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Lo cual no quiere decir que no existan casos de amor en que el «Creo en ti» respecto de la persona amada sea un sentir dubitante, desesperado o desiderativo. No, no es siempre fácil la vida del amor.

 

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El hombre actual, por ejemplo, siente con mayor viveza que en cualquier otro tiempo la ambivalencia psíquica consustancial a la posesión de un secreto: «El secreto -escribe Simmel- pone una barrera entre los hombres; pero, al propio tiempo, la tentación de romper esa barrera por indiscreción o por confidencia acompaña a la vida psíquica del secreto como los armónicos al sonido fundamental».

 

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He aquí el más importante y expresivo de los textos de Simmel acerca de la crisis de la amistad: «Esta intimidad completa se hace más difícil a medida que aumenta la diferenciación de los hombres. Acaso el hombre moderno tenga demasiado que ocultar, para contraer amistades a la manera antigua. Acaso las personalidades, salvo en su juventud, se hallen demasiado individualizadas, para que sea posible la plena reciprocidad de la comprensión, que requiere un gran poder de adivinación y fantasía enfocado hacia el otro. Parece, por tanto, que la sensibilidad moderna se inclina más hacia las amistades diferenciadas, esas que se limitan a sólo uno de los aspectos de la personalidad y dejan los otros fuera de juego. De esta manera se produce un tipo muy particular de amistad, que tiene la mayor importancia para nuestro problema de la determinación del grado de comunicación o reserva que debe haber en la relación amistosa. Estas amistades diferenciadas que nos ligan a una persona por el lado del sentimiento, a otra por el de la comunidad mental, a una tercera en virtud de impulsos religiosos, a una cuarta por recuerdos comunes, ofrecen una síntesis peculiar, por lo que toca a la discreción, al grado de expansión o de reserva; piden que los amigos se abstengan de penetrar en las esferas de interés y sentimiento que no están comprendidas en su relación, y cuyo respeto es necesario para que no se haga sentir dolorosamente el límite de la mutua inteligencia. Pero la relación así limitada y así arropada en discreciones puede proceder del centro mismo de la personalidad y alimentarse de sus jugos radicales, aunque éstos sólo rieguen luego una sección de la periferia. En idea lleva a la misma profundidad de sentimiento y produce el mismo espíritu de sacrificio que aquellas relaciones que, en épocas y personas menos diferenciadas, abarcaban la periferia entera de la vida y para las cuales no eran problema la reserva y la discreción». Brillante, sutil, certero párrafo. Pero, frente a él, dos preguntas: 1.ª ¿Cuándo han existido realmente esas amistades totales? Léase a Aristóteles, a Santo Tomás, a Kant; 2.ª Así concebida la realidad de las «amistades diferenciadas», ¿dejan éstas de ser verdadera amistad?

 

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Todavía es más copioso el número de variantes semánticas que años antes había recogido G. H. Hillery, según el cual existirían hasta 93 definiciones más o menos distintas del concepto sociológico de communityDefinitions of Community. Areas of agreement», en Rural Sociology XX, 2, 1950). R. König ha opuesto reparos técnicos a esta recopilación de Hillery.

 

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Aceptando esta definición de König, Anderson añade: la comunidad es el lugar donde se centran los recuerdos, tanto individuales como colectivos; y posee, por otra parte, una duración temporal que permite la acumulación de las experiencias del grupo. R. M. Mac Iver dice, por su parte, en su conocido manual de Sociología: «Cualquier círculo de individuos que viven juntos y que se relacionan entre sí de tal modo que no sólo participan en tales o cuales intereses particulares, sino en toda una serie de ellos suficientemente amplia y completa para incluir sus respectivas vidas propias, es una comunidad». En la comunidad se hallaría implicada la totalité de la vie, como había dicho, también con intención sociológica, Marcel Mauss. El mismo sentido poseen las claras precisiones de Fl. Znaniecki.

 

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Y todavía más aún que ellas, en un orden ya experimental, el «grupo de sensibilización de las relaciones humanas» o T-group: un pequeño grupo constituido por ocho, diez o doce personas que, precisamente por su reducido número, pueden vivir y manifestar simultáneamente sus pensamientos y sentimientos.

 

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Naturalmente, sería aquí inoportuna una exposición detallada de la historia de este problema. Me conformaré mencionando los sucesivos estudios de Le Bon, Max Scheler (en Esencia y formas de la simpatía), Allport y Newcomb. Vea el lector interesado las referencias bibliográficas que al final ofrezco.

 

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Muy finas consideraciones acerca de los aspectos psicosociológicos del «conocimiento mutuo» pueden leerse en la Sociología de Simmel. Véase también mi Teoría y realidad del otro.

 

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Como contrapunto, y puesto que no siempre son observadas esas «reglas del juego» por los miembros del grupo, la siguiente observación de Simmel: «Personas que tienen muchas cosas en común se hacen frecuentemente entre sí más daño y mayores injusticias que los extraños». Basta pensar en las disensiones de las familias pueblerinas.

 

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Muy claramente ha visto J. Marías («La estructura social», Obras VI, 376-377) el doble carácter trans-social (individual, íntima) y social (condicionada por la sociedad, manifestada en ella) de la relación amistosa.