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Fui el sexto hijo varón de don Miguel Halley -sirio- y de doña Elisa Mora, siendo el primero Antonio y el segundo Pedro, que combatieron en la Guerra del Chaco. Después Gerardo, Agustín, Eulalio y yo. Hubo otro varón, Roque, que murió de niño, de modo que me salvé de ser el séptimo varón, proclive, según la leyenda, a convertirse en Lobisón, o Luisón, como se dice en el Paraguay. En el momento de escribir este libro quedamos en pie Gerardo y quien lo escribe. No faltó en la familia el toque de la tragedia. Mi padre, Miguel y su hermano gemelo, Manuel, fueron acribillados a tiros en 1937 en Ajos, hoy Coronel Oviedo, pueblo de mi nacimiento. Contaba mi madre que nunca aquellos gemelos se separaron. Viajaron juntos al Paraguay, trabajaron juntos, vivieron juntos y murieron el mismo día. Juntos, desde el seno materno hasta una tumba doble, extraña caricatura de un útero de la Eternidad. Igual destino le tocó a mi hermano Antonio, asesinado a tiros por la espalda por su cuñado, Carlos Vargas, en vísperas de la Navidad de 1959.
De Ajos tengo vagos recuerdos, aunque por lo contado por mi madre y mis hermanos mayores era poco más que una aldea de frontera, porque más allá sólo se extendía el inmenso bosque del Caaguazú hasta el río Paraná. Tierra de malevos, refugio de fugitivos que tenían la selva donde escabullirse en el patio de los ranchos, la mala fama de Ajos era legendaria. No había Comisario que durara tres meses en el cargo, y no porque se jubilaba sino porque se lo enterraba con las pompas del caso, o con ninguna, víctima de algún entrevero en el que tuvo el desatino de querer imponer su autoridad. Era el pueblo de Ajos de entonces, muy distinto a la culta Villarrica o a la señorial Caazapá, de mucho más contenido tradicional en la composición de la sociedad y de la familia, el cultivo de las artes y la asimilación de una inmigración de pioneros europeos que fundaron familias ilustres. La escuela de Ajos sólo tenía hasta el tercer grado, y aunque no faltara maestra para el cuarto, faltaban alumnos, ya que al despuntar la adolescencia, siempre temprana en el campo, tiempo de concurrir modosamente al cuarto grado, el púber ya se sentía muy —14→ hombre como para dedicarse a minucias escueleras, exigía a la familia el correspondiente caballo que certificaba una naciente virilidad de jinete, y no faltaban padres que les ponía como rúbrica un revolver al cinto como resumen y símbolo de iniciación varonil. El siguiente paso era «perjudicar» a alguna desprevenida doncella, en un episodio de estío desolado y cántaro roto, y con el mayor escándalo posible, porque la costumbre mandaba que la cosa tenía que saberse, para la consabida alabanza masculina al macho que despuntaba y la también consabida condena femenina -madre incluida- a la perversa de calzones flojos que había «tentado» al doncel.
Mis recuerdos de aquella niñez en Ajos son esfumados como un espejismo, como sólo pueden serlo los de un niño de cinco o seis años. No obstante, todavía mi memoria se activa cuando mis narices perciben el fuerte olor de los fardos de alfalfa o de tabaco, el del sudor de los caballos mezclado con el aroma del cuero, la boñiga de los bueyes y la exhalación de madera vieja de las carretas. Todavía viene a mi memoria las noches cerradas, erizada de grillos y la asombrosa bóveda del cielo nocturno, donde estrellas y constelaciones brillaban triunfales, sin la palidez de la polución lumínica de hoy que nos deja sólo el esbozo de un cielo que fue. Noche, estrellas, inmensidad y brisa convocaban la idea de la humildad del hombre ante la vastedad del universo, y su pequeñez ante la Creación que se instalaba en el entorno como en una escenografía majestuosa, abrumadora. Apagadas las luces, solía salir al patio o asomarme en alguna galería para contemplar la noche, y de entonces vuelve el recuerdo recurrente y nunca borrado. El de un candil movedizo -vela de sebo dentro de un caja de vidrio-. El farol mbopí, que se desplazaba oscilante en la negrura de la noche, sostenido por algún jefe de familia a su vez seguido por la mujer y los hijos. Sombras que venían de la oscuridad y caminaban por la oscuridad hacia la oscuridad, transitando un camino jalonado de tristes cruces que eran los hitos que la muerte había plantado para indicar el lugar de una desgracia, una emboscada, un entrevero sangriento, un «guazú apí» (tiro al venado) aleve y cobarde, y allí se ponía la cruz, en vano intento de convocar poderes milagreros. Siluetas fantasmales apenas delineadas tras el mínimo resplandor andante, a las que la —15→ noche sorprendía en el camino e iban hacia su destino hendiendo la espesa negrura. A lo largo de mi ya larga vida, siempre recuerdo aquella noche del candil errante alumbrando una caminata de almas en pena, y hasta hoy me pregunto el significado último de esta impresión que no se borra de la memoria, como si mi propia niñez quisiera enviarme un mensaje, una enseñanza o una experiencia sobre el significado de la vida, que al final de cuentas no es otra cosa que ir abriéndose paso a tientas y con una breve ascua de luz hacia lo desconocido.
Mi mente infante -curiosamente- asociaba la noche al candil guiando a las sombras errantes. A esas sombras al camino -apenas un sendero para caminantes que innumerables pies descalzos fueron trazando en el suelo verde- y al camino con las cruces que la tragedia plantaba como postas para que la memoria de la gente guardara las andaduras de la desgracia. Aún recuerdo el «curuzú Adelina», a la vera de un espeso bosque, donde Adelina pagó con la vida una traición de amor. El «curuzú angelito», donde un chico de tres años, en andas de un padre borracho cayó del caballo y se mató. Y el «curuzú Teodoro», en memoria de un tropero de ese nombre cayó fulminado por un tiro venido de la espesura, sin que nunca se supiera por qué ni por quién. Ornados siempre con su renovado «paño», aquellas cruces irradiaban milagros -al menos la gente creía eso- y siempre recibían el homenaje peregrino de una oración y de una vela de sebo que cuando el viento no apagaba terminaba derretida en una mancha blancuzca dispersa en el suelo.
Quizás por esa presencia ubicua de la muerte, y de la santificación de la muerte que tan bien estudia Octavio Paz como fenómeno de la cultura mejicana en su «Laberinto de la Soledad» mi madre se santiguaba despavorida, nativa como era de la sosegada Quiindy, madre de seis varones destinados a hacerse hombres, crecer y tal vez morir a temprana edad en ese universo violento, con moralidad de frontera, donde el acto de matar no hacía asesinos sino arquetipos de arrojo y de —16→ hombría, con hombres curtidos prontos a echar mano al revólver o el puñal.
La síntesis de su pavor maternal quizás era el pequeño altar de su pieza de costura, donde siempre ardían velas para Jesucristo, la Virgen y todos los santos protectores de cada desgracia que acecha la vida del varón. Recuerdo que entre esa surtida imaginería resaltaba la imagen de su devoción más intensa: Nuestro Señor de la Buena Muerte, o San La Muerte, como se lo conocía en otros parajes rurales, que no evitaba la muerte, sino por lo menos la hacía dulce y pacífica, y era un esqueleto humano sentado y sosteniendo una guadaña. Alguna vez, un seminarista joven de paso por el pueblo, con ínfulas de poseedor de la cultura clásica, le dijo que semejante icono no era cristiano, sino pagano, la Parca de los antiguos y de los infieles. No indujo en mi madre duda alguna, sino indignación ante la descalificación sacrílega del objeto de su devoción y de su esperanza, y si alguna semilla de duda le quedó en el alma, se disipó cuando un viejo cura de Villarrica, que de vez en cuando se atrevía a realizar algún breve y prudente paseo pastoral por Ajos, le afirmó que más importante que el objeto de la fe, era la fe misma, toda vez que fuera sincera y sentida.
Tranquilizada en ese aspecto, el desasosiego de criar varones en un universo tan violento no cesaba. Juntó valor y se enfrentó al marido.
-Llevemos a nuestros hijos a Asunción, quiero que se eduquen.
-Aquí tengo mi negocio, no puedo dejarlo.
«Y también a su hermano gemelo, del que jamás se separa» -habría pensado mi madre-. Y que por otra parte, ya tenía su propia familia aposentada allí.
El negocio aquel, aparece descrito en las primeras páginas de mi novela Los Hombres de Celina, tal como yo lo recuerdo, aunque los personajes de la narración imaginaria son otros.
El conflicto duró poco. Con todos los bártulos en una carreta, mamá Elisa y sus seis retoños iniciaron la dura jornada hasta Villarrica, donde tomarían el tren a Asunción. Papá Miguel, cuyo negocio, almacén, tienda, ferretería, acopio de frutos del país, era realmente grande, según sospecho, recuperó algún soñado celibato, no tardó en traer a una nueva señora —17→ en casa e inició otra camada como la que se fuera, tan numerosa que aún hasta hoy día, andando por perdidos parajes, suelo toparme con sonrientes caballeros y amables damas que me preguntan si yo soy yo, les respondo que sí soy yo, y me dicen con fraternal sonrisa «yo soy tu hermano», o tu hermana, según el caso, cosa que acepto tras el breve escrutinio de la nariz pronunciada y los ojos pequeños que son el inconfundible certificado genético de la descendencia de mi padre.
Con el viaje a Asunción, terminó para mí una niñez donde el paisaje agreste y bello ofrecían, al menos al niño aún acorazado en inocencia contra las brutalidades adultas, lo más parecido a un Edén infantil, porque el espacio ilimitado es igual a libertad y la libertad es el señorío sobre el barranco y el arroyo, el fruto y el viento, la miel silvestre y el trote holgazán de aquella yegua panzona que fuera mi primera y única cabalgadura: la exploración de los matorrales y de las hilachas de monte que se introducían en la periferia del poblado, y en el monte, el entrever de los vuelos furtivos de los pájaros asustadizos, flechas vivas de colores plurales, aleteos castigando el viento y estremeciendo las ramas, vida y vuelo, vuelo y misterio. Fascinado, acompañaba a mis hermanos mayores a la floresta. Un machetazo hería el tronco del Curupica'y y al día siguiente el árbol ya había derramado su sangre espesa, alquitrán lechoso y blanco que daba el material para el «mangaysy» donde cardenales y calandrias tortolitas y piriritas venían a quedar engrillados tras posarse imprudentemente en el palillo engomado. Ser un niño, tener en las manos un pájaro cautivo, hijo del vuelo, del cielo y de la libertad, produce una sensación de poder y de soberbia que todas las humildades futuras no logran desterrar del alma.
Tantas veces me han preguntado y me he preguntado también a mí mismo, sobre cuándo se formó mi sensibilidad que generó después una vocación de escribidor y cronista del entorno humano. La respuesta quizás se dé en mi infancia, y en ella, el contacto con la naturaleza y con la gente, cosa que no cambió cuando la familia se trasladó a Asunción en los años treinta, cuando tuvimos la suerte de instalarnos en una casa quinta de inmenso patio arbolado. Haciendo una comparación burda pero necesaria, no es lo mismo ver el —18→ mundo y sus deslumbramientos en la pantalla de un televisor que pisar el suelo, hundir los pies en el barro, cuidarse de las víboras, cazar lagartos, loros y liebres y trepar al árbol a secuestrar pichones; caminar descalzos por el arenal ardiente de verano saltando de hierba en hierba para no quemarse los pies, amasar la tierra roja para fabricar bodoques -proyectiles letales de la «hondita»- o sentarse a mirar la esclavitud circular del caballo moviendo el trapiche cuyos dientes de recia madera ordeñaban de la caña dulce, el mosto invitante que encendía la sed en la garganta. Todas las sensaciones, los conocimientos y las percepciones son en vivo, abrumando los oídos, deslumbrando los ojos y penetrando por la piel. El viento y la polvareda, la impudicia de la flor desnuda y la tentación del fruto, y hasta el miedo a la soledad pesada y amenazante de la siesta, hacían sentir su imperio, su poder. La roja avispa agresiva, el salto de las liebres escurridizas de mata en mata, las noches en que las luciérnagas salían a volar con sus faritos verdes titilantes, extrañas esmeraldas danzantes de las sombras, los amaneceres anunciados por conciertos de trinos, o por el canto de los gallos que descendían del árbol dormidero a esperar el disciplinado descenso de las gallinas de su harén, que parecían entrenadas a respetar un riguroso turno para recibir su primera ración de amor del infatigable macho. El monte siempre estaba cerca y omnipresente. Arboleda umbría, apretada y con ramas entrelazadas en un verde caos, a través de cuya espesura nunca cesaba el viento pulsando cuerdas invisibles y soplando flautas vegetales, produciendo un sonido constante, musical, himno a la magia de la fronda y a la vida, vibrando en los nidos de las leyendas donde se escondían los genios de la siesta y de la noche, amables, pícaros o lascivos, niños de cabellera rubia o nativos faunos de verga poderosa. Toda la inocencia del mundo en el alma, y el mundo abierto a la exploración curiosa, sin secretos, plantaron las semillas que germinarían en un niño para crecer y convertirse en la naturaleza, el carácter y la misión del hombre.
Y también la gente, y entre la gente, los arquetipos humanos surgidos de una escala de valores primitiva, y por primitiva pura. Especialmente en los años infantes de Ajos, —19→ donde todo era sobrevalorado, el coraje, la cobardía, el honor. El hombre, paradigma vivo de lo macho, debía ser hombre sin debilidades, y si las tuviera, perdía consideración y estima. La mujer era mujer sin altanerías, y si incurría en ellas no tardaba en entrar a funcionar la «guacha» o el rebenque. La hermosura lo era más si iba ornada de mansedumbre y obediencia y la virilidad se acentuaba en la medida del vigor y de la audacia para demostrarla. Las madres y las abuelas gozaban del respeto hasta el punto de que el hijo varón juntaba las manos y les pedía la bendición; los padres y los abuelos campeaban por la veneración con cierto sesgo de saludable temor. Un buen jefe de familia no era precisamente el padre tierno, sino el severo, el que dictaba la ley y la hacía respetar al mismo tiempo.
Sobresalía sobre este paisaje humano el caudillo, que era en sí mismo y por sí mismo un padre superlativo. Como los caciques del ancestro guaraní, el caudillo era el producto de su propia fortaleza, de su hombría y de su coraje probado en lides extremas. Su casa era el centro de la irradiación de la autoridad, y su autoridad era válida en la medida de su justicia y de su generosidad. Nunca el caudillo campesino de aquellos tiempos fue arbitrario en el sentido que se le da ahora a la palabra. Era acaso bárbaro en el castigo y de extrema crueldad en la revancha, pero también magnánimo en el perdón y solidario en la desgracia. En su entorno, los favoritos trataban de ser la réplica en tono menor del jefe, y los réprobos, mejor se buscaran otros horizontes. No había ley ni estatuto ni código que regulara el ejercicio de su autoridad. La ley y el estatuto eran él mismo. El código nacía de su talante y era distinto en cada detalle, pero siempre igual en el ejercicio de su mando.
Llegaba a su categoría por imperio de su voluntad, su arrojo, y sus condiciones viriles unidos a su astucia y a su «arandú», virtud que no tenía certificación académica, sino era la mezcla de la inteligencia, la penetración en el juzgamiento de los hombres, el conocimiento del alma humana, la prudencia y la picardía, y como suma de todo, el «arandú», cuya traducción más aproximada al castellano es la sabiduría, visceral, infalible, arraigada en un cultura de siglos.
«Guapo» no era el hombre esbelto y carilindo, sino el hombre rudo de poncho y puñal, capaz de domar el caballo más arisco, derribar a hachazos el árbol más robusto, —20→ «hombrear» (cargar al hombro) la bolsa más pesada, obligar a los músicos a tocar su polka preferida o solucionar a tiros un problema, lo mismo de polleras que de negocios o de honor. Y por supuesto, guapo admirado era el hombre, semental andariego y furtivo, de mucha descendencia con una diversidad de madres. De la misma manera, «guapa» no era la mujer de airoso porte, sino la laboriosa y servicial, aunque fuera gorda y patizamba, de cántaro a la cabeza, de dar de comer a las gallinas, ordeñar la vaca o desviscerar el chancho con extrema eficiencia, y experta en el fuego del horno; la que encendía el brasero a carbón en la madrugada y durante el día se empeñaba en hacer la vida familiar más placentera, el mate espumoso y en su punto para su hombre, las comidas a hora, la camisa almidonada y las sábanas de blancura impecable.
En proporción directa a la alta autoestima del varón, la tabla de las ofensas era nutrida y la de los halagos reducida, porque la cortesía era comprendida y aceptada, pero la adulación convocaba desprecio. Era imperdonable rehusarse a compartir el vaso de caña, sacar a bailar a una doncella sin el permiso paterno, o en última instancia, materno. Se tenía como agravio mirar con lascivia a las mujeres de la familia, fueran esposas o hijas, y agravio era también pisar los pies del prójimo, si descalzo, en mayor grado, y sin tomar en cuenta que fuera accidental o deliberado. Sacarse el sombrero ante el hombre mayor, en edad o autoridad, era una prenda de cortesía y de respeto, y no sacárselo una ofensa. No era saludable entrar a casa ajena si el jefe de familia estuviera ausente, en cuyo caso había que marcharse enseguida. Símbolo de superlativa hombría eran el caballo y el revólver. Burlarse del caballo atraía consecuencias que tantas veces fueron trágicas. Desarmar a un hombre casi equivalía a castrarlo, tanto por la humillación personal como por el antiguo significado fálico del arma. Solía contarse de hombres levantiscos que «la autoridad» pretendía desarmar y que prefirieron morir antes que someterse a semejante vejamen.
En esa cultura primitiva, la muerte no era un culto en sí mismo, sino un accidente más de la vida que hasta producía un talante desafiante. «Ña manonte arä voí nico». «De todos modos tenemos que morir» era la filosofía del hombre llamado —21→ a enfrentar los desafíos. Coraje o fatalismo, semejante forma de encarar el último trance, era acaso la razón del legendario heroísmo del hombre paraguayo en las dos terribles guerras que su país tuvo que soportar. Pequeño país destruido y resurrecto por desnudos, había dicho alguna vez Pablo Neruda.
Si bien a la muerte más bien se lo desafiaba antes que rendir culto, sí se lo rendía a los muertos. En los velorios, las lloronas taladraban la noche con interminables lamentaciones, y no faltaba el amigo del difunto de palabra fácil y de oratoria sonante y nada llorosa, que dedicaba «loas» al que se marchaba de este mundo, resaltando sus virtudes y alabando su reciedumbre en su paso por la vida. Último vestigio de esta costumbre de «loar» al muerto, encontramos en la letra de una canción guerrera de Emiliano R. Fernández, que llorando la muerte, la primera en las vísperas de la guerra del Chaco, del Teniente Rojas Silva, dice cuando él a su vez marcha a la guerra: «a loá jhaguä ayujhuro Rojas Silva Curuzú». «Para loar si la encuentro, a la cruz de Rojas Silva». Eso, porque por mucho tiempo, la tumba del soldado no era hallada.
En los velorios de los niños que morían -los angelitos- no faltaba la música del arpa y la guitarra, los tragos y las chanzas de los hombres, mientras las mujeres que rezaban y lloraban rescataban también para sí mismas algo de la alegría masculina, porque el niño que moría era el ángel que nacía, y si la angustia afligía en la tierra había que compartir el júbilo del cielo.
Creo recordar, que en el velatorio de los adultos también había música, como testimonia un episodio muy particular que quedó grabado en mi memoria. Mi padre, fuerte comerciante, solía organizar caravanas de carretas repletas de mercancías y con fuerte escolta armada y se internaba en las selvas del Caaguazú, rumbo a la localidad de Yhú, punto de suministro de los obrajes de la zona, y otra avanzada de la civilización, como Ajos, antes de la espesura. Nunca supe qué ocurrencia le motivó para llevarme en uno de esos viajes alucinantes por huellas apenas esbozadas en la selva, soportando el asedio de los mosquitos, del mbarigüí y de las feroces avispas rojas, el letal «cava pytä». Caía la noche y la gente empezaba a acampar. El silencio y el descanso de las fatigas se unían para dar lugar a los tenebrosos ruidos de la —22→ selva nocturna, porque el silencio del monte nunca es total sino con una cargazón de rumores que producen pavores hondos. Siempre hay algo que trepa entre las ramas, que susurra, amenaza, aúlla o se queja en las altas copas, repta sinuosa en los matorrales, esconde su andadura en el rumor del viento o se desliza furtivo en los matorrales bajos. La floresta es un rumor vivo, acechante, vitalidad que los miedos ancestrales adivinan perversa, porque convoca la amenaza de la garra o del colmillo, y sugiere la presencia de fantasmas malévolos chupadores de almas. Ese silencio flagelado de rumores y sonidos pesaba sobre la gente cansada cuando de pronto, llegó a mis oídos el sonido de una canción acompañada por las cuerdas de un arpa y guitarras. Más que canción, aquello parecía un largo, untuoso y dolido lamento surgido de un dolor abismal, y la música misma en medio de la verde inmensidad como una intrusión extraña en el concierto forestal de aquella noche. Pregunté a Sebastián, el correoso y callado capataz de la carretada y responsable personal de mi seguridad, qué era aquella música. Sucedía que en la vecindad, había un puesto forestal, y en él, un rancho solitario donde velaban a un obrajero aplastado por un alzaprima. A la canción, Sebastián denominaba «Polka Lasánima» (contracción de Polka para las Ánimas) que se cantaba solamente en noches de difuntos. Hoy día, suelo recordar aquella ordalía nocturna y la canción que tal vez Ortiz Guerrero, que andaba en su juventud por esos rumbos buscando la huella de la india bella mezcla de diosa y pantera, habría escuchado para concebir la guarania que le sugiriera más tarde a José Asunción Flores. Sin embargo, aún en los más agudos estudiosos de las costumbres paraguayas, nunca encontré referencia alguna a la Polka Lasánima, pero que la oí, lo juro con la mano sobre el corazón.
La familia llegó a Asunción cuando poco antes de estallar la guerra del Chaco. Cuando estalló, mis hermanos Antonio y Pedro, que eran estudiantes secundarios, pasaron, casi adolescentes aún por la apresurada escuela de Aspirantes, y poco después, ya iban camino al campo de batalla, como —23→ tenientes. En la misma época, vino a vivir en casa, la abuela, Venancia Mora, madre de mi madre, que de niña conociera los sufrimientos de la Guerra de la Triple Alianza, y no ocultaba para nada un odio visceral a la memoria de Madama Lynch, porque según ella sabía, la Madama quería ser reina del Brasil, y en represalia, Don Pedro II, que padeciendo esté en el infierno, había mandado hordas de esclavos negros a destruir al Paraguay. En los años que duró la guerra, el Señor de la Buena Muerte y el variado santoral del altarcito familiar, consumieron cirios en grandes cantidades, y al parecer funcionó, porque Antonio regresó sano y salvo, y Pedro también, aunque herido y después de pasar un cautiverio hasta 1935 en Bolivia, prisionero como fue en la desastrosa batalla de Strongest. Recuerdo además que mi hermano Gerardo y su amigo del alma, Ernesto Báez, intentaron ir también a la guerra falsificando sus edades. Fueron descubiertos en la maniobra, y los militares los devolvieron a casa con una aleccionadora rapada de cabeza número cero. Pero esa es otra historia, referida apenas para servir de marco existencial y temporal de mi vida, no muy cómoda, de hermanito menor.
La casa donde nos instalamos quedaba en la calle Amambay, hoy Rodríguez de Francia, entre Battilana y Colibrí, es decir, en el centro mismo de lo que es hoy el zoco marroquí del Mercado 4. Era lo que se diría entonces, vivir en las afueras, sobre un callejón arenoso, sin luz eléctrica, con la bendición de un aljibe y con un patio que era toda una manzana. La casa de ladrillos era enorme y rústica, de recios pilares y ancho corredor al frente, con pisos de baldosas cuyos diseños moriscos que se entrelazaban entre baldosa y baldosa me fascinaban extrañamente. El patio en sí mismo, era una selva en miniatura. Llegué a contar como 40 plantas de robustos mangos, con una cohorte de naranjas, aguaí, espeso nidal de murciélagos, aguacate, naranjas, limas de Persia, guavirá, y bajhai, mandarinas, el secular yvapovó, escenario salvaje del diario y crepuscular festival de gorriones, tres o cuatro cocoteros cuyas copas era escenario de ruidosas asambleas de pirititas y anós, pomarrosas de azucarado fruto, cedro, araticú guazú, y desde luego, la obligada planta medicinal de limón «sutil» que después me enteré que era «ceutín» por provenir de Ceuta. Mirando y admirando cada árbol, un niño —24→ frente a la explosión de la naturaleza, cumplía sin saberlo, el rito de los pueblos antiguos habitantes de los bosques que concebían al árbol como símbolo de la dualidad del hombre, con las raíces clavadas en tierra, y el espíritu expresado en el follaje que buscaba las alturas del cielo. Frente al corredor, la infaltable «parralera» que daba uvas maduras en Navidad y en el cercado de alambre tejido trepaban enredaderas silvestres de flores azules y acampanilladas unas, perladas otras y coloridas todas. Centinela de la propiedad, sobre la calle Amambay -paraíso de los turistas, la llamó Ortiz Guerrero, nunca supe por qué- era un inmenso árbol de tatarë, espinoso y hosco. Duele pensar hoy que la riqueza forestal del Paraguay, que incluía hasta los patios y las quintas de Asunción, haya quedado reducida, si no aún a nada, a muy poco.
La variedad de pájaros era incontable. En las tardes de verano, cuando el sol ya estaba bajo, pasaban de horizonte a horizonte miles de golondrinas «cola de tijera» (Tuguai yetapá) que buscando el sol huían de los inviernos, y eran tantas que obscurecían el cielo. Entre las matas del yuqueri espinoso saltaba de rama en roma el pajarillo que nunca quedaba quieto, el masacaragua'i: en las copas anidaba el pitogüé bullanguero cuyo canto anunciaba algún embarazo no deseado según la leyenda. Cardenales y chovys picoteaban y arruinaban los frutos de la chirimoya, del guayabo y de la naranja; en la siesta se escuchaba, siempre lejano, el arrullo de aquella palomita enana de plumaje celeste que llamábamos tortolita, los anós (por otros paisajes lo llaman cuervo) de renegrido plumaje se posaban en las ramas bajas acechando los insectos del suelo, y las piriritas (creo que son las urracas castizas) exploraban en busca de botines insólitos que llevar al nido, donde alguna vez descubrí la peineta que se le perdió a mi madre, botones y cuanto objeto brillaba y el pájaro corsario consideraba digno de formar parte de su extraño tesoro. Pasaban haciendo ruido infernal bandadas de loros y de cotorras en el alto cielo azul, en perfecta formación en V, escuadrillas de aves migratorias designadas genéricamente «tuyuyú cartelero»: el gorrión anidaba en la techumbre de la casa, los tucanes de coloreado pico descomunal siempre estaban de paso y su posada de viajeros era la copa inaccesible del tatarë espinoso. Veloces colibríes de plumajes verdes, azules y amarillos de brillo —25→ metálico, fulguraban veloces de flor en flor, el pajarillo de San Francisco, o chorlito, o «benditoseadiós», recibía la llegada de la noche con un último trino que realmente parecía implorar una bendición, por lo que mi abuela Venancia se santiguaba y susurraba amén. El caso contrario, ocurría con el «pájaro de mal agüero», cuya especie nunca averigüé, que durante la noche cerrada pasaba sobre la casa batiendo sus alas negras y lanzando un graznido casi amenazador. La costumbre y la tradición obligaban a responder el tenebroso augurio de mala suerte con el insulto más grueso posible, y doy fe de que la abuela Venancia tenía un repertorio capaz de ahuyentar al demonio más perverso, en forma de pájaro oscuro o como fuera.
En ese patio inmenso, oscuro en las noches cerradas y de follaje verde plateado cuando la luna llena reinaba en el cielo, el niño que fui tuvo su primer contacto con lo sobrenatural, sobre todo ayudado por la abuela, dueña de un rico repertorio de leyendas y de mitos. Yo sabía que por las obscuras arboledas nocturnas circulaban el «pombero» una suerte de genio vicioso y contrahecho que una noche había «tocado» a nuestro perro «Yeb» que murió entre convulsiones, y el «caraí pyjharë», (feo y lascivo señor de la noche) cuya hostilidad se debía calmar con una ofrenda de caña y cigarros al pie de un robusto árbol de cedro; el «pora» o fantasma doliente, acaso el alma no liberada de ataduras terrenas de algún muerto pecador. Y también en el silencio de la siesta, el «yasy yateré», un niño rubio, hermoso, seductor y malvado, cuyo silbido mágico atraía a los niños para secuestrarlos y llevarlos para siempre al mundo de lo desconocido y del miedo. De la época de la Guerra contra la Triple Alianza, venía la leyenda, o tal vez la verdad, habida cuenta del saqueo que perpetraban las tropas de negros brasileros, de que las familias enterraban en cántaros sus joyas y sus monedas de oro, de «libras esterlinas», y que esos «entierros» o «plata ybygüy», sobrevivieron bajo tierra, en lugares recónditos, a sus propios dueños. Para la abuela, y para todo el pueblo raso, los sitios de los entierros, eran marcados por luces misteriosas o por dolientes centinelas fantasmales que no se liberarían de sus ataduras terrenas mientras el tesoro no era descubierto y desenterrado. La búsqueda de tales riquezas creó una profesión de buscadores que de la misma manera que investigaban —26→ apariciones, hurgaban en las historias de las viejas familias, paseaban por los andurriales con mágicos «detectores de oro» o agudas «sondas» de hierro, o invocaban a los espíritus que delataran el sitio de la riqueza escondida. Era creencia popular que muchas fortunas rápidas e inesperadas se originaran en el descubrimiento, deliberado o fortuito por la erosión del suelo por las lluvias, de un escondido «plata ybygüy».
Estos primeros contactos con lo sobrenatural, fue para aquel niño que yo fuera, el principio de la herencia de los miedos ancestrales, los terrores, y los escalofríos ante el poder de las potencias ocultas, que al fin de cuentas, forman parte de la cultura de la humanidad y persisten en el combate milenario entre las tenebrosas apreturas de la superstición, la fe o los dogmas, frente a la presuntuosa libertad racionalista de la ciencia.
El cambio de los agrestes parajes de Ajos por aquel patio arbolado no fue muy traumático, considerando que aunque en reducida escala, volvía a encontrar la naturaleza que ya me había acostumbrado a amar, explorar y comprender. Niño era yo, notorio por su propensión a la introversión y al ensimismamiento, tanto que la abuela Venancia, rústica matrona de Quiindy, me miraba con desconfianza y le susurraba a mi madre: «Nde Elisa, co ne memby pajhagüé nicó i de meno nungá». (Elisa, este hijo último tuyo es algo «de meno»). En el guaraní castellanizado al «yopará», el «de meno» significaba en términos actuales, algo así como infradotado. No era acertado por cierto el diagnóstico de la abuela de venerada memoria. Uno nace introvertido o extravertido, y a mí me tocó lo primero y creo haber sido afortunado, porque el mundo interior es más rico, la imaginación de mayores vuelos, la observación más aguda y la fantasía inagotable.
En ese tren, tomé posesión de mis nuevos dominios. Le puse nombre a cada árbol, y con el nombre, la calificación de amistoso, hostil o indiferente. Me trepé a cada uno de ellos explorando la accesibilidad de los troncos, la nervadura de las ramas y el azúcar de cada fruto. Abrí senderos en los —27→ matorrales, estudié cada nido, identifiqué arañas, escarabajos y mariposas con una curiosidad insaciable. En el gran patio, había una planta de morera, y de ella colgaban crisálidas de seda donde un gusano esperaba convertirse en mariposa. Horas, días, pasaba vigilando el momento milagroso en que la repulsiva larva se liberaría para metamorfosearse en alada flor, colorida bailarina del viento. Una vez, la aprensión de la abuela Venancia subió de punto cuando me vio ensimismado contemplando a las hormigas. Sucedía que mi hermano Gerardo había leído, de Mauricio Maeterlink, un libro, «La Inteligencia de las Hormigas», en el que ponía en la escala de la organización social a las hormigas y a las abejas en primer lugar. Mi hermano me había comentado la lectura, y decidí por mi cuenta, hacer un experimento para saber si las hormigas tenían noción del peso y la fuerza necesaria para moverlo. Coloqué una pizca de carne cruda cerca de un hormiguero, apareció una exploradora y contorneó el manjar como calculando su envergadura, después regresó velozmente al nido y reapareció con media docena de compañeras que cargaron diligentemente la carne y se la llevaron. Siguiendo con el experimento, coloqué otro cebo más grande y más pesado en el mismo lugar. Reapareció la consabida exploradora, midió, calculó, fue velozmente al hormiguero y volvió acompañada por más de seis, tal vez ocho o diez, portadoras. ¡Las hormigas sabían calcular!, fue mi jubilosa comprobación.
Pero nada de júbilo había en el rostro de la abuela Venancia, al observar aquel nieto que parecía camino a una idiotez irremediable, sentado en cuclillas y con la vista fija en el piso.
Hoy, doy gracias al Creador por aquella curiosidad germinal de averiguar el cómo y el por qué de las cosas y de las personas, porque lo poco que hice en esta vida y lo mucho que escribí para bien o para mal, fue porque el niño fantasioso, solitario y ensimismado que fui, me habitó toda la vida, y dicho sea sin exageración, me mostró el camino del propósito y del destino.
Llegó la edad de ir a la escuela, República Argentina, donde tendría por compañeros, nada menos que a Miguel Ángel Pangrazio y Rolando Niella. El primer día de clase fue toda una aventura.
—28→Seis años cumplidos, las orejas limpias de roña, las uñas cortadas al ras, el guardapolvos almidonado crujiendo de tan acartonado, los zapatos lustrados emanando un fuerte aroma de betún, y en la cabeza un recorte «cepillo» recién estrenado y oliendo a jabón de coco. Entonces los «útiles» iniciales no pesaban tanto en la que ahora se denomina «canasta familiar» porque consistían en un libro de lecturas elementales y una pizarra con su correspondiente esponja-borrador colgando de un hilo. Y el «lápiz de pizarra» que cuando en casa hacía mis ejercicios previos, chirriaba sobre la pizarra y provocaba en las despobladas encías de la abuela como un shock eléctrico que le hacía salir a la disparada. Después vendrían el cuaderno de veinte hojas «doble raya» y el lápiz «Faber Número Dos» con los cuales trazar los palotes pulcros y ordenado como soldaditos en un desfile. La memoria de aquel día no se borra. Salimos de casa con mi madre, tomados de la mano y con una sensación de fiesta, de un nuevo mundo inaugurado tras un descubrimiento feliz. Pero cuanto más nos acercábamos a la escuela un sinuoso temor invadía y crecía en la medida en que estábamos llegando. Pronto, la tibia mano materna ya no me bastaba como ancla y como refugio. Me aferraba a su vestido y anhelaba meterme en lo más profundo y cálido de su regazo, aprendiendo sin saberlo y por primera vez en esta vida que la primordial respuesta al miedo es siempre el intento de regreso al inexpugnable y sosegado universo fetal.
El convertirme en «escuelero» había perdido todo su encanto. Quería simplemente ser niño toda la vida. Mi madre advertía mi pánico, sonreía y me preguntaba dónde está mi hombrecito valiente. Yo no quería ser hombrecito valiente sino simplemente volver a casa. Pero inevitablemente, llegamos. Los veteranos del segundo grado para arriba me parecían una horda de monstruos burlones. Frente a la escuela, en el portal, una «portera» vieja, gorda y de notorio bozo bigoteril sobre los labios ordenaba imperativa y con eficiencia de tropero que «las mamás se quedan afuera». Aferré las manos de mi madre con más fuerza y noté que ella me miraba con dulzura y con una humedad nuevas en los ojos, acaso, pienso hoy, abriendo en la contabilidad de su largo amor, el primer adiós en la cadena de adioses que fue su vida. Liberó sus manos de mis garras desesperadas y fue, como si todas las tormentas de los cielos —29→ se abatieran sobre mí lanzándome a remolinos de miedo y de abandono. Recordé lo de hombrecito y no lloré para no acompañar el coro de aullidos de los otros reclutitas de la vida como yo. Y de pronto, otra mano más joven, dulce y bienvenida, tomó las mías. Alcé la vista agradecido y era mi maestra del primer grado, Delia Bernardes, con una sonrisa de hada buena en su bello rostro perfecto. Me sentí seguro, amparado y en tierra firme y me encaminé con ella a formar la fila de dolientes del Primero A. Volví la mirada a la calle y aún estaba allí mi madre que sonreía un poco crispada, con la mano en alto, como en un muelle para la despedida. Entramos a la clase al fin, y percibí por primera vez el olor a escuela, mezcla de tiza, inocencia, sudor y almidón, que aún hoy, al pasar por una escuela, convoca mi nostalgia.
Hoy, que tengo nietos y nietas abrumados por un programa escolar de salvaje rigor, alienante y complicado, recuerdo la sencillez sabia de la escolaridad de aquellos tiempos. Del primero al sexto grado, la vida escolar transcurría apacible, con horarios que contemplaban el ocio del niño, su tiempo para la pelota, el trompo (de madera de guayabo, que sonaba musicalmente al girar) y la pandorga, y con la única obligación diaria de llenar los «cuadernos de deberes» en casa, aprender la lección de historia o geografía y practicar con los mayores algo de aritmética. Sin la parafernalia académica de hoy, que intenta volcar sobre el niño un diluvio de conocimientos e hipotecar el tiempo extraescolar en trabajos fatigosos, la enseñanza de aquellos tiempos, que por cierto no produjo una generación de tarados sino todo lo contrario a tenor de los ex compañeros de escuela que aún viven y que han llegado, muchos, a grandes honores académicos, se centraba en los libros de lectura de Ramón I. Cardozo, incomparables hasta hoy, las «Lecciones de Aritmética» de Lucía Tavarozzi, y las asignaturas de contenido práctico como Historia, la nuestra en primer lugar, Geografía también, además de las llamadas «Conocimientos útiles», Cívica y Moral, Música, Lenguaje, que consistía en leer en voz alta prosas y versos escogidos: Caligrafía, Música, Trabajo Manual y Castellano. Para esta última asignatura debíamos tener el «cuaderno de dictado», que fue la manera más práctica que conozco hasta hoy de aprender a escribir, porque consistía en —30→ que la maestra iba dictando trozos escogidos de la literatura castellana y el alumno los iba transcribiendo en su cuaderno que después sería corregido con enérgicos apuntes de lápiz rojo por la maestra. El enunciado constitucional de 1870 -vigente entonces- sobre la materia decía que la enseñanza primaria era gratuita y obligatoria. Y no sonaba a hueco, porque niño hallado en la calle en horas de clase iba a parar a la Comisaría policial, y allí se convocaba a los padres para retirar a sus retoños y a recibir la reprimenda correspondiente.
Los años escolares transcurrieron alegres y fecundos. Hicimos los primeros amigos y caímos cautivos de los primeros amores, tiernos, ensoñadores y ruborosos. Maestras tuvimos que no pertenecían a sindicatos, sino a santorales cívicos de los que surgían severas y bondadosas, mujeres que comprendían eso que es hoy una frase hueca cuando se habla del «apostolado de la enseñanza», nos mandaban de vuelta a casa cuando en mayo no lucíamos la escarapela tricolor, vivían en decorosa pobreza y enseñaban con rigor implacable. Almas sensibles que nos daban una amable bienvenida al empezar el año, y lloraban al terminarlo, y lo que es más importante, antes que aplicar sobre el niño las deshumanizadas fórmulas de la pedagogía, ayudaban a entender y comprender con calor y ternura de «segunda madre» como decían los recitados protocolares del Día de la Maestra.
Aún durante la guerra, la vida familiar era pastoral e inocente. Madre y abuela eran la autoridad máxima, como en todas las familias asuncenas en las que persistía el matriarcado espontáneo que se generara en una población masculina diezmada en el genocidio de la Triple Alianza en 1865-70. Severas y dulces eran las madres, buenas las esposas, fértiles las tierras del patio o de la quinta, alegre la casa, dura y sana la economía familiar, libres las gallinas de anidar y empollar en los matorrales. Símbolo acaso de aquella inocencia casi edénica, era para mí, la panzuda lámpara que se encendía cuando cerraba la noche. A la luz de esa lámpara dorada, a kerosene y con su caliente tubo de vidrio, la familia cenaba, —31→ los estudiantes leían y los niños hacían los deberes. A su resplandor también madre y abuela dictaban las cartas para los hijos en guerra, que las escribía mi hermano Gerardo, y a su luz también se leía con avidez las cartas que venían del Chaco. «Querida mamá. Quiero que estés tranquila porque me encuentro bien de salud. No creerás que me he dejado la barba porque afeitarse es difícil...» Madre y abuela se crispaban entre el llanto y la risa, imaginando al hijo adolescente con barba. El moblaje rústico y práctico, que incluía el «catre tijera» portátil, bastidor de madera que soportaba una cama de lona, generalmente proveniente de bolsas desechadas de yerba «Ley, de Segundo Ibarra», que en las noches de verano se instalaban en el patio, jardín y hasta en la acera para pernoctar bajo la brisa nocturna. No había nada parecido al refrigerador, la cocina eléctrica o a gas ni al lavarropas. Se conservaba los alimentos en la «fiambrera» de tejido metálico apretado para impedir el acceso de moscas y cucarachas, se cocinaba en el brasero a carbón y la ropa lavaba la «lavandera» que la retiraba sucia y la devolvía limpia y planchada dos días después. La leche y las pocas verduras que se conocían antes de la llegada de los inmigrantes japoneses, eran traídas a la ciudad por las «burreras» con sus árganas de cuero en los burritos «repletas de naranja y mandi'ó» como dice la canción, provenientes de los lejanos parajes de Lambaré, Ysaty o Villa Elisa. Las comidas eran sencillas, tradicionales y variadas, porque entonces, el fuego, como lo es hoy, no era caro, y el tiempo sosegado y sin velocidades que facilitaba la paciente preparación de los menúes. Los menajes de cocina eran sencillos y elementales. El horno o «tatacuá» de ladrillos y barro cocido sobre una pequeña plataforma de madera, se alzaba en el patio. En la cocina misma, reinaba la famosa «ollajhú», negra, de hierro, como de hierro era también la pava y las sartenes, aunque ya existían las de aluminio o de enlozado que concitaban el desprecio de las mujeres, porque cosa consabida era que el calor del hierro y del carbón vegetal o la leña, daban su auténtico sabor a las comidas, o del mate cocido en la pava. La cafetera, el cucharón de variado uso y el infaltable mortero de madera labrada para moler maíz y todo lo molible en el ceremonial «ñembisó yobai» de las dos mujeres de la casa. En un pequeño estante, estaban los condimentos —32→ conocidos de entonces, la sal, la pimienta, el comino, el orégano, el curatü, el ajo, la cebolla, la albahaca y el perejil. El menú incluía la rutinaria sopa de puchero, ensalada de lechuga o de berros, carne vacuna en diversas formas, la más deliciosa en «asado a la olla» con mandioca tierna y acabada de hervir. El espeso «locro Ipócué», sopa de locro en la que hervía y se volvía gelatina una pata de vacuno era una delicia que sólo debía consumirse una vez por semana, porque tenía demasiado «alimento», como decía la abuela, y hacía estallar la gordura. El horno se calentaba sólo en días de fiesta, para el «ryguazú ca'ë», gallina asada, la sopa paraguaya que como se sabe no es sopa sino sólida torta de maíz, más rica si la receta incluye el «quesú Paraguay», el huevo y una pizca de leche cuajada: el chipá aramirö y el caburé acú, (caliente) pan cocido en una varilla de rama verde, de un subproducto del almidón, el typyraty que se vendía en los almacenes en grandes bolas como balas de cañón, y que había que comerlo sujeto a su rama, y caliente, porque al enfriarse se volvía duro como la piedra. La carne secada en tiras colgadas del maderamen del techo, a la que se llamaba cecina, acompañaba también al locro de patas o puestas directamente sobre el fuego del carbón se asaban y obligaban a un ejercicio de masticación esforzada y paciente. Recuerdo que a aquellos asaditos rápidos, espontáneos a los que se recurría para saciar rápidamente apetitos inesperados y urgentes, la abuela llamaba «chambuchina» una palabra guaranizada, a partir de la castiza «chamusquina» que hasta hoy es plato popular en España. El desayuno habitual consistía en café, con leche, o mate cocido con leche y galletas, en grandes jarros enlozados. Del andaí, zapallo dulce, salía el exquisito quibebé, una suerte de puré azucarado que constituía el postre más apreciado, suavizado su sabor con un poco de leche. A propósito, no existía la palabra postre como se la usa ahora para designar la golosina con que terminan los almuerzos y las cenas, que entonces se denominaba curiosamente «sobremesa». Existía también, pero para fechas especiales, la variedad de comidas típicas que se renuevan hoy en las Fiestas de San Juan, como el chicharö, el payaguá mascada, y las demás delicias de la rica culinaria criolla.
Como la lámpara emblemática del espíritu del hogar, también recordamos el cántaro de agua. Colocando en el rincón —33→ más fresco de la casa, el cántaro casi púrpura, de gruesa arcilla cocida contenía el agua para beber, traída del aljibe o el pozo, colada con un trapo inmaculado con la ingenua pretensión de que el elemental filtro retuviera todos los agentes patógenos. Sobre la boca del cántaro, un plato a la manera de tapa, y sobre el plato, un jarro. Todos bebíamos de esa agua y con ese jarro, y ofrecer al visitante acalorado un jarro de agua del cántaro hogareño era una señal de hospitalidad y de cortesía. Ocurría algunas veces que el visitante que bebía del jarro común, primero extraía un poco de agua, enjuagaba el jarro, derramaba y sólo después volvía a extraer el agua. Esto de enjuagar el jarro era lo más parecido a una ofensa, si mis recuerdos de la reacción de la abuela Venancia no me mienten, y que consistía en una expresión murmurada de enfado sobre que el individuo estaba muy equivocado si creía que estaba bebiendo agua de una familia de leprosos o de tísicos.
Recién en los cuarenta aparecieron los primeros refrigeradores, los más codiciados «Servel Electrolux», que aunque parezca mentira, funcionaron a kerosene, y los receptores de radio metidos en suntuosos muebles que pasaban a ser orgullo y adorno de las salas distinguidas.
Las diversiones infantiles eran pocas e inocentes. Tras las procesiones, las calesitas y los juegos de azar. La que más me embelesaba eran los paseos «al Mandarinal», un campo como de cien hectáreas perteneciente a un europeo, sobre lo que es hoy la Avenida General Santos, entonces barrancosa y de tierra colorada. En época de fructificación, millares de plantas de mandarinas maduraban sus frutos, que eran tantos que se perdían, de modo que el generoso caballero permitía que caravanas de paseantes entraran libremente en la perfumada heredad, a hartarse de mandarinas dulces y doradas, o llevarlas a casa en bolsas o canastas. Iba yo de la mano y al cuidado de María Ana, una vecina joven y hermosa, hija de don Mbatuí, sobre el que nos referiremos más adelante, y hoy una anciana ya y próspera empresaria en el Mercado 4. Otras distracciones eran el fútbol, el «bolero»y el trompo, con el que se jugaba el canibalesco torneo que terminaba con la destrucción, a golpes de púas, del trompo adversario. Pero el juego que más capturaba mi imaginación era el de hacer volar pandorgas, y entablar riñas aéreas con ellas. De un libro —34→ anterior mío, «Parece Que Fue Ayer» extraigo lo que sigue:
«LA PANDORGA. En rigor, debería titular este espacio con el más castizo «barrilete» o «corneta», pero prefiero pandorga, porque es así como los niños conocimos aquel delicado artefacto volador. Su construcción requería una pericia artesanal que no excluía elementos artísticos, y curiosamente, un conocimiento sorprendente de las leyes de la física, y en ellas, las de aerodinámica. Liviana para ser dócil al empuje del viento, equilibrada para aprovechar al máximo su fuerza ascensional, ciencia aerodinámica instintiva, acaso derivada de la observación del vuelo de los pájaros, presidía la construcción de la pandorga, y existían artesanos improvisados, pero famosos por la precisión y donaire de sus productos. Todo empezaba con el cuidadoso pulido de sus «palitos» extraídos de la tacuara, que en cantidad de cuatro, seis u ocho, nunca en número impar, formaría el «armaje» de la pandorga, un círculo perfecto de tacuara y hilo, que los fabricantes puntillosos colgaban de un hilo atado exactamente en el centro. Si el «armaje» suspendido de esa forma no adoptaba una horizontalidad perfecta, no habría equilibrio y se corregía el armazón, una y otra vez. Después empezaba la parte artística. Al «armaje» habría que recubrir de papel de seda de diversos colores que se combinaban estéticamente formando caprichosos diseños, como la «media luna», «tajada», «tajada cortada», «tajadita» o «tajadita cortada», con los trocitos de papel combinados con ciertas reminiscencias del arte vitral. Se descartaba como pegamento la «goma arábiga» porque agregaba mucho peso, y se prefería en cambio el «engrudo» que era una mezcla de harina con el jugo de algún cítrico que se amasaba cuidadosamente. Pegado el papel al «armaje», venía la parte ornamental, en forma del llamado «centro», una suerte de encaje redondo de papel de color contrastante con los de la pandorga, que se pegaba en el centro exacto de la joyita voladora que iba tomando forma. Más adelante, las «piriritas» que eran tiras de papel de colores variados pegadas a manera de airosas cabelleras alrededor del círculo, y que al volar la pandorga producía un atrayente siseo y un armonioso efecto de coquetería femenina, de diosa de seda haciendo jugar el viento con sus largos cabellos. Una variante de la «piririta» era la «perereta» consistente en un hilo flojo que cruzaba —35→ horizontalmente, de borde a borde la pandorga, y que tenía, el hilo, pegado una cadena como de dedos de papel que al recibir el viento, batían la lisura de la pandorga como si fuera la tensa piel de un tambor. De la primera fase artesanal y de la segunda fase ornamental, se pasaba a la física, con los «barbijos». El «barbijo de hilo» debía ser un triángulo perfecto de riendas, a la manera de tres tensores. Uno que partía del costado superior de la pandorga, otro que partía del izquierdo, y el tercero, del centro, para unirse más o menos a 20 centímetros. Cualquier desequilibrio echaba a perder el vuelo, y sobre todo, si el tensor del centro era más largo de lo debido el vuelo era desfalleciente y perezoso, y si más corto, caprichoso y difícil de controlar. Terminado el «barbijo de hilo» venía el «barbijo de cola» con hilos tensores que partían de los costados inferiores, a izquierda y derecha de la pandorga, formando también un ángulo colgante cuyo tercer tensor, era el sitio exacto de donde colgar la cola del artefacto volador, ni muy pesada, porque ponía lastre el vuelo, ni muy liviana, porque «cabeceaba», giraba y se incrustaba de cabeza en el suelo, o en el ramaje inaccesible de un árbol alto. El material para la cola provenía generalmente de los retazos de telas celosamente atesorados en el costurero materno, convertidos en finas tiras. El hilo preferido para remontar las pandorgas era el de marca «Cadena» y número 16, grueso y fuerte, pero no tan pesado como para producir el «kyjhá» o hamaca, como se decía a la curva que mostraba el hilo de la pandorga en vuelo, ocasionada por su peso. Tener mucho «kyjhá» era un desdoro para todo pandorguero que se respetara. Durante el vuelo se producían incidentes o accidentes. La pandorga cabeceaba enloquecida si tenía cola liviana y generalmente iba a encontrar su triste «cali'ú» (catástrofe) destrozada en el suelo. Otras veces una ráfaga de viento particularmente fuerte ocasionaba la rotura del hilo y la pandorga se precipitaba desde las alturas y era llevada por el viento, girando desmayadamente. Entonces, de la chiquillería sonaba el grito de «O sóoo» (se soltó) que era como una señal para que la turba infantil se lanzara a la carrera al rescate de la náufraga de los cielos, pues imperaba la ley con reminiscencias de códigos marinos, por la cual pertenecía al más hábil, veloz y sacrificado de los rescatadores, habida cuenta de que había que atravesar patios ajenos alambrados —36→ con púas o vigilados por perros, sortear zanjas, matorrales espinosos y hasta trepar a un árbol para el rescate. En ese oficio de corsario se especializaba un amiguito mío, hoy ya fallecido, Sebastián Benítez, que arteramente roía a hurtadillas la parte del hilo que quedaba en tierra, y cuando «se le daba hilo» a la pandorga para que subiera más alto, se soltaba y el accidente encontraba ya a Sebastián en el sitio exacto, acaso a un kilómetro, donde caería la pandorga. Frecuentemente, una mala maniobra significaba que la cola se enredara con el hilo, la pandorga perdía equilibrio y caía girando sobre sí misma, hecha un amasijo de colores, trapo y hilo, A este accidente se denominaba «catillo kay», devenida de «quema de castillo» como se denominaba en otros tiempos a fuegos artificiales que dibujaban la silueta de un castillo en llamas. Pero lo que me suscita mejores y más emocionantes recuerdos, era los «ñua'á» o desafíos, riña o combate aéreo entre pandorgas que generalmente no eran tramados de antemano, sino desafíos espontáneos. Sucedía que un grupo de chicos volaba pacíficamente sus pandorgas, cuando otra, remontada desde otra calle u otro barrio, hacía una aparición amenazante, desafiante, y por encima de las desafiadas. Las más peligrosas eran aquellas que irrumpían armadas con dos hojitas de afeitar colocadas en cruz en la punta de la cola, que se transformaba así como en el arma letal del escorpión. Su intención era cortar el hilo de la pandorga atacada y someterla al pillaje de los espectadores anhelantes. A su vez, la pandorga atacada tenía la posibilidad de un ascenso veloz, «enredar» a la agresora y según la rapidez con la que se recogía el hilo, derribarla en territorio amigo, en cuyo caso, la prisionera pertenecía al victorioso. Para la suerte del combate, eran fundamentales las características de las pandorgas. «I pua"é» (es rápida) significaba que respondía con velocidad a los tirones para subir agresivamente en persecución del enemigo. «Jho'á porä» (cae bien) se decía de aquellas que para atacar o escapar del ataque, casi libre del hilo, caían a plomo sin perder sustentación. Hasta hoy, a tantos años de distancia, recuerdo nítidamente algunos épicos duelos aéreos de primorosas y valientes pandorgas, a las que asistía siempre solo como espectador, porque se daba el caso de que yo era mal piloto de pandorgas, porque mirar a las alturas azules e infinitas donde se debatían las aladas —37→ guerreras de papel de colores, me producía vértigos. En la inocente niñez de entonces, negarse a un desafío era una cobardía que echaba una severa sanción moral sobre el «py'á mirí» (espíritu débil) que rehuía el combate. Pero sí había derecho a negarse a combatir, cuando la desafiante era una pandorga derrengada, barata y de papel tosco. Algo así como que el caballero de brillante armadura no podía perder decoro aceptando el reto de un plebeyo montado en mula.
La pandorga clásica, redonda, tenía algunas variantes como el «aeroplano» cuyo armaje simulaba el fuselaje de un avión con alas, torpe de remontar y difícil de sostener en vuelo. El plebeyo de la raza era el «cuarullé», deformación de cuadrillé, que era de dos palitos en cruz y forma cuadrada, armado con papel de estraza y sin gracia alguna. El «cururú» (sapo) tenía tres palitos y realmente parecía un batracio en vuelo. El «taguató», nombre de un ave de presa era solo de dos palitos, uno largo y otro corto y en cruz. Armado, tenía forma de barco. Se lo confeccionaba solo para el combate aéreo y era temible por su velocidad. Pero en la cúspide estaba el «lucero» de complicado «armaje» sobrepuesto, recargado de colores, «coronas», «piriritas» y «pereretas» de vuelo majestuoso y lento, por lo que era un abuso atacarlo en vuelo, y despreciable acto de pillaje y vandalismo. Un adorno en el cielo, que aquella infancia de antaño, destructiva en muchos aspectos, respetaba por su belleza.
En estos tiempos, suelo ver pandorgas de plástico, hechas en serie posiblemente en el Brasil. Acaso en diseño, material y construcción, sean más fáciles de volar y menos destructibles que las hermosas y frágiles pandorgas manuales de mi tiempo infantil. Pero no tendrán aquellas pandorgas importadas la magia y el espíritu y el duende de las joyas artesanales que se elevaban desafiantes a las alturas, inconscientes de su endeblez de seda y tacuara fina, y sólo orgullosas de su brío, del airoso revoleo de sus cabelleras ostentosas y del tamboreo marcial sobre su pecho de papel de seda. Pandorgas que vi nacer hechas a mano, proyectadas sobre un plano de fantasía, galeón milagroso para el descubrimiento de las alturas o bergantín para el combate en el mar azul del espacio. Y sobre todo, fecundadora de imaginación y del sueño, de la ilusión de explorar espacios desconocidos, el país del viento y el nido de —38→ las tormentas con una sonda curiosa cautiva de un hilo; de las viscerales, antiguas leyes del combate, las reglas del honor infante, del pillaje justificado o no, como un universo en miniatura para una humanidad en miniatura que era entonces la niñez, despertando a la vida en medio de la inocencia pura, sin la traba ni el aporte de la electrónica que lo facilita todo, lo mueve todo, vive con sólo presionar un botón, ahorrando el esfuerzo muscular y la incursión alocada, como de mariposa borracha, de la imaginación, de lo repentino, de lo espontáneo, lo hábil, del puro reflejo de la reacción ante el viento y el sol; la furia o la mansedumbre de los elementos contra la fragilidad de un hilo que sostiene allá en lo alto una fantasía viva amenazada por la hostilidad de un «yilé» pendiente de la cola de un jinete cataclísmico galopando en la vastedad del cielo.
Con perdón por esta digresión, retornemos el tema. Creo haber descrito desmañadamente el nuevo hábitat que me tocara con el traslado de la familia a Asunción. Casi al mismo tiempo estallaba la guerra del Chaco y los hermanos mayores habían marchado a ella. La contienda marcó toda una época de la vida familiar. Existía una veneración de héroes para quienes iban a combatir y un desprecio absoluto para el que eludía su deber con la patria. De esa manera frente al gesto heroico del combatiente se alzaba la despreciable figura del «emboscado» (o sandía ybygüy - sandía bajo tierra) como se designaba al cobarde. Solía contarse al respecto, el rumor o la leyenda o acaso la certidumbre, del hijo de un ilustre poeta cantor de las glorias nacionales, que vivió los tres años de la contienda en un aljibe. Desecado, por supuesto. Yo, personalmente conocí a un hombre que vivía en los fondos de nuestra propiedad, llamado Julio, que intentó pasar los años de guerra apoyándose lamentablemente en un par de muletas luciendo la estampa doliente del «mutilado de guerra» pero no contó con los famosos y temidos «pomberos», que eran una patrulla de tres fusileros que se lanzaban a reclutar a punta de fusil a cualquiera que tuviera edad para combatir y no tenía uniforme, para enviarlos sin demora a la primera línea de —39→ combate. Semejante mala suerte le tocó a Julio, descubierto en su disfraz heroico, a quien, dicho sea de paso, recuerdo como el más fino artesano constructor de pandorgas, y que lamentablemente jamás volvió de la guerra.
En el hogar familiar la guerra era una presencia constante y amenazadora. Mamá Elisa y abuela Venancia rezaban diariamente por la suerte y el amparo de los muchachos en el Chaco, y encomendaban su vida y su bienestar a todos los santos del altar familiar. Otro trabajo era la preparación de las «encomiendas», que consistían en paquetes de abastecimientos que la Cruz Roja hacía llegar a los jóvenes en las trincheras. Limitada en su peso y tamaño, la «encomienda» debía ser de gran utilidad práctica y liviana al mismo tiempo. Una de las grandes necesidades del combatiente eran el alimento, las medicinas y el agua. Con el agua, no había modo, pero en cuanto a los alimentos, la sabiduría de la abuela Venancia, que jamás había leído un almanaque siquiera y mucho menos algún código alimenticio, concibió una síntesis de la buena alimentación sobre la base del poder energético del azúcar. La «encomienda», por tanto, consistía en provisiones de dulce de maní, de guayaba o de batata, poderosamente azucarados, y una lata de poco más de un kilogramo con un preparado con una fórmula de su invención, maní tostado y molido con maíz también tostado y molido, con un poco de canela, anís, y desde luego, mucho azúcar. Se formaba así una apretada y poderosa pasta alimenticia, repleta de proteínas vegetales e hidrato de carbono, pero que de sal, no tenía nada, porque la sal produce sed.
Habría que citar, por lo menos para la información, a las «madrinas de guerra» que también enviaban «encomiendas», y muchas, cartas amables, alentadoras, dulces, que acompañaban la soledad y los sacrificios del soldado. No conozco en la historia de las guerras esta costumbre de generosidad, desprendimiento y solidaridad femeninas con el combatiente, pero era vigente aquí, durante la guerra del Chaco, acaso el último episodio histórico donde funcionara con todo su vigor, la virtud del patriotismo que hoy parece haberse perdido. Ellas, calmaban con sus envíos y sus cartas la sed de comunicación que angustiaba al soldado en el infierno verde y seco, aunque no la otra, la sed auténtica, el ansia por —40→ el agua que fuera en tantas batallas la diferencia entre la vida y la muerte, la victoria o la derrota.
Este horror a la sed estaba justificado porque el Chaco era un campo de batalla sin agua, y los combates por la conquista del pozo, la aguada o la laguna, al margen de otras consideraciones estratégicas. El soldado podía olvidar su fusil, pero no su «caramañola» como se designaba a la cantimplora, recipiente para el agua que formaba parte de su equipo. Y después de la guerra se mentaba que en ambos bandos hubo más bajas mortales por la sed y por la ingestión del agua contaminada que producía tifus y disenterías, que por las balas adversarias.
No faltó en aquellos tiempos, un alemán borracho, inteligente y aprovechado que inventó, a manera de las conocidas bombillas de tomar mate, un tubo de latón que terminaba en un extraño artilugio. A este artilugio el alemán llamaba «filtro purificante» y según él, con el tubo se podía sorber el agua más pútrida que llegaba pura a la boca. Mi madre compró aquel aparato con intención de incluirlo en la próxima «encomienda», pero la abuela Venancia, desconfiada, decidió probarlo por sí misma. Sorbió el agua más sucia de un charco en el gallinero, y naturalmente, contrajo una severa colitis con grandes calambres estomacales. Pero no se quejó, porque había demostrado que el alemán borracho era un estafador que medraba con las angustias del prójimo.
La ciudad de entonces era una gran aldea sosegada y dormida, llena de sonidos. Durante las noches calmas se escuchaba en la ciudad las campanadas del reloj de la Catedral o el gemir de los tranvías -ya eléctricos- acelerando en las pendientes de la Avenida Colombia, hoy Mariscal López. Tan silente eran las noches, que también se escuchaban el canto de los gallos en la profundidad de las horas, una cadena sonora que anunciaba lluvias o tormentas, y los silbatos de vigilia de los agentes policíacos de la noche, que daban así fe de que estaban despiertos y alertas y no dormidos en algún apacible zaguán. Los cañoneros Humaitá y Paraguay eran los principales transportes de tropas al frente, además de otros barcos de pasajeros convertidos para usos militares. Pero el más notorio era el vapor «Cuyabá», que también transportaba soldados y fue famoso por su poderosa sirena que sonaba —41→ cuando partía del Puerto llevando su carga heroica. El sonido de aquella sirena llegaba a los últimos confines de Asunción, con una resonancia lamentosa y dolida casi de ceremonial fúnebre, porque parecía llanto, aullido de dolor desesperado. Las mujeres, al escuchar el desgarrador lamento, se santiguaban y oraban a los santos por la suerte de los alegres soldaditos que parecían ir a una fiesta más que a una guerra.
Anecdótico pero sugerente de aquellos tiempos viriles, es la existencia, a orillas del río Paraguay, de un paraje que los soldados bautizaron «Puerto Yepepí». Era apenas una curva del río donde concurrían a ejercer su oficio las lavanderas. Cuando pasaban los barcos cargados de soldados, aquellas mujeres no concebían mejor saludo que alzarse las polleras (el yepepí guaraní) y exhibir el trasero para gozo y jolgorio de la soldadesca. Durante años, procuré desentrañar el significado de este ceremonial de glúteos al aire, y todo lo que se me ocurrió, acaso llevado por mi imaginación poética, es que las humildes mujeres rendían el homenaje de su feminidad más oculta a la virilidad del hombre que iba a combatir, como diciendo «vayan, combatan, venzan y vuelvan a tomarnos».
Pero no todas las sirenas eran heraldos del dolor y del adiós. Había otras que sonaban triunfales anunciando los «partes de guerra» que daban noticias de las victorias en la guerra. Sonaban las sirenas de las fábricas, de los barcos surtos en el Puerto y de los molinos, el silbato de los trenes y la inconfundible sirena del diario La Tribuna, que además instalaba en la fachada de su edificio de la calle General Díaz un pizarrón con el texto del comunicado triunfal... y la lista de los caídos en la hazaña. La gente corría, cuaderno en mano, a copiar estas listas con la aprensión de encontrar el nombre de un amigo o un pariente caído en combate. También en esos tiempos, el genio previsor de Eligio Ayala, que anticipaba la guerra inevitable y adquiría armamentos, también se había extendido a la necesidad de las comunicaciones, y según cuenta mi hermano Gerardo, facilitó a un señor Artaza la instalación de la primera emisora de Radio en el Paraguay, ZPI Radio El País. A ocho cuadras de mi casa, sobre la calle Perú, la última empedrada y con luz eléctrica antes de los andurriales periféricos de la ciudad, vivía un próspero caballero que disponía de un enorme receptor Telefunken. Cuando la radio —42→ difundía noticias de guerra, el buen señor ponía el armatoste a todo volumen y abría las ventanas de su casa para que la multitud ansiosa y apiñada se enterara por este medio de las informaciones del frente. Éste y no otro, fue el comienzo de la radiofonía de servicio público en el Paraguay, cuya historia está por escribirse.
La prensa escrita era escasa, y el diario La Tribuna el más leído y difundido. Un caso digno de investigaciones más profundas era el pequeño y rústico semanario «Ocara Poty cué mí», que puede traducirse como «pequeñas florecillas del campo», y era del tamaño de un cuaderno escolar, de 36 páginas y editado por un pionero con imprenta propia, don Félix Trujillo, y con tipografía a mano, de caja. De pequeño formato, ya aparecía antes del estallido de la guerra y difundía en versos en guaraní la naturaleza de la amenaza boliviana. Era de gran demanda popular y los niños que la voceaban proclamaban a gritos el estribillo de: «Ocara poty cué mi, pe yoguá ke lo guaymí chaque bolí o ñe mo angüí». (Ocara Poty cué mí, compren las viejas, que los bolivianos se vienen acercando). Durante y después de la guerra, el pequeño semanario ayudó a crear un riquísimo repertorio poético de la contienda, recogiendo los versos inmortales de Emiliano R. Fernández y de otros poetas combatientes, en idioma guaraní, que han dejado testimonio escrito, cantado y grabado en discos hasta hoy, de la naturaleza heroica de las batallas y de las victorias del Chaco, los sufrimientos del soldado y las paciencias y angustias de la retaguardia. Hoy día, la descendencia del diligente señor Trujillo, es la única que posee la colección completa del semanario heroico, y se cuenta que se niega a venderla ni por su peso en oro. La prensa argentina, especialmente el diario Crítica, que hasta disponía de un avión para sus corresponsales en el frente, era adicta en general a la causa paraguaya, y el público esperaba con avidez el «vapor de la carrera», o «paquetes» de la Compañía Mihanovich, cómodos, lujosos transportes fluviales de pasajeros (Ciudad de Asunción, Ciudad de Corrientes, Ciudad de Montevideo) que llegaban a Asunción los sábados, procedentes de Buenos Aires, trayendo los ejemplares del mencionado diario, y de los otros.
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Para ir cerrando este capítulo de mi niñez durante la guerra cabe mencionar que de la misma manera que la producción agrícola del país no sufrió mengua alguna por la ausencia de los hombres, se mantuvo estable, y ¡hasta aumentó!, con el trabajo de las mujeres paraguayas. Nunca hubo «desabastecimiento» (como se dice hoy) alguno, y por añadidura, cada familia que tenía un combatiente en el frente, adquiría derecho a retirar «provistas» de la Intendencia de Guerra, a cargo del General Sampson Harrison, alto, de ojos azules, que más parecía un lord inglés que un General paraguayo, que me tomó afecto y me hizo confeccionar un uniforme verde olivo de mi tamaño. Yo solía acompañar a mi madre a ese edificio que aún está en la calle Chile y Rodríguez de Francia, con un carrito alquilado, a retirar los «bastimentos» como decía la abuela, que correspondían a dos oficiales en servicio, e incluía una bolsa mensual de la famosa «galleta cuartel», tan dura que había que romperla prensándola entre una puerta recia y su marco, con frecuentes resultados de que a veces se rompía la puerta y no la galleta, según se chanceaba sobre la cuestión.
Finalmente, como corolario de estos desolvidos y para dar una idea, desde la perspectiva de un niño, no de un historiador ni mucho menos, de lo que fuera aquella época, cabe mencionar a los prisioneros de guerra bolivianos. Habían caído en tanta cantidad, que era imposible alimentarlos y alimentar a nuestras tropas al mismo tiempo. Entonces, casi a la mayoría se la entregaba como auxiliares, peones y hasta cocineros, a las familias que tenían a sus hombres en la guerra. Eran humildes, serviciales, con rara habilidad manual para fabricar juguetes de madera o de piedra, y en homenaje a la sensibilidad solidaria paraguaya, se puede afirmar que eran tratados con amabilidad y espíritu de caridad por las familias, aún por aquellas que tenían luto por parientes caídos en combate. Mi hermano Pedro, herido y prisionero en Strongest, con un proyectil boliviano cerca del corazón que nunca pudo ser extraído y murió con él ya en edad avanzada, era atendido en Bolivia por una familia que a su vez, tenía un prisionero en el Paraguay, el teniente Zárate, estudiante de medicina en —44→ Oruro, moreno, delgado, fino y cultísimo que se hospedaba en mi casa, con la nunca entera confianza de la abuela, y curiosamente, fue el que me enseñó a leer, aún antes de ir a la escuela. Con razón se dice que a pesar de las infernales condiciones del escenario de la guerra del Chaco, esta fue la última guerra caballeresca en el siglo XX. Después de las sangrientas batallas, el agua y el alimento se compartían, y el vencido de cualquiera de los bandos era tratado con hidalguía. Por lo demás, la guerra era guerra entre guerreros, en un escenario bien delimitado, y nunca hubo baja alguna en la población civil.
Como dato curioso, apuntemos que durante la guerra se construyó el primer asfaltado en el Paraguay, entonces llamado «macadam», por Mc Adams, su inventor. Fue el tramo de 12 kilómetros entre Dos Bocas y San Lorenzo, y lo construyeron prisioneros bolivianos que acarreaban las piedras desde el cerro Tacumbú, hoy aplanado, en un trencito de zorras, que cruzaba toda la ciudad. Eran como 600 hombres, vigilados por un aburrido guardia que dormitaba en la primera zorra.
En aquella década de los años treinta la ciudad era chata y pequeña, pero amable. Lo de «perfumada de azahares y jazmines» no era exageración poética, sino realidad, porque en toda la ciudad crecían los apepúes y naranjos agrios, haciendo sombra a las veredas, mitigando el sol ardiente de verano y dispersando esencias por calles, callejas, zaguanes y rincones. En los jardines florecían los jazmines de todo tipo, como arbustos o como trepadoras, enredaderas de flores azules se aferraban a los cercados y se desbordaban de los muros, y de noche, florecía otro tipo de enredadera a la que llamaban «dama de noche», porque sus flores recogidas durante la luz del sol se abrían con la llegada de las sombras como una perlada boca abierta ansiosa de beber rocío. Los crotos de hojas lustrosas y caprichosos colores crecían robustos comprometiendo la estabilidad de las planteras. Frente a los portales hogareños, además de las sinesias y los rosales, se alzaba el árbol casi heráldico de las casas de entonces que la gente llamaba «jazmín mango» y mucho más tarde me enteré de que era «jazmín magno», de llores generosas de tamaño, algunas con el color del coral y otras de blancura plateada —45→ como de luz luna. Alguna vez en mis largas andaduras llegué a Hawai y en el aeropuerto, una nativa de piel de cobre y cintura sinuosa y sensual me colocó gentilmente un collar de flores en el cuello. Quedé boquiabierto, no tanto por la belleza de la chica sino porque el collar estaba hecho de... «¡jazmín magno!», la recordada flor de mis años niños, al otro lado del mundo.
El punto más elevado de la Asunción, y referencia para el viajero que llegaba por el río, era la Iglesia de la Encarnación. La Catedral con su reloj daba las horas que no se discutían y era costumbre que fuera orgullo de los caballeros tener su reloj de bolsillo «por la Catedral» cuyas campanadas se habían elevado a jerarquía de hora oficial, El Oratorio de Asunción dormitaba encerrado en un entramado de madera. El horizonte era de casas coloniales con techumbre de tejas rojas que se mezclaban con el verde explosivo de la vegetación casi selvática, hasta el punto de que un viajero argentino decía que «no sé si la ciudad está en la selva o la selva en la ciudad».
Sin agua corriente la ciudad, un empresario emprendedor importó el primer equipo para perforar pozos artesianos e instalar una torre de metal con aspas para que el viento accionara la bomba. Las veletas que oponían las aspas a la dirección del viento llevaban la inscripción de «Manuel Ferreira S. A. C.» firma que instaló el sistema en las casas de los ricos que podían pagarlo, añadiendo al horizonte asunceno, a más de los techos rojos y la vegetación esmeralda, un bosque de torres con aspas bailarinas que se alzaban por doquier.
Hasta entonces, las familias más acomodadas tenían pozos cavados a pala y pico, con balde y aparejo a rueda los más modestos y con pesadas bombas de mano los más sofisticados. En el escalón más bajo de la burguesía empeñada en no caer en el proletariado, se instalaba la casa con aljibe, un gran depósito subterráneo donde por una cañería caía el agua proveniente del techo cuando llovía. Lo malo era que en el profundo estanque no sólo caía el agua, sino algún gato parrandero o un sapo curioso que morían ahogados y había que proceder al fatigoso «desagüe» del aljibe, balde a balde. La última instancia, correspondía a los que se proveían de agua de los pesados carros «aguateros» o de los chiquillos «aguateros» montados en burro, que cargaban a babor y estribor del pollino sendas latas de veinte litros, desecho de —46→ las importaciones de nafta que se hacían con ese envase.
Definitivamente, el agua era el elemento que más incidía en el costo de los alquileres y las ventas de las propiedades. Alquilo casa con pozo artesiano, hacía atractiva pero cara la oferta. Menor gasto suponía alquilar «una casa con pozo», y más bajo aún, la «casa con aljibe». Cuando no se mencionaba el agua, es que no lo tenía, y el alquiler o la venta se hacía más problemático.
Tampoco había servicio de cloacas. Las letrinas, el «servicio», los «excusados» o el «común» «como decía abuela Venancia, estaban lo más alejados posible de las habitaciones, no existía el «papel higiénico» y la falta se suplía con papel diario o el papel de estraza con el que venían envuelto del almacén los artículos de consumo diario, y las miserias humanas se depositaban en los llamados «pozos ciegos» que alguna vez se llenaban y había que desagotarlos de su repelente contenido. Tampoco existía el asiento del inodoro y la cuestión era aliviarse de las «aguas mayores» a la turca, es decir, sentados en cuclillas. Otro diligente empresario montó una empresa que ofrecía el servicio de desagote, y la misma estaba provista de un camión, varios toneles de madera y una tropilla de obreros que vaciaban los pozos ciegos a pala, y según se mentaba se entregaban a abundantes libaciones de caña antes de meterse a «palear» las inmundicias, desnudos y con los ojos vidriosos, como la única manera de soportar el olor nauseabundo que producía su trabajo. Como proletarios fantasmales, o tal vez por alguna disposición municipal, aquellas tareas sólo debían ser ejecutadas en la profundidad de la noche, cosa que no ayudaba mucho a la vecindad de dos cuadras a la redonda, sorprendida en el apacible sueño por poderosas emanaciones nada aromáticas, que obligaban a cerrar puertas y ventanas, hundir las narices en las almohadas, o envolverse en sábanas de pies a cabeza. En mala hora, aquel empresario le puso su apellido a la empresa, y muy pronto, el apellido, castizo por otra parte y que no menciono por respeto a la distinguida descendencia del caballero, se transformó en sinónimo de olores desagradables, hasta el punto de que cualquier desaprensivo que en un grupo de personas soltaba un pedo de aroma especialmente agresivo, era bautizado de inmediato con el apellido de aquel buen señor que se había equivocado en la denominación de su empresa.
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Así como en Ajos mi curiosidad de niño fue perfilando a hombres y mujeres del paisaje humano, también desde la casa solariega y periférica en Asunción ejercí tan útil costumbre, porque como allá en el valle, mis conclusiones me sirvieron toda la vida para que a mi vez, dibujara mis personajes de tantas obras de ficción, que nunca fueron hijos de la imaginación pura, sino nacidos en la memoria, la observación, la retención por «memoria fotográfica» de los tipos humanos, y mi poco, sólo un poco, de imaginación. El escenario para mis exploraciones, que eran antropológicas sin yo saberlo, era el vecindario de mi barrio, que no era al fin un conglomerado de seres humanos solamente, sino de «personajes» que se fueron incorporando a mis recuerdos primero y a mis experiencias después. Teníamos por vecino a don Tomás Guerrero, un caudillo colorado de los de antes, que se ajustaban a un paradigma recio y viril, alcanzaban el imperio de su mando por sus luchas, sus fugas, sus desplantes valientes y lo que se llamaba «trayectoria», que consistía en un trajinar geográfico, histórico y político por caminos y encrucijadas, preñados de conflictos, lealtades y traiciones donde el hombre ganaba su prestigio arriesgando su suerte y su cabeza al mismo tiempo. Así los hombres llegaban a caudillos en este eje político del país que era Asunción, a pulso, y no como ahora, por Decreto o decisión oportuna de los «amigos». Tenía don Tomás el aspecto de un senador romano, el pelo blanco y duro cortado a «cepillo», de gran estatura, barriga prominente y dueño de un vozarrón de trueno. Contaba para su servicio a un chiquillo descalzo, servicial, diligente y sobre todo, empeñado en aprender abrevando en aquella montaña humana de fervores cívicos. El muchachito hacía de todo, «escuelero», mandadero, mensajero escurridizo, furtivo y casi siempre nocturno de esquelas, consignas y claves para las recurrentes «conspiraciones» que parecían ser los motores que movían las pasiones del caudillo, y hasta secretario. El chico era un amigo de mi edad, se llamaba Chacho, aunque su nombre completo es Adriano Jara Carmona.
Con frecuencia don Tomás convocaba en su casa reuniones políticas, que eran nocturnas y donde acudían —48→ arrebujadas sombras correligionarias, cautelosas y silentes. En la sala había una mesa grande, en el centro de la mesa una lámpara a kerosene atenuada en su resplandor, y en torno, los compañeros de causa. Con Chacho espiábamos por la ventana, desde la sombra de un guayabo, con intereses distintos, porque Chacho ya había decidido ser colorado y empezaba a cargar las baterías de su pasión republicana con la palabra de aquellos gigantes de la llanura que deliberaban al débil resplandor de la lámpara cómplice. En cambio, a mí me interesaba el conjunto, el misterio, lo temeroso y lo heroico, la radiante energía furtiva de las ideas fuertes que se expresaban en susurros, lo que se diría hoy, la parte humana de la política, en nuestro país, entonces y ahora, la espada de dos filos que a veces decapita y otras abre caminos.
Por extraña paradoja, no cayó en las manos sedientas de Chacho sino en las mías, un manuscrito antiguo, sin firma y trazado con delicada caligrafía en tinta china, que don Tomás tenía enmarcado en la pared. «El Estado está hecho para el hombre, y no el hombre para el Estado. El ciudadano no debe envolver al hombre, es el hombre el que debe envolver al ciudadano. El Estado expresa sólo una parte de la naturaleza humana. La política está por todos los conceptos subordinada a la moral, ésta, en lo que esencialmente la constituye, es independiente de la política». Hasta hoy conservo este pensamiento enmarcado, y que yo sepa, el paso de los años no ha variado su interpretación.
Pocos diarios partidistas existían, las emisiones de radio eran para las noticias urgentes y la música, y la televisión, una ficción fantasiosa que sólo se veía en las historietas de Flash Gordon, que ya existían entonces, en el suplemento del diario argentino Crítica. Caudillos como don Tomás no eran producto de la propaganda ni híbridos de trompeteros de feria y oportunistas devenidos de ubicuas y recurrentes presencias en periódicos y pantallas. Eran hombres de substancia maciza, parcos en la palabra, valientes en la acción y sobre todo, apasionados en sus lecturas que sabían identificarse lo mismo con el campesino, con el obrero, el estudiante, que nunca consintieron en ser rebaño sino gente pensante que si bien seguía con apasionamientos al caudillo, exigía de éste, la titularidad de una cátedra de coraje, autenticidad, prudencia, —49→ inteligencia y señorío. Hoy, la masificación de la política ha desterrado a aquellos repúblicos colorados y liberales, que dieron lustre a las jornadas cívicas de nuestra historia durante la primera mitad del siglo XX. La moral de aquellos tiempos, hoy perdida, pesa como una lápida sobre el sepulcro de los valores políticos auténticos.
Frente a la casa de don Tomás, vivía el personaje siniestro del barrio, en una casa chata y oscura, defendida sobre la calle por un cerco vivo de amapolas de espinos -decían que- venenosos. Su nombre era simplemente Don Jorge, y su profesión «procurador», es decir, abogado sin título pero dueño, como todos los de su gremio, de la sabiduría jurídica y de las otras, acumulada en años de transitar por los pasillos y explorar debilidades de los jueces. Vestía siempre traje negro y empuñaba un bastón, y si menciono que vivía solo no diría la verdad, porque gozaba de sucesivas compañías femeninas, preferentemente chicas jóvenes y rústicas del campo. Criaditas, -decía él- que se quedaban un tiempo a atender las necesidades, en el sentido más lato de la palabra, del oscuro personaje, y después se marchaban con un sospechoso bulto en el vientre, para ser reemplazadas por otras provenientes de la inagotable cantera de la pobreza campesina.
Como contraparte suya, vivía calle abajo un señor Lettieri, vecino laborioso, amable y cortés... cuando estaba sobrio. Sus borracheras eran memorables, porque el alcohol lo cambiaba completamente, como si convivieran dentro de él un ángel y un demonio. «Bebido», paseaba por las callejas armado de un respetable cuchillo, amenazando a todo el mundo, y obligando a la vecindad a asegurar puertas y ventanas. Le tenía un odio especial a don Jorge, que cuando asomaba Lettieri perdía su señorial compostura y se refugiaba a la carrera en la seguridad de su casa.
El hombre -don Jorge- escandalizaba a la abuela Venancia, y no por su promiscuidad sexual calendarizada, que al final de cuentas «era cosa de hombres» sino porque don Jorge era «masón», según le habían dicho. En la elemental escala de valores de la abuela, el masón era el demonio enemigo de Dios, lector de la Biblia, que era un libro maldito si no lo leía e interpretaba un cura. Cuando luciendo su bastón y su estampa negra pasaba frente a casa, la abuela se santiguaba —50→ y aprovechaba la oportunidad para lanzar alguna imprecación marginal contra Madama Lynch, que conforme ella contaba, había sido puesta al lado del querido Mariscal por la masonería para perderlo y hundir a la Patria en la catástrofe.
Memoria especial guardo para don Félix, zapatero remendón de mi vecindad. Casi anciano ya, flaco, rubio y de ojos increíblemente azules, transparentes como los de un querubín. A pesar de su oficio, don Félix era un gran lector, y admirador de los intelectuales de entonces se declaraba pomposamente librepensador, ateo y anarco-sindicalista, pero a pesar de tan tenebrosas confesiones era bondadoso y servicial como un alma de Dios. Tenía libros sobre sus aficiones políticas y un gran retrato de Lenin en la pared de su pequeño taller. Era hombre de poca cultura aunque de muchos pensamientos profundos, devoto de la palabra escrita y un soñador que anhelaba la Revolución mundial. Me había tomado mucha simpatía porque yo lo visitaba en su lugar de trabajo, más fascinado por su arte en la trincheta, la media suela y el taco que por su conversación y sus lecciones y consejos como que yo debería contribuir cuando fuera grande a la destrucción de este mundo capitalista para construir sobre las ruinas el paraíso socialista. Para alentarme en el camino hacia mi destino anarquista, extraía del estante un libro de Marx o sobre Marx, el Manifiesto comunista, o de José Ingenieros, y me leía en voz alta y apasionada párrafos cuyo contenido no entendía, aunque sí empezaba a entender subliminalmente la relación del hombre, sus pasiones y acaso sus rebeldías de proletario irredento con las ideas que en esos tiempos conmovían el mundo y seducían a los intelectuales jóvenes. Veía en don Félix al ser humano que se construía desde afuera, erguido y con el pecho abierto en la ruta de las tormentas y deseoso de empaparse de historia y alzarse desde su humildad al protagonismo del cambio.
Distinto era don Pancho, el almacenero de la esquina, gordo, grasiento y absolutamente impermeable a forma alguna de cultura. La estantería de su almacén era nutrida con existencia de todo, desde clavos hasta fideos en bolsas de papel, aceite en un tambor con canilla para venderlo por cuartos de litro, y latas de grasa de chancho que daban a las frituras un dorado más crocante y un sabor más espeso. De la estantería —51→ colgaba siempre el famoso «queso de chancho» antecesor de las mortadelas y otros chacinados que vendrían después, y que entonces recibía el nombre de «Oca ú va rembi ú» (Comida del borracho) habida cuenta de lo prudente que era para el bebedor de la poderosa caña blanca que también despachaba don Pancho al pie del mostrador, tragarse una buena ración del engrasado «queso de chancho» antes de arremeter contra el vaso de alcohol. En otras instancias en que faltara el «queso de chancho» ya se fabricaba en forma casera la butifarra que recogía en su envoltura de tripa todo lo desechado en la matanza del cerdo, incluido, tantas veces, hasta los pelos. Las bolsas con las bocas remangadas de yerba «Ley», de locro, locrillo, arroz, galletas, maíz y de los porotos secos, que convertidos en ración de soldados se convirtieron en el famoso «saporó» durante la guerra, reposaban simplemente en el suelo, como en el suelo estaban los cajones de lavar «Campana», de la jabonería de don Cayetano Ré, no el adiestrador de fútbol, sino de su padre, pionero de la industria. Sobre el mostrador, la balanza y la colección de pesas de un kilogramo, medio kilogramo, doscientos cincuenta gramos y hasta las minúsculas de cincuenta gramos, todas, luciendo modosas su lastre interior de plomo con el sello de «Fiel Contraste» que la autoridad municipal exigía como garantía de peso exacto, o de litro exacto para las medidas líquidas. Y generalmente, a la vera de la balanza, un artilugio de cristal redondo como la bola de un adivino, trampa con azúcar para atrapar las moscas, algunas de las cuales caían en la prisión de cristal, pero la mayoría padecía muerte más rápida y menos piadosa, con el certero golpe de la pantalla de hojas tejidas de palma, que en verano o en invierno, era el complemento infaltable en las manos del almacenero de la esquina.
Curioso como un mono y lascivo como un chivo, don Pancho tenía dos debilidades, averiguar la vida y milagros de la gente a través de una sabia lectura de la «libreta de almacén» y acariciar a las jovencitas, criadas y sirvientas, que concurrían a su almacén a hacer las compras diarias. Las chicas ya le habían puesto al almacenero un sobrenombre sugerente, «don Tapocomí». «Tapocomí» significa en castellano «permíteme tocarte un poquito». En efecto, víctima acaso de algún destete temprano en su lejana niñez, don Pancho tenía una fascinación —52→ enfermiza por los pechos femeninos. Llegaba la joven cliente, tuviera el pecho rotundo o aún plano de la adolescente, y ya la sonrisa viciosa y las manos exploradoras de don Pancho entraban en funciones. Decía con mansedumbre el «tapocomí» y ya estaba sobando las glándulas mamarias de fámulas y criadas, muchas de las cuales no se resistían porque generalmente se ganaban el premio de un dulce de maní, un «mantecado» o media docena de caramelos. Era curioso, pienso ahora, que nunca la exploración manual de don Pancho se extendiera a los glúteos o las entrepiernas. El objeto de su devoción eran los pechos, nada más que los pechos, a los que, pienso en descargo de don Pancho, no daba un valor erótico, sino acaso simbólico sin saberlo él, por el significado ancestral de vida, fertilidad y alimento que simbolizan lo senos femeninos.
La «libreta de almacén», costumbre en nivel de extinción hoy día, era generalmente un cuaderno escolar donde a manera de cuenta corriente, don Pancho iba anotando las compras de sus clientes, a las que daba a crédito hasta fin de mes, contradiciendo sus propias consignas comerciales inscritas en dos cartelitos que colgaban de la estantería. «Hoy no se fía, mañana sí», decía sin mucho alarde de imaginación uno de ellos, y otro más elaborado cuyo texto no recuerdo, pero era una sentencia sobre el no prestar dinero al amigo, porque se terminaba perdiendo el dinero y el amigo al mismo tiempo. A la «libreta de almacén» que va desapareciendo en la medida en que los coreanos empujan hacia el olvido a los don Panchos, don Pancho manejaba con más destreza de sicólogo que de aritmético. Sabido es que una familia es lo que come, cuánto come, cuánto ahorra en comida y cómo come. En suma, por la rutina de las compras, don Pancho colegía lo que se llama hoy el «standard de vida» de sus clientes, si vivían en la abundancia o en apreturas, si sacrificaba lo necesario por lo suntuario, si se alimentaba bien y se vestía mal o vice versa. El «almacenero de la esquina» fue en la inocente cultura ciudadana de aquellos tiempos, algo así como el cronista historiador de la vida del barrio, sabía de sus miserias y de sus bienandanzas, expuestas -como decía- en las compras y en la naturaleza de las compras e interpretadas sabiamente por el almacenero. Conocía también de amores y desilusiones, lealtades y cuernos, casamientos apresurados y noviazgos interminables. Acompañaba las transformaciones de las familias por imperio del tiempo, los —53→ padres que morían, los hijos que crecían, las niñas que se volvían «señoritas», los duelos y las alegrías, la lenta transfiguración de las casas alegres cuando eran castigadas por las ausencias, los quebrantos económicos o la disgregación de las familias que las convertían en sombrías, aisladas fortalezas de la tristeza. El orgullo de don Pancho era conocer la intimidad de las transitorias glorias y las pequeñas tragedias del barrio, el ascenso de los que triunfaban y el derrumbe de los que caían. En aquellos tiempos, ya vendía él artículos como «polvo de arroz perfumado para la cara», en minúsculos sobrecitos de un papel rojo que su vez, mojado en saliva, proporcionaba un color de rouge para los labios femeninos. La excesiva compra de semejante artículo comparada con flacas compras de galleta o de fideos, ya servía a don Pancho para concluir que en aquella casa se daba mayor importancia a la «moda» que a la necesidad. Curiosamente, en estos tiempos, en los que lectores, críticos y profesores de castellano que lo incluyen en sus textos consideran el mejor cuento de mi producción, se titula «La Libreta de Almacén» y está inspirado en la observación que hice en tiempos tan aurorales de mi infancia sobre las virtudes deductivas de don Pancho, partiendo, justamente, de la «libreta de almacén».
Anexo a su almacén, don Pancho disponía de un pequeño patio, donde se congregaban los jugadores de «sapo», extrañas mezclas de deportistas y bebedores. El «sapo» era realmente un batracio de bronce con la boca abierta, y la cuestión era embocar aquellas fauces con un disco de madera. El juego era por lo general nocturno y para bebedores impenitentes, y como no había luz eléctrica, el patio se iluminaba con una «lámpara de carburo», de luz potente, cegadora y blanca, pero que despedía al arder un olor nauseabundo, tan desagradable que por extensión y por similitud, a las personas que padecían del denostado «yurú né» o mal aliento, se le aplicaba sin piedad el apelativo de «carburo».
También en las cercanías de mi casa, vivía Ña Dejesús, madre viuda de cuatro hijos, tres de los cuales fueron a la guerra, pero el cuarto, Cipriano, no. No porque no tuviera —54→ edad para ser soldado, sino porque era notoriamente afeminado, y en aquellos tiempos, el desprecio y el rechazo era hasta brutal con personas así, y realmente, era imposible imaginar en aquellos tiempos al delicado doncel vistiendo el uniforme guerrero, aunque según se rumorea mucho, las cosas hoy han cambiado bastante, en cantidades y jerarquías. Pero esa es historia contemporánea. La que aquí se narra es otra, y en este caso incluye a mi abuela Venancia, que despreciativamente llamaba «monflórito» al bueno de Cipriano y en referencia a su sexualidad ambigua. Sólo mucho después, intuí que el adjetivo, absolutamente peyorativo, tal vez derivaba de «hermafrodita», como muchas otras palabras pensadas y dichas en guaraní que nacen del castellano como «arambojhá» por almohada, «coserevá» (dulces de frutas) por conserva, o cabayú por caballo. En tal sentido (otra vez la digresión) la gente guaraní parlante de antes adaptaba las palabras que no existían en el idioma primitivo dándoles un contenido guaraní. Hoy día, con la pretensión de enriquecer el guaraní se lo barbariza, se ignora que cuando hay choques y machiembrados de culturas y están en juego los idiomas respectivos, se adaptan unas a otras. Hay palabras y raíces latinas y griegas en los idiomas romances, hay palabras castellanas en el inglés y vice versa y hay miles de palabras árabes en el castellano. Un academicismo nativo absolutamente equivocado se afana en fabricar palabras desde las alturas cuando que las cosas son al revés, es decir, el habla popular crea las palabras y las academias las recogen y consagran. Obviamente, en el guaraní de nuestros ancestros selváticos no existía palabra alguna para la televisión y los diarios, pero los vocablos no fueron guaranizados como se hacía con el «cabayú», sino alambicadamente traducidos en otros que son el tormento de los escolares y estudiantes obligados a estudiar el guaraní. Para televisión, se inventó el «ta angá mbyry» que es una idea de imagen lejana, y para el diario el «cuatiá ñe é», papel que habla, que, repito no provienen del pueblo, sino de la imaginación de los puristas sin brújula ni conocimientos lingüísticos y antropológicos.
Pero, amable lector, salgamos de estas honduras y volvamos al desgraciado Cipriano, pobre víctima de algún error genético, biológico o celular, mal mirado hasta por su propia —55→ madre, a quien no consolaba para nada la diligencia de Cipriano en encarar con prolijidad y entusiasmo las labores femeninas de la casa, desde lavar la ropa, cocinar, barrer los corredores y mantener vivo un florido jardín. A mí especialmente, me embelesaba la manera delicada con la que Cipriano comía la fruta del mango, que en nuestro patio, cada verano, caía desde los copudos árboles como grandes granizos dorados. El mango es desde luego un fruto delicioso y comerlo con gusto implicaba embadurnarse la cara, untarse las manos y mancharse la ropa con el jugo amarillo y persistente. Pero no para Cipriano. Con las limpias uñas pelaba minuciosamente, tira a tira, la cáscara del fruto, sin mancharse siquiera la punta de los dedos. Expuesta al fin la pulpa húmeda y dulce, no la emprendía a mordiscos como era la costumbre, dejando que el jugo resbalase desde la boca hasta la camisa, sino con suaves lengüeteos y chupaditas de colibrí. Consumida toda la fruta, Cipriano lucía la boca y las manos limpias y la camisa inmaculada. Lo dicho, extrañamente, hasta hoy, cuando recuerdo a Cipriano, veo la imagen de un muchacho moreno, espigado y fino, consumiendo mango sin la mácula de una gota, no sé aún si paradigma de qué en mi mundo de paradigmas y arquetipos, o acaso para recordar cómo trataban de ser discretos los antecesores de los travestís y transformistas de hoy, que si los viera la abuela Venancia, moriría de horror la buena señora, «residenta» juvenil sobreviviente como fue de aquella gesta titánica y viril de la guerra del Setenta.
En la esquina hoy formada por la calle Rodríguez de Francia, entonces Amambay se dijo, y Battilana, tenía su rancho y su gran patio, un viejo patriarca, de numerosa prole, don Mbatuí, cuyo verdadero nombre no recuerdo. Su principal tarea era la cría de gallos de riña, esbeltos, lustrosos y feroces guerreros emplumados de letales espuelas, que los fines de semana, eran llevados a combatir a Lambaré o San Lorenzo. Aquellos gallos airosos, de canto corto y agresivo, de cresta breve, cabeza casi heráldica y aguzado pico de halcón eran mi envidia y la de mi hermano mayor en la escala de seis, Eulalio, defraudados como vivíamos porque por nuestro patio y matorrales picoteaban sueltas unas cuarenta gallinas con sus gallos «purutué», deformación de portugués, cuando no «mbatará» que recibían esa denominación por la caótica mezcla —56→ de colores de su plumaje, y ambas razas, de ejemplares gordos, robustos, aunque los «purutué», diferentes del «mbatará» eran de grandes crestas rojas y floridas y plumaje rojo metálico. La vergüenza de poseer semejantes gallos burgueses y poltrones, nos corroía el alma, especialmente cuando alguno de los gallos de don Mbatuí hacía una incursión en nuestro patio y masacraba sin piedad al «purutué» o al «mbatará» que se atreviera a defender su harén. De alguna forma oscura y primordial, de la misma manera que la gallardía de un hombre se identifica con su caballo, nuestra gallardía y orgullo familiar se identificaba con los gallos, y la humillación era mayúscula cuando nuestros pesados combatientes eran vencidos de manera tan vergonzante. Decididos a saldar esa diferencia, concebimos, Eulalio y yo, hacernos de un gallo de riña, y como no era cuestión de gastar dinero, siempre escaso, conjuramos perpetrar un robo nocturno, no de un gallo, sino de un par de huevos de la raza bélica, del gallinero de don Mbatuí. La incursión fue un éxito. Reptando bajo las alambradas de púas, entramos en la heredad del viejo patriarca, conscientes de la ferocidad de «Vickers» (marca de cañones victoriosos en el Chaco), su perro guardián que gracias a la Providencia no se dio por enterado o teníamos olor de amigos para él, y volvimos con el producto de nuestra rapiña: dos huevos frescos puestos por las desvaídas y fibrosas gallinas de la estirpe guerrera. Colocamos los huevos en la nidada de una «mbatará» clueca oportunamente, y pasamos los 19 días de gestación, ansiosos y esperanzados con el nacimiento de dos gallos capaces de defender el honor de la familia y emparchar nuestros orgullos heridos. Día a día, vigilábamos el proceso, y cumplido el plazo, los pollitos empezaron a asomar sus piquitos, rompiendo la cáscara del huevo para salir a la vida y la libertad. Nacieron así, muy distintos a los demás, los pollitos de los huevos sustraídos, dos pollitos pelados, feísimos, todo pico y ano al descubierto y rosado, mientras los otros eran dorados y graciosos pompones de suave pelusa. Tuvimos la inmediata certidumbre de que ya contábamos con dos futuros campeones, pero ocurre que por entonces, el sexo de los pollitos era tan misterioso como el de los ángeles, y había que esperar a que crecieran a pollejos para conocerlo. En ese orden de cosas, nuestra decepción fue total cuando descubrimos más tarde —57→ que nuestros gallos de clandestina procedencia, eran gallinas. Nos resignamos a seguir soportando las indignidades emergentes de la torpeza de nuestros «mbatará» y «purutueses».
Una anécdota costumbrista, se suma a la historia de don Mbatuí, cuando la memoria rescata a la vaca lechera de su vieja compañera. A las cinco de la mañana, la buena señora sacaba la vaca a la calle, bajo un gigantesco árbol de ombú que creció en la esquina misma de Amambay y Battilana, el primero y el último que vi en mi vida y que tenía bajo su inmenso tronco y raíces, unas obscuras cuevas que bien podían ser el nido del «pombero» o del «caraí pyjharé». Su comercio -de la señora- consistía en vender por jarros la leche espumosa y tibia extraída del animal, el «camby acú» al que se atribuía generosos poderes fortificantes, especialmente para los niños. Tenía por tanto yo, la obligación de madrugar, proveerme del jarro de cuarto de litro que ya contenía una cucharada de azúcar y otra de canela, e ir a beber la leche acabada de ordeñar, lo que se dice, al pie de la vaca.
Una variante sucedió cuando sobrevino una peste de «tos convulsa», o tos ferina, como lo llamaban los médicos, molestísima y asfixiante, que me afectó a mí y a Eulalio. No había medicamentos para el mal en las farmacias, los médicos decían que hay que esperar que se curen solos mientras nosotros padecíamos los ataques. Sin embargo, la abuela Venancia tenía el remedio empírico: leche de burra. Nunca se me borra de la memoria las heladas madrugadas de agosto en que en doliente caravana, mi madre, Eulalio y yo, caminábamos hasta Ysaty, donde ña Pascuala ordeñaba de su burra la leche milagrosa. Nos curamos al fin, hasta ahora no atino a saber si por el poder terapéutico de semejante, espesa y maloliente leche, o por la exposición al frío de la madrugada de agosto.
A propósito de médicos, eran pocos y de la antigua, pastoral categoría de médicos de familia, que lo mismo atendía un parto en casa, a veces auxiliado por una vieja partera empírica y sabia, u operaba una amígdala, si la infección no cedía con «Azul de Metileno» o con las gárgaras de limón o zumo de hojas de guayabo con sal. No existía el Seguro Médico, ni la medicina empresarial que deshumaniza hoy la función del médico y los sanatorios eran pocos y sin la parafernalia informática que hoy auxilia, y encarece, la medicina. El médico —58→ de familia, venía a la casa como un amigo generoso, casi como un semidiós milagroso y paternal, atendía el paciente y se daba tiempo a tomar mate con la familia, charlar con intimidad cálida y luego marcharse a continuar su ronda de visitas médicas después de suscribir las recetas que no eran de productos de laboratorio, sino de su propia sabiduría que elaboraba fórmulas que el farmacéutico preparaba. Aplicaba él mismo «inyecciones antipiógenas» para las infecciones, recomendaba el Mentholatum y la aspirina para las fiebres, las «lavativas» (cuando no la purga con «aceite de castor») para las indigestiones, y el lavado con agua oxigenada y las pomadas de «Óxido de zinc» para las úlceras de la piel. Recomendaba que se tuviera siempre un frasco de tintura de yodo y otro de alcohol «rectificado» para las heridas y accidentes sangrientos, y para la anemia, recetaba el «Aceite de Hígado de Bacalao del Dr. Scott». Un monumento vivo de aquel tipo de médico era en mi niñez el «Doctor Arbo», Higinio Arbo, caritativo, amable, infalible, sanador de toda enfermedad y de toda angustia para la familia, un hombre sabio y bondadoso para mi madre y abuela, tanto, que poco faltaba para que pusieran su retrato en el altar de los santos protectores del hogar.
Igual halo de santidad daba la gente humilde a otros médicos ilustres, como, valga el ejemplo, el famoso Dr. Franco, amado por las madres pero terror de los chicos, pues era fama de que arrancaba las amígdalas, o «glándulas» como se decían entonces, con una poderosa tenaza.