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R. Altamira, La enseñanza de las instituciones, op. cit., pág. 6, nota 1.

 

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Cuaderno de los cursos, op. cit. Anotación correspondiente al día 9 de enero de 1935.

 

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«Desde los inicios del curso se realizaba una labor conjunta que era la de examinar, leer y preparar fichas de una de las obras clásicas de la literatura histórica de América en todo lo que se refería a instituciones... El año 1933-34 se dedicó especialmente a la Política Indiana de Solórzano Pereyra, y la mayoría de los alumnos del curso leyeron y descubrieron, a este autor del siglo XVII, y fueron convirtiendo en fichas la obra del mismo, anotando y comentando todos y cada uno de los aspectos y facetas de ella. Este trabajo, que podía realizarse en el seminario o en la propia casa del estudiante obligaba a dedicar gran número de horas a la asignatura, ya que la clase diaria (seis semanales) se destinaba a dar cuenta de la labor realizada y a escuchar y contestar las observaciones que formulaban los compañeros de curso bajo la dirección de don Rafael. Éste, generalmente dirigía las discusiones y hacía las aclaraciones de toda naturaleza y, tomando como base cualquiera de los puntos de las discusiones, nos daba una lección sobre un tema de historia institucional de la época colonial o la nacional... Las clases iban pasando y con ellas desmenuzábamos la Política Indiana de Solórzano en fichas, sobre todos y cada uno de los aspectos de la obra, buscando siempre las fuentes doctrinales y legales de cada una de las afirmaciones, identificando autores y obras, confirmando o rectificando los hechos históricos y, aun en muchos casos, la repercusión que los escritos solorcianos tuvieron, tanto en la vida americana como peninsular». (J. Malagón «Las clases de Don Rafael Altamira», op. cit., págs. 52, 55 y 56).

 

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«En virtud de ese trabajo de investigación, pudieron archivarse en la cátedra miles de papeletas sobre cuya redacción fui haciendo observaciones críticas para enseñanza de todos, y que representan un gran valor histórico. Cuando, por motivo de mi jubilación, tuve que abandonar la cátedra, llevábamos ya dos cursos enteros dedicados en ella y en el seminario adjunto, a esa importante recolección, que los sucesos políticos no han permitido continuar en el curso de 1936-37». (R. Altamira, Técnicas de investigación, op. cit., pág. 163).

 

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«En cuanto a la actividad de los alumnos y al orden de trabajos en la Cátedra, he aquí lo sustancial. Todos los que asisten a ella están obligados a realizar un trabajo de investigación y composición, y todos lo hacen en forma de seminario. La importancia de que los alumnos ejecuten esos trabajos es doble, o, en otra expresión, es doble la finalidad que nos ha guiado a exigirles esa cooperación personal; de una parte, la conveniencia de que se entrenen para salir capacitados como investigadores y expositores de historia jurídica, y de otra parte, suscitar su dedicación futura al estudio de la vida jurídica de la América pasada y presente, tanto en la pura finalidad histórica como en la política, económica, etc. Este sistema que tiene su propia justificación en la esfera pedagógica de formación profesional científica, produce además el resultado de ampliar considerablemente, por la variedad de temas que los alumnos escogen, el cuadro de materias que en cada curso se examinan». (R. Altamira, La enseñanza de las instituciones, op. cit., pág. 14. También lo repite en sus Técnicas de investigación, op. cit., pág. 182).

 

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Cuaderno de los cursos, op. cit. Anotación correspondiente al día 10 de enero de 1935.

 

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Cuaderno de los cursos, op. cit.. Anotación correspondiente al día indicado.

 

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Cuaderno de los cursos, op. cit. Anotación correspondiente a la fecha indicada.

 

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«El grupo principal y más numeroso de esas fuentes, lo componen nuestros historiadores de Indias, tan notables en muchos aspectos y tan ricos de noticias de toda especie. Su frecuente condición de testigos personales que hablan de cosas y sucesos vistos; su experiencia de vida americana; su amplia y exigente curiosidad de las novedades que les ofrecían los nuevos países de América, y, en ocasiones, su proximidad a las fuentes mismas de los sucesos, o su participación directa en los que refieren, y aun en la creación de las leyes e instituciones de que escriben, hacen de ellos testimonios inapreciables (en ciertos momentos únicos) de mil cosas esencialísimas para el estudio del Derecho indiano en su doble corriente indígena y española.

Por tales razones, que no se ocultan a ningún historiador moderno, tuve especial cuidado en mi cátedra de dirigir los trabajos de investigación de los alumnos hacia esa clase de fuentes, cuya riqueza de información les ponderé, no sólo porque así es la verdad, sino también para excitar su interés y abrirles esperanzas de hallazgos numerosos e importantes. Por otra parte, la necesidad de esa investigación se hace mayor cuando se advierte que hasta ahora no se ha realizado (o por lo menos no se ha hecho pública) de manera sistemática y completa, como en una cátedra o en un seminario puede hacerse. De hecho, la utilización de aquellas fuentes sólo se ha cumplido con ocasión de ciertas monografías, no muy abundantes, sobre temas muy concretos.

Procuré, por tanto, sistematizar la dicha investigación; y para atraer sobre ella muy especialmente la atención de todos los alumnos, organicé su empleo particular en temas reducidos mediante un escrutinio previo de los historiadores de Indias, cuyas obras distribuí entre aquéllos, exigiéndoles la redacción de papeletas con todos los datos útiles para la historia jurídica (precolombina y española) que en ellas pudiesen encontrar».


(R. Altamira, Técnicas de investigación, op. cit., págs. 161-162).                


 

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«Dado que una vez terminado por el alumno el estudio y composición de su tema, lo expone en cátedra o lo presenta por escrito, y el profesor hace la crítica jurídica e historiográfica». (R. Altamira, La enseñanza de las instituciones, op. cit., pág. 14).

También lo refiere J. Malagón: «Paralelamente a este trabajo, los que querían -que eran la mayoría- seleccionaban un tema de investigación, casi siempre surgido de aquella otra labor, que a la larga se convertía en un estudio monográfico, y que una vez por semana era discutido, desde su principio, así como el porqué del tema, a medida que su autor lo iba concretando y poniendo sus ideas en blanco y negro». («Las clases de Don Rafael», op. cit., págs. 57-58).

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