Pulso de Pío Baroja
Ricardo Gullón
Con los recientes libros Crónica escandalosa y Desde el principio hasta el fin, ha puesto punto Pío Baroja a sus Memorias de un hombre de acción. Coincidiendo con ello ha entrado Baroja en la Academia Española.
La ocasión es propicia para intentar examen de conciencia y preguntarnos lo que Baroja sea para las juventudes españolas. No se trata de situar en definitiva al escritor vasco sino de atribuirle un signo de valor aproximado al que le señala en la estimativa de las mentes jóvenes, utilizando para ello los datos que nos ofrecen su vida y su obra, y nada más. Es curioso que apenas nadie se haya acercado a Baroja con un criterio puramente objetivo, desnudo de previos afanes y de prejuicios, en anhelo de entenderse directamente con él, luchando a brazo partido, si preciso fuera, por conseguirlo, para después limitarse -¡tan amplios límites!- a decir una palabra sincera; críticas que son panegíricos, detractores furibundos, es difícil permanecer indiferente -y no muy preciso- según parece. Y unas páginas de José Ortega y Gasset por nadie mejoradas en la elegancia del juicio, en lo firme del análisis.
La época en que «el hombre malo de Iztea» comienza a escribir, coincide con el instante en que el papel España estaba más depreciado. La decadencia de lo genuino se mostraba con relevancia en la morbosa exaltación que lo castizo alzaba; en los toros se olvidaban los desastres bélicos, al socaire de un fandanguillo se conmovían los hombres de pro, un cuplé en la cuarta de Apolo provocaba una crisis. Deleitosos tiempos que todavía añoran en secreto ciertos sujetos que sienten la nostalgia de una juventud de cazalla y café con media. Lo literario oscilaba entre los diálogos -¡tan propios!- de López Silva, los dramas -¡oh, sí, dramas!- de Echegaray, y la profunda filosofía en pareados de Campoamor.
Contra esto Baroja reaccionó en igual medida que el resto de su generación, que los que cuentan de su generación, y su vida como su obra se encauzan en protesta por lo que todavía no ha sobrepasado el bajo nivel de achabacanamiento entonces vigente. Por eso nuestro escritor es ante todo un disconforme, no el tipo de vociferante que se alza contra todo en toda coyuntura sino el hombre sincero que tiene dicha su verdad y no la retira aun cuando la que circule como moneda corriente sea la contraria; a lo sumo recoge sus trastos y se va sin que la marcha suponga estridencia, de puro silencioso que es su paso. Porque hay que señalar que nunca Baroja vocea, ni atormenta los oídos de sus vecinos para que le escuchen a todo trance; no, no es él quien grita cuando habla, cuando discrepa; suele serlo su contradictor quizás porque piense que tener razón depende de la fortaleza laríngea. Recuérdese su actitud a la muerte de Blasco Ibáñez: fría, indiferente, posible tal que otra cualquiera, y cómo no tardó en surgir un oportunista, escribidor de oficio, que le colmó de injurias por negarse a figurar en el coro de plañideras a la sazón en funciones.
Está muy dentro del temperamento español esa cosa árabe de no tolerar la opinión adversa, de perseguir al que la profesa como a impío: en España al igual que en África siempre fue posible la guerra santa. Y Baroja que no admite sujeción ni dogma puede parecer extranjerizo siendo lo cierto que pocos españoles habrá que tan reciamente lo sean, desde lo soterraño de sus entrañas, allí donde no llegan culturas, en el auténtico fondo insobornable por ingobernable, que es como es porque es y no hay viento ni llama que pueda cambiarlo; es castizo -aquí, al pie de la letra, la palabra- con los defectos y las virtudes aledañas, y es bien reveladora su posición anarquista, su negativa a fijarse rumbo continuado, su indisciplina, su desdén por los partidos políticos, por los encuadres en otra situación que no sea la de su independencia feroz, absoluta, sin posible temperancia.
Esta actitud suya
anárquica se contrapesa con una rectitud interna de primer
orden, un afán de trabajo que es en él constante, ir
trazando sus obras al filo de los días en incesante labor,
en rebusca de textos y datos que sirvan de oxígeno a la
atmósfera de su novelística. Pues van sus creaciones
enfiladas hacia el rasgo significativo y pocas veces se ha llegado
a mejor depuración en el arte de enterarse de las cosas que
la conseguida por Pío Baroja, quien sabe rendirnos por una
historia bien ligada al ambiente de un lugar y de un momento. Copia
cuando hace falta, en las biografías especialmente, pero
todo cuanto pasa por su pluma queda por este hecho incorporado a la
obra como específicamente suyo, secreto del auténtico
escritor que domina cuanto toca; en Advertencia a una de sus
últimas obras, la vida de Van-Halen «el Oficial
aventurero» dice: «Yo he copiado,
cuando he tenido que hacerlo, sin escrúpulo»
; en
ese «cuando he tenido que hacerlo» está el
secreto: no copiar caprichosamente sino sólo cuando es
preciso; cuando le faltan datos de primera mano, acude a los que se
le presentan, la asimilación es cierta por indeliberada.
El gusto de Baroja por la anécdota le lleva, con cierta frecuencia, extraviado de su camino: sale con el personaje, lo agita en todos los sentidos y en cada esquina inventa un azar que le atrae, un cuentecillo que le adormece, hasta que, a medio andar, se encuentran autor y personaje perplejos, sin saber a donde ir porque se les olvidó la meta o porque pudiera ocurrir que su salida no tuviera otro objeto que cazar peripecias, irse, poco a poco, sepultando bajo inquietudes y sobresaltos hasta quedar inmóviles, dando la sensación de que figura y creador se han cansado de tanto azacanear a la deriva. Y no es realmente que la criatura barojiana ame la aventura; en general es impaciente, no goza del azar porque vive una intriga soñando con la que ha de seguirla, apenas ha llegado y está deseando marcharse; el propio Aviraneta corre con exceso, le ocurren demasiadas cosas y algunas muy banales que no distingue bien de las que merece la pena conservar porque las diferencias le son difíciles de percibir; tanto viajar, tanto ir y venir de un lado para otro, que no le queda tiempo para pensar en nada; siempre embarcado en alguna empresa, sólo piensa en darla término y en empezar otra nueva con igual ardor. Como Baroja que parece soñar en lo que viene después, en lo que está a continuación, deseando conocerlo, comprenderlo.
Del amor de Baroja por la independencia, de su posición aislada, surge agria y espléndida su sinceridad. No diremos que sea cínico por más que algo deliberado veamos en él, por lo menos en su resistencia a colocarse alguna vez en el punto de vista ajeno para contrastar con esta visión la propia. A la sinceridad debemos algunas de las páginas más fuertes de su obra: recordemos las notaciones personalísimas con que dibuja el perfil de un hombre o de un suceso, en esos libros suyos que llamó Díaz Fernández vacaciones del novelista.
Novelista ante todo no se puede negar a Pío Baroja corno creador de un mundo suyo, un mundo áspero, desordenado, arbitrario, pero exclusivo. Como auténtico novelista mueve sus creaciones en un círculo estrictamente personal, trazado para ellos, tahúres, nobles, busconas, militares, vagabundos, con el sello y la firma del autor, ocurriendo que son habitantes de un país que no es el nuestro, diferentes a nosotros y tan nosotros como deben serlo y no más. Círculo palpitante si que violento y desgarrado, con un bregar de sus gentes que en ocasiones es capricho y deseo de su creador.
Las ideas de Baroja son claras y valientes; le han valido arañazos y golpes que ha encajado sin perder ese aire de cazurro que le es peculiar, como hombre que puede sonreír porque es otra su ruta y nadie puede; cortarla, entorpecer su libertad de movimientos. De cuáles sean esas ideas, algo hemos visto, su glosa puntual ha de hacerse no tardando; bástenos aquí subrayar que como le importan las ideas más que los hombres, no admite la ridícula máxima de que todas las ideas son respetables y con ellas se encara, les clava en la entraña la afilada navaja de su intuición y donde se esperaba una rica presa revela cierto sucio despojo mal oliente; a los hombres los respeta si no están aferrados a lo torpe, al turbio divagar que él combate, si no falsificaron su vida haciendo de ella una máscara, un antifaz que de un pobre hombre pretende hacer un «profesor de cartón piedra». Exigir lealtad al ser de cada cual, en todo caso sin ánimo de ensangrentarse, de herir, pues que lo esencial es decir su verdad, y si lo cierto es que un hombre tenido como inteligente resulta un majadero no será la culpa de Baroja que se limita a exponer un dato concreto que recoge tal como lo contempla.