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En cuanto Teodoro se dio cuenta de la inquina que su protector le tenía al Comandante, ideó un plan. Fue antes de ganar a las cartas el caballo azulejo, la noche que se escabulló del rancho sin que Paulina lo notara.

-No te quebrantes por él -la tranquilizó Chopeo rememorando sus antiguas escapadas al quilombo. Conjeturas. No sabía aún que el muchacho había salido con el propósito de torcer la suerte a su favor, aunque barruntaba que se estaría despidiendo de una adolescencia que ya le iba quedando estrecha.

Cuando Chopeo vio el cuerpo diminuto subiendo y bajando sobre el animal en pelo, le pareció que el horizonte se empequeñecía para darle paso a aquella su nueva y exultante virilidad. El chico venía de jugar a la baraja con los arrieros de turno, y ya se sabe que las partidas de truco, cuando son a muerte, hacen casi tan hombre a los muchachos como una hora con las putas.

Componenda y conciliábulos resumieron los días anteriores a la decisión. Chopeo aceptó finalmente la oferta del chico con orgullo paternal y gestos de desquite, riéndose por anticipado de la cara que pondría el Comandante al distinguir su estampa sobre aquel montado reluciente.

Le costó creer que un modesto propietario, que por añadidura gozaba de la mujer que él siempre había querido, se le pusiera de contrario en las carreras cuadreras que cerraban   —134→   la marcación de su propia hacienda, pero aceptó el desafío con ademán sobrador.

El caballo contra cincuenta patacones: ese fue el trato. Demasiado bueno era el negocio, considerando que la plata y el ganado le sobraban a cacharratas, sin contar con que el colono sólo montaba una mulita de mediano andar. Dispersos los apostadores la suerte tenía la palabra.

Apenas se hizo el llamado, apareció el alazán, espléndido como un atardecer, caracoleando entre los curiosos con elegancia, saludando de izquierda a derecha con la cabeza ceñida por las riendas llenas de argollas de plata, el freno castañeteando entre los dientes por la excitación. Venía montado por un muchachito flaco, que respondió con un pestañeo al lacónico no me vayas a fallar de su protector.

Las piernas ya encogidas contra los flancos de Picaflor, Teo desbarató la sonrisa del militar, quien no había calculado que el jinete del parejero pudiera ser otro. A la sorpresa del oponente, siguió el silencio de la gente y, más tarde, los envites, los altercados, el picor del riesgo. Decidir entre la ganancia segura y la ilusión de derrotar al hombre que les había vencido en el justa de la vida, no fue fácil para la multitud. Chopeo les dejó discutir, debatiéndose él también en la incertidumbre. Si se pudiera evitar lo que el temor le soplaba. Porque si había algo que no quería era que Teodoro perdiera aquella cabalgadura obtenida limpiamente, dándole oportunidad al Comandante de festejar su temeridad ante todo el pueblo.

A un disparo de pistola arrancaron los dos. Teodoro, desprovisto de la camisa a último momento, con el talismán saltándole sobre el esternón, y unas espuelitas que picaban al mirarlas, ajustadas con guascas frescas a los pies descalzos. El militar, chusco por de más dentro de su atuendo nuevo, derramando su orgullo de corredor avezado.

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El tiempo de la espera es un trozo de eternidad que no transcurre mientras se suelta el aliento, el canto de dos abismos contrapuestos.

Chopeo miraba las ancas rezagadas de Picaflor, sus crines alejándose como una bruma enrojecida que lo envolvía de inquietantes presagios. Cerró los ojos para no ver la gritaría de los mirones; para escuchar sin ser visto a los apostadores, alentando o callando según sus posturas; para sentir con más fuerza el pip pip piiip de Teo, que le había ganado la delantera por medio cuerpo, con la fusta enhiesta, aleteando al costado de las orejas, como si le susurrara cosas lindas mientras le sacaba la lengua a los incrédulos.

Cuando su amigo desmontó ya estaba Chopeo con la risa abierta recibiendo el abrazo de la concurrencia, los hurras de los arrieros que los levantaban en andas a los dos, porque habían apostado a la esperanza de humillar al poder, aunque más no fuese en una cancha de carreras cuadreras.



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Durante los días que siguieron al regreso del yerbal, pero mucho antes de la alegría de haber abochornado al Comandante, se sucedían los cuidados de Paulina consolándole las heridas con un trapito embebido en agua de candorosa, las tisanas para atajarle los chuchos del atardecer, el rebozo sobre los hombros y las palabras dulces. Mientras le sacaba los piques que le colgaban por racimos en la punta de los dedos, se empozaba el mutismo. Poca cosa es el pasado cuando no se puede remediar; más tarde nomás le contaría a según se mostrara su talante, pensaba Paulina. Por ahora callar se le antojaba lo más piadoso, para ella y para él. Porque ¿quién iba a ponderarle su coraje frente al indio que la penetró? Mejor dejarlo así, para más tarde. El ultraje era cosa suya, noche cerrada.

Los ojos de ambos rodaban por aquí, se escapaban por allá, sin toparse. De todas formas al fin se lo contó, tratando de no aumentarle con pormenores la culpa de haberlas dejado solas. Lejana e imperturbable, se lo dijo, como si le hubiera sucedido a otra persona; a alguien que no tuviese nada que ver con ella o con sus sentimientos. Bien sabía que ahora cualquier protesta era lluvia preterida. Lo mejor era hacerle frente a la realidad, permitiendo que la aceptación se acomodase cuanto antes en su vida. Porque cuando no hay nada que hacer, ya no hay nada que hacer, y el silencio se vuelve lo menos perverso.

Finalmente supo las circunstancias de aquel día por los tendejones vecinos.

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-La gente es mala o le gusta hablar -se justificaba ella, sabiendo que la talla es el peor agravio que se le puede imponer a un hombre, sobre todo si hay motivo.

La época de marcación, cuando se reclutaba el peonaje entre los vecinos estables y los foráneos, era la más humillante. Entonces Chopeo regresaba ebrio, maltrecho de pialar terneros, y entristecido porque todo el mundo sabía que un salvaje se había derramado adentro de su mujer.

-Eh, Chopeo, linda tu criatura -le aguijoneaba algún compueblano que se había quedado fuera de la repartición. Poca cosa era en realidad el pobrecito, puro hueso y barriga, enigmático y sin nombre. Aquellas chanzas eran tan venenosas como las tarántulas en el jergón del beneficio, o los celos irremediables.

Si se pudiera desvivir los momentos que duran para siempre retornando a la inocencia, Chopeo hubiera salido corriendo para allá; porque no podía tolerar la carita plana del indiecito cuando le tendía la guampa, suplicándole con los ojos una mínima solidaridad, que fue creciendo inadvertidamente en contraste con el desapego de la madre.

Chopeo casi no hablaba desde su vuelta, salvo cuando el chico se le acercaba, mientras tusaba las crines de la mula, explicándole que un caballo es para un hombre mucho más que una mujer, y que alguna vez iba a cambiar aquella montura por una de verdad. Si se encontraban juntos, sonreía. Pero cuando caían las sombras, cuando el chico no podía escucharlo, comenzaba a temblar, como si tuviera el mal de zambito hasta que Paulina lo rescataba con una sacudida.

-Minero guapo, color ceniza se te quedó la cara peón de ley, te me fuiste hermano, puteando contra las hormigas, atado a un takurú te dejó el capataz, perro, casi casi muerto te mantuvo, carroña sobre el malezal para los buitres.

Cuando el monólogo se volvía ininteligible Paulina le gritaba que se callara, que aquellos hombres ya se habían muerto   —139→   para siempre, entonces él se refregaba los ojos, dudando si se encontraba en el yerbal o entrampado nuevamente por una pesadilla. A la mañana siguiente, recobrado el juicio, volvía a contarle al niño pasajes de su infancia, de cuando quería ir a guerrear, porque los mayores le decían hay que ser sufrido, mi hijo, para ser feliz en la vida.

La complicidad se gesta corrientemente al amparo del desamparo. En esa vulnerabilidad que lo enternecía y en la resignación con que el inocente aguantaba la saña de la madre, Chopeo volvió a reencontrarse, aceptando la alegría de tenerlo cerca.



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Enterado de lo acaecido, sospechando como cierto lo que otros dejaban entrever como posible, entre rabioso y dudando sobre el comportamiento de Paulina, facón al cinto, más el odio renegrido en la funda del corazón, Chopeo bajó a la fonda, resuelto a desgraciarse si fuera necesario. Aquel día, para bien o para mal, se acabaría la ponzoña de la traición, la mordedura de la ausencia, el riesgo de que su compañera, seducida al fin, aflojara las piernas. Él no iba a permitir, por más Jefe Político que fuese, que le anduvieran rondando la mujer en su mismísima propiedad. ¿Acaso fue para eso que consiguió la Merced Real? ¿Ese papel que atestiguaba por él, haciéndole sentir alguien en este mundo? Demasiado bien sabía la gente que cuando juntara el dinero terminaría de pagar el saldo que le faltaba, y la tierra sería suya suya, como su mujer, que suya había de morir, a no ser que quisiera que él mismo la matara.

Centrella conocía palmo a palmo los vericuetos del regreso, como él el galanteo jactancioso del oficial. Buen porte sobre su alazán requemado, malacara estrella, lindas las ancas, empuñadura de plata y nácar el cuchillo grandegrande en el talabarte, espuelas mordiendo los ojos al relumbre del sol. Y feas intenciones, a todas luces; porque cuando lo sorprendía por su casa, recogía la sonrisa, el infeliz, y con aire severo le comunicaba que andaba de recorrida, controlando si los labriegos plantaban el número de liños asignados de acuerdo a la medida de sus lotes, como mandaba la ley.

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-Porque en mi jurisdicción nadie haraganea, usted sabe -¿quién le iba a creer semejante patraña, con el brillo zorro que se le escapaba de los ojos?

-Pase nomás, pase, pase -se amilanaba el pobre.

¿Que otra cosa le podía decir si ya estaba pasando? De la raya es que no quería Chopeo que se pasara.

-Es obligación de todo propietario sembrar asegún lo acordado en las Ordenanzas del Gobernador. No vaya a faltar qué comer por estos lados, y después anden llorando miserias como los vagos sin tierra, que importunan con sus necesidades a la autoridad.

Santo remedio. Cuando el Comandante le recordaba la contrapartida de la posesión, se le disolvía la rabia y, ensayando una sonrisa más oronda que obsecuente, le convidaba un mate, asegurándole que naturalmente había plantado los liños requeridos, tal como correspondía a todo buen vecino. Pero cuando lo veía alejarse troteando como si la cola del montado se le riera en la cara, se envalentonaba de nuevo porque se notaba a la legua que el hombre se estaba burlando de él.

-Nunca le hice faltar nada a Paulina, para que sepa, ni tiene por qué arrastrarle el ala a mi mujer con el pretexto de controlar un carajo -maldecía a medida que menguaba la cabalgadura por la cuesta del sendero.

Cierto. Nunca había faltado la comida en su mesa, a no ser que estuviera trabajando en obras públicas, o sirviendo en los piquetes de la frontera, o conchabado en las estancias. Aunque tal vez sí, a veces sí había faltado. Como cuando el yerbal le comió tres años de vida con el engaño del anticipo. Ni fomentos del gobierno había conseguido su mujer para subsistir hasta su regreso. Ahora entendía que un campesino como él nunca conocería el placer de tener plata junta, para mirarla con cariño y escupirle un poquito, a ver si se hallaba en su   —143→   bolsillo. Mensualero endeudado, atacador zonzo, miserable minero, eso fuiste. Ni nunca para volver.

Ahora que estaba de vuelta, ahora que por fin había dormido nuevamente sobre su almohada, le sacaban de quicio las murmuraciones. Que así luego pasa cuando el hombre se va; que su mujer le había puesto al Comandante como su sombrero; que se había acostado con ella después de procurarla en su ausencia. La duda se le metió como una cuña en la entretela del sueño, y aunque ella le rejuraba que no le dio nada, que ni caricias ni besos le dio, había que ver.

-¿Acaso soy una puta para que me goce todo el mundo? -se defendía Paulina, repitiendo que no sabía por qué se hablaba así de injusto por ella. Para evitar el peligro de creerle, la dejaba llorando, volviendo al amanecer con unas trancas que daban miedo. Juerga y olvido son sinónimos en el diccionario de los desheredados que llevan un dardo en el corazón.

La incertidumbre es un roedor implacable que nos curuvica el reposo y nos remueve el fabulario. Ahora que le había dejado la cara marcada otra vez, viendo cómo se desentornaban aquellos ojos tan grandes, le renació la esperanza de que no fuera cierto. Ahora debía enfrentar al desgraciado y enterarse de una buena vez si la tumbó mientras él estuvo afuera.

Cuando Chopeo se arrimó al mostrador con aquel aire desencajado, Leocadio le estiró una medida de ron, observando cómo se la despachaba hasta ver a Cristo. Y en el preciso instante en que la puerta resonó contra la pared, dando paso a las zancadas del Comandante, supo que debía poner un vasito de caña en la repisa de San Onofre, para que esos dos no se fueran a matar.

Tan pronto como el recién llegado ocupó la mesada con brazo militar, volcando el vaso servido, el aire empezó a quedarse quieto, dejando a conocidos y arribeños colgados de la expectativa.

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-Pare usted de acercarse a lo que es mío -le espetó con una voz que parecía de otro- y no me ronde la mujer porque es decente. -No bien pronunciadas, las palabras se pusieron a temblar.

-Mire bien lo que está haciendo. ¿Cómo se atreve? ¿No sabe quién soy yo, o acaso no echa de ver con quién está tratando?, vagabundo de mierda -chicoteó el vozarrón.

El rencor todavía vivo desheló el miedo recomponiendo la bravura de Chopeo que sin replicar sacó un puñal frente a la carcajada sobradora.

-Epa, epa. Que agrandado está el señor. Cualquiera diría que volvió con plata de los beneficios. En cuanto a su mujer, quédese con ella, que yo no la quiero. Caña blanca para todos, que aquí nadie se desgracia por una pollera.

Leocadio obedeció. Los demás recobraron su forma. A Chopeo el coraje se le fue aplacando, mermando, hasta que, lento, mínimo, discreto, quedó insertado en la vaina junto con el acero. La sospecha se desinfló mientras los parroquianos se pusieron a carcajear. Disimulando la satisfacción que tal reconocimiento público le produjo, sopesó las miradas con pretendida indiferencia, no fueran a creer que daba por sentado el entrevero de su esposa con ese tipo. Tragó como pudo las dos rondas de la invitación aquella y, sin más despedida que un ademán, se diluyó en la noche.

Leste po'i, viento delgadito, desde el lado mismo del despertar del sol. El viento le congelaba la nuca con su lengua helada, en tanto las estrellas gordas lo abastecían de cielo, de un cielo claroazul y compañero que se desplegaba ciñéndolo como el abrazo de un dios. Leste po'i, viento delgadito, recorriéndole la espalda desde el cogote a los pies; filtrándose por los costados de la boca -pura sonrisa- hasta las encías romas; aumentándole el regusto de aquella alegría inesperada.

Leste po'i, leste delgadito, con su filo de hielo seco y su sabor de invierno, silbándole en las orejas una antigua canción.



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No había terminado la noche de sacarse las últimas estrellas cuando Chopeo les escuchó. Las caballerías trotando a contrapenumbra; ancho y áspero el tono del Jefe de Urbanos preguntando por él: los subalternos, desmigajándose en derredor del rancho. Paulina sintió erguirse de sopetón la cabeza de su marido desde la tibieza de su axila: las crenchas lisas sobre los ojos, y ese aire de no entender nada que le ponía la cara tonta cuando se despertaba.

-Hay que viene -susurró.

Tanteando la negrura Chopeo salió al alba recién lavada y se enteró del suceder. Lo buscaban.

Los conocía a los tres. Juntos habían guardado los esterales por donde penetraban los indios en la estación del frío; juntos anduvieron desbrozando picadas y cerrando zanjas en el Camino Real; juntos se embriagaron una semana completa a la vuelta de los yerbales, de donde trajeron tantas cosas. De los insectos, la picazón; de las víboras, el miedo; de los abusos, la astucia; de la noche, el impasible resplandor del lucero. ¿Y del tiempo? La seguridad de que no acaba nunca. ¿Y de los hombres? El ardor fraterno de la caña.

Ahora aquellos socios estaban frente a él, agrandados por la prepotencia de la Justicia, mientras él escuchaba la orden de detención sin decir nada. Sonrió ante aquella seriedad desconocida que se les había adentrado en la cara, deseando que le hablaran con el tono conocido de la farra o del puteo.

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Que le soltaran su marcante de una vez, desmintiendo con una risa franca aquella escarcha que se había interpuesto entre ellos. Que se amistaran como antes. Esperó. Los miró suplicante. Se le adelgazó su aliento. Pero se quedaron parapetados dentro de su cometido como si no lo conocieran.

El mandato era llevarlo engrillado a trabajar en obras públicas, previa aplicación de cincuenta azotes. Motivo: sacar arma blanca contra el representante del Gobernador. A Chopeo se le empobrecieron los ojos con las imágenes de aquel lunes del encontronazo en que volvió feliz: el ruedo de vecinos jugando a los naipes, los foráneos trateando el precio de la yerba al romaneo hasta sacar ventajas de las desventajas de los changadores, el mostrador ennegrecido por las moscas donde clareó la sonrisa forzada del pulpero mientras le tendía la raya. La entrada del rival. Los agravios fritándose en la paila del rencor. Y luego, la gloria de animarse a decir lo que pensaba, el gesto del interpelado cuando reculó, porque se dio cuenta de que la cosa iba en serio y que él estaba dispuesto a matarlo. No quiso creer en la forma desprevenida con que omitió evaluar las consecuencias.

Cuando entendió que sus camaradas lo llevarían de todos modos, prefirió que Paulina no lo supiese, ni le viera alejarse desde el vano de la puerta, menoscabado por la cadena vil. Con una voz del todo impersonal, Chopeo les pidió que no le pusieran las prisiones, permitiéndole caminar libremente hasta tramontar el chircal, dejando atrás el paraíso gigante que se erguía con su jolgorio de pájaros a lo lejos. Así, simulando que lo requisaban para una minga cualquiera, partió entre el piafar de los caballos y el bochorno del apresamiento, los hombros gachos, la cara trastornada por el adiós.

-Me voy para volver -le dijo pensando qué contrario formal había resultado el Comandante. Chopeo supo desde entonces, o tal vez desde antes de nacer, que el poder se prende   —147→   a la respiración de los oprimidos como una cascabel, para estrujarlos y asfixiarlos y después de morder dejarlos sueltos con la ponzoña encima.

Lo encerraron en un cuchitril que servía de casa de arresto. La casa del olvido merecía llamarse, porque además de los barrotes que impedían la huida lo encarcelaba la indiferencia; como si el guarda-cárcel y el Juez no tuvieran el menor interés en aplicarle el castigo, o el castigo fuera también tener conciencia de que afuera el tiempo transcurría para todos, salvo para él. Permaneció meses en esa celda abominable. Cuando por fin lo sacaron de allí fue para asestarle a la luz del sol los cincuenta latigazos que sosegaron el genio agraviado del Comandante.



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Sé lo que va a suceder, sé lo que se avecina. Es cuestión de esperar. Un rato de vagabundeo por la recova tratando de que las marchantes le tiren algo de comer, otro poco ladrando para entretenerse, y ya vendrá. Se huele en la impaciencia general, en el coraje agrandado de los mirones, en el gusto que le da a cada cual comprobar que el reo no es uno, sino otro. Ahora que lo conducen desde el fondo de la Comandancia al medio de la plazoleta, sé que apretará los párpados para que las imágenes amontonadas por el encierro no lo mareen frente a la rabiosa claridad. Caminará basculando por el peso de los hierros con las manos atrás; los ojos desatinados recorriendo el círculo expectante en busca de un rostro amigo, alguna señal de simpatía. Antes que lo amarren al poste, se detendrá frente a mí sin verme. Todos lo hacen. El corazón se me encoge de humillación y los huesos se me llenan de miedo. Sé que el arreador me dolerá en los oídos, como los petardos durante las fiestas de San Blas. Cada vez que el soldado lo azote, tendré la tentación de salir corriendo, pero me quedaré cerca para acompañarle porque siempre fue bueno conmigo. Desde que me arrimé a su rancho, su mujer se acostumbró a darme un zoquete pelado antes de pasarle la ceniza a los platos sucios del puchero. Por eso me quedé. Cuando no tenían qué comer, y yo tampoco, ella me acariciaba el lomo mirándome a los ojos como si me pidiera disculpas. La cola se me enloquecía entonces con unos vaivenes dichosos que yo no podía atajar, y terminaba   —150→   lamiéndole la cara. ¿Qué otra cosa podía darle sino las caricias de mi lengua?

Detesto los chasquidos del cuero, más aún cuando caen sobre la espalda de mi dueño, y se transforman en unos gritos que me trituran los tímpanos. Aborrezco a los vigilantes porque me clavan las ancas con sus armas si ando cerca. Cuando quieren jugar, sin embargo, me llaman: Yacaré, Yacaré, tirándome un palo a la distancia para hacerme creer que es un hueso. Yo no aprendo nunca y les vuelvo a creer. Sólo al llegar al sitio donde cayó la rama me doy cuenta de que me engañaron de nuevo, y veo que se ríen de mí. La autoridad siempre se ríe de los ingenuos, y éstos de sí mismos para que la burla no les duela tanto.

-Para qué mandamos si no vamos a hacer lo que queremos -alardeaban mostrando el pistolón. Su mujer no es como ellos. Si no tiene restos de comida, me da unas palmaditas arriba del hocico atajándome la desilusión. Hoy no hay, Yacaré, paciencia, me dice. Bien se ve por el tono de la voz que no tiene nada para darme. Me retiro con hambre, pero contento porque sé que cuando le sobre algo lo compartirá conmigo.

Finiquitado el suplicio, el preso se desploma, ladeándose hacia un costado del poste, las rodillas dobladas y el lomo cuarteado. Yo sé que mis ojos comenzarán a llorar al menor descuido, porque no puedo verlo así. Sé también que mañana, cuando se lo lleven a levantar palizadas donde haga falta, me iré con él. Le lameré las heridas, comeré de su plato y espantaré de su sueño los moscardones verdes.

La luna se ha desvelado envuelta en velos de sangre, cubriendo con su destello la sombra del condenado, los avatares de la humanidad que subsiste, el perfil bifronte del mundo con sus caras inmersas en el sueño y la vigilia.

Un murmullo se desliza desde lo alto impregnando la intemperie. La muchedumbre se dispersa indiferente. Tirado sobre un montón de paja, Chopeo se queja entredormido.



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Desde este silencio sideral donde estoy veo un perro que merodea con el rabo avergonzado y las orejas flojas. Se demora frente al cuerpo con la mente limpia como si acabara de nacer. El suplicio del prisionero ya no pertenece a su presente; sólo la imagen vencida lo acobarda. Ni ladra ni tuerce el cuello para mirar atrás. La muchedumbre no es más que indiferencia que se dispersa. A su espalda un remedo de hombre se entrega al deleite de un dolor que sólo puede decrecer. Los ojos de los explotados miran a través de los siglos las vejaciones de la ignominia. Con otro rostro y otra voz vuelven siempre a la misma encrucijada. Sólo el látigo es idéntico en todos lados a lo largo del tiempo.

Un murmullo se desliza desde lo alto impregnando la intemperie de consuelo. Es la nodriza de la tierra que los acompaña velando aciertos y errores. Desde su enclave estelar sabe que las delaciones empalagarán la oreja de dictadores impúdicos; que caminarán con sigilo y traicionarán sin pudor. Amojonarán las rutas de la huida con cruces anónimas y cráneos abrillantándose al sol. Sobre un páramo en disputa se morirán de sed dejando, el esqueleto en las matas espinosas de un cañadón desértico; se destrozarán en guerras fratricidas; encenderán hogueras con los cuerpos de los adversarios que subirán al cielo humeando gritos de horror. Se reventarán los ojos y soportarán el exilio; con dádivas perversas se embadurnarán de obsecuencia; el resplandor   —152→   alternará en su frente con las sombras, y seguirán buscando la tierra sin mal.

Tirado sobre un montón de paja, Chopeo se gime adormilado, escuchando el monólogo de algún testigo invisible.



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El tiempo da vueltas sobre sí mismo reiterando el ciclo de las estaciones en tanto Paulina semblantea el paisaje. En cierta forma se le parecía al otro: la paja amarilleando en torno a los manchones retintos, el cielo apesadumbrado de humareda; ningún pájaro en el aire, fiero el chicote del aire en la cara. Recuerda aquella siesta cuando se escabulleron sin que nadie los viera, deslizándose entre los matorrales que gemían por la seca: las risas amortiguadas en el adentro del montecito. Como ahora, había perdido la cuenta de los días sin llover. Nadie recordaba el olor del último aguacero. Tampoco Chopeo podía seguirla por las picadas polvorientas, ni acomodarla debajo del paraíso gigante, ni quemarle el vientre con sus labios, como entonces. Igual que antes, la campiña parecía muerta como si un trapiche la hubiera convertido en bagazo. En el mientras tanto él sumaba tres meses de detención, esperando que su mujer pagara el derecho de carcelaje para salir en libertad.

Paulina miraba la luna colorada con la certidumbre de que no podía inventar el dinero del rescate, pero decidió aguantar firme hasta que viniera el agua. Alguna vez tenían que descargarse los nubarrones; como antaño, cuando la sequía no fue para ellos sino el preludio donde se consumó el deseo.

La fronda renació de repente. Como desprendida de la pasión, la lluvia germinó los cuerpos y los surcos resecos. Paulina no pudo creer que la campiña estallara de verdor al día siguiente de la entrega.

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Ahora, mientras la brisa peinaba los mechones del crepúsculo y, más cerca, las quemazones espontáneas, Paulina sintió nuevamente la mano del hombre rodeando sus senos; las espinillas domadas bajo el peso de los cuerpos; la arandela del beso sobre la piel. Y más tarde, el empuje reiterado, el desborde total, la gloria momentánea del encuentro.

Casi al instante, como si la naturaleza se correspondiera con el acto genésico, unos goterones comenzaron a caer, confirmando la creencia de que cuando dos amantes se acuestan en la tierra el cielo vuelca sus cántaros sobre los campos.

-Ahora todo el mundo va a poner por mí que dormiste conmigo.

-Sí, ahora ya sabemos cómo acabar con la seca -le anunció él con una sonrisa de satisfacción, seguro de que el deseo cumplido atraía la lluvia.

Ahora Paulina repasaba aquella escena como recomponiendo un espejismo, porque sabía que él no acudiría para llevarla a la espesura.



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Cuando observo la planicie desde esta cerrazón me empieza el deseo de desatarme sobre los sembrados que amarillean por mi ausencia. Hace meses que me resisto a caer, pero no sé por qué. Algo me detiene, sin embargo, dentro de esta pesada oscuridad. Una fuerza que me impide ser generosa con los pájaros que migraron hacia regiones más benévolas; con los hombres y sus mujeres, quienes dejaron de esperar la fructificación de las flores marchitas. Desde aquí arriba se puede contemplar los confines del cielo, los mundos que albergan humanidades trashumantes, los astros recusados por el agua, donde sólo respiran las piedras. Yo sé que los surcos no se llenan y las bocas imploran mi presencia. El parto de las nubes es inminente, pero me resisto aún, dando tumbos en el firmamento.

Allá abajo, los montes agotaron su frescor mientras, al amparo de un árbol centenario, una pareja oficia el rito de la entrega. A medida que se enlazan, va aumentando en mí la urgencia de partir hacia las grietas que me aguardan; hacia los pastos que declinan por mi reticencia. Siento el oleaje de los cuerpos sobre el colchón de la fronda, aumentando mis ansias de soltarme, como se liberan los deseos largamente contenidos. Comienza a retumbar mi corazón, despidiendo fogonazos de impaciencia. El abrazo de los amantes acrecienta la sed de la campiña, y en el mismo momento en que estalla el placer me deshago también en aguaceros.

La tierra calma su avidez, yo voy muriendo.



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Paraje de Naranjaty, Rincón de Luna. Pregonada la alerta general la zona se quedó sin hombres. Una salva de fusiles fue la consigna. Los comarcanos acudieron de inmediato en defensa de los pasajes vulnerables por donde se filtraba la indiada, disputándoles el ganado caballar en los distritos apartados a la vista indolente de la tarde. En salvaguarda de las estancias que los infieles asolaban desde la época de los repartimientos, los varones partieron desabrigando sus modestas propiedades, con la misión de proteger aquellas cuyos linderos rebasaban el horizonte.

Por informantes que pasaron a comerciar con los portugueses se supo que se avecinaba una represalia portentosa. Resentidos por la persecución de los criollos, desalojados de un territorio que se movía cada vez más al norte con las fogatas a cuestas, los mbayaes preparaban una arremetida general, apeligrando la colonización entera. El odio había ramificado las raíces de la venganza hasta una hondura imprevisible, de tal forma que la intimidación hinchaba las arengas de los hechiceros.

Desde el alba, los aprestos comenzaron a resonar de monte a monte. Extinguidas las rítmicas advertencias de las sonajas, estallaron las gargantas. El avance llenó de suspenso la mañana. Cada vez más cerca del otro lado del Apa; cada vez más cerca en esta ribera del río; cada vez más cerca sobre las casuchas de los villorrios, se escuchaban los cascos de los caballos robados en antiguas tropelías, la respiración guerrera, el clamoreo del   —158→   rencor. Y lejos, en las tolderías paupérrimas, las guardianas del fuego con sus niños tristes confinados a la espera, musitaban una oración.

La indiada se esparció de inmediato a lo ancholargo de la comarca, arrasando los caseríos, que navegaban como islotes en su propia soledad. Ante la proximidad del ataque, la mujerada desatendió sus poblamientos con el coraje empequeñecido, volcándose sobre el valle: los bultos sobre la cabeza, los hijos a horcajadas y el miedo picándole los talones.

Desde la lejanía se precipitó una tropilla de caballos blancos teñidos de urucú, que parecían avanzar sin jinetes. Las crines, rojas como llamas desprendidas, enardecían el verdor de los pastos y el añil del firmamento. De pronto, cuando el tropel estaba a punto de alcanzar a la despavorida multitud, sobre los lomos brillantes se erguían los guerreros con las lanzas enhiestas, ostentando en las espaldas la emblemática estrella caduvea. Gritos y heridas se aunaron para recibir a la muerte, mientras el orgullo de los idólatras se resarcía de los despojos y la centenaria humillación.

Las fugitivas no pudieron avanzar. Apenas recorrida unas leguas, las milicias urbanas arremetieron a guachazos contra ellas, obligándolas a retornar a sus primitivos establecimientos. Un cuajarón de pánico, subiendo de la garganta al labio, del labio a la queja, de la queja al garrote, las impulsaba a volver. El propio Gobernador de la Provincia las mandaba a la ruina en el nombre de Su Majestad, fiel a la divisa incontestable de poblar. Ningún vecino abandonará su población a riesgo de perderla, mandaban las Ordenanzas Reales. Y así tenía que ser, aunque se tuviera que enfrentar a los salvajes con la horqueta utilizada para arar. Igual que las demás Paulina reculó hasta su tapera donde permanecería de pie, como los árboles.



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De pie como los árboles la encontrará la luna.

Una mancha perfuma los campos tapizando de rosa la sombra florida. Son los lapachos confundidos por los fríos tempraneros. El tiempo es un buril que cincela la vida; la vida que se calca a sí misma y se repite como si no fuera más que un gigantesco corazón que gime. El éxodo de las mujeres de Rincón de Luna es una ola que se desarma en un sitio para empezar en otro, volviendo a germinar con la persistencia de un estigma. ¿Hacia dónde van las mujeres cercadas de armas? ¿Son fantasmas desnudos o guiñapos aferrados a un cuerpo que respira? El avance es penoso, imposible el retroceso. Bajo aquellos harapos se palpa la voluntad de no dejarse vencer.

Una jauría de pobladoras se arrastra enlutada. Las amparan los bosques. Las apremia el terror. La ambición es una diagonal sobre los sembradíos mutilados. Peregrinan huyendo en busca de su propio destino. Deshabitada, la campaña balbucea. Las sombras esqueléticas se cobijan bajo toldos de cuero; se pierden por las maciegas en el rebusque de la supervivencia; hurgan en la maleza las frutas secas, las alimañas, la piedad del ocultamiento. La precariedad de la existencia suplica una protección sorda a los ruegos. Nadie las liberta de la vigilancia de los soldados que las fuerzan a volver.

Se llora, se reza, se camina hacia el norte. Hacia el norte retornan las mujeres, prendidas a las sobras de la naturaleza. Un reguero de cruces las precede. Sus casuchas vacías las   —160→   aguardan. El mujerío se empequeñece para volver a crecer, como si regresaran de antiguos exilios. Arriba, arriba. Nadie va a demorar la marcha. Obligadas a repoblar sus tierras, las mujeres de Rincón de Luna recomienzan un éxodo que no termina, en tanto se derrama desde el espacio el resplandor impotente del astro taciturno.

Necesita, Señor, de redención el Paraguay, había escrito el Gobernador Agustín Fernando de Pinedo, en su informe a Su Majestad el Rey de España, conociendo la pobreza de la Provincia y la opresión de los indios.



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Allende los confines donde se entreveraban las fronteras sin saber con certeza a qué Corona correspondían; allá donde los Oficiales Reales consiguieron tantas leguas como aliento le restara al montado después de hincarle las espuelas, pululaban los ojos llameantes, los pectorales floridos, los pómulos cubiertos de pinturas guerreras. No en balde pregonaban los chamanes que cuando Karakará hizo el reparto de los bienes terrenales adjudicó a los chanés la recolección del pindó y la servidumbre; a los carios la agricultura; la caza a los chaqueños; a los payaguaes el dominio de las corrientes, y a los mbayaes la facultad de rapiñar las sementeras de sus vecinos, arreando mujeres, animales y botín, como señores de estas tierras. No había mbayá que no se jactase de esta preferencia reverencial de los espíritus, ni jefe que dejase de arengar a su clan, reafirmando con orgullo la predilección de la divinidad.

En la atalaya del fortín, la vigilancia se estaba volviendo insoportable. Chopeo rememoraba el asedio de Arekutakuá. El vocerío de la soldadesca acribillado por los disparos de las espingardas, el silbido de las lanzas al rajar el aire polvoriento, más la estampida de las reses que amenazaban con llevarse la mujerada por delante. Y los quejidos subiendo y bajando tal cual las olas de un mar sin escrúpulos. Como testigo, el viento. Escondido en la hendidura de una tapia que escasamente alcanzaba a cubrir sus diez años, Chopeo esperó horas presenciando aquella matanza.

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Ahora, los minutos parecían días transcurriendo sobre un filo de inminencia. Cuando estaban creyendo que no sucedería nada, el vigía alertó sobre el avance de la turba. Dar aviso, acomodarse en los puestos, apuntar, apretar el percusor sintiendo el culatazo contra el hombro, voltear de un tiro los pechos sudorosos para dejarlos mordiendo la muerte, fue un entrevero simultáneo de desesperación y valentía. A Chopeo se le durmieron los brazos de tanto gatillar.

-Muera, pues, salvaje, robador de mujeres. -Cada jinete era el violador de su mujer, avanzando hacia la rabia púrpura de sus ojos, hasta que con ciega precisión les perforaba al tórax, donde se podía ver de inmediato un agujero por donde manaba el llanto de la muerte, como si fuera el sexo desflorado de Bernardita, o las magulladuras en el pubis de su mujer.

Munidos de armas por los lusitanos que se amistaron con ellos para usarlos en beneficio de sus ambiciones; la venganza hirviendo en el caldero de los agravios, los mbayaes, tan embravecidos como agónicos, derribaron la palizada, retrocediendo y volviendo a entrar para forzar la victoria. Dos horas después seguían cayendo, como si acabaran de iniciar el sitio, en un tiempo que se repetía o había dejado de transcurrir.

De pronto, la batalla se desatina, vacila entre uno y otro bando, se prolonga. El aire se unta de un olor a sangre. Se prodiga la muerte, arrecia la bravura. Desde una tronera Chopeo observa un torbellino inentendible de epítetos y audacia, que contrarrueda sobre el verde malva. Un pájaro triza el suspenso con una nota imprevista, y por un instante todo se vuelve irreal dentro de una campana de eternidad, hasta que el gorjeo cesa y la batahola recomienza. El minuto mágico se quiebra y no queda más alternativa que asumir la realidad, y seguir muriendo.

Después de la matanza a degüello o munición; después que los sobrevivientes se adentraron en la fragosidad del monte   —163→   y la persecución los arrancó del boscaje, la tropa consiguió empujarlos hasta el límite de la Villa. Casi sobre el ruedo de las primeras casas los alcanzó la dotación.

El aliento era un hilo tirante como una cincha; el tiempo un nudo corredizo. Unos cuantos guerreros se debatían aún, irreductibles, intentando zafarse del cerco, que ya era sentencia. Cuando finalmente los oficiales lograron domeñarlos, los fugitivos vieron de antemano que el suplicio se repetiría, y que la gran incursión había sido sólo un rodeo para llegar al mismo principio.

Inmovilizados con lianas contra los cocoteros espinosos que celaban la intemperie, los infieles observaron la preparación de la cancha con una entereza imperturbable. Los fletes piafaban; los moradores entre apavorados y anhelosos, se anticipaban a esa mezcla de horror y de placer que causa la desgracia ajena, cuando también se es desgraciado.

La tropa se acercó a los sesenta prisioneros, que sorbían la derrota sin rastros de sometimiento. Por turno y sin apuro, les sujetaron las manos y los pies a cuatro caballos cincheros que, al sentir las espuelas, disparaban en direcciones opuestas, descuartizando los cuerpos amarrados en cruz.

La noche se desplomó de repente como una catarata de sombra. Desde los miembros esparcidos que empapaban la arena y el silencio, se levantó un canto largo y quejumbroso impregnando la atmósfera de una lobreguez insoportable. Un sabor de abatimiento avanzó al poco rato como una araña, fecundando los rastros de esa carnicería con sus huevos de sangre.



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Cuando los vecinos acaudalados de la Provincia echaron de ver que el comercio de la yerba rendía pingües ganancias, se produjo una avalancha general hacia las zonas lindantes con los beneficios y la tierra empezó a escasear. Los nuevos terratenientes iban cayendo como abejas sobre una colmena, acaparando extensiones enteras sin intención de laborarlas ni mantener casa abierta. Por una cuerda cuadrada se llegaba a los estrados judiciales, por una peonía se sacaba el facón. No faltó un hacendado que prefirió donar una legua en contorno, para ser repartida entre los desheredados, de los muchos que seguían deambulado por la región, antes que litigar con a un poderoso contrincante.

Aunque los funcionarios reales negaran tal insuficiencia y continuaran con la costumbre de prometer terrenos cada vez más lejanos, mintiendo sobre su excelencia, a fin de levantar un antemural efectivo contra las pretensiones portuguesas a costa de la seguridad de los incautos. Aunque los lotes que rebasaban la frontera se ofrecieran en enfiteusis, sabiendo que la permanencia en ellos era imposible, siempre había desarrapados dispuestos a ir para no volver. El gentío se aglomeró en derredor de la antigua Villa, en los valles ponderados por sus pastos, cerca de las capillejas de alguna proporción, y sobre todo en los predios que cohabitaban con la muerte, donde los indios trapicheaban menudencias por los frutos del chacareo en espera de agredirlos sin piedad.

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La piola se suelta siempre por el lado más fino. ¿Y por cuál otro se iba a soltar si no era por el de los desheredados? Para el común la existencia oscila siempre entre la fuerza del sino y el conformismo, entre la adversidad y la risa ante la propia tragedia, como si el único antídoto contra la congoja fuese restarle importancia despreocupadamente.

Cuando las familias se fueron agrandado y los hijos de los primeros habitantes pusieron casa aparte, las chacras, cada vez más pequeñas, se volvieron insuficientes para tantas bocas. Los foráneos, que llegaban sin cesar, se rebuscaban arrimándose a las propiedades que ni los mismos dueños podían recorrer en un día de tan anchas. Para muchos la rutina era un péndulo entre la permanencia ilegal o el desalojo, entre la subsistencia miserable o el hambre.

Esto sucedió siglos antes que los campesinos sin techo se congregaran frente a la Catedral de Asunción, exigiendo una parcela después de derrocamiento del dictador, y uno de ellos se crucificara frente al Congreso; pero después del fracaso de la última cosecha de Chopeo. Y volverá a suceder mientras la tierra le siga quedando chica a cuanto pobre le falte donde levantarse vivo.

Fue durante el patrullaje de la Rinconada del Arrecife, en aquel período en que el Comandante y su hueste se ausentaron más de lo previsto, cuando se produjo la ocupación. Los indios de la encomienda de la Estancia del Rey, sin una voz que los alineara a favor del desinterés de Su Majestad, se dejaron seducir por la indolencia, permitiendo que cuarenta familias pordioseras se mudaran a sus predios.

Como brotados de la niebla, una mañana apareció la pila de trastos debajo de varios cueros que atajaban la virazón. Horcones transitorios, algún carro destartalado, montoncitos de leña y ninguna provista, resumían la apropiación clandestina.

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Exaltado por esta oportunidad inesperada, Chopeo no paraba de caminar de la cocina al patio, del cántaro al fogón, argumentando más con los brazos que con la lengua.

-Tierra linda hay en la Estancia del Rey. Tierra fértil que nadie ocupa y se muere por ser usada; no ingrata como ésta, que ya está cansada. Yo me voy a cambiar, Paulina.

-Estás loco, Chopeo. ¿Acaso podemos desamparar nuestra propiedad? ¿No te acordás cómo nos arrearon cuando abandonamos la zona?

-Al comienzo te vas a quedar, para que no nos saquen nuestro derecho. Yo nomás voy a entrar, Paulina, pero muy pronto te vas a mudar conmigo y vamos a progresar los dos juntos. No te vas a arrepentir.

-Estás loco otra vez.

-Ponés por mí que estoy loco, pero no es cierto. Yo sé lo que nos conviene. Tengo más juicio que cuando vinimos corriendo del recaudador. Esas leguas se quedaron baldías, Paulina, justo para apropiarnos de ellas. Están realengas, dicen.

-¿Y eso qué quiere decir?

-Que no hay nadie que las trabaje ni meta allí su ganado. No son de nadie, y yo me puedo adueñar porque están de balde, entendés. Para que entren los pobres nomás están. Nadie me puede perjudicar por eso, Paulina.

-No te quiero creer. Demasiado veces me engañaste con tu tilinguería.

-Despacito y por la sombra todo el mundo llega siempre a alguna parte. Cuando tenga lista mi sementera voy a venir a buscarte, y vas a ser la flor más linda entre todas. Ya vas a ver cómo crecen las matas por esos lados, Paulina. No como aquí que en vez de jugo le sale sal a la fruta. Entonces voy a poder vender para comprarme unas espuelitas brillantes para mi pie.

-Nos vamos a quedar sin nada. Esas tierras son del Rey.

-Esas tierras son del primero que las agarre. Nadie puede   —168→   atajarme, Paulina, y mucho menos una mujer. La gente ya está entrando y dice que se va quedar. Ocupación permanente va ser, Paulina. Ni la guardia del Gobernador nos va echar. Agua, montes, pastos, todo tiene, Paulina, para ser feliz.

Ella intentó disuadirlo, pero él salió gritando que no le discutiera más, porque era el hombre y ella tenía que obedecer.

-Acaso sos mi contrario para decirme que no voy a conseguir la tierra.

Sin fuerzas para enfrentar una nueva disputa, Paulina lo dejó partir. Que hiciera lo que le viniera en ganas. Ella se quedaría al pie de su tapera, con el excremento del mbayá como única compañía. El pequeño observó la ida de ese hombre por el callejón, sin comprender por qué no se largaba él también a vagabundear por las afueras, libre de ataduras y rencores.

Medio año le tomó a los ciento cincuenta milicianos del Comandante empujar las bandas de los avestruceros más allá de la jurisdicción de la Villa. Medio año para conseguir la paz, luego de una persecución que terminó con una matanza de cautivos a golpes de macanas y de sables. Medio año para que la expedición volviera diezmada a la saga de su jefe taciturno. Bien se notaba al mirarlo que se le habían acabado las energías. Pero en cuanto se enteró de que en los potreros de la Estancia del Rey humeaban las fogatas de los sintierras, aprontó sus hombres y enfiló para allá. Porque a él nadie se le iba a reír en la cara mientras calzara el poder.

Galope tendido, cántaros rotos, rebencazos, chillidos, llanto, el reviro por el suelo, bateas y morteros rodando, niños debajo del carro, insultos, súplicas, corridas de mujer con sus hijos en brazos, un viejo con la pierna quebrada durante el escape, los urbanos como hormigas gigantes diseminadas por las capueritas, antorchas lanzadas a los techos resecos, frutos partidos por la culata de los fusiles, un alboroto de pájaros sorprendidos, perros medrosos, relinchos, y otra vez llanto.

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Sólo Chopeo, inmune a las llamas y a las patadas de los milicianos, permanece en cuclillas sin dejar su parcela, como si defendiera un tesoro con todo su cuerpo, o fuera protegido por aquello que retenía entre los brazos. No se mueve, no se queja, no claudica. Aguanta firme el acero sobre el hombro, que se abre como una amapola chorreante. Entre las plantas rastreras se aferra al fruto maduro. Lo acaricia, le dice cosas como si fuera una doncella a punto de ser desposada. Recorre con los labios sus ranuras fraganciosas, la cáscara amarilla, acunando el producto de su cosecha, hasta que finalmente los urbanos lo arrastran a la cárcel, donde un aroma a verano se le desprende del pecho.



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Me gusta subir por esta cuesta, descendiendo después al hueco desde donde me llegan unos rumores parecidos a los que hace mi barriga cuando tengo hambre. Me demoro en un pozo que huele, pasándole la lengua por los bordes, a ver si encuentro algo que comer. Un perfume me llega desde arriba. Corro por una pendiente que se mueve y me escapo de los manotones que intentan espantarme. Ahora sé que es un hombre el que está sentado en el suelo con las piernas dobladas. En cuanto se descuide me volveré a trepar. La escasez me hizo más angurriento, menos selectivo. Ya no pretendo encontrar en los basurales los restos que prefiero. Me rebusco por donde sea. Me resbalo de los dedos de sus pies. Asciendo nuevamente. Me busca, pero yo me escabullo, más ágil que el puñetazo que casi me aplasta. Algo tiene en los brazos que le impide agarrarme, algo que puede apaciguar esta necesidad atroz que me devora. Veré qué es, montándome sobre su espalda. Para que no me sienta tengo que andar despacio. Pero ya sé que es inútil, porque mis patas sedosas le dan escalofríos y mis bigotes le hacen cosquillas cuando acerco el hocico tratando de roer aquello que aprisiona. Cuando llego a la nuca se da vuelta largando una trompada al aire. Pero no me ve, sólo me siente trajinando sobre su piel. Me prendo a la tela que lo cubre para que no me tire contra la pared de un movimiento brusco. No puede luchar conmigo a causa de eso que tiene entre los brazos. Sólo una mano se desprende de tanto en tanto palpando la penumbra.   —172→   Recorro su hombro, me detengo para que crea que me fui y me deje avanzar sin peligro. Bajo lentamente y me topo con una fragancia redonda e inmensa. Ahora sé que es un melón lo que sostiene contra el pecho. Subo y noto en mis patas la tersura resbaladiza de la cáscara. Temo caer, pero me sostengo con pericia. Sé que si me apresuro me desplomaré5 y tendré que volver a empezar. Despacio, sin que se percate, empiezo a mordisquear la carne olorosa. El jugo se desparrama sobre mi lengua, se me escapa por los costados de la boca, corre sobre los miembros de este hombre que solloza. No me gusta comer fruta, pero me aguanto, porque tengo una hambruna vieja que no me deja dormir. Hago un túnel en la pulpa, por el cual me introduzco al corazón de la fruta. Todo es oscuro aquí, húmedo y espeso. Me encuentro con las semillas y el zumo dulce. Ya no me entra un bocado, pero me quedaré adentro para comer hasta hartarme. Después me iré de nuevo a mordisquear las sobras por los chiqueros.

A la mañana siguiente Chopeo se despertó con los rayos del sol en plena cara. Una rata gorda de ojitos movedizos hurgaba todavía entre los restos del melón que aferraba aún con insistencia, pero él no lo notó.



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Poco después que el Gobernador Velazco fuera depuesto, constatada su eficacia para salir corriendo sin arriesgar el rabo en los combates de Cerro Porteño y Tacuary, y coincidiendo con la arrogancia que la conciencia del propio valor otorga en cualquier época a los oprimidos, pero antes que el fantasma del Dictador Perpetuo apareciera en el entrecejo de sus súbditos, los moradores de los baluartes norteños se dieron cuenta de que los pobres seguían siendo pobres, sin importar quien los mandara. Sólo Chopeo apostaba aún a la esperanza con ese candor que tienen los crédulos -siempre aficionados a las fábulas que la evidencia contradice.

Tal vez fuese ésa la razón, acaso el anhelo de vagabundeos heredado de los ancestros, quizás la sed de una mentida libertad; lo cierto era que nuevamente le trampeaba la ilusión. A esas alturas del coloniaje pensaba aún que se podía conseguir varias leguas por viento, según los méritos.

Concluida la proclama de la leva para la fundación de una colonia de pardos libres en el paraje de Tevegó, se presentó muy contento a la Comandancia. ¿Acaso creyó que era la oportunidad de acumular los tan mentados merecimientos que nadie le reconoció jamás, y las circunstancias se encargaron de desmerecer? ¿Confió que las prebendas rebasarían, por una vez siquiera, el círculo de los privilegiados? ¿O simplemente enloqueció? De todas formas ya le estaban picando de nuevo las espuelas de la errancia.

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Para Chopeo, incapaz de rastrear las variaciones de la política virreinal, el tiempo presentaba siempre la misma cara, como si los años no cargaran con el viraje de los acontecimientos. Pensaba, o necesitaba creer que por su participación en una entrada fuera de los límites imprecisos de la Provincia le darían alguna cuerda suplementaria de satisfacción.

Que lo mandara el Gobernador, o el Comandante -apuntando siempre a meter su prestigio debajo de las faldas de su mujer- o un jefe de varias cabezas como la Junta Superior Gubernativa, no le interesaba. El poder es siempre el poder y se nutre sólo de sí mismo. No importa quién imponga las leyes, lo mismo se debe obedecer. Ingenuo, entreveraba los rangos y las canonjías de los afortunados con sus raídas apetencias de colono fundador, las prerrogativas de los poderosos con sus ilusiones pordioseras, ignorando que en el Paraguay el pobre siempre vivió sobre las armas y bajo las botas del superior, sin más derecho que consentir el mando de la autoridad. Entre los notables y los labradores como él, sólo existía la longitud de los cercados desde el punto donde se escudriñaba el horizonte. Y las distracciones del azar. Y la posibilidad de escabullirse de los palos y del ensañamiento de la mala suerte.

Nada hay más errado que la confianza en las concesiones de la Providencia, ni tan certero como la inmovilidad del destino. Los que deben ser ricos ya son todos ricos, y los miserables también. El que nació desheredado no tiene otra alternativa que joderle al gobierno, como un zorrino que se burla de su enemigo acostándose sobre su poncho para que se le pegue el mal olor. Porque la autoridad no hace otra cosa que embromar al pobre, y la única manera que éste tiene de vengarse de la arbitrariedad es trampeándole también. Desastrados nacieron, y así nomás tenía que ser. Pero a Chopeo los actos inamovibles se le figuraban el colmo de injustos. Él no iba a seguir batallando con aquel terrenito donde lo plantó la fatalidad, por lo menos si   —175→   tenía la oportunidad de conseguir otra cosa. No se quedaría con su desdicha a esperar que terminaran de languidecer las piedras hasta que la muerte le diera el pasaporte sin regreso. No. Se presentó queriendo enmendar su historia, porque es más fácil fiarse de un espejismo, aunque tuviese que hipotecar la vida en el intento, a reconocer que vivió con una vida hipotecada. Pero ¿cómo pensar que los sucesos se pueden zafar de la rueda del tiempo si se ha empujado sin descanso la noria de la estrechez? Desde que se acordaba había sido un vago sin tierra, un ocupante precario en predio ajeno. La carcoma de la Provincia, según les llamaban los encomenderos con desprecio a los humildes. Un propietario de piedras labrantías, tan pobre como los indios de los pueblos raleados de las Misiones después de la expulsión de los Jesuitas.

Cuando le dijo a Paulina que se iba a fundar un baluarte más arriba del Apa, ella ni se molestó en llorar. Para lo que servía entregarle a un hombre el sentimiento. ¿Acaso no trituró con el martillo de su voz las muchas rogativas que le hizo? Después de la ristra de ausencias que le había echado al cuello, ya no esperaba ese acontecimiento victorioso que le diera alguna prosperidad y una ráfaga de paz. Terminó por aceptar, como se acata la seca que sorbe los esteros y deja la cancha libre para que entren los indios.

Antes, apenas su marido le anunciaba que bajaría a diligenciar el oficio de la Merced Real, ella, una vez agotadas las artimañas femeninas, intentaba convencerlo con palabras.

-La falta de compañía es traicionera, no vale que le busques -le susurraba ponderando su hombría mientras le buscaba la virilidad entre las piernas, para terminar inquiriendo, más mimosa que amenazante, si no tenía miedo de dejarla sola.

Otras veces se quejaba del páramo donde era difícil arar los surcos sin su ayuda, o dejaba de hablarle varios días. Pero la   —176→   obstinación es una tapia que clausura el entendimiento, y cuando a él se le metía una idea en la cabeza, no había quién le hiciese desistir, ni siquiera la sombra del Comandante, que con el pretexto de hacer la recoluta de animales alzados se acercaba como por arte de magia justito a la hora del baño, provocando en Paulina unos apremios que daban risa.

-¿Cómo amaneció, la patrona? -voceaba socarronamente al oír el chapoteo en la palangana, espiando desde el montado la desnudez de la mujer, que tras la tablazón se apresuraba en cubrirse la vergüenza. Las carcajadas se marchaban trotando por el sendero, como un anuncio de nuevas visitas y mayores riesgos. Ni con los años se le aligeró el camote al hombre aquel. El cuerpo de Paulina le siguió apeteciendo bajo los andrajos, como un fruto en sazón bajo la cáscara marchita. Las codicias del deseo no se rigen por los atropellos del tiempo. Como tampoco se aminora en los desposeídos la apetencia de un puñado de tierra aunque apeligren su propia mujer.

¿Sería posible que alguna vez voltease el viento y a su hombre se le pasaran esas ansias de penar tras lo imposible? Al principio Paulina quería creer, pero ahora ya no se quebrantaba por nada y lo dejaba hacer.

-Me voy para venir -le dijo desde la mula, sin que ella supiera si eso significaba un mes, una hora, dos años o la vida entera.



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Los voluntarios norteños ya estaban congregados frente a la Iglesia la mañana en que subió desde la capital el cargamento de gente destinada a poblar: pardos libres, presidiarios, mujerzuelas, malvivientes de toda laya, acollarados o sueltos según la proporción de sus delitos, porteñistas y adversarios de la Junta Superior Gubernativa, más un tumulto de niños y algún viejo, formaban el batiburrillo humano con el que se levantaría la colonia de Tevegó. No faltaban los tontos y los deformes, y hasta un mudo, de quien se decía que el pombero le había robado la lengua por mezquinarle una botija de miel silvestre.

Chopeo, que nunca había sido mujeriego, en cuanto llegaron al lugar se encamotó con una tetona oscura de dientes incompletos. Por el iris retinto de aquellos ojos se perdió hacia el placer y hacia el olvido: esa tabla que el azar arrima al náufrago para que tome aliento y no se muera del todo antes de su propia muerte. ¿No es acaso el olvido una de las formas más llevaderas del placer? Inmerso en su nueva realidad, se evadía de tantas aspiraciones malogradas, de tan malparida ilusión, anulando en la raja del sexo de la negra las facultades de la conciencia.

La colonia de Tevegó se convirtió al poco tiempo de su establecimiento en un reducto de aparecidos. Anegada de lluvias y falta de socorros, se fue acabando y consumiendo, mientras soportaba el arreo de las pardas de grupas abundosas, que los indios trocaban en el Fuerte Borbón por hachas, sables y   —178→   menudencias varias, con gran euforia de la soldadesca, que repentinamente olvidó la pericia persecutoria.

Una bruma pertinaz se sentó sobre las cumbreras de los techos, amortajando el poblado. Se empezó a tenerle miedo a unos aullidos imprecisos, que se materializaban echando fuego por los ojos. Se escuchaban pasos furtivos donde después se encontraban pelos. Aquellos miserables vivían aterrados por una malavisión que amagaba con meterse en sus cuerpos después de robarles el alma, dejándolos prisioneros de algún árbol caminador, de los muchos que peregrinaban por los baldíos en las noches de amenazo. Se evitaba susurrar frente al fuego por temor al Maligno. Para darse ánimos, Chopeo se burlaba de su propio julepe asustando a los demás. Pero cuando los infieles le secuestraron la compañera, terminó por correr de su propia sombra para evitar los encuentros repentinos, que ya no serían ciertamente en el lecho del placer. Después de un tiempo, intentó sobornar a la fatalidad buscando una salida por el riachuelo, sin calcular que se topetaría con la guardia, y tuvo que volver engrillado a las mismas congojas. No era sencillo zafarse de las consecuencias de una decisión engañosa.

Entonces se acordaba de su mujer.

Lejos, en su propia encrucijada, a Paulina se le fue enflaqueciendo la memoria. La existencia era una fruta que se cargaba de jugos germinales para despedazarse después. Entre el gajo de contento que le producía sentirse deseada por aquel hombre que caía al atardecer pidiendo pasar al patio para tomar un poco de su agua, y la mucha ponzoña que tragaba al mirar al bastardo escarbando los restos de comida, transcurrió la rutina sin que se tomara el trabajo de llevar la cuenta de los días. De Bernarda ni noticias. Y de Teodoro, sólo el rumor de unas andanzas que con el tiempo se volverían legendarias.

¿Para qué quiso Chopeo su pertenencia, si lo mismo se pasaba trajinando por aquellas llanuras de Dios, como los   —179→   advenedizos que van y vienen siguiendo el rumbo de la cruz del sur sin descansar nunca? Chacareo errante practicaron en otros valles, mudándose de roza en roza, cuando se cansaba la tierra. Chacareo fijo, ensayaba ahora Paulina, atada a una parcela estéril, mientras él se envenenaba de ausencia con la carabina al hombro y sin la más mínima posibilidad de resarcimiento.



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Esto sucedió varios lustros después que los mbayaes, aterrorizados por la viruela, despoblaron las márgenes del Apa para internarse en los territorios del extranjero. Como el viento que voltea de repente, sus tropelías cambiaron de rumbo. La Consolación vivió entonces una temporada jocunda, engolosinada por el adelantamiento del comercio de la yerba, la supresión de las hostilidades y los cambalacheros que se arrimaban a negociar chucherías. Tevegó, entre tanto, declinaba.

La mirada calcárea de la luna iluminó el rostro de aquellos sentenciados, que se debatían entre la bravura de los indios y la apatía del gobierno, sorbidos por el infortunio y la orfandad, sin más alternativa que la muerte. La Comandancia, sorda. La misericordia divina, indiferente. O trazando el mapa de sus propósitos incomprensibles.

La orden llegó al final para alivio de la misma Providencia, a quien se le echaba en cara toda suerte de calamidades. ¿Cómo podía el Altísimo desoír los ruegos de aquella turba, aceptando semejantes privaciones para sus hijos? La pregunta sobrevolaba el caserío, sin que nadie se atreviera a ensayar una respuesta, porque ya todos empezaban a creer que si las cosas andaban de ese modo Dios seguramente se había muerto.

El día en que se desmantelaron los ranchos de Tevegó y los colonos bajaron a establecerse en la villa; mejor dicho el día después de la larga marcha que les tomó completar el trayecto desde el pueblucho incendiado hasta la Villa de la Consolación,   —182→   amaneció friolento y como brotado del monte. Tanta algarabía luego del espanto era de no creer. Un sueño que sólo podía desoñarse si despertaban a contrapelo de la realidad, atrapados nuevamente entre las tapias de aquel presidio, que a estas alturas sería el retrato mismo del abandono.

Durante toda la noche el cielo se había desmigajado en una garúa pertinaz, que a la media mañana, con el reverbero del sol en el lomo de las hojas, dejó el aire irisado y como riéndose de sí mismo.

Melchora, pardita linda, de un tono entre el negro incierto y el guarapo espeso, piernas lustrosas como si estuvieran acabadas de mojar, sonreía divertida ante la situación. En cuanto le puso el ojo encima, Don Evaristo decidió pedirla como agregada, para atender por ella, y hacerla trabajar quedando a la mira de su conducta como mandaban las Ordenanzas Reales, solazándose de paso a la vista de sus pechos saltarines cada vez que se descuidara su mujer. Pardita clara, risa franca. Toribio se enardeció también al recorrerla con los ojos, sin pensar en nada, como si ese goce fuese a durar para siempre dentro un presente sin evocaciones ni variantes.

Los pardos libres de la colonia desmantelada aguardaban, calmosos, la distribución. El naranjal a un costado, los cuchicheos detrás. Enfrente, los vecinos de alguna capacidad sopesando las ventajas de la mercancía. Muy juntos y en harapos los recién llegados se demoraban en el júbilo de la novedad, esperando con una escéptica despreocupación que cualquiera los eligiese para sujetarlos al trabajo. Todo era tan nuevo, tan irreal: el mujerío a los gritos; el mandamás avanzando a buen tranco desde la Jefatura, el porte intimidatorio, las botas chirriando por el placer de mandar; las matronas examinando a sus futuras sirvientas; la chusma, chanza y regocijo, sabiendo que no les tocaría nada, porque aquellos infelices eran casi tan pobres como ellos.

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Súbitamente, una ráfaga de alguaciles se detuvo sobre el corro moreno mezclándose al bullicio general. Por aquí, por allá, la luz se descompuso en diminutos arco iris al rozar las alas transparentes. La magia se echó a volar, abrillantando las pupilas de los libertos. Y la pardita, a contrasol, con los ojos montados sobre aquellos giros imprevistos, recorriendo la Comandancia, el patio, la casa-habitación del Cura, los lances pajizos, un perro atajando un guayabo con una pata trasera, y más lejos el cielo, la humareda, el nunca más.

A la mañana le habían crecido alas con esa tremolación. El día era una fiesta. Colorido. Risas. Burlas. La chichuelada, atónita ante la repentina irrupción de las libélulas, chillaba de contento. Y la parda ceñida por la luz del mediodía. De pronto, en el pezón erguido de una de sus tetitas incipientes con claras intenciones de prosperar, se posaron dos, que prendiéndose a la tela tramaclara del vestido le hacían cosquillas con sus patas puntiagudas. Ella las dejó copular tranquilamente, fascinada por el movimiento rítmico de sus torsos traslúcidos, observando con atención la lucha y el reposo, el reposo y la lucha de la naturaleza sobre su pecho.

Toribio nunca dejó de recordar aquella imagen cuando los ojos le amanecían repletos de aquellos insectos, y Melchora ya no quería nada con él, porque se había casado con la hija de un encomendero de influencias suficientes como para quedarse con un buen retazo de Provincia en las escarcelas.



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Tras los días agobiados por el esplendor de la primavera siguieron las furiosas resolanas del verano. Por esa época en que el aire se inflamaba con el aliento de los cocoteros en flor y en el cielo se intensificaba la firmeza del lucero de la mañana llegó desde la capital a esa localidad olvidada de los derroteros corrientes, el Teniente-Cura de la parroquia de la Encarnación. Arribó sin mucho ruido, con la celestial prerrogativa de sacramentar bajo el signo de la cruz y la decencia las uniones de las parejas amancebadas que pululaban por doquier. Improvisado el altar, se hizo correr la voz: los casales que cohabitaban en pecado debían presentarse de inmediato a recibir la bendición de la Santa Iglesia.

Tanto las jóvenes recientemente desfloradas como las mujeres que compartían con su hombre una vejez a contracorriente de los avatares se sintieron tocadas por un destello inusual. A un repique de campana se reunió la concurrencia frente al sacerdote, que se achicharraba debajo de la sotana de paño negro. Las novias de rosa, saliéndose de sus cuerpos de puro gusto, sonreían con engreimiento a las poco agraciadas que disfrazaban con risitas tontas el despecho de la soltería. Enfrente esperaban los mozalbetes entrelazando los dedos de los pies con impaciencia, y los viejos abochornados por una situación que sólo cambiaría los registros parroquiales, porque la vida había trazado de antemano lo que el cura pretendía inaugurar. En esa ocasión Toribio se casó, al saludo de unos   —186→   petardos que llenaron el aire de estandartes sonoros. Una vez finiquitado la liturgia, la ceremonia resbaló hacia la broma, las barajas y un fandango amanecedor.

Más que los insultos de Melchora, más que la escarcha que le brotó alrededor de los labios después de la boda, le amoscaban los rebusques que ella esgrimía para envalentonarle el deseo.

-Huís de mí -se quejaba al pasar a su lado, y ella le respondía con un gesto tan desapartado como altivo:

-Yo no quiero andar así. Para eso te casaste con ella. Aguantate ahora, porque si estás enamorado de otra, ni nunca para besarte otra vez.

Se quedaba entonces con la sensación de su cuerpo furtivo entre las manos, volteando la cara para que no le vieran el enrojecimiento en las esquinas de los párpados.

El rencor germinó en el corazón de la parda durante la celebración, de donde se retiró sin barullo, para no desbordarse por los ojos a la vista de todo el mundo; para desoír los reclamos del sentimiento que Toribio terminaba de apuñalar allá afuera. Caña blanca y clericó, gallina asada, chipá guasú y guitarra entonadiza, le contaron que hubo; pero ella se enteró de eso mucho después, porque en la tarde de aquella su tribulación, un alacrán le mordió el calcañar izquierdo, librándola momentáneamente del odio para encadenarla a los calambres. Suerte. Porque cuanto más le subía el entumecimiento de los miembros más se le aflojaban las ganas de matarlo.



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Rara vez nos damos cuenta de que la alegría puede ser la matriz del dolor, por esa ley inexorable de los contrarios que se suceden indefectiblemente en los virajes del tiempo. Para Toribio aquellos días de la zafra refulgían tanto más gloriosos cuanto más triste le sorprendía el atardecer. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. El precepto le amargaba la vigilia y le perturbaba la ensoñación, porque en el fondo, reconocía que seguía siendo un hijo de dominio sin las agallas suficientes para desobedecer a su padre. ¿Qué razón pudo tener Don Evaristo al exigirle aquella precipitación? ¿Las leguas del consuegro extendiéndose mirada abajo? ¿Los ocultos sacudones del sexo que, con la proximidad de Melchora y el correr de las indiscreciones, se volvieron cada vez más obvios? ¿Cómo saberlo? De cualquier manera los sacramentos son una larga condena para el que quiere desatar lo que Dios ha unido.

Don Evaristo siempre supo mandar. Ese año la orden llegó prematuramente debido a que la plantación había reventado más pronto de lo previsto, como las mujeres núbiles que dejan entrever los senos blancos antes de que las calme el varón.

-Mañana comienza el acopio -anunció el viejo palpándose la barriga al levantarse de la mesa. Y todos comprendieron que tendrían que estar en pie a la amanecida. Con el relente vacilando aún sobre las nervaduras de las hojas, los haría marchar hacia el algodonal: por delante, su hijo; los esclavos, detrás; los domésticos y agregados apiñándose donde las órdenes   —188→   resonaran menos. En hileras juiciosas recorrerían la plantación, picoteando con manos ágiles los capullos níveos.

Amamantadas por las lluvias y urgidas por los rigores del estío, las matas habían crecido por demás superando la altura de un hombre. Parecen palomas, pensó Melchora mientras dejaba revolotear los ojos sobre las flores espumosas. Tanto párvulos como adultos repetían el mismo movimiento: hurgar entre la ramazón verdirroja, aprisionar los copos, arrancarlos del cáliz para meterlos en el lienzo que llevaban atado a la cintura a modo de bolsa, hiriéndose las manos con el filo de la fibra.

Ella, briosa, curioseando como una corza, por lo general absorta, se afanaba sobre las plantas con la intención de quedarse más cerca de él. Un pensamiento le toreaba como el cuchillo de un bailarín que saca chispas del suelo dando vueltas en torno a su pareja mientras arrecia la música. Sé cuándo me gusta un hombre. La idea le cosquilleó en la intimidad reiterando el reclamo. Sé cuándo le gusto a un hombre, se contestaba a sí misma, y esa seguridad le tentaba a permanecer próxima, a ingresar en su retina, saliendo y volviendo a entrar, las piernas lustrosas por el sudor del trabajo. Astuta y apetecible, dejaba que aquella obsesión progresara en su interior hasta convertirse en un círculo rojo en el entrecejo del muchacho. Porque un hombre siempre descubre cuándo le gusta a una mujer.

Desde que la vio con aquel atado de ropita en las manos, la mirada pura brasa cedida y negada al mismo tiempo, a Toribio le llamaron la atención aquellas piernas. Como columnas de cedro perdiéndose en el follaje hirsuto bajo la pollera carmesí. ¿Cómo se le iba a escapar a la muchacha tamaña palpitación? En ese tiempo, apenas se había caído de la infancia, y no era más que una mocosa prometedora en el corro de mujeres hechas. Ahora, había echado tetas, prominentes, lindas para acostarse encima, con los pezones alerta, igual que centinelas morados al costado del deseo. Demasiado sabrosos como para   —189→   dejar de morder. Ahora, entre los liños, con su estampa rondando y esparciéndose cerca y lejos, Toribio se atolondraba cada vez que se agachaba embutida dentro del vestido de bombasí que dejaba entrever lo que llevaba y no llevaba puesto. Como para no enloquecer calculando dónde mismo hundir aquella urgencia. Pardita clara, parda caliente, parda.

Aquel había sido un buen año para el algodón. Terminada de retirar la borra en un extremo de la plantación ya estaban las cápsulas reventando en la otra punta, para desesperación de los cosecheros que empezaron a dar señales de cansancio. Salvo el hijo del patrón, a quien le hubiera gustado que la cosecha durase para siempre.

Cuando la recolección llevaba trazas de no terminar nunca, finalizó. Los plantíos despojadas de los últimos botones se quedaron hueros en el borde impreciso de la tarde. Y ella entreteniéndose, incitándole con su remolona concentración. Toribio, al acecho, con la garganta reseca por la decisión ya tomada, se le acercó sin que se diera cuenta; la tomó del brazo haciéndola girar en redondo con una suavidad imperativa que la desconcertó.

-No tengas miedo -le animó, porque había escuchado entre el peonaje que la primera vez siempre les daba susto. Ciñó su talle, hurgó debajo de la tela, la recostó sobre la arenisca que separaba las filas esquilmadas, abriéndole la blusa. Miró sus pechos, saltándose del escote como mamones cocidos en azúcar quemada; los besó con deleite, mordisqueándolos con avidez y, lentamente, acomodó su peso entre sus muslos.

Al rato, buscó entre el algodón desparramado la roja señal de su inocencia. Saltó como un jaguar, la sacudió con violencia, largándole a la cara el chicotazo de sus palabras.

-Vos ya estás usada, carajo.

Ella se quedó sola en medio del anochecer. Cuando la plantación no fue más que silencio, se enredó a la penumbra   —190→   para que nadie la viese; para que no se le notara lo que se le notaría de todas formas. Demasiado precipitado para ponerse a pensar. El enojo, la brutalidad del rechazo, la rapidez en culparla de algo que no hizo. ¿Para qué tanta alharaca por una zoncera que no fue? Y aunque hubiera sido, ya no tenía remedio. La aguada, lejos, parecía una luna preñada que hubiese bajado a encarnarse en el regazo del pastizal. La muchacha, una sombra dentro de las sombras.

Retornó al rancho mucho después que los demás. Con un balde sobre la cabeza, se acercó al manantial represado. Caminó hacia los tablones detrás de los cuales se bañaban las mujeres y, lentamente, dejó escurrir el agua sobre su cuerpo contuso. Los chorros tristes le limpiaron los rasguños, la inédita humedad del sexo, la bruma que le empañaba los ojos recién salidos de la entrega. Quiso esfumarse, borrar aquella sensación. No podía conformarse de que recién abierto su amor ya se hubiera maleado. Al entrar al cuchitril, enrojeció. Tendido en el catre, desnudo y anhelante, Toribio la miraba desde la espera.

En lo alto se oreaban las estrellas.



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Durante varios meses después del casamiento, Melchora siguió ensuciándose la mente con la imagen del mancebo que la hizo mujer y la hija de aquel encomendero, que reventaba caballos recorriendo las interminables leguas de su hacienda. Estanciero letrado, zorro viejo, artero formal sin ley, murmuraba el común. Porque burlando la prohibición de las Cédulas Reales, supo agenciarse una encomienda que excedía con creces las tres vidas estipuladas por la Corona; sin contar las extensiones de tierra en las localidades de Costa Arriba, tituladas todas sin afincarse en ninguna.

En vez de mudarse al casco de la estancia de su mujer, el mozo trajo a su esposa a vivir en la suya, obligando a su amante a tragarse la humillación de mirarla cada día, matrimoniada como manda el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No como ella que vivió arrejuntada, ocultándose siempre a la vista azul de las estrellas. O en la pieza del fondo, con el candil apagado para que no la viera sin ropa, porque era tímida, en realidad, y mezquinosa de sus pechos. Le daba rabia verla pavoneándose dentro de la legalidad, después que ella claudicó ante los mandatos del deseo sin que Toribio tuviera otra consideración que poseerla.

-No me pidas así, porque te voy a dar. -Le había rogado cuando él sostenía en el hueco de las manos sus pechos trémulos, los que le ofreció, al instante, erguidos como en puntas de pie ante la inminencia de la entrega.

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Coincidió con el casorio una malquerencia formal que, súbitamente, don Evaristo empezó a manifestar contra la parda. Tanta fue la inquina del amo, tantos los requerimientos injustos, tan multiplicados los alardes de mando, que Toribio comenzó a recelar alguna causa escondida. Aquella ojeriza no podía ser casual. Una mañana, sin más trámite, el patrón la despidió. ¿Cuál pudo ser el motivo de semejante resolución? El viejo, tan afecto a sobarle los gluteos cuando se creía a resguardo de los ojitos de su mujer, se desembarazó de ella de sopetón, sin que nadie entendiera la jugada, porque Melchora era guapa como ninguna y se aplicaba al trabajo acaso más que el negro Angola, prófugo del Brasil.

Mulata clara, pardita linda, ¿qué habrá pasado contigo que ni alzabas los ojos para no encontrarte con la lascivia de tu señor? Caracol baboso subiendo por tu entrepierna ante la mirada furibunda de la patrona, que, no bien el marido enfilaba hacia el puesto, te propinaba una partida de azotes con el arreador empapado en salmuera, dejándote las piernas listadas de rabia y de sangre, para que aprendas, mulatita de porquería. Era entonces cuando Toribio se colaba hasta tu cuarto, desafiando la vigilancia marital, para llevarte unas hojas de guayabo que te aplicaba sobre las heridas, mientras buscaba tus labios, apretados todavía por la herida de la traición.

Los recuerdos no se secaron con la ausencia, al contrario, fueron creciendo abonados por la nostalgia de tanta sonrisa cómplice como habían intercambiado antes de tocarse.

-Todo se paga, mi hijo, todo se paga -le reconvino el Cura. Toribio comenzó a palpitar que aquellas palabras no eran un mero sermón de púlpito, porque empezó a sentir un escozor insoportable mientras vivía trastornado por un relampagueo de escenas perdidas y recobradas, por un soliloquio que sólo él escuchaba. Por qué te fuiste, pardita linda, no dejes de volver. Cabecita motuda, nalgas representativas, gemía. Al   —193→   cumplirse la octava aún lo perseguían los primeros encuentros; la talla de los peones cuando lo pescaron camino de su cuarto, sin percatarse de que en realidad volvía; su satisfacción de gallo victorioso.

Una roja ansiedad le atosigaba siempre. La oscura rojez de los pezones, el lienzo rojo en la grupa, la cinta roja en la frente, el rojo pasión del sexo. ¿Por qué se fue justo cuando más engolosinado andaba con aquella hendidura jugosa, donde encontraba el reposo? ¿Por qué tuvo que correrla su padre como a una malentretenida cualquiera?

La sospecha es un roedor que se ensaña. Toribio no pudo disimular su inquietud. Volvió a comerse las uñas. Dejó de silbar. Se acostumbró a sosegar su angustia por los boliches costeros, temiendo que ella apareciera sorpresivamente. Ya no le interesaba administrar la encomienda de su suegro, ni encargarse de las ventas de algodón en la capital. Deseaba verla, sólo verla. Le importaba un comino lo que sucediera después. Si se enojaba su madre o se ponía celosa su mujer; si su padre reventaba de aquel mal de corazón. Mala suerte. No era su problema que se muriese de rabia. Por tenerla una vez más hubiera dado un brazo, la mitad de sus bienes, cualquier cosa. Él, que nunca fue creyente, se aficionó a las plegarias. Le prometió un esclavo a la Virgen de la Asunción, con tal de que su padre la reinstalara en la hacienda -como si la proximidad del fuego pudiera aplacar los incendios. Sólo para sentirla en la casa, sólo para escuchar su risa, sin tocarla, negociaba con los santos; maliciando que en cuanto estuviera cerca se arrastraría hasta su cama como un lagarto en celo.

Ni limpia, ni guapa, ni letrada, potranca infeliz, replicaba don Evaristo cuando algún compadre le preguntaba por qué la había despachado, con tantas virtudes como tenía. Hija de negra, ladrona debe ser. Mandinga malagradecida, sinvergüenza, ratera bozal, maldecía el viejo, guardándose lo de puta redomada para   —194→   no dar ninguna pista sobre su despecho; pero sin perdonarle que se hubiese resistido a sus requerimientos, cuando a su hijo le dejaba hacer cuanto quería.

-Yo soy el que manda aquí, y quise que se vaya -replicaba cortando de cuajo las inquisiciones.

Eso no necesitaba gritarlo, porque los curiosos ya habían adivinado que le picaba demasiado haber salido perdidoso en aquel duelo, donde el poder del dinero y la vara de la paternidad no tenían ninguna posibilidad frente al llamado del deseo. ¿Por qué iban a privarse de lo que la juventud les pedía? era la pregunta que el viejo nunca se avino a responder.



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Nadie se percató cuándo empezaron a mermar los alguaciles, pero fue poco después del despido de la mulata. A medida que su desaparición criaba cuervos, se amortiguó el sonido quebradizo de las alas. Misteriosamente como se habían presentado, se esfumaron, dejando el aire huérfano de aquellas reverberaciones que le daban a la tarde un tinte de magia evanescente.

Yacaré, que se había pasado jugando con ellos, fue el primero en darse cuenta, porque se quedó sin el pasatiempo de la persecución. Al anunciarse su proximidad se largaba abanicando el aire con la cola hacia el establecimiento de don Evaristo, donde se concentraba el enjambre atraído por las flores del algodonal. Tenía la costumbre de correr tras ellos, saltaquí, saltallá, atropellando baldes y palanganas, loco de entusiasmo y con la lengua hasta el piso. Le gustaba arremeter contra su vuelo sin tocarlos, para verlos remontarse por los aires, como picaflores minúsculos, y asustarlos con la posibilidad de comérselos. Ahora, los extrañaba tanto como a la parda. A ellos porque le divertía desbaratar sus giros inalcanzables; a ella, porque en cuanto se le acercaba le traspasaba las cosquillas de una oreja a otra, mientras repetía su nombre dulcemente: Yacaré. Yacaré.

Ni las estampidas del terneraje en los rodeos, ni el acompañamiento de las carretas que se encaminaban hacia el beneficio del mate, ni las pantorrillas gordezuelas de las vecinas   —196→   reunidas después de la misa, le causaban tanto desenfreno como retozar tras aquellos bichos que ya no venían.

Melchora volvió después de mucho tiempo más hermosa que nunca, pero los alguaciles ya habían emigrado hacia otras campiñas, llevándose con ellos aquella estación dichosa en que el amor le contagiaba a las cosas el color de la felicidad.



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Es increíble cómo quienes consiguieron todo lo deseado son a la vez los que codician con más angurria las migajas que la vida les concede a los demás.

Unos meses después de la celebración de los casamientos comunales, volvió a trajinar por la zona un mercader que aprovisionaba a los mensualeros, quienes se sentían libres gastándose los sueldos por adelantado. Las señoras principales aprovecharon la ocasión para completar los enseres de sus casas, comprar géneros y pasear su precaria opulencia. Francisca adquirió candeleros, manteles de lino, diez varas de bramante, ciertas esencias y algunas cintas. Llegó al almacén del gachupín en un kachapé guiado por el negro bozal, con Melchora caminando atrás. Eligió cuanto quiso con el mentón empinado y ostentosa vacilación; abrió el monedero y lo volvió a cerrar, regateando frente al vecindario con la arrogancia de un bergantín, cargando por último los brazos de la agregada con mucho más de lo que podía atajar.

-Demasiado se cree la señora -le susurró un macatero, alcanzándole una peineta con crisólitas.

-Para que te veas más linda que tu patrona -concluyó.

Para Melchora, que nunca había poseído nada salvo la pollera de segunda mano, las dos blusitas de remuda y el vestido dominguero, que el amo proveía anualmente por ley a sus esclavos, era como si le hubieran puesto en las manos una torreja de luna untada con miel de caña. La miró con embeleso y se la   —198→   guardó en el escote. El hombre calculó los sentimientos de la muchacha y cuando estuvieron alejados lo suficiente como para que nadie los viera, dejó correr los dedos entre sus muslos hasta alcanzar la tibieza del panal. Con un gesto tan desafiante como comprador, la chica saltó hacia atrás. Demasiado sabía ella adonde llevaba el juego de las manos de los villanos.

-Bueno, bueno -murmuró conciliador, mientras ella, segura de su poder, pretextaba indiferencia.

Cuando Francisca vio el peinetón coronando la híspida cabeza de la sirvienta, se lo arrancó de un golpe como si su mano fuera el pico de un terotero. El grito sucedió al susto y al susto el bofetón.

-Qué te crees para andar poniéndote alhajas por ese tu pelo imposible de feo. Una agregada no puede asemejarse a la patrona, para que sepas. Derecho para tu pieza te vas a ir, y no te hagas la señora, mulata caliente, porque te voy a romper los huesos.

Melchora, que conocía de sobra el sabor de los azotes, se escurrió para que nadie la viese llorar, ni la escucharan implorando al Santísimo que la justicia se desplomara de una vez por todas encima de esa mujer.



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La primera vez que Melchora tuvo que lavar la ropa de su rival se envaró como si le hubieran propinado una zurra con un manojo de ortigas, a pesar de que su destino, desde que empezó a patalear en el vientre de su madre, fue siempre la obediencia. Ser la doméstica de aquella mujer, tocar las prendas que Toribio le sacaba cada noche, era un suplicio demasiado cruel. Pero una agregada hace lo que le mandan aunque se tenga que morder la lengua y envenenarse con ella, pues para eso se la entrega a un vecino pudiente que la mantenga a su amparo, quedando a la mira de su conducta. A la mira de su desdicha, sería más exacto decir, a sabiendas de que no podría perdonarle el engaño de haberse creído deseada para luego enterarse que amaba a otra.

Los días posteriores a la ceremonia transcurrieron entre unos cuantos movimientos sin variantes. Toribio, cabizbajo, en la olería. Ella prefiriendo escabullirse antes de enfrentarse con él, porque hubiera podido matarlo con los ojos. La flamante esposa durmiendo con los postigos atrancados hasta la media mañana.

Atrincherada en su resentimiento, la parda batía con fuerza los vestidos de la infame en la caneca, haciéndose de cuenta que le deformaba la cara, fuerte, fuerte, hasta romperle los dientes. Creída imposible, casada toda de rosa junto a las demás, riéndose alto por el colmillo de oro que le empobrecía la sonrisa. Pero los sentimientos no se disuelven con la misma facilidad   —200→   con que se firman las actas matrimoniales, y aunque ella se escapaba con la habilidad de una lagartija, lo atisbaba, con un jazmín escondido entre los pliegues del typoi, esperando que el perfume delatara su presencia.

Dolorosa es la recordación del placer al cual no se es capaz de renunciar, como profundos los cambios que se producen en el alma cuando se agota. La parda siempre fue honesta y cabal. Aunque sabrosa y dada a la jarana, nunca había tocado algo ajeno hasta aquel matrimonio repentino. Algo en ella cambió. Al mes comenzaron a pegársele bagatelas a las manos, cuya pérdida pasaba inadvertida hasta que ella misma se encargaba de denunciarla. Con el tiempo se adiestró en astucias más sutiles. Si se extraviaba una cuchara, aparecía una vez agotados los plagueos de la patrona; la ropa se le quemaba por exceso de carbón en la plancha o por falta de interés; los helechos se morían en las planteras sin el riego diario. Cuando empezó a esconder objetos debajo de su cama, el vicio se volvió irreversible: un par de zarcillos primero, el corpiño preferido de la señora después, las ropitas del hijo que ya cerraba los dos años. Hurtaba por el deleite de avinagrarle el ánimo a su rival: ladina, robadora y doble cara, como ella misma, que simulaba sumisión para ejercer mejor su rebeldía.

Finalmente, víctima de un impulso perverso, sustrajo del baúl de Francisca un calzón, impregnado con los humores del deseo.

-No sirve, mi hija, que hagas así por ella; historia antigua ya es lo tuyo; no vayas a penar más por él -trató de disuadirla la payesera.

Sentada en una banqueta, con los ojos puntiagudos brillando en el medio de la telaraña de las órbitas, las piernas semiabiertas y el vestido tirante por debajo de las rodillas plegadas, Remigia era un trozo de sombra cincelado en otra sombra. Una nadita envejecida, a quien la voz le brotaba desde   —201→   el agujero desdentado de la boca, como si se derramara de una bolsa estrujada por el uso y el desuso de la vida.

-No vale ser así, mi hija. Esos trabajos sólo se hacen en caso de necesidad, no cuando nos tienta el diablo. El payé te puede salir atravesado. Entonces ni para consuelo te va a servir tu rencor. -Melchora no perdió el tiempo en sopesar razones. Más porfiada que suplicante insistió.

-Demasiado te vas a arrepentir, mi hija. La venganza no vale más que para sufrir.

Pero con el poder que tenía de apalabrar a los demás, venció la renuencia de la anciana. Hábilmente le sonsacó la proporción de los yuyos a enserenar, cuales uñas de animal y qué pestañas, cuánta saliva de jaguar en luna creciente, si pelo de carpincho en celo o prendas íntimas, a fin de realizar el embrujo que le hiciera pagar caro a esa ladrona haberle quitado su hombre. Todo se lo arrancó con zalamerías, además de los rezos y los pases extraños que debían acompañar la preparación del brebaje, para que éste no se volviera su contrario; porque demasiado perjuicio iba a ser sino.

Una vez conseguido su propósito, atravesó la vegetación con aquellos secretos que aliviarían la urgencia de su venganza, y esperó.



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Los fríos ya estarían por menguar, porque comenzaban a florecer los lapachos y se escuchaba a las cigarras aserrando el aire con su canto.

La desgracia entró a la casa de Toribio una siesta en que nadie sospechaba que un viraje del destino cambiaría la cara de ese tiempo supuestamente anclado en la felicidad. Francisca, tumbada en la hamaca con una alteración -el estómago hecho un fuego y las piernas laxas por un nuevo embarazo- yacía indolente, no tanto por el malestar sino por la perversa diversión de exhibir su ociosidad frente a los arrimados de la casa.

En un segundo, que abarcó la totalidad del presente, vio cómo el inocente se acercaba al manantial remansado, inclinándose sobre la valla de troncos, y adivinó lo que iba a suceder. No pudo moverse ni gritar ni atajar con los ojos al pequeño que, vacilando sobre el brocal de tres jemes de altura, pegó un empujón contra el suelo para mirar unas piedras que espejeaban en el fondo. Encorvarse y caer fue todo uno con el grito que rebotó en el agua, salpicando a la madre de desesperación. Toribio corrió hacia el tumulto. Francisca perdió el sentido. La abuela imploraba al cielo. Los esclavos se empeñaban en el rescate. Un ajetreo endemoniado pobló la casa: la grita de las mujeres, el descenso del liberto Pascual en pos del cuerpo, los aprontes para el velorio, el arribo de la caja blanca donde acostaron a la criatura, blanca ya de tanta muerte.

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Desde aquel día Francisca no volvió a sonreír. Se tornó irascible, pálida mortal, casi siempre alzada, cuando no taciturna, y malvada si le toreaban el talante. El vientre se le vació por la tristeza, y ya no quiso escuchar acerca de su marido, rechazándolo con repugnancia.

Cuanto más se confinó su mujer en el infortunio, más rastreaba él los pasos de la parda. Pero Melchora, asfixiada por el remordimiento, nunca pudo sacarse de la conciencia el olor del niño muerto.



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Era práctica en toda la Provincia del Paraguay que las familias donde hubiera un angelito, festejaran con nostalgiosa alegría el día de la Cruz. Desde que Bernarda desapareció envuelta por las tolvaneras que dejaron los mbayaes. Paulina se habituó a levantar cada tres de mayo una gruta de ramas de laurel, adornada con racimos de maní y abundantes chipás en forma de paloma.

Nadie dudaba, sin embargo, en Rincón de Luna, que era Melchora quien preparaba los mejores homenajes. Luego que el hijo de Toribio se cayó al agua; poco después que Francisca se levantó de su postración, retiradas ya las señales del duelo, pero antes que el arrepentimiento le vendase el corazón, la chica, acaso para exorcizar la realidad o por revivirla, se aficionó a dicha costumbre. Y eso fue lo único que pudo hacer en la casa sin que Francisca se opusiera.

Los seres cambian cuando los imponderables revierten su existencia. De nada le valieron a Toribio los ruegos y las amenazas. Asustada de un acto que le aseguraba la condenación eterna, abatida por el peso que causan los secretos a las personas que se ocultan de sí mismas, se negaba a oír el nombre de su antiguo amante. Pero dejó de robar y se encerró desde entonces a repetir unas jaculatorias interminables frente a la Virgen negra. Únicamente ante la proximidad del día de la Cruz abandonaba su mutismo para celebrar al angelito que su perfidia ayudó a perecer.

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Lejos, los días en que los pardos de Tevegó se sentaban a rememorar las fiestas anteriores al confinamiento. Lejos, la estancia jesuítica de Tabapy, de donde se reclutaron los negros para ofrecerlos como carnada a los idólatras. Lejos, las temporadas dichosas cuando pedía alguna gracia a los párvulos fallecidos sin su ayuda. Y el son de aquellos versos zafados, que ahora se agolpaban en su cabeza para recordarle que la felicidad existía aunque no la tuviera a su alcance. Cerca, el convencimiento de que la misma es voluble: se esquiva de unos, coquetea con otros, presentándose de improviso como un coro de voces jubilosas.


Manduví maní maní
Rosarios largos rosarios enhebrando manduví
cuelgan de un olor a sombra
como lágrimas de tierra unidas en una ronda
maní maní manduví.

La parda recordaba la hilaridad de las mujeres a medida que el canturreo progresaba, sin entender hacia donde apuntaban las coplas. Las carcajadas pícaras y el aroma del maíz humeante de aquel tiempo festivo la hicieron sonreír a pesar suyo.


Aromático secreto
despellejado maní
semillas con piel de seda
quebradiza piel sutil
tostado y casto maní.

Los hombres chispeantes bromeando sobre la portentosa virilidad del héroe mitológico que a todas enardecía y no pocos envidiaban, atolondraba a las jovencitas y descostillaba de risa a las viejas.


Hacia el monte un día de fiesta
hacia su entraña partí
hasta el corazón del monte voy buscando ka'avovo'i
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duende benéfico ardiente sigiloso el Kurupí
me guía sin que yo lo sepa
voy buscando ka'avovo'i
hay esa verga que espanta
y en busca de ka'avovo'i.

Melchora se sonrojaba aún de su inocencia ante la dupla de Baltazar y una morena oscura, trabados en una lucha que la había puesto frenética, porque creyó que se estaban por matar. Ahora el sonido de aquella música recreaba un goce triste.


Hacia el corazón del monte tras esas ramas partí
rosario quince misterios con sus cuentas de maní
para honrar a Jesucristo
y al genio del Kurupí.
Enjoyalado el follaje, sol moreno en el cenit
para la gruta de sombra los zarcillos de maní.

Con razón aquel negro festejaba el canto, anunciando a las mujeres que había venido al mundo notablemente ataviado, y que las haría gozar como ninguno, disfrutando él también porque el placer era lo único que nadie le podía arrebatar en este mundo.


Maní maní manduví.
Que no se le ocurra a nadie trizar su cáscara seca
que se enoja el Kurupí,
maní maní manduví,
rescatando del terroso albergue que lo aprisiona
su delicia carmesí,
Kurupí maní maní.

Mientras la letrilla seguía su camino, la parda remontaba las horas de amor, abriéndose como una rosa de carne en el pantano de las privaciones. Poco le importaban ahora las rancheadas de los mbayaes, la quema del caserío y las dádivas exigidas del chacareo, con el posible arreo de su cuerpo, porque en aquel entonces ella estaba limpia. Y cuando se   —208→   está libre de culpa uno se contenta con la simple aceptación del destino.

Ahora aquellas festividades lacraban sus labios como gotas de plomo, en tanto levantaba la gruta de gajos tiernos; colocando en silencio la cruz con el paño blanco, en medio del follaje repleto de cocodrilos crocantes y cáscaras terrosas. Ahora distribuía en silencio aquellas delicias al término del ángelus entre la prole de los esclavos y los libertos.

-Melchora, Melchora, dame otra chipá, dame otra más -le gritaban con cariño, hasta que ella se escabullía a su oratorio secreto.



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Cuando Toribio llegó de la capital, adonde había bajado con las fazas de algodón por encargo de su padre, se enteró de que Melchora se había ido. Tan de improviso no le pareció posible, si reciencito nomás la había dejado al servicio de su mujer. Ser vicio de alguien es lo que la parda no quiso. Le costó zafarse de la incredulidad, acariciando la alternativa de que no fuera cierto. Se le hizo duro aceptar el hecho, inventó excusas, porque la imaginación es más piadosa que la realidad.

Cuando no tuvo otro remedio, tomó la ausencia como el símbolo de una desgracia que se avecinaba habiendo ya sucedido. Dejaba vagar la esperanza desde el alba hasta el atardecer, como si con la declinación de la luz aumentaran las posibilidades del retorno. No quería convencerse de su fuga, ni demostrar su desasosiego indagando demasiado. Prefería quedarse aguardando su silueta por si entraba como una aparecida, con la fuente de mandioca entre los brazos, la risa invitadora tras el vapor, haciendo frente a las chanzas de la peonada codiciosa; el deseo tramontando el territorio de la fantasía y de lo real sin dilucidar las fronteras.

Cuando le soplaron que se había conchabado para ir a los yerbales no hizo ningún comentario. Como concubina de un arribeño, aseveraban los chismes más benignos. Como prostituta, maliciaban otros. La duda es casi siempre el último reducto de la desesperanza, una tabla de salvación antes del hundimiento definitivo. Quedarse en la incertidumbre como si   —210→   fuera una cuna, demorándose entre las sábanas de ese no saber, era preferible a reconocerla perdida en los brazos de otro hombre.

La agregada había dejado la casa sin que mediara una orden. Nadie sospechaba por qué. Ni en el retiro, varias leguas atrás, ni en las casuchas colindantes, ni en los rebusques de su desesperación, pudo rastrearla. Ahora que se había ido por su propio gusto, sin que nadie la corriera, la ausencia era total e inapelable. Sin apeadero fijo ya no volvería a ver tamaños ojos, a no ser en los desfiladeros del sueño. Toribio no sospechaba cuánto desfile de Eros soportaría aún su cuerpo incrédulo.

Cuando le confirmaron que se había arrimado a un jornalero, aventurándose hacia el mineral de Takurupucú, donde los arrebatos de los indios monteses competían con la saña de los mbayaes poseedores de payé, no quiso creer. Sólo cuando la imaginó allá donde los jaguares rugían sobre las barbas del campamento por la falta de escolteros, y las mujeres no descansaban nunca de sosegar el agotamiento de los hombres, asumió la realidad. Más le valía no pensar. Porque si comenzaba a cavilar, si realmente le daba vueltas a la noria del pensamiento, no sabía hasta donde le conducirían sus pasos.

A dos jornadas de su arribo partieron las carretas. Ojó ojó. Por esas trampas del azar, instalado en una taberna del Puerto de la Asunción, se había perdido el preparativo jocundo, las ventas generales en el almacén, las ruedas de ron de los habilitados después de alquilarse a plazo incierto. Y los pipus largos de los primeros tramos, y el jolgorio final, y la sonrisa convaleciente de las despedidas.

Todo se le escapó debido al concurso de pulseada, y a la flojera de subir la corriente después del altercado con aquel mayoral que le peló el facón. Derecho para su valle, le advirtió el Comisario cuando lo largó. Ahora el son del mortero le reiteraba: no volverá, no volverá. Y aunque su presunción lo   —211→   engañaba a cada rato, en el fondo él sabía que no era ella quien pisaba el maíz, y aquella voz que repetía: no volveré, no volveré, era el eco de su propia conciencia.

Mucho tiempo después, cuando cayeron de regreso los primeros peones, Toribio supo que el arribeño que se la robó la vendía a los más fuertes por una changa miserable, evitando de ese modo los esfuerzos excesivos del acarreo y del ataquio. Flojo y aprovechado resultó el infeliz. Por una hora con la parda dejaba que otros compactaran la yerba en el cuartucho minúsculo hasta ponerla como piedra. Así fue como Melchora rodó entre las piernas de todo el yerbal, cumpliendo a cabalidad su trabajo de puta. Pero él nunca llegaría a saber que aquel conchabo le parecía menos humillante que ser la sirvienta de su mujer.



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Los vientos de independencia soplaron en toda la América del Sur a comienzos del siglo XIX, tejiendo la nueva trama de la historia.

Atrás habían quedado los Oficiales Reales y los Gobernadores, los Virreyes en el Puerto de Buenos Aires y la lejana autoridad del Rey. La noticia de que la Provincia del Paraguay era una república independiente alteró a los habitantes norteños, no porque se hubiera roto el vasallaje con un Rey impersonal, cuya soberanía les caía por interpósito Intendente y sus celosas ramificaciones, sino porque, establecida la Junta Superior Gubernativa, la Villa tuvo por fin el Cabildo por el cual tanto habían pleiteado los vecinos, y siempre se les negó.

El tiempo es una madeja cuyo cabo inicial nadie rastrea. Chopeo no se acordaba en qué año el nombre del Doctor Francia empezó a ensombrecer el valle, aunque tomó el timón con algunas objeciones y solitarias sospechas. Como un murciélago que penetra las rendijas de una tapia de silencio el Supremo cubrió con sus alas la totalidad del territorio, desentornando los postigos para husmear intrigas, recogiendo en los embudos sensitivos de sus subalternos el veneno de la delación y los sobresaltos del terror.

Cuando los años se suceden como las cuentas de un rosario que no acaba de deslizarse entre los dedos, son pocos los que llevan la cuenta. Nada cambia en realidad, salvo el peso de los días que cercenan la risa, el canto y la esperanza. Hay una fosa   —214→   gigantesca repleta de traiciones, de ojos sin párpados tras las paredes de las cámaras de tortura. El Dictador lo sabe todo. Olisquea el rabo de la República con las narices entrometidas de sus Delegados. No hay más autoridad que su presencia-ausencia omnipotente. En la vigilia, laborioso; en ningún instante, visible. El recelo confina a los labradores en las aldeas; invade los ranchos, el confesionario, donde fermentan las sentencias de los creyentes. Los principales se minimizan en sus haciendas tratando de pasar inadvertidos. Se inmoviliza el baile bajo un poncho de sigilo. Las iglesias clausuran la piedad. Las cuerdas de la guitarra se sueltan como las arterias de un condenado a muerte. Nadie da un paso sin preguntar al siguiente: ¿estoy vivo? Cada mirada puede ser la última. Cualquier palabra la primera hacia la ergástula. Hasta a los niños les crecen pelos en la lengua y cornetas en los oídos. Chorros de azufre se sueltan desde el corazón de los hombres y las mujeres. Los enemigos tienen vidrio en la garganta, y los amigos, silencio. Los esclavos portan la llave de la libertad de sus amos. Todo el mundo se encoge, se vuelve transparente, como fantasmas que se escurren para asestar un golpe de muerte, sin ser vistos. Un hálito de pavor sobrevuela la noche, madruga cada día con la puntualidad de una condena. La vida se vive entrecortada, como si fluyera de un pulso vencido.

Fue una tarde de abril. La siesta comenzaba a desperezarse en los ojos de Chopeo. Paulina, en una silla recostada contra la pared, pelaba habillas. En el paraíso añoso, el despertar de los pájaros. Y en fondo del patio, una corrida de comadrejas agregaba un toque de familiaridad a la jornada.

-Oíste, Chopeo, hay que viene.

Los escucharon llegar antes que Yacaré adivinara su presencia. Tal vez por sus muchos años, acaso por la cautela que confiere el husmeo reiterado de la fatalidad, el perro se quedó impávido al repique de los cascos sobre las piedras. Se   —215→   acercaron en tropel y parecían agrandados. El Celador por delante, levantando el sable como un dedo acusador; los soldados atrás, blandiendo las lanzas, porque las municiones se guardaban para menesteres más patrióticos. Pronto se dieron cuenta de que no eran ellos los buscados, porque venían escudriñando el patio como si se les hubiera perdido algo.

No se trataba de una redada de cristianos. Eso estaba claro. ¿Entonces qué? Después supieron que la orden se refería a los perros. El Dictador Perpetuo mandó liquidar a todos los canes de la República por el excesivo perjuicio que acarreaba su proliferación. El jefe de la partida sacó el pliego, y, aunque se sabía el texto al dedillo, simuló una lectura meticulosa, para que con el suspenso se les fueran enfriando las rodillas. En ese instante, Yacaré, como si hubiera entendido que se trataba de su pellejo, salió disparando, perseguido por sus propios aullidos.

-Yacaré, Yacaré -llamó Paulina, tratando de entender el desatino del animal.

-Pronto, Yacaré, pronto, hacia el corral. -Le gritó Chopeo sin importarle que un milico le cruzara la cara de un rebencazo. El perro, como huyendo de su sombra, buscó un resquicio por donde meterse en el matorral. Guau, Guau, guau, temblaba entre el follaje, guau, guau, delante de las pisadas, guau, guau, bajo el filo del acero. El aúllo se convirtió finalmente en un gemido largo que empapó de sangre el corazón de su dueño.

Mucho después que la tropa desapareciera del rancho para proseguir con aquella insólita persecución, persistían los sollozos de Paulina frente a la piel manchada.



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-No voy a dejar que me encuentren. -Del monte se desprendía un olor a mantillo acabado de mojar-. Ni nunca para dejar que me agarren. Me voy a quedar acá hasta que se vayan para burlarme de ellos hasta. Es cierto que mi vaca está infectada. Sí, señor. Las garrapatas brasileras tomaron el cuero del ganado paraguayo por su cuenta. Les chupan todita la carne. De buen porte son las muy putas, con listas de colores y hambrientas como terneros recién paridos. A mi vaquita también se le prendieron al lomo para mamarle la sangre. Sí, señor. Antes de la orden ya tenía los bultos gordos. -El Decreto y los rumores se esparcieron con la velocidad de los chasques por la vía de la Comandancia y los corrillos-. Igualito que forúnculos, pero sin boca para reventar la porquería son. Pero yo voy a esconder mi lechera para que no le vea la guardia del Karaí. Gente que bajó a la capital trajo la noticia. Que se mate todo el ganado apestado de la República, dijo el Dictador. Dice que porque chupa la riqueza de la República. Mentira. Sus Delegados sí que nos chupan hasta el karakú, y la tranquilidad y el sueño también. Garrapatas hambrientas como el gobierno han de ser. Antes de la orden yo ya tenía todo pensado en mi cabeza. Yo no voy a dejar que liquiden mi vaca linda. La plaga entró con los bueyes portugueses que entraron por Itapúa. Así dicen, yo no sé. Que se sacrifiquen y se quemen con el cuero y todo sin pelar, fue la disposición.

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El Dictador dictó el dictamen con el interdicto de salvar a ningún cuadrúpedo, pero Chopeo no iba a permitir que lo embromaran esta vez.

-Que nadie rechiste, dijo el Karaí Guasú. Chiste le voy a hacer yo si no me encuentra. Que se revise la hacienda, ordenó. De balde nomás firmó su decreto para su consuelo, porque contra estos bichos no valen las balas. Me da risa. Nadie puede detener a fusilazos un ejército de garrapatas, ni aunque el karaí ordene que se mate el ganado sin importar de quien sea. La mía no, señor. Pero quién se va animar a discutirle en la cara su propia palabra. Mejor me escondo hasta que se vayan. Hacia el monte te voy a llevar, vaquita linda. Y que se vean ellos si no me encuentran. A mí no me van a matar mi mocha negra. Arruinadita, pero mía. Ningún esfuerzo voy a mezquinar para defenderte. Qué se cree el Supremo para suprimirte. Como excremento del diablo cayó la plaga del gobierno más negra que la garrapata brasilera. Por el camino de la yerba subió esta peste, hamacándose sobre los bueyes que bajan con la yerba hasta el Paraná. Quién iba a saber que a la vuelta nos traerían esta desgracia. Akachá kachá kachakachá. Cuando abrió sus ojos el Karaí ya estaban todas tomadas las reses gordas, y las flacas también. Por debajo del pelo se meten, las muy puercas. ¿Acaso llegan pitando para que se les oiga? Silencio entero trajeron para estos lados, calladitas nomás pusieron sus huevos por toda la República; como moscas sobre la miel. Yo no voy a esperar que vengan los soldados tata tata tata a matarme mi lechera, mochita linda. Lo que tengo desde que me dieron la tierra. No me importa si me llevan engrillado a la capital. Bigotito blanco me deja su leche recién ordeñada, ¿y le voy a perder? No, señor. No puede ser tanto perjuicio para la República mi mocha infestada. Aunque le chupen la sangre, la carne queda, como yo que lo mismo nomás vivo. Zoncera es este asunto para matar tanto animal. Akachá kachá kachá. Vamos, vamos, al monte, vieja, siga pues, que ya vienen los urbanos a cañonearte las tripas.



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Paulina se durmió finalmente cuando se dio cuenta de que Chopeo no volvería. Se durmió escuchando la manada de vacas gordas del Comandante, que se había multiplicado hasta una distancia inimaginable ampliando los linderos, y que acababa de romper las alambradas para desparramarse por los campos aledaños hasta llegar al potrerito de su rancho, mugiendo en estampida por la persecución. Los pastos pródigos quedaron vacíos y la sonrisa satisfecha del militar, abarcando el montecillo, las isletas y el retiro, se convirtió en una mueca de resentimiento. En el aire los mugidos superpuestos se amplificaron confundiéndose con el canto de la naturaleza, con la voz plañidera de Chopeo que emergía del útero gigante de la tierra.

-En cuarentena se le puso a tus iguales, mi mocha linda. Por eso te traje al monte, para salvarte del rebenque. Rebenque también me esperaba a la vuelta de mis pendencias; rebenque me aplicó la autoridad siempre que pudo. Hijo de dominio, paliza nomás recibe. Vago sin tierra, cinto largo por su lomo. Ahora tengo mi lote y no voy a permitir que me saquen mi lechera. No es la primera vez que me escondo para que se olviden de mí. ¿Te acordás, Paulina? Así burlé el trabajo personal obligatorio, aunque no los azotes. Da gusto embromarle al poder, aunque te azoten después. Policía sin preso, demasiado simpático es. Cualquier cosa voy a hacer para que no me encuentren. Caparazón de armadillo por mi cara, cualquier cosa me voy a poner, hasta que se aburran de buscarme. Se equivoca grande   —220→   el Dictador si cree que Paulina le va a contar dónde estoy. Ni nunca para fallarme mi mujer.

En el camastro sudoroso Paulina daba vueltas sin poder desprenderse del recuerdo de Chopeo que, mezclado con la desbandada y el arreo de los terneros rezagados, no la dejaban dormir.

-Se equivoca entero el Dictador cuando dice que la garrapata para reproducirse necesita estar pelo con pelo. Demasiado se equivoca si cree que se queda pegada al lomo porque no vuela. Mentira, estas sinvergüenzas si quieren echan a volar y nos hacen encima cuando dormimos.

-¡Que no te escuche lo que pensás! -gritó Paulina, despertándose de miedo.

Chopeo se reía de los Celadores recordando el son del río que trajo los bichos fríos mientras los Celadores celaban recelando una celada.

-De balde nomás van a matar toda la hacienda de la República, porque la plaga no va a obedecer una orden que no entiende, y yo menos, porque entiendo. Calladitas nomás van a seguir chupando debajo de los cueros, las chanchas rengas. Ellas no tienen miedo del naranjo del Karaí. Volando con la panza llena se van a ir cuando quieran. Una a una, ta ta ta ta, se les quiere eliminar, masacrar. La lengua le quiero arrancar a ese que habla por los vecinos decentes. Akachá kachá kachá. Silencio. No vayan que a escucharte ahora. Como colador te van a dejar tu barriga si no te apurás. Ni nunca para permitir que te maten, mi reina mocha.

Chopeo no comprendía muy bien los entretelones del poder, y Paulina tampoco, pero era sabido que el Dictador se había molestado con el Imperio del Brasil por el asunto de las garrapatas.

-Si se enoja el Karaí, ta ta ta ta contra su contrario arremete. Cuando entraron perdió la paciencia y les fulminó   —221→   con sus palabras, ta ta ta ta ta. A liquidar cuanta vaca exista, sea de quien sea. Demasiado pobre me voy a quedar.

El Oficio fue terminante: que se sacrifiquen las reses que no se puedan expulsar del país, y como los bravos no se pueden espulgar, aunque sea en crecido número, que se maten, también.

-Ahora sí que me voy a reír del Comandante y su hacienda baleada, ta ta ta ta ta. Ni aunque coma hasta por su oído va a tragar toda la carne antes que se vuelva hedionda. Por fin me llegó la hora de burlarme de él. Quería echarle a mi mujer, el desgraciado, pero Paulina siempre le cerró las piernas, que yo sepa. A cada rato me comisionaba, el infeliz, a componer caminos, a defender los pasos, a la prisión, a la frontera, y en el mientras tanto nomás sucedían las cosas. Con cualquier pretexto me alejaba tratando de comer mi comida. Buena mano para la cocina, cariñosa en la cama, tiene que ser. Pero no pudo con ella, ni conmigo, y ahora que se joda, que le maten todas las vacas que arrejuntó en la vida, y los caballos también. Pero a mí no me van a matar mi lechera como a él, toro caliente sobre mujer ajena. Enseguida le nombró su Delegado el Karaí. Con cualquier gobierno nomás se arreglan los ricos, donde están nomás se juntan prendidos de las tetas del poder, y que se embrome el resto. Pero lo mismo nomás se cuadran frente al Dictador, como nosotros los pobres. Que se vea ahora, con su retiro pegado a la Estancia La Patria. Ta ta ta ta ta. Hediondo va a tener que comer antes de quemar su campo y lo mismo nomás después la humareda le va echar. Hasta luego, hasta luego. Yo también me voy con mi vaca hasta el yerbal. Akachá kachá kachá. Vamos, que nos van alcanzar.

Chopeo no tenía idea de cuantos meses estuvo en el adentro del monte, con la vista fija en aquel cuerpo pestilente. Cuando escuchó los pasos de Paulina se levantó tantaleando, ciego de tanto verde y tanta compartida soledad. La miró sin asombro deletreando algunas palabras inconexas; echó una   —222→   última ojeada al montón de huesos que las fieras no tardarían en pelar, y dejando que ella le tomara dulcemente de la mano, rumbeó hacia su rancho con la cabeza gacha.

La hecatombe había terminado.



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Cuando lo encontró acuclillado frente a la vaca muerta, Paulina no pudo menos que recordar las ocurrencias de su hija y su gusto por las escapadas furtivas. Se agolparon en su memoria las imágenes anteriores al rapto de los indios. La atmósfera, teñida por la aureola morada de la luna, incitaba al misterio. De pronto se dieron cuenta. Bernardita no estaba. La llamaron varias veces, la buscaron por los rincones apartados primero, en los lugares habituales, después. Él salió al patio por si se hubiera internado en el dormidero de las tórtolas -no fuera a estar defendiendo los huevos de las comadrejas robadoras-; penetró en la entresombra del tacuaral; se asomó a la inmensidad. Tampoco estaba detrás del arcón, como otras veces, entonces Yacaré ladró como si modulara su nombre: Bernarda Bernarda Bernardita.

De las indagaciones prolijas pasaron a las corridas desparejas.

-¿Dónde estás, mi hija, dónde estás? Por algún lado debe andar. -Paulina suplicaba a los cielos que apareciera, pensando que a esa hora era improbable que la niña se aventurase demasiado lejos. No quería pensar, pero pensaba. Debe ser el pombero. O las ánimas de los indios que vagan llenas de rabia. Los candiles temblaban en las manos desde el piquetito vacío hasta la almáciga, reuniéndose desalentados otra vez.

Finalmente la encontraron sentada sobre una piedra, casi a una legua del rancho, contemplando la luna. Apenas se le   —224→   acercaron rompió a gritar:

-Desde aquí partirá la gente armada para desarmar al gobierno. Desde la Villa bajarán los rebeldes a desbaratar el poder. Persecución y muerte, muerte y persecución y desmembramiento y escondite y celada y delación y contienda. Muerte. Muerte. Vida y muerte hermanadas deshermanando hermanos para siempre.

Al pasar una mano frente a los ojos de Bernarda, Paulina se dio cuenta de que estaban ciegos para el presente y aterradoramente lúcidos.

-No sé donde estoy, me rodean los estruendos. Un trueno se desploma sobre el techo que me ampara, cuarenta y siete boquetes abrieron en la noche, cuarenta y siete agujeros de desdicha. Escucho cómo se acercan unos pájaros gigantes sobre las siembras, el entrechocar de armas acribillando a la gente.

La madre escuchaba aterrada la descripción de los miembros esparcidos por la campaña, las cabezas sueltas mostrando los dientes, las reses con las barrigas hinchadas al sol.

-No sé donde estoy, ni si existo, ni si me echaron de la vida. Se arrean gritos, se silencia vida, los cuerpos se desploman al barranco. Hay multitudes que escapan. No sé donde estoy. Abandonando su tierra los oprimidos bajan hacia el sur. No sé donde estoy.

No bien empezó a serenarse, Paulina levantó a su hija con cuidado y, sabiendo que no sirve despertar a una sonámbula, se la llevó al rancho. Como ahora a Chopeo, que apenas podía tenerse en pie después de su reclusión en la selva, velando el cuerpo sin vida de su lechera.



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Las tolderías no son reales, pero se desplazan como si lo fueran ocupando la vigilia, ese territorio sin sueño donde se yerguen los espectros del pasado. El rapto es ya recuerdo, pero el llamado de Bernarda permanece. Los días son remiendos sobre los agujeros de la ausencia y la reiteración de los recuerdos, mas los plañidos de la madre se reiteran.

-Que me lleven a mí, que me pinten la cara, que se sirvan de mi cuerpo, antes que verte esclava de los salvajes, eso quiero -imploraba Paulina, como si fuese fácil canjear la identidad suplantando a los otros en el estrado de la vida. Nadie puede torcer el destino asumiendo la desgracia que se deplora en los demás. Se viene al mundo con una deuda pendiente, de tal manera que los hechos que van a suceder ya están grabados en los ojos de un dios enigmático.

Pero estas ideas no hubieran consolado a Paulina de la pérdida de su hija aunque las hubiese entendido.

-Lindalinda, mi hija, con ese su hoyuelo de donde parecía que iba a brotar un manantial en cualquier momento. No quiero que me cuenten que ya no habla la Castilla de los principales, ni el guaraní como nosotros. ¿Por qué no vio esa vez el ojo de tu frente para salvarte de tu desgracia?

Los gritos de Bernarda caen aún sobre Paulina como la maza de los bárbaros. ¿Qué cerrazón la guarda mientras la madre la aguarda guardándose de hacer conjeturas?

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-Te falló tu pálpito, mi hija. Maldita tu ceguera que no previó la invasión. Yo creí que nos iban a matar después de jugar por nosotras, pero te llevaron para su sierva y nadie se animó a rescatarte. Cobardes. Te trataron de bruja cuando la peste. Que nadie se atreva a faltarte el respeto otra vez. Después le mandaste la pestilencia a los infieles, para que se contagien, dijiste. Letrada sin saber escribir habías sido. Pero tu ojo sabio estuvo cerrado aquella tarde. Cerrado. Cerrado. Dicen que te vieron comiendo las vísceras que los guerreros le tiran a los perros.

Visionaria sin el teodolito del Supremo, Bernarda andaba por cazaderos cargados de venados tiernos.

-Yo no quiero escuchar. Dicen que no tenés hombre, pero todos te montan. Que esos tus ojos anunciadores no duermen nunca. ¿Dónde estás ahora, hija de mi alegría, tristeza de esta madre que te soñó feliz?



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Chopeo la sorprendió hablando sola cuando vino con la novedad. Llegó sudoroso y tartamudeando que el Supremo Dictador había firmado un tratado con el Cacique Calapá. Que se retiren con sus toldos lo más lejos posible de la frontera a fin de no importunar con sus hostilidades a los súbditos de la República, decía la letra. ¿Muerta?

¿Será cierto? Paulina, ocupada en su batalla personal, no lo escuchaba. Las paces siempre fueron una patraña en la boca mentirosa de la autoridad. En la tierra del extranjero y en la propia la autoridad siempre les había embaucado. Ahora dicen que la guardia va a dejar de hostigar a los indios para que paren de entrar.

-Pero si ya entraron donde quisieron. Yo no creo en tratados ni en cláusulas vacías, y menos si prometen terminar con lo que nunca termina. Guerra y muerte siempre nomás tuvimos. Como si no se supiera que los indios van a quebrantar las paces en cuanto se dé vuelta el Dictador.

-El acuerdo es claro, Paulina. Exige la entrega de las armas de fuego para asegurarse de que no nos maten dos veces y la devolución de la cautiva.

-La cautiva es mi hija. Dicen que se escapa y come víboras y nunca cierra esos sus ojos que ni para su provecho supo usar.

-No llores, che ama. Antes la hubieras cuidado.

-Ya soy vieja para el amor, pero todavía me acusás que fue mi culpa. Por tu culpa, por tu culpa se llevaron a Bernarda,   —228→   siempre me decís. ¿Acaso yo les llamé? Más culpa tiene el que me forzó y vos que me dejaste sola.

Dicen que sólo habla ese el sinsentido con que se entienden los indios. Que no recuerda su nombre. Que le vieron caminando como animal sin dueño con el cabello enredado hasta los pies y los pechos sueltos.

-Paulina, escuchame, por este acuerdo vamos a recuperar a nuestra hija.

A Paulina, sin embargo, se le perdían las caras y los días.

-No sé si va a venir o si ya vino. ¿Es un bulto, una sombra, una malavisión que se me acerca?

-¿Es ella? ¿Será realmente ella? No, no me pregunten porque yo no sé.



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¿Será que viene la caballada del Comandante costeando el campichuelo y tendré que levantarme antes del amanecer a recibir un nuevo mazazo de la fortuna? ¿Qué otra cosa se le exige que tolere, Señor? ¿Y qué noticia le deparan los cascos que se acercan? ¿Es la guardia del Dictador o el miedo lo que le empapa la nuca? Afuera el sereno se ha levantado como un pañuelo de niebla anunciando una jornada intransigente. Todo es gris. Coronados por una incipiente claridad progresan los árboles hacia un cielo compacto. Con pactos con el diablo es que Paulina no quiere entrar. La comitiva que se acerca le da mala espina. Centrella, en el potrero, tritura la gramilla con sus dientes parejos. Un gallo canta de vez en cuando. ¿Por qué vendrán a despertarla de madrugada? ¿Para qué sacarla de la cama con la fresca? ¿Están abriendo la tranquera o le parece no más? El temor se acerca a tranco abierto. ¿Cuándo será el momento en que él se despabile y se ocupe de ver quién viene? Visitante tempranero, mala señal. ¿Es la desgracia otra vez que se presenta con su máscara de entrampar a los tontos? ¿O tendrá que alegrarse de alguna novedad insospechada? Paulina no sabe si alguien se aproxima o ve visiones. Aunque no estén ahí, si se los escucha es como si estuvieran. Pero están, ya casi están frente al rancho. ¿Hay alguien en la puerta o está soñando? ¿Es la voz del Comandante, que llega otra vez a procurarla después de tantos años?

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Paulina se da cuenta de que son varios los que llegan y no hay más remedio que levantarse. ¿Qué trae el primer jinete atado a su montura? ¿Es un oso hormiguero, un carpincho gigante, un fardo de tabaco? Ella no sabe si se le achican los ojos o ese trasto se agranda. Una pelambre hirsuta ladra, chilla, aúlla o llora. ¿O es Paulina la que ladra dentro de su pesadilla permanente?

Reconozco esa voz. ¿O será mi sentido que me engaña? Es mi hija, Señor, que me devuelven. ¿Por qué tienen que traerla amarrada como a una prisionera si le van a devolver su libertad? Ni me alarga los brazos, ni me mira.

Los enviados del Dictador dejan caer la jaula desde la grupa del montado, exclamando:

-Aquí le traemos a tu hija por orden del Supremo Dictador de la República.

¿Por qué se lastima la frente contra los barrotes y se agita con semejante desatino? ¿Será que está caduca o que delira? ¿A quién busca o recuerda? ¿Qué le hicieron? Misericordia, Señor. ¿Su garganta se suelta o un espectro habla por su boca? ¿Le crecieron los dientes o es la baba que le cuelga de la boca? ¿Por qué se altera y se acurruca y dice cosas? ¿Desea que la toque o me rechaza? ¿Le cortaron la lengua para que no cuente nada? ¿Es esta cosa sucia Bernardita? ¿Qué quiere, qué me pide, qué murmura?

Mientras Paulina se enreda en sus preguntas, la cría del mbayá se acerca con un jarro en la mano, y lentamente se lo extiende. Mientras el agua marca un cauce sobre el barro seco desde la comisura de los labios al mentón, se escuchan los sorbos atropellados. Saciada la sed, el cuerpo se desmorona contra el plan de la jaula.



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Hace varios días que Bernarda ha vuelto. La trajeron los Urbanos en nombre del Supremo Dictador de la República. No reconoce a nadie ni pronuncia una palabra. Sólo confidencia con el hijo del mbayá en esa lengua que nadie entiende, pero se clava en los tímpanos como saetas disparadas de la boca. Ninguno ríe, aunque se tocan con los ojos. Más vieja que su propia madre, la cautiva mira a sus progenitores con su rostro de doscientos años como si fueran espectros.

La sueltan de a ratos para que se habitúe al entorno, controlando que no se aparte demasiado. Paulina no soporta verla como sí ya se hubiera ido de su cuerpo, mirándola desde ese mundo que le engulló la memoria sin acertar quién es. Nadie tiene respuesta para esa porción de olvido que la mantiene en penumbra, y ni siquiera el silencio interroga. A veces desentorna los ojos como si quisiera asomarse a ese pasado que se le escapa, y vuelve nuevamente al hermetismo. ¿Será el infierno tan lacerante como el silencio? se pregunta Paulina buscando los saltos de Yacaré, sin recordar que los esbirros le destrozaron el espinazo. El Dictador ordenó que muera mucha gente y que regrese otra que ya está muerta, piensa Paulina en las noches de amenazo, escuchando aullar al perro como si estuviera vivo, en tanto los ojos de Bernarda permanecen atentos como dos espejos en la oscuridad.



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Cuando Paulina escuchó la voz que Bernarda trajo del exilio llamando a la cría del mbayá, sintió vibrar su corazón como si un badajo enorme lo hubiera tañido.

-Caminigo, Caminigo.

El nombre caminaba tras ella permanentemente, provocándole un tumulto de sentimientos. Sea mirando las rozas que humeaban a lo lejos, sea junto a los almácigos costeados de orégano, sea en la inmensidad de la intemperie, aquel apelativo, modulado con la ternura que Bernarda reservaba para él, hincaban en la conciencia de Paulina la uña del pecado. Todo lo que se deja de hacer y daña al prójimo es tan funesto como la maldad. Paulina empezó a calcular la magnitud de aquella omisión, que al inicio le pareció justa. Condenar a un hijo a vivir sin nombre, escamoteándole un distintivo que lo convirtiera en ser humano, no era una revancha válida, sino una irredenta perversidad.

Agobiada por la culpa, Paulina empezó a adelgazar; se sintió miserable. Confidenciando con su propia sombra tomó el hábito de escurrirse hacia otras sombras. Al cabo de cuatro meses no pudo soportar la angustia, y decidió buscar el consuelo del confesionario.

Si lo hubiera sabido; si hubiera sospechado siquiera las consecuencias de ese acto, no hubiese ido a la Iglesia aquella mañana en que amaneció trastornada porque la lengua le había crecido una vara durante el sueño. Muchas veces la causa y el   —234→   efecto de los hechos se intrincan de tal manera que nadie llega a conectarlos entre sí.

Al poco tiempo, los fusileros llegaron con el mandato y se fueron arreando el desconcierto. Chopeo fue llevado directamente a la cárcel de la capital por orden del Dictador. ¿Qué había hecho para merecer la detención? ¿Qué secreto terrible se filtró hasta el ceño-cepo de El Supremo? Paulina peregrinó por toda la República sin hallar indicios de su marido. Preguntó primero en la Comandancia Militar, luego en la Delegación; apalabró a un chasque para que indagase en los presidios del Apa; envió un propio a la Rinconada del Arrecife y hasta indagó en el Fuerte Borbón, adonde los hombres entraban sin fecha de retorno. Nada. Nadie sabía nada. Finalmente, acompañada de un baqueano amigo de Teodoro, descendió el río en una piragua, preguntando en la cárcel pública de Asunción y en las casas de arresto de Costa Abajo. La mayoría no sabía nada, o tenía miedo de hablar. A veces se despertaba sonando con reses muertas y cabezas arrojadas lejos de los cuerpos, y hasta llegó a escuchar partidas de soldaditos implorando agua con el fusil al hombro en alguna picada incierta. ¿Adónde? En los vericuetos de la desesperación, donde se entrelazan las agujas del tiempo. Por último Paulina regresó con la flaca alegría de que el nombre de su esposo no estuviera en las listas de los condenados a muerte.

Pasó la estación del frío y el temor a una nueva seca y el verano tempranero desde la confesión de Paulina. Rezados los Padrenuestros, aligerada del peso de su ignominia, después de dar cien vueltas al rosario, principió a sentir el bálsamo de la redención. Coincidiendo con el alivio, los Urbanos lo vinieron a buscar, y a pesar de que le pidió que no se preocupara porque iba a volver pronto, ella barruntó algo peor. ¿Cómo no iba a crecer la cizaña en su corazón, sabiendo que el descargo de su culpa había cargado a su compañero con la saña del   —235→   confinamiento? Se lo llevaron acollarado y con la barra en los pies, como a cualquier asesino sanguinario.

La voz sedosa del sacerdote instándole a hablar, la minuciosidad del interrogatorio en el recinto sagrado, la benignidad de la penitencia, le dieron la pista sobre el motivo de la detención de su marido. Las orejas misericordiosas del cura habían recogido, junto con la confesión de su pecado, los detalles del ocultamiento de la lechera infestada de garrapatas que Chopeo había llevado al monte para salvarla de la guadaña asesina.



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Paulina los veía secreteando, incapaz de ingresar al círculo que cerraban cada vez que se les acercaba. Bernarda sobre el chivato tronzado, con un vestido de ella, Caminigo espulgándole la cabellera que le cubría la cara, cayéndole por los hombros, hasta rozarle las rodillas con las puntas florecidas. Peine de hueso en la mano y paciencia en el semblante, le desporraba las crenchas, aprolijándole las matas de pelo sobre la espalda, mientras ella señalaba aquí y allá con el índice, enseñándole la denominación de los objetos en la lengua de la tribu. A medida que ella los nombraba, el mundo iba animándose, cargando de sentido las errancias que hasta ahora sólo habían tenido el referente de la incomunicación.

Las verdades más auténticas son las que se ponen antifaz. Bernarda no se acordaba dónde pasó sus primeros años, ni de su idioma inicial, ni del semblante de su madre, que ahora se le arrimaba mendigando alguna señal. El rapto, el cautiverio, el desprecio de los guerreros, habían borrado de su mente todo vestigio de infancia. Sin embargo en su humanidad andrajosa conservaba aquellos ojos inmensos, donde entraban las imágenes de un futuro que sobrevendría mucho después de su desaparición.

Entre Bernarda y el muchacho nació una suerte de complicidad que se fue abriendo como una victoria regia en un pantano.

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-Te vas a llamar Caminigo -decidió Bernarda, imponiéndole el nombre del cacique-tigre más valiente y sanguinario de la nación de los avestruceros. Él la miró con desconcierto, descubriendo que podía sonreír, y, golpeándose el pecho con los puños cerrados, le manifestaba la felicidad de encontrarse a sí mismo dentro de ese cuerpo que lo había acompañado desde su nacimiento sin que supiera designarlo.

Desde entonces la cría del mbayá se irguió sobre sus pies como los árboles que crecen buscando el firmamento. Los dibujos de las tiaras emplumadas, de las sonajas y de las constelaciones, le ayudaron a comprender los festivales de la victoria y las escaramuzas sangrientas. La arrogancia de una raza que se sentía dueña de su ser y de la hacienda de los criollos, lo encandiló, contagiándole el deseo de cacerías errabundas, de cautivas, de acercamientos a la tienda del cacique principal, donde él mismo, alguna vez, sería el jefe.

Cuando la intimidad encontró su pulso, paralelas a las conversaciones secretas corrieron las escapadas montaraces. Así comprendió Caminigo las mudanzas de su tribu; así se enteró de ser el hijo del guerrero con más cabelleras arrancadas al enemigo. Así aprendió cómo acrecentar el prestigio frente a los suyos, y asegurar el pánico entre los blancos. Gracias a Bernarda valoró la consigna incontestable de su sangre: salud, victoria y hartura. Supo de las prerrogativas que el carancho omnipotente Karakará les concedió a los señores de estas tierras, en el instante de la creación del mundo.

-Chaquetilla de piel de tigre te voy a hacer -le prometía Bernarda al contarle que los capitanes de su raza viajaban a través de las estrellas, dando vueltas en torno al desvelo de la luna.

Con el mismo ánimo agresivo Caminigo empezó a desear sus propios cazaderos. Añoró los caballos blancos pintados de urucú, los ataques victoriosos, la trepanación de los cráneos y   —239→   las cacerías, las piezas donde clavar la última flecha asegurando el derecho sobre la carne fresca y chorreante. Chaquetilla de piel de tigre quería tener. Agarrador de botín y flechador certero, hombre de guerra con vasallos, para no tener que cargar con la deshonra del trabajo, eso quería ser.

Con el porte violento y la conciencia alzada, Caminigo supo que nunca más se sentiría el excremento de un halcón sagrado. Nunca volvería a empuñar la horqueta para roturar la tierra. Con la imposición del nombre le nació la dignidad. Sólo pensaba en el reencuentro con los suyos, en las arengas guerreras al son de las flautas y del tamboril, en la gran casa para albergar a su gentío, con arrimados mendigando protección, y siervos obsecuentes. Una multitud atenta a su palabra, más cuadrillas sanguinarias que exigirían hierro para las puntas de las lanzas y abalorios para las ceremonias sagradas. Matanza y cautiverio vengarían la condena de su madre. No más conchabos por las estancias comarcanas, ni sobras en los platos sucios; sólo adornos de plata traídos de la montaña de los chamanes, para que las bandas de los avestruceros lo acataran con veneración.

Cuando la conciencia del verdadero ser empezó a arder en su pecho, Caminigo se distanció buscando los algarrobales de la mano de Bernarda, seguro de encontrar un asiento de los muchos que perduraban más allá de los presidios del Apa. Los ojos de Bernarda y el mazo de plumas de avestruz consiguieron la protección de los espíritus. Mariscando el sustento de cazadero en cazadero, recolectando los cocos de los palmares, llegaron a las márgenes del gran río. Atrás quedaron los campos de Agaguigó, donde vagaban las almas de los guerreros sacrificados; atrás las faenas humillantes y la indiferencia materna.

Con el tiempo el hijo de Paulina vería inclinarse ante su arrojo a las parcialidades más lejanas, como si el ánima de su padre se le hubiera metido en el cuerpo para convertirlo en el jefe más indómito que se recuerde.



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Frente al tajamar, Bernarda suele quedarse absorta, mientras Caminigo le escucha la sangre, tun, tun, tun, tun, acelerándose en sus sienes, a medida que la concentración crece, tun, tun, tun tun. Las pupilas se le agrandan como antaño, crispa los puños y retarda la respiración, mientras mira el agua quieta que espejea de una manera misteriosa, llenándose de círculos concéntricos donde se amplifican las imágenes.

Un mundo desquiciado se abalanza hacia Bernarda, impulsándola a caminar por la orilla con las manos desplegadas y los ojos fijos en aquellas ondas.

-Caminigo, los ves, en el polvo, en un desierto, en la maraña espinosa. Un pájaro enorme los persigue, los aterra y los alcanza. Un pájaro que escupe fuego, atrona el aire y se aleja de los cuerpos destrozados.

Caminigo lanza una piedra al agua y el espejismo se resquebraja para volver a empezar. Bernardita busca los redondeles que se hamacan en la superficie de la laguna, y grita:

-Ya se acercan, Caminigo. Es un carro con luces amarillas que avanza sin bueyes por caminos polvorientos. La soledad reseca el aire. Un cuerno aturde la siesta avisando su llegada. Hombres verdes se multiplican entre los arbustos que se abren como manos gigantes implorando perdón. Festejan el agua, se empujan, se precipitan, derraman el líquido y se quedan con las lenguas colgando. Algunos se desvanecen, otros sollozan.   —242→   Caminigo arroja otra piedra y en los círculos de la laguna se hunden las caras, los cuerpos, los fusiles.

Bernarda corre desahuciada escapando de la explosión que deshace las figuras en el agua, hasta que él la retiene, calmándola poco a poco con sus caricias. Cuando el horizonte enrojece la carga en los brazos hasta el rancho.

Eacute;sa fue la última vez que Bernarda tuvo visiones sangrientas. Días después ambos desaparecieron definitivamente, acudiendo a un llamado secreto.



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La luna se lava el rostro con el relente del alba. Una canoa surca a tranco lento el pardo oleaje del río. La silueta de Caminigo con la pértiga en las manos y la tiara emplumada se destaca sobre el rojo fuego del sol. Bernarda escudriña el norte, sin demorarse en las barrancas coloradas. Plas, plas, plas, plas, plas, plas, las olas cachetean la madera fragante, dejándole en los bordes festones de espuma. Desde la costa les llega la conversación de los pájaros, los arrullos del follaje, los bostezos de las fieras. Un canto cósmico emerge de la selva, voces que se sueltan abrevando en las fuentes de la naturaleza íntima, la lluvia se confiesa. La luna promulga sus sentencias milenarias. Se contradicen los pájaros. El coloquio de las ranas despabila los charcos. Las serpientes se deslizan sobre sus pieles de seda. Sacude la fronda su diversa sonoridad. La brisa silba en el reverso de las hojas serenando la sangre de los viajantes.

Bien se ve que los ojos de Bernarda son un espejo por donde transita la fugacidad. Su rostro lleva el sello de la placidez y su torso la solemne aceptación de los signos. Una música inefable los envuelven, de cuyos acordes se desgranan días que sonríen. Los árboles chorrean miel, pródigos los frutos ruedan hacia la orilla como dádivas de un paraíso que se recobra. De la inmensa vasija de la tierra se derraman los sabores preciados, los zumos fragantes de la siembra, los himnos cantados sin rencor. El río es un amplio camino de agua que los aparta de las proximidades conocidas para recobrar los misterios postergados.   —244→   El casal se pierde cauce arriba con los ojos esplendentes; la canoa se sale de madre para navegar los cauces de la dicha; rumbeando hacia el Cerro Blanco, hacia la posada radiante, donde moran los espíritus bienhechores, que adornan la conciencia de los hombres, de las mujeres y de los niños. Todo es luz allá lejos donde no existe el mal.

Bernarda y Caminigo se contemplan sin saber que están escabulléndose de la realidad en busca de la perdida memoria de placer. El bote asciende las laderas de la montaña resplandeciente, flotando en la niebla que los envuelve como un mantillón de nata. Al llegar a la cumbre abandonan el útero mineral que los alberga y se sueltan, remando hacia las nubes, hacia el camino de las estrellas. El mundo es un punto suspendido en la inmensidad del universo. El espacio, la carta de una travesía inconclusa.

Bernardita y Caminigo viajan hacia la libertad, inmunes a la escasez y a los esfuerzos, exentos de la necesidad y del dolor. La armonía universal resuena en cada ser viviente, en cada piedra, en el jadeo apacible de los astros. Bogando hacia el reencuentro con la satisfacción plena, alcanzan la comunión con lo absoluto y desaparecen en el firmamento.



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Cuando llegó el anuncio de la defunción, nadie creyó que el Karaí Francia hubiera muerto. La idea de su indestructibilidad no se conciliaba con el acto irrevocable del fallecimiento. Como nadie, o casi, se atreve a suponer la muerte de Dios, así los oriundos del Paraguay se apartaban de cualquier idea relacionada con la desaparición del omnipotente patrón de la República. Los ojos de la lechuza se habían adentrado de tal suerte en los rincones del territorio nacional que hasta el esqueleto de los perros parecía una confesión de castañuelas al son de sus decretos.

En Rincón de Luna los anuncios sobre un nuevo gobierno, compitieron con cierta fábula sobre la desaparición del cadáver. Poco importaba realmente que se extraviara o no el cuerpo del poder, porque el vecindario de todas formas estaba inmovilizado por la aprensión.

Pero esto sucedió antes que falleciera el Dictador, y se discutiera sobre el paradero de sus huesos.

Chopeo ni se imaginó las consecuencias de aquel decreto con piel de asno. La orden exigía la presentación inmediata de todos los títulos de propiedad expedidos desde la época de la colonia.¿A quién se le podía ocurrir poner en duda su derecho para sacarle lo que era suyo? ¿A quién sino al Supremo Dictador? Ni siquiera el Comandante intentó nunca expropiarle su campo. Pero las cosas habían cambiado. Se rumoreaba que con las superficies confiscadas se levantarían unas estancias que de tan   —246→   grandes se llamarían La Patria. Nadie quería creer que fuera cierto. Cuando Chopeo se enteró de semejante requisito volvió acribillando al cielo con sus improperios.

-Paulina, Paulina. -Paulina largó el cedazo y corrió hacia el sendero con la interrogación en la cara, porque cuando su marido vociferaba en esa forma le daba mala espina.

-¿Qué pasa?

-¡Qué va a pasar! Tenés que buscar el papel inmediatamente.

-Pero por qué venís gritando así, decíme un poco, che karaí. -Paulina, que lo vio alterado, trató de hacerlo sentir el señor de su rancho.

-Ya te dije, tenés que encontrar el papel.

-¿Qué papel?

-El mío, Paulina. El oficio de la Merced Real donde dice que este terreno me pertenece. El papel donde consta el pago del impuesto que me acredita como dueño completo de lo mío.

-Pero ¿por qué? ¿Qué sucede?

-Tenés que encontrar el documento, te digo. Ahora mismo. Esta tierra es mía, yo pagué por ella con mi sudor y mi plata, no me la dieron de balde. -Chopeo recordó la primera corpida, sacándole chispas a las piedras-. Tenés que darme ese papel, Paulina. Si no presento mi hoja, ellos me van a sacar la tierra. El Dictador reclama los títulos de propiedad bajo riesgo de confiscación. Arrendatarios del Gobierno vamos a ser otra vez si no buscás lo que te pido.

-Ese papel no existe.

-Qué estás diciendo, infeliz.

-Ni para consuelo existe ninguna hoja donde conste que nos dieron nada.

-No puede ser. A mí me dieron por escrito este lugar ¿ya no te acordás? -repetía incrédulo Chopeo, como si hiciera falta una escritura para constatar lo que se pleiteaba por una fracción.

  —247→  

-Un lote completo para chácara me tocó en el repartimiento, Paulina. El documento tiene que estar. No puede ser que me trampees así. Yo te entregué la hoja con la firma y el sello del Gobernador, para que guardes con candado, te dije. En tu misma mano te di. Imposible que ahora no esté.

-Pero te digo que no está. Hace tiempo que esos documentos se quemaron, Chopeo. Ni para remedio quedan las cenizas. Todo se quemó cuando la invasión. Destruyeron todo cuando vinieron a jugar por nosotras.

-Con su lanza punta húmeda te clavó el desgraciado.

-¿Por qué me pegás? ¿Acaso yo tengo la culpa si me tumbó un salvaje contra mi voluntad?

-Contra mi cama, si que. ¿Adónde está mi papel?

-Arrasaron con todo, Chopeo, y ahora me querés culpar de mi propia desgracia.

-Ramera.

-Fue por la fuerza, para que sepas. Nos violentaron a las dos. A tu hija y a mí.

-Mentira. -Al insulto se sumó la bofetada y al garrote el salivazo.

-Prendieron fuego al rancho, a los corrales, ¿cómo se iba a salvar tu documento?

-Bandida de porquería.

-Se llevaron a mi hija, nos incendiaron la casa, se abusaron de mí, y me venís a reclamar un papel.

-No fuiste capaz de defender mi derecho. Y ahora no tengo el documento que acredite por mí.

-¿Qué podía hacer yo, si vos no estabas?

-Vos le dejaste. Te comió a su gusto en mi propio plato, y se llevó a mi hija para más. Seguro que le diste el papel.

-Pero ¿qué estás diciendo? Cómo podés... Acaso a un indio le va a importar una firma. ¿Para qué le va a servir la   —248→   Merced Real. Sin papel nomás se le sacó a ellos también la tierra cuando llegaron los oficiales, y a nadie le importó.

-Maldita.

-Demasiado tiempo hace que se quemó, para que ahora pongas por mí que por mi culpa se perdió.

-¿Por qué no me contaste?

-¿Para que me pegues como ahora? De balde contarte nada, lo mismo nomás te ibas a enojar. De qué sirve que me maltrates ahora, si la desgracia ya me maltrató.

Nada se puede hacer contra el destino.

-Cierto, nuestro contrario siempre fue. Pero vos sabés que no vale engañar al marido. Ahora mismo me buscás ese papel hasta que aparezca, porque yo no voy a ser un vago sin tierra otra vez. Es mejor que lo encuentres porque demasiado te voy a pegar sino.

-Arrasaron con todo, ¿no entendés?

-Y te gozaron como a una cualquiera también. Te dejaste hacer un hijo, ni nombre le pusiste al inocente, como si fuera su culpa haber nacido.

-Se llevaron todo, mi hija, la cosecha.

-Mentirosa.

-Ya no tenemos papel.

-Te voy a matar.

-Si te sirve, hacé. Yo no tengo nada, Chopeo, nada.

-Pero el Dictador pide los títulos en el término de un mes. Dice que si no presento la prueba que acredite el pago de la media annata, esta tierra va a dejar de ser mía. El Dictador no espera, Paulina. Tenemos que presentar el título o salir de nuestra pertenencia.

El Decreto era claro en cuanto a la exigencia. Todo aquel que no acreditase suficientemente su propiedad perdería el derecho a la misma y la tierra pasaría nuevamente a poder del Estado.

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Chopeo se resistía desesperadamente a que su tierra engordase las parcelas del gobierno. Perpetuamente se había aprovechado de ellos. Ahora el Dictador quería quedarse con las estanzuelas sin dueño ¿sin dueño? para formar las estancias La Patria. ¿No es acaso la patria la madre de los desheredados? ¿Cómo se entiende que una madre se alimente de sus hijos?, se preguntaba Chopeo sin dar crédito a la noticia de que las Estancias La Patria servirían para proveer a la tropa que defiende la independencia y la integridad territorial de la República.

-Arrendatario sin tierra no quiero volver a ser. Paulina, por favor, tenés que encontrar mi papel, buscá hasta que aparezca, Paulina, por favor. No sé qué voy hacer, por favor. Entendeme, Paulina, no sé qué voy hacer.

La voz de Chopeo se fue achicando como el rugido de un felino que se desangra, para volver a crecer, terminando en una súplica más pequeña, casi inaudible.

Concluida la discusión, Chopeo aceptó acostarse de cara a la pared, y finalmente se quedó dormido.



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Tan pronto como Chopeo se repuso del ataque producido por la pérdida del certificado de propiedad, llegó hasta el lotecito un enviado del Dictador con el propósito de comunicarle la urgencia de cumplir con el requisito legal de la presentación de la Merced Real. La protesta se levantó como una taimada cerrazón, pero no traspuso su garganta hasta que el vocero estuvo lejos.

-Yo no me voy a quedar acá, Paulina. Yo no voy a volver a ser un vago, un arrendatario miserable del Supremo en mi propio dominio. Yo no voy a pagar nada por una cosa que es mía, sólo porque los salvajes quemaron mi papel. Ni nunca para aceptar ser el sirviente de nadie. No me van a obligar a pagar por algo que ya pagué con el sudor de este suelo tan cansado como yo. No, yo no me voy a volver inquilino de mi propia tierra, no soy gente sobrante para que me echen de mi puesto. No me voy agachar más ante nadie, ni voy a dormir bajo este techo si tengo que abonar un canon otra vez. Cuando se es propietario en cualquier parte uno se puede rebuscar, pero un vago sin tierra no tiene dónde caerse muerto. Yo no quiero vivir, Paulina, ni un poquito quiero vivir si tengo que conchabarme en una estancia de la patria.

Paulina ni siquiera intentaba calmarlo, apilonando sus palabras en el estante de la resignación.

-Yo no quiero proveer al ejército, no quiero ningún ejército que me defienda. ¿Dónde se ha visto que le roben al pobre para defenderle? Quieren comerme mi tierra para darme de comer.   —252→   ¿Quién me va a proteger de los comedores de tierra? No pueden tirarme afuera porque se perdió mi papel. Por eso me voy de acá, Paulina. Regreso al valle donde me sentí, y vos venís conmigo, porque la mujer por la cintura del marido nomás tiene que andar. Ni nunca para quedarme donde antes fui dueño.

Chopeo volcó de un manotazo el mate que Paulina le tendió y siguió hablando.

-Peón de la patria quieren que sea. La patria me chupó la sangre, y el recaudador también. El Estado te come la vida, y el arrendador la siembra. ¿Te acordás, Paulina cómo me decían? Don me llamaban algunos, Paulina. Esos que se quedaron afuera de los repartimientos, siempre me llamaron Don. Yo era un señor para ellos, propietario orgulloso de mis piedras, amo de mi chacareo y de la sequía también. Yo no voy a ser un vago sin tierra otra vez, no en mi propio terreno.

Chopeo decidió dejar Rincón de Luna con las manos vacías, como dueño absoluto de su pobreza, dispuesto a no agacharse aunque le mataran de nuevo esa fiera ilusión que defendió en la vida.



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El lóbrego ulular de un pájaro ultrajaba el silencio de la amanecida. La oscuridad se había puesto a llorar estrellas sobre los bultos amontonados bajo la enramada. En el catre el desvelo de Chopeo. Los hipos de Paulina en el larguero.

No tenían un carro, ni un buey para estirarlo, ni la mula para cargar los bártulos. Hacía tiempo que Centrella había sido requisada por el ejército del Dictador Perpetuo, con miras a defender la soberanía nacional de las fauces codiciosas de los países vecinos.

En cuanto clareara emprenderían el camino de regreso a la Cordillera. Él, por delante, macheteando los gajos de los matorrales que cerraban el sendero; ella, rezagada, con el atadito de la ropa sobre la cabeza.

Los gallos cantaban cuando partieron en silencio. En el tazón de los Altos les esperaba el valle espléndido rodeado de cerros, el vecindario desconocido, el exilio de nuevo. Chopeo encaneció de golpe durante el primer día, y sus ojos empezaron a llorar un llanto manso, que no paró de fluir ni siquiera cuando cerraron el cajón para enterrarlo. Paulina, erguida sobre sus muchos años, arrastrando el resto de coraje que le quedaba, avanzaba con solemne naturalidad de los desposeídos.

De la fronda se desprendió una neblina que adormecía la copa de los árboles, prestándoles cierta apariencia fantasmagórica. Una ráfaga gélida golpeteó a sus espaldas la puerta del rancho que quedó sin atrancar. Por el callejón se   —254→   fueron yendo hasta empalmar con el Camino Real, atravesando el monte, el campo raso, el descampado, hacia el viejo arrendamiento. Desde lejos se veían las cruces velando cada legua de la ruta que los acercaba a su destino.

El viento del este les partía la cara con su sabor de invierno, aumentando el desgarro del abandono. Leste po'i, viento delgadito, enfriándoles los huesos durante todo el trayecto. Taladrando sus oídos con un silbo de hielo. Susurrando recuerdos y acechanzas. Leste po'i, viento penetrante, lacerando los pómulos con su navaja helada. Leste po'i, escarcha menuda, lamiéndoles la nuca desde el despertar del sol.




Glosario

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Aclaración: Las palabras en guaraní han sido escritas siguiendo un criterio fonético para facilitar la lectura.

Akachá kachá: Grito con que se arrea el ganado.

Barbacuá: Entramado de ramas donde se tostaba la yerba en la época colonial.

Caduveo: Etnia del Chaco paraguayo.

Centrella: Deformación de centella.

Chané: Etnia de la región oriental.

Che ama: Mi ama, mi querida.

Che karaí: Mi señor, mi esposo.

Chirichirí: Ruido onomatopéyico de la masticación de las langostas.

Chipá mestizo: Pan de harina de maíz, almidón y queso.

Chipá guasú: Torta grande de maíz tierno.

Chogüí: Pájaro de canto quejumbroso.

Guaino: Menor que se empleaba en los yerbales.

Gualí: Especie de bolsa fina con un agujero transversal para llevar la guampa, yerba o provisiones.

Guaicurú: Nombre de familia lingüística chaqueña.

Guampa: Recipiente hecho del cuerno de la vaca usado para tomar tereré o mate.

Guasú: Grande.

Ka'avovo'i: Arbusto de hojas brillantes.

Ka'inguá: Indios de la etnia guaraní, llamados monteses por no haber sido sojuzgados.

Kachá: Tambalearse. Bambolearse. Vocablo que repetido se usa para arrear el ganado.

Kachapé: Carro de cuatro ruedas.

Kambá: Negro. Nombre dado a los soldados brasileños de raza negra durante la Guerra de la Triple Alianza.

Karakú: Tuétano, médula.

Karakará: Carancho. Pájaro mitológico que repartió los dones entre las distintas etnias.

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Karaí: Señor. Se utilizaba en privado para referirse al Dictador Francia.

Karaí Guasú: Gran señor. Se utilizaba para referirse al Dictador Francia.

Karameguá: Baúl, arcón.

Kuñá: Mujer, hembra.

urupí: Héroe legendario sucio y lascivo, famoso por la longitud de su miembro viril.

Kuruzú: Cruz.

Lataparará: Sonido onomatopéyico de las latas que se caen o golpean.

Leste: Viento del este, generalmente muy frío

Macatero: Comerciante ambulante.

Manduví: Cacahuete, fruto del maní.

Mariscar: Salir de caza.

Mate: Líquido que se obtiene de cebar la yerba mate con agua caliente.

Mensú: Obrero de los yerbales. Abreviación de mensualero.

Miramina: Forma cariñosa de pedirle a una persona que mire algo.

Mbayá/es: Indios chaqueños de la familia lingüística guaicurú, famosos por su bravura.

Mbeyú: Torta de almidón.

Mbeyú mestizo: Torta de almidón mezclada con harina de maíz.

Mbokapú: Tiroteo, sonido de los tiros.

Ñandutí: Encaje.

Ojó ojó: Grito con que se arrea el ganado. Significa se va, se va.

Pacholí: Planta cuya flor olorosa se usa para perfumar la ropa.

Paíno: Contracción de padrino.

Pa'i: Cura, sacerdote.

Panambí: Mariposa.

Payé: Hechizo, brujería, encantamiento.

Payesera: Hechicera, mujer que hace un embrujo.

Parará: Ruido onomatopéyico de latas que se entrechocan o caen.

Payaguá/es: Indios chaqueños pertenecientes a la familia lingüística guaicurú, vivían surcando el río Paraguay.

Payaguá mascada: Lampreado. Tortas pequeñas de carne pisada con mandioca que se cocinan en aceite.

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Pepú: Frontón. Tira que se colocaba en la frente del peón para ajustar una carga de yerba.

Pipu: Grito de alegría.

Pip pip pip: Grito de alegría.

Pirí: Planta de cuya fibra se hacen sombreros.

Plagueos: Rezongos, quejas.

Plin plin: Ruido onomatopéyico.

Po'i: Delgado, fino.

Pombero: Duende de la superstición popular, maléfico y ruin.

Pora: Duende, fantasma.

ororó: Rosetas de maíz.

Reviro: Resto de comida que se guarda para repetir a la noche o al día siguiente.

Sununú: Revuelta, asonada. En la novela se usa como ruido onomatopéyico del trueno.

Susu'a: Grano con pus.

Talla: Burla.

Takurú: Hormiguero en forma de montículo.

Tatakuá: Horno de barro de forma abovedada semejante a un iglú.

Ta ta ta: Ruido onomatopéyico de los tiros.

Tayí: Lapacho. Árbol característico del Paraguay con flores rosas, blancas o amarillas. Según la creencia popular anuncia el término del invierno.

Tereré: Líquido que se obtiene de cebar la yerba mate con agua fría.

Typoi: Blusa. Camisola con encaje en el escote y las mangas.

Tororé: Balancearse en la cuna. Por extensión canción de cuna.

Tororó: Borbotar. Voz utilizada con sentido onomatopéyico.

Turú: Cornetín de asta vacuna. Utilizado con sentido onomatopéyico.

Urucú: Tinte de color rojo extraído del árbol de ese nombre, utilizado por los indios en las pinturas ceremoniales.

Yacaré: Forma castellanizada de jakare, cuyo significado es caimán.

Yacy Yateré: Duende rubio que aparece por la siesta.

Yu'i: Rana. Sonido utilizado con sentido onomatopéyico.