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Obras completas de Curros Enríquez

Manuel Curros Enríquez

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OFRENDA DE ORO

SR. D. ADELARDO CURROS VÁZQUEZ.

Querido amigo: Me coge su carta en un momento en que se viene sobre mí tal cúmulo de trabajo, y sobre todo de asuntos imprevistos, que me es imposible, imposible, imposible escribir el brazado de cuartillas que usted con tan redoblada insistencia me pide, para encabezar el tomo de las poesías en castellano de las obras completas de su padre, el gran poeta Manuel Curros Enríquez. ¿Ni qué iba yo a decir tampoco del autor inmortal de Aires de mi tierra y de El divino sainete? Ya han hablado todas las plumas por él, todas las campanas, todos los ojos humedecidos por el dolor, todas las liras, todos los diarios. La pintura lo ha fijado con colores; —VI→ el cincel le ha dado la extática postura de lo eterno; la música ha movido en su honor todas sus cuerdas; los oradores le dieron la investidura de luz de la palabra. Las naciones todas, que habían la misma lengua, le han aclamado como a poeta, como a caballero, como a una encarnación de la patria.

Yo tuve la honra, la gloria imperecedera de que este hombre me quisiese entre los que más adoró. De su pluma salió para mí una página que parece burilada en bronce literario. Además deseó consagrar un libro entero al análisis de mi labor; pero este libro se lo llevó la muerte antes de nacer. Su corazón me quiso con tal ardor, que yo no tengo bastantes lágrimas para llorarle ni para bendecirle. ¡Qué lira tan completa la suya! Tenía un cordaje para cada círculo humano: el de hebras de sol cantaba los paisajes espléndidos de Galicia; el de fibras dolorosas cantaba las luchas de su vida; el de látigos políticos cantaba con risas amargas los combates sociales; el de culebras cantaba lo tormentoso y grande, lo apocalíptico y terrible. ¡Cuánto trabajó su corazón! Yo reuniría todos los cordajes que él tuvo para ensalzarlo, pues sólo con un millón de fibras se podrá sinfonizar el alma desbordada y maravillosa de este hombre, hecho con dolor, con risa, con bronce, con alaridos. Le andaban por la piel —VII→ espiritual todas las pasiones, removiéndolo, encrespándolo como un mar sin límites y sin fondo. ¡Qué quiere usted que yo diga del Océano amargo, del Océano sin medida! Poeta tan personal, que todo se lo arrancó de su propio espíritu, el cual dio hecho hostia a los demás; poeta que donde ponía la pluma ponía su marca indeleble; poeta que daba su carne y su alma en el vaso del verso para oficiar en un altar que nada derriba, debe ser tomado como guía y como bandera. Que otras plumas lo analicen con honda sabiduría, que otras plumas acrisolen su mérito altísimo; yo, mi querido amigo Adelardo, ni sé ni dispongo de tiempo para esa labor. Plumas críticas magistrales tenemos a las cuales puede usted pedir un soberbio estudio acerca de la labor colosal de Curros. Yo no deseo más que romper a sus pies todos los incensarios y quemar en su ara suprema todas mis resinas.

Creame que no puedo, no puedo, no puedo.

Suyo de todo corazón,

SALVADOR RUEDA.

NOTA. Le escribo ésta al lado de una pobre enferma del corazón que ve acercarse el fin de su vida; por eso ni premiosamente puedo escribir una carta íntima.

—VIII→

Con las hermosas líneas que anteceden contesta el soberano poeta malagueño a una carta de Adelardo Curros, en la que éste pedíale, no precisamente un prólogo, sino algo parecido a una oración hecha rimas, para que figurase al frente de este tomo.

Era tanta y tan inmensa la admiración que el inmortal vate galiciano profesaba a Salvador Rueda, que el hijo del llorado bardo creyó cumplir un deber sacratísimo al solicitar unas líneas del insigne autor de La Cópula para este volumen.

Salvador Rueda, ese incomparable brujo de la rima, cuya musa es tan varia y rica como la madre Naturaleza, ha respondido dignamente al llamamiento.

En unos cuantos renglones, que valen oro molido, y que nosotros no vacilamos en calificar como «ofrenda de oro», el autor de Lenguas de Fuego unge con los divinos bálsamos que brotan de su lira la veneranda memoria del sublime Curros Enríquez. Esas pocas líneas valen por el mejor de los prólogos, y por creer eso publicamos la carta de Rueda dirigida a Adelardo.

El sabio Carracido ha hecho una obra maestra al prologar El Maestre de Santiago años ha. Después de lo que dicen el pensador y el poeta hablando de la personalidad de Curros Enríquez y de las bellezas que atesora este volumen, sólo se nos ocurre decir: ¡Miel sobre hojuelas!

(NOTA DE LOS EDITORES.)

—1→

El maestre de Santiago

Leyenda

—3→

Al señor D. Felipe Picatoste.

Testimonio de veneración y cariño de

EL AUTOR.

—5→

I

La publicación de un libro de Curros Enríquez es acontecimiento que Galicia anuncia y espera con el regocijo precursor de las grandes solemnidades. A tanto honor tiene derecho quien la enalteció, cantando con vigoroso aliento las estrofas más audaces del himno de su rehabilitación. A la voz del poeta, hasta los indiferentes sacudieron su perezosa apatía, y el estruendo de los aplausos, ahogando las acriminaciones del fanatismo intolerante, resonó más allá de las fronteras regionales, difundiendo con la fama del genial o inspirado cantor los preciosos elementos artísticos latentes en el espíritu de su pueblo. El paladín generoso o infatigable de cuantos padecen rigores del destino, al exclamar en un arranque de indignación:

Que eu pra querer nacin todo caído,

pra dar á mau á todo disgraciado,


—6→

robustecía la palabra con el ejemplo, entregando sin reservas los tesoros de su fantasía y la incorruptible firmeza de su carácter al propósito andantesco de reivindicar la personalidad social de Galicia, libertándola, por la propaganda, del menosprecio de los extraños, y por la despiadada flagelación, de la ruindad de sus propios hijos.

Servicios de tan alta estima, ¿qué menor premio podían alcanzar que un perenne entusiasmo? Éste no se extingue, ni siquiera se aminora en los conterráneos del poeta gallego, porque el instinto de conservación, infalible en las colectividades, les advierte que no podrían incurrir en tal descuido sin mutilar su espíritu, sin despreciar la voz de sus más íntimos sentimientos, y sin exponerse a que abandonen sus banderas quienes más valerosamente las tremolaron, que la constante indiferencia entibia la abnegación aun en los corazones menos mundanos.

Impulsado por estos afectos, en que se mezclan la conciencia del propio valer y la gratitud a quien sabe revelarlo, el pueblo que antes lloró sus tristezas con la musa de Rosalía, hoy anhela acentos de combate del numen de Curros, para mostrar su vitalidad al arrojarse a la pelea, y, movido por este afán interior, se regocija al solo anuncio de que su actual poeta hace sonar de nuevo aquella cuerda de su

...lira iorca

com'on coitelo fera,

com'on tronido rouca.


—7→

Quien por el solo prestigio del nombre tiene asegurada la notoriedad de sus publicaciones, no debe agradecer éste ni cuantos prólogos le dediquen sus más fervorosos apasionados; el prologuista es quien recibe la honrosa distinción de tener la palabra anticipadamente, sabiendo que ha de dirigirla desde la tribuna que rodea numeroso auditorio; y en este caso, a la inversa de lo que se acostumbra, el prologado resulta heraldo del prologuista, confesión que, aun mortificando mi amor propio, debo consignar, por ser el hecho indiscutible.

Dispuesta así la escena, y presentado yo en ella, ¿qué debo decir para no rebajar la grandeza de la situación? ¿Exponer un juicio crítico de la personalidad poética de Curros? No me siento capaz de tal empresa, y hasta recelo de cuantos la intenten, a modo de agrimensores literarios, aplicando las reglas de los preceptistas a una figura que estimo en la categoría de autoridad.

Las obras que se imponen por su valor son señoras y no siervas de la crítica.

¿Discurrir acerca de la poesía gallega? ¡Cómo predecir su cielo de evolución, cuando está aún en los comienzos el renacimiento de un pueblo que alcanzó en la lírica puesto de preeminencia en siglos anteriores! No será calculista, sino vidente iluminado por revelación sobrenatural, quien se atreva a trazar toda la curva conociendo tan sólo un pequeño fragmento de la línea. Además, sería inoportuna esta tesis en el momento —8→ actual, porque si es cierto que EL MAESTRE DE SANTIAGO está inspirado en la historia de Galicia y vestido con la pompa que la Naturaleza despliega en los frondosos paisajes de la región que le sirve de escenario, no vibran en él los acentos melodiosos que fueron

Fecundo nume d'o úneco Rey sabio

que no solio d'España tivo asento,

arpa inmortal d'a doce Rosalía,

d'o infortunado Añón himno postreiro.


¿Remover, en último término, el litigio de las condiciones de existencia de la forma poética? Respetuoso con todo aquello que es obra de los siglos, cuidada y ensalzada por la Humanidad al través de las edades, considero tan absurdo y presuntuoso creer en la desaparición de las combinaciones métricas del lenguaje, como el intento del revolucionario exaltado de arrancar bruscamente las raíces históricas de las sociedades. Resistan los espíritus de alto vuelo, sin renegar de las llamaradas de su estro, a los desfallecimientos de las momentáneas crisis, y contemplando el cuadro de la civilización trazado por el decurso de los tiempos, no duden de la persistencia de la forma poética ni del poder fascinador de la fábula interesante, aunque generaciones literarias de inventiva pobre la desdeñen, llamándola engendro artificioso de un casuismo escolástico.

Las multiformes apariencias de las obras poéticas —9→ se reducen en último análisis a corto número de factores estéticos, tan persistentes o inmutables como las emociones que, sin diferencias de lugar ni de tiempo, agitan los espíritus, determinando el rítmico oleaje que los lleva y los trae del frenesí entusiasta al más inexorable pesimismo.

II

Desechando uno tras otro los asuntos enumerados, ¿cuál es la intención de este prólogo? Si al frente de un poema no se habla de su autor o no se dilucidan cuestiones literarias, ¿qué podrá decirse a los lectores que no les sea importuno y fastidioso? ¿Por qué incurrir en la villanía de gozar las ventajas de la reputación ajena para no honrar después a quien las concede?

Si Curros viviese poseído del afán de notoriedad, las observaciones anteriores podrían cizañar nuestro cariñoso afecto; pero su historia consecuente en el vivir modesto y apartado del mundanal ruido, desdeñando porfiadamente los halagos de la fama en cuantas ocasiones le solicita para propagar su nombre, me garantiza que no ha de molestarle que no consagre estas páginas a exhibir su personalidad; antes al contrario, lo serio de su carácter y lo alto de sus sentimientos me compelen a suponer que me verá gozoso utilizar este momento en pro de una causa, en —10→ sostener una idea de mayor alcance que su panegírico individual. Pero, aun colocado en este punto de vista, reconociendo al fin que las ideas abstractas tienen su fundamento en los hechos concretos, ¿por qué otra causa he de abogar aquí que no sea la representada por nuestro poeta, por la cual luchó y sigue luchando su espíritu?

En una de sus semblanzas mejor escritas, el panegirista, que le llama «caudillo de nuestros jóvenes poetas» y le confirma «la jefatura de la juventud de Galicia, que se ve subyugada por quien también es joven y tiene todos los sublimes anhelos y los bríos de los que serán dueños del mañana», dice: «Él no está en Galicia, pero Galicia está en él. Su amor late vivísimo y ardiente en lo más hondo de su corazón, y para ella son los más secretos afanes de su alma, siempre soñadora, de sus desfallecimientos, de sus horas negras».

En esta pintura moral de Curros, en que se presenta el dualismo constituido por la inexorable realidad en lucha con el ideal constantemente anhelado, se retratan con bastante exactitud las funestas consecuencias de la vida mezquina en que por obra de corruptores influjos se revuelven las regiones españolas, y muy principalmente Galicia.

A un pueblo que desea reconstituirse, apercibiéndose para la lucha en el terreno del derecho, es menester hablarle con ruda franqueza, para que vaya entendiendo cuál es su verdadera alma —11→ y cuál debe ser el objeto preeminente de sus afectuosas atenciones.

Hora es ya de que la reja del arado arranque de raíz la maleza sembrada por el caciquismo político y abra el surco en que sólo germine la semilla productora del sano alimento que vigoriza los músculos y el cerebro de quienes la cultivan. Mucho se habló y se habla de democracia; pero juzgando por los resultados, pudiera creerse que su predicación sólo tiene el aleve propósito de que se la escarnezca al contemplar los corrompidos productos de su mixtificación. ¿A qué conduce repetir en las ocasiones provechosas que la soberanía es inmanente en el pueblo, si en vez de ponerlo en condiciones de ciencia y conciencia para influir en el rumbo de la vida pública, se le emplea en labrar ídolos, que sólo valen por la representación que se les otorga? ¿Qué enseñanza edificante recibe quien se ve obligado a reverenciar como seres de naturaleza superior personas cuya audacia, perfidia, o ambas cosas a la vez, son las únicas cualidades que las distinguen del común de las gentes, brillando por el puesto que les cupo en suerte, pero no por su propio mérito? La piedra soterrada en los cimientos sólo se diferencia de la que ostenta primores del cincel por la selección del artífice, y olvidando este accidente de la casualidad, ¡cuántos trozos de piedra berroqueña adoran los pueblos, sin fijarse en que sólo tienen personalidad por la hechura que los dieron! Espíritus pudorosos —12→ que os escandalizáis del positivismo filosófico, ¡cómo no os sonroja el vuestro, sensual y grosero, que se prosterna ante el vellocino de oro esperando poseer todas las cosas de la tierra para amar a Dios sobre ellas! Galicia, levántate de la abyección idolátrica en que te ha sumido el engañoso artificio que suplanta con el símbolo el objeto simbolizado, y apercíbete a honrar lo que vale por su mérito intrínseco, sin subordinarlo a lo que realzan hábiles oportunismos o sórdidas aspiraciones.

Ante todo, y sobreponiéndose al medio geográfico, constituyen, y principalmente consolidan el sentimiento patrio, las manifestaciones más espléndidas de la vida intelectual y moral.

Inglaterra se enorgullece llamándose la patria de Shakespeare y Newton, como Italia la de Dante y Galileo; Alemania busca los gérmenes de su nacionalidad en el poema de los Niebelungen; España en el Romancero, y hasta Portugal sostiene sus derechos a la independencia, a pesar de lo indefinido de su frontera, por las empresas marítimas de los siglos XV y XVI, y más principalmente por haber producido a Camoens. Aprended en estos hechos de somera observación a respetar en su valor sustantivo los elementos perdurables de todo organismo social. Galicia podrá hacer los diputados que le plazca, y éstos llegar a ministros, o a otro cualquier puesto, casualmente, o peor que casualmente, por degradación; pero nunca el voto unánime de sus cuatro provincias —13→ formará un poeta ni un sabio. Nombrando sólo a los muertos para evitar suspicacias de los vivos, ¿qué caciques son los capaces de producir a Pastor Díaz y a Rosalía Castro, a Cornide, a Rodríguez y González y a Casiano de Prado?

Esta hegemonía de las gentes llamadas políticas por la opinión pública, representa algo parecido al triunfo del periódico sobre el libro; y en efecto, nada más interesante que aquél en el momento en que aún húmedo de la prensa, lo recoge el lector. El capítulo más ameno del Quijote resulta soso ante el último número de La Correspondencia; pero éste cae en absoluto olvido a las pocas horas de su publicidad, y las aventuras del Ingenioso Hidalgo deleitan a todas las generaciones, sin atenuar su encanto el transcurso de los siglos. Pero este símil también nos revela que, anteponer el histrionismo político de quien halaga momentáneas pasiones a los merecimientos del artista o del sabio, equivale a desdeñar a Cervantes para oír exclusivamente los relatos de los noticieros.

Y a pesar de esta enorme diferencia, ¡las pasiones cómo ciegan los espíritus y empequeñecen el criterio! El austero Pastor Díaz, exceptuando un momento de su vida, sólo se sentó en el Congreso representando la provincia de Cáceres o la de Córdoba. Ahora, después de muerto, su país natal le erige estatua; pero en vida no le diputó para que le representara en Cortes. Parece que un instinto suicida mueve a Galicia, —14→ porque aquellos de sus hijos que por la solidez de sus méritos pasan a la Historia, personalmente sólo los honra cuando transponen los umbrales de la eternidad, y entonces su patria, acusándose de ingratitud, llora amargamente la pérdida que padece, y una y otra vez reproduce la escena, perseverando en la impenitencia. ¡Cuántas veces Rosalía, por los alrededores de Santiago, hoy embellecidos por la magia de su arte, sólo cruzó su mirada con la de las gentes sesudas y correctas que la tachaban de estrafalaria! ¡Cuántas los cohetes y el murmullo popular atronaron los aires saludando a uno de esos personajes políticos, menesterosos de ideas y de vergüenza, y recibieron en silencio a la inmortal poetisa! ¡Cómo acibaró su larga agonía el contemplar que sólo para otros sonaba la música de sus canciones! ¡Cuán dolorosamente cierta resulta la queja de Curros, exhalada en la traslación solemne del cadáver de la autora de Follas novas:

¡Ay d'o que leva na frente unha estrela!

¡Ay d'o que lera no bico un cantar!


Sí, desdichado, porque sólo después de satisfecha la voracidad de las ruines pasiones, recibirán sus huesos descarnados el homenaje debido a la excelsitud de sus méritos.

Despierta, Galicia, y fija la atención en tus intereses permanentes; piensa en aquellos que por el arte, por la investigación de tu pasado o por el poder de la ciencia te han de rehabilitar ante los —15→ que te denigran. Juventud que vienes a la vida rebosando entusiasmo por la santa causa de la pequeña patria, lee en Aires d'a miña terra aquella poesía que la indomable entereza de Curros te dedicó, titulada Tangaraños, y despreciando mezquinos y transitorios intereses, no te arrastres ante el mérito dudoso o negativo, por grande que sea su poder, para que a nadie haya que pedir que trueque

N'unha gran xuventude d'estrelas

esta gran xuventude de sapos.


Si en tu alma no se entibia el calor de los sentimientos regionales, visita las tumbas de nuestros muertos ilustres y edifícate en el ejemplo de su vida; pero no desatiendas por ellos a los que aún nos guían en la jornada, para que nadie pueda lamentar la indiferencia que con presentimientos de mártir arrastra a nuestro poeta a decir en su Encomenda:

Si cand'a loita vaya

tropezo n'unha foxa,

os que, cal eu, subides

a traballosa costa,

cuando chegués a cima

sagrada e vitoriosa,

¡arpas que saudedes

d'a nosa patria a aurora,

d'a y'arpa acordaivos que fúnebre queda

n'a noite d'olvido xemindo sin groria!


Hoy, Curros, autorizado por su reputación, saca d'a noite d'olvido una leyenda romántica, —16→ forjada en los arrebatos de su adolescencia poética; pero en ésta, como en las poesías gallegas, late vivísimo el amor a su país y en nada contradice sus obras posteriores, sin tener de qué avergonzarse al reimprimirla, sean cualesquiera las inexperiencias de su primer ensayo. Galicia debe honrar igualmente todas las producciones literarias de su poeta; podrán diferir por los caracteres peculiares del tiempo de su génesis; pero el sentimiento que las inspira es idéntico. Que éste sea tan correspondido como merece, es cuanto deseo al amigo que me ha honrado dejándome estas páginas.

JOSÉ R. CARRACIDO.

Madrid, 7 de Julio de 1892.

—17→

Libro primero

Crimen y expiación

—19→

I

    En medio de un abrupto promontorio

de acantiladas, vacilantes rocas,

monstruos que arrancan de sus pardas bocas

alaridos de rabia al huracán,

levantábase en tiempos ya lejanos,
5

cual implacable símbolo de muerte,

la rica y opulenta casa fuerte

del señor de Milmanda y Sanchidrián.

   Morada de dolor, sobre sus torres

el murciélago vil revolotea,
10

mientras el dulce jugo saborea

que a la sagrada lámpara robó;

y el bulto malhadado, pesaroso,

deja escuchar allí su voz sombría,

cuando a la luz espléndida del día
15

la fatídica noche sucedió.

   Dueño de inmensos pueblos y vasallos,

por pecheros y próceres temido,

es en todo Galicia conocido

don Ramiro de Acosta y Santarén;
20

—20→
conocido por cruel y sanguinario,

temido por sagaz y traicionero,

que su fama de innoble caballero

cunde por pueblos y abadías cien.

   De espíritu mezquino y rencoroso,
25

de corazón henchido de veneno,

su palabra de déspota es un trueno

que amaga pavorosa tempestad.

Esposo infiel sacrificó a su esposa

y en dura cárcel atormenta a su hija;
30

que su pecho de tigre no cobija

sentimientos de amor ni caridad.

   Temerario y sacrílego escarnece

los fallos del Señor con insolencia,

y creyendo extinguir en su conciencia
35

los gritos de sus víctimas de ayer:

-¡sangre!- murmuran sus febriles labios,

y sangre entonces el tirano vierte,

y el pueblo de Milmanda se divierte

en contemplar cadáveres doquier.
40

   Recluso en lo interior de su castillo,

el alma por recuerdos torturada,

se alza de don Ramiro a la mirada

el libro de su vida criminal,

y al fijarse en su página postrera
45

sus ojos hiere este recuerdo triste:

«¡traidor, traidor!... ¿Por qué a tu rey vendiste,

»tú, el privado del rey de Portugal?...

   »Don Alfonso te amaba como a un hijo,

»te colmaba de dichas y favores:
50

»los más altos magnates y señores

»de su corte, nada eran ante ti;

»te ha señalado cámara en su alcázar,

»diote pajes y gentes de servicio,

—21→
»y al fin tanta merced y beneficio,
55

»¿de qué manera los pagaste? ¡Di!

   »¡Ah! Mientras don Alfonso se lanzaba

»al frente de sus tropas valerosas

»a combatir las huestes numerosas

»del leonés intrépido y feroz;
60

»y mientras a su empuje se rendía

»el pendón castellano hecho jirones,

»trepando sus guerreros escuadrones

»los muros de la invicta Badajoz,

   »cobarde, ¿tú qué hacías? Concertabas
65

»la muerte de tu rey y tus hermanos;

»de una mujer por los hechizos vanos,

»¡miserable!, vendías tu nación...

»¡Y la vendiste al cabo! ¿No te acuerdas?...

»don Fernando el Segundo diote esposa,
70

»y, precio infame a una traición odiosa,

»regalaste un vencido al de León.

   »¡Un vencido! Encontraste un ruin arquero

»que hiriese a tu señor; mas no has logrado

»dar término a tu plan, ni el dedo airado
75

»esquivaste de Dios, en justa ley.

»La flecha pudo atravesar su muslo...

»Huyó el villano; pero, en duro grito,

»entre estas rocas te mandó proscrito

»la voz severa de uno y otro rey.
80

   »Duerme, si puedes, Santarén malvado,

»duerme, si logras conciliar el sueño...

»¡Mas ah! que inútil ha de ser tu empeño,

»vano tu esfuerzo, sí, vano tu afán.

»¡Mañana acaso a tu castillo acuda
85

»estrechas cuentas a zanjar contigo

»el bandolero a quien llamaste amigo

»cuando trazaste tan inicuo plan!...»

—22→
   Al cruzar esta idea por su mente,

doloroso recuerdo de otros días,
90

recorre Santarén las galerías

de su rico palacio señorial

y da aviso a sus gentes que en la almena

se cuelgue a todo aquel que, del rastrillo,

pregunte si el que habita su castillo
95

fue privado del rey de Portugal.

   Y siempre, ora de día, ora de noche,

ya al resplandor del sol, ya al de la luna,

en cada torre hay por lo menos una

víctima de aquel ser sin corazón.
100

Pobres mendigos que buscando vienen

calor para sus miembros ateridos,

por espías juzgados y tenidos

en horca morirán, sin compasión...

   E impaciente, intranquilo, receloso,
105

al cuarto corre Santarén de su hija

y en ella clava la mirada, fija,

cuando en sus rezos la sorprende allí:

ávido la contempla... y más tranquilo

tórnase de matanza a su faena,
110

en tanto doña Dulce, el alma llena

de pesadumbre y duelo, oraba así:

   -Virgen mía, mi Virgen adorada,

esperanza feliz para el que llora;

¡estoy triste, consuélame, Señora,
115

consuela a la que siempre te adoró!

¡Da a mi padre un momento de reposo,

un momento de paz, en su tortura,

o llévame a tu reino, Virgen pura,

que entre sangre no puedo vivir yo!
120

—23→

II

   Así la pobre niña

de hinojos prosternada,

el alma lacerada

por bárbaro puñal,

oraba ante una gótica
125

imagen de María,

en tanto que vertía

de perlas un raudal.

   ¡Lloraba! ¿Y quién no llora

si vive entre cadenas,
130

sufriendo los tormentos

de dura esclavitud?

¿Quién puede ver, sin lágrimas,

que corran entre penas

los plácidos momentos
135

de nuestra juventud?

   ¿Quién vio desde su cárcel

cruzar la golondrina

y rápida hasta el cielo

su vuelo remontar,
140

que no envidió esas alas

al ave peregrina,

para, en igual anhelo,

tan rápido volar?

   Indócil es y triste
145

de doña Dulce el llanto,

tan triste y dolorido

que mueve a compasión.

su hogar trocado en cárcel,

aumenta su quebranto
150

—24→
su padre, que ha perdido

la paz del corazón.

   ¡Sí, que sin ella vive

el pobre don Ramiro,

y vive condenado
155

a guerra tan cruel,

que sólo cuando exhale

el último suspiro,

si muere en buen estado

la paz irá con él!
160

   En tanto, será inútil

que al cielo mire ansioso,

en busca de esa estrella

que le alumbró fugaz:

en vano paz demanda
165

con grito doloroso,

por ver si encuentra en ella

su espíritu solaz.

   Que cuando sus pupilas

tendió sobre la tierra
170

y cuando allá hasta el cielo

sus ojos levantó,

tan sólo en torno suyo

se alzó un clamor de guerra,

y guerra siempre y duelo
175

doquiera columbró.

   Si en noche silenciosa

cerró sus tristes párpados

y quiso en su despecho

hallar la paz así,
180

luego sintió su alma

roída por cien víboras,

y salta de su lecho

con rabia y frenesí.

—25→
   Si aún no desengañado,
185

con báquica porfía

en néctar y licores

sosiego a buscar fue,

en medio a las imágenes

de amor, que halló en la orgía,
190

espectros vengadores

que le amenazan ve.

   Y en vano, ya el instinto

perdiendo de la vida,

lanzarse va a la muerte
195

de eterna calma en pos;

que cuando al pecho lleva

el arma del suicida,

se aterra, porque advierte

la maldición de Dios...
200

    ¡Ay! Triste del que piensa

con infecundo empeño

que el crimen ya pasado

ni rastro dejará...

En vano paz demanda:
205

¡la paz sólo es un sueño

de espantos mil poblado,

sin término quizá!

III

    De sus valles cinturón,

de su riqueza blasón,
210

espejos de su atavío,

fertilizan a León

el Bernesga y el Torío.

—26→
   Ambos sus anchos raudales

llevan hasta las entrañas
215

de bosques y matorrales

y hasta poblados charcales

de juncos y de espadañas.

   Ambos marchan, corredores,

en esguinces invasores
220

por el bosque y la pradera,

arrastrando en su carrera

espinos, plantas y flores.

   Por su curso lento e igual

cierto instinto fraternal
225

debe haber entre los dos,

y algún misterio fatal

en ellos esconde Dios.

   Que a no haber algún misterio

velado a humano criterio
230

y a deleznable razón,

encontrara explicación

un caso que dan por serio.

   Diz que es cosa de admirar

en toda villa y lugar
235

de estos ríos alredor

el rojo vivo color

que suele el agua llevar.

   Y ello podrán ser consejas,

pero, al decir de las viejas
240

que lo han llegado a saber,

allí no quieren beber

asnos, ni vacas, ni ovejas.

   Nadie en aguas tan impuras

se atreve un paño a lavar;
245

—27→
y no hay mozo aventurar

que eternice sus bravuras

tirándose allí a nadar.

   Que hay quien dice, preocupado,

que el color ensangrentado
250

de las aguas de estos ríos,

es señal de que está airado

el Señor con los impíos.

   Y hay quien se arriesga a jurar

que una noche -y nada arriesga-
255

vio sobre el Torío flotar

dos cadáveres al par,

y otros dos sobre el Bernesga.

   Tal la gente lo pregona

que de sus verdes riberas
260

habita en toda la zona;

y cuando el pueblo lo abona,

el asunto va de veras.

   Mas el pueblo no logró

sujetar a su criterio
265

las causas de lo que vio,

y el misterio que encontró

se ha quedado en el misterio.

   Y ambos ríos continuaban

en su marcha natural,
270

y las gentes murmuraban

siempre que turbio miraban

su puro y limpio cristal.

   Y era porque no sabían

que sobre un monte escarpado
275

en cuya falda vivían

y al que estos ríos tenían

en sus giros rodeado,

—28→
   una legión de bandidos,

todos hombres mal nacidos,
280

tenían su centro allí,

a un capitán sometidos

que eligieron para sí.

   Es una noche invernal,

noche tormentosa y negra;
285

no hay una estrella en el cielo

ni hay una luz en la tierra.

Braman los vientos con furia,

gimen los robles con pena,

cual si una planta satánica,
290

sobre sus copas sintieran.

Diríase que irritados

los elementos que pueblan

el espacio, sostenían

lid pavorosa y sangrienta,
295

tomando nuestro horizonte

por campo de la pelea.

   Mas, para no entretenernos,

dígase lo que se quiera,

el caso es que roncos gritos
300

de amenazas y blasfemias,

súplicas y carcajadas,

voces de mando y protestas,

todo en medio de la noche

distintamente resuena
305

desde la cumbre del monte

que entre sus giros rodean

por una parte el Torío,

por otra parte el Bernesga.

—29→
   Amarrados fuertemente
310

por las bridas y las riendas,

al abrigo de un pinar

varios trotones jadean.

En sus arrogantes crines,

que casi la tierra besan,
315

y en la noble gallardía

con que se alzan sus cabezas,

bien claramente pregonan,

si en su andar no lo dijeran,

que no hay una raza en potros
320

cual la raza cordobesa.

Por debajo de los flecos

de un caparazón que llevan,

sin duda con miramiento

de que el agua no les hiera,
325

lujoso jaez de brocado,

ricas monturas ostentan,

y cinchas de cuero fino

bordadas de lentejuelas.

   A juzgar por sus relinchos
330

y por los surcos que dejan

señalados al herir

con sus cascos en la arena,

grandes deben ser sus bríos

y más grande la impaciencia
335

de ver llegar a sus dueños

y lanzarse a la carrera.

Mas en estas soledades

y a tal hora, ¿a quién esperan

los ricos potros oriundos
340

de las andaluzas vegas?

¿Por qué miran anhelantes

hacia el lugar donde suenan

súplicas y maldiciones,

carcajadas y anatemas?
345

¿Qué jornada les aguarda,

—30→
que ya sus crines se encrespan

al escuchar, de los ríos

que bajo sus plantas ruedan,

el estruendo pavoroso
350

en medio de la tormenta?

   No es un misterio. -Al confín

del pinar y en la ladera

del monte, se alza una roca

cuya ennegrecida cresta
355

solamente es visitada

por el buitre y la cigüeña,

que en ella eternos habitan

colgando su nido en ella.

Al pie de esta roca, se abre
360

mal oculto entre malezas

Un abismo; de él pendiente

cuelga siempre una escalera,

y en su fondo, donde nunca

los rayos del sol penetran,
365

se divisa el arco rudo

de una gruta obscura y negra,

cuya boca está cegada

por una puerta de piedra

que gira a merced del brazo
370

del que por dentro la mueva.

   Formidable es el terror

que inspira la mansión ésta:

la obscuridad, el silencio,

la fría humedad que hiela,
375

la estalactita que luce

en medio de las tinieblas

con la fosfórica ráfaga

del ambulón, amedrentan

el ánimo más valiente,
380

el corazón de más fuerza,

el valor más temerario.

—31→
Al umbral de esta caverna

destaca una galería

cóncava, oprimida, estrecha
385

y torcida, como el rastro

que deja en pos la culebra.

Un paso más, y el pavor

súbitamente se amengua,

muda el alma cautivada
390

por agradable sorpresa.

   Es una estancia espaciosa;

de sus bóvedas de piedra

penden por rojos cordeles

tejidos de fuerte seda
395

cuatro lámparas, labradas

de figuras arabescas.

A su luz triste y opaca

y en derredor de una mesa,

donde de espléndida orgía
400

los pobres restos campean,

don Pedro Fuentencalada

sostiene viva polémica

con once sicarios suyos

de faz innoble y aviesa.
405

Todos visten buenas ropas

de las más vistosas telas

de Oriente, blancos tabardos

de lana fina, monteras

con airón de blanca pluma
410

y borceguí con espuela.

Todos, pendientes del cinto,

buídos puñales ostentan,

de plata los gavilanes;

que sólo don Pedro lleva,
415

como el de más jerarquía,

cumplido puñal de a tercia

con cruz de macizo oro

hecha de mano maestra,

—32→
y caja de piel de zorra
420

llena de rubíes y perlas.

   Sentada junto a don Pedro

en un sitial de madera,

fijos los rasgados ojos

en el suelo, Magdalena
425

hace ademán para hablar;

mas no lo consigue apenas,

cuando surca sus mejillas

llanto que ocultar intenta

en vano, con una risa
430

terriblemente siniestra.

Cesa un momento; dirige

una mirada sedienta

a la metálica luna

en cuyo fondo contempla
435

su rostro del sol tostado

y exclama la triste:

-¡Vieja!

¡Don Pedro!... ¡Tenéis razón!

Vieja os parezco y debiera

creeros, porque mis lágrimas,
440

doquier que voy, no me dejan,

y las lágrimas marchitan

la juventud y la afean.

Mas... ¿por qué no me afrentasteis,

don Pedro, de esta manera,
445

cuando, perseguido, errante

os recogió en su vivienda,

partiendo con vos su pan

y los leños de su hoguera,

aquella pobre gitana
450

para vos entonces bella?

Sí; ¿por qué no me ultrajasteis

antes de que os conociera,

antes de que en vos fiara,

creyendo vuestras promesas?...
455

—33→
¡Ay de mí!, que si yo entonces

desdeñase vuestras tiernas

caricias, vuestros halagos,

vuestras frases lisonjeras;

si, cuando vos me decíais:
460

«Yo te amo, gitana pérfida,

ámame tú y a mi lado

serás feliz», yo os dijera:

«Id en mal hora, don Pedro,

que soy libre en mi pobreza
465

y no quiero vuestro amor,

porque el amor me encadena.

Si, en fin, asiéndoos de un brazo,

de este brazo, en cuya arteria

hay sólo sangre cobarde,
470

porque hace un instante apenas

se alzó, amenazando osado

con un puñal mi existencia,

os arrojase a los pies

de las huestes portuguesas
475

que iban a voz de pregón

pidiendo vuestra cabeza,

y les gritare: -¡Ahí tenéis

lo que buscáis; la doncella

que tiembla, que palidece,
480

que llora en vuestra presencia,

es don Pedro, el arrogante

don Pedro, aquel cuya diestra

mandó con poca fortuna,

mas con intención certera,
485

al pecho de don Alfonso

de Portugal una flecha!...»

«¡Oh! ¡Entonces no me afrentarais

como hoy lo hacéis: en mi senda

de espinas, abandonada,
490

pero llevando doquiera!

Por compañía mi llanto

y el rigor de mi anatema,

—34→
fuera feliz sin amaros,

sin gozar de estas riquezas,
495

sin vuestros besos perjuros,

sin vuestras caricias pérfidas!»

   Y esto diciendo, fijaba

su mirada Magdalena

en don Pedro, cuya faz,
500

roja por la ira colérica

que la indignación le imprime,

su alza imponente y severa.

   Breve instante de silencio

sucedió, calma siniestra,
505

cual la que anuncia en el mar

el equinoccio que llega.

   Luego, tendiendo don Pedro

su mano, ruda y enérgica,

dijo con la voz del trueno
510

cuando inflamado revienta:

-Maniatad a esta mujer

y una mordaza ponedla,

mis lebreles: ¡yo lo mando!;

sed prestos a la obediencia.-
515

Y como si estas palabras

anuncio de muerte fueran,

todos bajan al oírlas

abrumada la cabeza,

cual si el temor y el espanto
520

ocultar así quisieran

a los ojos de aquel monstruo

cuyos mandatos respetan.

-Obedeced prestamente,

o ¡vive Dios! que con vuestras
525

cabezas haga escarmiento

de gente traidora y perra.-

Y al reflejo mortecino

—35→
de las lámparas que cuelgan,

todos los rostros se cubren
530

de palidez cadavérica

y sólo el sollozo se oye

de la pobre Magdalena

que de rodillas demanda

a su tirano indulgencia.
535

-¡Don Pedro, don Pedro mío!

¿Tanto os afrentó mi lengua

que así mandáis que me traten

los que homenaje me prestan?

¡Amordazarme! ¿Y por qué?
540

¿Por qué, cuando a mi querella

dio margen vuestro desdén

y el rumor de vuestra ausencia?

¡Ved, don Pedro, lo que hacéis!

¡Ved que ya viva, ya muerta,
545

mi sombra con vos irá

por donde vaya la vuestra!

¡Ved que os adoro, don Pedro;

ved que mi fe no se quiebra

con befos ni con mordazas,
550

con aceros ni con flechas!

¡Ved que tengo de seguiros

hasta que me falte tierra

en que pisar, y es en vano

que os afanéis porque muera!...
555

Yo no he de morir, don Pedro;

no he de morir, porque vela

en mis entrañas el hijo

de vuestro amor y mi afrenta,

por el nombre de su padre
560

y por mi pobre existencia.-

   Mas estas tristes palabras

en don Pedro no hacen mella

y sólo consiguen dar

a su coraje más fuerza;
565

—36→
y mientras, montando en cólera,

la mano a su cinto lleva,

muda la turba le mira

y estupefacta contempla

que de aquel drama sombrío
570

la catástrofe se acerca.

   Entre tantos miserables

no se brinda uno siquiera

a ejecutar el mandato

que el capitán los ordena;
575

que todos, aunque villanos,

no tienen en su conciencia

remordimiento de ultraje

a una mujer indefensa,

y todos, antes de ser
580

cobardes, páranse y tiemblan.

Páranse, pero ¿qué importa?

Nada a don Pedro le arredra,

y siempre su brazo alcanza

donde su anhelo le lleva.
585

Don Pedro no se detiene

cuando concibe una idea,

y antes muere en la demanda

que renegar de su empresa.

-¡Cobardes! -dice rabioso
590

al ver que por vez primera

todos permanecen mudos

a sus órdenes perversas-.

Si sois tan viles que sólo

matáis al que os da su hacienda,
595

dejando desamparados

sus deudos y parentela,

volved el rostro, mezquinos;

¡que vuestros ojos no vean

morir a un ser que ya nada
600

puede esperar en la tierra!-

dijo- y alzando el puñal

—37→
a lo alto de su cabeza,

dos veces rasgó iracundo

el pecho de Magdalena...
605

Tenues gemidos de angustia,

entre gritos de sorpresa

y de terror resonaron

por las bóvedas de piedra,

repitiéndose sus ecos,
610

como un lúgubre anatema

por el dédalo que forma

la tortuosa vereda

obscura, cóncava y húmeda,

de la galería extensa,
615

hasta perderse en la boca

de aquel abismo, allá fuera.

   Y mientras tanto, don Pedro

carga su víctima a cuestas;

atraviesa silencioso
620

la distancia que promedia

desde las negras entrañas

hasta el nivel de la tierra,

y apareciendo un instante

después encima la cresta
625

de la roca donde anida

la quejumbrosa cigüeña,

dice, mirando con risa

satánica a Magdalena:

-Por Dios que no cumplirás,
630

gitanilla, tu promesa;

si viva ha sido tu intento

lanzarte en pos de mi huella,

a fe que hacerlo no puedes

cuado te contemplo muerta.-
635

   E irguiendo en brazos el cuerpo

de la egipcia, que chorrea

—38→
a borbotones la sangre

de las heridas que lleva,

lanzolo en medio al espacio
640

y rebotando en las breñas

rodó como una avalancha

hasta hundirse en el Bernesga.

   -Ya estamos demás aquí-

exclamó Fuentencalada
645

al penetrar nuevamente

donde sus gentes le aguardan-.

La noche nos favorece

por lo obscura, camaradas;

los caballos nos esperan
650

y es muy larga la jornada.

En marcha, pues, mis lebreles;

que el plazo cumple mañana

y es fuerza no reposar

hasta llegar a Milmanda.-
655

   Y la legión de bandidos

a quien don Pedro avasalla,

fiel a su voz imperiosa

abandonó aquella estancia.

Oyose a poco un relincho
660

y el estrépito que causan

doce potros al galope

que por la montaña bajan;

luego el ruido que producen

al atravesar las aguas
665

del Bernesga; luego un grito

penetrante, y luego nada

más que el son de la tormenta

y el trueno que ronco estalla,

a tiempo que del relámpago
670

—39→
a la luz intensa y cárdena

se mira una sombra que huye

vacilante, incierta y vaga,

por el camino que siguen

don Pedro Fuentencalada
675

y su gavilla, compuesta

de sus once camaradas.

IV

   Silba en tanto en los cristales

del castillo de Milmanda

el viento, que sus almenas
680

azota con ronco son,

y crece el agua en su foso

hasta lamer la baranda

del puente, cuyas cadenas

penden desde el murallón.
685

   La noche cubre del valle

los horizontes estrechos:

hay en las sombras acechos

felinos, de tigre audaz.

Todo reposa; tan sólo
690

se escucha cómo desmaya

el clamor del atalaya

que anuncia: ¡Dormid en paz!

   ¡Dormir! Dichoso el que siente

en lecho de áureo palacio
695

ese grito en el espacio

lánguidamente morir

sin que, desvelado, insomne

por el dolor, el oído

pueda escuchar repetido
700

ese eco otra vez gemir.

—40→
   Dichoso el mortal que en sueños,

sana y libre su conciencia,

de ese acento la cadencia

en otro mundo escuchó,
705

donde el alma dulcemente

reposa alegre y tranquila,

cuando sobre la pupila

el párpado resbaló...

   ¡Cuán dulces son y encantadas
710

las breves horas de sueño!

¡Qué espacio tan halagüeño

llega el espíritu a ver

cuando, inerte la materia

que le atrofia y esclaviza,
715

fugitivo se desliza

lo infinito a recorrer!

   Dueño entonces absoluto

de su imperio detentado,

cual sultán que destronado
720

regresa al perdido harén,

así feliz el espíritu

hacia su patria se lanza

por regiones de esperanza,

en ansias de amor y bien.
725

   Y allí admira las florestas,

cuyas plantas olorosas

crecen lozanas y hermosas

en un perenne verdor,

y las bullidoras fuentes
730

de aguas puras, cristalinas,

donde saltan las ondinas

de su corriente al rumor;

   y los jardines poblados

de dalias y de azucenas,
735

—41→
de violetas y verbenas,

de fragancia sin igual,

y los nópalos, que crecen

entre los céspedes suaves,

donde preludian las aves
740

su cántico matinal;

   y los palacios, colgados

de fantásticos doseles,

cuyos altos capiteles

piérdense en un cielo azul,
745

y en sus mágicos salones

bajo bóvedas de oro,

vírgenes cantando a coro,

veladas en blanco tul.

   Todo cuanto en su delirio
750

puede ver la fantasía,

de espléndido en la armonía,

de armonioso en la ilusión,

todo, en su rápido vuelo,

lo mira el alma extasiada,
755

mientras duerme fatigada

la materia en su abyección.

   ¡Sí! Dulces son y encantadas

las breves horas del sueño;

mas ¡ay! de mortal beleño
760

para el que velando está,

la conciencia torturada

por recuerdos de amargura,

crímenes que en guerra dura

tienen al alma quizá.
765

   Tal don Ramiro que, loco,

sobre su lecho se agita,

lleno de angustia infinita

y de cobarde terror;

—42→
tal don Ramiro, que clava
770

sus turbios ojos con ira

en una sombra que gira

de su lecho en derredor.

   Sombra, sí, cuya amarilla

mano, flaca y descarnada,
775

va extendiéndose crispada

poco a poco hasta su faz,

como si en ella quisiera

descifrar oculto enigma

o imprimir algún estigma
780

de deshonra pertinaz.

   Sombra loca, vengativa,

que cual burbuja aparece

y se hincha de pronto y crece

haciéndolo estremecer,
785

hasta que revienta en risas

de sonido funerario,

como el que del hondo osario

arranca un cuerpo al caer;

   que modula a sus oídos
790

blasfemias y maldiciones,

y entona impías canciones

con sordo acento infernal,

ya postrándose de hinojos

de don Ramiro en el lecho,
795

ya atormentándole el pecho

bajo su planta brutal;

   que se arrastra por las losas

rabiosa y enfurecida,

o levanta removida
800

ceniza vana su pie,

y difunde por la estancia

claridad amarillenta,

—43→
a cuya luz, macilenta,

su angustiada faz se ve.
805

   Faz sin formas ni contornos,

carcomida, esqueletada,

lívida, despestañada,

sin expresión ni color,

y a cuyo mondado cráneo,
810

como lisa calabaza,

una corona se enlaza

con fatídico primor...

   Corona que nada arguye

de su esplendor fenecido,
815

hierro viejo, enmohecido,

corona que fue de rey,

cuando, en rubíes engastada

y en piedras de gran valía,

un monarca la ceñía
820

cuya voluntad fue ley.

   ¡Oh! Y esta sombra es su sombra;

la sombra de aquel guerrero

que al dar su aliento postrero

pidió al Señor, al morir,
825

la gracia de aparecerse

al que traidor le vendiera,

y hoy viene a su cabecera

la atroz venganza a cumplir.

   ¡Sí, ésta es la sombra angustiada
830

del rey que, ingrato privado

vendió herido y maniatado

al de León, Santarén,

a cambio de las caricias

de una esposa noble y bella,
835

tras cuya rápida huella

queda una sombra también!

—44→
   Y don Ramiro se espanta;

y en su dolor inhumano,

quiere apartar con la mano
840

aquel fantasma de sí;

pero, inútil su porfía

y estériles sus antojos,

adonde vuelve los ojos

la sombra se encuentra allí...
845

   Y ya en su lenta agonía,

rabioso, desesperado,

va a gritar desalentado

en demanda de favor,

cuando siente con fiereza
850

comprimida su garganta

y un acento que le espanta

y le llena de terror.

   Súbito entonces sus ojos

miraron desvanecerse
855

las visiones y perderse

de su lecho en el dosel,

como fugaz pesadilla

de desolada quimera,

tras de la cual nos espera
860

una verdad más cruel...

   Y es que el plazo ha terminado,

y al terminar su jornada,

don Pedro Fuentencalada

en Milmanda se encontró,
865

y tras una breve lucha

con las gentes del castillo,

tintó en sangre su cuchillo

por sus puertas penetró.

   Dejó en los patios su gente
870

al amor de grata lumbre,

—45→
y mandó a la servidumbre

del castillo aprisionar;

y con grave y firme planta

sin que nada le recele,
875

llegó al fin adonde suele

el de Acosta reposar.

   Rápido bajó el embozo

del bien cumplido tabardo;

se adelantó con pie tardo,
880

y al noble altivo miró.

Guardó silencio un instante

y con voz enronquecida,

así con el regicida

estas palabras cambió:
885

DON PEDRO
   ¿Conocéisme, don Ramiro?

DON RAMIRO
¡No os conozco!

DON PEDRO
¡Cosa rara!

A mí, en cambio, me bastara

oír vuestra voz fatal,

para teneros al punto
890

por el ingrato valido

del señor rey fenecido

Alfonso de Portugal.

DON RAMIRO
¡Infierno! ¿Quién sois?

—46→
DON PEDRO
No es hora

de revelároslo, acaso;
895

antes, por ser muy del caso,

una historia os narraré,

para que brote el recuerdo

más presto en vuestra memoria;

es una historia esta historia
900

que no olvidáis ni olvidé.

   Tras cuyas breves palabras

calló don Pedro un momento

y osado tomando asiento,

en un cómodo sitial,
905

comenzó de esta manera

la narración que anunciara,

mas no sin que antes cuidara

de requerir su puñal.

V

   «Corren de mayo los postreros días
910

y es una tarde de serenas auras;

la fresca primavera en su apogeo

de verde mirto y rosa engalanada,

opulenta en sonrisas los vergeles,

los bosques y las selvas visitaba.
915

   »Iba a cumplir el sol en Occidente

su cotidiano exilio; con él marchan

la luz y la armonía, sobre alfombras

de nubes de carmín y de esmeralda.

Regio proscripto, el paso detenía
920

al columbrar las últimas montañas,

—47→
suspiró con las auras gemidoras,

tendió al espacio la postrer mirada,

y al ver la luna enseñorearse alegre

sobre el cenit, donde moró su alcázar,
925

agitó sus melenas fulgurantes,

mandó un adiós a su perdida patria,

y con rápido paso huyó iracundo

allá en el mar a sumergir sus lágrimas...

   »Iluminan tan sólo el firmamento
930

tibios rayos de luz amortiguada

entre la débil sombra confundidos

de una noche tranquila que avanzaba,

cuando, por una senda que al viajero

conduce a Badajoz, se destacaban
935

negros bultos informes, movedizos,

como de muchas gentes que cabalgan,

ronco son de atambores y clarines

que en ecos penetrantes se dilata,

y el acerado brillo que producen
940

yelmos, escudos, picas, cotas y hachas.

   »Eran gentes de guerra, a crudas lides

y en cien y más combates adiestradas,

gente ruda y salvaje cual las rocas

que el padre Tajo con sus ondas, baña;
945

eran los dignos hijos de Viriato

que cuentan por victorias sus batallas

y entre los que nacisteis, don Ramiro,

como para negar sus prendas altas.

Ávido de conquistas, don Alfonso,
950

rey de los portugueses, caminaba

sobre un caballo indómito, delante

de sus guerreras huestes y bizarras.

Caminaba sereno, denodado,

esculpido el valor en la mirada,
955

de ensanchar sus dominios codicioso

tal vez acariciando la esperanza.

—48→
Vos erais su valido, y a su lado

don Alfonso un lugar os dispensaba;

que sin vuestro consejo y vuestra venia
960

no excita al enemigo ni lo ataca.

   »Cesó el clarín; al rayo de la luna

destacáronse ya, no muy lejanas,

de Badajoz las torres, cuyos muros

iban a ser testigos de una infamia.
965

Acamparon las huestes, y entretanto

que las perdidas fuerzas reparaban

con un breve descanso, don Alfonso

trazó, selló y os entregó una carta.

   «-Id -os dijo después-, id, don Ramiro,
970

a saludar al rey de aquesa plaza,

y decidle que un rey tan poderoso

como el rey de León aquí le aguarda;

decidle cómo vengo en son de guerra,

de estos grandes dominios en demanda,
975

y cómo están dispuestos mis soldados

a morir por el triunfo de mi causa.

En ese pergamino le encomiendo

la razón que me asiste a esta jornada.-

   »Vos partisteis ligero como el rayo;
980

quien viera vuestro gozo, no dudara

que erais vos de este reto el responsable,

trama por vos urdida y preparada.

   »Vacilando entre el miedo y la avaricia,

llegasteis presto al castellano alcázar;
985

hablasteis con el rey que, deferente,

os hizo grande honor, y al leer la carta

quizá su corazón latió violento,

tal vez su hermosa frente se anublaba...

   »No es un temor cobarde, no es el miedo
990

—49→
a sostener la lid lo que le espanta:

¡no hubo jamás cobardes en Castilla!

Lo que al rey don Fernando le aterraba,

era pedir al portugués un plazo

para entablar la lucha provocada.
995

   »Mas ¿qué hacer, si sus tropas valerosas,

sus fuertes caballeros y mesnadas

derramaban su sangre en suelo extraño

de la justicia y del honor en aras?

   »Y abrumado su reino por contiendas
1000

y discordias civiles, amagada

su corona y a guerra apercibido

por las fuerzas que manda el de Navarra,

¿cómo podrá luchar? ¿de qué manera

probar esfuerzo ni reñir batalla?1
1005

   »¡Ay! A tales preguntas, don Fernando

sobre el pecho la frente doblegaba

y -¡Rendirme! ¡Oh, jamás!- en sordo acento

sus balbucientes labios murmuraban...

Vos comprendisteis bien cuánto sufría
1010

su noble corazón, y vuestra audacia

nunca pudiera ser tan oportuna

como dándole al triste una esperanza

en medio de inquietudes tan horribles,

tantos crudos temores y asechanzas.
1015

¡Y esa esperanza se la disteis, bella

y halagadora, mas cobarde y falsa!

   »¿Vais haciendo memoria, don Ramiro,

cuya es la voz que tan altiva os habla?

—50→
Mas dejad que prosiga; queda poco,
1020

y es lo mejor del cuento lo que falta.

   »Entre las damas nobles de la corte

de don Fernando de León, llevaba

la palma en donosura y gentileza

su hermana doña Elvira, de bastarda
1025

cuna; mas para vos, sólo que fuese

de progenie de reyes os bastaba.

   »Visteis a doña Elvira, y al fijaros

en la lánguida luz de su mirada;

al ver aquellos labios purpurinos,
1030

gloria del caballero que la amaba

(porque la amaba un hombre), vos sentisteis

la codicia infernal dentro del alma,

pasión la más innoble y más funesta

de cuantas tejen la miseria humana.
1035

   »Cuando ya la codicia se apodera

de nuestro corazón, como la llama

de un incendio voraz, nada es bastante

a vencerla, extinguirla ni amenguarla,

y en vos esta codicia, de tal suerte,
1040

con tanta rapidez se propagaba,

que aquella misma noche decidisteis

en doña Elvira, la infeliz, saciarla.

   »Meditado era el plan sin duda alguna

que ibais a ejecutar para logralla;
1045

de otro modo jamás conseguiríais

del buen rey de León la fiel palabra

de daros por esposa a doña Elvira,

que allí en solemne voto os fue empeñada.

   »Mas ¿a qué proseguir? ¡Sólo al recuerdo
1050

de aquella noche, maldecida, estalla

mi corazón de cólera y quisiera

—51→
morir, por no penar al recordarla!

Tres horas de secretas confidencias,

llamado a engaño, os dispensó el monarca.
1055

¡Tres horas de traición! ¡Ah, don Ramiro,

que las paredes al traidor delatan!...

   »Y aquella misma noche en matrimonio

la pobre doña Elvira os fue entregada;

sus quejas, sus gemidos, sus protestas,
1060

no fueron atendidas ni escuchadas.

Tranquilo quedó el rey; vos complacido

os alejasteis de la regia estancia,

y a merced de las sombras, discurriendo

por calles tortuosas, solitarias,
1065

llegasteis a una casa y penetrasteis.

Iba con vos la sin ventura dama

llagado el corazón, pálido el rostro,

anegados los parpados en lágrimas...

   »¡Oh! En aquella mansión aborrecida,
1070

de la que restan hoy cenizas pardas,

pues a cenizas convirtiola luego

de un famoso ladrón la mano airada,

fue vuestra doña Elvira; pero ¡nunca,

nunca su amor fue vuestro! Allí encerrada
1075

algún tiempo quedó, y allí ha sufrido,

¡ah!, sabe Dios cuánto sufrió su alma.

Era alta noche ya cuando salisteis

de aquel negro recinto; caminabais

pálido como un muerto, cabizbajo,
1080

torvo, como una sombra condenada;

un hombre os perseguía silencioso,

y al veros alejar cortó distancia

y de pronto os paró: -¿Quién sois?- dijisteis

al verle frente a vos como una estatua;
1085

pero mudo aquel hombre, sin oíros,

con sonrisa satánica os miraba.

—52→
   »-Fui noble -os dijo al fin-; fui caballero

de hidalga cuna y condición hidalga;

jamás con sangre de villana gente
1090

regué la tierra ni manché mi espada,

y por eso sin duda en este instante

no la hundo hasta el pomo en tus entrañas.

Fui caballero, sí; mas desde ahora

no puedo serlo ya, porque me falta
1095

mi numen protector, el ángel puro

que por nobles veredas me guiaba.

No puedo serlo ya, porque he perdido

cuanto fuera mi orgullo y mi esperanza,

cuanto diera valor a mis acciones
1100

y altivos pensamientos me inspirara.

¡Tú, lusitano vil, tú eres tan solo

el que en la senda criminal me lanza,

donde el recuerdo de mi bien perdido

no vuelva más a conturbar mi alma!
1105

¡Que el rayo de la cólera divina

al castigar mi bárbara venganza

abra también, inexorable y justo,

en tu conciencia ruin, eterna llaga!-

   »Así os habló aquel hombre; sus pupilas
1110

chispas de fuego del infierno exhalan

al girar en la órbita, y su acento

como una tempestad retumba y brama.

-¡Perdón, perdón! -clamasteis al oírle-.

¡Perdón!... -Y en tierra la rodilla hincada,
1115

perdón mil veces con temor cobarde

del hombre aquel, doliente demandabais.

   »Movido acaso a compasión, no quiso

con vuestra sangre deshonrar su espada,

y en pedazos quebrándola, arrojola
1120

lejos de sí con iracunda saña.

-Mientras fui noble -dijo- me serviste;

hoy fueras para mí pesada carga;

—53→
y pues como hasta hoy no quiere el hado

vayas pendiente de cintura honrada,
1125

quédate a la ventura, espada mía,

que a un bandolero su puñal le basta.-

   »Vos en tanto de hinojos, suplicante,

no cesabais un punto en pedir gracia;

gracia para una vida que iba a seros
1130

con eternos dolores prolongada.

¡Cuánto mejor os fuera, don Ramiro,

morir entonces! ¡Oh, cuántas desgracias,

y cuánta expiación, cuánto martirio,

matándoos aquel hombre os evitara!
1135

Mas no quiso arrancaros la existencia,

que fuera poco cebo a su venganza.

¡Era preciso que llegase un día

en que vuestra conciencia despertara,

y al mirar vuestros crímenes, quisierais
1140

de vos mismo escapar, y no encontrarais

asilo ni en la tierra ni en el cielo,

ni allí ni aquí perdón a vuestras faltas,

ni clemencia ante Dios ni ante los hombres,

ni al pie del confesor ni al pie del ara!
1145

-¡Miserable, no tiembles! Yo no tengo

sed de sangre, traidora; vive, pasa

los días que te restan entregado

en brazos de esa virgen desgraciada

a la que tanto amé. ¡Negra es tu estrella
1150

cuando le inspiras a un bandido lástima!

Mas oye, lusitano: si algún día

esa hermosa mujer que me arrebatas

llega a sentirse madre y no son monstruos

los hijos que te dé, como de raza
1155

lo heredarán por ti, yo, desde ahora,

te exijo donación formal y clara,

dentro del plazo fijo de quince años,

de hembra o varón, el que primero nazca.

—54→
Varón, le haré maestro en el pillaje:
1160

matará, robará por las comarcas,

como yo robaré desesperado,

y cuando mire la segur cercana

y próximo mi fin, por toda herencia

le haré depositario de mi fama.
1165

Hembra, con ella partiré hermanado

mis riquezas espléndidas robadas;

presentes de magníficas preseas,

diamantes y oro llevaré a sus plantas.

Por ella, en las ermitas del contorno
1170

desnudaré las Vírgenes sagradas,

y sus fúlgidos mantos y diademas

de rubíes, de amatistas y esmeraldas,

adornarán sus hombros y sus sienes,

para al verla tan célica, adorarla.
1175

No más quiero de ti; jura cumplirme

este postrer anhelo que afianza

la vida que te doy. Y por que tengas

una memoria mía mientras vayas

la existencia arrastrando por la tierra,
1180

escúchame otra vez. Cuando tú hablabas

con el rey don Fernando, yo te oía

a un tiempo mismo con placer y rabia.

Sé que quieres matar a don Alfonso

de Portugal, tu rey, cuya privanza
1185

te concedió en mal hora; sé que luchas,

empero, con temores que te espantan

y te hacen vacilar; mas persevera

en tu proyecto vil, no temas nada.

De todo triunfarás; nadie en la tierra
1190

quedará que conozca tus infamias;

nadie podrá mofarte, ni tu crimen

para eterno baldón echarte en cara.

¡Mi cuchillo abrirá tremenda herida

del que a tanto se atreva en la garganta,
1195

y no hay vereda sobre el haz del mundo

que para perseguirle no trillara!

—55→
Ve, pues, junto a tu rey, traidor valido;

dile que Badajoz le espera en armas;

y cuando por sus puertas victorioso
1200

intente penetrar, yo haré que caiga

al suelo con dolor, bañado en sangre.

Corre, corre a su tienda de campaña

antes que el alba luzca, y en su frente

el ósculo de Judas ve y estampa...
1205

   »Y el bandido calló; vos le escuchasteis

con agrado tal vez. Cuanto él hablara,

si en el fondo era horrible, por lo menos

vuestros viles instintos halagaba.

Aquella misma noche, don Alfonso
1210

penetró en Badajoz; su estrella aciaga

lo quiso así, para que ejemplo fuera

en su dolor a cándidos monarcas.

   »Y cuando sus banderas en los muros

de Badajoz, la invicta, tremolaban;
1215

cuando, ufano, entre músicas y vítores,

al aposento real se encaminaba,

súbito de su potro rodó en tierra.

Una flecha, de lejos disparada,

atravesó su muslo, y muerto acaso
1220

creyéndole sus huestes, aterradas,

¡Traición! ¡Traición!, clamaron. Cunde entonces

por toda la ciudad grito de alarma,

despiertan sus tranquilos habitantes,

y al mirar en peligro sus moradas,
1225

la santa paz en que hasta allí vivieran

por extranjera furia amenazada,

claman también: -¡Traición!- Y a sus acentos

ruedan peñascos por el aire, saltan

aceros por doquier, y suenan quejas
1230

y se abren yelmos y se rompen lanzas...

   »Sangrienta fue la lucha, pero al cabo

logró su triunfo el santo amor de patria,

—56→
sentimiento divino que engrandece

el alma de los pueblos y les marca
1235

en el eterno libro de la Historia

un premio de inmortales alabanzas2.

   »Prisionero en poder del castellano

don Alfonso quedó. ¡Con cuántas lágrimas

humedeció su lecho de dolores,
1240

al conocer vuestra traición villana!

Su noble vencedor, siempre a su lado,

con palabras de amor le consolaba;

pero ni sus palabras ni consuelos

eran bastantes a curar la llaga
1245

que abrió en su pecho la perfidia horrible

del ingrato valido a quien amara.

No eran bastantes, no; sólo la muerte

por término a sus males esperaba,

porque sólo en la muerte está el remedio
1250

para quien tiene traspasada el alma.

   »Mas antes de morir, a don Fernando

rogó con grande afán que os perdonara,

y proscripto os lanzase de su reino,

por única expiación a vuestra infamia.
1255

Ambos reyes en ello convinieron,

y errante, sin reposo, hogar ni patria,

con la desventurada doña Elvira

llegasteis a estas rocas solitarias,

donde os abandonó, por ir en busca
1260

del premio que los mártires alcanzan...

   »¡Ay! ¡Pobre doña Elvira! Tú has sufrido

como jamás sufrió criatura humana;

—57→
mas si llevaste al cielo la memoria

de tu primer amante, aquellas gratas
1265

horas de dulces besos e inocentes

tiernos halagos y caricias castas;

si no pudo la muerte en el olvido

hundir tantos recuerdos, y a la santa

mansión de los querubes, donde moras,
1270

llega el eco mortal de mi plegaria,

¡perdona, doña Elvira, al que tu nombre

quiso borrar con sangre de su alma;

al que te vio perdida, y en el crimen

creyó encontrar consuelo a su desgracia!
1275

   »A poco tiempo de esto, don Alfonso

dejaba de existir. Cuando expiraba,

rogó al Señor le concediese un plazo

para venir a veros a Milmanda,

en espíritu o cuerpo, y de este modo
1280

hacer que conocieseis vuestras faltas

y alcanzar para vos misericordia

en la región de la divina gracia.

   »En tanto el bandolero, deplorando

la ruindad de las flechas de su aljaba,
1285

fugitivo por ásperas veredas,

ora salvando valles o montañas,

huía de la luz y de las gentes

que a gritos su cabeza pregonaban.

   »Cansado estaba ya de esta existencia,
1290

cuando plugo a su suerte que encontrara

una tarde de enero once truhanes

de mala vida y pérfidas entrañas;

trabó con ellos amistad profunda;

si tímido al principio se mostrara,
1295

hizo temerse pronto, y desde entonces

todos a sus mandatos se inclinaban.

—58→
   »Capitán de gavilla, vio quince años

de su vida pasar, con la esperanza

de visitaros hoy... y hoy, don Ramiro,
1300

que ya aquel plazo de expirar acaba,

viene a exigir de vos, dispuesto a todo,

el cumplimiento fiel de una palabra...

¡Señor de Santarén! Aquel bandido,

de vos tan sólo una respuesta aguarda...»
1305

VI

   Dijo don Pedro, y alzando

altivo la osada frente,

su pupila irreverente

en don Ramiro clavó;

y al resplandor que una lámpara
1310

por todo el ámbito vierte,

la palidez de la muerte

en su semblante miró.

   Amarillentos los labios,

sarcásticos, contraídos,
1315

los ojos entumecidos

con vidriosa brillantez

como cuévanos las sienes,

la pestaña entrecerrada,

la mejilla descarnada,
1320

descolorida la tez...

   Con afán y sobresalto

don Pedro llegó hasta el lecho

y una mano sobre el pecho

de don Ramiro posó;
1325

mas al ver que ya no late

su corazón frío y yerto,

—59→
dijo: -¡Desdichado, ha muerto!

¡Su conciencia le mató!

   ¡La Conciencia! ¡Y hay quien duda
1330

de la existencia del alma,

morando ese quid divinum

en nuestro mísero ser!

¿Por qué el criminal entonces

vive sin paz y sin calma
1335

y le atormenta el recuerdo

de sus víctimas de ayer?

    ¿Por qué ha de sentir el hombre,

si en él, como en una roca,

no deja impresión alguna
1340

la brisa ni el huracán?

¿Qué fuerza del mal le aleja?

¿Qué fuerza al bien le provoca

y a la perfección le impele

con inextinguible afán?
1345

   ¡Tú sólo, Conciencia, azote

del reo, del justo palma,

estrella polar del alma

que eterna gira hacia ti!

¡Tú sólo! Y cuando te niega
1350

el humano entendimiento,

tú, con un remordimiento

le respondes: ¡Heme aquí!

   Confuso quedó don Pedro

junto al lecho mortuorio,
1355

el pensamiento sumido

en honda meditación,

admirando de la vida

lo fugaz y transitorio

y sintiendo en su conciencia
1360

un dulce afán de perdón.

—60→
    Entonces vio deslizarse

toda su vida pasada

en el crimen malgastada,

carcomida de pesar,
1365

y anhelaba una existencia

para el resto de sus días

de esas santas alegrías

que suele el amor brindar.

   Y paraba la memoria
1370

en su doña Elvira amada,

dirigiendo una mirada

al cielo, que a buscar fue;

pero un imán poderoso

que a su pupila se aferra,
1375

lo hace mirar a la tierra

con más ahínco y más fe.

    Y es que doña Dulce llora

su orfandad y desconsuelo

sobre el helado cadáver
1380

del que su padre llamó.

-¡Padre, padre mío! -exclama;

¡Me dejas sola en el suelo!

¿Me dejas sola, mi padre,

y no he de morirme yo?-
1385

   ¡Pobre niña, condenada

antes ya de que nacieras

a vivir sacrificada

de una traición al poder,

de tu pena a la amargura
1390

paz ni alivio en vano esperas!

¡Ni consuelo, ni ventura

ni descanso has de tener!

   Llora, doña Dulce bella;

llora, doña Dulce, llora,
1395

—61→
porque don Pedro te adora

desde que tu faz miró...

¡Triste herencia de tu madre,

su hermosura fue tu ornato,

y él que vio en ti su retrato
1400

como a tu madre te amó!


—63→

Libro segundo

Amor

—65→

I

    ¡Hombres, amad! El pájaro en su nido,

    el silfo en su hoja, en su rincón la araña,

    el pez entre las ondas sumergido,

    en su cubil salvaje la alimaña

    se estremecen de amor... Vívida hoguera
5

    de irresistible llama abrasadora,

    con que el divino aliento alumbró el caos,

    su resplandor eterno reverbera,

    antorcha inextinguible

    de la creación sobre la ingente esfera
10

    y alma de todo ser, germen fecundo

    de cuanto el sol colora,

    desde el hombre al insecto, anima y dora

    cuanto el espacio abarca y puebla el mundo.

    ¡Amad, mujeres! Las que en áureo cáliz
15

    néctar apuráis de la amargura;

    las que faltas de dicha y de ventura

    tras íntima congoja

    visteis de la ilusión la flor querida,

    en yertos desengaños convertida
20

    mustia al suelo rodar, hoja por hoja;

—66→
    oh, amad, sí, que el amor es el rocío

    de las flores del alma, es el aliento

    restaurador del apagado brío,

    voz que imprime al cadáver movimiento,
25

    que enciende el sol y músicas da al río...

    sentimiento sublime,

    ángel de leves luminosas alas,

    él al esclavo corazón redime,

    y al pecho torna, que desierto gime,
30

    perdidas pompas y marchitas galas.

    Sobre el sepulcro infando

    que a don Ramiro muerto recogía

    doña Dulce lloró, quizá ignorando

    que el llanto que vertía
35

    jugo a un amor exótico daría.

    Lloró; pero sus lágrimas acerbas

    que en nube vaporosa

    de arrebol encantado y peregrino,

    tibias bañaron la pesada losa
40

    del valido traidor, lágrimas fueron

    que de don Pedro al beso se templaron

    y en un cielo de rosa se perdieron.

    Amaba ya. La desgarrada pena

    que de la muerte el rayo dejó en su alma,
45

    el temor a una vida

    por hondas tempestades combatida,

    sin esperanza de consuelo y calma,

    todo pasó, del ceguezuelo niño

    a la sonrisa de atractivos llena;
50

    todo pasó, porque brotó serena,

    tintas prestando al seductor armiño

    del rostro de la virgen, hechicero,

    la aurora en su alma del amor primero.

    Amaba y era amada
55

    y era feliz y venturosa era;

—67→
    tan feliz como un ave enamorada

    serlo tal vez pudiera,

    si a su canción divina no se uniera

    la queja de dolor desgarradora,
60

    que sin querer del pecho se desprende,

    cuando sus senos hiende

    la flecha de la lucha matadora.

    Y es que la pobre niña,

    en medio de la fe con que adoraba
65

    al hombre que, rendido,

    lleno de amor, amores la juraba,

    allá en el fondo de su ser sentía,

    acaso sin saber de qué emanaba,

    un supremo dolor, una agonía,
70

    un martirio tan íntimo y tan lento,

    que, como un pertinaz presentimiento,

    perturbaba sus horas de alegría.

    Pero, ¿quién de la orgía,

    entre el jovial bullicio, no disfraza
75

    la lágrima importuna, que brotando

    al calor de una idea pavorosa

    de aquel lugar ajena,

    nace a ser del contento la amenaza?

    ¿Quién el impulso entonces no refrena
80

    del corazón que sufre, y de la taza

    al apurar la libación sabrosa,

    embotado el espíritu y beodo,

    olvidado de sí, no olvida todo?...

    El lenguaje tiernísimo y galano
85

    que impregnado de fresca poesía

    empleaba el bandido castellano

    cuando a su amante leal se dirigía

    embriagó de tal modo a doña Dulce

    que, la que antes celosa
90

    por vagas sombras se sintió turbada,

—68→
    tranquila ya, reposa

    de don Pedro en las frases confiada.

    Y en semejante estado,

    forjó su mente un porvenir risueño,
95

    y hacia él marchó, latiendo acelerado

    su corazón en amoroso ensueño.

    Que así el corazón late

    cuando, principio a nuestras dichas todas,

    espera el alma, en matador combate,
100

    la luz que ha de alumbrar en nuestras bodas;

    y así sueña la mente enardecida

    cuando, de la esperanza posesora,

    quiere animar con movimiento y vida

    el ideal fantasma que atesora.
105

    Espléndido, radiante,

    un día se alzó el sol: era la hora

    en que el pájaro errante

    posa en la verde rama y se cimbrea

    al compás de su armónica y sonora
110

    blanda canción que el ánimo recrea.

    La alborada moría

    como cándida virgen que abandona

    sus juegos en la cuna, y a su frente

    espléndida corona
115

    la luz del sol magnífico ceñía.

    Murmuraba el arroyo allá en la vega

    entreabrían las rosas su capullo

    al beso de su linfa que las riega,

    y al delicioso arrullo
120

    de la plácida brisa, contestaba

    la paloma que atenta le escuchaba.

    Trémulas gotas de vital rocío

    esmaltaban de chispas de topacio

    las copas de los árboles azules,
125

    y en la extensión quietísima del río

—69→
    reflejaban su púrpura los cielos

    sobre él alzando sus rojizos tules...

    Pero, lector, si te place

    cambiemos de tono; basta
130

    lo dicho para advertirte

    que en una hermosa mañana

    y en un patio, por más señas,

    del castillo de Milmanda,

    los cofrades de don Pedro
135

    juntos así platicaban:

    -¡Cuán rápido el tiempo vuela!

    -decía uno de ellos-. Ya pasa

    de un año, según entiendo,

    que por sendas ignoradas,
140

    en noche lóbrega y negra,

    saltando breñas y zanjas,

    a guisa de renegados

    llegamos a esta comarca.

    ¡Noche memorable! ¡En ella
145

    para siempre sepultada

    quedó toda una existencia

    de gloria, poder y hazañas!

    ¡Ah, si pudiera mi mano

    cortar al tiempo las alas,
150

    y alcanzar aquellos días

    que hoy sólo la mente alcanza!...

    ¡Ser libres como los vientos

    que bajan de las montañas

    a poner freno al torrente
155

    y espanto en las caravanas!

    ¡Dormir vecino a las nubes

    el breve sueño del águila,

    y cual ella todo un mundo

    dominar bajo las garras!
160

    ¡Tener un puñal a prueba

—70→
    de férreas cotas de malla,

    temido en villas y aldeas,

    en palacios y cabañas!

    ¡Soñar riquezas y rico
165

    despertar por la mañana!...

    ¡Oh, si en mi mano estuviera

    cortar al tiempo las alas!...

    -Bien decís -repuso entonces

    otro de sus camaradas-;
170

    mas no recordemos glorias

    de nuestra vida pasada,

    que, si son muchas, son más

    los crímenes que la empañan;

    y pues don Pedro este día
175

    con doña Dulce se enlaza,

    sepamos si hay de vosotros

    quien el enigma deshaga

    de esa unión, cuyo misterio

    mi torpe razón no alcanza.
180

    -En grave riesgo ponéis,

    hermano, la noble fama

    de nuestro buen capitán

    con vuestra justa demanda;

    pues para satisfacerla
185

    según de suyo reclama,

    pienso ha de ser menester,

    lejos de hacerle alabanza,

    motejarle de traidor

    y de condición ingrata.
190

    -Duro andáis, ¡por vida mía!

    -Sí, a fe, y me pesa en el alma,

    que a tal extremo me lleva

    justicia, sí, no arrogancia;

    y si en boca aventurera
195

    no es especie aventurada,

    de traidor y de cobarde

    cargos le haré que le manchan.

    -En buen hora eso digáis

—71→
    si en testimonios se basa,
200

    mas si de ellos carecéis

    callaráislo noramala.

    -Tantos son y de tal suerte,

    que por sí solos bastaran

    para colgarle del cuello
205

    en la más alta atalaya.-

    Y esto al decir el bandido

    con voz arrogante y clara,

    oyose un fiero murmullo

    entre los que le escuchaban,
210

    y todos lo rodearon

    por no perder sus palabras,

    mirándole ferozmente

    y en ademán de amenaza.

    -No, a la fe, no me intimidan
215

    vuestras sañudas miradas;

    probaros he con razones

    cuanto mi lengua arriesgara;

    que yo le tengo a don Pedro

    en grande estima, y no embarga
220

    cuanto decir me propongo

    prendas en él muy preciadas.

    Yo no pretendo quitarle

    valor, fiereza y pujanza,

    que estas son dotes que en él
225

    nadie pudiera negarlas.

    Mas si don Pedro no fuese

    traidor, sin fe ni constancia,

    ¿a qué abandonar la senda

    en que alcanzó gloria tanta?
230

    ¿por qué, pues en él creímos

    burló nuestras esperanzas,

    cuando riquezas sin cuento

    la suerte nos deparaba?

    ¿a qué dejar una tierra
235

    do tanto nombre lograra,

—72→
    do tanto espacio tenía

    su eterna sed de venganza,

    por este rincón breñoso

    de la más pobre comarca?
240

    ¡Qué! ¿No es traición el perjurio?

    Y cuando a nuestra compaña

    llego, de olvidar ganoso

    amores que le amargaban,

    ¿no juró, puesta la mano
245

    sobre la cruz de su daga,

    ser fiel a nuestro instituto

    y defender nuestra causa?

    -¡Lo juró y lo satisfizo!

    -No es verdad. ¿Qué en esta casa
250

hacemos, pues?

-Lo que cumple

    a nuestro jefe, y os basta.

    -¡Donosa argucia!... De suerte

    que si le antoja, mañana

    peregrinando tras él
255

    iremos a la Tebaida.

    -¡Quizá no es otro el camino

    que nuestra estrella nos marca!

    Y en este punto debiera

    ser vuestra lengua más cauta,
260

    pues si en la tierra se purgan

    de algún modo nuestras faltas,

    muchas habéis y muy grandes

    que penitencia os reclaman;

    aparte de que no es cuerdo
265

    hacer alarde ni gala

    de conocer el destino

    que el porvenir nos depara.

    -Ello podrá ser así,

    mas si al destino se achaca
270

    cuanto acontece a los hombres

    que, al fin, a su impulso marchan,

    de más están esas leyes

—73→
    que a cuenta y juicio nos llaman;

    pues si el destino es quien yerra,
275

    ¿cómo es el hombre quien paga?

    ¡Bah! No me habléis del destino...

    ¿Será el destino el que manda

    también ligar a don Pedro

    con doña Dulce ante el ara?
280

-Tal pienso yo.

-Entonces digo

    que no hay en la tierra nada

    que del orden regular

    y de lo justo se salga.

    Y pues don Pedro no ha sido
285

    traidor, decid, por mi ánima

    si es cobarde o no quien huye

    a la Justicia la cara;

    si es cobarde o no quien llega

    perseguido a las montañas
290

    de León y allí refugio

    una mujer le depara:

    mujer que parte con él

    su pan, que vierte en su alma

    consuelos, que trueca en horas
295

    de amor sus horas amargas,

    que lo hace olvidar, por último,

    sus desventuras pasadas;

    y tras de tanto cariño

    y tras de mercedes tantas,
300

    la abandona, la mancilla,

    y como si aún no bastara

    tanta ingratitud, la hiere

    cuando lleva en sus entrañas

    el fruto de sus amores,
305

    y cosida a puñaladas

    del impetuoso Bernesga

    la precipita en las aguas...

    ¡Por Cristo, que si cobarde

    no fuese quien tal infamia
310

—74→
    consuma en una mujer,

    de monstruo se le tachara!

    Y los que lo oyeran antes

    como a guisa de amenaza,

    heridos por el recuerdo
315

    que aquella escena evocaba,

    depusieron poco a poco

    la ira de sus miradas,

    y pensativos y tristes

    la narración les tornaba.
320

    -Razón os sobra -repuso,

    por fin, el que antes tomara

    la defensa de don Pedro,

    con tono de pena amarga;-

    razón tenéis en verdad,
325

    y no pudiera negárosla

    quien, como vos, presenció

    tan duro y sangriento drama.

    Mas debéis tener en cuenta,

    si justo ser os agrada,
330

    cual conviene a quien se erige

    en juez de ajena causa,

    qué móvil llevó a don Pedro

    a probar la vida airada,

    y si era cuerdo o era loco
335

    cuando en ella se lanzaba.

    No se os oculte, ante todo,

    su cuna y su sangre hidalgas;

    ni deis tampoco al olvido,

    ya que él mismo os la contara,
340

    la historia de sus amores,

    ¡bien triste, a la fe, y bien larga!

    Recordad, si es que la mente

    no os es al recuerdo ingrata,

    qué mano tronchó en mal hora
345

    la flor de sus esperanzas;

    quién mató las ilusiones

—75→
    que iban naciendo en su alma,

    quién le robó juicio y honra

    en doña Elvira, su amada,
350

    y así encontrará disculpa

    un corazón que se abrasa

    en sed de crimen, ansioso

    de desagravio y venganza...

    Si cobarde fue don Pedro
355

    dando muerte a la gitana,

    reparad la valentía

    que este crimen entrañaba,

    y haced cuenta que en el fondo

    de su conciencia quedaban
360

    cenizas de un amor muerto

    que por renacer pugnaba.

    Reparad que aquí tenía,

    con el señor de Milmanda,

    pendientes añejas deudas
365

    y era preciso cobrarlas.

    Y antes que faltar un punto

    a su palabra empeñada,

    mató un amor criminal

    de otro más puro en las aras.
370

    -¿Amor criminal, decís?

    -¡Sí, criminal!, pues brotara

    en un corazón que, ciego,

    por otro amor se abrasaba.

    -Pero, si digna de aprecio
375

    creía la veneranda

    memoria de doña Elvira,

    ¿cómo don Pedro manchaba

    su purísimo recuerdo

    con sangre inocente y cándida?
380

    -Pedid a un loco razón,

    decidle el mal que le aguarda

    si por sinuosa vereda

    se obstina en guiar su planta,

    y os dirá: De esta manera
385

—76→
    logro mi fin. Y así marcha,

    hasta que Dios le da acuerdo

    o en su camino le mata.

    -¿Loco don Pedro?... En verdad

    que su locura es extraña.
390

    No sé que más cuerdo fuera

    quien en su mente grabada

    lleva la imagen ardiente

    de la mujer a quien ama,

    y no bastando quince años
395

    de eterna ausencia a olvidarla,

    muerta ya, busca a su hija

    y el loco entonces, se enlaza...;

    si esto es locura, paréceme

    que no es muy digna de lástima.-
400

    Aquí los dos rufianes

    en su contienda llegaban,

    cuando vino otro tercero

    a terciar en la demanda.

    -No puedo oír ni consiento
405

    que tan criminal se le haga

    ni que tan loco se crea

    al capitán que nos manda.

    ¡No es loco quien firma un pacto

    y para cumplirlo salta
410

    por cuantas vallas el mundo

    ante su paso levanta!

    Y si ha sido criminal

    don Pedro con la gitana,

    ella lo note, pues vive,
415

    mas nunca sus camaradas.-

    Dijo el bandido, y calló.

    y hubo un instante de pausa

    en que todos sus amigos

    con asombro le miraban.
420

—77→
    Y algunos, cual si temieran

    que aquellas graves palabras

    fuesen el negro conjuro

    de un vengativo fantasma,

    retrocedieron un paso
425

    y echaron mano a la daga

    que de sus cintos colgando

    bajo la capa llevaban.

    Mas vueltos del estupor

    que tal nueva les causara,
430

    todos a más no poder

    echaron a reír la gracia,

    mientras el más temerario

    de cuantos allí burlaban,

    de esta suerte requería
435

    al que hasta entonces hablara:

    -Por Satanás, compañero,

    que esa noticia me causa

    cierto asombro, y ya me explico

    la razón con que negabais
440

    el que tuviese don Pedro

    la suya coja y lisiada,

    pues toda locura es cuerda

    si a la vuestra se compara.

    Conque... ¿Magdalena vive?
445

    -¡Sí, vive! Todo Milmanda

    os lo dirá, que la ha visto,

    harapienta y desgreñada,

    vagar con un niño en brazos

    por sendas no muy lejanas
450

de este castillo.

-Visiones,

visiones no más.

-Es rancia

    costumbre por estas tierras

    hablar de brujas y de almas

    aparecidas; un cuento
455

    más o menos, se oye y pasa...

—78→
-¡Cuento!

-¿Pero vos la visteis?...

    De no ser así, no hablara;

    mas yo la vi, ¡ira del cielo!,

    yo la vi: si esto no os basta,
460

    salid, que donde hay aceros

    están de más las palabras.-

    Ya alguno se disponía

    la vida a vender bien cara,

    cuando a través de los muros
465

    de aquella amplísima estancia,

    sintieron allá a lo lejos

    el son de una carcajada.

    De súbito, consternados,

    agólpanse a la muralla
470

    del castillo, y ver pudieron,

    a no muy grande distancia,

    la macilenta figura

    de Magdalena que, airada

    y cautelosa, cual tigre
475

    que acecha su presa, marcha

    tras una nube de polvo

    que dos caballos levantan.

II

    No lejos del triste lugar de Milmanda

    un valle se extiende de eterno verdor,
480

    por donde desliza benéfica y blanda

    su linfa un arroyo con grave rumor.

    Allí un ermitorio su torre levanta

    que tiene una esquila de pobre metal,

    y dentro este asilo que inspira y encanta
485

    se reza a la Madre de Dios del Cristal.

—79→
    Es ésta, entre todas las Vírgenes bellas,

    la más imposible de humano cincel:

    sus labios son nardos, sus ojos estrellas,

    su risa una aurora, su frente un clavel.
490

    Las chispas que lanza su rica corona

    fascinan los ojos con tanto esplendor,

    y verla no puede ninguna persona

    sin darla de hinojos plegarias de amor.

    Cual mora en la concha la límpida perla,
495

    feliz en su cárcel que no osa quebrar,

    en tanto que el hombre, quizá por cogerla,

    recorre los senos profundos del mar;

    cual vive entre zarzas la flor campesina,

    brindando perfumes al aura sutil,
500

    perfumes que envidia la rosa vecina,

    misérrima esclava de rico pensil,

    tal mora, en el fondo del valle ignorado,

    de gloria y de bienes fecundo raudal,

    la Virgen más bella que vio lo creado,
505

    la angélica Madre de Dios del Cristal.

    No hay penitente ni peregrino

    que de Santiago lleve el camino,

       término y punto

       de su misión,
510

    que no visite la pobre ermita

    donde la Rosa Mística habita,

       para mostrarla

       su adoración.

—80→
    ¡No hay en el valle niña o doncella
515

    que no se postre delante de ella,

       humedecida

       la roja sien,

    para que ampare bajo su egida

    la amenazada preciosa vida
520

       de su adorado

       y ausente bien.

    El que en encierro negro y sombrío

    lloró su muerto libre albedrío,

       y allí a la Virgen
525

       santa invocó,

    presto aliviadas miró sus penas,

    presto quebradas vio sus cadenas,

       presto su amargo

       llanto enjugó.
530

    La esposa tierna que, sin reposo,

    veló al insomne doliente esposo,

       junto a su aciago

       lecho mortal,

    si dijo: «¡Valme, Virgen del alma!»,
535

    luego su amado cobró la calma,

       luego tranquilo

       dejole el mal.

    Y así, no hay nauta ni caminante,

    loco mendigo, gitano errante,
540

       perdido en mares,

       campo o ciudad,

    que no le deba santos favores,

    dulces consuelos a sus dolores

       y a su tristeza
545

       pura amistad.

    Como se agolpan hacia la orilla

    del mar las aguas, onda tras onda,

—81→
       dejando espumas

       en pos de sí,
550

    tal, de esta imagen a la capilla,

    vienen cien pueblos a la redonda,

       santas ofrendas

       dejando allí.

    Por eso cuelgan desde el estrecho
555

    y angosto cuadro que forma el techo

       ricos doseles

       de gran valor;

    y en la ancha nave vierte sombría,

    sobre retablos de argentería,
560

       lámpara de ónice

       suave fulgor.

    Y de repisas y barandales

    penden ofrendas de oro y corales,

       primores mágicos
565

       que hizo el buril,

    sayos de múltiples vivos colores,

    manos de cera, ramos de flores,

       trenzas de pelo

       y exvotos mil.
570

    Por la vereda que se dilata,

    como una extensa cinta de plata,

       desde el castillo

       de Sanchidrián,

    hasta las gradas de aquella ermita
575

    do se venera la Virgencita,

       dos alazanes

       trotando van.

    De vino en el lomo, serena y bella,

    cabalga apuesta noble doncella,
580

       su labio en ondas

       vertiendo amor,

—82→
    en cuya roja tersa mejilla

    y en su mirada, que amante brilla,

       luz soñadora
585

       pinta el rubor.

    Sus crenchas de oro flotan al aire,

    cayendo en bucles con gran donaire

       sobre su espalda

       blanca y gentil,
590

    y tras su labio, más encarnado

    que la bermeja flor del granado,

       dientes asoman

       como el marfil.

    Contiene el brío de otro más fiero
595

    raudo y fogoso trotón ligero,

       jinete altivo

       de ella a la par,

    cuya rizada larga melena

    ciñe alba gorra de rubíes llena,
600

       con blanca pluma

       de ave de mar.

    Barba cerrada, color moreno,

    negra pupila, mirar sereno,

       la faz animan
605

       de aquel garzón;

    pero una triste sonrisa amarga

    siempre su labio trémulo embarga,

       disfraz sarcástico

       de honda aflicción.
610

    Vana sonrisa, porque tras ella

    volcán de duelo cruel descuella,

       que allá en su pecho

       comienza a hervir;

    vana sonrisa, como ese canto
615

    que al viento exhala lleno de encanto

—83→
       el amoroso

       cisne al morir.

    Uno del otro poco distantes,

    van acortando los caminantes
620

       del valle alegre

       la inmensidad,

    tan abismado su pensamiento,

    tan silenciosos, que ni un acento

       suyo recoge
625

       la soledad.

    ¿Quién son la dama y el caballero

    que así caminan por el sendero

       que de Milmanda

       lleva al Cristal?
630

    Él es don Pedro Fuentencalada

    y ella es su Dulce, su Dulce amada,

       la hija del noble

       de Portugal.

    ¿Mas qué tristeza, o qué dolores
635

    el cielo empañan de sus amores?

       ¿Por qué sombríos

       marchan los dos?

    ¿Tan alejadas y silenciosas

    esas dos almas que a ser esposas
640

       van a la santa

       casa de Dios?

    ¡Ah! Devorando secreta pena

    marcha don Pedro, la faz morena

       hasta su amada
645

       no osando alzar,

    por que no observo cómo destila

    fuente de lloro de su pupila,

       que esto la hiciera

       tal vez penar.
650

—84→
    ¡Recurso inútil! Que ella camina

    también doliente, pues adivina

       tras su funesta

       meditación,

    de otros amores la viva huella...
655

    y acaso es otra mujer más bella

       la que cautiva

       su corazón.

    De estos temores sobrecogida,

    por estos celos el alma herida,
660

       por esta herida

       manando hiel,

    alzó la niña los garzos ojos,

    y así a don Pedro con voz de enojos

       habló, respuesta
665

       queriendo de él:

DOÑA DULCE
    ¡Si desdenes son amores,

    mucho, don Pedro, me amáis;

    si cuidados y temores,

    rendimientos y favores,
670

    más me debéis que me dais!

DON PEDRO
    Si a mal sospechar se llama

    certeza, y podéis dudar

    de ese sol que luz derrama,

    cuerda andáis en sospechar
675

    que quien os ama, no os ama...

DOÑA DULCE
    Cierto, señor, que las dudas

    hincando están en mi pecho

—85→
    sus fieras garras sañudas,

    mas no me hirieran tan rudas
680

    faltando lo que sospecho.

    Amor me guardáis, y a fe

    que es más turbio su arrebol

    que el de esa luz que se ve;

    si es vuestro amor como el sol,
685

    ciega al no verle estaré.

DON PEDRO
   Pues yo, señora, creía

    que en mis ojos ardería

    la luz que encendisteis vos.

DOÑA DULCE
    ¡Si esa luz es la apatía,
690

    bien que me abrasa, por Dios!

DON PEDRO
    Fuerza es que pruebas tengáis

    cuando ese agravio me hacéis;

    y si las pruebas tenéis

    por las que me condenáis,
695

    yo os requiero me las deis.

DOÑA DULCE
    Cuando no fuese bastante

    ese silencio constante

    que estáis guardando conmigo,

    vuestro afligido semblante
700

    probara bien lo que digo.

—86→
DON PEDRO
    No sé yo qué puede haber

    en mi rostro para ver

    en él tan loca quimera,

    y aun habiendo, ultraje fuera
705

    mis palabras no creer.

DOÑA DULCE
    ¿Pues qué pensar, cuando así

    camináis hacia el altar,

    mas que se alejó de mí

    aquel amor que creí
710

    por todo tiempo guardar?

    ¡Don Pedro del alma mía!

    Si ya esos labios perdieron

    la sonrisa que algún día

    me enajenó de alegría,
715

    cuando en los míos cayeron;

    si esa frente, donde ayer

    he visto resplandecer

    fuego de amor celestial,

    hoy revela, por mi mal,
720

    un oculto padecer;

    si de esos ojos, hoguera

    de un amor que, en llama viva,

    mi inmenso amor encendiera,

    hoy se desprende, severa,
725

    triste lágrima furtiva...

    ¿Qué he de hacer sino pensar

    que vuestro amor, ¡ay de mí!,

    como una estela en el mar

    nació y murió, sin dejar
730

    rastro alguno en pos de sí?

    ¡Oh! ¡No me martiricéis

    negando lo que estoy viendo;

—87→
    no, por Dios, no me matéis,

    ni la angustia disfracéis
735

    que en el alma estáis sufriendo!

    Sí, don Pedro, yo sé bien

    que sufrís...; fantasmas cien

    me lo dicen al oído...

    Mas ¿quién el alma os ha herido,
740

    don Pedro de mi alma, quién?

    ¡Oh! Tiemblo sólo al pensar...

    mas no, no puedo creer

    que haya en el mundo poder

    que me logre arrebatar
745

    vuestro amor, que es mi placer.

    ¡No! Y si el cielo lo quería

    tan sólo para probarme,

    a tal prueba me traería,

    que a ese cielo arrojaría
750

    blasfemias para vengarme!...

DON PEDRO
   Mucho me amáis, en verdad;

    pero si es grande ese amor,

    tened la seguridad

    que, en valor y en calidad,
755

    no es mi cariño menor.

    Que yo, señora, os adoro,

    y amaros sé de tal suerte,

    que estas lágrimas que lloro

    diciéndoos están a coro
760

    que tanto amor es mi muerte.

    No de tan alto cayó

    rayo que tan honda huella

    en la atmósfera trazó,

    como la herida que abrió
765

    tal concepto en la doncella.

    Pensó un momento; contuvo

—88→
    con mano que en fuego ardía

    su corazón que latía,

    y cuando en calma lo tuvo,
770

    dijo así, con voz sombría:

DOÑA DULCE
   Parad el corcel, señor,

    retenedle de la brida;

    que aquí saber a mi honor

    conviene si es el amor
775

    llanto o gozo, muerte o vida.

    Y así diciendo, pararon

    él su alazán y ella el potro,

    y a aparearlos lograron

    de manera que quedaron
780

    el uno junto del otro.

    Y así que cerda se vieron

    el galán de la doncella,

    levemente sonrieron

    y entrambos se dispusieron
785

    él a escuchar, a hablar ella.

DOÑA DULCE
    Decisme que ese quebranto

    grande amor revela en vos

    y sufrir no puedo tanto;

    porque si el amor es llanto,
790

    vos solo amáis por los dos.

    Mas si amor es la armonía,

    si es la paz y la alegría,

    y al rostro sale esa paz,

    más revela la faz mía
795

    que revela vuestra faz.

    ¡Ah! Creedme, don Pedro: amores

    y dolores no se hermanan,

    son enemigos traidores;

—89→
    que nunca de hermosas flores
800

    torpes esencias emanan.

    Los unos cesan, perecen

    con la muerte que apetecen,

    con el olvido y la edad;

    los otros aún permanecen
805

    vivos en la eternidad.

    Conque así, no os afanéis

    en demostrar que ese lloro

    es amor que me tenéis,

    y nunca a mentir os deis,
810

    que en labio noble es desdoro.

    Y pues no tengo en rigor

    nada de vos que esperar,

    volvamos grupas, señor,

    volvamos, que sin amor
815

    nadie llegó hasta el altar.

DON PEDRO
   Me ponéis en tal extremo,

    purísima Dulce mía,

    que llego a dudar y temo

    que este amor en que me quemo
820

    sea una ilusión impía;

    mas si fuese una ilusión,

    ¿cómo hallar explicación

    a este violento latir,

    a este angustioso gemir
825

    de mi fiero corazón?

    No amaros... ¡Que tal digáis,

    señora, y que tal penséis!...

    Ciega, doña Dulce, estáis,

    cuando en mi pecho habitáis
830

    y en mi pasión no creéis.

    Así extrañáis mis dolores...

    así encontráis ocasión

    de dudar de mis amores...

—90→
    Mas no, no abriguéis temores
835

    que secan el corazón.

    Yo sufrí y lloré, es verdad;

    pero si sufrí y lloré,

    lloré de felicidad,

    sufrí por la intensidad
840

    del mismo amor que os tomé...

    Tenedlo entendido así

    y no volváis a abrigar

    dudas, si me amáis a mí;

    y ahora vamos de aquí,
845

    que nos espera el altar.

    Y entrambos desde sus sillas

    uno al otro se inclinaron,

    y al hallarse sus mejillas

    dos notas de amor sencillas
850

    en el aire resonaron.

    Sonoras, vibrantes notas

    cual las que arrancan dos gotas

    de oro líquido a un cristal,

    que allá a regiones ignotas
855

    llevó el aura matinal.

    Notas que sin duda fueron

    por Satanás escuchadas,

    pues cuando ya se perdieron,

    por todo el valle se oyeron
860

    infernales carcajadas...

    A sus ecos, de rubor

    cubriose el rostro sereno

    de la dama, y un temor

    sordo, inmenso, aterrador,
865

    oculto quedó en su seno.

    Temor que se acrecentó

    cuando don Pedro, asombrado,

    un ronco grito exhaló,

    y cuando trocarse vio
870

    rojo su rostro atezado.

—91→
    Y otra vez, ambos a dos,

    ella delante, él detrás,

    marchan de la ermita en pos,

    ansiando hallar ante Dios
875

    amor y olvido no más.

    -¡Aún vive, por mi tormento!...-

    Don Pedro en silencio hablaba.

    Y cómo oyendo su acento:

    -¡Qué negro presentimiento!-
880

    doña Dulce murmuraba.

    Y así, en congoja mortal,

    caminaron ella y él

    en silencio sepulcral,

    hasta pasar el dintel
885

    de la ermita del Cristal.

III

    Casi promediaba el día

    cuando al castillo tornaron

    los dos amantes, ya unidos,

    del regreso del santuario.
890

    A recibirles salieron

    con paso precipitado

    doncellas y servidores

    por escaleras y patios.

    Plácemes y enhorabuenas
895

    sin cuento les tributaron,

    unas a la bella novia,

    y otros al novio envidiando.

    De tan cariñosas frases

    daba doña Dulce en cambio,
900

    melancólicas sonrisas,

    fugaces como relámpagos.

    Sonrisas que iban diciendo

—92→
    con sordo lenguaje amargo

    que salían de su pecho
905

    como quien sale al cadalso.

    Sonrisas que semejaban

    hondas heridas sangrando,

    cada vez que aparecían

    al dilatarse sus labios.
910

    ¡Oh! Si fuese permitido

    pagar albricias con llanto,

    ¡cuánto no hubieran vertido

    aquella noche sus párpados!

    Mas era preciso entonces
915

    aparentar lo contrario,

    que nadie vertiendo lloro

    pasó del altar al tálamo.

    Que esta es la vida: un disfraz

    con que al nacer ocultarnos
920

    lo asqueroso por lo bello,

    la verdad por el engaño:

    disfraz que se hace preciso

    hasta la tumba llevarlo,

    pues la miseria no puede
925

    ver su imagen sin escándalo.

    Mentir..., hacer que parezca

    a la luz lo negro blanco,

    porque lo blanco cautiva

    porque en lo blanco encontramos
930

    ángeles de alas de nieve

    espacios nunca soñados,

    cielo, infinito, grandeza,

    pompa, majestad y encanto...

    Mentir..., hacer una gloria
935

    de este infierno de aquí abajo,

    como si nadie a negruras

    estuviese condenado...

    Esto es horrible, sí; ¡pero

    tiene tal brillo lo falso!...
940

—93→
    ¡Tú también, oh, doña Dulce,

    mientes porque es necesario

    mentir; también finges dichas

    donde hay tan sólo quebrantos;

    quieres demostrar al mundo,
945

    al mundo torpe y malvado,

    que es tu pecho un paraíso

    cuando es tu pecho un calvario!

    Quieres alejar de ti

    su compasión, ocultando
950

    bajo máscara de risa

    duelos que afligen tu ánimo.

    ¡Así se esconden al día,

    allá en el fondo del lago,

    sierpes que enturbian de noche
955

    su linfa de cristal claro!

    Bien haces, sí, doña Dulce,

    bien haces en no dar paso

    a ese torrente de pena

    en que te estás ahogando.
960

    Pues si al mundo transcendieran

    esos tus duelos amagos,

    si el mundo viera en tu alma

    de esos tus celos el dardo,

    ¡ay, infeliz de la esposa!
965

    ¡ay, infeliz del amado!

    ¡ay, de los recién unidos!

    ¡ay, de los recién velados!

    Que en vez de encontrar consuelo

    ni treguas en tu quebranto,
970

    más y más en tus entrañas

    vieras ese arpón clavado;

    más y más se acrecentaran

    esos fantasmas nublados

    que pasan ante tus ojos,
975

    tu dulce calma robando.

    ¡Que el mundo, triste doncella,

    nunca secó nuestro llanto

—94→
    más que imprimiendo en nosotros

    el beso del desengaño!
980

    Ya llegaron al castillo

    los amantes desposados;

    ¡ojalá que en su recinto

    hallen la paz que buscaron!

    ¡ojalá que no penetre
985

    con ellos, furtivo y vago,

    ese espíritu sombrío

    que va siguiendo sus pasos!

    ¡ojalá que nunca empañen

    el cielo de sus encantos
990

    nubes amenazadoras

    de tempestad y de rayos!

    ¡ojalá que no interrumpan

    sus pláticas y sus diálogos

    los silbos del huracán,
995

    allá en el foso espirando!...

    Sí, porque de otra manera

    eterno será su daño;

    y entonces ¡ay, de la esposa!

    y entonces ¡ay, del amado!
1000

IV

    Doquier reina la noche, clarísima y serena;

    colúmpiase la luna sobre el etéreo tul;

    la brisa entre las hojas suavísima resuena;

    ejércitos de estrellas invaden el azul.

    Exhalan sus perfumes las flores campesinas;
1005

    deslízanse las fuentes con blando susurrar;

    errando va el silencio por valles y colinas,

    del llano a la montaña, del páramo al pinar.

    El rayo nacarado de la argentada luna

—95→
    resbala entre las copas del álamo gentil,
1010

    refléjase en el terso cristal de la laguna

    o quiébrase en las rocas de túrbido perfil.

    Allá corre, a lo lejos, el Miño solitario;

    las vegas orensanas se extienden más allá,

    y aquí la parda cúpula del viejo santuario
1015

    se eleva hasta los cielos, donde a perderse va.

    Galicia duerme..., virgen druídica, embriagada

    por los aromas ricos que exhala su vergel,

    de rosas y claveles la frente rodeada,

    en lecho de peñascos, de mirtos y laurel.
1020

    Y porque nadie turbe su paz celeste y blanda,

    perenne centinela de aspecto aterrador,

    el lúgubre y sombrío castillo de Milmanda

    petríficas miradas extiende en derredor...

    Mas en su vasto recinto
1025

    todo en silencio reposa

    y no resuena en su centro

    el más ligero rumor;

    que bajo el siniestro influjo

    de la noche misteriosa,
1030

    todo de puertas adentro

    es soledad y pavor.

    Mudo e imponente, el castillo

    domina la inhiesta cumbre;

    quien tan torvo le mirara
1035

    de la luna al reflejar,

    muertos sus dueños creyendo

    y muerta su servidumbre,

    orando al Señor hubiera

    sus almas de encomendar.
1040

    Que no a otra cosa dispone

    más que al augurio y misterio

    aquel ambiente hosco y serio

    de doña Dulce en la unión,

—96→
    y aquel gemir persistente
1045

    de ave dolida y nocturna,

    revolando taciturna

    sobre el viejo torreón...

    Pero si bajo sus torres,

    y tras sus muros grietados
1050

    y los canceles ferrados

    y la acequia circular

    el silencio tiene un templo

    que nadie a profanar viene,

    la vida otro templo tiene,
1055

    tiene el amor un altar.

    Allí, en lujoso aposento

    que ricos tapices ornan,

    cuyas paredes adornan

    panoplias con armas cien,
1060

    sobre riquísimo tálamo

    de pulimentado cedro,

    sosiega y duerme don Pedro,

    duerme y sosiega su bien.

    Percíbese allí el aroma
1065

    que al aire dan esparcidas

    flores las más escogidas,

    alfombra de esta mansión;

    y casto como el suspiro

    de un ángel y de una diosa,
1070

    del esposo y de la esposa

    se oye la respiración.

    Sueñan los dos; por sus labios,

    fuentes de dicha y dulzura,

    vaga, encantadora y pura,
1075

    una sonrisa de amor;

    sueñan los dos, y parece

    que sus almas, confundidas

—97→
    como sus labios, unidas

    vuelan a un mundo mejor.
1080

    ¿Qué soñarán los amantes?

    ¿Qué soñarán los esposos?

    ¡Ah! Si en lazos amorosos

    juntos por siempre ya están;

    si unos son ya sus destinos,
1085

    sus esperanzas y empeños,

    ¿no serán unos sus sueños?

    ¿distintos sueños serán?

    Mas ¿dónde irá la paloma

    que celosa y placentera
1090

    duerme en su nido de pluma,

    de su consorte a la par?

    ¿adónde irá que no vaya

    en pos de su compañera,

    cruzando cielos de bruma
1095

    o los desiertos del mar?

    ¿Y adónde irá el pensamiento

    del que en apartada playa

    proscripto, escuchó en su lengua

    su favorita canción?
1100

    ¿adónde irá, devorando

    mar y tierra y firmamento:

    adónde irá, que no vaya

    a su querida nación?

    Cuando dos almas errantes
1105

    se encuentran y se confunden,

    en una sola se funden

    sus esencias y su ser,

    y como dos gotas de agua

    de una en la forma perdidas,
1110

    un espacio siempre unidas

    y un destino han de correr.

—98→
    Y ora rujan tempestades,

    o apacible y bella aurora,

    luz derramando y colores
1115

    surja de la noche en pos;

    si una canta, la otra canta,

    si una llora, la otra llora;

    que en placeres o en dolores

    una misma son las dos...
1120

    ¿Qué soñarán los esposos?

    ¿Qué soñarán los amantes

    La breve noche primera

    del primer beso nupcial?

    ¿Qué soñarán, que no sueñen,
1125

    fascinados y anhelantes,

    una eterna primavera

    y un porvenir celestial?

    ¿Qué soñará doña Dulce

    cuando don Pedro a su lado
1130

    duerme feliz, embriagado

    por su respiro de amor?

    ¿y qué soñará don Pedro

    cuando en su brazo tendida

    duerme su prenda querida
1135

    sin afanes ni temor?

    ¿Qué soñarán?... ¡Oh! ¡Quién sabe!

    Acaso no es ya su sueño

    tan hermoso y halagüeño

    como prometiera ser...
1140

    Acaso, cruel adversaria

    de su paz y su armonía,

    vino una mano sombría

    hiel en su sueño a verter.

    Quizá, cuando sus espíritus
1145

    entrelazados corrían

—99→
    por un mundo donde vían

    ángeles de luz no más,

    súbito en sombras envueltos

    atónitos se abismaron,
1150

    cuando un acento escucharon

    que así les gritaba: «¡Atrás!»

    ¡Tristes amantes! Soñaban

    un existir de ventura

    tras su pasada amargura
1155

    y su ya extinto dolor,

    donde las horas pasaban

    entre deleites y encanto,

    sin que un recuerdo de llanto

    viniese a amargar su amor.
1160

    Soñaban que en otro mundo

    de peregrina belleza,

    cerrado a toda tristeza,

    abierto a todo placer,

    en goces inenarrables
1165

    se deslizaba su vida,

    desde el cielo bendecida

    por una mártir mujer.

    Y allá, entre las nubes róseas

    de su horizonte apacible,
1170

    cual un astro bonancible

    de fascinadora luz,

    contemplaban delirantes,

    con purísima delicia,

    la naciente fiel primicia
1175

    de su amor y juventud.

    Y escuchar les parecía

    de su hijito el primer lloro,

    cual la estrofa en arpa de oro

    de grandioso himno triunfal,
1180

—100→
    creyendo aspirar sus labios

    las dulzuras de su beso,

    como el más santo embeleso

    de la vida conyugal...

    Pero ¡ay, tristes!, porque han sido
1185

    para el martirio creados,

    y están por Dios condenados

    al martirio nada más;

    y es inútil que una gloria

    sueñen de paz y contento,
1190

    que siempre oirán ese acento

    sonar en su torno: «¡Atrás!»

    Ya no duermen los amantes

    el sueño de los amores:

    mil presagios y temores
1195

    le vienen a interrumpir;

    recuerdos no bien sepultos

    de nuevo turban su mente,

    nuncio trágico e imponente

    de un funesto porvenir.
1200

    Ya no brilla en sus semblantes

    la embriagadora alegría

    que en ellos tierna imprimía

    sugestiva la ilusión.

    Hora pálida su frente
1205

    revela angustia infinita,

    y allá en su pecho palpita

    violento su corazón.

    Pero ya la alondra canta,

    y entre nubes de oro y rosa
1210

    muestra su faz ruborosa

    la alborada al renacer.

    Plegó la noche su manto

    de tinieblas y dolores...

—101→
    matices sólo y colores
1215

    la luz extiende doquier.

DON PEDRO
    ¡Por Dios, que hay sueños tan raros

    -dijo don Pedro a su amada

    al despertarse los dos-,

    que creyera, a no miraros
1220

    tan hermosa y animada,

    que estabais muriendo vos.

    Y a no recordar ahora

    que antes de tal pesadilla

    sueños de gloria fingí,
1225

    dudara hallar en la aurora

    de nuestras bodas, que hoy brilla,

    las venturas que creí.

DOÑA DULCE
¿Tal soñasteis?...

DON PEDRO
Mas de modo,

    doña Dulce, que aún no paso
1230

    a creer que me engañé.

DOÑA DULCE
    Pues ved que fue sueño todo;

    que si vamos a hacer caso

    de sueños, también soñé...

DON PEDRO
¿También vos?

—102→
DOÑA DULCE
Sueños tan raros,
1235

    don Pedro, y en tal manera

    maléficos, que, por Dios,

    de no veros y tocaros

    feliz y amante, creyera

    que estabais ya muerto vos.
1240

    Y a no recordar muy vaga

    una ficción seductora,

    a este vértigo anterior,

    dudara, cual vos ahora,

    si alguna tormenta amaga
1245

    el cielo de nuestro amor.

DON PEDRO
   Pues tiene su punto serio,

    aunque penséis lo contrario,

    tan vano desvariar...

DOÑA DULCE
    Si el soñar es un misterio,
1250

    más vano y más temerario

    fuera quererlo explicar.

DON PEDRO
    Cuanto con el hombre toca,

    tanto debe estar sujeto

    a su criterio y razón,
1255

    y no será empresa loca

    afrontar de este secreto

    la velada solución.

    Soñar es fácil; sepamos,

    señora, por qué soñamos,
1260

—103→
    cuando nos sonríe el placer,

    delirios que, si lo fueran,

    no alteraran ni aturdieran

    nuestra paz y nuestro ser.

    Probemos si esas ficciones
1265

    son verdades o ilusiones;

    que siempre tuve ansiedad

    de saber si el que delira

    va de verdad a mentira

    o de mentira a verdad.
1270

DOÑA DULCE
   Dura empresa acometéis,

    don Pedro, pues no podréis

    a fuerza de discurrir,

    estéril vuestro desvelo,

    romper el nublado velo
1275

    que oculta lo porvenir.

    Soñar... ¡quién sabe! Presiento

    que es ése el solo momento

    de nuestra vida mortal,

    en que Dios desciende al hombre
1280

    para revelarle el nombre

    de su destino fatal.

    Y acaso esas cien legiones

    de fantásticas visiones

    son la fiel reproducción
1285

    de cosas que ya pasaron,

    o de otras que no llegaron

    profética anunciación.

DON PEDRO
    ¡Oh! ¡No, jamás, Dulce mía!

    ¿Mi sueño una profecía?
1290

—104→
    ¿Perderos por siempre yo?

    Loca estáis, o estáis soñando.

DOÑA DULCE
    ¡Quizá estoy profetizando,

don Pedro!

DON PEDRO
Os digo que no.

DOÑA DULCE
   ¡Bah!... Si cuando me veía
1295

    vuestra ardiente fantasía

    morir en sueños a mí,

    buscase, por si la hallaba,

    la mano que me mataba...

    No lo dudarais así.-
1300

    Era tan triste el acento

    y tal la melancolía

    de doña Dulce al hablar,

    que hubo un ligero momento

    en que don Pedro creía
1305

    a su conciencia escuchar.

    A estas frases, su semblante

    perdió el color sonrosado

    que sus mejillas pintó,

    y así con voz vacilante
1310

    y duelo mal disfrazado

    el pobre esposo exclamó:

DON PEDRO
    ¡Oh, doña Dulce querida!

    ¿Y quién, quién a vuestra vida

—105→
    puede, cobarde, atentar?
1315

    Hermosa luz de mis ojos,

    ¿a quién perfidias y enojos

    pudisteis vos inspirar?

    ¿Qué daño hacéis, mi paloma,

    para temer a mi lado
1320

    del gavilán el furor?

    Único clavel de aroma

    que en mi desierto he encontrado,

    ¿quién os robará a mi amor?

    ¡Ah, que el mundo fuera poco
1325

    a mi venganza insaciable,

    a mi sanguinario afán,

    y sobre la tierra, loco,

    pasara ciego e implacable,

    como pasa un huracán!
1330

    ¿Perderos yo, que os adoro

    con aquel amor primero

    que vuestra madre olvidó?

    ¿Yo, que con vos atesoro

    cuanto el universo entero
1335

    mirara envidioso?... ¡No!

    ¡Nunca, jamás será cierto

    ese sueño malhadado!

    ¡No, mi amada celestial!...

    ¡Antes, como habéis soñado,
1340

    me halléis en el lecho muerto

    que miren mis ojos tal!

DOÑA DULCE
   Si eso creéis, no a fe mía

    os cansará mi porfía;

    pues lo decís, lo sabréis;
1345

—106→
    mas ved que la mente humana

    no responde del mañana...

    Y vos no le conocéis.

    Y pues el tiempo y la edad

    han de decir con verdad
1350

    quién se engaña de los dos,

    dejad que el tiempo decida;

    yo quedaré prevenida,

    quedad descuidado vos.-

    Y la esposa y el esposo
1355

    dieron treguas a sus duelos

    para sin penas gozar,

    mientras el astro glorioso

    se remontaba a los cielos

    sus dichas por alumbrar.
1360

V

    Tiene el amor, entre ciento,

    una condición muy buena

    cuando en el pecho halla asiento,

    y es aquel dulce contento

    con que el ánimo enajena.
1365

    Él podrá hacernos llorar

    cuando comienza a nacer;

    mas siempre suele acabar

    las lágrimas por secar

    que nos hiciera verter.
1370

    Todo en el puro egoísmo,

    todo cándido optimismo,

    nunca rindió vasallaje

—107→
    ni prestó pleito homenaje

    a otro señor que a sí mismo.
1375

    Enemigo declarado

    de recuerdos y memorias,

    olvida el tiempo pasado

    como quien vive entregado

    en el presente a sus glorias.
1380

    Yo, que ya le conocí,

    puedo decir, sin temor,

    pues a él mismo se lo oí,

    que donde penetre, allí

    no ha de reinar el dolor.
1385

    Y quien a don Pedro viera

    y a doña Dulce mirara,

    pronto así lo comprendiera

    con que un instante siquiera

    sus semblantes reparara.
1390

    Pues el color de su frente,

    la alegría de sus ojos

    y su labio sonriente,

    son una muestra elocuente

    de que han muerto sus enojos.
1395

    Ya algunos meses pasaron

    desde que al pie del Señor

    sus destinos se ligaron,

    y aun perdida no lloraron

    una ilusión en su amor.
1400

    Ni un vago temor les hiere;

    y porque desde su enlace

    todo paz y encanto fuere,

—108→
    es cada día que muere

    una esperanza que nace.
1405

    Tan puro como el armiño,

    como esa risa que Dios

    puso en el labio del niño,

    se ve crecer el cariño

    en el alma de los dos.
1410

    Cuanta ventura y placer

    pudieron apetecer

    en la más alta demanda,

    tanto les viene a ofrecer

    la soledad de Milmanda.
1415

    ¡Cuántas noches se les ve,

    al borde de la laguna

    que hay de su castillo al pie,

    hacer protestas de fe

    bajo el dosel de la luna!
1420

    No hay chopo allí ni rosal,

    azucena ni clavel

    que en sus hojas cada cual

    no guarde cifra o señal

    de alguna promesa fiel.
1425

    Si bajo un árbol buscaron

    sombra o espacio a su pasión,

    tal gratitud le cobraron

    que en él sus nombres grabaron

    de su silencio en blasón.
1430

    Y así pasaban sus días

    disfrutando los esposos

    las más dulces alegrías,

    sin dolores ni agonías,

    felices y venturosos.
1435

—109→
    Mas como todo amorío

    no vive lo que una flor,

    y la flor tiene su estío,

    un rayo de sol impío

    vino a matar este amor.
1440


—111→

Libro tercero

Arrepentimiento

—113→

I

    Al caer de una tarde de primavera

de Milmanda tendido por la pradera

       viose un corcel,

y era tal su carrera precipitada,

que abarcar no podía bien la mirada
5

       quién iba en él.

    Su galope en las rocas repercutía,

imprimiendo en la arena que removía

       huella feroz,

y elevando de polvo tal remolino,
10

que semeja en las alas de un torbellino

       rayo veloz.

    Al contacto violento de su herradura

chispas incandescentes la roca dura

       deja en pos de él;
15

y es su tensión tan grande del pecho al anca,

que un abundante chorro de espuma blanca

       baña su piel.

    La flecha disparada por la ballesta

al impulso del brazo que alas le presta
20

       no corre más;

—114→
dilatada la boca, tendido el cuello,

cual las fojas de un cíclope, de su resuello

       se oye el compás.

    En su rápida marcha camina ciego,
25

su rasgada pupila vertiendo fuego

       centelleador,

gotas de sudor frío, su crin mojada

y su cóncava y fiera nariz hinchada

       rojo vapor.
30

    La noche de Walpurgis el grifo alado

va del vértigo menos arrebatado,

       menos aún.

Sobre las verdes cumbres movible mancha,

ya semeja una tromba, ya una avalancha
35

       que alzó el simún.

    Y cada vez más raudo corre y se agita,

y más en su carrera se precipita

       fiero el trotón,

en tanto que a sus ojos desencajados
40

pasan bosques, llanuras, yermos, poblados

       en procesión.

    En vano su jinete con ruda mano

le retiene en la brida, probando en vano

       parar su pie;
45

que el indómito bruto, fiero, vehemente,

en su afán incesante ni nada siente

       ni nada ve.

    El árbol a su paso se inclina grave,

los vientos se separan y húyele el ave,
50

       que un grito da,

y cuanto tras él queda o enfrente tiene

parece preguntarse: ¿De dónde viene?

       y ¿adónde va?...

—115→
    Iba ya en su carrera desatinada
55

de un precipicio horrible por la pendiente

       loco a rodar,

cuando el corcel, cayendo desalentado,

muerto quedó, su boca de sangre hirviente

       vertiendo un mar.
60

    Y al espantoso choque que produjera,

el que firme en la silla se sostuviera

       de ella saltó,

y exánime en la arena rodara inerte,

sin un próvido amparo que allí la suerte
65

       le deparó.

    La tarde en el ocaso turbia se hundía;

las sombras avanzaban, la luz moría.

       sonó un cantar...

¡Ay!... ¡Era Magdalena que caminaba
70

por una oculta senda que al bosque daba,

con doña Dulce en brazos a su aduar!

(Choza en un bosque; sobre un haz de paja duerme un niño. En primer término DOÑA DULCE, desmayada. A un lado, MAGDALENA. La escena aparece iluminada por la luna.)

DOÑA DULCE
¡Oh, Dios mío!... ¿Dónde estoy?

¿Quién sois, mujer bienhechora?

MAGDALENA
Estáis en mi aduar, señora;
75

mas no os importe quién soy.

—116→
DOÑA DULCE
Os debo la vida: quiero

vuestro nombre conocer.

MAGDALENA
Ocultarlo es mi deber;

vuestra salud es primero.
80

¡Oh! Vuestro estado me inquieta.

¿Estáis mejor?

DOÑA DULCE
Gloria a Dios

y a tanto cuidado en vos,

ya mi salud es completa.

MAGDALENA
No me deis gracias; la suerte
85

fue quien os favoreció.

¿Qué otra cosa daré yo

que no envuelva luto y muerte?...

Pobre gitana, arrastrando

un infierno en esta vida,
90

siempre en el mundo perdida,

siempre gimiendo y llorando;

alma sin consolación,

que en esta criatura tierna

lleva el sello de su eterna
95

y horrible reprobación;

¿dónde su mano pondrá

que allí la muerte no esté?

¿qué yerba hollará su pie

que abrasada no será?
100

—117→
DOÑA DULCE
¡Pobre mujer! ¿Sois viuda?

MAGDALENA
Señora... no fui casada.

DOÑA DULCE
¡Ah! Luego fuisteis amada

y os olvidaron...

MAGDALENA
Sin duda.

DOÑA DULCE
Maldígale Dios, amén,
105

al que tan vil os burló.

MAGDALENA
Y a quien su amor me robó

maldígale Dios también.

DOÑA DULCE
Otra gitana quizás...

MAGDALENA
No, fue una noble doncella.
110

DOÑA DULCE
Rica, comprendo...

—118→
MAGDALENA
Y muy bella.

DOÑA DULCE
¿La conocisteis?

MAGDALENA
Jamás.

Por eso sólo me afano,

abrigando la esperanza

de encontrar a mi venganza
115

término breve y cercano.

DOÑA DULCE
¡Demonio debe de ser

la que os robó vuestro amor!

MAGDALENA
Pues un ángel del Señor

le llaman a esa mujer.
120

DOÑA DULCE
Pensáis vengaros...

MAGDALENA
¡Oh, sí!...

No en cuenta Dios me lo tenga.

¡Me vengaré... cual se venga

la raza de que nací!

—119→
DOÑA DULCE
En tan cobardes delitos
125

más la venganza desdora.

MAGDALENA
Es que este niño, señora,

me pide venganza a gritos.

DOÑA DULCE
¿Y no os sería mejor,

pues que con él os convido,
130

dar esa afrenta al olvido,

que humillará al burlador?

MAGDALENA
¡No puedo!... ¿Cómo olvidar,

como, percance tan duro?

DOÑA DULCE
Con mi cariño que es puro
135

y nunca os ha de faltar.

Yo puedo ofreceros calma

en una vida tranquila,

el dolor que os aniquila

desterrado de vuestra alma.
140

Y puedo, pues generoso

es con cuanto yo le exijo,

encomendar vuestro hijo

al amparo de mi esposo.

Así, poco a poco, iréis
145

la dulce paz recobrando,

y así quizá, tiempo andando,

dichosa y feliz seréis.

—120→
MAGDALENA
Prémieos Dios tantos desvelos;

mas, ¡ay de mí!, vanos son
150

para el triste corazón

que matan odios y celos.

Ni vos podréis dar placer

a mi constante penar,

ni yo os podré nunca amar...,
155

sólo porque sois mujer.

DOÑA DULCE
Todo en el tiempo se olvida,

triste gitana, y ¿quién sabe

si hallará puerto la nave,

hoy de los vientos batida?
160

Siempre de almas nobles fue

la esperanza y el perdón.

MAGDALENA
Eso fue mi perdición...

ya no más perdonaré.

Mas vos, ¿quién sois, que tan blanda
165

y compasiva me habláis?

DOÑA DULCE
Vuestra amiga...

MAGDALENA
¿Y os nombráis?

DOÑA DULCE
La señora de Milmanda.

—121→
MAGDALENA
¡Ah!... ¿Doña Dulce?...

DOÑA DULCE
Sí; pero

¿por qué os inmuta mi nombre?
170

MAGDALENA
¡Doña Dulce!..., no os asombre...

Es... lo mucho que os venero...

¡Cuán bella sois y agraciada!

¡Oh! ¿Quién no os ha de admirar?

¡Satisfecho debe estar
175

don Pedro Fuentencalada!

¿Os ama mucho?...

DOÑA DULCE
Sí, a fe.

Su amor jamás me faltó;

pero también le amo yo.

MAGDALENA
Lo sé, doña Dulce, y sé
180

que sois muy felices...

DOÑA DULCE
Tanto

que, desde que ante el altar

nos unimos, ni un pesar

vino a turbar nuestro encanto.

—122→
MAGDALENA
También así yo decía
185

cuando en mi amor confiaba,

y era que no reparaba

en el tiempo que vendría.

DOÑA DULCE
Aciagos vuestros amores

fueron, gitana, en mal hora.
190

MAGDALENA
Consuelo tengo, señora,

en que hay desgracias mayores.

Pues si vivir suspirando

es un horrible vivir,

¡peor mil veces es morir
195

con ilusiones y amando!

DOÑA DULCE
Miedo me da oíros tal.

¡Oh, si eso me aconteciera!...

MAGDALENA
Nadie en el mundo está fuera

de este accidente fatal.
200

¿Teméis vos, enamorada,

acaso morir, señora?

DOÑA DULCE
Sí, porque si muero ahora

—123→
he de morir condenada.

¡Lejos de mi esposo yo,
205

dejando a mi esposo aquí,

cuando si vida hay en mí

es la que su amor me dio!

¡Oh! No, mi alma no pudiera

ver la presencia de Dios
210

sin verla a un tiempo las dos

que en este mundo Él uniera.

MAGDALENA
Pues tanto don Pedro os ama

y tanto a la vez le amáis,

y la llama en que os quemáis
215

es la que su pecho inflama,

¿cómo es que sin él salisteis

tan sola a pasearos hoy?

Porque os juro por quien soy

que en grave riesgo os pusisteis.
220

DOÑA DULCE
Sola pasear le rogué

y él en ello consintió;

que también consiento yo

cuanto de su agrado fue.

MAGDALENA
¡Señora, y no precaver,
225

antes de tal osadía,

el peligro que corría

vuestro honor y vuestro ser!

Costaros pudo muy cara

tan loca temeridad.
230

DOÑA DULCE
Y tan cara, a la verdad,

si en vos amparo no hallara.

—124→
Mas es de noche y mi esposo

debe intranquilo esperarme.

¿Queréis, gitana, guiarme
235

del bosque al confín umbroso?

De allí, pues la senda sé,

tomaré la del castillo.

MAGDALENA
Hasta llegar al rastrillo

si os place, con vos iré.
240

DOÑA DULCE
Yo no sé cómo pagar

en vos tal solicitud;

que es poca mi gratitud

para que os podáis cobrar.

Mas si un día a ese dolor
245

un consuelo apetecéis,

y despreciar no queréis

mi amistad y mi favor,

id a Milmanda, que allí

vuestra nobleza me obliga
250

a que tengáis una amiga

tierna y cariñosa, en mí.

MAGDALENA
¡Oh! ¡Gracias, gentil señora!

No será tarde quizá

cuando a veros vaya allá
255

la que en este bosque mora.

Mientras no llega ese día,

de mis días el mejor,

prended al pecho esa flor,

señora, en memoria mía.
260

Que esa flor, única herencia

—125→
de mi madre al fenecer,

sabe eternos mantener

frescura, color y esencia.

Llevadla siempre en el pecho,
265

pues tan bello os le hizo Dios;

que, como esa flor, no hay dos

del mundo en el largo trecho.-

    No más habló la gitana,

y a doña Dulce entregó
270

una flor que ésta tomó

agradecida y ufana.

¡Y la cándida doncella

llevó la flor a su seno,

sin conocer el veneno
275

que habrá de aspirar en ella!

Pocos momentos después

la choza estaba desierta,

y de su rústica puerta

de musgo y paja al través,
280

de un rayo de luna al brillo

durmiendo un niño se hallaba,

mientras su madre guiaba

a doña Dulce al castillo.

    Cuando de vuelta llegó
285

a su aduar la gitana,

una carcajada insana

por el bosque resonó.

-¡Ya me vengué! -prorrumpió.-

¡Lavada mi afrenta está!-
290

Y dando un beso al que allá

reposa tranquilo e inerme:

-¡duerme, mi lobezno, duerme,

que el lobo no dormirá!

—126→

II

    Pasados fueron en afán creciente
295

de las escenas últimas tres días,

y era una melancólica mañana

escasa en luz, si de presagios rica.

Trepaban por el ancho firmamento

en montones sin fin nubes cetrinas,
300

que del viento en las alas cabalgando,

por todo el horizonte se extendían.

Heraldo de la horrísona tormenta

el relámpago a intervalos lucía,

tras sí dejando en el espacio, vaga,
305

rápida y luminosa culebrina.

El huracán bramaba, detonando

en las inmobles ásperas colinas,

y a su violento empuje, desgajadas

las ramas de los árboles crujían.
310

Del monte al valle va rodando el trueno;

la tempestad se acerca y se aproxima,

en tanto las campanas de Milmanda

doblan con el clamor de la agonía.

    Castillo de Milmanda malhadado,
315

castillo que no ha mucho sonreías,

ufano de guardar en tus murallas

dos almas que se amaban con delicia.

Morada en quien tu fundador vertiera

a torrentes la sangre de sus víctimas,
320

pensando así de su conciencia impura

lavar las manchas y alargar su vida...

¿Por qué, castillo de funesta historia,

recuerdas hoy tus desgraciados días?

¿Por qué, castillo sin ventura, vuelves
325

—127→
a colgar con crespones tus cornisas?

¿Qué pasa dentro de tus negros muros,

mansión de pena y de dolor precita,

que hasta parece que tus piedras lloran

por pesadumbre inmensa conmovidas?
330

¿Qué quiere el pueblo, que a tu puerta acude?

¿Qué quiere el pueblo, que en redor se apiña

de tus canceles y de duelo lleno

con tristes ojos te contempla y mira?

¿Qué tiene el agua de tu limpio foso,
335

que ya no alegre por su cauce gira?

¿Qué tiene el agua, cuando, apenas nace,

gimiendo muere su argentada linfa?

¿Qué vienen a buscar a tus almenas

las aves torvas de la noche fría?
340

¿Por qué perdieron ya, en tus ajimeces,

su frescura alelís y clavelinas?

    ¡Ah! Pero en vano al silencio

rindes solemne tributo:

todos comprenden tu luto
345

y conocen tu pesar.

Muerta ya quien te alegrara

cuando era tu moradora,

nadie podrá desde ahora

tu ruina y muerte evitar.
350

    Breve fue, triste castillo,

breve, tu gloria y encanto.

¡Templo de crimen y llanto,

en ti no cupo el amor!

Mas no te quejes... La virgen,
355

que hoy muerta en tu centro embargas,

nacida a pruebas amargas

no alcanzó suerte mejor.

    Paloma sin voz ni arrullo,

flor del tallo desprendida,
360

—128→
ángel de nieve sin vida,

astro sin órbita y luz,

en fúnebre catafalco

que adorna gasa funesta,

yace doña Dulce, enhiesta
365

ante su tumba una cruz.

    Sus ojos entrecerrados

miran aún tristemente,

cual de una llama vehemente

el postrimero fulgor;
370

y en ellos, ya congelada,

turbia una lágrima brilla,

de su muerte desastrada

poema desgarrador.

    Pálidos cirios alumbran
375

la estancia lúgubre y sola,

ciñendo ígnea aureola

de aquel cadáver la sien,

cual la corona de fuego

que el triste mártir alcanza,
380

cuando con fe y esperanza

sufrió tormento y desdén.

    Borda sus cárdenos labios

una sonrisa de duelo,

huella que al volar al cielo
385

el alma dejara en pos,

como una queja amorosa

que lleva, en afán profundo,

de algo que deja en el mundo

la virgen que está con Dios...
390

    Mas del cadáver en torno

nadie una lágrima vierte:

todo es silencio de muerte

en aquel triste lugar;

—129→
sólo allá, en una apartada
395

habitación del castillo,

se oye una voz ahogada

maldecir y blasfemar...

    Es don Pedro, el triste esposo;

es don Pedro, el acuitado,
400

que en su cámara encerrado

quiere a doña Dulce ver...

Y en vano allí le disuaden

afanosos sus amigos:

¡quiere hablarla sin testigos
405

y muerto ante ella caer!

    Quiere verla y no le dejan...

y ruega y suplica y llora,

y su voz desgarradora

no halla eco a su pesar.
410

¿Y qué ha de hacer el doliente?

¿Qué ha de hacer, en su agonía,

sino, gimiendo a porfía,

maldecir y blasfemar?

    Amante ayer olvidado
415

cuando, noble y caballero,

ofreció su amor primero

a doña Elvira y su fe;

y leal a su cariño

y a sus promesas constante,
420

pobre peregrino errante

quince años llorando fue.

    Esposo luego querido,

cual ninguno idolatrado,

mas de pronto separado
425

para siempre de su amor...

Dos veces ya en el sepulcro

desvanecida su suerte,

—130→
¿qué extraño busque en la muerte

un término a su dolor?
430

    Don Pedro; infeliz don Pedro,

caballero sin ventura,

pues eterna tu amargura

desde hoy por siempre será,

busca en Dios, nunca en la tierra,
435

consuelo a tu malandanza:

¡Dios es la suma esperanza

y Dios te consolará!...

    En tanto que así don Pedro

su desastre lamentaba,
440

Magdalena penetraba

en la fúnebre mansión;

y parada ante el cadáver

con infernal regocijo,

contemplaba con su hijo
445

aquel cuadro de aflicción.

    -¡Doña Dulce! -exclamó entonces

con voz de rabia infinita-;

vengo a hacerte la visita

que antes de ayer te ofrecí...
450

si a recibirme te aprestas

con mortaja y con blandones,

¡también envuelta en crespones

llorando te recibí!...

    Beldad ayer tan alegre
455

y hoy tan triste y solitaria,

si en tu muerte una plegaria

no tiene mi corazón,

en cambio, de mi infortunio

para eterno desagravio,
460

sobre tu tumba mi labio

dejará una maldición.

—131→
    Sí; pues fuiste en esta vida

la causa de mis dolores;

pues en mis dulces amores
465

vertiste lluvia de hiel,

y al hijo de mis entrañas

el bien paternal robaste,

y mi cariño tornaste

en odio acerbo y cruel;
470

    ya que loca y arrastrada

crucé el desierto del mundo;

ya que en mi duelo profundo

llanto de sangre vertí,

pues de tu madre heredaste
475

amor que en mi mal se emplea,

¡maldita tu madre sea

y toda tu raza en ti!...

    ¡Ojalá que no haya tierra

donde tu cuerpo se espacie,
480

y en tus despojos se sacie

hambriento y feroz chacal!

¡Ojalá que nadie guarde

tu memoria aborrecida,

y encuentres en la otra vida
485

un infierno perennal!-

    Dijo; y don Pedro, iracundo,

precipitose en la estancia

y hasta Magdalena, ciego,

puñal en mano corrió.
490

Luchó..., vertió sangre, y cuando

cesó su furor prolijo,

vio muerto a sus pies su hijo;

pero Magdalena huyó...

    Entonces, en aquel trance
495

terrible, sobrecogido

—132→
don Pedro, lanzó un gemido

del fondo del corazón;

y cayendo de rodillas

ante la cruz, allí alzada,
500

-¡Perdón! -con voz ahogada

gritó-. ¡Dios mío! ¡Perdón!

    Cuando sus ojos don Pedro

alzó tras tantos horrores,

vio a sus once servidores
505

pálidos en torno de él.

-¡Hermanos! -dijo, y su acento

de inmensa melancolía,

con santa quietud lo oía

su gente indómita y fiel...-
510

    ¡Hermanos! Si al crimen puede

ceder, obcecada, el alma

que sin consuelo ni calma

perdido su amor lloró,

no, empero, de un Dios que es justo
515

habrá de alcanzar la ira

si apesarada suspira

y arrepentida lloró.

    Doña Elvira y doña Dulce

me abandonaron. ¡La vida
520

para mí desde este instante

no es la misma en que viví!

Sacrificado ese niño

por mi mano parricida,

sólo Dios pudiera, amante,
525

tener compasión de mí.

    Así, pues, cuando la noche

su manto de luto extienda,

—133→
mi vida a Dios en ofrenda

iré a León a llevar.
530

Si hay de vosotros alguno

a quien le plazca mi voto,

juro contrito y devoto

por Santiago pelear.

-¡Lo juramos!...

-Pues es justa
535

expiación, reclamada

por nuestra vida pasada,

sacrílega y criminal,

llevad esa insignia... -Y roja,

en su sus capas, para afrenta,
540

imprimió una cruz sangrienta

con el húmedo puñal3.

    Llegó la noche: don Pedro

besó los fríos despojos

del fruto de sus amores
545

con la gitana fatal;

imprimió un ósculo tierno

de doña Dulce en los ojos,

y abandonó para siempre

aquella estancia mortal.
550

III

    Cuando tras de la colina

que hasta los cielos se encumbra

el sol su frente reclina,

y opaca luz mortecina.

Con brillo trémulo alumbra;
555

—134→
    cuando, poco a poco, aumentan

las sombras, que re representan

cien panoramas de horror,

y los jardines se ostentan

pálidos y sin color;
560

    en esa hora misteriosa

en que ya el mundo reposa

de su eterna saturnal,

entre la magia amorosa

de una quietud sepulcral,
565

    silenciosos y abatidos,

cada cual en su trotón,

los que antes fueran bandidos,

penitentes doloridos

camino van de León.
570

    ¡Van a Castilla, a lavar

sus conciencias y a llorar

de sus crímenes en pago!

¡Van a su patria, a fundar

la religión de Santiago!
575

    Allí, cuando en la presencia

del rey, tras de larga ausencia,

don Pedro abjure del mundo,

¡tal vez hallará clemencia

en don Fernando el Segundo!
580

    Y él y su gente obtendrán

de sus crímenes perdón,

y él y su gente serán

espanto del musulmán

y de Galicia blasón.
585

    Que ellos, la regla adoptando

fácil de San Agustín,

—135→
a Dios sus preseas dando,

irán de España arrojando

el torpe imperio muslín.
590

    Luego serán consagrados

caballeros; y admirados

de sus invictas acciones,

reyes, les darán Estados;

pontífices, bendiciones.
595

    Camino va de León

don Pedro Fuentencalada

con su temible legión.

¡Plegue a Dios que halle perdón

su mala vida pasada!
600

    Teatro de tantas maldades,

tras ellos quédase horrenda

Milmanda en sus soledades,

para contar su leyenda

a las futuras edades...
605

    De su castillo ruinoso

entre el escombro y la piedra,

donde el lagarto verdoso

tiene su nido frondoso

de ortigas, musgos y yedra,
610

    al triste compás del viento

que por las grietas corría

de aquel viejo monumento,

contome un buitre este cuento

en una noche sombría.
615

—136→
    De Magdalena no habló

ni me dijo de qué muerte

la pobre egipcia murió;

conque, lector, ¡buena suerte!,

porque mi cuento acabó.
620


FIN

—137→

NOTA

La leyenda que hoy reimprimo ha sido escrita hace muchos años, cuando yo no contaba más que diez y ocho. Sus versos figuran entre los primeros que escribí en castellano.

Estudiando lejos de la patria el origen de las órdenes militares, concebí la idea de escribir una serie de poemas que, dado el carácter dramático de aquellas fundaciones, pudiera resultar de grata y entretenida lectura. Comencé la realización de este proyecto escribiendo de un tirón, después de recoger en la Historia los materiales apenas indispensables para fijar la época y el nombre del protagonista, el primer poema de la serie. La revolución de septiembre cambió bien pronto el rumbo de mis ideas. Las Órdenes militares estaban heridas de muerte; luchaban con el espíritu moderno, y el poeta ya no tenía la misión ni estaba en el deber de cantar el pasado. Convencido, pues, de la esterilidad de mi trabajo, renuncié a aquel propósito, pero renuncié tarde, cuando ya había concluido EL MAESTRE DE SANTIAGO, que durmió cuatro años entre mis papeles y que no hubiera publicado nunca de no pedirme original un periódico de provincias, y que hoy no reimprimiría de no exigírmelo el proceso evolutivo de mi humilde historia literaria.

—138→

Escribir una leyenda y no dejarse influir por Zorrilla, es imposible: él y sólo él tiene las llaves de los «tiempos viejos», el secreto de la evocación, la vara de los conjuros. Desde Larrañaga hasta Núñez de Arce y Manuel del Palacio, todos coinciden con el mágico autor de Margarita la Tornera, mal que pese a la tendencia monométrica con que el autor de El Vértigo y de Hernán el Lobo trata de disfrazar su marcado proselitismo. Todos los caminos de la leyenda están tomados por el coloso; todas las maneras de cantar el asado, ensayadas poderosamente por ese Proteo de la rima, que ha elastizado como nadie, dislocándola a veces, pero haciéndola saltar siempre luminosa y triunfante, como una fiera domada, la rica lengua española.

Yo sigo sus huellas en EL MAESTRE DE SANTIAGO, y las sigo a sabiendas, porque creía al escribirla, y sigo creyendo ahora, que el género que tanta gloria ha dado al insigne Zorrilla, y que él hizo tan nacional, lejos de estar llamado a desaparecer como piensan algunos espíritus poco atentos, ha de tener un segundo florecimiento, que acaso se inicia ya, y que, por raro privilegio, parece destinado a presidir en su venerable ancianidad el fecundo maestro de tres generaciones de poetas.

Hecha esta declaración y la de que en mi obra existen anacronismos que ya hice notar en otra parte, uno de los cuales es la descripción del Santuario del Cristal, de fundación muy posterior a la época de que trato, anacronismos que no he querido subsanar porque no afectan al drama y por conservar en mi trabajo toda la espontaneidad y frescura de las primeras inspiraciones, doy por terminada esta nota.

—139→

El padre Feijoo

Loa dramática en un acto y en verso

Representada en el Teatro de Orense, el 3 de junio de 1870, por la Compañía Infantil dirigida por D. Luis Blanc.

Esta obra se imprimió en dicha capital en el establecimiento tipográfico de D. Antonio Otero el año 1880.

—141→

Sr. D. José Ogea.

Querido Pepe: Pensaba no dar a la estampa esta obrita, que hoy te dedico, por dos razones: la primera porque es mala, y no habrá quien me haga creer lo contrario, dada la premura con que la escribí, y la segunda porque, sin querer, he ofendido con su representación a la benemérita y respetable clase diaconal, cuyo pudor teológico mortifiqué sensiblemente con la solución que me plugo dar a los amores de Fray Diego y Marta, y con la presentación en escena del Padre Feijoo, tal y como yo lo comprendo, que es, punto más, punto menos, como lo juzga la Crítica y nos lo presenta la Historia. Presbítero hubo la noche del estreno que, parapetado tras la rejilla de un palco de luto (localidad de nuestro coliseo, cuya conveniencia arquitectónica y moral no me pude explicar todavía), se reía a carrillo abierto de que yo concediese a los Papas la facultad de dispensar solemnes votos, así como de que hiciese descender la seriedad de nuestro ilustre monje al extremo de convertirlo en protector decidido de unos amores terriblemente mundanos. Confieso mi ignorancia; yo creía, en cuanto a lo de las facultades, que el Papa que las tuvo para anular los votos de don Ramiro el monje, rey de Aragón, y los de César Borgia, duque de Valentinois, podía también tenerlas, pues de un caso análogo se trata, para anular o dispensar los de Fray Diego, —142→ por aquello de que el que hace un cesto hace ciento. Respecto al sabio de Casdemiro, creía, y lo que es más grave, sigo creyendo aún, que como quiera que no se trata de un cabecilla carlista, ni de uno de aquellos fanáticos monjes de la Edad Media, cuya existencia se hacía notar por el odio que a todas las cosas del siglo profesaban, no había para que disputarle la facultad, connatural a todo bicho viviente de sentir las desdichas del prójimo y tomar parte en ellas, entendiéndose por todo bicho viviente todo hombre que no haya pertenecido, pertenezca o esté en peligro de pertenecer al partido absolutista.

Por lo demás -y salvo el parecer de los teólogos vergonzantes que me censuraron, los cuales es natural que en materia de cánones no opinen ni puedan opinar en su vida como nuestro distinguido paisano el Sr. Montero Ríos, a quien (entre paréntesis) la exclaustración de Fray Diego ha parecido perfectamente justificada y tanto más lógica y corriente cuantas más razones de carácter histórico y filosófico pudieran aducirse en su abono-, todos cuantos calificativos haya podido merecer a esos señores, más o menos alentados por algún sochantre de levita y vista corta, con motivo de la representación de EL PADRE FEIJOO, me tienen sin cuidado; que con algo había de compensarse a su autor la inmensa satisfacción que recibió con las aclamaciones de que ha sido objeto y el placer que le produjo descubrir aquella noche en el teatro, por encima de un verdadero mar de cabezas humanas, las de más de una docena de individuos del clero, cuya presencia en aquel sitio se justifica: mucho menos que el desenlace de mi obrita, no sólo desde el punto de vista de los cánones, de las leyes de Partida y de la disciplina que prohíben- ¡mal prohibido!- a los curas asistir a estos espectáculos, sino también desde el de la estética, del ornato y la salubridad pública.

He dicho que no pensaba publicar esta loa y es la verdad; pero tú me has dedicado un bello trabajo, no has querido —143→ creerme cuando te hablé de la insignificancia del mío, y para que te convenzas, lo publico.

Léelo, pues, y cuando lo hayas terminado, coge la tijera y haz de sus hojas pajaritas del papel tus niños. Tuyo de corazón,

M. Curros

Orense, agosto 1880.

—144→
PERSONAJES

ACTORES

MARTASEÑORITA BLANC
LA POSTERIDADSEÑORITA GÓMEZ
EL PADRE FEIJOO SEÑORITA FIGUEROA.
FRAY DIEGO SEÑORITO RODRÍGUEZ (T.).
FRAY LUIS ARAÚJOSEÑORITO PORTILLO.
HERMANO JOSÉ,legoSEÑORITA GÓMEZ.
HERMANO MENDO, íd. SEÑORITA VIVERO.
ARAGONÉS 1.º SEÑORITO RODRÍGUEZ (A.).
ARAGONÉS 2.º SEÑORITO MOLINA.
ARAGONÉS 3.ºSEÑORITA COBOS.
Comparsa.

La escena pasa en el convento de San Vicente de Oviedo, próximamente a mediados del último siglo.

—145→

El teatro representa una celda bastante espaciosa. A la derecha del actor, una ventana que da a la calle y una puerta; otra al fondo; éstas practicables. A la izquierda puerta, mesa de escritorio con recado y sillón de vaqueta; detrás de la mesa, estantería.

Escena I

HERMANO JOSÉ y HERMANO MENDO; legos.

(Entretenidos en hacer el aseo de la celda.)

HERMANO JOSÉ
No hay para esta celda escobas
que basten. ¡Por San Andrés!
Tres veces limpié, y las tres
como si no...
HERMANO MENDO
¿Tres? ¡Son bobas!
Vos tres, yo dos: cinco son.
5
HERMANO JOSÉ
¡Oh, manía de escribir,
con la cual no hay que pedir
limpieza a una habitación!
Será torpeza quizá
mía, que de ello no entiendo;
10
mas, la verdad, no comprendo
que haya escritores.
HERMANO MENDO
¡Ya, ya!
HERMANO JOSÉ
Porque es lo que digo yo:
con emborronar papel,
—146→
¿qué saca en limpio para él
15
el Padre Maestro Feijoo?
¿Tesoros? ¡Bah! Patarata.
¿Amigos?... Sembrar en yermo:
si el Padre cae hoy enfermo
el médico nos lo mata.
20
De veinte años acá, son
tantos los que tiene enfrente,
que hasta le ha metido el diente
nuestra Santa Inquisición.
Lo dicho: mejor se está
25
manducando que escribiendo.
¡A tal tiempo, hermano Mendo,
hemos llegado!
HERMANO MENDO
¡Ya, ya!
HERMANO JOSÉ
Yo, la verdad a decir,
tengo mi opinión formada
30
del que escribe: para nada
sirve... que no sea escribir.
Lo cual, en mi cortedad,
me hace ver que un escritor
es la desgracia mayor
35
para una Comunidad.
Aquí no debiera haber,
porque eterna la paz fuera,
más que gente que supiera
orar, callar...
HERMANO MENDO
Y comer.
40
Soy de esa misma opinión.
HERMANO JOSÉ
Pero ya se ve, de ciento,
no entran hoy en el convento
dos hombres con vocación.
¡Así anda ello! Así está
45
la Orden desacreditada,
perseguida y calumniada,
y... sabe Dios si...
HERMANO MENDO
¡Ya, ya!
HERMANO JOSÉ
Y es vano buscar remedio
—147→
al mal que nos embarulla.
50
No ha mucho que la cogulla
tomó un fraile que, tal tedio
tiene al claustro y al sayal,
que, en el furor que le abrasa,
prenderá fuego a esta Casa
55
y la sembrará de sal.
HERMANO MENDO
¡Santo Dios! ¡Y que así juntos
buenos y malos estén!...
¿Y quién es el monje?
HERMANO JOSÉ
¿Quién?...
De que es Fray Diego hay barruntos.
60
HERMANO MENDO
Ese será... porque oí
decir que a ciertos amores
del siglo, algo pecadores,
se debe el que entrase aquí.
HERMANO JOSÉ
¡Hola! ¿También sabéis vos
65
esa historia?...
HERMANO MENDO
Si no es ciego,
todo el que observe a Fray Diego
la sabrá como los dos.
Es hombre que se clarea
y a poco que lo sonsaque,
70
nota cualquier badulaque
de cuál de los pies cojea.
HERMANO JOSÉ
En fin, la cosa así va.
si San Benito levanta
su santa frente, se espanta
75
viendo su Casa.
HERMANO MENDO
¡Ya, ya!

(Al ver salir a FRAY LUIS ARAÚJO y FRAY DIEGO interrumpen su faena y desaparecen.)

—148→

Escena II

FRAY LUIS ARAÚJO y FRAY DIEGO.

(El primero es portador de algunos pliegos para el PADRE FEIJOO.)

FRAY LUIS ARAÚJO
Contened vuestra aflicción,
hermano, y pues decisión
fue vuestra el siglo trocar
por una vida ejemplar,
80
pedid a Dios vocación.
FRAY DIEGO
¡Nunca la tuve; es en vano!
FRAY LUIS ARAÚJO
Ved lo que decís, hermano.
¡No hay redes como estas redes!
FRAY DIEGO
¡Ah! Mi espíritu profano
85
se ahoga entre estas paredes,
lejos de aquí rodar siento
el mundo en confuso son,
como hondo mar turbulento,
y con secreta atracción
90
le sigue mi pensamiento.
No están aquí aquellos santos
recuerdos que al alma dan
tanta paz, consuelos tantos
en ese mundo de encantos
95
en que se vive de afán.
No están aquí los objetos
de nuestros tiernos cariños,
los guardadores discretos
de aquellos dulces secretos
100
de nuestra vida de niños.
Y tan lentas y pesadas
suenan para el corazón
las horas aquí pasadas,
que llegan a ser odiadas
105
la virtud y la oración.
—149→
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Jesús, hermano! Decís
tales cosas que ¡por Dios!...
FRAY DIEGO
Los que otro amor no sentís
que el del claustro en que vivís,
110
no sabéis...
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Luego amáis vos?
FRAY DIEGO
¿Si amo?... Vos, hermano mío,
a quien todo lo confío
porque nada os he ocultado,
¿no lo habéis adivinado
115
en mi semblante sombrío?
Pues si no amara, ¿por qué,
falto de gracia y de fe,
alma proterva y mundana,
la vida del claustro insana
120
como un suplicio abracé?
FRAY LUIS ARAÚJO
Me espantáis.
FRAY DIEGO
¡Oh, por favor,
no lo reveléis... Mi amor
es una historia vulgar...
amo... como puede amar
125
un condenado!
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Qué horror!
FRAY DIEGO
Niño era yo. Fenecía
del sol el último rayo,
blando el céfiro gemía;
como una oración subía
130
la luna por el Moncayo.
¡Tarde hermosa! En mi redor
alzaba grato rumor
la selva agreste y sombría.
Todo era amor... Yo leía
135
a Ovidio -¡todo era amor!-
¡Ah! Si el hombre no ha de amar,
impedid que corra el río,
que el sol luzca y brame el mar,
que no pueblen el vacío
140
¡ni un aroma ni un cantar!
—150→
Abierta el alma vehemente
a esta poesía infinita
me estremecí de repente,
cerré el tomo, alcé la frente
145
y vi a mi lado una ermita.
Por instinto, no por fe,
traspuse su puerta franca
y absorto viendo quedé
de bella imagen al pie
150
una mujer, bella y blanca.
Su cabeza parecía
que a la imagen disputaba
el nimbo áureo que ceñía.
¡Tanto del sol que moría
155
al limpio rayo brillaba!
No habéis soñado jamás
labios tan puros y rojos,
y no han nacido quizás
pestañas que celen más
160
la hermosura de unos ojos.
La vi y la amé; mas ¿por qué...,
si ella rica, pobre yo,
tan desventurado fue
como el que yo la juré
165
el amor que me juró?
Hija única, heredera
de una fortuna, su padre
la prohibió que me quisiera,
trocando, mal que nos cuadre,
170
nuestra ventura en quimera.
Y hasta tal punto llegó
nuestro común sacrificio,
que hoy ya dos años cumplió
que ella en un convento entró,
175
cuando yo aquí de novicio.
Ved, pues, si razón habría
para vivir tan sin calma
desde aquel nefasto día,
—151→
y si vocación tendría
180
quien lleva como yo el alma.
Ya toda esperanza huyó,
y en todo igual nuestra estrella,
todo entre ambos acabó;
pues tal como lo hice yo
185
habrá profesado ella.
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Oh! ¡Mucho debéis sufrir!
Mas si sabéis olvidar
dichoso podréis vivir.
FRAY DIEGO
No, no; mejor es morir,
190
porque morir es no amar.
FRAY LUIS ARAÚJO
En tal situación estáis
que ni un remedio adivino...
FRAY DIEGO
Iré a misiones.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Soñáis?
FRAY DIEGO
Me haré matar.
FRAY LUIS ARAÚJO
¡¡Blasfemias!!
195
FRAY DIEGO
¡Así se cumple el destino!
FRAY LUIS ARAÚJO
Seréis un malvado.
FRAY DIEGO
No,
cuando Dios lo quiere así.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿La que amáis no os olvidó?
FRAY DIEGO
¿Pudiera olvidarla yo?...
200
¿Cómo ha de olvidarme a mí?
FRAY LUIS ARAÚJO
Nos oyen...

(Ambos se alejan, volviendo con curiosidad la cabeza hacia la izquierda, por donde entra en escena el PADRE FEIJOO. Al verlo el PADRE ARAÚJO hace una profunda reverencia y se queda en el foro esperando ocasión de hablarle. FRAY DIEGO se aleja.)

—152→

Escena III

EL PADRE FEIJOO.

(Grave y majestuoso, pero sin afectación, aparece revisando un ejemplar de la primera edición de sus Cartas eruditas. Su andar es reposado, como conviene a un monje de edad provecta; su voz insinuante, dulce y simpática por extremo, no carece de cierta energía, sobre todo cuando se dirige a sus detractores.)

¡Bella impresión!
¡Bien por el Padre Sarmiento,
que vio con detenimiento
las pruebas de la edición!
205
Visadas por Fray Martín,
ya el criticastro Mañer
no dirá, cual dijo ayer,
que no sé escribir latín.
Ni Osorio, haciendo un puñal
210
de un nombre al descuido puesto,
se vendrá a mí descompuesto
como a la presa el chacal.
¡Oh!, zoilos de vil calaña,
a quienes sin culpa di
215
con las obras que escribí
ocasión de burla y saña;
partidarios del error,
en cuya noche sombría
huérfano el pueblo gemía
220
sin norte y sin redentor;
cobardes impugnadores,
que os nutrís de mi honra herida
como la larva dormida
de las hojas de las flores:
225
¡heme aquí de nuevo! Aún late
lleno de fe el pecho mío,
y con más fuerza y más brío
—153→
me presento hoy al combate.
Si a vuestras ansias malditas
230
no bastó mi Teatro entero,
¡morded el tomo primero
de mis Cartas eruditas!

Escena IV

(El mismo; FRAY LUIS ARAÚJO, adelantándose.)

FRAY LUIS ARAÚJO
Padre Reverendo...
EL PADRE FEIJOO
Dios
os guarde, Padre Araújo.
235
FRAY LUIS ARAÚJO
La posta estos pliegos trujo
con la nema para vos.
EL PADRE FEIJOO
¿Hay algo más?
FRAY LUIS ARAÚJO
Padre, nada;
es decir..., como no sea
que el pueblo otra vez rodea
240
esta tranquila morada
y pide pan...
EL PADRE FEIJOO
(La sequía
es hogaño general.)
Tomad todo mi caudal:
cien ducados que me envía.
245
Mi librero de Madrid;
se los daréis, mas con modos
que alcance lo poco a todos.
Como siempre repartid.

(Abre un pliego y se entera rápidamente de su contenido.)

(¡De Roma!) Al punto anunciad
250
de urgente y preciso a título,
que se reúna en capítulo
toda la Comunidad.
FRAY LUIS ARAÚJO
(¡Noble corazón!)
—154→

Escena V

PADRE FEIJOO, solo.

Veamos
Lo que nos trae la Mala.
255
¡Un libelo! Autor... anónimo

(Leyendo.)

¡Con Rabelais me compara!
¿Dónde está mi Pantagruel,
mi escepticismo, mi sátira?...
¡Habla de Voltaire! ¡Voltaire!
260
Soy yo más viejo... Me llama
monstruo cartesiano, hereje,
hugonote, iconoclasta...
¡No me conoce sin duda
quien de este modo me trata!
265
Dice que vierto doctrinas
heréticas e inhumanas;
y... ¿dónde están? ¡No las cita!
¡Ah! Comprendo estas infamias.
Así se logra excitar
270
los ánimos; así, rauda,
como la mancha de aceite,
la calumnia se propaga,
y es una chispa un incendio,
y es un copo una avalancha,
275
y muere Savonarola,
y se condena a Mariana,
y la hoguera centellea...,
¡y enmudece la palabra!

(Pausa.)

Mas... ¿qué importa? Miserable
280
impostor, ¡me insultas! ¡Gracias!
Tus calumnias me engrandecen;
tu elogio me avergonzara.

(Abre otro pliego.)

—155→
Carta del rey don Fernando.
No hay duda, aquí están sus armas:
285
me anima a que continúe
las tareas comenzadas
y a que ante nada me arredre
ni me acobarde por nada.
¡No lo encarguéis!... Cual las rocas
290
que ocultan mi cuna patria,
mi voluntad así es firme
e inmutable mi esperanza...
-«Palacio del Quirinal»-
A ver qué nos dice el Papa.
295

(Se entera.)

Me concede lo pedido...
Hijo querido me llama,
y dice que son mis libros
su lectura cotidiana.
Mas... ¿qué veo?

(Con asombro.)

¿A mí una púrpura?
300
¡Santo Padre! ¡No, me basta
vuestro recuerdo, que llena
de íntimos goces mi alma!
Todo lo demás es humo,
todo lo demás mundanas
305
glorias son, que me desvelan
y que redoblan mis ansias.
Mientras tenga en mi tintero,
no en hiel ni en sangre mojada,
una pluma, con la cual
310
pueda luchar a mis anchas
contra el vulgo, cuya frente
ciñe nubes de ignorancia;
mientras con ella me sea
dado extender mi palabra,
315
buril para la verdad,
para los errores hacha;
mientras viva en mi retiro
en dulce y serena calma,
seré feliz... Ni más quiero,
320
—156→
ni otra cosa me hace falta.

(Vase. Mientras se aleja se oye en la calle, al son de las bandurrias, esta canción.)

Para un pecador un Papa,
para un moro un zancarrón;
para los aragoneses
el sabio Padre Feijoo.
325
       ¡Alto la litera!
       Que ya terminó
       nuestra afortunada
       peregrinación.

Escena VI

MARTA, ARAGONESES, FRAY LUIS ARAÚJO; después FRAY DIEGO.

FRAY LUIS ARAÚJO
Dígnese vuestra merced
330
pasar y tomar asiento,
que la jornada fue larga
y ha de querer...

(Señalando una silla a MARTA.)

MARTA
Sí, por cierto.
ARAGONÉS 1.º
¡Chiquios, entraisos!
ARAGONÉS 2.º
¿Mas dónde
está el Padre?
FRAY LUIS ARAÚJO
Podréis verlo
335
en el próximo salón
pasados unos momentos.
Está orando; os le anuncié
y allá en salir quedó presto.
ARAGONÉS 1.º
¡Es un mozo templaíco!..
340
¡Vaya una pluma!
FRAY LUIS ARAÚJO
Es ya viejo.
MARTA
(He visto ya tantos monjes
¿Dónde estará? ¿Por qué tiemblo?)
—157→
ARAGONÉS 1.º
¿Viejo? Pues no lo parece.
FRAY LUIS ARAÚJO
Con sus sesenta lo menos.
345
ARAGONÉS 1.º
¡Pobrecico! Habrá sufrido
mucho, ¿verdad?
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Ya lo creo!
como que los envidiosos
de su nombre y su talento
no lo dejan disfrutar
350
hora de paz ni sosiego.
Por cada libro que lanza
a luz el Padre Maestro
le devuelven cien injurias
en otros tantos folletos.
355
ARAGONÉS 2.º
¡Toma! No a todos conviene
se abran los ojos al pueblo.
Por eso decapitaron
a nuestro buen caballero
don Juan de Lanuza.
FRAY LUIS ARAÚJO
Hermano,
360
no hablemos, no hablemos de eso...
Lo que el rey hace hecho está.
ARAGONÉS 2.º
Pero puede estar mal hecho.
FRAY LUIS ARAÚJO
Ya, pero...
ARAGONÉS 2.º
No, si hablo mal
callaré.
FRAY LUIS ARAÚJO
Pues bien, callemos...
365
ARAGONÉS 2.º
Lo que yo le digo, hermano,
es que a verme en el pellejo
del Padre Feijoo, le rompo
al que me ultraje los huesos.
Mire su merced: no ha mucho,
370
encontrándome leyendo
un tomo del Teatro Crítico,
mal y todo como leo,
el médico del lugar
llegó y me dijo: -Prudencio,
375
¿qué estás leyendo? -El Teatro,
repuse. -¿Y qué tal...? -¡Es bueno!
—158→
Ya el aceite derramado
no es anuncio de siniestros,
ni debe estudiarse sólo
380
para cura en los colegios;
ya la mujer sirve más
que para el uso casero;
ya no son las salamandras
medio contra los incendios;
385
ya no hay vampiros, ni duendes,
ni brujas para un remedio,
ni se cura con sangrías
a toda clase de enfermos.
Picose el físico entonces
390
y entre mohíno y colérico
dijo: -El autor, tú y el tomo,
juntos debéis ir al fuego.
-¿Al fuego el Padre Feijoo?...-
Contesté, y esto diciendo
395
le arrimé cuatro sopapos,
y alcé el tomo tan a tiempo,
que sólo por no mancharle
no se lo enterré en los sesos.
ARAGONÉS 3.º
¡Recontra, que estuvo bien!
400
FRAY LUIS ARAÚJO
Pues yo, hermanos, no lo apruebo,
y el Padre Feijoo es seguro
que cual yo condena ese hecho.
Batallador tolerante,
busca en la razón su acero,
405
y si confunde el error
guarda al que yerra respeto.
ARAGONÉS 2.º
Pues mientras el Padre Abad
no se valga de otros medios...
FRAY LUIS ARAÚJO
¡Oh, nunca!
ARAGONÉS 2.º
¿Cuánto apostamos
410
a que ya nadie en mi pueblo
se atreve a hablar mal del Padre?
ARAGONÉS 3.º
¡Bien seguro!
FRAY LUIS ARAÚJO
Y... ¿con qué objeto
—159→
venís; se puede saber?
ARAGONÉS 1.º
Por verlo.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿No más?
ARAGONÉS 2.º
Por verlo.
415
¿No vienen a verlo condes
y duques de extraños suelos?
Pues ¿por qué no hemos nosotros
de venir también?
FRAY LUIS ARAÚJO
Es cierto.
Y el portón de nuestro asilo,
420
cerrado al mundano estruendo,
para los que cual vosotros
nos honran, siempre está abierto.
Mas sólo por conocer
al Padre Feijoo no creo
425
que vengáis todos.
ARAGONÉS 3.º
Todicos.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Con tal tiempo y de tan lejos?
ARAGONÉS 1.º
Quince días de camino
nada más.
ARAGONÉS 2.º
Ni más, ni menos.
FRAY LUIS ARAÚJO
¿Y todos a pie?
ARAGONÉS 2.º

(Con intención.)

No hay bestias
430
en Aragón, ni zopencos...
MARTA
(No sé por qué siente el alma
terribles presentimientos.
¡Oh, cruel incertidumbre!
¿Estará aquí?... ¿Se habrá muerto?...)
435
FRAY LUIS ARAÚJO
Mucho tiene, ciertamente,
nuestro abad que agradeceros.
Esa larga caminata
desde Aragón a Oviedo
hecha por vosotros, pobres
440
campesinos, del deseo
guiados de conocer
al crítico insigne, pienso
que no ha de olvidarla nunca.
ARAGONÉS 3.º
¡Otra! ¿Y qué hay de extraño en ello?
445
—160→
Pues ni aun con esto pagamos
lo mucho que lo debemos.
Gracias a sus libros, gracias
a sus agudos consejos
sobre el cultivo del campo,
450
tenemos nuestros graneros
llenos, y nuestras cosechas
van mejorando y creciendo
de año en año; y esto sólo
en lo que nos toca al cuerpo,
455
que por lo demás...
ARAGONÉS 2.º
Y diga
su merced, que tengo empeño
en saberlo: ¿de dónde es
el Padre Feijoo? ¿Es gallego,
como dicen?
FRAY LUIS ARAÚJO
De una aldea
460
de Orense.
ARAGONÉS 2.º
¡Pues no lo creo!
TODOS
¡Gallego! Ja, ja, ja, ja.

(Riendo.)

ARAGONÉS 2.º
Repito que eso no es cierto.
ARAGONÉS 3.º
¿Gallego? Pues yo creía
que aunque fecundo ese suelo,
465
no producía otra cosa
más que patatas y pleitos.
En fin..., que dé frailes..., pase;
pero ¡frailes con talento!...
FRAY LUIS ARAÚJO
Pues ahora me toca a mí
470
deciros: «Ni más, ni menos.»
Y por lo mismo que es raro,
es más meritorio el hecho.
¿Lo dudáis? Pues hacéis mal...
ARAGONÉS 2.º
Si nosotros no lo hacemos
475
por mal; sólo que nosotros
no nos chupamos el dedo.
ARAGONÉS 3.º
¿Conque galleguiñu? ¡Vamos!
¡Quién sabe! Pudiera serlo,
pues aunque ya no hay milagros,
480
—161→
a veces, dice el proverbio
que donde menos se piensa...
ARAGONÉS 2.º
Es claro: ¡salta un gallego!
FRAY DIEGO
Hermanos, en el salón
nuestro Padre Reverendo
485
espera vuestra visita.
ARAGONÉS 1.º
Vamos.

(Vanse. MARTA quiere seguirles.)

FRAY LUIS ARAÚJO
Si no os es molesto,
esperadle aquí, señora;
vendrá pronto.
FRAY DIEGO

(Reconociendo a MARTA.)

¡Marta!
MARTA

(Ídem a DIEGO.)

¡Diego!

Escena VII

MARTA y FRAY DIEGO.

MARTA
(¡Ah! Del placer el exceso
490
me matará.)
FRAY DIEGO

(Con desesperación.)

(¡Yo profeso!)
¡Oh, Marta!... Mas ¿cómo aquí
tú y entre esta gente; di,
alma mía, mi embeleso?
MARTA
¡Ah! Es tan grande mi emoción
495
que temo por mi razón.
FRAY DIEGO
¡Cálmate, por Dios; lo ansío!
MARTA
(¡Aún vive! ¡Gracias, Dios mío!
No fue inútil mi oración.)
FRAY DIEGO
Cuán bella estás y agraciada
500
de ese disfraz ataviada.
Mas ¿cómo ha podido ser?...
MARTA
Para un alma enamorada
todo es fácil de vencer.

(Pausa.)

Dos años ha por mi mal,
505
que al precepto paternal
cediendo, duro y violento,
novicia entré en el convento
—162→
de monjas de San Pascual.
¡Cuánto dolor y amargura
510
en silencio devoré
mientras duró mi clausura!
¡Cuánto aquella sepultura
con mis lágrimas regué!
No estaban allí los santos
515
recuerdos que al alma dan
tanta paz, consuelos tantos,
en ese mundo de encantos
en que se vive de afán...
No hallaba allí los objetos
520
de nuestros tiernos cariños,
los guardadores discretos
de aquellos dulces secretos
de nuestra vida de niños...
Y tan lentas y pesadas
525
fueron para el corazón
las horas allí pasadas,
que a ser llegáronme odiadas
la virtud y la oración.
Unos tras otros, los días
530
fueron para mí pasando
sin placeres ni alegrías,
en mis hondas agonías
y en tu cariño pensando.
Murió mi padre: el tormento
535
que esta nueva causó en mí
no tiene encarecimiento,
y por ti, sólo por ti,
dejé entonces el convento...
Ya en mi hogar, y en ocasión
540
de hallarme en mi habitación,
triste y sola, de amor presa,
la rondalla aragonesa
sentí bajo mi balcón.
Siempre ese canto admiré
545
dulce, patriótico y blando...
—163→
Al alféizar me asomé
y varios hombres miré
que se alejaban cantando...
Su cantar era el cantar
550
de la Virgen del Pilar.
-¿Adónde vais? -grité yo-,
y pronto creí escuchar:
-¡A ver al Padre Feijoo!
-¿Vais a Oviedo? Yo también,
555
si me queréis -dije-, iría.
-¿La señorita? Pues bien
-me contestó no sé quién-:
¡Mandaréis la compañía!-
Así, en esta expedición,
560
por no excitar la atención,
de estos paños disfrazada
vine a verte, rodeada
de los hijos de Aragón.
FRAY DIEGO
¡Ah! ¿En mal hora?...
MARTA
¿Por qué así?
565
¿No hay ya en tu pecho amor?
FRAY DIEGO
Hayle;
pero el que te amaba a ti
murió. De él tan sólo aquí
queda lo que ves... ¡un fraile!
MARTA
¡Cómo! ¡Dios mío!
FRAY DIEGO
No sé
570
cómo ha sido... Fe por fe
quisieron... votos por votos,
y yo a los míos falté
porque los tuyos creí rotos.
MARTA
¡Ah! ¡Dudar de mí! ¡Eso más!
575
¡Oh, no me amaste jamás!...
Ciega el alma me engañaba...
FRAY DIEGO
(¡Aún esa gota faltaba
al cáliz de Satanás!)
¡No amarte yo, si te adoro!
580

(Con ternura.)

Marta, te amo de tal suerte,
—164→
que estas lágrimas que lloro
diciéndote están a coro
que tanto amor es mi muerte.
No conmigo hasta ese extremo
585
lleves tu duda sombría,
que aun adorándote temo
que este amor en que me quemo
sea una ilusión impía.
Mas si fuera una ilusión,
590
¿cómo hallar explicación
a este violento latir,
a este angustioso gemir
de mi pobre corazón?
MARTA
¿Pues qué pensar cuando así
595
me pudiste olvidar,
mas que se alejó de mí
aquel amor que creí
por todo tiempo guardar?
¡Oh, Diego del alma mía!
600
Si ya esos labios perdieron
la sonrisa que algún día
me enajenó de alegría
cuando tu amor me dijeron;
si esa frente, donde ayer
605
he visto resplandecer
fuego de amor celestial,
como la de un criminal
se inclina ante una mujer;
si de esos ojos, hoguera
610
de un amor que en llama viva
mi inmenso amor encendiera,
hoy se desprende severa
triste lágrima furtiva,
¿qué he de hacer sino pensar
615
que aquel amor, ¡ay de mí!,
como una estela en el mar
nació y murió sin dejar
rastro alguno en pos de sí?
—165→
FRAY DIEGO
¡Marta! ¡Marta! Compasión;
620
piedad a este duelo eterno;
que esas tus palabras son
fuego en que arde el corazón
con el ardor del infierno.
¿Por qué has venido tú aquí?
625
¡Ya entro ambos media un abismo!
¿Lo salvo?... Muero.
MARTA
¡Oh, no!...
FRAY DIEGO
¡Sí!
¡Si al fin moriré por ti,
no sea mañana, sea hoy mismo!
¡Huyamos!

(Toma en sus brazos a MARTA y se dispone a partir. En este momento aparece el PADRE FEIJOO.)

Escena VIII

DICHOS, EL PADRE FEIJOO.

EL PADRE FEIJOO

(Deteniéndole.)

Hermano, ¿adónde
630
con esa preciosa carga?...
¿Una rosa que Aragón
desde sus valles me manda,
por que su color admire
y me arrobe en su fragancia,
635
así me la robáis vos?...
FRAY DIEGO
¡Padre!

(Confuso.)

EL PADRE FEIJOO
Dejadla, dejadla,
e id a orar... Y vos, señora,
que venís a honrar mi casa,
vos que sufrís como sufren
640
las almas enamoradas
de lo imposible...
MARTA
¡Ah, señor!...
EL PADRE FEIJOO
Lo sé... No me digáis nada.
—166→
Esperadme aquí: reunida
la Comunidad me aguarda.
645
¡Dichoso yo si pudiera
dar consuelo a vuestras ansias
y templar la íntima pena
que revelan vuestras lágrimas!

Escena IX

MARTA, sola.

«¡Alma enamorada, dijo,
650
de lo imposible!»... ¡Y soñaba
con su amor! ¡Y era él del claustro
en mi soledad amarga,
el único pensamiento
que todo mi ser llenaba!...
655
¡Dios mío!... Sobrevivir
a este funeral del alma,
a estas ilusiones muertas,
a estas muertas esperanzas...
¡Ah, qué horrible! No le culpo.
660
No, no le culpo: él me ama;
tal vez sospechar no pudo
que mientras que pronunciaba
solemnes votos, yo, libre,
más que nunca enamorada,
665
en pos de su amor vendría,
de mi ardiente afán en alas.
Sólo una carta, eso sólo,
y mi dolor se trocara
en dicha; la negra estrella
670
de nuestros destinos blanca
luciría, y sobre el cielo
de mis presentes borrascas,
con serenidad tranquila
el sol brillaría en calma.
675
—167→
¡Y ahora sola!... ¡Por doquiera
luto, orfandad y desgracia!...
¿Por qué abandoné mi aldea?
¿Por qué abandoné mi patria?

(Se deja caer pesadamente sobre una silla frente al público. Llora. Momentos de silencio. Por el foro aparecen los hermanos JOSÉ y MENDO, en la misma disposición que los hallamos en la escena primera: vienen a terminar la limpieza entonces interrumpida. Al ver una mujer en la habitación del PADRE FEIJOO, reflejan sus semblantes una profunda y ridícula expresión de asombro; el uno se santigua, el otro se sonríe cínica y maliciosamente, y después de hacerse mutuas señales de inteligencia, desaparecen por donde han venido, arrastrando sus escobones y frotándose las manos de gusto. Póngase sumo cuidado en la interpretación mímica de esta escena, que debe pasar desapercibida para MARTA.)

¿Qué busco aquí? ¡Oh, qué vergüenza!
680
¿Y cómo... cómo la causa
justificar que me mueve
a visitar esta casa?
¡Ni un momento más aquí,
no!... Mas ¡se me parte el alma!...
685
¡No importa! Mi honor lo exige;
mi honor y el suyo, sí.

(Se dispone a partir.)

Escena X

La misma, FRAY DIEGO.

FRAY DIEGO
¡Marta!
¡Marta! ¡Soy libre! Por siempre
soy ya tuyo.
MARTA
¡Ah!
FRAY DIEGO
¡Marta mía!
—168→
MARTA
¿Mas cómo?... Por Dios, ten lástima
690
de mí... Dime...
FRAY DIEGO
Esta noticia
me acaban de dar ahora:
la Comunidad reunida,
a la cual se dio lectura
de una carta pontificia,
695
me releva de los votos
jurados, a iniciativa
del padre Feijoo, ese ángel,
cuya bondad infinita
sólo igualarse pudiera
700
a su gran sabiduría.
MARTA
¡Diego!
FRAY DIEGO
¡Marta! Ya de hoy más
tu vida será mi vida.

(Se abrazan.)

Escena XI

DICHOS, EL PADRE FEIJOO.

FRAY DIEGO
¡Padre!

(Arrodillándose.)

MARTA
¡Señor!

(Ídem.)

EL PADRE FEIJOO
¿Cómo así
de rodillas ante mí?
705
Alzaos, alzaos, criaturas.
MARTA
¡Vuestras santas manos puras
besaremos antes, sí.
FRAY DIEGO
¡Oh, padre, indigno soy yo
de tanto amor!
EL PADRE FEIJOO
A mí no;
710
debéislo al Papa, hijo mío.
Le hablé de vuestro desvío
del claustro, y él os salvó
que fuera temeridad
aceptar el sacrificio
715
de vuestra fe y libertad,
—169→
cuando a vuestra voluntad
no era su voto propicio.
Fuente de gracias y dones,
necesitan vocación
720
los humanos corazones,
y en el vuestro las pasiones
del mundo han hecho invasión.
Si lo pensaran primero
y estudiaran su destino
725
con un estudio sincero,
¿fuera un mal monje Lutero?
¿fuera un mal fraile Calvino?
Abraham, aun por Dios mandado,
tiembla de la pira al lado,
730
y llora con llanto tierno;
espera el Crucificado
el mandato del Eterno,
¿y el sacerdocio al tomar
no debemos meditar?...
735
¿A quién puede acepto ser
el voto que ante el altar
viene a prestar Lucifer?
FRAY DIEGO
¡Padre mío!
EL PADRE FEIJOO
Ya no soy
más que vuestro hermano... De hoy
740
amaos, felices sed,
e id en paz y el bien haced,
pues mi bendición os doy.

(Cuadro. El PADRE FEIJOO les bendice, y MARTA y DIEGO reciben su bendición arrodillados.)

Escena XII

DICHOS, ARAGONESES.

ARAGONÉS 1.º
¡Padre maestro, a la paz
de Dios! Nos vamos.
EL PADRE FEIJOO
¿Tan presto?
745
—170→
ARAGONÉS 1.º
¿Y qué hemos de hacer aquí?
¿Enfrailar? ¡Quia! No queremos.
Ya vimos todas las celdas,
tomamos un refrigerio
y...
EL PADRE FEIJOO
¿Pero no descansáis
750
siquiera unos días?
ARAGONÉS 2.º
Bueno
está el horno para bollos...
¿Y los campos? ¿Y el trasiego
de las mieses?...
ARAGONÉS 3.º
Vaya, pues,
que se conserve tan fresco.
755
ARAGONÉS 2.º
Que escriba ucé muchos libros
y pegue ucé vapuleos
sin miramiento ninguno
a esta, a esta gente de adentro...
Cuando un crítico le muerda,
760
arréele fuerte y sin miedo,
y si algo ocurre, ya sabe
que por su mercé... ¡al infierno!
Y vamos, chiquios, que estamos
moliendo al Padre maestro.
765
EL PADRE FEIJOO
Hijos de Aragón, la noble,
mas vuestra visita aprecio
que la de todos los reyes
y grandes del Universo.
Nada valgo y nada soy,
770
y como nunca hoy lo siento,
para poder demostraros
todo el interés que os debo.
Llevad, pues no tengo más,
el abrazo de este viejo,
775
y él sea vivo testimonio
de mi eterno amor al pueblo.
ARAGONÉS 1.º
¡Viva el Padre Feijoo!

(Alejándose.)

TODOS
¡¡Viva!!
EL PADRE FEIJOO
¡No será ya mucho tiempo!
—171→

Escena XIII

EL PADRE FEIJOO, luego LA POSTERIDAD.

(Asomándose a la ventana para verlos partir.)

EL PADRE FEIJOO
¡Pobres! ¡Allá van! Yo, en tanto,
780
sobre la arena rojiza
del circo, solo, extenuado,
de fuerzas falto y de vida,
quedo en lucha con la fiera,
con la fiera apocalíptica.
785
¿Quién caerá más pronto? ¿Quién
será vencedor o víctima?
Tú sola, Posteridad,
resolverás el enigma.

(Se sienta a escribir. Momentos de pausa.)

Comencemos el segundo
790
tomo de las Eruditas;
trabajemos, y cumplamos
así la misión divina.

(De nuevo suena la rondalla, cuyas notas van desvaneciéndose lentamente, después de haber acompañado este cantar:)

Castilla tiene el talento,
Aragón tiene el valor;
795
Galicia lo tiene todo,
pues tiene al Padre Feijoo.
¡Paso a la litera!
Nave en que hizo Dios
que a salvo quedase
800
de Marta el amor.
¡Oh!, esos aires me recuerdan
los aires de mi Galicia...
¡Casdemiro! ¡Casdemiro!
¡Solitaria cuna mía!
805
—172→
¡Quizá ya nunca mi nombre
en tus valles se repita!

(Apoya la frente sobre una de sus manos y queda como sumido en meditación profunda, vuelta la cabeza al foro. En este momento la POSTERIDAD aparece ataviada de todos sus atributos, se acerca a él, y, sin distraerle, dice:)

LA POSTERIDAD
(¡Medita!... Me, invoca y vengo.)
¡No! ¡Tu pueblo no te olvida!
Ve cuál la Posteridad
810
hace a los sabios justicia.

(La visión extiende su mano y el telón de fondo desaparece.)

APOTEOSIS

La estatua colosal del Padre Feijoo, levantada en el centro de un hermoso jardín, según el proyecto de la que se le erigirá en Orense, aparece rodeada de resplandores de gloria, destacándose sobre un horizonte espléndido de luz. Un magnífico enverjado lo rodea, sobre cuyas columnatas, rematadas en pebeteros, arderán deliciosos aromas y descenderán ramos de vistosas flores. Este cuadro puede hacerse más o menos sorprendente, y se deja al gusto del pintor escenógrafo y de los actores.-

(TELÓN.)

FIN

Poesías escogidas

—175→

La guerra civil

Oda

   Pueblos, oíd; en nombre

de la sublime caridad cristiana,

oíd; que no del hombre

en la conciencia, vana

ni estéril esta voz, dulce y piadosa,
5

fue a resonar jamás. ¡No, nunca! Pudo

del bárbaro del Norte el brazo airado

sobre Europa caer, de encono ciego;

alzar pudo, entre fuego,

con sangre y con cenizas amasado,
10

sobre la tierra atónita su solio;

mas el furor de su opresora planta,

la tiránica ley de su hacha impía,

todo cesó cuando, -¡Piedad!- clamaron

las vírgenes ocultas
15

bajo el amplio dosel del Capitolio...

   Y ¿quién, sino este acento

contuvo en su carrera asoladora

al infausto Alarico y al sangriento

Odoacro feroz? ¿Quién la en mal hora
20

—176→
comenzada pelea, sostenida

por dos pueblos indómitos del Rhino

en la margen florida,

maldijo y condenó -bárbara guerra-,

escándalo del siglo y de la tierra?
25

¡La caridad tan sólo! Ella, que mora

en átomos y mundos; ella, aliento

de la inmensa creación, alma que vela,

como eterno, inmutable centinela

de cuanto Dios a su mirada fía,
30

por el orden del mundo y la armonía.

   ¡España! Hermanos míos,

los que españoles sois, los que en la Historia

tantos timbres tenéis de inmarcesible

no profanada gloria;
35

¡oh, sí! Escuchad el cántico vehemente

de mi entusiasta lira:

por nuestra paz ha muerto el que la inspira,

¡y paz ha de llevar de gente en gente!

   ¡Ay! De la orilla plácida del Duero
40

a las feraces crestas de Barcino,

oigo el monstruo bramar... Del monte al llano

corre la sedición, y a la pelea

concitando los hombres, doquier miro

allí el pendón guerrero al viento ondea.
45

El alma opresa por angustia extraña,

en vano tiendo con afán mis ojos

del llano a la montaña,

y en vano clamo y digo:

«¿Dónde está el extranjero, el enemigo
50

de mi querida España?»

¡Que nadie me responde

más que mis propios ecos, que se pierden

vibrando «¡dónde... dónde!...»

¿Será que de Cartago
55

—177→
las errantes legiones aguerridas

vuelven a sorprender nuestras moradas,

desolación y estrago

sembrando por doquier, mientras dormidas

en paz y descuidadas
60

yacen nuestras mujeres adoradas?

   ¿Será que en nuestro suelo

se oye otra vez rodar el ominoso

carro triunfal del César, codicioso

de engarzar a su férrida guirnalda
65

la fúlgida esmeralda

que del jardín de Hesperia ostenta el cielo?

   ¿O es, acaso, que el águila de Jena

quiere, torpe, burlar de la bravura

del león español, cuya melena
70

al erizarse ayer le dio pavura,

burlando así su imbécil arrogancia?

¡Oh, no! Sagunto fue..., pasó Numancia,

y el águila orgullosa,

de muerte herida en nuestro suelo, llena
75

de amargura cruel, plegó sus alas

y rodó moribunda y temblorosa

sobre el pardo peñón de Santa Elena.

   ¡Ya no es del extranjero,

oh, españoles, la sangre generosa
80

que hoy mancha vuestro acero!

Los que ayer con vosotros pelearon

y en vuestras propias filas confundidos

¡Independencia y libertad! gritaron

triunfantes o vencidos;
85

los que ayer con benéfica ternura

vendaron vuestra herida,

cuando tras la batalla, en noche obscura,

quedabais en el campo a la ventura,

apenas con un hálito de vida;
90

los que ayer con vosotros, trasmontando

del mar inmenso las hinchadas olas,

fueron la estrecha tierra dilatando,

—178→
con vosotros partiendo y conquistando

cien magníficas glorias españolas,
95

esos (¡ay, cuánta mengua!)

son los que sacrifica vuestra mano.

¿Con qué derecho, ni por qué? ¿Qué insano,

qué mezquino interés el brazo guía

que discordia sembró en el suelo hispano?
100

¿Qué ley creyó cumplir?... ¡Vana porfía!

¡No hay derecho ni ley contra el hermano!

¿Y acaso no lo son? ¿No son amigos

esos que así se matan y arruinan,

esos que, como genios implacables,
105

que eternamente se odian y abominan,

se retan con furor y se persiguen,

se acechan, se amenazan,

y en su lucha tenaz se despedazan,

se destrozan, se aventan y exterminan?...
110

¡Cuán torpe, cuán horrible,

cuán despiadado encono! ¿Y es posible

que esas manos que se alzan, empuñando

el arma fratricida; esos puñales

que caen, desgarrando
115

corazones valientes y leales,

no vacilen un punto, contemplando

la aflicción de la patria y la memoria

que de este crimen va a guardar la Historia?

   ¿Será posible, cuando ya del hombre
120

cesó la esclavitud, y conquistados

sus derechos están y consagrados;

cuando la libertad tiene las puertas

del templo de la patria a la cultura

y a la justicia abiertas,
125

será posible, ¡oh Dios!, guerra tan dura?

   Sacerdotes del bueno, del paciente,

del humilde Jesús crucificado:

—179→
venid a unir vuestra oración ferviente

al clamor de mi pecho desolado;
130

que vuestra lengua dulce y elocuente

como el laúd armónico e inspirado

del profeta de Sión, dará a la mía

raudales de potente poesía.

Acudid a mi ruego,
135

ministros del Señor, acudid luego,

¡ah! ¡Que las llamas del incendio cunden,

que arde el santuario y sus altares se hunden

en candescentes piélagos de fuego!...

Mas... ¡loco afán! El sacerdote impío
140

no atiende al ruego mío,

y aleve, y parricida,

hirviendo el negro corazón en saña,

él es quizá el primero

que hunde el puñal artero
145

en el seno amantísimo de España.

Él, quien el exterminio preconiza;

él, quien las ascuas de ese incendio atiza;

él quien huella la urna donde mora

la Hostia Sacrosanta,
150

y él, quien, allí donde el Señor se adora,

gritos de muerte y destrucción levanta.

   Y en tanto..., en tanto, ¿dónde

está esa juventud, cuya pupila

desentrañar pudiera el hondo arcano
155

de la inmortalidad; esa esperanza

perpetua de los siglos, que produjo

a Franklin y Lincoln, ese lozano

plantel de gayas flores, cuyas hojas

llámanse Herrera, Meyerbeer, Tizziano?
160

-¡Como rosa en capullo marchitada,

como rayo de luz, que el torbellino

mató, sin que llegara a su destino,

así rueda, así muere malograda!

   ¡Guerra civil, maldita
165

—180→
mil veces, insaciable matadora,

y contigo, maldito el que a tus aras

lleva el haz y la tea destructora,

el que al monstruo aplastado resucita

y ve llorar la patria y ¡ay! no llora!
170

   Héroes, que en inhumano

combate, confundidos como fieras,

sois el oprobio del linaje humano,

la enseña de la paz llevo en mi mano:

¡Yo os mando abandonar esas trincheras!
175

¡Ah! La sangre del Santo generosa

que dejó del Calvario reteñida

la cúspide escabrosa,

no correrá jamás infructuosa

por las áridas cuestas de la vida...
180

¿Buscáis la libertad? Pues de ella en nombre

dejad el hierro que fulmina muerte.

¿La opresión pretendéis? ¡Qué otra más fuerte

que los lazos de amor que atan al hombre!

¡Asesinos, atrás! No más vergüenza
185

deis a la Europa, que enojada os mira.

¡Ay del Caín que de su hermano venza!

¡Ay del Abel que en esa lucha expira!


Madrid, 1874.

—181→

La canción de Vilinch4

      Cuando de nuestra patria por los confines

vibraba el son guerrero de los clarines

y de sus nobles hijos la sangre brava

estéril en los campos se derramaba,

porque del fácil triunfo tras los horrores,
5

al contemplar en ella tintas sus manos

notaban con vergüenza que eran hermanos

del lidiador vencido los vencedores;

   como el canto de un ave triste y doliente

sofocado entre el ruido que alza el torrente;
10

como de hoja que rueda queja exhalada,

del viento desoída y al viento dada,

del campo de la lucha sobre la arena,

que ensangrientan los genios de la discordia,

mientras la bala silba y el bronce truena,
15

se alza una voz que clama: ¡Misericordia!

—182→
   En la sombría falda del alto cerro,

monstruo que una corona ciñe de hierro,

al pie de Mendizorrot, en cuyo lomo

se abre un volcán que arroja candente plomo,
20

hay una pobre choza, sencilla y blanca,

nido de golondrina rústico y breve,

cuya puerta, al herido soldado, franca,

jamás para cerrarse sus goznes mueve.

   Campestres florecillas son el adorno
25

de la casita blanca de aquel contorno;

nadie de sus linderos cerca transita

que no bendiga el nombre del que la habita.

Y es que, desde que al viento se izó en España

el estandarte negro de la discordia,
30

de la florida choza de la montaña

sale la voz que dice: ¡Misericordia!

   Pronto la paz ansiada llegar debía,

y el triunfo era esperado que la traería.

¡Ya se acerca la hora! Ya el bronce estalla,
35

ya comienza la ruda final batalla;

ya en guerrilla despliegan los batallones

al clamor estridente de la corneta,

y marchan al galope los escuadrones

del monte por la abrupta pendiente escueta.
40

   ¡Ay, de las pobres madres que en las montañas

tienen los pedacitos de sus entrañas!...

¡Ay, de la dulce novia que amante espera

unirse al que su mano le prometiera!...

¡No volverán!... De rabia su seno henchido,
45

ebrios con los vapores de la discordia,

van a morir, sin que antes llegue a su oído

ese acento que clama: ¡Misericordia!

   En la chocita blanca del monte inculto,

dónde a la patria rinde, sagrado culto,
50

—183→
del amor de sus hijos puesto al amparo,

vive VILINCH, el tierno poeta euskaro.

Allí fue donde, alegre, cantó otros días

del hogar las venturas y los amores,

de los campestres bailes las armonías,
55

de Conchesi los ojos fascinadores.

   Allí donde abrasarse sintió en la llama

destello de los cielos, que al poeta inflama;

allí donde su numen fluyó sonoro

torrentes de poesía de ritmo de oro.
60

Muerta, empero, la calma porque suspira,

sepultado en la hoguera de la discordia,

ya no tiene más cantos su blanda lira

que esta plegaria eterna: ¡Misericordia!

   Cataratas de sangre precipitadas
65

ruedan de los oteros a las cañadas,

y desde las cañadas a los oteros

densos vapores rojos trepan ligeros.

¡Como un antro la tierra se abre sombría,

como una forja el cielo rayos desata,
70

hiere como una espada la luz del día,

el aire como fuego calcina y mata!...

   «¡Otra vez a la puerta de mi vivienda

»ruge la maldecida civil contienda!

»venid y orad conmigo, mis pobres niños;
75

»¡Dios acepta y comprende vuestros cariños!

»Ved, comienza de nuevo la horrible lucha;

»suena otra vez el grito de la discordia...

»¡Orad por los que quedan! ¡Dios, que os escucha,

»tendrá de los que mueren misericordia
80

   Dijo VILINCH; y ronco, del negro fuerte

cantando por los aires himnos de muerte,

un proyectil avanza que hunde la choza

y al mísero poeta hiere y destroza.

—184→
Aquella bala el triunfo por fin decide;
85

el sol de la victoria refulge santo,

y el vencedor, tranquilo, los lauros pide

que el vencido, insepulto, regó con llanto.

   ¡Guerra civil funesta! ¡Deidad impía,

a cuyo espectro aún tiembla la patria mía!
90

¡Castigo de los hombres y las ideas,

pues no respetas nada, maldita seas!

Tú de VILINCH las quejas has desoído

en que de ti imploraba paz y concordia;

¡ya que del pobre vate no la has tenido,
95

nadie te tenga nunca misericordia!


1875.

—185→

A Carlos de Ulloa

En «El Fausto»

   Ola agitada en rápida marea,

yo conozco esa voz fiera y sonora;

no es la que al caos arrancó la aurora,

es la que en densas sombras la rodea.

   No es la potente voz que anima y crea,
5

es la voz que aniquila, destructora;

la voz blasfema con que canta o llora

el Satanás de la leyenda hebrea.

   Antes de fascinar a Margarita

sedujo a Eva, resonando extraña
10

en cadencia de amores infinita;

y aun de su prole al conmover la entraña,

al pecado la arrastra y precipita,

como arrastró a Jesús a la montaña.


1881.

—186→

A la poetisa doña Emilia Calé y Torres de Quintero en la inauguración de la sociedad «Galicia Literaria»

   Al soplo generadas de mi entusiasmo ardiente,

de sentimiento ricas, si pobres de color,

también a este concierto magnífico, esplendente,

mi lira trae su nota y mi jardín su flor.

Ingratas, tal vez, ambas a mi ansiedad vehemente,
5

ni una tendrá, armonía, ni otra fragante olor;

mas ellas son, señora, el único presente

que puede hacer el cuervo al dulce ruiseñor.

   La flor que aquí os ofrezco, al ramillete unida,

con que nacientes genios os van a regalar,
10

allá en los frescos valles ha sido recogida

por donde corre el Miño precipitado al mar.

Y la entusiasta nota del canto desprendida

que más sonoras arpas os han de dedicar,

de mis montañas eco, llegó hasta mí perdida
15

del céfiro en las alas que perfumó mi hogar.

   Por eso suenan tristes, señora, mis cantares;

de las montañas hijos, así sencillos son;

—187→
como ellas en los lagos sus bosques seculares,

retrato yo en mis versos mi propio corazón.
20

Como ellas sus tesoros, yo guardo mis pesares;

como ellas sus leyendas, yo callo mi aflicción;

pues mísera avecilla lanzada de sus lares,

las avecillas busco que entiendan mi canción.

   Cual yo, también, huyendo de sus deshechos nidos
25

al desolado impulso de recio vendaval,

dispersos por la tierra que pueblan de gemidos,

se alejan los cantores de mi país natal...

Los viejos robledales, del viento sacudidos,

su ausencia lamentaron con eco funeral,
30

en tanto que en tinieblas y soledad perdidos

de la soñada patria va en busca cada cual.

   ¿Quién unirá en un foco solar, resplandeciente

los irisados rayos de la dispersa luz,

para que, astral antorcha, su disco refulgente
35

disipe de esas sombras el lóbrego capuz?

¿Quién trocará en estrella, que brille eternamente

del polvo levantándolo, al triste noctiluz?

¿Qué tierna Berenice enjugará la frente

del mártir que se aleja cargado con su cruz?...
40

   ¡Ah! Yo le vi de Irlanda vagar entre la bruma,

de América en los bosques, del Himalaya al pie,

doquiera, ave canora, dejando en pos su pluma

y sus cantares, llenos de patrio amor y fe.

Del mar cortando a veces la enfurecida espuma,
45

como el clamor de un náufrago sus gritos escuché,

y en vano, en la impotencia que mi destino abruma,

mi afán salvarle quiso... ¡También yo naufragué!

   ¿Y adónde irá la nave que cruza el mar sin guía?

¿Adónde irá la nave que al viento se fío?
50

—188→
¿No la herirá el escollo, si un punto se desvía

del rumbo que a su marcha la brújula marcó?

Así, la caravana que, de la patria mía,

tras ilusorios bienes los límites salvó,

se perderá en la noche, sin que halle en su agonía
55

el encantado oasis que loca se fingió.

   ¡Salvadla vos, señora!, ya que al reclamo blando

y en torno de la jaula del pájaro gentil

acuden hoy alegres, en armonioso bando,

las aves que os aclaman honor de su pensil.
60

Mandadlas vos, que es dulce y es tierno vuestro mando;

inspire vuestro acento sus arpas de marfil,

e irá la vieja Suevia más glorias recabando

que flores las praderas ostentan por abril.

   En torno vuestro juntos los bardos hoy distantes,
65

con vos podrán o un tiempo sus coros ensayar,

y unidos a los vuestros sus himnos resonantes

las huestes redentoras de cólera inflamar.

Fortaleced, en tanto, las almas vacilantes

que al tedio se abandonan, cansadas de esperar;
70

¡decidlas que, cercados de monstruos y gigantes,

a combatir nos llaman y es hora de luchar!

   Cumplido ya mi voto, conmigo consecuente,

mi canto aquí suspendo, por que otro oigáis mejor;

que ya en este concierto magnífico, esplendente,
75

dejó su nota mi arpa y mi jardín su flor.

Si a mi ambición ingratas y a mi ansiedad vehemente

ni una os brindó armonía, ni otra fragante olor,

sabed que éste es, señora, el único presente

que pudo hacer el cuervo al dulce ruiseñor.
80


—189→

En la muerte del poeta Añón

Un tributo de lágrimas y flores

en la tumba del viejo camarada.


A. VICENTI.



   Muchos hermanos fuimos

       en otro tiempo,

cuando el hogar llenábamos,

      hoy ya desierto.

No conoció a su madre
5

      ninguno de ellos:

¡nunca nuestra mejilla

      sintió su beso!

Débiles y enfermizos

      todos nacieron,
10

como amarillas flores

      de campo seco;

pero, cantores todos,

      felices fueron,

mientras juntos cantaron,
15

      juntos viviendo.

—190→
Las puertas de su alcázar

      a nuestros versos

cerraban los tiranos

      de pavor llenos.
20

Desterrados los unos,

      los otros presos;

todos ya de la patria

      soñada lejos.

Hoy, que de hambre y nostalgia
25

      murió el más viejo.

De todos los hermanos,

      el más pequeño,

una corona se acerca a pedirnos

para las pálidas sienes del muerto.
30

   Virgen que, palpitante

      de dicha el seno,

vas, del esposo en brazos,

      al nupcial lecho:

si es que queda en tu alma
35

      -Ya de tu dueño-,

de tu infancia tranquila,

      grato un recuerdo;

si olvidar no has podido

      los dulces ecos
40

vibrantes de entusiasmo,

      que amar te hicieron;

si la voz te persigue

      que hirió tu pecho

del amor con el blando
45

      latir primero,

cuando de las pasiones

      dormida al sueño

los que hoy son tus encantos

      eran misterios;
50

si aún las lágrimas nublan

      tus ojos bellos,

cuando de tus veladas

—191→
      en el silencio

las lecturas remuevas
55

      que en otros tiempos

despertaron tu espíritu

      al sentimiento,

antes que de tu ardiente

      pasión al fuego
60

se agoste la corona

      de tu himeneo,

¡oh, feliz desposada!

      -Yo te lo ruego-

dámela, y deja que adornen sus hojas
65

las sienes desnudas del pálido muerto.

   Valientes capitanes,

      nobles guerreros,

que tomáis a la patria

      de honor cubiertos,
70

mientras quizá insepultas,

      sobre el sangriento

campo, vuestras entrañas

      dais a los cuervos:

si el rumor no os aturde
75

      que en torno vuestro

las imbéciles turbas

      alzan al éxito;

si el olor no os embriaga

      de los inciensos
80

que del terror en aras

      os rinde el miedo,

pensad que, si gloriosos

      son vuestros hechos,

si es valiente quien lucha
85

      de arrojo lleno

y triunfa porque acaso

      no cayó muerto;

el que, brazo con brazo,

      cuerpo con cuerpo,
90

—192→
agotó allá en la sombra

      todo su esfuerzo

para rendir al crudo

      destino adverso;

el que, del infortunio
95

      doblado al peso,

quiso esquivar sus negras

      garras de acero.

Y en ese atroz combate,

      triste y enfermo,
100

sacó el cabello blanco,

      perdió el aliento

y cayó, a los que sufren

      mostrando el cielo;

¡ese, más que vosotros,
105

      digno es de premio!

No envidio vuestros lauros,

      pero yo os ruego

que, ya que tantos lográis, me deis uno

que orne las pálidas sienes del muerto.
110

   Cantor, a cuyos labios

      desciende el genio,

de la inmortal poesía

      viviente verbo:

tú, que tantos honores,
115

      de tanto precio

conseguiste, adulando

      poderes viejos;

tú, que sabes cuán duro,

      cuán duro y negro
120

es morir sin el nombre

      que merecemos;

tú, que quizás temiste

      ser un día objeto

de ese olvido que cae
125

      sobre los muertos,

y espantado temblaste,

—193→
      sentir creyendo

sordamente roídos

      por él tus huesos,
130

óyeme: De la Patria,

      su ídolo, lejos,

otro vate un aplauso

      buscó sediento;

de las musas ungido
135

      cantó el Progreso

la Libertad, los fastos

      de nuestro pueblo;

mas ingrata la Patria,

      ni oyó su acento,
140

ni dio alivio a sus penas

      ni a sus tormentos.

Hoy que, mudo, vencido

      su último sueño

duerme donde reposan
145

      los pordioseros,

de las que tú desdeñas

      -¡Yo te lo ruego!-

¡Una corona concédeme sólo

que orne las pálidas sienes del muerto!
150

   Primavera bendita

      risa del cielo

símbolo de esperanzas,

      de Dios reflejo:

tú, que alegras la tierra
155

      que heló el invierno;

tú, a quien sirven de cohorte

      pájaros ledos,

haces de luz, aromas

      flores y céfiros;
160

¡derrama tus tesoros

      de amor espléndidos

sobre la obscura tumba

      del pobre viejo!

—194→
¡Que tus auras arrullen
165

      su eterno sueño!

¡Que florezca su pobre

      mortuorio lecho,

para que, cuando nadie

      tenga un recuerdo
170

del patriarca lírico,

      tu dulce beso

¡sea la santa corona de gloria

que la sien ciña del pálido muerto!


—195→

Serenata fúnebre

A Marina

   Cercana ya la hora de mi partida,

Marina, vengo a darte mi despedida.

      De noche vengo,

      porque de hablarte a solas

      afanes tengo.
5

   Ningún ruido mundano nos importuna.

Silenciosa en el cielo brilla la luna;

      zumba en el sauce

      la brisa, y el arroyo

      gime en su cauce.
10

   Sólo entre tumbas mi alma feliz se encuentra:

¡mi dicha toda en ella se reconcentra!...

      Lugar bendito,

—196→
      el sepulcro es el pórtico

      del infinito.
15

   Ya de tu lecho al lado, paloma mía,

oye al amante arrullo de mi poesía;

      oye mi canto,

      lleno de los rumores

      del camposanto.
20

   Cuantos viva te amaron, que has muerto han dicho,

y regaron con lágrimas tu blanco nicho.

      ¿Por qué eso hicieron?

      Los niños, cual los ángeles,

      jamás murieron.
25

   Cuando caen en la tumba, de Dios reciben

nuevo aliento de vida y aquí reviven.

      Del viejo germen

      privados, son los muertos

      vivos que duermen.
30

   ¿Qué hijo para su madre murió del todo?

Morirá ella: su hijo, de ningún modo.

      Si se muriera,

      Dios, por sola una lágrima

      se lo volviera.
35

   ¡Oh! ¿No es verdad, Marina, que no estás muerta?

¡Mienten los que tu muerte me dan por cierta!

—197→
      Tú estás dormida...

      ¡Niña, despierta y oye

      mi despedida!
40

   Yo soy el que, prendado de tus hechizos,

te he mecido en mis brazos, peiné tus rizos,

      cuidé tus flores

      y te adormí, cantándote

      cuentos de amores.
45

   Yo soy el que, celoso de tu cariño,

por jugar con la niña tornose niño,

      corriendo ufano

      tras la insegura huella

      de tu pie enano.
50

   ¿Me olvidaste, Marina?... ¡Yo no te olvido!

¡Cómo olvidar tu boca de gracias nido,

      ni tu mirada,

      cielo en que centellea

      luz increada!
55

   No olvidé de tu frente, de sueños urna,

la expresión ya arrogante, ya taciturna

      de ave intranquila,

      que al cruzar sobre abismos

      teme y vacila.
60

   No olvidé tu voz tierna, dulce y sonora

como un vago preludio de guzla mora;

—198→
      ni tu pestaña.

      De azules proyecciones

      de sombra extraña...
65

   Si una nota recoges de las que pierdo

el fantasma evocando de tus recuerdos;

      si el son amargo

      de mi endecha te arranca

      de tu letargo,
70

   rompe el crespón que envuelve tu sepultura,

reclínate en su marco de piedra dura,

      y háblame..., alegra

      mi alma triste, cual náufrago

      en noche negra.
75

   De tu almohada de mármol alza la frente

y muéstrame tu hermosa faz sonriente...

      ¡En esa fría

      soledad tendrás miedo,

      rubita mía!...
80

   Mas no temas: al eco de mis cantares,

bañada por los tibios rayos lunares,

      con rumor de onda,

      turba de niños muertos

      tu nicho ronda.
85

   Del misterio inefable de su existencia

vienen íntima a hacerte la confidencia.

—199→
      ¡Cuánto han sufrido!

      ¡Cuánto más que la losa

      pesa el olvido!
90

   Para ellos ningún arpa mueve su cuerda,

y tú tienes, bien mío, quien te recuerda;

      tienes tu historia

      y de ellos nadie, nadie

      guarda memoria.
95

   ¡No temas, no! Si hoy lejos me lleva el hado,

mi espíritu por siempre queda a tu lado,

      velando en calma

      por estas calles lóbregas

      tu joven alma.
100

   Tus recuerdos de gloria mi vida encantan

y en mi pecho tu imagen dulce agigantan;

      doyles abrigo,

      y doquier me encamine

      vendrán conmigo.
105

   Por eso, hoy que en mi barca lejos se parte,

no dejaré la playa mi adiós sin darte.

      ¡Adiós Marina;

      nota de un himno angélico,

      flor matutina!
110


—200→

Kásida árabe

A Amalia Rico

   Hija del renegado que se hizo moro

por robarme una hermana que era un tesoro,

y después de robarla se fue a esa tierra

a vivir ese perro conmigo en guerra;

mal que a tu padre pese, bella cristiana,
5

mientras mi dromedario su sed mitiga,

ya que en tus venas llevas sangre africana,

ha de cantar tus gracias mi guzla amiga.

   Como no caben juntos Mahoma y Cristo,

ni yo a ti te conozco ni tú me has visto,
10

tú allá con tus señores y tus fetiches,

yo acá con mis guerreros y mis derviches;

mas sé por los cautivos que entre cadenas

llegan aquí, llorando su ruin fortuna,

que para ser amadas, las nazarenas;
15

y entre las nazarenas, cual tú, ninguna.

   Sé que tu esbelto talle vence y supera

la esbeltez ondulante de la palmera;

—201→
que cuando tú sonríes todo amanece

y todo, cuando lloras, ¡ay!, se entristece.
20

Si es verdad lo que dicen, cristiana mía,

mientras tú no despiertas, el sol no asoma,

mientras tú no la cantas, no hay poesía,

mientras tú no la riegas, la flor no aroma.

   Sé que de tu mirada la luz extrema
25

de la muerte y la vida fija el dilema;

mata si es odio y rabia lo que la incita,

y si amor, al que mata... lo resucita.

Sé que tu acento suave tiene murmullos

de hojas que el aura besa fresca y riente,
30

de niño adormecido quejas y arrullos,

cadencias y armonías de agua corriente.

   Sé que tu aliento mágico embriaga como

la esencia concentrada del cinamomo;

que tu palabra limpia se paladea
35

como un panal dulcísimo de miel de Hiblea;

pues dicen que a tus labios, cual dos corales,

por un hilo de nieve mal divididos,

como acuden los silfos a los rosales,

acuden las abejas a hacer sus nidos.
40

   Sé que tu tez, más blanca que el alabastro,

bajo tu crencha brilla cual brillo de astro,

siendo sus resplandores fieles trasuntos

del de Sirio y la Luna cuando están juntos.

Y sé de un vil rabino que condenado
45

del Corán a las gehennas y las serpientes,

se libró del infierno porque ha rezado

el rosario de perlas que hay en tus dientes.

   Y entre tantos hechizos que adoran tantos,

sé cuál es el primero de tus encantos;
50

sé que no amas, y puesto que no amas, eres

la mujer más preciada de las mujeres.

—202→
Aún de tu alma el capullo no rodó herido

por el simoun ardiente que troncha y quema,

ni a la palabra infame se abrió tu oído
55

que de Adán a la prole trajo anatema.

   ¡Haces bien! Tú no sabes qué ardor se siente

cuando en el pecho brota de amor la fuente,

manantial de verano cuya agua impura

da más sed a medida que más se apura.
60

Antes de amar, bien mío, haz de ti en torno

una cripta de bronce, vasta y cerrada,

sepúltate en su seno como en un horno,

¡morirás recocida, no esclavizada!...

   Mas ya mi dromedario su sed eterna
65

calmó en las ondas turbias de la cisterna,

y dilatando el ojo, con paso incierto

me señala la ruta por el desierto...

No puede detenerse mi caravana;

la noche se avecina, llega la tarde;
70

¡que la paz sea contigo, bella cristiana!

¡Hija del renegado, que Alá te guarde!


—203→

A los vates gallegos

En la corona fúnebre de Méndez Núñez

   Unid, ¡oh bardos de mis patrios lares!;

unid mi canto al vuestro dolorido,

mientras en torno con mortal gemido

huérfanos lloran los iberos mares.

   Cuando los héroes mueren sin altares,
5

gloria legando al suelo en que han nacido,

nuestro crimen mayor es nuestro olvido,

nuestro primer deber, nuestros cantares.

   ¡Ay del arpa que lúgubre no zumba

cuando la noche su crespón dilata,
10

velando al genio que eclipsó al de Otumba!

   ¡Ay de la mano criminal e ingrata

que no posa una flor sobre esa tumba,

más yerma que la tumba de un pirata!


Orense, 1874.

(De la Corona Poética dedicada a la inmortal memoria del ilustre marino gallego D. Casto Méndez Núñez.)

—204→

A las niñas

De mi querido amigo M. H. y M., en su partida

   Siempre que la tormenta desata sus furores

y oigo bramar potente la voz del huracán,

de súbito, asaltado por fúnebres temores,

me acuerdo de los niños, las aves y las flores,

y pienso: ¡Oh, cuánto, cuánto los pobres sufrirán!
5

   Y entonces, por volverles la apetecida calma,

quisiera con mis brazos, a ser posible, hacer

de un ángel para el niño la protectora palma;

un nido para el ave del fondo de mi alma

y de mi pecho un muro, la flor por guarecer.
10

   ¡Ay! Huracán más rudo que el que azotó la sierra

y devastó el poblado y descuajó el pinar,

la infame, la sangrienta, la despiadada guerra

sopló también de Cuba sobre la hermosa tierra,

y amenazó de ruina vuestro tranquilo hogar.
15

   Ved: la infernal Quimera que triple horror aduna,

al pie de vuestro lecho sus fauces viene a abrir;

no ha respetado méritos, virtudes ni fortuna;

—205→
cual profanó el sepulcro profanará la cuna;

¡nació sin esperanza, sin gloria ha de morir!
20

   Quizá hacéis bien huyéndole; mas ¡ah!, ¡con qué desvelo

La Habana, en que nacisteis, os miro abandonar!

De vuestra patria ausentes no encontraréis consuelo:

para el que en ella nace no hay cielo cual su cielo,

no hay noches cual sus noches, no hay mar como su mar.
25

   Yo, que de los proscriptos la honda aflicción no ignoro;

que en extranjeras playas reclinaré mi sien;

que sé que es nuestra tierra nuestro mejor tesoro,

vuestro dolor comprendo y con vosotras lloro,

pues me arrancó a mis lares un huracán también.
30

   ¿Qué importa que al destierro a que hoy os veis lanzadas

os siga el ala pródiga del paternal amor,

si os faltarán de Cuba las brisas perfumadas,

sus amplios horizontes, sus nubes nacaradas,

la paz de sus crepúsculos, su sol fecundador?
35

   Sí; yo a mi vez laméntome de esa terrible ausencia

para vosotras dura, funesta para mí,

que ya no hallaré bálsamo de mi alma a la dolencia

en vuestra dulce charla, que evoca en su inocencia

la charla de mis niños..., ¡los niños que perdí!
40

   De hoy más no ya las notas regalarán mi oído

con que de vuestra madre la inspiración genial,

al clave arrebatándolas, magistralmente herido,

hizo llegar al fondo de mi ánimo abatido

la fe y el entusiasmo de Weber y Gottschalk.
45

—206→
   Ya no, cuando os visite, ruidosas y joviales

saldréis como un enjambre mi abrazo a recibir,

con gritos y aleteos de alondras tropicales,

ni ya de vuestros labios los besos virginales,

narcótico a mis penas, mi frente habréis de ungir.
50

   Ni estrecharé la mano del generoso amigo

que al bien dispuesta siempre se me tendió leal,

ni contra el tedio amargo que va doquier conmigo,

de su jardín las frondas me prestarán su abrigo

tras verdes pabellones de hiedra y malva real.
55

   Horas de suave encanto, de celestiales goces

que la amistad acendran, templando el corazón,

del bardo en el camino no así paséis veloces;

¡tornad!, y entre las sombras de su existencia atroces,

de nuevo el iris fúlgido tended de la ilusión.
60

   Adiós, lindas criollas. La inexorable saña

del bárbaro destino que nos separa así,

no haré que yo os olvide; por tierra propia o extraña

mi pensamiento os sigue, mi amor os acompaña,

en tanto muda y sola mi arpa os espera aquí.
65

   Mar, sobre cuyas olas se van las musas mías;

nave que las aguardas para partir fugaz;

viento que las conduces, estrella que las guías,

llenad, llenad, su tránsito de luz y de armonías;

¡Llevádmelas en triunfo! ¡Volvédmelas en paz!
70


Habana, 1895.

—207→

El árbol maldito5

   Me lo contó un piel-roja cazado en la Luisiana:

cuando el Señor los bosques de América pobló,

dejó un espacio estéril en la extensión lozana,

y en ese espacio yermo, de arena seca y vana,

donde no nace el trébol ni crece la liana,
5

el diablo plantó su árbol y luego... descansó.

   El suelo en que brotara, de savia y jugos falto,

que interiormente cruzan en direcciones mil

volcánicas corrientes de líquido basalto,

de su raíz opúsose al invasor asalto,
10

mientras su copa hiere, perdida allá en lo alto,

el rayo tempestuoso, colérico y hostil.

   Así, por tierra y cielo sin tregua combatido,

el árbol sus antenas tendió en obscura red

por la ancha superficie del páramo abatido,
15

y allí donde el cadáver hallaba de un vencido,

—208→
de las salvajes hordas al ímpetu caído,

bebiéndole la sangre calmó su ardiente sed.

   El llanto de las tribus guerreras, derrotadas,

nutrió su tronco débil prestándole vigor;
20

y en misteriosa química, las savias combinadas

de lágrimas y sangre por él asimiladas,

pobláronle de vástagos punzantes como espadas,

y de hojas lo cubrieron de cárdeno color.

   Sus ramas, por el viento de Septentrión mecidas,
25

sonaban tristemente con canto funeral

y, de la luna al beso lascivo estremecidas,

en flores reventaron que, al aire suspendidas,

vertían de sus cálices esencias corrompidas,

la atmósfera impregnando de un hálito mortal.
30

   Leones y elefantes, su sombra pestilente

temiendo, nunca osaron llegar en torno de él:

sobre él desliza el ave sus alas raudamente,

torció el jaguar su senda, si le encontró de frente,

y el oso sibarita, que sus aromas siente,
35

contémplale de lejos, soñando con su miel.

   Mas solamente grata la pulpa que destila

a insectos y reptiles, del silfo al caracol,

por ella, en torno al árbol, tenaz la mosca oscila,

la araña encuentra en ella las gomas con que hila,
40

y viene a saborearla, candente la pupila,

el saurio, que dilata sus vértebras al sol.

   Por respirar sus densos efluvios penetrantes,

la víbora abandona su rústico dosel;

sus pútridos pantanos los cínifes vibrantes,
45

sus hoyos las serpientes de escamas repugnantes,

—209→
sus matas las luciérnagas policromo-cambiantes,

su hogar la salamandra de jaspeada piel;

   la oruga su capullo, que rompe con trabajo,

su celda arquitectónica la abeja monacal,
50

su limo la babosa perdida en el atajo,

su lecho de detritus el sucio escarabajo,

su llano la langosta, su charca el renacuajo

su huevo el infusorio, la larva su cendal.

   Y de esa fauna exótica la multitud bravía,
55

de entrambos hemisferios monstruosa producción,

se cobijaba al árbol o nido en él hacía,

en tanto que en su fronda magnifica y sombría

los genios de los bosques, al fenecer el día,

celebran conciliábulos de muerte y destrucción.
60


—210→

A Andrés Muruais, muerto

Soneto

   Cesado había el cántico sonoro

que fue a la Patria nuncio de rescate,

y a la voz del profeta, a la del vate,

siguió en las tribus silencioso lloro.

   Resto inmortal del apolíneo coro,
5

sobre las frentes que el dolor abate,

himno terrible entona de combate

la férrea lira de las cuerdas de oro.

   No enmudeció; calló. ¡Gloria al que brega

con ánimo valiente y diestra brava,
10

y antes muere en la lucha que se entrega!

   ¡Oh, tierra de mis padres, tierra esclava,

tu redención es huésped que no llega,

sol esperado en noche que no acaba!


—211→

A mi sobrina Isabel Rico

   Isabel: en tu carta

riñes conmigo;

tienes razón: ¡Qué poco

dura un amigo!

Mas perdona mi falta
5

joven morena;

tú que eres cariñosa,

tú que eres buena.

   No soy yo solamente

contigo ingrato,
10

ni de santificarme

contigo trato.

¡Todos los que me quieren,

cuantos me adoran,

mi ingratitud acaso
15

contigo lloran!

   Que yo soy, ¡oh Isabela!,

pájaro errante,

—212→
hosco a toda caricia

de mano amante:
20

¡Pájaro que cantando

la pena mía,

vivo solo en mi eterna

melancolía!

   Yo esquivé de mi madre
25

dulces abrazos,

rompí de la familia

los santos lazos;

y buscando a mí alas

ancho horizonte,
30

fuime cortando espacio

de monte en monte.

   Los montes me prestaron

plácido abrigo,

y en sus vírgenes bosques,
35

sólo conmigo,

al rumor de los olmos

sonoro y blando,

recogí las tristezas

que voy cantando.
40

   Pero, ingrato con ellos,

sus soledades

dejé por el bullicio

de las ciudades;

y con ellas ingrato
45

jurelas guerra,

y por el mar inmenso

cambié la tierra.

   Los mares con sus auras

me saludaron,
50

y a mis ojos sus ondas

leyes rizaron;

—213→
regalaron mi oído

con su concierto;

mas yo les dije... ¡Basta!
55

y entré en el puerto.

   Tal vez vengarse luego

de mí pensaron,

cuando náufrago a tierra

me trasladaron;
60

pero tiene un destino

mi alma altanera,

e ingrato sigo siendo

si ingrato era.

   Como engendro del odio,
65

no del cariño,

ingrato seré siempre,

pues lo fui niño.

Mas perdóname, Isabe-

lita morena,
70

tú que eres cariñosa,

tú que eres buena.

   Perdóname, querida,

si no te escribo;

porque, en cambio, de tu alma
75

trasunto vivo,

dondequiera que vaya

miro tus ojos,

tu cabellera negra,

tus labios rojos.
80

   Dondequiera me acuerdo

de tu semblante,

de tristeza cubierto

y amor radiante;

faz que pienso yo a veces,
85

pensando amores,

—214→
que es la faz de la Virgen

de los Dolores.

   Perdóname y no quieras

lo que no puedo,
90

ni el tesoro me exijas

que yo no heredo.

¡Los que cual tú me quieren,

los que me adoran,

mi ingratitud acaso
95

contigo lloran!

   Que yo soy, prenda mía,

pájaro errante,

hosco a toda caricia

de mano amante:
100

¡nómada que proscrito

cruza el desierto...

perro loco, sin amo...

nave sin puerto!...


—215→

La primera cana

   ¡Hela! Brilla en mi sien la mensajera

      de la vejez sin brío.

Cuando audaz asaltó mi cabellera

      sentí en el alma frío.

¡Hela, sí! De la noche de mi vida
5

      constelación inerte,

viene a alumbrar la apenas emprendida

      jornada de la muerte.

Lava de mis volcanes apagada,

      humo de mis ideas,
10

nieve caída en primavera helada,

      ¡que bien venida seas!

   Perdieron ya los ríos sonorosos

      sus linfas azuladas,

su verdura los árboles frondosos,
15

      su luz las alboradas.

Perdieron ya las nubes sus suaves

      tintas y resplandores,

sus perfumes las brisas, y las aves

      sus plumas de colores.
20

—216→
Declina el astro cuya luz galana

      la creación matiza.

¡Todo es pálido ya como esta cana

      de color de ceniza!

   ¡Ah! ¡Cuán presto cedió a la noche obscura
25

      la clara luz del día!

¡Qué en breve se extinguió la llama pura

      de un sol que ayer lucía!

¡Cómo se deshicieron, desmayados,

      cual sombras mortuorias,
30

mis sueños de esperanza, coronados

      de triunfos y de gloria!...

¿Dónde irán ya mis ojos que no vean

      escombros y ruinas?

¿Qué palparán mis manos que no sean
35

      creaciones mortecinas?

   Yo sé el origen, con detalles crueles,

      de esta argentada hebra:

¡alguien holló una flor en mis vergeles

      y espantó esta culebra!...
40

Los que ficción creísteis la amargura

      que rebosa mi lira,

¡decid si de esta cana la blancura

      es verdad o mentira!

Decid, decid, los que creísteis vana
45

      mi infinita tristeza:

¿quién, si no fue el dolor, prendió esta cana

      en mi joven cabeza?

   ¡Respetad, insensatos, la tortura

      de un corazón ardiente,
50

condenado a llevar ¡ay! prematura

      la vejez en la frente!

Musgo en las tumbas y en el hombre canas,

      de muerte es signo cierto;

—217→
¡cuando en el hombre las halléis tempranas
55

      es que temprano ha muerto!

   Lava de mis volcanes apagada,

      humo de mis ideas,

nieve caída en primavera helada,

      ¡que bien venidas seas!
60


—218→

A la muerte de la Srta. D.ª M. M. B.

   Si es verdad que el dolor asesina

      cual suele el acero,

y la herida que se abre en el alma

      no tiene remedio;

si es verdad que del triste que sufre
5

      el llanto es consuelo,

porque sólo las lágrimas pueden

      calmar los tormentos,

¡ay!, entonces dejad que hoy las viertan

      mis párpados secos.
10

Yo también llevo el alma transida

      de angustias sin cuento,

y me afano buscando a mis males

      la paz que no encuentro.

¡Una lágrima sólo! Dejadme
15

      llorar, que me muero.

   Era un ángel opreso en los formas

      etéreas de un hada:

de sus ojos radiaban, fecundas,

      la luz y la gracia.
20

—219→
Yo escuchaba en sus dulces acentos

      la nota de un arpa,

y su mano era de hojas de rosa

      y nieve cuajada.

Mucho más que a la luz los colores,
25

      unidas estaban

por mil tiernas memorias de niño

      su alma y mi alma;

y cual buscan la gloria los héroes,

      así yo buscaba
30

el objeto de aquellas sonrisas,

      ya ingenuas, ya amargas...

   Vino el sol a dorar con sus rayos

      la cruz de la ermita;

él llegaba a mi aldea, y por siempre
35

      yo de ella salía.

Cuando ya se quedó tras mi planta

      la sierra vecina,

asaltada de insólito miedo

      mi cruel fantasía,
40

dirigí a su ventana los ojos

      buscando a mi amiga.

¡Oh, cuán triste la vi! Su mirada

cruzó con la mía,

agitó aquel pañuelo que lleva
45

      su cifra y mi cifra,

y después... me alejé, sin que a verla

      volviese en la vida.

   ¡Pobre muerta! Si desde tu trono

      de gloria me escuchas,
50

más allá de esas nubes y de esas

      lumbreras augustas,

pabellones que velan al hombre

      la eterna hermosura,

¡que mi voz llegue a ti, cual promesa
55

      de próximas nupcias!...

—220→
Como va tras el cuerpo la sombra

      yo voy en tu busca,

y seré tanto más venturoso,

      si aun tengo ventura,
60

cuanto menos distantes se encuentren

      tu tumba y mi tumba,

¡cuanto menos espacio separe

      de mi alma la tuya!


—221→

Tributo de sangre

   Aún corría mi plácida inocencia

de ensueños de oro por azul espacio,

bajo un cielo de rosa y de topacio,

sobre un mundo de luz y de placer.

Aún dormía mi espíritu tranquilo
5

a la sombra del árbol de la infancia,

velado a la dulcísima fragancia

del amor virginal de una mujer.

   ¡Era un niño! Mi labio sonreía

como sonríe la naciente aurora,
10

como el ave del bosque moradora

en su nido sonríe al despertar.

Y feliz con mis flores y mis juegos,

bello nacer y hundirse el sol miraba.

No amaba a la mujer, no; pero amaba
15

como nadie en el mundo puede amar...

   Amaba, si, una virgen cariñosa,

una virgen flotando en resplandores;

escapada del cielo, los colores

ostentaba del iris en su sien.
20

—222→
Virgen que en medio un sueño aparecida

llegose a mí y me dijo: «Yo te adoro...»

Besome, y entre un beso tan sonoro

como un eco, le dije: «Yo también.»

   Y ambos el goce del amor sentimos,
25

y ambos el cielo del amor tocamos,

y ambos amor eterno nos juramos,

viviendo el uno para el otro amor.

Y ambos unidos en abrazo tierno

pasamos juntos la inocente vida;
30

ella halagando mi ilusión querida,

yo gozando en su halago y su candor;

   yo corriendo tras ella delirante,

ella riendo alegre y fugitiva;

ora volviendo la mirada esquiva,
35

ora parando su ligero pie;

ella rizando mi infantil guedeja,

yo destrenzando su melena de oro;

y ambos a un mismo tiempo: «Yo te adoro...»

Diciendo, en prenda de amorosa fe.
40

   Eras tú, Libertad: tú eras la virgen

que despertó al amor mi alma de niño;

tú, la que me robabas el cariño

a mis hermosos juegos del hogar;

tú, la que enardeció mi fantasía;
45

tú, la que me inspiraste mil cantares;

tú, la que conjuraste mis pesares

tu acento misterioso al escuchar.

   ¿Dónde estás, Libertad, que ya no me hablas?

¿Dónde estás, ¡oh, mi amor!, que no respondes?
50

¿Por qué te ocultas, di; por qué te escondes

cuando no puedo ya vivir sin ti?

¡Vuelve, vuelve, paloma arrulladora,

—223→
vuelve a posar tus alas en mi seno!...

¡¡Triste silencio de fantasmas lleno!!
55

¡Libertad, ¡ay!, tú has muerto para mí!

   ¡Has muerto, y tus caricias, tus halagos,

sólo, ¡ay de mí!, con mi niñez vivieron;

y hombre ya, tus sonrisas se volvieron

de mi infancia marchita al panteón!...
60

¿Qué me resta?... El consuelo de un pasado

de inocentes placeres y de amores,

en medio de un presente de dolores

¡y un porvenir de sangre y de opresión!

   ¡Has muerto para mí!... ¿Mas por qué lloro?
65

¿Por qué con quejas mi infortunio agravo?

¡Tú no puedes vivir como el esclavo,

virgen mía, mi virgen Libertad!

¡Tú, que eres el aliento del Eterno

desterrando del mundo luto y penas,
70

tú no puedes vivir entre cadenas

negada a la oprimida humanidad!

   Tú no puedes prestar tu faz hermosa

a burlas del tirano maldecido,

ni cual torpe reptil aborrecido
75

arrastrarte de un déspota a los pies.

Tú no puedes hollar los santos fueros

de la humana razón y la justicia,

ni apadrinar el crimen, la impudicia

que se ciernen de España en el pavés...
80

   ¡Yo sí! Yo puedo desgarrar la entraña

de la mujer que me llevó en su seno;

amargar su existencia con veneno

y de sus brazos para siempre huir;

abandonar la paz de la familia,
85

doblar mi cuello al infamante yugo,

—224→
y aun empuñando el hacha del verdugo,

ir con ella matando hasta morir.

   ¡Yo sí! Yo puedo ser a Dios ingrato;

yo puedo renegar de mi conciencia,
90

y del mundo que juzga, en la presencia,

gritar: ¡Muera mi padre! ¡Viva el rey!

Yo puedo hacer cuanto hace un insensato

sujeto siempre a voluntad ajena;

¡que hay una ley sangrienta que lo ordena
95

y no vale ser hombre ante esa ley!

   ¡Adiós, mi dulce Libertad amada;

adiós mi gloria, mi ilusión, mi vida!

Tú no me repudiaste, no, querida;

tú no me abandonaste, que yo fui...
100

Si alguna vez la soledad visitas

de los que vierten del esclavo el lloro,

pide mi sangre, porque yo te adoro;

¡soldado o libre, moriré por ti!


Madrid, mayo 29 de 1872.

(La Ilustración Republicana Federal, 8 de junio de 1872.)

—225→
   El periodismo es una sierra, y de ella

      un diente he sido yo.

Mordiendo famas construí una estrella

      y nunca me alumbró.

Como Dios, de la nada hice un prodigio,
5

      un héroe de un reptil,

de una gran calabaza un gran prestigio

      que adoran gentes mil.

La calumnia cedió, cedió el denuesto

      y cuanto pudo ser
10

obstáculo a mi marcha, por supuesto,

      en fuerza de morder.

Hecho el milagro, hecho el asombro, la obra

      del diente terminó.

Nada al ídolo falta, antes le sobra.
15

      ¿Qué sobra? ¡El diente: yo!


1875.

—226→

La mujer cubana

   Como un día surgió la Venus griega

del misterioso seno de los mares,

el pie en la espuma que en su torno juega,

la frente en los espacios estelares,

así la ola rompiendo cristalina
5

que besa en paz la playa americana,

casta y gentil aparición divina,

surgió a mis ojos la mujer cubana.

   ¡Vedla! En las fantasías del poeta

forma no se alza más radiante y pura,
10

ni hay color del artista en la paleta

que a bosquejar alcance su hermosura.

   El coro de las Gracias, a su paso,

tiéndele sus guirnaldas por alfombra,

y tanto sol no se hunde en el ocaso
15

como de sus pestañas tras la sombra.

   De un beso efluvio que robó indiscreto

a una Nereida un Silfo, ebrio de amores,

—227→
lleva en su propio origen el secreto

de su amor a las perlas y a las flores.
20

   En la cambiante luz de su pupila,

que copia los estados de su alma,

junta el furor del rayo que aniquila

a la serenidad de un lago en calma.

   Y en la altivez de su gallardo busto
25

que cinceló el Amor en alabastro,

hay de una reina el continente augusto

y el reposo magnífico de un astro.

   Ríe, y la risa de sus labios rojos

baña en ondas de luz los corazones;
30

llora, y parece que sus grandes ojos

vierten, en vez de lágrimas, perdones.

   ¡Vedla! A sus ansias de ideal, estrecha

la atmósfera terrena halla importuna;

su alma de sueños de ángeles fue hecha
35

y su cuerpo de rayos de la luna.

   De sus miradas, donde el sol se enciende,

llega el fulgor al pecho solitario

como sobre el altar la luz desciende

de la lámpara que arde en el sagrario.
40

   Guarda la fe su alma pudorosa

como la esencia el cristalino pomo,

y es, cual la de un cometa, luminosa

la huella leve de su pie de gnomo.

   Del azahar el aroma penetrante
45

no embriaga más que el que su aliento exhala,

ni la palmera esbelta y arrogante

la gallardía de su talle iguala.

—228→
   Su voz, que es a la vez canción y lloro,

nota de guzla y vibración de lira,
50

tiene los ecos de celeste coro,

el murmullo del aura que suspira,

   los sollozos del niño que se queja,

la majestad de un himno de victoria,

la tristeza de un canto que se aleja,
55

el compás de una marcha hacia la gloria,

   los arpegios del ave en la enramada,

toda la escala, en fin, todos los ruidos

de esa gran sinfonía al par cantada

por los mundos, las almas y los nidos.
60

   ¡Oh, yo la vi! En las noches tropicales

vi aparecer su imagen peregrina,

virgen de fuego, envuelta entre cendales

de nívea gasa y rósea muselina.

   Como al contacto de una llama errante
65

el éter a su paso se inflamaba,

sembrando por doquier, volcán flotante,

ruinas de amor su candescente lava.

   Y al contemplar su frente de azucena

y su palabra al escuchar sonora,
70

mi alma, de duelo y de pesares llena,

sintió el rocío de una nueva aurora.

   De mi pecho en el campo de batalla

la esperanza surgió como un trofeo;

tornó el reposo al corazón que estalla,
75

despertó la ilusión, brotó el deseo,

   y mi espíritu ante ella, imponderable

conjunto de celestes maravillas,

—229→
desde entonces absorto, en inefable

contemplación, ¡la adora de rodillas!
80

   ¡Ah! ¿Cómo no, si de ostentar se precia

lo que más en el mundo se idolatra:

la abnegación sublime de Lucrecia,

la belleza inmortal de Cleopatra?

   ¿Si su seno al amor se abre anhelante
85

con las ansias del pétalo a la brisa,

y jamás, como madre o como amante,

la superó Cornelia ni Eloísa?

   ¡Salve, mujer! Dios agotó en tu hechura

todo el esfuerzo de su numen santo,
90

y al Arte irreductible tu hermosura,

yo hallo a expresarla voces en mi canto.


Habana.

—230→
   La gloria es un gran convite

donde no tienen acceso

ni la mujer sin virtud

ni los hombres sin talento.

   Tiene una hoja la espada,
5

tiene tres el pensamiento;

por eso, más que la fuerza

destroza y mata el ingenio.

   De mis juguetes de niño

hice almoneda mozuelo.
10

Un viejo los remató...

¡Y era yo mismo aquel viejo!

   La dulzura en la mujer

es cual la calma en el mar,

que hace la nube esperar
15

y la borrasca temer.


—231→

Al maestro Chané

   Perdona que a recibirte

no vaya al remolcador:

nunca a remolque ha sabido

navegar mi corazón.

   Él te acompañó a la patria,
5

allí a tu triunfo asistió,

te dio su aplauso en el teatro,

brindó en la cena en tu honor.

   Y pues contigo regresa

de la larga expedición,
10

el ir a esperarte a ti

fuera ir a esperarme yo.


Habana, septiembre de 1907.

—232→

En el álbum

De mi bien querido amigo Galo Salinas Rodríguez

FRAGMENTO

   Cuando dos almas errantes

se encuentran y se confunden,

en una sola se funden

sus esencias y su ser;

y como dos gotas de agua
5

de una en la forma perdidas,

un espacio siempre unidas

y un destino han de correr.

   Y ora rujan tempestades,

o apacible y bella aurora,
10

luz derramando y colores

surja de la noche en pos,

si una canta, la otra canta;

si una llora, la otra llora,

que en placeres o en dolores
15

una misma son las dos.


—233→

A la hermosa niña Rosario Caneda y Fernández

      Cuando a mi tierra vuelto

      pasé, tras larga ausencia,

      cogidos de la mano

mis enfermizos hijos por tu puerta,

      tú, al balcón asomada,
5

      sacando la cabeza,

      rubia como una espiga,

a través de la verde enredadera,

      «Bien venido -dijiste-

      a su patria el poeta.»
10

      Levanté al escucharte

      mi frente de tinieblas,

      y he recordado al verte

de aquel cuadro alemán aquella escena

      en que, cual tú, una niña,
15

      asomada a la reja,

      ofrece una corona

tejida de laurel y madreselva

      a un soldado que vuelve

      inútil de la guerra.
20

—234→
      Yo, como aquel soldado,

      luché con mala estrella

      y llegaba a mis lares

desangrado también, también sin fuerza.

      ¡Ay! Pero su derrota
25

      quizá no le avergüenza,

      y yo dejé en el campo,

de los tiranos enemigos presa,

      mi ejército, los parias;

      la libertad, mi enseña.
30

      Profunda era la noche,

      la confianza ciega;

      todos dormían... menos

la traición que medita la sorpresa,

      cuando de pronto vimos,
35

      feroces, carniceras,

      venir sobre nosotros

las insurreccionadas turbas ebrias...

¿Por qué despedazados

      no hemos muerto en la brecha?
40

      Todos huyeron, todos,

      como espantada cierva,

      y no quiso ninguno

el honor aceptar de la hora extrema.

      Y el que nunca a su patria
45

      sobrevivir debiera,

      alma sin ideales,

de libertad y de esperanza huérfana,

      mendiga de un espectro

      la inútil existencia.
50

      Rubia, de la del cuadro

      azul reminiscencia:

      el soldado vencido

posible es que a luchar otra vez vuelva.

      Si entonces victorioso
55

—235→
      no pasa por tu puerta,

      niégale tu saludo,

no corones su sien maldita y pérfida:

      ¡los que al progreso marchan

      triunfan o no regresan!
60


1879.

—236→
   ¿Dónde estás?... Por hallarte, con ansia loca,

recorrí inútilmente pueblos y edades;

trepó a la inexpugnable gigante roca

y descendí a sus hondas profundidades.

   Perdime en el ardiente núcleo febeo,
5

habité en la caverna que el mar socava,

fermenté en la retorta del mago hebreo,

cabalgué sobre nubes de roja lava.

   Registré las entrañas de los volcanes,

escudriñé los senos del mar sombrío,
10

interrumpí el reposo de los titanes,

y de la momia fósil el sueño frío.

   Penetré en la pagoda y en la mezquita,

bajo la bizantina bóveda esbelta,

en la apartada ruta del cenobita,
15

en el druídico bosque y el dolmen celta.

   Conjuré a las esfinges y a las sibilas,

al tosco jeroglífico, al libro santo,

—237→
al ídolo monstruoso de hoscas pupilas,

a la marmórea estatua de regio manto.
20

   Sorprendí en el desierto las caravanas,

las hordas en sus crudas depredaciones,

las tribus en sus locas fiestas livianas,

en sus solemnes ritos las religiones.

   Sobre el terruño al paria, de honor cubierto,
25

sobre el solio al tirano, de ira beodo,

al sabio meditando sin norte cierto,

al verdugo nutriéndose de sangre y lodo.

   Uní mi voz al eco de la campana,

al doliente gemido del moribundo,
30

al grito de la esclava conciencia humana,

al himno de los mártires tierno y profundo;

   al susurro apacible de auras y fuentes,

al rumor de las frondas y las cascadas,

al pavoroso estruendo de los torrentes,
35

al fragor de las trombas huracanadas;

   al áspero silbido de las serpientes,

al clamor de las aves desorientadas,

al ronco son del trueno por las vertientes

y al del alud que invade las hondonadas...
40

   ¡Nadie me dio noticia que de ti arguya!

Todo ha sido en mi torno calma y mutismo;

¡no he encontrado ni rastro ni sombra tuya

en la tierra, en los cielos, ni en el abismo!


—238→

A la Compañía Dramática Infantil de Luis Blanc

   ¡Salve, juveniles soles

que en áurea constelación

custodiáis el panteón

de los astros españoles!

Ante vuestros arreboles
5

los del alba palidecen;

la flor que las auras mecen

con vuestra luz se colora,

y a vuestros rayos de aurora,

los sepulcros se esclarecen.
10

   El Genio, que os da arrogancia,

en vos demostró esta vez

que si no tendrá vejez

tampoco ha tenido infancia;

que en tal modo la distancia
15

que os separa de él salváis,

—239→
que apenas os iniciáis

en el Arte peregrina,

ya con la turba divina

de los dioses disputáis.
20

   Sí; al grito que os victorea

acuden en vuelo santo

Marión Delorme con su encanto,

con su austeridad Romea;

y uniendo a la que os rodea
25

su solemne aclamación,

radiantes de admiración

del pueblo entre las corrientes,

asoman las calvas frentes

de Shakespeare y Calderón.
30

   Y es que si en vuestra cabeza

el Genio posó sus alas,

el Arte os prestó sus galas,

los silfos su gentileza.

Y tanta y tanta extrañeza
35

vuestros encantos suscitan,

que cuantos aquí os visitan

dudan, consigo en disputa,

de si es el teatro una gruta

donde los gnomos habitan.
40

   Mas ¿quién no habrá de dudar,

si por vuestro esfuerzo son

el Arte una religión

y el escenario un altar?

¿Si apenas sabéis hablar
45

y ya enseñáis a sentir?

¿Si saben tan bien decir

los que aún no bien balbucean,

y si de tal modo hombrean

los que empiezan a vivir?...
50

—240→
   No hay, no, para celebrarte

palabras bastante bellas,

¡oh hermosa explosión de estrellas

sobre el cielo azul del Arte!

Exhausto para cantarte
55

de numen y de calor,

pues tanto aplauso en tu honor

una y otra vez presencio,

mi admiración, mi silencio

sea hoy tu triunfo mejor.
60

      Orense y mayo de .


—241→

Al solo objeto de que los lectores conozcan la historia de algunas de las composiciones que forman este volumen, hémonos permitido la libertad de escribir algunas ligerísimas notas, en las que a guisa de comentario digamos no más que unas pocas palabras, para que por ellas puedan juzgar los admiradores del inmortal autor de Aires d'a miña terra cómo y de qué tan prodigiosa manera se reveló, grandioso, el estro del poeta cuando apenas Curros Enríquez trasponía los umbrales de la juventud, franqueándole su talento con llave de oro las puertas del templo de la fama.

Es verdaderamente asombrosa y edificante la labor de Curros Enríquez en sus primeros años, máxime si en cuenta tenemos cómo y de qué manera se vio precisado a trasladar a las cuartillas las magistrales rimas que concibiera su prodigiosa fantasía, desbordándose como cascada de oro sobre un lecho de flores, donde el Amor y la Libertad celebran sus nupcias con un beso inacabable que el alba preside.

—242→

Curros Enríquez, a semejanza del llavero de los tiempos viejos, de nuestro sublime Zorrilla, viose precisado a huir de la casa paterna cuando apenas diez años contaba. Buscando otro ambiente de libertad y amor -¡éstos fueron sus dos ideales!-, dejó la tierra nativa y fuese a otras, comiendo el amargo pan de la emigración en plenas calles de Londres, cuando la cédula de su vida marcábale ese límite, en que la niñez acaba y la juventud principia.

El éxodo de Curros Enríquez fue duro y amargo. Lucieron para él tristísimas auroras, y más de una vez no tuvo pan que llevarse a la boca.

Eterno flagelador de los verdugos de Europa, tuvo su lira apóstrofes verdaderamente gigantescos, y fueron sus cantos picotas, en las que clavó a los conculcadores de la libertad y a los enemigos de su patria.

Careciendo, pues, de pan y de hogar, escribió sus primeros versos; y en aquellos luctuosos días que transcurrieron para la nación española, precursores de la revolución de septiembre del 68, ya Curros Enríquez era considerado como una futura gloria de las letras patrias. Al aparecer años más tarde su obra maestra Aires d'a miña terra, la esperanza se convirtió en realidad, y desde entonces hasta la triste fecha del fallecimiento del poeta, la fama de Curros Enríquez traspasó las fronteras, y en todas partes se le consideró como uno de los literatos españoles más célebres, si que también el primero de los poetas de Galicia, gozando estas justísimas preeminencias con la divina Rosalía Castro, aquella mujer ángel, que, como Bécquer, hizo del dolor una corona para ceñir sus sienes.

—243→

El Maestre de Santiago.

Esta bellísima leyenda fue escrita por su autor cuando era adolescente. Muchos de sus versos pueden competir con los mejores que brotaron de la pluma de Zorrilla y de otros poetas de nuestro siglo de oro. Si bien es cierto que en algunos pasajes existen incorrecciones de estilo, justo es reconocer que las bellezas son innúmeras. Al reimprimir esta leyenda su autor, la prensa ultramontana vomitó censuras verdaderamente asquerosas desde las columnas de sus diarios, llegando a suponer algunos zurrapistas del bando neo que Curros Enríquez había escrito esta obra en la madurez de su talento, y que las incorrecciones de estilo -que ya declara su autor en la nota puesta al fin de la leyenda- eran no más que una disculpa candorosa para curarse en salud de los ataques de la crítica.

¡Pobrecitos ultramontanos! Creyeron con sus diatribas menguar la justa fama de Curros Enríquez; pero no contaron con la huéspeda, que era, ni más ni menos, que el varapalo unánime de la crítica sana, representada en aquella época -1892- por nuestros primeros literatos, los que acorralaron a los escribidores de tres o cuatro periódicos carlistas, reduciendo al silencio sus torpes e insidiosas apreciaciones.

El Padre Feijoo.

Esta hermosa loa fue escrita por su autor en pocas horas. El pueblo orensano quería inmortalizar en bronce al sabio de Casdemiro, erigiendo una estatua al sublime autor de Las Cartas eruditas. El marqués de —244→ Trives, prócer gallego ilustre, y otros distinguidos literatos de la capital orensana, formaban parte de la Comisión organizadora para la erección del monumento -que desde hace más de veinte años se levanta gallardo en aquella ciudad-, y estos señores fueron a casa del poeta para rogarle escribiera un apropósito. Por aquellos días había llegado a Orense una notabilísima compañía infantil, dirigida por el gran escritor revolucionario Luis Blanc -en la que había artistas-niños que andando el tiempo habrían de alcanzar justo renombre en la escena española-, y que con creciente aplauso recorrió España entera. Curros Enríquez, que era tan gran poeta como hombre modesto, vaciló un momento, dudó varios minutos, conceptuó tarea superior a sus fuerzas el perentorio encargo -que había de ser cumplido pasadas veinticuatro horas-. Y al transcurrir el exiguo plazo marcado, Curros Enríquez leía a la Comisión del monumento a Feijoo los hermosos versos de su loa, que maravilló a los oyentes, y más tarde congregó en el Teatro Principal de Orense a un público -donde todas las clases sociales tenían su representación- que aplaudió con entusiasmo a su poeta favorito.

Los secuaces del obispo Cesáreo Rodrigo (q. e. p. d.) -cuya gestión llevó al hogar del poeta muchos sinsabores y no pocas lágrimas - se horrorizaron e hiciéronse cruces, conceptuando como un sacrilegio que el Padre Maestro apadrinara los amores de Fray Diego y Marta.

Tributo de Sangre.

Esta admirable composición es un canto a la Libertad, tiernísimo, al par que un apóstrofe valiente, si los hay, lanzado contra esa odiosa contribución de sangre que despuebla los hogares, hace verter lágrimas de sangre —245→ a las madres españolas, deja huérfanas de amores y de ternuras las rejas de las novias, y sin guía la esteva y el arado.

El gran escritor republicano D. Enrique Rodríguez Solís dirigía en Madrid por la época en que esta composición vio la luz pública un periódico intitulado La Ilustración Federal. Y Curros Enríquez, en unión de Marcos Zapata, el viejo cantor de las libertades aragonesas, y de otros célebres escritores, colaboró en el mencionado periódico, dejando en aquellas columnas recuerdo imborrable de su talento poético.

Tributo de Sangre alcanzó un éxito enorme, y casi todos los periódicos liberales de España reprodujeron la bella poesía, que era como un toque de somatén lanzado a los cuatro vientos de la triste España, entonces, como hoy, entregada a la grey reaccionaria, para quien era un delito el pensar.

Oda a la Guerra civil.

Eran los tristes días en que las hordas carlistas asolaban los campos de la patria. Hijos contra padres y hermanos contra hermanos eran lanzados a la pelea. La contienda civil, el mayor infortunio que experimentar puede una nación civilizada, nos deshonraba y nos envilecía a los ojos del mundo. Curros Enríquez era entonces un joven de aún no cumplidos veinte años. Un ligerísimo bozo apuntaba en su labio superior. Recién venido de Londres, de la emigración, a la que le llevaron unos versos escritos contra O'Donnell, vio a su patria teñida en sangre y se aprestó a pulsar las cuerdas de su lira. ¡Tirteo no las pulsara con mayor brío!

Rota la patria, despoblados los hogares y la familia —246→ española ardiendo en odios por la mejor o peor posesión de una corona, Curros Enríquez sintió en su alma germinar una blasfemia, que iba subiendo poco a poco del pecho a los labios. Y en estas circunstancias nació este hermoso canto de su lira augusta, congregando al perdón, a la paz.

Imaginamos y comprendemos el desaliento del poeta al mirar en torno suyo aquel espectáculo siniestro, horrible, que ofrecía la patria española en aquellos días, fechas tristes que nosotros borraríamos con gusto de la Historia.

Y el poeta retuvo algunas semanas aquellos versos, aquel hermoso grito de condenación para los que ensangrentaban nuestros montes; y una tarde, sin duda por una de esas singulares revelaciones del espíritu, copió con mano insegura aquellos renglones cortos, que iban poco a poco tiñendo las albas cuartillas de pensamientos rotundos, de decires bravos y magníficos, y metidas más tarde las cuartillas en un sobre, escribió el poeta estas palabras: «Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial

Curros Enríquez entregó el sobre en la redacción a un portero con la creencia ¡tal vez! de que sus versos irían al resto de los papeles. Y a los pocos días El Imparcial publicaba en su sección de «Los Lunes» la Oda a la Guerra civil, haciendo un caluroso elogio de su autor. Y el autor de la Oda a la Guerra civil recibía, con la satisfacción del premio alcanzado, 15 pesetas y 25 ejemplares del periódico.

Pocos días después El Imparcial publicaba en su sección de anuncios: «Se desea saber el domicilio de don Manuel Curros Enríquez.» Y Curros Enríquez, absorto ante aquel requerimiento extraño, fuese a la plaza de Matute, núm. 5, y de labios del gran patricio D. Eduardo —247→ Gasset y Artime, glorioso fundador del periódico aludido, escuchó estas palabras: «El que escribe odas como la que usted ha escrito, tiene conquistada ya su reputación de poeta: en esta redacción tiene usted un puesto desde hoy»; y Curros Enríquez aceptó el puesto que le ofrecían, y desde aquel momento fue redactor de El Imparcial, alternando en su labor con hombres que enaltecieron la historia del periodismo, entre los cuales muchos de ellos pertenecen a la lista de los que fueron, y otros viven para honra y gloria de las letras.

Mariano Araus, Isidoro Fernández Flórez, Alonso de Beraza, entre los fallecidos, y de los que viven Ortega Munilla, Mellado y otros ilustres hombres, fueron compañeros de Curros Enríquez en las tareas periodísticas.

Más tarde Curros Enríquez fue enviado al teatro de la guerra, como corresponsal del repetido periódico; y desde allí envió crónicas escritas con tan galano estilo y ternura tal, que pronto estos trabajos fueron cimentando su fama, no sólo de poeta exquisito, sino de periodista excelente.

En uno de los sucesivos tomos publicaremos lo más escogido de esas crónicas de la guerra.

La canción de Vilinch.

Bastaría esta composición, modelo en su género, para consolidar la fama de Curros Enríquez como poeta. Esta poesía, que reprodujeron casi todos los periódicos de España en aquel entonces, fue remitida por su autor a El Imparcial y publicada en dicho diario siendo Curros su corresponsal.

Por no hacer más extensas estas notas, damos fin aquí a nuestra labor. Muchas de las demás composiciones que —248→ este libro contiene, fueron escritas por su autor en Madrid desde 1887 a 1893, y otras en la Habana de 1895 a 1905, entre las que descuella por su belleza, la intitulada La mujer cubana.

No queremos terminar estas desaliñadas líneas sin enviar un expresivo tributo de gratitud a los excelentes escritores D. Ramón Armada Teijeiro y D. Juan Neira Cancela, los que coadyuvaron a la labor de este tomo.