—130→
Fueron aquellos, días muy bravos que culminaron allá arriba, en el monoblock donde Noelia dejó de ser muchas cosas, y cavó en mí vacíos que se fueron llenando con una materia viscosa que entonces no sabía nombrar, y después fue furia. Había tomado posesión de la habitación -y de la cama- de Lucía, donde el perfume de la colonia Charpentier era tan intenso y persistente que cerraba los ojos y al abrirlos esperaba ver a Lucía venir corriendo de la ducha-letrina, su cuerpo espléndido envuelto en una toalla y con los cabellos mojados. Ese día había vivido mi episodio humillante en el departamento de Noelia, y trataba de dormir en la cama de Lucía, luchando por separar el olor omnipresente de la loción colonia de aquella terrible fetidez del anfiteatro, y la imagen de mi hermana del gran sapo rosado hinchado tirado fotografiado. Y tratando también de alejar, de ubicar en otro mundo a Noelia. Pero el insomnio estaba allí como una condena a no poder olvidar nada, y de tener los oídos tan sensibilizados que los más mínimos decibelios que venían de afuera tronaban como tambores. Las voces de un altavoz lejano navegando con viento favorable, el lamento de una moto enana acelerada hasta la exasperación, la inesperada asamblea de los grillos; pisadas claras de zapatos duros en la acera, y como si a cada caminante le siguiera una sombra, pisadas apenas oídas de pies sin materia, de pies descalzos sobre arena húmeda, fantasmales, alucinantes, que dejaban de ser pisadas de sombras para ser las pisadas de Lucía, o de la vieja Doctora Jorgelina Báez de Doldán, espectros que me andaban buscando para decirme cosas que había olvidado decir antes de marcharse. En mi reloj pulsera eran las tres de la mañana y me preguntaba si el único ser humano despierto en el mundo era yo, o si había otras almas en vigilia como la mía que cruzaban plazas obscuras, trepaban escalinatas interminables, cruzaban arcadas redibujadas por la luz de la luna, o se asomaban a barandas y balcones para mirar la desolación del no-dormir, como un paisaje que no era paisaje, sino líneas quebradas contra las sombras. Hubiera querido tener cigarrillos para levantarme a fumar, me abrazaba a la almohada y me encogía fetal para hacerles ver a los sonidos que me acosaban y a los pensamientos que me hervían que tenía miedo y me dejaran en paz. Pero no podía dormir, y la mente ferozmente clara descubría de pronto que si existe la medida del tiempo en el reloj, existe también la medida del tiempo perdido en el insomnio porque no existe tiempo más desesperantemente largo que aquel que no se duerme. Deseché el abrazo de la —131→ almohada y busqué su lado fresco y apoyé la cabeza, solo para sentir el latido de mi corazón, con su eco húmedo, poniéndome a contarlos, queriendo convencerme de que cada latido me acercaba al sueño, pero llegando a la conclusión de que me alejaba, que iba en dirección opuesta, que no iba hacia la plana geografía del sueño, sino a la aspereza de una lucidez extenuante. ¿Quién dice que el hombre dormido ha sido vencido por el sueño? El sueño no vence, arropa como una madre tierna. El sueño no es derrota, sino la victoria contra el insomnio. Nadie pelea contra una madre tierna, sino contra el demonio, que tiene casi las mismas letras que insomnio, y si hiciera un poema rimarían a la perfección. O casi. Me pasé tratando de convocar al sueño, pero adivinaba que las vallas; eran muy recias. Mi conciencia me remordía por lo de mi hermana, me dolía la muerte a golpes de la Doctora, odiaba a Noelia y detestaba hasta la profundidad a Natalia. Noelia me exigió madurez. Y cuando me sentí maduro, cuando de pronto me sentí adulto me apartó de su vida, y se quedó con mi dinero que podría hacerme vivir mi madurez sin cruzar abismos caminando sobre troncos podridos. Un gallo cantó poniendo un límite a mi noche. Ya no era noche. Ya no valía la pena dormir. Me levanté y vi a papá sentado en la obscuridad espesa aún, su cara iluminada por los carbones encendidos y tomando mate hirviente.
-¿No pudiste dormir, papá?
-Parece que me estoy volviendo viejo, hijo. Antes, cuando no tenía dinero decía que Dios provee y dormía como un angelito. Anoche sabía que no tenía dinero, que necesitaba dinero, y no pude dormir. ¡A ver si de viejo me vuelvo responsable!
-¿Dinero para qué?
-Medicamentos. Mi tratamiento con antibióticos me golpeó los riñones y me dieron unas recetas que... Tu madre necesita inyecciones de calcio, parece que tiene los huesos de espuma. Anoche no dormí, por el dinero o porque me dolían los riñones -sorbió el mate-. No orino desde antes de ayer. Después de todo, nos falta Lucía.
Me sentí herido. M padre no concebía que el dinero podía salir de mis bolsillos. Ni siquiera concebía que tuviera bolsillos.
-No tomas mate -dijo, justificando que no me invitara.
-Papá -le dije- voy a matar por dinero.
Dejó de chupar la bombilla. Su cara tenía una palidez verdosa a la luz del fuego de carbón.
-Por mucho dinero -agregué.
No se escandalizó, no me dijo que estaba loco, no se puso a dar consejos ni a decirme que los tiempos malos pasan y que se debe tener paciencia.
—132→-No lo hagas -dijo simplemente.
-Recuerda que nos vamos pareciendo.
-Yo nunca mataría -gimió al cambiar de posición en la silla y se apretó los riñones-. Yo no diría que viví renegando de Dios, pero sí que viví hasta el límite en que el largo de su cuerda me permitía libertad o libertinaje. Siempre admití que nunca debería ir más lejos que el largo de su cuerda. Jamás me pasó por la imaginación romper la cuerda. Dios es vivo, ha medido su cuerda, y donde ella termina empieza el infierno.
-No creo en el infierno, papá.
-Me refiero al de aquí arriba. Yo siempre he andado vagabundeando por sus bordes -trató de levantarme e hizo un gesto de dolor-. Carajo, esto parece serio.
Lo ayudé a levantarse.
-Quiero ir a mi cama.
Lo conduje hasta allí. No tenía idea de que estuviera tan enfermo. Mamá no despertó. Aún no había despertado cuando más tarde ayudé a vestirse a papá y lo llevé al Hospital de Clínicas. El médico de guardia le hizo unas pocas preguntas sobre qué antibiótico le habían dado, qué le habían recetado, desde cuándo no orinaba, y sin más trámite lo dejó internado.
-¿Sos su hijo? -me preguntó.
-Sí, Doctor.
-¿Tienes dinero?
-No.
-Consíguelo. Puede ser costoso salvarlo.
¿Salvarlo? ¿Tan mal estaba? Fui disparado al taller-hogar de René. Me hizo un préstamo generoso, sin preguntas ni condiciones. Podía haber renunciado a su fe, pero la tenía metida adentro. La vivía. Regresé al Hospital y deposité todo el dinero en manos de la Jefa de Enfermeras, con la aprobación de otro Doctor, un urólogo que miraba, palpaba, anotaba, pedía análisis y parecía querer afeitarse el mentón con las uñas.
Había logrado, entretanto, tener tranquilo a Valentín, con la mentira de que estaba siguiendo de cerca las investigaciones con mi amigo el oficial Acuña, y que él no debía interferir en nada. Que ya le llegaría el tiempo de entrar en acción, y mientras tanto, él aceitaba y pulía su revólver. No obstante, aquella misma tarde del día en que interné a mi padre, regresé primero a casa donde le conté a mi madre la historia de una ligera infección de las quemaduras y que papá estaba internado por la buena voluntad de unos amigos médicos del Hospital de Clínicas. Tranquilizada mamá, y tratando de preparar con —133→ una mano una fuente de bollos que tanto gustaban a papá para que yo los llevara más tarde al Hospital, fui a ver a Valentín, a quien encontré tranquillo y paciente, dejando que otros le pusieran la víctima en la mira cuando llegara el momento. Como para no darse oportunidad a ninguna vacilación había pegado a la pared, encima de la cabecera de su cama, el recorte de la crónica y la horrenda fotografía de lo que quedó de mi hermana.
Me quedó tiempo al anochecer para desplazarme hasta la casa de Sergio, y llegué en mal momento. El hombre estaba furibundo porque la noche antes, gente de avería narcotizó al Doberman, penetró en la casa y se llevaron tranquilamente el Santana, y por de pronto, su madre se estaba negando redondamente a comprar otro coche, aparte de que lo seguía por toda la casa reprochándole su inutilidad y descuido, lo que hizo que al fin, mi presencia fuera un remanso de paz en la tormentosa reacción materna.
Le pregunté por qué no se refugiaba en su mal llamado estudio, y poniendo cara agria me dijo que allí estaba Sandoval, enfermo, y su madre no sabía que tenía en casa semejante huésped. Quise subir a ver Sandoval, y lo encontré preso de temblores, acostado en un colchón en el suelo y arropado en mantas. Su cara huesuda era casi irreconocible, tenía manchas raras y me pareció que su pelo estaba muy raleado. Al verme, lloró amargamente y me imploró ayuda repitiendo que no quería morir, que no quería morir y que no quería morir.
-¿Por qué no lo llevas a un Hospital?
-Escapó de allí y vino a refugiarse aquí.
-¿Escapó?
-Le dijeron que tiene Sida.
Aterrado, me aparté de un salto de ese bulto letal en el suelo. ¿Qué diablos pasaba conmigo? ¿Qué poder maligno me estaba entrenando para la muerte? Mi hermana, la Doctora, y con la ayuda de la mala suerte, papá. ¿Existen esas cosas por encima de la comprensión humana?
-¡Te doy asco! ¡Te doy asco! -aullaba Sandoval y me apuntaba con un dedo.
-¿Qué vas a hacer? -pregunté a Sergio.
-Ya lo hice -me dijo en voz baja-. Avisé a la hermana. Viene a llevárselo.
Efectivamente, no tardó en aparecer Noelia en una ambulancia que hacía sonar exageradamente su sirena, y sin ceremonias penetró por la entrada de coches y se instaló bajo el estudio. El Doberman algo adormilado aún no comprendía nada y ladraba sin ton —134→ ni son. Junto al conductor venía Noelia, pálida como un cadáver, y para complicar más las cosas, la madre de Sergio, envuelta en largo salto de cama, salió corriendo de la casa y se puso a preguntar qué demonios estaba pasando, con un vocabulario que no era precisamente beato. Con maligna sonrisa, Sergio le informó que la ambulancia venía a llevarse a un amigo enfermo que había recogido, y que por esas casualidades de la vida el amigo tenía Sida, con lo que logró que su molesta madre se esfumara de inmediato y de paso se oyera el ruido de una docena de cerrojos que se corrían en puertas y ventanas.
-Apuesto a que se va a duchar durante dos horas y que quema después su salto de cama y todo lo de abajo -me dijo Sergio.
Entretanto33, el conductor de la ambulancia bajaba por la escalera, en brazos y bien arropado, a Sandoval que gemía y protestaba.
-¡No me hables, traidora! -venía diciendo a Noelia. Y luego se volvía a mí-. Vos también traidor -me acusaba.
Triste agonía esperaba al pobre Sandoval. Con un inagotable miedo de morir, acusando a su hermana de traicionarme a mí, a mí de traicionarle a él, y a los dos, al fin, acusándonos de traicionar sus retorcidos sueños. Noelia no me dirigió una sola palabra. Acaso me estaba acusando también de algo.
Sacamos el mortífero colchón afuera -las mantas y sábanas se habían ido con Sandoval- lo mojamos con alcohol combustible de un bidón y le acercamos fuego. Nos desnudamos y nos bañarnos mutuamente con una manguera, usando un jabón especial de limpiar tapizados y un cepillo durísimo. El Doberman, creyendo que era un juego, había declarado unilateralmente una tregua conmigo y participaba alegremente de la mojadura, tratando de morder como un cachorrito el chorro de agua. Finalmente, Sergio puso candado a su estudio, y la dejó cerrado, para siempre, según ocurrieron las cosas después.
Logramos entrar a la casa forzando una puerta de la cocina. Y allí mismo nos instalamos a consumir una cena de carne fila, mostaza, pan y vino que encontramos en la refrigeradora.
-Yo tengo ideas demasiado preestablecidas -me decía Sergio, mientras masticaba-. Pienso que un soldado debe morir contento atravesado por una bala. Que un misionero debe morir feliz comido por caníbales y que un músico tísico debe morir oliendo la gloria cercana tocando su última serenata de Schubert. Lo de Sandoval me desconcierta, un homosexual con Sida debe morir también contento.
No sabía si mi amigo hablaba en broma o en serio.
-Lo malo es que yo no sé cómo morir contento. Si no se vive para —135→ nada... ¿por qué razón se debe morir?
-Te agradecería que cambies de tema, Sergio. Siento bailar calaveras alrededor mío. Tengo la sensación de que atraigo la muerte...
Le relaté lo de mi hermana. Que suyo era el cadáver anónimo en el campo de golf.
-Me da pena. Era una hermosa mujer -dijo.
Le conté lo de la Doctora muerta a golpes, la enfermedad de mi padre, que parecía poner los pelos de punta al urólogo.
-La próxima víctima me pertenece -agregué.
-No sé a qué te refieres, Erasmo.
-Voy a matar, por dinero.
-¿Estás loco?
-Y vos me vas a ayudar.
Se sobresaltó.
-¿Yo? ¿Por qué tengo que ayudarte?
-Porque no has encontrado nada que valga la pena por qué vivir ni por qué morir. No sos soldado, ni misionero, ni músico, ni homosexual. ¿Vas a seguir vegetando aquí a la sombra de tu mamá? ¿Vas a vivir rogando que te compre un coche? ¿Rodeado de telas en blanco? Terminarás loco. Tu pintura no existe, tus estudios de computación un agarradero para tu ego, como los estudios de Derecho de Rafael. Tu odio al cura, un modo de no estar completamente vacío, y por ahí el buen soldado de Cristo y tu madre resultan inocentes. Creo que creas leyendas porque no tienes historias, pagas tus romances y ves en un budín de pan la gran hostia de un culto satánico que practican tu mamá y el cura. ¿Y si todo eso no fuera real? ¿Qué queda? ¿En qué quedas?
Escuchó mi perorata pálido como un muerto. Me pareció que había dado en el blanco.
-¡Pero estás hablando de matar!
-De quebrar la rutina en la forma más violenta posible. Solo después podrías hallar un nuevo comienzo. Aunque vivas escondido, saltando de escondite en escondite, estarás haciendo algo. ¡Recuerdo que pedías con desesperación emociones fuertes!
-¿Dónde demonios aprendiste a hablar así?
-Una chica me dijo que madure, y maduré. Que crezca, y crecí. Tengo la estatura y la rabia de un asesino. ¿Qué te parece?
-Que has tomado demasiado vino.
-¡Hablo en serio!
Me miró largamente, entrecerrando los ojos.
-Veo que estás hablando en serio -dijo-. Voy a hacer lo mismo. Vamos a suponer que te ayude. Y que la cosa sea el choque eléctrico —136→ que me saque de mi abulia y mi dependencia, como decís. ¿Puedes garantizarme que después del... ¿asesinato? ¿no venga espantado a esconderme debajo de la cama de mi madre?
-La vista de la muerte nos madura, o tal vez nos endurece. Yo creo que empecé a ser hombre mirando los pedazos de mi hermana en la mesa de la morgue, y diciéndole adiós a una viejecita que agonizaba y me decía que viva la vida, cualquiera sea el costo.
-Y el costo es una vida. Y tu premio dinero. ¿Y mi premio?
-Crecer y tener valor para decirle a tu madre que se vaya con su dinero a la puta que lo parió.
Estaba sonriendo. Gozaba mentalmente de ese momento.
-Dejame que lo piense. Como planteas las cosas... hasta parece natural.
-Yo también pensé mucho. Es justo.
Poco después salía a la obscuridad del jardín y a la calle. El Doberman me acompañó, amistoso. Me había aceptado como amigo, o su instinto de asesino había adivinado la presencia de un colega. Caminé a lo largo de varias cuadras de recoletos barrios residenciales, con algunas luces en las ventanas altas, focos de vigilancia en los jardines y coches agazapados en los garajes. Sabía adonde me dirigía pues en la guía telefónica de René, había encontrado la dirección del Dr. Gilberto Ortiz. Quedaba en un callejón de afirmado nuevo, con el que no quisieron sacrificar un centenario samuhú que vino a quedar así en el centro de la calzada. Miraba el caserón obscuro desde la acera de enfrente, donde un almacenero que cerraba el negocio me echaba miradas de desconfianza, cuando enfiló por la calle un Peugeot de modelo algo antiguo, pero reluciente y silencioso, bordeó el árbol de la calzada y pegó la trompa contra el portón de entrada de vehículos de la casa. Una joven con uniforme de servicio corrió presurosa a abrir el portón y el coche penetró, se detuvo, de él bajó un anciano alto, algo encorvado, con un sombrero encasquetado hasta las cejas, que se dirigió a la casa con paso algo vacilante. El coche volvió a moverse, penetrando en el garaje. Paró el motor, el chofer descendió, le vi poner la llave, encaminarse de nuevo al portón, y cerrarlo con otra llave que extrajo de su cinturón después de salir afuera. Caminó en dirección a mí, y no dejaba de mirar con cierta cautela a ese hombre que a las diez de la noche estaba inmóvil en la vereda. Decidió que no era peligroso, o que yo era de la mitad de su tamaño, o tenía mucho amor propio, y no cruzó a la otra acera. Le dirigí la palabra.
-Señor... ¿Es Ud. el chofer del Dr. Ortiz?
Se detuvo y preguntó a su vez:
—137→-¿Qué hay? -parecía del tipo que no teme a la pelea.
-Mi padre me dio su nombre, y lo olvidé, le traía un mensaje.
-Entonces dígame el nombre de su padre.
-Juan de Dios Arzamendia.
-Es mi amigo. Fuimos camaradas en... ¿Qué mensaje trae?
-Nada. Como suele referirse siempre a Ud., pensé que debía avisarle que está muy enfermo, en el Hospital de Clínicas. Pero el médico dice que se le pasará.
-Si yo puedo ayudar en algo...
-Si pudiera visitarlo le ayudaría mucho.
-Sí, sí. Claro, en mi primer tiempo libre...
Así establecí el primer contacto con el Dr. Gilberto Ortiz. El chofer, Marcelo Soto, era de la edad de papá, parecía mucho más joven y tenía un físico poderoso. No vivía lejos de allí y le acompañé hasta su casa. Dijo que era soltero y vivía solo. Yo le dije que era estudiante de Derecho, que las ciencias jurídicas me apasionaban y resultaba que su patrón, el Dr. Gilberto Ortiz, era para mí poco menos que un semidiós.
-Anda un poco enfermo el viejo -me contó-. Pero tiene el coco de un mita-í de 30 años.
-¿Con quién vive en la casa?
-Con una hija. Ella es separada y vive para su papá. Diamantina, Diamantina es la mucama-cocinera, me suele decir que la señora Elena se separó de su esposo por su papá.
Cuando llegamos a la pensión donde el buen hombre (?) vivía, él me volvió a reiterar su disposición de ayudar a papá. Le agradecí el gesto con una expresión de un buen-hijo-preocupado, y de improviso, llegó la pregunta clave.
-¿Y vos en qué trabajás?
-Ando buscando trabajo.
-Le voy a hablar al patrón. Por ahí tiene algo.
Ahí estaba de nuevo la mano maligna que parecía organizar todo. Marcelo Soto no podría declarar jamás que lo usé para introducirme en el torno del Dr. Gilberto Ortiz, porque era al revés, él me estaba ofreciendo la entrada del Dr. Gilberto Ortiz en mi entorno.
-Le agradeceré mucho, don Marcelo -dije, poniendo la cara de contento que la ocasión requería, y me pareció que Natalia podía estar orgullosa de su discípulo en el arte de manipular gente.
Con ella precisamente estuve la noche siguiente. En la misma sala, con los mismos faunos persiguiendo a las mismas ninfas. El café, el licor de anís y las luces veladas. Pero esta vez, Natalia tenía el cabello suelto, y vestía bata y zapatillas. Parecía mucho más vieja, —138→ sin maquillaje. Ya no necesitaba seducirme porque ya estaba seducido.
-Suponiendo que acepte el trabajo, Natalia, necesito un adelanto. Mi padre está enfermo.
-Ni un centavo. Sácate de la cabeza.
-Está bien. No me pongas condiciones del modo en que va a morir.
-Me basta que sepa que va a morir y por qué muere. ¿Tienes un arma?
Estuve a punto de decirle que tenía una máquina de matar llamada Valentín. Y posiblemente un cómplice llamado Sergio.
-La tengo -dije-. Me hablaste de transferir bienes.
-¿Y bien? -alzó las cejas, o el sitio donde debían estar las cejas cuando existían.
-¿Qué garantías tengo? Y no me digas «mi palabra», que no creo en absoluto.
-Es sencillo. Te doy un poder general para disponer libremente de una lista de bienes inmuebles y de cuentas bancarias. En la lista figurará todo, menos esta casa y una cuenta de ahorros.
-¿Un poder por escribanía?
-Así es, Erasmo.
-¿Y si uso el poder en vez de cumplir mi compromiso?
-No podrás, porque el poder empieza a tener efecto el 30 de Agosto de 1989.
-¿Y por qué esa fecha?
-Porque el 29 el viejo asesino cumplirá 81 años, y el 30 deberá estar muerto. Si no está muerto, revoco el poder.
-Lo mismo podrás revocarlo si está muerto.
-No podré hacerlo, Erasmo, porque tendrás una carta mía reconociendo mi calidad de autora moral.
-Si la uso me hundo como autor material.
-Nos hundimos los dos. Tal es la garantía mutua que tenemos.
Había logrado que por desconfianza recíproca, fuera necesario tener confianza recíproca. Muy digno de su viejo cerebro retorcido. Pero había cosas que escapaban a mi comprensión.
-Natalia -le dije- quizás nadie en el mundo sepa tanto sobre vos como yo. Me dijiste de tu juventud viciosa, de tu gusto por los patanes, de tu perversidad para usar a la gente, como a mi padrino... y a mí.
Callé, esperando una reacción. Solo cruzó las piernas bajo su bata, y se arrebujó más en ella, como si tuviera frío. Su cara era una máscara.
-¿Qué sigue? -dijo.
-Pues siendo como eras, no podías amar tanto a un hombre como a tu —139→ teniente.
-Te equivocas. No sabes nada de la vida, ni de la mujer. Aun mientras era su novia, con él encerrado en su Escuela, yo andaba saltando de desvarío en desvarío. Tenía un fuego interior que apagar día a día. Pero me casé y todo cambió. Fue en la Catedral, él hermoso y apuesto con su uniforme de gala, y sus camaradas haciendo un arco triunfal de espadas. Me sentí otra, en un nuevo comienzo.
Se sirvió una copita de anís y paladeó intensamente la bebida, con la misma delectación que paladeaba los recuerdos.
-Todo ese esplendor de una boda suntuosa me embriagó de orgullo. Y de ambición. Era esposa, era una señora, mi esposo tenía la estampa del ganador. Sería Presidente de la República, y yo estaba destinada a ser la Primera Dama de la Nación, sería la reina de las recepciones en el Palacio, presidiría comisiones de ayuda a los pobres, entregaría medallas a los niñitos aplicados de las escuelas. Entonces amé como loca al hombre que me iba a ofrecer todo eso, me arrepentí de mis pecados y me dispuse a ser la esposa modelo de un gran hombre. Pero cuando mataron a mi marido, me mataron a mí. Mataron a lo que iba a ser yo. Mataron las dos terceras partes de mi vida. Y no empieces a decir que era joven, que podía rehacer mi vida. Eso no corre conmigo. La única vida digna de ser vivida se fue a la sepultura con mi marido. No aceptaría otra. Solamente esta vida de espera -suspiró, tintineó la copita contra el cuello de la botella, y agregó- y de venganza.
-¿Por qué has esperado tanto?
-Porque tardaste en llegar. Supe que eras el hombre indicado cuando tu padrino me habló de vos. Un tipo que se alquila da para todo.
Se levantó y dijo:
-Te espero el lunes -y se marchó dejándome solo. Bebí su anís de la botella, sentí un gran calor descender a mi estómago, y me fui con intención de ir a casa, no sin antes pasar por el taller de René, que me recibió con desconcertante frialdad. Atribuí esa conducta a que ya le había extraído dos préstamos de urgencia para los remedios de mi padre, y pensaba que iba en busca de un tercero. Se mostraba excesivamente atareado sobre un motor, y como no Conseguía llamar su atención, le dije hasta luego.
-Adiós -dijo sin volverse a mí-. Y me harías un bien si no vienes más por aquí.
-¿Qué estás diciendo?
Se volvió, mirándome con desprecio.
-Que no vuelvas por aquí.
-¿Pero qué hice? -él se encogió de hombros y volvió a su motor-. Pero —140→ te debo dinero.
-Cuenta cancelada -murmuró sin dejar de hacer girar una tuerca.
-Si me dieras una explicación, René, somos amigos.
-Soy amigo de Sergio, también. Y él no es tan bestia como crees.
De modo que Sergio había hablado. Me dije que no importa, porque solo había mencionado la muerte de una persona sin nombre para él. Y cuando don Gilberto Ortiz llegara a morir, nadie le vincularía conmigo, porque no lo mataría yo, sino Valentín.
Sin embargo, valía la pena ver enseguida a Sergio, a decirle que «che mirá que tomaste en serio una broma» o algo parecido. Pero cuando llegué a su casa, él no estaba. Su madre sí. Al sonido del timbre acudió hasta el portón de entrada, seguida por el perro, que meneó el muñón de rabo que tenía.
-No está -me dijo la señora.
-Entonces perdón, vendrá mañana, señora.
-Tampoco estará. Se va a París, como parece que le recomendó un amigo. ¿Fue Ud.?
-Sí, señora, pero no fue muy en serio.
-No importa, porque ha seguido su consejo y a mí me parece bien. Necesita cambiar de aires, encontrarse a sí mismo, tal vez. Trato de convencerme de que ese es su motivo, pero no lo consigo del todo. Soy su madre y tengo la sensación de que huye de algo. ¿Tiene Ud. idea de qué lo atemoriza?
Sí, yo.
-No imagino nada que pueda atemorizarlo. Y disculpe la molestia, señora, buenas noches.
-Venga a visitarme.
-Lo haré con mucho gusto.
-No le estoy pidiendo un cumplido. Le pido que venga a visitarme.
-¿Para qué?
-Ud. es amigo de Sergio. Creo que lo conoce mejor que su madre. Quiero saber... cosas.
Le prometí visitarla y camino a casa, en el ómnibus, no quería creer que hubiera asustado tanto a Sergio, aunque asustado no es la palabra, es más bien «tentado». Se sintió tan tentado a acompañarme en mi mortal aventura, que se asustó de sí mismo, habló con el que menos debió hablar, René, y se marchó a París. Curiosamente, yo le había ofrecido una aventura lírica en broma y otra sangrienta en serio, y prefirió la primera. Allá él. Terminaría durmiendo bajo los puentes, podría apostarlo.
Ese fatigoso día no había terminado aún, porque cuando llegué a casa estaba estacionado enfrente un Chevrolet negro y —141→ lustroso, de diez años por lo menos. Era el auto barato que había comprado el padre de Rafael mientras no terminaban de componer el maltrecho BMW, y pensé que Rafael me estaba esperando, pero no era él, sino su padre, que estaba sentado en una silla, en el corredor, con el aire de «De aquí no me muevo mientras no aparezca el tipo ese». No me dio tiempo ni a saludarlo. Se había puesto de pie.
-¿Dónde está mi hijo?
Le contesté que no tenía idea de dónde podía estar su hijo, ni de la razón por la que me preguntara a mí. Entonces sacó un papel del bolsillo y me lo tendió.
-Dejó esto para Ud. Erasmo Arzamendia -era una carta, pero el sobre estaba abierto. Violado, pero pasé por alto una minucia así. La carta era breve. «Amigo Erasmo, me llevo todo lo que dijiste, pero hice trampa, porque llevo también dinero. Rafael».
-Hice averiguaciones sobre Ud. -estaba diciendo aquel flaco, rico y desgraciado señor-. Hay un amigo de Uds. que se va a París y se negó a hablar de Ud., como si yo fuese un policía. Y el otro, el del coche Packard, alemán o no sé qué se apartó de su nombre como de la lepra. Tampoco estudia nada, ni tiene trabajo, me lo dijo su madre. ¿Qué están tramando? ¿En qué ha metido a mi hijo? ¿Qué significa esta carta que parece una clave?
Agitaba los puños ante mi nariz. Y me dispuse a decirle la verdad, nada más que la verdad. Tenía el papel en mi mano. «Me llevo todo lo que dijiste», significa que se lleva una mochila con algo de ropa. Posiblemente una bolsa de dormir y va calzado con zapatones de soldado, como Rambo. Creo que también lleva una guitarra, y dinero que no debió llevar para ser el perfecto mochilero.
-¿Dijo... mochilero?
-Eso mismo. Mochilero.
-¿Pero adónde va?
-Un mochilero que se respeta nunca sabe adónde va. En todo caso, está tratando de poner la mayor distancia posible en él y Ud. o entre él y su madre.
-¿Solo porque no le permití usar el Chevrolet?
El ver semejante padre que no veía más allá de sus narices, considera que el mío era una joya. Después, no le pude dar más precisiones, filosofé para él entre la poca diferencia de hacer nada encerrado en un caserón y hacer nada caminando, y le dije que manejara con cuidado, porque temblaba de pies a cabeza.
Cuando se marchó apareció como por ensalmo mi madre de adentro de su dormitorio, donde se había mantenido silenciosa y con los oídos alertas. En sus manos traía una plancha eléctrica, que —142→ depositó en las mías.
-Tienes que arreglar esto para mañana. Pero antes debes repintar el número.
-¿Qué número, mamá?
-El de nuestra casa, allá, al lado del portón.
-Pero si allí no existe número, mamá.
-Existe. Si se mira bien se ve el 549. Es nuestro número. Quiero que lo pintes bien, como para que el cartero no pase de largo.
Claro. Las cartas de Lucía desde París.
-Voy a pintar mañana números grandotes, mamá.
-Buen hijo -me dijo y me besó, aunque de paso me dio un golpe en las costillas con el yeso que se había vuelto roñoso.
-Aunque no creo que Lucía escriba muy pronto. Vos sabés, mamá. Tiene que adaptarse y todo eso.
-Eso mismo pienso yo. Debe andar muy ocupada. Y después de todo -lloriqueó- la madre es la última en ser recordada. -Se secó una lagrima-. No es porque Lucía sea mala hija -aclaró- sino porque los hijos son así.
Después cambié bruscamente de tema:
-No me engañaste con lo de tu papá. Estuvo a punto de morir y se salvó mediante el remedio ese...
-¿Qué remedio?
-Qué se yo cómo se llama. Pájaro bobo y todo, tu papá tiene amigos.
Lo que decía mamá era extraño para mí. Al parecer papá tenía amigos que habían proporcionado alguna medicina cara. Bien podría ser Marcelo Soto, el chofer. Lo averiguaría al día siguiente. Fui a acostarme en la cama de Lucía, y poco después, mamá entraba con un plato. Tres sandwiches o como se llame el pan partido en dos, y adentro rodajas de cebolla frita, aceitosa. Después de ese menú, se abría el territorio del hambre. Así estábamos.
—143→
He estado releyendo mis apuntes, y aquella noche en que dormí oliendo el inagotable aroma de la colonia de Lucía, tuve primero mi también infaltable hora de insomnio, aunque ya no lo recuerdo, habré llegado a la conclusión de que cierta predestinación de soledad se estaba cerrando sobre mí. De mis cuatro amigos solo me quedaba Valentín, ermitaño completo. René me rechazaba, puritano aún a pesar de su renuncia religiosa, al menos en cuestiones mayores, como posiblemente era también su hermana, la vikinga. Rafael se había marchado de su casa, con la cárcel metida en su alma y con su rechazo de todo lo que le rodeaba, empezando por sí mismo. Sergio a París, huyendo de mí como del diablo, y Sandoval, hasta aquel día, esperando la muerte con un continuado espanto tan femenino y tan cobarde. La Doctora ya no estaba, Lucía tampoco. Si esto fuera una novela -ya me he convencido de que solo es una crónica- estaría cometiendo el mayor disparate que puede cometer un novelista: quedarse sin personajes, ya que de hecho, solo, en ese momento, me quedaba mi madre, con su vitalidad, su inocencia y su niñez inagotable, y que de paso, unos días después de haberme ordenado que repintara el número de la casa, molesta por el yeso que no le permitía amasar la harina para bollos, se lo hizo sacar con un vecino armado de una gran tijera de podar diciéndose mutuamente y a dúo que los médicos son unos sinvergüenzas. También estaba mi padre, y en aquellas fechas aún no sabía que sobreviviría milagrosamente mediante la ayuda económica de su amigo Marcelo Soto».
-Eran unas ampollas de no sé qué que costaban 30.000 cada una; 12 ampollas -me explicaba mi padre con una vocecita que dramatizaba un poco, a mi entender, su estado de debilidad-. Me aplicaron una cada cuatro horas.
-No me hiciste saber nada, papá.
-¿De dónde ibas a sacar 360.000? -me preguntó con toda razón- hiciste bien en avisar a mi amigo Soto. ¿Dónde lo encontraste?
-Por casualidad...
-Me alegro. Él compró las ampollas. Es un buen amigo. Y pensar que en la Escuela de Artes y Oficios era el antiguo más perro que podía pedirse -gorgoteó algo parecido a una risa, y agregó-. Dice que tiene trabajo para vos. No sé de qué se trata, pero agarralo. Es mejor que esa locura de... Ya te dije, no hagas disparates. Ya ves que siempre se encuentra un amigo hasta en los peores momentos.
—144→Si le decía que la aproximación de Marcelo Soto y su oferta de trabajo no me estaba alejando de esa locura de... sino me estaba aproximando a ella, mi padre no me hubiera creído.
Ese mismo mediodía estuve esperando a Marcelo Soto frente a la casa del Dr. Gilberto Ortiz, su patrón, sentado en la acera y a la sombra de un yvapovó en la entrada de coches. Previamente se había acercado sin que yo llamara la mujer de servicio, una morena joven. Una de esas máquinas de servir que todavía se veían en aquella época. Entreabrió el portón y me preguntó si «era cliente», le dije que no y volvió a cerrarlo, con lo que deduje que la calidad de «cliente» (¿de qué?) me hubiera franqueado el portón.
Poco después llegó el automóvil conducido por Soto y reapareció la mujer a abrir. En el asiento trasero dormitaba el Dr. Ortiz, al fresco del aire acondicionado del vehículo. Soto me sonrió al pasar, ayudó a su ilustre patrón a descender, y dejó el coche estacionado a la sombra de un naranjo.
Desde allí me invitó con señas a entrar, cosa que hice sin ninguna oposición de la mujer, que terminaba de poner los cierres a la entrada de coches. Saludé a Soto.
-Vamos a comer algo en la cocina -me dijo como si la cocina y la casa fueran suyas.
Lo acompañé a la cocina, se lavó la cara en la pileta y se sentó en la mesa. La mujer había puesto otro plato para mí, con el aire ausente de quien está acostumbrada a dar de comer a extraños. Era la primera vez en días que comía tan abundante.
-La señora... -dije por la mujer.
-Ella es Diamantina -me dijo Marcelo.
-Me preguntó si era «cliente» ¿Qué significa eso?
-Si le decías que eras cliente te hacía pasar aquí a la cocina y te servía un plato de sopa. El patrón tiene muchos clientes que vienen de lejos. Gente pobre, y acostumbra a hacer eso. A veces tengo que dejar el coche afuera porque la gente se queda a dormir en el garaje.
Ya había adivinado. Los médicos dicen «paciente». Los abogados dicen «cliente».
-¿Todavía va a los tribunales?
-Como él dice, para seguir moviendo los huesos. Se suele reír cuando dice que agarra solo clientes que no pueden pagar.
No les cobra, los alimenta y defiende sus flacos intereses en los tribunales. Querida Natalia. ¿Estás segura que...?
-¿Te avisó tu padre lo del trabajo?
-Sí, don Soto, por eso vine. ¿Qué trabajo es?
-No sé. Trabajo de gente leída, me parece.
—145→-¿Dónde?
-Aquí.
Apenas pude tragar el espeso arroz con poroto manteca. No podía ser verdad tanta suerte. O tanto infortunio. La víctima abría las puertas de su casa al verdugo. Cien repetidas escenas de televisión pasaron por mi mente. Un pequeño empujón en las escaleras y misión cumplida. Lo malo es que en la televisión el asesino siempre es descubierto, pero la televisión no es la vida. Que lo diga mi hermana.
-Mañana no es día de los tribunales para él. Si te vienes a las 8 él te va a recibir.
Le agradecía todo y me despedía de él, que agregó finalmente, mirando mis vaqueros y mi remera:
-Con traje y corbata.
Media hora después me encontraba en casa de Valentín. Quería alentarlo, o alimentar su fuego destructor, informándole que la presa estaba cerca. Su pieza olía mal, a comida rancia y a suciedad. El mismo Valentín, con su barba de meses y sus uñas largas, parecía un habitante de las cavernas, o uno de esos hombres que de niños fueron criados por lobas, o por monas, que da lo mismo.
-Me visitas poco -me reprochó.
-Solo vengo cuando es necesario. Vine a decirte que ya estoy a punto de conocer al malvado, y dónde vive.
-No me cuesta nada seguir esperando. Pero no falles, Erasmo.
-No te voy a fallar, está de por medio la sangre de mi hermana -dije dramáticamente, y vi que Valentín se ponía tenso.
-Vinieron papá y mamá -me informó- quisieron llevarme a casa.
Creen que Lucía me traicionó y dicen que una mujer así no vale la pena. No les dije la verdad. Mamá se fue llorando. Quiso limpiar la casa. Los eché a los dos.
-Bien hecho. El hombre debe estar solo con su dolor -me sentía mal al decirlo, pero daba justo para la ocasión.
-Vino René -dijo Valentín- y logró que me asustara. Vio mi revólver y me preguntó para qué lo quería. Le dije que a él no le importaba. Después me preguntó por vos.
-¿Por mí? ¿Qué le dijiste? -estaba realmente alarmado.
-¿Vos también creés que soy un torpe? Lucía no pensaba así. Decía que hay cerebros lentos y cerebros rápidos. Eso decía. Y tenía razón. A mí me cuesta comprender, pero cuando comprendo es para siempre.
-¿Qué le dijiste a René?
-Que nunca apareciste desde que Lucía... -mordió la última palabra.
-Bien hecho.
—146→-René no va a venir más. Le dijiste que si volvía le mataría. Dijo lo que dijo mamá, que Lucía no valía la pena. Que él sabía desde el principio que vos me querías enchufar una hermana puta. Así dijo. Y que vos nunca fuiste un buen amigo. Y que no te haga caso en nada. Lo saqué a patadas.
En una lucha de ángeles, René era el ángel bueno. Estaba tratando de salvar a Valentín de algo terrible que empezaba a sospechar, y que Sergio había plantado en su cerebro.
Fui a traer cerveza. Bebimos y nos animamos un poco. Abrí las puertas y entró aire de renuevo, aunque era el caliente aire de fines de noviembre. Barrimos y desempolvarnos, cambiamos las sábanas de su cama y hasta logré que Valentín se bañara y afeitara. En la maciza obscuridad de su pena se había abierto paso un rayito de alegría. La presa estaba cerca. Así era yo de niño, cuando creía que los Reyes Magos se venían acercando.
Algo ebrios, empezamos a fantasear.
-¿Qué vas a hacer después, Valentín?
-¿Después...?
-Después de... ya sabes -no era nada nuevo en mí. Le sentía terror a lo que estaba haciendo. Miedo hasta de mencionarlo en voz alta.
-No hay después -dijo Valentín.
-Está bien. No hay después -le di cuerda.
-Ahora es después -murmuró luego de pensarlo mucho-. Todo llegó hasta Lucía. Ya no está. Ya no hay nada -reflexionó un momento, y por fin se decidió-. Hicimos el amor. Allá en la Estancia.
-Como consuelo vale -le dije con aire contrito.
-Ella me obligó -continuó sin oírme-. Decía que no iba a casarse con un impotente. Se reía y me decía vení, vení, y no estaba más que con una bombacha, y me abría los brazos. Nunca creí que hacer eso fuera tanto, como infierno y cielo fundidos. ¿Cómo va a existir después, después de todo eso?
-¿Solo una vez?
-Muchas, pero todas las veces parecía la primera vez. Era tan... viva. Tan ella. No puedo comprender la maldad de los que le hicieron todo eso. Merecen morir.
Empezó a llorar. Y salí en puntillas a la calle, porque sentía compasión, y no tenía derecho a sentir compasión de alguien a quien estaba destrozando, usando.
En casa no encontré más alegría. Como siempre, mi madre tenía untada la pierna varicosa con una grasa animal, de lagarto o cocodrilo, no recordaba bien, y sentada en la cama, la sostenía alta con el cajón vacío de cerveza. La pierna olía al misterioso ungüento, —147→ es decir, hedía. Además me reprochó que no había almorzado y encontré en mis bolsillos dinero suficiente para comprar dos milanesas y pan que nos pusimos a compartir sentados en su cama. Comer milanesa oliendo grasa de cocodrilo no es precisamente el colmo del buen gusto, pero me andaba resultando grato castigarme de vez en cuando. Me daba coraje, como de beber alcohol.
-Lucía tarda en escribir -dijo cuando consumió hasta la última miga de su tardío almuerzo.
-Mamá, encontré trabajo con un abogado.
-No te olvides de firmar un contrato. Los abogados prometen y no pagan nunca.
-Este es un buen señor.
-Entonces me vas a comprar un televisor nuevo. Blanco y negro, no importa. Me contaron que Rosa Salvaje está embarazada.
Feliz mi querida mamá-niña que nunca iría más lejos de la inmediatez de los pequeños disparates que adornan la vida de la gente. Su marido en el hospital, sanando lentamente. Su hijo encontraba trabajo. Su hija estaba en París, y su brazo fracturado no funcionaba bien en el codo. Pero las varices pasarían, acababa de comer, estaba satisfecha y pronto tendría televisor. Amé su inocencia como odié la mía, perdida para siempre. Odié a Noelia, que me hizo hombre y se quedó con mi dinero. Odié a René, que no tenía derecho a interponerse en mi camino. Y odié a Natalia, que usándome me enseñaba a usar a los demás.
Sacudí el traje y aireé la camisa que usaría al día siguiente, y ya al anochecer salí sin rumbo y sin dinero. Descendí por 15 de Agosto hasta desembocar en la Plaza Italia. Algunos veteranos de la guerra dormían en los bancos; en otro banco, tres habían hecho fuego y tomaban mate; más alejado estaba uno más, dormitando en el banco. Me senté a su lado. Era pequeñito, pero de esa pequeñez de hombres grandes que se van achicando con los años, barba gris y crecida, la ropa oliendo a tiempo y mugre y solo un par de dientes en la boca.
-¿Mba'eicha pa che rú? (¿Cómo está, padre mío?) -le dije.
-Che rechá pa ma (Ya me ves de cuerpo entero) -respondió-. ¿Qué quiere? -agregó.
-Preguntar.
-¿Qué?
-Sobre la guerra donde estuviste.
-¿Me vas a pagar?
-No.
-Entonces no me acuerdo de nada.
—148→-Dice un compañero tuyo que solo los cobardes no quieren recordar.
-¡Ascendí a Sargento en el campo de batalla! -chilló y empezó a sacar de un sobre unos comidos documentos que de todos modos, no podían leerse en la obscuridad. Le pedí disculpas y se guardó los documentos. Pero lo había irritado de veras. Se había puesto de pie, me apuntaba con el dedo y me decía:
-¡Soy un héroe, pendejo de porquería!
Traté de calmarlo. Me pidió un cigarrillo.
-No tengo cigarrillos, che rú.
-¿Qué clase de periodista sos vos? Ni cuadernos, ni grabador, ni cigarrillos.
-No soy periodista.
-Si sos maricón ya no doy para eso.
-No soy maricón. Soy un pendejo de porquería que quiere aprender, mi Sargento.
El tratamiento militar le ablandó.
-¿Qué quieres aprender?
-Cómo se mata.
-Eso no se aprende, se mata o te matan.
-¿Vos mataste, che rú?
-Por eso me ascendieron. Con mi grupo de fusileros capturamos un lanzallamas boliviano. Nos arrastramos hasta un nido de ametralladora y les quemamos vivos. Salvamos al regimiento de muchas bajas. Eso fue solo el comienzo, porque cuando nos tocó la defensa de Toledo, donde murió el Teniente Fernández estábamos...
-No es eso lo que quiero saber -le interrumpí-. Quiero saber qué se siente cuando se mata, cuando se mata a un hombre.
-En la guerra no se mata a un hombre. Se mata a un soldado que quiere matarte.
Me resigné a no penetrar jamás en la profunda conciencia de aquel viejecito que mató y se justificó, y no era eso lo que quería saber. Me ponía de pie para irme cuando se me ocurrió una pregunta.
-¿Tomaste prisioneros?
-Muuuuchos.
-Ya no eran soldados. Eran hombres. ¿Mataste a alguno?
-¡Nunca! -su respuesta fue tajante.
-¿Cuál es la razón?
-No eran soldados. Eran hombres. Yo era soldado, no asesino.
Me inundó una rabia terrible contra ese despojo humano que se daba el lujo de tener dignidad. Acerqué mi rostro a su rostro hasta sentir su agrio aliento. No se inmutó.
-Te voy a contar un secreto -gruñí-. Voy a matar a un hombre que —149→ nunca me hizo nada.
-¿Y viniste aquí a aprender? Te equivocaste, pendejo drogadicto. No somos los restos de una banda de asesinos. Andate a Tacumbú. Allí están tus maestros -me dio un empujón inesperadamente enérgico-. Y que Dios se apiade de tu alma, si la droga te dejó alma, pendejo degenerado.
Me dio la espalda y fue a unirse a los camaradas que tomaban mate.
Caminé demasiado rápido, hasta que me di cuenta de que estaba huyendo. Me detuve en seco, queriendo saber qué me estaba persiguiendo; acaso la dignidad que había olvidado y que ese Sargento mantenía viva en su ancianidad. O podría ser que nada me persiguiera, sino que algo me empujara, algo como la vergüenza de ser un tipo tan insignificante de 25 años frente a un despojo tan señorial de 80 años.
De pronto estaba en Colón y Palma. Galerías. Japoneses, chinos, coreanos ofertaban todo lo que hace buena la vida. Felicidad electrónica, bienandanza computarizada. Cámaras Cannon, Nikkon, Olimpus que piensan solas y vuelven artista al más idiota. Torres de sonidos para ahogarse en inundaciones sinfónicas; disquitos metálicos tocados por la varita de los rayos láser y guardan ochenta micrófonos atentos a ochenta instrumentos; grabar imágenes, beber colores, regrabar sonidos, despertar con música, con campanitas de oro, con trinos; teléfonos sin teléfono, estereofonía, llaveros que cuando se pierden avisan, lápices que son radios y radios que son lápices, televisores con mando para acallar desde la cama los anuncios insoportables; relojes que dicen la hora, el día, el mes, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco. Un millón de cosas que tener, usar, olvidar, esperar el modelo nuevo, comprar y volver a tener, el mejor, el más nítido, el más potente, el más sabroso bocado para el apetito sin fin de poseer, usar, mostrar, exhibir. ¿Cuánto cuesta este? El oriental ya no usa el ábaco, sino la maquinita de calcular que pone al deseo la barrera inapelable del dólar. Querer tener, ansiar tener, tropezar con el cambio, mirar con deleite la Cueva de Alí Babá electrónica, sin palabras mágicas que la abran porque ya no funcionan las palabras mágicas, sino los números mágicos, escondidos tras el signo cabalístico del $, o acaso del U$S. Y salirse de las galerías iluminadas, marcharse con pena, sin Nikkons ni Sonys ni Nationals que comprar, tener, mostrar, exhibir, desechar y volver a tener; marcharse al fin con el alma vacía del marginado de la Era electrónica, del pobre moderno hambriento de microchips, hasta llegar en el escape de tanta tentación asiática a la esquina sepulcral del cine —150→ Roma, donde una viejita pintada y repintada como un personaje de Fellini trata de ver adentro atravesando con la mirada los cristales polvorientos de los que cuelga el anuncio del último éxito cómico de Lucille Ball y Desi Arnaz, pero no ve nada la pobre viejecita que mueve los brazos, tintinean sus pulseras y se vuelve a mí con su cara de loca mansa fugada de la vigilancia familiar y me pregunta a qué hora abren para la función familiar; entonces le estoy diciendo que el Cine Roma está muerto, pero ella ríe del chiste y dice que desde niña ha venido al Cine Roma y que adentro le esperan sus amigos con su elegancia de sección familiar. Me penetra el deseo de burlarme de esa ancianidad parecida a la del excombatiente harapiento.
-El Cine Roma está muerto, y sus amigos también, señora mía.
Ella ríe de ese joven pintoresco y tonto que pretende decretar la defunción de su alegría y de su contento.
-No sea loco, joven. Hoy dan una musical de Nelson Eddy y Jeanette McDonald. ¿Qué va a saber Ud. de Nelson Eddy y Jeanette McDonald? Él es Policía Montado del Canadá y aprende un llamado de amor indio y lo canta en medio de la nieve. Ella aparece cantando en su trineo arrastrado por perros de ojos oblicuos y... ¿Pero qué sabe Ud., loquito? ¿No estuvo la semana pasada? Sí, yo estuve, oh Paul Muni sufriendo la agonía del submarino. Y antes Douglas Fairbanks espadachín esbelto, qué prisionero de Zenda, Jesús mío. Y Greta Garbo, Dama de las Camelias, o Ninoclika o Anna Karenine muriendo de amor o de tisis o de soledad, y Claudette Colbert y... ¿A qué hora abren para la función familiar?
Golpea con los puños impacientes lo que fue puerta de lo que fue boletería, como si llamara a una tumba para convocar espectros, pero no tiene dolor en la cara, sino espera, contento de «pronto va a empezar la función y me sentaré a suspirar con Errol Flynn y comiendo chocolate».
Me rebasa y me da escalofríos esa alegría vieja frente a la sepultura de un cine, y camino por calles de silencio hasta tropezar con el Hospital Militar, sintiendo que perdí el rumbo, o que debo estar enfermo o acaso loco.
Entonces aquella Asunción nocturna que estoy recordando desde esta altura del tiempo se abre toda entera para ser el gran territorio de mi desvarío y de mi pena. Ya no hay (¿las hubo?) «calles medievales de tu estampa colonial». Acaso en un oxidado cofre guarde sus viejos diplomas de «madre de ciudades» y no las saca y desempolva porque mejor es olvidar que amamantó con sangre y no con leche. Papotín Recalde, poeta irredento de bellos poemas, cuyo peor poema fue su vida, la llamó Ciudad Viuda en un tiempo en que —151→ su viudez tenía la calidez del cansancio y la modestia de una abuela, pero entonces iba yo descubriendo su viudez patética que intenta mimetizarse joven y se pone ruleros de cemento y cristal y encima una corona de tubos de luces neón, y sacude su vieja alma y sus secos huesos al ritmo del rock y de la cachaca. Y ya entonces don Villagra Marsal no quería caminar por sus calles ni asomarse al balcón porque sentía la ira de aquel que siente que le robaron su ciudad, y don Óscar Ferreiro con su alma de mensurador de soledades rehusaba la lisura caliente del asfalto y se iba a vivir en la selva defendiendo su atalaya de voces antiguas y purezas perdidas tras un laberinto de senderos mentirosos y callejones sin nombre, mientras Ana Iris, compañera y cómplice, tecleaba la máquina de escribir contando sus cuentos amables y diáfanos, con sus mujerucas dolientes y sumisas y sus familias de jardines sombríos, celosías cerradas y encajes, abanicos y pianos, instalados en islas del ayer donde el hoy no penetra. Caminando voy por una de esas calles que han cambiado de nombre tantas veces como cambian de humor los ilustres y me instalo en el alma iluminada y beoda de Carlos Miguel Giménez para marchar con la mente abierta a todas las luces y los ojos muertos a todas las visiones del mundo por el centro de la calzada, haciendo mía su esperanza de que un camión me atropelle y me mate en el mismo instante en que vislumbro el parto de la Patria soñada. Y allí está el muro envejecido, trinchera en escuadra de una esquina domesticada por el semáforo, la casita encogida de doña Josefina Plá, reducto, retén, fortín, ermita que fabrica su propia y pobre soledad, refugio último y simbólico de la inteligencia que se alimenta de pan duro y se ilumina con el aceite del genio que sobrevive a la mediocridad. Me parece oír el acento hispano de Josefina y el vozarrón de Pérez Maricevich que sabe dónde abrevar sabiduría. Y sigo mi camino y me detengo en una esquina de barrio con piso de tierra y huellas de carreta que permanece en el pasado porque espera un reencuentro imposible que Romero Valdovinos se llevó a la tumba.
¿Fue esa la Asunción de aquellos años de mi fenomenal estupidez juvenil? Yo al menos, la recuerdo así. Y he llegado hoy al punto en que me he encogido tanto sobre mí mismo, que lo único válido son mis recuerdos. Y son ellos los que me conducen por el itinerario de aquella noche en que las telarañas de las circunstancias me atrapaban y las arañas del desvarío me chupaban los sesos.
Asunción fue el escenario de mi tragicomedia y esta crónica no estaría completa sino describiera el escenario, o por lo menos «mi» escenario.
Y sin que me describiera a mí misino, en aquella noche de —152→ desconciertos, de ser yo, de no ser yo y de ser todos al mismo tiempo, hollando calles empinadas. Ómnibus tardíos con choferes adormilados y pasajeros con cara de susto, el olor asqueroso de una puta gorda que me sigue a lo largo de Benjamín Constant tironeando de mi camisa y tratando de llegar a mi bragueta. Pero me escapo y por el camino abierto de mi repugnancia vuelve el delirio que me instala el golpe en esa plaza rodeada de casas húmedas y viejas donde el busto de Rodríguez de Francia frunce el ceño y me mira con enojo. Me disculpo con él: «No se las tome conmigo, don Gaspar. No tengo la culpa de que Usía tenga tanta gloria y tan poco bronce. Ni que San Martín tenga 10 toneladas y Artigas cinco. Y si vamos al caso, Usía tiene suerte con sus cinco kilos de bronce y su monumento de extramuros porque mire si le ponían sobre un superlativo caballo de calesita como al pobre Mariscal. Sus huesos de paradero desconocido hubieran temblado, don Gaspar...». El diálogo se interrumpe porque un marinero armado, más corto de estatura que el largo de su fusil viene a comprobar si estoy profanando a don Gaspar, y me voy con prisa. Calles, olor a orina y a fritura tardía, un coche encadenado a una columna, el monoblock al fin, y la puerta de Noelia.
-¡Erasmo! -es Noelia que parece salida de un sueño-. ¿Sucede algo malo?
-Quiero mi dinero. ¡Quiero mi parte de Sonys, de Citizens y de Pentax! Sin mi dinero estoy perdido.
-Erasmo. ¿Estás borracho?
-Huele mi aliento, Noelia.
-¡Drogado, Erasmo!
-No. No. Solo es necesidad de mi dinero, angustia de mi dinero. Mi madre amasa harina para el bollo, y su brazo roto quedó corto. La masa le sale coja, mi madre-niña llora. Necesita una cocina como en la televisión con licuadora batidora que corta, pela, exprime, amasa, licua, pica, muele, mezcla y empasta, y un horno de microondas con su mando para pollitos, pollos, pavos, lechón y ternera y ollas que silban que ya está y sartenes que no engrasan y cafeteras que hacen café del café. También máquinas que lavan platos, secan, airean, repasan y apilan y...
-¡Erasmo, me asustas! -veo solo la cara borrosa de Noelia, y me pregunto cómo vine a parar aquí, y me contesto que vine por mi dinero, porque es un caso urgente tener mi dinero.
Entonces veo dos Noelias, que no son dos Noelias sino Noelia y Ruth, su cuñada, rubia judía y bíblica, que dice parece enfermo y me lleva con gentileza a un sillón, me sienta, se arrodilla como una cortesana de Jerusalén, me quita los zapatos, me calienta las manos —153→ entres sus manos y dice a Noelia que traiga café. El calor de sus manos me rescata. Su cabeza rubia cerca de mis rodillas y sus ojos antiguos son el sueño de un enamorado. Bebo el café caliente que trajo Noelia, y algo de mí regresa a mí.
-¿Te sientes mejor? -pregunta Ruth.
Comparo a las dos. En Noelia veo molestia, irritación, vergüenza. En Ruth compasión. Noelia me debe dinero y se retrae. Ruth no me debe nada y me entrega compasiva algo de sí misma.
-Sí, me siento mejor, juro que no tomé un trago.
-¿Fumaste...?
-¿Marihuana? No. Ni siquiera cigarrillos. No comprendo qué me pasó. Es que necesito mi dinero. Hoy, ahora. Es urgente. Mañana tengo un nuevo empleo y voy a empezar a morir y tengo un miedo atroz.
No sé en qué momento ha aparecido también David, que interroga a todos con la mirada y nadie le responde.
-Dios sabe que Noelia no puede devolverte el dinero -me dice Ruth.
-Entonces que Dios le pida un préstamo a Jehová.
David se sobresalta, se irrita, imagino que va a golpearme, pero se interpone, gallarda, Ruth.
-Está enfermo -le dice.
Sí señor, me siento enfermo, mal, débil, machucado, y estoy bajando por la escalera ayudado por Ruth. Desciendo queriendo que la escalera conduzca al pozo de la eternidad, para seguir bajando para siempre oliendo a cedro, canela, incienso y mirra de la piel de Ruth. Estamos en la calle. Ruth me dice que espere, se va y vuelve manejando un escarabajo que extrajo de algún agujero del monoblock. Me siento a su lado. Pero ella no mueve el coche. Me mira y pregunta cuándo comí la última vez.
-Hoy, desayuno, almuerzo y cena, una milanesa con grasa de lagarto.
Hizo un gesto de asco y arrancó. Paró frente a una parrillada.
-Creo que necesitas una buena cena.
-No tengo dinero.
-Yo sí.
Ya casi había olvidado el espectáculo del asado de rabadilla con su guarnición de grasa crocante, y la rica insipidez de la mandioca tierna. Ruth pidió solamente un choricito picante y lo fue comiendo de a poquito, haciéndolo durar y mirándome pensativa.
Las cosas a mi alrededor volvieron a su lugar. Yo volví a mi lugar. Hasta sentía la vergüenza del macho a quien la mujer le paga la comida. Sus ojos me invitaban a preguntar.
-¿Por qué lo haces, Ruth?
—154→-Porque necesitas ayuda.
-Gracias.
-Además sos muy parecido a Simón. Es mi novio. Fue a Israel a estudiar, y decidió quedarse. Quiere que me vaya.
-No te vayas.
-¿Me das una razón?
-Los árabes de aquí son mansos.
-¿Te estás burlando?
-No. No quisiera que te pase nada. ¿Por qué no se va tu hermano? Tiene la pinta del héroe.
-Pareces celoso.
-No parezco. Lo estoy. Estaba sucediendo algo hermoso con Noelia y él se interpuso.
Me miró con lástima.
-Voy a dejar que pienses eso.
-Si estoy equivocado corregime.
-Noelia nunca pensó en vos como...
-¿Como qué?
-Digamos galán. ¿Vamos?
Me llevó en su cochecito hasta casa, paró el motor y le di las gracias.
-¿Quieres besarme? -más que preguntó, pidió.
La besé largamente. Ella cerraba los ojos y estuve seguro que vivía la pequeña fantasía de que la besaba Simón. Y entonces su boca dejó de tener sabor a frutilla. Mi destino parecía ser usado, hasta para besar por delegación.
-Adiós, Ruth.
-Éxito, Erasmo.
-¿Qué?
-En tu nuevo empleo.
El coche arrancó disparando humo. No pararía hasta Israel. Buena suerte, Ruth. Y para mí, éxito en mi nuevo empleo. La ironía de la inocencia es la más amarga.
—155→
Marcelo Soto ya me estaba esperando cuando a las 8 en punto, con traje y corbata, me presenté a la casona del Dr. Gilberto Ortiz, y me condujo a una gran sala de estar de pesados muebles y las paredes llenas de fotografías de grandes grupos de gente de alcurnia que eternizaban congresos, seminarios, simposios y Dios sabe cuántas reuniones más de cerebros privilegiados. Diplomas con sellos de lacre, cintas y con académicas firmas en tinta china. Alcancé a ver denominaciones de ciudades como Madrid, París, Copenhague, Bruselas, Berlín y logotipos señoriales de heráldicas jurídicas en los que campeaban la clásica imagen de la Justicia ciega con la balanza y la espada. Mucho mundo, mucha ciencia, mucha Ley analizada, exprimida, comentada, comparada, replanteada y actualizada, clavada en las paredes que comprimían todo el saber y todo el andar del Dr. Gilberto Ortiz, en este mundo que pronto iba a abandonar.
En esa sala donde no entraba luz acaso porque la luz se lleva los colores de los sellos, los pigmentos de las tintas y los contrastes de las fotos en blanco y negro, se respiraba un aire pesado de museo, se sentía un silencio de museo, y hasta el peso del tiempo cargado de sabidurías en majestuoso reposo.
-¿Señor Arzamendia? -una voz femenina me trajo de vuelta a la llana Tierra.
-Servidor, señorita.
-Señora.
-Perdón, señora.
-Siéntese, por favor.
Se sentó frente a mí. Era una dama joven, pero trataba por todos los medios de mostrarse solo dama y nada joven. El peinado liso y tirado atrás, con los cabellos negros formando un pico sobre la frente ancha. Un vestido gris, funcional, con puños blancos que me hicieron pensar en una mucama, o en una institutriz. Zapatos de taco bajo, las piernas recatadamente unidas. Si pretendía tener un aire de severidad, lo conseguía muy bien. Me recordaba cuando de niño fui tembloroso a recibir una reprimenda en la sacrosanta Dirección de la Escuela.
-En su nuevo empleo, solo tratará conmigo, incluso en lo que se refiere al sueldo -me dijo, y adiviné en ella la postura severa de la hija precavida de un papá indiferente al dinero. Luego me informó del monto de mi sueldo mensual, mi horario, y que en lo posible, vistiera con formalidad. Esto último, lo dijo mirando con desaprobación mi —156→ único traje y el cuello de la camisa.
-¿Cuál es la naturaleza del trabajo, señora? -inquirí modosamente.
-Venga conmigo -me dijo y caminé detrás de ella por un largo corredor. Linda silueta, juvenil contoneo, después de todo.
Entramos a una habitación que ella abrió con una llave, y nos salió al encuentro el olor inmemorial del papel viejo. La habitación era bastante grande, y se verían algunos muebles si no estuvieran cubiertos por carpetas, cartapacios, archivadores de todas las formas, con cierres de metal, de carey, de tiras de cordel, con cintas. Pilas de diarios de los que sobresalen, algunos rótulos como lenguas de ahorcado. Paquetes fuertemente atados de legajos con un mismo color de tapa, más allá con distinto color de tapa; amarillentos recortes de diarios amontonados en cajas de cartón, enormes libros negros que parecen de contabilidad y resultan al fin copias al agua de aquellos lápices-tinta que algunos abuelos acaso recuerdan. Papeles, paquetes de papeles, montones de papeles dejando estrechos desfiladeros entre paredes y paredes de papel.
-Esto es su trabajo -me dijo la mujer, con un aire de que «yo no veo la necesidad de hacerlo y Ud. se lo buscó».
-Entiendo que se trata de seleccionar lo importante y descartar...
-No hay nada descartable -me cortó-. Hay que clasificar todo. Es el deseo de mi padre -sonrió por primera vez, pero con algún retintín de burla-. Tiene trabajo para mucho tiempo.
-Hasta jubilarme -quise ser gracioso, pero no le causé gracia.
Echó una mirada circular como evaluando el trabajo que me esperaba, y salió dejándome librado a mi suerte.
Me aburrí toda la mañana explorando aquella montaña de papeles, tratando de establecer un método de trabajo que ayudara a dar credibilidad a mis tareas, y la única conclusión que saqué es que todos los papeles sueltos, recortes de diarios, diarios, carpetas, archivadores y cajas se referían a cuestiones jurídicas. Cuando llegó el mediodía, había resuelto además que empezaría por lo más fácil, clasificar por fecha.
Salía de la casa sin despedirme de nadie porque nadie mostraba mayor interés en mi trabajo y menos en mi persona, cuando encontré a Marcelo terminando de pulir el automóvil. Acepté su invitación a almorzar porque ya tenía referencias de que allí se comía bien, y en casa comería mal, o no comería.
Nos sentamos en la cocina. Diamantina nos sirvió una espesa sopa de locro, y sorbíamos en silencio nutritivas cucharadas cuando oí pasos en la escalera, y apareció de nuevo la hija de mi reciente patrón, que sin consideración alguna a la cortesía y a mi digestión, —157→ aclaró rotundamente:
-Su trabajo no incluye la comida.
Si quiso humillarme lo consiguió totalmente. Es brusco el tránsito entre el gusto de comer con apetito y la información de que no se tiene derecho a comer lo que se está comiendo. Marcelo se puso rojo de vergüenza. Diamantina sufrió un sobresalto.
-Señora Elena, le invité yo. No creí que...
-Lo que crea el chofer no tiene importancia. Además debo ser consultada en todo. Y no está sucediendo así, Marcelo. Primero el préstamo que pidió a mi padre para su amigo enfermo. Después el empleo para este joven, que supongo es el hijo de su amigo enfermo. Y ahora... esto. Si quiere hacer beneficencia, hágala a su costa, Marcelo.
-Pero si siempre estamos dando de comer a los clientes del señor. -intervino tímidamente Diamantina.
Una dura mirada de Elena bastó para que la fámula perdiera todas las ganas de argumentar. La hija del patrón hizo una pausa algo teatral, dejó bien sentado que había humillado a tres personas, y abandonó la cocina.
Salí a la calle y como mi horario incluía más trabajo de tres a seis, fui a sentarme a la sombra de un naranjo en una solitaria calle de la amargura, esperando la hora de volver.
Solo allí caí en la cuenta de lo grotesco de mis reacciones. Estaba penetrando en una casa con un puñal asesino al cinto, y me daba el lujo de ser melindroso. Exigía respeto, pero traía la muerte en mis manos. Usaba al noble bruto de Marcelo, convertía a Valentín en mi máquina de matar y me ofendía la insolencia de una mujer altanera, a la que convertiría en huérfana.
-Es que nunca lo harás -me dije a mí mismo.
-No he llegado hasta aquí para... -me repliqué.
-Has llegado solo por inercia. Has llegado empujado, y cuando te toque tomar la iniciativa te enfrentarás a algo demasiado grande para tus fuerzas.
-Eso solo lo sabré cuando llegue el momento.
Más tarde volvía mi trabajo. Solo vi a Diamantina. Nadie me recibió ni me vio trabajar, ni me despidió cuando a las seis, con los ojos irritados y la nariz cansada de estornudos, di por concluida aquella melancólica jornada inaugural.
En casa me encontré con la novedad de que mi padre había vuelto. No me dijeron, pero adiviné que quien lo había traído a casa fue Marcelo con el auto y con la nafta de su patrón. En su papel de ángel bueno y buen amigo, Marcelo ya estaba resultando empalagoso. —158→ Hasta en el pollo a la parrilla y la mandioca que mi madre estaba sirviendo, se notaba la impronta de Marcelo.
Mi padre comió acostado, ayudado por mi madre, inesperadamente diligente y cariñosa. Tal vez la proximidad de la muerte contenga algún elemento químico que reconcilia a las parejas.
Me bañé, me puse mi uniforme de vaquero, remera y zapatillas de tennis, y fui a rendir mi informe a Natalia, que por primera vez me recibió en su dormitorio, porque estaba enferma de veras, tomando mucha limonada, los ojos llorosos y un humor de perros. Si se alegró de que su verdugo ya había penetrado en la fortaleza de su víctima, no lo demostró. Solo extrajo de debajo de la almohada un sobre de papel madera y me lo entregó. Palpé. Papeles.
-Ahí están. El poder general y mi carta. Y ahora te vas. No te vendría mal un baño y un desodorante -dijo, y esturnudó en su pañuelo-. ¿No los vas a mirar? -preguntó.
De ninguna manera -le contesté mentalmente-. Vieja perversa, no te das cuenta cómo me siento. Qué miedo. Abrir este sobre es un acto terminal, como convocar a los demonios y no saber cómo enviarlos de vuelta. Con el sobre cerrado todavía conservo mi inocencia. Todavía no soy todo tuyo, bruja.
-Lo miraré después -le dije y me dispuse a marcharme.
-Jabón y desodorante -repitió cuando salía de esa habitación recargada y como lista para contemplar una lujosa agonía.
El empleo no incluye la comida. Sácate ese olor animal. Las mujeres de mi vida no me habían tratado bien ese día. Solo faltó que apareciera la vigorosa hermana de René y me atropellara con su moto. Pero no fue la vikinga sino Ruth, que llegaba a casa en el mismo momento que yo, conduciendo su escarabajo.
-Hola.
-Hola. Te creía manejando hacia Israel.
-No es momento para hacer gracias. Tu amigo murió.
Pobre Sandoval. Muerto. Increíble. Hasta la muerte le quedaba mal.
-¿Dónde lo velan?
-Ya no lo velan. Lo enterraron con alguna prisa.
Llevado a la tumba en un ataúd apestado que nadie quiere tocar. Otra vez pobre Sandoval. Mil veces pobre Sandoval. Suerte mierda la tuya, mi pobre Sandoval.
-¿Lloras?
-Sí, y que te sirva de entrenamiento, porque en tu país vas a ver muchos hombres que lloran.
—159→-Te dejó una carta. Vine a traértela porque Noelia no tuvo valor.
El sobre estaba dentro de una bolsa de plástico rigurosamente sellada, como para no dejar escapar la peste. La tenía en mis manos, y Ruth me miraba con sus grandes ojos claros, curiosos ojos de niño contemplando al comando valiente que desactiva una bomba. Rompí el plástico con los dientes, extraje el sobre y lo apreté contra mi corazón.
-Mi último homenaje el amigo muerto. Gracias, Ruth.
-¿Puedo quedarme contigo un momento?
-No tengo una silla que ofrecerte.
Y yo no tengo donde ir.
-Además me parezco a Simón. Creo que mi destino es parecerme a alguien, nada más. Pasá.
Mi madre interrumpió su tarea de dar cucharadas de sopa a mi padre cuando su amado y escurridizo hijo Erasmo entraba con una rubia, delgada y esbelta. Pero como era su costumbre, hizo lo posible para no hacerse notar. Desde que tenía varices, aquello se había exacerbado aun más.
Ruth se sentó en la cama de Lucía. Yo, en homenaje a su salud, en el suelo y bien lejos de ella. Abrí la carta.
-¿Leo en voz alta?
-No es necesario.
-No lo digas con ese tono de «no me meto en las cosas íntimas». No hubo cosas íntimas.
-Ya lo sé. Si lo creyera no hubiera sido tu amiga.
La carta de Sandoval decía: «Querido Erasmo. Ahora que ya no tengo esperanzas, siento por fin que tengo paz y se me fue el miedo o me quitaron el miedo con alguna inyección milagrosa. Te reprocho que no me hayas visitado. El único que lo hizo fue Sergio. Me contó tu propuesta de la gran aventura y me dijo que se iba a París porque temía ceder a la tentación de acompañarte. Sentí unas ganas tremendas de estar sano para armarme de puñales, bombas y pistolas y lanzarme contigo al ataque, porque solamente una cosa así podía redimirme de esta larga vergüenza de la que al fin no tengo la culpa. Vergüenza de ser payaso, el que les divierte y les da asco, aunque me quieren y me tienen lástima. Yo también siempre me tuve lástima porque no soy un payaso-payaso sino un payaso genético, o un payaso hormonal. Siempre tuve conciencia de que soy un error de la naturaleza que se equivocó conmigo y me condenó a esta ambigüedad doliente. Ustedes reían cuando yo me lanzaba detrás de un conscripto y yo no podía sino reír con Uds. aun sabiendo que iba a buscar mi placer en el cáliz del horror. Me he puesto a soñar y —160→ aparecías vos preguntándome si era capaz de matar, y en mi sueño despierto me sobresaltaba porque la misma pregunta me había hecho y o mil veces, pero con una sola variante, no matar, sino matarme, no por lo que soy sino por lo que no soy. La tentación de morir no pasa por el trasero sino por el alma, mi querido Erasmo. La tentación de matar también, y ahora que te escribo estas últimas líneas, sin ninguna razón ya para mentir, te confieso que sí mataría a un hombre. Matamos al pájaro porque envidiamos su vuelo, derribamos el árbol porque nos irrita su perennidad. Yo mataría a un hombre porque me ofende su hombría. Y solo después de hacerlo acaso viviera en paz con mi alma. No sé qué impulsos te lleva a cometer el horror que piensas hacer. Pero si no lo llevas hasta el final, nunca serás íntegro. Te he amado mucho, Erasmo, y no me avergüenza decirlo porque es parte de esta comedia que termina. Adiós».
Incineré el papel y el sobre, y si tenían virus, bien merecían morir en la pira por lo que le hicieron a mi amigo. Fui al taller y traje una botella de nafta con la que me lavé las manos. Lo mismo hizo Ruth, que callaba, supongo que pensando que una mujer debe callar respetando el dolor de un hombre. Con todo, ese momento nuestro era inédito, ella reclinada en la cama de Lucía y yo abrumado porque no podía sentirme de otra manera. El sobre de Natalia que tenía en el bolsillo y la última voluntad de Sandoval me decían: mata. Y allí donde la gentil Ruth veía un dolor, no había dolor, sino desazón y miedo, viviendo un drama que me estaba sobrepasando, como escrito por otro para que yo la sufriera sin remedio. Otro, otros, eran las palabras claves. Otros me empujaban, otros me vivían, o vivían por mí. La misma Ruth estaba ahí porque me parecía a otro.
-Estás muy tenso. ¿Puedo hacer algo por vos? -me dijo Ruth.
-Puedes, pero no debes.
Ahondó su actitud femenina de abandono, de promesa.
-¿Y si quiero?
-¿Porque me parezco a Simón?
Me senté en la cama. La colonia Charpentier de Lucía se había disipado. Olíamos a nafta.
-No es porque te pareces a Simón, sino porque soy una chica que se siente sola y no sabe qué hacer.
-Formamos la pareja perfecta. Yo soy un hombre que se siente solo y no sabe qué hacer. No, querida Ruth, digo mal. Debo hacer algo que no debo hacer.
-Entonces hagamos lo único que está a nuestro alcance -dijo y se corrió en la cama ofreciéndome espacio.
Los más melindrosos lo describen como el abrazo amoroso. —161→ Los más desinhibidos «hacer el amor». Los religiosos fornicación y los cínicos coito. Pero ninguna de esas palabras define el intercambio de una furiosa y doliente soledad que se repitió una y otra vez a lo largo de una noche en que la cama de la pobre Lucía quedó devastada.
Estaba dormido cuando ella se marchó tan silenciosamente que no desperté. A la mañana siguiente persistía un leve olor a nafta, como prueba de que aquello había sucedido realmente, y me daba una oportunidad de asirme de algo -¿amor?- y escapar de la espiral de la locura. Fue la razón por la cual escribí la carta que al día siguiente deposité en el buzón del departamento en que vivía con su hermano. «Ruth. Necesito desesperadamente saber el significado de lo que pasó. No exagero nada al decirte que si soy amado estoy salvado. Contéstame. Erasmo». Su respuesta, casi inmediata. «Erasmo. Dices que si yo te amara estás salvado. El caso es, mi querido, que si yo te amara, estoy perdida. Estamos perdidos, porque hasta el amor debe tener sentido. ¿Qué sentido puede tener un amor nuestro? Con perdón, querido mío, nunca serás el hombre ideal de ninguna mujer. No obstante, sí, estoy enamorada, pero ese mismo sentimiento, es una cuestión mínima dentro de una gran cuestión: que estoy predestinada a marcharme a Israel porque es el mandato de mi raza, genético, como el de la golondrina que lleva grabada en la memoria las rutas del regreso. Suerte, Ruth».
Pobre Ruth. Ella también, con esa manera ampulosa de su carta, no dejaba de ser prisionera del pasado.
—162→
Terminaba el año 1988 cuando por fin, después de 4 semanas de trabajar en la clasificación de papeles, adquiriendo de paso un molesto catarro, tuve contacto directo con el Dr. Gilberto Ortiz, que entró inesperadamente en la habitación.
-¿Cómo va ese trabajo? -su voz ya tenía el timbre ronco de las cuerdas vocales oxidadas34.
-Avanzo de a poco. Creí que clasificar por fechas...
-¿Y cómo va Ud.?
-¿Doctor?
-¿Su padre sanó?
-Sí, Doctor. Gracias.
-Me alegro.
-Doctor, quería su opinión sobre la clasificación por fechas.
-No tiene importancia. Basta que haya un poco de orden y que Ud. se gane su sueldo. Pero no se sienta muy involucrado. Si encuentra un trabajo mejor, no me moriré de pena si esto queda así.
-Me hace sentirme inútil haciendo esto.
-No me diga que lo haría toda la vida. ¿No tiene aspiraciones?
Esperé el repetido sermón de que hay que estudiar para ser alguien y ahorrar para tener algo, pero dijo otra cosa completamente distinta:
-Esto es pasado, muerto -abarcó con la mano toda la habitación y su abigarrado contenido-. No sirve para nada. Deberíamos hacer una gran fogata y quemarlo. Y no me mire así. El pasado sirve cuando sirve al futuro. Esto no sirve para nada. El futuro ya empezó, es hoy. Es un enigma para Ud., joven, y la solución no está en estos papeles. ¿La parezco un viejo loco? -rió finalmente.
-No, Doctor. Solo que me resulta algo sorprendente que un... hombre de su edad reniegue del pasado.
-¡No reniego nada! Solo que el pasado es mío, y no tiene por qué ser el suyo. ¿Entiende? Tengo alguna experiencia en este asunto. Somos una raza sujeta a una extraña condena. Buscar errores en el pasado para repetirlos. Vivimos enamorados de los errores. Mitificamos los errores. Le ponemos sabores nuevos a los errores viejos para seguir gustándolos. ¿Eh, eh, qué me dice, joven? -su mentón le temblaba. Parecía realmente enojado.
-Perdone, Doctor, pero no puedo digerir la idea de que el pasado esté lleno de gente torpe que solo nos legaron errores.
-¡Ahí está, ahí está, ahí está! -su flaco esqueleto parecía sacudirse con —163→ una gran violencia interior-. ¡La gente torpe somos nosotros! ¡Grandes hombres nos legaron grandes ideas! ¿Y qué hicimos? ¡Convertimos las grandes ideas en minúsculas pasiones y a los grandes hombres en santones de palo para pasear por procesiones pueblerinas! -rió con tanta fuerza que la risa se ahogó en una tos que le sacaba los ojos de sus cuencas-. ¿La parezco pedantemente oratorio? -preguntó al final, y sin esperar respuesta continuó-: este aire mohoso mata a cualquiera. ¿Ya desayunó? No importa. Venga a desayunar conmigo.
Gocé de indescriptible placer al ver la consternación y la furia de Elena cuando su padre me sentaba a su mesa, y le ordenaba otro servicio para mí. Nada suntuoso, apenas aguado té con leche, tostadas y mermelada, pero tenía sabor a victoria.
-¿Esto se hará costumbre, papá? -preguntó con aire irritado.
-¿Costumbre qué?
-Que el empleado desayune contigo. Es para tomar las providencias.
-¿Providencias para un desayuno de fakir como este? Desayunará conmigo cuando me dé la gana. ¿Estamos?
-Sí, papá.
Su derrota fue completa, pero no tanta, porque aún no conocía la razón de su hostilidad hacia mi persona. La había visto preocuparse personalmente de la alimentación del pobrerío que recurría a la sabiduría judicial de su padre, y hasta era generosa con esa gente. Pero yo era la peste. ¿El viejo instinto de conservación del animal hembra?
-¿En qué estábamos? -inquirió mientras humedecía las duras tostadas en el té y se llevaba a la boca.
-En que el futuro es ahora -dije por decir.
-Exacto, dijo. Y empezar ya a enterrar las hachas de la violencia -hizo una pausa para beberse el resto del té-. Ya hubo mucha violencia. Y está allí, como herencia. No la acepten.
Quedó repentinamente callado, mirando una mosca que se posaba en los restos de la mermelada, rememorando violencias que no eran válidas como herencia, como aquel año de 1947 en que él mismo era todo violencia y asfixiaba a un joven oficial haciéndole tragar sus propios testículos.
Quise saber cómo algún muchacho que fue llega a esa barbaridad, y cómo después de hacerla se la puede enterrar en el olvido y volverse faro de sabiduría.
Como adivinando mi pensamiento pareció ensoñarse aun más y dijo algo como que la niñez y la juventud debían prepararse siempre para lo inesperado. Que él había sido adolescente, y joven, y estuvo en la inesperada (para él) guerra del Chaco, como oficial de Intendencia —164→ en la retaguardia (gracias a Dios).
-Pero, ¿antes de la guerra, Dr.?
-Antes de la guerra, y después, niño adolescente, joven, viví mi cuota de realidad y de poesía.
Cerró los ojos y modelaba con los dedos una miga de pan, y abrió las compuertas de su memoria:
-...Ir a bañarse al arroyo Ferreira, fumar Popular, Sublimes o Alfonso XIII, visitar el mandarinal de la calle General Santos para hartarse de mandarinas doradas, esperar el camión de pasajeros en una esquina apostando a que viniera traqueteando sobre el empedrado el «Oroité», «Golondrina», «Primavera», «Suba y Vamo» con sus grandes letreros de «Pinozá-Puero. Viceversa». Soportar la mínima polución sonora de los carros de reparto con llanta de hierro tronando sobre las piedras con su tiro de cinco mulas y llevando a los almacenes las mercancías de Cazenave Hnos., Buongermini Hermanos, Zanotti Cavazzoni, Billi y Compañía, Miguel Vera, y poco después el carro aguatero y el carrito de panadería con su mulita única y paciente. En los días de viento giraban enloquecidas las aspas de los molinos que extraían agua de los pozos artesianos y suministraban el líquido en poderosos chorros a los carros, agua para las familias, porque el agua para el pobre se llevaban los chicos en burritos de la Laguna Pytá de Pinozá, en latas que fueron envases de nafta y llevaban un alto relieve de la swástica nazi, porque la nafta en latas venía de Alemania. Sobre las casas pudientes veían alzarse las antenas de las radios Philco o Telefunken cuyas lámparas eran a los aparatos como los rubíes a los relojes, más poderosas las radios cuando más lámparas tenían y más finos los relojes cuando más rubíes ostentaban como cojinetes para sus ejes. ¿Qué más puedo decirte? Ah sí, los naranjos florecidos o fructificados en las aceras que emitían en las noches silentes el penetrante perfume nupcial del azahar o desparramaban sus rotundos frutos dorados sobre el empedrado azul. Ahora que lo pienso, esos naranjos que después pasaron al repertorio de nuestros mitos poéticos, elevaron al procerato inolvidable al Intendente que tuvo la idea genial de arborizar la ciudad con esos naranjos, don Bruno Guggiari, sin sospechar que años después, en 1946, en un día de agosto, un ilustre pariente suyo que regresaba del exilio y quiso ir directamente del Puerto al Panteón Nacional, don José P. Guggiari, fue rechazado por una multitud que lo acribilló con los mismos naranjos que su hijo, nieto o sobrino o primo había plantado, con lo que culminó una carrera de injustificable tragedia personal, porque recuerdo que fue Presidente de la República, y dicen que era un hombre bueno, incapaz de matar una mosca, hasta que la malignidad de aldea que presumo —165→ más tóxica que la perversidad de la gran urbe le atribuyó una esposa con una enfermedad incurable que solo podía tratarse con sangre de niños con lo que se creó una generación infantil presa en despavorido celo maternal, apenas caía la noche propicia a las andanzas de los siniestros hombres de la bolsa. Pero su infortunio no terminó ahí, porque seguía siendo Presidente cuando un 23 de octubre de 1931, las ametralladoras del Palacio dispararon contra una manifestación estudiantil, matando gente, con el resultado de que su nombre se lapidó, la prensa lo ahogó en tinta, convirtió el «José P.» en sinónimo de lo macabro y de lo maligno y de lo perverso, y eso que entonces no se conocían palabrejas como ahora, como manipulación política, desinformación y sicología de masas, pero se las practicaba por instinto, ventajismo u oportunismo. Si quieres que te diga, el Dr. José P., nombre que el vulgo guaranizó para convertirlo en Josépé (José Chato, sabes), hombre de misal y confesión, amigo de pasear por la fronda de su casa-quinta en piyama, para el goce inocente de oír a los pájaros, ver madurar los mangos y los aguacates y solazarse con el zumbido de los moscardones entre las campanillas, en fin, un hombre de laboriosa lectura de códigos y de poesía, nunca pudo ser el que dio la orden de ¡fuego! ni el menos marcial de «máteme unos cuantos de esos atorrantes bullangueros». Creo que su culpa fue no conocer al paraguayo, hijo, y permitir ametralladoras sobre el Palacio. Al paraguayo se le da mujer y no está contento hasta embarazarla, y se le da un arma y se siente castrado si no la dispara. Espero que las cosas hayan cambiado.
Me gusta tu oído tan atento, hijo. Siempre me gustó oírme hablar, que acaso sea una forma inofensiva de narcisismo, siempre que no sea una suerte de verborragia insulsa y obligatoria para algún tipo de audiencia cortesana y torpe.
Me gusta además tu silencio, hijo. Me recuerda -ya que estamos en eso- el silencio superlativo de la ciudad de mi niñez y de mi adolescencia. Argentina, neutral en dos guerras mundiales, y proveedora de carne y de trigo a los combatientes, granero del mundo, tenía su Buenos Aires fastuosa. Montevideo, señorial y puerto de peregrinos, era la perla de un Uruguay empeñado en parecerse a la Grecia antigua y a la Suiza moderna. Nuestro Paraguay tenía a su Asunción y Asunción tenía su silencio. Un silencio elaborado y asumido, silencio de caminantes sin diálogos, de transeúntes de pies de felpa, de ventanas cerradas con discreción para que esa misma discreción se vuelva silencio, la vida en sordina y hasta el escándalo susurrado, porque hablar en voz alta era de mal gusto o peligroso. Caminar por las calles era caminar por las vías del silencio, —166→ sentarse en una plaza empaparse de silencio. El silencio estaba cerca y en la lejanía al mismo tiempo, se arrebujaba en los zaguanes de mármoles frescos, se hacía más denso después del lejano silbato obligatorio de los agentes de policía en la profundidad de la noche, cuando también el lamento del último tranvía lo desgarraba para llegar hasta a Clorinda y posarse en los oídos del exiliado y fundirse en una nostalgia llorada.
El reloj de la Catedral daba las horas para las callejas de arena de Vista Alegre y para los senderos espesos de Tuyucuá con sus campanadas navegando en la cresta del silencio. ¿Te aburro, hijo?
-No, señor. Pero me parece que Ud. no recuerda, sino sueña.
-Es que la vejez viste al recuerdo con el ropaje del sueño, hijo. Pero puedo darte un testimonio de la existencia de un silencio perdido. Las guaranias, las primeras, soñadas por Ortiz Guerrero y recogidas por Flores. Escúchalas, Mburicaó, Nde Rendápe Ayú, India, son músicas venidas del silencio para convocar al silencio y reinar en él. Por eso ya no se las oye. Vivimos en la era del ruido y desde el ruido no se oyen las voces del silencio, el recogimiento es una leyenda y la meditación un lujo.
—167→
En la víspera de Navidad de 1988 sucedieron muchas cosas, desde la mañana temprano. Cuando salía rumbo a mi trabajo encontré que me esperaba en la calle Valentín. No había aliviado el tiempo ni su ceño tozudo ni la animal intención de acabar con todo lo que había acabado con el sentido de su vida.
-Ya está pasando demasiado tiempo -me dijo sin ceremonias.
-Hay que tener paciencia, Valentín.
-Quiero acabar con todo de una vez. Estoy harto de los sermones de René. Y ahora también su hermana. Dicen que cualquier cosa que esté ocurriendo, vos sos mi perdición. A mí no me importa la perdición. Solo pienso en lo que sufrió Lucía. Y lo que pasa en mí. Nos íbamos a casar y ni siquiera sé dónde está sepultada.
-Yo tampoco.
-Me mientes.
-No te miento, Valentín. No sé qué hacen de los muertos sin nombre en el Hospital de Clínicas.
Se le proyectó a través de los poros el dolor de que Lucía fuera un muerto sin nombre. Mi máquina de matar no había perdido compresión.
-Me voy a mudar, Erasmo.
-¿Por qué?
-No quiero oír más a René ni a su hermana.
-Hacés bien.
Me pasó un papelito con una dirección.
-Aquí voy a vivir desde mañana.
Sin despedirse subió a su Oldsmobile y partió.
En el trayecto a mi empleo también iba haciendo mi propia composición de lugar. Por donde se mirara, mi estúpido plan de verdugo a sueldo estaba lleno de agujeros. Vi a Valentín entrar como un vendaval en la casa del Dr. Gilberto Ortiz, y disparar contra él. No querría huir, no necesitaba huir porque con esa muerte terminaba su papel en el mundo. La Policía lo interrogaría:
-¿Por qué hiciste esa barbaridad?
-Mandó matar a mi novia.
-¿Cómo lo sabés?
-Me contó su hermano, Erasmo Arzamendia.
Y a mí:
-¿Es cierto eso, señor Erasmo Arzamendia?
-No tengo idea de lo que está diciendo ese hombre.
—168→Y a René:
-¿Dice Ud. que tiene informaciones sobre este caso?
-Sí. Me consta que Erasmo Arzamendia intentó complicar a otro amigo en un atentado para matar. Aquí está su nombre y su dirección en París.
-¿Y cree que hizo lo mismo con el homicida?
-Sospecho que sí.
-¿Tiene pruebas?
-No. Pero escriban a París.
Escribirían a París, y me citarían de nuevo.
-Su amigo ha contestado. Confirma que Ud. le indujo a matar.
-Hablamos de eso como una hipótesis. Juegos mentales. ¿Cómo se sentiría uno matando? ¿Qué se sentiría después de violar una monja? No pasó de eso. Dar por hecho supuestos imposibles.
-¿Por qué cree que el homicida mató precisamente a su patrón?
-Tengo algunas ideas al respecto. El pobre Valentín, digamos un fronterizo mental, era virgen de cuerpo y alma cuando conoció a mi hermana. Se enamoró de ella. Y ella, una bala perdida, vio su oportunidad porque los padres de Valentín son ricos. Creo que hasta pasaron una luna de miel algo loca, donde el varón perdió su virginidad. Entonces Valentín quiso casarse y sospecho que la idea no sedujo a mi hermana. Exprimirle plata sí, casarse no. Entonces mi hermana se mandó mudar, no sé dónde está. Mi madre dice que está en París, y supongo que tiene razón, porque le sacó mucho dinero a Valentín. Valentín no aceptó la fuga de su amada. Empezó a desvariar, leyó algo en el diario sobre una mujer desconocida muerta en el Jardín Botánico y la identificó con Lucía. Se le metió entre el jopo y la ceja que Lucía había sido asesinada y juró vengarla. Me lo dijo a mí. Ignoro la razón por la cual asignó la culpa al Dr. Gilberto Ortiz, pero sospecho que pensó que yo sabía que el Dr. Gilberto Ortiz era el que ordenó matar, y que este había comprado mi silencio con un empleo. Un razonamiento tonto, demente si se quiere. ¿Verdad?
Si el Oficial Acuña estaba presenta, tal vez se sonrojara, pero callaría.
Al descender del ómnibus, tenía más o menos la impresión de que saldría bien librado. ¿A quién sino a un demente se le ocurriría vengar a una muerta que no existía? Además, cabía otra posibilidad. Que Valentín se suicidara después de su venganza. Entonces solo quedarían las sospechas de René. ¿Pero quién cree a un ex-menonita?
Había riesgos, pero analizados, no tan agudos. Y pasada la tormenta, la riqueza. Había abierto el sobre de Natalia. Allí estaban el poder general y su carta que era una completa confesión de autoría —169→ moral. No tenía la opinión de un abogado, pero hasta donde podía juzgar, esos papeles funcionarían. Solo faltaba que el Dr. Gilberto Ortiz muriera en la víspera de su cumpleaños, o antes. Pero se alzaba una condición: que yo tuviera el coraje de hacerlo. Y empezaba a penetrarme la idea de que tendría coraje, si me convencía que el Dr. Gilberto Ortiz merecía morir. Curioso que tan brillante hombre de leyes tuviera en mí un juez tan inepto, pero así es la vida. Con una sensación algo demencial de que Dios había puesto en mis manos su espada vengadora, entré en la casa.
-Hoy no se trabaja -me dijo el Dr. Ortiz apenas entré-. Pero puede ayudar a Elena a montar su pesebre. A propósito, hoy necesitará un poco de dinero -y me pasó un sobre.
-Sí, Doctor. Y gracias.
Elena había conseguido ramajes de «ca'avó ve'i» y estaba instalando un pesebre en el extremo de la galería frontal de la casa.
-Su padre quiere que la ayude, señora.
-Muy bien. Entonces desaparezca. Será de gran ayuda.
-¿Y el espíritu de Navidad?
-¿Qué dice?
-Se supone que en Navidad la gente es menos hostil. Los enojos se olvidan. Se canta villancicos... ha nacido el Amor, etc...
Ella estaba arrodillada esparciendo arena fina que se ondulaba ascendiendo hasta lo que se suponía que era un establo. Por primera vez la vi sonreír.
-Está bien, en esa caja hay unas guirnaldas eléctricas que no sé si funcionan.
Abrí la caja y me puse a la tarea de substituir bombillitas quemadas y desenmarañar finos cables.
-Esto va a quedar bien.
-¿El qué?
-La guirnalda, se cambian los foquitos quemados y todo el resto funciona.
-Su ayuda no incluye la charla. No es necesaria.
-Perdone -dije contrito.
Siempre arrodillada, se sacudió arena de las manos y se volvió a mí.
-No es nada personal -me dijo.
-Entiendo -dije sin entender.
-Es una cuestión de principios -agregó.
-¿Se refiere a su disgusto conmigo?
-A eso. No me gusta Ud. porque no tiene dignidad. Acepta un trabajo inútil que es un modo de disfrazar una limosna. Y Ud. lo sabe, y lo —170→ digiere. Es joven, podría ser ambicioso, pero acepta cínicamente la caridad.
-¿Su padre me tiene aquí por caridad? ¿Por qué?
-Porque él es así. Bastó que Marcelo le dijera que ese joven está sin empleo y tiene el padre enfermo, para que él le inventara un empleo. Le angustia la gente que carece de medios y se cree un substituto de Dios para dispensar gracias.
-Eso no es nada reprochable, señora.
-No reprocho a mi padre, sino a Ud., que se aprovecha de él.
-¿Sería más amable si le prometo buscar otro trabajo?
-Me demostraría que estoy equivocada. Que Ud. tiene algo de decencia.
-Entonces le prometo.
-Gracias. ¿Quiere alinear en círculo esas macetas?
Hice lo que ella me pedía.
-¿Quiere mucho a su padre?
-Mucho.
-Oí que abandonó a su marido por...
-¡Asuntos personales no, joven! -se irritó.
-Perdón -murmuré.
-Amar a un padre y estar orgullosa de él me hace feliz -dijo sin dirigirme a mí, sino a sí misma-. Mi padre es un gran hombre, porque está por encima de todo. Cambian los hombres, cambian las ideas, el que es un personaje hoy es un desplazado mañana. Unos suben, otros trepan, se cae, se asciende, se aferra, se pierde pie, uno se ahoga y le tiran un salvavidas con agujeros.
Tenía el Niño Jesús en la mano y parecía hablar con él.
-Más allá de ese portón solo hay mareas que traen y llevan gente, vida, carreras, ambiciones -continuó-. Pero no a mi padre. Permanece y prevalece -se dirigía a mí-. No lo respetan por decreto, sino por algo más profundo. Mi padre ya no es un hombre, es un símbolo. Aprendió a superar las pasiones y quiere enseñar a los demás a hacer lo mismo. ¿Ve que no merece su burla?
-¿Mi burla?
-Se burla de su bondad. No es decente. Y si funcionan las guirnaldas váyase. Vaya a acompañar a su padre enfermo.
Al marcharme Marcelo lavaba el auto y el Dr. Ortiz tenía una tijera de podar y observaba atentamente una rosa.
-Feliz Nochebuena, Doctor.
-Venga, venga, jovencito -me llamó-. ¿Vio alguna vez una rosa negra?
-No, Doctor.
—171→-Ahí está, ¿ve? ¿Hermosa, no?
-No es negra. Es negruzca.
Evidentemente ofendido esgrimió la tijera como para darme un golpe, cuando intervino Marcelo.
-Patrón, la radio dice que se firmó la paz entre Irán e Irak.
Marcelo solía lavar el auto poniendo la radio del vehículo a todo volumen, una de las libertades que se daba. Efectivamente, el noticioso radial anunciaba la firma de la paz.
-Gracias a Dios -dijo el anciano-. La guerra es la aberración más grande de la naturaleza humana.
Sobre todo cuando nos lleva a castrar a un pobre diablo, pensé.
Olvidado de su rosa negra, el anciano murmuraba, paseaba y gesticulaba como un profesor impaciente frente a un aula atestada. Marcelo me decía con la mirada que siempre es así, después de todo es un viejito algo chocho.
-¡La única guerra válida que se puede declarar es la guerra a la guerra!
-Se dirigía a un auditorio de rosas- ¡La guerra es un gran crimen inútil! En Troya se mataron por una adúltera. ¡Se mata en nombre de Dios, de Jehová, de Cristo y de Mahoma! ¡Guerras de conquista, guerras políticas, guerras por territorios, por el rescate del sepulcro de Jerusalén y por la gloria del Islam. Comunistas contra capitalistas, liberales contra totalitarios, protestantes contra católicos, reformistas contra conservadores, judíos contra gentiles, cristianos contra moros, guerras de todos contra todos para que las industrias de guerra sigan funcionando, mejores tanques, más misiles, guerra económica, guerra ideológica, guerra bacteriológica! ¡Padre nuestro que estás en los cielos, le creaste a un planeta hermoso una enfermedad llamada «hombre»!
Se detuvo jadeante, tratando de recuperar la respiración y apretándose el pecho. Me miraba fijamente.
-Menos mal que ya no estaré aquí para ver el Apocalipsis -dijo finalmente.
-Se diría que Ud. vivió las atrocidades de la guerra, Doctor.
-Estuve en todas las guerras y sufrí y morí en todas las guerras. Traté de encontrar algo de cordura en la razón de todas las guerras. Y no la encontré.
-¿Ni en la guerra civil del 47?
-¿Qué pasa con eso en especial?
-¿Qué piensa de ella?
-Que no debió suceder. No fue necesaria. Los colorados ganaron a los liberales, pero eran colorados de formación liberal que hasta 1954 cometieron todos los errores de sus maestros. Pero apareció el —172→ General y dijo aquí pongo orden, y lo puso. No soy lo que se dice un stronista, Dios me libre, pero no me siento su juez. Es tan difícil de juzgar como el Dr. Francia y así será en el futuro, porque hubo paz a costa de sufrimiento y de grandes claudicaciones humanas. Pero una cosa es cierta: no hubieras nacido tal vez si en 1954 Stroessner no hubiera dicho basta. Hubiéramos vivido saltando de revolución en revolución. No se si es justo, mucha gente pagó la tranquilidad de otra mucha gente.
-¿Participó en la guerra civil?
-¡Qué loco! ¡No estaba en el país, y si hubiera estado me hubiera escondido en un aljibe, mocito!
-¿Que no estaba en el país, dijo?
-Tenía una beca de la Fundación Ford para investigaciones jurídicas referidas a la colonización española y me pasé todo 1947 en los Archivos de Indias, en Sevilla. ¿Qué le pasa? Se ha puesto pálido. Vaya a tomar un vaso de leche en la cocina.
Desde ese momento, recuerdo haber vivido en un estado cercano al sonambulismo, anonadado por la falta de sentido de todo, que no era siquiera falta de sentido, sino falta de cordura, una larga demencia en la que fui traído y llevado, arrastrado y arrancado como una hoja seca en un remolino interminable. Si mi memoria no falla, pasé por un supermercado donde compré manjares navideños para mis padres, algunas botellas de sidra y golosinas envueltas en celofanes con cintitas plateadas. Mi madre daba saltitos de alegría, decía que solo falta una tarjeta de Navidad de Lucía, y mi padre contemplaba maravillado el medio lechón asado en que había gastado casi todo mi dinero. Después ya no estuve allí, sino en la calle, en una ciudad navideña que encendía en las casas más luces que de costumbre, y había más ruido, más risas, más música y muchos petardos. Ventanas abiertas sobre las calles de salas donde fulguraban arbolitos navideños de plásticos con nieve, o jardines iluminados para exhibir mejor el pesebre exhalando el penetrante35 olor de flor de coco, con sus pepitas amarillas estallando esencias nostálgicas. Televisores a todo volumen endiosando cervezas con música de villancicos o recreando el Nacimiento del Niño en un cajón de un Whisky providencial destilado por monjes reverentes. Pero yo no estaba en condiciones de separar el espíritu de Navidad del delirio de Navidad, porque había llegado a la casa de Natalia. Ella me recibía vestida a toda gala como para pasar una Nochebuena entre una muchedumbre muda de admiración por su peinado de plata, su collar de perlas, su vestido verde esmeralda de perfecto corte con un tajo revelador al costado; sus zapatos de altísimos tacos estilizados como —173→ floretes, y su espeso maquillaje de rojos ardientes en los labios, rubores rosados en las mejillas, marmolina azul en la ancha frente, sombras verdosas sobre los párpados, y trazos sabios de negros toques que agrandaban sus ojos y le daban el definitivo toque de una Cleopatra avejentada. A su mirada interrogante solo pude responder con lo que tenía adentro desde aquel casi mediodía:
-No fue él.
-¿No fue quién?
-El Dr. Ortiz. No estuvo en la Revolución. No mató a nadie, no castró a nadie. Estaba en Sevilla, revolviendo papeles.
-¡Sos un idiota!
-Lo soy, pero eso no hace un monstruo al Dr. Ortiz.
La ira empezó a fulgurar en sus ojos. Apretaba los puños, temblaba, las ventanas de la nariz abiertas como se las ven en los caballos excitados.
-¡Tu trabajo solo consistía en matarlo!
-Reunía coraje... y tropecé con la verdad. No fue él.
-¿Pero note das cuenta, imbécil? ¡Tiene que ser él! ¡Tiene que ser él! ¡Y no tienes derecho a venir aquí a interferir en los designios del Cielo, pedazo de cretino! -gesticuló con tanta violencia que una pulsera salió despedida de su muñeca y fue a estrellarse contra un pesado reloj de péndulo.
De un puntapié se despojó del zapato derecho, y el izquierdo de otro y se derrumbó en el sillón, con un esfuerzo supremo de calmar sus nervios y razonar con un idiota. Con voz paciente, contenida, susurrada entre los dientes, me dijo:
-¿No te das cuenta de que no puede ser otro? Piensa, piensa, piensa, Erasmo. ¿Crees que voy a morir en paz pensando que mi amado sufrió una muerte grotesca en manos de milicianos desdentados y borrachos? No. No. Mi amado mereció morir una muerte romana, heroica, en manos de un asesino ilustre que al derramar su sangre desafiaba a los Dioses y alteraba la armonía del universo.
Dios Todopoderoso -me dije-. Está loca.
-Entonces la cuestión no fue nunca quién lo mató, sino quién merecía el honor de matarlo -se puso de pie. Descalza, no perdía cierta majestad trágica-. Y encontré al hombre, con algo de águila, de pureza de alma, de Maestro, sumo sacerdote y guerrero, admirado, seguido, venerado, que era el verdugo que mi amado merecía. Era él, el Dr. Gilberto Ortiz, el de la palabra definitiva, el hombre superior a su tiempo y a sus semejantes, el bronce vivo. Solo quitándole la vida, la muerte de mi amado tendría sentido. ¿Comprendes ahora, Erasmo?
-Sí, Natalia, lo comprendo -dije con ánimo de apaciguar.
—174→-¿Y sabes lo que ocurrirá cuando el Dr. Gilberto Ortiz muera? Se desatarán tormentas.
«Mi padre es un símbolo», había dicho Elena. Basta destruir un símbolo para que las Furias despierten, había dicho no sabía quién, ni dónde, hablando de violencias soterradas prontas a estallar. La mujer podía estar completamente loca, pero sabía lo que quería, lo estaba mascullando demencialmente, sin zapatitos de gala ya, con su casco de plata flameando suelto, con su collar de perlas esparciendo bolitas cantarinas por la sala; quería sangre, sangre joven, sangre torrencial en el altar de su culto macabro. Quería otro 1947, y sabía cómo desencadenarlo.
A pesar del tiempo transcurrido, no se me borra de la memoria aquella Nochebuena de hondos conflictos interiores. Un hombre de 25 años, que nada había hecho y todo tenía por hacer, que nada tenía y todo lo quería, con una desesperanza interior que crecía con la convicción de su inutilidad, caído en las redes de una demencia senil rayana en el genio superior del Mal, encontraba en esa misma demencia que rechazaba visceralmente, la realización del sueño larval en todo ser humano, riqueza y poder. La riqueza en el desprendimiento enloquecido de Natalia Valois, y el poder que de pronto estaba en mis manos de tapar la luz del sol con las humaredas del incendio, borrar del mapa a los Toribios y a las Sixtas, viudas locas y curas libidinosos36, la parafernalia electrónica y la lobreguez de un cine muerto, la marea de angurrientos que viene y la marea de decapitados que va, la cerveza entronizada y el Whisky elaborado para las papilas de Dios y del rico, el protagonismo del glúteo televisado y la muchedumbre devota de Rosa Salvaje, la mesa ilustre del San Roque desbaratada37 por un borracho...
Acabo de echar una mirada a mi celda de donde saldré el 2018, atemorizado por un siglo nuevo que no vi nacer, y la circular pregunta vuelve a girar en mi mente: ¿Hice lo que debía?
Pero acabemos con esta crónica.
En febrero de 1989 fue derrocado el General Stroessner, y el país que tenía 1.400.000 strosnistas se llenó de 1.400.000 estupefactos. Curiosa la política. Pero en todo caso, los paraguayos no la inventamos sino nos sumergimos con alegría infante en sus torbellinos que creemos de agua fresca y descubrimos que viene manchada de sangre.
—175→Se produjeron grandes cambios y grandes desconciertos. Un sistema de 34 años acababa en 18 horas. El viejo y retorcido edipismo por el que todo el mundo hacía, decía, construía, inauguraba, escribía, peroraba y pontificaba era en función de que le guste al «Rubio» -éxito- o que «no le guste al «Rubio» -peligro- desapareció de la noche a la mañana. El Gran Papá se fue y un pueblo salió de una larga adolescencia y pretendió volverse adulto en horas. No sé lo que pasó después, porque desde agosto de aquel año, me exiliaron del mundo.
En Marzo de 1989, yo había vuelto al principio, es decir, a vivir de las changas de mi dudosa habilidad manual. Consecuencia de su enfermedad, o de las poderosas drogas que le había aplicado, mi padre iba perdiendo paulatinamente la vista y era desgarrante verlo llorar como un niño aterrado. Marcelo Soto, embebido de su papel de ángel de la guarda, amobló el cuartucho que fue de Lucía e hizo construir un baño con ducha, y se mudó a vivir con nosotros, asumiendo feliz el rol de generoso proveedor de comida, y sospecho (pobre mamá, cómo te fallé) en el tercer vértice de un triángulo casero. Solía traer también revistas que seguramente hurtaba de sus patrones, y en una de ellas, española y cortesana, mi madre leía la crónica ilustrada de la visita de los reyes de Suecia a los reyes de España cuando de pronto lanzó un grito. Había reconocido a Lucía en una de las damas de la comitiva de la reina sueca. Desmelenada y como poseída corrió por el barrio mostrando la fotografía, sin cesar de repetir jubilosa que «ya lo decía yo, ya lo decía yo». Cuando por fin la tranquilicé y la senté en su cama, me tendía la revista, y sus grandes pechos vibrantes subían y bajaban.
-¿Ves, ves? ¿Es ella, no? ¿Me vas a decir que no es ella?
-Claro que sí, mamá, es ella.
-Está más delgada, ¿ves?
-Y cambió de peinado, mamá.
Mi madre fruncía el ceño.
-¿Pero cómo fue a parar a Suecia?
-Se habrá casado con un cirujano plástico sueco, mamá, el que la mantiene tan bonita a la reina. Un cirujano real, será.
Mi madre, plena y feliz, apretaba la revista contra su seno y yo decía gracias Dios mío por la gracia de tu mansa locura.
El primero de abril, por la noche, recibí la última visita de Valentín. Ya me había acostumbrado a ellas. Llegaba en su ruidoso coche, enfilaba derecho al taller y se sentaba a mirarme en silencio, en paciente y animal espera. Tenía un extraño parecido al Doberman de Sergio que se sentaba con los músculos tensos a la espera de la orden de matar. El primero de abril su rutina tuvo una variante. No se —176→ sentó, ni se quedó. Dejó un deforme paquete sobre mi banco de trabajo y se fue. Abrí el paquete. Era el poderoso revólver de la venganza. Esa misma noche, Valentín se ahorcó.
Nunca quise, ni pude, profundizar la razón de su decisión. Acaso acumuló tanto odio que ya no fue capaz de cargarlo, pero no quise cavilar más sobre el asunto, porque cualquiera fuera el motivo del pobre Valentín, ya no me sacaría jamás de la conciencia la sensación de culpa, y la fatalista presunción de que de algún modo tendría que pagarla.
El hecho de que me dejara el revólver tenía significados que me resistía a desentrañar. Podría ser un reproche, como el de que «aquí tienes otra máquina de matar», pero de hierro. Lo rechazaba porque una sutileza así no cabía en la mente de Valentín.
El 22 de abril sucedieron dos cosas de distinta importancia. Recibí una carta de Ruth, muy formal y muy amistosa. Y una fotografía suya dando clases en la escuela de niños de un Kibutz. Se la veía a ella; y detrás el pizarrón, y a la vera del pizarrón colgando una metralleta. Hoy me pregunto si la hermosa Ruth sobrevivió a la aplanadora árabe de 1990. Lo otro fue una reseña periodística en el diario de la tarde que Marcelo depositó con orgullo perruno en mis manos. Se refería a su patrón, que acaba de recibir la comunicación de que había sido nombrado Miembro de la Academia de Ciencias Jurídicas de Francia.
Vivíamos entonces (no sé ahora) en un país hambriento de nombradía, en relación directa a la sensación frustrante de que nadie nos conoce a pesar de nuestras borracheras de glorias históricas. Un equipo de fútbol, una Miss algo, un ajedrecista, una cantante que ingresaba al coro de la Opera de Milán, un animador de televisión que se codea con la mayúscula holgazanería del Jet-Set, o un arpero o rabelero estrechando la mano de Frank Sinatra, servían de deleitoso oxígeno a nuestro asfixiado ego mediterráneo.
La distinción recaída en el Dr. Gilberto Ortiz provocó ríos de tinta y coros de alabanza y aleluyas. Demostraciones de alto nivel, calificaciones periodísticas como «hombre superior a su tiempo», «modelo de saber y cordura en una Sociedad desgarrada por el sectarismo», «faro que ilumina a las jóvenes generaciones para un necesario intento de rescatar la ética», «Maestro cuya cátedra no debe caer en surcos estériles», «abanderado de la ciencia y la decencia», «talento iluminador alzado sobre la mediocridad reinante», alimentaban el júbilo de la gente pensante y de la hinchada emocional que comprendía poco, pero se dejaba arrastrar por la euforia de mostrar que el bendito y querido país podía mostrar algo superior a Romerito —177→ y Cabañas.
No pude sustraerme a aquella fanfarria colectiva, y alcancé a convencerme de que ciertamente, la muerte violenta de aquel hombre rompería diques y deflagraría enardecidos, sangrientos fanatismos, violencia suicida; los canibalismos despertarían incontenibles.
Pero también llegué a la conclusión de que su vida era mi cataclismo personal, mi infierno y mi condena a la mediocridad y a la existencia descolorida, castigo a mi cobardía de no haberme atrevido dar razón a la locura, sin atreverme a la valentía del héroe enceguecido que comprende, acepta que la sinrazón de una demente era la razón de mi vida.
En los primeros días de abril hice mi última visita a Natalia Valois. Descubrí que ciertas formas de demencia pendulan entre la furia y un profundo sosiego, y en este estado de ánimo la encontré, vistiendo una modesta bata y con sus pies de pájaro enfundados en una zapatilla de felpa.
No sé, aun ahora, si lo que me llevó a su casa fue la curiosidad o la compasión. En aquellos días tonantes del 2 y 3 de febrero los cañones y las metrallas acaso hubieran clamado, o colmado, sus ansias de venganza. Tuvo la sangre que quería, la muerte y el holocausto, la noche acribillada de granadas y el amanecer iluminado por las lenguas de fuego de los tanques.
-Tu teniente ya está vengado, Natalia -le dije.
-No, Erasmo. Yo no quiero sangre de soldaditos. La quiero de milicianos desorbitados y violadores. Quiero que todo el país tiemble aterrado por el castigo divino, o infernal, si prefieres. Quiero una pira donde arda todo... todo. No quiero una guerra mirada por televisión sino que los televisores escupan fuego a la cara de los que cuentan los estampidos como si fuera un programa más. Que la cuidad arda, raudales de sangre arrastrando automóviles destrozados, con cadáveres adentro.
¿Viste? La pequeña violencia ha llegado, asoma una mecha como un brote de espino. Es hora de darle fuego, con la muerte de Gilberto Ortiz.
Estaba loca, pero tenía razón, los días erizados de febrero y marzo contenían un irremediable sentimiento de miedo a violencia... que me empezó a enamorar, contagiado en mi inocencia por la pasión demencial de Natalia.
¿Acaso lo que yo no era, lo que mi madre y mi padre no eran, no reclamaban violencia? ¿No merecía mi hermana también un —178→ funeral de cañones?
Quizás la violencia sea la respuesta de los valientes, pero también es el sueño de los cobardes y de los viciosos que cantan aleluyas magnificando su frustración y su reproche en el estampido de las bombas.
Entonces empezó a corroerme el odio. Un odio inútil porque era el deseo de matar que nunca llegaría a su culminación, por la absoluta certidumbre de mi cobardía, por el temor de hormiga ante la enormidad de la tormenta. Alimenté mi odio con una comedia grotesca. Le seguía los pasos al Dr. Gilberto Ortiz, tomaba apuntes de sus actividades, interrogaba a Marcelo, llenaba carpetas con recortes de diarios que se referían a él, daba bienvenida al insomnio porque me daba todo el territorio de la noche para urdir mis trampas, tender emboscadas, disponer bombas en ejercicios macabramente placenteros.
Llegó agosto. El Dr. Gilberto Ortiz debería morir antes del 30. Veía discurrir los días con una angustia creciente, y llegué a sospechar que estaba loco porque mi erizada expectativa no llegaría nunca a nada, pero yo esperaba la fecha como quien espera una noche de bodas, triunfal, definitiva, puerta abierta a una felicidad infinita.
Dios sabe que solo quise llegar hasta el límite extremo, antes del disparo mortal. Gozar de la sensación de tenerlo a mi merced, de hacer pagar al mundo con sangre y desesperación el haberme ignorado y condenado a sobrevivir arreglando tostadoras y planchas. Por eso fui aquel viernes 29 de Agosto al Unión Club, donde el Dr. Gilberto Ortiz daba una conferencia sobre el «Derecho Espacial a la luz de los avances de la tecnología moderna».
Llevando bajo el saco el revólver de Valentín.
La sala estaba atestada, con dos bloques de asientos separados por un pasillo central estrecho, pero había espacio entre los extremos de los bloques y la pared y en él se apiñaba una multitud de pie. El Dr. Gilberto Ortiz ya había comenzado su exposición, y lentamente fui abriéndome paso entre la gente apostada contra la pared fingiendo la prisa de un coordinador o algo parecido. Llegué tan adelante que veía de perfil al viejo maestro, y solo bastaba un paso para estar en la tarima. Mi corazón latía, el negro acero del revólver de Valentín también parecía latir en mi cintura. Había llegado donde quería. El Dr. Gilberto Ortiz estaba a mi merced, la suerte del país estaba en mis manos, pero crecía en mí como un desencanto de acto sexual inacabado. El peso de una convicción infinitamente triste me abrumó como me abrumó mi destino de llegar siempre a los umbrales de la —179→ vida merecida de vivir, y no atravesar nunca la puerta.
Y entonces maté. Maté en un momento mágico, irrepetible.
Maté a Natalia Valois, que estaba en primera fila, con su perfecto casco blanco y su máscara de colores, con la mano enfundada en blancos guantes que se introducían lentamente en la gran cartera, empuñaba sin ninguna crispación algo de brillo azulado y parecía que lo iba extrayendo lentamente. Le disparé antes de que sacara el arma.
El juicio fue rápido. Nadie creyó mi historia. Los diarios decían que era un delirio de paranoico. Exhibí los documentos de Natalia y resultaron una burda falsificación.
La primera gran ironía es que el Dr. Gilberto Ortiz muriera de un ataque cardíaco a fines de setiembre, y no se produjo cataclismo alguno, porque murió en su cama. Y la otra, fue que en el curso de las investigaciones, nadie supo explicarse por qué la víctima tenía un arma descargada en la cartera.
Yo sí supe explicarme. También Natalia, en su demencia, vivía una ilusión de venganza que se detenía en el borde de la realidad.
Marcelo Soto fue a trabajar a Pedro Juan Caballero. Mi padre está ciego y mi madre jura que yo estoy en Estocolmo donde el marido de Lucía me consiguió un puesto en la Corte. Viven de la caridad de Noelia.