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ArribaAbajoEl ángel de la guarda

A Carmen Maciel de Cáceres

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El ángel se sentía tan cansado. A veces pensaba que el trabajo que tendría estos años cuidando a Ignacio sería superior a sus fuerzas celestiales. El problema radicaba en que el niño no le escuchaba. ¿Su voz habría perdido fuerza? ¡Tantos siglos cuidando chicos! Era lógico que perdiera algo de potencia.

El tintineo argentino producido por una campanilla lo hizo levantarse de las blancas cárcavas de una pequeña nube rosa, algo pequeña para su estatura, pues cada año se hacía más alto. ¡Ya era la salida del colegio! Debía volver junto al pequeño. Se enderezó la aureola que se le había torcido un poco hacia la derecha debido a la posición que adoptó al acostarse, se alisó la amplia y sedosa túnica y dobló las alas transparentes para poder estar a la altura del chiquito.

Ignacio salió del grado con la misma algarabía que sus compañeros del preescolar. Sus cinco años rebosaban de vitalidad y alegría.

-Chau, Nacho. Mañana traé la pelota. -La voz de Rogelio, su compañero de banco le llegó desde la calle, a la cual había llegado en veloz carrera.

Entre risas, conversaciones y algunos gritos, los niños fueron a sus casas en compañía de sus padres o encargados.

Nacho quedó cerca de la acera, como muchos otros, esperando al transporte escolar que lo llevaría a su casa.

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El sol le daba en la cara, por lo que caminó unos metros hasta ubicarse bajo la sombra de un frondoso lapacho.

-Chist, mitaí, vení.

Sus ojos negros, que contrastaban muchísimo con sus cabellos rubios, buscaron al dueño de la voz.

-Acá, nene, vení.

Un hombre rubio, de gruesos bigotes se hallaba en un auto oscuro, a unos metros de la esquina.

Nacho no lo conocía. ¿Sería Hi Lee Man? No, no. Imposible. El parecido era asombroso, tanto que olvidó uno de los consejos de su madre. No hablar nunca con extraños.

Pero Nacho no podía con su curiosidad. Se acercó para ver más de cerca al señor.

-Vengo a llevarte.

Decididamente no era la voz de Hi Lee Man. Pero... ¿Era o no era él?

-Vamos a dar un paseo.

-Pero yo tengo que ir en el transporte escolar...

-Tu mamá me mandó a buscarte porque tiene que llevarte a algún lado, no recuerdo dónde.

Ignacio había sido bien aleccionado. Sabía que no debía subir al auto de ningún desconocido. Pero... éste podía ser su héroe televisivo. Además, él se estaba portando muy bien, obedecía a sus padres, no decía más malas palabras y había pedido a su ángel de la guarda que le hiciera conocer personalmente a Hi Lee Man. Sí, eso debía ser. En   —77→   premio a su buen comportamiento, se le estaban concediendo sus deseos.

-Apurate, porque es tarde y hace calor. ¿Querés tomar coca cola? Acá tenés. También traje bombones.

Una voz recóndida, familiar, retumbó en su cerebro.

-¡No, Nacho! ¡No subas con este señor al auto! No es Hi Lee Man.

-Pero si tiene los mismos ojos azules. ¡Claro que es él!

El hombre lo miró extrañado por las palabras que dijo el chico, después dijo:

-También tengo chicles globo.

Las últimas dudas de Nacho se esfumaron ante la aparición de todas las golosinas envueltas en papeles coloridos y brillantes. Sin hacer caso de los reiterados «¡No!» que retumbaban en su mente, subió al auto y se sentó junto al conductor.

El coche se puso en movimiento enseguida. Nacho tomó la gaseosa con fruición y comió los bombones con la glotonería propia de los niños.

El sol buscaba su lugar en el horizonte con premura y las sombras abrazaban los objetos con codicia.

Unas gotas de sudor cayeron de la frente del hombre. El auto se detuvo inesperadamente. Nacho creyó haber llegado a su casa, pero grande fue su sorpresa cuando vio que se encontraban en lo que parecía un patio baldío.

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El ángel comenzó a sudar. No sentía calor, sino miedo ante la desobediencia del niño. Además, la hedonista mirada del desconocido revelaba una avidez pecaminosa que sólo preñaría desgracias. Debía actuar y pronto.

-¿Se descompuso el auto? -preguntó con inocencia Nacho.

-Eh, puede ser. Vamos a mirar juntos, ¿sí?

-Nacho bajó del auto con el hombre. Éste miraba los neumáticos mientras el chico seguía comiendo con avidez los sabrosos bombones.

-Mirá las ruedas traseras.

Nacho miró, pero no sabía bien qué tenía que mirar.

-No veo nada raro -dijo el niño y alzó sus ojos límpidos hacia el hombre. Éste tenía una mirada turbia, en la que navegaba la insidia y la lujuria.

-Vení, vamos a jugar.

-¡Nacho, no podés jugar con este señor, es un desconocido, tu mamá te advirtió sobre los extraños! -repiqueteó desesperada la voz en la cabecita de Ignacio. Gracias a Dios, la mención de la madre hizo recordar otra promesa hecha a su mamá que era la de no llegar nunca tarde a su casa sin avisarle.

-Sabe, señor, podemos jugar en casa, porque es tarde y si mi mamá me está esperando para salir se puede enojar.

Tenía razón la voz. ¿Por qué había subido al auto? Su madre lo regañaría, pero si ella lo había   —79→   enviado...

-Sacate los zapatos y tus ropas...

¿Qué estaba pasando? Hi Lee Man nunca diría eso.

Como se opusiera, el rubio lo atrajo hacia sí con dureza, mientras le daba una bofetada en la cara que le arrancó al instante lágrimas que profusas rodaron por sus mejillas.

Mientras se debatía entre las manos del hombre, la voz resonó en su cerebro:

-Ignacio, cuando te quieras defender de alguien más grande que vos, mordéle.

Antes de que se esfumaran las palabras evocadas, estaba mordiendo con todas sus fuerzas la mano derecha del hombre, que apenas pudo sacarla de la boquita del chico. En un arranque de rabia y dolor el hombre se la tomó con la otra mano, instante que aprovechó Nacho para huir por un sendero que estaba rodeado de malezas. Corrió sintiendo que su corazoncito explotaría dentro de su pecho, temiendo que las fuerzas lo abandonaran, enceguecido por las lágrimas que afluían a borbotones de sus ojos, no dejaba de correr, hasta que un bocinazo lo paralizó por completo.

-¡Chico estúpido! ¿Por qué no atendés al cruzar?

-¡Socorro, por favor!

El taxista se apeó y alzó a Nacho que exhausto se desplomó en el asiento.

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Con voz temblorosa y sollozante, el chico contó lo que le había pasado.

El hombre era padre de familia y se solidarizó con Nacho, quien en una crisis de nervios, apenas pudo indicar el barrio donde vivía.

Su madre y otros vecinos lo estaban buscando por la ciudad. Cuando regresó y vio a su hijo en la puerta de su casa, olvidó los deseos de darle un escarmiento, el alivio la invadió, pero no pudo reprimir los sollozos que salieron libres de su garganta al verlo sano y salvo.

Nunca se encontró al hombre, la policía sólo pudo saber que el raptor era alto, rubio y de ojos azules.

Nacho juró a su madre que jamás subiría al automóvil de un desconocido, ni si viniera en él el verdadero Lee Hi Man.

Antes de dormir dijo sus oraciones y volvió a pedir al ángel de la guarda varias cosas, entre ellas ganar el partido de fútbol que disputarían al día siguiente.

Cuando su respiración fue rítmica y apacible, el brillo iridiscente del velador que estaba sobre la mesita de luz palideció ante una luminosidad azulada y plateada que llenó el recinto.

En el centro de la misma se volvieron visibles un par de alas transparentes y un rostro bellísimo lleno de bondad. Sonrió con la misma sonrisa inocente del niño que dormía, anotó rápidamente en   —81→   una libretita fosforescente los pedidos de Nacho, comparó la lista con otra en la que figuraban los deberes que debía cumplir su protegido, sumó y restó algunos números y por último desplegó sus alas que eran desmesuradamente amplias y brillantes cubriendo totalmente el lecho donde se encontraba durmiendo el niño.

Decididamente, este sería el último siglo que se dedicaría a cuidar chicos. Pediría «Allá» otro trabajo más descansado. Su labor de guardián había sido puesta a prueba y había salido airoso. ¡Pero... cómo le costó! Había ganado una batalla al mal. Eso siempre lo hacía muy feliz.

Un profundo suspiro retumbó en la habitación. La espléndida luz se apagó lentamente... también debía reposar, pues mañana sería otro día.



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ArribaAbajoEl zapato

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Llamé a Josefa varias veces antes de que me contestara. Como siempre, estaba hablando por teléfono.

-Ya voy, querido -su almibarada voz me dio a entender que estaba hablando con alguna amiga. Efectivamente, la oí despedirse diciendo que la volvería a llamar.

-¿Cuántas veces te dije que no me grites cuando estoy hablando por teléfono? ¡Eh! No aprendés nunca.

Su carita se ponía más adorable cuando se enojaba. Su nariz respingada parecía vibrar con los nervios y sus ojos oscuros se encendían y echaban chispas. No sé por qué eso hacía que la viera más bonita.

La tomé de la cintura y le di un beso que tuvo varios efectos: me agradó, le quitó el enfado y lo más importante, la hice callar.

-No encuentro mi corbata azul -le dije como un niñito a su madre.

Ella me la trajo y me la colocó con delicadeza y sensualidad. Nos despedimos en el umbral de la puerta con otro beso.

-¿A qué hora vas a volver? -me preguntó mientras me daba mordisquitos en los labios.

Le respondí y me despedí con la mano en alto. Ella quedó mirándome mientras yo bajaba las escaleras saltando los escalones de dos en dos.

Dos años de matrimonio y la seguía deseando   —86→   como el primer día. Nos habíamos casado cuando ella tenía diecisiete años y yo treinta. La diferencia de edad no fue obstáculo para que nos entendiéramos en todo.

Llegué tarde a la oficina y Gisela, mi secretaria, me sonrió con una agradable sonrisa antes de darme la lista de llamadas telefónicas que debía contestar.

Bernardo, el auxiliar de contaduría, entró con un expediente y una consulta. Era el sobrino de un amigo a quien debía un favor y lo pagué dándole un puesto por la mañana en la empresa. Era un muchacho agradable de unos diecinueve años que estaba estudiando en la facultad de Contabilidad.

El único problema que tenía para mí, bah, si es que puede llamarse problema, era el revuelo que causaba entre las cinco empleadas que tenía en la oficina. Decían que era un churro sensacional, un actor de cine, buen mozo al cubo y otras cosas más.

Lo miré curioso y realmente no vi nada raro en él. Tal vez fuesen sus grandes ojos azules que, bueno, sí, resaltaban en su tez trigueña, pero no eran para tanto. O su mentón cuadrado y varonil que a muchas mujeres gusta. Gisela decía que lo mejor del muchacho era su físico. Claro, con traje, cualquier muchacho de un metro ochenta parece tener buen físico.

La opinión de doña Marta, la supervisora del personal, era la única diferente: ella decía que sus   —87→   rulos -tenía el pelo semilargo y ondulado- y su nariz romana eran lo mejor de Bernardo.

Para mí era un joven normal con ninguna de las exageraciones que decían las empleadas de la oficina, pero las mujeres son bichos raros a quienes es muy difícil entender.

En realidad, él me agradaba porque era muy servicial y respetuoso, no como la mayoría de los adolescentes que conozco que tutean y faltan el respeto a todo el mundo.

Mientras le explicaba algunos detalles técnicos sonó el teléfono.

Era Josefa. Su madre iría al médico y la acompañaría, dedujo que no me molestaría porque sabía que yo no iría a almorzar, ya que debía hacerlo con unos clientes japoneses que habían venido de la colonia. No pude negarme, además, la muy pícara no me pedía permiso, me informaba de una decisión.

Pero ella sabía qué hacer para que yo no me enojara. Me detalló lo que prepararía para la cena -desde luego mi receta preferida- y lo que vendría después.

Como Bernardo estaba frente a mí, me di vuelta para que no viera mi cara de satisfacción al oír las cosas que me decía mi mujercita, que hasta lograron que me sonrojara, pues sentí caliente la cara y la sangre corriendo rápida por mis venas por lo que a ella se le ocurría decir.

Para disimular mi estado reí por lo bajo. Bernardo,   —88→   con discreción, se sentó en una silla, tomó una revista y la hojeó como si estuviera en otro mundo. Su traje azul le quedaba muy bien. Mis ojos llegaron a sus lustrosos y negros zapatos con sendas hebillas doradas, cuyas suelas quedaron ante mi vista en toda su extensión. Una de ellas, la izquierda, presentaba un orificio de forma hexagonal bastante grande en la extremidad superior.

Cuando vio que colgaba el teléfono volvió solícito hacia mí para seguir nuestra conversación.

Toda la mañana trabajé en la redacción del contrato que deseaba firmar con la empresa de los japoneses.

A las once y media llegaron mis clientes y estudiamos todos los pormenores del negocio. Nos enfrascamos tanto en el asunto que cuando nos dimos cuenta eran ya las dos de la tarde. La oficina estaba desierta, pues se salía a las doce y se volvía a las cuatro.

Fuimos a almorzar y una hora después me sentía como un triunfador con el contrato firmado y el negocio asegurado.

Tenía una hora de tiempo libre. No tenía ganas de ir al departamento sabiendo que Josefa no estaba, y debía estar nuevamente en la oficina a las cuatro. Entre llegar y volver, pasaría media hora. ¿Qué hacer? El calor sofocante me dio la respuesta ya que me pareció buena idea ir a darme un baño.

Tomé el auto y enfilé para casa. No pude evitar   —89→   tararear una canción de moda. Estaba eufórico, feliz. Todo me había salido a pedir de boca.

Cuando faltaban unas cuadras para llegar creí ver en la ventanilla de un colectivo que iba para el centro a una persona conocida entre sus pasajeros. Pero la rapidez del vehículo me impidió estar seguro.

Pienso que en los meses siguientes extrañaré el ejercicio que realizo a diario subiendo y bajando las escaleras hasta el cuarto piso. Con el contrato que firmé hoy obtendré una comisión que me permitirá comprar una casa propia y, ahí sí, pensar en los futuros herederos.

Puse la llave en la puerta y no giró. ¿Me habré equivocado al tomarla de mi manojo? Pero no, tiene la marca que le puse la semana pasada para identificarla rápidamente entre las otras.

No se abría porque había otra llave en la cerradura.

Toqué el timbre.

Josefa me abrió. Olía a jabón y limpieza. Cuando me vio me echó los brazos al cuello como si hicieran años que no nos viésemos.

A pesar de que se había bañado recién, entró a enjabonarme la espalda.

Esa tarde llegué a las cinco, una hora tarde en el trabajo. Pero los directores no dijeron nada, ¡al contrario! Estaban felices con el negocio que había concretado. Incluso brindamos con champagne.

Yo estaba feliz y lo único que quería, a pesar de   —90→   la sesión que me dio Josefa en el baño, era volver a casa para la cena y la «sobrecena».

Al otro día me levanté temprano, cansado, pero feliz. Me preparé el desayuno, porque Josefa estaba rendida en el lecho.

Me despedí con un «hasta pronto» al que respondió con un lacónico «chau», casi ininteligible. Repentinamente abrió los ojos y con voz susurrante pidió:

-Mi amor, no te olvides de bajar la bolsa de basura, que hoy es viernes -se acomodó nuevamente sobre la almohada y con un suspiro cerró nuevamente los ojos.

Ahora sí me iba. Con cierto resquemor miré a las demás puertas para ver si alguien me veía. Era algo incongruente un tipo con traje, corbata y una bolsa de basura en la mano, bastante abultada por cierto.

Llegué hasta la calle con cierta dificultad. Cuando iba a depositar en el tacho la bolsa de nylon negra, ésta se rompió, cayendo al suelo gran parte de su contenido.

Mi primera intención era dejar todo como estaba, hacerme el desentendido, subirme al auto e irme. Pero en realidad, no pude hacerlo. Por lo que tomé un cartón que estaba sobre el tacho y coloqué la mayor parte de los residuos dentro. Un objeto oscuro sobresalió entre restos de comida y papeles. Un zapato. Era negro, el lado izquierdo, con una hebilla dorada. ¡No era mío, por supuesto!   —91→   ¡Me considero un hombre elegante! Y ese zapato podía ser vistoso, pero elegante ¡nunca! ¿Y qué hacía dentro de nuestra basura?

Una luz blanca y cortante se introdujo en mi cerebro como un remolino violento. Venciendo la repugnancia que me producía la suciedad y los restos en el suelo, lo tomé y con furia le di la vuelta. El orificio de forma hexagonal en su extremidad superior parecía una boca sin dientes que se reía de mí y de toda la falsa felicidad de la cual hasta hace poco, me sentía el dueño.



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ArribaAbajoEl maniquí

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Paulina entornó las tupidas pestañas mientras suspiraba con pasión. Los brazos de Isabelino la oprimían con fuerza en un estrecho abrazo. Sus labios la besaban despertando su calor y ansias. Sus manos ávidas, que ardían sobre la delgada tela, le desabrocharon la blusa con torpeza y suavidad al mismo tiempo.

El silencio de la estancia era roto por la respiración entrecortada y anhelante de ambos.

Inesperadamente, ella se soltó de las lianas palpitantes, se sentó en la cama parsimoniosamente, recostó la cabeza sobre la blanca almohada de encaje sevillano y sonrió levemente. Sus ojos brillaban como dos faros encendidos en una noche oscura. Con un movimiento lento y voluptuoso de sus manos largas y finas lo invitó a acercarse.

Las sombras de las oscilantes llamas de tres velas de color rojo, dibujaban figuras caprichosas en la penumbra de la alcoba, distorsionando las formas y tamaño de las cosas, pero acentuando las hermosas líneas del rostro femenino.

Él la miraba con ojos encendidos y apasionados, no exentos de adoración. Ella abrió los brazos y él se sumergió en ellos.

Murmullos, vahídos, suspiros y chasquidos de besos formaron una amalgama de sonidos que iba en ligero crescendo hasta hacerse frenética y acuciante. Luego cesó abruptamente.

De alguna ventana abierta llegó una ráfaga de viento que se introdujo cual intrusa en la estancia,   —96→   llevándose en su efímero vuelo la débil luz emanada por las candelas.

Un rayo lejano iluminó la habitación fugazmente, dándole a los objetos una apariencia irreal, casi fantasmal. El sudor que cubría parte de sus cuerpos refulgía en la penumbra como gotas de plata titilantes.

Otro relámpago cortó el cielo con violencia, mordiéndolo. El estruendo que siguió pareció un lamento desgarrador, una protesta. Fue tan violento y cercano que hizo saltar el corazón de Paulina haciéndolo galopar hasta su boca.

Casi al mismo tiempo, Isabelino contrajo abruptamente su cuerpo y sin emitir quejido alguno se desplomó sobre el lecho.

Camuflado por el estrépito del trueno, el disparo apenas se oyó en la pieza cerrada. Los vidrios de la ventana cayeron al piso con un tintineo dramático. Antes de que pudieran esparcirse por completo sobre la lustrosa y encerada superficie, se oyó otro estampido.

El amante quedó con los ojos abiertos mirando sin ver el oscuro techo. Un hilillo de sangre salió presuroso de la comisura de sus labios, formando un delta tétrico que se dirigió en perezosas gotas púrpuras hacia las albas sábanas. Su pecho, antes palpitante de pasión y placer, se convirtió en segundos en una rosa que florecía rápidamente en húmedos pétalos escarlatas.

El grito, agudo, espeluznante e histérico de   —97→   Paulina parecía no tener fin.

Un relámpago lejano dejó ver brevemente su mirada llena de horror, que reconoció al asesino, cuyo rostro desfigurado por el dolor y la desesperación, era una lívida máscara donde sobresalían dos ascuas luminosas que emitían destellos de locura y odio.

Él parecía sordo a los terribles alaridos, que por instantes eran tragados por fuertes truenos.

Se acercaba a ella lentamente, como si fuese un robot con una orden que cumplir.

Paulina quiso huir, correr a algún lugar para salvarse. Su cerebro emitió la orden a sus piernas, pero éstas estaban paralizadas, pesadas, laxas.

Sintió que la tomaban de los cabellos con violencia.

Quiso gritar, pero las grandes manos del hombre rodearon su grácil cuello. Y apretaron, apretaron...

Unos minutos pasaron. Mansamente se aflojó la mujer entre las sábanas. Un último estertor involuntario y quedó inerte, con la cabeza doblada en forma anormal sobre el cojín de encajes, como si fuese un títere desarticulado.

Sus senos enhiestos sobresalían desafiantes en su desnudez, sobre el cuerpo manchado de sangre de su amante.

Afuera, el viento silbaba furioso con más ímpetu,   —98→   doblegando árboles y plantas, colérico y ofendido por los crímenes que se habían cometido instantes atrás. Por momentos se aplacaba su ira y más calmo, dejaba que la llovizna cantase sobre los tejados con notas estridentes y rítmicas.

Una ráfaga de aire llegó rauda y fuerte de algún lugar, acompañada de gotas frías de lluvia que dieron a la estancia una falsa frescura rápidamente rechazada por los olores formados por la mezcla de sangre y cera derretida.

Se hizo un silencio breve, quebrado al instante por un sonido grotesco. Una voz gutural se elevó silenciando la canción de la lluvia. Era un lamento ininteligible, incomprensible, monótono, susurrando las mismas palabras.

-¿Cómo pudiste hacerme esto, Paulina, cómo pudiste?

Cuando se cansó de repetir la pregunta, comenzó a llorar. Su llanto y sus roncos sollozos rivalizaban con los truenos que volvieron a sonar sobre el cielo oscuro que cubría la casa.

Pasaron horas antes de que el hombre quedase en silencio.

Su entrecortada respiración había vuelto a la normalidad.

La furia y la ira habían abandonado su cuerpo, desalojadas con firmeza por el arrepentimiento.

-¿Por qué la maté? ¡Ella era la razón de mi existencia!

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-¡Pero... te ha sido infiel! -le decía una voz en su cerebro.

Un clavo ardiendo en su corazón removía la herida dándole la razón.

-Pero... ¿Cómo será mi vida sin Paulina? ¡Si yo canto, río y sueño porque ella existe!

Con lucidez reconoció que ya nada tenía sentido. Supo que no podría vivir sin su mujer.

El llanto fue nuevamente el bálsamo que le impidió quitarse la vida.

Un amanecer gris se coló por la ventana devorando la oscuridad que se interponía a su paso. En los rincones se habían refugiado las últimas sombras de la noche, resistiéndose a morir ante la llegada de la luz.

Ésta formó un torbellino y penetró en los pensamientos del hombre. Su débil mente perdió el camino que lo llevaba a la realidad y se hundió en el laberinto brillante, rodeado de cavernas frías y oscuras que lo hicieron sentir mejor. Un manto blanco de amnesia lo anestesió. El dolor que le producía la pérdida de su esposa era tan grande que su mente negó todos los hechos. Se convenció que nada de lo que había ocurrido era verdad. Eso lo colmó de un alivio inmediato.

-¡Ya volví, mi amor! No me esperabas tan temprano, ¿verdad?

Tomó en brazos a Paulina, cuya cabeza colgaba   —100→   grotescamente sobre sus hombros, y la llevó al laboratorio. Cerró la puerta y la depositó sobre la mesa de metal.

-¿Tienes frío, verdad? No te preocupes. Pronto estarás bien. Deja todo a mi cargo.

El embalsamador realizó un esmerado trabajo. Por algo era conocido como el más diestro en su profesión. Su maestría con la reproducción de rostros en cera le había valido muchas menciones internacionales.

Cuando terminó su tarea, había devuelto a Paulina las facciones bellas que la caracterizaban. El rictus de horror y espanto se había marchado, su lugar había sido ocupado por una enigmática sonrisa que daba a su faz pálida una serena y subyugante belleza.

Estaba más hermosa que nunca.

Por unos días, él le habló como si estuviera viva, como si oyese las respuestas a sus preguntas. La acariciaba, la besaba y reía mucho.

Vivía feliz en su locura.

Pero una tarde, sus ojos adquirieron una lucidez olvidada. Quedó callado en la mitad de una frase.

La miró de una forma diferente, sin ternura.

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Un ramalazo de luz en su cerebro pareció unir los cables de algún circuito roto. Y todos los recuerdos volvieron, y con ellos el dolor.

Un aullido rompió la quietud del silencioso ocaso que en su mortaja de sombras se abrazaba a la noche.

No quería esa luz. No quería verla con el otro.

La razón avanzó con fuerza devorando de un bocado a su amnesia salvadora.

Y la cordura trajo al odio, que encerrado tanto tiempo en las celdas vesánicas de su cerebro, estaba hambriento de maldad.

Como si cumpliese una orden militar, fue decididamente hacia la cocina.

Una carcajada histérica se escapó de su boca.

Preso de una extraña premura abrió la garrafa del gas. Con un gozo terrible y absurdo, encendió el fósforo.

-¡Éste es! ¿Qué te parece? -preguntó Olivia expectante.

-¡Divino! Me gusta todo. El estilo, la tela, el escote, el velo...

-¿Viste? ¡Te dije que era una maravilla! Cuando lo vi en ese maniquí, me convencí. El día de mi boda quiero lucir tan bella como la modelo que lo tiene puesto.

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Las dos amigas entraron en la coqueta boutique de ropas de novia y en menos de media hora salieron con el rostro feliz del que ha realizado la mejor compra de su vida.

Doña Lorenza miró a través de los vidrios de la amplia vidriera a las dos mujeres que se alejaban conversando. Esperó unos minutos y fue hacia la trastienda donde tomó un envoltorio de plástico que contenía un vestido de tela tosca y corte sencillo. Casi se podría decir feo, sin ninguna gracia.

Se dirigió hacia el maniquí. Con rapidez procedió a vestirlo con la nueva prenda. Al ratito había finalizado.

La seda, casi amarillenta, se volvió blanca y pura como las nieves que cubren las cimas de las altas montañas al amanecer.

La tela tenía ahora una caída exquisita, los volados de las mancas adquirieron una transparencia insinuante, los botoncitos del escote parecieron encenderse.

El atuendo había sufrido una metamorfosis espectacular, lucía hermoso, idéntico al que se había vendido unos momentos atrás.

El modelo simple se había vuelto inmediatamente elegante en su sencillez.

Toda novia que lo viese quedaría hechizada ante su influjo.

A pesar de que no era la primera vez que se   —103→   operaba ese cambio tan extraordinario, doña Lorenza no se acostumbraba al milagro que acontecía todas las veces que vestía al maniquí.

Comerciantes de renombradas casas de moda habían ofrecido grandes sumas de dinero por él, especialmente después de comprobar que no era una modelo de carne y hueso.

Era la mejor compra que había hecho años atrás en una antigua casa de remate.

Le dijeron que el maniquí se llamaba Paulina. Claro que conocía los cuentos que se tejían sobre él.

Se murmuraba que Bruno, el joven violinista del pueblo, algo tocado de la cabeza, traía serenatas de madrugada, cantaba canciones románticas y le declaraba su amor con las palabras más ardientes de su repertorio.

Un vecino de la boutique juraba que la había visto salir de la vidriera y caminar abrazada al joven mago del pueblo que le hablaba en noches de luna.

Doña Lorenza no creía nada, pero de lo que sí estaba segura que ella era su mejor aliada en el negocio de la venta de ropas, pues prenda que le ponía, prenda que se vendía.

Pero nadie sabía que en su fuero interno, le tenía miedo. ¿La causa? No la sabía, si la miraba a los ojos, un escalofrío helado le erizaba los vellos del cuerpo.

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Tampoco debía olvidar de taparle el rostro en noches de lluvia, especialmente si había truenos y relámpagos, porque de lo contrario, gritos terribles e histéricos retumbarían en toda la cuadra durante la tormenta.

El sonido alegre de las campanillas de la suerte que pendían sobre la puerta vidriera de su establecimiento la sacaron de sus reflexiones.

Una cliente entró al negocio y con cara embelesada se dirigió a admirar el vestido de novia que lucía encantadoramente Paulina.



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ArribaAbajoEl amigo

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¡Qué liviano se sentía! Etéreo, ingrávido y feliz, flotaba como una burbuja juguetona alejándose en el cielo azul.

-Nombre, por favor.

Pedro miró desconcertado al hombre. Su rostro era blanco y surcado de profundas arrugas. Una barba clara y larga se movía rítmicamente al pronunciar las palabras.

No supo qué le dio risa, no pudo reprimir una carcajada estentórea que nació en su garganta y fue expulsada con fuerza hacia el cielo poblado de nubes claras y brillantes. Abruptamente se calló, ante la severa mirada de los ojos azules del anciano, a quien la burlona risa molestó.

-No tengo toda la eternidad para atenderle, así que se pone serio o va a conocer las nubes que se encuentran más abajo y viene más tarde.

-No, no. Me llamo Pedro Ceferino Gómez y soy de Encarnación, Paraguay.

-Pedro Ceferino, Pedro Ceferino... hum, sí, aquí está -dijo mientras seguía con su dedo índice una larga lista en un libro más abultado que panza de obeso.

-Pero... no tendría que estar todavía en este lugar. ¿Cuál fue el motivo...?

-Por ayudar a un amigo, sólo por eso -interrumpió con decisión al viejo.

-Bueno, tiene un minuto para contármelo.

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Ramón y yo crecimos juntos en el mismo barrio. Fuimos vecinos y nuestras madres eran muy amigas. Hicimos la escuela primaria juntos. Pero hace un año, la suerte cambió para él. Su padre, a quien nunca había conocido, murió. Mucho dolor no sintió, por no decir ninguno, puesto que sabía que existía, que se encontraba en algún lugar, pero nada más. Bueno, sí, a veces mandaba algún dinero para Navidad, aunque era raro, pero la palabra «silencio» es la que mejor podía definir a su padre. Pero lo que no hizo de vivo, ayudarle, lo hizo después de muerto. Le dejó una cuantiosa herencia.

Todo esto ocasionó una serie de cambios para el tímido y humilde Ramón. Para él y su madre el barrio les quedó chico y se compraron una casa nueva en otro lugar, más elegante y señorial, dejó su trabajo y pudo asistir a la universidad y comenzar sus estudios. Tenía veintitrés años.

Repentinamente, nos encontramos distanciados. A pesar de que él no cambió su carácter, las actividades diferentes que realizábamos nos alejaron.

Soy el mayor de siete hermanos y ayudo a mamá para mantener la familia, tarea ardua en estos tiempos de crisis que corren. Por la mañana trabajo entregando correspondencia y por la tarde vendo quiniela. Por la noche estudio.

Después de la festichola que dio Ramón a todos los amigos por la fortuna que recibió de su padre,   —109→   no nos volvimos a ver.

Bueno, en realidad no lo extrañé tanto, pues con los dos trabajos que tengo, la escuela nocturna, los partidos de fútbol de salón en el centro parroquial algunas noches, los fines de semana con los amigos, amén del tiempo que me quitaban las «amigas» que tenía, que no eran pocas, me resultó extraño volverlo a ver y, más aún, que hubieran pasado seis meses de la última vez que nos habíamos visto.

Casi no lo saludé. El Mercedes blanco, último modelo que manejaba ya tenía que bastar para despistarme, pero no, en realidad fue su cara chupada, sus ojos hundidos y su piel amarillenta y cadavérica lo que me impidieron reconocerlo, la verdad que estaba cambiado y mucho.

-Pedro, subí que te llevo.

Después de la sorpresa y la alegría del reencuentro fuimos a un bar donde mi amigo me invitó unas cervezas y me platicó sobre su nueva vida. Cada frase que decía estaba impregnada de una gran melancolía y había veces que parecía no tener aliento.

Pensé que se había dado a las drogas o tenía alguna enfermedad terminal, pero como no largaba prenda, le seguí la corriente en los temas baladíes, hasta que se quebró y con lágrimas en los ojos me dijo que estaba enamorado. El problema radicaba en que quería casarse con ella, pero tenía un dilema. Nunca lo haría con una mujer interesada, la   —110→   elegida debía amarlo por sí mismo y no por su dinero.

Le contesté que era muy fácil resolver esa situación. Bastaba con que le dijese que habían perdido todo el dinero y así, viendo su reacción, sabría si lo amaba o no.

Parecía que le había devuelto la vida al cuerpo.

-¿Cómo no se me ocurrió esa idea? ¡Es fantástica! Y vos, me vas a ayudar a ponerla en práctica.

La cosa es que me invitó a ir a su casa por la noche, por lo que tuve que faltar al colegio y sacrificar mi partido de fútbol nocturno después de la salida para ayudar al amigo.

A las ocho menos cinco vino a buscarme en su auto y me dio detalles sobre el plan.

Me la presentaría y yo debería hacerme amigo suyo para así irle con el cuento de que el banco cuyas acciones eran de la familia había quebrado por el gran desfalco que había hecho un gerente y que había huido al extranjero dejándole a todos en la ruina, pero haciéndole saber que con esfuerzo y sacrificio volvería a tener la posición que había perdido, que así pondrían a prueba su amor y una serie de mentiras más.

No es que me gustaba mucho lo que haría, pero no me pude negar y es así que nos encontramos frente a la puerta de una casa humilde a la cual entramos después de golpear las manos.

Una muchacha de unos veinte a veinticinco   —111→   años apareció en la puerta y con alegría se dirigió hacia mi amigo que la recibió con los brazos abiertos, se besaron como si nadie más existiese en el mundo. Yo, no sabiendo qué hacer, caminé hasta el portón mirando con mucho interés las nubes que se ocultaban tras una luna lánguida que se colgaba perezosa en el cielo claro.

-Vení, Pedro. Esta niña es Mercedes, el origen de mis suspiros y mi felicidad.

Alzó hacia mí su rostro, pues era bastante baja de estatura y me sonrió.

Nos dimos las manos diciéndonos las frases triviales del caso.

Entramos a la sala, amueblada con austeridad, pero con buen gusto, nos sentamos un rato a esperar que la mujer se cambiara de ropa, pues tenía una bata suelta de «entrecasa». Ramón la había invitado a salir con nosotros.

-¿Qué te pareció? -me preguntó con ansiedad Ramón.

-Muy linda -mentí, pues en realidad, con la penumbra reinante no podía haberle visto bien la cara y con la ropa que tenía, parecía una petisa embarazada, lo cual me cuidé muy bien de no expresar para no quedar mal con mi amigo, que se notaba que estaba loco por ella.

-¿Por qué si la querés tanto la vas a poner a prueba? Aprovechá lo que la vida te da y disfrutá.

-No, no quiero equivocarme. La mujer que sea mi esposa debe amarme a mí por mí mismo -su   —112→   voz tenía un tono serio, paranoico, casi enfermizo, que evitó que prorrumpiera en carcajadas. ¡Qué ganas de crearse problemas!

Y si te quiere con tu paquete de dinero, compartílo con ella y listo.

Tuvimos que callarnos de golpe porque la chica apareció en la sala. Bueno, me di cuenta que era ella porque salió de la misma puerta por la que entró y en la casa no había nadie más, pero parecía otra persona. La petisa ya no era tal, ayudada por unos zapatos de altísimos tacones. Un pantalón ajustado al cuerpo dejaba ver sus medidas perfectas. Sus cabellos eran castaños con destellos dorados en las puntas. Su rostro era un óvalo perfecto que albergaba a dos grandes ojos negros que lucían húmedos y profundos.

Pero lo mejor de ella no se había visto aún, hasta que sonrió. Sus dientes eran blancos y parejos y le daban un toque de perfección a su bonito rostro.

Con voz acariciante y coqueta preguntó, mientras mostraba una amplia sonrisa:

-¿Tardé mucho?

Nos encontramos negando a coro mientras nos dirigimos al auto. Resultó que la muchacha era muy simpática, bonita y sencilla.

Ramón sufrió una metamorfosis total. Reía feliz, por cualquier cosa, la miraba como queriendo sumergirse en sus ojos y cada rato me preguntaba frente a ella:

  —113→  

-¿No es un tesoro?

Me estaba cansando de la situación, me sentía incómodo y el tercero en discordia.

Fuimos a cenar a un restaurant bailable y cuando ella fue al baño, Ramón me pidió que bailara con ella y la sondeara. Así lo hice, pero de buenas a primeras no pude abordar el tema. En realidad, no sabía de qué hablar sin sonar más falso que un billete de dos guaraníes, pero ella me salvó platicando de miles de cosas que ahora no recuerdo, sólo sé que me invitó a tomar tereré en su casa a las cuatro o cinco de la tarde, mañana, si podía, claro.

Le dije que sí y fui.

Avisé a Ramón que fuera después de las seis para tener más tiempo de estudiar su reacción. Quedamos que vendría a esa hora.

Hacía mucho calor esa tarde, por lo que adelanté la hora de mi visita. Mercedes me recibió muy contenta, advirtiéndome que me estaba esperando.

Me pidió que la aguardara mientras se bañaba. Me dio el diario del día, para no aburrirme, según sus palabras, mientras la esperaba. Oí su voz cantando, (lo hacía bastante bien) y el sonido del agua derramándose, ya que el baño estaba muy cerca de la sala. Salió envuelta en una gran toalla y me sonrió.

Traté de sonreír, pero estoy seguro que me salió una mueca rara, pues sentía la garganta seca. El   —114→   ambiente pequeño de la sala estaba lleno de erotismo y sensualidad, hasta me pareció que sus ojos rutilantes me enviaban un mensaje, una invitación, pero desde luego no podía ser, es que cuando ella sonreía, parecía que brillaba el sol, indiscutiblemente existía algo en su sonrisa que me atraía enormemente, no sé si fueron mis instintos, pero tuve la tentación de seguirla. Gracias a Dios, pensé en la amistad y logré contenerme.

Ella seguía cantando y yo me impacientaba. Pero ¿por qué? Como si ella hubiera leído mis pensamientos me dijo desde su habitación:

-¡Ya voy! Ya estoy contigo.

Al rato vino con una blusa suelta sobre un viejo short de jeans desflecado.

-¿Podés traer hielo de la heladera? -sin contestar lo hice, mientras ella cargaba agua en una jarra de vidrio transparente y le ponía cepa1 caballo.

Me sentía como perro en canoa sin saber qué hacer ni qué decir. Ella, como siempre, me solucionó el problema, hablándome de Ramón, preguntándome sobre su infancia, sobre nuestra amistad, sus ex novias y otras cosas. En realidad, yo le contestaba con monosílabos, pues su blusa mojada se había adherido a sus senos y se notaba a la legua que no tenía sostén, lo que me hacía sentir levemente excitado y me impedía entrar en el tema para el cual había venido.

Inesperadamente me preguntó si era fiel a mis   —115→   amigos. Le dije que sí, que la amistad era algo sagrado para mí.

-Bueno, voy a ponerte a prueba.

Recuerdo que pensé que ambos, Mercedes y Ramón, formarían una excelente pareja, pues eran parecidos en muchas cosas. Desconfiaban de la gente que querían y les gustaba probar a los demás.

No pude pasar la prueba. Cuando ante mis ojos atónitos se desabrochó la húmeda camisa y con parsimonia me tomó la cara con sus dos manos y me dio un beso suave en los labios, reprobé totalmente. Pudo más la lujuria que la amistad. Pero por un lado sabía algo: Ramón no había desconfiado en balde.

Sus dedos me tocaron y ya fui suyo, el deseo estaba a flor de piel y erupcionó como un volcán airado. Se llenaron mis manos con sus colinas y húmedos cabellos y nuestras bocas no podían dejar de buscarse. Se fundieron nuestros cuerpos en uno solo entre sensaciones deliciosas y quemantes. El tiempo no existió. Sólo existieron ella, yo y la pasión.

Unos golpes dados a la puerta nos volvieron a la realidad. Eran más de las seis de la tarde y ambos recordamos a Ramón. Tomé mi remera y mi pantalón doblado y me zambullí debajo de la cama.

Justo a tiempo, pues Ramón, que tenía la llave de la puerta de entrada la había abierto y como ella   —116→   no le contestaba entró en el dormitorio.

Él parecía apasionado, por los chasquidos de besos que oía desde mi incómodo lugar, pero por lo visto, le daba cierta pena a Mercedes acceder a sus requerimientos estando yo bajo su cama. Se negó varias veces. Se hizo un silencio bastante prolongado, seguramente se estarían besando por el murmullo que reinaba en la alcoba.

La posición en la que había quedado me estaba molestando, por lo que giré lentamente sobre mi costado. Nunca lo hubiera hecho. Las monedas que estaban en el bolsillo trasero de mi vaquero cayeron al suelo con un tintineo metálico que retumbó como el estruendoso final de una orquesta en el silencio de la habitación.

Casi al momento vi la cara de Ramón a ras del suelo, por lo que salí por el otro lado del lecho. Desnudo, con mi ropa en la mano, no tenía excusa que darle. Pero él, lógicamente, tampoco quería oír ninguna, se abalanzó sobre mí y me dio un puñetazo en la cara, por lo que tuve que defenderme, le repliqué con otro que lo arrojó sobre la cama. Ese fue un error mío, pues al levantarse, con rapidez abrió el cajón de la mesita de luz donde estaba el revólver que le había regalado a su novia para defenderse, ya que vivía sola y antes de que pudiera esquivarme, me tiró dos balazos...

Y ya no recuerdo más.



  —[117]→  

ArribaAbajoNeblina y llanto

  —[118]→     —119→  

Una tarde fría de otoño, gris, ventosa. El ambiente pequeño y acogedor dentro del vehículo logra que me sienta confortable. Ubico mi bolso oscuro sobre la repisa que está sobre mi asiento y me desparramo en él.

Con un ronroneo suave el autobús se pone en movimiento rumbo a la ruta I que me llevará en unas horas al hogar. Después de cinco días de ausencia la pequeña casita que tengo cerca de Asunción se vuelve añorada y deseada.

A través de la ventanilla el paisaje se convierte en una mancha verdosa salpicada de azul y marrón. El cansancio me adormece hasta que un chirrido agudo producido por una frenada me despierta.

Una puerta se abre y se cierra, y el canto del vehículo en movimiento se eleva tembloroso en el aire hasta convertirse en un ronroneo sostenido y soporífero.

Con los ojos entrecerrados siento una presencia cerca de mi asiento. A través de las pestañas veo que es un hombre. Tiene en una de sus manos un oscuro portafolios que ubica cerca de mi bolso. Abre la cortina de la ventanilla para que la luz dé sobre las páginas de un libro que se dispone a leer.

Me acurruco en mi lugar y poco a poco siento que el sueño se va apoderando de mí. Me duermo profundamente.

Una voz grave me habla mientras me dan un   —120→   toquecito en el hombro. Abro los ojos sin saber dónde me encuentro, hasta que en forma ordenada mi cerebro me lo cuenta en fracciones de segundos. El pasajero quiere pasar y no puede salir al pasillo sin que yo le dé el lugar correspondiente.

Decido bajar también para ir al baño.

La tarde se resiste a partir. Unos jirones de encendido crepúsculo quedan atrapados en la plaza del pueblo que se adivina desolada y triste con las hamacas y toboganes vacíos.

Vuelvo a mi lugar en el colectivo. Unas horas más de viaje y llegaré a destino.

Mi compañero de asiento, precedido de disculpas y peticiones de permiso se acomoda a mi lado. Las luces rojizas del interior del autobús le dan una apariencia irreal. Tendrá unos treinta a treinta y cinco años. Sus rasgos varoniles son muy atractivos, y su rostro alberga dos ojos grandes, negros y profundos.

Él ya no puede leer, pues la pobreza de la luz se lo impide. La conversación surge natural, espontánea, como suele ocurrir entre los pasajeros que realizan un viaje y coinciden en el itinerario y cercanía de asientos, aunque tal vez nunca vuelvan a encontrarse.

Hablamos y hablamos. Me sorprendo con las cosas y temas que tenemos en común.

A él le gusta la lectura, la música clásica, caminar por las tardes, las personas leales, las películas dramáticas y el amor a la familia. Como a mí.

  —121→  

Se bajó una hora antes que yo en un pueblo muy pequeño. Sólo me dijo su nombre y que la próxima semana, a la misma hora, haría el mismo viaje.

En la semipenumbra de mi dormitorio me pregunto cómo pude contarle en menos de una hora toda la historia de mi vida. Él pareció comprenderme, al menos asentía al oír mi edad y mis sentimientos de infelicidad ante mi soledad. Hasta me pareció ver en sus ojos un brillo de lágrimas cuando le conté algunos detalles de mi prematura viudez.

No puedo dormir. A pesar de ser aún de noche me levanto y me preparo para el viaje.

El frío es intenso. Una fina helada hace de espejo a la luna dormida. Mis botas hollan el húmedo sendero que me lleva hasta la ruta. No espero mucho. Perforando la oscuridad nocturna surgen dos haces luminosos que dibujan formas sicodélicas en la neblina. Ya en el autobús, casi vacío, me tomo las ateridas manos y las refriego para que entren en calor.

Voy hacia el pueblo de Marcelo. Si llego temprano iré a la misa. Después, lo buscaré hasta encontrarlo.

Mis pensamientos van hacia mi amor... ¡Marcelo! No puedo creer que hayan pasado dos meses de nuestro encuentro. El amor que despertó en mí es tan grande que siento que es la razón por la cual   —122→   vivo. Que mi vida anterior sólo fue una farsa y una espera que ahora llegó a su fin. Y lo mejor de todo es que... ¡él también me ama! Juntos podremos superar todos los obstáculos que se nos opongan.

Se me eriza la piel cuando vuelven a mi mente los recuerdos de los acontecimientos acaecidos la semana siguiente a la del encuentro en Encarnación.

Sólo deseaba que llegase el día viernes, para verlo. Varios interrogantes fueron mi tortura esa semana.

¿Y si me mintió? ¿Y si nunca lo vuelvo a ver? Pero no. Ahí estaba con su sonrisa amplia, su belleza que me lastimaba, saludándome con la mano en alto en la sala de espera de la Terminal de ómnibus.

Esa noche no bajó en su pueblo. Se vino a casa. Fue un fin de semana inolvidable, el inicio de una pasión desenfrenada que en vez de estabilizarse o disminuir creció día a día. Tanto, que tiemblo ante la idea de perderlo. Ahora sí sé lo que es el amor.

Pero siempre hay nubarrones sobre todo horizonte de dicha. Marcelo no quiere hablar de su vida, de sus familiares ni de sus amigos.

Las primeras semanas no di importancia a su hermetismo, pero últimamente me atormento con miles de pensamientos que amenazan con robarme la tranquilidad.

Anoche se fue, como todos los sábados, a las   —123→   doce. Sigue sobre mi piel su aroma fundido en sensaciones diferentes, que me dicen que aún estoy necesitándolo, que no podré esperar una semana nuevamente para beber de su cántaro de miel y saciar mi sed de caricias.

La aurora pinta de rosa y naranja al pueblito que se ve como una postal antigua a través de la delgada niebla.

Son las siete. La iglesia se divisa cerca de la ruta. Casi puedo decir que las campanas echadas al viento me orientan hacia ella.

Ya en su interior busco ubicación en una de sus bancas. La santa misa se encuentra en su primera etapa. Rezo como hacía tiempo no lo hacía. Pido a Dios que me dé fuerzas para superar cualquier adversidad que surja nuevamente en mi vida y la fortaleza necesaria para aceptar lo inevitable. Nunca pensé que me iban a hacer falta tan pronto.

A la hora del sermón una voz familiar se dirige a los presentes. Miro al sacerdote y no puedo creer lo que veo, siento que mis ojos amenazan con salir de las órbitas debido a la sorpresa que me produce ver a Marcelo en el púlpito. Me pellizco el brazo para ver si no estoy soñando, pero no. ¡Es él! ¡Mi Marcelo! ¡El cura párroco!

Un grito estridente sale de mi garganta. Tiene el efecto de silenciar todos los sonidos y murmullos. Me pongo de pie y lo miro con angustia. Por breves instantes nuestras miradas se unen.

  —124→  

En la suya impera la sorpresa y el temor. En la mía sobran dolor y angustia.

No sé si pasó un minuto, un segundo o una eternidad, pero como un robot giro sobre mis talones y abandono el templo, sintiendo todos los ojos de los feligreses sobre mí.

Al salir de la iglesia, con el rostro anegado en lágrimas, le dije adiós con el corazón, adiós para siempre, con una decisión irrevocable.

A pesar de amarlo más que a mi vida no puedo arrebatárselo al Señor. ¡No debo!

Cuando traspuse el umbral de la ancha puerta oí su amada voz seguir con el oficio religioso.

Tratando de no perder mi entereza sigo caminando por las callejas aún dormidas del pueblito.

Pero a medida que me alejo de la iglesia, la pena, la tristeza y la desilusión forman un vacío en mi corazón y la desesperación me ahoga. Roncos sollozos escapan de mi garganta mientras camino hacia la ruta para regresar a casa.

Las lágrimas no pueden aliviar mi angustia y desazón, salen de mis ojos como ríos que van al mar, copiosas, abundantes, como nadie creería que puede llorar un hombre por amor.



  —[125]→  

ArribaAbajoEl bote

  —[126]→     —127→  

-Y el tercer premio... Miguel Ángel Escudero.

Fuertes aplausos precedieron en el escenario a un hombre de unos cuarenta a cuarenta y cinco años, alto, bronceado y con los brazos en alto en actitud de triunfo.

-¡Vamos, Miguel Ángel, todavía! -Se oyó la voz de Marcial, compañero de pesca y su amigo de infancia, desde el fondo del club.

El premiado recibió el trofeo entre vítores. Agradeció a los organizadores y auspiciantes del torneo de pesca con sencillas y breves expresiones.

Los aplausos para tan cortas frases fueron algo exagerados, pero el vino tinto y la siesta calurosa estaban haciendo sus efectos entre los comensales.

Beatriz sonrió cuando su marido, con la nariz sospechosamente roja, le entregó el trofeo con un elocuente discurso sobre la ayuda que dan las esposas comprensivas a los maridos que aman la pesca. Aunque en partes de la perorata Miguel Ángel daba algún que otro hipido, no dejó de sentirse halagada por sus palabras.

Llevaban quince años de casados y se consideraban una pareja feliz.

Miguel Ángel tenía un estudio jurídico en pleno centro de Posadas y les iba muy bien. Tenían dos hijos de once y ocho años respectivamente y una hermosa casa. A él le apasionaba la pesca a la que se dedicaba casi todos los fines de semana y a ella, la pintura y las reuniones de beneficencia para   —128→   ayudar a los niños de la calle.

Esa noche fue todo suyo, bueno, por lo menos unos minutos, pues los efectos de la bebida pronto se hicieron sentir y dejaron tendido al marido envuelto en una orquesta de ronquidos.

Preparó la ropa que debía ponerse al otro día para llevar los chicos al colegio y luego hacer las compras, leyó unas páginas de un libro y se durmió.

Miguel Ángel tomó el desayuno en compañía de su familia y después de que ésta se fuera tomó su maletín y revisó unos expedientes. Dio una hojeada a su agenda y cuando la cerró cayó de ella una tarjetita. En una de sus caras decía: «¿Sí o no?». En la otra «Tal vez».

Al verla sintió una serie de sensaciones, emociones diversas, mezcla de sentimientos y sentidos no especificados. Un rostro se presentó en su mente: Rosanna. Joven, unos veinte años, bella, pelo largo, ojos grandes, bonito cuerpo, elegante. Hacía más de un año que era su secretaria. Era una sobrina lejana de Beatriz, que había venido de Oberá para seguir la carrera de Derecho. La tía había intercedido para que le diera trabajo en el estudio.

Era agradable la chiquilina y se llevaban bastante bien. Creía que lo veía como un padre ya que le llevaba unos veintitantos años.

Pero un día cualquiera, un roce inesperado de sus manos le produjo una descarga eléctrica peculiar   —129→   que tuvo el efecto de hacer que la mirara con otros ojos.

Él no era un santo, esporádicamente tenía algunas aventuras, muchas de ellas conocidas por Rosanna, ya que con una señal de cabeza ella interpretaba cuándo quería contestar o no las llamadas femeninas. Sintió que afloraba en su pecho un sentimiento genuino, nuevo hacia ella, imposible de definir. Las confidencias que le hizo cuando rompió el noviazgo que tenía con un compañero de facultad los acercaron. No recordaba qué había dicho o hecho, pero ella supo lo que él sentía.

Un día y como quien no quiere la cosa se oyó preguntar:

-¿Querés pasar el fin de semana en mi casa de campo?

Ella enarcó las cejas, lo miró con una mirada entre divertida y desenfadada y respondió riendo:

-Tal vez.

Al otro día volvió a insistir. Ella mostró cierta renuencia a aceptar la invitación, pero sonrió. Eso bastó para que resucitaran las esperanzas de Miguel Ángel.

El viernes volvió a preguntar, ella dijo:

-¿Y qué pasará con Matilde y Claudia?

Le puso al hombre ante un dilema. Matilde era una vieeeja amiga, la relación era tibia, pero perdurable y Claudia era una mujer que había despertado en él un volcán que todavía no se había apagado.

  —130→  

Sonrió cómplice pero no le contestó.

Esa noche sintió el influjo de Rosanna sobre su persona. Si las mujeres eran un obstáculo para tenerla, pues las eliminaría.

En realidad, le haría un favor a Matilde, que perdía el tiempo con él. Sí, debía darle su libertad, sería lo mejor para ella, ya que podría encontrar otro hombre, pues él nunca dejaría a su esposa.

Y Claudia... bueno, inventaría algo. Ya estaba cansado de su mal genio. Además, su marido era un amigo suyo y ella se mostraba muy imprudente. Hasta pensó que prefería perder los favores de ella que la amistad de su cónyuge.

Decidió hacer lo que le pedía la chica y ver qué pasaba.

Al día siguiente ella se presentó deslumbrante en la oficina. Antes de irse al tribunal le pidió que llamara a Matilde y a Claudia. Le dijo que dijera lo que quisiese, que haría un largo viaje, que no podría volver a verlas, en fin, lo dejaba a su cargo.

Ella sonrió, como si su decisión fuera previsible.

Él tomó una tarjetita de su escritorio y escribió con rápidos trazos: ¿Sí o no?

Ella se había sentado deliberadamente en el bajo sofá para que se le viesen las formidables piernas que la natura le había otorgado, mientras hacía los llamados telefónicos a las «amigas» de su jefe.

Le entregó el papel, lo leyó con su peculiar   —131→   sonrisa, tomó de su mano el bolígrafo y escribió detrás: «Tal vez».

Miguel Ángel lo guardó en su agenda. Satisfecho pensó que no sería tan ardua la tarea de convencer a Rosanna. Sin embargo, el fin de semana llegó y ella por toda respuesta adujo:

-No te olvides de la entrega de premios del concurso de pesca.

¡Tenía razón! No podría dejar de asistir a la reunión de todos los pescadores del club y mucho menos recibir su premio.

Se despidieron con un adiós cargado de incógnitas y promesas.

Las audiencias en el tribunal le tomaron casi todas las mañanas de la semana. Por la tarde iba a preparar sus alegatos en la oficina. Prácticamente no se vieron a solas hasta el viernes. El día anterior había ganado un caso bastante difícil y estaba eufórico.

Se fijó nuevamente en Rosanna. Su mirada era indescifrable. Volvió a nacer su avidez de tenerla. Su actitud se había vuelto indiferente, no contestaba algunas frases dichas con doble intención, por lo que jugó su última carta. Aprovechando que la chica realizó unas gestiones en el banco, pidió a la florería una docena de rosas rojas con una tarjeta en la cual sólo debía decir «¿Sí o no?».

Ella volvió cerca del mediodía con pasos ingrávidos, silenciosa, triste.

Él no supo qué decir, sólo habló de temas triviales,   —132→   hasta que llegó el ramo de flores.

Ella los tomó con sorpresa, pues el sobre ostentaba pomposamente su nombre.

Con una parsimonia exasperante, desenvolvió el papel transparente y por último tomó el sobre y lo abrió.

Cuando leyó las lacónicas palabras se operó en ella un cambio radical. Sus ojos rutilantes miraron a Miguel Ángel y se echó en sus brazos. Mientras lo besaba repetía con alegría «sí, sí, sí».

Para ambos se hizo sumamente largo el lapso de viernes a sábado por la tarde. Viajarían al interior, unos kilómetros de la ciudad, donde tenía sobre la ribera del río una casa de campo en la cual, según Beatriz, regeneraba sus nervios y volvía tranquilo a trabajar y afrontar los problemas de su profesión.

Miguel Ángel pasaría pescando el fin de semana, ésa sería la versión oficial para la familia, y Rosanna estaría estudiando para un examen «muy difícil».

No extrañó a Beatriz que Miguel Ángel estuviera tan contento cuando vino a despedirse de ella y los chicos. Toda la semana había estado tan preocupado por el juicio, que al fin había ganado, que hasta ella sintió alivio por el desenlace feliz del pleito. Consideraba que se tenía muy merecido este descanso. Lo saludó con la mano en alto, le pidió que no olvidara llamarla por la noche y entró en la casa.

  —133→  

Miguel Ángel controló que estuviera bien sujeto el bote con su correa al auto, las lonas, carpas, elementos de pesca y se marchó.

El pantalón vaquero y la remera a rayas le daban un aspecto más juvenil que el severo que siempre tenía con sus austeros trajes oscuros.

Dio unas vueltas hasta llegar a la esquina en la que debía encontrarse con Rosanna. Su corazón comenzó a palpitar al pensar en ella. Una sombra de duda oscureció su alegría. ¿Y si no venía? ¿Y si le hizo una broma como era habitual en ella? Pero no... ahí estaba con un short cortito y una mini blusa blanca que le cortó la respiración. Frenó a su lado y ella abrió la puerta trasera y metió un pequeño bolso atrás y raudamente se introdujo en el vehículo.

Tenía ganas de cantar. Cuando salieron de Posadas, ella le dio un beso en la mejilla y mimosa recostó la cabeza en su hombro. Manejaba con una mano y la otra descansaba sobre el muslo de Rosanna.

Como ella le daba continuamente besitos y le hacía caricias mimosas, su poder de concentración mermaba, un bocinazo le advirtió que había pasado peligrosamente la línea central de la ruta.

Se detuvo en la calzada unos minutos para serenarse. Pero ella no se lo permitió. Se dieron besos tan intensos que lejos de ello se enardecieron tanto que decidieron entrar en el primer motel que encontraran en el camino.

  —134→  

Unos kilómetros más adelante lo hallaron.

Cerca de una estación de servicio vieron un letrero y hacia ahí se dirigieron.

El deseo acosaba a la pareja a la que se le presentó otro problema. El sendero para ingresar al motel era tan estrecho que apenas permitía la entrada del auto, pero no la del bote que sobresalía tanto del vehículo que hacía imposible meterlo en ese reducido espacio. Miguel Ángel decidió dejarlo en la calzada, cerca de la estación de servicio.

Todos esos problemas no hicieron más que enardecer los sentidos de los futuros amantes.

Marcial viajaba en compañía de su suegro por la ruta cuando divisó a lo lejos los colores familiares del bote de Miguel Ángel.

Se alarmó pensando que su amigo había tenido un percance, de otra forma no hubiera dejado ahí su bote. Como todos los pescadores se ayudan entre sí, comenzó a hacer llamadas telefónicas, primero a Beatriz, quien confirmó que su marido había ido de pesca; a la comisaría local y al hospital, donde no obtuvieron ningún tipo de información.

Apenas cerrada la puerta del motel, se sumergieron en la fragancia que deja en los dedos y en la piel el deseo que asciende hasta llegar a la cúspide de deleites ansiados y concretados, con apuro febril primero y con parsimonia y ternura después. El mundo de los dos se redujo a una cama extraña   —135→   donde iban naciendo y finalizando viajes que los dejaba cada vez más sudorosos, enardecidos y extenuados.

Llenaron sus bocas de besos, sus manos de caricias, los sonidos de la recámara de suspiros y murmullos.

Con pena tuvieron que dejar el lugar, sintiendo que la sed no se había saciado. Sentían los labios entumecidos, la piel aún delirante que había convertido sus cuerpos en máquinas de fuego.

No pudieron creer que habían pasado más de cinco horas desde que habían entrado al motel.

Una estrella solitaria se sumergía en algodones rosados. Más allá, como una pintura de un niño travieso, la luna nueva ponía una curva de plata en el cielo.

Subieron al auto para ir a buscar el bote.

El bote estaba en su lugar. Pero también estaban Marcial, un agente de policía y Beatriz.

La sorpresa dejó mudo a Miguel Ángel. Se bajó del auto, tragó saliva y se dirigió al grupo.

Un tenue rocío daba un barniz brillante a las hierbas que crecían a lo largo de la ruta.

Hacia allí arrojó su apagado cigarrillo y con pasos lentos enfrentó su destino.



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ArribaAbajoEl sombrero gris

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El olor a desinfectante y las paredes blancas me producen náuseas. Quiero tocarme los ojos, pero no puedo, mis muñecas se encuentran atadas a la cama. Los recuerdos se ubican lentamente en mi mente y retrocedo en el tiempo.

¿Cuánto? No lo sé. Sí sé que no quise despertarme más, pero hete aquí que me encuentro en una sala desconocida y con todo el dolor antiguo acrecentado por la estupidez que cometí. Claro que todo es mi culpa, no puedo culparte por lo que yo misma hice. Hubiera pedido perdón y estoy segura de que te habrías enternecido y me hubieras hecho pasar. Sé que cuando me dijiste que me ayudarías con la crianza del bebé decías la verdad, que no abortara, pero tuve miedo, miedo de que alguien dependiese de mí, que alguien me necesitase como antes necesité una madre y no la tuve, miedo de no poder dar el amor que necesita un hijo, sí, ya sé que me contradigo con mis razonamientos, pues ninguna de esas es razón para que matara a mi bebé. Pero lo hice y te negaste a recibirme.

Recuerdo que tenía el grueso gabán azul y aún así sentía la fría temperatura enfriando mi sangre. Tal vez mi helado corazón no daba los bombeos necesarios a las demás partes de mi cuerpo para que pudiera entrar en calor.

Sabía que necesitaba hablar contigo de lo que me pasaba. La idea de que era una desalmada asesina se iba colocando lentamente en mi mente y se   —140→   pasaba horas repitiéndomelo con un sonido monótono como las ruedas de un ferrocarril, era urgente para mí hallar una solución. Una de las alternativas era ir a pedir perdón al nonato. Pero no quería morir, quería vivir, tal vez mi bebé también quería vivir, pero yo se lo impedí. Compré los barbitúricos sin receta, aprovechando que en la farmacia estaba de turno Cecilia, mi compañera de colegio. Pero tenía mis dudas y decidí que una conversación contigo podía aclararme el panorama. Sólo tú podías escucharme, sí, ya sé que me habías dado todos los consejos y que yo los escuché, pero no los seguí, pero albergaba la esperanza de que me oyeras nuevamente. Por eso tragué mi orgullo y toqué el timbre como tantas otras veces esperando que me abrieras la puerta y me recibieras. Cuando casi creí que no estabas, apareciste y tus cansados ojos me miraron con desilusión. Sé que leíste la súplica en los míos, incluso sentí tu vacilación, pero pudo más tu enojo y durante unos segundos que me parecieron siglos, giraste tus pies hacia el perchero y te pusiste tu sombrero de paño gris y mirándome fijamente a los ojos que sentí húmedos por las lágrimas, dijiste: «¡Qué pena! Sabes, tengo que salir. ¿Quieres volver más tarde?». Y sin siquiera molestarte en disimular tu mentira, me seguiste mirando hasta que me fui con mi angustia y frustración.

Ese juego tuyo de ponerte el sombrero cuando venía una visita que no querías recibir diciendo   —141→   que saldrías, me hirió tanto que disipó todas mis dudas. Con pasos de autómata subí a mi departamento y tomé todo el contenido del frasco mientras mis lágrimas se mezclaban con el agua que se me escurría por las comisuras de los labios.

Recordé tus consejos y volví a arrepentirme de no haberte hecho caso cuando me dijiste que Julio era un mal hombre, que no respetaba a nadie, que no fuera a vivir con él, pero me volviste a perdonar diciendo que el amor enceguece y que ya vería la luz, seguiste platicando conmigo en las tardes que él estaba con su familia dándome tu conversación placentera, tu afecto y amistad. Cuando te pedí dinero para prestárselo trataste de abrirme los ojos nuevamente y me lo negaste y yo te lo robé. No sé cómo pude volver a pedirte perdón cuando te lo confesé después de que él me abandonó porque estaba embarazada, pero ¡oh, milagro! Me volviste a perdonar, diciendo que me ayudarías a criar al bebé. Te volviste a enfadar cuando te dije que no habría bebé, que no lo quería. ¡Cómo no pude conocer la determinación que brilló en tus ojillos hundidos cuando con tono tan severo me dijiste que no me perdonarías si abortaba! Pero... ¡me habías perdonado tantas veces! Creí que también ahora lo harías. Pero no lo hiciste. Y la desesperación llegó a su clímax, pues tu desprecio me dolió tanto, que anestesió el dolor que sentía por el abandono de mi amante, hiriéndome tanto que preferí morir antes que estar nuevamente sola.

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Ahora estoy arrepentida de lo que hice. Como siempre, no acabo de crecer. Todos me tratan muy bien. Gladys, la enfermera, me cuenta que si no me hubiesen descubierto a tiempo estaría muerta, pues la gran cantidad de pastillas que tomé es letal después de una hora. Ahora tendré que hacer terapia, le dije que no podré pagarla, pero me respondió que no me preocupara por eso, ya que siempre hay personas filántropas que donan dos o tres tratamientos al año en este hospital y uno de ellos me lo dieron a mí.

También me contó que me salvé de milagro gracias a que se me trajo enseguida al hospital. Me pregunto quién pudo haberme descubierto, yo, que no tengo a nadie, sólo a una vieja tía que se cansó de perdonarme y me hizo a un lado.

Ella sonríe cuando le pregunto eso y me dice que tiene un presente para mí, que me lo entregará si es que prometo no llorar o descomponerme; le digo que sí y me entrega un paquete rectangular, pequeño, envuelto en papel madera. Lo abro torpemente, tratando de no mover la aguja que tengo clavada en la muñeca por la que se me suministra suero.

Con la primera desgarradura del papel lo vi. El paño de color gris de tu sombrero. Y comprendí y comencé a llorar. ¡Cómo dejar de hacerlo! Dentro de él una tarjeta con una lacónica palabra: «¡Perdóname!». ¿Cómo puedes ser tan noble? ¡Perdonarte   —143→   yo, después de todo lo que te hice! No puedo cumplir la promesa que le hice a Gladys de no llorar ¡cuándo no! Pero le dije que estaba muy feliz y entonces, como si estuvieras escuchando detrás de la puerta, entraste con tus ojos asustados, húmedos de tristeza y miedo, y tu pollera marrón que te llegaba hasta el suelo y juntamos nuestras penas y soledades que se desvanecieron como nieblas ante vientos de perdón.

Nuestros ojos mojados de melancolía en fuga reían complacidos ante el reencuentro. Nuestros brazos no se cansaban de juntarse y nuestras manos de tomarse. Siento que la vida es importante y que quiero vivir, vivir, vivir.

Veo todo tan claramente ahora. Ya no estoy sola. Tú tampoco. Y sabemos que el camino correcto nos espera para que lo recorramos hasta el final.

Tomamos juntas el sombrero de paño gris y con risas lo ponemos en el cesto de residuos debajo de la cama.



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ArribaEl quinielero

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José tuvo que correr para seguir a Lorena. Mientras trataba de alcanzarla, admiraba sus curvas provocativas e insinuantes. Su short azul desteñido dejaba ver dos largas piernas perfectamente torneadas, bronceadas desde su nacimiento hasta los pies, pequeños y calzados con dos sencillas sandalias de taco bajo.

-Esperáme, no seas mala.

Ella apresuró más el paso, con lo que su larga cabellera, lacia y brillante, ondeó cual bandera en días de viento.

Un auto salido de la nada frenó con estrépito a unos metros de la chica. Al abrirse la puerta escaparon estridentes notas musicales, apagándose instantáneamente al volver a cerrarse, tragándose a la bella Lorena.

José maldijo por lo bajo y volvió sus pasos hacia la esquina a fin de tomar el ómnibus que lo llevaría hasta la pieza alquilada en la cual vivía.

Debía apurarse en hacer su liquidación. La venta de la quiniela le daba lo suficiente para pagar sus estudios, enviar a su madre algo de dinero para ayudarla con los gastos de la casa y de vez en cuando, alguna que otra farra.

Entregó el dinero de lo recaudado a la recepcionista, que le hizo un guiño cómplice y se despidió con una sonrisa ausente.

Cuando pasó frente al club «Splendor» vio a Ramón, su amigo de siempre.

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Éste le hizo señas para que lo esperara, por lo que detuvo el paso.

-¿Te vas al colegio? -preguntó con tono alegre su amigo.

José respondió en voz baja. Su tono llamó la atención del amigo, que ya serio le preguntó:

-¿Tenés algún problema?

Un suspiro fue la respuesta.

-Parece que sí. Y bueno, para qué están los amigos. Contáme.

-Hace una semana que no duermo, no como, no vivo pensando en una mujer que me tiene hechizado. Vivo obsesionado con ella. Sueño que la toco, la acaricio, la beso...

-Ya veo que te tiene enfermo -lo interrumpió Ramón, para interrogar a continuación-. ¿Y ella? ¿Te corresponde?

-¿Estás loco? No me da ni la hora. Ni siquiera puedo acercarme a ella. Traté de seguirla hoy, pero cuando iba a hablarle vino un tipo en un auto y se la llevó.

-¿Y cómo se llama esa dama, si puede saberse?

-Preguntando por ahí me dijeron que se llama Lorena Cárdenas.

-¡Lorena! ¡Con razón que estás tan loco! Ella produce ese efecto en los hombres. Te hablo por experiencia.

-¿Qué? ¿Vos también te enamoraste de ella?

-¿Quién habló de amor? Locura. Eso es lo que ella despierta en los hombres. Lo-cu-ra. Locura caliente.   —149→   -Suspiró y quedó en silencio unos instantes-. Para tu consuelo te cuento que es una enfermedad totalmente curable.

-¿Sí? Entonces, por favor, dame el remedio porque estoy totalmente idiotizado. Ni siquiera hablo más con Rosita, a María la eludo para que no crea que soy impotente, doña Elena cree que ando enfermo y...

-Pará, pará. No me sigas dando datos de tu «harem» particular. Pagá una cerveza en el bar de la esquina y te doy el remedio que te curará -y con una carcajada al aire, como si todo eso fuera muy divertido, agregó-, al menos te aliviará los síntomas.

Ya cómodamente sentados los amigos hablaron y hablaron. José se enteró que podía «accederse» a los encantos de Lorena, pero eso tenía un precio. Mil dólares. Ni más ni menos. ¡Jesús! Jamás en su vida había visto ese dinero todo junto.

-Entonces me voy a volver loco pensando en ella. Porque, no sólo no tengo, sino que creo que nunca alcance a tener ese dinero.

-Yo te puedo dar.

-¿Qué? ¿Y de dónde vas a sacar la plata? Si sos más pelagatos que yo.

Pero al ver que Ramón sonreía y asentía, preguntó con preocupación:

-¿Andás en malos pasos?

-¡Claro que no! -y con suficiencia sacó del bolsillo posterior de su pantalón un atado de dinero bastante voluminoso, atado con una gomita de color   —150→   marrón. El primero de los billetes era de cincuenta mil guaraníes.

Con los ojos desorbitados por la sorpresa, José tomó el fajo con las dos manos.

-¿Cuánto dinero hay aquí, de dónde lo sacaste? ¿Qué hiciste?

-¡Tranquilo! Mirá bien en la luz los billetes.

Separó uno de los demás y vio una inscripción: «Para que los niños aprendan a contar». ¡Eran de juguete! ¡Claro que si uno no los examinaba minuciosamente podía engañar a cualquiera con esas copias computarizadas!

-Mirá, José, si me presentás a la hija de Elena, te ayudo a conseguir un auto decente por un día, estos «billetes» te los regalo... y si tenés habilidad, podés curarte de tu capricho.

Lorena se maquilló prolijamente. Cuando finalizó de peinarse sonrió con coquetería. La imagen juvenil reflejada en el espejo era espigada y no aparentaba los veinticinco años que acababa de cumplir la semana pasada. Cualquiera juraría que tendría dieciocho, tal vez menos.

Hoy haría algo insólito. Se vería con un desconocido. Era algo que no le gustaba hacer, aunque tuviese el dinero necesario para llevarla a cenar o darle lo que ella exigía. Por lo general tenía su círculo de amigos, y salía con los que le agradaban, además, claro está, de que tuvieran con qué pagar sus gustos refinados.

  —151→  

Pero se notaba que el muchacho que la había seguido era de buena condición económica. Sus ropas eran caras y el auto deportivo último modelo que manejaba fueron avales suficientes para prestarle su atención.

Recordó con vanidad cómo todas las cabezas masculinas habían girado al verla pasar con sus jeans desteñidos ajustados al cuerpo y su remerita corta.

El joven del auto rojo la seguía por donde ella iba, un semáforo inoportuno lo detuvo, pero como había despertado su curiosidad, ella hizo tiempo mirando vidrieras para que él no la perdiera con el tráfico.

Dejó que la siguiera unas cuadras más y cuando estuvo cerca, le arrojó un papelito que él se apresuró a tomar con rapidez, momento que ella aprovechó para escabullirse dentro de un supermercado.

El llamado telefónico no se hizo esperar, justo coincidió con un ramo de rosas rojas que traía una tarjeta con un recado amoroso. Leyó con curiosidad el nombre, pero lo que más le llamó la atención fue el apellido. Era de una rancia familia conocida en la ciudad por sus millones. Lorena se felicitó por ser buena observadora, pues no se había equivocado al juzgar la condición económica del muchacho.

José fue puntual. Ella lo miró fijamente y sintió una fuerte atracción. Se lo veía tan joven, varonil   —152→   y fuerte.

¡Al fin podría reunir el negocio con el placer!

Antes de las diez de la noche, estaban unos en brazos del otro.

Lorena se sorprendió de sentir tanto calor y ardor en compañía del morocho de ojos negros. No se cansaba de acariciar sus brazos y pecho musculosos. No recordaba haber disfrutado tanto con un hombre. Tanto que se olvidó de pedir adelantado el dinero pactado.

El sonido del teléfono la despertó. El sol entraba con fuerza por una de las ventanas del este.

Se enderezó en la cama sin comprender dónde se encontraba. El timbre agudo y chirriante, se hizo oír de nuevo.

Alzó el tubo. Sintió frío, por lo que tapó su cuerpo desnudo con la sábana que estaba arrugada a sus pies.

-Te estoy esperando en el gimnasio. ¿Vas a venir?

Era Madeleine, su amiga. ¿El gimnasio? Pero... ¡no podía ser tan tarde! Al gim iban a las once y media. Miró el reloj sobre la mesita de luz. Eran más de las once.

-Pago una cuenta en el banco y nos vemos ahí -sin darle tiempo a contestar, colgó.

Antes de salir buscó el dinero que le había dejado José. Miró bajo la almohada, en la mesita de   —153→   luz. Nada.

¿Le habría dejado en el monedero rojo? Pero tampoco fue así. ¿Se habría olvidado? ¡Claro que no! Un grueso fajo de billetes unidos por una gomita marrón de cincuenta mil guaraníes parecían sonreír sobre la mesa del living.

Llegó al banco justo a tiempo. Un guardia de seguridad estaba por cerrar las puertas del edificio. La dejó entrar con una mirada apreciativa. Sacó el dinero que le había dejado José y apartó una pequeña cantidad. Sin prisas se la entregó a la joven cajera. Ésta selló un pagaré y contó el dinero. El primer billete que tomó tuvo la virtud de borrarle la sonrisa comercial que parecía tener instalada en su boca, dando lugar a una mueca de incredulidad. Sus ojos la miraron ahora con frialdad y sus labios pronunciaron la pregunta con ironía:

-¿No se equivocó con los billetes? -mientras le devolvía el dinero. Escribió algo en el reverso del documento y lo volvió a guardar en una carpeta cuyas hojas se desplegaban como un pavo real en celo.

Todavía sin comprender, Lorena tomó nuevamente la plata. La miró y no vio nada raro en ella. Como respondiendo a una pregunta tácita, la cajera le dijo:

-Lea en el extremo inferior derecho.

Cuando se percató de la burla de que había sido objeto sintió una ira terrible hacia José y una   —154→   gran vergüenza. Sus ojos centelleantes contrastaban con el tono iridiscente que adquirió su rostro por el bochorno y el ridículo pasado.

Murmuró unas disculpas a la funcionaria bancaria, alegando que debía ser una broma de su sobrino y la paliza que le daría al llegar a casa, mientras la chica asentía con una mirada sarcástica.

No fue al gimnasio. Volvió al departamento para buscar la tarjeta que había recibido con el ramo de flores. No tenía número de teléfono, por lo que buscó en la guía hasta encontrar el apellido. Pero a pesar de que llamó a todos los que respondían al mismo, nadie se llamaba José.

Una semana después seguía herida. No sabía si le había dolido más el engaño o el hecho de que no podía encontrarlo para echarle a la cara su desprecio, para decirle que era un inmoral, para darle bofetadas, para lo que fuese.

Pero allá en un lugar muy recóndido de su ser vivía temblando un nuevo deseo que pedía verlo, estar otra vez con él. Las horas febriles que habían pasado juntos le hicieron conocer nuevos placeres, había sentido gozo no sólo en su piel, sino en su alma. No podía acostumbrarse a esos sentimientos nunca antes albergados ni sentidos, es más, jamás creyó que lo que sentían las heroínas por sus amantes en las novelas televisivas pudiera ser real, pero hete aquí que su alma se había asomado a un acantilado, desde el cual se le ofrecía una gama caleidoscópica de sentimientos nuevos que la llamaban   —155→   y atraían con una fuerza terrible y creía que podrían ser el inicio de una serie de cambios y una búsqueda diferente en su desordenada vida.

El caso es que no pudo volver a realizar sus actividades nocturnas. Se decía que podían engañarla nuevamente, cuando sabía que, advertida como estaba, eso sería ahora imposible, que era un problema el SIDA, (aunque en su fuero interno reconocía que siempre estuvo latente esa amenaza), que le daban asco los tipos. ¿Por qué tenía estos sentimientos nuevos y diferentes? Así que tuvo que contestarse al porqué de esa pregunta. No supo encontrar la respuesta. Entonces retrocedió en el tiempo y pudo calcular desde cuándo había cambiado. Y fue fácil deducir todo el resto. Desde que estuvo con José.

Asombrosamente, no le guardaba rencor. Al contrario. Lo recordaba continuamente. Veía su sonrisa fácil, sus ojos ingenuos, y aunque en su fuero interno una vocecita le decía que la había engañado se sorprendió disculpándolo. Tal vez no hubiese tenido dinero para estar con ella, (no sabía lo cerca que estuvo de la realidad) o si ella no fuese una chica cara, tal vez las cosas hubiesen sido distintas.

Entonces Lorena tomó una decisión. Cambiaría de actividad. Conocía de computación, taquigrafía y mecanografía. Tenía el bachillerato aprobado y la verdad es que estaba cansada de ser una muñequita de lujo.

  —156→  

José se sorprendió de los sentimientos que experimentó después de «darse el gusto» con Lorena, como le dijo a Ramón. La satisfacción que sintió no le duró ni veinticuatro horas. Y en cuanto a saciarse de ella, nada más errado. Cual adicto que necesita aumentar su dosis de droga y se veía privado de ella, se sentía desesperado sin la mujer, a quien sabía que no debía ver después de la burla que le había hecho.

Para colmo de males, se sentía peor que antes de haber probado la miel de los labios de Lorena, de haberse quemado en la pasión de su cuerpo, de haber visto el sol en la noche y sentido el éxtasis de su piel en el mutuo incendio.

Se volvió alicaído, afligido, perdió su natural buen humor, faltó al colegio por las noches y vendía quiniela a sus clientes por inercia.

Sus «amigas» lo llamaban, lo acosaban con esquelas que dejaban en la agencia de quiniela, pero él no contestaba ningún recado, súbitamente había perdido todo interés en ellas. Las comparaba con Lorena y todas salían perdiendo.

Dos semanas después del encuentro cayó enfermo. Una gripe primaveral lo echó en cama. Ramón acudió a verlo avisado por doña Valentina, la dueña de la pensión.

Lo encaró al amigo diciéndole que su enfermedad no sólo no se había curado, sino que se había vuelto crónica, que por favor hablara con ella y le   —157→   pidiera disculpas en su nombre. Ramón dijo que sí, pero creyó que todo se debía a la fiebre o, ¡Dios no lo quisiera!, el invicto José se había enamorado de quien menos le convenía.

Avisada su madre, se vino de la colonia a llevarlo, para que descansase unos días.

Los meses pasaron. La juventud, esa princesa de efímera vida, pronto curó sus heridas y se repuso rápidamente. Volvió a su empleo y a sus estudios, a sus amigos y aventuras.

Pero no todo era igual, algo sutil había cambiado en su interior. Como todo aprendizaje exigió de él una maduración y una forma diferente de ver las cosas.

Una noche, sus pasos lo llevaron hasta el departamento donde vivía Lorena, no tenía intenciones de hablarle, sólo quería verla de lejos, aunque estuviese con otro. A pesar de que estuvo más de tres horas frente al edificio, no la vio.

Comenzó a soñar con ella. Se despertaba y el primer pensamiento lo ocupaba Lorena. Poco a poco comenzó a obsesionarse y a surgir un fuerte deseo de verla.

A la tarde siguiente, en vez de ir al colegio, fue hacia el barrio de la joven. Pero, nada. Ni un rastro de la chica. Decidido a averiguar algo, se introdujo en el edificio cuando entró un inquilino y lo siguió hacia el ascensor. Llegó al departamento, pulsó el timbre y esperó unos segundos. Su corazón, independientemente de su voluntad, comenzó   —158→   a latir en forma acelerada. Un sonido leve, de una llave girando en la cerradura de la puerta aumentó sus pulsaciones. La hoja de madera blanca y brillante se abrió parcialmente.

Una hermosa joven preguntó el motivo de tanto alboroto. Pero no era Lorena. Era una inquilina nueva, dijo que Lorena se había mudado un mes atrás. No, no sabía dónde. No, no tenía parientes conocidos. ¿A sus amigos? No, no los conocía.

José volvió a hundirse en una sima tenebrosa en la que hallaba placer al saturarse con su propia tristeza, de ella salió lentamente, ayudado por sus amigos y familiares.

Volvió a frecuentar a sus conocidas y finalizó el sexto curso con bajas calificaciones.

La empresa de Quiniela se estaba expandiendo y los dueños de la misma abrieron varias sucursales en la ciudad.

José había sido un vendedor ejemplar durante cinco años, (había trabajado desde los quince) y era apreciado por el gerente. En reconocimiento a su honradez fue enviado a una de las sucursales como encargado de la misma. Esto alegró al muchacho, pues ganaría más dinero, tendría un sueldo fijo, más el porcentaje de lo que pudiera obtener por las ventas en la oficina, lo que le daría cierto respiro para el pago de sus cuotas en la facultad de Informática, en horas de la noche.

  —159→  

Lorena tapó la computadora con un grueso hule, guardó la gruesa agenda en su carterita de gamuza marrón y miró la hora en su reloj pulsera. Las cinco de la tarde. Ya podía ir a casa. Hoy vendría Lucas, harían las compras y ella cocinaría. Sonrió ante la idea. Un año atrás ninguno de sus amigos creería que ella haría una comida casera. Lucas tenía treinta años y estaba loco por ella. A la semana de conocerla le rogó que se casase con él. A pesar de que entraba en sus planes el matrimonio, le pidió que la esperara un tiempo. Él, enamorado, sólo pudo decir que sí.

Era increíble cómo había cambiado su vida, se sentía contenta con el sueldo que ganaba, que no era poco, pero si se comparaba con el dinero que antes manejaba, era irrisorio, ya que en una noche antes podía ganar el triple de lo que ganaba ahora en un mes. Se daba por satisfecha con la casita que había comprado con sus ahorros y vivía tranquila, esperando, pero... ¿qué? Había vislumbrado algo, tiempo atrás, y había quedado encandilada.

La bocina de un auto la sacó de sus pensamientos. Acabó de cerrar la oficina y salió con paso elegante hacia la calle.

Un auto negro con el motor en marcha estaba esperándola cerca de la vereda. Al volante, un joven de tez aceitunada y labios finos le sonrió mientras le hacía un saludo con la mano.

Se dieron un beso y enfilaron hacia el supermercado.

  —160→  

Durante el trayecto, Lucas le contó sueño erótico donde ella era la protagonista, riendo le dijo que debía jugar el 21 a la quiniela, pues cuando soñaba con ella venía ese número. Fueron a hacer la jugada a una nueva agencia de quinela en cuya pared se encontraba un cartel que proclamaba que se había inaugurado la Sucursal n.º 8 de juegos de azar, la que daba suerte a todos, según su slogan.

-Voy a jugar el 21. La mujer. ¿Querés que te juegue algún número?

-No sé, yo siempre juego el número de la boleta.

-Bueno, bajáte conmigo para darme suerte.

En la oficina se encontraban dos personas anotando las jugadas con algunos clientes.

Una voz que provenía de un escritorio ubicado al fondo del salón los invitó a acercarse.

Lucas no notó la palidez que adquirió el rostro del joven que les había hablado al verlos, tampoco dio importancia a que sus ojos brillaran con tanta intensidad, lo que sí le molestó fue que tuviera que corregir más de dos veces los números que le había dictado porque los había copiado mal. Eso siempre daba yeta.

-Bueno, a ver, ¿qué vas a jugar?

La voz de su novia le sonó rara, pues se le quebró al decir:

-No sé, lo que marca mi boleta.

Visiblemente emocionado el muchacho dijo:

-El 63, el casamiento.

  —161→  

-Mil guaraníes a la cabeza.

-Si no está casada, juéguele el doble -y la miró directamente a los ojos. Su mirada tuvo el efecto de convertir en chicle los huesos de Lorena. Tuvo que recostarse en la mesa para no caer.

-Bueno -dijo con voz quebrada y mirándolo rectamente a los ojos-, juéguele el doble.

Él sonrió y dijo:

-Juegue la redoblona con el 93.

-¿Y por qué el 93?

-Y... el enamorado.

-Sí, sí -intervino Lucas-, porque más enamorado que yo no hay. -Y pagó con un billete grande.

El muchacho fue a buscar sencillo y al rato volvió. Entregó el vuelto a Lucas y la boleta a Lorena.

Ella no supo cómo subió al auto, creía caminar sobre una nube de algodón. Sintió vértigos y náuseas.

Lucas preparó la cena que no fue aprovechada por ninguno de los dos. Se despidió preocupado recordándole que no dejara de llamarlo si se sentía indispuesta.

Cuando estuvo sola, leyó nuevamente las palabras «Perdóname, te busqué y te amo», que rezaban en la tarjetita que había deslizado José disimuladamente en su mano junto con la boleta de quiniela.

Supo que había llegado al fin de su interminable búsqueda.





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