
-Oye, corazoncito, ¿qué has hecho todo el día sin Nini?
Carmencita, levantando la vista hacia su papá, dijo:
-Pues mira: he estado en el jardín, jugando, cogiendo flores y haciendo otras muchas cosas.
-Pero -repuso su padre- ¡si yo pensaba que no tocabas nunca las flores!
-Las de nuestro lado, no; sólo las del otro lado de la verja. Aquéllas ya se pueden tocar ¿no es cierto papaíto? Eran muy bonitas y estaban a puñados al alcance de mi mano.
Papá se puso serio, pues las flores del «otro lado» estaban en el jardín de la anciana y respetable señora de Mendoza.
Advirtió, pues, a Carmencita que se guardara de tocarlas más. Al acostarse, la niña rezó sus oraciones sentada en las rodillas de papá, y después de las palabras de costumbre añadió: -¡Ay! ¡Dios haga que aquellas hermosas flores crezcan en nuestro jardín y que papaíto me permita tocarlas!...
A la tarde siguiente, Carmencita bajó al jardín y, al contemplar las lindas flores que se erguían al otro lado de la verja, sintió la tentación irresistible de apoderarse de algunas. Pero, acordándose de la recomendación de su papa, se abstuvo de ello.

| Ahora que a los ardorosos | |||
| fulgores del sol de estío | |||
| reemplazan los frescos días | |||
| de otoño, nos despedimos | |||
| de la ciudad y hacia el campo | |||
| alegres nos dirigimos, | |||
| a la escuela y los maestros | |||
| dando, por fin, al olvido, | |||
| y trocando por los goces | |||
| de los juegos divertidos, | |||
| de los problemas geométricos | |||
| el insufrible suplicio. | |||
| Corriendo montes y llanos, | |||
| cada día descubrimos | |||
| nuevas sendas deliciosas, | |||
| nuevos preciosos caminos, | |||
| que, risueños, nos conducen | |||
| a parajes peregrinos. | |||
| Pero, a menudo, mi madre | |||
| me hace pensar en los niños | |||
| que abandonar nunca pueden | |||
| el polvoriento y mezquino | |||
| ambiente de las ciudades | |||
| donde se agostan, raquíticos, | |||
| ¡cuando a todos brinda el campo, | |||
| igual a pobres que a ricos, | |||
| con las gratas sensaciones | |||
| de sus placeres purísimos! | |||
| ¡Con qué gusto auxiliaría | |||
| a esos desgraciados niños, | |||
| y cuánto sufro y padezco | |||
| por no serme permitido | |||
| socorrer más que a unos pocos, | |||
| cuando ellos son infinitos! |
La muñeca nueva
