Querido amigo: Me coge su carta en
un momento en que se viene sobre mí tal cúmulo
de trabajo, y sobre todo de asuntos imprevistos, que me es
imposible, imposible, imposible escribir el brazado de cuartillas
que usted con tan redoblada insistencia me pide, para encabezar
el tomo de las poesías en castellano de las obras
completas de su padre, el gran poeta Manuel Curros Enríquez.
¿Ni qué iba yo a decir tampoco del autor inmortal
de Aires de mi tierra y de El divino sainete? Ya han hablado
todas las plumas por él, todas las campanas, todos
los ojos humedecidos por el dolor, todas las liras, todos
los diarios. La pintura lo ha fijado con colores;
—VI→
el cincel
le ha dado la extática postura de lo eterno; la música
ha movido en su honor todas sus cuerdas; los oradores le
dieron la investidura de luz de la palabra. Las naciones
todas, que habían la misma lengua, le han aclamado
como a poeta, como a caballero, como a una encarnación
de la patria.
Yo tuve la honra, la gloria imperecedera de
que este hombre me quisiese entre los que más adoró.
De su pluma salió para mí una página
que parece burilada en bronce literario. Además deseó
consagrar un libro entero al análisis de mi labor;
pero este libro se lo llevó la muerte antes de nacer.
Su corazón me quiso con tal ardor, que yo no tengo
bastantes lágrimas para llorarle ni para bendecirle.
¡Qué lira tan completa la suya! Tenía un cordaje
para cada círculo humano: el de hebras de sol cantaba
los paisajes espléndidos de Galicia; el de fibras
dolorosas cantaba las luchas de su vida; el de látigos
políticos cantaba con risas amargas los combates sociales;
el de culebras cantaba lo tormentoso y grande, lo apocalíptico
y terrible. ¡Cuánto trabajó su corazón!
Yo reuniría todos los cordajes que él tuvo
para ensalzarlo, pues sólo con un millón de
fibras se podrá sinfonizar el alma desbordada y maravillosa
de este hombre, hecho con dolor, con risa, con bronce, con
alaridos. Le andaban por la piel
—VII→
espiritual todas las pasiones,
removiéndolo, encrespándolo como un mar sin
límites y sin fondo. ¡Qué quiere usted que
yo diga del Océano amargo, del Océano sin medida!
Poeta tan personal, que todo se lo arrancó de su propio
espíritu, el cual dio hecho hostia a los demás;
poeta que donde ponía la pluma ponía su marca
indeleble; poeta que daba su carne y su alma en el vaso del
verso para oficiar en un altar que nada derriba, debe ser
tomado como guía y como bandera. Que otras plumas
lo analicen con honda sabiduría, que otras plumas
acrisolen su mérito altísimo; yo, mi querido
amigo Adelardo, ni sé ni dispongo de tiempo para esa
labor. Plumas críticas magistrales tenemos a las cuales
puede usted pedir un soberbio estudio acerca de la labor
colosal de Curros. Yo no deseo más que romper a sus
pies todos los incensarios y quemar en su ara suprema todas
mis resinas.
Creame que no puedo, no puedo, no puedo.
Suyo
de todo corazón,
SALVADOR RUEDA.
NOTA. Le escribo
ésta al lado de una pobre enferma del corazón
que ve acercarse el fin de su vida; por eso ni premiosamente
puedo escribir una carta íntima.
—VIII→
Con las hermosas
líneas que anteceden contesta el soberano poeta malagueño
a una carta de Adelardo Curros, en la que éste pedíale,
no precisamente un prólogo, sino algo parecido a una
oración hecha rimas, para que figurase al frente de
este tomo.
Era tanta y tan inmensa la admiración
que el inmortal vate galiciano profesaba a Salvador Rueda,
que el hijo del llorado bardo creyó cumplir un deber
sacratísimo al solicitar unas líneas del insigne
autor de La Cópula para este volumen.
Salvador Rueda,
ese incomparable brujo de la rima, cuya musa es tan varia
y rica como la madre Naturaleza, ha respondido dignamente
al llamamiento.
En unos cuantos renglones, que valen oro
molido, y que nosotros no vacilamos en calificar como «ofrenda
de oro», el autor de Lenguas de Fuego unge con los divinos
bálsamos que brotan de su lira la veneranda memoria
del sublime Curros Enríquez. Esas pocas líneas
valen por el mejor de los prólogos, y por creer eso
publicamos la carta de Rueda dirigida a Adelardo.
El sabio
Carracido ha hecho una obra maestra al prologar El Maestre
de Santiago años ha. Después de lo que dicen
el pensador y el poeta hablando de la personalidad de Curros
Enríquez y de las bellezas que atesora este volumen,
sólo se nos ocurre decir: ¡Miel sobre hojuelas!
La publicación de un libro de Curros Enríquez
es acontecimiento que Galicia anuncia y espera con el regocijo
precursor de las grandes solemnidades. A tanto honor tiene
derecho quien la enalteció, cantando con vigoroso
aliento las estrofas más audaces del himno de su rehabilitación.
A la voz del poeta, hasta los indiferentes sacudieron su
perezosa apatía, y el estruendo de los aplausos, ahogando
las acriminaciones del fanatismo intolerante, resonó
más allá de las fronteras regionales, difundiendo
con la fama del genial o inspirado cantor los preciosos elementos
artísticos latentes en el espíritu de su pueblo.
El paladín generoso o infatigable de cuantos padecen
rigores del destino, al exclamar en un arranque de indignación:
Que eu pra querer nacin todo caído,
pra dar á mau á todo disgraciado,
—6→
robustecía
la palabra con el ejemplo, entregando sin reservas los tesoros
de su fantasía y la incorruptible firmeza de su carácter
al propósito andantesco de reivindicar la personalidad
social de Galicia, libertándola, por la propaganda,
del menosprecio de los extraños, y por la despiadada
flagelación, de la ruindad de sus propios hijos.
Servicios de tan alta estima, ¿qué menor premio podían
alcanzar que un perenne entusiasmo? Éste no se extingue,
ni siquiera se aminora en los conterráneos del poeta
gallego, porque el instinto de conservación, infalible
en las colectividades, les advierte que no podrían
incurrir en tal descuido sin mutilar su espíritu,
sin despreciar la voz de sus más íntimos sentimientos,
y sin exponerse a que abandonen sus banderas quienes más
valerosamente las tremolaron, que la constante indiferencia
entibia la abnegación aun en los corazones menos mundanos.
Impulsado por estos afectos, en que se mezclan la conciencia
del propio valer y la gratitud a quien sabe revelarlo, el
pueblo que antes lloró sus tristezas con la musa de
Rosalía, hoy anhela acentos de combate del numen de
Curros, para mostrar su vitalidad al arrojarse a la pelea,
y, movido por este afán interior, se regocija al solo
anuncio de que su actual poeta hace sonar de nuevo aquella
cuerda de su
...lira iorca
com'on coitelo fera,
com'on tronido rouca.
—7→
Quien por el solo prestigio del nombre tiene asegurada
la notoriedad de sus publicaciones, no debe agradecer éste
ni cuantos prólogos le dediquen sus más fervorosos
apasionados; el prologuista es quien recibe la honrosa distinción
de tener la palabra anticipadamente, sabiendo que ha de dirigirla
desde la tribuna que rodea numeroso auditorio; y en este
caso, a la inversa de lo que se acostumbra, el prologado
resulta heraldo del prologuista, confesión que, aun
mortificando mi amor propio, debo consignar, por ser el hecho
indiscutible.
Dispuesta así la escena, y presentado
yo en ella, ¿qué debo decir para no rebajar la grandeza
de la situación? ¿Exponer un juicio crítico
de la personalidad poética de Curros? No me siento
capaz de tal empresa, y hasta recelo de cuantos la intenten,
a modo de agrimensores literarios, aplicando las reglas de
los preceptistas a una figura que estimo en la categoría
de autoridad.
Las obras que se imponen por su valor son
señoras y no siervas de la crítica.
¿Discurrir
acerca de la poesía gallega? ¡Cómo predecir
su cielo de evolución, cuando está aún
en los comienzos el renacimiento de un pueblo que alcanzó
en la lírica puesto de preeminencia en siglos anteriores!
No será calculista, sino vidente iluminado por revelación
sobrenatural, quien se atreva a trazar toda la curva conociendo
tan sólo un pequeño fragmento de la línea.
Además, sería inoportuna esta tesis en el momento
—8→
actual, porque si es cierto que EL MAESTRE DE SANTIAGO está
inspirado en la historia de Galicia y vestido con la pompa
que la Naturaleza despliega en los frondosos paisajes de
la región que le sirve de escenario, no vibran en
él los acentos melodiosos que fueron
Fecundo nume d'o úneco Rey sabio
que no solio d'España tivo asento,
arpa inmortal
d'a doce Rosalía,
d'o infortunado Añón
himno postreiro.
¿Remover, en último término,
el litigio de las condiciones de existencia de la forma poética?
Respetuoso con todo aquello que es obra de los siglos, cuidada
y ensalzada por la Humanidad al través de las edades,
considero tan absurdo y presuntuoso creer en la desaparición
de las combinaciones métricas del lenguaje, como el
intento del revolucionario exaltado de arrancar bruscamente
las raíces históricas de las sociedades. Resistan
los espíritus de alto vuelo, sin renegar de las llamaradas
de su estro, a los desfallecimientos de las momentáneas
crisis, y contemplando el cuadro de la civilización
trazado por el decurso de los tiempos, no duden de la persistencia
de la forma poética ni del poder fascinador de la
fábula interesante, aunque generaciones literarias
de inventiva pobre la desdeñen, llamándola
engendro artificioso de un casuismo escolástico.
Las multiformes apariencias de las obras poéticas
—9→
se reducen en último análisis a corto número
de factores estéticos, tan persistentes o inmutables
como las emociones que, sin diferencias de lugar ni de tiempo,
agitan los espíritus, determinando el rítmico
oleaje que los lleva y los trae del frenesí entusiasta
al más inexorable pesimismo.
II
Desechando uno
tras otro los asuntos enumerados, ¿cuál es la intención
de este prólogo? Si al frente de un poema no se habla
de su autor o no se dilucidan cuestiones literarias, ¿qué
podrá decirse a los lectores que no les sea importuno
y fastidioso? ¿Por qué incurrir en la villanía
de gozar las ventajas de la reputación ajena para
no honrar después a quien las concede?
Si Curros
viviese poseído del afán de notoriedad, las
observaciones anteriores podrían cizañar nuestro
cariñoso afecto; pero su historia consecuente en el
vivir modesto y apartado del mundanal ruido, desdeñando
porfiadamente los halagos de la fama en cuantas ocasiones
le solicita para propagar su nombre, me garantiza que no
ha de molestarle que no consagre estas páginas a exhibir
su personalidad; antes al contrario, lo serio de su carácter
y lo alto de sus sentimientos me compelen a suponer que me
verá gozoso utilizar este momento en pro de una causa,
en
—10→
sostener una idea de mayor alcance que su panegírico
individual. Pero, aun colocado en este punto de vista, reconociendo
al fin que las ideas abstractas tienen su fundamento en los
hechos concretos, ¿por qué otra causa he de abogar
aquí que no sea la representada por nuestro poeta,
por la cual luchó y sigue luchando su espíritu?
En una de sus semblanzas mejor escritas, el panegirista,
que le llama «caudillo de nuestros jóvenes poetas»
y le confirma «la jefatura de la juventud de Galicia, que
se ve subyugada por quien también es joven y tiene
todos los sublimes anhelos y los bríos de los que
serán dueños del mañana», dice: «Él
no está en Galicia, pero Galicia está en él.
Su amor late vivísimo y ardiente en lo más
hondo de su corazón, y para ella son los más
secretos afanes de su alma, siempre soñadora, de sus
desfallecimientos, de sus horas negras».
En esta pintura
moral de Curros, en que se presenta el dualismo constituido
por la inexorable realidad en lucha con el ideal constantemente
anhelado, se retratan con bastante exactitud las funestas
consecuencias de la vida mezquina en que por obra de corruptores
influjos se revuelven las regiones españolas, y muy
principalmente Galicia.
A un pueblo que desea reconstituirse,
apercibiéndose para la lucha en el terreno del derecho,
es menester hablarle con ruda franqueza, para que vaya entendiendo
cuál es su verdadera alma
—11→
y cuál debe ser
el objeto preeminente de sus afectuosas atenciones.
Hora
es ya de que la reja del arado arranque de raíz la
maleza sembrada por el caciquismo político y abra
el surco en que sólo germine la semilla productora
del sano alimento que vigoriza los músculos y el cerebro
de quienes la cultivan. Mucho se habló y se habla
de democracia; pero juzgando por los resultados, pudiera
creerse que su predicación sólo tiene el aleve
propósito de que se la escarnezca al contemplar los
corrompidos productos de su mixtificación. ¿A qué
conduce repetir en las ocasiones provechosas que la soberanía
es inmanente en el pueblo, si en vez de ponerlo en condiciones
de ciencia y conciencia para influir en el rumbo de la vida
pública, se le emplea en labrar ídolos, que
sólo valen por la representación que se les
otorga? ¿Qué enseñanza edificante recibe quien
se ve obligado a reverenciar como seres de naturaleza superior
personas cuya audacia, perfidia, o ambas cosas a la vez,
son las únicas cualidades que las distinguen del común
de las gentes, brillando por el puesto que les cupo en suerte,
pero no por su propio mérito? La piedra soterrada
en los cimientos sólo se diferencia de la que ostenta
primores del cincel por la selección del artífice,
y olvidando este accidente de la casualidad, ¡cuántos
trozos de piedra berroqueña adoran los pueblos, sin
fijarse en que sólo tienen personalidad por la hechura
que los dieron! Espíritus pudorosos
—12→
que os escandalizáis
del positivismo filosófico, ¡cómo no os sonroja
el vuestro, sensual y grosero, que se prosterna ante el vellocino
de oro esperando poseer todas las cosas de la tierra para
amar a Dios sobre ellas! Galicia, levántate de la
abyección idolátrica en que te ha sumido el
engañoso artificio que suplanta con el símbolo
el objeto simbolizado, y apercíbete a honrar lo que
vale por su mérito intrínseco, sin subordinarlo
a lo que realzan hábiles oportunismos o sórdidas
aspiraciones.
Ante todo, y sobreponiéndose al medio
geográfico, constituyen, y principalmente consolidan
el sentimiento patrio, las manifestaciones más espléndidas
de la vida intelectual y moral.
Inglaterra se enorgullece
llamándose la patria de Shakespeare y Newton, como
Italia la de Dante y Galileo; Alemania busca los gérmenes
de su nacionalidad en el poema de los Niebelungen; España
en el Romancero, y hasta Portugal sostiene sus derechos a
la independencia, a pesar de lo indefinido de su frontera,
por las empresas marítimas de los siglos XV y XVI,
y más principalmente por haber producido a Camoens.
Aprended en estos hechos de somera observación a respetar
en su valor sustantivo los elementos perdurables de todo
organismo social. Galicia podrá hacer los diputados
que le plazca, y éstos llegar a ministros, o a otro
cualquier puesto, casualmente, o peor que casualmente, por
degradación; pero nunca el voto unánime de
sus cuatro provincias
—13→
formará un poeta ni un sabio.
Nombrando sólo a los muertos para evitar suspicacias
de los vivos, ¿qué caciques son los capaces de producir
a Pastor Díaz y a Rosalía Castro, a Cornide,
a Rodríguez y González y a Casiano de Prado?
Esta hegemonía de las gentes llamadas políticas
por la opinión pública, representa algo parecido
al triunfo del periódico sobre el libro; y en efecto,
nada más interesante que aquél en el momento
en que aún húmedo de la prensa, lo recoge el
lector. El capítulo más ameno del Quijote resulta
soso ante el último número de La Correspondencia; pero éste cae en absoluto olvido a las pocas horas
de su publicidad, y las aventuras del Ingenioso Hidalgo deleitan
a todas las generaciones, sin atenuar su encanto el transcurso
de los siglos. Pero este símil también nos
revela que, anteponer el histrionismo político de
quien halaga momentáneas pasiones a los merecimientos
del artista o del sabio, equivale a desdeñar a Cervantes
para oír exclusivamente los relatos de los noticieros.
Y a pesar de esta enorme diferencia, ¡las pasiones cómo
ciegan los espíritus y empequeñecen el criterio!
El austero Pastor Díaz, exceptuando un momento de
su vida, sólo se sentó en el Congreso representando
la provincia de Cáceres o la de Córdoba. Ahora,
después de muerto, su país natal le erige estatua;
pero en vida no le diputó para que le representara
en Cortes. Parece que un instinto suicida mueve a Galicia,
—14→
porque aquellos de sus hijos que por la solidez de sus méritos
pasan a la Historia, personalmente sólo los honra
cuando transponen los umbrales de la eternidad, y entonces
su patria, acusándose de ingratitud, llora amargamente
la pérdida que padece, y una y otra vez reproduce
la escena, perseverando en la impenitencia. ¡Cuántas
veces Rosalía, por los alrededores de Santiago, hoy
embellecidos por la magia de su arte, sólo cruzó
su mirada con la de las gentes sesudas y correctas que la
tachaban de estrafalaria! ¡Cuántas los cohetes y el
murmullo popular atronaron los aires saludando a uno de esos
personajes políticos, menesterosos de ideas y de vergüenza,
y recibieron en silencio a la inmortal poetisa! ¡Cómo
acibaró su larga agonía el contemplar que sólo
para otros sonaba la música de sus canciones! ¡Cuán
dolorosamente cierta resulta la queja de Curros, exhalada
en la traslación solemne del cadáver de la
autora de Follas novas:
¡Ay d'o que leva na frente unha estrela!
¡Ay d'o que lera no bico un cantar!
Sí, desdichado,
porque sólo después de satisfecha la voracidad
de las ruines pasiones, recibirán sus huesos descarnados
el homenaje debido a la excelsitud de sus méritos.
Despierta, Galicia, y fija la atención en tus intereses
permanentes; piensa en aquellos que por el arte, por la investigación
de tu pasado o por el poder de la ciencia te han de rehabilitar
ante los
—15→
que te denigran. Juventud que vienes a la vida
rebosando entusiasmo por la santa causa de la pequeña
patria, lee en Aires d'a miña terra aquella poesía
que la indomable entereza de Curros te dedicó, titulada
Tangaraños, y despreciando mezquinos y transitorios
intereses, no te arrastres ante el mérito dudoso o
negativo, por grande que sea su poder, para que a nadie haya
que pedir que trueque
N'unha gran xuventude d'estrelas
esta gran xuventude de
sapos.
Si en tu alma no se entibia el calor de los sentimientos
regionales, visita las tumbas de nuestros muertos ilustres
y edifícate en el ejemplo de su vida; pero no desatiendas
por ellos a los que aún nos guían en la jornada,
para que nadie pueda lamentar la indiferencia que con presentimientos
de mártir arrastra a nuestro poeta a decir en su Encomenda:
Si cand'a loita vaya
tropezo n'unha foxa,
os que, cal eu, subides
a traballosa costa,
cuando chegués
a cima
sagrada e vitoriosa,
¡arpas que saudedes
d'a nosa
patria a aurora,
d'a y'arpa acordaivos que fúnebre
queda
n'a noite d'olvido xemindo sin groria!
Hoy, Curros,
autorizado por su reputación, saca d'a noite d'olvido una leyenda romántica,
—16→
forjada en los arrebatos de
su adolescencia poética; pero en ésta, como
en las poesías gallegas, late vivísimo el amor
a su país y en nada contradice sus obras posteriores,
sin tener de qué avergonzarse al reimprimirla, sean
cualesquiera las inexperiencias de su primer ensayo. Galicia
debe honrar igualmente todas las producciones literarias
de su poeta; podrán diferir por los caracteres peculiares
del tiempo de su génesis; pero el sentimiento que
las inspira es idéntico. Que éste sea tan correspondido
como merece, es cuanto deseo al amigo que me ha honrado dejándome
estas páginas.
(Choza en un bosque; sobre
un haz de paja duerme un niño. En primer término
DOÑA DULCE, desmayada. A un lado, MAGDALENA. La escena
aparece iluminada por la luna.)
La leyenda que hoy reimprimo ha sido escrita hace
muchos años, cuando yo no contaba más que diez
y ocho. Sus versos figuran entre los primeros que escribí
en castellano.
Estudiando lejos de la patria el origen de
las órdenes militares, concebí la idea de escribir
una serie de poemas que, dado el carácter dramático
de aquellas fundaciones, pudiera resultar de grata y entretenida
lectura. Comencé la realización de este proyecto
escribiendo de un tirón, después de recoger
en la Historia los materiales apenas indispensables para
fijar la época y el nombre del protagonista, el primer
poema de la serie. La revolución de septiembre cambió
bien pronto el rumbo de mis ideas. Las Órdenes militares
estaban heridas de muerte; luchaban con el espíritu
moderno, y el poeta ya no tenía la misión ni
estaba en el deber de cantar el pasado. Convencido, pues,
de la esterilidad de mi trabajo, renuncié a aquel
propósito, pero renuncié tarde, cuando ya había
concluido EL MAESTRE DE SANTIAGO, que durmió cuatro
años entre mis papeles y que no hubiera publicado
nunca de no pedirme original un periódico de provincias,
y que hoy no reimprimiría de no exigírmelo
el proceso evolutivo de mi humilde historia literaria.
—138→
Escribir una leyenda y no dejarse influir por Zorrilla,
es imposible: él y sólo él tiene las
llaves de los «tiempos viejos», el secreto de la evocación,
la vara de los conjuros. Desde Larrañaga hasta Núñez
de Arce y Manuel del Palacio, todos coinciden con el mágico
autor de Margarita la Tornera, mal que pese a la tendencia
monométrica con que el autor de El Vértigo
y de Hernán el Lobo trata de disfrazar su marcado
proselitismo. Todos los caminos de la leyenda están
tomados por el coloso; todas las maneras de cantar el asado,
ensayadas poderosamente por ese Proteo de la rima, que ha
elastizado como nadie, dislocándola a veces, pero
haciéndola saltar siempre luminosa y triunfante, como
una fiera domada, la rica lengua española.
Yo sigo
sus huellas en EL MAESTRE DE SANTIAGO, y las sigo a sabiendas,
porque creía al escribirla, y sigo creyendo ahora,
que el género que tanta gloria ha dado al insigne
Zorrilla, y que él hizo tan nacional, lejos de estar
llamado a desaparecer como piensan algunos espíritus
poco atentos, ha de tener un segundo florecimiento, que acaso
se inicia ya, y que, por raro privilegio, parece destinado
a presidir en su venerable ancianidad el fecundo maestro
de tres generaciones de poetas.
Hecha esta declaración
y la de que en mi obra existen anacronismos que ya hice notar
en otra parte, uno de los cuales es la descripción
del Santuario del Cristal, de fundación muy posterior
a la época de que trato, anacronismos que no he querido
subsanar porque no afectan al drama y por conservar en mi
trabajo toda la espontaneidad y frescura de las primeras
inspiraciones, doy por terminada esta nota.
Representada
en el Teatro de Orense, el 3 de junio de 1870, por la Compañía
Infantil dirigida por D. Luis Blanc.
Esta obra se imprimió en dicha capital en el establecimiento
tipográfico de D. Antonio Otero el año 1880.
—141→
Sr. D. José Ogea.
Querido
Pepe: Pensaba no dar a la estampa esta obrita, que hoy te
dedico, por dos razones: la primera porque es mala, y no
habrá quien me haga creer lo contrario, dada la premura
con que la escribí, y la segunda porque, sin querer,
he ofendido con su representación a la benemérita
y respetable clase diaconal, cuyo pudor teológico
mortifiqué sensiblemente con la solución que
me plugo dar a los amores de Fray Diego y Marta, y con la
presentación en escena del Padre Feijoo, tal y como
yo lo comprendo, que es, punto más, punto menos, como
lo juzga la Crítica y nos lo presenta la Historia.
Presbítero hubo la noche del estreno que, parapetado
tras la rejilla de un palco de luto (localidad de nuestro
coliseo, cuya conveniencia arquitectónica y moral
no me pude explicar todavía), se reía a carrillo
abierto de que yo concediese a los Papas la facultad de dispensar
solemnes votos, así como de que hiciese descender
la seriedad de nuestro ilustre monje al extremo de convertirlo
en protector decidido de unos amores terriblemente mundanos.
Confieso mi ignorancia; yo creía, en cuanto a lo de
las facultades, que el Papa que las tuvo para anular los
votos de don Ramiro el monje, rey de Aragón, y los
de César Borgia, duque de Valentinois, podía
también tenerlas, pues de un caso análogo se
trata, para anular o dispensar los de Fray Diego,
—142→
por
aquello de que el que hace un cesto hace ciento. Respecto
al sabio de Casdemiro, creía, y lo que es más
grave, sigo creyendo aún, que como quiera que no se
trata de un cabecilla carlista, ni de uno de aquellos fanáticos
monjes de la Edad Media, cuya existencia se hacía
notar por el odio que a todas las cosas del siglo profesaban,
no había para que disputarle la facultad, connatural
a todo bicho viviente de sentir las desdichas del prójimo
y tomar parte en ellas, entendiéndose por todo bicho
viviente todo hombre que no haya pertenecido, pertenezca
o esté en peligro de pertenecer al partido absolutista.
Por lo demás -y salvo
el parecer de los teólogos vergonzantes que me censuraron,
los cuales es natural que en materia de cánones no
opinen ni puedan opinar en su vida como nuestro distinguido
paisano el Sr. Montero Ríos, a quien (entre paréntesis)
la exclaustración de Fray Diego ha parecido perfectamente
justificada y tanto más lógica y corriente
cuantas más razones de carácter histórico
y filosófico pudieran aducirse en su abono-, todos
cuantos calificativos haya podido merecer a esos señores,
más o menos alentados por algún sochantre de
levita y vista corta, con motivo de la representación
de EL PADRE FEIJOO, me tienen sin cuidado; que con algo había
de compensarse a su autor la inmensa satisfacción
que recibió con las aclamaciones de que ha sido objeto
y el placer que le produjo descubrir aquella noche en el
teatro, por encima de un verdadero mar de cabezas humanas,
las de más de una docena de individuos del clero,
cuya presencia en aquel sitio se justifica: mucho menos que
el desenlace de mi obrita, no sólo desde el punto
de vista de los cánones, de las leyes de Partida y
de la disciplina que prohíben- ¡mal prohibido!- a
los curas asistir a estos espectáculos, sino también
desde el de la estética, del ornato y la salubridad
pública.
He dicho que
no pensaba publicar esta loa y es la verdad; pero tú
me has dedicado un bello trabajo, no has querido
—143→
creerme
cuando te hablé de la insignificancia del mío,
y para que te convenzas, lo publico.
Léelo,
pues, y cuando lo hayas terminado, coge la tijera y haz de
sus hojas pajaritas del papel tus niños. Tuyo de corazón,
M. Curros
Orense, agosto 1880.
—144→
PERSONAJES
ACTORES
MARTA
SEÑORITA BLANC
LA POSTERIDAD
SEÑORITA GÓMEZ
EL PADRE FEIJOO
SEÑORITA FIGUEROA.
FRAY DIEGO
SEÑORITO
RODRÍGUEZ (T.).
FRAY LUIS ARAÚJO
SEÑORITO PORTILLO.
HERMANO JOSÉ,lego
SEÑORITA GÓMEZ.
HERMANO MENDO,
íd.
SEÑORITA VIVERO.
ARAGONÉS 1.º
SEÑORITO RODRÍGUEZ (A.).
ARAGONÉS 2.º
SEÑORITO MOLINA.
ARAGONÉS 3.º
SEÑORITA COBOS.
Comparsa.
La escena pasa en el convento de San Vicente
de Oviedo, próximamente a mediados del último
siglo.
El teatro representa una celda bastante espaciosa.
A la derecha del actor, una ventana que da a la calle y una
puerta; otra al fondo; éstas practicables. A la izquierda
puerta, mesa de escritorio con recado y sillón de
vaqueta; detrás de la mesa, estantería.
Escena I
HERMANO JOSÉ y HERMANO
MENDO; legos.
(Entretenidos
en hacer el aseo de la celda.)
HERMANO JOSÉ
No hay para esta celda escobas
que
basten. ¡Por San Andrés!
Tres veces limpié,
y las tres
como si no...
HERMANO MENDO
¿Tres?
¡Son bobas!
Vos tres, yo dos: cinco son.
5
HERMANO JOSÉ
¡Oh, manía de escribir,
con la cual no hay que
pedir
limpieza a una habitación!
Será
torpeza quizá
mía, que de ello no entiendo;
10
mas, la verdad, no comprendo
que haya escritores.
HERMANO MENDO
¡Ya,
ya!
HERMANO JOSÉ
Porque es lo que digo yo:
con emborronar papel,
—146→
¿qué saca en limpio
para él
15
el Padre Maestro Feijoo?
¿Tesoros?
¡Bah! Patarata.
¿Amigos?... Sembrar en yermo:
si
el Padre cae hoy enfermo
el médico nos lo mata.
20
De veinte años acá, son
tantos los
que tiene enfrente,
que hasta le ha metido el diente
nuestra Santa Inquisición.
Lo dicho: mejor
se está
25
manducando que escribiendo.
¡A tal
tiempo, hermano Mendo,
hemos llegado!
HERMANO MENDO
¡Ya,
ya!
HERMANO JOSÉ
Yo, la verdad a decir,
tengo mi opinión formada
30
del que escribe:
para nada
sirve... que no sea escribir.
Lo cual,
en mi cortedad,
me hace ver que un escritor
es la
desgracia mayor
35
para una Comunidad.
Aquí
no debiera haber,
porque eterna la paz fuera,
más
que gente que supiera
orar, callar...
HERMANO MENDO
Y
comer.
40
Soy de esa misma opinión.
HERMANO JOSÉ
Pero ya se ve, de ciento,
no entran hoy en el convento
dos hombres con vocación.
¡Así anda
ello! Así está
45
la Orden desacreditada,
perseguida y calumniada,
y... sabe Dios si...
HERMANO MENDO
¡Ya,
ya!
HERMANO JOSÉ
Y es vano buscar remedio
—147→
al mal que nos embarulla.
50
No ha mucho que la cogulla
tomó un fraile que, tal tedio
tiene al claustro
y al sayal,
que, en el furor que le abrasa,
prenderá
fuego a esta Casa
55
y la sembrará de sal.
HERMANO MENDO
¡Santo Dios! ¡Y que así juntos
buenos y malos
estén!...
¿Y quién es el monje?
HERMANO JOSÉ
¿Quién?...
De que es Fray Diego hay barruntos.
60
HERMANO MENDO
Ese será... porque oí
decir que a ciertos
amores
del siglo, algo pecadores,
se debe el que
entrase aquí.
HERMANO JOSÉ
¡Hola! ¿También
sabéis vos
65
esa historia?...
HERMANO MENDO
Si
no es ciego,
todo el que observe a Fray Diego
la
sabrá como los dos.
Es hombre que se clarea
y a poco que lo sonsaque,
70
nota cualquier badulaque
de cuál de los pies cojea.
HERMANO JOSÉ
En fin, la cosa así va.
si San Benito levanta
su santa frente, se espanta
75
viendo su Casa.
HERMANO MENDO
¡Ya,
ya!
(Al ver salir a FRAY LUIS ARAÚJO
y FRAY DIEGO interrumpen su faena y desaparecen.)
—148→
Escena II
FRAY LUIS ARAÚJO
y FRAY DIEGO.
(El primero es portador de algunos
pliegos para el PADRE FEIJOO.)
FRAY LUIS ARAÚJO
Contened vuestra aflicción,
hermano, y pues decisión
fue vuestra el siglo trocar
por una vida ejemplar,
80
pedid a Dios vocación.
FRAY DIEGO
¡Nunca
la tuve; es en vano!
FRAY LUIS ARAÚJO
Ved lo que decís, hermano.
¡No hay redes como
estas redes!
FRAY DIEGO
¡Ah! Mi espíritu profano
85
se ahoga entre estas paredes,
lejos de aquí
rodar siento
el mundo en confuso son,
como hondo
mar turbulento,
y con secreta atracción
90
le sigue mi pensamiento.
No están aquí
aquellos santos
recuerdos que al alma dan
tanta paz,
consuelos tantos
en ese mundo de encantos
95
en que
se vive de afán.
No están aquí los
objetos
de nuestros tiernos cariños,
los guardadores
discretos
de aquellos dulces secretos
100
de nuestra
vida de niños.
Y tan lentas y pesadas
suenan
para el corazón
las horas aquí pasadas,
que llegan a ser odiadas
105
la virtud y la oración.
—149→
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Jesús, hermano!
Decís
tales cosas que ¡por Dios!...
FRAY DIEGO
Los que otro amor no sentís
que el del claustro
en que vivís,
110
no sabéis...
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Luego
amáis vos?
FRAY DIEGO
¿Si amo?... Vos, hermano
mío,
a quien todo lo confío
porque
nada os he ocultado,
¿no lo habéis adivinado
115
en mi semblante sombrío?
Pues si no amara,
¿por qué,
falto de gracia y de fe,
alma proterva
y mundana,
la vida del claustro insana
120
como un
suplicio abracé?
FRAY LUIS ARAÚJO
Me espantáis.
FRAY DIEGO
¡Oh,
por favor,
no lo reveléis... Mi amor
es una
historia vulgar...
amo... como puede amar
125
un condenado!
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Qué
horror!
FRAY DIEGO
Niño era yo. Fenecía
del sol el último rayo,
blando el céfiro
gemía;
como una oración subía
130
la luna por el Moncayo.
¡Tarde hermosa! En mi redor
alzaba grato rumor
la selva agreste y sombría.
Todo era amor... Yo leía
135
a Ovidio -¡todo
era amor!-
¡Ah! Si el hombre no ha de amar,
impedid
que corra el río,
que el sol luzca y brame el
mar,
que no pueblen el vacío
140
¡ni un aroma
ni un cantar!
—150→
Abierta el alma vehemente
a esta
poesía infinita
me estremecí de repente,
cerré el tomo, alcé la frente
145
y
vi a mi lado una ermita.
Por instinto, no por fe,
traspuse su puerta franca
y absorto viendo quedé
de bella imagen al pie
150
una mujer, bella y blanca.
Su cabeza parecía
que a la imagen disputaba
el nimbo áureo que ceñía.
¡Tanto
del sol que moría
155
al limpio rayo brillaba!
No habéis soñado jamás
labios
tan puros y rojos,
y no han nacido quizás
pestañas que celen más
160
la hermosura
de unos ojos.
La vi y la amé; mas ¿por qué...,
si ella rica, pobre yo,
tan desventurado fue
como el que yo la juré
165
el amor que me juró?
Hija única, heredera
de una fortuna, su padre
la prohibió que me quisiera,
trocando, mal
que nos cuadre,
170
nuestra ventura en quimera.
Y
hasta tal punto llegó
nuestro común sacrificio,
que hoy ya dos años cumplió
que ella
en un convento entró,
175
cuando yo aquí
de novicio.
Ved, pues, si razón habría
para vivir tan sin calma
desde aquel nefasto día,
—151→
y si vocación tendría
180
quien lleva
como yo el alma.
Ya toda esperanza huyó,
y
en todo igual nuestra estrella,
todo entre ambos acabó;
pues tal como lo hice yo
185
habrá profesado
ella.
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Oh! ¡Mucho debéis
sufrir!
Mas si sabéis olvidar
dichoso podréis
vivir.
FRAY DIEGO
No, no; mejor es morir,
190
porque morir es no amar.
FRAY LUIS ARAÚJO
En tal situación estáis
que ni un remedio
adivino...
FRAY DIEGO
Iré a misiones.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Soñáis?
FRAY DIEGO
Me haré matar.
FRAY LUIS ARAÚJO
¡¡Blasfemias!!
195
FRAY DIEGO
¡Así se cumple el destino!
FRAY LUIS ARAÚJO
Seréis un malvado.
FRAY DIEGO
No,
cuando Dios lo quiere así.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿La que amáis no os olvidó?
FRAY DIEGO
¿Pudiera olvidarla yo?...
200
¿Cómo ha de olvidarme
a mí?
FRAY LUIS ARAÚJO
Nos oyen...
(Ambos se alejan, volviendo con curiosidad la
cabeza hacia la izquierda, por donde entra en escena el PADRE
FEIJOO. Al verlo el PADRE ARAÚJO hace una profunda
reverencia y se queda en el foro esperando ocasión
de hablarle. FRAY DIEGO se aleja.)
—152→
Escena III
EL PADRE FEIJOO.
(Grave y
majestuoso, pero sin afectación, aparece revisando
un ejemplar de la primera edición de sus Cartas eruditas.
Su andar es reposado, como conviene a un monje de edad provecta;
su voz insinuante, dulce y simpática por extremo,
no carece de cierta energía, sobre todo cuando se
dirige a sus detractores.)
¡Bella
impresión!
¡Bien por el Padre Sarmiento,
que
vio con detenimiento
las pruebas de la edición!
205
Visadas por Fray Martín,
ya el criticastro
Mañer
no dirá, cual dijo ayer,
que
no sé escribir latín.
Ni Osorio, haciendo
un puñal
210
de un nombre al descuido puesto,
se vendrá a mí descompuesto
como a la
presa el chacal.
¡Oh!, zoilos de vil calaña,
a quienes sin culpa di
215
con las obras que escribí
ocasión de burla y saña;
partidarios
del error,
en cuya noche sombría
huérfano
el pueblo gemía
220
sin norte y sin redentor;
cobardes impugnadores,
que os nutrís de mi
honra herida
como la larva dormida
de las hojas de
las flores:
225
¡heme aquí de nuevo! Aún
late
lleno de fe el pecho mío,
y con más
fuerza y más brío
—153→
me presento hoy
al combate.
Si a vuestras ansias malditas
230
no bastó
mi Teatro entero,
¡morded el tomo primero
de mis
Cartas eruditas!
Escena IV
(El
mismo; FRAY LUIS ARAÚJO, adelantándose.)
FRAY LUIS ARAÚJO
Padre Reverendo...
EL PADRE FEIJOO
Dios
os guarde, Padre Araújo.
235
FRAY LUIS ARAÚJO
La posta estos pliegos trujo
con la nema para vos.
EL PADRE FEIJOO
¿Hay algo más?
FRAY LUIS ARAÚJO
Padre,
nada;
es decir..., como no sea
que el pueblo otra
vez rodea
240
esta tranquila morada
y pide pan...
EL PADRE FEIJOO
(La
sequía
es hogaño general.)
Tomad todo
mi caudal:
cien ducados que me envía.
245
Mi
librero de Madrid;
se los daréis, mas con modos
que alcance lo poco a todos.
Como siempre repartid.
(Abre un pliego y se entera rápidamente de
su contenido.)
(¡De Roma!) Al punto anunciad
250
de urgente y preciso a título,
que se reúna
en capítulo
toda la Comunidad.
FRAY LUIS ARAÚJO
(¡Noble corazón!)
—154→
Escena
V
PADRE FEIJOO, solo.
Veamos
Lo que nos trae la Mala.
255
¡Un libelo! Autor...
anónimo
(Leyendo.)
¡Con Rabelais
me compara!
¿Dónde está mi Pantagruel,
mi escepticismo, mi sátira?...
¡Habla de Voltaire!
¡Voltaire!
260
Soy yo más viejo... Me llama
monstruo cartesiano, hereje,
hugonote, iconoclasta...
¡No me conoce sin duda
quien de este modo me trata!
265
Dice que vierto doctrinas
heréticas e inhumanas;
y... ¿dónde están? ¡No las cita!
¡Ah!
Comprendo estas infamias.
Así se logra excitar
270
los ánimos; así, rauda,
como la
mancha de aceite,
la calumnia se propaga,
y es una
chispa un incendio,
y es un copo una avalancha,
275
y muere Savonarola,
y se condena a Mariana,
y la
hoguera centellea...,
¡y enmudece la palabra!
(Pausa.)
Mas... ¿qué importa? Miserable
280
impostor, ¡me insultas! ¡Gracias!
Tus calumnias
me engrandecen;
tu elogio me avergonzara.
(Abre
otro pliego.)
—155→
Carta del rey don Fernando.
No hay duda, aquí están sus armas:
285
me anima a que continúe
las tareas comenzadas
y a que ante nada me arredre
ni me acobarde por nada.
¡No lo encarguéis!... Cual las rocas
290
que
ocultan mi cuna patria,
mi voluntad así es firme
e inmutable mi esperanza...
-«Palacio del Quirinal»-
A ver qué nos dice el Papa.
295
(Se entera.)
Me concede lo pedido...
Hijo querido me llama,
y dice que son mis libros
su lectura cotidiana.
Mas... ¿qué veo?
(Con asombro.)
¿A
mí una púrpura?
300
¡Santo Padre! ¡No, me
basta
vuestro recuerdo, que llena
de íntimos
goces mi alma!
Todo lo demás es humo,
todo
lo demás mundanas
305
glorias son, que me desvelan
y que redoblan mis ansias.
Mientras tenga en mi tintero,
no en hiel ni en sangre mojada,
una pluma, con la
cual
310
pueda luchar a mis anchas
contra el vulgo,
cuya frente
ciñe nubes de ignorancia;
mientras
con ella me sea
dado extender mi palabra,
315
buril
para la verdad,
para los errores hacha;
mientras
viva en mi retiro
en dulce y serena calma,
seré
feliz... Ni más quiero,
320
—156→
ni otra cosa me hace
falta.
(Vase. Mientras se aleja se oye en la calle,
al son de las bandurrias, esta canción.)
Para un pecador un Papa,
para un moro
un zancarrón;
para los aragoneses
el sabio
Padre Feijoo.
325
¡Alto
la litera!
Que
ya terminó
nuestra
afortunada
peregrinación.
Escena VI
MARTA, ARAGONESES, FRAY
LUIS ARAÚJO; después FRAY DIEGO.
FRAY LUIS ARAÚJO
Dígnese vuestra merced
330
pasar y tomar asiento,
que la jornada fue larga
y ha de querer...
(Señalando una silla a MARTA.)
MARTA
Sí,
por cierto.
ARAGONÉS 1.º
¡Chiquios, entraisos!
ARAGONÉS 2.º
¿Mas
dónde
está el Padre?
FRAY LUIS ARAÚJO
Podréis
verlo
335
en el próximo salón
pasados
unos momentos.
Está orando; os le anuncié
y allá en salir quedó presto.
ARAGONÉS 1.º
¡Es un mozo templaíco!..
340
¡Vaya una pluma!
FRAY LUIS ARAÚJO
Es
ya viejo.
MARTA
(He visto ya tantos monjes
¿Dónde
estará? ¿Por qué tiemblo?)
—157→
ARAGONÉS 1.º
¿Viejo? Pues no lo parece.
FRAY LUIS ARAÚJO
Con sus sesenta lo menos.
345
ARAGONÉS 1.º
¡Pobrecico! Habrá sufrido
mucho, ¿verdad?
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Ya
lo creo!
como que los envidiosos
de su nombre y su
talento
no lo dejan disfrutar
350
hora de paz ni sosiego.
Por cada libro que lanza
a luz el Padre Maestro
le devuelven cien injurias
en otros tantos folletos.
355
ARAGONÉS 2.º
¡Toma! No a todos conviene
se abran los ojos al pueblo.
Por eso decapitaron
a nuestro buen caballero
don Juan de Lanuza.
FRAY LUIS ARAÚJO
Hermano,
360
no hablemos, no hablemos de eso...
Lo que el rey
hace hecho está.
ARAGONÉS 2.º
Pero
puede estar mal hecho.
FRAY LUIS ARAÚJO
Ya, pero...
ARAGONÉS 2.º
No,
si hablo mal
callaré.
FRAY LUIS ARAÚJO
Pues
bien, callemos...
365
ARAGONÉS 2.º
Lo que yo
le digo, hermano,
es que a verme en el pellejo
del
Padre Feijoo, le rompo
al que me ultraje los huesos.
Mire su merced: no ha mucho,
370
encontrándome
leyendo
un tomo del Teatro Crítico,
mal y
todo como leo,
el médico del lugar
llegó
y me dijo: -Prudencio,
375
¿qué estás leyendo?
-El Teatro,
repuse. -¿Y qué tal...? -¡Es bueno!
—158→
Ya el aceite derramado
no es anuncio de siniestros,
ni debe estudiarse sólo
380
para cura en los
colegios;
ya la mujer sirve más
que para el
uso casero;
ya no son las salamandras
medio contra
los incendios;
385
ya no hay vampiros, ni duendes,
ni brujas para un remedio,
ni se cura con sangrías
a toda clase de enfermos.
Picose el físico
entonces
390
y entre mohíno y colérico
dijo: -El autor, tú y el tomo,
juntos debéis
ir al fuego.
-¿Al fuego el Padre Feijoo?...-
Contesté,
y esto diciendo
395
le arrimé cuatro sopapos,
y alcé el tomo tan a tiempo,
que sólo
por no mancharle
no se lo enterré en los sesos.
ARAGONÉS 3.º
¡Recontra, que estuvo bien!
400
FRAY LUIS ARAÚJO
Pues yo, hermanos, no
lo apruebo,
y el Padre Feijoo es seguro
que cual
yo condena ese hecho.
Batallador tolerante,
busca
en la razón su acero,
405
y si confunde el error
guarda al que yerra respeto.
ARAGONÉS 2.º
Pues mientras el Padre Abad
no se valga de otros medios...
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Oh, nunca!
ARAGONÉS 2.º
¿Cuánto
apostamos
410
a que ya nadie en mi pueblo
se atreve
a hablar mal del Padre?
ARAGONÉS 3.º
¡Bien
seguro!
FRAY LUIS ARAÚJO
Y...
¿con qué objeto
—159→
venís; se puede saber?
ARAGONÉS 1.º
Por verlo.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿No
más?
ARAGONÉS 2.º
Por
verlo.
415
¿No vienen a verlo condes
y duques de extraños
suelos?
Pues ¿por qué no hemos nosotros
de
venir también?
FRAY LUIS ARAÚJO
Es
cierto.
Y el portón de nuestro asilo,
420
cerrado
al mundano estruendo,
para los que cual vosotros
nos honran, siempre está abierto.
Mas sólo
por conocer
al Padre Feijoo no creo
425
que vengáis
todos.
ARAGONÉS 3.º
Todicos.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Con tal tiempo y de
tan lejos?
ARAGONÉS 1.º
Quince días
de camino
nada más.
ARAGONÉS 2.º
Ni
más, ni menos.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Y todos a pie?
ARAGONÉS 2.º
(Con intención.)
No
hay bestias
430
en Aragón, ni zopencos...
MARTA
(No sé por qué siente el alma
terribles
presentimientos.
¡Oh, cruel incertidumbre!
¿Estará
aquí?... ¿Se habrá muerto?...)
435
FRAY LUIS ARAÚJO
Mucho tiene, ciertamente,
nuestro abad que agradeceros.
Esa larga caminata
desde Aragón a Oviedo
hecha por vosotros, pobres
440
campesinos, del deseo
guiados de conocer
al crítico insigne, pienso
que no ha de olvidarla nunca.
ARAGONÉS 3.º
¡Otra! ¿Y qué hay de extraño en ello?
445
—160→
Pues ni aun con esto pagamos
lo mucho que lo debemos.
Gracias a sus libros, gracias
a sus agudos consejos
sobre el cultivo del campo,
450
tenemos nuestros graneros
llenos, y nuestras cosechas
van mejorando y creciendo
de año en año; y esto sólo
en lo que nos toca al cuerpo,
455
que por lo demás...
ARAGONÉS 2.º
Y
diga
su merced, que tengo empeño
en saberlo:
¿de dónde es
el Padre Feijoo? ¿Es gallego,
como dicen?
FRAY LUIS ARAÚJO
De
una aldea
460
de Orense.
ARAGONÉS 2.º
¡Pues
no lo creo!
TODOS
¡Gallego! Ja, ja, ja, ja.
(Riendo.)
ARAGONÉS 2.º
Repito que eso no es cierto.
ARAGONÉS 3.º
¿Gallego? Pues yo creía
que aunque fecundo ese suelo,
465
no producía
otra cosa
más que patatas y pleitos.
En fin...,
que dé frailes..., pase;
pero ¡frailes con talento!...
FRAY LUIS ARAÚJO
Pues ahora me toca
a mí
470
deciros: «Ni más, ni menos.»
Y
por lo mismo que es raro,
es más meritorio el
hecho.
¿Lo dudáis? Pues hacéis mal...
ARAGONÉS 2.º
Si nosotros no lo hacemos
475
por mal; sólo que nosotros
no nos chupamos el
dedo.
ARAGONÉS 3.º
¿Conque galleguiñu?
¡Vamos!
¡Quién sabe! Pudiera serlo,
pues
aunque ya no hay milagros,
480
—161→
a veces, dice el proverbio
que donde menos se piensa...
ARAGONÉS 2.º
Es claro: ¡salta un gallego!
FRAY DIEGO
Hermanos,
en el salón
nuestro Padre Reverendo
485
espera
vuestra visita.
ARAGONÉS 1.º
Vamos.
(Vanse. MARTA quiere seguirles.)
FRAY LUIS ARAÚJO
Si
no os es molesto,
esperadle aquí, señora;
vendrá pronto.
FRAY DIEGO
(Reconociendo
a MARTA.)
¡Marta!
MARTA
(Ídem a DIEGO.)
¡Diego!
Escena VII
MARTA y FRAY DIEGO.
MARTA
(¡Ah! Del placer el exceso
490
me matará.)
FRAY DIEGO
(Con desesperación.)
(¡Yo
profeso!)
¡Oh, Marta!... Mas ¿cómo aquí
tú y entre esta gente; di,
alma mía,
mi embeleso?
MARTA
¡Ah! Es tan grande mi emoción
495
que temo por mi razón.
FRAY DIEGO
¡Cálmate,
por Dios; lo ansío!
MARTA
(¡Aún vive!
¡Gracias, Dios mío!
No fue inútil mi oración.)
FRAY DIEGO
Cuán bella estás y agraciada
500
de ese disfraz ataviada.
Mas ¿cómo ha podido
ser?...
MARTA
Para un alma enamorada
todo es fácil
de vencer.
(Pausa.)
Dos años ha
por mi mal,
505
que al precepto paternal
cediendo, duro
y violento,
novicia entré en el convento
—162→
de monjas de San Pascual.
¡Cuánto dolor y
amargura
510
en silencio devoré
mientras duró
mi clausura!
¡Cuánto aquella sepultura
con mis lágrimas regué!
No estaban allí
los santos
515
recuerdos que al alma dan
tanta paz, consuelos
tantos,
en ese mundo de encantos
en que se vive
de afán...
No hallaba allí los objetos
520
de nuestros tiernos cariños,
los guardadores
discretos
de aquellos dulces secretos
de nuestra
vida de niños...
Y tan lentas y pesadas
525
fueron
para el corazón
las horas allí pasadas,
que a ser llegáronme odiadas
la virtud
y la oración.
Unos tras otros, los días
530
fueron para mí pasando
sin placeres ni alegrías,
en mis hondas agonías
y en tu cariño
pensando.
Murió mi padre: el tormento
535
que
esta nueva causó en mí
no tiene encarecimiento,
y por ti, sólo por ti,
dejé entonces
el convento...
Ya en mi hogar, y en ocasión
540
de hallarme en mi habitación,
triste y sola,
de amor presa,
la rondalla aragonesa
sentí
bajo mi balcón.
Siempre ese canto admiré
545
dulce, patriótico y blando...
—163→
Al alféizar
me asomé
y varios hombres miré
que
se alejaban cantando...
Su cantar era el cantar
550
de
la Virgen del Pilar.
-¿Adónde vais? -grité
yo-,
y pronto creí escuchar:
-¡A ver al
Padre Feijoo!
-¿Vais a Oviedo? Yo también,
555
si me queréis -dije-, iría.
-¿La señorita?
Pues bien
-me contestó no sé quién-:
¡Mandaréis la compañía!-
Así,
en esta expedición,
560
por no excitar la atención,
de estos paños disfrazada
vine a verte,
rodeada
de los hijos de Aragón.
FRAY DIEGO
¡Ah! ¿En mal hora?...
MARTA
¿Por
qué así?
565
¿No hay ya en tu pecho amor?
FRAY DIEGO
Hayle;
pero el que te amaba a ti
murió. De él
tan sólo aquí
queda lo que ves... ¡un fraile!
MARTA
¡Cómo! ¡Dios mío!
FRAY DIEGO
No
sé
570
cómo ha sido... Fe por fe
quisieron...
votos por votos,
y yo a los míos falté
porque los tuyos creí rotos.
MARTA
¡Ah! ¡Dudar
de mí! ¡Eso más!
575
¡Oh, no me amaste jamás!...
Ciega el alma me engañaba...
FRAY DIEGO
(¡Aún esa gota faltaba
al cáliz de Satanás!)
¡No amarte yo, si te adoro!
580
(Con ternura.)
Marta, te amo de tal suerte,
—164→
que estas lágrimas
que lloro
diciéndote están a coro
que tanto amor es mi muerte.
No conmigo hasta ese extremo
585
lleves tu duda sombría,
que aun adorándote
temo
que este amor en que me quemo
sea una ilusión
impía.
Mas si fuera una ilusión,
590
¿cómo
hallar explicación
a este violento latir,
a este angustioso gemir
de mi pobre corazón?
MARTA
¿Pues qué pensar cuando así
595
me
pudiste olvidar,
mas que se alejó de mí
aquel amor que creí
por todo tiempo guardar?
¡Oh, Diego del alma mía!
600
Si ya esos labios
perdieron
la sonrisa que algún día
me enajenó de alegría
cuando tu amor
me dijeron;
si esa frente, donde ayer
605
he visto resplandecer
fuego de amor celestial,
como la de un criminal
se inclina ante una mujer;
si de esos ojos, hoguera
610
de un amor que en llama viva
mi inmenso amor encendiera,
hoy se desprende severa
triste lágrima
furtiva,
¿qué he de hacer sino pensar
615
que
aquel amor, ¡ay de mí!,
como una estela en el
mar
nació y murió sin dejar
rastro
alguno en pos de sí?
—165→
FRAY DIEGO
¡Marta!
¡Marta! Compasión;
620
piedad a este duelo eterno;
que esas tus palabras son
fuego en que arde el
corazón
con el ardor del infierno.
¿Por qué
has venido tú aquí?
625
¡Ya entro ambos media
un abismo!
¿Lo salvo?... Muero.
MARTA
¡Oh,
no!...
FRAY DIEGO
¡Sí!
¡Si al fin moriré por ti,
no sea mañana,
sea hoy mismo!
¡Huyamos!
(Toma en sus brazos
a MARTA y se dispone a partir. En este momento aparece el
PADRE FEIJOO.)
Escena VIII
DICHOS,
EL PADRE FEIJOO.
EL PADRE FEIJOO
(Deteniéndole.)
Hermano,
¿adónde
630
con esa preciosa carga?...
¿Una
rosa que Aragón
desde sus valles me manda,
por que su color admire
y me arrobe en su fragancia,
635
así me la robáis vos?...
FRAY DIEGO
¡Padre!
(Confuso.)
EL PADRE FEIJOO
Dejadla,
dejadla,
e id a orar... Y vos, señora,
que
venís a honrar mi casa,
vos que sufrís
como sufren
640
las almas enamoradas
de lo imposible...
MARTA
¡Ah,
señor!...
EL PADRE FEIJOO
Lo sé...
No me digáis nada.
—166→
Esperadme aquí:
reunida
la Comunidad me aguarda.
645
¡Dichoso yo si pudiera
dar consuelo a vuestras ansias
y templar la íntima
pena
que revelan vuestras lágrimas!
Escena IX
MARTA, sola.
«¡Alma
enamorada, dijo,
650
de lo imposible!»... ¡Y soñaba
con su amor! ¡Y era él del claustro
en
mi soledad amarga,
el único pensamiento
que
todo mi ser llenaba!...
655
¡Dios mío!... Sobrevivir
a este funeral del alma,
a estas ilusiones muertas,
a estas muertas esperanzas...
¡Ah, qué horrible!
No le culpo.
660
No, no le culpo: él me ama;
tal vez sospechar no pudo
que mientras que pronunciaba
solemnes votos, yo, libre,
más que nunca enamorada,
665
en pos de su amor vendría,
de mi ardiente
afán en alas.
Sólo una carta, eso sólo,
y mi dolor se trocara
en dicha; la negra estrella
670
de nuestros destinos blanca
luciría, y
sobre el cielo
de mis presentes borrascas,
con serenidad
tranquila
el sol brillaría en calma.
675
—167→
¡Y ahora sola!... ¡Por doquiera
luto, orfandad y
desgracia!...
¿Por qué abandoné mi aldea?
¿Por qué abandoné mi patria?
(Se deja caer pesadamente sobre una silla frente al público.
Llora. Momentos de silencio. Por el foro aparecen los hermanos
JOSÉ y MENDO, en la misma disposición que los
hallamos en la escena primera: vienen a terminar la limpieza
entonces interrumpida. Al ver una mujer en la habitación
del PADRE FEIJOO, reflejan sus semblantes una profunda y
ridícula expresión de asombro; el uno se santigua,
el otro se sonríe cínica y maliciosamente,
y después de hacerse mutuas señales de inteligencia,
desaparecen por donde han venido, arrastrando sus escobones
y frotándose las manos de gusto. Póngase sumo
cuidado en la interpretación mímica de esta
escena, que debe pasar desapercibida para MARTA.)
¿Qué busco aquí? ¡Oh, qué vergüenza!
680
¿Y cómo... cómo la causa
justificar
que me mueve
a visitar esta casa?
¡Ni un momento
más aquí,
no!... Mas ¡se me parte el alma!...
685
¡No importa! Mi honor lo exige;
mi honor y el
suyo, sí.
(Se dispone a partir.)
Escena X
La misma, FRAY DIEGO.
FRAY DIEGO
¡Marta!
¡Marta! ¡Soy libre! Por siempre
soy ya tuyo.
MARTA
¡Ah!
FRAY DIEGO
¡Marta
mía!
—168→
MARTA
¿Mas cómo?... Por Dios,
ten lástima
690
de mí... Dime...
FRAY DIEGO
Esta
noticia
me acaban de dar ahora:
la Comunidad reunida,
a la cual se dio lectura
de una carta pontificia,
695
me releva de los votos
jurados, a iniciativa
del padre Feijoo, ese ángel,
cuya bondad infinita
sólo igualarse pudiera
700
a su gran sabiduría.
MARTA
¡Diego!
FRAY DIEGO
¡Marta!
Ya de hoy más
tu vida será mi vida.
(Se abrazan.)
Escena XI
DICHOS,
EL PADRE FEIJOO.
FRAY DIEGO
¡Padre!
(Arrodillándose.)
MARTA
¡Señor!
(Ídem.)
EL PADRE FEIJOO
¿Cómo
así
de rodillas ante mí?
705
Alzaos, alzaos,
criaturas.
MARTA
¡Vuestras santas manos puras
besaremos
antes, sí.
FRAY DIEGO
¡Oh, padre, indigno
soy yo
de tanto amor!
EL PADRE FEIJOO
A
mí no;
710
debéislo al Papa, hijo mío.
Le hablé de vuestro desvío
del claustro,
y él os salvó
que fuera temeridad
aceptar
el sacrificio
715
de vuestra fe y libertad,
—169→
cuando
a vuestra voluntad
no era su voto propicio.
Fuente
de gracias y dones,
necesitan vocación
720
los
humanos corazones,
y en el vuestro las pasiones
del mundo han hecho invasión.
Si lo pensaran
primero
y estudiaran su destino
725
con un estudio sincero,
¿fuera un mal monje Lutero?
¿fuera un mal fraile
Calvino?
Abraham, aun por Dios mandado,
tiembla de
la pira al lado,
730
y llora con llanto tierno;
espera
el Crucificado
el mandato del Eterno,
¿y el sacerdocio
al tomar
no debemos meditar?...
735
¿A quién puede
acepto ser
el voto que ante el altar
viene a prestar
Lucifer?
FRAY DIEGO
¡Padre mío!
EL PADRE FEIJOO
Ya
no soy
más que vuestro hermano... De hoy
740
amaos,
felices sed,
e id en paz y el bien haced,
pues
mi bendición os doy.
(Cuadro. El PADRE
FEIJOO les bendice, y MARTA y DIEGO reciben su bendición
arrodillados.)
Escena XII
DICHOS,
ARAGONESES.
ARAGONÉS 1.º
¡Padre maestro,
a la paz
de Dios! Nos vamos.
EL PADRE FEIJOO
¿Tan
presto?
745
—170→
ARAGONÉS 1.º
¿Y qué hemos
de hacer aquí?
¿Enfrailar? ¡Quia! No queremos.
Ya vimos todas las celdas,
tomamos un refrigerio
y...
EL PADRE FEIJOO
¿Pero
no descansáis
750
siquiera unos días?
ARAGONÉS 2.º
Bueno
está el horno para bollos...
¿Y los campos?
¿Y el trasiego
de las mieses?...
ARAGONÉS 3.º
Vaya,
pues,
que se conserve tan fresco.
755
ARAGONÉS 2.º
Que escriba ucé muchos libros
y pegue ucé
vapuleos
sin miramiento ninguno
a esta, a esta gente
de adentro...
Cuando un crítico le muerda,
760
arréele fuerte y sin miedo,
y si algo ocurre,
ya sabe
que por su mercé... ¡al infierno!
Y vamos, chiquios, que estamos
moliendo al Padre maestro.
765
EL PADRE FEIJOO
Hijos de Aragón, la noble,
mas vuestra visita aprecio
que la de todos los
reyes
y grandes del Universo.
Nada valgo y nada soy,
770
y como nunca hoy lo siento,
para poder demostraros
todo el interés que os debo.
Llevad, pues
no tengo más,
el abrazo de este viejo,
775
y él
sea vivo testimonio
de mi eterno amor al pueblo.
ARAGONÉS 1.º
¡Viva el Padre Feijoo!
(Alejándose.)
TODOS
¡¡Viva!!
EL PADRE FEIJOO
¡No será ya mucho tiempo!
—171→
Escena XIII
EL PADRE FEIJOO,
luego LA POSTERIDAD.
(Asomándose a la ventana
para verlos partir.)
EL PADRE FEIJOO
¡Pobres!
¡Allá van! Yo, en tanto,
780
sobre la arena rojiza
del circo, solo, extenuado,
de fuerzas falto y
de vida,
quedo en lucha con la fiera,
con la fiera
apocalíptica.
785
¿Quién caerá más
pronto? ¿Quién
será vencedor o víctima?
Tú sola, Posteridad,
resolverás el
enigma.
(Se sienta a escribir. Momentos de pausa.)
Comencemos el segundo
790
tomo de las Eruditas;
trabajemos, y cumplamos
así la misión
divina.
(De nuevo suena la rondalla, cuyas notas
van desvaneciéndose lentamente, después de
haber acompañado este cantar:)
Castilla
tiene el talento,
Aragón tiene el valor;
795
Galicia
lo tiene todo,
pues tiene al Padre Feijoo.
¡Paso
a la litera!
Nave en que hizo Dios
que a salvo quedase
800
de Marta el amor.
¡Oh!, esos aires me recuerdan
los aires de mi Galicia...
¡Casdemiro! ¡Casdemiro!
¡Solitaria cuna mía!
805
—172→
¡Quizá ya
nunca mi nombre
en tus valles se repita!
(Apoya la frente sobre una de sus manos y queda como sumido
en meditación profunda, vuelta la cabeza al foro.
En este momento la POSTERIDAD aparece ataviada de todos sus
atributos, se acerca a él, y, sin distraerle, dice:)
LA POSTERIDAD
(¡Medita!... Me, invoca y vengo.)
¡No! ¡Tu pueblo no te olvida!
Ve cuál la Posteridad
810
hace a los sabios justicia.
(La visión
extiende su mano y el telón de fondo desaparece.)
APOTEOSIS
La estatua
colosal del Padre Feijoo, levantada en el centro de un hermoso
jardín, según el proyecto de la que se le erigirá
en Orense, aparece rodeada de resplandores de gloria, destacándose
sobre un horizonte espléndido de luz. Un magnífico
enverjado lo rodea, sobre cuyas columnatas, rematadas en
pebeteros, arderán deliciosos aromas y descenderán
ramos de vistosas flores. Este cuadro puede hacerse más
o menos sorprendente, y se deja al gusto del pintor escenógrafo
y de los actores.-
Al solo objeto de que los lectores conozcan la
historia de algunas de las composiciones que forman este
volumen, hémonos permitido la libertad de escribir
algunas ligerísimas notas, en las que a guisa de comentario
digamos no más que unas pocas palabras, para que por
ellas puedan juzgar los admiradores del inmortal autor de
Aires d'a miña terra cómo y de qué tan
prodigiosa manera se reveló, grandioso, el estro del
poeta cuando apenas Curros Enríquez trasponía
los umbrales de la juventud, franqueándole su talento
con llave de oro las puertas del templo de la fama.
Es verdaderamente
asombrosa y edificante la labor de Curros Enríquez
en sus primeros años, máxime si en cuenta tenemos
cómo y de qué manera se vio precisado a trasladar
a las cuartillas las magistrales rimas que concibiera su
prodigiosa fantasía, desbordándose como cascada
de oro sobre un lecho de flores, donde el Amor y la Libertad
celebran sus nupcias con un beso inacabable que el alba preside.
—242→
Curros Enríquez, a semejanza del llavero de los tiempos
viejos, de nuestro sublime Zorrilla, viose precisado a huir
de la casa paterna cuando apenas diez años contaba.
Buscando otro ambiente de libertad y amor -¡éstos
fueron sus dos ideales!-, dejó la tierra nativa y
fuese a otras, comiendo el amargo pan de la emigración
en plenas calles de Londres, cuando la cédula de su
vida marcábale ese límite, en que la niñez
acaba y la juventud principia.
El éxodo de Curros
Enríquez fue duro y amargo. Lucieron para él
tristísimas auroras, y más de una vez no tuvo
pan que llevarse a la boca.
Eterno flagelador de los verdugos
de Europa, tuvo su lira apóstrofes verdaderamente
gigantescos, y fueron sus cantos picotas, en las que clavó
a los conculcadores de la libertad y a los enemigos de su
patria.
Careciendo, pues, de pan y de hogar, escribió
sus primeros versos; y en aquellos luctuosos días
que transcurrieron para la nación española,
precursores de la revolución de septiembre del 68,
ya Curros Enríquez era considerado como una futura
gloria de las letras patrias. Al aparecer años más
tarde su obra maestra Aires d'a miña terra, la esperanza
se convirtió en realidad, y desde entonces hasta la
triste fecha del fallecimiento del poeta, la fama de Curros
Enríquez traspasó las fronteras, y en todas
partes se le consideró como uno de los literatos españoles
más célebres, si que también el primero
de los poetas de Galicia, gozando estas justísimas
preeminencias con la divina Rosalía Castro, aquella
mujer ángel, que, como Bécquer, hizo del dolor
una corona para ceñir sus sienes.
—243→
El Maestre
de Santiago.
Esta bellísima leyenda fue escrita por
su autor cuando era adolescente. Muchos de sus versos pueden
competir con los mejores que brotaron de la pluma de Zorrilla
y de otros poetas de nuestro siglo de oro. Si bien es cierto
que en algunos pasajes existen incorrecciones de estilo,
justo es reconocer que las bellezas son innúmeras.
Al reimprimir esta leyenda su autor, la prensa ultramontana
vomitó censuras verdaderamente asquerosas desde las
columnas de sus diarios, llegando a suponer algunos zurrapistas
del bando neo que Curros Enríquez había escrito
esta obra en la madurez de su talento, y que las incorrecciones
de estilo -que ya declara su autor en la nota puesta al fin
de la leyenda- eran no más que una disculpa candorosa
para curarse en salud de los ataques de la crítica.
¡Pobrecitos ultramontanos! Creyeron con sus diatribas menguar
la justa fama de Curros Enríquez; pero no contaron
con la huéspeda, que era, ni más ni menos,
que el varapalo unánime de la crítica sana,
representada en aquella época -1892- por nuestros
primeros literatos, los que acorralaron a los escribidores
de tres o cuatro periódicos carlistas, reduciendo
al silencio sus torpes e insidiosas apreciaciones.
El Padre
Feijoo.
Esta hermosa loa fue escrita por su autor en pocas
horas. El pueblo orensano quería inmortalizar en bronce
al sabio de Casdemiro, erigiendo una estatua al sublime autor
de Las Cartas eruditas. El marqués de
—244→
Trives,
prócer gallego ilustre, y otros distinguidos literatos
de la capital orensana, formaban parte de la Comisión
organizadora para la erección del monumento -que desde
hace más de veinte años se levanta gallardo
en aquella ciudad-, y estos señores fueron a casa
del poeta para rogarle escribiera un apropósito. Por
aquellos días había llegado a Orense una notabilísima
compañía infantil, dirigida por el gran escritor
revolucionario Luis Blanc -en la que había artistas-niños
que andando el tiempo habrían de alcanzar justo renombre
en la escena española-, y que con creciente aplauso
recorrió España entera. Curros Enríquez,
que era tan gran poeta como hombre modesto, vaciló
un momento, dudó varios minutos, conceptuó
tarea superior a sus fuerzas el perentorio encargo -que había
de ser cumplido pasadas veinticuatro horas-. Y al transcurrir
el exiguo plazo marcado, Curros Enríquez leía
a la Comisión del monumento a Feijoo los hermosos
versos de su loa, que maravilló a los oyentes, y más
tarde congregó en el Teatro Principal de Orense a
un público -donde todas las clases sociales tenían
su representación- que aplaudió con entusiasmo
a su poeta favorito.
Los secuaces del obispo Cesáreo
Rodrigo (q. e. p. d.) -cuya gestión llevó al
hogar del poeta muchos sinsabores y no pocas lágrimas
- se horrorizaron e hiciéronse cruces, conceptuando
como un sacrilegio que el Padre Maestro apadrinara los amores
de Fray Diego y Marta.
Tributo de Sangre.
Esta admirable
composición es un canto a la Libertad, tiernísimo,
al par que un apóstrofe valiente, si los hay, lanzado
contra esa odiosa contribución de sangre que despuebla
los hogares, hace verter lágrimas de sangre
—245→
a las madres españolas, deja huérfanas de amores
y de ternuras las rejas de las novias, y sin guía
la esteva y el arado.
El gran escritor republicano D. Enrique
Rodríguez Solís dirigía en Madrid por
la época en que esta composición vio la luz
pública un periódico intitulado La Ilustración
Federal. Y Curros Enríquez, en unión de Marcos
Zapata, el viejo cantor de las libertades aragonesas, y de
otros célebres escritores, colaboró en el mencionado
periódico, dejando en aquellas columnas recuerdo imborrable
de su talento poético.
Tributo de Sangre alcanzó
un éxito enorme, y casi todos los periódicos
liberales de España reprodujeron la bella poesía,
que era como un toque de somatén lanzado a los cuatro
vientos de la triste España, entonces, como hoy, entregada
a la grey reaccionaria, para quien era un delito el pensar.
Oda a la Guerra civil.
Eran los tristes días en
que las hordas carlistas asolaban los campos de la patria.
Hijos contra padres y hermanos contra hermanos eran lanzados
a la pelea. La contienda civil, el mayor infortunio que experimentar
puede una nación civilizada, nos deshonraba y nos
envilecía a los ojos del mundo. Curros Enríquez
era entonces un joven de aún no cumplidos veinte años.
Un ligerísimo bozo apuntaba en su labio superior.
Recién venido de Londres, de la emigración,
a la que le llevaron unos versos escritos contra O'Donnell,
vio a su patria teñida en sangre y se aprestó
a pulsar las cuerdas de su lira. ¡Tirteo no las pulsara con
mayor brío!
Rota la patria, despoblados los hogares
y la familia
—246→
española ardiendo en odios por
la mejor o peor posesión de una corona, Curros Enríquez
sintió en su alma germinar una blasfemia, que iba
subiendo poco a poco del pecho a los labios. Y en estas circunstancias
nació este hermoso canto de su lira augusta, congregando
al perdón, a la paz.
Imaginamos y comprendemos el
desaliento del poeta al mirar en torno suyo aquel espectáculo
siniestro, horrible, que ofrecía la patria española
en aquellos días, fechas tristes que nosotros borraríamos
con gusto de la Historia.
Y el poeta retuvo algunas semanas
aquellos versos, aquel hermoso grito de condenación
para los que ensangrentaban nuestros montes; y una tarde,
sin duda por una de esas singulares revelaciones del espíritu,
copió con mano insegura aquellos renglones cortos,
que iban poco a poco tiñendo las albas cuartillas
de pensamientos rotundos, de decires bravos y magníficos,
y metidas más tarde las cuartillas en un sobre, escribió
el poeta estas palabras: «Sr. Director de Los Lunes de El
Imparcial.»
Curros Enríquez entregó el sobre
en la redacción a un portero con la creencia ¡tal
vez! de que sus versos irían al resto de los papeles.
Y a los pocos días El Imparcial publicaba en su sección
de «Los Lunes» la Oda a la Guerra civil, haciendo un caluroso
elogio de su autor. Y el autor de la Oda a la Guerra civil
recibía, con la satisfacción del premio alcanzado,
15 pesetas y 25 ejemplares del periódico.
Pocos días
después El Imparcial publicaba en su sección
de anuncios: «Se desea saber el domicilio de don Manuel Curros
Enríquez.» Y Curros Enríquez, absorto ante
aquel requerimiento extraño, fuese a la plaza de Matute,
núm. 5, y de labios del gran patricio D. Eduardo
—247→
Gasset y Artime, glorioso fundador del periódico aludido,
escuchó estas palabras: «El que escribe odas como
la que usted ha escrito, tiene conquistada ya su reputación
de poeta: en esta redacción tiene usted un puesto
desde hoy»; y Curros Enríquez aceptó el puesto
que le ofrecían, y desde aquel momento fue redactor
de El Imparcial, alternando en su labor con hombres que enaltecieron
la historia del periodismo, entre los cuales muchos de ellos
pertenecen a la lista de los que fueron, y otros viven para
honra y gloria de las letras.
Mariano Araus, Isidoro Fernández
Flórez, Alonso de Beraza, entre los fallecidos, y
de los que viven Ortega Munilla, Mellado y otros ilustres
hombres, fueron compañeros de Curros Enríquez
en las tareas periodísticas.
Más tarde Curros
Enríquez fue enviado al teatro de la guerra, como
corresponsal del repetido periódico; y desde allí
envió crónicas escritas con tan galano estilo
y ternura tal, que pronto estos trabajos fueron cimentando
su fama, no sólo de poeta exquisito, sino de periodista
excelente.
En uno de los sucesivos tomos publicaremos lo
más escogido de esas crónicas de la guerra.
La canción de Vilinch.
Bastaría esta composición,
modelo en su género, para consolidar la fama de Curros
Enríquez como poeta. Esta poesía, que reprodujeron
casi todos los periódicos de España en aquel
entonces, fue remitida por su autor a El Imparcial y publicada
en dicho diario siendo Curros su corresponsal.
Por no hacer
más extensas estas notas, damos fin aquí a
nuestra labor. Muchas de las demás composiciones que
—248→
este libro contiene, fueron escritas por su autor en Madrid
desde 1887 a 1893, y otras en la Habana de 1895 a 1905, entre
las que descuella por su belleza, la intitulada La mujer
cubana.
No queremos terminar estas desaliñadas líneas
sin enviar un expresivo tributo de gratitud a los excelentes
escritores D. Ramón Armada Teijeiro y D. Juan Neira
Cancela, los que coadyuvaron a la labor de este tomo.