Acto III
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Igual decorado. Una hora después. La escena
está sola. De cuando en cuando algún disparo de las
baterías en el mar. Óyese la voz de PEDRO en el interior. Aparece y da
unas palmadas.
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PEDRO.- ¡Que empiezo! ¡Que voy a
empezar! ¡Que empiezo!
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SIMÓN.- (Entrando
enfadadísimo.) ¡Silencio!
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PEDRO.- (Digno.)
¡Simón!
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SIMÓN.- ¡Al cuerno!
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PEDRO.- Simón: es mi última
función.
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SIMÓN.- Ea, se acabó. No se puede
gritar ahora. El señor está muy mal... Pronto
volverá usted allá. Ya tendrá ocasión
de lucirse en los teatros. Calle ahora. ¡Silencio!
¡Aquí viene el señor!
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PEDRO.- ¡Hum!
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(Y se va contrariadísimo. Aparece ANDRÉS, pálido,
desfallecido, al entrar, se apoya fatigado en la jamba del arco.
SIMÓN le contempla
largamente.)
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SIMÓN.- ¡Señor! Qué
imprudencia.... ¿Por qué se ha levantado el
señor?
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ANDRÉS.- No, no es nada... Necesitaba
moverme, andar un poco. Respiro mejor así.
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SIMÓN.- ¡Señor!
¡Señor!
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ANDRÉS.- (Sonríe
melancólicamente.) Mi pobre Simón... No
temas. ¿Dónde están los demás?
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SIMÓN.- En la playa... Viendo cómo
se acerca la escuadra. Son muchos barcos... Disparan como diablos.
¿No oye el señor? Todos están llenos de
alegría.
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ANDRÉS.- ¿Y Estrella?
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SIMÓN.- Allí también, con
él... No se separan. La pequeña está como
hechizada. ¡Malditos sean! Parece que los trajo el diablo.
¡No importa, señor! Pueden irse todos. Mejor. Mi mujer
y yo continuaremos al lado del señor, para siempre, si es
preciso...
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ANDRÉS.-
(Emocionadísimo.)
¡Simón!
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SIMÓN.- Y nadie sabrá nunca
nada... Eso es. Antes perdí la cabeza... Se lo juro,
señor. Cuando vi aquí a esos hombres y oí que
quizá volveríamos al mundo, me volví loco. Me
vi otra vez en París, en el bosque de Bolonia... Pero no
pasará más.
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ANDRÉS.- ¡Oh!
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SIMÓN.- Vamos, el señor no tiene
que temer nada. Nos quedaremos aquí. Y ya nunca, nunca,
sabrá nadie lo que pasó aquella noche... El secreto
será nuestro siempre, de los dos.
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ANDRÉS.-
(Conmovido.) Gracias...
(Desfalleciendo.) Pobre Simón,
tan fiel y abnegado... Tranquilízate. Todos vamos a partir
dentro de muy poco. Volverás a tu paseo de coches del
bosque. Te lo prometo. Llevarás otra vez otros cuatro
caballos alegres, tan alegres como los míos... Yo
también partiré, Simón. Es necesario.
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SIMÓN.-
(Asustado.) Pero ¿qué
está diciendo el señor? ¿Y adónde
vamos? ¡Eso no puede ser!
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(Y de nuevo aparece PEDRO.)
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PEDRO.- ¡Andrés!
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SIMÓN.-
(Furiosísimo.) ¡Y dale!
¿Otra vez aquí?
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ANDRÉS.- ¡Pedro!
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SIMÓN.- ¡Condenado!
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ANDRÉS.- Ven aquí, Pedro...
Acércate.
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PEDRO.- ¡Andrés!
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ANDRÉS.- Ha llegado el momento de salir
de aquí. De volar. De correr otra vez al mundo. De vivir de
nuevo entre los demás hombres. ¿Estás
contento?
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PEDRO.- Sí, Andrés. Tú lo
has dicho... Voy a vivir otra vez. Es la resurrección.
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ANDRÉS.- ¡Ah! (Otra
voz.) ¿Te acuerdas, Pedro, de aquel día
hace doce años, a bordo del «yacht», junto a Italia? Yo
te anuncié que venía a refugiarme para siempre en mi
isla. ¿Lo recuerdas? Yo lo recuerdo como si fuera ahora
mismo... Te veo a ti llorando y diciendo a gritos:
«¡Llévame contigo, Andrés;
llévame! Odio al mundo. Vámonos a la isla. Viviremos
una vida nueva, lejos de los hombres... ¡Para siempre!»
Me lo pedías con toda tu alma. ¿Lo recuerdas ahora,
Pedro?
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PEDRO.- ¡Calla, Andrés!
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ANDRÉS.- Aquel día solo
soñabas con la huida... ¡Huir, huir, huir! Así
es el sueño de todos los desgraciados. Y tú eras un
gran desdichado...
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PEDRO.- ¡Calla!
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ANDRÉS.- Se acababa de hundir sin remedio
el mayor sueño de toda tu vida: ser un gran actor.
Habías fracasado pocas noches antes en el teatro del
«Boulevard»... Se
habían burlado de ti...
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PEDRO.- (Un
gemido.) ¡¡Cállate!! ¡No lo
digas!
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ANDRÉS.- ¡Pobre Pedro! Y luego...
Doce años en la isla te han hecho olvidar tu derrota, pero
no tu sueño. Me has odiado. Me has aborrecido. Me has hecho
culpable de tu destierro. Si hubieras tenido valor, me hubieras
asesinado... ¿No es cierto, Pedro?
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PEDRO.- ¡Calla! ¡Calla!
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ANDRÉS.- ¡Pobre Pedro! ¡Pobre
loco!
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PEDRO.- (Revolviéndose casi
en llanto.) ¡Loco, sí!
¡¡Pero quiero vivir!! ¿Oyes, Andrés?
Quiero volver otra vez allí. Al «Boulevard». Te juro que
ahora no fracasaré. He pensado mucho en estos doce
años. Seré un gran artista, tú lo
verás. Un hombre célebre en todo el mundo, como
tú... ¡¡Lo seré!! (Una
transición: con temblor.) Y si vuelvo a
fracasar, si las gentes otra vez se ríen de mí...
¡Yo seré más fuerte que sus burlas y
resistiré! ¡¡Viviré!! ¿Comprendes,
Andrés? Quiero vivir... Seré un hombre como todos.
¡Desgraciado, pero vivo! (Mirando en
torno.) ¡Esto era la muerte! (Y
solloza.)
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ANDRÉS.- ¡Pedro! (Una
pausa.) Tony también quiere volver
allá... ¡Pobre viejo! Se ha escapado con la
alegría de un mozo. Ya olvida cómo aquella noche en
que partió el «yacht» me pedía con
lágrimas en los ojos que le dejara vivir a mi lado toda la
vida... ¿Lo recuerdas, Simón?
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SIMÓN.- Sí, señor.
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ANDRÉS.- Me decía que solo
aquí, en el destierro, en la soledad, podría librarse
de su vicio maldito... No era un hombre, era un despojo humano,
esclavo de la morfina... Se avergonzaba de sí mismo, se
horrorizaba de su pobre vida y de su vicio... Hubiera muerto
pronto. ¿Cómo es posible que lo haya olvidado?
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(Un silencio. Arriba ya cesó el eco de las
detonaciones. Y de pronto, jolgoriosa, viva y triunfal, la voz de
ESTRELLA.)
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ESTRELLA.-
(Dentro.) ¡Padre!
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ANDRÉS.- ¡Estrella!
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SIMÓN.- ¡La pequeña!
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ESTRELLA.- (Aparece. Su
túnica blanca es un guiño de alegría y de
gracia mientras baja corriendo los peldaños de la escalera.
Corre hasta ANDRÉS
y, arrodillada, le coge las manos. Tiembla de
dicha.) Padre, padre.
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ANDRÉS.- Cuidado, hija mía.
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ESTRELLA.- ¡Están ahí! Son
muchos barcos que parecen de plata. De un buque han bajado unos
soldados. Vienen en una lancha. Llegarán ahora mismo.
¿Me escuchas? Marcel los espera en la playa. ¿Lo
oyes, Simón? ¿Y tú, Pedro?
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PEDRO.- Sí, Estrella... Me va a saltar la
cabeza.
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ESTRELLA.- Corre, Simón. Hemos de estar
listos... Prepárate, padre. ¡Dios mío!
¡Dios mío! Al fin... ¡Oh, padre!
¡Qué grande, qué maravilloso es esto...! Es la
libertad. ¡La alegría!
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ANDRÉS.- Estrella...
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ESTRELLA.- Los soldados llevan el mismo uniforme
de Marcel, pero ninguno es como él... Estoy segura. No
sabrán decir sus cosas maravillosas... No tienen su mirada.
Cuando le dejé para bajar aquí, tenía en los
ojos muchas lágrimas. Me pareció más
maravilloso aún que esta mañana...
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ANDRÉS.- (Cogiéndole
la cabeza entre sus manos y mirándola con temblorosa
emoción.) Dime, Estrella... Has vivido
aquí doce años. Eras una niña cuando vinimos.
Te hiciste mujer sin comprenderlo tú misma. Di, Estrella,
¿cómo has podido querer a ese hombre esta
mañana? ¿Cómo aprendiste a amar?
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ESTRELLA.- (Dulce, alegre,
inefable.) ¡Padre! El amor es como los
sueños al amanecer. Un milagro. Lo dice Marcel... Lo lleva
una misma dentro sin saberlo... Duele la frente a veces, pero es
porque delante de nosotros no aparece todavía lo que hemos
soñado. Cuando no es necesario preguntar nada... Todo dice
que sí. Es alegría, alegría... Esta
mañana, los árboles de la isla, y el mar, y el cielo,
eran más bonitos que todos los días. Creí
volverme loca de angustia y de felicidad. Era que mi sueño
había aparecido ante mí. Era Marcel...
(De pronto, llena de rubor, hunde su cara entre las
rodillas de ANDRÉS.) ¿Lo
comprendes, padre?
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ANDRÉS.- Entonces... (Muy
emocionado.) ¿Le querrás siempre?
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ESTRELLA.- ¡Siempre! La vida solo es el
amor... Y yo quiero vivir siempre.
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ANDRÉS.- Sí. Pequeña
mía... (Con mucha
ternura.) Quiérele toda la vida. Si le
engañases, si un día dejases de quererle, él
sería muy desgraciado. Se volvería malo...
¡¡No lo hagas!!
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SIMÓN.- ¡Oh, basta, señor!
(Angustiado.) Mirad cómo se
fatiga...
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PEDRO.- ¡Andrés!
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ANDRÉS.- ¡Quiérele! La mejor
dicha en el amor no es ser felices nosotros, sino la felicidad de
quien amamos... Si él es feliz todos los días, tu
vida estará llena de alegría. Será
también tu felicidad.
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ESTRELLA.-
(Radiante.) Sí, padre...
Así será. ¡Te lo juro! (Una
transición. Con una angustia lejana.)
Padre... Dímelo. A ti te hicieron desgraciado, ¿no es
cierto? Dilo... ¿Fue mamá?
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ANDRÉS.- ¡Hija mía!
¡Calla!
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SIMÓN.- ¡Criatura...!
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PEDRO.- ¡Oh!
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ESTRELLA.- No había logrado comprenderte
nunca... Pero desde esta mañana me parece que han pasado
tantos años... Se ve tan claro el amor de los demás
cuando una está enamorada. Oye, padre... Yo he leído
el diario de mamá.
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ANDRÉS.-
(Estremeciéndose.)
¡Estrella!
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ESTRELLA.- Sí, sí... Te lo
robé una noche. Estaba entre tus libros... Leyéndolo
he descubierto yo mi propio sueño. Mamá soñaba
como yo. Pero, dime, padre, ¿es que los sueños que
allí escribía mi madre no eran para ti?
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ANDRÉS.- ¡Oh, hija mía!
(Sin voz casi.)
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PEDRO.- ¡Silencio, Estrella!
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SIMÓN.- ¡Señor! ¡Mi
señor!
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ESTRELLA.- He de saberlo... Sería capaz
de preguntárselo a ella misma... ¿Dónde
está mamá? ¿Es que no la veré
nunca?
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ANDRÉS.- No, hija... ¡Nunca!
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ESTRELLA.- ¡Oh!
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(Y rompe el silencio un murmullo de algazara y de triunfo
que viene de arriba, de la isla. Son muchas voces de soldados que
cantan y vitorean. Cantos de guerra, gritos de júbilo. Como
fondo, clarísimas, las estrofas de «La
Madelon».)
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VOCES.- «Pour le repos, le
plaisir du militaire, il est la-bas...».
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UNA
VOZ.- ¡Viva el capitán Tavernier!
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OTRAS
VOCES.- ¡Viva!
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(Todos los personajes en escena quedan suspensos, cada uno
en su propio temblor. PEDRO, como loco, comienza a subir las
escaleras. ANDRÉS,
en pie, más pálido, como muerto, estremecido. Surge
ANA en la
escalera.)
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ANA.- ¡Ya están ahí!
¡Han desembarcado!
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PEDRO.- ¡Ya están ahí!
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ANA.- Traen a Tony con ellos... ¡Lo
recogieron en el mar! ¡Se ha salvado!
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PEDRO.- ¡Oídlos! ¡Vienen!
¡¡Vienen!!
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ANA.- ¡Ya llegan!
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ANDRÉS.- (En un grito
sordo.) ¡¡Simón!!
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SIMÓN.-
(Aterrado.) ¡Señor!
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ANDRÉS.- Ya vienen. ¿Los oyes? Ya
vienen. ¡No, Simón! ¡No, no, no! ¡No
quiero! ¡Llévatelos!
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ESTRELLA.- ¡Padre!
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SIMÓN.- ¡Señor,
señor...! Tranquilícese, por piedad. Mira, Ana...
Está temblando... No respira. ¡Calma,
señor!
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ANA.- Señor... ¿Qué es
esto, Simón?
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ESTRELLA.- ¡Habla, padre, habla!
¡Por piedad!
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SIMÓN.- Ayudadme... Es necesario llevarlo
de aquí.
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ESTRELLA.- ¡Padre!
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ANDRÉS.- Sí... Llevadme
allí, junto a mi violín. ¡Pronto! Quiero
tocar... (Se ahoga.) Vamos...
¡Oh!
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SIMÓN.- Sí, sí...
¡Pronto!
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ANA.- Con cuidado...
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ESTRELLA.- Padre, padre...
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(Desaparece ANDRÉS Kovach apoyado en
SIMÓN y
ESTRELLA. PEDRO y ANA los siguen. La escena queda sola.
Las voces, los gritos y los cantos de los soldados se acercan
gloriosamente. Al fin, irrumpen en tropel por la escalera. Bajan,
primero MARCEL y un
teniente. Detrás, soldados, marinos, etcétera.
TONY, entre ellos,
gozosísimo. Al fondo, grave y emocionado, aparece
también HANS.)
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UN
SOLDADO.- ¡Viva el capitán Tavernier!
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TODOS.- ¡¡Viva!!
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MARCEL.- Gracias, camaradas. ¡Amigos!
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TONY.- ¡Estrella! Niña... Estoy
aquí. He vuelto... ¿Dónde estás?
(Cruza la escena y sale.)
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TENIENTE.- Maravilloso, Marcel...
¡Qué aventura! ¿Qué es esto?
¿Qué gente hay aquí? Luego nos lo
explicarás todo. ¡Otro abrazo!
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MARCEL.- ¡Y cien!
(Ríe.)
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TENIENTE.- Te creímos perdido... Pero
eres nuestro otra vez. Como siempre, ha sido para ti el mayor
peligro y la más bella aventura. ¡Viva el
capitán Marcel Tavernier!
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TODOS.- ¡Viva!
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TENIENTE.- (Sorprendido. Viendo
que HANS se acerca
lentamente a MARCEL.) ¿Eh?
¿Quién es este? ¿Qué significa?
(Un seco saludo
militar.) ¡¡Un alemán!!
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TODOS.- ¡Un alemán!
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MARCEL.-
(Sonriendo.) Sí. ¡Mi amigo
el teniente Hans Heibbel!
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OFICIAL.- ¿Tu amigo?
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MARCEL.- ¡Mi mejor amigo!
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HANS.- Adiós, Marcel... Soy vuestro
prisionero. Ha llegado la hora de separarnos.
(Conmovido. Un silencio.) ¿Para
siempre?
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MARCEL.- No, Hans. Te lo prometo... La guerra
terminará un día. Y entonces volveré a
París, a mis lecciones en la universidad, a mis libros, a
mis paseos de los domingos por el campo... Llevaré a
Estrella cogida de la cintura... Y te recordaremos y hablaremos de
ti. Y tú un día nos darás una sorpresa
deliciosa: cuando menos lo esperemos, tú, con tu alemanita
de las trenzas rubias, vendrás a pasear con nosotros por el
bosque... ¿Será así, Hans?
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HANS.- ¡Sí, Marcel! Yo
volveré a Nuremberg. Y también os esperaré a
vosotros. Nuremberg es una ciudad muy vieja y muy bonita... Mi
mujer os invitará a comer y, de sobremesa, durante horas y
horas, yo tocaré el violín para vosotros...
Será magnífico. (Muy
conmovido.)
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MARCEL.- ¡Adiós, Hans! Un
abrazo.
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HANS.- ¡Adiós, Marcel!
¡Amigo!
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MARCEL.-
(Transición.) ¡Teniente
Forestier!
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TENIENTE.- ¡Mi capitán!
(Firme.)
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MARCEL.- Tomad... Os entrego mi prisionero.
Miradle: ¡tratadle como a un príncipe, porque es nada
menos que un hombre enamorado!
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TENIENTE.- ¡Ah! (Muy
contento.) ¡A sus órdenes, teniente Hans
Heibbel!
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HANS.- Gracias.
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TENIENTE.- ¡Soldados! ¡Armas...!
¡Eh!
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(Los soldados presentan armas. Los marineros saludan.
HANS saluda también
y asciende la escalera entre dos filas de soldados. El oficial le
sigue. Suben también los soldados. MARCEL queda solo. Mira en derredor,
sonríe, dichoso, se dirige a un lateral y llama
suavemente.)
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MARCEL.- Estrella... Estrella... Es la hora.
(Una pausa.) Estrella... ¿Me
oyes?
(Dentro, rompen el silencio absoluto los acordes del
violín de ANDRÉS Kovach que preludia
emocionadamente su vieja Sonata. MARCEL sonríe.)
¡Oh! Andrés Kovach se
despide de su isla... ¡La «Sonata a
Kreutzer»!
(Una pausa. Prosigue, dulcísimo, el
violín.)
Realmente es maravilloso...
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(Calla y oye ensimismado. Y dentro, un grito desgarrador de
ESTRELLA.)
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ESTRELLA.-
(Dentro.) ¡Padre!
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MARCEL.-
(Sobresaltado.) ¿Eh?
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ESTRELLA.- (Dentro. Un tremendo
sollozo.) ¡¡Padre!!
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MARCEL.- ¡Estrella!
(Va a precipitarse al interior. Pero aparece SIMÓN y le corta el paso.
SIMÓN viene
temblando, demudado, palidísimo.)
¡Simón!
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ESTRELLA.-
(Dentro.) ¡Padre!
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MARCEL.-
(Anhelante.) ¿Qué?
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SIMÓN.- ¡Ha muerto!
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MARCEL.- ¡Muerto!
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SIMÓN.- ¡Sí!
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(Un silencio. Se oyen los sollozos de ESTRELLA.)
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MARCEL.- Muerto... ¡Qué horror!
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SIMÓN.- Ha muerto porque su
corazón no ha podido resistir. Lo ha roto el dolor... Y la
sirena de esos buques. ¡Y vosotros mismos! Y yo...
¡Todos!
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MARCEL.- ¡Ah!
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SIMÓN.- ¡Pobre Andrés
Kovach! Pero ha triunfado sobre todos. Os ha vencido a todos. La
policía y la justicia no pueden vencer a los hombres como
Andrés Kovach... Era demasiado extraordinario.
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MARCEL.- ¡La policía!
¿Cuál era ese secreto?
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SIMÓN.- ¡Todavía no ha
sabido usted adivinarlo! Algo que le llenaba de remordimiento y
horror. Solo él y yo lo sabíamos.
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MARCEL.- ¡Dígalo!
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SIMÓN.- Andrés Kovach mató
a aquella mujer...
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MARCEL.- (Absorto.)
¿Qué dice usted?
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SIMÓN.- Sí... (Una
pausa.) Por eso vinimos a la isla... ¿Lo
comprende usted ahora?
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MARCEL.- Cuente... Se lo suplico.
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SIMÓN.- Fue hace doce años. Una
noche, en el «yacht». Habíamos
salido de París, para un viaje de descanso, con el mayor
sigilo... Estábamos en el Mediterráneo, en un puerto
de Italia. El señor tenía a bordo dos invitados:
Pedro y un músico italiano, De Mezzana, el gran miserable...
Durante toda la noche el señor había tocado el
violín para sus amigos... Fue a la madrugada cuando la
sorprendió en brazos de Mezzana, en un rincón de
cubierta... Yo los vi también. El señor no supo
qué hacer... Lloró como un niño a mi lado
horas y horas. Al amanecer, el italiano había desembarcado y
ella dormía en su camarote. Andrés Kovach, de pronto,
se convirtió en otro hombre. ¡No he podido olvidar
aún aquellos ojos, aquellas manos temblorosas! Corrió
al cuarto de ella como un loco... ¡Y ella no volvió a
despertar! (Se estremece.) Luego la
arrojó al mar.
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MARCEL.- ¡Qué horror!
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SIMÓN.- Toda la gente del barco
creyó que ella había escapado con el italiano. Yo
marché a París, recogí a la niña del
colegio, volví al «yacht», nos hicimos a la
mar... Y llegamos aquí. Una noche, el señor
ordenó al capitán del «yacht» que se hiciesen a
la mar mientras nosotros dormíamos. Compró el
silencio de la tripulación con toda su fortuna. Y ellos,
véalo usted, cumplieron su palabra de ocultar nuestro
refugio para siempre. Así han pasado doce años. Hasta
esta mañana, que llegaron ustedes. ¡Y lo han
destrozado todo!
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MARCEL.- ¡Pobre Andrés Kovach! Era
tan extraordinario que la propia muerte ha sido generosa con
él y le ha dado la libertad. Se ha escapado del mundo, de
nosotros, de sí mismo... ¡Oh, Dios!
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(Dentro, otra vez, la voz de ESTRELLA.)
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ESTRELLA.-
(Dentro.) ¡Padre!
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SIMÓN.- ¡Estrella!
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MARCEL.- ¡Silencio! ¡Ella no
sabe...! ¡Y no lo sabrá nunca!
(Entra ESTRELLA.
Tiembla desolada y estremecida.)
¡Estrella!
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ESTRELLA.- (Arrojándose en
su pecho.) ¡Muerto, Marcel, muerto!
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MARCEL.- ¡Chiss! Silencio... Mi vida. Mi
amor.
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(Entran PEDRO y
TONY. Los dos, en
silencio, como huidos, atraviesan la escena y escapan por la
escalera a la isla.)
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ESTRELLA.- ¡Muerto!
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MARCEL.- Calla...
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(Arriba, los soldados cantan jubilosamente «La
Madelon». Voces de alegría.)
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VOCES.- (Dentro.)
«Pour le repos, le plaisir du
militaire...»
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UNA
VOZ.-
(Dentro.) ¡Capitán
Tavernier! ¡En marcha!
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MARCEL.- ¡Voy!
(Bajo.) ¿Oyes, Estrella
mía? Esas canciones también son la vida, como la
muerte misma y el dolor. Del dolor solo pueden escapar los que
sueñan... (La levanta en sus brazos como a una
niña.) Ven, Estrella. Yo te llevaré
lejos. Yo te haré soñar... ¡Yo soy tu
sueño!
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(Y se la lleva amorosamente hacia la escalera. Mientras,
arriba, los soldados se alejan cantado su
canción.)
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TELÓN
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