Castellano. Literalmente: «lengua de señores».
CARAÍ PYJARÉ: El Señor Noche. Duende que, entre otras cosas, se dedica a la cría y protección de las luciérnagas.
CARAPÁ: Encorvado.
CARÄU: Ave nocturna que llegó a tal condición por un crimen.
CARAYÁ: Variedad de mono aullador.
CATÚ NA: Expresión imperativa. Equivale a: ¡hazlo, pues!
CO: «Pobre angá, yo también co yo quiero» (Pág. 171). Caso típico del mestizaje del guaraní y el español. Al contenido objetivo de la frase se ha agregado un matiz emocional. Podría traducirse: «pobrecito, cuánta pena me da, porque a éste yo también lo quiero».
COATÍ O CUATÍ: Mamífero carnicero plantígrado, de cabeza alargada con un hocico estrecho y prolongado. Tiene uñas fuertes y alargadas que le sirven para trepar a los árboles.
COCUÉ: Chacra, sembradío.
C.O.P.A.L.: Corporación Paraguaya de Alcoholes. Marca de un aguardiente de caña de baja calidad, y extremadamente tóxica.
CUPI-Í: Termita, carcoma, comején.
CUREPÍ: (Piel de chancho). Término despectivo que designa al argentino.
CURIYÚ: Especie de boa, de gran tamaño.
CHAMIGO: Mi amigo.
CHE: Mi, mío.
CHE RAÁ; CHE RAATO: Mi compinche.
CHIPA, CHIPÁ: Pan de almidón, leche, queso, grasa, huevos y sal.
CHIPA-Í: Tortilla de harina con grasa.
CHACOCUÉ: Agricultor.
CHOPÍ: Tordo. Baile popular muy movido.
DIANA-MBAYÁ: «Diana de los (indios) mbayáes». Toque de diana muy antiguo.
ETIGUARÁ: Poeta guaraní, según algunos. «Poeta» en guaraní, según otros.
GUAICURÚ: India de rasgos mongólicos muy acentuados.
GUAINO: Asistente del hachero o del cosechador de yerba.
GUARAÑIRÁ: «Para la guerra». Árbol de madera muy dura.
GUATAMBÚ: Árbol de madera muy apreciada, de calor amarillento, en una de sus variedades.
GUAVIRAMÍ: Arbusto muy frondoso, que da frutos apreciados por su sabor. Es fama que guarece a la víbora cascabel.
GUAZÚ-VIRÁ: Una de las variedades del venado.
ITAPERÉ: El que deja huella, el que marca caminos. Quien, habiendo pasado por un lugar, ya no se lo olvida.
JAQUE: ¡Cuidado!
KAÍ: Mono.
KIRITO: Jesucristo.
MA: Ya. «Listo ma»: listo ya.
MAITEIPA: Cómo estás.
MAMA-CUMANDÁ: «Mamá porotos», aire popular de género bufo.
MBAEICO: Qué; «Mbaeico tanto»: ¡Qué tanto!
MBARACÁ: Guitarra.
MBERÚ: Mosca.
MBOI-YAGUÁ: Víbora perro. Pertenece a la mitología.
MBOPÍ: Murciélago.
MBOREVÍ: Anta, tapir. Látigo fabricado del cuero del mismo animal.
MBORIAJÚ-RYGUATÁ: «Pobre satisfecho». Campesino dio.
MITÁ: Muchacho; mitaí: niño; mitaí-paraguay: chicuelo de Asunción.
MO'Ä: Conjeturar, aparentar, imaginar, sospechar, parecer, creer, pensar, opinar.
MONSEÑOR BOGARÍN: Arzobispo de Asunción. Fue un sacerdote muy popular.
MUÁ: Luciérnaga.
NA: No. También forma parte del imperativo en su forma de súplica y se traduce por: es bueno que por favor. Interjección: significa disgusto, desagrado.
NACO: Mascada de tabaco.
NAJARINI: No.
NANGÁ NA: Expresa incredulidad y desagrado.
NDAYÉ: Dicen que.
NDE: Tú, tu. «¡Nde bárbaro!»: ¡Qué bárbaro! «Nde vyro»: qué tonto.
NEI: Sí. Se usa también como interjección: «Nei, terejó»: ¡Vamos, vete!
NEIKE: ¡Ándele!
ÑAKYRÁ: Cigarra. Penitencia que consiste en obligar al preso a mantenerse sujeto con pies y manos entre dos ramas o las rejas de un ventanal.
ÑANDEYARA-GUAZÚ: «Nuestro gran dueño». El Dios Padre.
ÑANDUTÍ: Tejido primoroso hecho a mano.
OCARA-POTY: «Flor de los campos». Nombre de una revista en guaraní muy popular.
ORÉ: Nosotros exclusivo. Oreavé: también nosotros.
PA: Indica interrogación.
PARAGUAY: (Pronunciada con la «y» gutural). Nombre popular de la ciudad de Asunción.
PARTICÚ: Conscripto de policía ingenuamente disfrazado de civil.
PAYÉ: Encantamiento, hechizo, hechicería.
PICÓ: ¿Verdad?, ¿es cierto?
PINDÓ: Palma, dátil.
PIRÁ, PIRATÁ, PIRÄI: Pez, especie de pez, piraña.
PIRIPIPÍ: Pistola ametralladora.
PITOGUÉ: Nombre de una avecilla cuyo canto imitan los chicos en sus silbidos de llamada. Equivale al «bicho feo».
PLATA-PIRIRÍ: Billete de banco flamante.
POKYRÁ: Sirvienta cocinera.
PORA: Fantasma.
PYCHAI: Pobre diablo del folklore. Ganó una célebre carrera montado en una yegua vieja, que resultó ser encarnación de su madre. No pudo cobrar el premio porque siguió galopando hasta desaparecer.
PYRAGÜÉ: Espía.
RAPAIS: Brasileño.
RESIDENTA: Mujer que acompañó en su retirada al ejército paraguayo durante la guerra contra la Triple Alianza.
RUBIO-NÜ: Batalla en la que el poderoso ejército imperial brasileño fue contenido por batallones de niños disfrazados con largas barbas y que se dejaron matar uno por uno.
SACO-PUCÜ: «Saco largo», partidario del gobierno en la guerra civil de 1923. Enfrentaban, naturalmente, a los «saco mbyky» (sacos cortos).
SAMUÜ: Palo borracho.
SAPÓ: De «tesá po». Se dice a las personas que tienen ojos grandes y saltones.
SAPUCAI: Grito. Grito característico de los campesinos paraguayos.
SOLDADO-LOPE-CUÉ: Veterano de la guerra contra la Triple Alianza.
TACURÜ: Termitero.
TAITÁ: Papá.
TAJACHÍ: Conscripto de policía.
TAPITÍ: Conejo.
TARUMÁ: Árbol que alcanza gran altura.
TATÚ-POYÚ: Variedad de armadillo.
TAÚ-TAÚ: Fuego fatuo.
TAYHY: Lapacho. Árbol de madera dura incorruptible, se cubre de flores en primavera.
TEMBETÁ: Adorno de hueso que atraviesa el labio inferior de algunos indios.
TERERÉ: Mate con agua fría.
TICÓ: Ver «Picó».
TOKY: Juego parecido al de «cara y seca».
TROMPO-YECUTÚ: Juego de trompos que consiste en clavar y, si es posible, quebrar el trompo del adversario.
TUPÁ: Dios.
TUVICHÁ: Jefe.
VIRÁ-I-TAPÉ: «Pajarillo del camino. Muy inquieto. Para los niños es tabú dispararle con la hondita (gomera), porque goza de la protección de los duendes.
UPEVA: Eso, ese.
URÚ: El encargado de tortar la yerba en el barbacuá.
YACARÉ: Caimán. Incursión subrepticia al lecho de una dama.
YACYI-YATERÉ: Duende de las siestas.
YAGUARETÉ-AVÁ: El hombre tigre.
YATAGÁN-CUÉ: Cuchillo fabricado con hoja de bayoneta.
YGÁ: canoa.
YPARAGUAY: Río Paraguay.
YVAPOVÓ: Árbol extraordinariamente frondoso, que alcanza gran altura.
YVAPURÚ: Esta planta da su fruto enracimado junto al tronco.
YUKERÍ: Planta sensitiva, mimosa.
YVYRÁ-CUÁ: Cepo.