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Los amigos -escribía Rilke a Frl. von Schenck en 1909- «producen incesantemente, el uno para el otro, espacio, anchura y libertad»
. Y Goethe había dicho, por su parte, que el que ama, amante o amigo:
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El lector interesado por el tema puede ver mi libro Teoría y realidad del otro y el de L. Binswanger Grundformen und Erkenntnis menschlichen Daseins.
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Mi amigo Alonso Zamora Vicente me ha hecho conocer una hermosa «Égloga amorosa» de Bocángel, en la cual se afirma en verso esta última nota existencial de la juventud:
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El verso siguiente de la égloga -«Flor que muerta una vez, jamás revive»- ¿es tan certero como los anteriores? Acaso no tanto, porque no hay vida humana que de algún modo y en alguna medida no sea capaz de palingenesia.
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Véase lo que acerca de las llamadas «amistades particulares» más adelante se dice.
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«Pasional», perteneciente a la esfera de la pasión, aunque no siempre sea «apasionada».
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Y analógicamente, diría un aristotélico, de todas las especies vivientes en que existe la diferenciación sexual.
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«En mi juventud fui tan joven, que sigo siendo joven»
, dijo el propio Picasso en otra ocasión semejante. Vivir creadoramente es siempre, con cuantas modulaciones se quiera, continuar siendo joven.
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Les vieillards. La verte vieillesse, se titula un libro del médico-legista Lacassagne muy leído en Francia en los años ulteriores a la Primera Guerra Mundial. Yo he manejado su tercera edición (Lyon, 1924). No es un azar que ese libro fuera compuesto cuando en todo el planeta comenzaba la juvenilización de la vida a que varias veces me he referido.
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Solía decir el malogrado Ángel Álvarez de Miranda que en la permanente hostilidad de los beati possidentes del poder político y social contra los intelectuales, cuando éstos no se resignan a ser socialmente meros técnicos de su saber, se repiten siempre de uno u otro modo las dos principales acusaciones de los atenienses contra Sócrates: adorar dioses que no son los de la ciudad y seducir a la juventud. Los jóvenes no deberían ser, a los ojos de aquéllos, más que simples aprendices de adulto, precisamente del tipo de «adulto» que ellos son.
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Según Karl Joël, a esta razón se añadiría otra, conexa con ella: para el habitual individualismo del griego culto, el lazo libre e interno de la amistad sería más atractivo que cualquier otro más firme que él en cuanto a su duración y a sus consecuencias y menos dependiente de la libre elección (K. Joël, Der echte und der Xenophontische Sokrates, II, Berlín, 1901).
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Lo mismo vendrá a decir en homme du monde, el simpático E. Faguet: «La amistad sin amor entre hombre y mujer es algo que se siente incompleto, por tanto ambiguo, y que por lo demás, sin pensar en ello, encuentra un singular encanto en esta misma ambigüedad, o más bien experimenta el encanto de esta ambigüedad sin saber bien de dónde pueda venir»
. Más hondo y más poético, Rémy de Gourmont -para el cual «no es posible que un trato intelectual entre un hombre y una mujer no se halle impregnado de elementos sexuales»
- escribe: «Quién sabe si la amistad entre varón y mujer no es un deseo tan profundo que resulta oscuro, como esos pozos en que no se ve, pero se adivina, el cielo reflejado. Pero es un deseo que se deja contemplar con serenidad; lejos de enturbiar las aguas, las clarifica, y lejos de hacerlas hervir, las tranquiliza. Es el fermento de la paz, de la alegría y de la serenidad»
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