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Recuerdos de un baile. Conversaciones femeninas

Concepción Gimeno de Flaquer

He contraído con vosotras la obligación de poneros al corriente de los acontecimientos sociales, queridas mexicanas, y voy a daros cuenta del espléndido baile con que obsequiaron los finos y amables Sres. Alfaro, a sus numerosos amigos, en la noche del lunes próximo pasado.

No necesito la memoria de un druida, la del orador Hortensio o la de Mitrídates, para referiros lo acaecido en aquella fiesta. Mi fantasía es un diorama que os presentará fielmente las escenas y figuras que merezcan contemplarse a plena luz: para vosotras sabrá convertirse en un calidoscopio más famoso que todos los inventos de Edison, porque reproducirá la imagen, el sonido, el color, el diálogo y el pensamiento. Este mágico efecto se deberá a que bebo los vientos por complaceros. Aquellas de mis lectoras que no hayan asistido al baile se enterarán de lo ocurrido, en él, por mi relato minucioso.

Un baile es para nuestro sexo, señoras mías, campo de batalla en que todas las mujeres son heroínas: las hermosas, o lo que es lo mismo las vencedoras, salen coronadas de laurel, las feas conquistan palma por haber tenido el heroísmo de presenciar los triunfos de las bellas, y sabido es que tanto la palma como el laurel simbolizan gloria.

Poco importa que San Juan Crisóstomo haya denominado al baile enemigo de la virtud y que dijera San Francisco de Sales, que «los bailes se parecen a las setas en que los mejores son malos»; el sexo femenino sigue apasionado por el baile, lanzándose en su raudo torbellino, sin detenerse a meditar sobre lo que hallará al fin de la vertiginosa carrera.

El voluptuoso vals, que es la poesía del movimiento, arrastra en sus rápidos giros, produciendo entusiasmo inebriativo, envuelve en ardiente atmósfera, arrebata y seduce, quitando su imperio a la razón, que al ver perdida la majestuosa serenidad, tiene que avergonzarse de su cautiverio. El vals humedeciendo las pupilas, dando vaguedad a la mirada, hace provocativa la belleza y aguijonea la pasión que brota impetuosamente cual despeñada catarata. Euterpe y Terpsícore han defendido el vals contra todos sus impugnadores, porque el vals tiene respetable abolengo, las nereidas en sus palacios de esmeralda y las ondinas en sus grutas de zafiro acompañadas de los silfos, esos poéticos genios del aire, fueron los creadores del vals, legándoles el secreto de sus lánguidas y juguetonas notas, a los soñadores germanos.

Un aristocrático rigodón y una cadenciosa danza, imponiendo reposo relativo, permitiéronme escuchar distintas conversaciones en los círculos que recorrí. El asunto que dominaba en todas las conversaciones era el amor; asunto tan inagotable en las creaciones fantásticas como en la vida real; pues el amor, es faro que conduce al extraviado navegante a puerto de salvación, gota de rocío que vivifica las marchitas flores del alma, fragante esencia que embalsama el ambiente que respiramos, céfiro suave que orea nuestra abrasadora frente, astro bendito que ilumina Ja lóbrega noche del dolor.

El amor es el lazo que más estrechamente nos liga a la vida; cuando ese afecto angélico, ese deleite divino penetra en nuestro corazón, siembra en él un germen fructífero, del que nacen la dicha y el entusiasmo hacia todo lo bello y lo sublime; porque el amor es para el corazón humano, lo que las frescas auras para las plantas que mueren abrasadas por el sol, lo que la fuente del oasis para el desalentado caminante que solo ha recorrido eriales.

Con razón dice un inspirado poeta:

¿Qué es el no amar? Rodar en la agonía

sin ensueños, sin gloria, sin temor,

igualar con la noche el claro día,

y dormir en fatídico estupor.



No todos los corazones están dispuestos para sentir el verdadero amor, del mismo modo que no es dado a todos los ojos percibir la luz; por eso en los diálogos que llegaron a mi oído y que he prometido transmitiros, advertí que ese sentimiento divino, era profanado por unos, sublimado por otros.

El amor es una convulsión de los sentidos, decía un pollo maduro.

El amor es lo más etéreo de nuestro espíritu, añadía una poética joven de ojos color de cielo.

Diferentes definiciones escuché del amor, convertido en sentimiento o en sensación, según las personas que emitían sus opiniones. Para los materialistas era necesidad imperiosa del organismo, para los espiritualistas era respiración celestial del aire del paraíso, como ha dicho Víctor Hugo; «ala que Dios da al alma para que vuele al cielo» según expresión de Miguel Ángel.

Fatigada de las serias meditaciones que me sugerían los razonamientos de mis contertulios, decidí arrellenarme en un sillón para contemplar la hermosura y los trajes de las damas.

La señora de la casa, haciendo los honores con exquisito esmero, atrajo mi atención; lucía elegante vestido de color plata oxidada con relieves de terciopelo rojo, delantal de blanca gasa tejida con flores multicolor, completando su toilette une revière de gruesos brillantes; su esbelta figura, sus torneadas formas embellecían tan lindo atavío, haciendo brillar su arrogancia de diosa.

Maura Alfaro de Garrido, la interesante Maura, se engalanó con un traje ideal, debido a la habilidad de Paulina Delafontaine, que no copia figurines porque es fecunda en invenciones. Consistía dicho traje en blanca túnica oriental de amplios pliegues semidesceñidos con la que recordaba a Semíramis, la fastuosa reina de Nínive.

La Sra. Clara de Gamboa llamó le atención no solo por su traje de blanco brocatel con tejido de oro, sino por sus valiosas joyas; pero todavía más que su atavío admiré su amena conversación.

La Sra. de Carrillo ostentó un traje severo y elegante color café; blanco de damasco era el de la Sra. Barroso, cuyo corpiño estaba adornado de hermosos brillantes; color heliotropo con ricos encajes negros, el de la Sra. de Portilla; negro con lazos color de oro el de la Sra. de Tagle; negro con azabache, el de la Sra. de Castellanos; color de rosa con delantal de terciopelo brochado el de la Sra. Castillo del Villar. Os hablo de las señoras cuyos nombres recuerdo, pues fuera imposible mencionarlas todas.

Las elegantes Sritas. Trinidad, Consuelo y Amparo Tagle ataviáronse con fresca gasa, blanca, rosa y azul; la bella Lola Gómez Parada lució un lindo vestido color de rosa; Eva Ceballos envolvíase en rosada nube: su hermana Luisa en diáfana gasa más blanca que las nieves alpinas; Sara Chavero semejaba fresca lila, flor que anuncia la primavera; Juana Herrán lució un vestido color de ámbar; las Sritas. Gamboa parecían con sus trajes, uno rojo y otro blanco, hermoso clavel valenciano junto a púdica azucena; Lucrecia y Delfina Jiménez vistieron elegantes túnicas azules, estilo griego con galones de oro; Julieta de la Portilla se engalanó con un vestido de gasa color topacio adornado con guirnaldas de malva-rosa; Concha Vilches llevó un vestido color hoja de maíz; la bella Srita. Castellanos ostentó vaporosa y elegante toilette; Paz Barroso lució su talle flexible como un junco al través de azules y blancos tules; Paz Barroso es una paz que turba la de sus admiradores, los cuales viven en guerra para conquistar esa paz.

La fiesta fue brillante; se bailó un cotillón hábilmente dirigido por los elegantes jóvenes Hilarión Moreno, Secretario de la Legación Argentina y Luis Barroso: los juguetes que se repartieron en dicho cotillón fueron abundantes y lujosos, pues es sabido que en todas las fiestas del Sr. Vicente Alfaro brilla la esplendidez. La cena muy bien servida.

Entre la numerosa concurrencia se veía a los generales Ceballos y Carrillo y Jesús Jiménez, el Ministro de España, Barón de la Barre, Manuel Mercado, Peón Contreras, Alfredo Chavero, Tagle, Esteva, Portilla, Villalobos, Rivera y Rico, Velázquez, Nava, Castellanos, Gamboa, Arturo Paz, el Canciller de la Legación de Francia, Lozano, Barón de Paumgartner, Algara, Torres Rivas, Peón del Valle, Martel, Vilches, Barroso, Espejo, Zaldívar, Frisbie, Labarra, Landa, Téllez, Labra, Arrillaga, Cárdenas, Gómez Parada, García, Garay y otros muchos que sería prolijo enumerar.

Cuantos tuvieron el placer de asistir a la brillante fiesta, hacen votos para que el Sr. Alfaro la repita: os participo que si llegan a dirigirle una solicitud piensa encabezarla.

México, octubre 15 de 1889.