Vigores dispersos
Sergio Ramírez
A la vuelta del siglo, la idea de una Centroamérica común sigue siendo una frustración, pero es al mismo tiempo un proyecto pendiente. En una reciente encuesta, más del ochenta por ciento de los centroamericanos quiere la integración, y la considera una necesidad. Tenemos, pues, por lo menos, el sentido de que dejamos que algo vital para nosotros fracasara en la historia, y que es necesario recuperarlo. Los mecanismos adecuados de integración económica, y las formas de articulación política para salir adelante con ese propósito, siguen siendo aún la clave perdida.
La vuelta del siglo como punto de mira para apreciar lo que ha sido de Centroamérica desde su independencia, es por lo menos ineludible. Y la independencia misma como punto de partida, también. Es allí, al momento de la separación burocrática de España donde comienza el drama que se desataría por décadas en interminables guerras intestinas, revolviendo el paisaje que permaneció en oscuridad durante toda la historia colonial, casi sin hazañas y sin protagonistas.
La colonia le había dado a Centroamérica una integridad política sin alardes, cinco pequeñas provincias pobres, de pobreza rural y solemnidad vecinal, parroquias que no tuvieron nunca ningún boato virreinal, aunque se llamaran en su conjunto, con demasiada prosopopeya, Reyno de Guatemala.
Y después de la incruenta independencia de 1821, Centroamérica no pudo sostener el pacto federal, perdió su unidad política y se deshizo en fragmentos que si juntos tenían por delante un desafío, en la ruptura lo perdieron. Y cada componente de la pequeña federación, más pequeño aún cada uno ya solo, se vio en la tarea de consolidarse como estado nacional en medio de las guerras, del desconcierto, y de la ignorancia crónica.
Estamos hablando pues, de una historia de imposibilidades, y de una frustración. Un viejo sueño de unidad desecho, un proyecto de integración nunca realizado a cabalidad. Pero siempre la persistencia por retomarlo. Quisiera partir de esta doble proposición simple. Y de otra: sin una visión integradora, que se articule en mecanismo eficaces, y que lleve eventualmente en el futuro a la unidad política, ni la región como tal es viable, ni lo son cada uno de sus países.
Es más: sin una participación nuestra activa y común, y sin una voluntad articulada -que sea como la voluntad de un solo actor-, el proceso de globalización, que implica no sólo la rápida integración de mercados, sino también un desafío de competencia tecnológica nunca antes visto, terminará por consolidar a Centroamérica en su papel de pieza marginal.
La postmodernidad económica integra, pero también desintegra con fuerza disolvente, y el mundo del siglo que entra estará cada vez más dividido entre los que saben y los que no saben, no sólo entre los que consumen y no consumen. El conocimiento, como nunca antes, y el dominio de las complejidades tecnológicas va a señalar la frontera entre países o regiones pobres y países y regiones ricas, o entre mercados domésticos aislados y megamercados en expansión.
Sin una estrategia común, los pequeños países centroamericanos se verán pronto compitiendo entre ellos mismos por maquilar prendas de vestir o ensamblar aparatos de televisión en una descomunal operación de desperdicio de la mano de obra, como ya está ocurriendo; o forzando la vocación de su riqueza agrícola para apresurarse en producir lo que el mercado internacional quiere para el día, sin una visión de conjunto de las necesidades de inversión ni de la preservación de la riqueza agrícola. O, peor que todo eso, sirviendo de basureros industriales.
No se tratará entonces más que de una degradación, lenta o apresurada. La única estrategia posible sería sobrevivir en el statu quo, y resignarse a cumplir papeles de tercer orden en la economía mundial, cuando la riqueza generada por la producción de tecnología, que es la producción del saber, no sea en nada comparable a la riqueza generada por la producción de materias primas, cada vez más marginal, y circunstancial.
Aún hoy, la realidad dominante en Centroamérica sigue siendo la realidad rural. Muchos de los afanes de modernización, igual que en el siglo XIX, siguen siendo exógenos a la dinámica de sociedades que aún dependen de los ciclos de lluvia -el literal favor de los dioses- más que de ninguna tecnología para las cosechas.
Pero hay todavía más. Centroamérica, como entidad económica integrada, no sólo en cuanto a mercados internos, sino en su capacidad de repuesta frente al desafío global, que implica posiciones de conjunto en la tecnología, en la educación como instrumento de transformación, en los planes a largo plazo de desarrollo sostenible, en las políticas de desarrollo humano, tiene que aprender a verse, ya dado el paso de integrarse de verdad, o mientras lo da, como la pieza de una máquina mayor, de la que otras piezas son parte en Latinoamérica.
Por esa necesidad de futuro es que regreso al pasado. Al decir que Centroamérica es el fruto de una frustración histórica, he dicho también que es una frustración que no cesa de perseguirnos; y esa frustración se transporta al terreno ontológico convertida en un ideal. Un ideal del pasado, para algunos, y un ideal contemporáneo para otros, un ideal del progreso del futuro, entre los que me cuento. Una clave imprescindible de lo que habrá de resultar mañana. La falta de integración real implica, insisto, la desintegración.
A finales del siglo XIX el desafío de Centroamérica era la modernidad. Ese concepto lo agotaron los países del primer mundo a lo largo del siglo XX; pero para nosotros el desafío de la modernidad sigue vigente, porque el progreso, que define la modernidad, es una tarea pendiente en la Centroamérica marginal y atrasada que entra en el siglo XXI, el de la postmodernidad, con pocos instrumentos a mano.
¿O entra, realmente? El prócer colombiano Manuel Uribe y Uribe, exiliado en Nicaragua a finales del siglo XIX, en su discurso en los funerales de otro prócer liberal, el General Máximo Jerez, se hacía esta pregunta retórica: «¿Qué hora es en Centroamérica? -preguntó el cañón. Y el eco respondió: Medianoche todavía»
. Este coloquio, muy decimonónico si se quiere, ha rondado siempre mi cabeza en momentos de pesadumbre sobre el porvenir. Y en momentos de esperanza, suelo recordar una frase, sacada del Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo quiché: «mientras más oscuro el cielo, es que ya va a amanecer»
.
La postmodernidad es un concepto que antes de nada está dotado de celeridad, y de simultaneidad. El progreso tecnológico que globaliza, se reproduce a una velocidad geométrica, mientras el progreso a la modernidad, que todavía no alcanzamos, corre a una modesta velocidad aritmética. Casi resulta imposible desde países en donde el proceso de educación se da en la penumbra, muchas veces con libros de texto fuera de moda, y desconectado de las necesidades de la transformación económica, ponerse al tanto de esa velocidad que descuaja cada día lo aprendido el día anterior, y subvierte las relaciones sociales, no sólo las del mercado, también las de la comunicación, y aún las que tienen que ver con las formas de integración social, con las identidades nacionales, y con el poder político.
Pero la simultaneidad agobia aún más a quienes desde la periferia vemos la globalización como un fenómeno exógeno, que de todas maneras produce para nosotros obligaciones, aunque sean de repuesta pasiva. Estamos conectados a la postmodernidad, pero no generamos ninguno de sus elementos creadores. En los países del primer mundo la postmodernidad tiene un efecto incluyente. No quiere decir que no haya allí brechas internas que cerrar. Pero en países como los centroamericanos, las brechas no sólo no se cierran, sino que tienden a abrirse más.
El ingreso per cápita en Centroamérica crece a una tasa promedio de tres por ciento, ahora que crece, superado por la tasa de la natalidad, y en países como Nicaragua, los niveles de ingreso son hoy los mismos que en la década de los años cincuenta. Pero aunque el ingreso creciera más, los índices de desarrollo humano, salvo en Costa Rica, nos ponen en la cola de la tabla mundial.
¿Qué clase de modernidad puede haber en países donde más de la mitad de la población no tiene ni agua potable ni letrinas, ni servicios de energía eléctrica, ni carreteras de todo tiempo? ¿Donde la mayoría no tienen acceso a la escuela o deben abandonarla antes del tercer grado de primaria? La modernidad se vuelve necesariamente conceptual, y la postmodernidad una materia de discusión aún más lejana.
Pero no quiero abandonar el concepto de la simultaneidad, y quiero regresar al asunto del progreso. Lo que hay en Centroamérica no es una simultaneidad de los factores del progreso, sino una simultaneidad de factores de atraso que corresponden a diferentes épocas: se pesca con arpón para subsistir en las selvas del caribe, donde existen comunidades de organización tribal, una economía de caza y pesca; se siembra el maíz con espeque, grano a grano, como en tiempos de los mayas, en una economía de subsistencia campesina que alcanza a la inmensa mayoría de los sectores rurales; la propiedad de la tierra sigue siendo en muchas partes feudal, como durante la colonia, con colonos y aparceros sobreviviendo en los fundos; se practica aún la economía de enclave de las primeras décadas de este siglo; y de allí, sin seguir ensayando a demostrar la coexistencia de otros estadios, podemos pasar, en medio del amontonamiento urbano, que no es sino una execrencia rural, a la era informática, que también es parte de esa misma simultaneidad que bien puede cubrir no siglos, sino varios milenios.
Ser modernos significaría haber logrado elementos sociales integradores, por encima de las fronteras entre países. Dejar atrás el atraso significaría que no arrastramos más esa cauda tan variada con sus pesos muertos, como si siempre tuviéramos que mirarnos en el espejo del pasado, o de los pasados, recorriendo los pasillos del museo que somos nosotros mismos.
Y sólo la modernidad, a su vez, integra. El sistema educativo, por ejemplo. Sin una educación al día, que forme e informe, generadora de adelantos, de transformaciones, que cree la conciencia de la necesidad del cambio, el mundo centroamericano seguirá siendo precario en sus realizaciones.
Nuestra pregunta debe ser, por tanto: ¿Centroamérica está entrando realmente al siglo XXI, o estamos atravesando apenas los umbrales del siglo XX con las mismas esperanzas de finales del siglo XIX? Aquellas ideas de progreso, no dejan de ser parecidas a las de ahora. La agenda de los próceres de la independencia y luego la de los caudillos liberales, si la vemos bien, ha variado poco desde entonces. Mucho se habla en Centroamérica de la década de los ochenta de este siglo, como una década perdida. ¿No deberíamos hablar más bien de un siglo perdido?
Este es un concepto que quiero poner a prueba. No puede ser tan simple afirmar que en un siglo no ha ocurrido nada que nos mueva hacia adelante. Ha ocurrido mucho. Pero existe esa gran disonancia histórica de la simultaneidad de los atrasos, como ramajes que un aluvión represa a nuestra puerta. Y la modernidad significa, antes que nada, extender el progreso como un elemento integrador, que nos ponga en pie de participación en la gran aventura del futuro de la cual no podemos hoy dejar de sentirnos excluidos. Pero insisto que de una calidad parecida de progreso se hablaba en la vuelta del nuevo siglo, hace un siglo.
Nosotros deberíamos ser un sólo estado en términos políticos, partiendo del hecho de que somos una nación en la geografía, en la lengua y en la historia, y que los motivos para la división en pequeñas parcelas, que por estar tan soterrados no son visibles, desconciertan cuando se les examina a fondo, o nos llevan a la conclusión de que fue la realidad, tan feroz en sus disonancias, la que mató el ideal de unidad al producirse la independencia en el siglo pasado. Unos actores de casaca y levita declamando sus parlamentos en un escenario extraño, y delante de un público de campistos, arrieros, mozos de jornal e indígenas segregados, que no les entendía.
Aún ahora, los cinco millones de habitantes quichés y cachiqueles en Guatemala siguen sin entenderlo, o los talamancas de Costa Rica que deben sacar permiso de residencia para vivir dentro de las fronteras de su país. O los miskitos, sumos y ramas de Nicaragua que habitan en un estado nacional que no consideran por completo suyo.
Era natural que la idea de una república unitaria de las cinco provincias, o una federación de repúblicas, prosperara al momento de la independencia en 1821. Si lo vemos hoy a distancia, ciento ochenta años después, en términos de la viabilidad de cada uno de esos cinco fragmentos, es difícil imaginar que cada uno de ellos, a su vez, hubiera imaginado que podía sobrevivir por sí mismo, y ser viable en términos de nación, de desarrollo y prosperidad económica, sujetas a una economía rural de subsistencia, sin vías de comunicación, con grandes territorios aislados, y sobre todo, sin población. Pero fue todo lo contrario. La república federal no tuvo nunca un día de paz a lo largo de sus quince años de existencia, y terminó despedazada.
Los conservadores terratenientes, o quienes los representaban, solían hablar con desdén, todavía a principios de este siglo, del ideal romántico de los liberales al referirse a los empeños de la unidad de Centroamérica. La semilla de la frustración de la unidad está precisamente allí, en su carácter divisivo, surgido de la confrontación. Unirse, o permanecer separados, fueron banderas ideológicas y por tanto, banderas de guerra.
La unidad no tenía consenso, porque era bandera de las revueltas liberales que amenazaban siempre la paz rural de los conservadores, y representaba, por tanto, un elemento de desorden sumado a las acciones anticlericales que habían empezado por despojar a la iglesia de sus poderes económicos. Los conservadores realistas prefirieron pasar de su lejana asociación con la corona, a señorear las provincias incomunicadas y autosuficientes. Gobernar para adentro, defenderse en el silencio, y en la inmovilidad. Es decir, dar al estado los atributos de la hacienda ganadera. Mientras tanto los liberales, hijos de la ilustración y de la revolución de Nueva Inglaterra, no se veían sino como adalides de unos estados unidos centroamericanos donde reinara, antes que nada, la libertad de comercio. En la unidad federal, veían el progreso. Sabían de sobra que sin integración, no había viabilidad.
El proyecto de unidad no fue viable, pero su fracaso hizo inviables a las antiguas provincias. El fracaso del todo significó el fracaso de las partes, y la autosuficiencia se volvió sinónimo del atraso. La desunión aseguraba la subsistencia a las partes, pero no les permitía ninguna modernidad. Si Centroamérica fue pobre y atrasada durante la colonia bajo una entidad administrativa común, con la independencia la desintegración no sólo confirmó la pobreza y el atraso de antes, sino que los volvió irreductibles. Y la falta de integración, sólo acarrea desintegración; a mayor desintegración regional, mayor desintegración interna en cada componente. Y mayor atraso y mayor pobreza.
No era una cuestión de modelos nada más, sin embargo. Los modelos políticos republicanos erigidos arriba fracasaron abajo en la realidad de territorios divididos, aunque cercanos. Fracasaron en el atraso, porque la necesidad de orden siempre se resolvió de la manera más arcaica, por la imposición y no por el ejercicio democrático que figuraba en las constituciones pero no se realizaba en la vida cotidiana. Cuando el modelo se miraba en la realidad, el espejo le devolvía siempre otra imagen, las más de las veces sangrienta.
Y era un modelo que aún en su ideal, hizo concesiones de consecuencias trágicas. El estado laico empezaba a naufragar al proclamarse la religión católica como única del estado en la constitución federal de 1824; y a diferencia de la constitución de los nuevos Estados Unidos de Nueva Inglaterra, el ejército recibía consagración de autonomía, aparte del poder civil.
Quizás le mejor ironía fue que a la derrota de la república federal de Morazán, el caudillo liberal que leía a Tocqueville en los altos de la marcha en sus campañas unionistas, fue obra del Rafael Carrera, un indígena analfabeto, amamantado en las sacristías, que tras romper el pacto federal pasó a gobernar a Guatemala, la mayor de las repúblicas y la más influyente, con título vitalicio. La realidad era Carrera, no Morazán. Ahora, el espejo saltaba en añicos.
Y los caudillos liberales, cuando llegaron después al poder, porque las revoluciones liberales triunfaron en Centroamérica, pero fueron tardías, casi fenómenos del fin del siglo XIX, no copiaron los modelos democráticos de autoridad compartida que tanto proclamaban, sino la del modelo terrateniente; es decir, el gobierno del pater familias, dueño de la nación como hacienda, con peones en lugar de ciudadanos. La familia fue para conservadores y liberales el modelo de nación, por debajo del ideal. La hacienda, el modelo del estado. El gobierno se vaciaba en la autoridad del padre y patrón, la nación en el molde de la familia, el estado en el molde de la hacienda. Y el jefe de estado gozaba de la misma autoridad vertical de premio y castigo de quien gobierna su casa y su hacienda.
La misma autoridad autoritaria que sigue siendo una tentación recurrente de quien gobierna a cada turno en Centroamérica aún hoy, para imponerse con su voluntad vertical por encima de las instituciones. La democracia, por lo tanto, es nuestro primer requisito de modernidad. No podemos dejar atrás el mundo arcaico del caudillo, que se siente mejor en el mundo de la realidad rural y por tanto, de la cultura rural, y adelantarnos hacia el progreso, sin la fuerza de las instituciones democráticas.
Pudiéramos decir que hace un siglo la realidad no dictaba otra cosa que la autoridad vertical como necesidad. Y podemos leer las constituciones liberales del siglo XIX como modelos irrealizables. Pero el ideal de transformación de los gobiernos liberales en Centroamérica, aún bajo su autoridad patriarcal y arbitraria, nunca dejó de perseguir la unidad centroamericana, porque partían de una visión que todavía es necesario compartir, y que podemos llamar quimera si queremos: ningún proyecto de transformación era posible sin la unidad; ninguna de las parcelas podía ser viable por sí misma. Era la verdad, pero no la realidad. La realidad conspiraba contra la verdad. La verdad tenía un espejo equivocado.
La unidad era una premisa, o cabeza de un conjunto de ideales: desarrollo interno a través de la colonización agrícola, vías rápidas de comunicación, puertos, ferrocarriles y telégrafo, integración del caribe con el pacífico, educación gratuita y obligatoria, formación en artes y oficios, educación técnica superior. Y promociones de las inmigraciones europeas para lograr la transferencia tecnológica.
No hay duda que se trataba de un programa de modernización. Existía la copia de un modelo político, y aún de un modelo en la cultura de las elites, que querían el símil de una civilización europea; pero no podríamos hablar de una copia en la ansiedad. La ansiedad por el progreso, cuando todavía el progreso era ineluctable, de acuerdo a la filosofía del positivismo, tenía un sello legítimo. La clase ilustrada verdaderamente quería la modernidad, aunque no pudiera crear por sí misma los caminos para llegar a ella. Y la imposibilidad de realizarla desde dentro, hizo que la modernidad se volviera una deidad maléfica.
La dispersión había debilitado a la nación invisible, y vuelto difícil que cada uno de los pedazos dispersos se dotara a sí mismo de su propia identidad, y asumiera por lo tanto el reto de la preservación de su propia soberanía frente a la incidencia amenazante del gran poder de los Estados Unidos que parecía creado, como en las historias bíblicas del viejo testamento, para el solo propósito de someter a Centroamérica.
A finales del siglo XIX se estaba hablando de modernidad frente a un insondable abismo de atraso y en medio de una vocinglería arrebatada de inquinas e incomprensiones. Y los enclaves económicos extranjeros que llegaban a establecerse para extraer las materias primas, sin ninguna transferencia de poder tecnológico, seguidos muchas veces de intervenciones militares, frustraron esta idea de transformación, que encarnaba, a la vez, una idea de nación mayor.
Pero si volvemos a los puntos originales de aquel programa de progreso decimonónico, lo menos que podemos decir es que aún tienen vigencia, quizás sólo para reconocer que más un siglo después de la revolución libertadora de Barrios en Guatemala, que devolvió el espectros de Carrera a su sacristía, esos ideales de transformación y progreso todavía no se han realizado. Ni los ideales de democracia. Sobre todo porque ya avanzado el siglo XX, Carrera volvió a salir de su sarcófago para gobernar en Guatemala y en tantos países de Centroamérica; o Barrios y Carrera juntos, si los vemos ya de lejos, consumándose como un mismo caudillo.
Porque los caudillos liberales no hicieron triunfar la democracia en la realidad. Es más, cuando las constituciones libérrimas les estorbaban, mandaban reformarlas, o las anulaban. Hicieron surgir un nuevo orden político, anulando los poderes de la iglesia y estableciendo las instituciones civiles; pero tras la ruptura del viejo orden económico, que creó nuevos propietarios, esos nuevos propietarios pasaron a ser parte, otra vez, del sistema agrario feudal que todavía hoy muestra no pocos de sus esplendores. Y crearon también los ejércitos, ajenos a la institucionalidad civil, o adversarios de esa institucionalidad. Mientras gobernara un General Presidente de casaca y tricornio, el poder no tenía disonancias; el ejército era uno con el poder civil. La tragedia fue para los gobiernos civiles que nunca pudieron prosperar sin ser apéndices del poder militar, o terminaron aplastados por el poder militar, la historia de más de un siglo. La égida política de los Estados Unidos puso después a los ejércitos en el papel de grandes árbitros de la estabilidad, y cuando la guerra fría llegó a su clímax, les concedieron el monopolio del poder político.
La democracia se volvió absolutamente prescindible en todos los países centroamericanos, excepto en Costa Rica, desde el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954. Y la tesis de la seguridad nacional, a la hora de la aparición de los movimientos armados, la volvió aún más prescindible. Los ejércitos no llevaron adelante solamente las operaciones de contrainsurgencia y la represión rural masiva, sino que organizaron el poder al margen de las instituciones, o pervirtiéndolas, y pusieron a sus coroneles y generales a la cabeza de los gobiernos. Pero no crearon progreso, ni bienestar, ni tampoco estabilidad. La mano dura nunca generó riqueza en Centroamérica.
Aquellos regímenes liberales, que creían en la necesidad de la unidad centroamericana, creían en la fuerza del estado para imponer el desarrollo. La colonización de territorios, la apertura de vías de comunicación, no podía darse sin la intervención del estado. Era un liberalismo interventor, lejos del laissez-fair. Y creían que la unidad centroamericana no era un asunto de consenso, sino de imposición militar, la consecuencia natural de una ideología que proclamaba el desarrollo. Y para lograrla, era necesario someter a quienes se oponían a ella.
Si sabemos leer la historia de nuestros fracasos, la imposición está en cada uno de ellos. Y aunque parezca tan difícil, la única manera de lograr una perspectiva de integración en Centroamérica al abrirse las puertas del siglo XXI, es a través del consenso, bajo el denominador común de la democracia; sin olvidar la fuerza democrática del estado como el primer agente político del proyecto de integración.
Si buscamos averiguar lo que ha ganado y perdido Centroamérica a lo largo de este siglo que termina, eligiendo un punto de mira, quizás lo peor sería situarnos a la mitad del camino, en la mitad del siglo, en ese año de 1954 de la caída de Arbenz, que marca el final del proceso de modernización abierto en Guatemala con la revolución de 1944 pasando por el gobierno de Juan José Arévalo. Sólo la revolución de José Figueres de 1948 en Costa Rica tendría entonces efectos reales perdurables, de afirmación de las instituciones democráticas. Pero efectos reales hacia adentro. La derrota del proyecto de Arbenz tuvo efectos reales hacia afuera, en todo Centroamérica.
Desde allí, en la mitad del siglo, al ver hacia atrás en el paisaje rural, nos encontraríamos con el fracaso del proyecto de unidad centroamericana, con el fracaso del proyecto del progreso, y con el fracaso de la democracia. Y al ver hacia adelante, con la imposibilidad de las transformaciones democráticas como herramientas del desarrollo; la caída misma de Arbenz lo estaba probando, y la continuidad de la guerra fría lo seguiría probando: el espacio real era nada más para las dictaduras militares.
Se trataba de organizar el poder en contra del progreso. La caída de Arbenz transmitía la lección de que ni la transformación agraria, ni la apertura de mercados internos reales, ni la incorporación de las comunidades indígenas a la modernización, ni la educación popular, eran posibles. Por lo tanto, el progreso no era posible. La modernidad no era posible.
Como consecuencia, los países centroamericanos tendrían en adelante la perspectiva de por lo menos treinta años de gobiernos militares, o controlados por los militares. Lo que importó a los Estados Unidos, desde Eisenhower hasta Nixon, era las credenciales anticomunistas de los ejércitos. Y les siguió importando aún más al triunfar en Nicaragua la revolución sandinista en 1979, un cuarto de siglo después de la derrota de la revolución democrática en Guatemala.
El triunfo de la revolución en Nicaragua abre una perspectiva absolutamente diferente para Centroamérica; pero hace volver, al mismo tiempo, a los presupuestos originales. Si ensayamos a hacer una ligera sustitución en la lectura de la historia, y en lugar de revolucionarios marxistas, que son los que empuña las armas a partir de la segunda mitad del siglo en Centroamérica, ponemos revolucionarios liberales, la comparación nos muestra de manera más diáfana sus relieves.
Tomemos un ángulo: los revolucionarios del siglo XIX creían que mientras no hubiera gobiernos liberales en cada uno de los países, no sólo la transformación económica sería imposible; tampoco el proyecto de república mayor. Nunca se practicó tanto lo que más tarde conocimos como internacionalismo. Un salvadoreño era llevado a gobernar en Honduras tras una revuelta, o un hondureño proclamado presidente de Nicaragua, siempre que fueran de ideología liberal; una consecuencia doble del sedimento de identidad nacional centroamericana, pero antes que nada, de la identidad ideológica.
Al triunfar la revolución sandinista en Nicaragua, se estableció la creencia de que el socialismo debía extenderse a los otros países centroamericanos, el primero de ellos El Salvador, y a Honduras y Guatemala, donde existía la guerrilla más vieja del continente. Una vez establecido un modelo político común, el progreso sería posible a través de la economía planificada, de la concentración de recursos en dirección de miras estratégicas, y de la reinserción en el mercado de países socialistas; y como consecuencia, vendría un patrón de integración, y de unidad política. Al existir la homogeneidad ideológica de poder, todo se facilitaba. Como un siglo antes.
Igual que en tiempos de las revoluciones liberales, el cambio de poder hacia el socialismo había que lograrlo por medio de las armas, apoyando a quienes combatían por destronar al viejo orden y establecer el orden nuevo. Pero también, como en tiempos de las revoluciones liberales, esta visión de conjunto, integradora en sus consecuencias, fue un grave factor de conflicto, y de enfrentamiento, en la región ya de todas maneras puesta bajo un paraguas de protección ideológica por los Estados Unidos de Reagan.
El problema volvió a ser otra vez el mismo. Una idea política semejante, basada en la homogeneidad de modelos, y por lo tanto en la afinidad política, no partía de los consensos, sino de la imposición de la verdad absoluta. Despertaba no sólo antagonismos capitales, sino desacuerdos. Y en la composición del modelo, la democracia, y por tanto los consensos, no ocupaban un lugar preponderante.
El conflicto de los años ochenta afectó a toda Centroamérica en muchos sentidos. La región se convirtió en teatro de guerra, o de retaguardias logísticas y políticas, incluida Costa Rica, así como todos los países, aun los que no estaban en guerra, fueron luego parte de los compromisos alcanzados en la negociación de paz. A lo largo de una década se perdieron miles de vidas, otros miles fueron desplazados, se destruyó mucha de la infraestructura, y la lógica del funcionamiento de la economía se trastocó, haciendo que las cifras del crecimiento saltaran hacia atrás. Y, como era obvio, el libre intercambio económico, base del esquema de integración regional creado por el Tratado de Managua en 1960, se hizo más que difícil.
La violencia nacía de la opresión política y de la injusticia, porque la democracia, las oportunidades de participación económica, y la justicia social, seguían siendo negadas. Pero como novedad, la negociación de la paz a partir de finales de los ochenta, al abrir salidas políticas a la guerra, abrió también la agenda de compromisos de la postguerra a los temas de la injusticia económica y social, que junto con la democracia son en Centroamérica los grandes retos del cambio de siglo.
Una vez empezado a andar el camino de la democracia política, está claro que el compromiso común, tal como está escrito en los acuerdos de paz, es generar la democracia económica, que implica participación real de la población secularmente marginada, que es la inmensa mayoría. Y el fracaso del progreso económico y social, una lograda la paz, puede llegar a significar el derrumbe del proyecto democrático, y, otra vez, el retorno al conflicto.
A partir de 1990 las fuerzas que actuaban en el escenario de guerra en Nicaragua, en El Salvador y Guatemala, han pasado a ser protagonistas del escenario de paz. Esta es otra novedad. La izquierda beligerante obtuvo legitimidad, y le concedió legitimidad a la derecha en El Salvador y Guatemala. Y la izquierda beligerante ha asumido la responsabilidad de presentarse frente a la población no con un proyecto mesiánico para realizarse con el triunfo de las armas, sino con una propuesta electoral que debe demostrar si es capaz de cumplir.
Ambas partes en el conflicto, y las fuerzas que representan cedieron con seriedad poder. La derecha concedió, entre otras cosas, la depuración de los ejércitos, dar un marco de control civil a las fuerzas de seguridad, la desaparición de fuerzas paramilitares, la independencia del poder judicial a través de sofisticados mecanismos de selección de los jueces, la libertad electoral y la libertad de opinión. Y la izquierda beligerante concedió al desarmarse, con su participación dentro del marco institucional, que no hay otra vía de conquistar del poder que la vía electoral.
En Nicaragua, el fenómeno realmente nuevo fue que el FSLN en el poder, pudiera entregarlo una vez perdidas las elecciones en 1990, y que la derecha beligerante armada por Estados Unidos se desarmara para incorporarse a la vida civil. Las concesiones mutuas de poder, fueron también reales, e inmensas. Esa fue una lección nunca antes oída por la izquierda que en los otros países combatía en el terreno militar, y modificó de manera absoluta el panorama de conflicto en Centroamérica.
Estamos viviendo, por lo tanto, una etapa de seria experimentación democrática, y en donde la competencia sigue siendo entre democracia y autoritarismo, pero bajo una condición diferente, porque no es la democracia hablando desde su exilio interno, sino desde las instituciones. Y estamos viviendo la experiencia singular de que los partidos que antes fueron movimientos guerrilleros, y que pretendieron un cambio que no se sustentaba necesariamente en el pluralismo político y en la repartición de poderes, son parte ahora del sistema, y tienen responsabilidad en que el sistema democrático funcione. Ya no hablamos de democracia popular, o de democracia liberal, proletaria, o burguesa. El sistema es uno solo.
Al mismo tiempo, esto quiere decir que los ejércitos han perdido imperio político, en un proceso de alejamiento que es más hondo en Nicaragua, estrechamente fiscalizado en El Salvador, aún incipiente en Guatemala, y todavía precario en Honduras. Y en ninguno de estos países es posible pensar en gobiernos militares, aunque la incidencia de los ejércitos en los negocios organizados para beneficiar los fondos de retiro y la seguridad social, es una materia abierta de discusión.
Es ahora mucho más viable que el FMLN pueda ganar en el futuro las elecciones presidenciales en El Salvador, que el Ejército tenga la posibilidad real de organizar un golpe de estado y que surja como antes, un gobierno al margen de la Constitución. Al desaparecer los antagonismos geopolíticos, y con ellos la doctrina de seguridad nacional, la democracia es capaz de abrirse como un campo de experimentación de pruebas del consenso, donde nadie podría tener la viabilidad de emprender, por razones ideológicas, la puesta en práctica de proyectos excluyentes. En el equilibrio está la sobrevivencia de todos, y de ese equilibrio depende la estabilidad.
Tenemos, pues, por primera vez, una Centroamérica con la antigua izquierda armada, y la derecha, que a la sombra del Ejército también estuvo armada, sentadas en los parlamentos en Nicaragua y El Salvador, y compartiendo escaños en los gobiernos municipales, como seguramente va a ocurrir en Guatemala cuando la URNG tenga la oportunidad de participar en las siguientes elecciones.
Las dificultades a resolver han sido aún mayores en Nicaragua. La revolución sandinista, a diferencia de El Salvador y Guatemala, trastocó el régimen de propiedad. Lo que fue su mayor logro revolucionario, se volvió la mayor fuente de conflicto; y este conflicto, para que dé paso a la estabilidad de fondo, tiene que ser resuelto a favor de las mayorías de campesinos beneficiarios de la reforma agraria, confirmando sus títulos de propiedad, y no de los terratenientes ligados al viejo régimen somocista. Toda vuelta al pasado, se convierte en un riesgo destructivo. Es hacia adelante que están situados los riesgos creativos.
Y creo aún más. En países como Guatemala, que depende todavía de un régimen de propiedad de la tierra feudal, el proceso de cambio democrático tiene que ir ligado necesariamente al proceso de transformación agraria pospuesto varias décadas desde la caída de Arbenz. Ningún proyecto de modernidad puede avanzar en Centroamérica sin la transformación agraria.
La realidad democrática es imperfecta, sin duda, en Centroamérica, pero ninguna clase de autoritarismo, bajo ningún signo, puede sustituirla. El riesgo del porvenir es con la democracia. La corrupción, el narcotráfico, el abuso en la explotación de los recursos naturales, el imperio del dogma neoliberal que empobrece cada día a la gente, y la conspiración que los propios gobiernos electos hacen en contra de las instituciones para debilitarlas, son grandes males presentes en el sistema democrático. Pero insisto en que no está a la vista el regreso a dictaduras militares, y para Centroamérica ésta es una ganancia histórica. Y sólo a partir de esta ganancia, que implica consensos, es que podemos hablar de integración, y de unidad.
Nuestros desafíos más urgentes a la vuelta del siglo, son los de preservar la paz conquistada, lograr la estabilidad, y desarrollar los consensos para hacer posible la democracia a largo plazo, sin exclusiones ideológicas. Enseguida, es necesario que a la par podamos transformar la visión de nuestros intereses comunes en mecanismos efectivos de integración regional. Pero ningún mecanismo de integración puede prosperar sino demuestra sus ventajas en la vida de la gente. El concepto de integración debe volverse imprescindible para de los centroamericanos, a partir de su utilidad.
Y los únicos mecanismos que pueden demostrar su utilidad para la gente, son los económicos. El modelo de integración regional fundado en 1960 se ha venido deteriorando hasta caer en el descrédito de su inutilidad. Y la integración económica debe producir, antes que nada, fuentes de empleo real; no el que resulta nada más de la instalación de plantas maquiladoras, ni del uso intensivo de la mano de obra rural estacionaria.
Una política económica de conjunto debe partir de una estrategia concertada de desarrollo económico sostenible, de inversiones de capital, de generación y transferencia tecnológica, de vías y sistemas de comunicación, de fuentes de energía compartidas, de integración de zonas de interés económico común, de protección de los recursos naturales y del ambiente, y sobre todo de educación y formación para el trabajo.
Para qué educar y cómo, utilizando la educación como una herramienta privilegiada del desarrollo es la más urgente de todas nuestras tareas. Articular los sistemas educativos y darles recursos para poder competir en el gran desafío del siglo XXI que es el desafío de la inteligencia, un desafío hasta ahora sin paralelos en la historia de la humanidad.
Debemos pensar en una Centroamérica integrada de acuerdo a nuestras grandes diferencias, vistas más bien como puntos de unión en la diversidad, que como valladares insalvables. Tenemos, en términos culturales, elementos de identidad común, y otros de diversidad, que marcan hondas diferencias. Esta es una obra de la historia. La obra de dos siglos de vivir separados, no en balde somos el resultado de una frustración. Pero es también obra de la creatividad, que nunca crea territorios homogéneos.
Los caracteres de cada país -tan distintas Guatemala y Costa Rica, y tan vecinos, y tan parecidos Nicaragua y El Salvador, y tan ajenos, y tan idénticos Honduras y El Salvador, y tan encontrados- deben ser tomados en cuenta para crear la integración en la diversidad, en lugar de ignorar esos caracteres propios. No se trata de una disolución de identidades, sino de una suma de singularidades.
Ninguna forma de identidad política podrá prosperar sin tomar en cuenta las salvedades que están en la sustancia de nuestra identidad. Y por lo tanto, ninguna forma de identidad política podrá ser posible en el futuro sin el consenso, que es la suma productiva de las diversidades.
Esa será la democracia real, en un futuro real. Y unidos. Unidos de alguna manera: «Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos; / formen todos un solo haz de energía ecuménica»
..., como cantaba Rubén Darío en los albores del siglo XX, llamándonos a la modernidad.