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Cuarto V

 

Habitación de la posada, ahora mucho más en orden. Hay algo de sórdido, pero atenuado por cierto esmero. TATI y LÁZARO acaban de llegar.

 

TATI.-   Pepe se esmeró.

LÁZARO.-   Ese tipo es un fenómeno. El otro día se me soltó la lengua y al final no sé si le hablé más de la cuenta. Yo soy una figura y a lo mejor me lo han tirado atrás para no perderme ni pie ni pisada.

TATI.-   Por favor, Lachi, delirio de persecución no. ¿Tú has hecho algo malo?

LÁZARO.-   A mí hay que hacerme una estatua más grande que la de San Lázaro. Nunca me pasó por la cabeza dejar esto y mil veces pude...

TATI.-   Pero ahora cualquiera diría que te arrepientes.

LÁZARO.-   No es eso, Tati. El Marqués allá con sus millones también tiene sus jodiendas. Y aunque ruede un carro que parece un avión daría cualquier cosa por tirar una pelota aquí en La Habana, en el Latino, con las gradas llenas de la gente del barrio.

TATI.-   Yo he vivido demasiado tiempo con miedo, mi amor. Hasta que me vacuné contra él. Si uno se pone a ver un policía, o un lengüilargo en cada esquina, no puede ni tragarse un pedazo de pan con tranquilidad. Si Pepe te ofrece su admiración y su amistad, cógelas y no preguntes.

LÁZARO.-    (Cambiando, zalamero.)  ¿Y a ti qué te cojo? ¿Qué me piensas dar esta noche?

TATI.-    (En el juego, pero con escasa pasión.)  Vamos a ver qué puedo hacer por ti.

 

(Luz en la zona de PEPE y RENATO. PEPE sorprende a RENATO espiando a la pareja.)

 

PEPE.-   Te dije que no, y es en serio, so Renato.

RENATO.-   No les cobras, cambias las cosas de lugar para que los «tortolitos» tengan luna de miel. Y ahora tampoco...

PEPE.-   No, el hueco no. Y te pido un favor, Renato: que nadie se entere que nos pusimos los espejuelos de palo con ellos. No sé si yo tenga valor para decírselo algún día.

RENATO.-   Después de brujo, palero, espiritista, santero, ahora me parece que quieres meterte a cura.

PEPE.-   Tú no entiendes. No le pido al camaleón que sea portero del Real Madrid ni a la jicotea que juegue baloncesto. Pero de la miradera no quiero saber más.

RENATO.-   Aguanta, tú dirás con la madama y el estelar, porque si entra otra ricura...

PEPE.-   No te hagas el de los ojos más saltones que nadie. Tú sabes bien que esa ilusión es cosa de los que empiezan.

RENATO.-   Yo pensé jubilarme en esta jodienda. No sé hacer más nada. Tú, aunque sea, tienes historias que contar. Pero ahora se acabó el recreo, hay que irse.

PEPE.-    (Volviendo a los cantos espirituales, primero como en broma, después sugestionándose.)  «Se van los seres, / se van los seres, / se van los seres a otra mansión».

RENATO.-    (Por primera vez entrando, poco a poco, en la atmósfera popularmente mística del canto espiritual.)  A lo mejor aparece algo bueno, ¿verdad, Pepe?

PEPE.-    (Canta.)  «Tanto como yo camino, / tanto como yo trabajo / y no encuentro una limosna...».  (Pausa.)  Yo iba a ser malo, malo cantidad, Renato. Tú sabes que los viejos míos se me murieron sin darme tiempo a que me apretara las espinillas o a decirles que me dieran una llave. Cuando vine a ver aquel pariente estaba muerto, boca abajo en la acera y yo en el tanque. Fui presidiario antes de ser padre, esposo o tener bigote. He dado más tumbos que un paquete mal amarrao arriba de un tren lechero, pero nunca le arrebaté una cartera a nadie ni salté por una ventana.

 

(Silencio. A RENATO le ha impresionado que PEPE «soltara» ahora esas cosas.)

 

Últimamente fui levantando y tú lo sabes. Primero,  (Representa.)  «Eh, amichi, may fren...», y siempre caía algún rubio de afuera con ganas de comprar Puros o comerse una posta con buena hembra y musiquita a mano, en la paladar de la esquina.

RENATO.-   Pero no es lo mismo el fuego de la calle que un trabajo seguro y con búsquedas.

PEPE.-   Por ahí viene mi media lagrimita. A lo mejor pa'la gente de otro mundo, esos que ven televisión en chancletas de siete a diez, curralar aquí es algo que no hay que estar gritando a los cuatro vientos.

RENATO.-   Sí, no es lo mismo decir: trabajo en la pizzería, que soy posadero. Uno al principio lo habla bajito.

PEPE.-   Y el dinero siempre parece que está mojao. Yo metí tremendo adelanto. Vacilo ser un tipo que paga el sindicato y tiene un horario para salir de la casa y entrar al trabajo.

RENATO.-   ¿Entonces, Pepe?

PEPE.-   Entonces llovió... Salió el sol.

RENATO.-   Coño, contigo no se puede hablar en serio ni tres minutos.

PEPE.-   El sol secó las paredes. Las grietas se abrieron más y más y... al suelo las casas, la gente corriendo, alguien trabao entre los escombros. ¿Vas a decirme que eso no es algo serio?

RENATO.-   Ya caigo, pero tú das más vueltas...

PEPE.-   Se cayeron las casas y en algún lugar hay que meter a la gente. Los que sobramos somos nosotros.

RENATO.-   ¿Y los demás, Pepón? ¿Dónde resuelven ahora su problema?

PEPE.-    (Dispuesto a despedir la seriedad.)  Tendrán que cantar, hermano, cantar... «Si me pides el pescao te lo doy, / te lo doy, te lo doy, te lo doy». Lo que ahora hay que buscar dónde meterse pa'sacar el pescao del sartén.

 

(RENATO ríe. La luz viaja al cuarto de LÁZARO y TATI.)

 

LÁZARO.-   Todos los días no son de fiesta. Tampoco hay que darle muchas vueltas.

TATI.-   Hoy no puedo, Lachi. Prefiero quedarme con la ropa puesta, que soltar tres gritos de mentirita.

LÁZARO.-   No hay lío. Ya nos desquitaremos.

TATI.-   ¿Me vas a llamar?

LÁZARO.-   No tengo costumbre de pegarme al teléfono.

TATI.-   Ése es tu hábito, tu rutina con tu mujer, con tus hijos. Y eso a mí no me importa.

LÁZARO.-   Cualquiera diría que sí, que te importa, que te jode, que te mortifica.

TATI.-   ¿Y si así fuera? Si me pongo la chancleta en el deo gordo del pie y te digo: «Papi, o ella o yo», ¿qué tú haces?

LÁZARO.-   Lo más probable es que mi respuesta sea: ninguna de las dos.

TATI.-   Se me olvidaba que sigues siendo un gran picher.

LÁZARO.-   ¿A qué viene eso ahora?

TATI.-   Nada, que me mareaste con ese cambio de velocidad.

 

(Apagón.)

 


Cuarto VI

 

Ahora TATI y PEPE vuelven a estar frente al televisor en la «piscina».

 

PEPE.-   Me dan ganas de estar dándole patadas al televisor hasta colarlo de gooooool... en el basurero de la esquina.

TATI.-   Nadie tiene la culpa.

PEPE.-   Pero no lo pusieron, abridora. Dejan al mejor contando puntillas en el banco y sacan a tirar a ese zurdito con cara de pollo de dieta.

TATI.-   Lo mío y lo de Lázaro anda mal.

PEPE.-    (Canta.)  «Mejor que me calle, / que no diga nada».

TATI.-   Ya sé que no te importa, pero con alguien tengo que hablar.

PEPE.-   ¿Y de qué me viste tipo? ¿De prima del campo o de comadre lavandera?

TATI.-   Te vi cara de bueno, Pepe. Por eso averigüé dónde vivías y vine.

PEPE.-   Yo pensaba antes que era medio loco, pero tú me ganas. ¿Preguntaste quién era yo?

TATI.-   No me llevo por comentarios ni por famas. Alguien me dijo que sabes mucho de Santería, que por eso lo de Pepe, El Brujo. Nunca he creído en nada, pero a lo mejor ahora me hace falta...

PEPE.-   Tú vas para Oriente y yo me cruzo contigo en la carretera. Creí mucho y eso me ayudó a no tirarme delante de un camión. Todavía entre pecho y espalda, en mi moropo sentimental, algo me dice que hay cosas más allá de dos y dos son cuatro. No todo puede ser la seguidilla de me levanto, como, me baño, curralo, me enamoro y un buen día guardo el carro. De vez en cuando sueno una maraca, me viene un canto a la boca o enciendo una vela. Pero hay mucho descaro, muñeca. Si yo soy santero, babalao o tengo hecho aunque sea la Virgen del Camino, y llega un extranjero a mi casa  (Representa en caricatura.)  se tienen que hacer Santo, tú, tu mujer, los hijos y hasta la cotorra.

TATI.-   Pero la fe debe ser otra cosa.

PEPE.-   Esta vida es un fenómeno, medallista.  (Evadiéndose con el juego de pelota.)  Mira, te lo dije, al zurdito litro de leche le están dando y no son consejos.

 

(Silencio. TATI atiende al juego pero no se concentra.)

 

TATI.-   ¿Por qué tú sufres tanto, Pepe?

PEPE.-    (Canta.)  «Lo que a mí me causa pena / es mi problema. / Nada, / no pasa nada».

TATI.-    (Siguiendo el texto de la canción de Los Van Van.)  «No te cuestiones más / mis situaciones».

PEPE.-   «Esto es pa'que, / pa'que te vayas».

TATI.-   ¿Te molesto? Tampoco puedo obligarte a que me hagas caso.

PEPE.-   Aquello, donde tú sabes, se acaba, cierra, tira el telón. Cuando recojan los bates y termine ese juego, mi vida no se sabe qué rumbo coja. Más bien me la figuro como la suerte de un tipo que está solito, encuero arriba de un güin de caña con un ciclón soplando...

TATI.-   Puedes buscarte otro trabajo.

PEPE.-   Pero hay otro problema...

TATI.-   ¿Cuál?

PEPE.-   El güin está partío.

TATI.-   A lo mejor se le puede meter un arreglito, o nadie sabe... si el ciclón sigue de largo...

PEPE.-   El huracán va a venir ahora. Mira, el mejor salió a calentar,  (Con el televisor como si fuera el manager del equipo.)  pero tráelo ya, cabeza de puntilla, ahora que estás a tiempo.

TATI.-   Ojalá no lo saquen a pichar. Hoy no va a estar bien.

PEPE.-   ¿Te lo dijeron los caracoles, los cocos o tu narizota de mujer?

TATI.-   Pepe, ¿qué tiempo hace que no te enamoras?

PEPE.-   Yo qué sé.

TATI.-   No me trates mal. Mira que me zambullo bien cerca del fondo, nado, nado y, sin que te des cuenta, salgo por la otra parte de la piscina.

PEPE.-    (Volviendo a la transmisión.)  No lo puedo creer, yo tengo que estar soñando. Ahora trae al Feo correcaminos y manda a Lázaro a sentarse. ¿Tú has visto una cosa igual en tu vida?

 

(TATI apaga el televisor. La luz de la escena cambia. Se produce un silencio hondo y raro.)

 

¿Y eso? Te dio fuerte. Déjame gozar mi pley, mira que a lo mejor mañana vuela la pantalla por la ventana como un pajarito.

TATI.-   El televisor es tu amigo. Y un tipo como tú, no vende a un socio así como así.

PEPE.-    (Ahora duro, triste casi.)  Un tipo como yo, muñeca, puede irse detrás de esa novia mentirosa que es chiquitica, gordita y redonda, la muy cabrona.

TATI.-   ¿De quién estás hablando? Ábrete conmigo, quítate esa máscara de hacer gracias todo el tiempo. Quiero verte la cara y mirarte los ojos hasta el fondo.

PEPE.-   La ladrona de televisores, la que deja a la familia tomando agua caliente porque el frío se derrite en dos noches. Es la piedra, encanto, de eso que afuera le dicen crack, crack, crack, así de fácil, como el que muerde una galletica.

TATI.-   Yo te quiero ayudar. Nos podemos aguantar uno del otro para no hundirnos...

 

(PEPE la mira largo, parece tentado a abrazarla, pero enciende el televisor. Ahora pone el sonido muy alto.)

 

Vamos a nadar, Pepe...

PEPE.-   Yo soy un muerto en eso. Dale saludos míos a los tiburones, y si te encuentras alguna ballena soltera...

TATI.-   El mar me calma, ojalá encontrara un barco para darle tres vueltas al mundo sin parar.

PEPE.-   Con las que nadan mucho como tú, uno tiene que hacerse el bobo en lo bajito hasta que venga una ola buena gente y quiera devolverlas.

TATI.-   Regresar, Pepe. Venir... Yo vengo del forro de tu mundo, de lo contrario. Niña educadita, formal, mulatica clara que pasa por blanca y debe comportarse como una rubia de ojos azules. Y después la pañoleta más planchada y no se puede faltar a un acto, y los santos de la abuela escondidos porque hay que tener el carné rojo y la conciencia transparente. Después te vas dando golpes, un día faltas, otro pegas un tarro. Pero la santona, la comemierda que te enseñaron a ser, sigue ahí, pegada a tu piel como una ventosa. Ahora, ¿qué me hago con las sobras de tanta rectitud?

PEPE.-    (Por decir algo, suelta este estribillo pero no se atreve a cantarlo.)  «Cada uno goza con lo que le gusta, / cada cosa tiene distinto sabor...».

TATI.-   Tómame en serio, coño. Me hace falta. Siempre supe que ibas a entrar en mi vida y en la de Lázaro.

PEPE.-   Aguanta, nena, que me estás dejando botao. No me eleves mucho que cuando me dejes caer voy a ir a dar más abajo del sótano.

TATI.-   ¿Tú no te das cuenta de que Lázaro no da más, que necesita retirarse?

PEPE.-   ¿Colgar el guante ya?  (Ahora trata de convertirla en un fanático discrepante de estadio.)  Ese hombre tira más de noventa millas...

TATI.-   Noventa millas... Allá fueron a dar, al Norte, ahí enfrente, a los malos, muchas niñas conscientes como yo y hasta algunos maestros de los que sudaban marxismo y meaban conciencia.

PEPE.-    (Canta.)  «No hay que llorar / que la vida es un carnaval / y las penas se van cantando».

TATI.-   No, Pepe, las penas no se van, se encajan y tú lo sabes.

PEPE.-    (Serio.)  Cuando a uno la pelota le gusta con delirio, cuando inventas un juego y tú sólo bateas, corres, te viras pa'segunda y la votas por arriba del techo, si uno lo tiene así en la sangre, no es jamón sacar cuentas, ponerse a pensar tranquilito. Pero si el estelar tiene que colgar, que sea ganando, arriba.

TATI.-   Le están bateando, está perdiendo.

PEPE.-   Un momento, hable como es si va a mentar al mejor promedio de ganados y perdidos del Beisbol Nacional.

TATI.-   Tiene el mejor récord, pero con otra serie como ésta las carreras limpias aumentan, se pone gordito el espacio de las derrotas y a bolina el papalote...

PEPE.-   Pero eso no puede pasar. Tú tienes que ayudarlo.

TATI.-   Los dos, Pepe.

PEPE.-   Tumba esa talla, girasólica. Ese hombre es uno de mis dioses, Changó que vino a la tierra con una pelota en la mano. Estás hablando con un posadero mirahuecos, un tipo que se faja a los piñazos con la droga y le ha ganado unos raunds ahí, pero ella lo vira al revés en cualquier momento. En el tiempito que le queda al caserón van a tener el cuarto hecho un pincel. Si quieren les canto serenatas por la ventana, pero hasta ahí las clases. Tú me estás fabricando con churre como aquel tipo sacó a Pinocho del pedazo de palo.

TATI.-   ¿Cómo es eso de mirar huecos? ¿Es verdad, Pepe?

PEPE.-   Fue un decir, hay quien lo hace.  (Se aferra al televisor y a la casualidad.)  Mira, al fin lo sacaron a relevar, ahora van a saber lo que es coquito con mortadella...

TATI.-   ¿Me miraste, nos viste, Pepe?

PEPE.-   Se acabó el juego por hoy. Quiero ver la pelota y estoy al reventar con tu natación submarina. No te me pongas bravita, pero seguimos otro día.

TATI.-    (Neutra.)  ¿Estoy buena, Pepe?

PEPE.-    (Perdiendo los estribos.)  Ya. No quiero jueguitos con eso.

 

(Ahora es ella la que se concentra en el televisor y narra el juego, pero en un tono intimista, suave.)

 

TATI.-   Bola, la bola está afuera. Lázaro está cabrón, da paseítos. Otra vez tiró afuera. Sé que está nervioso, las manos le deben sudar y así no puede agarrar bien la pelota. Él quiere tirar bien duro, como yo quisiera tener mis tetas.  (Pausa breve, sin coquetería.)  ¿Están muy mal mis tetas, Pepe?

PEPE.-   Deja eso, o te quedas aquí con el juego, el televisor, la piscina y la madre de los tomates.  (Ahora más impersonal, como si imitara el tono suave de ella.)  Como los cocineros se repugnan de las comidas más estelares, uno le va perdiendo la gracia a la cama. ¿Qué le voy a inventar a mi mujer cuando llegue a la casa si me he pasado veinticuatro horas entre suspiros y traqueteos?

TATI.-   Pero te siguen gustando las mujeres, ¿no, Pepe?

PEPE.-   Sí, fiscalita. Cuando se te olvida todo ese lío es cuando la otra novia, la cabrona de los dos minutos arriba, se te monta. Empatarse con una mujer que lleva piropos, salidas y su regalo bobo, ni soñarlo... Y cuando encuentras dinero, la otra te empuja... y te hunde.

 

(TATI va a decir algo pero el testimonio de la droga la sobrecoge. PEPE se refugia con doble vehemencia en el televisor. A partir de aquí los diálogos son como desconectados, aunque, como en un segundo plano, cada uno oye los del otro.)

 

Corre, feo, no le llegó... dos carreras porque ese centerfil no quiere ir al quiropedista a arreglarse los callos.

TATI.-   Cada vez que estamos y no dormimos la noche entera, me siento como una putica triste. La bronca del baño no debe haber sido por el buen rabo, sino por el sueño, por la almohada babeada del tipo. Una mano en la espalda medio dormida pero cariñosa, vale más que la picha más dura.

PEPE.-   ¿Lo van a quitar por esa bobería? No tires el guante, no lo cojas con esa furia, estelar. Tú sigues siendo tú y a este manacher nuevo na'más que lo conocen en su casa a la hora de almorzar.  (Transición, ahora incluyendo a TATI.)  Está molesto con razón, pero eso le puede buscar una candela. A mí me han sacado del juego una pila de veces y me he tenido que acostumbrar.

TATI.-    (Ya directa con PEPE.)  Lázaro no aprendió a otra cosa que a ser picher. Siempre miró para el retiro sin ver, como algo que se sabe que existe, pero a última hora se puede volver mentira. Y piensa primero en sus problemas, segundo en sus líos y tercero en sus situaciones...

PEPE.-   Como todo el mundo, mi chiquitica. Si conoces a alguien que se ponga pa'los demás en quinto lugar, prémialo y ni se te ocurra pensar que es egoísta.

TATI.-   Y tú, ¿nos vas a ayudar?

PEPE.-   Cuando me faje con tres o cuatro de mis jodiendas.

TATI.-   Tú tienes algo especial, aunque parezca que hablas y hablas, que te pasas el día cantando y fastidiando, yo siento que me atiendes.

PEPE.-   Allá dentro aprendes algo de eso. Tony El Guay fue siempre uno de los tipos más mentaos y nunca le dio una galleta a nadie. Tenía aquella sonrisa de oreja a oreja, esa cara de prestarte atención. Eso es una ventaja que se lleva y que vale, igual que una rueda de cigarros o un secreto bien clavao. Todos los días hay un tipo al que le tocó su hora de no aguantar más la gracia de estar trancao, y si ese día lo oyes y lo haces reír, ya te lo echaste en un bolsillo.

TATI.-   Quiero saber si nos viste en la cama, Pepe.  (Él protesta con un gesto duro, ella no le da tiempo a decir nada.)  Es más, me gustaría que nos hubieras visto.

PEPE.-    (Desconcertado.)  ¿Qué tú quieres, Tati? ¿A qué quieres jugar?

TATI.-   No pienses mal, amigo. Sería como una maldad que guardamos tú y yo, un secreto exclusivo de nuestra amistad.

PEPE.-    (Respondiendo instintiva, animalmente.)  Si va a llover que llueva, nena. Y si comentan que sea con razón. Yo seré cualquier cosa, pero aquí hay un hombre. Si me quieres usar para joder al estelar, me dolería por él, pero maricón no soy.

TATI.-   No. Por ahora no te quiero templar, Pepe.  (Pausa larga e incómoda.)  No entiendes. Soy un desastre. En un mes cumplo 35 y no soy ni mujer ni querida de nadie, parí pero no tengo hijos...

PEPE.-   Y eso...

TATI.-   Eso es muy duro y mejor dejarlo.

PEPE.-    (Abochornado, sin saber dónde meterse.)  Bueno, como quieras. Puedes quedarte aquí. Descansa un rato y yo voy a dar una vuelta.

TATI.-   No hacemos nada con salir huyendo. Eso, de lo que no hablo, es un niño lindo que me duró cinco meses... y lo perdí.

PEPE.-   Del carajo. Discúlpame. Yo no sabía, soy un animal...

TATI.-   ¿Adónde sería esa vuelta?

PEPE.-   No te puedo llevar, es un lugar muy feo. Los pies se te mojan con agua cochina que nadie se ocupa de parar. Si das un paso te encuentras a lo que era tu mejor amigo que ahora es un bulto de pelo, con las manos temblando...

TATI.-   Entonces tú tampoco vas. Porque el televisor no va a volar por la ventana, él no trabaja en Cubana de Aviación. Nos hace falta para ver la pelota.  (Aferrándose y buscando arrastrarlo a la pantalla del juego.)  Mira, el correcaminos está en el banco y no se le olvidan los palos que le dieron. Ya sacó la bemba y está a punto de soltar un lagrimón.

PEPE.-   Hasta yo, medallista. Por primera vez en una carretilla de años, estoy a punto de llorar, muchacha.

 

(El apagón los sorprende al borde del abrazo.)

 


Cuarto VII

 

La iluminación tendrá que ver ahora con un tono neutro, contrario a la penumbra. El hotel se ha tornado más impersonal. En la posada es de día y la luz es cruda, dura, irreal. En el hotel, LÁZARO está llenando un maletín deportivo. Mastica un insulto ininteligible.

 

LÁZARO.-    (Por primera vez se entiende.)  Le roncan los cojones...  (Pausa. Dialoga con los objetos que va echando en el maletín.)  Se acabó.

 

(En la posada, RENATO parece ahogado en un mar de trastos. Está sentado sobre un montón de sábanas.)

 

RENATO.-   Déjalo, Pepón. Oye, eso no se le ocurre ni al que asó la manteca. Limpiar ahora, ¿pa'qué, mi hermano? Que tiren agua y den escoba las mujeres gordas que vienen a vivir para acá.  (No le importa demasiado que PEPE lo oiga o le conteste.)  Ya aquí no queda nada que llevarse. Dejamos que las pilas soltaran agua, que las sillas cojearan de una pata, total, nadie se fijaba, la vida seguía igual. ¿No es verdad, Pepe?

 

(El otro no le contesta, pero se oye primero muy lejos, enseguida con más nitidez, a alguien que canta un bolero melancólico. La luz se recrudece en el cuarto del hotel. LÁZARO se dispone a salir, pero primero va hacia un espejo y comienza a peinarse.)

 

LÁZARO.-   Mulato de pelo bueno, hombre a todo...  (A un interlocutor dentro del espejo.)  Tú no sabes nada de aquello, Suárez. Me estaba peinando...  (El brazo desciende lentamente con dolor. Hay una batalla sorda.)  No podía ni levantar un lápiz. Y después, lo logramos, con aquel tronco de médico y contigo, Changó.  (Va levantando el brazo lentamente, el actor debe recordar que hay mucho de ritual en el movimiento.)  Volví como nunca. Dejé de tirar siempre duro, de creerme que tenía una escopeta en la mano. Aprendí que este fusil es como el otro que llevas entre las piernas, que hay que saber manejarle el calibre, ver hacia dónde se dispara. Tú no vas a botarme, Suárez, de tu nombre se van a olvidar en un par de años. Al que no le caen a palos es al que nunca se ha subido en la lomita a pichar, pero la cara de desprecio que pusiste para sacarme, ésa nunca te la voy a perdonar.  (Se aparta del espejo, regresa a la circunstancia de la cólera, pero ahora es más serena.)  Vamos a ver a cómo tocamos.  (Sale.) 

 

(La posada. PEPE se acerca. RENATO se anima.)

 

RENATO.-   Cuando uno está salao, los perros lo confunden con un poste del teléfono... Ese derrumbe no estaba en los planes.

PEPE.-   Tú vas a salir mejor, retirado Renato.

RENATO.-   ¿Mejor?

PEPE.-   Hay un tipo que te va a tocar con un baro para que te hagas el sordo y, si no ciego, al menos que parezcas un bizco de avanzada.

RENATO.-   ¿Qué tipo, tú?

PEPE.-   Eso no importa, tú no lo quieres pa'casarte con él.

RENATO.-   Pero nadie regala dinero, ni los locos. No he visto a uno que le dé por meterte en el bolsillo los billetes de a veinte.

PEPE.-   Pues el gallo está aquí, oyendo la conversación.

RENATO.-   Aquí, ¿dónde?

PEPE.-    (En el juego.)  Aquí... aquí.

RENATO.-   ¿En el barrio?

PEPE.-   Aquí.

RENATO.-   ¿Allá afuera, esperando?

PEPE.-   Aquí...  (Encarándosele con un sobre en la mano.)  Míralo, Renacuajo...

 

(RENATO más que contar parece conversar con el dinero.)

 

RENATO.-   ¿Y esa gracia, Pepón?

PEPE.-   Dinero, un poco en dólares, aprobados por el gobierno desde hace rato, y Moneda Nacional, MN, dinero cubano, ¿qué más quieres saber, ricura de Renato?

RENATO.-   El juego es juego, pero el dedo metío...

PEPE.-   No es juego. Si no quieres el dinero, me lo guardo en el bolsillo.

RENATO.-   Tú sabes que lo quiero con la vida, lo que a lo mejor en todo este tiempo bostezando y cayéndonos a mentiras, no te has puesto a averiguar por qué mi delirio, mi matraquilla, con la plata. Tengo dos hijos y un nieto...

PEPE.-    (Cansado del tema.)  Que habla como un loro y te tiene bobo...

RENATO.-   Tú no sabes lo que es mantener una casa, la picazón que da el refrigerador vacío y lo hombre que te sientes cuando lo llenas y la mujer no tiene que romperse la cabeza.

PEPE.-    (Tocado por la comparación.)  A lo mejor por eso mismo te suelto este dinerito. Porque mis hijos andan regados y no puedo ni asomarme a la puerta del frío. Los padrastros me han salido buena gente los muy hijoeputas. Fíjate si son chéveres que los chamas míos les dicen papi. Con un par de consejos y carne de la que a ti te gusta en el congelador, me robaron el nombre.

RENATO.-   ¿Y cómo se te ocurrió este bonche del dinero?

PEPE.-   Es en serio. Vas a hacer un buen negocio. Ese guano es para que me dejes solo aquí.

RENATO.-   ¿Con la gente nueva llegando?

PEPE.-    (Buscando el ritmo de broma.)  Puedo ayudar a las viejitas, enderezarles el bastón si tropiezan en esta penumbra.

RENATO.-   ¿Y todo eso pa'qué, Brujo?

PEPE.-   Es que una anciana seria no debe andar con un bastón con más curvas que los lanzamientos del estelar.

RENATO.-   No me canses, Pepe. El horno no está pa'galleticas.

PEPE.-   Y mucho menos sin mantequilla.

RENATO.-   Tengo cincuenta y pico de años y nunca he pisado una estación de Policía.

PEPE.-   ¿Estás hablando bien de ti o diciéndole entretenida a la fiana?

RENATO.-   Como quieras, pero no me voy a complicar ahora. Con lo que tengo, puedo ir tirando y sentarme a coger fresco en el portal con un piyamita nuevo.

PEPE.-   Y tienes miedo de que Pepe, el presidiario, te quiera cambiar la ropa de roncar frente al televisor por la otra, la azul con un número en la espalda. ¿Es eso, rependejo Renatón?

RENATO.-   Tú nunca has sido tipo de complejos ni la cabeza de un guanajo.

PEPE.-   Claro que no. Vamos a acabar de matar esta jugada: coge la estilla y nos vemos en la próxima caricatura, o, como dice la gente seria: «Yo te llamo», «Cualquier día de estos caigo por tu casa». Arranca, que ya hiciste el pan y fue sin sembrar el trigo, ni cargar los sacos, ni asomarte al fuego del horno.

RENATO.-   No me voy sin saber para qué tú quieres quedarte solo en medio de esta cochiná. Tienes que decirme para qué quieres estar aquí cuando se forme la algarabía de ollas de presión pitando y los chiquillos dando gritos a toda hora.

PEPE.-   A lo mejor me consigo un hijo o un nietecito cabezón para buscarle la comida y volverme bueno, decente, limpio como tú, hijo de... Bolondrón.

RENATO.-   Yo no tengo la culpa de tus desgracias, mi socio.

PEPE.-    (Ahora canta en un tono más soterrado y amargo que en el Sexto Cuarto.)  Claro. «Lo que a mí me causa pena / es mi problema. / Nada, / no pasa nada».

RENATO.-   Sí, hay algo raro y me lo vas a decir ahora mismo.

PEPE.-   ¿Y esa velocidad, tú? Dame acá el dinero, y  (Vuelve a cantar, ahora buscando alegría.)  «Chirrín, chirrán, / que ya se acabó».

RENATO.-    (Como un niño que no quiere soltar la golosina.)  ¿Y si no te lo doy?

PEPE.-   Mejor, tarúpido. Te vas pal'carajo ahora mismo, con tu plata, tu peste a boca, tus manitas de ladrón y tu cara de tipo decente.

RENATO.-   No me ofendas, Pepe. Cuando yo me encabrono no creo en nadie.

 

(Durante el último intercambio, TATI ha estado cerca, pero no han reparado en ella. Su voz los sorprende, los detiene.)

 

TATI.-   ¿No crees ni en las mujeres, Renato?

 

(Breve silencio. Los dos hombres se quedan como congelados. RENATO reacciona primero.)

 

RENATO.-   Tú eres... Me caí de la mata, ya entiendo.

PEPE.-    (Encarándosele.)  Tú no entiendes, Renato.

RENATO.-   ¿Que no...? Aquí una mujer sola no pinta nada. A no ser...

TATI.-   Que venga a buscar a un hombre.

RENATO.-   Bueno, ni eso se vio mucho, porque los tipos aquí vienen con su compaña, pero Pepe es un hombre...  (Grosero, desnudándola con la mirada.)  Y yo también.

TATI.-   Sólo me importa Pepe, señor.

RENATO.-   Ya, ya... bueno...

PEPE.-   Malo. Tú eres malo y sucio y arrastrao.  (Se le va saliendo la dura violencia que no se ha visto hasta ahora.)  Puta vieja y con dientes postizos.  (Logra golpear a RENATO.) 

 

(RENATO cae, pero TATI se interpone.)

 

TATI.-   Eso no, Pepe. Tú no puedes...

RENATO.-    (Buscando algo con que defenderse.)  Delincuente, descarao, me voy a desgraciar por ti, carne de presidio, piedrero...  (Se acerca con un pedazo de madera pero sin valor ni convicción real para la pelea.)  Te doy a ti y a la bicha esta también.

 

(PEPE logra soltarse de TATI y con habilidad forcejea con RENATO. Lo desarma y le propina una bofetada.)

 

PEPE.-   Ahora piérdete antes que te los corte.  (Lo empuja.) 

RENATO.-    (Saliendo.)  No lo iba a decir, pero ahora lo grito bien alto: los dos le miramos el culo a esta y a su querindango. ¿Quieres hacer un pastel con el picher famoso?

PEPE.-    (Fiero, pero sin gritar.)  Acaba de irte, Renato...

 

(RENATO olfatea el peligro y sabe que tiene tiempo para una sola frase.)

 

RENATO.-   Pero tuviste que pagarme...

PEPE.-   Sí, no mucho, pero más de lo que vales.

 

(RENATO sale. Silencio espeso.)

 

TATI.-   Me siento culpable...

PEPE.-    (En busca de su alegría o máscara habitual.)  No te me pongas trágica, mama. Mira que a mí lo que me gusta es el deporte. Ese Renato es un saco de mentiras.

TATI.-   No me importa, amigo. Tú no nos conocías.

PEPE.-   Pero me fastidia...  (Dando por cerrado el tema anterior.)  Hay que apurarse.

TATI.-   Yo vine corriendo a contarte. A Lázaro lo quieren sancionar. Tantos años brillantes pueden terminar salpicados de mierda.

PEPE.-   Eso no va. Voy a buscarlo. Quédate aquí. El cinco es de ustedes por ahora. Si tocan a la puerta no abras. Cualquier cosa, hazte pasar por una mujer de muy mala suerte que se quedó sin techo.

TATI.-   ¿Y si se dan cuenta de que quiero ser la última gozadora? ¿Ésa fue la «reservación» que le pagaste a Renato?

PEPE.-   Olvida eso, tumba catao y pon quinqué. Lo más triste es que yo le cogí mi poco de cariño al cabrón guajiro. Hemos pasado más noches juntos que cualquier matrimonio de media vida.

TATI.-   Pero a él no le importa.

PEPE.-   Nadie sabe. Lo que gritó, que no sirvo, no es ninguna locura. Que no se te olvide. Bájame toda la sabrosura que tú quieras, pero al tigre no hay que invitarlo a un desfile de ovejas tiernas.

TATI.-   Si me vuelves a hablar así...

PEPE.-   ¿Te vas? Nada de eso, mundialísima. Espérame en el cinco, quédate en la monja que yo te traigo al pecador.

 

(Apagón más largo que los del resto de la obra. En la oscuridad alguien canta. La puesta en escena puede trabajar una vinculación entre el tono de la guaracha que sube y el paso de la luz hacia la penumbra de la «piscina».)

 


Cuarto VIII

 

A partir de aquí la relación entre el cuarto de PEPE y el de la posada será muy directa, como si las separase una transparencia. Piscina de PEPE. LÁZARO y PEPE se disponen a «bajar» hasta la puerta.

 

LÁZARO.-   Ve tú si quieres y dile que yo sigo complicao.

PEPE.-   A lo mejor ella te alumbra, estelar.

LÁZARO.-   Las mujeres son un rollo de alambre, Pepe.

PEPE.-   Por eso mismo. Sirven para ponernos cercas y no dejarnos correr por la libre.

LÁZARO.-   Seguro que a ti no hay jeva que te amarre.

PEPE.-   No, pero no es que yo sea el bárbaro. Ninguna me quiere para su patio.

LÁZARO.-   Si vuelvo a pichar es por la gente como tú, que de verdad le ponen el corazón a la pelota.

PEPE.-   ¿Y vas a decir que fallaste, que a un pelotero de esa altura no le pegaba eso de tirar el guante?

LÁZARO.-   Ven acá, ¿tú estás con los indios o con los coboys?

PEPE.-    (Como un entrenador que da instrucciones de estrategia deportiva.)  Aceptas el fallo y después sacas el pie, te viras pa'segunda y dejas claro todo lo que tú eres y lo que algunos no quieren recordar.

LÁZARO.-   Eso del recuerdo me huele a viejo, a cosa que pasó.

PEPE.-   Ahora lo que pasa es que tienes una mujer linda, suave, muerta por ti esperándote.

LÁZARO.-   Si ella hubiese dejado al marido cuando llegamos de Japón...

PEPE.-   ¿Tú sabes nadar, campeón?

LÁZARO.-   Un poco.

PEPE.-   Pues de cabeza en la piscina.

LÁZARO.-   ¿Y si no doy pie?

 

(PEPE no sabe qué responder. Puede quedarse estático en la posición de alguien que va a tirarse de cabeza en el agua. La penumbra viaja hacia la posada. TATI parece estudiar el húmedo techo. La banda sonora va creciendo a lo largo de la escena y se van reconociendo los ruidos de la vida cotidiana.)

 

TATI.-   No estaría mal tener aunque sea estos tres metros para intentar ser un poco feliz. En mi casa lo cómodo se ha vuelto la peor incomodidad. Claro, cuando hay un par de muchachos nadie quiere partirlos a la mitad. Eso nos toca a las mujeres. Aquí no hay refrigerador, ni video, ni recuerdos que dividir. La posada será fea, húmeda, pero se inventó para gozar y quererse, aunque sea un rato.  (Rediseña el espacio.)  El baño está ahí, hecho leña, pero está. Faltaría una cocinita, algo para colgar la ropa...  (Pausa.)  ¿A quién le darán este cuarto? Si me tocan a la puerta ahora mismo para botarme, le voy a dejar un consejo a la dueña:  (A una supuesta mujer.)  «Mira, mi amiga, yo sé que tienes que inventar qué cocinar todos los días, que los muchachos no tienen dónde jugar, ni espacio para hacer la tarea. Pero cuando la vida te dé un respiro, aunque no sea por la noche, gózate bien a tu marido... Y si no te entran ganas, mira para las paredes». A mí por lo menos me calientan esos letreros descarados; que si yo soy la sabrosa del Vedado o aquel el que mejor lo hace en toda la Habana Vieja. ¿Existirán de verdad Yuya la caliente y Pedrito tres patas? ¿No los habrá inventado Pepe?

 

(La penumbra viaja hasta el cuarto-piscina.)

 

LÁZARO.-    (Como en mitad de una descarga.)  Me tienen que retirar como me merezco, bróder... Si es que por fin me decido a colgar el guante.

PEPE.-   Disculpa, figura, pero esa bronca tienes que echarla primero en el banco de tu cabeza. ¿Te vas o te quedas?

LÁZARO.-   Debe ser bonito enseñar a los chamaquitos que cogen una pelota por primera vez en la mano. Pero yo no tengo mucha tabla pa'eso.

PEPE.-   A lo mejor te ponen de entrenador de un equipo.

LÁZARO.-   Qué va, mi socio. Los miles de kilómetros que uno tiene que rasparse sentado en una guagua, esta vida de dos o tres mujeres en la cabeza y ninguna en la cama; la jodedera de que tus hijos cuando le metan lápiz, te saquen una pila de años en los que casi no los viste... Eso nada más vale la pena por tal de jugar pelota.

PEPE.-    (Como ausente.)  Yo, a la de verdad, fui bastante malo, pero he sido estrella en todas las posiciones. Cerraba los ojos, a eso de las tres de la mañana, y la posada era el Latino con las luces nuevecitas. Hubo un tiempo en que fui tu quecher.  (Imita el estilo de los quechers.)  Espérate que te voy a pedir la bola que más le duele al bateador. Dale, ponía aquí, tira, Lachy.

 

(LÁZARO ha empezado los movimientos de picher, pero los deja en suspenso, impresionado por la confesión de PEPE.)

 

Pude ser un buen quecher en la vida real. Cuando se me junta lo que inventa mi cabeza y lo que pudo pasar ya no sé bien si fue una de esas mentiras que uno aprende a fabricar en el fondo del tanque para que las horas pasen. Pero de verdura, yo tenía buen brazo y poder en las muñecas. Lo que pasa es que también tenía 17 añitos de mierda y el viejo mío, que era un pan enchumbao en aguardiente, le encargó a dos que me cuidaran si a él le pasaba algo. Y cuando se pasó la soga por el pescuezo, de mis dos padrinos el peor fue el que se ocupó, pero de darme dos galletas y de querer quitarme la casa de mi madre. Jodió tanto que tuve que quitármelo de arriba.

LÁZARO.-   Cuenta conmigo, hermano. Lo más bonito me ha venido del lugar que menos me esperaba. Todo eso de que te admiren es muy sabroso, pero uno se hace la idea de que la gente se va del estadio y cuando llega a la parada ya desapareciste de su cabeza. Ojalá te hubiera conocido antes, compadre.

PEPE.-    (Dando por terminado su asunto.)  No es que me importe, ni que crea que pueda meterme, pero ¿tienes idea de qué vas a hacer?

LÁZARO.-   De aquí a la reunión de mañana, sé que el reloj no va a caminar, no importa dónde esté...  (Pausa.)  ¿Qué se traen entre manos tú y Tati? Háblame claro.

PEPE.-   Eso tienes que preguntárselo a ella.

LÁZARO.-   No te me vueles. Es que tengo miedo a no conocerla. Llegamos al aeropuerto hace cinco años. Y toda aquella vida juntos, toda la carne en latas que abrimos, calentamos y nos comimos se quedó atrás. Yo me monté en un carro, ella en otro, y cada uno a lo suyo. Ahora la cama ha sido sabrosa, pero no sé por dónde anda su mente. A lo mejor me creo cosas, me voy enamorando y cuando venga a ver el marido en vez de recoger los equipos y las paredes que dejó, se quita los zapatos, pone la cabeza en el colchón que él trajo, enciende el aire que le resolvieron y ya... se queda tranquilito, con su mujer al lado.  (Pausa.)  A la mía me la sé de memoria. Con Tati no tengo tiempo ni ganas de preguntar.

PEPE.-   ¿Y de responder, estelar?

LÁZARO.-   ¿Tú también me vas a echar un discurso?

PEPE.-   ¡Yo sí que no! Te tengo del cielo pa'rriba un par de metros. Te agradezco los ratos en que por andar detrás de tus numeritos no me revolqué más en la basura. Pero también estoy ardiendo en mis candelas. Cuando un posadero se retira no hay aplausos, ni quei, ni a nadie se le aguan los ojos en las gradas.

LÁZARO.-    (Rompiendo la emotividad.)  Podríamos poner un negocio juntos...

PEPE.-   ¿En serio? Lo más difícil sería encontrarle el nombre. Podría ser una cafetería y llamarse algo así como «El ponche y el robo», por aquello de unir lo del picher y el delincuente.

LÁZARO.-   Ese nombrete no te lo pongas, hermano. Que te lo digan otros, pero tú vas a ti. Y yo también.

PEPE.-    (Emocionado, con un saludo deportivo.)  Vamos, anda, a una dama no se deja sola en medio de un tablero.

LÁZARO.-   ¿Por respetarla o por miedo a que los peones quieran comérsela?

PEPE.-   Por las dos, doblete, capicúa, ambamente, inclusive.

 

(Apagón. Transición musical que va dando paso al Noveno Cuarto. Aún en la oscuridad se escucha la banda sonora de los ruidos de la posada, devenida ciudadela.)

 


Cuarto IX

 

El cuarto de la posada parece más estrecho, como si la invasión sonora y el cambio de ambiente marcaran otra atmósfera y otras dimensiones.

 

TATI.-   No debiste dejarlo solo.

LÁZARO.-   ¿Y nosotros, Tati?

TATI.-   Él me ha contado muchas cosas, tengo miedo de que tenga una recaída.

LÁZARO.-   ¿Te parece que debemos vivir juntos, comer juntos, dormir juntos?

TATI.-   Eso piensa el guajiro Renato.

LÁZARO.-   Y cualquiera diría que es la solución que a ti te gusta. A mí el tipo me cae muy bien para amigo mío, pero el trío va a tener que cantar bonito para oírse por encima de este concierto de ollas de presión.  (Pausa.)  Ayúdame, Tati. No sé qué vuelta va a dar mi vida a partir de mañana.

TATI.-   Tengo una cosa que decirte. Es una buena noticia.

LÁZARO.-   Aprovecha ahora, parece que están comiendo y la bulla bajó.

TATI.-   Yo estoy dispuesta a quererte vestido de pelotero, como entrenador, si te metes a cocinero o mejor aún desnudo.

LÁZARO.-   Lindo eso, sobre todo el final.

 

(Comienza un leve escarceo erótico.)

 

TATI.-   No te voy a hacer esta noche preguntas bobas. Cuando nos separamos llevabas puesto el calzoncillo que yo te lavé. En mis caderas sentía la presión de tus manos cuando mi marido me abrazó esa noche. Pero no me engañes, Lázaro, para convivir con la mentira sí me siento vieja.

LÁZARO.-   Yo no soy de tener dos mujeres, ni de vivir en ese correcorre. Si me voy de la pelota voy a sentir un hueco grande, no sé qué voy a hacer. Necesito a alguien que me haga cogerle el sabor a la novela de las nueve y que me alcance el cafecito caliente mientras llega el noticiero. Lo que no quiero es que mis hijos sigan viéndome a raticos.

TATI.-   Y yo necesito tener el mío. A las mujeres nos ponen esos límites. Si eres bailarina sabes que después de los 30 ya tienes que ir pensando en dar clases o montar coreografías, porque tu cuerpo no será el mismo. Y lo peor, desde la primera regla, te dan tu cuota de tiempo para ser madre y la vida no anda creyendo en palos japoneses, ni pichers retirados con ganas de recostar la cabeza.

LÁZARO.-   Sería un vacilón criar un niño, limpiarle las nalguitas como no hice con los otros, pero si todo falla voy a tener tres hijos a medias en vez de dos...

TATI.-   Entonces, ¿qué tú quieres, qué me propones, otra vez cada uno por su lado?

 

(Tocan a la puerta, primero muy suave, después más fuerte. El ruido ambiente ha vuelto a subir.)

 

Ojalá sea Pepe y no los que vienen a botarnos.

LÁZARO.-   Se me va a reventar la cabeza. ¿Hasta cuándo, dónde, con quién?

 

(TATI regresa con unas flores. No deberá ser un ramo, sino algo silvestre y original. Al ir a abrirlo cae un frasco identificable con un pomo de perfume o una botellita de ron. LÁZARO se tira de cabeza y la logra retener. Se la lanza a TATI como en cámara lenta. Los ruidos de los nuevos vecinos dan una tregua breve en la que alcanza a oírse la voz de PEPE que se aleja cantando.)

 

PEPE.-   «Madre mía de la Caridad, / ayúdanos, / ampáranos...».

 

(Apagón fugaz. Un silencio todavía más breve y muy lejos.)

 

 (Como en un susurro persistente.)  «Ayúdanos, / ampáranos...».

 

(TATI le tira el frasco-pelota a LÁZARO. No sabemos si ahora podrá capturarlo. Apagón final.)

 



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