—255→
En la noche de ese día, Berón no durmió muy tranquilo, sin que ese desasosiego fuese ocasionado por los efectos de una herida ya cicatrizada; ni por la zozobra e incertidumbre en que mantenían su espíritu patriótico los sucesos del país, cuyo verdadero sesgo ignoraba a pesar de todas sus investigaciones y de los datos desfavorables que le había trasmitido don Luciano en sus visitas; ni por el recuerdo de sus padres por más que le mortificara con frecuencia, y a quienes había ya escrito por conducto de un capataz de «tropa», dándoles nuevas de su «excelente salud» y de las esperanzas que abrigaba de volverlos a ver pronto. Lo que lo tuvo inquieto, fue tal vez la impresión agradable recibida en su visita a las «casas», tan diferente a las que durante meses venía experimentando en su existencia errabunda, sometida a rudas pruebas y vicisitudes. Cierto es que él no se quejaba de estos sacrificios, que sentía cierto goce en haber conocido de cerca, casi en la intimidad la crudeza de la masa y cosechado algo de lo mucho que la vida enseña, y que aguardaba conforme y varonil mayores exigencias y amarguras, con la fe inquebrantable del que ama su tierra y profesa principios invencibles. Pero, este nuevo fenómeno sicológico que desviaba un tanto, apenas de producido, —256→ las preocupaciones constantes de su alma entusiasta y ardorosa, abriendo por decirlo así otro cauce a sus emociones juveniles, había sacudido todo su temperamento, rompiendo con la monotonía casi salvaje del médium, y ligádose en cierto modo con aquel amor entrañable al suelo. Explicábaselo como una recrudescencia violenta hacia los hábitos sociables, en medio de la naturaleza agreste y de la reversión de los instintos; y, prometióse seguir sus impulsos, en compensación de tantas acritudes de ánimo y soledades de corazón.
Así fue que, al día siguiente por la tarde, con un pretexto cualquiera, presentóse en la estancia vestido con su mejores prendas.
En el acto observó que su presencia no disgustaba, y que se le brindaban halagos que debían al fin empeñar aún más su gratitud.
Nata y Dora mostráronse muy atentas con él, sonriéndose al ofrecerle el «mate», o flores de sus embrollados criaderos de claveles, albahaca y cedrón. Por otra parte, la compostura de cada una, sin diferir mucho en el gusto, denunciaba un cuidado especial de la persona y ciertos rasgos visibles por demás de coquetería de ciudad aun en la sencillez del adorno.
Luis María no pudo menos de tomar nota de este detalle. Sin creerse él gallardo mozo, aunque en realidad lo era, lamentábase en esos momentos que el sol y el aire de las «cuchillas» le hubiesen quemado de sobra la piel, especialmente en la nariz; y que la «vinchuca», el abejorro y el «gegén», más que el uso continuo de los útiles del campero, le hubieran desflorado no poco la de las manos blancas y pequeñas con sus trompas. Quebrada estaba por el aliento de los campos la tersura de su rostro, que habría envidiado una mujer; pero, de ello no se tomaba tanta pena como por lo viejo ya de sus prendas de vestir, siquiera fuesen las de más lujo de sus maletas. Algunos zurcidos tenían, y botones de distintas clases pegados de tal manera por el liberto, que antes que ellos caería a pedazos el género. Junto a unos grandes de acero, otros más pequeños, rota la tela, dejaban ver la hormilla que sobresalía —257→ en extremo del canto, a fuerza de afianzar la cadenilla de los «avíos» que guardaba en el bolsillo del pecho.
Dora ponía el ojo escudriñador y vivaz hasta en estas minuciosidades, de las que se permitía hacer luego comentarios; pero, con cierta condolencia mezclada a un sincero interés.
Don Luciano, que había cobrado grande afecto al joven, llegó a suplicarle reiterase sus visitas con la mayor frecuencia posible y viniese a compartir con ellos el puchero y el asado, pues de ese modo platicarían diariamente sobre las cosas de la tierra, y lo podría él informar de algunas novedades de que llegasen a ser portadores los «troperos» y chasques de su relación que solían llegar de paso a las «casas», procedentes de Montevideo.
Mostróse Luis María muy reconocido a estas y otras deferencias, e hizo promesa de satisfacer aquellos deseos, aun cuando su estadía no fuera larga en el pago; pues, asistíale la convicción de que muy pronto volvería a encenderse la guerra en el país, en cuyo caso todos los buenos patriotas estarían obligados a estrechar filas.
Oyéndole expresarse así, con una ingenuidad impetuosa, el señor Robledo, que era paisano viejo y de «callo duro» como él decía, no podía menos de exclamar: «¡vean no más lo que es la fuerza de la sangre, por Dios bendito! ¡Eche hasta que se derrame guapo mozo, que de esa laya ya no van a crecer en esta tierra más que 'quebrachos' colorados!»
Después añadía: «¡Si las cosas pintan bien, ya han de asombrarse cuando miren ponerse de punta hasta los huesos viejos!»
Este arranque de don Luciano era sincero; porque en realidad, desde la partida del general Alvaro da Costa para Portugal con sus Voluntarios Reales, la situación del país se había agravado en exceso, y hasta los espíritus más tolerantes se sentían dominados por una sorda irritación.
La del buen hacendado, con ser personalísima, era la nota dominante en la campaña, como se verá después. De ahí que, en el fondo, él se identificase por completo con las ideas exaltadas del joven patriota; tan dueño sin embargo —258→ de sí mismo, como penetrado de los grandes destinos de la generación de su tiempo.
Estas visitas y conversaciones con padre e hijas, periódicas al principio, llegaron a hacerse muy frecuentes.
Aunque reinstalado en su antiguo alojamiento, Luis María venía todas las tardes a la estancia.
Como había adquirido cierto dominio sobre los hombres del monte, e inculcádoles línea de conducta, éstos concurrían a su vez a las «casas» y ayudaban siempre a la faena a toda hora, complacidos de corresponder así a una hospitalidad generosa. El mismo don Luciano, a pesar de las graves responsabilidades que con ello contraía, demostraba un interés vivo y creciente en atraerlos y contentarlos, disculpándoles sus faltas o demasías. «Estos cimarrones precisan que los acaricien -decía él;- al revés de las bestias que son hijas del rigor. ¡Sobran la carne, el agua y la leña, y todos somos hijos de Dios, canejo! ¿Por qué negarles lo que se comen y beben los perros bravos y los tigres sin permiso? ¡No hay que hacerle! Somos una misma familia.»
Berón por su parte, y sin sentirlo, iba encariñándose de las «casas» a medida que pasaban los días, al calor de amistosos afectos que en mucho disipaban sus repentinos desalientos y tristezas.
Estas horas de sociedad singular, hiciéronse imperiosas para él.
Paseos familiares; frases más o menos ardientes; episodios pueriles pero que revestían cierto encanto; reminiscencias lejanas de haberse visto en Montevideo más de una vez; confidencias naturales de sobre-mesa; comentarios a los incidentes ocurridos en el monte antes de entrar en relación -la «lechiguana», los tiros, la presentación de Esteban una noche; todos estos hechos, memorias y nimiedades que servían de tema a los jóvenes, crearon cierto vínculo de estimación que poco a poco fue consolidando el trato continuo y revistiendo de formas poéticas la naturaleza de la escena.
Unas veces en compañía de Guadalupe, perseguían juntos los pichones de patos entre los cardos de la orilla del —259→ bañado, cortaban penachos azules para «cuajada», acosaban con jarros de agua a los pica-flores, despojaban a los pitacos de sus ramilletes amarillos; y otras, reuníanse a la sombra de los «ombúes» a tomar «mate», e íbanse luego a pie hasta la orilla del monte en busca de flores de ceibo y de espinillo. Estas proximidades afianzaron el afecto y la confianza. Si se hubiesen suprimido de golpe, habrían ocasionado extrañeza y hasta dolor.
Una tarde, ya casi al ponerse el sol, Nata y Dora se aprestaban a montar a caballo para una excursión a la «isleta» -como ellos denominaban con arreglo al lenguaje de pago una determinada zona de terreno cubierto de árboles, algo apartada del río.
Poco hacía que había llegado Berón, y apeádose allí próximo a la espera de don Luciano, que debía regresar pronto de uno de los «puestos» y con quien a esa hora se reunía siempre.
Las hermanas se decían, conversando bajo:
-Tarde ha llegado hoy....
-¿Has visto? Y parece triste.
Dorila, subiéndose en un banco de madera que estaba junto a la pared, montóse ágil en su manso rosillo.
Antes de hacer Nata lo mismo, tiró un poco de la rienda al suyo, mirando hacia Berón de soslayo.
Su hermana siguió rápida aquella mirada con otra en que iba envuelta la sorpresa, e hizo andar algunos pasos su caballo, estimulándolo con su voz ronquilla.
Luis María se acercó, estúvose vacilante un momento, y luego avanzando dos pasos rápido, cogió el pie derecho de Nata, y la alzó de un envión, ofreciéndole enseguida el estribo.
Púsose ella muy encendida, estrujando con la mano el vestido y abandonando su lindo pie al joven que lo colocó en su apoyo.
—260→Dijo, después, con la voz algo alterada:
-Yo creo que vamos a volver de noche, Dora... La isleta del talar está lejos.
¡Gracias! -añadió, sin oír la respuesta de su hermana, y mirando con dulzura a Luis María que acababa de apartarse algunos pasos.
Tembláronle a Dora las mejillas, atenta a la escena.
-No creas Natalia, es cosa de un galope -dijo con cierta acritud. -Me gusta la isleta por la cantidad que hay de nidos de cotorra, y de torcaz también, con pichones emplumados. ¡Ya verás cuántos vamos a traer!
-Bueno, -repuso Nata cavilosa.
En ese instante se les incorporaba don Anacleto, quien echó a andar adelante como guía.
Mantúvose Berón en el sitio un largo rato, mirándolos alejarse, hasta que la cabalgata se ocultó detrás de la loma. Habíase puesto pensativo, y sentía en su mano el calor del pie de Nata como si aún lo oprimiese en el estribo.
Luego, cual si hubiese adoptado una resolución, encaminóse con lentitud al cerco de la huerta en donde había dejado su alazán.
Una vez allí, lo acarició en el cuello, aderezólo bien ajustándole la cincha, echóle el brazo por encima del crucero y quedóse inmóvil con el rostro apoyado en la montura. ¡Ni una ni otra se habían atrevido esta vez a invitarlo!
En esa posición se estuvo un buen espacio de tiempo.
Cuando ya el sol se hundía rojo y enorme cruzando con sus últimos rayos débiles las copas de los árboles más altos, montó a caballo y se dirigió paso a paso hacia la loma, echado sobre el estribo izquierdo y modulando en voz muy baja una canción melancólica.
No sabía bien adónde iba, pero lo arrastraba un deseo vago al principio, luego insistente y ardoroso de acercarse como custodia de las hermanas.
Una emoción extraña le había puesto nervioso. En la loma se detuvo; parecía hesitar.
Desde allí descubrían sus ojos la «isleta» en el horizonte en una curva del monte, muy verde y tupida, bajo una —261→ atmósfera serena; solitaria, selvática, con sus frondas sombrías y pabellones silenciosos.
Como aflojase las riendas indolente, el alazán brioso tomó el trote largo y después el galope hacia aquel rumbo.
Dejóse llevar...
Nata y Dora, entretanto, se habían desmontado en un pequeño «potrero», reuniendo don Anacleto en un solo grupo los caballos debajo de un árbol.
Por complacer a Dora, el capataz se había trepado a otro y cortaba a golpes de «facón» una rama gruesa a que estaba adherido un gran nido de cotorras de cinco o seis entradas, por los que asomaban coléricas las aves sus cabezas con amenazador ruido de picos, mientras otras entrando y saliendo de su guarida erizada de espinas en loco desorden, agitaban el aire con agudos gritos y vertiginosos revoloteos. Dorila con un gajo en la mano, había tomado posesión de una horcadura, y allí sentada, aguardaba con creciente ansiedad a que se deslizara hasta ella la rama del nidal.
Natalia por su lado, discurriendo sola muy retirada de allí, daba vueltas a un tronco de robusto sauce en cuyo promedio había descubierto un nido de palomas. Lejos de alcanzar con la mano, necesitaba ella por el contrario escalar el tronco hasta su bifurcación, y esta dificultad la tenía perpleja.
De pronto cobró bríos, y pugnó a subir con ese empeño singular que provoca todo obstáculo.
Por dos o tres veces resbalóse suavemente, sin lograr poner la rodilla en la horcadura, lo que la hizo exclamar con pena:
-¡Imposible!...
Tentó por última vez, ayudándose con todas sus fuerzas.
Fue más feliz, y ganada la primera etapa, poco a poco avanzó en su ascensión, hasta encontrarse a algunos pies del suelo con gran asombro de ella misma, que llegó a temer de veras por el descenso. El nido, con dos pichones que al instante abrieron sus picos chillando y sacudiendo las alas sembradas de canutos amarillos, hasta mostrar el fondo del esófago, estaba a una línea de su rostro.
—262→Después de tanto anhelo por cogerlos, no se atrevió a extender el brazo y apartó el semblante con un movimiento de lástima mezclado de disgusto.
Miró dos veces al suelo, y se cogió temblando de las ramas próximas, sobrecogida al parecer por una impresión súbita de espanto. Se había puesto pálida. No veía asidero ni apoyo para la bajada, sin el peligro de una caída recia en las hierbas.
Una paloma de monte, sin duda la madre, sacudió un momento sus alas entre las hojas, cerca del nido; pero la presencia de la joven la impuso, y dando un arrullo o queja lastimera fue a posarse en el árbol más cercano.
La soledad y el silencio de aquel sitio aumentaron la zozobra que se había apoderado de Nata, quien llegó a hacer dúo a la paloma con un lamento ahogado, al mismo tiempo que a cada intento retiraba sus pies del vacío.
Largos minutos iban transcurridos en esa posición difícil para ella, cuando el piafar de un caballo con coscojas le anunció la aproximación de un jinete.
Este jinete, que no era otro que Berón, no tardó en aparecer en el abra en donde se detuvo, echando pie a tierra.
Nata perdió el miedo, pero se quedó quieta y muda.
Luis María la vio desde el primer momento.
Callado a su vez se fue acercando al tronco, ya sin fijar sus ojos en ella, frío y respetuoso, parándose al fin a la sombra del sauce en actitud de quien espera órdenes.
Puesto de lado con los brazos sobre el pecho y el aire humilde, la joven se sintió tentada de hablarle. Haciendo un esfuerzo, dijo trémula:
-Vea usted, no sé como he subido... pues no hallo cómo bajar. Es este un tronco tan liso que parece una tabla...
Luis María se volvió con viveza, contestando:
-Yo ayudaré a usted, Natalia. -Es fácil: pone usted el pie en mi espalda, yo me inclino luego despacio y pronto está en tierra.
Al decir esto, el mancebo, a quien de pronto se le había iluminado el semblante, presentaba sus hombros a la joven encogiéndose de espaldas para recibir su peso.
—263→Nata alargó un pie, y al ir a sentarlo hizo un gesto de angustia y, lo recogió, murmurando afligida:
-Así no quiero...
Dio entonces el frente Luis María y tratando de esconder su rostro poniéndolo de lado contra el tronco, tendió sus dos manos hacia arriba juntas y temblantes. Pensaría él quizás que no se acogerían a ellas; pero pronto sintió un pie tímido, luego otro, enseguida el roce de un vestido en su cabeza y cuello, y fuese inclinando hasta depositar su carga en el suelo, puesto él de rodillas, sudoroso, casi febril, creyendo con sinceridad que no pesaba más que un penacho de gramilla aquella linda mujer. Ya en lo firme, suspiró Nata, y de pálida que estaba un minuto antes tenía ahora el rostro radiante lleno de rosas, los ojos húmedos y los labios como una granada abierta.
Luis María se estremeció oprimiéndola dulcemente; pero, como fuese en incremento el deliquio, ella lo miró severa, y moviendo la cabecita rubia, dijo:
-¡Otra vez no!...
El joven la dejó libre, púsose de pie lentamente y se alejó algunos pasos. Nata hizo lo mismo, hacia el sitio en que se encontraba Dora, sin agitación ni apresuramiento; y al llegar a un recodo del monte, tras del cual debía desaparecer, volvió la cabeza y miró a Luis María con los ojos muy abiertos y una expresión extraña e indefinible.
En seguida se alejó.
Berón montó en su alazán. Sentíase un poco aturdido al acordarse de una media azul que cubría una pierna encantadora, y que él había visto, cuando las ropas se esponjaron indiscretas en el gallardo cuerpo de la joven al descender del árbol. No se daba entera cuenta de lo que le pasaba, llegando a imaginarse que todo lo ocurrido, no había sido más que un atrevimiento de su parte de que tendría que arrepentirse: pues «ella» lo había mirado con —264→ ceño de enojo, quizás por primera vez, reprochándole su arrebato de mozo irreflexivo y ligero. Y esa dureza de semblante era natural. ¿Tenía él acaso derecho alguno para permitirse semejantes libertades? ¡Qué pensaría el bueno de don Luciano, su amigo, si supiese esas cosas! Verdad que él no había podido reprimirse; pues aunque las dos hermanas reunían encantos, más que simples atractivos, -Nata parecíale más seductora, de un poder de sentimiento superior al de Dorila, que incitaba a cometer torpezas como aquella en que había incurrido...
Así preocupado, se fue lejos, sin rumbo, hasta que cayó la noche. Quizás sin quererlo miró por dos o tres veces a la altura, echando todo el peso de su cuerpo sobre el estribo derecho y deteniendo al alazán que olfateaba la querencia.
Era una noche sin luna pero de un esplendor maravilloso; una de esas noches cuya majestad se impone en los campos desiertos por las miríadas de luces que titilan en cantidad inmensa como menudo polvo de zafiros y rubíes, y en que la vía láctea blanca y resplandeciente como nunca desenvuelve de confín a confín su cendal vaporoso para hacer más vivos e intensos esos reflejos. Ninguna nube empañaba la atmósfera de admirable diafanidad. Sobre las copas de los árboles en todo el largo de la ribera, que no presentaba más que una línea difusa, aquellos resplandores se diluían en blanquecina fosforescencia, a su vez matizada de millares de luciérnagas y de «tucos», fantástica semblanza en pequeño de la gasa misteriosa de las alturas. Algunos grandes bultos negros se movían en la sombra proyectada por el monte, que eran grupos de ganado; oyéndose el chacarrear de los rumiantes, inmóviles en la ladera, y uno que otro relincho ahogado más lejos que denunciaba los encelamientos del potro, mordiendo tal vez con las orejas en repliegue y la cola recogida, a las potrancas indóciles que se apartaban del núcleo. Venían a intervalos de los esteros roncas notas de palmípedos, que se agitaban sin volar arrastrando por el suelo las puntas de las alas; voces que eran contestadas por el cauno, -imaginaria de los pantanos-, imponiendo orden de sosiego a los emplumados de menor cuantía.
—265→Muy atento parecía Berón a todas estas cosas, aun que en realidad no eran ellas las que absorbían su espíritu, cuando un tropel de caballos a la distancia le hizo suponer y con razón, que don Anacleto volvía con los jóvenes a la estancia; hecho que confirmó bien pronto al percibir el eco de una risa fuerte de Dora, ruidosa y clara en la calma de la noche.
Bien podía él irlos acompañando. ¡Sin embargo, no sucedía así! Se sentía con rubor a la idea de haber descubierto sus deseos por arranques tan bruscos e impropios, y en sitio semejante, tratándose de una joven educada y honesta que sólo le había dado pruebas de dulce y cariñosa amistad, y cuyo padre merecía hasta el respeto de los gauchos malos por sus nobles prendas de hombre afable y hospitalario. ¿En que pensó él cuando eso hizo? Sin duda fue un vértigo, un arrebato ciego, efecto del tibio roce con aquel clavel de carne fresco y lozano en toda su fuerza de juventud; porqué él era bien nacido, con derecho a calzar espuelas y a considerarse por su origen y su rango por encima de los que hacían vida de instintos y de apetitos -sin otras influencias sobre ellos que las del clima y del desierto. De ahí que estimase en su verdadero valor el acto poco digno de que se avergonzaba, y que en sus efectos, venía a descubrirle a él mismo que aquella mujer no le era indiferente, que había estado escondido para ella en el fondo de su corazón un sentimiento entrñ5able de simpatía, y que a eso más que a otra causa, debía su pena las proporciones tal vez exageradas que le daba su conciencia.
Con todo, bajo estos escrúpulos e impresiones de dejo tan amargo, volvió por dos o tres veces las riendas para incorporarse a la cabalgata; pero, otras tantas desistió, agraviado consigo mismo, y por último encaminóse a su alojamiento. No estaba lejos el boquete que bien conocía, y por él se entró echado sobre el cuello del alazán paso ante paso, a su selva oscura.
—267→
Dos días después de este episodio y al rayar del último, sentados se encontraban junto a un fogón Cuaró, Esteban y uno de los dos «tapes» que vivían como agregados al vivac; y al rededor de otro, algo más lejos, -encendido al lado de un segundo alojamiento-, Ladislao, Mercedes y la mujer del guaraní ausente a esa hora. Luis María no se había levantado aún. Bajo el follaje y los trinos y gorjeos de mil pajarillos que saludaban la luz, desde el canto de la calandria, del sabiá, del cardenal, del tordo, del jilguero, del dorado, los arrullos de la paloma, los silbos de la perdiz de monte, los gritos estridentes de los horneros y gargantillas, hasta los ronquillos baturrillos filarmónicos de la ratonera, la urraca, la tijereta y el churrinche, al punto de no quedar un solo miembro de la fauna ornitológica sin tomar parte en la embrollada y encantadora sinfonía-, bajo esa atmósfera, decimos, cargada de oxígeno y de músicas aturdidoras, nuestros hombres poniendo oídos sordos a tales conciertos la habían emprendido con el «mate» que circulaba sin cesar, sin perjuicio de atender entre sorbo y sorbo a dos regulares churrascos de carne de novillo que se aderezaban al rescoldo destinados al desayuno. La estimulante infusión preparábales el estómago y llevábales —268→ contento al espíritu. Todo ello no les impedía el fumar sus gruesos cigarrillos de tabaco negro picado por ellos mismos sobre la suela de la carona, un trozo cualquiera de madera o en la palma de la mano, con sus grandes cuchillos siempre afilados y de temple, cuyo uso era tan complejo, que de él se servían para esa y diez o doce operaciones distintas.
Con él daban muerte a la res, la desollaban, dividían, cuarteaban; cortaban las pieles para «lazos», «maneas», «maneadores» y simples guascas; fabricaban pacientemente los «tientos»; labraban o bordaban las caronas; trozaban gajos duros para estacas y masetas; defendíanse en las luchas con las fieras o pendencias con los hombres; degollaban con destreza increíble; comían pasando su filo al trozo de carne encima de los mismos labios, sin herirse; cercenaban arbustos y yerbas, pajas bravas y cabezas de enemigos como penachos de cortaderas; y limpia siempre su hoja en la piedra, lustrosa, al pelo, aunque fuese simple cuchilla mangorrera o daga de tres canales o «facón» de dos filos, -servíales también, hasta de monda-dientes.
Arma indispensable del paisano, del pastor, del carrero, del matarife, era en manos del «matrero» un instrumento de utilidad universal.
Una plática amena y fraternal se entabló así que echaron mano de los churrascos y pusieron en actividad sus huesos maseteros, con gran ruido de muelas y colmillos.
-El «chirubichá»32 duerme -decía el «tape».
-Dejalo al pobre. Bueno es guardarle de lo más lindo -observaba Cuaró, dirigiéndose al liberto.
-Aquí está este pedazo gordo, que es carne flor -respondía Esteban, señalando un trozo expresamente separado. -A mi señor le gusta el grano de pecho en corte delgadito, y a éste le chorrea el jugo.
-« Herú miñangué»33 Cuaró -voceaba el «tape» en su idioma nativo, alargando el brazo regocijado. Y llevándose luego los dedos al cuello, añadía como si paladeara ya el líquido, en buen castellano:
—269→-Está seco el gañote:
Alcanzábale el teniente su «chifle», en momentos que entraba al «potrero» el otro «tape».
Era un indio de estatura baja, ventrudo y «cambado», de ojillos negros y nariz de hueso hundido: pero joven y fuerte. Traía un chiripá de tela gruesa y sobre éste un «cuyapí» cuya lonja ancha de cuero de «carpincho» caíale por detrás hasta cubrirle el «amboteví» o sean las dos nalgas macizas.
Al verlo, su compañero dijo, antes de empinarse el «chifle», dirigiéndole la palabra en su lengua:
-¿«Yacarú», Ñapindá?34
-«Yacarucema-cué» -contestó el otro35.
-Conversen como cristianos, -observó el liberto- si no quieren que yo haga cosas de negro. ¿Querés «mate», hermano Ñapindá?
-«Yajá al caigüé, cambá».36
-Cambá soy y he de morir, sin andar nunca descalzo y con una «nazarena» en el talón; que no parece sino que el pellejo de tus pies es más duro que la bota de potro, hermanito... Allegate al fuego y merendá, que has de venir con las tripas chiflando.
-Vamos al «mate».
Pasóselo cebado su compañero.
Apenas lo probó, hizo un gesto particular de hombre inteligente en la materia, y con una guiñada picaresca, dijo:
-«Llaigüé».37
-¡Hum! -exclamó Esteban-. Delicaos andamos. Tomalo no más lavao, que uno sólo no vale la pena de una cebadura nueva.
-¿Qué bombeaste? -dijo Cuaró al recién venido-. Mirá amigo que estamos ganosos...
El «tape» se puso en cuclillas, rascándose el empeine del pie de la espuela con las cinco uñas de la mano izquierda, en tanto que con la derecha se echaba a la nuca —270→ un chambergo color ratón agujereado en la copa, al punto de salirse como flechillas hacia arriba por la abertura una o dos de sus mechas cerdudas. Después respondió muy despacio, en voz baja, intercalando una palabra entre sorbo y sorbo de «mate»:
-Los «cambá» vienen arreando vacas, y están cerquita no más... al otro lao, en el monte, con ganas de pasar... Decile al «chirubichá» que no es güeno dormir. Andan matando y robando, con los de Frutos. En la pulpería tomaron «miñangué» en porrón, y lancearon dos matreros juntito al estero chico... ¡«Chaque», hermano, «chaque»!38
Luis María que, bien despierto hacía rato, había estado oyendo desde la entrada de su alojamiento por donde asomaba la cabeza ansioso de aura matinal, pidió «mate» a Esteban, diciendo luego sencillamente:
-Que vengan, Ñapindá. Estamos prontos.
Cuaró se frotó las dos manos con una risita de regocijo, púsose de pie, limpióse los labios con el reverso de la manga, y entonando una cántiga baja y bronca, semejante al eco subterráneo del «tucu-tucu», comenzó a ensillar su caballo con una rapidez asombrosa.
Enseguida, listo ya, desapareció con él del cabestro por las tortuosidades de la «picada», haciendo seña a Ñapindá de que lo siguiese.
El «tape» se fue tras de él.
Ladislao, a quien ninguno de estos movimientos cogía de sorpresa, dejó a las mujeres entregadas a sus tareas de arreglos de fogón; e impuesto por Luis María de las nuevas, salió a dar aviso a otros compañeros que habitaban el monte y cuyas guaridas conocía.
Una hora después, regresó con tres mocetones de melenas, armados de trabuco y sable.
Estos hombres, bajo su dirección, enastaron cuchillos en varas gruesas; improvisando en esta forma instrumentos temibles que sin ser lanzas, ni picas, ni chuzas, ni simples garrochas de clavo, participaban de todas ellas.
—271→De las primeras, había dos, escogidas una y otra por Berón y Ladislao entre las que quedaron sobre el campo de la sorpresa en Nico-Pérez, de moharras anchas y medialuna de doble filo.
Luis María dirigió la palabra a los recién llegados, procurando encelarles el valor, aunque de esto no necesitaban ellos, habituados a la pelea incesante; y mandó que Esteban los obsequiase con lo mejor de sus provisiones.
Muy avanzado el día, volvió Cuaró solo. El «tape» se había quedado de bombero entre los altos pajizales que existían a un flanco del vado.
-Hacen un montón, -dijo el teniente- y parecen garzas moras por el vestido. Vienen juntando los animales y echándolos encima del paso...
-Entonces van a cruzar para llevarse también revuelta la hacienda de don Luciano.
-¡Lo mesmito!
-¡Bueno! Así que pasen los cargamos en dispersión por retaguardia, teniente...
-¡Y los entreveramos a punta de chuza con la torada, -interrumpióle Ladislao-, a que mueran a fuerza de guampa los que no salgan por las orejas del mancarrón, caneja!
-Para todos ha de haber hierro y fuego, compañeros, -repuso Luis María con enérgico ademán. ¡Ahora a alistarse!
Cuaró tomo un trago del «chifle»; pestañearon sus ojillos relucientes, y desenvainando la daga, tentóla en el pulgar hasta levantarse la piel callosa. Después llevóse la mano al cuello, trazando con el dedo una línea curva de oreja a oreja, y dio una especie de bramido feroz.
Los mocetones contestaron con otro pujante y bravío.
Esa tarde debía ser también de emociones en las «casas». Pero, antes de referirlas, interesa que narremos lo acaecido desde el momento en que Luis María dejó a Nata y Dora en la «isleta» después de la escena del nido de torcaz.
—272→Así que las dos hermanas regresaron a las «casas», sentáronse a la mesa como fatigadas del paseo, menos alegres que de costumbre.
Las ocurrencias joviales de don Luciano, y una que otra broma picante acerca de las visitas cotidianas de su «joven amigo» -que esa tarde le había jugado con su falta una mala partida-, hicieron renacer en ellas las emociones diversas de la excursión, especialmente en Nata, en quien aquellos conceptos llegaron bien al fondo coincidiendo con el episodio del sauce. Sintió que la sangre le subía a las mejillas, y púsose a reír para ocultar en parte su rubor.
Dora estaba pálida y parecía prevenida. Su hermana no le había comunicado nada de lo ocurrido, ni ella había visto a Berón; pero, la actitud pensativa de Nata al regreso, y la ausencia de aquel de las «casas» que ella notó al momento, envolvieron su ánimo en dudas y sospechas mas o menos vagas y singulares.
Esa noche se recogieron casi silenciosas.
Dora arrojó una flor que tenía en el pecho sobre la mesa al acostarse, ahogando un suspiro.
A altas horas sintió en los labios de Natalia como el murmullo de un rezo, entrecortado; o de un sueño agitado, tal vez...
A medida que pensaba, su insomnio adquiría más pertinacia, haciéndola revolver en el lecho de un modo incesante: ¡bien podía él ser todo de pétalos, pero ay! cuántas espinas mezcladas -pues pinchos agudos se le antojaban que eran sus nervios. Y después de mucho divagar, forjándose las mayores inverosimilitudes, concluyó por plantearse este problema, que hasta el instante mismo había rehuido con miedo: ¿«a cuál de las dos querrá?»
Sobre esto caviló muy largo rato, hasta que el sueño que ya había rendido a Nata, vino piadoso a cerrar sus párpados...
Al día siguiente parecieron más tranquilas, como si una y otra reconocieran que se habían hecho alguna violencia al asumir la actitud de prevención o de reserva, recíprocamente, que las excitara por algunas horas.
Nata quiso entregarse según costumbre a sus quehaceres —273→ domésticos predilectos, para los que disponía de una buena cantidad de útiles: mas Dora no se lo permitió, pidiéndola la acompañase en sus diversiones pueriles, de las cuales gozaba en realidad teniéndola a su lado.
Accedió ella gustosa.
Esa tarde corrieron mucho a caballo; visitaron sitios casi nuevos, a donde las condujo don Anacleto, dos de los «puestos» apartados y algunos ranchos de familias pobres que su padre protegía hacía tiempo.
Volvieron satisfechas, casi al oscurecer.
Dos o tres de los compañeros de Berón departían y tocaban la guitarra con Calderón y Nereo debajo de la enramada.
Don Luciano fumaba sentado a la sombra de los ombúes.
Pero, «él» no estaba allí.
No dejó de impresionarlas este vacío.
Acostáronse más preocupadas que pocas horas antes; y al otro día se pusieron de pie casi simultáneamente muy temprano, quizás por la misma causa, acaso ansiosas las dos de arrancarse a la soledad de sus respectivas tristezas.
El sol resplandeciente y el verdegay de los campos hicieron renacer en ellas la alegría. Entretuviéronse largos instantes en la huerta; llegáronse a la «tapera» que había hospedado a Berón; a la orilla del bañado, cubierta de cortaderas; al arroyuelo donde lavaba Guadalupe; al manantial de sus baños -resguardado por un cancel de plantas exóticas como las pitas de la huerta; y, por último, se detuvieron en la enramada en graciosa charla con Calderón, ocupado en esa hora en fabricar botones de «manea».
Al declinar el día, se hallaron juntas fuera del cerco de la huerta, sin idea fija ni plan formado para el paseo. Nata mostrábase39 reconcentrada, y Dora parecía bajo el peso de sus periódicas y extrañas melancolías; de esos desfallecimientos que solían marchitarla repentinamente y que unas veces pasaban como nubes o vértigos, y en oportunidades le duraban horas, caracterizando bien los pródromos de una enfermedad nerviosa.
Caminaron sin rumbo algunos momentos, en direcciones opuestas, para reunirse luego al azar y quedar separadas,
—274→con la vista atenta en el paisaje. A dos cuadras apenas se encontraba el boquete o «abra» del monte, con sus sauces en el fondo del cuadro, encima de la ribera del Santa Lucía, mojando sus hojas en el remanso.
Siempre fue ese el sitio encogido; y, contemplándolo, Dorila dijo:
-¿Vamos a los sauces, Natalia?
-Sí -respondió ésta, como absorta-; vamos a allí.
Fuéronse a paso lento, atravesaron el terreno despejado y pronto se vieron en la orilla.
El aire puro que venía del río y de sus bosques reanimó a Dora, que lo aspiraba con ansia. Volvióle la alegría y púsose a reír de todo. Recordó lo pasado allí, con cierta gracia burlona; y eslabonando memorias en espiritual asociación de ideas, trajo a colación el episodio de la «lechiguana» y de don Anacleto, -cuyas ocurrencias tanto la divertían.
Nata la acompañaba a reír, con algún esfuerzo; en tanto introducía, muellemente recostada en el sauce, una larga y flexible rama en las aguas del remanso a modo de sonda, para medir su profundidad. El improvisado escandallo parecía no llegar nunca al fondo, pues la joven sumergía hasta la mano en la superficie, y al retirar la rama no traía en la punta lodo, -como ella suponía.
-Es que la vara es muy endeble, -observóle Dora-; y cuando crees que la punta ha llegado al fondo, se ha ido de lado. Voy a traer una vara más gruesa, y verás que llega...
-¡Para qué!... Estate quieta. Hay muchos lagartos por ahí, y te van a dar con la cola si los molestas.
-¡Ah, entonces, no!
Sin darse de ello cuenta, las dos hermanas se habían hermoseado mucho esa tarde. Allí a la ribera del río bajo los sauces, inquieta la una, la otra con sus nubes de tristeza serena, se habían revestido en verdad de ese interés tan cercano al encanto que halaga y seduce.
Nata adornada con cierta coquetería, lucía dos gruesas trenzas que parecían madejones de seda, y pasádoselos adelante por encima de los hombros; de manera que su —275→ rostro blanco así circuido bien podía compararse al de una imagen de las pinturas místicas. En los extremos de las trenzas habíase puesto unas moñas pequeñas de color rojo vivo, con una de las cuales jugaba al descuido, acariciándose la mejilla. Parecían absortos en el río sus ojos garzos, tan plácidos como el remanso sereno. En sus labios entreabiertos rodaba una florecilla morada, recogida en el campo al pasar, y agitábase en su seno en parte descubierto, una ramita de cedrón.
Dora en exceso nerviosa, seguía hablando o riendo para quedarse en ciertos momentos distraída. Brillábanle a veces los ojos pardos bajo sus trémulas pestañas crespas, al escudriñar por doquiera aquellos sitios, y eran tan lúcidos sus reflejos, que algún trovador podía compararlos con los del agua inmóvil bajo estrellada noche. Las trenzas de su peinado aparecían más cortas que las de Nata, porque eran más rizadas, y se mecían en su dorso sueltas formando dos grandes borlones en sus puntas. Enorgullecida estaba de su adorno, porque cuando se ponía de pie y se iba de aquí a acullá sin intención ni objeto gustábale sacudirse el vestido y volverse de uno a otro lado para observarse el pelo, mirándose en la sombra, a fin de juzgar del efecto de sus trenzas así vistas a traición o con el rabillo del ojo.
Pero, la soledad haciendo sentir su influencia poderosa en una y otra, concluía por vencer. Extinguía a cada instante las sonrisas y expansiones, e inclinaba el espíritu de las jóvenes a la contemplación muda del espectáculo agreste, en apariencia; y en el fondo, a divagar sobre cosas cuyo secreto no asomaba a sus labios. En esa actitud las sorprendió Calderón, quién presentóse en el abra jinete en una caballería carcamala y trotona.
Sujetando a pocas varas el matalón, díjoles que había «alboroto en el campo», y que era del caso volverse pronto a las «casas» por lo que pudiese suceder; que don Luciano había ido a enterarse de lo que pasaba en el fondo de aquel, que era el «playo» en que se juntaban los animales vacunos, acompañado del capataz; y que él se había quedado con otros dos peones al frente del establecimiento.
-¡Ay! ¿Qué ocurrirá? -exclamó Nata sobresaltada.
—276→-Algo de serio ha de ser, -dijo Dora, no menos sorprendida- desde que papá ha ido al fondo del campo.
-Se me hace que sí, -repuso Calderón rascándose una oreja y dando una tos cavernosa-. El alboroto es grande; y hasta aquí, encima de la enramada, se han venido zumbando las yeguas con las narices coloradas -lo mesino que les hubiesen metido adentro un manojo de paja bravucona.
Acababa recién de decir esto el viejo paisano, cuando acertó a cruzar por delante del abra, ya cansado y casi rendido, cubierto de sudor y de abrojos las crines, un hermoso potro negro con una40 faja blanca o talabarte que le rodeaba el vientre haciendo resaltar sus tornátiles formas. Traía ceñidas en parte en sus remos posteriores, a la altura de los jarretes, unas «boleadoras» de tres piedras, cuyos golpes y ludimientos le habían desgarrado la piel ensangrentándole hasta los cascos.
Corriendo a saltos, en medio de caídas y arranques violentos, hipeando y bravío, parecía haber escapado a la persecución y dejado lejos al del tiro certero.
-¡Vean! -prorrumpió Calderón-. Ahí cruza un «tubiano» boleao... A la cuenta rodó fiero el gaucho que lo corría.
-Vamos pronto, Dora -dijo Nata-. ¡Ay, Dios! ¡Qué será!
-Sí, vámonos... Me parece que siento temblor en el suelo, como si corriesen juntas todas las haciendas.
Ellas con la mayor agilidad, y Calderón hincando sin cesar su grande espuela de hierro en el cuero de su cebruno lerdo, traspusieron en un instante el trecho que los separaba de las «casas».
Ya en éstas, percibieron claras repetidas detonaciones; disparos de tercerolas u otras armas, y un rumor siniestro, lejano, conjunto de gritos y clamores, corridas y tumultos cual si la torada enfurecida reluchara bramando en el llano, y sobre la piara formidable hiciera fuego un escuadrón tendido en guerrilla.
Dora, acometida de súbito por un espasmo, sintió que algo como una bola le subía del corazón a la garganta; quiso gritar, y no pudo: abrió los brazos y cayó a plomo en el suelo.
—277→Cuando las jóvenes se ausentaron de las casas, el señor Robledo, que se había mostrado inquieto desde temprano, siempre con el catalejo en la diestra escudriñando los horizontes, recibió aviso de que se venía asaltando las propiedades por la misma fuerza pública, y que se acababa de invadir su campo por la parte del vado.
Encargó entonces a Calderón que comunicara a sus hijas lo que sucedía; y él montó a caballo, ordenando al capataz viniese a su lado.
Don Anacleto obedeció en el acto, con la cabeza erguida, las narices muy abiertas, olfateando, y la mirada recelosa -asombrado en extremo, de que su patrón llevase el rebenque como única arma tratándose de una aventura temerosa.
-¡Dale al overo! -gritó el hacendado, tomando el gran galope-. Vamos a ver qué es lo que hay de verdad en este anuncio... ¡Me cuesta creer que roben de tal manera a la luz del sol!
Los perros están a los ladridos, patrón; y a la fija se ha metido una manga de indios en la media suerte del estero... ¡Güeno sería recostarse al monte!
-¡Vamos derecho! -dijo Robledo con acento firme.
-Para mí es lo mesmo, señor; y no le saco el bulto a la chuza, ¡de adónde!... Pero, mire patrón que es más fácil romper un tronco con la calavera que amansar con rilaciones un indio... Son el mesmo mandinga para enderezar al cristiano con la picana, y sacarlo por la cola del mancarrón enterito... ¡Siff!... ¡y patas para arriba con medio costillar rompido! Yo los conozco bien a esos condenaos, que sólo por comerle «la sin hueso» a una vaca la dan contra el suelo...
-No han de ser indios -interrumpióle don Luciano-; porque creo oír toque de corneta.
-Para peor si es tropa, ¡por la desciplina! A son del estrumento, la muerte es con música; y esos no hablan... A mi parecer, patrón, lo mejor sería bicharlos del pajonal —278→ que está arrimadito al paso, y cuanto41 cruzaran, meternos en el monte a esperar refuerzo...
El hacendado, en vez de contestar, apuró el galope.
Gran número de silbidos agudos atravesaban el espacio en todas direcciones, mezclados al mugir y al balar de las reses y a los relinchos de los baguales azorados, cuyos pies en frenéticas carreras hacían estremecer la tierra. Una nube de polvo ancha y espesa ascendía en columna de las proximidades del rodeo, oscureciendo hasta grande altura la atmósfera; y a causa de esta como negra cerrazón que surgía bajo el tropel, no era posible distinguir la calidad ni el número de los invasores. A intervalos solían cruzar junto a los dos jinetes ya un grupo de potros que iban lanzando corcovos al aire o levantando los brazuelos en increíbles corvetas para afirmar más su carrera vertiginosa; ya un toro con el ojo encendido y el borlón de la cola tieso como un dardo; ya una «punta» de novillos mugientes, embistiéndose entre ellos para ganar mayor terreno en su fuga despavorida; y entre los cuadrúpedos irritados, bandas de ñandúes en rápidas gambetas, esponjados los alones como enormes copos de algodón en disputa con la resistencia del aire, y cuya velocidad asombrosa contrastaba con el pesado galope de los bisulcos a los que dejaban muy atrás para perderse en breves segundos en el horizonte.
De pronto, despejóse un poco aquel confuso panorama.
Púdose ver entonces el fondo.
Diversos soldados de un destacamento de caballería regular, corrían de uno a otro lado arreando en masa el ganado, al que azuzaban con los cuentos de las lanzas, entre gritos y silbidos, trotes, galopes, juramentos, ruido de espuelas y rebenques, al que se unían de vez en cuando los ecos sonoros de un clarín.
Don Luciano detuvo su caballo; y al observar aquello dio una gran voz, levantando colérico su crispado puño.
-¡Ladrones! -gritó, con soberbia entonación.
Como si hubiera sido oído, tres o cuatro de los soldados brasileros, -pues pertenecían al ejército de Lecor-, viniéronse sobre él a media rienda, castigando con el extremo de las lanzas.
—279→Don Anacleto se recostó a su patrón, bastante pálido y conmovido; y más llegó a estremecerse, cuando le vio sacudir con brío el mango de su látigo y esperar inmóvil la acometida del grupo.
Pero, en mitad de su carrera, los soldados sujetaron bridas y quisieron retroceder, sorprendidos de improviso.
Había resonado al flanco un alarido de guerra, acompañado de un tumulto estrepitoso.
Diez jinetes armados de lanza, sable y tercerola caían a escape sobre el destacamento.
Eran Luis María y los suyos, que cargaban en dispersión.
Retumbaron incontinente varias descargas, cuyos proyectiles dieron en tierra con dos hombres, dejando a un tercero desmontado.
El clarín tocó a reunión; pero, ya era tarde.
Luis María, seguido de Cuaró, a quién había cedido su lanza, -penetró espada en mano entre el grupo en desorden distribuyendo algunas estocadas certeras; uno de los «tapes» y uno de los mocetones habían caído heridos, otro muerto; en cambio, Ladislao a la cabeza de los otros, lanceaba por la espalda sin piedad al grueso del enemigo.
Esteban mató al clarín de un pistoletazo.
Acosado de cerca Luis María por dos enemigos a sus flancos, lanzóse sobre el que llevaba las insignias de oficial superior hundiéndole su acero en el vientre, al mismo tiempo que él recibía dos sablazos en el cráneo, casi simultáneos, que le hicieron caer sobre las hierbas sin sentido.
Oyóse entonces un grito salvaje, y Cuaró vino al socorro arrancando de un solo bote de su montura al oficial que aun mal herido se mantenía en ella. Blandió en seguida la lanza ensangrentada, enderezándola al otro, que era un alférez; y éste, que amartillaba una pistola, arrancó a gran galope para ganar distancia y fijar la puntería. Era un mancebo de veinte a veinte y un años, apuesto y altivo. Cuando quiso volverse para disparar su bala, vio que su terrible enemigo tenía la moharra de la lanza a una línea de sus riñones; y clavando espuelas echó a correr, sin —280→ atinar ya a la defensa. No le dejó sin embargo, el teniente, que iba detrás rugiendo ciego de furor.
El perseguido volteó el brazo, e hizo fuego. El proyectil pasó.
¡Siquiera le hubiese partido el cráneo! -pensó el alférez con pavor.
Y como no fuese así, sintiendo él siempre en pos la carrera de su implacable enemigo, arrojóle la pistola por arriba de su cabeza, dando un grito de espanto. Cuaró se le puso a los alcances, y escurriendo el ástil en su diestra le hirió de muerte, sacándole de la silla, al punto de que el rejón se hizo un arco quebrándose por mitad y dejando el hierro entero en el tronco de la víctima.
Cuaró arrojó el fragmento de ástil sobre el cuerpo inerte y volvió bridas.
Al llegar al sitio de la refriega, todo había concluido.
Los vencedores auxiliaban a sus compañeros caídos; y rumbo a las «casas» marchaba un grupo compuesto de don Luciano, el capataz, Esteban y Ladislao que conducían en cruz sobre dos caballos a Luis María Berón.
Diez o doce muertos veíanse esparcidos acá y allá en el terreno; y por los campos, grandes trozos de ganado, todavía inquieto y receloso, que al menor movimiento emprendía precipitada fuga.
—281→
Todo aquello fue obra de pocos momentos, al punto que don Luciano y el capataz apartados algunos metros apenas del teatro de la refriega, no tuvieron tiempo de asumir una actitud resuelta cualquiera viéndose en el caso duro de permanecer inmóviles hasta tanto pasara la avalancha que los sorprendiera a su vez, cuando ni pensado habían en la posibilidad de un choque sangriento. Disipada esa ráfaga de huracán, apresuráronse a socorrer a Luis María que yacía con el rostro en tierra bañado en su propia sangre, en una inmovilidad parecida a la rigidez de la muerte. Restañáronle las dos heridas que tenía en la cabeza, y ciñéronsela con dos pañuelos, cargando luego con él.
En la travesía, abrió dos o tres veces los ojos para quedarse de nuevo como aletargado, sin pronunciar palabra alguna. La pérdida de sangre había sido copiosa, sucediéndose a ella una debilidad extrema. Una de las heridas sólo había interesado el cuero cabelludo; pero la otra, más profunda y grave sobre el parietal izquierdo, habíale ofendido el hueso en parte.
Ya en las «casas», laváronle bien las dos, cortáronle el pelo en lo dañado, y acostáronlo en la cama del señor Robledo, —282→ -una «marquesa» fuerte de pino con buenas almohadas y colchones.
Ante aquel espectáculo, Natalia y Dorila andaban como sombras, echando de vez en cuando sus brazos al cuello de su padre, para besarle en silencio. Dora estaba pálida y parecía sentir algo extraño en el pecho, porque a cada instante llevaba allí su mano ansiando aspirar el aire con toda la boca abierta.
-¡Vaya, muchachas! -díjoles don Luciano-; todo esto pasará. Estén tranquilas. ¡Demonios!... Ha sido una escaramuza fuerte -un refregón de estos mozos con unos portugueses desalmados que saqueaban mi hacienda. ¡Todo se ha de andar, canejo! y hemos de poner las cosas en claro. ¡Qué atrocidad! ¡Si parece increíble!... Mira Natita... Tu hermana está un poco enferma, mejor es que se acueste. Tú arregla unas hilas y vendajes para el herido. ¡Pobrecito! Le debo todo, hasta estos huesos viejos que ya no sirven. Sí, hay que atenderlo mucho porque lo han golpeado como bárbaros aquellos entrusos cobardes, ¡que mil diablos confundan!... Arregla, hija, eso que te pido. ¡Cuando la madre sepa, se va a morir!... Si alguno de estos viejos-posmas fuese curandero, todavía la pena sería poca...
-Deja, papá -interrumpióle Nata-; nosotras vamos a cuidarlo, y verás como sana. ¡Dios no ha de querer que se muera!...
-Le pondremos las hilas nosotras -añadió Dora-; ¿vez? aquí tengo ya un puñado grande, ¡y estas vendas!... Nata le lavará las heridas, y yo le arreglaré el vendaje; o yo...
Ahogósele la voz a la joven en la garganta; y volvióse confundida, para ocultar su emoción.
-Sí, lo merece; ¡merece todo! -repuso Robledo.
Y pasándose agitado la mano por la frente, prosiguió como si hablase a solas:
-No sé qué consecuencias tendrá esta trifulca, mientras los cimarrones y «caranchos» se amontonan y dan cuenta de esos que han quedado boca arriba, junto al estero... Es lo primerito que van a encontrar cuando crucen el paso los «lagunistas»... ¡Demontre de cosas! De todos modos... —283→ ya nos arreglaremos. Ahora, a lo más urgente. ¡Tú Dorita a la cama!
-No papá, ¡si estoy bien! Mírame, y verás que no te engaño. Ya ni me late fuerte el corazón, que hace días estaba lo más malo conmigo... sin duda anunciando estas tristezas que habían de venir. Y ¿cómo has de querer que deje a Nata solita en ese trabajo?
-Déjala papá, que yo la cuidaré también a ella, si se ocurre.
-¡Bueno! Hagan como les parezca, y déjenme ir a atender otras necesidades. Ahí está el negro en el cuarto, para ayudarlos; que las acompañe Guadalupe también.
Fuese el señor Robledo por su lado, esto diciendo; y las jóvenes, al aposento del herido.
Continuaba éste en una especie de sopor, muy pálido y con los ojos cerrados. Esteban le contemplaba de pie desde un extremo, mudo y atento.
Las dos hermanas se acercaron al lecho sin trepidar, y descubrieron la cabeza de Luis María, sin molestarlo, con esa delicadeza propia de la mano de la mujer que se esmera en aliviar sin ser sentida. Lavaron las heridas con agua fresca, que trajo Guadalupe; y cuando esto acabaron de hacer, todas trémulas de emoción, cubrieron con hilas los labios de aquellas sujetándolas suavemente con vendas.
En esta diligencia, hesitaron un instante; hasta que, atreviéndose Nata, cogió con sus dos manos la cabeza del herido, y la levantó un poco de la almohada, diciendo con un acento que parecía un soplo:
-¡Ata!
Dora ató, moviendo sus delgados y nerviosos dedos con extraordinaria destreza. ¡Una hábil enfermera no lo habría hecho mejor!
Después de esto Nata dejó descansar la cabeza del joven, lo miró toda demudada, y apartóse algunos pasos, ceñida al brazo de su hermana tan conmovida como ella.
Berón volvió el rostro de lado y respiró con fuerza.
Ellas se miraron de súbito, con una expresión de íntimo contento. ¡Parecía retornar a la conciencia de la vida!
A poco, entró don Luciano.
—284→El buen criollo acababa de mandar que se enterrase a los muertos en dos o tres hoyas o fosas bien excavadas, y que encima de la tierra que las cubriese, se echaran piedras sueltas en abundancia, o en su defecto ramas gruesas y espinosas de «tala» o de «ñapindá», al uso charrúa, para evitar que los carnívoros del monte sin excluir los yaguaretés que solían cruzar a nado hasta los pajonales espesos del norte, se citasen a un espantoso festín. También previno que se pusieran otras tantas cruces, confeccionadas con troncos de «sombra de toro», a fin de que se viera a su tiempo que se habían cumplido con los deberes cristianos, y en algo se atenuase el rigor de la represalia.
Sin duda alguna, era la adopción de esta medida lo que había esparcido cierto aire de satisfacción en el semblante del hacendado; quien se presentó más tranquilo y desenvuelto en el cuarto del herido.
Aprovechándose de su presencia, y estimuladas por su celo activo, las jóvenes se esmeraron en atender a todo aquello que convenía al mejor cuidado del paciente. Dora trajo una gasa celeste, que colgó doblada a manera de cortinilla o banderola en el ventanillo; y Nata acumuló en una mesa pequeña hilas y vendas muy blancas, un jarrón de barro cocido lleno de agua quitada del frío, y un frasco que contenía la sustancia o extracto de la corteza del «quebracho», reconocida como febrífugo excelente en la campaña, aunque casi nunca cedieran las fiebres a su influjo -o poder virtual.
Guadalupe por su parte, tan agitada como sus amas y como ellas tan lista para acertar en todo, había escogido la mejor gallina entre las que reposaban ya tranquilas en las ramas de uno de los ombúes; y cocinado un puchero que, en su concepto, debía saber muy bien al enfermo, aun cuando al espumarlo hubiese tenido que sostener más de una brega, de paso, con don Anacleto -entonado y crudo como nunca, después de la refriega.
Había acudido también Cuaró, a las «casas». Pero, sin penetrar en el aposento ni cambiar palabra con persona alguna, habíase sentado sobre los talones contra la pared; —285→ y en esa actitud, fumando, limitábase a mirar a veces al rostro de los que salían cual si en ellos buscase las nuevas que merecían su interés, sin incomodar a nadie ni ofrecerse tampoco, concentrado y humilde.
Al oscurecer, viósele todavía quieto en el sitio escogido, con el sombrero sobre los ojos, y la mirada en el suelo.
Esa noche, muy satisfechos de no haber hecho nada por la tarde a favor del conflicto, y reinando un calor excesivo, habíanse agrupado en la enramada el capataz, Calderón y Nereo para conversar de las ocurrencias y consumir sendas «cebaduras» de mate-cimarrón, alternando éste con otro brebaje más fuerte y estimulante.
Los dos últimos, atentos estaban y no poco, a la relación de don Anacleto; quien sentado en una cabeza de vaca con el sombrero caído en las espaldas y el barboquejo a modo de «vincha» en la frente, formándole la borlilla como un cuernecico de ternero entre los dos ojos, describía las peripecias y episodios de la jornada en un estilo capaz de preocupar aun los ánimos viriles.
Decía don Anacleto:
-Asina que repechamos la lomadita, se vido que la polvadera la levantaba un ganao como mosca... porque fuera de la hacienda del campo traíban los hombres y habían entreverao el vacuno y yeguarizo de otras marcas, arreando tropillas con yeguas madrinas, lo mesmo que los güeyes de carreta que repuntiaron por delante. La polvadera hacía como una nube de tormenta tapando todo el cielo, y al revolver de las vacas y lamentarse de las crías y chiflar de los soldaos que corrían y boleaban, víamos a ratitos pasar la bagualada cociando al cohete o al toruno que se comía los vientos, si ya no era un güey tropero que iba pisoteando las puntas de la coyunda rompida y metiendo ruido con las pezuñas...
Escupió el capataz de lado, tomó aliento, y prosiguió:
-El patrón quería enderezar a la gurumina; pero yo lo fui asujetando hasta que aclarase, porque desde que los ñandúes al juir iban chiflando a la cuenta les habían meneao plomo y la cosa no era atropellar al escuro...Ya encima del ganao que andaba como mula tahonera cuasi —286→ sin ojos ni conescencía, alcanzamos a ver el escuadrón de portugos, vestidos de ceniza y armaos hasta los dientes. En cuanto columbraron que había con quién tratar, unos quince o veinte y cinco abajaron las lanzas y se vinieron al humo tocando el trompa a degüello...
-¡Vea no más si fue fiera la cosa! -exclamó espeluznado Nereo.
-¿Y, después, don Cleto? -preguntó ansioso Calderón.
-El patrón se enredó en la muñeca la azotera del rebenque; y lo que esto vide, sofrené al overo, eché mano al «facón» y me tiré de lao para madrugarlos en la embestida...
-¡Ah, don Cleto listo!
-Sírvase de ese amargo para remojar.
-Pero el arrempujón no llegó, -continuó el capataz, sorbiendo con gran ruido el mate-, porque en un redepente la nieblina cambió de costao; y lo mesmito que una perrada cimarrona, el matreraje largó una ronca y cayó en el sitio a todo lo que daban los fletes, chuzcando al destajo, sin dejar a mi parecer, ni un melico vivo.
-¡Parece cosa de brujería!
-¡Peligra la verdá, canejo!
-Asina fue, y me caiga redondo si digo mentira!.....
Después de dicho esto con entereza, don Anacleto hizo sonar de un gran sorbo final la «bombilla» y suavizando en lo posible su voz bronca como quien se siente adolorido, prosiguió con tristeza:
-Y vean, aparceros; pasaron cuadros lindos para estilos en este combate fiero. Don Berón volteó de un revés con la espada a un mozo lampiño de ojos de venao, alardeador y vivaracho; y en viéndolo en el suelo, cuasi tieso, un matrero se tiró del pingo con un chafarote en la mano para despenarlo; pero al dir a hacerlo, el mozo le dijo con mucho sentimiento, levantando un brazo:
«No me degüeyes, porque todos somos hermanos. Tengo una madrecita vieja y una novia que va a ser mi mujer, que me aguardan las pobres rezando a la virgen santísima porque yo salga en la guerra sin lisiadura nenguna. Con la que me ha dao ese guapo me sobra para escarmiento, —287→ y no preciso de tu incómodo para dirme en sangre. Si querés que la viejita viva y la muchacha no se quede en un desmayo como pájaro tísico, envainá el chafarote y guardate estas patacas para tabaco y yerba, con más las botas y las espuelas.»
El matrero dentró en plática con él, y le contestó de esta laya:
«Mirá, hermanito: yo no puedo hacer lo que me pedís quejoso, porque a mí también me dio una mujer de mamar y otra me espera, y las dos están a los reniegos conmigo porque no las ayudo a causa de los tuyos que se han entrao en el pago sin licencia, arruinando a una gente que no se metía con naide, y que a naide tampoco tenía miedo. Asina, lo que yo haré en tu osequio, es dejarte una nadita de tiempo para que reces el credo; y en cuantito acabés de rezongar, no hay más sino conformarse.»
Iba ya a retrucarle el herido, muy pesaroso, cuando la torada se vino encima asustada con los tiros, y bufó... El matrero montó a caballo, y el ganao comenzó a pasar brincando y muy ceñido por arriba del portugués...
¡Nengún quejido largaba el hombre, y el ganao seguía pasando! La polvadera ponía turbio hasta el ojo; ni las aspas se vían en la disparada, aturdiendo más que mil cencerros el crujir de las chiquizuelas y las pezuñas.
Y seguía pasando el ganao, sin avistarse la cola, como avispas que salen del nidal y se van juntando de a poco, cerquita, en borbollón; o lo mesmo que se alborotan las hormigas cuando un animal yeguarizo mete la mano en el cerrillo, y lo achata de golpe y zumbido.
Y el ganao seguía cruzando...
Interrumpió aquí al capataz la voz de Guadalupe, que lo llamaba desde el patio y tras de ese llamado, la negrilla se apareció en el punto de la reunión, diciendo semi-colérica:
-A ver si viene don Cleto, que lo precisan... Parece que le pesaran los huesos más que a un muerto y que no pudiese con las tabas. ¡Muévase hombre de Dios, tan cargoso!... Todos afligidos en las «casas», y él prendido al mate muy señorón, como buey guampudo que mamase todavía...
—288→Don Anacleto apoyó la cara en la palma de la mano, y mirándola de soslayo, contestó irritado:
-Siempre has de venir a meter tu trompa en la leche, mosca negra. ¡A volar que hay chinches!
Y dio un bufido.
Guadalupe desapareció.
Entonces, don Anacleto dijo:
-Voy a donde el patrón; pero agarren bien el hilo del cuento, por el gusto de acabarlo.
A esa hora las impresiones no eran nada gratas en el cuarto del herido, para aquellos que lo asistían. Habíasele declarado la fiebre en cierta intensidad, y sobrevenídole el delirio.
Ante semejantes manifestaciones, multiplicaban todos sus cuidados apelando hasta el último de los remedios o paliativos domésticos, y oían los consejos y advertencias de algunas vecinas viejas, que habían acudido a recoger informes de don Luciano con motivo del grave suceso de la tarde.
El mal, sin embargo, seguía un natural proceso, y no era la corteza de «quebracho» la que había de modificarlo por el instante, ni en lo sucesivo. La reacción y el restablecimiento del equilibrio perturbado, sólo debían esperarse por efecto del vigor de juventud del paciente.
El hacendado y sus hijas vieron transcurrir las horas en penosa ansiedad.
Ya al amanecer, calmóse algo el herido, quedándose en relativo sosiego.
Don Luciano había mandado al capataz a una de las estancias viejas del pago en busca de un paisano hábil para ciertas «curas», a falta de médico; cuyo paisano conocía el secreto de unas yerbas «infalibles», o por lo menos de una virtud «casi milagrosa» para las fiebres.
Pero, don Anacleto regresó al venir el día, sin haber —289→ conseguido encontrar a aquel bendito, ni aun en los ranches de sus comadres.
En cambio, sin que nadie le dijera palabra, Cuaró se apareció con el «tape» Ñapindá, advirtiendo que el hombre se había ocupado mucho tiempo en aliviar y sanar enfermos en Santo Domingo, y que era un curandero muy habilidoso.
Al mirarle la facha, con sus piernas desnudas y su chambergo agujereado en la copa, y un montón de hierbas en las manos, Nata dijo:
-¡Si no será preciso!... Ahora descansa bien.
El «tape» se cuadró militarmente, y contestó con pausa y gravedad:
-Dejámelo mirar, «guaynita»... ¡Verás que yo lo curo!
-Ay, ¿qué hombre es este? -dijo Dora con extrañeza-. Yo no quiero que toquen ahora que duerme, al herido. ¿Tú consentirás, Nata? ¡Tantos yuyos!... ¿Para qué sirve eso?
-Mirá, «cuñatay» -repuso el tape-: cocinando esta yerba se lava al enfermo con el jugo en la mañanita y tarde; y después, abrís estas hojas y las ponés en lo lisiado...
Y enseñaba una planta pequeña de hojas de un verde-claro, angostas, en forma de bayas o de vainillas, comúnmente llamada bálsamo y de aplicación constante a las heridas.
-El agua y las hilas bastan...
-Tampoco él lo consentiría -añadió Nata.
-Esperaremos hasta la tarde, señor curandero -siguió diciendo Dora con acento dulce-. ¿Por qué incomodarlo, cuando recién reposa!... Él va a darle las gracias así que se despierte y que sepa que Vd. ha venido con tan buenas intenciones...
El «tape» no insistió; y como, a pesar de todo, Nata le pidiera las hierbas, dióselas en el acto, y fuese muy contento.
Creía él de buena fe, como todo indígena de reducciones, que merced a aquellas plantas, «andoyara» o sea el diablo, no se llevaría al «chirubichá» tan fácilmente.
Ya pensativas, ya rientes, se quedaron las hermanas; y —290→ después de comentar el hecho, opinaron al principio por aplicar el bálsamo al herido, y luego resolvieron esperar a que éste despertase.
Las dos se habían dividido bien el trabajo; de tal modo, que ninguna podía pretender haber hecho méritos de exclusivo agradecimiento; una y otra reunidas o relevándose en el cuidado asiduo, por largas horas, siempre atentas al menor reclamo o movimiento producido por el delirio en el paciente, y en todo instante prontas para acudir a las tareas domésticas, parecían disputarse las frases cariñosas de don Luciano -a cuyo estímulo debían el haberse consagrado sin reservas a tal género de afanes y desvelos. Verdad es que, en el fondo, presidía a la actitud asumida por cada una de ellas una gran fuerza de buena voluntad, y hasta una decisión sospechosa; pero, de revelarla se guardaban, sin descuidar los mismos gestos; tal vez persuadidas, de que una manifestación cualquiera inconveniente de sus sentimientos íntimos respecto al huésped42, podría ocasionar un quebranto moral doloroso en una u otra, dado que ambas abrigasen hacia él -como era de inferirse- un vivo afecto de simpatía. A partir de esto, procuraban ellas contentarse sin discrepar en lo mínimo; juntas se iban a su dormitorio; acostábanse a una hora determinada o con diferencia de momentos; conversaban mucho hasta calmar su excitación nerviosa; y caían al fin rendidas, para ponerse de pie muy temprano con más ánimo que nunca.
Al levantarse ese día sintieron gran complacencia, pues el paciente empezaba a reaccionar; y si bien su postración era mucha, la fiebre había disminuido de un modo considerable. Conocía a los que lo rodeaban y hablaba de vez en cuando con aplomo y reposo, mezclando a sus sorpresas palabras de agradecimiento.
Desde ese instante las jóvenes empezaron a su vez a hacer menos frecuentes sus visitas, sin dejar de atender al herido con el mismo celo así que era necesario renovarle los vendajes.
Pero, ni ellas podían menos de verlo dos o tres veces al día, ni él se conformaba de sus ausencias -cuando éstas se repetían mucho. Algo, como un vínculo estrecho de —291→ familia, se iba estableciendo entre paciente y enfermeras; vínculo dulce y cariñoso en cuya formación entraban la estimación, la confianza, la gratitud y quizás algún otro sentimiento oculto, que sólo esperaba una causa ocasional cualquiera para revelarse en todo su fervor.
Por algunos días, las cosas siguieron en ese estado, con gran satisfacción de todos y especialmente del señor Robledo, que no había visto producirse en su campo nada de sospechoso o alarmante, después del grave suceso.
El herido seguía mejorando, sin complicaciones de ningún género. Sentíase muy dichoso de encontrarse allí; y una tarde manifestó a Dora que éranle suficientes, cuidados de manos semejantes, para amar mucho la vida...
-Más que ingrato sería si no la quisiera, -díjole Dora.
-¡Me parece más hermosa que nunca! -contestóle él, con acento sincero y ardoroso.
La joven se retiró llena de cierto íntimo regocijo.
Más tarde, se preguntaba a solas: «¿Por qué le parecerá más linda, la vida? ¡Él, que parece desgraciado!»
Poco después, Dora caía en una melancolía extraña y sentía ansias de llorar.
Tan alegre y espiritual, sorprendíase de sí misma, quejándose de una opresión mortificante que abatía con su cuerpo el ánimo y le nublaba la vista. El corazón funcionaba a saltos caprichosos por momentos, y la cabeza parecíale bajo la influencia de un hálito o vaho pesado y letal, que la empujaba a un vacío sin término.
Cuando eso sucedía se quedaba muda, de una palidez casi transparente, con la mirada fija y sin luz, estremecida, fláccida, insegura. Así mismo caminaba un poco, buscando en el ambiente un consuelo; hasta que el desasosiego tomaba incremento, e inducíala a recogerse a tropezones, cogiéndose a las paredes y puertas, como herida en sus centros nerviosos por un golpe súbito.
Reclinábase entonces sin fuerzas, y quedábase inmóvil llena de sudores fríos; una, como grande burbuja esférica o globular ascendiendo rápida, parecía cerrar por completo sus vías respiratorias, hinchábale las venas del cuello, la asfixiaba, y desaparecía luego para dar lugar a un espasmo —292→ más o menos prolongado que la dejaba como muerta.
A estos accesos precedía siempre una laxitud de ánimo extraña en ella; una tristeza honda y desesperante que mataba el brillo de sus lindos ojos, la frescura de su piel y doblaba su cuerpo gentil lo mismo que se abate un tallo de flor bajo una ráfaga violenta. Cuando estos y otros síntomas se presentaban, ella misma arreglaba su lecho y arrojábase en él, buscando apoyo con las dos manos trémulas en algún objeto, capaz de resistir sus sacudidas precursoras o contracciones musculares. Los desmayos no tenían mucha duración, ni aparecía en los labios cárdenos esa espuma que mana lenta y desborda como impelida por una ola de amargura. Saliánsele un poco los ojos de las cuencas y quedábansele fijos; y esa fijeza aparecía más dura por la ocultación parcial de los velos parpebrales y una profunda alteración nerviosa.
Restablecíase pronto sin azahar ni éter, tan sólo aspirando el aire del campo y de la ribera. Volvía entonces su frente a serenarse, la luz a sus pupilas y el latido regular a su pobre corazón. Quedábale débil el cerebro, ya pasada lo que ella llamaba «gota coral»; pero, a las pocas horas se reconstituía por los medios y en la forma predichos, reíase, se divertía, paseaba y gozaba bien de sus horas de reposo. Figurábase que todo eso no era más que exageración de su sensibilidad «mimosa» y reprochaba ingenuamente a su organismo que se postrase y se hiciera el muerto cuando estaba tan vivo.
Después de una noche así pasada, y amanecida Dora mejor, Nata que había dormido muy poco, aprovechóse del buen estado de su hermana para visitar un instante al herido -cuyo cuidado había quedado por largas horas a cargo de Esteban y Guadalupe.
Entróse ella con alguna emoción en el aposento.
Luís María estaba solo; y al verla tendió la mano con ansiedad mal reprimida, como llamándola cerca de sí.
Detúvose Nata a mitad de camino, saludándole; y luego dijo algo trémula:
-¿Lo han atendido a usted bien?... ¿Cómo sigue?43
—293→-Bastante mejor, Nata, gracias a la bondad de ustedes. Creo que podré levantarme mañana, pues me siento con fuerzas.....
-¡Tanto me alegro!
-Agradezco mucho... sólo que ahora, una de estas vendas me molesta un poquito, y sin duda será porque... no ha sido usted la que me la ha puesto.
-Ah, por eso no... Pero será fácil remediarlo... Aquí hay otras que podrán reemplazarla en un momento...
-¡Qué buena es usted! Por su mano vendrá el alivio.
Nata acercóse a la mesa, y empezó a escoger el vendaje llena de agitación, sin contestar nada.
Con la cabeza fuera de la almohada, mirábala Luís María de una manera fija e insistente, como aprovechándose de aquella oportunidad feliz para contemplarla a su gusto, sin testigos, con una especie de íntimo deleite o fruición desconocida, nueva para él.
Bien luego halló Nata lo que necesitaba entre el montón de hilas y vendas; y, con no poca turbación, aproximóse a la cabecera del lecho, dulce el ceño y las dos manos por delante. Viola acercarse Berón, conmovido. ¡Ocurriósele recién que era muy bella!
La joven comenzó a desatarle la venda antigua; diligencia en la que hubo de detenerse por varias ocasiones, pues el herido se movía bastante, empecinado en mirarla de frente.
-¡Estése usted quieto! -dijo una vez, con aire resignado.
-Sí, haga usted; me hace mucho bien. ¡Quién no ha de curar así!... ¿Cómo podría corresponder a esta piedad, Nata?
-¡No es para tanto! -murmuró ella temblorosa.
Y cogióle la cabeza, a fin de pasar la venda por debajo, y ceñirla.
A aquel contacto Luís María se irguió un poco, y alargando las suyas enflaquecidas apoderóse de una de las manos de la joven, de un modo tan suave y cariñoso que Nata se la abandonó sin resistencia.
Los ojos de Berón tenían una expresión de ruego blando y humilde, y temblábanle los labios.
—294→Acaso fui torpe -dijo- cuando ofrecí a V. mi ayuda... allá bajo el sauce; pero V. no me guarda rencor ¿verdad? Perdóneme. Fue un arrebato que yo mismo me eché luego en cara como un atrevimiento indigno de mi educación y de mis sentimientos honrados... V. merecía todo mi respeto. ¡Ahora, toda mi gratitud y mi cariño!
Y besó aquella mano con labios febriles, apasionado y vehemente, a la vez que con miedo, cual si temiese una repulsa cruel.
No sucedió así... Nata la retiró lentamente, ocultando con la otra su rostro, sonrojada y silenciosa, sin ánimo para balbucear una respuesta.
Luis María alentóse más ante esa actitud; e incorporándose del todo, atrájola hacia sí sin violencia hasta rozar con el suyo su rostro, añadiendo muy bajo:
-Debo a V. tanto, que no sé cómo pagar la deuda... ¿Será queriéndola a V., por siempre?
Limitóse Nata a mirarle con intensa ternura; y él entonces la besó en el rostro, antes que pudiese desasirse de sus brazos y arrancarse a su silencioso embeleso.
Ojos extraños observaban aquella escena...
Dora, después de ataviarse mucho y de mirarse risueña en el espejillo, que en forma de lente colgaba de la pared, dirigióse presurosa al aposento del herido, a cuya puerta se aproximó en puntas de pies por si aún dormía.
No había nadie en el comedor, pues don Luciano había salido al rayar el alba.
La puerta que daba al aposento estaba entornada.
Supuso que Luís María no estuviese solo; y miró antes por la rendija...
Vio a Nata de pie junto a la cabecera; pudo escuchar algunas frases, anhelante, y observó cómo el joven cogía la mano de su hermana y la cubría de besos.
Era esto ya bastante para desgarrarla. Con asombro vio, sin embargo, que no satisfecho todavía, llegó a oprimir entre sus manos la cabeza de Nata para sellarle con los labios la frente.
Quedóse yerta.
—295→Durante ese día Natalia, ignorante de este detalle, sobre el que su hermana tuvo buen cuidado de hacer la menor referencia en sus conversaciones, mostróse muy sonriente y alegre procurando hacer a todos co-partícipes de su estado de espíritu.
A pesar de esfuerzos evidentes, Dora no pudo con todo sobreponerse a un dolor punzante que la mortificaba sin consuelo y que había venido a favorecer el mal que trabajaba de tiempo atrás su organismo.
Sentóse a la mesa sin apetito, pálida y como aterida, contestando con monosílabos o palabras entrecortadas a todo lo que se le decía.
Después, se fue a reclinar en el lecho.
Zumbábanle los oídos, sentía pesadez en la cabeza y en el corazón, laxitud en los miembros y una angustia en el ánimo fríamente implacable, hondamente penosa.
Nata, que había ido a sentarse a su lado, la besó con cariño.
No se reflejaba ya en su rostro la alegría; por el contrario, aparecía grave y mustia bajo la presión de un sentimiento real de disgusto; y sucedíale esto siempre que a su hermana le acometían aquellos desfallecimientos o quebrantos que la hacían juguete del vértigo.
Dora contestó el beso ciñendo con sus dos manos suavemente el cuello de Natalia, mirándola en silencio, húmedos y casi apagados sus hermosos ojos pardos, y contraídos los labios por un gesto de amargura.
Luego, preguntó:
-¿Sigue bien el herido?
-Mejor cada vez... ¿No lo has visto hoy?
Quedóse callada Dorila, acariciando entre sus dedos el cabello de su hermana; suspiró con fuerza, y al cabo de un rato, dijo muy bajo:
-No... Este mal no me deja; de un día para otro aumenta y me quita todo el ánimo... Discúlpame con él... que me alegro de su mejoría.
—296→-Ahora te pasará, e iremos juntas.
-¡Recién me empieza! Verás que me destronca... Pero, no te ocupes de mí, pues ya sabes que no dura mucho aunque suele repetirse.
-Por lo mismo quiero estar aquí.
-¡Bueno!... Dame agua.
Nata le alcanzó un vaso de la mesita, que ella misma le puso en los labios.
Al beber, los dientes de Dora rechinaron en el vidrio.
Después de eso quedó más tranquila.
-El aire me hace bien -dijo.
-Vamos entonces a caminar un poco.
-Ahora, no. El sol quema... Cuando baje.
Tengo deseos de ir al sauzal, porque allí se me pasa pronto este devaneo.
-De tardecita, si quieres.....
-Sí -repuso Dora, animándose un poco de pronto-. Esperaremos. Pero, yo no quisiera que por mí dejases de ver cómo va el señor Berón... Mira: ahora me viene el sueño, y en durmiendo, ¡adiós nervios! Ya se me va el vahído, y cuando despierto, ni rastros de ahogos. Así es que puedes ir Natita, yo te lo pido, te vas a distraer más; y en tanto yo descanso lo mismo que un bendito sin moverme en cuatro horas, -¡para envidiarme las piedras... ¡Oh, qué dulce es dormir mucho, mucho!...
Y esto diciendo la joven, a quien se le iban coloreando las mejillas con un tinte vivo, acomodábase bien en la almohada y plegaba los párpados en disposición de entregarse a un sueño prolongado.
Nata lo oía pensativa.
Dora se incorporó de nuevo, expansiva y vivaz, añadiendo:
-¡Mira que es cierto que voy a dormir! Es tiempo, así voy a quedar bien... de lo que me alegro; porque hace días que todo el trabajo es para ti y Guadalupe, y eso no me parece justo. Seguro ha de ser que me llaman regalona...
-¡No tal!
Dora volvió a acostarse sin replicar nada, y cerró los ojos.
—297→Al poco rato su respiración era tan tranquila y su aspecto tan reposado, que Nata la juzgó dormida.
Estúvose ella no obstante atenta algunos minutos más; y luego se fue, sin hacer ruido.
Sola ya, Dora que estaba despierta, lanzó un sollozo llevándose las dos manos al semblante, y gruesas lágrimas saltaron por entre sus dedos.... Gracias a ese lloro, cedió en parte el rigor de su afección.
—299→
Cuando Nata regresó horas después, encontróla llena de buen humor, lúcida, espiritual, dispuesta a uno de aquellos paseos a caballo que tanto la deleitaban y en los que al galope violento o a la carrera desenfrenada, su naturaleza excepcional parecía transformarse y adquirir una energía asombrosa, extraña a su sexo.
-¡Te aguardaba Natita! -dijo contenta, al verla llegar-. Pasearemos a caballo ¿quieres?
-¡Con mucho gusto!
-Pues no hay más que hablar...
Fijando luego sus ojos en los de su hermana, siguió diciendo con la mayor naturalidad:
-Nada me has dicho del estado de nuestro amigo. ¿Cómo sigue? ¡No seas egoísta, Natilla!
Sonrojóse ésta un poco, y contestó:
-Bien, siempre. ¿Por qué me dices eso?
-¡Oh, me conoces y no tienes por qué extrañar estas ocurrencias!... El pobre merece como dice papá todas nuestras atenciones. ¡Me alegro mucho Nata; con toda el alma! Así vamos a pasear más tranquilas como otras veces, a lo que den los rosillos, campo afuera, donde hay mucho aire y mucho verde y gamas y avestruces que escapan espantados al sentir el tropel...
—300→-También me divierten a mí esas cosas; y voy a decirle a don Anacleto que ensille los caballos.
-Bueno, porque yo no he avisado nada...
Que se apronte Guadalupe también. ¡La pobre negra anda sin sombra hace días con todo lo que ocurre!
Así que Nata salió, sonrióse Dora con tristeza.
Lejos de arreglarse el cabello con el esmero de costumbre, recogióselo indolentemente en el coronal, donde lo aseguró, dejando colgar las puntas en desorden en la nuca. Ciñóse después por encima un pañuelo de seda color lila, a manera de cofia; púsose unas flores en el seno, al descuido, tréboles y alhucemas que Guadalupe le colocaba de continuo cerca de la cabecera; especialmente las últimas, cuya esencia alcanforada le hacía bien.
Ya pronta, fuese al patio; recorriólo ágil de extremo a extremo examinándolo todo como cosa nueva para ella; arrancó florecillas silvestres de plantas adheridas a los higuerones, que luego iba arrojando aturdida en todas partes; escogió otras que a poco, sufrían la misma suerte; corrió en pos de los pica-flores que se detenían delante de las campánulas de las enredaderas, o de los «mangangaes» que venían gruñones a entrarse en sus cuevas del alero; y, por último, púsose a perseguir al gallo criollo, que a paso arrogante y con aire prevenido alejábase de su implacable enemiga para cantar a su gusto en algún sitio solitario.
Detrás iba ella cautelosa con un gran racimo de saúco en la mano, atisbando el momento en que se pusiera en posición el cantor para lanzárselo a la cabeza, y convertir en chillido su nota estridente.
Pero, en esa actitud agresiva la sorprendió de improviso Nata, que la buscaba para advertirle que estaban listos los caballos; y como no hubiese ya medio de realizar su travesura infantil, arrojó el racimo riendo sin descanso, protestando abandonar tan solo el propósito «hasta mejor oportunidad.»
La tarde no podía ser más apacible y hermosa. Convidaba de veras a excursiones lejanas, y prometía una noche llena de majestad y pureza, con un lucero de admirable —301→ brillo en un espacio límpido y celeste. El sol acababa de esconderse, y de las hierbas brotaba un vaho de suave frescura con inhalaciones aromáticas que hinchaban los pulmones.
Las jóvenes en compañía del capataz, emprendieron desde el principio el galope sin detenerse en sitio alguno, trasponiendo «cuchillas» y bañados, y dándose apenas tiempo para cambiarse algunas frases arrancadas a la emoción producida por el ejercicio y la sucesión de los paisajes.
Parecían gozar realmente en aquellas carreras sin rumbo, por lugares que no ofrecían obstáculos, complaciéndose en hacer chapotear a sus caballos por los bajos húmedos y en levantar bandadas de patos y de chorlos que llegaban a reunirse remolineando en densa nube, y a los que Dora ponía mayor pánico agitando bien alto un junco que llevaba a modo de látigo en la diestra.
Detuviéronse al fin para tomar aliento, algunos minutos; otros tantos emplearon en marchar al trote, aflojando las riendas a sus rosillos sudorosos; y, siempre agitadas por el afán del movimiento renovaron el gran galope haciendo una extensa gira para el regreso.
Pasaron por delante de la isleta de los nidos de loros torcaces, y del boquete de los sauces.
Allí se pararon breves momentos, para mirar al río.
-¡Mi sitio predilecto! -exclamó Dora-. Hace días que no lo visito. Qué lindo es!
-¡Precioso! -dijo Nata-. Pero ya es tarde para apearnos.
-Sigamos -murmuró su hermana, suspirante-. ¡Ya vendremos!
En las «casas» las esperaban con la mesa puesta.
Con tal de que se divirtiese Dora, Guadalupe habíase resistido al paseo, y multiplicado su actividad en la faena doméstica a fin de que todo estuviese en orden así que llegasen sus amas.
Dirigiéronle éstas algunas palabras cariñosas al desmontarse fatigadas; y Dorila llegó a hablarlo con mimos, pasándole dulcemente la mano por el rostro.
—302→Cuando la joven entró al comedor, notó que Nata se -había ido al aposento de Berón. Encontrábase allí también su padre. Oiánse claros los diálogos y las risas, y mezclado a aquellos una que otra vez su nombre, pronunciado con afecto por Luis María.
La voz del convalesciente parecía haber recobrado ya su timbre claro y su vigor.
Dora se había sentado cerca de la puerta de comunicación, apoyada la cabeza en la pared, con ese abandono propio de un cuerpo que se siente cansado, o al que ha invadido una repentina languidez. En apariencia indiferente a lo que cerca de ella ocurría, trabajaba sin embargo su espíritu el pesar profundo. Quizás el esfuerzo hecho para ocultarlo hasta en el paseo, la rendía ahora abatiendo todas sus fibras.
Consideróse sin ánimo para presentarse ante el herido, y aun para seguir escuchando lo que se hablaba en su estancia. ¿No sabía ya lo bastante? Nada debía esperar, después de aquella escena que ella había presenciado casualmente y cuyo secreto guardaba en el fondo de su pecho. Luis María amaba a su hermana y era correspondida... ¡Qué dichosos!
Mientras que así pensaba, vino Nata presurosa al comedor toda sonrosada y risueña, en busca de agua para el enfermo.
Tan feliz parecía, que no paró atención en la presencia de Dora, poniéndose a dar brillo muy afanosa al vaso en que debía verter el líquido.
-¡Cómo lo cuidas! -murmuró aquella con acento duro, y un gestillo irónico.
Nata se estremeció, alzando recién la vista y notando que no estaba sola. Aquel eco inesperado le llegó a lo hondo, como una queja herida.
No contestó, limitándose a mirar a su hermana con un aire triste.
El entusiasmo de un minuto antes la abandonó de súbito, para ser reemplazado por una expresión de pena y de humildad; y en tanto llenaba el vaso, temblorosa, nubláronsele las pupilas con un velo de lágrimas.
—303→Alzó el vaso y volvióse siempre callada al aposento.
Dora se levantó y fuese tambaleante a su lecho, en el que se arrojó ocultando el rostro entre sus manos. Recorría todo su cuerpo un temblor convulsivo.
A pesar de los halagos e insinuaciones de don Luciano, que fue a verla, Dorita no se presentó en el comedor, ni probó bocado; pero, pasó esa noche en una tranquilidad relativa.
El sueño tuvo compasión de ella, y la acompañó algunas horas. Durmió sin excitaciones ni sobresaltos; y cuando despertó, observó que ya su hermana había abandonado el lecho.
Al contrario de ella, Nata no había podido dormir. Dos preocupaciones la dominaron en la sombra y el silencio: el estado de salud de Dora, y su reproche amargo...
Al ruido de los pájaros -que ansiaba con el alba- púsose de pie, menos inquieta respecto a lo primero; si bien lo segundo persistía dilacerante en su corazón, velando sus ensueños venturosos.
Fue este íntimo dolor el que la indujo a buscar alguna distracción cuando todo se mueve y alegra, hasta el gusano, bajo la luz de la mañana.
Anduvo; vagó mucho...
Más de una vez se enjugó lágrimas que venían del fondo y saltaban de sus ojos sin ella quererlo; pero este llanto suave, silencioso como el de las hojas y las flores venía envuelto en el aroma de un sentimiento apasionado y ardiente que en parte atenuaba el escozor de la pena doméstica.
¿Tenía ella acaso la culpa de haber sido preferida?
Juntas conoció él a los dos; tratáronle al mismo tiempo y lo cuidaron ellas juntas en su desgracia, poniendo cada una por su parte todo el empeño posible para ser querida... Él escogió. ¿Cómo convencerse la una o la otra de que no existía pecado que pudiese imputarse a cualquiera de las dos? El egoísmo en la pasión era natural; —304→ y ella, amaba. Explicábase recién lo irresistible del lenguaje de las afinidades sexuales y sentíase dominada en absoluto por la atracción del amor; mezclando a los encantos de su espíritu impresionado hasta el recuerdo pueril de las aves canoras, a quienes ella había visto desplegar todo el lujo de su belleza y toda la melodía de sus gorjeos para hacerse querer de sus humildes compañeras. ¡Algo parecido había hecho él con un arte encantador!
Ahora que la afligía esta pena, hallaba un consuelo en su deliquio íntimo; y por eso, cada vez que pasaba por delante del aposento de Luis María experimentaba como un ansia de verle.
En cierto momento no pudo al fin resistir.
Su padre, que dormía en el comedor en cama improvisada, era hombre a quien no sorprendía la alborada y tiempo hacía que se había ido a sus tareas en su caballo ruano de sobre-paso, en compañía de don Anacleto y Calderón. Esteban buscaba algo en la huerta para el almuerzo, en ayuda de Guadalupe.
Nata llegóse a la puerta del aposento, y llamó quedo.
Abrióse ésta de pronto, con gran sorpresa de ella; pues quien la había abierto era el mismo Berón.
El joven sintiéndose con algunas fuerzas, encontrábase de pie desde muy temprano, con el ventanillo sin gasa, como para que entrase a raudales el aire puro.
Al verle así arreglado y gallardo, aunque marchito y pálido, Nata no pudo contener una exclamación.
-¡Qué guapo!
-Ya ve V. -dijo Luís María, entrándose al comedor-. Los cuidados tiernos hacen revivir cuando vienen de ángeles como V.... ¡Pobre de mí, sin su piedad!
-¡Oh, no! Algo hice, que no vale el esmero de todos...
-Para mí, sí -repuso el joven cogiéndola de la mano con afecto cariñoso. En estos días lo que no podía hacer mi juventud ansiosa de vida, lo hizo la imagen de una mujer constante siempre ante mis ojos... ¡Gracias a V.!
Nata se sintió turbada, pero en el fondo dichosa.
Sentáronse los dos en un banco, juntos y apoyados en —305→ la pared, de modo que podían leerse en las pupilas, sin acordarse de nada -embebecidos en un solo y común deliquio.
-¡Me apena la idea de verme sano! -dijo el joven con emoción.
-¿Por qué?
-Porque, cuando ya lo esté, tendremos que separarnos...
-¡Ay, no!
-Será preciso; pero, nos veremos en Montevideo para no apartarnos más... Acabo de escribir a mi madre, que ha de sufrir por mi silencio... Le digo lo que he encontrado en medio de mis aventuras, le hablo de usted y le ruego que la ame como yo.
-¡Ah! ¿Sí?
-¡Verdad! ¡Qué más podría decirle?
Y estrechando la muy corta distancia que los separaba añadió en voz baja y dulce:
-Me quieres ¿no es cierto?
-¡Sí!
-¿Así como yo, con toda el alma?
Ahogósele la frase en la garganta a Nata, que apoyó su rostro en el hombro de Luis María, mirando con terror hacia la puerta de su dormitorio.
Él sin preocuparse de nada, la atrajo hacia sí vehemente y la besó en los labios.
Al sentir el calor de su boca, sacudió Nata la cabeza, desprendiéndose de sus brazos -y empujándole con las dos manos, tremulante- murmuró con angustia:
-Todo me quema... ¡Que no nos vean, Dios mío!
-Los ojos que viesen lo hallarán todo santo.
-¡Quién sabe!... Sea más juicioso.
Y reprimiéndole de nuevo en sus arranques apasionados, levantóse Nata encendida, con una de sus trenzas suelta y húmedos los ojos, alejándose hacia el patio a paso lento.
Poco después, Dorila se encontraba con su hermana junto a los higuerones, y decíale que había experimentado verdadero placer en saludar a Berón a la salida de su aposento; que lo había hallado muy repuesto y bizarro, aun —306→ cuando ella creía que necesitaba todavía algunos días de calma.
Mientras así hablaba, no separaba la vista de unas tintas o manchas róseas que Nata exhibía en una de sus mejillas, y que eran otros tantas huellas de aquel fuego que ella había sentido tan de cerca.
Nata comprendió la intención de aquella mirada fija y tenaz, y dolióse de su dureza. No era natural en Dora, y algo de grave debía pasar por ella. Tal vez había observado alguna de sus escenas de amor...
Viendo cómo se encendía todo su semblante, Dora cesó de mirarla; fuese rápida a uno de los higuerones de la enramada bajo cuyos torcidos brazos vivían frescos varios claveles del aire, y arrancando uno blanco mojado aún por gotas de relente, vino a colocárselo en el seno a su hermana, hablándola afable y riente, aun cuando era la suya una risa mezclada de llanto.
-Con esta flor que no es del suelo, quedarás bien con él -díjole-. ¡Debe gustarle, Natita! Verás que te lo agradece, por el buen gusto siquiera.
¡Ya quisieran ser así mis pobres alhucemas! -agregaba, oprimiendo las que tenía en el pecho y aspirando con ansia su acre aroma.
Luego, sin esperar la contestación de Nata, echó a correr como una aturdida detrás de un pajarillo que, recién emplumado surgía del alero, procurando ensayar sus alas.
Guadalupe, que miraba desde la puerta de la cocina, sintióse tentada a retozar y remangóse de súbito la «pollera», partiendo con la velocidad de una cabra montés en pos de Dorila.
Esta siguió corriendo alguna distancia en el campo, hasta que sintiéndose cansada dejóse caer sobre las hierbas.
La negra incorporósele resollante, con un pie sin chanclo perdido en la carrera y desprendido el pañuelo de algodón que llevaba en la cabeza.
Tendióse a su vez boca abajo, entreteniéndose en arrancar a puñados los pastos y en arrojárselos a su cráneo, de manera que bien pronto se vio cubierta de verde hasta los hombros.
—307→-Si estuviese aquí Don Anacleto -decía la negrilla- diría al ver este pasto lindo, niña «¡quién juera güey pa pastiar!»
Y al expresarse así, intentaba remedar al capataz arqueando las cejas y removiendo los labios pulposos.
Dora reía a sofocarse.
Y como la negra se levantase e intentara volverse, exclamaba:
-¡No te vayas Lupa, todavía!
-Sí, niña. Se me va cortar el puchero. Voy a espumarlo......
Volviéndose a recoger el vestido, hasta enseñar las dos piernas con las medias caídas, emprendió de nuevo a saltos la carrera, ni más ni menos que una ternera que brinca retozando.
Otro ímpetu de risa dejó a Dora sin fuerzas, al verle por detrás la figura.
Enjugóse aquellas lágrimas de alegría, suspirando; y se quedó en muda contemplación con la vista perdida en las campiñas...
Al espirar ese día, Dora salió a pie de las «casas», dejando a su padre y a Nata en el cuarto de Berón.
Cerca de la huerta, Esteban le alcanzó un poco de agua, que ella tomó estremeciéndose.
En las pasadas horas había experimentado vértigos, a veces simples desvanecimientos.
Dolíale un poco el corazón. Caminaba casi sin firmeza, como llevada por un vahído continuado, o en alas de un viento fuerte. Parecíale a ella misma que había disminuido de peso y que le faltaba el aplomo natural. Con todo, nada de alarmante se manifestaba en su organismo; pues, aunque débil y destroncada, ese estado era en ella muy frecuente y de angustia pasajera.
Recorrió el trayecto sin tropiezo, hasta llegar a los sauces que mojaban en el remanso los extremos de sus gajos; —308→ pero, lo anduvo de un modo maquinal, como una sonámbula, ligera, callada, lo mismo que una sombra.
Cuaró y Ñapindá, que por aquella parte del monte se agitaban la vieron con extrañeza pasar sola por el abra, e ir a sentarse en el tronco del sauce que derivaba hacia el remanso ansioso de humedad, retorcido y tenaz, hasta hundir parte de su corteza en el río.
Y se quedaron atentos, con alguna sorpresa. La hora era avanzada. Venía la noche sin celajes negros, silenciosa y apacible; pero, noche al fin. ¿Qué iba a hacer allí, aquella joven?
En aquel sitio, la arenilla blanda y lisa del ribazo formaba un manto ceniciento cuajado de chispas luminosas; un poco más allá de ese acceso suave perdíase el pie, y caíase en lo hondo -especie de hoya circuida por plantas de largas raíces, cuyas anchas hojas asomaban verdes y lozanas en la superficie. Un leve escarceo producido en las aguas por un vientecillo suave acumulaba algunas ampollas espumosas, que se deshacían sin ruido en la ribera; rielaba en el plano terso una luz tranquila sin cabrilleos, ni escamas fosforescentes; y sobre este plateado manto que cubría el dorso del abismo, deslizábanse lentos dejando en pos fugaz estela, cisnes y patos viajeros. En el cuadro de luna formado entre acacias y laureles negros, a la derecha, una lechuza errabunda y solitaria agitaba chistando sus alas color de greda, de un modo fijo y persistente -como enclavada en un punto del espacio. Bajo otra situación de ánimo, quizás habría impuesto a Dora la soledad de este paisaje; pero, en el momento a que nos referimos no parecía ella prestar mucha atención a lo que la rodeaba. Abstraída, con los ojos fijos hacia adelante cual si siguiese una visión o fantasma misteriosa que sin alejarse mucho de ella, guardara siempre una distancia regular, erguía su busto gentil todo lo que era posible sobre el tronco que le servía de asiento, atenta al centro del río, como si encima de la canal correntosa flotara en forma de niebla su ensueño.
Tenía los pies colgando en el vacío, y solía cruzarlos y columpiarlos con la regularidad de un péndulo, siguiendo —309→ tal vez el ritmo del viento y los follajes; acaso el compás de alguna música triste que ella percibía en el extraño mundo de sus sentidos lesionados.
La verdad es que su afección cerebral no le permitía pensar con la lucidez de antes, aun después de extinguida momentáneamente; recuerdos e imágenes, ideas, cariños todo surgía incompleto, a fragmentos, en confusión en su cabeza; y cuando apoderábase de alguno de esos elementos de juicio no lo abandonaba hasta haberlo desmenuzado en íntimo deleite con la fruición con que un hambriento deslíe algo de muy delicado y dulce bajo el paladar.
Y así, a solas en ese paraje -en otros tiempos escena de sus puerilidades y alegrías- vio vagar en medio de súbitos desvanecimientos la imagen que vivía en su mente desde el primer día, y que ya no le era dado contemplar sino en la sombra como una esfumación tenue, casi incolora, de una ilusión querida.
A causa de sus accesos continuos, había descuidado ya sus trenzas, y mal ceñido su cabello enredado caíale en descompuestas guedejas sobre las sienes y los ojos, sin que ella se tomase la pena de apartarlos para despejar siquiera el campo de su visual. Tenía el cutis marchito, casi lívido, y grandes líneas oscuras bajo los párpados inferiores; la respiración irregular, el pulso inseguro, el labio tremulante, y en toda la figura esparcido un aire de indolencia profunda, de tal abandono de sí misma, que al observarla hubiera inspirado pena al más indiferente.
Suspiraba alguna vez, cuando de improviso un sacudimiento cualquiera, violento, epileptiforme, de contracción o recogimiento nervioso la conmovía toda, haciéndola cogerse con las uñas crispadas a la corteza del sauce.
Pasada la impresión, quedábase muy quieta, con las pupilas clavadas en el remanso sereno.
Llegó un momento en que sintió ansias de llanto, y una especie de vapor que empezaba a sofocarla interiormente.
Sobrecogióla el terror e hizo esfuerzos por separarse del tronco, volviendo sus pies hacia el suelo firme.
Dieron un giro lento y buscaron apoyo, a pocas líneas de la tierra, rozando las hierbas; pero, el cuerpo se dobló —310→ hacia atrás como un junco contorneando el sauce con los brazos tendidos y la cabellera suelta; quiso gritar mas no pudo; y poco a poco se fue deslizando ya sin sentido, hasta sepultarse suavemente en el remanso.
Cuaró alcanzó a percibir este chapuz de ave moribunda, y dijo a Ñapindá:
-¡Vení al río, amigo!
Los dos saltaron a manera de tigres, por encima de las malezas.
Apenas distinguíanse algunos círculos concéntricos en la superficie del remanso, que se alejaban hacia las plantas acuáticas, lo mismo que los que forma la caída de una piedra y desvanece pronto el propio equilibrio de las aguas profundas. Los patos y cisnes seguían bogando serenos por el cauce, sordos quizás al ruido misterioso de un minuto antes junto al ribazo.
Cuaró arrancóse de un tirón el «cuyapí»: el chiripá quedóse tendido en el suelo como una manta.
A medio desvestir, el teniente alargó sus dos brazos nervudos hacia el centro del remanso, arqueó su tronco atlético dando un brinco sólo comparable a la corveta de un potro herido por la espuela, y se hundió de cabeza en el río.
Saltó el agua revuelta hasta mojar el rostro de Ñapindá, espumeó y formó luego un gran remolino negro.
Las aves volaron, graznando.
Los remolinos se sucedieron aquí y allá por algunos segundos, como si en lo hondo se agitara algo monstruoso, rebasando las aguas en ligeras raudas las anchas matas y «camalotes» que flotaban en la superficie.
El «tape» que iba de uno a otro lado siguiendo las ondulaciones y burbujeos con ojo de «ñacurutú», obstinado en no perder la pista, había empezado a inquietarse y tirado su sombrero, cuando un resuello semejante al ronquido del «capivara» que ha rastreado mucho los fondos sonó entre las plantas acuáticas y la cabeza de Cuaró surgió arrojando dos gruesos chorros por las narices, toda sembrada de raíces y largas guías que había destrozado con brazos y hombros en hercúleas sacudidas.
—311→A pesar de esos forcejeos formidables debajo del agua propios de un «yacaré» herido, no había largado su presa, pues traía a Dora apretada contra su robusto pecho, envuelta de la cabellera a la cintura con aquellos gajos verdes que a modo de serpientes aparecían como enroscadas en ella.
Ñapindá entró en el agua por esa parte, hasta el pecho, y le ayudó a salir con su carga, que juntos depositaron sobre las hierbas en el claro de luna.
Inclináronse los dos para mirarla bien en el rostro y notándola inmóvil y tiesa, con la boca y los ojos abiertos, el «tape» púsole sobre el corazón44 su callosa mano, que mantuvo allí algunos instantes.
Después le frotó fuerte las sienes y la frente con un pedazo de bayeta; y volvió a pulsar...
En seguida se puso a arrancarle gajos y guías, y dijo:
-Pobre la «guaynita»... Omanó45.
Con todo, colocó el cuerpo boca abajo, agregando:
-«Yopuy-janié»,Cuaró46.
Ambos hicieron entonces presión con las manos en las espaldas.
Salió un poco de agua por entre los labios descoloridos y yertos; pero, ni un suspiro, ni un movimiento de vida.
Las formas tenían ya el aspecto de rigidez.
Cuaró dio un resoplido ahogado, y se puso a vestir silencioso.
Lo hizo en un instante.
Luego se encaminó despacio hacia el cuerpo de Dora, levantándolo en sus dos brazos dulcemente, como si se tratase de un niño dormido; y echó andar rumbo a las «casas».
Por dos o tres veces quiso Ñapindá en el tránsito, rezongando, dividir con su compañero la carga, tendiendo las manos hacia el bulto de la pobre muerta; pero, él se detuvo una ocasión, y dijo con su acento bajo e incisivo:
-Dejála hermano, a la «guaynita»...
Y siguió su camino.
—312→El «tape» lo hizo también detrás callado, a tropezones en la sombra.
Cerca de la huerta, oyeron muchos ladridos lejanos que parecían venir del otro lado del paso, furiosos y constantes.
Los dos se pararon; y el «tape» se acostó, poniendo el oído en el suelo.
-El «yaguá» grita en el « cagüipe» -murmuró.
Encogióse el teniente de hombros, y continuando la marcha, entróse en la enramada.
Violos Nata penetrar allí con aquel bulto inerme, y adivinando tal vez lo que ocurría, lanzó un grito agudo y corrió a ellos.
El viejo Robledo siguió sus pasos desalado.
—313→
Atónitos quedaron largo rato hermana y padre examinando y contemplando el cuerpo de Dora, en la esperanza de que aún viviese, sacudiéndola, llamándola tiernamente primero -luego a grito herido, arrodillados junto a ella.
Cuaró y el «tape» presenciaban todo silenciosos apoyados en los puntales como dos fantasmas.
El capataz se quejaba lo mismo que un niño yendo de un lado para otro sin tino, y redoblaba sus lamentos a cada sollozo que su patrón lanzaba mezclado a algún juramento viril. Algo más lejos, Guadalupe se revolcaba en las hierbas rodeada de mastines que, con la cola baja olfateaban de vez en cuando con aire triste y gruñían sordamente. Los peones viejos formaban grupo, inmóviles, encogidos, con las barbas en el pecho bajo el peso del desastre.
Casi todos la habían visto crecer desde muy pequeñita, llevádola en sus brazos, enseñádole a jinetear y soportádole sin enojo sus bromas y travesuras inocentes. La querían como a la luz del pago; pues era rayo de sol que se entraba por todas las rendijas y escondrijos siempre alegre y riendo, espanto de la índole taciturna del paisano, incansable perseguidora de avecillas y «mangangaes», terror —314→ cotidiano del gallo criollo de empinada cresta, rapazuela sagaz de nidos, alborotadora ruidosa del bañado y del estero, sombra terrible de los lagartos de la «tapera» que acosaba de continuo con Guadalupe, deleitándose en verlos huir con las colas muy tiesas, y a la negra cogerse a veces a ellas para quedarse al fin con un trozo en las manos y caer de espaldas con los pies para arriba.
¡Ahora los bichos podían holgarse! Sin cuidado vendrían ya hasta las «casas» los centinelas perdidos de los venados y los ñandúes, y aovarían los patos bajo los cardos, y los pica-flores se cernerían sobre las enredaderas, y los abejorros se posarían sin miedo de una agresión en las entradas de sus cuevas. ¡La linda traviesa se había ido para siempre!
Por encima de todo, desaparecía con ella de las «casas» el ruido de la alegría; un ruido que no era el del cencerro -según decía don Anacleto, a quien el lloro había enrojecido la punta de su curva nariz-, ni el de las abejas y avispas, ni el de las ranas majaderas, ni el del grillo y la «chicharra»; sino el de todos los pájaros juntitos, cuando en la mañanita se iba para arriba un olor de tierra, y bajaba el arrebol a mesturarse con lo escuro.
Y era así verdad. Con Dora se extinguía la música matinal y el alegre rumor vespertino en las poblaciones, la sonrisa perenne, el aura loca de juventud comunicativa, entusiasta que hacía sonar como harpas invisibles en el silencio y la monotonía, todas las notas de la dicha y del regocijo del hogar doméstico.
De ahí el hondo duelo.
En mitad de su quebranto, el viejo Robledo levantó una y otra vez al cielo el puño crispado, y otras tantas colgóse Nata de su brazo, tapándole con la mano la boca...
Ya en calma, cargóse con el cuerpo de Dorila, y se le llevó al comedor. Quitáronle las ropas mojadas, que reemplazaron con el mejor de sus trajes, y le cerraron los ojos. Las pestañas muy negras, antes vibrátiles y llenas de brillo, realzaban el rostro lívido como dos listas de terciopelo en fondo de marfil, y contrastaban con la blancura de los dientes iguales y pequeños, cuyos arcos ponían de manifiesto —315→ los labios entreabiertos y recogidos por una última contracción de dolor.
En tanto Guadalupe cubríala de florecillas olorosas y la besaba en las manos sin consuelo, Nata peinábala extrayendo de la cabellera hojas y raíces de plantas acuáticas, e interrumpíase a cada movimiento para posar sus labios febriles en los del cadáver largos segundos, como si quisiese trasmitirle el calor de su vida.
El capataz ayudado por los peones unía algunas tablas en forma de ataúd en la pieza vecina a la enramada; y el sordo golpeteo sobre los clavos con un mazo, era el único ruido que perturbaba la calma de los contornos.
Producíanse sin embargo a lo lejos confusos rumores.
Movíase el ganado en el campo; los perros de la estancia se habían apartado de sus sitios de reposo, y el esquilón de la «tropilla» solía sonar detrás de la loma en inquieto va y ven.
Podían compararse esos ruidos nocturnos, al de un viento fuerte que atravesara las campiñas y se quebrase en la barrera de los montes con estrépito de ramas.
Cuaró y el «tape» habían desaparecido.
Era que el «yaguá» seguía ladrando con redoblada furia en el «cagüipe» como decía Ñapindá y algo de siniestro se acercaba por la parte del vado.
En la hora en que el tape y el charrúa se retiraban de las casas, un fuerte destacamento de caballería de línea venía recorriendo la costa opuesta del río en busca del paso.
Frecuentes paradas hacía en su marcha, tan irregular como las curvas interminables del monte.
Avanzaba terreno examinando todos los parajes sospechosos prolijamente, con gran ruido de armas y voces de mando, al punto de alborotar de veras la perrada cimarrona que rompió a ladrar enfurecida sin salirse fuera de las breñas.
—316→Los soldados echaban pie a tierra a cada momento, delante de cada encrucijada, matorral o boquete; escudriñaban, internándose hasta cierta distancia; volvían, se consultaban y proseguían la marcha con una fila de flanqueadores del lado del monte y una partida a vanguardia con las tercerolas listas. A veces se hacían altos prolongados; destacábanse grupos en distintas direcciones, los que se reincorporaban al núcleo poco a poco, con partes sin novedad; establecíase el servicio de exploradores aislados y bomberos, distribuyéndolos según la topografía y la importancia de los lugares, -y se mandaba quitar los frenos para que la caballería transida pellizcase un poco de gramilla.
En todo esto se entretuvo largo rato el destacamento. Ya, a altas horas, decidióse a pasar el río; y traspuso al fin el vado -ocupada previamente por su gran guardia, la orilla del espeso pajonal que se extendía a la derecha.
La tropa se corrió a lo largo del monte.
A medida que los baqueanos señalaban una «picada» o boquete, colocábase allí un pelotón con instrucciones severas; y en esa forma se adelantó camino, hasta que se dio orden de acampar.
Desde el momento en que se invadió el campo el ganado empezó a agitarse a todos los rumbos, y a introducir desde luego hasta en los llanos apartados la inquietud, que al fin convirtió en pavor el ladrido constante de los perros.
Fueron éstos los inusitados rumores que habían llamado la atención de Cuaró y Ñapindá cuando conducían a las «casas» el cuerpo de Dora; y que siguieron produciéndose hasta muy tarde de la noche, sin ser percibidos por los viejos peones de la estancia.
Venía al frente de la tropa invasora el teniente Pedro de Souza -el mismo que Luis María Berón había herido en la refriega de Maldonado, y salvado luego de las iras de Cuaró, y a quien Esteban custodiara hasta fuera del campo ocasionando con este motivo el extravío del grupo.
Souza, oficial de los Voluntarios Reales, separado como otros muchos del general Costa para acompañar a Lecor cuando éste estableció su cuartel en Canelones, plegándose —317→ al Brasil, era uno de los que merecían su confianza. Efectuada la salida de Costa de Montevideo en Febrero de 1824 y la entrada de Lecor en la capital, en Marzo siguiente, Souza repuesto de sus heridas, había sido destacado con su escuadrón a Canelones, bajo las órdenes del «brigadeiro» don Fructuoso Rivera, comandante general de la campaña, -aunque ésta su autoridad sobre las tropas regulares extranjeras, fuera solo nominal.
Meses después de habérsele asignado como punto de guarnición la villa de Guadalupe; y, pasados algunos días sobre el sangriento suceso en la estancia de «Tres Ombúes» el teniente Souza recibió orden de trasladarse al sitio con un grueso destacamento, purgar los montes de «matreros» en esa parte, ocupar el campo, y remitir a Montevideo bajo severa custodia al propietario del mismo y a sus peones.
El teniente Souza conocía a la familia de Robledo, y tenía por ella especial estimación. Tal vez fuese egoísta, la causa verdadera de este afecto.
Sabía él que la familia se encontraba en la estancia, y no queriendo confiar a un subalterno implacable su delicada misión, resolvióse ir en persona a fin de hacerla menos dura e imponer el respeto necesario a sus soldados exaltados por la muerte de sus compañeros.
Tampoco ignoraba que en el monte se guarecían los matreros en gran número, y matreros terribles, a juzgar por el resultado de la refriega: gente aguerrida y de audacia que era necesario sorprender y exterminar en sus propios escondrijos con labor paciente, ya fuese atacándola en esos parajes oscuros, ya obligándola a rendirse por medio de un sitio riguroso y de una vigilancia extrema.
De ahí las medidas adoptadas durante la marcha, y la ocupación de la entrada de los boquetes por la tropa.
Pudo hacerse todo eso, y acamparse sin recelo; pues nadie se opuso a ello, ni se presentó tampoco hombre alguno a protestar contra los que así procedían.
Los habitantes del monte se encerraron en sepulcral silencio.
Esa quietud profunda, perturbada47 solamente por el ladrido —318→ de los perros, tenía sin embargo en zozobra al destacamento, que pisaba un terreno desconocido, hacía pocos días teñido con la sangre de camaradas cuyo exterminio venía a vengar. Temía y resguardábase de una sorpresa posible.
La noche no obstante, pasó tranquila.
Salvo el alboroto del ganado y los aullidos de los cimarrones nada ocurrió de notable, ni percibirse pudo ruido alguno que denunciase la presencia de gentes en el interior del bosque.
El teniente48 Souza llegó a tranquilizarse a este respecto, y hasta hubo de convencerse que los matreros debían haber cambiado de guarida por espíritu de conservación propia.
Al siguiente día, después de inspeccionar por sí mismo todos los puestos y de redoblar las guardias en «picadas» e isletas, púsose en marcha a las poblaciones de «Tres Ombúes» con un piquete de diez hombres.
Recorrió al paso la distancia larga que separaba aquellas del vado; y era ya muy entrada la mañana, casi el medio-día, cuando a una o dos cuadras de la huerta un acompañamiento extraño-, fúnebre al parecer-, llamóle la atención.
Dio la voz de alto a su gente; y poniendo espuelas a su caballo reyuno bien enjaezado, con pistolas de arzón, aproximóse al grupo al gran galope seguido de dos soldados.
El grupo se detuvo al verle venir.
Cuatro hombres que llevaban sobre sus hombros un cajón, depositáronlo cuidadosamente en el suelo.
El acompañamiento se reducía a ocho personas, entre las cuales se contaban don Luciano, Luis María y Esteban. Los demás eran peones del establecimiento con don Anacleto a su cabeza. Éstos llevaban un pico y una azada; y Guadalupe que hacía parte del grupo, un gran montón de flores agrestes apretadas contra el pecho.
El cajón contenía los restos de Dora.
Souza reprimió el galope de su caballo, y al reconocer a Robledo y Berón saludó cortésmente, echando pie a tierra.
Algo turbado sintióse al avanzar, si bien la dureza militar —319→ se revelase en todos sus gestos y movimientos. Impúsole la naturaleza del espectáculo, tanto como el continente grave y adolorido del hacendado.
Al acercarse preguntó que a quién se iba a sepultar, fijando al mismo tiempo una mirada escudriñadora en el grupo.
Enterado, pareció experimentar una viva sorpresa; adelantóse unos pasos hacia el féretro, volviendo a fijar sus ojos en todos los semblantes; pero, no exigió que se descubriera el cajón, ni pidió mayores explicaciones.
El rostro de Robledo confirmaba bien a las claras la veracidad del dicho, con su expresión adusta y sombría. También en los de los demás se reflejaba elocuente la congoja del duelo, a la vez que una extrañeza mezclada a inquietud ante la visita inesperada.
Después de oír la respuesta de don Luciano, el oficial se quitó el morrión y acercándose a él, le oprimió en silencio la mano. Al divisar a Luis María, una sonrisa afectuosa suavizó su ceño, y tendióle también la diestra sin repugnancia con el brazo muy estirado, cuadrándose bizarramente.
Berón correspondió al saludo.
-¡Pueden ustedes seguir! -dijo el teniente Souza en buen castellano.
Y sin cubrirse, colocóse a un flanco del cortejo, marchando junto al ataúd.
Ninguno contestó una palabra; todos continuaron el camino emprendido hacia el declive de la loma, a espaldas de la huerta, sin impaciencias ni sobresaltos visibles.
El único que iba débil, extenuado, vacilante era Luis María. Devorábale tina intensa fiebre ocasionada por la reapertura de una de sus heridas mal cicatrizadas, durante una noche de vela.
Don Luciano, que había ido a buscar junto a su lecho un desahogo a su dolor, inmediatamente después de trasladar a la pieza del centro el cadáver de Dora, no pudo conseguir que el joven permaneciera en reposo. A pesar de sentirse casi sin fuerza para la velada habíase puesto en el acto de pie, desoyendo las amistosas advertencias de Robledo, —320→ y pasado a la estancia mortuoria. Recién al rayar el día, vencido por la fiebre que en parte había aumentado una cavilación penosa delante del cuerpo inanimado de Dora, echóse en su lecho -al que llegara tambeleando lleno de zumbidos y desfallecimientos. Varias horas se había conservado inmóvil sacudido de vez en cuando por las agitaciones de un sueño cercano al delirio; hasta que haciéndose superior a su flaqueza se resolvió a reunirse al acompañamiento.
Una vez en el sitio escogido detrás de la huerta abrióse una fosa colocándose en ella el féretro, que fue cubierto cuidadosamente con una gran capa de tierra.
Guadalupe esparció sus flores por encima, y clavó una cruz hecha de ramas de laurel negro en un extremo de la sepultura.
Después, cuando todos se retiraron, la pobre esclava se sentó en el suelo y quedóse inmóvil como una idiota con las manos juntas y los ojos fijos en la tierra recientemente removida.
Cerca de las casas y ya de vuelta, Berón sufrió un vértigo y hubo de apoyarse en el brazo de Don Luciano, quien con ayuda de Esteban lo condujo a su lecho en un estado de completa postración.
Souza, que iba examinándolo todo en sus menores detalles, apercibióse de los heridas que Luis tenía en la cabeza, envuelta en vendajes; y dedujo que ellos no podían provenir sino de la refriega reciente.
Nada indagó sin embargo, para confirmar su sospecha. Un sentimiento de gratitud sellaba sus labios.
Robledo, comprendiendo que la venida del oficial con su tropa no debía tener otro objeto que el de apoderarse de su persona y de sus peones, dado el sistema de persecuciones implantado en la campaña, encaróse con aquél en el patio resueltamente, diciéndole:
-¿Viene V. a prenderme? Prevéngole que estoy listo.
—321→-Esa misión traigo, señor Robledo.
-¡Quedo a sus órdenes! Pero, voy a hacer a V. una súplica; y es la de que sea V. menos riguroso por ahora con ese joven que está imposibilitado de marchar a causa de una fiebre que lo consume...
-Ese joven y su asistente -interrumpióle Souza- quedarán aquí bajo custodia, y aseguro a V. que serán respetados... Siento sí, haber llegado a su estancia en horas de duelo para V.; mas, un suceso muy grave ocurrido no hace mucho en este campo ha determinado la medida que no quería yo ejecutase otro, en el deseo de hacerla menos dura...
-Gracias. Advierto a V. con todo, que tengo la conciencia tranquila y que era yo el que podría reclamar con derecho. Pero, me resigno. Casualmente tenía resuelto bajar de un día para otro a Montevideo a fin de presentar mis protestas y esto viene a precipitar en buena hora esa determinación, pues la desgracia que tanto lamento me haría insoportable en estos días la permanencia en la estancia... Algunas cosillas quedaban aún por hacer; pero ya ni gusto tendría para ello, ni valen tampoco la pena, desde que la propiedad es del primero que se le antoja echarle la mano. ¡Qué diablos! Es preciso conformarse con los sucesos y tomarlos como vienen, que ni ellos son nunca como debieran ser, ni uno es onza de peso justo para que todos lo quieran... Por lo demás amigo Souza, Vd. está en su casa y mande lo que guste, que yo voy a disponer se arregle mi volanta vieja para el viaje con lo que queda de mi familia.
Nada contestó el oficial.
En su rostro se reflejaba viva una expresión de condolencia que no se esforzaba él tampoco de disimular; y viendo alejarse a don Luciano, encaminóse a su vez callado hacia la enramada.
La tropa había formado a espaldas de ésta.
Don Anacleto, Nereo y Calderón se encontraban entre sus filas en calidad de presos. Esteban también figuraba como tal, en primera línea.
Souza estúvose observando breves instantes a aquellos —322→ hombres, y considerándolos sin duda muy viejos y casi inofensivos, tal vez inocentes -como en realidad lo eran- del delito que se les imputaba, pareció hesitar, y luego ordenó al sargento del piquete que les diese soltura.
Así lo hizo el sargento.
Los tres peones sorprendidos saludaron al teniente y juntos dirigiéronse hacia el monte sin tino y al trote menudo, volviendo las cabezas sin cesar para ver si algún pelotón de tiradores les estaba apuntando a las espaldas. No notaron en medio de su pasmo, que la soldadesca se reía.
Entráronse al monte aturdidos y atropellándose en el abra para ganar el escondite, ni más ni menos que tres lagartos viejos acosados por las avispas que quisieran entrarse al mismo tiempo en un agujero.
Pedro de Souza llamó después a Esteban, y díjole:
-Así como tu amo, te portaste bien conmigo en aquella refriega... Ya ves que me acuerdo. Tu amo está enfermo y necesita que lo asista un buen servidor; tú te quedarás a cuidarlo, y yo daré orden a la tropa que queda también para que sean auxiliados en todo... Mi deber era fusilarte, pero soy agradecido. ¡Procura no caer en otra!
El negro se cuadró y saludó militarmente.
Nata que presenciaba todo aquello desde el ventanillo, apresuróse a salir de su aposento, hechos ya los últimos preparativos de viaje.
A la palidez profunda de su rostro uníase una expresión de encono y de dureza -reflejo fiel de contrariedades violentas mezcladas a un gran dolor íntimo.
¡Cuántos sucesos y amarguras en tan pocos días!...
Zumbábanle las sienes y sentía una punzada cruel en el pecho.
Salió como alelada.
Al pasar vio entreabierta la puerta del aposento de Luis María, y entróse sin detenerse impulsada por una fuerza superior a sus escrúpulos.
Verdad que ella andaba como una sombra.
-Nos llevan -dijo con voz trémula-. Pero... a ti te dejan.
—323→El joven, devorado por la fiebre, incorporóse en su lecho, y tendióle los brazos.
Nata fuese a él, preguntando:
-Debo ir ¿verdad?... Esos hombres esperan.
-¡Sí! Acompaña a tu padre.
-Voy con él. ¡Cómo había de dejarle!... ¿Irás pronto a Montevideo?
Estrechóla Luis en sus brazos, y contestó balbuciente:
-Prometo estar allí en cuanto cure. ¡Esto pasará!...
-Quiera Dios que sea así -repuso ella uniendo al del joven su rostro-. Llevo pesar al irme... Está tu cara ardiendo.
Sin apartarse cogió el vaso lleno del brebaje de corteza de quebracho y se lo puso en los labios. Él tomó y dijo:
-Mañana acabará la fiebre... Cuando estés allá, ¡no te olvides de mí!
Estrechóle Nata en un arranque poco común en ella, y le besó en silencio dos y tres veces, con los ojos llenos de lágrimas.
Fuele duro el desprenderse.
Así que salió, no sin volver a cada paso la cabeza más hermosa y atrayente que nunca en medio de las intensas tribulaciones de su espíritu, Luis María ya sin fuerzas se desplomó en su almohada.
Pocos minutos después, cuando en realidad su fiebre había llegado a un grado alarmante, sintió la voz clara y enérgica de don Luciano que se despedía de él, y le oprimía con gran fuerza la mano.
No entendió bien lo que le dijo, pues el delirio empezaba a apoderarse de su cerebro; pero, bien luego sintió el rodar de un carruaje y pisadas fuertes de caballos, cada vez menos perceptibles a medida que se alejaban...
Era la comitiva que partía rumbo a Montevideo.
—325→
Durante muchos días el paciente no ofreció mejoría sensible, sufriendo frecuentes ataques de fiebre.
Esteban en compañía de don Anacleto y los otros peones, que habían regresado a las poblaciones al día siguiente de la partida de don Luciano, de Nata y de Guadalupe, tranquilos ya respecto a la actitud asumida por la tropa que vivaqueaba en el campo, pusieron el mayor celo en el cuidado del herido. A ese empeño debióse en mucha parte que la reacción se operase al fin, y empezara en la tercera semana la convalecencia.
El tacto exquisito de la mujer faltó al enfermo, y más que esa solicitud seguramente el encanto que en su rededor esparcía la bella enfermera haciéndole más grata la estancia y más deliciosa la atmósfera que respiraba; con todo sea dicho en honor de Esteban, que a su cariño extremoso debíase en primera línea el restablecimiento completo.
Luis María llegó a ponerse de pie y a sentirse fuerte.
A pesar de ello, para su ánimo abatido y sus tristezas prolongadas no había realmente compensaciones: el recuerdo dulce de Nata y los ensueños de la patria bastaban apenas a neutralizar los efectos de la amargura, entreabriendo su espíritu a la esperanza.
—326→Aislóse por completo...
Encerrado en aquella morada silenciosa en que un día brilló la dicha por él quizás perturbada en mala hora, movíase de una a otra habitación como un sonámbulo, sintiendo ansias a veces de escapar y de correr sin rumbo a través de los campos respirando mucho aire puro bajo un sol ardiente, en la creencia de encontrar a su paso escuadrones armados que le cediesen siquiera el último lugar en sus filas.
En otros momentos, su imaginación herida por el recuerdo, borraba las sombras de la soledad, y exhibíale mirajes de ventura y de adorable paz junto a aquella mujer que había endulzado sus penas cuando él no abrigaba ni quería abrigar en su pecho otro culto que el del patriotismo con todos sus ideales seductores, sus ilusiones blancas, sus vírgenes laureles; pero, bien pronto se sucedían a estos vuelos de candorosa fe las caídas melancólicas del desaliento, tan semejantes a los fríos que brotaban del pequeño valle desolado así que el sol se escondía.
Creía sin embargo que la lucha sobrevendría pronto, y que su solo rumor mataría sus impaciencias. La lucha debía sobrevenir.
¿Cómo dudar de ello?
¿Cómo dudar de la tendencia ingénita de los criollos que habían empezado por aprender la libertad natural muy cerca de las tribus, a admirarla en el salvaje, en la bestia indómita, en el ave corredora; a formarse una idea sobre la personalidad propia y sobre el derecho de dominio a la tierra, tan absoluto e invencible, que entrañaba como derivado lógico la incubación de un espíritu exclusivo, de un carácter típico y de una sociabilidad nueva?
Lo cierto era que las guerras sostenidas por Artigas en vez de debilitar estas tendencias, habíanles dado auge por el contrario, vinculándolas así a sacrificios de sangre que debían recordarse poco después como tradiciones incorporadas a la tierra y orígenes gloriosos de una joven historia.
Cada vez que ahondaba así el problema, crecía un grado su fe.
—327→La índole de los hechos producidos durante esas guerras fueren cuales hubieren sido sus causas determinantes, interesaba poco tratándose del fenómeno sociológico de transformación étnica que venía operándose por evolución rápida en todos los grandes núcleos de la que fue enorme colonia. Buenos o malos aparentemente o en realidad, por su forma y naturaleza, esos hechos precipitaban los fenómenos del cambio, mas no lo producían propiamente: la transformación étnica -fenómeno natural- creaba nacionalidades independientemente de las fórmulas políticas, en armonía con las condiciones de cada región y clima, las diversas influencias de razas y las costumbres locales.
Así iban sufriendo en vastísimas comarcas, sobre las cuales sólo un despotismo recio pudo ejercer por algún tiempo una acción unitaria, argentinos, orientales, paraguayos y bolivianos. Las influencias de razas y de costumbres habían contribuido en primera línea, y también las condiciones de zona: el pampa, el araucano, el charrúa, el guaraní y el colla no pertenecían al mismo centro. Esparcidos a todas los rumbos del cuadrante, miraron desde el principio bajo prismas muy distintos los horizontes. En sus rozamientos con los criollos se originaron diferencias y se establecieron distancias que hacían imposible la acción de toda metrópoli.
Dada pues la naturaleza del terreno respectivamente, y la calidad de la semilla, el desarrollo y crecimiento de ésta dependía de circunstancias. Podía malograrse la obra, como hubo de suceder desde sus comienzos; pero la garantía del éxito estaba en la energía de la raza.
A esta energía propia obedecería a no dudarlo el movimiento futuro...
En medio a su sombría meditación, el joven se alborozaba a la sola idea que saldría al fin del círculo de los combates oscuros para entrar de lleno en la iluminada escena de las batallas en que las nacionalidades incipientes para afianzarse, llevan con denuedo heroicas cargas a fondo sobre enemigos cuyo número no cuentan, y cuyos ideales y banderas no se parecen a la bandera y al ideal de sus soberbias nativas.
—328→Vencido por un deseo violento de romper con las monotonías del encierro y sus tristezas inherentes, dijo una noche a Esteban que aderezase su caballo para el día próximo al rayar el alba, pues era a esa hora que quería realizar su paseo.
Cuando el alba apuntaba agitándose aún él semi-dormido en el lecho, parecióle como cosa de entre-sueños que un clarín sonaba tocando diana, -una de esas dianas entusiastas y viriles que se oyen después de una victoria y cuyos ecos no se borran nunca en el oído del soldado que ha cumplido con su deber.
En vano frotóse los ojos e incorporóse en el lecho para persuadirse de que estaba en error, o que aquello era una ilusión blanca -último fenómeno sicológico de sus pasados delirios.
El hecho era cierto: el clarín sonaba vibrante llenando el espacio todo con las notas de la diana soberbia, y a esas notas se unían vigorosos los gritos de muchos hombres que parecían sufrir iracundos de la tierra estremecida.
Luis se arrojó de un salto de la cama, y corrió al ventanillo.
Por allí nada se veía; llegaban más perceptibles sin embargo los sones del clarín y las voces formidables del lado opuesto, alzándose la de Cuaró sobre las otras como se eleva sobre el estruendo sordo de las olas el silbido agudo del huracán.
Si hasta ese momento se había resistido a creer, ya no le quedaba duda. Aquel alarido del charrúa noble dominando el estrépito, anunciábale un acontecimiento extraordinario.
¿Cual podría ser?
Algunos días antes había oído decir que la tropa brasilera había perseguido sin éxito al capitán patriota José Casas que andaba reuniendo caballos «con un fin sospechoso» y bien luego supo que la campaña toda estaba tranquila, sin que hecho alguno autorizara a creer que se madurasen empresas de trascendencia.
—329→Aquellos ruidos inesperados pues, de armas y clarines, al propio tiempo que lo llenaban de sorpresa, introducían en su ánimo indecible júbilo. En alas de sus anhelos patrióticos, y del ideal que de su tierra se había formado, presentía un gran suceso -de esos que se incuban en el seno de las increíbles osadías y temeridades y que prepara como en las reacciones químicas- el principio activo y enérgico, que en toda sociabilidad robusta mantiene el impulso poderoso y da dirección casi inflexible a las tendencias que en su hora histórica arrastra hombres y muchedumbres al cumplimiento de sus destinos.
De dónde venía ese esfuerzo, no podía adivinarlo; pero, por el instante, sentía bien claros en la atmósfera sus hálitos de fuego y sus bramidos.
Oía diana, y toques de llamada. ¿Qué más? No había que trepidar. A pocos pasos de allí parecía que se estaban batiendo, aun cuando los gritos eran de triunfo, sin complemento de detonaciones y choque de hierros.
Desde luego, él había hecho bien en no rendirse al desaliento.
Empezaba a cosechar los frutos de su perseverancia, rara virtud madre de todas las iniciativas y origen de todos los cambios, que él poseía en alto grado con el espíritu de empresa aun cuando recién entraba a las agitaciones de una lucha, decirse puede -sin término ni medida.
Aprestábase agitado y febril para lanzarse fuera, cuando Ladislao, trayendo en la diestra un sable desnudo, entróse en su aposento precipitadamente, gritando con acento enronquecido:
-¡Todos los pagos revueltos, desde el Arenal Grande aquí!... ¡Volvemos a la pelea de otras ocasiones! La gente toda anda como ganado arisco de pago en pago, y en esta hora mesma acaba de meterse en el campo una partida que ha tomado prisionera la fuerza portuguesa que nos bombeaba hace días, sin dejar escapar ni uno solo...
-Me explico así que usted haya podido salir del monte... ¡Viva la patria! -gritó Luis María, transformado de súbito, como si una fuerza extraña hubiese conmovido todo su organismo trasmitiéndole un vigor asombroso.
—330→-¡Y viva Lavalleja! -contestó el «matrero» con otra voz igual a un rugido.
Aquellos dos hombres se arrojaron el uno hacia el otro y se abrazaron, en un fuerte y estrecho abrazo...
El uno, culto, delicado, lleno de ensueños hermosos, representante casi ignorado de la clase civil honesta, heraldo de luchas de aliento, apóstol desconocido de ideas levantadas, intérprete de pasiones generosas; el otro, tipo agreste y rudo, músculo brutal poderoso, instinto fiero de licencia, órgano caracterizado de las armonías y conflictos del desierto; los dos, miembros de una misma familia personificando respectivamente, ya las costumbres de la ciudad con sus reglas y prácticas disciplinarias, las propensiones al orden, el respeto a los principios y deberes morales, los sentimientos del hogar y de la patria iluminados por la inteligencia y la instrucción; ya las crudezas del bosque y la llanura, las tendencias a la anarquía, el desprecio al poder y al peligro, la pasión por el pago y la existencia errabunda, y la soberbia de origen en toda su plenitud imponente. Así Berón y Ladislao, al estrecharse de un modo fraternal sin preocuparse de escrúpulos o de resabios, sellaban el pacto de la cultura y de la semi-barbarie en holocausto a la grandeza de la causa de que ambos eran fieles defensores.
¡Como proyecciones al futuro, quizás los ideales del uno y los instintos del otro diseñasen los lineamientos de una honda división en la familia que debía operarse con el tiempo, partiendo en dos el mismo tronco y esterilizando en gran porción su savia próvida y fecunda!
Después de aquel abrazo en que se habían confundido todas las aspiraciones patrióticas y los ímpetus del valor, los dos hombres se precipitaron fuera.
La escena presentaba un aspecto lleno de vigor local.
Veíase a lo largo del declive una doble fila de jinetes con sus lanzas en alto, prontos para la marcha. Lucían banderolas —331→ tricolores, blancas azules y rojas. A retaguardia teniendo detrás una custodia de hombres de tercerola, encontrábanse desarmados y en grupos los soldados del destacamento brasilero, con excepción de algunos que habían perecido en la sorpresa y cuyos cuerpos yacían tendidos en diversos sitios. Berón pudo distinguir a la cabeza a Cuaró, a Esteban y a sus compañeros del bosque inclusos los tapes fieles de Soriano, a don Anacleto empuñando una lanza de clavo y a Nereo y Calderón con algunas mujeres, entre ellas Mercedes, cuidando de las tropillas de caballos reunidos a un flanco.
A juzgar por las aclamaciones reiteradas, las voces roncas, las risas estruendosas y los gritos aislados pero atronadores que se unían a los ecos del clarín en bélico consorcio, todas las vehemencias y arrebatos imaginables se habían conglobado allí para una expansión capaz de aterrar a los mismos habitantes de la selva. Y al observar cómo algunos de aquellos hombres corrían frenéticos arma en mano tendidos sobre el cuello de sus caballos de guerra cual si quisieran dividir en trozos el aire, cruzándose por detrás y por delante en siniestro torbellino, los prisioneros acompañaban con sus estremecimientos el ritmo de las hojas y del aura, y la hueste parecía experimentar en su incorrecta línea la emoción que suscita un viento de tempestad.
En la atmósfera rojizo polvo, el ganado huyendo, el sol asomando apenas su disco en el horizonte detrás de la cuchilla enhiesta envuelto en bruma como en un velo sangriento, el vocerío cada vez más siniestro, el clarín ya sin concierto como una trompa salvaje que agitara el espacio con aullidos de fieras, el golpear incesante de la caballería, los perros ladrando con furor, los vítores a la libertad y la independencia repetidos por los ecos lejanos con los demás rumores del tumulto -todo en su conjunto y menores detalles, daba al cuadro que se desarrollaba al frente un colorido vivísimo de emoción intensa y violenta, pues que eran las pasiones desencadenadas del elemento de fuerza las que se exhibían desnudas y temibles, como la lanza que el jefe blandía airado dirigiendo su hierro hacia la luz del levante.
—332→Este jefe, era el capitán de blandengues Ismael Velarde.
Ante aquel desorden Luis María se cruzó de brazos y pareció conmovido, fijos sus ojos en el espectáculo. Después montó a caballo murmurando bajo estas palabras, que parecían la expresión final de un soliloquio profundo:
-Instintos indomables y músculos de acero: de vosotros es la obra.
¡Ya empieza a amanecer!
FIN
—333→
Achura -Las entrañas del animal vacuno u ovino, como los riñones, el corazón, el intestino, el hígado. El penúltimo si es delgado, denomínase49 «chinchulín»; y suele constituir el primer bocado del campero antes del almuerzo, asado a fuego vivo, con premura -como para satisfacer cuanto antes un apetito desordenado.
Aguaciles -Entomogr.- Libélulas. Estos insectos pululan y desfilan en largas columnas en los zanjones en días nublados, y anuncian viento o lluvia. De ahí su nombre vulgar. Véseles también en gran número dispersos por los campos bajos y cardas, en cuyas flores se posan para chupar el jugo.
Aguará -Fauna indíg.- Zorro grande que sigue siempre el rastro del tigre o del puma; se mantiene de sus despojos. Especie indígena, como su nombre, va ya en camino de su extinción completa, siendo muy raros sus ejemplares al norte del Negro. -Su nombre proviene del guaraní: AGUARACHAY, (canis Azara). Del género de los zorros -chacales, tiene la cara blanca, las orejas y la garganta amarillas, y negros el bigote y el extremo del hocico, lo que, unido a la calidad del pelaje en parte lanoso y en parte cerdudo, lo singulariza entre los de su especie.
Apereá -Fauna indíg.- Ratón agreste -«cavia australis»- el más común del orden de los roedores. Carece —334→ de apéndice caudal. Hace su nido entre las masiegas y al borde de las lagunas, y vive en agrupaciones más o menos considerables. Su tamaño es superior al del ratón urbano o doméstico.
Apero -El conjunto de las piezas o prendas que constituyen el «recado» de los hombres de campo, desde el bozalejo hasta la rienda, y desde el sobre-puesto de cuero hasta la carona y la bajera, sin excluir el pretal, maneador y lazo.
Bagual -Caballo nuevo que no ha sufrido domadura, y por único manoseo, el corte de las cerdas -Vésele siempre incorporado a las grandes manadas de yeguas ariscas.
Blanquillo -Bot.- Especie de las euforbiáceas, árbol de talla mediana cuyo nombre proviene del color de su madera, útil para construcciones.
Bichoco -El mancarrón maseta o rodilludo, que ha entrado en la clase de los inservibles como elemento de movilidad en la guerra, o en las faenas de campo: «dos veces chueco», o sea, defecto de la chueca en las coyunturas de las rodillas o de los pies.
Biricuyá -Flo. indíg.- La pasiflora- o Mburucuia-, del guaraní. -Fruto de un arbustillo trepador del tamaño de una bergamota color anaranjado cuando maduro, de poco cuerpo y semillas purpurinas, que abierto destila un zumo azucarado y princoso, y gustado repugna por su dulzor excesivo y agreste. La planta busca siempre apoyo en los troncos, y si no los hay, en las hojas de los agaves o en los pitacos. -Es la conocida en botánica con el nombre de pasiflora, granadilla o pasionaria, siendo también este último el de su flor de un tinte azul-violeta. -Biricuyá, ponemos al principio, porque así la llamaba el gaucho corrompiendo el vocablo verdadero: «murucuyá».
Bombacha -De bomba, por su esfericidad. Calzones amplios de merino u otro género de mucho vuelo, que, suplantando al pantalón o al chiripá, dejan libre el movimiento de las piernas, con las ventajas de uno y otro en el ejercicio continuo del caballo. Es de uso muy general en el campo, actualmente, y denuncia un grado de progreso sobre las costumbres primitivas como reemplazante del chiripá, que a su vez lo fue del chepi.
—335→Bota de potro -Calzado del gaucho de antaño. Como lo indica su nombre, fabricábase con la piel de potro bien sobada y distendida, -muchas veces hasta adquirir la flexibilidad de la cabritilla-. Extraíase50 comúnmente de los remos del animal. Estas botas estaban abiertas en sus extremos, para dar salida a los dedos; y, aunque blandas, requeríase para su uso cierto cuidado y baquía a fin de no desollarse la epidermis. De ahí la locución local: «no es para todos la bota de potro». El progreso de las costumbres las ha desterrado con las grandes «nazarenas»; y difícilmente se hallaría hoy un campero que las llevase ni en los valles más solitarios de la sierra de los Tambores.
Bohanes -Etnog.- Agrupación de indígenas que habitaba a la orilla oriental del Uruguay, en la zona norte del Negro, y cuyos orígenes son poco conocidos; pues como otras tribus errantes no han dejado tradiciones ni recuerdos. Algunos creen que los bohanes, a la vez que los charrúas, chanaes y yaroes, tenían un lenguaje peculiar, hablándolo distinto cada una de las cuatro parcialidades; otros suponen que todas esas tribus eran sencillamente porciones separadas de la gran familia guaraní que -como se sabe- se extendía a vastísimas comarcas en esta región de América. Casi autorizaría a esa hipótesis, la circunstancia muy especial de pertenecer al idioma guaraní en la zona uruguaya, desde el gran río hasta las costas del Océano, la mayor parte de los nombres locales. Sea de ello lo que fuere, ni una sola de esas tribus dispersas dejó rastros de su idioma, sobreviviendo a su extinción el de los «tapes», cuyas pequeñas poblaciones al sur del Negro contaban muchos años de existencia antes de la desaparición por el hierro y el fuego de la parcialidad charrúa. -Fue ésta la que, como a los yaroes y a los chanaes, exterminó a los bohanes, quedando dueña del territorio en mucha parte- hasta la matanza de la Cueva del Tigre.
Butyhá -Fl. indíg.- Nombre que los charrúas daban al fruto del árbol llamado «yathay» sub-género de palmera no muy común en nuestro clima, pero de la que existen bastantes ejemplares cerca de la costa del océano y en las riberas del Uruguay. Es elevado, con el tronco cubierto de —336→ pedúnculos, y da una savia próvida a la menor sangría. Su fruto, de un sabor agradable aunque áspero y silvestre, se produce apiñado en grandes racimos. -A la sombra del «yatay» perece toda vegetación, como si no bastase a sus raíces la fecundidad de la tierra toda que lo circunda. Los indígenas y los gauchos errantes solían derribar los más hermosos, cortándolos por el tronco casi al nivel del suelo, al solo objeto de aprovechar de sus «cachos» sabrosos; de la misma manera que daban muerte a una vaca con el solo fin de cortarle la lengua o el sobre-costillar que quedaba a la vista, abandonando el resto de la res a las alimañas.
Caballada -Gran número, de miles a veces de caballos, que se arrean a retaguardia o al flanco de los ejércitos en las guerras, como reservas para el relevo; o que se trasladan en venta a los territorios limítrofes.
Cambará -Fl. indíg.- Planta medicinal a la que se atribuye singular virtud sobre las enfermedades del pecho, y que como tal se recomienda bajo la clasificación científica de «moquinia polymorpha.»
Cañada -Hidrogr.- En la forma en que empleamos este vocablo no ha de entenderse ninguna de sus múltiples acepciones, según el diccionario de la lengua: ni el espacio comprendido entre dos montes o alturas poco distantes entre sí, o sea una garganta, ni la tierra señalada para que los ganados merinos o trashumantes pasen de sierra a extremos, ni cierta medida de vino usada en algunas provincias de España, ni toda la caña o tuétano de un hueso de animal vacuno; -sino una pequeña corriente de agua que tiene comúnmente su origen en los arroyos y esteros, y cuya extensión es tan limitada como los vallecicos y terrenos hendidos que recorre merced a cuencas reducidas trabajadas por las aguas pluviales en el suelo blando-. En Cuba el vocablo tiene también esta significación.
Carancho -Ave de rapiña muy común en los campos. De un tamaño regular, ojos avizores rodeados en la córnea por un disco amarilloso, pico ganchudo y recio, miembros fornidos y duras garras, de un plumaje gris oscuro sembrado de estrías blanquecinas especialmente en las extremidades de las alas, que tiende con cierta majestad en —337→ los aires-, esta ave hace presa de los polluelos y arranca los ojos a los corderos moribundos. -Ornit.- CARACARA-VULGAR.
Carchar -Despojar al vencido de sus prendas, vestidos, o arreo durante la pelea, en medio de la carga o después de aquélla.
Carguero -Carguío. En la vida militar lo que lleva una bestia de tiro, consistente en palo y lienzo de carpa o tienda de campaña, maletas y útiles de vivac.
Carpincho -Capivara o Cabiay. Fauna indíg.- El «capivardo» del Dicc.- Mamífero que abunda a la orilla de los ríos y arroyos -el más grande del orden de los roedores- alcanzando casi en sus proporciones al tamaño de un cerdo de dos años. Se alimenta especialmente de peces, de semillas, raíces y aun de frutas. Pesca con las uñas zambulléndose a las mayores profundidades, en las que suele permanecer largos instantes en caso de acecho o peligro. Pocas veces se aparta de las riberas a causa de su torpeza para la fuga rápida, proviniendo aquella de la estructura original de sus pies largos y chatos que imposibilitan sus movimientos. La piel de este animal curioso sirve para varios objetos de industria; con ella suelen fabricarse buenos correajes para fornituras militares y sillas de caballo.
Sin duda, a causa de sus condiciones de anfibio, en el Paraguay la gente de los campos le llama capiiguá -de capí- pasto, de ï- agua, y de iguá- cielo, significándose así de un modo pintoresco que el carpincho es un ser que vive del pasto, del agua y del aire.
Carpintero -Ornit.- Defínelo el Dicc. de Domínguez, en su suplemento al Nacional, diciendo que «es el nombre de un pajarillo de la Isla de Santo Domingo, tan grande como una alondra, el cual penetra con el pico en el corazón de las palmeras y les saca el meollo.» - Debemos añadir aquí que ese pajarillo existe en nuestros bosques; y que, si saca el meollo a ciertos árboles, -el sauce entre ellos-, es ante todo para construir su nido taladrando en forma de ángulo recto la madera.
Cebadura -La cantidad determinada de yerba-mate que regularmente se pone en la calabaza para ser tomada —338→ en infusión por medio de una cánula de metal que termina en flor y a que se llama «bombilla». La cebadura se renueva después de sorbidos algunos «mates».
Cebato -Llamábase así a la pared que se construía con terrones llenos de raíces fuertes, las que una vez secas daban consistencia al conjunto, y aun cubrían de un tapiz verde el exterior por la fuerza de su savia-. Ninguna identidad existe pues, entre el cebato a que nos referimos y, la planta arábiga, cuyo tronco tiene según se afirma, el don de asimilarse los objetos que se le acercan. -El cebato por otra parte, se diferencia del adobe, en que éste es ladrillo sin cocer -secado a la sombra- y el primero no es más que tierra extraída a golpe de pala y superpuesta a trozos más o menos iguales y simétricos.
Cola de zorro -Hierba que ya seca e inservible para el ganado, remata sus extremidades en un penacho blanco de la misma forma cónica del apéndice del zorro.
Cortados -Llamábanse así los pedacitos de plomo de balas de tercerola o de fusil, puntas y cabezas de clavos, y aun pequeños fragmentos de hierro con que se cargaban los trabucos en defecto de balines u otros proyectiles conocidos.
Coronilla -Flora indíg.- Familia de las ramnáceas, madera de construcción bastante dura y de ramas espinosas.
Costaneras -Paredes de los lados en un rancho-. En su acepción castiza, según el Dicc. -son las vigas que cargan sobre las que forma el caballete de un edificio.
Cuatropea-Derecho de alcabala o diezmo que se pagaba en cada venta de cuadrúpedos y de granos, bajo la dominación portuguesa y brasilera (1817 - 1828).
Cuchilla -Esta palabra tan aplicable al instrumento de hierro acerado de un solo corte o filo que sirve a la industria del encuadernador y del zapatero, como a la espada o segur de la justicia, y a la vela triangular o a la trapezoide en marina, -en su significación local y orográfica es una loma o colina más o menos elevada- ondulación o accidente natural del terreno, que viene a constituir como una última verruga de un sistema de montañas.
Cumbrera -Viga central que reposa sobre dos grandes —339→ horquetas u horcaduras en los «ranchos» y a su vez sustenta las que constituyen el caballete.
Cuñatay -Voc. guaraní- Señorita.
Cuyapí -Voc. guaraní.- Culero, en lenguaje vulgar; o sea, un «tirador» o cinto sujeto con agujetas o hebillas con un cuero colgando sobre el chiripá, por detrás; y cuyo principal objeto era, tanto resguardar las ropas, como atenuar el ludimiento del lazo o hacer más suave el asiento y aun el lomo del caballo.
Chacra -Porción de terreno o costra arable cultivada, donde se cosechan el trigo, la cebada, el maíz y aun legumbres. -El Dicc. de la lengua dice que la voz significa habitación rústica, ranchería o sitio en donde se guarecen bajo chozas o cobertizos que construyen los indios salvajes, refiriéndose sin duda a países donde el vocablo tendrá tan extraña latitud.
Chala -«En Méjico, la hoja que cubre la mazorca del maíz» (Dicc.) -Tiene entre nosotros la misma significación, y se utiliza como envoltura de cigarros de tabaco negro a más de otras aplicaciones.
Chafarote -La daga larga o el «facón», fabricado con hoja de espada, sable o machete, con punta y doble filo. Llevábanlo conjuntamente con el cuchillo a la cintura, casi todos los hombres de campo.
Chajá -Ornit.- El cauna-chavaría. Ave indígena de la familia de los uncirostros -habitante paciente de los lugares húmedos. Es de gran tamaño, ojos de córnea purpurina, fuertes alas provistas en su medio de dos púas oseas temibles, zanquituertas recias y encarnadas, el pico corto y el plumaje gris ceniciento. Anuncia con sus gritos poderosos la proximidad de las aves de rapiña y da el alerta al menor ruido sin levantar el vuelo hasta que el peligro arrecia-. Su nombre guaraní, no es más que una imitación fiel de su grito peculiar.
Chanaes -Etnog.- Tribu que ocupaba las principales islas del Uruguay, hasta que fue vencida por los charrúas que dispersaron por siempre sus restos en la otra banda.
Charabón -Ornit.- El avestruz o ñandú pequeño que se alimenta y campea solo.
—340→Chifle -La cantimplora de cuerno de animal vacuno aserrado por el medio, cubierto en su base y agujereado en la punta, como para gorgorotear el líquido a dosis o cantidad determinada.
Churrasco -La carne de animal vacuno u ovino apenas asada sobre las brasas o la ceniza caliente, de modo que quede un tanto cruda y jugosa. Constituye un alimento en extremo sano y nutritivo.
Desbasar -Extraer a filo de cuchillo las excrecencias de la mano o del pie de los caballos para que no tropiecen y se estropeen, y aun extirpar del fondo las callosidades o cuerpos extraños que les impiden a veces sentar los cascos con firmeza.
Fariña -Harina de mandioca. Desde que el producto pasó la frontera brasilera se corrompió el vocablo farinha, adaptándose el del mote. -En la provincia de Río Grande y en determinadas poblaciones, la fariña es preferida al pan, envolviéndose en la sustancia cruda el bolo alimenticio. Entre nosotros se cuece en caldo o en agua caliente, formándose lo que se llama «pirón», con una salsa especial como condimento.
Fiador -La argolla de hierro o bronce que pende del extremo inferior del bozal, a la altura de la barbada del caballo; y de la cual se cuelga la manea, la caldera u otro utensilio, y a veces un trozo de carne cuando se emprenden largas marchas.
Flete -Caballo escogido, airoso, rápido, propio para paseo o para excursiones determinadas; adorno en las fiestas y juegos de sortija o de carreras, y «reserva» que se ensilla en toda urgencia -confiándose el éxito a la bondad de sus calidades.
Garras -Pezuñas, orejas, vergajos, colas de animales vacunos. En los saladeros se guardan estos restos, que luego se utilizan en la industria. Llámase al local en que se les coloca, depósito de «garras o fardos de marlos».
Guabiyú -Flora indíg.- Mirtácea. Árbol de corta talla, pero frondoso, que produce una fruta morada mayor que la fresa, de un zumo dulce y grato al paladar. Su madera algo semejante a la del guayabo, es fuerte como leña y se —341→ consume mucho en los buques a vapor que hacen la carrera del litoral. - Guabiró, decían los guaraníes.
Gualiche -Nombre que los indios charrúas daban a un espíritu adverso o demoníaco a quien atribuían todas las contrariedades y desgracias y al que no se representaban bajo forma típica externa alguna; lo que induce a pensar que, a partir de esta creencia supersticiosa, era probable que profesasen un culto cualquiera, desde que no se concibe la idea del mal sin su correlativa del bien. Ningún vestigio ha quedado sin embargo, de sus posibles idolatrías. De esa superstición participaban también los indios de las pampas argentinas.
Guaynita -Voz guaraní: «niñita».
Guaycurú-Flora indíg.- Planta de propiedades medicinales, preconizada en la farmacopea como de aplicación a distintas dolencias.
Guazu-birá -Fauna indíg.- Del guaraní: ciervo grande, arisco y silvestre que habitaba siempre en los bosques, y de cuya caza como de la del ñandú se ocupaban siempre los naturales. Su pelaje en la parte superior del cuerpo y miembros se asemeja al color que, hablándose de caballos, denomínase alazán; en el vientre es blanquecino. -Esta especie está ya casi extinguida.
Huevos de gallo -Flora indíg.- Planta silvestre trepadora que se ve frecuentemente en los barrancos, o en su defecto, en las zanjas y en los cercos, de hojas menudas de un color verde esmeralda, y que produce un fruto del tamaño de un huevecillo de pica-flor -color perla cuando maduro-, de sabor agradable y aromado.
Lapachillo -Fl. indíg.- Llamado también «Ipée», de la familia del lapacho. Su madera tiene diversas aplicaciones en la industria, utilizándose para vigas y ruedas. El «Ipée» echa sus flores antes que el follaje y los retoños.
Laurel negro -Fl. indíg.- Lauráceas. -Vegetal de alguna corpulencia y madera apreciable por su peso y solidez, al punto de emplearse en obras especiales por el carpintero.
Lechiguana -Fauna indíg.- «Nectarina mellífica». -Panal de abejas salvajes. Es un nido formado en su exterior por una pasta especial que los insectos fabrican con cortezas —342→ de maderas blandas desleídas y mezcladas a un humor que despiden. Compónese de múltiples hojaldres parecidos al papel tosco y basto, y de celdas simétricamente agrupadas como las de las abejas domésticas; siendo de notar que estas viviendas globulares no se asientan en el suelo firme siempre, sino que aparecen colgantes de las ramas bajas, adheridas por lo común a un pequeño nudo, tronco o excrecencia insignificante, o entre las plantas rastreras a modo de capullos gigantescos.
Sábese que los insectos que las elaboran pertenecen a la familia de los himenópteros y tribu de los melíferos, y que están comprendidos por consiguiente entre los «amantes de los flores». Büchner en su «Vida de los animales», hace de ellos alguna referencia, al hablar de abejas y avispas. Sin ser ni una ni otra cosa, coparticipan sin embargo de las cualidades esenciales de las dos especies y producen una miel silvestre, menos empalagosa que la de las primeras. Como queda dicho, el nido puede pender de las ramas bajas y ser igualmente fabricado entre las malezas.Leche de iguana, se dice, (y de ahí «lechiguana») porque este reptil gusta mucho de sus panales, y se los procura por todos los medios. Años atrás tuvimos oportunidad de ver en un valle de la sierra de Minas, aproximarse una iguana a un nido, darle un fuerte golpe con la cola de manera que penetrase bien al interior, e irse luego chupándose ésta con el mayor deleite -toda untada de miel.
Lazo -De una piel de animal vacuno comúnmente por ser la que más resiste se saca a corte de cuchillo una larga tira de ocho o diez brazas, que luego de sobada perfectamente y subdividida se trenza y se enseba o engrasa para que adquiera flexibilidad y consistencia. En uno de los extremos se asegura con un botón fabricado a punzón y «tiento» un grueso aro o argolla de bronce o hierro que sirve a éste que se llama «lazo», para escurrirse presto una vez hecho el tiro, para lo cual se arrolla en círculos graduales y concéntricos y se revolea por encima de la cabeza. En el extremo opuesto, una gruesa presilla une el «lazo», a la argolla de la cincha. Utensilio de importancia en las faenas de campo el «lazo» fue siempre un —343→ arma tan terrible como las «boleadoras» en manos del gaucho bravo, del miliciano y del «matrero». Los charrúas lo manejaban con extraordinaria destreza, así como los «laques», de una piedra al principio, y luego de tres.
Loba -En la caballería de milicias o en la hueste propiamente dicho, designábase con esta palabra cualquier incidente producido en la columna en marcha, ya fuese que un soldado rodara con su cabalgadura, ya que un «redomón» se apartase de aquella corcoveando con su jinete.
Lomillo -Aparejo de cuero algo hueco y en comba, en proporción al lomo del caballo o mula, que constituye la base o asiento del recado.
Lunanco -Caballo defectuoso en alguno de los miembros posteriores por lesión en el cuadril, y a causa de la que su espina dorsal presenta una comba o curva pronunciada en forma de media-luna de donde proviene el vocablo. Es inútil por lo mismo, para las marchas rápidas. -Derrengado, descuadrillado.
Macá -Ornit.- Ave que se alimenta de pececillos, especialmente de bagres pequeños y mojarritas. El cañón de sus plumas es tan duro como el del pájaro-niño y véndese a buen precio su piel en los puertos del alto litoral. Su carne suele ser tan excesivamente gorda, que repugna; pero es sabrosa y se le desea entre la clase pobre. El macá vuela poco y se arrastra apoyado en la cola -su fuerte timón- aova sobre las hierbas a la orilla de los ríos, arroyos y lagunas, y nada entre dos aguas con el mismo vigor que el mbiguá o zaramagullón. -Su nombre es originario del guaraní.
Macachín -Flora indíg.- Planta de muy cortas dimensiones de tallo como una hebra, que da florecillas amarillosas de tres pétalos, y cuya raíz la constituye un bulbo de color blanquecino y carnoso, de un sabor dulce. Brota con fuerza en los terrenos bajos y en las adyacencias de los bañados. Es una de las especies del «bibí» de los indígenas.
Manea -La definición que de este vocablo hace el Diccionario de la lengua, no corresponde al de la manea tal como entre nosotros se usa por la gente del campo. —344→ Tampoco la de maniota, propiamente. Ni es «una cuerda», ni las patas del animal se traban por medio de ella en la forma que el Diccionario indica emplearse en otras partes; pues el gaucho o el simple campero no atan con soga o cabestro sino por accidente los remos delanteros de sus cabalgaduras, y no usan cadenillas de metal, candado y llave con tal objeto. La manea consiste en dos lonjas de cuero bien sobadas y reforzadas con botones y ojales, ceñidos fuertemente a una argolla que las separa, y con las cuales se traba los dos miembros delanteros o traseros del animal permitiéndole moverlos o golpear los cascos piafando con holgura ya que no andar sino a saltos y muy breve distancia. Como el «lazo», el «maneador», las riendas, la encabezada, el bozal o «bozalejo», las «boleadoras», el «cinchón», las «botas de potro», y aun el rebenque de manija y «azotera», entre otros útiles, la «manea» suele ser obra exclusiva de la industriosa habilidad del paisano.
Maneador -Cabestro, en su acepción menos lata. Lleva sin embargo ese nombre una lonja angosta, larga y sobada de cuero vacuno, con la cual se asegura el caballo a una estaca en campo raso, y muy útil especialmente para los que hacen vivac en donde les toma la noche, en marchas forzadas.
Mangangá -Clase de los arócnidos.- El abejorro. Fabrica su nido en los troncos viejos y en los puntales y travesaños de las enramadas depositando en la cueva la miel ardiente que ha de alimentar sus larvas.
Mangrullo -Ictiol.- Bagre-sapo de los arroyos, color de lodo, asqueroso a la vista; pero de una carne apetecible, bien condimentada.
Marlo -La espiga de maíz desprovista de granos. -En el lenguaje pintoresco del hombre de campo, se aplica al rabo de los «baguales» cuya cerda ha sido completamente cortada o «tusada», y que estos paran y enderezan con gracia en sentido vertical al lomo cuando huyen a escape por las «cuchillas» al menor avance o asomo de peligro.
Mataojo -Fl. indíg.- Árbol muy común con el blanquillo y el canelón, hacia el centro del país. Su madera blanca, aunque no muy consistente, sirve para construcciones.
—345→Matrero -El hombre perseguido por delitos comunes, o el vecino honesto por odios o venganzas, o el patriota por la dura ley de la necesidad -que buscaban asilo y refugio en los montes como único recurso de salvación contra la ley implacable, o las acechanzas de muerte.
Matungo -Caballo en completa decadencia, rocino, lerdo y desmedrado.
Mbiguá -Ornit.- El mbiguá o zaramagullón es una ave acuática que se mantiene de pescados de regular tamaño, y que abunda mucho en todas las grandes corrientes y lagunas hondas. Por su magnitud y color se asemeja a la bandurria; parecen espinas sus venas por la dureza y tensión; y cocinado, su sabor es casi el mismo de los peces que le sirven de alimento. -El vocablo proviene del guaraní, y significa «cuervo de agua».
Mojinete -Frontón de un rancho.
Morajú -Ornit.- Pájaro de los bosques del alto Uruguay de un plumaje negro azulado de torna-sol, que canta en diferentes tonos, de una manera suave y melodiosa. Jamás hace nido, ni se ocupa de dar de comer a sus hijuelos. La hembra aova generalmente en los nidos de las «cachilas», donde los hay, y en caso contrario, en cualquier otro nido de los que se llaman rastreros. Las pequeñas «cachilas», -poéticos ejemplares de madres amorosas-, se encargan de la crianza de los pichones que no han salido de sus huevos, y que no sólo las aventajan en volumen, sino que también las sobrepujan en apetito voraz-. El «morajú» no es otra cosa que el tordo de nuestros climas, el cual aova comúnmente sin fabricar nunca vivienda, en los nidos de barro de los «horneros» -avecillas indígenas cuyo nombre proviene de la misma configuración arquitectónica de sus viviendas.
Naco -Palabra con que el campero denomina un fragmento pequeño de tabaco negro enrollado, que él mismo pica con el cuchillo en la palma de la mano, o sobre un pedazo de madera o sobre la carona, para armar su cigarrillo. El «naco», como el dinero, entra en el juego de la «taba» entre los paisanos, y aun en el de los naipes -corriendo parejas los dos vicios.
—346→Nazarena -La corona de grandes punzas de hierro de la espuela, propia para jinetear, a veces de seis pulgadas de circunferencia, que usaban los gauchos de otro tiempo. Llevábanla con la gemela ceñida al rancajo sobre la «bota de potro», y con ser tan enormes, no les molestaban al andar. La costumbre de usarlas deformaba comúnmente sus piernas, al punto de que aun fornidas y vigorosas, aparecían siempre en comba con las puntas de los pies casi en contacto, en tanto era corta la distancia para separar bien los talones por más que los apartasen uno de otro. El ruido de estas rodajas se oía de lejos, como el que produce un arrastre de cadenillas pesadas. Tales espuelas servían para la domadura; por rutina las llevaba el jinete sobre el caballo manso; y eran a ocasiones defensas terribles en el suelo, en las luchas brazo a brazo o a zancadilla, -garras de centauro-, no inferior en esto a la alimaña indomable. -Asemejábanse por su forma al nimbus y a la corona de Jesús: de ahí su nombre.
Ñandú -Ornit.- Voc. guaraní. -Avestruz indígena menos corpulento que el de África, y del que difiere además en tener tres dedos en cada pie, mientras que aquel sólo tiene dos. -Orden de las corredoras: rhea americana.
Ñacurutú -Ornit.- Orden de las rapaces. Ave orejuda de un plumaje blanqui-negro cuyo alimento principal se reduce a insectos. Compañero de las corujas y de otras especies de insectívoras, este búho abunda en los montes del norte cuyas espesuras anima con sus gritos en la soledad de la noche. -Su nombre es originario del guaraní.
Orejano -El animal que carece de «marca» o señal a hierro ardiendo que acredite la propiedad. -«Yerra» se denomina el acto de la marcación-. En las primeras décadas del siglo cuando existían inmensos bosques vírgenes, rincones y potreros casi inexplorados, el ganado nuevo y montaraz rebelde a los pastores y a los perros se guarecía en la selva, y llegaba a hacerse imposible el «repunte» o «parada de rodeo» de estas reses ariscas. Con ese motivo se contaban por millares los «orejanos».
—347→Parar rodeo -Hacer la recogida o reunión del ganado vacuno en un sitio dado, donde comúnmente vese la huella de la pezuña del enjambre.
Pataca -Moneda portuguesa de diez y seis vintenes.
Payador -El gancho de índole poética, capaz de improvisar y de contestar en verso al son de la guitarra.
Pialar -Arrojar el «lazo» a las patas de las bestias vacunas o yeguarizas para trabarlas de uno o más miembros y sujetarlas de a pie, a objeto de alguna operación de «yerra», castración o corte de cerdas.
Pericón -Baile criollo pausado y airoso, en cuadrilla.
Picada -Paso estrecho o boquete a través de un monte, que conduce al río o arroyo.
Potrero -No es el potril o terreno destinado a los potros, precisamente. Puede serlo de «caballada» mansa con pastos escogidos o de engorde, con cerco o sin él; y también con espacio descubierto dentro del monte de hierbas selectas, sólo utilizable para los caballos de los «matreros» o aprovechado por las reses alzadas.
Quebracho -Fl. indíg.- Árbol de madera resistente, quequiebra hachas; de la familia de las apocináceas, útil en la curtiduría por la calidad de su savia, y en medicina por su corteza, considerada febrífuga.
Quinche -V. Cebato.
Quiapí -Voz guaraní- Vestimenta de jerga o cuero que usaban los charrúas, aunque no todos, en el rigor mismo del invierno. Consistía en una manta que cubría gran parte del cuerpo, de jerga entera o de pedazos unidos de géneros ordinarios o de pieles de alimañas. Las mujeres se cubrían la cintura y pechos con esa manta, ligando sus extremos sobre el hombro derecho. Los hombres llevaban la cabeza descubierta, ciñéndose la frente con un trapo en forma de vincha. Algunos se ataban el pelo con un «tiento». De la cintura a los muslos hacían uso del CHEPI (voc. guaraní, que significa «mi cuero»), y que era una especie de pampanilla o tonelete, comúnmente de piel de ciervo, de aguará o de yaguareté.
Rastrillada -En la acepción criolla, no es todo lo que se barre de una vez con el rastrillo o «rastro». Para los —348→ gauchos de buena ley este instrumento era desconocido; y llamaban «rastrillada» al surco o huella más o menos visible que en el suelo firme y sobre el pasto dejaban los cascos de los caballos o las ruedas de los vehículos en zonas poco frecuentadas o caminos poco recorridos.
Rastrojos -Los surcos y raíces secas que quedan en un terreno donde ha habido siembra de cereales o plantíos de maíz, dejándose a flor de tierra después del corte de éste una pequeña parte de los troncos. El rastrojo hállase en sitios que no han vuelto a ser cultivados durante algún tiempo, y suele servir de punto de reunión a las perdices.
Redomón -Caballo que ha sufrido las primeras domaduras, pero que aún conserva resabios de su fiereza primitiva: -mañas viejas-, según la frase del campero.
Redomonas -Las espuelas grandes de domar.
Refucilo -Relampagueo, comprendiéndose en la acepción la misma caída de la chispa eléctrica.
Reyuno -El animal señalado en la oreja, como los que usaba la caballería del rey, de donde viene el nombre. Esa señal indicaba la propiedad del Estado.
Por una razón análoga se decía el Real cuando se trataba de un centro determinado de las posesiones coloniales, -como el Real de San Felipe, el Real de San Carlos, u otros.
Rosa -Lesión más o menos considerable o «matadura» producida en el lomo del caballo por el roce constante del «recado» o defecto de la carona o del «lomillo». Como debajo de éste van los «bastos», de ahí la denominación de «basteras» dada a las huellas dejadas por las heridas, cuando cicatrizadas, las ha recubierto un pelaje claro o canoso.
Sancocho -El caballo defectuoso en la boca, muy duro o muy blando de riendas, cuyo gobierno por lo tanto es inseguro, a causa de resabios incurables de domadura.
Sombra de toro -Fl. indíg.- Arbusto alto de madera recia utilizable para formar el cuadrilongo de las carretas, o sean las cuatro limones, así como los yugos. -Generalmente los toros se refugian bajo las ramas de este arbusto en los días calurosos, y de ahí su denominación vulgar-. —349→ Conócesele en botánica con el nombre de «iodina rhombifolia» y pertenece a la familia de las aquifoliáceas.
Surubí -o ZURUBÍ- Ict. indíg. -Pez de los ríos y arroyos de gran tamaño. Tiene la piel plateada con pintas negras. Su carne es sabrosa, sólida y de un color amarillento, de alguno semejanza con la del dorado. -Voc. guaraní.
Taco -Un trago o sorbo de caña o aguardiente, tomado de la cantimplora o el chifle de asta.
Tacuara -Caña de solidez y espesor, de utilidad en las construcciones de ranchos y enramadas, y aun para picas o «picanas» de conductores de carretas, colocándosele un aguijón en uno de sus extremos para azuzarlos bueyes. -El vocablo proviene del guaraní.
Tala -Fl. indíg.- Celtidácea. Árbol de mediana talla y madera de construcción, aunque quebradiza; ramoso, de hojas pequeñas y duras, erizado por do quiera de pinchos. Abunda mucho en las orillas de los ríos y arroyos.
Tamandúa -Fauna indíg.- Especie de oso pequeño que se nutre en los hormigueros y de utilidad incuestionable. Su piel de un color gris ceniciento con dos grandes fajas negras paralelas a la médula, es muy apreciada, y de ahí una persecución constante que va extinguiendo esta especie típica con la mulita y el peludo, del orden de los dendentados. -El vocablo es guaraní.
Tape -Indio guaraní de las reducciones del norte, cuya tribu amalgamose en mucha parte con la población oriental después de la destrucción de sus pueblos, y de ahí su influencia civilizadora. Llamaban ellos tape a cada uno de esos pueblos o ciudades, y por eso su denominación propia de indios tapes, así como el vocablo subsiguiente que se refiere a ciudad en escombros.
Tapera -Denomínase así una construcción cualquiera en ruinas, especialmente las de un rancho o enramada, cuyos restos suelen reducirse a algunos picachos de barro seco mezclado a la paja brava y a las totoras. En los primeros lustros del siglo existían muchas de éstas que fueron habitaciones humanas, como signos elocuentes de las guerras implacables. Solían servir de apoyo a los destacamentos aislados que recorrían la campaña, así como de refugio —350→ a los contrabandistas y «matreros» a quienes sorprendían las noches tormentosas en sus audaces travesías. La voz «tapera», guaraní, significa «ruina», propiamente.
Tiento -Filamento de piel de yegua o de vaca desprovisto del pelaje, descarnado y seco. Sus tirillas sirven para la confección de muy variados útiles de campo, y constituyen el «hilo» de la costura para ligar «lonjas», fabricar presillas, riendas, botones, rosetas y manijas, ribetear ojales de cabezadas y mancas con el empleo del punzón. -«Maletas, o poncho a los tientos.» -Significase con esto que unas y otro van o están atados a los hilos que cuelgan dobles a ambos costados de la comba posterior del lomillo.
Tinguitanga -Desorden, conflicto, gran barahúnda de voces y de golpes en medio de un baile o de una jugada.
Tres Marías -Las boleadoras, o sean las tres piedras envueltas en cuero y unidas por otras tantas ramales de trenza, de los cuales el corto corresponde a la piedra más pequeña que sirve de asidero para lanzarlas a los miembros anteriores o posteriores del animal que se persigue a media rienda, según la habilidad del jinete.
Tronco -En su acepción lata, el casco del establecimiento rural-. -Majada el tronco: -la que se encierra en el corral de las casas.
Tropilla -Grupo más o menos considerable de caballos de montar.
Tucu-tucu -Fauna indíg.- Orden de los roedores. -Gran ratón de campo que se nutre con los tallos subterráneos de los helechos, socavando el suelo arenoso en distintas direcciones. Su nombre proviene de su grito peculiar.
Tupamaros -Denominación irónica aplicada por los españoles de la época de Sobremonte a los nativos, aunque estos fuesen tan blancos como ellos, y hubiesen heredado toda la pureza de la raza caucásica. La palabra era un derivado del nombre del infortunado caudillo indígena TUPAC-AMARÚ.
Tusar -Retacear las crines y el copete del caballo, así como el pelo basto y grueso que le cría cerca de los cascos. Cuando se trata de las cerdas de la cola, se dice rabonear.
—351→Vidalita -Aire criollo que se acompaña con la guitarra, como el «cielito» comúnmente melancólico, sencillo y suave, a la vez que de poético encanto. Ejemplo de la letra de una de ellas, ya que no sea descriptible su original melodía, es el siguiente: «Palomita mía -eleva tu vuelo; -y a ese cruel ingrato, -dile que me muero. -No hay rama en el campo -que florida esté; -todos son despojos -desde que él se fue.»
Yaribá -Fl. indíg.- Palmera enhiesta cuya altura suele pasar de ocho metros, de tronco liso que remata en un quita-sol airoso, y madera recia. Adquiere gran desarrollo en los bosques de los ríos del norte, como su congénere el yatay.
Yaguareté -Voz guaraní. De yaguá-perro y reté -feroz, carnicero. Tigre.
Yguá -Vocablo guaraní. Significa agua -cielo- «Color de agua», por firmamento.
Yatay -V. Buthyá.