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Reflexiones sobre «El Buscón»

Domingo Ynduráin





Tanto el Lazarillo como el Guzmán de Alfarache acogen en sus páginas anécdotas o facectas tradicionales que los respectivos autores adaptan a sus obras y, sobre todo, a la personalidad de los protagonistas, Quevedo, en el Buscón, hace lo mismo, pero con frecuencia los motivos literarios tradicionales mantienen una independencia y autonomía casi total; en algunos casos Quevedo reproduce fragmentos de otras obras suyas sin apenas modificarlos. Desde esta perspectiva, la originalidad temática del Buscón resulta escasa; y esto se puede afirmar tanto de detalles parciales, anecdóticos, como de desarrollos más amplios. Recordaremos, del primer tipo, por ejemplo, la frase «los ojos... tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes» (cap. I, III), comparación que viene rodando desde el Rimado de Palacio del canciller don Pero López de Ayala, y que el mismo Quevedo utiliza en su Sueño del Infierno; otro caso es la crítica a los caballeros que no saben escribir o escriben mal; dice Pablos: «Escribí a mí casa que yo no había menester más ir a la escuela porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal» (cap. I, II), crítica que ya había formulado fray Antonio de Guevara en sus Epístolas. En cuanto a desarrollos más amplios, tenemos, entre otros casos, éstos: «conocí que la mi desposada corría peligro en tiempo de Herodes, por inocente. No sabía; pero como yo no quiero las mujeres para consejeras ni bufonas, sino para acostarme con ellas, y si son feas y discretas es lo mismo que acostarse con Aristóteles o Séneca o con un libro, procúrolas de buenas partes para el arte de las ofensas; que, cuando sea boba, harto sabe si me sabe bien» (III, VII), planteamiento utilizado por Cervantes en el Quijote (I, XXV), en La casa de los celos y en La cueva de Salamanca, y que ya aparece, como esquema, en el Jardín de Venus, de Tamariz. Más significativo, quizá, es el caso de la «Premática del desengaño contra los poetas güeros, chirles y hebenes» (Libro II, cap. III), que fue escrita y difundida por el propio Quevedo como obra independiente, y se puede relacionar con los «privilegios» de los «caballeros hebenes, güeros, chanflones, chirles, traspillados y caninos» (Libro II, caps. VI y sigs.), y cuyo origen se puede buscar en los estatutos paradójicos, ya explotados por Cicerón y que Guevara desarrolla en varios registros, sean los «privilegios de la gatera», en el Arte de marear, o los «privilegios de los viejos» o «de los hombres desterrados», ambos en las Epístolas. No hace falta citar las leyes de Monipodio en Rinconete y Cortadillo, ni «los estatutos y leyes de los ladrones» de Carlos García (Desordenada codicia de los bienes ajenos, capítulo XIII).

Los ejemplos se podrían multiplicar sin esfuerzo, pero lo que me interesa señalar es cómo Quevedo construye su Buscón con elementos conocidos en la tradición literaria. Ahora bien, don Francisco transfigura los temas y el conjunto mediante dos procedimientos: por una parte, gracias a su peculiar estilo, basado en las asociaciones inesperadas, la hipérbole, la desarticulación de la realidad; por otra, en relación con el conjunto -en decir, con el libro como unidad-, mediante la apropiación de referencias independientes e incluso contradictorias con el contexto, lo que produce un efecto contradictorio y, en ocasiones, desquiciado. Tomemos algún caso; dice Pablos: «llegando cerca de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue ni visto ni oído cuando lo despachó a las tripas, o las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho tiempo» (Libro I, cap. II); para don Américo Castro, la frase no llegó en mucho tiempo significa «llegó en poco tiempo», ya que -argumenta- antes se dice que «ni fue visto ni oído cuando le despachó a las tripas»; en efecto, lo lógico sería eso; sin embargo, nos encontramos con una ruptura expresiva de la lógica, de tal manera que lo que afirma en una frase se niega en la siguiente: Quevedo dice que lo despachó a las tripas rapidísimamente, pero no llegó a ellas en mucho tiempo, esto es, tardó mucho en llegar porque iba rodando por el gaznate, pescuezo que -ha dicho antes- era de camello y más largo. No es el único caso; cuando esto sucede en las descripciones de personajes o cosas secundarias, la trama no sube con ello; sin embargo, cuando afecta al protagonista o a la organización constructiva, el resultado es la atomización del conjunto, que pierde sentido unitario. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando Pablos moteja de judíos a otros personajes y se ríe de ellos sin recordar que sus apellidos le caracterizan también de tal; o cuando juega moralmente determinados hechos (los galanes de monjas, pongo por caso) sin haber llegado a una sensibilidad o situación que le permita tal perspectiva. Caso característico es la ruptura de la ficción autobiográfica, ya que si el libro comienza como relación dirigida por Pablos a el anónimo Señor, más tarde leemos: «Y por si fueres pícaro, lector, advierte...» (Libro III, cap. X). Y no es que sea un error anecdótico, es que todo el libro fluctúa entre ambas perspectivas.

La consecuencia de todos estos mecanismos es una determinada manera de ver -o de presentar- la realidad; parece como si Quevedo suscribiera la opinión de fray Luis de Granada, cuando afirma: «Las cosas desta vida tienen poco ser; pues el Apóstol no las quiso llamar cosas verdaderas, sino solamente figuras, que no tienen ser, por donde aún son más engañosas.» Esta desrealización o deshumanización que convierte a los personajes en figuras permite a Quevedo presentar las situaciones más patéticas o crueles de una manera desinteresada; desinteresada en cuanta al dolor o sufrimiento que podría generar el planteamiento si las figuras representaran personas, seres de carne y hueso, pero son conceptos, ideas, valores convencionales, en una palabra. Esto permite jugar con las piezas o fichas, con las palabras, con las perspectivas y funciones. Así, cada cuadro posee su propio valor y significación, que no es otra que la de deslumbrar al lector, sorprendiéndole con situaciones o planteamientos inesperados.

Dadas estas condiciones de desrealización, de voluntario alejamiento de lo normal, habitual o cotidiano, los episodios funcionan exclusivamente en su propio ámbito, como creación literaria. Lo cual, enunciado de otra manera, significa que no se puede proyectar sobre la realidad y ver el Buscón como una obra de crítica social; incluso los aspectos de crítica costumbrista o moral quedan en gran parte desvirtuados a causa de la desmesura hiperbólica. Es cierto, no obstante, que los temas candentes están ahí, en el libro, pero no es menos cierto que al independizar cada situación respecto del conjunto, se elimina lo que pudiera haber de sistemático, de construcción estructurada y, en consecuencia, lo que pudiera reflejar la organización social, el mecanismo mediante el cual funcionan las fuerzas sociales. Lo que queda son una serie de piezas sueltas, no integradas en ningún conjunto.

Se podría pensar, como hace Spitzer, que esa desarticulación es un síntoma del desengaño barroco, que ve la realidad como un caos sin sentido. Pero aceptar este análisis obligaría a distinguir dos planos; por una parte, el libro como reflejo de la realidad objetiva, posibilidad inadmisible, como he señalado, y, en último término, falseadora, ya que la sociedad de principios del siglo XVII, a pesar de las inevitables contradicciones, es un sistema perfectamente trabado en el que, si sobra algo, es organización; por otra parte, la propuesta de Spitzer se puede entender como referida a la subjetividad del autor: Quevedo vería así la realidad, la sentiría de la manera descrita. Esta segunda posibilidad es más plausible, pero para aceptarla habría que advertir que nuestro autor desengaña a los lectores acerca del objeto, de la realidad, que presenta en el Buscón; en ningún momento Quevedo se desengaña de sus propias creencias o de su privilegiada perspectiva: él asume, comprende la totalidad o la dialéctica que se establece entre los dos planos, apariencia/realidad. Y define uno y otro porque hay valores en los cuales no percibimos esa dicotomía, y, sobre todo, hay realidades que resultan afirmadas o confirmadas precisamente gracias a la denuncia y destrucción de las apariencias que podrían desvirtuarlas ante análisis superficiales o miradas ingenuas. Esto significa que si el contraste apariencia/realidad sirve para mostrar el desengaño frente a determinadas figuras, también sirve para mantener y apuntalar la realidad de otros valores cuya permanencia y seguridad queda reforzado por contraste con aquéllas: nobleza, religión, virtud, etc.

Sea como fuere, es Quevedo quien juzga, quien define, situando casos y personajes a un lado o a otro. Y a partir de ahí monta su juego. Lo tajante de la división, lo mismo que lo extremado e inapelable del juicio, hace que el lector entre de manera inevitable en el juego maniqueo y en el ensañamiento (literario) con que don Francisco pone en evidencia las imposturas y a los impostores. No aceptar la perspectiva del autor implica distorsionar la obra, desconocer lo que tiene de obra de arte del lenguaje y del ingenio; y, lo que es igual de grave, establecer una constante pugna entre la sensibilidad del lector y la del libro, forcejeo inútil.

Inútil porque el Buscón no prueba nada, no intenta probar nada tampoco. No explica nada. Se limita a construir una serie de escenas sorprendentes por su gracia, ingenio u originalidad; nada menos; como en cualquier obra literaria (o artística), el lector debe aceptar convencionalmente las reglas del juego, no se puede pedir «realismo decimonónico» a un cuento de hadas o a un poema simbolista; de la misma manera, no se puede pedir a Quevedo una perspectiva o al libro una finalidad que no es la suya. La despreocupación constructiva se refleja en cualquier aspecto que analicemos; por ejemplo, el protagonista: Pablos no es muchas veces más que un narrador que cuenta casos ajenos que a él nada le influyen, a lo que corresponde una personalidad plana que apenas evoluciona a lo largo del libro y que a veces es mero portavoz de las rotundas opiniones de Quevedo: la realidad descrita no aparece nunca interpretada por la personalidad individual de Pablos, éste no describe (es decir, deforma) desde su perspectiva, cosa que sí hacen Lázaro o Guzmán de Alfarache, quienes juzgan y valoran la realidad de manera subjetiva, de acuerdo con la situación que ocupan en el mundo. Lo que ocurre es que Pablos no es más que un pretexto para montar el particular tinglado quevedesco: así, aunque la ficción autobiográfica se mantenga, desaparece el sistema en que funcionaba y tenía sentido. Ahora sirve a otra finalidad, permite que el autor use, cuando le conviene, un disfraz o testaferro que cargue con determinadas opiniones, o palos, que Quevedo no aceptaría para sí; en otros casos es una pieza útil para construir una anécdota o aventura. Otras, por fin, es un nombre que apenas vela las directas opiniones del autor.

Frente a la coherencia del Lazarillo o Guzmán, esto es, frente a las leyes constructivas, Quevedo no ofrece más sistema que su propio gusto, es la libertad del autor como creador de su propia obra. La transgresión de las leyes (literarias) se constituye así en uno de los aspectos más positivos del Buscón.





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