Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  —69→  

ArribaAbajo- V -

La esfera luminosa de mi reloj indicaba las tres y media de la mañana. Sentía frío y hambre. Un calambre me impedía mover la pierna derecha y cuando lo intentaba el dolor me hacía sentir como un inválido. Era difícil cambiar de posición. Probé todas las alternativas. Nadie hablaba. Ya no teníamos nada que decirnos. Agregar algo hubiera sido ocioso. No me importaba el diálogo. No quería hablar. Ellos seguramente tampoco. Cada uno sabía en qué estaba y por qué. El sargento Quiroga también. No movía un músculo y tal vez reflexionaba sobre la juventud y su destino de policía. O cómo escapar, también. Ese era su deber. ¿O no? Acaso resultaba más fácil que se entendieran entre policías y guerrilleros. Estaban en el mismo juego y debían conocerse bien para atacarse y ganar. O perder. Pero el mismo juego. Durante esas dos horas de silencio seguramente nadie había dejado de pensar. No podíamos prever cuál sería nuestro destino. Algo había determinado el cambio de método. En la casa decidieron ponernos en libertad. Luego nos embarcaron en el camión de mudanzas. Una caja de muertos. De fantasmas. Bamboleándose en un camino secundario en la pampa chata, fría y silenciosa. Desde nuestra última parada habían transcurrido dos largas horas de marcha. Este es un país grande. Inmenso. Eterno.

Se viaja días y días en cualquier dirección y sin llegar a ninguna parte.

  —70→  

Todos los lugares son de paso. Transitorios. Se los rebasa y se continua la marcha. Y cuando el lugar se nos antoja definitivo, en realidad hacemos lo que hay que hacer para que se tome un punto de tránsito.

De cambio de caballos, en la diligencia. Entre el temor, la amenaza y el aburrimiento una inquietud honda, lacerante, llena de desasosiego y esperanza. Entonces se emprende nuevamente la marcha. Con imaginación, con pasión, con tristeza, con la melancolía de saber que ése no era el puerto esperado. Solamente un lugar a partir del cual reiniciar la marcha. Los argentinos son aventureros frustrados. Cada día viven la ficción, la esperanza, la tristeza del cambio. ¿Cambiar? ¿Para qué? Eso, simplemente, cambiar. Para hacer las mismas cosas en otro lugar, con otras gentes. Las mismas cosas. Pero ahora se están haciendo otras. Una guerra cotidiana. Sorda, despiadada, donde todos son héroes, mártires y asesinos terroristas. Como todas las guerras. Pero ahora la tenemos entre nosotros. No como expresión de una pasión transitoria. Del ímpetu de la violencia individual.

No. La guerra. Simplemente la guerra. Meditada, cuidadosa, planificada, orgánica. Eficaz. Sin pasión. En orden. No es una guerra privada ni de grupos. Es algo que viene de muy atrás en el tiempo. Cuando de pronto comenzó a advertirse que había que cambiar algunas cosas para que quedaran otras, más valiosas, permanentes, sólidas. Aunque ya no son sólidas. Ni valiosas ni permanentes para los que hoy hacen la guerra. Veinte años atrás era posible cambiar algunas cosas. Cuando lo decíamos nos palmeaban afectuosamente la espalda y comentaban: «Es romántico». Ahora los que se lanzaron a la guerra quieren cambiarlo todo. Un mundo nuevo. ¿Cuál? No importa cuál, seguramente será mejor. Pero hay que hacerlo.

Destruir. Crear. Cambiar. La vorágine nos arrastra a todos. Los románticos de ayer, así nos llamaban los que nos palmeaban la espalda paternalmente, también somos enemigos para los que hoy hacen esta revolución. Y tienen razón. No somos confiables. Estamos demasiado metidos en este mundo que hay que dar vuelta como un guante. Nos hemos hecho cínicos y sin esperanzas. Objetivos y desapasionados. Completamente neuróticos,   —71→   solamente por no serlo de ninguna manera. La generación que nunca existió. Los fantasmas de la inmensa, oscura, eterna, caótica, plácida, luminosa ansia de vida que vacila perezosa sobre la anhelante, ilimitada, árida, y húmeda tierra argentina.

-¿Duerme? -Era el sargento.

-Creo que vamos más despacio.

-Sargento, ¿tiene familia?

-Soy viudo. Nunca quise volver a casarme. Sufrí mucho, cuando mi mujer murió.

Así de sencillo. Sufrí mucho. No había nada que responder. Comentar. Decir. ¿Qué? Los pensamientos simples son siempre los más profundos. Graves. Auténticos. Enormes. Silencio. El camión de mudanzas continuaba su danza torpe a través de la noche. ¿Cuál sería el nombre de la muchacha? ¿Qué nombre heroico habría inventado la guerrillera? Cualquiera menos Lulú. Seguro.

Los guerrilleros tienen demasiado con su guerra, su fatiga, su heroísmo, su coraje, su miedo, como para tener sentido del humor. Este es un privilegio de los que ven pasar la vida y la observan con la insólita convicción de que no van a morir al minuto siguiente. ¿Alguien sabe si va a morir al minuto siguiente? Los kamikazes lo sabían. No obstante lo cual sobrevivieron muchos. ¿Cómo puede sobrevivir un piloto suicida? Ese será siempre un misterio para mí. Los japoneses deben tener alguna explicación. Pero el sargento no es un kamikaze. Lloró a su mujer. No quiero que lo maten. Pero simplemente quiere cumplir con su deber. Un rato más tarde llegaría la pregunta.

El camión se había detenido y nos hicieron descender en una casa en medio del campo. Habíamos formado parte sin saberlo de una pequeña caravana. Había dos camiones más. Tres autos y una camioneta. La ametralladora   —72→   apuntaba a mis costillas. ¿Cómo te llamás? No hubo respuesta. Los hombres entraban en la casa y descargaban bultos y cajas. Parecían estar mudando el cuartel general. Apenas nos prestaban atención. El sargento me hizo la pregunta a boca de jarro.

-¿Sabe cuál es nuestro deber? -No-, contesté. Me miró sin sorpresa. Había esperado la respuesta tanto como yo temía la pregunta.

-Entonces sea imparcial.

-No pienso ser imparcial. Si puedo voy a evitar que lo maten. Tengo la ventaja de desconocer cuál es mi deber-. Me aparté y me senté en el suelo observando el ir y venir de la gente.

Uno de los guerrilleros, armado con una pistola ametralladora, vino en busca del sargento.

Me levanté. Una voz a mis espaldas susurró: -No hagas tonterías. Solamente le van a sacar el uniforme-. Se escuchaban gritos y voces de mando. No temían que los escucharan. -Vuelva a sentarse. De todas maneras a usted no le importa nada de nada-. Había desprecio y sorna en su voz. La miré atentamente. No había ni desprecio ni sorna. Pena, lástima, rabia, fastidio. No era una observación política. Ni una crítica. Ni un reproche. Solamente la opinión de una mujer frente a un hombre. Era bella. Qué importa la luz y la claridad y el silencio y la sombra. Bella. Triste. La noche, el silencio, una fatiga expectante llena de ruidos, gritos y voces. Bella y triste. El aleteo cálido y extraño de las aves de la noche.

La oscuridad sólo se descubre cuando brilla alguna pequeña luz. El tiempo se descubre en la impaciencia. Lo bueno se adivina entre lo malo. La vida entre la muerte. Sí y no. Nada antes ni después. Cada minuto es el fin de una eternidad y el comienzo de otra.

Solamente que las eternidades tienen principio y fin. Es la eternidad de los hombres.

  —73→  

Principio y fin. No importa adónde se va. Solamente lo que ocurre en el camino. ¿Para qué? ¿Por qué? No hay respuesta. ¿La hay? La vida es siempre hoy.

Me sentí absurdamente alegre. Confiado. Regocijado. ¿Por qué? Allí estaba el juego que conocía.

El juego que había vivido en relación con todas las Marianas que había conocido. Y con las que no había conocido. Conocía la voz, la mirada, la agresividad, el encanto natural, impreciso, espontáneo, involuntario. Todo lo que reduce una amplia, compleja, dura, caótica realidad, a un elemental, profundo eterno, vivo brillo de una mirada al azar. Todo en tan poco. Tan poco en esa inmensidad eterna, vital, lacerante, dulce y abandonada. La alegre tristeza de la comunicación humana. El juego de la vida. La existencia. Existencia. Existir.

Lo demás son meramente actos. Expresiones, formas. También conducta. El buen ferroviario que todas las mañanas a las 4:30 se levanta, viste la ropa azul, toma la linterna y la caja de herramientas, sale de la casa después que su mujer, semidormida, le calentó el café preparado desde la noche anterior. A las 5:17 toma el tren que lo conducirá a la estación donde presta servicio. ¿Qué estoy diciendo? 5:17. Esa exactitud, no en la Argentina. Nuestro gran país donde todavía, gracias a Dios, el tiempo es algo que sirve para que lo perdamos. Lo lamentable es que muy poca gente sabe cómo. Se pierde igual. Es parte del sistema. Pero ocurre que se pierde fingiendo que se está ganando. Aprovechando. Entonces no importa que se aproveche o no. No importa que se pierda o se gane. Ocurre que no se sabe perderlo. Eso es trágico. Los argentinos no hemos aprendido a gozar del ocio. Lo vivimos con culpa y entonces explicamos que esas horas en que nos sorprendieron mirando por la ventana de un café o hablando con amigos en la esquina, estábamos esperando a alguien muy importante que está en el negocio del aluminio o en la quiniela. O en realidad estábamos preparando una declaración sobre el aprovechamiento del talento joven, en relación con la Secretaría de Cultura de la Municipalidad. La vergüenza de   —74→   perder tiempo. En realidad, la vergüenza debería consistir en el hecho de no saber gozar de la pérdida de tiempo. Es un problema de conducta. Cuando la conducta es meramente un problema formal y no la consecuencia de una verdadera toma de posición antes la vida. La conducta se da en términos definitivos frente a situaciones límites. Hoy y aquí.

En este rincón abandonado del campo. Cerca y lejos de todo. Entre cajas de municiones. ¿Serán municiones? Hombres, muchachos, chicas que se mueven de un lado para otro con precisión. Eficazmente. Como si hubieran nacido en la guerra, en la lucha, en el juego de matarse cada día o de sobrevivir. ¿Es un juego? ¿O una conducta? Estaba amaneciendo. La luz azulada del alba jamás me pareció alegre. Ese lapso entre la noche y la aparición del sol se me antojó siempre angustioso, frío, enfermante. Con la extraña sensación de poder ser sorprendido. ¿Por quién? ¿Por qué? Seguramente por el día y todo lo que trae a sus espaldas. Empezar todo de nuevo. Afrontar cada minuto, cada mirada, cada pedido y cada rechazo, cada exigencia de la vida cotidiana y fingir que es natural que ocurra porque así es simplemente la vida. Pero en esa mañana no quedaba nada de la noche anterior. No siempre es así. El sueño nos sorprende entre la excitación y la culpa, y al día siguiente proponernos solamente un acto de contrición que no realizamos. Pero con la esperanza de que todo empieza de nuevo. El pasado fue compensado con lo que sufrimos y nos preocupamos.

Ya podemos vivir, pecar, fatigarnos, olvidar o recordar sin que importe realmente.

Estaba tan lejos de mi fin de semana con Mariana. Aquello se me antojaba irreal. Absurdo. Una fantasía. ¿Cuántos mundos vivimos al mismo tiempo? Pero no subjetivos, profundos, individuales, misteriosos, por lo que tiene de misterio y sofisticación la naturaleza humana. No esos mundos. Los muchos formales, objetivos, concretos de cada día. La Argentina, por ejemplo. ¿Cuántas argentinas hay? La que dejé en Buenos Aires antes de iniciar este incierto, apasionante y peligroso week-end. La Argentina   —75→   de Levington, Federico Pinedo, Lanusse, Frondizi, Balbín. Hasta de Paladino.

Algo así como el juego de las visitas en el que se entretienen los chicos, los fríos sábados de invierno. El desarrollo del juego se conoce antes de empezar. Ya se sabe de qué se trata. Cada uno conoce las reglas y su rol. Solamente no se sabe cuánto dura. Y al lado de ese juego para entretenidos intelectuales hay otra Argentina inmediata, distante, cercana, paralela. La misma, pero otra. Un montón de muchachos y chicas asesinan policías, asaltan bancos, toman puestos militares o los hacen volar. Y nada une una Argentina con la otra. Son dos mundos. Diferentes. Opuestos. Antagónicos. Enemigos. Que se disputan la misma geografía, la misma gente, los mismos valores, la misma tradición, la misma terminología. Hasta los mismos próceres, glorias, y objetivos. Y si es así, es simplemente porque mienten. Todos, unos y otros. Ambos por táctica. Lo curioso es que a nadie le importa. Porque independientemente de lo que diga cada uno de los que forman una u otra Argentina, todos saben de qué se trata. Todo el mundo sabe qué quiere uno u otro y no tiene importancia en realidad si lo que saben, o lo creen saber, es correcto o no, es verdadero o no, es cierto o no. Lo importante es que todo el mundo sabe algo y está seguro de ello, con lo cual la distorsión, la impostura, el absoluto es total, profundo, sin alternativa y unos y otros matan por razones opuestas a las que los destinatarios de la acción consideran motor de esas mismas acciones. Y entonces, qué me importa la policía y la autoridad y los guerrilleros y los héroes y los mártires. Solamente las piernas esbeltas, ágiles y fuertes de quien sin ninguna piedad me apunta con su pistola ametralladora a la cabeza y me dice: «¿Por qué se preocupa por el policía? Al fin de cuentas a usted no le importa nada de nada». Y tiene razón. Y eso me da una gran alegría.

Ni preocupación, ni angustia, ni miedo, ni fatiga. Solamente una gran alegría.

  —76→  

El sargento ha vuelto sin su uniforme, y se sienta en un rincón. Vino acompañado de un guardia, pero al advertir a mi guerrillera en la habitación, aquél se marcha.

El Comandante pasó dos veces acompañado de Manuel. Seguramente, su lugarteniente.

No tuvimos más noticias del comisario Toquero. Esa noche nos enteramos que el grupo había hecho conocer un comunicado que las radios y los noticieros de televisión transmitieron cada diez minutos. El comisario Toquero y el sargento estaban presos en una cárcel del pueblo. De mí no dijeron nada. Le pregunté a mi guardiana sobre la omisión.

-Usted no existe.

La situación era fastidiosa pero razonable. No me sentía gratificado por la opinión de mi guerrillera, pero el hecho es que yo no tenía significación política. Nada justificaba mi cautiverio en manos de los terroristas. Que nadie reclamara por mi desaparición, ni Mariana, ni mis amigos, seguramente informados por ella, me inclinaba a reflexiones negativas sobre la amistad y el amor. Por lo visto no despertaba ninguna consideración en la gente con la cual había tenido trato diario. Lo cierto es que no había producido por ahora algo que fuera particularmente valioso para nadie. En esta vida se recibe normalmente lo que se da. La pregunta siguiente estaba relacionada con la conducta de los guerrilleros hacia alguien que carecía de importancia política, que vivía transitoriamente en un campamento guerrillero sin participar de la mística revolucionaria, que consumía dos comidas diarias sin dar ningún rédito, ni como rehén ni como colaborador, y que distraía a uno de sus miembros para dedicarlo a su vigilancia. La reflexión terminaba en una conclusión poco optimista, si tenía en cuenta la facilidad con que estos muchachos en pocos segundos resolvían terminar con la vida de alguien.

Por una parte concluía en que quería continuar con el juego para saber hasta dónde llegaba, y por otra reflexionaba en la posibilidad de secundar   —77→   las aspiraciones del sargento. Esta última alternativa era bastante improbable por la organización y eficiencia demostrada por los guerrilleros. Además exigía el condimento de una vocación heroica y la decisión de considerar a esa gente como enemigos.

No podía considerar la primera hipótesis con seriedad. Mucha gente se equivoca a este respecto y yo no estaba dispuesto a cometer el mismo error. Con respecto a la segunda hipótesis mis dudas me llevaban a especular si por el hecho de que no eran mis amigos, realmente eran mis enemigos. Estaba seguro sin embargo, de que eran enemigos de quienes de ninguna manera podían ser mis amigos y eso era algo que nos unía. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Había una tercera razón, arbitraria, subjetiva, sentimental e irresistible. Mi custodia, que no me abandonaba en ningún momento y me observaba siempre, situación que hubiera querido conservar eternamente. Me hubiera sometido a cualquier tortura aunque esta reflexión frívola, dadas las circunstancias dramáticas en que tenía lugar, determinaba una confusión profunda entre lo fundamental y lo accesorio, concepto que podía ser claro para cualquiera.

Después de la comida de esa noche Manuel vino a conversar conmigo. Fue un largo interrogatorio sobre los medios de difusión, diarios, radios y televisoras, pero puso énfasis en indagar sobre la personalidad de algunos periodistas. Le dije que los guerrilleros no tenían enemigos entre los periodistas, lo que tampoco significaba que tuvieran amigos. Los periodistas daban más difusión a la actividad guerrillera, porque era más atractivo que una reunión internacional sobre economía. Con esa información asustaban un poco a las autoridades y a los patrones, enrolados en el bando de la autoridad y contra los guerrilleros. Era una especie de venganza por su condición de asalariados intelectuales. Manuel era un personaje con un particular magnetismo, objetivo, y a la vez apasionado por sus convicciones. Después de varios minutos de conversación se olvidaba su nariz larga y enrojecida, sus ojos miopes, los bigotes exageradamente crecidos y cobraba valor su voz suave, persuasiva, cálida. No fumaba ni bebía y seguramente no tenía un particular interés por las   —78→   mujeres, absorbido por la actividad militante. Esas características tomaban sospechoso a cualquiera. En Manuel parecían lógicas, naturales, obvias y quien lo escuchaba, era conducido a la convicción de que no podía ser de otra manera. Era una actitud legítima y necesaria.

El sargento estaba a nuestro lado e intervino en la conversación para afirmar que los periodistas eran sensacionalistas, escandalosos e inmorales. Manuel y mi carcelera me miraban divertidos. Contesté que en la Argentina hay dos clases, dos sectores que son tradicionalmente calumniados sin que eso fuera consecuencia de una actitud crítica objetiva. Se decía que los periodistas eran sensacionalistas y corruptos, como los políticos ladrones e ignorantes. Afirmaciones generalmente injustas y arbitrarias. Era fácil descubrir que al cabo de muchos años de profesión, políticos y periodistas eran unos muertos de hambre.

-Vamos... -dijo el sargento.

-No vamos a ningún lado -dije- nos quedamos aquí. Los políticos y periodistas son básicamente honrados. Es más fácil decir que son corruptos. Pero los que han manejado la política económica del país han sido los doctores en ciencias económicas, que se han autodefinido como apolíticos y tecnócratas. Esos se han robado todo. Sin embargo a nadie se le ocurre decir, los doctores en ciencias económicas son todos ladrones. Es la verdad de los últimos veinticinco años.

-Es una forma de mirar las cosas -dijo Manuel.

-Siempre hay maneras diferentes de mirar las cosas. Pero seguramente esta forma de mirar no le conviene a su militancia. Podría poner en duda la justificación de su existencia.

-No, nada de eso. Nosotros no vivimos con anteojeras. Comprender las cosas no implica necesariamente que deban ser toleradas. Lo que dijo de los políticos puede ser cierto. Creo en realidad que es cierto. Pero eso no los exime de la responsabilidad de lo que ha ocurrido durante los últimos   —79→   veinte o treinta años. Puede ser que hayan sido honrados, pero inútiles, y culpables de la frustración, el escepticismo, la incertidumbre.

-Claro, pero tan culpables como los políticos o los periodistas son los profesores universitarios, los dirigentes obreros, los empresarios, los profesionales, los militares y los curas. Es decir, el país, incluidos ustedes.

-Ahora estamos haciendo algo por cambiar las cosas.

-Mucha gente debe estar haciendo algo para cambiar las cosas. Sólo que no se nota. El proceso está atomizado o carece de publicidad.

-¿A usted le interesa cambiar las cosas?- Manuel dejaba traslucir cierto humor en sus preguntas serias.

-No lo sé -Manuel me dio un cigarrillo. Asocié el interrogatorio, porque no era otra cosa, con la sentencia. Tal vez por el cigarrillo. Aspiré una bocanada mientras me daba tiempo para la respuesta. Repetí -No sé. Soy consciente de la arbitrariedad, de la injusticia, de un orden que en realidad es un desorden. Pero esto no ocurre solamente en nuestro país. Es un desorden del mundo. Está en el fondo de la naturaleza humana, que lo expresa en su actividad creadora. En la vida social, en la política, en la vida intelectual. La cosa es más profunda que cambiar unos por otros. Es más grave que modificar un sistema, si alguien sabe en realidad qué significa cambiar un sistema. En la medida en que la alegría de vivir se transforma en un mito exótico, todo lo que ocurre es inocuo. La alegría de estar vivo, de ser capaz de enfrentar la realidad. La idea de un mundo sufriente, dolorido, caótico y melancólico que un grupo de hombres y mujeres sufrientes, doloridos y melancólicos se esfuerzan por cambiar, me resulta francamente insoportable. -Manuel me escuchaba con atención. También la muchacha y el sargento. Fumaba el cigarrillo con la convicción de que recibiría la sentencia. Pero no podía dejar de hablar. De decir lo que pensaba. Era la única manera de ser libre. No había otra.

-¿Sabe qué es el deber?

  —80→  

-¿Para quién?

-El deber es uno solo.

-No entiendo. Para un policía el deber es luchar contra los delincuentes. Y los delincuentes son los que quieren alterar las normas de la sociedad. Para un guerrillero el deber es cambiar esas normas y por eso mata y destruye. Para un periodista el deber es relatar lo que hacen unos y otros. ¿Qué cosa es el deber?

Manuel me miraba sonriendo.

-El deber es hacer lo que uno cree que es el deber. Esto es, ejercitar su responsabilidad. El objetivo de su vida. Descubrir que haciendo lo que debe hacer, su vida adquiere sentido.

-Y para ello se mata o se muere. -Agregué.

-Claro, así están dadas las cosas.

-Esa carnicería me aburre. Prefiero no participar.

-Claro. Pero no puede. Para eso debería estar muerto. Es la única manera de no participar. Mire qué curioso. Hace unos días usted estaba en un restaurante con una linda muchacha. Desde entonces todo ha cambiado. Ha visto varios muertos, un ataque a un patrullero, fue testigo de cómo se hace una movilización militar, y ahora está preso. Digamos, demorado-. Era su nota de humor. -De un mundo ha pasado al otro, abruptamente y también sin interesarle demasiado. Ni aquel ni este. Probablemente menos aquel-. Lo miré sorprendido. -Sí, no finja sorprenderse porque nos va a defraudar. Usted no se asombra por nada. ¿Por qué habría de asombrarse ahora? Por lo menos ahora no se aburre tanto, ¿verdad? Está esperando poder observar qué ocurre, quiere saber cómo termina la cosa. Le faltan todavía muchas respuestas-. Se levantó del cajón donde se había sentado. -Todavía vamos a estar juntos mucho tiempo.

  —81→  

Era una observación optimista. No había sentencia. Norma también estaría con nosotros. Ya que no hay muerte hay que vivir todo lo que se pueda. Manuel se fue y ella lo acompañó hasta la puerta. Los pantalones ajustados eran una invitación a la vida. Me pregunté qué haría con la ametralladora cuando estaba en la cama con un hombre. El sargento me observaba y parecía divertirse.

-Le gusta la chica, ¿no?

-Hasta soy capaz de hacerme guerrillero. En ese caso me voy a preocupar porque no lo maten.

Ella volvió a su puesto de guardia.

-Norma.

-¿Qué quiere?

-Hacerte el amor.

No hubo respuesta. Apartó el cajón en que había estado sentado Manuel hasta un extremo de la habitación. Se sentó a horcajadas sobre él en una actitud que se me ocurrió provocativa.

-A mí no me engaña con sus sofisticaciones. Conozco los tipos así y me dan asco.

Empezábamos a comunicarnos.



  —82→     —83→  

ArribaAbajo- VI -

Cambiaron las condiciones de mi cautiverio. También las del sargento, que fue encerrado con un guardia permanente. Él no había ocultado su intención de huir. Conmigo fueron más liberales. Seguramente no creían que yo pudiera huir. Tal vez pensaban que me interesaba más ser testigo de lo que podía ocurrir, que volver a mi intrascendente, tonta vida cotidiana. Curiosidad. Tampoco era un enemigo. Enemigo. Así, en términos absolutos y definitivos. Apenas alguien que no pertenecía al grupo. A ese mundo. Como si en realidad perteneciera a alguno. ¿Cuál mundo? Tampoco aquel que había dejado en Mar del Plata, del que había sido arrancado por el Comisario Toquero. No había vuelto a ver al Comisario.

No sabía si seguía herido o estaba muerto. Yo no pertenecía a este mundo del heroísmo y la violencia. Pero de alguna manera tampoco me sentía ajeno. Esto me había ocurrido antes. En Bogotá. El despertar en un mundo absurdo, caótico, milagrero y fetichista.

Mi guía fue una mujer. Lo supe más tarde. Desperté una mañana en un dormitorio extraño. La luz se filtraba por la ventana a través de una pesada cortina roja. La pared que enfrentaba la cama estaba totalmente cubierta por imágenes de santos católicos, fotografías de negros y negras en extraños   —84→   ritos vuduistas. Máscaras. Rosarios que terminaban en cruces y cuernos. Olor. Pesado. Agrio. Una cabellera larga y negra colgaba de un falo enorme de madera clavado contra la pared. Parecía el trofeo de un cazador. No cabezas de leones, tigres o ciervos. Un falo. La cazadora estaba a mi lado. Una negra joven en un pijama rojo. La observé atentamente. Empecé a recordar, la noche anterior en un club privado en los alrededores de Bogotá. No sé por qué la muchacha vino sentarse a mi lado. Allí no se come y se bebe mucho. Ron de Caldas. Había descubierto esto en Cali varios días antes. Una muchedumbre en la plaza principal bailaba al son de la música improvisada por campesinos de la sierra que habían bajado a la fiesta de la virgen. Comían fritanga y bebían ron de Caldas. Unos pocos blancos, transitaban entre el color, la música, el ritmo frenético de negros y mulatos. La virgen también bailaba sobre los hombros de cuatro hombres jóvenes. Duró toda la tarde. Naebe y Bogo reemplazaban a San Pablo y San Tadeo. Al caer la noche estábamos todos borrachos. Comenzó la dispersión. Una diáspora doméstica en la plaza de Cali. Podía llegar el Barón Samedi. ¿O tenía aquí otro nombre? El señor de las tumbas, los muertos y los cementerios. Y la procesión marchó hacia el pesebre. Las colinas apenas iluminadas por el rancherío. Cada puerta un prostíbulo. Señor ¿quiere una o dos? Aquí, mis hermanas. La mayor tiene quince. ¿Quiere?

La cazadora se despertó. Me contó lo que yo adivinaba. El destino de un borracho, en la madrugada desconocida de una ciudad extraña. Empedrados ruinosos. Paredes húmedas. Algunos faros en la oscuridad. El traqueteo monótono, casi fantástico de un auto. Igual que en el camión de los terroristas. Solamente que en esta oportunidad estaba consciente. Allá no. La boca seca y agria, consecuencia de la borrachera de la madrugada.

Después ni traqueteo, ni sonidos, ni luz. Solamente un gusto agrio en la boca. Al día siguiente descubrí el dormitorio santuario de la negra en pijama rojo. Fue mi pasaporte a la violencia y al heroísmo. No al mío, claro.

«Son los bandidos de la sierra», me dijo el secretario del Presidente   —85→   Lleras mientras comíamos en el Club Lagartos. Frente a la ventana, mirábamos las acrobacias de chicas y chicos haciendo esquí acuático en un lago artificial construido por los socios del Club más elegante de Bogotá. «Son bandidos. Delincuentes».

La negra fue el pasaporte a Tolima. Dos días más tarde, en un auto alquilado atravesaba la selva un medio del silencio y un agudo y excitante terror en el corazón. También pensaba que era un estúpido. La negra en ese amanecer absurdo se me antojaba algo lejano y fantasmal. Aquella realidad era la mía, no ésta que llevaba la marca del terror de «Tiro Fijo». Hay gente para la cual la cosa más importante que puede hacer en su vida es sacar la cédula de identidad. En cambio hay gente a la que le pasa de todo. Yo pertenecía a estos últimos. Siempre me pasa de todo. Amar la vida, el amor, el sexo. También el odio.

Pero no mucho. Apenas una pasión destructiva. Transitoria. Efímera. ¿Igual que el amor? Tampoco importa. Hoy como ayer. Un montón de hombres y muchachas jóvenes que se esfuerzan por cambiar el mundo a tiros. ¿Lo cambian? ¿Qué es lo que cambian? Después de todo me trataron bien.

Dos días más tarde, frente al fuego del rancho de la guerrilla de Tiro Fijo, escuché varias historias. Todas iguales. «Yo tenía 12 años. Cuando aquella mañana llegaron los conservadores no dieron tiempo a nada. A mi viejo lo mataron a machetazos. También a mi vieja. Después los ataron con alambre de púa y los colgaron de un árbol cabeza abajo. No del árbol donde yo estaba subido, sino de otro. Yo no podía dejar de mirarle la cara a mi viejo que estaba hacia mi lado. Yo no creía que eso podía suceder. Lo había oído contar muchas veces. Pero esas cosas, uno siempre piensa que le ocurren a otro. Cuando se fueron recorrí el pueblo. Yo, y el viejo Luis, éramos los únicos sobrevivientes. A él lo dejaron por muerto después del machetazo con que le abrieron la cabeza. Pero el viejo tiene la cabeza dura. Al final se murió de indigestión. Reventó. Él fue quien me llevó a otro pueblo donde vivía un hermano de mi viejo. Conté todo. Unos días más   —86→   tarde acompañé a los hombres a una vereda conservadora. Yo miraba de afuera. No quedó nadie vivo. Vi muchos colgados cabeza abajo. Entonces pensé: Dios es justo. Fue cuando realmente me hice religioso. Así vamos a seguir peleando. Han pasado quince años y todo sigue igual». ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cuándo empezó todo? ¿Cómo? ¿Quién disparó el primer tiro? Eso nunca se sabe. ¿Hasta cuándo? Eso tampoco se sabe. ¿De quién es la vida y la muerte?

Diez días más tarde tomaba el desayuno en el departamento de la negra que en realidad era contacto de los guerrilleros. Leía el diario. Un ómnibus de estudiantes conducidos por un profesor, había sido interceptado por los guerrilleros. Mataron a casi todos. A continuación el relato de uno de los sobrevivientes. Cuando los guerrilleros detuvieron el ómnibus, el maestro descendió para explicar que se trataba de estudiantes del Conservatorio Nacional de Música. El que lo interrogaba entendió mal. En lugar de conservatorio entendió conservadores.

Lo mataron a machetazos. A la mayoría de los chicos también. En el Club Lagartos muchachos y muchachas seguramente se disponían en esos momentos a iniciar sus acrobacias en el lago artificial, ¿Y es todo el mismo mundo? Quién sabe. Tal vez se trata de muchos mundos superpuestos. El del Comandante Tiro Fijo. El del Presidente Lleras. El de Manuel y sus guerrilleros. El de Toquero y sus policías. Uno arriba del otro. Superpuestos en una absurda Torre de Babel. ¿Y el mío? ¿Es que yo tenía alguno? ¿Cuál? Se me antojaba que mi vida era un poco vivir de a ratos en mundos prestados.

Igual que ahora, en esta casa perdida en la inmensa, chata, rumorosa y desconocida Pampa argentina. Me autorizan a salir del cuarto donde había compartido el cautiverio con el sargento.

Mis paseos consistieron en caminar alrededor de la casa. No podía acercarme al parque. Los guerrilleros estaban en todas partes. Norma, era el nombre de mi guardiana de las últimas 76 horas, no dejaba de observar   —87→   mis movimientos. Me sentía inclinado a suponer que ese exceso de celo superaba sus responsabilidades de militante. Pero fue este juego el que me decidió a huir.

O le hacía el amor, o me marchaba de este campamento, a riesgo de que algún guardia escondido resolviera matarme. Fui estudiando la situación hasta elaborar un plan. Siempre tuve la convicción de que en las circunstancias límites sobreviven no los más heroicos, sino los más inteligentes. Aunque esto tampoco parece cierto.

Sobreviven los más sólidos, simples, torpes, claros. Diáfanos. Transparentes. Quienes no saben qué ocurrió el día de ayer ni qué puede suceder el día de mañana. ¿La clave? A quién le importa. Todo transcurre hoy y aquí y se acaba en el segundo siguiente. ¿Para qué pensar? ¿A quién, en definitiva, le interesa pensar? No, al Sargento. Ni a tiro Fijo. Ellos actúan con una clara y firme convicción de la verdad. Nacen con una verdad sólida e inconmovible, como algunos nacen altos o bajos. Gordos o flacos, rubios o negros. Y es simplemente así. Cada hombre o mujer es de una determinada manera, pero con el tiempo, construye a su alrededor el artificio de una segunda realidad que termina siendo su propia realidad. Algo así como el bombero que se disfraza de bombero. No es que se tornen rectos o violentos o duros o simples. Es que definitivamente lo son, pero además se disfrazan de lo que son, para que nadie tenga la menor duda. Y, lo que es más importante, nos están diciendo que somos diferentes. Tan diferentes. Ellos son los que acabaron con las tonalidades en el mundo. Blanco o negro. Rojo o verde. Azul o amarillo. Nunca anaranjado. Gris oscuro o claro. ¿Dónde está la certeza? ¿Cómo se descubre? ¿Acaso se descubre? No. Simplemente se conoce. Así, desde siempre. Como una vaca debe saber que inexorablemente terminará en el matadero. Si de pronto una vaca muere de vieja es un absurdo. Algo que cambia el orden natural de las cosas. Aunque en la India las vacas se mueren por no poder soportar tanta tolerancia. Eso es nada más que una grotesca anomalía. El día que instalen en la India una cadena de carnicerías las vacas podrán entonces morir en   —88→   paz. Con optimismo. Aun con alegría. Habrán cumplido con su destino. Se habrán realizado, como dicen los locutores de televisión. Así como Mariana cumple su función de hembra, amante, esposa. Algún día lo será en serio. Definitivamente. No se afectaron sus órganos. Menos mal. Tan lejos de este lugar.

Extraño regocijo, haber dejado atrás un mundo, estar en una ajeno y no saber cuál será el destino. Tenía ganas de reír. Una extraña e insólita alegría me hacía tender los brazos hacia el cielo. Enorme, profundo, azul, infinito, estrellado. Lleno de angustiosas reminiscencias infantiles y de melancolías de la adolescencia. Un pájaro enorme brillante y silencioso aleteando sobre el estupor de un mundo que se destruye y se recrea cada día. A lo lejos la fila interminable de faros construía una carretera cavando en la noche llena de rumores. Apenas mil metros me separaban de un auxilio inesperado pero probable. De la salvación. ¿De qué? De la libertad. ¿De qué? De otras cosas, gentes, ademanes, pesares, alegrías, idiotez, vulgaridad, esperanza y deseo. Pero el deseo estaba a mis espaldas. Empuñando una ametralladora. Vigilante, alerta, atenta. Con los pantalones más ajustados, redondos y graciosos que había visto en mi vida. Difícil saber cuál era el rumbo cierto, la expectativa, el dolor. La esperanza.

La alegría y la decepción tienen 360 grados a nuestro alrededor. ¿Adónde volver la cabeza, el instinto, la energía, el deseo, la voluntad? En ese momento recordé que no había cambiado de ropa en varios días. Me sentía sucio. Me picaba la espalda. La casa estaba iluminada, se oían voces y risas. Los guerreros tienen buen humor. Si no fuera por el hecho de que sus armas estaban cargadas con balas verdaderas y que las disparaban con tanto desinterés y precisión, podía uno imaginarse que se trataba de una alegre bandada de jóvenes desocupados.

Me acerqué a la casa. Miré por la ventana y vi a Manuel rodeado de unos diez muchachos y chicas entre las cuales estaba Norma. Sentí un impulso irresistible de participar de la cosa y al mismo tiempo tuve la completa certidumbre de que hubiera sido inútil. Por primera vez me sentí   —89→   triste por no participar de algo. Tuve la convicción de que nadie recordaba los cadáveres enterrados dos días antes. Ni los ajenos, ni los de sus camaradas. ¿Para qué recordarlos de todas maneras? Solamente tierra que se esparce al viento. Queda el acto, no la tierra que se mezcla para siempre con otras tierras, viento, pasto, palabras, gritos, miedo, y sudor. Lo que ayer fue parte de la vida y de la muerte, de cada uno de ellos, hoy era solo crónica periodística, ni siquiera recuerdo. Pero eso tenía que ser mentira.

También la risa y el desinterés. Morirse al fin y al cabo, es definitivamente morirse.

Nadie que no sea loco o estúpido quiere morirse, e ignorar que eso significa terminar para siempre. Para siempre. Nunca jamás. Morirse para siempre. No importa la manera. ¿A quién le importa? El resultado es el mismo.

Me senté al lado de la puerta, en el suelo. No podía huir hacia la carretera. Seguramente había guerrilleros escondidos en el parque. Estaban posiblemente locos, pero no al extremo de descuidar su protección. Tal vez el mejor camino era precisamente el opuesto. Rodear la casa y escapar a través del campo. ¿Habría guardias allí? Seguramente, pero tal vez menos.

No soporté más la situación. Me levanté y caminé por la galería esforzándome por advertir algún movimiento en la profunda oscuridad del parque. Las luces de la casa impedían descubrir cualquier objeto a más de cinco metros. Avancé en la oscuridad hasta la parte de atrás de la casa. Allí estaba la celda del sargento. Por un momento pensé una aventura heroica. Reducir al guardia, si lo había, y liberar al sargento. Eso era simplemente un suicidio y de pronto advertí que yo amaba mi superficial y vacía existencia con toda la fuerza de la pasión, la alegría y la tristeza que alguna vez habían puesto en mí y que la vida se había ocupado de amedrentar, torcer, cambiar, ahogar o disimular, por vergüenza o por temor. Me sumergí en la oscuridad del parque y comencé a alejarme de la casa sin apresurar el paso y sin volver la cabeza. Esperaba un grito de advertencia antes de que   —90→   hicieran fuego. Seguí caminando hasta que empecé a sentirme mal. Miraba fijamente hacia adelante y tropezaba con las irregularidades del terreno. Terminó el parque que rodeaba la casa y mi marcha continuó descubierta, sobre un pasto ralo y húmedo. Las voces me parecían siempre próximas pero infundían una seguridad que la noche, la oscuridad y el medio se esforzaban por deteriorar. De pronto se hizo un profundo silencio.

No porque hubieran callado en la casa, sino porque estaban lejos. En realidad, en los últimos minutos esos ruidos resonaban solamente en mi cabeza. En mi deseo de que no acabaran nunca para no escuchar otros. El silencio o una voz de alto. Apresuré el paso. Poco después me sorprendí corriendo. Y en ese momento, por primera vez tuve miedo. Un terror profundo, angustioso. Me sentía observado. Como si la noche, y los árboles, y el silencio fueran cómplices de los guerrilleros y no de mi huida. Como si alguien me pidiera cuentas en un solo momento de toda mi vida.

Me detuve de golpe. En el momento tomé conciencia de que, en el caso de que hubieran notado mi huida, la persecución podía iniciarse en cualquier dirección y no me sentía tan desafortunado como para suponer que tomarían el rumbo correcto. Además, mi carrera en la noche, entre charcos y tropezones era más ruidosa que mi marcha normal tratando de evitar los desniveles del terreno. No había luna, avanzaba a tientas esforzando la vista a través de una masa negra, sospechosa, esperanzada, incierta. La marcha de cualquier hombre hacia su destino. Me pesaba el cuerpo, los brazos, las piernas. Después de la carrera veloz, llena de miedo y angustia sentía un cansancio triste. Una profunda sensación de abandono y desesperanza. Un montón de cañas me cerraron el camino. Traté de rodearlo pero era enorme. Tal vez rodearlas era de alguna manera retroceder. No podía hacerlo. Me introduje en el monte. Las cañas me lastimaban los brazos y las manos al tratar de apartarlas. Oía sonidos extraños de pequeños animales huyendo de mi presencia. El intruso. Allí también era un intruso. Empecé a compadecerme.

¿De qué escapaba? No lo sabía con certeza, pero lo que me inclinaba   —91→   a la fuga era precisamente el no querer esperar averiguarlo. Si habían notado mi ausencia Norma les diría que no había confiado jamás en mí.

A pesar del dolor de las lastimaduras, del frío, y de mis pies mojados, tuve que ahogar un acceso de risa. En el fondo debe sentirse abandonada, pensé. Terminó el cañaveral y atravesé un alambrado. Encontré un camino de tierra secundario, lo crucé y continué campo traviesa. Traté de adivinar qué harían mis perseguidores. Seguramente estaban recorriendo la carretera. O tal vez buscando en círculo. En ese caso les llevaba mucha ventaja. Les resultaría imposible encontrarme. Me sentí mejor. Hasta alegre. Confiado en que había terminado ese absurdo cautiverio. A lo lejos vi luces, eran muchas para ser una casa aislada. A medida que me acercaba advertí movimiento de gente y de autos. Era un pueblo. Salí del campo y me introduje en un camino de tierra que llevaba al centro del pueblo. A la derecha había un cartel indicando el nombre: Comodoro Py.

Jamás había oído ese nombre. Podía imaginar las pequeñas casas viejas y chatas por la luz que salía de puertas y ventanas. Resultaba insólita la presencia humana en un pequeño pueblito de la pampa bonaerense a esa hora. Miré mi reloj.

Era la una de la mañana. Hacía casi dos horas que caminaba cruzando el campo. Escuché toses y voces. No podía ver a nadie todavía. Sin advertirlo me sorprendí caminando en medio de la calle principal, como un fantasma solitario que buscaba viejos recuerdos en un pueblo abandonado. Tuve la extraña sensación de que era un blanco fácil. Solo, en medio de la calle apenas iluminada por las luces que se filtraban de las casas. El camino hacia una curva en dirección a los ruidos y las voces. Crucé una zanja y me refugié entre dos casas. Esperé varios minutos mientras pensaba que algo insólito estaba ocurriendo en ese lugar y mantenía despiertos a los vecinos.

Cualquiera fuese el promotor del alboroto mi presencia vendría a complicar las cosas. Era demasiado difícil explicar lo que me había ocurrido a un puñado de buena gente, tal vez perturbada por la muerte súbita   —92→   del intendente, o de la abuela del carpintero si es que alguien había tenido la insólita idea de nombrar intendente en ese pueblo fantasmal e ignorado. De todas maneras pensé que era mejor descubrir primero qué ocurría y no que me descubrieran a mí. Tuve tiempo de ocultarme detrás de un árbol cuando pasó el primer auto. Era un patrullero de la Policía de la Provincia.

Marchaba rápidamente hacia la salida del pueblo seguido de otros patrulleros. Cinco en total. Había caminado casi dos horas en línea recta y la marcha había sido difícil y lenta. La casa de los guerrilleros estaba entonces cerca de las patrullas policiales. Eso me produjo sorpresa y estupor. No porque la policía pudiera estar cerca, sino porque si me descubrían yo volvía a ser el enlace entre ambos bandos. Aparentemente era imposible salir del juego, y yo estaba dispuesto a salir. Pensé retroceder y buscar otro rumbo, otro pueblo quizá. Otra carretera. Sin policías. Sin nadie que me preguntara la historia, ni me exigiera colaborar en el trabajo sucio, desagradable de contarle la historia a un montón de gente, con la cual uno tampoco tiene nada en común.

Cuando me disponía a abandonar mi refugio pasó otro patrullero a gran velocidad. Esperé varios minutos hasta que el ruido del motor del auto se perdió en la noche entre el polvo amarillento, seco, como recuerdo de un tiempo viejo de historias desteñidas y muertes irremediables. El remolino de tierra levantado por el último patrullero terminó con la alegría de mi libertad. Tenía que marcharme de ese lugar, pero también quería saber hasta dónde llegaba la amenaza a los guerrilleros. Caminé hasta volver la curva del camino que a la vez era la calle principal.

A menos de cien metros estaba la pequeña plaza central, al frente un viejo almacén con las puertas abiertas. Entraban y salían policías. Había más de diez patrulleros estacionados frente al almacén y dos carros de asalto cargados de policías con ametralladores y toda clase de armas largas. Llegué a menos de veinte metros del lugar. Contrastaba el silencio de los policías en los carros de asalto, con las risas y los gritos que salían del almacén. Un perro se acercó a olerme. Gruñó, ladró brevemente y se alejó   —93→   mirándome con desconfianza. Desde mi puesto de observación al otro de la plaza presenciaba el ir y venir de los policías. Sentí hambre y sed. Recordé que no había comido nada desde el mediodía. Estaba cansado y aterido. Hambre y sed, pero no estaba dispuesto a entrar al almacén, preguntar por el jefe a cargo de las fuerzas y decirle: Mire, comisario, yo fui secuestrado por los guerrilleros. Pude escaparme. Son unos locos que se ríen y divierten aquí a pocos kilómetros y ya se han olvidado que hace unos días mataron varios policías. También tienen preso y herido al comisario Toquero. Era tan fácil y resultaba imposible. Tuve ganas de orinar. Sentía una puntada aguda en la vejiga. Retrocedí desde mi puesto y me interné por una callejuela oscura y silenciosa. Fue un placer largo, liberador.

Mientras escapaba del cuartel guerrillero me sentía confiado, podía detenerme en cualquier lugar y decir quién era. Encontrar un teléfono y pedir que alguien me buscara, o tal vez presentarme en cualquier comisaría de campo e inventar una historia más o menos convincente. O simplemente tomar un ómnibus en la ruta. Pero ahora frente a esa muchedumbre de policías me sorprendí perdido. Incapaz de relatar la historia verdadera o inventar otra. Mucho menos señalar cuál era la casa de los guerrilleros. Francamente un triste destino. Una voz me habló al oído. Sentí un latigazo helado en la espalda. «¿Usted es de este pueblo?». Forzando la vista en la oscuridad descubrí un viejo parado en el marco de una puerta. Había estado allí todo el tiempo. Por casualidad no había orinado sobre sus piernas. Tardé en responder, me imaginé atrapado por el absurdo, caótico, incomprensible azar. Balbuceé una respuesta que seguramente el viejo no entendió y retrocedí hasta la plaza. No fue necesario tomar ninguna decisión, ni siquiera pensarla. Ya no tenía ganas ni fuerzas para ello, pero de lo que sí estaba seguro era de que no pensaba entrar en ese almacén ni acercarme a ningún policía.

Recorrí nuevamente el camino por donde me había acercado al pueblo. Era difícil en la oscuridad. Tenía que apurarme porque el viejo hablaría de mí a la policía. Salí del camino de acceso al pueblo y me interné en el   —94→   campo. A medida que avanzaba fui descubriendo mi loca, absurda, estúpida e incomprensible decisión.

Sin embargo, estuve seguro de muchas cosas. De que encontraría el camino de retorno, que no tenía interés de dar ninguna información a la policía, que me sentía profunda y solitariamente alegre y que debía tener cuidado, si encontraba el camino, porque algunos de los guerrilleros podía pegarme un tiro antes de preguntarme qué hacía por allí. Atravesé el camino y me hundí en el cañaveral. Estaba impaciente por llegar y no me importó el agua, ni las heridas que me producían las cañas, como navajas agazapadas en el silencio activo de una noche de persecución y de búsqueda. No sabía cómo explicar mi conducta, pero resolví pensar en eso más tarde, cuando fuera necesario dar una explicación, si me la pedían. Advertí que después de muchos años de manejar informaciones en mi trabajo de periodista, por primera vez de mi información dependía la vida o la muerte de alguien y no podía ni escribirla ni venderla. No hacía falta. Desde el tiroteo en Mar del Plata había sido sustraído del mundo convencional, donde las cosas se compran y se venden, donde el negocio cotidiano de la supervivencia, por corrupto, injusto o arbitrario que fuera se sometía a regla de juego que eran cubiertas, con un blando manto de comprensión por la indiferencia de la gente. En cambio, había sido precipitado a un mundo donde las reglas del juego se fundaban en valores elaborados en las circunstancias más críticas del hombre. En el preciso borde del precipicio en que anida la muerte, la agonía, el heroísmo y la falta de piedad. Y aquí no había nada para comprar o vender. Tan solo cambiar la vida por la libertad. O la muerte por la libertad.

No podía detenerme a descansar, si lo hacía no sería capaz de incorporarme y continuar la marcha. Recordé mi adolescencia en un colegio interno. Nos vestíamos y desvestíamos veinte veces por orden del celador, hacíamos y deshacíamos las camas. Nos ordenaba cargar el colchón al hombro. Carrera marr, cuerpo a tierra, carrera marr, cuerpo a tierra. Vestirse, desvestirse. Una hora, dos horas, ya no sentía el cansancio, ni la ropa   —95→   pegada al cuerpo sudado. Tampoco me importaban ya las órdenes. Empecé a sentirme fuerte, descansado, potente. Mis compañeros se arrastraban. Yo saltaba como un gato. No, como un caballo con el arnés a cuesta.

El celador en medio de nosotros gritaba las órdenes, cada vez con más entusiasmo, furia, violencia, estupidez, impiedad. Fui orientando mi carrera, cada vez más cerca, más cerca, ahora estaba de espaldas a una columna de la galería, corrí con todas mis fuerzas, el sudor me pesaba en los párpados, sentía en la boca un gusto seco y salado.

Me tiré sobre el celador con el colchón avanzado sobre el hombro, su cabeza crujió contra la columna. Todos seguían corriendo. Cuando advirtieron lo que había ocurrido se hizo un silencio cerrado, cargado de acusaciones y estupor. Me miraron reprochándome el ataque, me di cuenta de que estaba solo. Eso ocurriría muchas veces en el futuro. Nadie habló, y si alguien lo hizo, el celador prefirió pensar que fue un accidente. Seguramente sabía la verdad, pero le resultaba imposible soportarla.

Finalmente divisé las luces de la casa. Todo continuaba igual. Cuando atravesaba el jardín sentí el cañón de la pistola en la cabeza. Me dejé conducir hasta el hall principal.

Me miraron como se mira a un condenado a muerte. Norma estaba allí, no había rabia en sus ojos, tampoco resentimiento. Pena, sí. A pesar de mi cansancio creí advertir que me sonreía. Imagino que yo solamente vi esa sonrisa. Manuel bajó las escaleras seguido del Comandante.

-¿Quién lo detuvo? -preguntó.

-Nadie -respondí-. Volví por propia decisión.

-¿Por qué?

-Crucé el campo hasta un pueblo que se llama Comodoro Py. Estaba lleno de patrulleros y camiones con policías. Entonces volví.

  —96→  

Manuel no dejaba de mirarme. Se hizo un extraño silencio.

-¿Alguien lo vio?

-Sí. Un viejo que me preguntó si era del pueblo. Le contesté que no. Que era de una finca de los alrededores.

-¿Ningún policía lo vio?

-No, ninguno.

-¿Cuántos eran?

-Vi salir del pueblo cinco patrulleros. Otros diez estaban en la plaza central frente a un almacén. También había dos carros de asalto llenos de policías.

Silencio. Manuel avanzó un paso, me miró fijamente. Después se volvió a los guerrilleros.

-Que se cambie de ropa.

-Tengo hambre y sed -dije.

-Que coma también-. Volvió a mirarme. Pienso que se reía. Mañana vamos a hablar -dijo. Subió al primer piso con el Comandante que no hizo ningún comentario. Los guerrilleros me rodearon. Me di un baño con agua fría y me puse ropa limpia que me trajo Miguel, un muchachito que no tenía más de 18 años. Bajé al comedor y había un plato y cubiertos. Norma entró con la comida, me sirvió y se sentó al otro lado de la mesa. Yo, ya no tenía muchas ganas de comer. Me miraba en silencio. Estábamos solos, me levanté y fui hasta ella. Me siguió con la mirada. Le levanté la barbilla y la besé en la boca. Suavemente, casi un roce sobre los labios. Ella dejó hacer, no estaba tensa ni sorprendida. Sólo profundamente seria. Volví a mi lugar.

-¿Por qué volviste?

  —97→  

-No me parece razonable que preguntes eso.

-Si yo no estuviera aquí, ¿hubieras vuelto?

-No lo sé.

Sentía el vino tibio quemándome la garganta. De pronto parecía un fin de semana en el campo.

Sin violencia, sin odio, sin guerrilleros, sin policía. Norma me acompañó hasta mi cuarto.

Era una pequeña pieza en la parte de atrás de la casa que seguramente en otra época usaba el personal de servicio. Había una cama de una plaza. Cerré la puerta. Ella me miró y no dijo nada. Abrió la cama y se volvió hacia la puerta.

-No te dejaré ir aunque me mates.

-No tengo mi ametralladora -dijo riendo.

-Aunque la tuvieras.

La abracé y besé lentamente, cada vez con mayor intensidad. Su cuerpo se fue ablandando. Mis manos recorrían su espalda y su trasero redondo y cálido. Lentamente fui desabrochando la blusa, también los pantalones vaqueros. Me besaba con furia ahora, con alegría. Se separó bruscamente.

-Me desvisto yo sola.

Su cuerpo era de una gracia adolescente conmovedora. Cruzó el cuarto y ordenó su ropa en una silla con la gracia de una gacela. Las piernas largas y ágiles. Los senos pequeños y perfectos. La acaricié suavemente, lentamente. Metí mis manos entre sus piernas y acaricié su sexo cada vez más   —98→   húmedo y caliente. El movimiento de sus caderas se hizo suave y regular. Dejé de besarla en la boca y continué con los senos, mientras jugaba con su sexo. Continué besando su estómago, el ombligo, la pelvis. Recorrí pliegues y profundidades con meticulosidad, con amor, con una pasión contenida y hasta calculada. Por fin me pidió que la penetrara. Desesperación, angustia, amor, placer, alegría, violencia, ternura.

Tuvo un orgasmo largo, tembloroso. Seguimos con nuestras bocas juntas como vaciándonos mutuamente de pasiones, amores, recuerdos, alegrías, y tristezas.

Esa noche tuve un sueño extraño. Estaba en medio de un campo seco y polvoriento. Había un hombre detrás de cada árbol, armados con fusiles, desganados, fatigados, cansados de ir y venir sin rumbo. Los árboles parecían extraños postes abandonados sin objeto en medio del campo. El sol brillaba intensamente. El cielo amarillo abrumaba a los hombres quietos y cansados. Entonces apareció un ejército que avanzaba a campo descubierto, cada soldado por su cuenta, los uniformes azules brillaban como salidos de la tintorería, los quepis sobre los ojos y los winchester abandonados negligentemente apuntando el piso. Los hombres armados con fusiles, detrás de los árboles, se iban entregando a medida que los soldados los descubrían. No había disparos, solamente silencio. Me descubrí yo también detrás de un árbol y miré a retaguardia. Allí la cosa era aún más absurda. Había un viejo carro de bomberos arrastrado por caballos y los bomberos, desplegados por el campo, encontraban a los guerrilleros escondidos detrás de los árboles y los arrojaban sobre el carro. Duros, inmóviles, aún con sus fusiles en las manos. Pensé que aquello era demasiado. Yo estaba vivo pero no tenía un ejército. Sin embargo, allí en medio del campo ancho, amarillo, brillante a la luz del mediodía, había un ejército disperso ganando batallas sin lucha. Abandoné mi puesto de observación y atravesé el campo entre los bomberos y los soldados sin que me advirtieran. Llegué así a un viejo y pequeño pueblo, busqué la oficina del Jefe del regimiento como si cualquier pueblo tuviera necesariamente regimiento, era pequeña y estaba ocupada   —99→   en su mayor parte por un escritorio inclinado, como los que usaban los empleados en las viejas escribanías.

Unas espuelas sobre el escritorio, muchos papeles, el sillón era más alto que el escritorio y cuando me senté descubrí que todo estaba resuelto. Llamé a los oficiales y les dije que me hacía cargo de la unidad. Todos aceptaron la decisión con entusiasmo y sin sorpresa, llegaban más oficiales y al enterarse de la noticia se ponían muy contentos y arrojaban sus sables y espuelas sobre el escritorio y no se caían a pesar de la tabla inclinada.

En un momento estaba rodeado de una muralla de uniformes azules. Una cabeza se asomó por la puerta. Era un antiguo amigo, compañero de colegio. «Qué hacés aquí», preguntó. «Ahora tengo mi regimiento», le contesté. «Bárbaro -dijo- pero ¿a quién defenestraste?». Miré a los oficiales que me rodeaban interrogándolos. «No sé». Ellos me observaron con indiferencia. «Al General San Martín» -respondieron. Y continuó la charla. Mi amigo se dio por satisfecho con la respuesta, hizo un saludo con la mano: «Voy a atender una persona y vuelvo -dijo- así me lo contás todo».



  —100→     —101→  

ArribaAbajo- VII -

Al despertarme advertí que me dolían todos los músculos. Sin embargo, sentía un cansancio placentero. Norma no está a mi lado. Pero su olor estaba en las sábanas, en mi cuerpo y en la punta de mis dedos. Pasó mucho tiempo antes de que decidiera levantarme. Pensé en la noche anterior. Una evocación fantástica, irreal, de mi travesía por el campo, el encuentro con la policía, en ese pueblo absurdo, desconocido, e ignorado. El viejo tal vez contaría a los vecinos que un desconocido lo había meado en la oscuridad. ¿Un desconocido? ¿Quién? Bueno, un desconocido. ¿Un guerrillero tal vez? ¿Un espía quizá? Puede ser. El viejo lo vio. Lo estarían interrogando en ese momento. ¿Quién era? ¿Cómo? ¿Cómo estaba vestido? ¿Verdaderamente no lo había visto nunca? Entonces están por aquí.

Seguramente todas estas reflexiones habían sido hechas por Manuel o el Comandante. No se oía un ruido ni una voz. ¿Me habrían abandonado en ese lugar? Tal vez estaba solo en la casa. Pudieron abandonarme durante la noche buscando otro refugio. ¿Y Norma? ¿Ella también? Sentí curiosidad. Tuve la certeza de que eso no ocurriría. ¿Por qué? Quién puede saber cuál es el fundamento de las seguridades absolutas, firmes, claras, inequívocas que se engendran curiosamente entre el escepticismo, la falta de lógica y el instinto. Nadie, pero existen. Mi vida está llena de intuiciones, premoniciones   —102→   y certezas. Lejos de la razón y la credulidad. Cuando los hechos ocurrían, cuando la realidad se encargaba de demostrar que la premonición había sido un anuncio profundo, claro, certero del futuro sentía el triste regocijo de haber acertado sin entusiasmo. Con calma. Casi con indiferencia y lástima de mí mismo. Tener premoniciones que se cumplen es francamente triste e insoportable. Es la muerte del azar, del accidente y de lo inesperado. Es el fin de la excitación del misterio y de lo desconocido. Yo no era un vidente, pero había llegado a descubrir que más allá de la apariencia y el caos una sutil y profunda coherencia relaciona los hechos y las cosas, las vidas y las actitudes, el pasado y el presente, el día de ayer con el día de mañana. Esa coherencia da un sentido a la vida de la gente. Por eso hay ganadores y perdedores. Por eso hay gente que vive aterrada por la necesidad de sobrevivir. Sometida a la lucha cotidiana por defender o conquistar un lugar entre la muchedumbre, pequeño o grande. El más alto o el más envidiado. Se afanan y se esfuerzan llenos de angustia por el acierto, el poder, la gloria, el pan de cada día, la satisfacción, el sexo, la miseria, y la muerte. Y no hay paz. No. Ni placer. Ni satisfacción. Ni deleite. Deleite, palabra deliciosa, profunda, limpia. Con una inteligencia hecha de sangre, pensamiento, actos, fuerza, alegría.

Millones y millones de hombres y mujeres en el esquema permanente e invariable de cosechar cada día su derecho a la existencia. Pero aparte de estos, además de esta multitud furiosa, empecinada, convencional, triste y sin alternativa están los otros. Aquellos a quienes todo les sale bien. Aquellos que cada día se acercan a un precipicio sometidos a la amenazadora posibilidad de precipitarse en él y sin embargo, una fuerza misteriosa, desconocida, imprevista, los aleja del peligro y los encamina hacia la vida, el placer, el amor, la paz, el deleite. Cuando menos ambicionan algo, más pronto les llega. Cuanto más indiferentes o escépticos son ante el amor, viven más plenamente el amor con placer y alegría. Cuanto menos se interesan por los bienes materiales, la vida se encarga de resolverles de alguna manera sus problemas sin demasiadas ansiedades ni angustias. Y esto no es mágico. Es simplemente así. No hay que repetirlo, puede alertar a los desprevenidos y perturbar el misterio. Pero es así. En un sentido   —103→   profundo, definitivo, son muy pocas las cosas que pueden hacerse para cambiar el rumbo de la vida. Más aún, creo que nada puede hacerse. Mi abuela decía que algunos nacen con estrella y otros estrellados. Eso es cierto en todo sentido. Y cada día en la Recoleta entran tipos que nacieron estrellados, no obstante los millones que acumularon en bienes materiales que no le dieron ni la paz, ni el éxito, ni la vida, ni el amor, ni el deleite. Esto es así. Es demasiado serio. Cierto. Inapelable.

La luz del sol se filtraba por la persiana cerrada. ¿Cuáles serían los comentarios de mis captores? Lo cierto es que ya no eran mis captores. ¿Camaradas? ¿Qué quiere decir eso?

Estar dispuesto al riesgo. Al sacrificio. A la muerte. ¿Y por qué? ¿Esta es realmente la pregunta? Mentira. La pregunta correcta es la primera. Si uno está dispuesto al riesgo y a la muerte. Es la pregunta vital. Total. Desvergonzada. Profunda. Lo demás se puede adecuar o no. Hay razones. Siempre hay razón para matar a alguien que se aprovecha de las situaciones críticas. Siempre hay un millón de razones para ser revolucionario o para no serlo. Se necesita decisión para matar o para vivir la posibilidad de ser asesinado. Esa es otra cosa. Esa es la cosa definitiva y terminante. Es el valor, o la neurosis, o la seguridad o el amor. También el odio. Que es válido en la medida en que se tenga capacidad para amar u odiar. Pero en la guerra no se mata por odio o por amor, se mata porque tiene que ser así. Al enemigo se lo neutraliza o se lo elimina. Y no hay amor ni odio, ni resentimiento, ni esperanza. Y yo estaba seguro de dos cosas. No quería morir y no tenía ninguna vocación por el asesinato. No era un héroe para quien éstas fueran reflexiones secundarias. Para mí eran las primeras y fundamentales.

Me resistía a levantarme de la cama, como me resistía a introducirme en un mundo en el que debía tomar decisiones. Tenía la curiosa sensación de que todos los que formaban ese grupo estaban allí afuera esperando que yo les comunicara mi decisión, que de acuerdo a mi conducta de la noche anterior sería sin duda la de incorporarme al equipo. Sería una conjetura   —104→   equivocada. No había tomado esa decisión y me sentía inclinado a tomar la decisión contraria. Lo cual era bastante difícil. De lo que estaba seguro era de que de una manera u otra frustraría las expectativas de todos.

Norma me sorprendió en medio de estas reflexiones. Entró sin llamar y se sentó al borde de la cama. Comencé a besarla. Me esforcé por desabrochar su camisa. Me rechazó sin demasiada energía. Riendo.

-Por lo visto es lo único que se te ocurre. Manuel te espera. También el Comandante. Quieren hablarte.

Dejé de besarla. Era lo que temía. Esperaban al nuevo camarada. La situación comenzó a preocuparme. Ya no era tema para reflexionar. Era un tema para decidir.

-¿Qué esperan de mí?

-No sé. No me comunican sus proyectos. Solamente cuando tienen que ser discutidos por todos. O cuando dan una orden urgente que no hay tiempo de discutir. -Calló reflexivamente-. ¿Te preocupa?

Me preocupaba. Pero no le contesté. Salí de la cama y me vestí lentamente. Norma me observaba con rostro serio. Era fácil adivinar lo que estaba pensando. Para quien vivía su vida yo no expresaba la idea cabal del héroe. Antes de abandonar el cuarto me besó dulcemente. Era algo así como el cumplimiento del último deseo de un condenado a muerte. En ese estado de ánimo fui a la reunión con Manuel y el Comandante.

Estaban en una habitación en el primer piso. Era en realidad una oficina. Había un escritorio pequeño, una biblioteca, un sofá amplio y varias sillas. Ningún cuadro en las paredes.

El mismo aspecto de lugar de tránsito que tenían las otras habitaciones de la casa que ya conocía. El Comandante estaba sentado frente al escritorio. Manuel miraba por la ventana y se volvió al abrirse la puerta de la   —105→   habitación. Me invitó a entrar con una sonrisa. El gesto de simpatía no fue compartido por el Comandante quien permaneció serio y observándome atentamente.

Volvió a la ventana. Estaba pensando cómo empezar el interrogatorio.

Estaba condenado a ser interrogado por unos y otros. El hecho de no tener bando genera la desconfianza de todos. Es difícil aceptarlo. Creerlo. Admitirlo. Como si alguien pudiera permanecer ajeno.

Más allá, en el campo, los patrulleros de la Policía de la Provincia corrían de un lado para otro, entre la polvareda, el silencio, la sospecha, la certeza, el miedo y el aburrimiento. En alguna esquina de cualquier ciudad, un grupo como éste y otro grupo como el que yo había visto la noche anterior, se disponían a matarse por un montón de confusos ideales, deberes y necesidades.

Manuel me miraba con simpatía. Era extraño ese nombre español en esa cara de judío miope, narigón y colorado. Durante una conversación intrascendente, semanas más tarde, me informó que Manuel no era un nombre español, sino judío. Manuel era más lógico en el Café de la Paz o en el viejo café del Temple, con una pila de libros sobre la mesa, llorando su soledad y su desapego fundamental, a algún interlocutor atento, indiferente, interesado.

-Cuente cómo fue todo-. El Comandante habló sin volverse.

Hice el relato evitando toda subjetividad. No expliqué por qué había querido huir, ni por qué decidí volver. Solamente mi larga caminata por el campo, el encuentro con el pueblo y los policías. Después el retorno. El Comandante no interrumpió con ninguna pregunta. Tampoco Manuel.

Fue como relatar una aventura de colegio. Para ellos y para mí había significados diferentes. Yo quería terminar rápido y encontrarme con Norma. Pero sabía que la cosa no podía terminar de esa manera. Para ellos era   —106→   la vida o la muerte. Para mí también, pero no me daba cuenta. Apenas lo vivía como una aventura de la que era protagonista ocasional. Testigo involuntario.

El Comandante y Manuel se miraron. Advertí que para ellos era un problema complicado. Yo no era enemigo, ni un miembro del grupo. Si fuera una de las dos cosas todo podía ser más fácil.

-No sabemos qué hacer con usted-. Fue Manuel el que lo dijo, pero yo lo esperaba desde la noche anterior. Sin embargo, no era yo quien los había metido en el problema. Mis únicas decisiones habían sido pasar un fin de semana con Mariana en Mar de Plata y el día anterior no colaborar con la cacería de la policía. A partir de allí un objeto a la deriva, empujado por corrientes contrarias que no controlaba.

Manuel continuó: «Todo lo que usted dijo parece normal. Eso es lo malo. Vivimos en un mundo y en circunstancias que no son normales. Por eso lo normal se nos antoja increíble. Cuando lo encontramos usted estaba con ellos. Dice que lo obligaron, pero usted es inteligente y con recursos. Podría no haber accedido a lo que le pedían. Si lo que contó es cierto o no, no lo sabemos ni tenemos tiempo ni medios para averiguarlo. Por lo menos en este momento. Después escapa y vuelve con una historia que podría inclinarnos a suponer que en realidad usted está de nuestra parte. Pero también podría ser lo contrario. Volvió para ganar tiempo. Mientras tanto la policía nos rodea. Trae refuerzos y nos ataca. O espera que salgamos de aquí para sorprendernos en el camino. De esa manera también le dan una alternativa a usted para que se salve. Es lo normal para nosotros. Usted parece una víctima del destino que vive angustiosamente su porvenir. Y eso se parece más a un folletín. Además está lo de Norma. Ella contó lo que ha pasado y lamento decir que confía en usted. Significa que si usted es un enemigo, tiene además un aliado entre nosotros. Lo que es mucho más grave.»

Calló durante algunos segundos. Se volvió hacia la ventana. Parecía que detrás de esa ventana, bajo el sol, en el campo, alguien por señas, le iba   —107→   dictando el razonamiento que me condenaba. Lo único que había a mi favor era que el estilo del relato de Manuel sonaba a falso. Sabía que no tenía que responder. Que no esperaban eso de mí. Ellos tenían que oírse y resolver. Yo simplemente tenía que ser testigo mudo de un proceso del que participaba por ser el principal incriminado.

El razonamiento parecía lógico. Coherente. Eso era precisamente lo que lo tornaba irreal.

Finalmente habló el Comandante. Fumaba muy lentamente un cigarrillo. «Mire -dijo- si vienen a atacarnos aquí, no se salva. Como no habrá alternativa para nosotros, antes de que todo termine, usted estará muerto. En ese caso se salva ante nosotros, porque quiere decir que no es un traidor. O un espía -se corrigió-. Vamos a esperar unos días. Si cuando salimos caemos en alguna emboscada o advertimos que estamos cercados, se probará lo contrario. Tampoco son muchas las alternativas. En ese caso también alguien lo matará.»

El sol entraba de lleno en la habitación y la tornaba alegre. El sol siempre me produjo una extraña sensación vital, de euforia y alegría de vivir. Por eso me deleitaba la idea de hacer el amor en el mar o en la playa y detestaba la sórdida media luz de los moteles. El que la media luz sea el marco adecuado para el amor es un prejuicio pequeño burgués. Cursi. Posiblemente los anuncios de muerte del Comandante me condujeron a estas reflexiones eróticas y vitales.

Este Comandante era un buen hijo de puta. Me condenaba de todas maneras. Creo que no podía tolerar mi falta de ubicación. Si hubiera estado convencido de que era un enemigo me habría tratado con más respeto. Hasta habría demostrado simpatía. Pero era un marginado. El estúpido de afuera que no integra ninguno de los bandos en combate. A ése, ni consideración ni respeto. En realidad no existe. Viene a complicar absurdamente el juego y obliga a repensar el orden de los valores. Y para eso no hay tiempo. Ni ganas. Tomaría todo muy complicado. Estaría preguntándose por qué   —108→   razón volví. En el fondo prefería una pelea franca con la policía, alertada por mi delación y no la introducción de un nuevo objeto. El objeto, era yo, que venía a alterar el esquema simple, sólido, coherente, aterrador, de los buenos y los malos.

Ya no me importaba nada. Escapé y volví. Que los policías aparecieran o no era cosa del azar. Y lo imprevisible, lo imponderable, lo irracional, lo incoherente siempre me propuso alternativas. No había por qué suponer que ahora sería diferente.

Mariana seguramente estaba en Buenos Aires. Tan lejos. Los días en Mar del Plata ya eran parte de una fantasía del pasado, elaborada en la soledad, y no un hecho concreto del que me separaban pocas horas y millones de segundos angustiosos, bellos, inesperados. Si no fuera por la violencia, los asesinatos y la huida frenética por el campo de la provincia de Buenos Aires, esto no era más que un week-end desorganizado. Lo único razonable era encontrar nuevamente la forma de huir. Pero esta vez con Norma. A pesar de la condena del Comandante.

Me sentía alegre y confiado. Pensé que nada de lo que había oído era cierto. Ni siquiera ellos lo creían, pero era lo único que podían decir. Aceptar la situación, en los términos en que mi conducta formal los colocaba, era demasiado duro para quienes necesitaban confiar en un sistema de pensamiento en el que un error no conducía simplemente a una reelaboración del concepto, sino a la muerte. Terminante, definitiva y sin enmiendas. Las equivocaciones en la guerra se pagan caro. Y ellos estaban en guerra. Toda la nación estaba en guerra. O más exactamente, dentro de la nación había una guerra. Muchas guerras. Personales, privadas, públicas, nacionales, provinciales y municipales. Guerra contra la estupidez, la cobardía, la insidia, el honor, la dignidad, la personalidad, la pobreza, la riqueza, el poder, el deseo, la vida, la muerte, el desencanto, la esperanza, el futuro y el pasado. Una guerra total, pero no única. Cada uno tiene la suya. Una guerra en que muchos padecen el destino de la muerte y otros padecen el destino de la vida. Morirse físicamente es solamente una probabilidad.   —109→   No sé si la peor. Tal vez para mí, sí. Pero más grave que morirse es vivir el asombro de estar muerto. ¿Y ahora qué? Más sol por la ventana. La mirada dura del Comandante. Es su oficio. La mirada miope de Manuel, llorando un mundo que le gustaría cambiar de otra manera. Tal vez. Tal vez a través de ese ejercicio insólito, en un mundo real, violento, de contrastes definitivos entre las alternativas de la vida y la muerte había logrado superar su propia guerra interior entre el placer y el dolor, el deseo y la frustración, la ambición y la simpatía. Pero a mí no me importaba nada de eso. Ese era el problema de Manuel. Ese u otro. Daba lo mismo. El Comandante tendría otro problema. Y Miguel y el comisario Toquero y el sargento, que continuaba encerrado en la parte de atrás de la casa. Y Norma y yo mismo. ¿Y qué? Todos teníamos los propios. Nuestras propias guerras olvidadas o superadas por guerras ajenas o propias también pero más amplias, simples, esquemáticas.

Es más fácil comprender a una Nación, a un país que a un hombre. Cualquiera puede entender a un país. Saber por qué lucha, por qué se somete o se libera. Qué es lo que busca y cómo muere y mata. Pero es muy difícil, es imposible casi, saber por qué un hombre hace todas esas cosas. Y una mujer. Y yo mismo. Varios minutos permanecimos en silencio, después de la afirmación del Comandante. Yo no tenía ganas de decir nada. Curiosamente me sentía obligado a responder algo. Acababa de ser condenado a muerte, pero las normas de cortesía, esa segunda personalidad que nos fabrica el sistema y la convivencia me condicionaba, inclinándome a dar alguna suerte de respuesta que no colocara al Comandante en una situación incómoda. Al fin de cuentas él era el Comandante. Por lo menos allí. Y era allí donde yo estaba y era su prisionero. No podía dejarlo en una situación desairada, sobre todo porque estaba convencido de que había dicho eso por puro formalismo. Lo cual ponía en evidencia de que yo estaba bastante trastornado al adjudicarle esas connotaciones, a una terminante y desagradable condena a muerte, en la que yo era la víctima visible y señalada.

Entonces dije: «Yo no soy uno de ustedes, pero tampoco seré un enemigo».

  —110→  

Estas palabras convencieron al Comandante de que tenía razón. Manuel me miró decepcionado. Esperaba un discurso más completo. La transfiguración después de la marcha sobre la pampa, entre los cañaverales y con la policía pisándome los talones. La vida es, sin duda, una constante invitación a la literatura.

«Eso puede ser cierto o no, pero no correremos riesgos». Fue el Comandante el que se sintió obligado, a hacer el comentario. Yo estaba aburrido. No podía ya relacionar una vida heroica con esa situación ridícula en la cual dos jefes de un movimiento guerrillero perdían el tiempo con la frivolidad de mi retorno, sin entender sencillamente que yo no era un delator y que la cola de Norma podía hacerme volver al mismo infierno. Tan simple que resultaba intolerable para esos guerreros. Me sentí tentado a aventar las preocupaciones del Comandante, así como un momento antes había dicho algo inocuo, pero civilizado, para que no se sintiera mal. Seguíamos nuestra particular línea de pensamiento. Eran diferentes valores. Solos, individuos, náufragos. Sin reparar en el otro. Esa era su ventaja y mi desventaja. Al Comandante o a Manuel no les importaba nada de mí, de mi vida, objetivos, valoraciones, temores o apetencias. En cambio para mí resultaba imposible evitar la curiosidad, el interés, de alguna manera la solidaridad frente a gente que se jugaba la vida y que por eso ya era respetable. Claro, yo no era respetable. Eso me hacía precisamente libre. Tan libre que podía, como un globo, elevarme en el espacio, liviano, y empujado por incontrolables corrientes de aire perderme para siempre. Viva la libertad. Desaparecido, pero no muerto. Como las crónicas periodísticas en las que relatan cómo se hundió una barcaza en el Paraná. Cinco muertos y cuatro desaparecidos. Yo leía atentamente el nombre de los desaparecidos. Habría que visitar sus casas, sus familias, sus mujeres, sus hijos, sus odios y sus amores. De esos cuatro tal vez algunos murieron. Otros aprovecharon el naufragio y nadaron hasta la costa. Desaparecidos, se mezclaron con la gente. ¿De dónde viene? De por allí. Nada sabe del naufragio. Qué oportunidad para empezar una nueva vida. Desaparecido como un globo en el horizonte. Perdido para siempre. Libre. Libre. Desaparecido. Tal vez muerto. Que crean lo que quieran. La vida puede dar   —111→   esas oportunidades que recalan siempre en el fondo de nuestras fantasías. ¿Se enteró de lo de la barcaza? ¿Qué barcaza? La del Paraná. No, no sé nada.

Yo también era un globo en el horizonte. Un desaparecido en el Paraná. La gran oportunidad. No podía estar de mal humor ni enojarme por las palabras del Comandante. No me condenó a muerte, solamente a ser un desaparecido. Si me mataban en todo caso sería por azar. Circunstancias que nadie previó. Ni el Comandante, ni la policía, ni yo mismo.

Norma estaba esperando abajo. Le conté lo que había hablado con el Comandante y con Manuel. Ella no lo preguntó. Se lo conté para que supiera a qué atenerse. Para que no cometiera errores, si es que no tomaba partido a favor mío y para que supiera que estaba bajo sospecha. Me escuchó y no hizo comentarios. Me tomó la mano y se la llevó a la boca. Dulcemente. Me miró con alegría, divertida. Estuvimos sentados en las escaleras de acceso a la casa un largo rato sin hablar. Yo pensaba en mi propio destino. Allí. Largo o corto, pero inesperado. Norma pensaba tal vez en su nueva situación de sospechosa. «Se han olvidado de otra alternativa -dijo- que seas realmente un agente del enemigo al que yo seduje e hice cambiar de bando». Los ojos celestes le brillaban alegremente.

Me di cuenta que estaba enamorado. Sometido a esa mujer adolescente cuyo menor movimiento me conmovía. Después de muchos años de fugaces relaciones placenteras pero condicionadas, advertía que estaba dispuesto a adherir a cualquier confesión que me permitiera seguir a su lado. «Ellos no pensaron esa alternativa porque no son inteligentes. Están tan preocupados con la guerra que han olvidado lo que hacen los seres humanos. Además -agregué- no se dan cuenta que soy un juguete en tus manos». Me miró muy seria: «Ahora empiezo a no creerte» -dijo.

No tuve tiempo de hacerme perdonar la broma. En ese momento miré hacia el portón de entrada de la casa, sobre el camino, y advertí que entraba un auto. Era un Torino de la policía. Nos levantamos lentamente. «Vamos adentro -dijo- yo le avisaré al Comandante».



  —113→  

ArribaAbajo- VIII -

El auto avanzaba lentamente. La luz roja giraba sobre la capota, bajo el aplastante sol del mediodía. Parecía un insecto demoniaco arrastrándose pesadamente entre el polvo del camino de acceso. Recordé lo que había ocurrido varios días antes, cuando nos aproximábamos a otra casa, con el comisario Toquero, el sargento y Mejía, que rebotó contra el pavimento después de su frustrado heroísmo. Ahora yo era uno de los de la casa. Solamente que no estaba dispuesto a matar a nadie. Tampoco tenía que hacerlo.

Norma me dijo que el Comandante quería que estuviera afuera de todo. Que subiera al primer piso de la casa.

Sentí alivio y fastidio al mismo tiempo. Gente armada tomaba posición ante las ventanas. Sin urgencias, ni corridas. Seguramente como los soldados de una trinchera donde han pasado muchos meses de alertas, angustias y miedos. Con indiferencia. Norma salió a la galería mientras yo subía la escalera. Tuve un instante de vacilación, pero asumí rápida conciencia de que el único que estaba desubicado en esa casa, era yo.

Continué la marcha hasta el primer piso. Nadie quería hablar conmigo. Solamente me sacaron de circulación.

  —114→  

Manuel me indicó que entrara a una habitación, mientras revisaba la carga de un revólver y descendía a la planta baja. Quise hablar pero con un gesto postergó el diálogo, mientras decía: «Después, después».

La habitación que me indicaron tenía las ventanas cerradas y no daba al frente, de manera que no tenía posibilidad de ver qué ocurría con el patrullero. Entonces advertí el silencio.

Había cesado todo rumor de actividad. Como si la casa contuviera la respiración antes de reventar en estampidos por los cuatro costados. Yo no quiero estar afuera. Tampoco quiero la muerte. La vida, sí, la vida.

Recorrí los diez pasos que me separaban de la oficina del Comandante. Estaba vacía. Nuevamente el sol y el silencio. Volví a la habitación. Descubrí que estaba sometido, dispuesto a ser sumiso, obediente, peón en un juego cuyas características ignoraba. Un niño entre adultos más jóvenes. Silencio. Me di cuenta de que si estallaba el tiroteo, antes de que yo tomara una decisión, ya sería tarde para todo.

Norma en la galería, cada uno en su puesto. Todos, menos yo, claro. Sin alternativas. Ni siquiera la de elegir de qué lado caería.

Comencé a bajar las escaleras, cuando me sorprendió el ruido del acelerador del Torino que iniciaba la marcha. Volví al primer piso. Poco después Manuel me dijo que ya podía bajar. «No salga -advirtió- No todavía».

Esperé juiciosamente en la planta baja hasta que Norma entró. Me dijo que todo estaba en orden. Subió las escaleras seguramente para informar a Manuel o al Comandante. En la realidad yo había empezado a dudar sobre quién era el jefe. El Comandante parecía tener la imagen adecuada, pero Manuel tenía el talento.

Salí a la galería. No había rastros del patrullero. Pensé que en realidad se trataba de guerrilleros disfrazados. Hacía calor y ahora me sentía fastidiado   —115→   de vivir en esta nebulosa. Guerrilleros, policías, vigilantes y ladrones. Buenos y malos. Yo sentado en la platea viendo la cosa de cerca pero afuera. Me refugié bajo la sombra de los eucaliptos en el jardín. Desde allí podía ver el frente de la casa y el flanco izquierdo. También algunos de los galpones posteriores. Estaba seguro que en la casa había mucha gente, sin embargo no se advertían movimientos. Norma salió a la galería. Seguramente me buscaba. La llamé y vino a recostarse a mi lado. Permanecimos en silencio. Tenía ganas de preguntarle qué había pasado con los patrulleros pero esperaba que ella contara. Así fue.

-Los policías me conocen desde hace muchos años. Este campo es de mi familia. Vinieron a decirme que me cuidara porque andaban terroristas por la zona.

No lo dijo en broma, simplemente me informaba. Ese día empezó mi incorporación al grupo. Manuel y el Comandante me dijeron que debía volver a la ciudad. No precisamente en el rol que había desempeñado durante los últimos años, ni aún con mi nombre.

Debía elegir otro nombre, alquilar un departamento, alejarme de la gente con la cual había estado relacionado hasta ahora e iniciar una nueva vida como contacto de la organización.

El proyecto me pareció vejatorio, porque se me comunicaba sin discusión. Como cosa resuelta. «Muchacho: debés morirte y nacer de nuevo. Pero nacer otro, para nosotros, para la organización, para la causa de la revolución nacional». No podía seguir siendo quien era en realidad porque hubiera tenido que explicar demasiadas cosas a la policía. Mi desaparición, el testimonio de los tiroteos con los patrulleros, mi ausencia durante más de una semana. Seguramente la policía me vigilaría. La forma de evitarlo era aparecer con otra personalidad, en otro lugar de la ciudad, rodeado de otra gente. La propuesta era extraña y atractiva. De pronto advertí que en la vida nos rodeamos de un montón de hechos que a medida que se incorporan a nuestra existencia se toman fundamentales, importantes.

  —116→  

Nos inventamos a lo largo de los años una personalidad, una actitud, un estilo de vida, de pensamiento, de gustos. Significamos algo para la gente que nos rodea, verdadero o no, y nacemos entre las opiniones que la gente tiene con respeto a nosotros. La apariencia de la que somos autores, junto con la gente que nos rodea, aparece como la cosa más fundamental porque nos impone una definición frente al conjunto, y de pronto ante la hipótesis que me planteaban de asumir un nuevo rol, una nueva personalidad, advertía la falta de validez de esas pautas de la personalidad.

La definición es formal, transitoria, y sin importancia, una molécula intrascendente en un mundo enorme, intemporal, en definitiva, una cagada cargada de fatuidad porque nuestra vida es mucho menos importante de lo que presumimos.

La idea me puso de buen humor. Era la oportunidad de librarme de mí mismo. En realidad, no estaba demasiado disgustado conmigo, aunque resultaba bastante fatigante ser siempre la misma persona, sin oportunidad de ser otra. Muchas veces me había preguntado por qué la gente se aguanta tan estoicamente hasta la muerte. Sobre todo si pueden cambiar, cuantas veces quieran. Sólo falta coraje, decisión, o que otros la tomen por uno.

Basta ser secuestrado por unos guerrilleros y a partir de allí es posible cambiar la personalidad. Es el descubrimiento de la libertad que parece consistir en librarse de uno mismo. Ser otro de acuerdo a una libre invención. Gozaba con la idea, me divertía. Me habían estimulado nuevamente el sentido del humor después de tantos días de drama, tragedia, soledad, incomunicación y zozobra. Pero a la diversión se agregó el estupor cuando resolvieron condenarme a asumir este nuevo destino en compañía de Norma. Ella debía ser mi compañera, vivir conmigo, secundarme. ¿En qué, Dios mío? Me resultaba difícil entender por qué el destino había resuelto ser tan generoso conmigo. Si existe alguna justicia universal, que en definitiva nos da tarde o temprano lo que nosotros damos a otros, no me sentía particularmente merecedor de esto. De todas maneras no era una beca. Me daban un trabajo, sin duda diferente a todos los que había tenido hasta el   —117→   momento, con los recursos que necesitaré para desempeñarlos. Una especie de salario del miedo. ¿Entiende? Claro que entiendo.

El pasado ha muerto. Soy otro. A partir de aquí ¿y hasta cuándo? ¿Eso tenía realmente importancia? Descubrí con alguna tristeza que nada me unía al pasado. Ni el amor, ni el odio, ni la ambición, ni el temor. Sentía una profunda fatiga por haber vivido como lo hice. No tiene nada que ver con la evaluación de si esa vida había sido buena o mala, alegre o triste. Es que me aburría. Siempre pensé que si me lanzaba en paracaídas en la China, desnudo y sin conocer el idioma, al día siguiente estaría vestido y me entendería con los chinos.

Curiosamente mi mecanismo intelectual asumía la nueva realidad inventando las explicaciones y justificaciones satisfactorias. Me sorprendí descubriendo que a partir del momento en que ellos habían decidido incorporarme al grupo, y yo a asumir esa alternativa, ya no era el de ayer, ni siquiera el de hace un rato. «Será apoyo logístico. También información». decía el Comandante.

¿Cuándo? «Dentro de unos días. Tiene que saber muchas cosas. ¿Pero realmente quiere hacerlo?» Era la primera vez que se me pedía una opinión. Claro, sí. Quiero hacerlo.

Además, ¿qué otra alternativa tengo? «Quedarse aquí sin hacer nada». No puedo estar sin hacer nada como un prisionero, sin serlo en realidad. No me cree conflictos. Una cosa es aceptar algo que nos proponen, y otra tomar la decisión de hacer algo.

Bajamos la escalera. Me sentía temerosamente heroico. Solamente una pregunta amenazaba esta nueva realidad. Pregunta insoportable, estúpida, incómoda, casi inútil.

¿Por qué? Esa era la pregunta. Maldita pregunta.

Creía haber dejado de ser yo, pero no era totalmente así. Me pesaban   —118→   muchos años de estéril racionalismo. Siempre tenía que haber alguna causa lógica, coherente, o deliberadamente loca e irracional. Pero para las cosas de la vida, no para los negocios de la muerte como éste en que me embarcaba por decisión de todos. Del azar, de las circunstancias, de los guerrilleros, de Norma, de mis propias limitaciones y falta de apetencias. Una especie de aburrido play-boy de la guerrilla. No era serio, ni gracioso, solamente lamentable. Mas aún sabiendo que en poco tiempo inventaría un montón de razones para estar del lado que me había colocado el destino. Tenía que meditar. ¿Sobre qué? sobre todo. Para esto también tenía una respuesta. Cuando imaginaba que tenía que meditar sabía que la mecánica era diferente a lo que se entiende por una correcta meditación. No tenía que pensar en absoluto en lo que teóricamente debía ser el objeto de meditación. Tenía que hacer cosas vitales, apasionadas, violentas, tenía que hacer el amor, entregarme e ignorarme. Sentir la vida en la punta de los dedos, en la piel, en el estómago, en el sabor agridulce del sexo.

Fatigarme. Sentir que después de eso la muerte es solamente una ficción literaria y dormir, nada de pensar. Meditar no es precisamente pensar, es descubrir el camino sin intentarlo racionalmente. El subconsciente. Debo dormir, porque dormir resuelve los problemas, mi subconsciente trabaja correctamente, con más lucidez que mi conciencia. Solamente dormir y despertar con el problema resuelto.

Me refugié en mi pequeño cuarto, la austera celda del guerrero. Me resultaba difícil tomarme en serio. De pronto parecía irreal, fantasmagórico, absurdo, imaginado, ajeno. Como si hubiera sido transportado a otra dimensión. Una fractura en el tiempo y en el espacio y a otra dimensión. Paralela. Difícil concebir que en el mismo lugar, porque el lugar era el mismo, claro, convivan episodios y personajes en diferentes tiempos. Porque el lugar es uno, aunque si es otro tiempo, ya no es el mismo.

Me entregué a razonamientos estériles mientras esperaba que algún hecho viniera a demostrarme que mi nueva vida era en realidad lo que había estado esperando. No llegó ni el sueño ni la intuición. Llegó Norma,   —119→   entonces por primera vez me pregunté quién era. Curiosamente ahora que empezaba la aventura ya nada era una aventura en lo que yo pudiera transitar sin comprometerme, ni ellos eran los protagonistas apenas conocidos de una historia de la que pudiera ser un testigo extraño.

Un intruso, eso era en definitiva. Nos desnudamos. Jamás he visto a nadie sacarse los pantalones y las bombachas con tanta gracia. El cuerpo delgado de Norma tenía las curvas adecuadas en el lugar correcto y eso lo tornaba provocativo, agresivo, violentamente erótico a pesar de ser alta y esbelta. Jamás había sentido una emoción tan intensa como ante ese cuerpo fino, tostado por el sol, amado, dulce, apasionado, deseado. Besé y mordí su espalda suavemente. La nuca. Besé su sexo fresco, dulce, húmedo. Le arrancaba gemidos de placer y me apretaba la cabeza tiernamente con sus piernas. Le introduje mi sexo lentamente. Cadenciosamente. Arrodillado en la cama levanté sus piernas y besé cada uno de los dedos del pie. Introducía mi lengua entre los dedos mientras continuaba el ir y venir suave, intenso, tierno, profundo. El orgasmo llegó entre gemidos y un placer que me cruzó la espalda y la cintura como un rayo.

Había vivido muchos años para que esto fuera así. Había acumulado experiencias y frustraciones, amores y aventuras, placer y dolor. Esos años me permitían ahora hacer feliz a Norma y ser yo mismo tan feliz como jamás me había ocurrido.

Quería saber todo de su vida y al mismo tiempo temía saberlo. Los únicos celos que había sentido hasta ese momento eran celos ordinarios, de cualquier hombre que ingenuamente supone que la mujer que en ese momento lo ama, ha dedicado su vida a esperarlo y para ella no caben otras alternativas. Este principio esencial de la tontería del macho provoca además de hilaridad en las mujeres, un natural sentimiento de superioridad, ternura y condescendencia. En realidad yo había entrado en el monótono juego de ejercitar esos celos, aunque sin demasiado entusiasmo, tal vez como consecuencia del escepticismo. Como una reacción saludable y casi mecánica, preferí ignorar la investigación sobre el pasado de mi pareja de   —120→   turno, para no sentirme obligado a expresar celos que se me imponían como una responsabilidad ineludible, a la vez de una profunda e inquieta fatiga.

No era el caso con Norma, y tuve la convicción de que finalmente iba a conocer los celos. No podía soportar simplemente la idea de que otras manos pudieran haber acariciado esa piel suave y cálida, aún cuando lo hubieran hecho con torpeza y sin el arte que estúpidamente me adjudicaba. Norma no había estado esperándome. Bastaba averiguar cómo y con quién y por qué.

La historia surgió como un relato natural, objetivo.

El Comandante era un ex teniente, expulsado del Ejército junto con otros por cuestionar valores fundamentales e indiscutibles de la jerarquía castrense, complicada en la defensa del régimen. El cuestionamiento, que Norma definió como saludable e inteligente, por parte de ese grupo de oficiales, fue sancionado por un consejo de guerra con la baja y destitución de todos. Algunos olvidaron sus arrestos libertarios y se volcaron a la actividad civil. Otros eligieron la política. Unos pocos decidieron poner sus conocimientos militares al servicio de la guerra contra el sistema.

El Comandante era el prometido de Norma desde la infancia.

Sus padres eran amigos y remotamente parientes. Se esperaba el casamiento de ambos como algo natural que estaba en la dinámica de las cosas. El Comandante, que entonces no lo era, sino que acaba de ascender a su grado de teniente, fue el primer hombre en la vida de Norma. Se comprometieron y fijaron fecha para casarse.

Pocos días antes del casamiento Norma habló con sus padres, con los padres de su prometido y con él mismo, para informarles que no se casaría porque no estaba enamorada de quien sería su marido. Todos aceptaron la decisión con pena, pero con resignación.

  —121→  

Los padres de Norma murieron algunos meses después en un accidente de automóvil, precisamente en un camino vecino a ese campo en que me relataba la historia.

Un año más tarde se produjo la expulsión del Ejército del Comandante, quien le confió a Norma sus planes de acción política y guerrillera.

-¿Todavía te ama? fue mi pregunta torpe y pequeña.

-Tal vez -respondió- pero jamás lo demuestra y se lo agradezco.

Se volvió y me besó con ternura. Le expliqué mis celos. Se le inundaron los ojos de lágrimas. «Eres muy tonto en tener celos -dijo-. Ahora he descubierto el amor. La primera vez que hicimos el amor estaba aterrada. Te amo tanto. Es como si de pronto descubriera que soy realmente mujer. Creí que yo era la culpable».

Culpable. No me gusta esa palabra, nunca la culpa es de nadie, es una fea palabra. Silencio. Continuó mirando el techo.

-¿Qué pasa? -pregunté.

-No sé si esto resultará.

-¿Qué es esto?

-El proyecto del Comandante. De enviarnos a la ciudad. Juntos. Hacer espionaje, no es fácil. Es posiblemente lo más peligroso. Se dependen de muchas cosas. De los vecinos, de los policías del barrio, de las patrullas, del ejército. Es el azar. No se trata solamente de ser hábil, astuto, o inteligente. El azar.

-Habrá que instalarse en algún lugar alejado de donde he vivido. Eso no es difícil. No tengo barrio, en realidad. Me he mudado muchas veces. Tal vez no se trata de alejarse del lugar donde uno ha vivido, sino de los   —122→   sitios que ha frecuentado con amigos, por trabajo. Eso, allí no hay que volver más.

-No es fácil.

-Yo no he visto los diarios. Pero escuché noticiosos radiales. En ningún momento se me citó. La gente que pueda conocer esta aventura, por lo menos en sus momentos iniciales, lo sabrá por Mariana. Tiene real pasión por inventar historias y en este caso tiene un buen punto de partida. También la Policía. Ellos lo saben. ¿Por qué no me habrán mencionado nunca?

-Porque no saben si sos una víctima o en realidad pasaste a la clandestinidad. En cuanto a la tal Mariana, ¿qué tenía que ver con vos?

Esas preguntas que no tienen respuestas. Por lo menos respuesta fácil. ¿Cómo se explica un amor pasado? Terminado. Porque lo curioso del amor cuando acaba es que parece no haber existido nunca. Por lo menos así lo sentimos. El tiempo es despiadado, inconsecuente. No se puede recordar el amor, como tampoco se puede recordar el dolor físico o el placer. Se reelabora. Lo recreamos con la inteligencia y con la imaginación, pero no tenemos un recuerdo vivo, intenso. Ni siquiera un sabor. Tal vez un sabor. Un olor de manzanas en una tarde de verano. Eso puede ser el recuerdo del amor, del placer. El olor húmedo del pasto recién cortado. Tal vez se recuerdan las consecuencias del amor, los hechos, nunca el amor. ¿Qué se puede decir de alguien con quien pasamos largas noches amándonos? Sólo es posible hablar de las frustraciones, de las cosas que no fueron en realidad, o la anécdota que se evoca vívidamente.

Sentía el olor intenso de la uva rancia. Mi vecina era rubia y bella. Yo tenía no más de ocho años y ella era mayor. Es difícil recordarlo ahora que ha pasado tanto tiempo. Yo era un héroe en potencia. En el fondo de su casa había unos grandes canastos que se utilizaban para recolectar la uva. Estaban limpios y secos bajo el sol intenso del verano. Mi vecina y yo nos   —123→   metimos en uno de esos cajones e inventé una historia. Era un aviador que aterrizaba en un desierto y la salvaba de la soledad y de la muerte. Ella se aburrió del juego y mirándome de manera extraña se sacó la bombacha. Me dijo que me sacara los pantalones. Al principio me negué porque ése era un juego desconocido, extraño. Aterrorizador. Finalmente lo hice sin ninguna gana y protestando. Ella me señaló mi pijita y mostrándome un sexo peladito y rosado me dijo: -Tenés que poner eso aquí. Dios mío, tenía ocho años. No pude soportarlo. Este juego no me gusta, le dije, no tiene argumento. Me puse mis pantalones y me fui.

Algo extraño me había sucedido. Al mediodía fui al colegio. Cuando volví, mi madre no me dio tiempo a nada. Me llamó y me dio una bofetada.

Sinvergüenza, qué te has creído, la pobre Susana, me contó todo, degenerado, ¿dónde has aprendido esas cosas? Inútil explicar cómo había sido el juego y quién lo había propuesto. Inútil explicar, inútil todo.

Fue una buena experiencia. Los recuerdos del amor.

-¿Qué tenías que ver con Mariana?

-¿Cómo explicarlo? imposible. Bueno, tuvimos algo que ver pero ya no más. Lo de Mar del Plata fue algo inexplicable, seguramente ni yo ni ella sabemos exactamente por qué vinimos juntos. Cosas de la vida. Era una explicación tonta, también había sido una pregunta tonta.

No hablemos de los hechos del pasado, no recordemos nada.

Es una curiosidad morbosa, inútil, enferma. Eso no es el amor, el amor siempre es de ahora en adelante. Nunca hacia atrás. Lo que ocurre es que cuando se nace en un mundo podrido, equívoco, sin sentido, la familia carece de sentido, la relación humana también. El amor es enfermo y tratamos de destruirlo de cualquier manera porque no nos permitimos amar, gozar, ser felices, el deleite. O tal vez esa es la naturaleza del mundo. Esa es su única, posible, tangible, auténtica realidad. No hay otra.

  —124→  

Es un mundo inmaduro, como el hombre es inmaduro. Cuando madura se muere. Es un aprendizaje. Duro, despiadado. Es difícil saber vivir y cuando lo logramos, nos meten de cabeza en el cementerio. Debe ser en ese momento cuando alguien nos cuenta al oído cómo son las reglas auténticas del juego. Una broma definitiva cuando no hay retorno. Me parece escuchar la voz en el oído. ¿De quién será? No sé, no importa, así es la cosa, pero ya no tenés tiempo. Hay que tratar de adivinarlo antes de que llegue. Eso es la experiencia. Adivinarlo, y sólo eso. Sí, sólo eso, qué carajo.



  —125→  

ArribaAbajo- IX -

Mi madre me vestía de manera ridícula. Así lo vivía yo por lo menos. Saco de terciopelo verde, medias blancas hasta la rodilla, una corbata de lazo y pantalones cortos haciendo juego con el saco. Nadie se vestía de esa manera. Tal vez alguna borrosa figura en esas viejas fotografías de familia. A los diez años y en un pueblo de provincia, de costumbres sencillas, era una absurda flor exótica que provocaba burlas declaradas, miradas cargadas de humor y una franca admiración, según supe más tarde, por parte de alguna muchachita romántica, cursi y soñadora, intoxicada de literatura al estilo de Corín Tellado. Pero lo peor es que era negro. Un negro disfrazado de señorito europeo. Porque esa era la pretensión. Cada fin de semana me ponía ese uniforme y muerto de vergüenza salía de mi casa a afrontar el mundo. Claro, que también odiaba a mi madre. Mi padre ni se daba cuenta. Caminaba en dirección de la plaza central del pueblo, pero en la esquina debía tropezar con el enemigo. Cada sábado, aproximadamente a las cinco de la tarde, cumplía la rutina del miedo, la vergüenza y el excitante sabor de la cobardía. El chico empleado en el almacén de la esquina salía a mirarme, lanzaba unas carcajadas, me decía: «Qué tal, putito» y fingía arreglar la bicicleta de reparto moviéndola bruscamente sobre la vereda. Se esforzaba en ensuciarme. El sábado era entonces mi día de terror. El chico   —126→   del almacén era grande y fuerte. No tendría más de trece años pero yo lo veía como un gigante. Dueño de su destino y de su libertad, capaz de destruirme si realmente se lo proponía. La cara colorada y llena de granos entre los cuales salían algunos pelos largos sin afeitar, era la imagen más innoble de ser humano que yo había visto hasta ese momento. Después, mis experiencias fueron más ricas en esa materia. Lo cierto es que la presencia del chico del almacén llegó a obsesionarme. Tenía miedo. Miedo de la humillación, miedo físico, porque estaba seguro de que podía hacerme pedazos y más miedo, aún, por mi cobardía y mi silencio. En realidad, era tan cobarde ante esa muestra de brutalidad que ni siquiera tenía el valor de contarle a nadie mi drama, ni a Uriel, mi mejor amigo de esa época ni a mis padres. Pero lo grave era que tampoco podía hacer un rodeo para evitar la esquina fatal. Eso me habría parecido una humillación peor que la clara conciencia de mi terror. Vivía convencido que el chico del almacén pasaba su vida esperando que yo apareciera en la esquina para vejarme con sus insultos, risas y agresiones. Me armaba de todo el valor posible para superar el trance y aún cuando no lo encontrara, tenía la convicción de que desde algún lugar desconocido para mí, me miraba con su cara colorada, brutal, francamente asquerosa y se reía de mi ropa ridícula, de mi cobardía, de mi manera de caminar porque las piernas se me trababan y tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para continuar mi rumbo. Cuando me alejaba de ese lugar maldito sentía una profunda fatiga, un dolor agudo apenas olvidado, unos profundos deseos de llorar y comenzaba a elaborar violentas fantasías de destrucción, de odio, muerte y sadismo sin clemencia donde la víctima era el chico del almacén, con la cara colorada ahora cubierta de sangre por mis golpes. Revolcándose en el suelo como un perro atropellado por un auto, gritando de dolor e impotencia. No habría piedad para él. Así descubrí que tampoco había piedad para mí. Que siempre sería igual, la vergüenza, la humillación y el miedo, esperando en esa esquina aciaga del almacén. Un sábado mi madre me hizo vestir con mi ridículo uniforme de fin de semana porque tenía que ir a una fiesta de cumpleaños. Desde el momento en que me puse las medias blancas, comenzó el martirologio que me conduciría inevitablemente a la esquina donde me acechaba   —127→   la violencia, la vergüenza y el miedo. Me vestí lentamente, tal vez con el mismo resignado fatalismo con que un guerrero del medioevo se armaba para un torneo a muerte en que debía afrontar el juicio de Dios.

No había ni siquiera piedad para mí mismo. Pensé en mi madre, odiándola por no entender nada. Imaginaba la cara colorada, llena de granos y pústulas, los ojos vidriosos, asquerosos, lagrimeantes, llenos de risa y ferocidad acechándome en la esquina. Mi destino cruel y esta falta de valor que arrastraba melancólicamente ante la adversidad. Salí de casa sin fuerza, ya casi sin odio, sin atreverme a fantasear sobre mis deseos de venganza, porque tenía la convicción de que la venganza es algo que se ejercita de manera personal y yo simplemente no era capaz de ejecutarla. Caminé hasta la esquina buscando con la vista, ansiosamente. Allí estaba como un tigre agazapado. Fingía arreglar la cadena de la bicicleta, pero, en realidad, me esperaba. No volvió la cabeza hasta que yo llegué a su lado. Pasé lentamente y escuché su risa vulgar, desagradable, como un grito roto y cortajeado que se clavaba en mi espalda. Me apretaba los pulmones, me vaciaba el estómago y hacía temblar mis piernas flacas metidas en las medias blancas, impecables. Entonces comprendí la muerte, la violencia, el homicidio. No sé si escuché su risa o creí que la escuchaba. El hecho era lo mismo. Me volví como una culebra a la que le han pisado la cola, me lancé como un gato furioso sobre el chico del almacén, a quien apenas veía, cegado por la violencia, la furia, el miedo. Me temblaba el cuerpo y la sangre me ahogaba, golpeándome la garganta y rebotando en mi cabeza, que sólo pensaba en destruir para siempre, aniquilar, matar, vejar, triturar, moler y pisar. Eso es todo lo que hice. Un chorro de sangre saltó de los labios gruesos y babosos del chico del almacén. Sus ojos quedaron entrecerrados y enrojecidos. Sorprendido por el ataque, trastabilló y cayó hacia atrás. Lancé patadas por todos lados. Contra la cabeza, el pecho, la espalda. Quería matarlo. Destruirlo para siempre. Que no existiera más. Limpiar la esquina maldita de la vergüenza. Cuando trató de levantarse, le di una patada en pleno rostro y entonces, descubrí su cara de sorpresa, de horror, de innoble cobardía, casi estúpida, bestial, llena de granos y pelos y marcas   —128→   y ahora cubierta de sangre, de miedo, de desesperación. Arrastrándose, trató de alejarse. Trastabilló y me lancé sobre él, cuando dos fuertes brazos prácticamente me levantaron y quedé ridículamente pataleando en el aire. Yo gritaba como un loco. Hijo de puta, cobarde, miserable. Te vas a reír ahora en la concha de tu madre.

Calmate, chico. Calmate. Eran los brazos que me apresaban mientras continuaba los gritos contra el chico del almacén, convertido ahora en un bicho encamado que se arrastraba muerto de terror hasta la puerta del almacén. Los brazos eran del almacenero.

Tenés razón, pibe. Se reía de vos. Entonces era cierto. No era fantasía. No lo había inventado. Cuando vuelva por esta esquina, escondete, hijo de puta. Andá a tu casa y lavate, pibe. Estás todo sucio. Qué me importa. Lo mato a este hijo de la concha puta de su madre.

Entonces advertí que no estaba solo... Que el chico del almacén había desaparecido, pero buena parte del barrio estaba en la calle. El viejo escribano vecino de mi casa, la mujer del almacenero, las chicas del doctor Galíndez que me miraban con espanto y admiración. El diariero que me decía: te acompaño hasta tu casa, pibe. Lo fajaste, ¡he! Ese no jode más.

Estás todo sucio. Tenía la camisa llena de sangre. También los pantalones. Alguien había puesto en mi bolsillo la corbata. Sentí una profunda serenidad. Placer. Una sensación que sólo volví a descubrir cuando hice el amor por primera vez, años más tarde, en la pieza de la sirvienta de la casa de los Galíndez con la mayor de las chicas. Una catarata de violencia y placer y dolor. Explosiones y gritos. La lluvia furiosa como un mar que rompe la tierra y la desmenuza y la posee. El olor de la tierra húmeda y del pasto recién cortado en una fría mañana de primavera. El placer y el dolor, la alegría salvaje del amor y del sexo.

Mi madre, casi se desmaya. ¿Qué te han hecho? Nada. No me han hecho nada.

  —129→  

Comencé a desvestirme. Sabés, mamá, esta es la última vez que me pongo esta ropa de maricón. Mi madre no entendía nada. ¿Realmente, no entendía? Creo que siempre pretendió no entender lo que no quería.

Fui a la fiesta de cumpleaños. Nadie sabía nada. Nadie me hizo ningún comentario. Entonces me sentí bien. Saboreando mi triunfo y mi placer en plena soledad. Sabiendo algo que los demás ignoraban. Sabiendo lo que podía hacer. Era capaz de enfrentar el mundo. No pude quedarme en la fiesta, caminé por las calles del pueblo hasta muy tarde. No podía recordar con precisión la pelea. Todo era muy confuso. Mi madre dijo que me había peleado como un chico cualquiera. Menos mal, ahora podía ser un chico cualquiera.

Esa misma sensación del peligro agazapado en la esquina. Acechando. La ansiedad frente a un enemigo invisible, desconocido, presente, concreto, inmaterial, inidentificable.

Ahora revivía ese episodio. Mi vida en el departamento que alquilamos en Begrano R. era cálida, placentera, alegre. No parecía un trabajo. Tal vez una orgía erótica. Pero no solamente eso porque además estábamos enamorados. Al principio la fantasía de dormir con ella, no solamente acostarme para hacer el amor. Dormir con ella, sentirla durante la noche.

Amanecer con su cuerpo cálido y suave a mi lado, me conmovía como una espera ansiosa, torturante. Los días y las noches me probaron que todo continuaba, que no era solamente una fantasía.

Cada noche estaría a mí lado para amarme y acompañarme, para dejarse amar y besar y morderle la nuca y hacer el amor y después dormir abrazados. Para siempre. Despertaba en medio de la noche y la acariciaba suavemente, reconociéndola. Descubría cada centímetro de su piel que no conocía o redescubriendo lo que había acariciado y besado y mordido mil veces. Esas noches pensaba que la vida era extraña, insólita, imprevisible y además buena y generosa.

  —130→  

Había obtenido lo que buscaba, lo que había perseguido tropezando, corriendo, esperando, buscando silenciosamente a través de calles desamparadas, ajenas, desconocidas. Un largo camino para llegar a la meta. Miles y miles de pequeñas, intranscendentes, importantes, oscuras decisiones para que en la lógica profunda de la existencia se fueran encadenando los acontecimientos que me condujeron hasta esta cama, en este momento, con la persona justa, donde cada acto, movimiento, ternura, pasión, fuera el resultado de muchas acciones que parecían inútiles, muchas veces inconscientes, y sólo ahora cobraban sentido.

Norma era feliz. Descubría cada día la vida que había soslayado entre una adolescencia frívola, formal, intrascendente y la doctrina revolucionaria. Una reacción al pasado y una nueva expectativa al futuro. Ahora hacia una nueva experiencia. El aprendizaje de la vida. Para ella también la vida adquirió un nuevo sentido, al margen de la educación, de la doctrina revolucionaria y de la acción. Su vida adquirió un sentido vital, profundo, que imaginaba como trascendente.

Adentro del departamento estaba la seguridad, la confianza, el amor, la alegría. Fuera del departamento el temor, la ansiedad, lo inesperado. El enemigo.

Cuando salía a cumplir una misión, vivía la misma sensación que me generaba la presencia del chico del almacén muchos años antes. Solamente que ya no era la burla o el desprecio sino la posibilidad de la violencia o la muerte.

Habíamos contado en el barrio una historia de fantasía, igual que la de miles de jóvenes parejas en cualquier lugar de la ciudad.

A los pocos días de instalarnos ocurrió un hecho insólito. En realidad fue un descubrimiento que me enlazó con el pasado trayendo reminiscencias inocentes y placenteras. A pocas cuadras del departamento había una fiambrería. Reconocí a la dueña que atendía la caja.

  —131→  

Fue como retroceder quince años a un pequeño restaurante en la calle 25 de Mayo que fue demolido. Sobre la estrecha puerta de entrada oscilaba un cartel que decía: Thiky, ese era el nombre. Abajo, una inscripción en letras góticas: jamón de Praga. Era un restaurante pequeño, para obreros del puerto, vendedores ambulantes y prostitutas. Lo descubrí por hambre. Hacía dos días que no comía y tres que dormía en el poco hospitalario taller de una amiga escultora. Su colaboración con mi indigencia consistía en proporcionar el techo, delantales de sus alumnas sobre los cuales dormía y una taza de café de vez en cuando.

Nada de comida. En realidad, tampoco la tenía y superaba su propia indigencia comiendo en las casas de sus alumnas. Un impulso irresistible, el del hambre, me hizo entrar a Thiky. Me senté en el extremo de una larga mesa donde comían varios marineros extranjeros. Tomaban cerveza y tragaban con entusiasmo y violencia unas extrañas tiras como fideos que navegaban en una salsa oscura. Hasta ese momento el hambre era una presencia viva y triste. A partir de ese olor delicioso se convirtió en desesperación. Un mozo vino a atenderme, se llamaba Boia y me tradujo el nombre de los platos borroneados en una lista húmeda y grasosa. Comí con una pasión que jamás había sentido frente a un plato de comida. Los extraños fideos en la salsa negruzca eran en realidad tiras de hígado y la salsa un misterio que jamás pude esclarecer, a pesar de que volví a Thiky muchas veces. Boia es unos de mis personajes inolvidables. Como ese primer día no pude pagarle, ni tampoco el segundo, ni durante varias semanas, nos hicimos amigos. Me contó la historia de su vida. Su mujer era muy enferma, paralítica y estaba atendida por una enfermera desde hacía diez años. Boia había llegado de Checoslovaquia como marinero en un barco de carga. Se quedó, como luchador profesional para competir en el Luna Park. Su carrera como luchador no tuvo éxito, pero no quiso retornar a su país y a la guerra. Se casó con esta mujer que ahora se extinguía silenciosa y resignadamente en una silla de ruedas. Un día Boia no vino a trabajar. Faltó una semana, hasta que finalmente volví a encontrarlo.

Estaba triste. Quizá no exactamente triste. Estupefacto. Asombrado.

  —132→  

Me contó la historia. Su mujer murió tal como se esperaba. Antes de morir llamó a su marido en presencia de la enfermera, y los bendijo. Ella había visto cómo durante los últimos años la enfermera había cuidado de Boia con cariño y dedicación. Había descubierto que era una buena mujer y se sentiría muy feliz si después de su muerte se casaban. Boia y la enfermera. Dos días después murió. Feliz porque había dejado todo arreglado. Y entonces -pregunté-. «Entonces no sé qué hacer». Discutimos el asunto y me esforcé por convencerlo de que se casara con la enfermera. No me costó demasiado. Yo fui su padrino de bodas y un año más tarde padrino de su hija. Después la vida me llevó fuera del país y nunca volví a ver a Boia. Cuando retorné a Buenos Aires, Thiky había sido demolido. La mujer que ahora atendía la fiambrería del Belgrano R. era la mujer del dueño de Thiky, en aquella época bella y joven. «Una puta» decía Boia y cuando pasaba entre las mesas del restaurante moviendo sus caderas, el cocinero, un pelirrojo gordo de cejas enormes salía de su pequeña cocina de barco y la imitaba ridículamente moviendo también las caderas aparatosamente, mientras el restaurante estallaba en carcajadas. Ahora se le notaban los quince años transcurridos. Reprimí el deseo de preguntar por Boia. Ella me miró con curiosidad. Me fui sin comprar nada.

Manuel nos visitó pocos días más tarde y le relaté el episodio. Lo analizamos desde todos los puntos de vista. La cosa no tenía importancia. Ella nunca había sabido mi nombre y había visto demasiada gente en su negocio como para que pudiera ocasionar algún problema. Solamente un rostro sobre el cual también habían pasado quince años, que miraba desde el pasado. Como un olor que nos trae reminiscencias indefinibles. Nada más que eso. Y tanto para mí.

Cuatro meses más tarde la luna de miel en que vivíamos se cortó bruscamente. Manuel llegó con novedades. Había un plan del Comandante del que nosotros debíamos participar. Se había discutido mucho si yo estaba en condiciones de ser parte del plan. Finalmente el Comandante y Manuel asumieron la responsabilidad ante los otros.

  —133→  

Yo sería de la partida. Todavía no sabía si debía sentirme agradecido. El plan tenía como objetivo el asesinato de un funcionario importante. Tal vez, el presidente.

Lo dijo como si se tratara de un hecho intrascendente. Vamos a ir al cine de trasnoche. Apenas algo inusual. El asesinato del presidente, tal vez. Como el cuento de los dos amigos. ¿Hay alguna novedad? No, solamente que hay una vaca muerta en la bañadera. Todo intrascendente, una fantasía. Silencio. Nadie dijo nada. Nadie era Norma, yo, el mismo Manuel que nos miraba atentamente. Esperaba seguramente nuestra reacción. Un comentario. ¿Comentario? ¿cómo se puede comentar algo así? Manuel no esperaba nada. Solamente que asimiláramos la cosa.

«Les estoy informando algo ya resuelto. Pero pueden hacer las preguntas que quieran». Cómo empezar las preguntas. ¿Por dónde? A De Gaulle le hicieron más de diez atentados. Se salvó por casualidad. Si bien nosotros no éramos la O.A.S., tampoco la policía tenía un deuxième bureau. Apuntar a la cabeza. Esa era la teoría de cada revolucionario de café. Y ahora, ellos pensaban concretarla. Ellos. Nosotros. Me imaginaba tan ajeno a esa alternativa.

El espionaje era parte de la guerra, pero no era la guerra. Al menos no en la forma en que lo habíamos hecho con Norma. ¿Cuál sería mi rol en este operativo? pero antes que eso, para qué era el operativo. ¿Por qué? La aventura me había lanzado de alguna manera a la clandestinidad y a la colaboración con la guerrilla. También Norma. Esa era la verdad. Pero todo lo que había visto y sabido en estos meses me obligaban a reflexionar, ya no como alguien de afuera que contempla el espectáculo, sino como un protagonista más que en lugar de tener escrito el guión lo va escribiendo cada día. ¿Qué distancia había entre el terrorismo y la revolución? ¿qué buscábamos nosotros? ¿Cuál de las dos alternativas? ¿son diferentes? ¿opuestas? ¿o una no podía desarrollarse ni triunfar sin la otra?

Difícilmente pueda haber una revolución sin terrorismo. Pero sin   —134→   embargo puede haber terrorismo sin revolución. Al final sirve lo mismo, había escuchado muchas veces. ¿Pero realmente sirve? El ejército en Uruguay cuestiona ahora la conducta, la moral y la política de la reacción. Pero, ¿eso hubiera sido posible sin diez años de guerra de los Tupamaros?

¿Podría la derecha chilena aceptar aún a regañadientes el proceso político encabezado por Allende, si no estuviera el MIR empujando desde la extrema izquierda de la revolución? ¿Hubiera habido revolución militar, populista y nacionalista en Perú si no hubiera sido por las guerrillas de De la Puente Uceda que aún derrotadas señalaron un camino?

Quién puede responder estas preguntas. ¿Quién puede explicar o demostrar que no son afirmaciones sino solamente preguntas? Nadie. Ni Manuel. Ni yo. Ni Norma. Ni el Comandante. Ni cada uno de los que intervendrían en este operativo que seguramente se hacían las mismas reflexiones. Pero había además otras preguntas. ¿Por qué yo? ¿Y por qué no? Nadie podía tampoco responder a esto. Yo no tenía ningún espíritu de sacrificio.

Ninguno. No quería que me mataran y era difícil de suponer que la consecuencia del intento fuera otra. Tampoco estaba dispuesto a que mataran a Norma. A ella menos que a mí. Héroe. Ahora me ponía la armadura, montaba en Rocinante y me lanzaba contra los molinos de viento. Mi familia no me interesaba, tampoco mis amigos o la profesión, que no busqué, pero que me permitió ganarme la vida durante años. Todo eso estaba muerto y enterrado. Lo había matado, deliberadamente y sin emoción. Pero no quería matar ahora esta vida. Era sencillamente feliz con ella. Me parecía un sacrificio inútil. Como si hubiera sacrificio útiles. Sin embargo, los mártires son útiles. A la iglesia católica le sirvieron para mantener el poder durante dos mil años. Francia está sentada sobre sus mártires de la resistencia. Los judíos llevan generaciones aprovechándolos. Pero el caso es que yo no quiero ser mártir. No sirvo para el rol. Todos estos razonamientos fueron claros para mí. Simplemente tenía miedo. Eso era todo. No era capaz de decir, no cuenten conmigo porque ya estoy muerto   —135→   de miedo. Entonces inventaba discursos dialécticos para explicar lo que cualquiera podía defender o atacar con la misma legitimidad y razón.

Manuel rompió nuevamente el curso de mis reflexiones.

-Ustedes van a tener que alquilar un departamento sobre la avenida del Libertador. Cerca de Retiro. Dirán que se instalará una compañía de publicidad, ya está elegido el lugar, hechos los contratos y un poder a nombre tuyo, naturalmente con documentos falsos. Mañana tendrán que hablar a esta persona y hacer una cita para concretar la operación.

Me extendió un papel, y continuó. Se hará toda la instalación. El día del operativo no estarán en el departamento, trabajarán como grupo de apoyo a diez cuadras del lugar. Cuándo y cómo se lo diré más adelante. Por ahora ocúpense de esto. ¿Alguna pregunta? era la segunda vez que nos invitaba a preguntar. Había respondido a todas mis dudas y miedos.

Entonces sentí vergüenza. Ellos sabían qué podía hacer. Hasta cuándo sería capaz de arriesgar el pellejo. Eso habían hecho cuando me dejaron libre en la casa de campo, en cambio al sargento lo encerraron en un cuarto con vigilancia.

-No participan directamente en el operativo porque necesitamos gente con más experiencia. Pero en estas cosas todo el mundo es fundamental.

Además me perdonaba la vergüenza, la cobardía, la vacilación.

Seguramente eso había sido discutido y analizado. ¿O fue el Comandante que quería preservar a Norma? Nuevamente dejaba de ser un chico cualquiera. Me faltaban las medias blancas hasta la rodilla y el saco de terciopelo verde. Solamente que ya no tenía edad para usar ese uniforme. El chico del almacén seguía esperándome en la esquina.



Anterior Indice Siguiente