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| Salmo 81:11 | ||
Al principio fue el pobrerío. Hace mucho tiempo. Hará como treinta años, o más. Tal vez en los días de la revolución.
La gente comenzó a acudir a doña Consuelo porque hacía honor a su nombre y porque tenía fama de beata. Ya nadie la recuerda demasiado claramente, y hasta Don Eleudoro (que la conoció de cerca porque era su vecino y comentan que su novio), con la chochez instalada en la memoria desde hace mucho, perdió los contornos de su figura magra dentro del ancho pollerón de tres volantes, del typoi amplio y del rebozo que la abrigaba en invierno.
Ahora don Eleudoro se pasa el día y el anochecer, reclinado en la hamaca, bajo los árboles, mirando el ir y venir de los peregrinantes, por entre párpados arrugados como hendijas, velando pupilas mortecinas. Cuando los renuevos de su numerosa prole, personificados en una bandada alborotadora de chiquillos semidesnudos, le gritan cerca de las orejas, que hay que mover de sitio la hamaca, porque el sol ya le da en la cara, el viejo parpadea y se incorpora como una eterna gota de secreción nasal en la punta de la nariz, ayudado por los rapaces y obedece pasivamente para instalarse otra vez en la sombra.
Ciertas noches, tendido en su camastro, vuelve a ser joven. El feldrejo en que se convirtió su miembro viril, —68→ cobra entonces vida y retoza con Consuelito bajo el granado. Antes que el sueño juguetón le hunda en el no ser, las resecas cuerdas vocales, vibran en un breve graznido de risa. El clan de don Eleudoro comenta entonces al día siguiente, en la ronda de tereré, en guaraní, que el caraí ha tenido otra vez la visita de Consuelo de las Luces. Un regocijo sacrosanto inflama entonces los pechos fláccidos de las matronas descalzas y exclamaciones hacen círculos de todas las bocas.
Hay días, por el contrario, cuando los ojos de don Eleudoro se ponen de par en par, y le entran tropeles de imágenes flamígeras que le iluminan los escondrijos de sus recuerdos, abre pues la caverna de la boca y entre encías peladas resuena el grito de ¡fuego!¡fuego! Entonces el clan se estremece y todas las manos aletean con la señal de la cruz.
Al principio fue el pobrerío. Ahora el mangal que perteneció a la casa quinta de la orgullosa familia de los Arteaga Colombo, es un enorme baldío salpicado de maleza bravía y de escombros, entre los que se estacionan los carros más sofisticados que el contrabando y las liberaciones facilitan a los poderosos. Las ruinas de la antigua mansión exhiben la tapicería de humedades, las pústulas de ladrillos al descubierto por revoques caídos, canaletas de encajes de hojalata desgajadas y persianas tuertas, en sombría pasividad.
Todo ha cambiado desde aquella primavera sin lluvias y azotada por el ventarrón del norte, que marchitó plantíos, secó los limoneros y levantó remolinos de día y de noche en los patios polvorientos y en el arenal de las callejas. Había soplado ululante fatigando los oídos de los pobladores, con un cansancio distinto del que ya era parte de la rutina y parte de la naturaleza de la gente.
—69→Todo había cambiado, menos la gente misma. Ya no existe el rancho culata yobai de consuelo de las luces más en la retina vacilante de don Eleudoro. A veces, en sus ensoñaciones penumbrosas se rasgan las negruras del olvido y vuelve a ver por breve lapso, el antiguo entorno: caravana descalza en fila india con revuelo de rebozos, de mujeres con cabellos tirantes y rodetes sobre la nuca, con niños dormidos colgando de pezones sin jugo, murmurante de voces nasales mechadas de modulaciones suplicantes: mezcolanza de perros, vacas, burros y caballos enjaezados con relumbre de baratijas; cerdos, gallinas y chiquillos panzones con el trasero al aire, arrastrando el hambre entre los charcos, buscando bayas y raíces y confundiéndolas con lo que hubiere, fueran desperdicios o excrementos. El ir y venir se prolonga en el recuerdo confuso de don Eleudoro desde las tintas tímidas del amanecer, hasta que el ocaso viste de fuego primero y de lila después, la filigrana de la arboleda. Entonces todo queda quieto como un anhelo congelado en el fracaso. La noche encendía al cabo de la vigilia luciérnagas, y los sonidos de los grillos raspaban la quietud. Volvía a escuchar entonces, en el recuerdo, don Eleudoro, el murmullo de los rezos de Consuelo, desenrollando letanías y rosarios, mientras su rancho, más allá del lodazal, se iba iluminando. Primeramente las candelas se encendían en el cuartujo de la izquierda donde estaban la imagen de María Auxiliadora, de María de los Dolores, de María de la Anunciación, de Nuestra Señora del buen Parto, de Nuestra Señora de la Asunción, de la Virgen de la Candelaria, de la Inmaculada Concepción, de la Virgen de los siete Puñales, de la Virgen de las Mercedes, y de las Santas: Librada, Lucía, Elena, Teodosia, Juana de Arco, Isabel de Hungría, Catalina, Ana, Trigidia, Anacleta y Edelmira. Luego le tocaba el turno al cuartucho de la derecha (de los varones), donde se —70→ iban encendiendo las velas en honor a Santo Domingo, a San Judas Tadeo, al Corazón de Jesús, a San la Muerte, a San Pío X, a San Roque, a San Blas, a San Martín de Porres, a San Cayetano, a San Antonio, a San Eleudoro, a San Miguel, a San Gabriel, a San Eustaquio y a San Anselmo, acompañados de una corte de beatos. Para la media noche el rancho se inflamaba con relumbres de fiesta.
Don Eleudoro, mecido por las brisas y los vientos en el regazo de la hamaca, continúa convencido que ella sigue allí, enfrente, cruzando el gran charco en que se revuelcan los puercos y los niños, aconsejando a los dolientes, consolando a los sufrientes y curando con oraciones a los desahuciados. Nadie salió nunca sin su mendrugo de ilusión y muchas curas milagrosas se cuentan a lo largo de los días y los meses y los años y los lustros y las décadas. La gente muere convencida que arrebató un tiempo de yapa a la vida por los buenos oficios de la constelación de los santos del almanaque y por intermediación de Consuelo de las Luces. Muchos niños idiotas balbucearon monosílabos y bocetaron sonrisas entre babas en su marasmo facial. Hasta hubo retrasados que contrajeron nupcias y procrearon. Hubo paralíticos que hicieron pinitos y hasta pobrezas remediadas, además de huesos, músculos, nervios y mal de ojo aliviados, y ciegos que creyeron ver la claridad del sol impresa en retinas muertas.
Solamente de vez en cuando se filtra en el revoltijo de recuerdos de don Eleudoro, la evidencia aterradora del pasado, de aquella noche de Todos los Santos, evidencia que salta como una chispa entre otras reminiscencias confusas y le estalla en la memoria. Entonces grita con voz cascada: ¡fuego! ¡fuego! Fugazmente comprende que Consuelito ya no está enfrente, más allá del lodazal; —71→ que ardió como rama seca entre sus luces, aquella noche de Todos los Santos, en que el viento del norte paseara sus ráfagas calientes sobre el poblado, despeinando las copas de los árboles, barriendo arenales, castigando ventanucos, chicoteando los hierbajos, fatigando los ánimos, e inflamando la paja del alero primeramente (bajo el que esa noche especial ardían para las ánimas candelas extras), y de la techumbre del rancho de Consuelito después, en un desenfreno de llamas danzando con el aliento tórrido del norte.
Al espanto de la lucidez repentina sobreviene la consolación. Alas imágenes de Consuelo ardiendo entre sus santos y sus santas, se superponen las de sus retozonas fornicaciones con ella en la etapa previa a la de la santidad, y se suman las de la heroica renuncia a los eróticos trotes, en cuanto ella supo que Eleudoro tenía una ristra de hijos con la concubina, por lo que Consuelito decidió renunciar al matrimonio. Y permanecieron fieles a su decisión. No habían vuelto a tocarse nunca más, ni con la mirada. Si alguna vez tropezaban en la calle, solamente mediaban entre ellos los buenos días don Eleudoro o las buenas tardes doña Consuelo con los ojos rastreando el camino.
Ahora el viejo mira sin comprender el apretujamiento de carros relucientes con motores que rugen con impaciencia sobre el aparcamiento y sobre el empedrado que reemplazó el lodazal de los días de Consuelito; mira la romería heterogénea y bullente que acalló el manso trajinar y las voces nasales tímidas que se elevaban como interrogantes, otrora. No entiende que ya no están ni el mangal ni los majestuosos eucaliptus entre los que yaciera el mínimo rancho culata yobai, y que todo, desde el incendio, ha sido reemplazado por un baldío aparcamiento; por un tinglado parecido a un hangar de aviones, —72→ en los que se concentran los peregrinos en torno a las cenizas milagrosas de Consuelo de las Luces (de su vivienda y de sus estampas de santos); y por dos construcciones paralelas que pregonan con grandes letreros su condición, la una de santería y la otra de cantina. Otros carteles comunican a los peregrinantes los días oficiales de milagros y curaciones y también que el complejo constituye casa de oración y centro de evangelización y además, cómo no debe acudir vestido el peregrinante. Las chiperas, alojeras y mercaderas de mil fruslerías de otros tiempos han sido convenientemente desalojadas del sagrado sitio donde hoy todo está en debido orden y solamente lucran los legítimos monopolizadores y depositarios de las utilidades del milagrerío.
Don Eleudoro no se dio cuenta del despliegue de guardias de seguridad que alborotó a la concurrencia. Ha llegado la limusina del Jefe de Policía de la Capital. El cuerpo del Comandante Alcaraz que había sido erecto como un mástil, está ahora torcido en un signo de interrogación hacia tierra y se desplaza lento y torpe, arrastrando los pies, sostenido por dos guardaespaldas.
Entre la multitud que pugna en torno a las cenizas santas, protegidas por un cordón de seguridad, una mujer magra, de pupilas alucinadas, no se percata que los peregrinos la zarandean, soban y empujan. Sus ojos han quedado fijos, como absorbiendo furibundos la figura de garabato del Comandante Alcaraz que avanza penosamente en un camino abierto para él por las fuerzas del orden. La mujer tiene las manos embadurnadas de cenizas. Consiguió recogerlas y era un buen síntoma. No todos tienen el privilegio de lograrlo y tienen que conformarse con las que se venden en la santería envasadas en botellitas y que no son tan milagrosas como las que reposan en el sitio del incendio. Con esas cenizas, penosamente —73→ conseguidas, se había signado la frente, la boca, el pecho y los hombros y con las manos aún empolvadas quiso arañar el rostro desvaído del Comandante. En un relámpago de ira recordó ese mismo rostro soberbio otrora, respondiendo a su demanda en pro de la vida de su hijo, mientras ella, suplicante, se había arrastrado por el pasillo intentando besar sus botas.
Los guardias están desalojando a los peregrinantes, y ella, arrastrada, empujada, y llevada en vilo, se encontró sin saber cómo ni por qué, enfrente, más allá del empedrado, en el seno del clan de don Eleudoro, ante la hamaca en la que dormita el que fue novio de Consuelo de las Luces, ahora apóstol, reliquia y oráculo de los sufrientes. El viejo se incorpora dificultosamente, brillándole la gota en la punta de la nariz, apoya los pies en tierra frenando el vaivén de la hamaca, y la mira sin comprender por qué la mujer pone sus manos crispadas sobre sus rodillas huesudas y le musita entre hipos y lloros y caudales salados, su impulso de vengar a su hijo muerto por las fuerzas del Comandante Alcaraz. El clan la mira silencioso con la lástima derramándose de todos los ojos. Don Eleudoro no entiende, pero en sus brumas cree ver a Consuelito arrodillada ante él, desmontada al fin de su tenaz encono, y murmura confuso palabras de perdón, paz, tolerancia y olvido.
Un regocijo sacro invade los corazones de todos y la mujer seca sus lágrimas al fin, y su odio se deslíe en terneza mística.
Hay que perdonar. Todos han entendido ¡Hay que perdonar!
El viejo sorprendido comprende fugazmente lo mucho que cambió todo desde que su Consuelito, Doña Consuelo, ardió entre sus luces.
—74→Sí. Todo ha cambiado. Pero la gente no cambió...
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«Yo aquí hallé sosiego.
»Aprendí de ellos, que no se apuran por nada.
»Al principio quise arreglar el huerto y cuidar el césped, reparar el tejado y remendar el reboque caído. Y los contrataba, y venían un día o dos y después desaparecían, se hacían humo. Y a veces prometían y no venían nunca...
»Recorría los barrios y hablaba con la gente y así aprendí a entenderlos. Ahora sé cómo piensan y cómo viven y hasta casi me convertí en uno de ellos».
Dio dos chupadas a la bombilla y tras el ruido de succión que anunciaba que el líquido había terminado, me sirvió un tereré que acepté para no desairarlo.
«Viven mal, pero no les importa. Su tierra se está empobreciendo cada vez más por la erosión, porque derriban los árboles de los montes para hacer sus capueras y la lluvia lava la tierra fértil. Los cerros que había eran hermosos y los bosques y el lago. Pero todo se está viniendo abajo, como las antiguas mansiones y las personas. Pero no se nota todavía demasiado, todavía...
»De unos años a esta parte hay cambios que no preocupan a nadie, ni a mí tampoco, ahora...
»El lago se está colmatando y pudriendo, los peces están siendo devorados por las pirañas; los cerros están desapareciendo a golpes de dinamita o se están —76→ convirtiendo en cárcavas rojizas; los bosques están siendo reemplazados por cítricos y capueras y cocotales y las lluvias de verano están escaseando. Las grandes lluvias erosionan las calles y los campos y lavan la tierra de cultivo. Todo se está convirtiendo en zanjones y arenales. Acá la tierra es mansa como la gente, pero se desquita lenta y secretamente devorándose a sí misma».
Le devolví la guampa y él se sirvió y siguió hablando con indiferencia.
«Pero si a nadie le importa, a mí tampoco. Yo vine pensando que acá podía hacer algo cuando me amenazaron los del gobierno por mis artículos en el diario, y cuando decidí que era preferible hacer algo dentro que fuera del país... Y me refugié en la antigua casa de mi abuela. Y aquí aprendí muchas cosas. Aprendí una filosofía popular que en mis años de universidad no podía entender.
»Al principio no me resignaba. Quise nuclear a los más cultos en un club literario pero no le interesó a nadie. Quise organizar una cooperativa de artesanos y prefirieron dejarse explotar por una institución de ‘damas de la caridad’ que les compra sus productos a precios miserables para revenderlos en ferias de beneficencia. Intenté muchas cosas... y después me tranquilicé.
»Usted pensará que están desmotivados, pero no es así. Sus motivaciones son propias y no dependen de ningún plan de ningún gobierno. Supongo que están cansados de que se les mienta. No creen en nadie más que en sus vivencias ancestrales.
»Cuando les viene la inundación y la sequía, alternativamente, sacan sus fetiches por las calles y se consuelan. Así son...»
—77→Siguió hablando sin amargura mirando la serranía esfumada contra el azul.
«Pero si a nadie le importa, a mí tampoco. Viven su vida y no les inquieta lo que anuncian los medios de comunicación. Se desquitan en los velorios, en las procesiones, en los bailes, en los casamientos y en la caña. Ahora también toman mucha cerveza y bailan y se visten como ven en la televisión. Para eso solamente trabajan. Para vestirse. Pero viven mal, muy mal, como yo aprendí a vivir.
»Y cuando les pregunto por el último escándalo que anuncian los diarios sobre fuga de divisas, o el mercado negro, o las estafas públicas o la suba de los alimentos, se encogen de hombros y responden:
»Y qué le vamos a hacer. Todavía estamos mejor que en otras partes. Así no más tiene que ser. Todavía tenemos mango, coco, guayaba y mandió».
Me ofreció otro tereré que acepté con sacrificio para no desairarlo a pesar de la repugnancia que me producían sus pocos dientes, negros de nicotina, su aspecto desaliñado y las largas uñas de sus pies enchancletados.
«Yo le pregunté el otro día a mi compadre Catalino que cuándo iba a salir de la cárcel el tío de su mujer que está a la sombra por el desvalijamiento del Banco Nacional de Obreros y él me respondió:
»Y..., cuando todo esté tranquilo y la gente se olvide un poco...
»Entonces le averigüé cómo sabiendo como todo el pueblo sabe, que ese fulano es un ladrón público, le declararon unos días antes de meterlo a la sombra, ‘Hijo dilecto’ del pueblo y le hicieron hablar en público en la apertura de la temporada de fútbol, y me contestó:
—78→»Sí, todos sabemos que es ladrón, pero ayuda pues a los pobres... Y nosotros somos, pues, cristianos, y sabemos perdonar...
»Acá la gente es así. Me contó don Saturnino que el tipo ése que le envenenó a la rusa para robarle su casa después de hacer un arreglo con los impuestos atrasados de la pobre mujer, mandó decir desde la cárcel que pronto va a salir y le va a arreglar las cuentas a los que le delataron, porque tiene compadre poguazú.
»La consigna es: ‘tranquilo pa...’».
Le devolví la guampa con repugnancia y le dije gracias, pensando que ya había cumplido con él lo suficiente.
Por la calle erosionada que más parecía una salamanca que calle, pasó una mujer llevando un enorme haz de leña sobre la cabeza, esquivando pozos y montones de basura y saludó:
-¡Adiooo...!
-Adiós Ña Fidelina -respondió y chupó con fruición la bombilla. Gruesas gotas de sudor le resbalaban de entre los cabellos ralos y pegoteados, por la frente y las sienes. Se secó con el dorso de la mano.
Vacas perezosas rebuscaban hierbas en el basural.
Los mangos se pudrían en el patio, las avispas danzaban sobre ellos y las gallinas merodeaban en el viejo corredor enladrillado y sucio. Una caravana de hormigas negras se afanaba en trasladar insectos de una grieta de entre los ladrillos hasta un agujero junto a la pared.
«Yo aprendía la lección. No hay que preocuparse si nadie se preocupa».
—79→Frente al viejo caserón donde estábamos charlando, había una choza miserable de madera, cercada de tacuaras, la inevitable capuera y unos diez muchachitos andrajosos corriendo detrás de una pelota de trapo.
«Esa familia que usted ve ahí, es de doce hijos. Hasta hace unos tres años la madre era hermosa, ahora está deformada y sin dientes. Viven de la prostitución de la hija mayor, de algunas changas que hace el padre y de la ayuda de los curas.
»Esa, acá, es una familia bien constituida. Nadie trabaja en serio. Yo le pregunté una vez a su madre si no le molestaba que sus hijos mayores no tuvieran trabajo regular y ella me contestó:
»Todos son muy buenitos: o peloteá todo el día. Así somo... Qué le vamo hacer...
»El sueño de esta gente para sus hijos es que sean futbolistas. Sólo los tontos les buscan un oficio y los pretenciosos quieren para ellos un título para entrar a la administración pública y forrarse como dicen.
»Y yo ya le tomé el gusto a esta vida. No se hace mal a nadie y nadie le molesta a uno. La cosa es acostumbrarse y después es fácil porque nadie le pide nada a nadie. Vegetar no es tan malo, después de todo, y si la tierra se empobrece y la gente se empobrece, para eso está el gobierno y si al gobierno no le importa, a mí tampoco...
»Ellos son felices así como están y yo aprendí de ellos. Hasta me volví sociable. En las fiestas están vestidos a la moda Pettirossi y se saben divertir, y me aceptan...
»Hay que saber vivir...
»Al fin y al cabo cada uno hace lo que puede y de balde la gente se queja.
—80→»Con nuestro sistema si uno no se mete con nadie, nadie se mete con uno.
»Y al menos no tenemos cuartelazos como antes. Yo aprendí eso y vivo tranquilo ahora. No cambiaría por nada mi manera actual de tomar las cosas, ni por las riquezas de los políticos y los jerarcas, que tienen que andar con guardaespaldas y todo eso... Total si roban, es problema de ellos y para eso se toman sus molestias. Yo no tengo vocación para eso y vivo, en cierta forma, mejor que ellos, al menos, sin sobresaltos. El que puede, puede... y el que no... chiá».
Le di las gracias por su tiempo y me alejé del derruido caserón con desconcierto. Había renunciado a escribir un artículo sobre el que en un tiempo había sido llamado por la prensa: «El tigre del periodismo».
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Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal. |
| Génesis 19:26 | ||
Creo que estoy muerta. Siempre lo creo, pero al final me reencuentro con mi cuerpo. Ahora vuelven las visiones. ¡Ave María Purísima! Claro que estoy muerta... Ya no siento mi pesado cuerpo. ¿Es entonces mi alma la que se enfrenta con esas horribles alucinaciones? ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ¡El cura me dijo que la fórmula no fallaría! Pero falla... ¡Déjenme, déjenme, déjenme...! ¡Espectros violetas, amarillos, rojos, azules, de muecas burlonas, de lenguas escarlatas chorreando babas sanguinolentas...! ¡¡Socorroooo!! ¡Pero si la voz no me sale! ¡No tengo ni cuerpo, ni dolores ni sonidos! Sólo esas horribles visiones violetas, amarillas, rojas, azules y negras de rostros perversos haciéndome morisquetas burlonas y riéndose con grandes carcajadas mudas, sacándome sus lenguas sangrantes, haciendo contorsiones obscenas con manos amarillas de uñas largas y negras que se me acercan, se me acercan y me traspasan y me desgarran la nada, la ausencia donde debió estar mi cuerpo que me falta y que busco aunque me doliera, que añoro aunque tanto me molestara, que deseo aunque fuera para cargarlo como lo cargué tanto tiempo... ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ave María Purísima! ¡Ave M...! Pe... pero, si es él, mi hijo preferido, el que está retorciéndose y retorciéndose como un cerdo herido, sangrante, echando saliva rojiza de la boca abierta como en una —82→ náusea, como cuando tuvo aquel ataque en que le reventó el corazón por causa de la gordura, había dicho el médico, y abría la boca y la abría y la abría... como si no pudiera vomitar. ¡Ave María Purísima! ¡Escucho una voz, sí, una voz por fin, en el silencio poblado de fantasmas! ¡Virgen del Carmen, mi abogada, escúchame, sálvame, defiéndeme...! ¡Gracias Virgen Santísima! Escucho la voz de ella, de Rubí mi nuera, mi única nuera, la esposa de mi hijo predilecto, sí, es su voz, familiar, tranquilizadora, que me dice que despierte, que todo está bien, que ella está a mi lado, que no estoy muerta... Ahora empiezo a sentir mi cuerpo, que aunque ya no me sostiene, es mí o y yo lo llevo, bamboleante, lo cargo, lo trasporto a fuerza de voluntad, porque lo quiero, porque me une a la vida, al sol que ya estoy viendo reflejarse en el espejo. Allí está ella. Me da de beber algo, siento que es dulce, un jarabe. Trago con dificultad. ¡Gracias, Virgen del Carmen, por no estar muerta! La mano me pesa, me tiembla, no me obedece, pero logro asir entre mi ropa el escapulario. He vuelto en mí.
Lo logré. Ellos van a venir. Dos de mis nietos. Hijo de mi hijo el descastado, al que yo perdoné porque soy cristiana. El padre me trae la comunión todos los primeros viernes de cada mes, hago limosnas a muchas instituciones de beneficencia, rezo todo el día por mi hijo descastado al que perdoné porque soy cristiana, aunque jamás venga a verme, a mí, que soy su madre, una mujer justa como pocas, que perdona las múltiples ofensas recibidas a lo largo de ochenta y siete años, años en que he soportado todas las humillaciones y desdenes de esa extraña mujer que es la de mi hijo descastado, que por su —83→ culpa no viene a verme ni en el día de mi cumpleaños. Y yo lo espero siempre, siempre, a pesar de que esa mujer lo apartó de mi lado, me quitó a mi único hijo vivo que aún me quedaba, pero que ya no me pertenece por causa de ella, la de gesto orgulloso de quien todo lo puede. Y pudo. Me apartó el único hijo vivo que tengo, por hiena, por codiciosa, por maldita, por egoísta... Si hasta volvió protestante a mi hijo descastado y a todos sus hijos, que se apartaron de la familia, del amor que todos quisimos prodigarles y nos rechazaron por causa de esa extraña mujer. Esa mujer que yo catalogué desde el principio con el certero instinto de la experiencia y de la intuición de madre que me caracterizan. Su aire orgulloso jamás se me escapó a pesar de que a mucha gente le caía en gracia por su delgadez, sus ojos verdes y su malsana afición a la lectura. Cuántas veces le decía, los primeros años que vivieron conmigo, que era malo para la salud que estuviera leyendo hasta las dos de la mañana noche tras noche. Yo me desvelaba saliendo y entrando del patio para ver si en su departamento la luz continuaba encendida. Yo no dormía por controlar. Pero ella jamás me agradeció. Al contrario. Me devolvió mal por bien. Se llevó a mi hijo, pero no sin pelea. Yo luché por él años y años y hasta hoy lucho. Le daba dinero, mucho dinero, le hablaba de la herencia que Jerónimo y yo le dejaríamos, la estancia y las diez mil cabezas que teníamos bajo el cuidado de mi hijo predilecto, el mayor y el mejor, el más fiel de todos los hijos, el que nunca me abandonó hasta que murió del corazón, el pobrecito, de tantos quebrantos como le dio su hermano descastado. Por suerte me queda su esposa, mi única nuera, Rubí, la que me cuida, aunque ella ya tiene también la salud quebrantada. Siempre fue enfermiza, frágil, débil, dócil, diciéndome todo aquello que pudiera satisfacerme, confortarme, alegrarme, sin jamás estar en desacuerdo —84→ conmigo, lo contrario de esa extraña mujer de mi hijo descastado, esa mujer con sus aires de sabelotodo, con su lengua filosa... No en balde la familia la motejó de hiena. Porque vino a devorarnos, a burlarse de nuestra prestigiosa familia tan unida, ella, la pobretona, la que nunca tuvo donde caerse muerta, la que me replicó siempre en mis sabias decisiones de madre justa, la que criticó mis actos y hasta mi amor por mi hijo descastado, al que siempre di dinero, mucho dinero, para mostrarle mi preocupación por él, que no supo responderme y se dejó llevar por su extraña mujer hasta dudar de mi justicia, hasta reclamarnos, a mí, su madre, y a mi hijo predilecto, que le mostráramos el manejo de los bienes e intereses familiares de los que en el depositario natural mi hijo mayor, mi predilecto. Esa extraña mujer lo convenció de que era deshonesto, ladrón y tramposo. Pero yo nunca creí esas mentiras y por eso siempre les firmé todos los documentos que ellos juzgaron necesarios, porque jamás dudé de las buenas intenciones de mi hijo mayor y de mi única nuera, la amada Rubí, que es más que una hija para mí. Ahora mis nietos van a venir. Y seguiré insistiendo para que venga también su padre, mi hijo descastado que me juró que jamás volvería a pisar, mi casa, porque ésta es mi casa, por más que ellos, los hijos de esa extraña mujer y el propio hijo de mis entrañas, el descastado, aseguran que ya nada me pertenece, que todo está a nombre de Rubí, la casa, los muebles, los documentos, que ya no tengo nada, desde la muerte de mi hijo predilecto que tenía los contradocumentos y de otro hijo que también murió comiendo hasta que le reventó el corazón como su hermano. En un año me quedé sin mis tres hijos: dos muertos con el corazón reventado y el descastado que se niega a pisar mi casa y a reconocer que siempre fui justa, que hice todo lo que debía y que si acepté la simulación de venta de mis bienes cuando mi —85→ marido Jerónimo estaba moribundo, y si permití que le hicieran firmar el traspaso en el sanatorio, fue por el bien de todos, para evitar el pago de impuestos al Estado, para evitar que la casa entrara en sucesión. Jerónimo firmó cuando el hermano de Rubí, que es mi hijo espiritual, le explicó que así se protegían los bienes familiares de la jauría de acreedores que le perseguían a mi hijo el descastado después de sus muchos fracasos financieros. Y yo que le ayudé tanto para que fuera hombre de negocios, como todos en nuestra honorable familia, pero perdió cuanto tenía por causa de esa extraña mujer que lo dejó en la calle y ahora alardea de gran artesana. Pero Dios castiga, ella tuvo que mantener a su numerosa prole cuando mi pobre hijo, el descastado, perdió todo lo que tenía, lo que le dimos de herencia y lo que yo le seguí dando después. Por eso mi pobre hijo predilecto me manejó mis bienes, para que el descastado de su hermano no me dejara en la calle. Ella se tiene merecido trabajar como artesana para vivir y mantener su familia. Dios le castigó también llevándose a su hijo de cuatro años, que murió electrocutado en castigo de Dios. Si no se hubieran apartado de la familia, si mi hijo el descastado hubiera obedecido las disposiciones de su hermano mayor, y si esa extraña mujer se me hubiera sometido, no tendrían que estar ahora en ese pueblo del interior viviendo como campesinos, deshonrando a la familia que siempre se caracterizó por el status. Antes de morir voy a lograr que mi hijo el descastado, venga y se arrepienta y reconozca que siempre fui justa. Les ofreceré a mis nietos los muebles que apartó Rubí y que pertenecieron a mi otro hijo, para que acudan a buscarlos y reconozcan que soy justa y que la sucesión de Jerónimo, mi marido; y de Aníbal, mi hijo muerto primero, y mis bienes, siempre han sido bien manejados, en perfecta justicia. A la larga los ofrecimientos —86→ darán resultados, siempre los dan, sobre todo con ellos que son unos muertos de hambre. Necesito lograr que mi hijo el descastado venga a reconocer que soy justa, antes de morirme, lo necesito y lo voy a lograr. No puedo descansar en paz hasta tener la seguridad que él reconozca mi justicia. Cuando antes de morir mi marido y mis dos hijos, uno tras otro, en el lapso de ocho meses, todavía él venía a visitarme, y pretendía averiguarme el manejo de los bienes de la familia, yo siempre le decía que se acercara a su hermano mayor, que es el natural depositario del patrimonio, y él se negaba y quería argumentar, que yo nunca lo dejé, porque jamás permití dudas respecto a mi hijo predilecto. Nunca lo escuché y siempre le cerré la boca porque soy muy hábil en hacer que me escuchen y lo lograré todavía. Sus reclamos jamás fueron oídos. Jamás le entregamos los contradocumentos de la venta simulada de los bienes, porque no es de fiar, después de los muchos reveses que tuvo en sus finanzas y con la hiena de su mujer presionándole. Pero voy a lograr que venga. Soy su madre y tengo derechos. Lo voy a lograr. Estoy en mi cama, bien perfumada y con mis sedantes que Rubí me hizo tomar para la espera. Ella está también en su casa de enfrente a la mía, custodiando para cuando vengan mis nietos, y vendrá también para controlar que no me digan nada desagradable. De vez en cuando ellos llegan, cuando llamo a su padre el descastado, y siempre me repiten lo mismo, que él no vendrá. Pero yo necesito que venga... Escucho el timbre de la calle. Son ellos. Les diré que le perdoné a su padre... Les diré...
—87→
Si no estoy muerta estoy a punto de morir. Pero todavía siento mi cuerpo que me duele desde la cabeza y las raíces de los cabellos hasta la última articulación... Esos malditos nietos míos me dijeron que mi hijo el descastado no volvería nunca más a pisar mi casa, mi casa, mi casa, mi casa... Pero yo no puedo morir sin que el único hijo que me queda vivo reconozca mi justicia, acepte mi generoso perdón, mi bondad de madre que le dio siempre mucho más de lo que se merecía. Tiene que venir, tiene que venir, tiene que venir... ¡Otra vez las visiones! ¡Ave María Purísima, Ave María Purísima, Ave María Purísima, Ave...! ¡socorrooooo!! ¡Fantasmas amarillos, violetas, azules, escarlatas, burlándose, riéndose sin sonidos, mostrando sus lenguas sangrantes y sus babas sanguinolentas!!! ¡¡Fueeeera!!! ¡Rubí, Rubí, que venga Rubí!! Ahora aparece Jerónimo y me muestra su garganta, veo su campanilla roja, enorme, moviéndose de un lado a otro. Me recrimina, está enojado, me acusa, me maldice, me anuncia que si muero así, sin que mi hijo el descastado reconozca mi justicia, quedaré por la eternidad de esta manera, sin reposo, en el pasado, sin cuerpo, como una estatua de sal sin poder moverme ni hacer nada nunca más contra las acusaciones de mi hijo el descastado, y las escucharé por siempre, por siempre, por siempre, por siempre... Jerónimo me repite lo mismo: ¡que YOOO, que YOOOO, sea quien le pida perdón a mi hijo el descastado!!! ¡Sé que me está diciendo lo mismo, y que YOOOOO NO puedo aceptar porque YOOO jamás me equivoqué, jamás me equivoqué, jamás me equivoqué, jamás me...! ¡Me acusa con un índice largo, largo, larguísimo, flaco, amarillo, que rodea el espacio en una espiral que se desenrolla siguiéndome y yo sin poder moverme, sin poder moverme sin...! ¡¡¡BUENO, ESTÁ BIEN, LO HARÉ!!! ¡¡¡LO HARÉEEE!!! Se me burla, se —88→ me ríe, me muestra su campanilla roja y bamboleante y me dice que ya es tarde, que ya estoy muerta... ¡¡¡RUBÍII...!!!
—89→
-«Laaaa, la, la, lá. Laaaaa, la, la, lá. Con burbujas... TODO ESTÁ MEJOR».
En la pantalla los cuerpos semidesnudos de mujeres y hombres jóvenes, alegres y bronceados, en calidoscópico movimiento beben heladas y burbujeantes gaseosas.
-«Laaaa, la, la, lá. Con Coca Loca se vive mejor. La, lá».
Voz masculina grave y aterciopelada:
-«El gran amigo de la pasión amorosa es el anillo de Joyería Llamosa».
Un galán introduce suavemente con expresión estática un anillo en el anular de una bella joven con el telón de fondo de la torre Eiffel. Los colores en la pantalla chillan con insolencia.
-«Usted no está en «la onda» si no lleva interiores Anaconda».
Traseros femeninos estrechamente enfundados en Anaconda se repiten de primer plano al infinito en la pantalla en violentos rosas, blancos y violetas.
-«Parán, pa, pá. Parán, pa, pa, paá... Los más finos productos de...»
Suena el timbre.
—90→Ulises Paredes baja el volumen del aparato que continúa parloteando, cantando, chillando, rugiendo a sotto vote y despidiendo vertiginosos destellos de colores cambiantes.
Abre la puerta.
-La rifa de LOS CORAZONES ABIERTOS. Usted ayuda a los niños impedidos y ellos le ayudan a ganar un departamento amoblado en Costa Brava, un automóvil de lujo cero kilómetro, un terreno a orillas del Lago Azoré, una moto marca Pegaso, un juego de...
Ulises Paredes cierra la puerta con violencia... Sentado frente al televisor con el volumen devuelto está otra vez a la espera del noticiero del mediodía.
-«Pom, pom... Poni, pómmm. Pom, pom, pom, pom, póm... No hay acidez con pastillas de Epulez. Pom, póm...»
Vuelve a sonar el timbre.
Ulises Paredes disminuye otra vez el volumen del aparato y abre la puerta.
-Usted perdone. Es mala hora. ¿Querría tener la amabilidad de dejarme pasar un momento? -el hombrecillo con la Biblia bajo el brazo avanza antes de recibir asentimiento.
De mala gana:
-Pase usted.
Se sientan ante el televisor a bajo volumen.
-Le traigo el Mensaje de las Buenas Nuevas-. Abre la biblia...
—91→El hombre de la pantalla de terno y corbata azul empieza a hablar con voz pausada...
-«Terrorismo en Angola. Cinco piratas aéreos con...»
-Mi padre era jugador y mi madre borracha. Yo me convertí a las tres de la tarde del día 25 de...
-«Un coche bomba estalló...»
-Cuando Cristo entró en mi corazón, mi vida cobró propósito y ya no vivo sin...
«De la sartén al fuego» -pensó Ulises Paredes.
-«Banda de narcotraficantes declara que...»
-Porque la Biblia asegura que es el hombre el que cayó en maldad y le echamos la culpa al Señor; yo digo, pues, que en las Escrituras... -ojea las Escrituras.
«¿Por qué no nos fulmina entonces el Señor si somos tan malos? ¿Qué espera pues?» -se pregunta Ulises Paredes.
-«Investigaciones sobre el SIDA revelan que...»
-Romanos asegura pues que el hombre fue contra natura y...
-«Inundaciones al norte y sequía al sur, destruyen cultivos a causa de deforestación...»
-...debemos reconsiderar nuestros caminos dice...
-«Ecologistas reunidos en Brasilia aseguran que la evapotranspiración de la masa boscosa del Amazonas es un factor clave en el equilibrio ecológico no sólo del continente, sino del globo, por lo tanto es...»
«¿Y qué puedo hacer yo en este bruto despelote: qué significo en este caos, atrapado como estoy sin poder —92→ huir a la isla de Pascua?» -gime Ulises Paredes interiormente.
-La Biblia dice que la naturaleza misma gime con dolores de parto a causa...
-«Contaminación de mercurio de grandes pantanos en nacientes de ríos por los ‘garimpeiros’, amenaza con envenenar un país entero a través de irrigación fluvial. Se estudia reclamaciones a nivel internacional».
«Y yo hacía versos, no hace mucho, hacía versos. ¿En qué mundo estaba?» -se pregunta Ulises Paredes.
-ééé no hubiera, pues, muerto en una cruz como un delincuente siendo el hombre más significativo de la historia. Y no escribió nada, su nombre no está registrado en los documentos de la época, fue pobre, no tuvo poder, no tuvo ejércitos pero está vivo hoy más que ningún otro que...
-«Etnocidio en el Brasil es denunciado por organismos...»
«Introspecto en mis menudos problemas sentimentales y en mis sensaciones personales creía que mi mundo era EL MUNDO, pero no es así» -se dice Ulises Paredes.
-«Los numerosos desastres aéreos este año están cobrando muchas vidas y las avalanchas registradas en la cordillera Andina y el terrenito en la zona de...»
-y si nuestra vida tiene propósito no derramaremos una sola lágrima vana, es la promesa del Evangelio de Cristo porque...
-«El Sumo Pontífice defendió el derecho a la vida desde su palacio de verano, y acusó a los fabricantes de anticonceptivos por negociar con algo sagrado como la —93→ vida humana porque...» -el hombre del televisor no pestañea.
-Y si manejamos nuestra vida según las Escrituras, Él nos ofrece promesas especiales. Si somos obedientes a sus estatutos y mandamientos no...
-«Y la ingeniería genética está en condiciones de atrasar el reloj biológico hasta los trescientos años, afirman expertos reunidos en Congreso de...»
«Qué horror», se dice Ulises Paredes.
-...y Él vino a buscar a los que estaban extraviados porque según Juan; 6, versículo...
-«... pero ya la muerte por hambre en Etiopía está disminuyendo en un porcentaje del...»
«¡Qué horror!», se repite. «¿De dónde sale tanta gente para morir?»
-«Y el Premier Ruso habla de paz en las reuniones que se vienen realizando en...»
«Y yo que soñaba con la chica de al lado y le escribía versos. ¿Cómo eran? Ya no recuerdo», se esfuerza pero no puede rememorarlos.
-«Kadafy dijo que la paz sólo sería posible si...»
«¿Cómo eran esos versos? Ya me vendrán», y trata de recordar.
-«...porque el armamentismo no podrá ser detenido y los misiles de...»
«Era algo así como: «En lugar de los áridos problemas decimales que... que... Caray, cómo seguían», trata de concentrarse».
—94→-...pero la decisión es interior y está al alcance de todos, de usted.
-«El Papa declaró que la paz mundial debe ser alcanzada porque es un bien común que...»
«Que son tan necesarios para vivir mejor». Eso era. Pero, ¿cómo seguirían?, se pregunta.
-«La vacuna contra el resfrío común es un triunfo que nos alegra a todos porque...»
«¿En lugar de los áridos problemas decimales que son tan necesarios para vivir mejor...?» -y queda con una laguna mental.
-«Y aunque parezca descabellado, se especula en medios informados con que el próximo campeonato mundial de fútbol se realizará en la Antártida para así...»
Usted ve, el Apocalipsis no es un cuento de viejas. Escuche su televisor.
-«Técnicos de las Naciones Unidas aseguran que para el año 2030 tendrá que habitarse los desiertos de Gobi, Atacama y Sahara por falta material de espacio vital 7».
«No me importa nada: quiero acordarme de aquellos versitos», se dice tercamente Ulises Paredes.
-Por eso la parábola del trigo y la cizaña nos ilustra con...
«En lugar de los áridos problemas decimales / que son tan necesarios para vivir mejor / yo me pasé la vida tejiendo madrigales..., me pasé la vida tejiendo madrigales: ¿Cómo pues, seguirían?», se atormenta Ulises Paredes.
—95→-«Y en esta pausa comercial antes del noticiero local queremos acudir a la caridad de los televidentes para ayudar al niño Remigio Quiñónez que se encuentra en la sala 3 del Hospital Infantil, internado con deshidratación avanzada y necesita para salvar su vida cinco frascos de suero fisiológico...»
-Usted puede darse cuenta que no faltarían cinco frascos de suero para un niño, si la sociedad no estuviese corrupta y en los hospitales hubiera lo elemental. Pero el hombre está caído y siempre retorna a la maldad a pesar de intentos y experimentos milenarios. Los medios de comunicación nos muestran. Se cierra el círculo y...
«Pelmazo», se dice con irritación Ulises Paredes. «Pelmazo maligno», repite.
Primeros acordes de la Quinta sinfonía. Y el locutor, con voz profunda:
-«El destino revelado con las cartas astrales del Profesor Arcanus. Atiende en la calle 5.ª y...»
-Y no vendrá el fin hasta que este evangelio se conozca en todo el orbe, así dice en...
-«Larí, larí, larí... Con cigarrillos Fumarola usted podrá dominar el balón; porque será más hombre...» La pantalla muestra un futbolista pateando la pelota con un cigarrillo entre los labios.
«Las noticias locales serán mejores», se propone con esperanza Ulises Paredes.
-Yo solamente cumplo la misión encomendada por el Señor de ser instrumento de difusión de su Palabra, así que...
—96→«Entonces espero que te mandes mudar, cretino», piensa Ulises Paredes y supone que el hombre se dispondrá a marchar.
-«Paránnn, pam, pammm. En su chalet sobre el Atlántico, logrará...»
La pantalla muestra a orillas de un mar azul cobalto y en playas color naranja, las carnes rosadas y semidesnudas de jóvenes bañistas en «tanga» haciendo movimientos ondulantes.
«Esto me gusta, ahora te vas a escandalizar, beato estúpido», ríe por dentro Ulises Paredes.
-Y todo lo que sucede está escrito y ya nadie puede ignorarlo a no ser vo...
-«Cerveza Kaiser, la cerveza de los poderosos, la cerveza que...»
«Ya estará por llegar el noticiero local porque ya viene Mocodol», se ilusiona Ulises Paredes.
«Pirín, pin, pin. Para el constipado nasal, Mocodol lo libra del mal. Pirín...»
«Veamos qué dice el local del problema del desabastecimiento de alcohol carburante. Estoy a punto de quedarme parado con mi coche alcoholero, qué pucha», piensa preocupado imaginándose a sí mismo a pie por la cinta asfáltica, con su portafolio de muestras de libros, rumbo al interior.
La pantalla refleja inesperadamente una secuencia del último partido de fútbol local en una filigrana pedestre de fintas y retorcimientos corporales. «Y ahora esto. A mí sólo me gusta el tenis» se fastidia Ulises Paredes.
-«Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, ¿y esta casa está desierta? —97→ Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto», lee el predicador. -Y en el verso 10 continúa: «Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos» -y prosigue-, y en el verso 11: «Y llamé la sequía sobre la tierra, y sobre los montes, sobre el trigo, sobre el vino, sobre...»
«Lo echaré. Lo echaré a patadas. Es insolente que un ignorante mencione estos conceptos. Es incoherente que un bruto lea estas cosas amenazadoras», brama por dentro Ulises Paredes.
-Y así habló Hageo. Y en la 1.ª Corintios; 18, Pablo afirma que nosotros también podemos ser sabios y ver todas estas cosas a condición de... -abre la Biblia con agilidad y lee-: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio».
Ulises Paredes cobra aliento para decirle: «váyase», pero en la pantalla aparece el hombre de terno y corbata azul anunciando las noticias locales. Ulises se concentra en las noticias para saber algo del problema del combustible.
-«Empresas prospectoras norteamericanas de petróleo, encuentran, por fin en el subsuelo, mar de petróleo. No puede calcularse el rendimiento (aunque se presume que es cuantioso) a causa de que reciben órdenes de cerrar los pozos por caída espectacular del precio del crudo».
-Y la sabiduría del hombre es para Dios, basura...
—98→-«Comisión de Derechos Humanos denuncia tres casos de tortura a la...»
-Y él se valió de pescadores ignorantes para...
-«Manifestación de campesinos y de indígenas reclaman tierras y son dispersados por la Policía en las...»
-Meditad bien sobre vuestros caminos, dice el profeta Hageo y yo...
-«Nueva plaga aún no estudiada hace estragos en los cultivos de soja. Falta rubro gubernamental para investigar, aunque en fuentes dignas...»
«En lugar de áridos problemas decimales / que son necesarios para vivir mejor / yo me pasé la vida tejiendo madrigales / a la vecinita del grado superior». ¡Eso era! ¡Por fin! -se dice triunfalmente Ulises Paredes.
-«Se investiga compra venta de niños en el barrio de...»
-Meditad bien. Eso debiéramos hacer...
-«El estado de precariedad del Manicomio Nacional es denunciado por facultativo que descubrió que por la noche, bandas de delincuentes entran en instalaciones no custodiadas de pabellón de enfermas mentales y las violan. Ocho casos de embarazos se han registrado a la fecha y se...»
«¿Para qué pensar en lo que no puedo solucionar?» -se persuade Ulises- «pero ¿cómo continuaba la última estrofa?» -intenta recordar.
-Yo sólo cumplo mi misión. Mi propósito no es incomodarlo, solamente...
-«Alto funcionario ministerial viaja a Australia para —99→ estudiar cría de canguros. Se presume una importación para...»
«Fue mi primer delito, mi primera torpeza. Eso es. Así comenzaba la segunda estrofa. Ya me está viniendo el recuerdo» -rememora con satisfacción Ulises Paredes.
-«El diario independiente EL DÍA es clausurado por prédica disolvente, declaró el...»
-Porque hay esperanza para el hombre, a condición de...
«Fue mi primer delito, fue mi primer torpeza / haber preconcebido la dicha de soñar / por eso... por eso...» se esfuerza en recordar Ulises Paredes.
-«Tres Orientales linchados en vía pública por Liga de Comerciantes Nacionales en la intersección de las calles...»
-Yo digo lo que dice la biblia, que si hay esperanza para el hombre como está en...
-«Diputado de la oposición denuncia enérgicamente contrabandos de ganado, rollizos, y azúcar y plantea...»
-La única revolución posible es la renovación interior...
«Por eso en este tiempo deshecho de tristeza... deshecho de tristeza... ¿Y el final?» -se interroga Ulises Paredes.
-«El caso evasión de divisas y monopolio del dólar está prácticamente cerrado. Cesa investigación».
-Y es inútil que busquemos otros mesías en el mundo aparte del que ya vino y está por volver de un momento a otro...
—100→-«La persecución de las sectas protestantes está cobrando un nuevo cariz, anunció Pastor bautista en...»
«¡Ahí está! Por eso en este tiempo deshecho de tristeza / recuerdo aquel sollozo de luna sobre el mar», finaliza con alivio Ulises Paredes.
-«¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?», dice Lucas 12; 56...
-«Después de larga sequía, el comienzo de severas inundaciones amenaza con destruir sembradíos. Preocupa a...»
«Recuerdo aquél sollozo de luna sobre el mar... Sobre el mar... ¡Qué ridiculez!»
«Y a mí que me sonaba tan poético en aquél entonces. ¡Qué ridiculez!», se amarga Ulises Paredes.
-«Vecinos del barrio Loma Blanca protestan ante el Intendente Municipal por incumplimiento de contrato de empedrado y preguntan sobre destino del crédito que fuera anunciado para la realización del emprendimiento».
«Los baches de mi calle están destrozando los amortiguadores de mi alcoholero» -medita Ulises Paredes. -Porque estamos en los últimos tiempos...
-«Nuestro país tendrá que unirse al club de las naciones sudamericanas que se han declarado impotentes para pagar su deuda externa: declaró ministro de...»
«Adónde mierda, va a ir a parar nuestro continente y yo con él» -se pregunta Ulises Paredes.
-«Cinco ‘roba coches’ exterminan a tres policías en pleno día en espectacular balacera».
—101→-¿Y qué consiguió la evangelización papista en cinco siglos de historia latinoamericana? Miseria, ignorancia y miseria...
-«Oposición denuncia incapacidad de las empresas de teléfonos, de electricidad y de aguas corrientes para tareas de mantenimiento por falta de dólares para importar repuestos. Ciudadanía alarmada por cortes, paros de...»
«Volveremos a las velas, al aljibe y a los tambores» -se dice Ulises Paredes con irrefrenable angustia.
«Felices los tiempos aquellos...» -y emite una interjección de burla.
-«Se insinúa que ante el problema de desabastecimiento de la canasta familiar, tendrá que organizarse cupos de supervivencia para las clases más...»
-Ni capitalismo, ni comunismo. Sólo cristianismo es la...
«Y con el alcohol carburante, ¿qué pasa?» -se pregunta Ulises Paredes.
-«Ante las dificultades acuciantes con que se enfrenta el superior gobierno de la nación, el plan nacional del alcohol se pospondrá ya que el problema de los 10000 rodados alcoholeros parados, es un problema menor, declara el ministro Villaverde en rueda de prensa. No se importará alcohol carburante. ‘Nos arreglaremos como podamos’, -dijo...»
Ulises Paredes se incorpora lentamente, avanza hacia un escritorio, abre un cajón, saca una pequeña pistola y apunta al predicador:
-Fuera -dice-. -¡Fuera...!
Huye el predicador.
—102→Ulises Paredes apunta a la pantalla del televisor y dispara al hombre de terno y corbata azul.
Calla la voz al resonar el disparo y al estallar el cristal. Ulises Paredes se aplica el caño humeante del arma en la sien.
Vacila...
—103→
«La muchacha se estremeció al roce tierno de las manos rudas del jardinero. Olía a tierra, sudor y a ropa lavada en el arroyo. Ella creyó desvanecerse de gozo y...»
Creyó escuchar que algo acolchado había rozado la puerta y había chocado contra el piso en la otra habitación. Quedó inmóvil con los ojos clavados en la antigua puerta. Sus ideas iniciaron una danza loca en la noche quieta y pensó que no era la primera vez que escuchaba los sonidos de la vieja casa en el silencio. Aguzó los sentidos allí, en el charco de luz del velador, con el libro entre las manos, tendida en su espléndida cama de bronce, entre las sábanas de fino hilo bordado, perfumadas de pacholí. No se oía nada más que los lejanos lamentos en cuatro tiempos del guamingué y el afanoso tableteo metálico del coro de sapos en la alberca. Una lechuza puso en la noche su llamado sigiloso y luego un aleteo súbito. La brisa hizo suspirar los visillos y la envolvió el aroma de los jazmines. No se oía nada más. Intentó retomar el hilo de la lectura:
«...desvanecerse de gozo y...»
El corazón le dio un respingo y sus ojos retornaron a la puerta tallada. Había un roce en ella como si alguien estuviera acariciando la vieja madera con la palma de la mano. Sí, el sonido era nítido, constante, sigiloso, pero inequívoco. Tuvo el impulso de incorporarse y abrir de —104→ golpe la puerta, pero una sensación paralizante se lo impidió. El libro continuó entre sus manos elegantes como si un movimiento leve pudiera desencadenar algún suceso temible. No podía ser Alberto. Hacía años no acudía a su habitación desde aquel día en que ella le dijo que su contacto le producía náuseas. El roce se extinguió y pensó que estaba imaginando cosas. Sí, últimamente estaba imaginando muchas cosas. Se serenó y razonó que en una casa antigua habría alimañas en secretas oquedades trabajadas en décadas de paciente labor. Y después de todo, fue ella la que deseó locamente poseer una finca retirada en la espesura y con historia, sobre todo con historia. Bajó el libro sigilosamente y sonrió. «¿Una casa con fantasmas?», le había preguntado burlón, Alberto, que ya estaba fogueado de sobra con la eterna artillería de ocurrencias, fantasías y caprichos de su mujer. Y le encontró la casa, por fin, después de mucho buscar en varios pueblos decadentes del interior. Se la hizo restaurar al gusto de ella, como siempre, respetando hasta la más pequeña ocurrencia. Y aquí estaban, este fin de semana, ella en su elegante dormitorio decorado según la moda europea trasplantada a principios de siglo en lo que fueran las colonias, y él, en la otra ala del caserón, en una sobria alcoba, también decorada con nostálgicas galas, según el gusto de ella.
No, no podía ser Alberto. Él no la molestaría para nada. Había aprendido, después de muchos años de vida en común, a aceptarla y respetarla en todas sus decisiones. Era irritante la complacencia de él. Jamás le daba motivos de disconformidad. Tal vez por eso lo detestaba más. Un hombre siempre condescendiente es terriblemente irritante. El exceso de virtudes era algo que ella no toleraba. Sí -pensó- lo detestaba. Pero en lo recóndito de su interior disfrutó de su poder. Ella había tenido —105→ que reconocerlo cuando su amiga de siempre, Susana, le había insistido en que lo dejara, ya que lo detestaba tanto. Y lo reconoció: era malignamente excitante dominar a alguien tan respetado y hasta temido, como el doctor Alberto Méndez Olabarría, Juez y erudito. Recordó su novela y decidió seguir con la lectura y olvidar a los fantasmas. Con una sonrisa acomodó el libro pensando que sería muy divertido hacer lo que la protagonista: serle infiel a Alberto con el jardinero o con el chófer. Mientras leía sin entender imaginó su cuerpo entregado al ardor juvenil en la vorágine del placer y recordó con amargura que ya tenía cuatro cirugías plásticas en diversas partes de su anatomía. «Pero aún soy bella», meditó con agridulce consuelo. «Aún recibo el homenaje de miradas masculinas», se dijo, «pero casi siempre de hombres maduros». Imaginó lo que sería serle infiel a Alberto con un hombre joven, como su hijo Sebastián. Muchas veces ella supo reconocer el grito imperioso del apetito elemental viendo a los amigos de Sebastián corretear sueltos y desaprensivos por la cancha de tenis, jugando alegremente con los músculos tensos bajo el sol, la piel sudorosa y los cabellos alborotados. Muchas veces estuvo a punto de serle infiel a Alberto y la idea le regocijó siempre, pero a último momento desistió. No le gustaban los hombres maduros: se parecían demasiado a Alberto, prósperos, satisfechos de sí, ocultando el deterioro bajo prendas lujosas y luchando contra los rollos y las flaccideces con ejercicios juveniles. Sería como hacer el amor con el propio Alberto. Lo haría, pero sería con un hombre joven. Le abochornó la idea del soborno y creyó enrojecer bajo el cabello teñido y hasta el cuello recién estirado por la mano hábil del cirujano. Pensó que no importaba, que el placer de un instante justifica cualquier bochorno. La vida es tan corta... La respiración se le detuvo repentinamente. Otra vez la puerta... —106→ Crujía... Como si un ventarrón la azotase. Pero no, no había viento. Pareciera como que una mano la empujase con premura. Bajó cautelosamente el libro sobre el vientre mientras percibía en las venas la embriaguez del pánico. Se hizo el silencio y los gallos cantaron a lo lejos en una cadena de alertas cada vez más cercanos. Luego otra vez el roce de la mano acariciando la madera desde el otro lado de la puerta. Se apretó el pecho con las manos crispadas para acallar los latidos que podrían delatarla al misterioso ser que acechaba sigiloso en la otra habitación. ¿Quién podría ser?
La puerta volvió a crujir como si un cuerpo se recostase en ella con gran peso.
Pensó en gritar. Pero Alberto no podría escucharla. Estaba demasiado lejos. ¿Y si apagara la luz? No quiso extender la mano para apretar el botón de la perilla bajo la almohada por temor a desencadenar no sabía qué cosas. ¿Levantarse y abrir la puerta de golpe? ¡Ni pensarlo!
Sus sentidos estaban ansiosamente alerta. Olía a jazmines y a tierra húmeda de rocío, los visillos suspiraban como presencias etéreas, el tableteo metálido de los sapos en la alberca y el canto de los gallos en la noche, todo ingresaba a su interior en torrentes dolorosos que tensaban sus músculos y helaban su sangre y crispaban sus nervios.
De pronto un golpe seco. Algo había caído detrás de la puerta. Un cuerpo. Un cuerpo pesado. Sí. Silencio...
Trató de darse ánimos, de convencerse que serían alimañas, que las casas viejas tienen ruidos indefinibles, ecos de presencias muertas que despiertan en las noches silenciosas. «Yo no creo en fantasmas», se dijo, pero sabía que estaba paralizada de temor intenso. «La —107→ servidumbre no puede ser porque su pabellón está lejos de la casa, en el otro extremo. Solamente estamos Alberto y yo. Nadie más...», pensó. Y trató de persuadir a su cuerpo a incorporarse y a abrir de golpe la puerta. No se oía nada ahora. Todo era silencio absoluto, como si la noche se agazapara de pronto. Ni un grillo amigo, ni un familiar ladrido lejano la acompañaban. Sería su imaginación, pensó con falsa convicción, para darse ánimo, y con el cuerpo inmóvil y helado recorrió la puerta con la mirada, de arriba abajo, lentamente...
Sus ojos quedaron fijos en el umbral, enormes, sin pestañeo, vidriosos, horrorizados, clavados en una hoja de papel que se había deslizado bajo la puerta. Reconoció la letra grande y firme de Alberto. Leyó las cuatro palabras escuetas: «Te dejo en paz». No tenía firma. Las cuatro palabras llenaban la hoja.
Sus ojos fijos percibieron con espanto que el papel se coloreaba lenta pero sistemáticamente de rojo. La mancha aumentaba inexorablemente.
Cuando sintió el terrible dolor en el pecho, como si algo se le desgarrara violentamente, creyó que toda la habitación estaba inundada en sangre.
—108→
Caía la noche adelantada entre brumas invernales y en el gris plomizo de la planicie se deslizaba felina la silueta del cacique.
Observó la arrogante figura del tayí solitario que vela en silencio la memoria de la selva arrasada y se sintió identificado con él. Ambos son caciques moribundos...
Hizo el saludo de su tribu a los dioses árboles en un murmullo bronco y gutural y siguió de largo. Se desliza casi entre sombras hacia las estribaciones de la cordillera, lento, erguido, elástico...
Aún refulgen en su retina las luces violentas de la Misión de la Buena Esperanza que a sus espaldas van quedando como luciérnagas titilantes en un lugar del horizonte. Y suenan en sus oídos los ecos de las voces ásperas, imperiosas, de los que imponen a los suyos otros dioses y creencias a cambio de la supervivencia en un medio incomprensible. El de los indios, agoniza...
Vio morir los montes, vio secarse la tierra y convertirse en arenales lo que otrora fueran praderas brillantes. Vio padecer hambre a su tribu y huir la caza hacia lugares inaccesibles. Fue testigo impotente de la destrucción de las nobles costumbres de su pueblo y de su reemplazo por hábitos destructivos. Vio a los suyos consumir bebidas extrañas cada día hasta quedar atontados, en lugar de las hechas en el toldo para consumo ritual. Vio a las mujeres indias procrear niños de tez —109→ blanquecina, sin padres que los proveyeran del sustento y los vio morir pasto de pestes desconocidas. Vio a los jóvenes mezclados con hombres extraños, jugando juegos temibles que los conducían a la muerte indigna, no la del guerrero, sino la de sucias pendencias con hojas filosas y armas de fuego. Fue testigo del esfuerzo de los suyos por dejar de ser indios e imitar el idioma, las ropas y los modos de los intrusos y sus violencias. Vio la servidumbre de su gente en manos de amos despiadados y mentirosos. Fue testigo impotente de la agonía de su tribu y de su sistemático desmembramiento.
Él había intentado como todos, comprender. La naturaleza calla. Pero al precio de la muerte de la selva, de los animales, de los indios, de las costumbres ancestrales venidas de las entrañas de los tiempos y dictadas por los dioses invisibles que moran en los recodos, en las peñas, en el firmamento, en las corrientes de las aguas, en el trueno, en los vientos, en el corazón de la tribu. ¿Adónde irían los dioses? ¿Huirían hacia lugares secretos como el yaguareté, el yacaré y otras especies o morirían como mueren los árboles que restan solitarios, de añoranzas? Había interrogado a los dioses y ellos callaron... Los invasores fueron empujando la selva hacia la cordillera. Y los dioses continuaron mudos.
Pero él tenía la fórmula secreta, la que no podía decirse sino en la intimidad de los montes y en un momento determinado, lejos de la influencia maléfica de extraños, una sola vez... Por eso, había esperado tanto, hasta ahora...
Sus pasos silenciosos y serenos lo llevan hacia un bosque inviolado que él conoce.
Allí podrá decir la fórmula de sus mayores.
—110→Recuerda. Otrora había estado con la misma luna, rodeado de renegridos cuerpos contorsionándose a la luz de las fogatas y al son de los tambores. La pipa de arcilla humeaba llenándole la cabeza de ensueños y los guerreros jóvenes posaban a sus espaldas como estatuas, mientras las ancianas desnudas cuidaban que el cachimbo estuviera siempre lleno. Él era joven, orgulloso. Había ganado el cacicazgo en una justa limpia y honorable. Hacía mucho... Y estaba triste, aunque nadie lo supo nunca. Su rostro jamás denotó la gran preocupación que lo embargaba desde niño, con las inquietantes noticias del avance de tribus pálidas como el odio, ruidosas como cotorras, implacables como el yaguareté y traicioneras como la yarará.
Esta noche él sabría. Para eso venía, a preguntar... Esperaría a que la diosa luna tiñera de blanco los nubarrones negros en un agujero del cielo y preguntaría...
Los dioses siempre habían hablado a sus mayores. Y lo harían ahora, sin duda.
No sentía los fríos dardos de la llovizna que ornaba su viejo cuerpo magro, de gotas menudas...
Las aletas de su nariz se ensanchan con deleite con el aroma de la tierra húmeda que le dilata el pecho. Ya se percibe el olor del bosque. Está cerca... Escucha el agudo chillido sigiloso de un pájaro nocturno que planea veloz en la tiniebla y se eleva raudo.
Los dedos del temor le estrujan las entrañas. ¿Volvería alguna vez el indio? ¿Volverían los dioses? ¿Y la selva? ¿Y su señorial silencio poblado de secretos sonidos audibles y comprensibles sólo para el indio?
Esta noche lo sabría. Ellos lo dirían...
—111→Allí está la maraña habitada por miles de presencias invisibles para el hombre pálido que no respeta la morada de los dioses. Allí el mundo del indio, en agonía como él, como él estoico, como él digno, con la dignidad que es herencia de los dioses telúricos.
Se interna en la obscuridad henchida de vida secreta, perlada de humedad que se desliza en multitud de gotas sonoras, resbalándose de hoja en hoja hasta chocar con la hojarasca en música envolvente como vientre fecundado.
Se detiene. Mira hacia arriba la tiniebla impenetrable. Dignamente acomoda su cuerpo envejecido con las piernas cruzadas y la espalda contra el tronco áspero de un añoso árbol. Queda inmóvil, integrado al vegetal. Escucha. Roces sigilosos, algún graznido fugaz, arrullos animales indefinibles. Él los cataloga con fruición... Ruedan los instantes sin saber otra cosa que estar inmerso en el tiempo y sumergido en la vida multitudinaria de la tierra y de la selva. Espera... Gira la esfera celeste sobre el pozo negro. Por fin se elevan sus ojos y percibe la gloriosa filigrana del alto ramaje recortándose contra el esplendor lechoso de la luna entre espesas tinieblas, allá en el firmamento. Es el momento...
Rompe su voz el silencio en una salmodia que estremece el bosque con sonidos guturales que fluyen en lamento interminable de las vísceras del cacique... Largamente... Repitente... En tenaz insistencia... No desmaya. Sigue repitiendo la fórmula ancestral una y otra vez... Hasta que los dioses hablaron...
Calló por fin y también la selva.
«Todo regresa», habían dicho los dioses.
Ahora entendía. Morir es regresar.
—112→Inclinó la cabeza, exhausto. Un gran alivio invade sus viejos miembros..., letargo.
Puede esperar la eternidad sin temor, cuerpo con cuerpo contra el rugoso árbol...
Los dioses habían hablado... finalmente.
—113→
Me dispongo a tomar nota de los raros sucesos que comenzaron a finales de julio de este año en la cercana población de Areguá, en compañía de mi amigo Humberto B. ...Relatadas escuetamente, carecen de verosimilitud, así que, antes que se me olviden los detalles, tomo estos apuntes para tal vez, algún día, darles forma literaria.
Todo comenzó cuando Humberto me propuso visitar su quinta. Y así, en un invierno especialmente crudo para estas latitudes, nos encontramos él y yo, esa noche de julio, departiendo amablemente ante la chimenea y comentando naderías.
Los leños chisporroteaban, las llamas azuladas y anaranjadas giraban inquietas en un infinito devenir de formas, el calorcillo nos amodorraba con el cognac Napoleón, que ambarino brillaba en las copas y entibiaba nuestras vísceras y exaltaba nuestra imaginación. Habíamos cenado moderadamente mientras comentábamos la vida y milagros de la población, su cerámica rudimentaria y hasta la supuesta maldición de Chico Diabo que pesaba, según algunos pobladores, sobre la antigua villa veraniega. En la sobremesa, frente a la chimenea, la conversación había languidecido, por lo que habíamos recurrido al socorrido tema de aparecidos y fantasmas que circulaban entre los viejos pobladores. Así desfilaron el Pombero y el Yacy-yateré, el fantasma de Limpia y la historia de la tía Benjamina. Esta última —114→ me interesó inesperadamente, porque Humberto me aseguró que estaba unido a ella por lazos familiares.
Sí -me dijo-. Es antepasada de mi madre. Puedo asegurarte que su nacimiento se calcula por lo menos en los finales del siglo pasado. Pero como en ese entonces no existía el Registro Civil, se supuso que hallaríamos al menos su fe de bautismo. Sin embargo, jamás pude encontrar ningún documento entre los de la familia; y el cura de la parroquia, cuando intenté averiguar sobre el archivo de la iglesia, me aseguró que había sido devorado por las alimañas.
Le hice un sinnúmero de preguntas, cada vez más insistentes hasta que se ofreció a llevarme a la casa de su tía Benjamina, que según él afirmaba, debía tener por lo menos 100 años... y, lo más increíble, se conservaba milagrosamente joven. Lo que los pobladores decían, de que había hecho un pacto con el diablo, era una conseja típica de un pueblo supersticioso como Areguá.
-Ella fue la menor de siete hermanas de un antepasado mío, por lo que le pusieron el nombre de Benjamina. La llamamos Benji pero omitimos lo de tía por su aspecto extremadamente juvenil. No siempre está en casa. Desaparece largas temporadas sin nadie saber a dónde va. Pero tiene fama de vida dudosa -manifestó Humberto con perfecta naturalidad-.
Creo que fue esa naturalidad la que me incitó. No podía convencerme que un hombre inteligente y culto como él, me contara semejante absurdo. Supuse, no sin cierta irritación, que estaba burlándose de mí. Por eso insistí acaloradamente para que fuéramos a la casa de Benji a cerciorarme de que ella existía realmente. O tal vez fuera efecto del Napoleón. No lo sé. Lo cierto es que Humberto accedió con la previa advertencia, de que con —115→ la tía Benjamina nadie sabía a qué atenerse y que no me sorprendiera nada de lo que pudiera suceder en semejante aventura.
Fuimos. Algún día habrá corriente eléctrica en Areguá y ya se habla insistentemente de ello, pero esa noche fría de julio, sin luna, caminamos Humberto y yo ayudados por una linterna cuyo haz de luz horadaba la negrura, mientras tiritábamos en la intemperie, después que nuestros cuerpos se hubieron recalentado ante la chimenea. El viento arqueaba los añosos eucaliptus y grevileas con silbidos siniestros. Anduvimos entre zanjones y arenales unas quince cuadras, hasta que llegamos a una alambrada que contenía profusión de vegetación salvaje y oscura, entre la que se paseaba inquieto el cierzo desolado. Atravesamos el destartalado portón de hierro retorcido e informe y nos internamos en un sendero cuya hojarasca crujía bajo nuestros pies medrosos. Humberto alumbró la fachada fantasmal que parecía mirarnos desde ventanas con rejas, cuyas hojas se hamacaban locas, golpeándose al ritmo del viento, lo mismo que la puerta.
Nada estaba asegurado, así que entramos rodeados de obscuridad y frío, en el túnel de luz de la linterna, a través de un zaguán con piso de ladrillos, entre los que alcancé a ver la maleza creciendo bravía. Pasamos la puerta cancel que también se golpeaba libremente, produciendo en la oscuridad, con el vaivén de las otras, una extraña sinfonía de percusión que sugería un ir y venir sincronizado y simultáneo de presencias invisibles.
Atravesamos un corredor interior también de ladrillos enormes, entre los que volví a vislumbrar mediante la linterna, la maleza vigorosa, y luego cruzamos un patio de tierra en que la hojarasca había confeccionado un —116→ colchón mullido que rodeaba un antiguo aljibe con arco de hierro forjado, de arabescos profusos. Llegamos por fin a otro corredor de columnas gruesas y descascaradas, con el infaltable piso de ladrillos enmalezados.
-Por acá debe estar, si está -musitó Humberto. Entramos a una habitación que la maleza había invadido exuberante y señoreaba entre rotos aparadores con vidrios biselados y columnillas torneadas, carameguás destartalados, sillas cojas con la tapicería podrida y una mesa hundida. El viento ponía su canción helada que horadaba nuestras carnes a pesar de los abrigados sobretodos. Humberto alumbró la techumbre, o el lugar en que un día estuvo: no existía, sólo negrura. Atravesamos una puerta y nos encontramos en una estancia abrigada.
Mientras el haz de luz recorría la habitación en que vislumbramos una cama de columnas torneadas y una luna de ropero, se escuchó una voz femenina de extremada dulzura:
-¿Quién es?
-Soy yo, Humberto. ¿Estás ahí, Benji?
-Sí. Espera, enciendo las velas.
A la luz de las tres bujías que encendió ella en un espléndido candelabro de bronce, verde de cardenillo, pudimos ver que estuvo sentada en una vieja mecedora de esterilla, ante un antiguo bracero encendido. Entonces pude observarla: era hermosa. Rostro fino y pálido, cabellos castaños levemente ondulados, cuerpo delgado y fino, hacían un conjunto verdaderamente armonioso. Quedé pasmado.
Había algo siniestro en el contraste entre tanta decrepitud, y la delicada y tierna belleza de su juventud.
—117→Conversamos un rato en torno al bracero, recuperamos el calor, hablamos como si nada anormal hubiera en el entorno y de pronto ella se me acercó y me dijo suplicante:
-Quédate conmigo, por favor. Tengo miedo-. Su mano tibia y delicada apretó discretamente la mía y me sorprendí a mí mismo diciendo sin vacilaciones:
-Claro. Faltaría más. Estás muy sola.
Humberto se fue. No hizo comentarios...
Removió el rescoldo y luego me miró largamente. Yo me acerqué, me abrazó y se protegió en mi cuerpo. Era una pequeña ardilla en el regazo de un oso. La estreché...
Esa noche hablamos mucho tendidos en el lecho, enorme y desvencijado, abrigados con antiguos edredones apolillados. La lasitud de mi cuerpo no respondía más a sus ardores, así que hablamos. Le pregunté muchas cosas a las que me respondía en forma evasiva. Me afirmó que no recordaba gran cosa del pasado. Que era la séptima de siete hermanas y que todas habían ido muriendo y que no quería recordar. Le entristecía hacerlo: me explicó abrazándome tiernamente, que solamente deseaba disfrutar de la vida y del amor. Lo demás no tenía importancia. Pero estaba triste. Le pregunté por qué:
-Porque todos se van -me respondió débilmente-.
-Y ¿qué planes tienes para el futuro, para cuando seas mayor?, -me atreví a interrogarle.
-No existe el pasado, ni el futuro para mí. Sólo el presente -afirmó con tristeza-. Todo es un eterno presente...
—118→El viento silbaba entre las rendijas.
Para disimular mi turbación le pregunté si creía en el más allá, y me estrechó con tierno abrazo:
-Sólo creo en lo que toco. Creo en ti, estás a mi lado...
-Pero los que creen en Dios creen también tener evidencias- le dije.
-La única evidencia es que podemos estar juntos y amarnos -me contestó-. Lo demás es incierto.
Medité que todo en la vida es acto de fe, hasta la desesperanza; y la abracé.
Me despertó el trino de los pájaros. El sol se filtraba entre las grietas de las ventanas resquebrajadas. Ella no estaba...
Humberto me avisó, esa misma mañana, que había llegado un mensaje para mí: mi padre había muerto. Volví apresuradamente a Asunción y olvidé el incidente.
Después de unos días del entierro, llamé por teléfono a Humberto y me dijeron que había viajado a Europa y que no sabían cuando volvería.
Tres meses después volví a Areguá. El calor hacía reverberar los techos, los caminos polvorientos y las piedras. El casero de la quinta de Humberto me confirmó que la mansión estaba cerrada por tiempo indeterminado. No quise preguntarle por Benji. Me encaminé a su casa averiguando a los abúlicos pobladores.
Por fin llegué. Atravesé el sendero umbrío sobre el colchón de hojarasca y recorrí sorprendido las habitaciones y los corredores. La sombra de la salvaje vegetación me protegía de la canícula. Cantaban algunos pájaros y se oía el melancólico «sho-shí» y también el arrullo —119→ de las palomas silvestres. Recorrí a mis anchas las estancias destechadas e invadidas de malezas que se entrelazaban con los muebles podridos. No encontré a nadie pero todo estaba tal cual lo recordaba. Antes de volver, pregunté a los vecinos si sabían algo de la tía Benjamina. Me respondieron reposadamente que hacía unos tres meses se había ido. Que no era raro en ella. Solía desaparecer por largas temporadas.
Volví a Asunción descorazonado y perplejo.
Sigo esperando que vuelva mi amigo Humberto B... Entre tanto guardaré estos apuntes. Tal vez me sirvan tal vez.., tal... vez...
—120→
La antigua iglesia rural estaba inmersa en un silencio entre expectante y lánguido.
La rala concurrencia atendía el sermón de Paí Filemón entre dudas y vagas esperanzas metafísicas. El cura dijo de pronto con voz potente:
«Pero no creáis, hermanos, que toda nuestra esperanza está en los cielos. También aquí, en la tierra, debemos esperar la justicia... Nuestro Señor hizo milagros en los caminos de la Judea. Milagros para el cuerpo. Milagros para esta vida terrenal. Milagros entre hombres de carne y hueso.
»¿Qué pasaría si vosotros supierais, que ahora mismo, en las calles de nuestro pueblo, de Itá-hú, está pasando un hombre que ofrece soluciones no solamente para la esperanza de las almas, sino también para los cuerpos?
»Vosotros iríais corriendo detrás suyo y me dejaríais hablando solo y le pediríais por vuestras necesidades. ¿Verdad?»
En todos los rostros se insinuó una sonrisita discreta y hubo una que otra tosecilla contenida.
«Pues hermanos amados, ése hombre no está en las calles de Itá-hú, está en nuestros corazones. Solamente que ahora debemos ganar su voluntad como él ganó la nuestra.
—121→»Y me preguntaréis cómo. Yo os respondo: ¡Haciendo buenas obras!
»Él ya no recorre los caminos y los poblados, pero... nosotros sí, debemos recorrer los caminos para ir al encuentro de su Madre Santísima. ¡Ella intercede por nosotros como intercedió en las bodas de Caná, para que la gente como vosotros tuviera vino, buen vino!
»Ya pasaron los tiempos, hermanos míos, en que los pobres tenían que resignarse para siempre. Dos mil años estuvimos esperando el regreso de Cristo... Y él no vino.
»¿Se olvidó, pues, de nosotros, sus hijos?»
«¡No!» -su negación estentórea sacudió la modorra mañanera de la concurrencia descalza.
«Nosotros nos olvidamos de él» -los múltiples ojos retomaron su pesadez de párpados y la somnolencia retornó a los fieles.
«Tenemos que pedir, queridos hermanos». La voz cobró un tono persuasivo.
«Tenemos que pedir para nuestras necesidades. No tenemos que resignarnos a la pobreza, al desaliento... ¡No tenemos que resignarnos a la resignación! ¡Somos nosotros los que tenemos que andar por los caminos polvorientos, al encuentro de nuestra Madre de Dios!» -Los ojos se abrieron un tanto-. «Somos nosotros los que tenemos que ir hasta su casa y postrarnos a sus pies para pedirle por nuestras necesidades».
«Justicia social, pan, aceite, vino y salud están en las manos de la Madre de Dios.
»¿Y qué tenemos que darle a cambio? ¡Yo os digo!» -su grito dio un sacudón a los cuerpos andrajosos- «¡Buenas obras, hermanos míos!».
—122→Isidoro, sentado en un extremo del último banco trató de imaginar qué buena obra podía hacer. No se le ocurría nada.
«Yo no hago mal a nadie» -se dijo-. «Pero tampoco puedo hacer buenas obras, porque no tengo con qué. Che mboriajhú etereí» -el suspiro que exhaló su pecho le hizo dar vuelta la cabeza a su mujer sentada a su lado.
La misa siguió rutinaria y los fieles se sentaban, se ponían de pie, y se arrodillaban mecánicamente. Cuando el padre Filemón dijo con las palmas hacia la concurrencia y los codos pegados al cuerpo, el Ite misa est, los feligreses respondieron aliviados:
-Amén.
Lloviznaba.
Los pies rudos de Isidoro se hundían profundamente en los charcos, mientras gritaba en tono perentorio y cortante a sus bueyes:
-¡Neique, Tigrees...! ¡Neique Picaflor...! Perezosos los bueyes le seguían al cabo de la correa de cuero crudo, intentando de vez en cuando, agachar la cabeza para seguir pastando. No estaban convencidos de volver a la querencia sin haber llenado mejor la panza.
A Isidoro le daba vueltas en la cabeza el sermón del cura.
¿Y si pedía a la Virgen que le sacara de la pobreza?
Cuando al caer la noche se acostaba en el catre de trama con Secundina, sentía un gran alivio en el duro —123→ cuerpo, miraba las estrellas y apoyaba la mano pesada en las nalgas de la mujer y sabía que la vida tenía gran significado.
«Pero no puedo hacer buenas obras -se dijo-, y hay que hacer buenas obras, dice el Paí» -pensó preocupado.
«Buena obra sería que no te emborracharas los sábados y domingos y no me garrotearas» -le había dicho esa mañana después de la misa, Secundina, su concubina. Se encogió de hombros...
-¡Neique, Tigre...! ¡Neique...! -gritó más por costumbre que por necesidad.
Ñandeyara Tupasy había dispuesto que su Hijo convirtiera el agua en vino, dijo Paí Filemón. El vino no podía ser tan malo.
«Yo nunca me emborracho con nada que no sea vino» -se excusó.
El rancho estaba ahí, delante. Secundina ya había encendido la vela de cebo bajo el techito destartalado que oficiaba de cocina. Estaba encendiendo el fogón. En la arboleda negruzca y en medio de la silueta oscura del rancho, lucía la luz rojiza de la cocina de Secundina.
Atardecía...
Esa noche no pudo dormir seguido como de costumbre.
Habían metido el catre de trama bajo el alero y cuando se acostaron y puso la mano ruda sobre la nalga de Secundina, ella se dio vuelta y le dijo entre dientes algo como que estaba cansada y que lo dejaran para mañana.
—124→La lluvia caía susurrante y melancólica pero a Isidoro le crispaba.
Antes del amanecer se incorporó y entró a tientas en la pequeña habitación sofocante de su vivienda, con piso de tierra apisonada. Se orientó en la sombra y palpando encontró el carameguá que les servía de mesa, armario y altar.
Halló los fósforos y encendió la vela de sebo que siempre estaba presta en el candelero.
Se iluminó el pequeño mundo de estampitas de colores con su constelación de figuritas beatíficas y sus flores de papel multicolor manchadas de pintas negras aportadas por las moscas. En el centro del pequeño escenario dominaba una estampa grande, enmarcada en yeso dorado: revoltijo prolijo de rizos rubios, inmenso vestido blanco con gusanillos de oro, majestuoso manto azul con pedrería, todo aquello sobre un globo oscuro, tachonado de estrellas plateadas y en la parte superior del conjunto, la pequeña cabeza coronada, miraba el mundo exterior desde su ensimismamiento, con mirada congelada de cuentas de cristal.
Isidoro se arrodilló, juntó las manos, inclinó la cabeza y habló en su interior así:
«Ñandeyara Tupasy, te ofrezco un trato. No me falta demasiado. Tengo mi rancho, tengo a Secundina y tengo a Tigre y Picaflor. Tengo mi carreta y tengo mi capuera. Pero no puedo hacer buenas obras. Para eso no me alcanza. Pero si vos me hacés ganar en el Ganagol, te prometo darte la mitad de lo que saque. Te prometo ir a pie a Caacupé a llevarte tu parte» -y movió con convicción la cabeza sobre el pecho y completó el petitorio con un intenso- «Amén».
—125→
El padre Filemón fue el que le dio la noticia. Isidoro no se sorprendió demasiado.
«Un trato es un trato», pensó.
-No seas tonto, Isidoro. Todos te van a pedir ahora dinero. No se lo des. Guárdalo bien. No lo malgastes. Y cuidado con los amigos y las fiestas.
-No te preocupes, Paí. A mí no me gusta luego la fiesta y no necesito mucho para... estar contento.
-Así me gusta, hijo. Eso quería oír.
-Yo quiero mi dinero para hacer buenas obras -explicó Isidoro-. Y la mitá de lo que me toca yo le viá dar a la Virgen. Por ahí viá comenzar.
-Bien, hijo, muy bien. El resto lo guardaremos en el banco.
-Sí, Paí.
-Yo te acompaño a la ciudad para cobrar el dinero y depositar tu parte. El resto...
-La otra mitá yo mimo le viá llevar a la Virgen, a su casa, como vo dijiste, Paí. Me voy a pie a Caacupé a entregarle su parte en propia mano.
-Está bien, hijo, está bien. Pero yo te acompaño a cobrar y a depositar el dinero, no sea que por ahí, te desatines y se te pierda la plata.
-Si, Paí. Te agradezco...
Había caminantes rezagados. Hacía ocho días que la gran peregrinación se había llevado a cabo. Isidoro estaba de buen talante y muy seguro que los acontecimientos —126→ habían sido tejidos especialmente para que él cobrara el dinero, depositara la mitad en el banco y alcanzara a peregrinar en la octava para entregar la otra mitad, en su propia casa, a la hacedora del milagro.
El bulto de billetes lo sentía cerca de los genitales a cada paso que daba y le producía una sensación de plenitud interior. No había querido llevar la parte en cheque porque un sólo papelito, impreso, le parecía que no tenía el valor del pesado fajo que se había introducido en el bolsillo metido dentro de una bolsa de papel madera. Eran billetes grandes, muchos billetes grandes...
No dudaba que el trato se deslizaba a la perfección, como su carreta de ejes bien engrasados sobre mullido césped.
Había estudiantes alborotadores comiendo chipá mientras peregrinaban; mujeres de mantos negros desteñidos que andaban con paso cansado; una madre campesina llevando un niño dormido en el regazo y otro corriendo a saltitos detrás, vestido con el hábito de la Virgen; una monja taciturna concentrada en las cuentas de su rosario; y hasta un arriero que se atrevía de vez en cuando, como quien no quiera la cosa a poner una mano en partes íntimas de alguna moza de pies descalzos.
Isidoro se detuvo en un puesto a la vera del camino y se bebió a grandes tragos dos frescos vasos de aloja. La bebida le dio bríos y siguió camino.
Tres kilómetros después, rengueaba. Se sentó en una piedra y se sacó los zapatones. En uno de ellos había una tachuela que le lastimaba el talón.
Meditó.
Había aceptado la molestia del talón como parte del sacrificio a su bienhechora. Pero, pensándolo mejor, ya —127→ era suficiente con darle su parte llevándosela a su propia casa. Con eso, el trato estaría cumplido. Decidido ató los dos botines juntos por los cordones y se los puso al hombro.
Siguió el camino descalzo.
En los subsiguientes días se mantuvo firme:
-¡Najhániri, hermano! No te puedo dar nada. No tengo dinero en casa. Todo etá en el banco.
Los conocidos que lo visitaban no podían persuadirlo de que les diera un sólo centavo. Lo único que hizo Isidoro fue sacar dinero del ahorro de la ciudad, para construir un panteón con dos ángeles gordos de arcilla, con las alas plegadas, a los lados de la puerta. Era muy lindo, azulejado de blanco y levantado por sus propias manos con ayuda de su compadre Sindulfo, que se prestó en la esperanza de obtener algún beneficio especial. Allí trasladó los restos irreconocibles de su madre, muerta hacía catorce años y sintió que había cumplido todas sus obligaciones.
Ni el padre Filemón pudo sacarle gran cosa. Pero los domingos, ponía en la bolsa de la iglesia un billete grande...
La vida continuaba con la rutina acostumbrada:
El mate al alba, el traslado de Tigre y Picaflor a los pastos, el trabajo en la capuera, el retorno al mediodía para el guiso en el rancho, el enganche de los bueyes a la carreta para hacer algún acarreo de alquiler, conducir de nuevo a sus dos animales al rancho y dormir pegadito a Secundina al terminar el día.
—128→Justo a los ocho días de llevarle «su parte» a la Virgen en peregrinación, mientras tomaba el mate al alba con su mujer, sintió que el lugar donde la tachuela le había hecho una herida en el talón, le temblaba como si tuviera voluntad propia.
-Ndee, Secundina, me parece que no se curó bien mi herida del talón.
-No puede ser, ya te lavé bien la herida con tapecué. Se curó hace rato. Te parece nomá...
Esa noche, Isidoro no podía articular palabra. Tenía los dientes apretados y las mandíbulas rígidas. Le dolía espantosamente el cuerpo y sentía violentas contracciones musculares.
Cuando vino el boticario y lo vio así, movió la cabeza con desaliento y dijo:
-No hay nada que hacer. Es el Tétanos.
En medio de la fiebre y de los dolorosos espasmos, Isidoro escuchó el terrible diagnóstico. Quiso articular algo pero sólo se escuchó un rugido ininteligible entre sus dientes apretados.
Secundina desesperada, entre lágrimas, le ofreció a Don Bareiro dinero, cualquier cantidad de dinero, para que lo salvara.
El boticario moviendo la cabeza de un lado a otro dijo con desaliento:
-Le aplicaré Valium. Es todo lo que puedo hacer...
Secundina se estrujaba los pechos...
—129→
Isidoro sobrevivió.
El padre Filemón lo vio avanzar lentamente por la cuadra de la Iglesia, con la cabeza gacha.
«Es un milagro» -pensó-. «Un puro milagro». Pero se sintió defraudado cuando el hombre pasó frente al portalón de madera sin siquiera mirarlo y sin detenerse a saludarlo. Pasó de largo. El cura quedó boquiabierto. Luego reaccionó y le gritó:
-¡Isidoro!
El padre Filemón tuvo que avanzar a grandes zancadas hacia el hombre que se había detenido y con el sombrero pirí en las manos nerviosas lo miraba de hito en hito.
-¿Es que no te acercas a saludar y ni siquiera te persignas delante de la iglesia? ¿Qué mosca te ha picado, hombre? Eres un desagradecido. Sacaste el «Ganagol», te libraste del Tétanos y no pisas más la iglesia ni para saludar... ¿Te has vuelto protestante, pues?
Isidoro le respondió con la cabeza gacha mirándose los dedos de sus pies descalzos:
-Miró, Paí. E jodido hacer negocio con uteden. Tupasy Ñandeyara me quitó todito lo que me había dado con el Ganagol.
-¿Cómo es eso, hijo mío?
-Y cuando me etaba muriendo, pué, me asuste y tuve que negociar otra ve con ella para que me salvara de la Tétano. Le tuve que ofrecer la otra mitá de mi dinero. Y se llevó todito -lo miró con la cabeza gacha desconfiado- y prosiguió.
—130→-Mucho ma mejor e vivir así nomá, tranquilo pá... Jodido, pero contento...
Y se fue sin despedirse.
—131→
El tableteo de la máquina de escribir suena en larguísimas frases como sin puntos y sin comas. Suena como los porotos que trasvasa Lorenza sin pausas de una bolsa a una gran vasija de aluminio achatado con mil golpes de cocina. Abajo, en el patio sombreado por la parralera, ella trajina sus menesteres campesinos bajo la siesta canicular y él, sumergido en sus lucubraciones, trajina sus ideas escurridizas como ardillas en el cerebro exacerbado por atrapar certezas fugitivas.
La enorme casona de la tía Amalia está aplastada como una tortuga gigantesca en el torpor de la siesta aregueña, bajo el caparazón del ardor solar.
El estudiante se afana con su tesis en el oasis fresco del caserón en penumbra.
Postigos entrecerrados, techos altos con enormes vigas de tayí, piso de antiguos mosaicos decorados en coloridos arabescos, complicados y desteñidos por pasos incesantes de largas generaciones. Pasos arrastrados, presurosos, tardos, vivos, tranquilos, gozosos, esfumaron en su peregrinar hacia el destino común, los perfiles nítidos otrora, de los arabescos entrelazados.
Él no piensa más que en el miedo.
«Es una necesidad existencial» -escribe-. «El alerta para la conservación de la especie y el incentivo para la investigación. Cuando no bastan los estímulos inmediatos, —132→ el hombre debe crearlos. El miedo es una necesidad existencial».
Se interrumpe. Relee. Frunce los labios y menea la cabeza en gesto reprobatorio.
«He repetido la frase», se recrimina.
Se percata que le duele el cuello, que tiene las piernas entumecidas y que la cabeza ya no está debidamente lúcida y ordenada. Decide descansar. Con las dos manos se aprieta la frente y estira los cabellos hacia la nuca.
«Es el calor» -piensa- mientras se incorpora lentamente y alarga las piernas caminando sin ver los enormes muebles de lunas biseladas y columnillas torneadas, glorias de fenecidas artesanías primorosas.
Mecánicamente se asoma a la ventana altísima, entreabierta sobre el patio. Recorre con la mirada el trozo de galería, el trozo de barandal de hierro forjado, el trozo de árbol de níspero que da sombra al conjunto y el trozo de patio, allá abajo, donde Lorenza estará reinando en su feudo de cacerolas.
Salir no tiene sentido, afuera hace más calor que adentro. Entreabre más la ventana y en su campo visual aparece el niño que juega concentrado en piedritas que carga en una lata vieja con extremada atención.
«Él también acabará, tarde o temprano por inventar el miedo» -medita-. «Hasta yo debo hacerlo. Aunque rara vez me percate de su presencia, el miedo es necesario».
El niño, desnudo, panzón, con el pequeño órgano viril curvado como el pico de un gallo, los rulos rubios reluciendo en la resolana, se incorpora vacilando y camina torpemente bamboleando el cuerpecito sobre unas piernitas —133→ inseguras, hacia el pozo. Se acerca al brocal y vacía las piedritas en el interior. En el profundo silencio se escucha el rodar de los guijarros a través de la lata y su chocar contra la superficie del agua.
«El brocal es muy bajo», pensó y se apartó de la ventana.
Esa noche se obligó a acostarse aunque pudo seguir escribiendo su tesis hasta el amanecer si lo deseara. Pero tenía tiempo de sobra. En el caserón de la tía Amalia el tiempo tenía paso de caracol entre el silencio y la quietud.
«No es caso que me agote sin necesidad» -se propuso-. «No tengo prisa y estoy bien pertrechado con Adler, Freud, Jung, papeles, máquina de escribir, apuntes y todo lo necesario. Hasta tengo el silencio a mi favor».
Boca arriba, tendido en la antigua cama matrimonial, con angelillos gordos tallados en la cabecera como guardianes imperturbables, miró la oscuridad y escuchó el silencio. Un grillo escondido rezaba quedamente su letanía en el territorio del ropero de tres lunas de la abuela Anselmita. Perrería lejana. el golpecillo en sordina, acompasado y sedante de la caja del viejo reloj del comedor, le hacían compañía...
«Es prodigioso el silencio, como una presencia ubicua» -meditó-. Sudaba levemente. Por las abiertas ventanas se perseguían unas a otras gratas ráfagas de brisa como suspiros del follaje en la noche. Comenzó a adormecerse boca arriba. Los músculos y tendones se le fueron aflojando hasta ponérseles laxos, relajados, confortables... —134→ Y entonces escuchó... Nítidamente. Los músculos se le tensaron violentamente como los de un gato en la sorpresa, los tendones como cuerdas de guitarra.
Escuchó atentamente en la oscuridad. El chirrido irritante de la cadena del pozo, abajo, en el patio, cerca de la puerta del sótano, sonaba haciendo gemir la roldana con un alarido lacerante en la noche de verano. Razonó y sonrió pensando en el inútil chorro de adrenalina que movilizara sus suprarrenales.
«Esto confirma mi tesis», se dijo inmóvil mientras su corazón llamaba entre los músculos del pecho como un puño perentorio.
«Es bueno haber venido. Es el lugar perfecto para la elaboración de mi tesis sobre el miedo. Se felicitó por haber tomado la decisión repentinamente, esa mañana, en que fuera apresuradamente a la casa de la tía Amalia para pedirle las llaves».
«No tendrás problemas. Los cuidadores son gente tranquila. Lorenza te atenderá», le había dicho la tía entregándole el manojo.
«Fue un acierto» -se repitió, mientras volvía a escuchar el lamento prolongado, crispante de la cadena fregando la roldana, hierro con hierro, como estirada con mano urgente...
Luego otra vez el silencio... Aguzó el oído. Ni ladridos, ni grillos, ni nada.
Sólo el latir imperturbable del tiempo, acompasado en el mecanismo del reloj de la pieza contigua. Silencio aplastante. La casa era un gran útero oscuro, tibio, muelle, misterioso, de vida agazapada y de muerte latente...
—135→«Debo dormir -decidió- aunque los cuidadores trajinen en la noche; o el tema de mi tesis acabará por enervarme».
Se puso de costado en posición fetal. La brisa comenzaba a dar pinceladas de frío.
Se fue adormeciendo superficialmente aunque percibía aún, entre las brumas de la somnolencia, el latido del tiempo en el reloj del comedor... Sonó la media. En su entresueño la percibió como el doble de la campana de la iglesia repicando a difunto. Entre nieblas vio un cortejo de pobres ascendiendo trabajosamente la loma llevando un cajoncito blanco. Escuchó un lamento... Luego otro le respondió. Prolongado, agudo, clavándosele en las entrañas y mordiéndole el corazón. Despertó de golpe. Estaba sudando frío. Se concentró para oír mejor. Sí, había un lamento y venía del patio de abajo, cerca del pozo. El lamento se quebró en tres desgarradores quejidos prolongados. Se levantó irritado, se acercó a la ventana y volvió a escuchar. Entonces se percató de que el respiradero del sótano remataba cerca del ventanal y de ahí salían los quejidos. Volvió a la cama con fastidio pensando con ironía que hasta los pobres de belleza marchita como Lorenza y su marido, hacen el amor en las noches de verano. Se acostó y se tapó con la sábana porque sudaba frío.
No tardó en adormecerse otra vez. El reloj y el silencio le acunaban en el seno de la casona vetusta. Comenzó a dibujarse en su retina velada, vagamente el cortejo. La pequeña caja blanca ascendía como pluma ingrávida la loma, entre el acompañamiento reptante, entre rostros inclinados hacia tierra en solemne recogimiento de aldeanos. Lo volvió a despertar el alarido de la roldana girando loca, como accionada por una mano aferrada a la cadena con desesperación.
—136→Quedó rígido en la cama, totalmente despierto. El corazón golpeaba insistente.
Rápidamente comprendió que la garra del miedo se prendía de su garganta. Después de un compás en que calló el aullido de la roldana, se impuso la quietud y se llamó a cordura. Pero volvió a escuchar el quejido. Esta vez débil, quedo, como de animal enfermo...
Se levantó con violencia de la cama, crispado y mientras se ponía torpemente la bata murmuró:
«¡Maldita sea! Esta gente no deja de aporrear la cadena del pozo ni deja en paz a nadie...»
Bajó las escaleras apresuradamente en la quietud de camposanto y se plantó ante la puerta del sótano. Levantó el puño con ira pero lo mantuvo en alto. El silencio lo amedrentó. Era total en el patio, en el pozo, en el sótano. N o obstante golpeó con furia incontenible, una, dos, tres veces... La puerta tardó en abrirse. Apareció el marido de Lorenza poniéndose los pantalones mientras ella, en el interior, tropezando encendía un fósforo, luego otro hasta que por fin encendió una vela que ardió vacilante.
-¡Mbaé pa, patrón! -exclamó asustado el hombre-.
De un vistazo el estudiante vio la mezquina habitación del sótano estrecha, andrajosa, mínima, con un solo catre vacío y una manta remendada caída en el piso.
-¿Qué es lo que pasa? ¿Está acaso enfermo el niño? -atinó a preguntar confuso.
-¿Qué niño? -preguntó Lorenza, acercándose con el candelero en la mano temblorosa, los harapos trémulos sobre el pecho agitado y los ojos fuera de las órbitas.
-¡Tu hijo, el que juega cerca del pozo!
—137→Los ojos de la mujer, muy abiertos en su negrura, lucieron como lagunitas brillantes detrás de la llama de la candela mientras ahogando un sollozo balbucía:
-¡Ay, señor! Ya no tenemos niños. Mi Pedrito, el único que teníamos, rubio y chiquitito, cayó al pozo cuando tenía dos años. Mañana, o sea hoy, hace un año que murió...
El estudiante sintió erizárseles los pelos de la nuca...
—138→
|
Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. |
| Apocalipsis 21:4 | ||
«Alto Chaco, Paraguay, 3 de noviembre de 19...» Fortín Yaguareté.
»Al coronel Aníbal González, por orden de mi superior teniente l.º Eugenio Alcaraz:
»En la tarde del día de ayer, siendo las 14:10 hs., salí del Fortín Yaguareté al frente de un pelotón de diez hombres, rumbo noroeste hacia...»
La mano del sargento Alborno quedó en alto sosteniendo el bolígrafo. Su mirada se clavó en la lejanía enmarcada en la ventana del cuartel. Los gruesos labios musitaron:
-Itaby acué Juancito...!
Escuchaba los golpes de la pala abriendo la tierra con monótono compás. El viento del norte, caliente y amodorrante levantó en ráfaga violenta un torbellino de fino polvo que entró por la ventana haciendo aletear los papeles y le refrescó momentáneamente la frente perlada de sudor. El calor era aplastante. Continuó:
«...el Fortín Loma Peró. A los cinco kilómetros de marcha nos dividimos en cuatro grupos, tres de tres y —139→ uno de dos, con la consigna de disparar un tiro de fusil si localizábamos a Juan Vernal, para avisarnos. Recorrimos el campo una media hora hasta que sonó un disparo desde el monte cercano».
Los hombres habían gritado repetidos ¡pipuuu! que rodaron entre los bosquecillos espinosos y ralos de la planicie ardiente, para orientarse. Al rato fueron llegando uno tras otro en apresurado tropel los conscriptos.
La mano le tembló ligeramente al Sargento que siguió escribiendo:
«Lo encontramos en un claro de algarrobos».
Los golpes de la pala abriendo heridas a la tierra reseca retumbaban en las vísceras del sargento Alborno con algo parecido a la misericordia. Sus manos toscas descansaron sobre la hoja de papel mientras los ojillos negros refulgieron bajo pesados párpados, fijándose en la inhóspita planicie. Recordó:
«¡Ep...!! Juancito... No vayas a ser tonto» -le repetía cuando lo veía cargando su fusil en bandolera, día y noche, de acá para allá, agachado, barriendo el patio del cuartel con un manojo de yuyos, limpiando las letrinas, aseando los chiqueros, arreglando las caballerizas, con su eterno fusil descargado, como pegado a las espaldas, hasta cuando dormía en el jergón.
El sargento Alborno meneó la cabeza y musitó:
-Itaby acué Juancito...!
Y Juancito no decía nada, solamente sonreía con su eterna sonrisa tristona, hasta cuando los conscriptos le gritaban a cada paso: «Nde. Juancito tarobá...!»
El Sargento meneó la cabeza y razonó: «Nunca entendí qué mosca le picó». Siguió escribiendo después de hacer chasquear la lengua.
—140→«Estaba muerto. ¡Eran las 17 hs. y 25 minutos según mi reloj!».
Se rascó la cabeza con energía con ambas manos.
«Debe ser el maldito polvo -pensó-, penetra hasta el alma».
Las ráfagas de viento caliente fatigaban la conciencia y embotaban el entendimiento. El ventarrón es constante en la inmensa planicie.
«No sé qué me está pasando», meditó el Sargento. Se recostó contra el respaldo, perdida la mirada en la llanura polvorienta y en los cactus dibujados contra el cielo amarillo de sol, con trazos nítidos. Volvió a recordar...
Los cuervos habían volado con torpeza, la panza llena, aleteando fuertemente en el silencio del bosque ralo con ruido de mil aplausos desmañados. El menudo cuerpo del conscripto Juan Vernal (Juancito Tarobá), estaba tendido con la boca abierta como en un grito coagulado, las ropas desgarradas a picotazos, el vientre al aire, con las vísceras revueltas en sangriento desorden, las moscas zumbando enloquecidas y las cuencas vacías pareciendo absorber el firmamento.
El sargento Alborno meneó la cabeza y murmuró:
-Itaby acué Juancito...
Una madrugada, en la cocina, mientras Juancito le cebaba el mate, hablaron mucho.
Al principio no quería decir nada, pero los meses de encierro le habían aflojado un poco la lengua. El Sargento le había preguntado por qué se empecinaba y él respondió que no se empecinaba.
—141→«Si vos querés, podés arreglar tu situación de golpe» -había aconsejado el Sargento. Era un oscuro amanecer y los gallos cantaban somnolientos. Creyó al principio que Juancito no lo había escuchado porque no contestó. Repitió la afirmación.
Entonces Juancito habló. Como de otro mundo, en un idioma extraño que hasta ahora no entendía muy bien, no que fuera en realidad otro idioma porque hablaba castellano, sino la forma rara, como ausente de decir las cosas. Habló de su Dios que tenía un nombre que el Sargento no podía recordar, que era celoso y exigente y que miraba desde arriba lo que hacen los hombres. Le dijo que todos somos pecadores y que no queremos reconocer porque el demonio nos tiene agarrados y no tenemos otro camino que reconocer nuestras culpas.
Él le había interrumpido, riendo, para asegurarle que no se sentía culpable de nada, al contrario, que cumplía con su deber, que no robaba, no mataba si no era necesario, no violaba a ninguna mujer sino que ganaba su simpatía a fuerza de regalos y serenatas, que cuidaba a su madrecita que vivía en su pueblo con sus hermanas y que...
Juancito le había interrumpido y le había asegurado que todo eso lo hace cualquiera, pero lo que su Dios quería era que averiguáramos su voluntad en ese libro negro que leía escondido y que ahora ya no podía leer más porque el teniente 1.º Eugenio Alcaraz había mandado quemar cuando otro conscripto le había delatado.
«La pucha que es exigente tu Dios!» -había comentado el Sargento-. «¿Pero qué clase, pió es él?»
Juancito le contó que había venido personalmente para salvar a los hombres y que ellos no le reconocían y —142→ que lo único que exigía era que la gente no se odie, ni se perjudiquen entre ellos, ni hagan ningún mal.
«Pero si es tan bueno, ¿por qué te hace hacer todo lo que no te conviene?», le había preguntado el Sargento.
Y Juancito le había dicho que él no se perjudicaba, sino al contrario, se estaba preparando para ir a su presencia y allí solamente sería feliz del todo y no tendría más problemas.
«Pero la Virgen, madre de Dios, no me pediría que anduviera como vos y que toda la gente se burlara de mí y en el cuartel me hicieran llevar todo el día el fusil descargado encima» -había respondido el Sargento-. «¿Tu Dios, pió, no te tiene lástima?» -había insistido.
El conscripto le aseguró que los que merecen lástima no son los que sufren en la tierra, sino los que desobedecen a su Dios.
También le había contado que el hijo de Dios, Jesucristo, había sufrido mucho por nuestra culpa y que nosotros también teníamos que sufrir para no renegar de él, y entonces el Sargento había asegurado que él sí que era cristiano, como todos en el cuartel, porque no hacían macanas, ni andaban buscando castigos sin necesidad, y Juancito le contestó que los verdaderos cristianos son los que cumplen la voluntad del Dios de nombre raro.
El Sargento nunca había entendido porqué Juancito le quería tanto a ese Dios tan enojado y difícil de entender. También le había dicho que así como todos se esforzaban en agradar a su superior en el cuartel, había que hacer con su Dios y con mayor razón, porque nos quiere de verdad, no como los superiores que solamente se preocupan del cuerpo y no del alma.
—143→El Sargento meneó confundido la cabeza, suspiró profundamente y decidió que tenía que terminar el parte y que si seguía entreteniéndose lo iban a castigar. Antes de retomar el bolígrafo se rascó la cabeza y pensó que los superiores no tenían porqué tener ningún cariño a los soldados, sino solamente cuidar la disciplina.
Trató de imaginar cómo sería cumplir órdenes de un superior que le tuviera cariño a uno. No lo pudo conseguir y desconcertado siguió con el parte:
«Envolvimos el cadáver con una lona y lo trajimos al cuartel. Ahora se está cavando la fosa para enterrarlo en el patio, cerca de los chiqueros. El cuerpo está depositado en la enfermería.
»Causa presumible de la muerte: SED.
»El conscripto Juan Vernal, procedente de la Capital estaba cumpliendo un castigo de dos años en el Fortín por negarse a portar armas y había desertado el 30 de octubre del cte. año.
»Lo enterraremos sin cruz como ejemplo a la tropa, de que un soldado que se niega a cumplir con su deber no es cristiano.
»Firmado: sargento Atanasio Alborno».
Una gota cayó sobre la firma. Quedó borroneada.
—144→
La gente es muy chismosa. Yo no creo nada de lo que dice. Pero te cuento como me contaron a mí. Y no vayas a repetir porque yo no soy chismosa. Pero ya que querés saber la verdad, te cuento que a mí me contó Ña Sinfó, que le contó Ña Sindulfa Martínez que estuvo en el velorio de Ña Eleuteria, y no sé si agrandó la cosa o si dijo la verdad; que dice que fue la misma Isidora la que le pidió al cura y la que hizo los trámites para que enterraran a la vieja al día siguiente del fijado por la ley.
Dicen que en lugar de enterrarla el miércoles a las cinco de la tarde, la velaron otra noche más, enterita, y la enterraron el jueves a las tres de la tarde. Y no pudieron llegar hasta las cinco porque hacía mucho calor y el cuerpo se empezó a hinchar y a descomponer y a despedir olor y a juntar moscas.
En la gomería de enfrente que está abierta las veinticuatro horas del día y también de noche, dice que se escuchó la pelea de los hijos y los gritos de Isidora que juraba y rejuraba que no saldría de la casa aunque vinieran los tahashí para echarla, porque la casa de la difunta era también de ella y que ni su hermano, ni nadie tenía derecho a sacarla de ahí.
Ña Sinfó me contó que le contó Ña Sindulfa Martínez, que dice que estuvo presente las dos noches del velorio, que la segunda noche, Taní, el zapatero, hermano de Isidora, le mostró los papeles firmados por la difunta, en —145→ que figuraba que la propiedad le pertenecía a él solito, pero Isidora no le creyó.
Dice que Isidora le reclamó a su hermano su derecho sobre la casa, porque ella era también hija de Ña Eleuteria, pero él le contestó que hacía rato la difunta le había firmado los papeles en que le traspasaba los derechos, porque él le mantuvo durante diez años y le pagó los remedios y todo y ése era el importe de la propiedad y que ahora que se había muerto la difunta, la casa era de él solito.
-Dice que Isidora se fue llorando junto al Juez de Paz para preguntarle si era cierto que ella ya no tenía derecho sobre la casa de la vieja y él vino personalmente a revisar los papeles que tenían la firma de Ña Eleuteria. Y después de revisar todo, le dijo a Isidora que sí, que era cierto que la propiedad ya no era más de ella sino de Taní solito.
Ña Sinfó me dijo que le dijo Ña Sindulfa Martínez que presenció cómo Isidora le arañó la cara a Taní, mientras le gritaba que era un ladrón y un bandido porque le había sacado su parte y que ahora ella se quedaba en la calle con tres criaturas sin padre. Y dice también que la cara de Taní se quedó con las marcas de todas las uñas de Isidora y que alrededor del cajón de Ña Eleuteria que estaba lleno de moscas, se pelearon la segunda noche del velorio y que cuando ella le arañó la cara, él le dio una bofetada que le echó a Isidora contra el cajón, y que si no fuera por Don Eustaquio y Ña Rufina que estaban rezando el rosario, al lado de la muerta, y que atajaron el cajón que estaba sostenido sobre dos sillas, todo se iba a ir al suelo.
Yo no sé si Ña Sindulfa Martínez o Ña Sinfó o el gomero Día y Noche, o los tres, agrandaron la historia, —146→ porque la gente es muy chismosa y vaya uno a saber la verdad, pero me contó también el de la gomería Día y Noche, que él mismo fue a ver lo que estaba pasando, porque no podía dormir entre lamentos y peloteras y dice que Isidora se golpeaba la cabeza con los puños y se lamentaba de que había dejado a su marido, allá en su casa de Pilar, para venir a cuidar a su querida madre; que se mudó con sus tres hijos hacía diez años, cuando Ña Eleuteria se enfermó, para que la difunta le hiciera lo que le hizo de dejarla en la calle.
También dice el gomero que Isidora golpeaba el cajón de Ña Eleuteria como para despertarla y le preguntaba y quería que le respondiera, por qué le hizo lo que le hizo. Que por su culpa su marido se cansó de esperarla allá en Pilar y como ella no volvía se concubinó con otra mujer que estaba viviendo en la que había sido su casa y que ya tenía de su marido cinco hijos y que ahora, a dónde ella, Isidora, se iba a ir si ya no tenía más ni casa, ni marido, ni nada.
Me dijo el gomero que estaba como loca y que Taní fue a buscar al boticario que le puso una inyección para dormir, pero que ni así ella dejaba de sollozar en sueños y de suspirar con los ojos medio cerrados.
Yo no sé si es verdad todo eso porque no estuve presente, porque tuve que ir a San Pablo para traer mi contrabando, pues, y la gente es muy chismosa y yo no creo demasiado lo que dice, pero te cuento como me contaron.
También Ña Sindulfa Martínez le contó a Ña Sinfó, que me contó a mí, la vez pasada, que Taní le acariciaba a Ña Eleuteria y le besaba las manos hinchadas y duras y le decía: «gracias mamita». También lloraba a gritos porque ya no la iba a ver nunca más después que la —147→ llevaran al cementerio. Parece que esos dos días del velorio fueron insoportables para el gomero y me contó él que había momentos en que parecía que todos se cansaban de gritar y que entonces todo se quedaba tranquilo; pero, de repente, todos se ponían a gritar de golpe y parecía un infierno. Y también me contó él y me contó Ña Sinfó por su lado, que le contó Ña Sindulfa Martínez, que vinieron como cincuenta parientes de varios pueblos del interior y que se armaron dos bandos, uno a favor de Taní y otro a favor de Isidora. Dicen que el bando que le defendía a Isidora era más grande y que le gritaban todos juntos a Taní que era un plata potá, un egoísta y un infeliz que no se conformaba con su propia casa y con su oficio de zapatero que le permitía trabajar y vivir bien, y le tenía que robar la parte que le correspondía a su hermana, que no tenía a dónde ir con tres criaturas.
Dice que el otro bando también gritaba que Taní no tenía la culpa de que Isidora se quedara sin marido y que él fue el que le pagó durante diez años la comida y los remedios a Ña Eleuteria y que él luego era su único hijo varón y la alegría de la difunta y qué más quería Isidora de herencia, que para que no se queje, la madre le había dejado toda su ropa y sus zapatos y la estampa grande de San Judas Tadeo con marco de plata y con novena para conseguir 5000 días de indulgencia y que Taní, además, le iba a dar todos los muebles de la casa, y que más quería entonces.
Yo no sé si será cierto, porque Ña Sinfó no estuvo tampoco presente porque ella también se fue a buscar su contrabandito a Clorinda en esos días, pero el gomero y Ña Sindulfa Martínez que fueron testigos presenciales, aseguran que se agarraron a patadas en el fondo del patio y que tuvo que venir el cura y que nadie le escuchaba —148→ cuando decía a gritos que había que respetar la última voluntad de la difunta.
También dicen que vino la policía: dos tahashí con fusiles y todo, y que recién ahí los parientes se calmaron. Yo no sé si será cierto.
Y después, el jueves, en el cementerio, me dijo Ña Sinfó que le dijo Ña Sindulfa Martínez, que entre el griterío, cuando el cuerpo estaba al pie de la cruz mayor para despedirse de los parientes, volvieron a abrir el cajón a golpes y la tapa voló y golpeó la cabeza de Taní, mientras Isidora gritaba: «¿Por qué me hiciste esto, mamita, por qué...?»
Y dice también Ña Sinfó, que en un descuido y entre el bochinche, aunque yo no creo porque la gente es muy chismosa, cuando abrieron a golpes de nuevo el cajón delante de la cruz mayor, Isidora aprovechó la ocasión para escupirle en la cara a la difunta.
Pero yo no creo. La gente es muy chismosa... Yo te cuento como me contaron...