La Caridad, que es siempre agradecida
y nunca un solo punto estuvo ociosa,
fuerza a salir en
algo de medida
en fiesta tan solemne y tan dichosa;
y,
agradeciendo el don de la venida
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de las reliquias santas,
no reposa
hasta que sus triunfos celebrando
en todos
vaya el bien comunicando.
Y para que
mejor se entienda y vea
la gloria que a los santos es debida,
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cuéntanse las hazañas y pelea
con que
ha sido por ellos merecida;
y pues que Dios se ensalza
y se recrea
en ver que por su amor dieron la vida,
quien
a los santos ama será justo,
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oiga con atención,
silencio y gusto.
Y aunque de todos géneros
y estados
de cuerpos santos Dios ha concedido
a México
los huesos consagrados,
no puede ser de todos referido
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el modo con que fueron coronados,
y así entre
todos hemos escogido
los mártires sagrados, cuya
historia
causa a los cuerpos santos suma gloria.
Es
la tragedia, historia muy sabida,
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de la persecución
y torbellino
con que por Diocleciano combatida
la Iglesia
fue, y después por Constantino
a suma paz y bien
restituida.
Mostrándose mayor favor divino
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a
la sazón, que por juicio humano
parece estaba lejos
de su mano.
La Iglesia, de virtudes adornada,
estaba en su reposo muy contenta,
pensando ser la lluvia
ya pasada;
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y entonces se levanta más tormenta,
que la Gentilidad acompañada
de Idolatría
y Crueldad cruenta,
venciendo el pecho de Diocleciano,
hacen que en perseguirnos ponga mano.
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Viendo
la tempestad que se movía,
san Pedro, san Gorgonio
y Doroteo
(que eran en el palacio de valía)
proponen
al martirio su deseo.
Publica el César su cruel
porfía
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con edicto y pregón horrendo y feo.
Cromacio en Asia a perseguir la gente
se parte, y Daciano
al occidente.
Hace la Iglesia digno sentimiento
en tiempo de peligro y pena tanta.
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Las Virtudes le
dan divino aliento
con que el deseo al padecer levanta.
Un caballero, con ilustre intento,
llamado Juan, movido
de ira santa
en la corte, con ánimo valiente,
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los edictos rompió públicamente.
Siendo
por esto preso y afligido
y ante el emperador atormentado,
al fin no pudo un punto ser movido.
Pedro, al sacro martirio
aficionado
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publica ser cristiano y haber sido
con Doroteo
y Gorgonio acompañado,
y dando por su fe razones
fuertes,
fueron a padecer dichosas muertes.
Procura
el César que en ninguna vía
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se dé
a los cuerpos santos sepultura,
pero la Iglesia, como madre
pía,
con grande pompa dársela procura.
Supo el emperador que no podía
vencer la fe conforme
a su locura,
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y de rabia y furor dejó el estado,
y murió duramente atormentado.
Sucede
en el imperio Constantino,
a quien la Santa Cruz por estandarte
fue dada; y con aquel favor divino
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venció a Magencio
el venturoso Marte.
Después, estando ya al morir
vecino,
sin ser para sanarle el mundo parte,
llamó
a Silvestre del monte Sorano,
y siendo bautizado quedó
sano.
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Reconociendo pues el beneficio
tan raro, tan precioso y soberano
para hacer a Dios algún
servicio,
entronizó a Silvestre por su mano.
Restituyó
el divino sacrificio
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y tanto ennobleció el pueblo
cristiano
que con razón la Iglesia, de afligida,
quedó triunfante y muy engrandecida.
Hizo
buscar los huesos consagrados
que la persecución
había escondido;
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y siendo dignamente venerados,
les dio templos y culto enriquecido.
Siendo pues nuestros
bienes restaurados
en estado cual nunca habían tenido,
vuélvese la tragedia de dolores
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en cánticos
divinos y loores.
Triunfa finalmente con grandeza
de la Gentilidad la Iglesia Santa;
de Idolatría,
Fe con gran firmeza;
y de la Crueldad que al mundo espanta
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la divina Esperanza sin flaqueza,
que puso al duro
golpe la garganta;
y al fin la Caridad que a todas ellas
concede silla sobre las estrellas.
Y
dada brevemente desto cuenta,
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pido atención devota,
pues la pide
la grave historia que se representa.
Y quien
con la flaqueza nuestra mide
la empresa grande, ve que
sin afrenta
el saber de alcanzarla se despide;
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pero
en hecho tan arduo y tan debido
es gloria acometiendo ser
vencido.