Memoria adentro
Mario Halley Mora

Nuestra Editora nace con esta novela de Mario Halley Mora, consolidando desde el inicio mismo, su intención de acoger a las más notorias y consagradas firmas intelectuales del Paraguay. En la serie de Literatura irán desfilando aquellos que han sido consagrados por el público, como también autores jóvenes que, a juicio de nuestros asesores literarios, merecen la alternativa de demostrar su talento. Así, de la misma manera que editaremos a triunfadores, editaremos también a los que merecen triunfar, o por lo menos, tener su oportunidad, esto último, porque nuestra filosofía empresarial nos indica que si editar a autores jóvenes es un riesgo, el riesgo vale la pena si ayudamos a descubrir un talento nuevo. Entretanto, ya nos encontramos montando la infraestructura para iniciar una serie de Poesía Paraguaya, obras históricas de interés general, y postulaciones políticas, culturales y económicas que encuentren en el libro, la vía más idónea para su expansión y penetración.
Entretanto, nos satisface y enorgullece que don Mario Halley Mora haya consentido en entregarnos sus originales de la presente novela, de lectura atrayente, apasionante, como es toda la producción de este ilustre compatriota.
Asunción, Marzo de 1989
Roberto Cabañas
Editor.
—I→
Lo común cuando se prologa un libro es hacer un comentario sobre el mismo. Esto es en cierta forma un anticipo. En ocasiones, sin embargo, el prologuista nos cuenta hasta el final, bien en forma sucinta, bien saturando tantas o más hojas que el autor, lo que en verdad no hace sino irritar al lector, según mi propia experiencia personal como tal.
Por todo esto, al comprometerme a estas breves palabras de «presentación», entre autor y libro, he pretendido elegir al primero, sin preferir a su «hijo literario» que es parte y parto de su personalidad, al envolver su autoría.
Tampoco mi elección ha sido fácil, ya que al decidirme a escribir sobre una personalidad tan conocida, de comediógrafo, ensayista, poeta, narrador y periodista, ¿acaso necesita Mario Halley Mora una presentación?
Pienso que no. Que quien se está presentando es el que suscribe, que en cierto modo cambió el comercio, el campo y otros intereses que ha dejado de cultivar no totalmente, por la tarea de mayor plenitud de profesor titular de la Universidad Nacional de Asunción o en sus escarceos por el PEN CLUB y otras instituciones culturales, de las cuales, o de la mayoría uno ha sido distinguido como miembro.
Como decía más arriba, al presentar me estoy presentando, error de vanidad en el que muchos incurrimos, o solamente justificación ante terceros de por qué presento yo a una persona tan madura, conocida y triunfadora en el campo de las letras como mi respetado, admirado y querido amigo Mario Halley Mora.
Sin duda es porque él siempre me distinguió dándome sus escritos para leer y escuchando mis opiniones sobre los mismos.
Mi opinión sobre Memoria adentro es óptima. Los lectores lo apreciarán, y mi opinión sobre el escritor es también la mejor, pero quiero enfocar un aspecto sobre Mario, que puede haber sido discutido en su personalidad de escritor: el de periodista. Para muchos, el «periodista mata al escritor, bien por la inmediatez, la urgencia de la noticia, bien por su naturaleza de periodista condicionado por el periódico en el cual escribe, que al fin es la respuesta —II→ a aquello de «ganarás el pan... etc.». En el caso de Mario Halley Mora, es colorado y no creo que niegue ni reniegue jamás de esa definición política. Tuvo que hacer un periodismo comprometido. El último alud lo arrastró, pero cayó de pie. No se unió al vocerío insultante que precedió al derrumbe de 34 años de un sistema que lamentablemente vivió una agonía de furias. Nunca agravió a nadie, ni dedicó poemas a nadie. En medio de los hierros de la pinza del capítulo final, conservó su independencia intelectual, y siempre se negó a ser cortesano.
Los hombres que huelen a tinta son explosivos o mansos, pero al fin son hombres de ideas que son lanzadas como misiles en el alma del lector. Son hombres que debieran ejercer una libertad plena, pero me pregunto si existe tal cosa, cuando la amarga experiencia enseña que la restricción es la norma, y el periodista, en ese caso, le quita al autor tiempo y libertad.
A mi presentado lo conozco hace más de 30 años (llevo de hispano-paraguayo 35). Lo he conocido en la función pública por un tiempo, hasta 1970, último año en que fue funcionario público. Desde entonces no conozco decreto alguno que le nombre en ninguna parte, en ningún cargo grande o pequeño que constituya privilegio o sinecuras, ni que le libere de impuestos un sólo automóvil -de hecho, el que posee ahora, es «mau»-. En 1977 fue nombrado Jefe de Redacción del Diario Patria, órgano periodístico de un gran partido político. No lo he conocido como activista político, ni como consejero de ninguna corporación o ente autárquico estatal, ni como candidato a ningún cargo electivo, ni como miembro de ninguna Junta Electoral, ni como oyente ni disertante de ninguna «academia de formación política», seminario, panel o lo que fuere. Eso sí, supo hacerse de grandes amigos entre los cuales me place figurar. En fin, si hizo política, la hizo como periodista y como colorado que nunca perdió la fe en su Partido, que no es lo mismo que la fe en los hombres. Y ahí está el quid de la cuestión. A Mario Halley Mora, escritor consagrado se quiera o no se quiera pues su obra lo rubrica, le faltó, como siempre lo dije, saltar las líneas nacionales para consagrarse y ser más conocido en el exterior, bien con la singular característica de su paraguayidad con la que está saturada toda su obra -que lo digan Ernesto Báez y Carlos Gómez- bien con la universalidad de sus personajes, porque siendo estos singulares, se convierten en clásicos y lo clásico es universal.
Por lo demás, la «contestación» que se primaverizó el 2 y 3 de febrero de 1989, tuvo su inicio casi en el nivel subliminal, en la década de los años 60 y parte del 70 con las obras de Halley Mora en el Municipal, atiborrado de multitudes, de gente que aún vive, que —III→ daba razón a Ernesto Báez cuando decía que «representar a Halley Mora es un deleitoso peligro». Entre todas esas obras que fueron introduciendo cuñas, citemos solamente, por dar un ejemplo: «La Madama», ahora y entonces de candente simbolismo.
Halley Mora ha sido destituido de Patria. Curioso que se sostuviera allí contra la llamada «militancia» y fue arrastrado por ella en su caída.
¡Pero qué estupendo!
Vuelve a adquirir su libertad de escritor sin perder su condición de colorado. ¿Pero acaso los autores o los grandes hombres tienen color o se ven condicionados por ideas políticas? Yo diría que sí, desde Aristóteles a Montesquieu, pasando por Locke hasta Martínez de la Rosa a Jacinto Benavente, o desde Julio Correa a Augusto Roa Bastos o Mario Halley Mora. Cada uno de los personajes, cada parcela de la Sociedad que crean o nos describen, es un pedazo de la vida, y la vida es un quehacer y toda acción dentro o fuera del Estado es política, porque el hombre es un animal político, un Zoon Politícokon, un animal cívico, político, económico, religioso y moral, y el autor, al crearlo o extraerlo de la realidad social y entregarlo al lector para que lo juzgue, ya hace política.
Pues bien, señores. Aquí el soneto es más largo que el poema. Lean el poema, olvídense del sonetista y critiquen. Eleven a los altares la obra del que yo considero un gran escritor, o húndanla en un pozo de sordidez. Ahí está la libertad de juzgar.
Terminaré diciendo que por lo que a mí me toca, me gusta más la pólvora que el incienso, y que agradezco a mi buen amigo, autor de Memoria adentro, haberme elegido para prologar este libro, que creo será una estupenda aportación a la cultura paraguaya.
Tomás Mateo Pignataro
Marzo -
1989
—[IV]→ —1→
He sentido de pronto la compulsión de ordenar mis apuntes, notas, recortes de diarios, e ir contando todo tal como creo que sucedieron las cosas. Garantizo la verdad de lo esencial, y esto conviene aclararlo porque a más de quince años de distancia se produce la «trampa del recuerdo» que incide en el estilo, la descripción y las palabras pronunciadas. He tratado de escapar de esa trampa preocupándome de descorrer ese velo que pone el tiempo sobre los hechos y que nos hace verlos sin la crudeza de sus colores y el filo descarnado de sus aristas. He tenido tiempo, y medios, mediante Noelia, de leer mucho, que acaso signifique aprender mucho, o aprender algo, como narrar coherentemente lo que me ha conducido hasta aquí, en esta media docena de cuadernos. En el curso de este trabajo de narrar he descubierto algo insólito, como que de la misma manera en que los hombres maduros exudan1 cierta ironía con respecto a los jóvenes, también la ironía está presente cuando se trata de la propia juventud, y tanto es así que me veo a mí mismo, quince años atrás, como otra persona y yo al mismo tiempo, instalados en un espacio temporal en que la experiencia juzga (y ríe) de la inocencia. Algo parecido sucede -he vuelto a releer mi manuscrito- con algunos párrafos absolutamente delirantes que no atino a atribuir al yo-joven sumergido en la fiebre de aquellos acontecimientos, o al yo-ahora intoxicado por la fenomenal futilidad que fue mi vida, especialmente en el tiempo en que ocurrieron las cosas, de 1987 a 1989.
Siempre me acompañarán las imágenes de la patética Natalia Valois, que incidió de manera directa o indirecta en las vidas de tanta gente; del pobre Valentín y mis otros amigos, de mi hermana, mis padres, Ruth, la judía que más se aproximó al núcleo de mi desesperación. Y de Noelia y su hermano. Y es en recuerdo de ellos, vivos y muertos, que alío mis notas, mis recortes, mis recuerdos y mis fantasías para escribir esta historia que acaso alguna vez se publique.
Erasmo Arzamendia.
Asunción, Octubre de 2004.-
—[2]→ —3→
Del manuscrito «Manual para Vivir» de la Dra. Jorgelina Báez de Doldán -Abogada-que figura en esta crónica.
—[4-6]→ —7→
Fue cuando estaba arreglando el paraguas, concentrado en aquellas varillas que antes se hacían de acero y ahora de no sé en qué Taiwán, pero mal, porque no se doblan sino se rompen, cuando noté que mamá me observaba desde la puerta de lo que yo llamo mi «taller». El viejo reproche fluía de su postura y de su pose, y no necesitaba regañarme porque toda mi madre se había convertido en un regaño viviente.
-Ayer fue una licuadora -dijo con tono acusador.
-Y antes de ayer los patines del judiito de la esquina. Y por favor, mami, no agregues eso de «me pregunto adónde vas a parar».
-Es que me pregunto adónde vas a parar arreglando paraguas y otras basuras.
-Estás a punto de agregar «¡Pero sos Bachiller, hijo!». Pues sí, soy Bachiller. Intenté tres veces ingresar en la Facultad, y tres veces fallé. A este paso me convierto al judaísmo y adopto las murallas de la Facultad como mi Muro de los Lamentos, mamá.
-Como que no seguís ningún cursillo, como los otros...
-Como que no tengo plata para seguir ningún cursillo.
-¡Pedile a tu papá!
-Papá es de los pelotudos que creen que por ser Bachiller uno ya está entrando en la Facultad por la puerta grande. Además, ya hizo su aritmética y su cálculo de costos. Si un cursillo va a costar un ojo de la cara, razona que seis cursos en la Facultad va a costar dos huevos...
Mamá quedó callada. Pobre mamá. Legítima mamá que hierve por dentro pensando que no parió un hijo para que termine arreglando paraguas y patines, calefones y licuadoras. Lo que no es todo, porque está mi hermana, el segundo clavo para su cruz. Y el tercero, aquel que le inmoviliza los pies debe ser papá, que se casó con ella cuando era Reina de Belleza de Presidente Hayes, le prometió un balcón sobre la calle, baño moderno con agua caliente y sirvienta fija sin retiro, y la ancló en una casa alquilada, sin balcón y con letrina al fondo. Pienso que desde que se estrelló contra la realidad, al día siguiente de su noche de bodas, no empezó a gestar hijos en su vientre, sino desquites en su alma. Que ella pariría su venganza contra la traición a sus sueños de novia, y tendría hijos que redimirían su juventud perdida por medio de una vejez orgullosa. Pero eso también estaba fallando. Su hijo, yo, Bachiller en Ciencias y Letras, sobrevivía arreglando porquerías, y su hija, Lucía, Lucy ahora, era modelo, o pretendía serlo, porque al parecer aún no había terminado la —8→ conscripción que consistía en saltar, es un decir, de cama en cama. Y eso que también era Bachiller.
Y que se me perdona que insista en esto de Bachiller. Nos dan un diploma en un día de jolgorio, de fiesta y de adioses más o menos sentidos, más o menos hipócritas. Y allí está el punto crucial, como dijo aquel viejo profesor de trigonometría que sentaba a las chicas con minifalda en los primeros asientos, que al vernos partir con nuestro cilindro de cartulina con lazo carmesí murmuraba:
-Ahora empieza el proceso de selección de la cucarachada -mientras anunciaba a las chicas con minifalda que estaba organizando -baratísimo- cursillos preuniversitarios en su domicilio.
-Profe, no sea tan pesimista -le había reprochado alguien.
-No soy pesimista -babeaba el viejo.
-Lo que acaba de decir...
-Lo que acabo de decir es cínico hijo. La Universidad es como el cielo, donde muchos son los llamados y pocos los elegidos.
Y reía exhibiendo el teclado de piano de su dentadura postiza, con esa risa de viejo que ríe el dolor de los demás, o ríe su propio dolor de ser viejo, y de saber demasiado como para aguantarlo. O de vivir de prestado un tiempo que no era el idílico que él conoció allá cuando el tiempo empezaba a andar.
Tenía razón aquel anciano que exhibía su caspa sobre su saco negro como un manto de armiño. Proceso de selección. Eso fue. Lo sé porque fui y sufrí en los exámenes de ingreso, y llegué a percibir el olor del miedo, a conocer que la angustia produce un sudor cargado de una sal espesa, y a sentir que una mierda dura como el cemento intenta asomarse al ano, mientras el corazón se desboca, la memoria sale de madre y el pobre conocimiento tembloroso camina sobre un campo minado.
Pasé por eso tres veces y dije basta. Estaba condenado a la medianía en la cucarachada, y cucaracha asumida como me sentí, tomé el diploma, lo reduje a tiritas como tallarines que deposité en un plato, le agregué salsa golf, mayonesa y un poco de sal, y me lo comí. Nadie diría que puesto a serlo, no era yo una cumplida cucaracha.
Y monté mi tallercito, molesté a papá acumulando triciclos viejos, licuadoras vencidas, ventiladores torcidos y máquinas de coser herrumbrosas en el patio, innominables cilindros y tubos y barras y aros y espirales de metal que en alguna ocasión, sujetaban, atornillaban o enlazaban una cosa con otra; y molesté mucho más a mamá no siendo lo que ella soñaba que fuera. Pobre vieja.
La pobre vieja estaba allí, aún observando mis torpezas de paragüero. Sentía su presencia, el olor a grasa rancia de su vestido y —9→ olor a vida rancia de su cansancio.
-Tu padrino te puede ayudar...
-Madre, la última vez que fui solo me ayudó con consejos.
-Deberías seguirlos.
-Para seguir los consejos de un viejo con plata hay que tener plata, mamá.
-Te dije que puedes vender el terrenito.
Ahí estaba otra vez. El terrenito. Aquel que compraron de jóvenes, y que sirvió para que papá se pasara las horas dibujando planos que ya contemplaban la pieza para los chicos cuando aún no había chicos. Y hasta llegaron a comprar hace incontables años tres mil ladrillos, que no fueron el principio de la realidad del sueño, sino el monumento a la abulia de papá y a la impotencia de mamá. Allí estaban aún, cubiertos de matorrales, los tres mil ladrillos verdosos de moho. Pero aun así, «el terrenito» era el salvavidas de las esperanzas de mamá, que las mantenían a flote, y que alguna vez papá, con un humor negro inesperado en él, quiso dar en trueque por un panteón en el Cementerio del Sur.
-Por lo menos después de muertos vamos a estar en algo nuestro -decía, y reía a carcajadas, como si morirse fuera el gran chiste final.
Mamá rechazaba con disgusto la macabra propuesta, y ya era la enésima vez que me ofrecía el terrenito como punto de partida de mi prosperidad económica.
-Mamá... ya hemos acordado que el terrenito es tu seguro contra la vejez.
-Yo pensaba que mi seguro contra la vejez eran mis hijos.
Profunda estocada, más aguda aún porque en sus ojos brillaban lágrimas. Sentí lástima. Y enojado conmigo mismo, por ser tan incivil que no era capaz de darle una miga de contento. De modo que prometí:
-Mamá, mañana voy a ver a padrino -y me hice la promesa de cumplir mi promesa.
Toribio Achucarro era mi padrino. Empezó de joven como administrador de las cuadrillas que empedraban las calles de Asunción. Aprendió tan bien el negocio, que dejó de ser administrador y se volvió empresario. El ascenso de su fortuna fue simple como todo lo genial. Cuando el vecino no podía pagar el afirmado, mi padrino compraba su propiedad... descontando el valor del empedrado que él mismo había instalado. Más tarde, viejo y solterón, y cuando los riñones ya no le daban para ir controlando sus cuadrillas, ya era inmensamente rico, abandonó su empresa y se dedicó a préstamos usurarios. Tal era el hombre que frente a la pila del bautismo prometió —10→ a nuestro señor Jesucristo encaminarme y orientarme por la senda de la pureza cristiana.
Cuando a la mañana siguiente llegué a su casa, me atendió ña Sixta, tan dueña y señora del gran caserón que solía imaginar que cuando el arquitecto diseñó la casa, incluyó a ña Sixta en el proyecto porque era imposible concebir el caserón, su piso de baldosas pulidas y sus muebles oliendo a cera de lustrar, sin la presencia de Ña Sixta. Creo que a eso llaman simbiosis.
-El señor ya te atiende - dijo, cerró la puerta en las narices y me dejó afuera, no sin mirar con clara aprensión la suciedad de mis zapatos.
Diez minutos después la puerta se volvió a abrir y apareció mi anciano padrino, vistiendo un fresquísimo y suelto conjunto de piyama, cuyos anchos pantalones no impedían que se viera el bamboleo de sus grandes bolas de toro viejo al caminar. Viendo aquellos péndulos mayúsculos, por asociación de ideas, recordé una confidencia de mi hermana, Lucía, a quien mamá le había contado de que el compadre había querido llevarla a la cama. Lucía aún dudaba si la cosa ocurrió o no. Yo aposté siempre por mamá. Las mamás como mamá no se van a la cama con los compadres. Pero el recuerdo sirvió para que odiara un poquito más al vejete.
Entré en la sala, me ofreció asiento y él se quedó de pie.
-¿En qué andas?
-Y así, así, padrino.
-Tienes la cara de no comer bien.
Le quise replicar que también tenía el estómago de no comer bien. Pero él prosiguió:
-Cuando uno se alimenta bien no necesita remedios. ¿Tocas la guitarra?
-¿Cómo dice, padrino?
-Si tocas la guitarra.
-Bueno, padrino, me acompaño...
-De modo que cantas. ¡Pero qué bien!
Se frotaba las manos y sonreía, y yo me preguntaba adónde estaba la buena noticia. Quizás estuviera a punto de aconsejarme que fuera al Canal 13 a inscribirme en el concurso de talentos cantores.
Sin aviso alguno se marchó a la profundidad de la casa, y no tardó en volver con una lustrosa guitarra. Llena de aplicaciones de marfil. Oliendo a madera noble y a la añoranza de algún pobre músico que no pudo pagar capital más intereses. Me alcanzó la guitarra.
-Me cantas un bolero, esos de los años cuarenta -ordenó.
-¿Dijo bolero, padrino?
-¡Pero sí, hombre! -refunfuñó con impaciencia-. Como aquel que —11→ dice... -se puso a cantar-. Nosotros, que nos queremos tanto y tililín tililón... Ese.
Afiné como pude el instrumento y canté aquella letra que destilaba exceso de melaza para mi gusto personal.
-¡Magnífico! -casi saltaba de alegría sacudiendo los péndulos aquellos.
-¿Puedes aprender otros?
Respiré hondo.
-Padrino -le dije-. Ayer hice a mamá la promesa de venir a verle. Se suponía, o mamá suponía que por esta vez no me ofrecería consejos, sino trabajo y me encuentro con que no me ofrece consejos ni trabajo, sino me pone a cantar cretinadas.
Me levanté, deposité cuidadosamente la guitarra en el sillón, y empecé a marcharme.
-¡Te estoy ofreciendo trabajo, hijo!
-Como cantor no, gracias.
-No se trata de eso.
Entrelazó las manos atrás, echó abajo la cabeza y se encaminó a mirar por la ventana, un trozo de su gran patio donde se alzaba un nudoso yvapurú con sus frutos maduros tan parecidos a las uvas apiñándose en sus troncos y en sus ramas. Acaso esa extraña especie vegetal le suscitaba recuerdos al hombre, y digo recuerdos porque nadie mira por la ventana para contemplar un yvapurú, sino para contemplar trozos de pasado.
-Como sabes, nunca me casé -me informó por fin. Y esperé. No supe qué decir. Quizás no se casó calculando el costo de la comida para dos, o vaya a saber uno qué.
-...y no es que no estuviera enamorado -confesó.
Casi solté la risa. Resultaba grotesco que el empedrador con alma también de piedra tuviera corazón. Pero me dominé. Jamás mi padrino me había hecho confidencias de ninguna naturaleza. Como tampoco jamás hacía nada que no apuntara a algún objetivo. Si parte de ese objetivo se traducía en trabajo para mí, bienvenido el objetivo, y las confidencias con las que se iba abriendo paso hacia él.
-Ella vive aún...
Di por sentado que «ella» fue la amada.
-Y está muy enferma.
Lógico, tendría un poco menos que los 83 años de mi padrino, que se había sentado en uno de sus mullidos sillones, juntaba las manos entre las piernas, se volvía de repente mohíno, lastimoso y, susurraba:
-Es todo lo que me queda.
—12→Me sentí sorprendido. Es todo lo que me queda, decía. Y eso lo decían aquellos que tuvieron algo, o a alguien. Pero él no tuvo nada, salvo dinero e innumerables propiedades. Razonando fríamente llegué a la conclusión de que para él, el «todo lo que me queda» no era cuestión de apenarse, porque estaría acumulado en los Bancos y registrados en las oficinas inmobiliarias. No sabía qué pretendía decir con eso de que una vieja enferma era todo lo que le quedaba. ¿Quedaba de qué? ¿De qué secreto? ¿De qué vida no vivida?
Tal vez la soledad de los viejos fuera tan tramposa que el fracaso tuviera valor, sobre todo cuando era lo único que quedaba después de un largo hastío vivido... y descubierto demasiado tarde.
-Creo entender -murmuré.
-¡No entiendes nada! -casi gritó.
-Entonces cuente.
-Es difícil empezar...
-Empiece por los boleros, padrino.
-Ah, sí, los boleros. Hubo un tiempo en que la historia de los jóvenes se escribía con la letra de los boleros. ¿Es música española, verdad?
-No sé, puede ser, padrino, podría Ravel ser el padre de todos los boleros.
-Ah, sí, el Bolero de Ravel, siempre me conmueve.
-Sorprendente.
-¿Sorprendente qué?
-Sorprendente Ud., padrino. No me lo imagino conmovido por la música.
-Sos demasiado joven para juzgar a la gente.
Acepté el reproche. ¿Qué sabía yo de él? Lo que mamá contaba con asco y lo que papá contaba con envidia. Descubrí inesperadamente que me habían educado para odiar a mi padrino. Eso también era sorprendente.
-Sorprendente... -decía y sus palabras eran como un eco de mi pensamiento, pero se referían a otra cosa-. Es sorprendente que lo hayan creado los españoles. Cuando nació el bolero se estaban comiendo las entrañas en una Guerra Civil. Salían fotos horribles en los diarios, de curas castrados y monjas violadas, ¿sabes?
Asentí, y él prosiguió:
-Creo que fueron los mexicanos. Sí, fueron los mexicanos -se sumergió en una especie de ensoñación-. Los mejores eran los mexicanos. Los oía en la radio. No sé si eran mexicanos porque cantaban boleros o cantaban boleros porque eran mexicanos -hizo una pausa, más metido aún en las turbulencias de su memoria-. Lo tengo en la punta de la lengua, José Mojica, Ortiz Tirado, Pedro —13→ Vargas, Fernando Torres, Juan Arvizu, Eva Garza... ¡Qué hembrón sensual, mi hijo!, y Fernando Albuerne y Tito Guizar, un maricón que cantaba como los dioses, aunque un poco aflautado, para mi gusto...
Era como si yo no existiera. Y él mismo no era él. Era un muchacho que soñaba ganar dinero no importa cómo y mientras tanto se estremecía con las voces que dieron dulzura a su época, y ahora, en esa habitación donde entraba la luz de la mañana, el sol parecía retirarse y volverse la neblina propicia por donde desfilan los fantasmas empollados por la nostalgia. Sentí frío, y lástima, y miedo de ser viejo alguna vez...
-Noche de ronda, que triste pasas, que triste2 suenas por mi balcón...
Cantaba. Y era como si estuviera masturbando su alma, y yo callaba, porque al fin y al cabo la masturbación es un acto íntimo.
-Farolito que alumbras apenas mi calle desierta...
Una lágrima increíble resbalaba de uno de sus ojos. Quizás fuera la última gota que le quedaba, en un solo ojo, y la estaba gozando, alejado de todo, de mí, de su casa, de su vejez, hasta las últimas consecuencias, como dicen los políticos.
-Mujer... si tú puedes con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez...
Algo duro y pesado le gorgoteó en la laringe. Su gran nariz bulbosa se puso roja y un cargamento de moco le cortó la respiración. Extrajo un gran pañuelo, se sonó. Tomó conciencia de que yo estaba allí, y sonrió con cierto aire de vergüenza.
-Perdón, me dejé ir.
-Quizás muy lejos, padrino. Con eso de los jóvenes escribían sus historias con letras de bolero. Me resulta difícil creer.
-Solo es una manera de decir. Posiblemente no vivían boleros, sino nos escondíamos detrás de los boleros.
-¿De qué?
-¡Vaya! De una vida puerca, o de una muerte puerca. Y demasiado cercana. Guerra mundial y todo. Y aquí, contando los muertos de la última revolución y haciendo apuestas de dónde saldría la próxima. Mi madre era previsora. Y mientras discutíamos si sería la Marina, la Caballería o la Artillería, ella compraba una bolsa de galleta y un cajón de carne conservada -rió con la poca alegría que le quedaba-. Las mamás de entonces eran mamás sitiadas por el miedo.
-Esa es tu manera de ver, padrino...
-No te ofendas. No era mi manera de ver. Era nuestra manera de vivir. Quizás me equivoque, pero lo recuerdo así. Y entonces los jóvenes tratábamos de vivir escurriéndonos de las esquinas abiertas al tiroteo de los cantones. Los que podían, estudiaban y se iban a bailar al Mbiguá o al Sajonia. Y los que no, si eran puritanos paseaban en —14→ tranvía con la novia y la futura suegra y los putañeros íbamos a bailar al Balalaika, el Mango, Puyol y al Bambú ejercitando con las putas nuestras experiencias de bailarines...
-¿Qué son «cantones»?
-Los puntos altos de la ciudad. Ahora los usan para mirar el paisaje o hacer desfiles de modelos. Antes servían para poner una ametralladora y disparar contra todo lo que se movía.
-¿Peleaste en algunas revoluciones?
-No, me refugiaba entre las galletas y la carne conservada de mamá.
Aquella visita a mi padrino me estaba resultando increíble. No era el de siempre. Contemplé su cara arrugada, sus ojos velados de viejo, sus matas de cabellos resecos, rojizos, con brillo de cobre que serían blancos si no estuvieran saturados de tinte barato. Y su ineludible vejez, posiblemente el tiempo también ineludible en que el mundo interior se abre para dejar escapar confesiones que no se deben llevar a la tumba. ¿Pero por qué a mí? Colegí que no tenía amigos. Que es difícil tenerlos cuando se ha pasado la vida exprimiendo gente y sembrando rencores como el de mi papá, aunque a decir verdad, papá, creo, nunca fue deudor suyo, y no porque no le haya pedido dinero (para eso lo habrá hecho compadre) sino porque él se lo negó, herido, supongo, de que mamá se haya negado a acostarse con él. Si tal cosa hubiera ocurrido. Así es la vida, carajo, e impacta un poco descubrirla a los 23 años.
Sin embargo, estaba «ella», la anciana enferma. Y que esté enferma no importa. Basta que sea «ella», substituta de todo, depositaria, confidente, consuelo, velamen para seguir tirando y ancla para inmovilizarse en una bahía de sosiegos mansos. ¿Por qué no se derrama en «ella»? Se me ocurrió que «ella» había vivido su mismo tiempo, pero una vida distinta. Que había sido joven y veía perspectivas, mientras él era joven y ejercitaba la crudeza de su cinismo conformista. ¿Qué tendrían que decirse entonces? ¿Decirse? ¿No basta que los viejos compartan su vejez en la que la comunicación sobra porque solo se pide una compasión mutua, o en el último extremo, una tolerancia mutua? Compañía para la soledad, y punto. ¿Qué más?
-¿Quién es ella? -quise saber.
-¿Quién?
-La vieja enferma que aún vive.
-Se llamaba Natalia.
-¿Llamaba?
-Se llama aún, claro -rió-. Es raro que las personas cambien y los nombres no. Me pregunto qué tiene que ver una anciana desdentada —15→ con una rubia que recibía una serenata, y la muy... se soltaba la cabellera para salir al balcón a agradecer...
-«Se soltaba la cabellera rubia a la luz de la luna y la luna palidecía de envidia».
-¿De dónde sacaste eso?
-Es de un poeta, José Luis.
-Era así. ¿Cómo puede tener el mismo nombre?
-¿Fue su gran amor?
-Sí, pero yo no fui el suyo, hijo.
-¿Y entonces?
-Ahora soy su gran consuelo. Y también el mío, y ya que memorizas a los poetas, apunta esto de que consolarla es mi consuelo.
Es extraño cómo el prejuicio construye en nosotros la imagen de una persona. Y cuando los prejuicios se diluyen, salta como de una caja de sorpresas una imagen nueva. Alma dura, corazón frío, garras de avaro, ave de rapiña, mi concepto sobre don Toribio Achucarro se estereotipó desde mi niñez. Y de pronto estaba descubriendo un hombre, nada de ángel, sino un hombre, con esa extraña dualidad para el bien y para el mal que estaba aprendiendo a captar en mis veintitrés años, con una regla demasiado repetida para ser negada.
Si al fin de cuentas era verdad que se dedicaba a la usura, habría hecho la desgracia de mucha gente. Pero no podía afirmarse que había hecho su propia felicidad. Y hasta es posible que se sintiera en paz con la vida y con su conciencia, y no sería yo quien las pusiera en entredicho.
-Espérame un momento. -Me dijo y desapareció en la otra habitación. Ya era cerca de mediodía, el caluroso sol de diciembre resplandecía afuera y los frutos del Yvapurú nudoso parecían querer reventar prendidos al ramaje. Un moscardón azul volaba entre las flores y una lagartija bruñida observaba sin consuelo aquella presa demasiado grande para ella.
Don Toribio volvió con un cheque en la mano. Me lo tendió. No lo acepté.
-Padrino. No vine a mendigar dinero. Pensaba en un trabajo, o en la oportunidad de un trabajo.
-Estás trabajando para mí -dijo, y me introdujo el cheque en el bolsillo, y luego, sin ceremonias, me empujó hacia la puerta-. Te espero el viernes a las diez de la mañana, no antes -ordenó perentorio.
Cuando quise replicar, la puerta ya estaba cerrada. Quedé allí, desconcertado, con el sol ardiéndome en la cabeza, inmóvil, con una vaga conciencia de que detrás de aquella puerta había quedado algo de mí, y que en mí venía pegoteado algo de una persona que al fin, aun —16→ siendo mi padrino, fue siempre desconocida para mí.
Mamá me esperaba con el almuerzo y con una pregunta en los ojos, cómo te fue con el padrino. Papá dormía la siesta en la hamaca y roncaba. Mi hermana estaba tendida desnuda al sol, allá el patio, asándose inmisericordemente. Me senté a comer, y mamá se sentó en otra silla, las manos sosteniendo el mentón. Le gustaba verme comer, como acaso antes le gustaba verme mamar. Tenía un concepto casi sagrado de la alimentación, mi querida mamá. Saqué del bolsillo el cheque del padrino y se lo entregué. Miró la cifra, que alcanzaría para cuatro meses de alquiler, y de soportarme mejor, y a mi hermana, de paso. Miró aprensiva a papá que jamás se enteraría de la existencia de aquel cheque, y se lo metió en el escote.
-¿Es de don Toribio? -preguntó, y yo asentí.
-¿Trabajas para él?
-Sí.
-¿En qué?
-Aún no lo sé. Canté un bolero y escuché viejas historias, y me pagó -vacilé un poco-. Mamá. ¿Quién es don Toribio? Y no me respondas que es mi padrino, eso ya lo sé. Me refiero a qué es, qué fue.
-Lo conocí poco, en un tiempo fue el patrón de tu papá. Fue entonces que se hicieron compadres. Trabajó poco tiempo con él. Ya conoces a tu papá. Cuando no lo echan, se cansa y se va.
-No respetas mucho a papá.
-Te tengo a vos, y basta.
-¿Te acostaste con él?
Se ruborizó. Aún era bella, y tomé conciencia de que solo tenía 42 años, aunque representaba más. Pero el rubor la embellecía.
-Se te enfría la sopa...
-Y la curiosidad me quema.
-¿Él te dijo algo?
-Nada.
-Tu pregunta es malsana, hijo.
-Acabas de decirme que sí, mamá.
Inclinó la cabeza, ahora apoyando la mejilla en las manos y miraba a mi padre roncando, y en su mirada había la pregunta si vale la pena serle fiel a un atorrante. Insistí, y realmente me sentía malsano, pero quería saber.
-¿Fue por amor?
En aquel tiempo ya había aprendido cómo la gente ríe de un chiste malo. No es risa, sino mueca, y estaba torciendo la boca de mamá.
-Fue por amor... a él -y señaló a mi padre-. O por amor a vos, no sé. —17→ Ya habías nacido. Tu padre era cobrador de los empedrados, y se quedaba con el dinero. Muy simple, muy torpe. Don Toribio le dio un plazo de dos días para devolver el dinero...
-Que se había volatizado el hipódromo, me parece conocer la historia.
-Estaba segura que iría preso. Me aterroricé. Su alma de pájaro bobo no soportaría el encierro. Me aterroricé por él, por mí, por vos. Y fui a suplicarle.
Sus ojos echaban miradas a un recuerdo todavía vivo. Tal vez recordó el acoso y se llevó la mano al pecho, apretando su corazón, o el cheque, no sé.
-Fui a suplicarle, y él me suplicó a mí. Por lo menos tuvo esa cortesía. Podía haberme exigido, pero suplicó. Me hizo más fácil ceder. Cuando un hombre consigue que una mujer le compadezca está a medio camino de alcanzar lo que quiere. O... no nos hace parecer tan difícil. ¡Jesús, hablo como una puta! -y esta vez sí que rió con risa ancha, abierta, cristalina, como un cántaro de agua que se rompe alegremente-. Y ahora ya lo sabes, hijo. Me firmó un papel y todo acabó allí. ¿Qué vas a hacer, escupirme en la cara?
-No, mamá, te quiero más. Pero empiezo a reodiar a don Toribio.
Había terminado con la sopa, tragándola al mismo tiempo que tragaba una íntima furia. Y ya no quería decir nada, y simulaba prestar toda la atención de un ingeniero de la Nasa para untar el picadillo de carne con el pan, que de paso, era el segundo plato, y el último.
-¿Qué es eso de reodiar? -preguntó ella.
-Me fui de aquí odiándolo. Conversamos mucho. Me dijo cosas que me hicieron conocer a un hombre que no merecía odio, y pensé que dejaba de odiarlo. Ahora lo vuelvo a odiar. Por lo que te hizo.
-Yo no. No lo odié entonces ni lo odio ahora.
-Me inclino ante tu bondad mamá.
-Es que... me dio una satisfacción enorme.
-¡Mamá!
-No en la cama. En el alma. Me di el gusto de tirarle el papel en la cara a tu papá.
Imaginé aquella escena patética. La adúltera arrojando a la cara del esposo inútil la prueba de su estrenada cornamenta, y diciéndole que aquí está el precio de tu libertad, badulaque, y mírame... ¡Mírame! ¡Es la cara de una mujer que por fin se acostó con un hombre! Pero mamá me arrancó de mis fantasías dramáticas.
-Lo hice. Se lo tiré a la cara, y cayó al suelo. Lo recogió, leyó. Movió la cabeza como quien piensa que cosas raras pasan en este mundo, y se fue a tomar tereré. Pero desde entonces, nunca más...
—18→Y miró allá, al patio, donde mi hermana había girado y ahora tostaba el trasero desnudo.
-¿Nunca más?
-Su valentía para castigarme, o para castigarse, no sé, llegó solo hasta allí.
Allá en el patio, los abultados hemisferios del trasero de mi hermana, demasiado grandes para una modelo, y demasiado tentadores para la serie de viejos golosos que capitanean el negocio parecían querer reventar bajo los cuarenta grados de diciembre. ¡Mi hermana era posiblemente mi media hermana! ¿Posiblemente? ¡Era! Con razón papá no perdía el sueño cuando no volvía de noche. Aunque a decir verdad mamá tampoco, pero las razones eran distintas. A papá no le importaba, a mamá porque la tipa ya no tenía remedio.
Mi madre se levantó de la mesa, me dio un beso y se fue. Fui a contemplar a mi padre, que roncaba sumergido en el mejor de los mundos, si bien no era necesario que durmiera para estar en el mejor de los mundos. VIVÍA en el mejor de los mundos. Vivir y dejar vivir. E ir tirando como se puede. Así y todo, había logrado hacerme Bachiller, y a mi hermana. Pero eso no era todo, de modo que dejé tranquila a aquella asquerosa mosca azul de las carroñas pasear entre su boca abierta y su nariz. Caminé hasta donde estaba mi hermana, que había volteado de nuevo. Tenía pechitos de niña, y la había visto dándose masajes angustiosos, y cadera de matrona romana. Nunca sería modelo. El triángulo negro de su bajo vientre brillaba al sol.
-¿Tienes que broncear también la vagina?
-Basta con que no mires, vicioso. -Y giró de espaldas.
En su tipo, era una mujer espléndida, de aquellas que dicen que gustan a los jeques árabes, con muchos petrodólares y con los ojos comidos por el tracoma.
-Deberías ir a Arabia Saudita, hermana. O a cualquiera de esos países que flotan en petróleo.
-¿Por qué? -Preguntó sin mirarme.
-Harías carrera por allá. Y déjate de asarte. Las prefieren blancas y abundosas. Acá no serás jamás modelo, aunque tus amigos compitan en pagarte el curso.
-¡Miren al entendido!
-Las modelos no son seres humanos, son perchas con patas. Vos sos un ropero.
-Estúpido. ¿No lees? Las flacas están pasando de moda. El look es ahora de las rellenaditas.
-No lo creo.
—19→-¿Viste a Graciela Borges cuando vino al desfile de modelos? Vino como la mujer más elegante de Argentina. Era culona.
-Graciela Borges es Graciela Borges, tiene derecho a ser culona. Y hasta es posible que eternicen su trasero en un molde yeso, para la posteridad. Pero vos sos Lucía Arzamendia.
-¿Querés dejarme en paz?
Lo hice. Ahora eran dos las moscas azules anticipando a papá las delicias del sepulcro. No busquen en mí un modelo de amor filial. Mamá estaba acostada en su lecho. El de papá estaba al lado, sin hacer, entonces comprendí por qué, ninguna mujer arregla el lecho de donde la han expulsado. Me tendí al lado de mamá, y hundí mi cara bajo sus axilas. Es delicioso y reconfortante el olor a mamá. Me revolvía el pelo. Me sentí bien, con Edipo a miles de años luz de nuestra ternura.
-¿Lucía lo sabe, mamá?
-Cuando empezó esto de sus aventuras hacia la pasarela, tu padre se lo dijo. Le dijo que no era su padre, cuando descubrió que era impotente para funcionar como padre. Si ella hubiera ido a la Universidad, no se lo hubiera dicho.
Allí estaba el Juan de Dios Arzamendia perfectamente retratado. No me traigan problemas, tráiganme soluciones. Había oído mucho de eso. No me compliquen la vida. Endúlcenmela.
-¿Cómo le sentó a Lucía?
-¿Qué quieres decir?
-Solo te pregunté si estás segura de que siguió siendo la misma.
Me dio la espalda, y le susurró a la pared:
-No sé -y suspiró hondo, con ese suspiro que dice «y ahora déjame dormir».
La dejé dormir, o fugarse. No sé.
Me levanté y fui a buscar aquel paraguas que debía llevar a su dueña, cerca de casa. Lucía había terminado su sesión de parrilla. Estaba en su cubil, (ella llamaba así a su habitación) que merecía el nombre, porque lo más grande que cabía allí era un espejo que cubría toda una pared. El resto era una cortina que ocultaba un palo horizontal de pared a pared del que colgaban perchas, y de las perchas sus patéticas galas. Completaba un grueso colchón tendido en el suelo, y una mesita de luz que no servía para nada a un colchón en el suelo. Ella se había puesto un «dos piezas», con la prenda interior de los que tapan adelante y descubren atrás. Asumía poses y se miraba al espejo. Me vio en el cristal, de pie en la puerta.
-¡Amo mi cuerpo! -me dijo en tono burlón y grandilocuente-. Me va a llevar lejos.
—20→-¿Hacia arriba o hacia abajo?
-¿Tienes que ser siempre tan antipático, vos?
-Perdóname, Lucía.
Giró para mirarme, aunque podía mirarme lo mismo a través del espejo. No podía ocultar cierta sorpresa.
-¿Sabes que es la primera vez en muchos años que me pides perdón por algo? ¿Es que estás creciendo por fin, Erasmo Arzamendia?
-No es eso. Es que de repente sentí el deseo de pedirte perdón.
-No me ofendiste, ni me humillaste...
-Yo no.
Sus pechos empujados hacia arriba y sus nalgas de músculos contraídos hacia afuera, volvieron a su sitio de costumbre. Ya no era la modelo. Era una mujer. Quizás una niña cuyo secreto, o dolor, rompían sus velos.
-¿Mamá te dijo algo?
Callé, y ella adivinó. Ahora se va a poner a llorar -pensé-. Un llanto torrencial que viene después de romperse viejos diques. Pero me equivoqué. No lloró. Los pechos volvieron a su posición profesional, y los glúteos también, desafiantes.
-¡No necesito a nadie! -su voz era un poco más chillona que de costumbre. ¡Tengo mi poder!
La miré a ella. Bella, pero la belleza no es poder, solo una oportunidad. Y miré el cubil. Allí no había poder, sino un principio demasiado humilde como para proyectarse arriba. Vio que no la creía.
-Entra -me dijo. Y entré. Abrió los brazos, ofreciéndose. -Abrázame, hermanito -la abracé tímidamente-. ¡Como un hombre! -Desafió. No me atreví. Y entonces ella me apretó contra sí como una mujer, sentí su aliento en la oreja, y la dureza de sus pechos, y el palpitar de su vientre. Me soltó al fin. Me clavó la mirada.
-¿Y?
-Ni fu ni fa.
Soltó una carcajada. Estaba segura de su poder, pero no sería yo el degenerado que la certificase. Después de todo, era mi hermana. O mi MEDIA hermana, conforme al cosquilleo que sentía en la ingle. Elaboré rápidamente una fórmula tranquilizante que incompatibiliza las hormonas con el instinto de la reproducción, y arribé sin consuelo a la conclusión de que mi hermana estaba decidida a ser puta, y rogué a Dios que le concediera la gracia de serla de lujo.
Demasiado aturdido, salí corriendo al patio y a mi taller, a ocuparme del paraguas.
—21→
El viernes me dispuse a ir a la cita con mi padrino, y me encontré con que mamá había planchado mi traje. Y que además, el faldón de mi camisa blanca había desaparecido porque mi madre, con rara habilidad, lo había convertido en un cuello nuevo. Agradecí aquello y para no ser menos lustré mis calzados, en homenaje a Sixta y a sus pisos de baldosas brillantes.
Mientras lustraba, mi madre vino a pedirme que por nada del mundo le dijera a don Toribio que era el padre de mi hermana. Se lo juré, pero semejante juramento no hacía falta. Que un desgraciado poseyera a mi madre era una cosa. Que la fecundara otra. La dignidad también se acoraza callando verdades. Además mi madre era una mujer y no una hembra para un padrillo de ocasión, qué demonios.
Salí después de consumir el desayuno, que no era el de siempre, porque el cocido con leche no iba con galletas, sino con dos sandwiches de queso, hechos por mamá, pensando que necesitaría algo más que fuerzas morales.
En aquel momento papá no tenía empleo. Pero trabajo sí. Cuando salía lo vi manipulando el medidor del consumo de electricidad, tratando de atar con alambres un imán sobre el aparato. Cuando no trabajaba siempre andaba inventando cosas inútiles, como los planos que hizo para la casita que nunca fue. Observé su trabajo, y se avino a explicarme.
-El imán frena un poco más esa ruedita de mierda que gira ahí dentro y que marca el consumo. Entonces pagamos menos. -Me dijo.
No valió la pena explicarle mis dudas sobre la eficacia de su sistema, como tampoco sirvió que anteriormente desprendiera el aparato medidor y lo pusiera del revés. Que en rigor sirvió, pero para pagar una multa a la Ande.
Cuando llegaba a la esquina a esperar el ómnibus, Lucía estaba apeándose de un auto. No quise mirar quién lo conducía porque si fuera un hombre añoso y gordo me arruinaría el día. Solo la miré a ella. Extrañamente bella y fresca como una flor recién cortada, aun después de haber pasado una noche vaya a saber dónde, cómo y con quién. Me saludó con la mano y corrió a casa. Por lo menos tiene aguante -me dije- y seguí mi camino.
Esta vez Sixta miró con aprobación mis zapatos. Y si a este relato le falta la descripción de Sixta, basta imaginar un hipopótamo hembra, pero tenía fama de ser una exquisita cocinera, y así debe ser, a juzgar por la grasa que criaba mi padrino, desde la papada hasta los —22→ tobillos.
Don Toribio, esta vez con piyama a listas, pero igualmente vaporoso, me esperaba sentado en el patio, bajo un inmenso yvapovó, desparramado en un sillón de mimbre y tomando tereré cebado por Sixta, a quien ni se le ocurrió invitar al huésped con el brebaje. Antes de aceptar el asiento que me ofrecía mi padrino -otro sillón- miré con aprensión alrededor, y me sentí aliviado, porque no estaba la guitarra. -¿Cuál es la naturaleza de mi trabajo, padrino?
No me contestó. Sorbía la bombilla con fruición y Sixta revolvía la jarra de cristal donde los yuyos medicinales en el agua helada parecían un trozo de vegetación submarina en una pecera. Arriba, en la fronda del Yvapovó millares de gorriones histéricos piaban y peleaban al mismo tiempo.
-Cuando podía, iba al Bar Vila -me contestó, pensó un momento y prosiguió-. Tenía orquesta, hasta por la mañana.
Al cuerno con el Bar Vila. ¿Cuál era mi trabajo?
-Allí iba gente de las buenas -continuó-. Claro que el Bar la Bolsa también era famoso. No iba mucho a ninguno. Bueno, iba mucho, pero no entraba. Fue en 1945 que ya pude comprarme el primer traje blanco de tussor, y entonces pude ir con mayor frecuencia. Además, ya había progresado. Ya tenía mi negocio. Ahora no hay más telas de tussor. Era seda pura. No existía el maldito nailon. Tussor, casimir inglés, brin italiano, piel de tiburón. ¡Y qué sastres, hijo, artistas! Ruiz Díaz, Zorrilla, Corina. ¿Qué habías preguntado?
-En qué consiste mi trabajo.
-Estás trabajando. En 1945, ya estaba casada.
-¿Quién?
-Natalia.
-Ah, la vieja enferma.
-Creo que la vi por primera vez allá por 1939. Sí, fue ese año. La gente andaba alborotada porque un señor llamado Hitler estaba invadiendo Polonia. Y nuestro Presidente se llamaba Dr. Paiva. Usaba recorte cepillo, el Dr. Paiva, digo. No recuerdo si lo echaron o se fue de cansado. Aquel día fui al puerto a esperar a los bolivianos. Habían venido por tren hasta Formosa, y allí tomaron el Ciudad de Corrientes.
-¿Dijo bolivianos?
-Ex prisioneros. Del Chaco. ¿Sabes que hubo una guerra?
-Leí algo al respecto, padrino. Ganamos, según parece.
-Mis bolivianos eran ex-prisioneros. Cuando estuvieron aquí no la pasaron muy mal. A mi patrón le dieron como seis. Tenían la sabiduría de la piedra. Tomaban un pedruzco y con cuatro golpes lo —23→ convertían en un cubo perfecto. Un tal Zárate era el mejor, aunque un poco tilingo. Decía que la piedra bruta tiene alma, que ansía ser perfecta, y revelaba su secreto al picapedrero. Terminó la guerra y se fueron, pero después Zárate escribió a mi patrón. Quería volver a trabajar aquí, ya como hombre libre, y traería tres colegas más. De modo que mi patrón me envió a esperarlos al puerto, en el camión que salía de Pinozá y llegaba allá. Llegué un poco temprano, y me entretuvo vagando por los bares de la plazoleta, y de la Recova, hasta que oí la sirena del barco anunciando que entraba en la boca de la Bahía y me fui al muelle. Entonces la vi.
A esta altura, ya había descubierto por fin en qué consistía mi trabajo. Estar presente para suscitar sus recuerdos, y hablarme. Hablar a otra persona y estar vivo, porque hablar a solas ya es estar medio muerto.
Reí en mi descubrimiento. Tenía un oído prostituto. Ni se enteró de mi risa.
-Venía sentada al lado del padre, que manejaba él mismo el Studebaker. ¿Sabes?
Asentí, imaginando que Studebaker era la marca de un auto, posiblemente.
-No tendría más de 18 años. ¿Has visto alguna vez una mujer dorada?
-Querrá decir rubia, padrino.
-Sí, rubia también, pero dorada. El cabello, el cutis, los ojos celestes sobre una mejilla con pelusitas suaves, como de durazno. Bueno, al menos parecía dorada. Quedé tan alelado que su padre me apartó del camino. Podía hacerlo. Era un médico, un sabio, el mejor especialista en arrancar amígdalas.
-¿Fue entonces que se conocieron?
-No. No nos conocimos, la conocí yo. ¿Qué más podía pretender en 1939? Apenas era el administrador de un empedrador de calles.
-Pero en 1945 había prosperado y se había comprado el traje de tussor.
-Ya te dije que en 1945 estaba casada. Mi traje de tussor llegó tarde, carajo.
-Entonces, padrino, hubo solo... un medio romance.
-Fue así. Fue la época más feliz de mi vida, hijo. La amaba...
Aquel hombre me revelaba rasgos increíbles. Tuvo el coraje y la inmoralidad de quedarse con la empresa del patrón. Tuvo el ímpetu para hacerse rico y de paso arruinar el matrimonio de mi madre. Pero la belleza de una mujer le acobardaba. No podía comprender algo así con mis pocos años encima, de tal suerte que solo podía teorizar sobre aquel tipo de conflicto. Él mismo lo había dicho, —24→ una «mujer dorada». Quizás se había equivocado desde el principio. No vio una mujer aquel día en el Puerto, vio un tótem, porque en su corazón encallecido ya no podía haber amor, sino reverencia. Tenía un alma sin vuelo y un cerebro aritmetizado. Establecía categorías falsas, y podía apostar que era de aquellos que se ponen firmes para hablar a un portero de hotel disfrazado de Almirante. Había descartado desde el principio la posibilidad de que una mujer dorada perteneciera a un empresario de empedrados. Y entonces no la amó, sino la adoró a distancia. Escuchaba boleros y fantaseaba con idilios a la luz de la luna caminando por veredas tropicales tomados de la mano. Y en eso consistió su felicidad. No pude impedirme sentir lástima, y rogué que cuando me deslumbrara una mujer no fuera dorada, sino de carne y hueso.
-Tenía una carpeta... -decía sacándome de mi ensoñación.
-¿Quién tenía una carpeta?
-Yo tenía una carpeta. Con su nombre, Natalia. Allí anotaba todo. Era maestra en la Escuela República Argentina, 5º grado Pestalozzi, por la mañana. De tarde estudiaba piano en el Instituto La Lira. Los sábados a la tarde iba al Parque Caballero con su hermanito a buscar tréboles de cuatro hojas. Por la noche salía con su padre a cenar en el Rassmussen, y después se desplazaban en el Studebaker hasta el Belvedere, a tomar helados. Y los domingos era mi día de luto: un cadete de franco la visitaba y caminaban por la acera de esquina a esquina, tomados de la mano. Sabía también que ella adoraba los boleros. Su preferido era «Perfidia».
-¿Cómo averiguó todo eso?
-La seguía... -había en su voz un retintín de vergüenza.
-¿Y ella no se daba cuenta?
-Ni eso... -la tristeza había reemplazado a la vergüenza-. Cierta vez que iba a la Escuela, llevaba el paquete de cuadernos de deberes corregidos. El cordón se soltó y los cuadernos se desparramaron. Me lancé a recogerlos, apilarlos, atarlos de nuevo. Le alcancé el paquete rehecho, me sonrió y me dijo gracias buen hombre.
-Era la oportunidad de iniciar una conversación.
-¡Qué joven estúpido!
-¡Gracias!
-¿No te conté que solo dijo «gracias buen hombre»? No gracias joven, ni siquiera gracias señor. Dijo buen hombre. «Tome estas monedas buen hombre y cómprese medio kilo de hueso para la sopa». Pero fue el día más feliz de mi vida. ¡Me había hablado! Me había dicho «Gracias, buen hombre».
Si Dios había dado a ciertos hombres alma de perro, no me —25→ había dado a mí paciencia para soportarlo. Pero recordé que estaba trabajando, y aguanté sospechando que yo también tenía alma de perro.
-¿Vivió toda su vida así?
-No, renuncié a todo en 1945. Cuando se casó.
-¿Con el cadete?
-Ya era oficial. Capítulo cerrado para mí. Había vivido un hermoso sueño. Y aún lo tengo guardado.
-¿No se casó, padrino?
-¡Qué esperanza! Mujereé de lo lindo -se exaltó-. ¡Mujeres a montones!
Y entre ellas, en algún momento, mi mamá, hijo de puta.
-Fue una linda época -prosiguió-. La guerra en Europa terminaba, pero estaba racionado todo. Una dama que se acostaba con medio gabinete del Ejecutivo conseguía cupos y yo la financiaba y entre Ministro y Ministro se acostaba conmigo. El pobre Mariscal Estigarribia, qué macho, hijo, se había matado tratando de llegar a San Bernardino volando en una pandorga. Y mandaba el General Morínigo, un avá de tomo y lomo que no quería saber nada de los políticos, y lo dejaban tranquilo porque había echado a todos los alemanes y hasta le declaró la guerra a Alemania. Pero la guerra terminó y le dijeron3 que bueno General, ganó la guerra la Democracia de modo que ponga también la Democracia en su país, que está de moda. Entonces el General dijo que vengan todos los políticos y que Dios proteja a nuestra Patria. Así empezó la Época de la Libertad. Justamente por esa época la vi con su marido.
-A Natalia.
-¿A quién más? En el centro, en un mitin comunista.
-¿Mitin comunista? Padrino, no me imagino a Natalia, hija de un médico burgués, su marido, un militar, y vos, padrino, un redomado capitalista fueran a un mitin comunista.
-No era por el comunismo. Era por Creydt.
-¿Quién?
-Óscar Creydt. Un gran orador, daba gusto escucharlo. La gente iba a los mítines comunistas como quien va a un concierto. A escuchar buena oratoria. Y hablaba tan bien que hasta los curas le aplaudían. Bueno, entonces eso era raro, ahora no sé con este asunto de la Teología de no sé qué... Pero al fin de cuentas el Creydt ese resultó un atorrante, armó una Revolución y se mandó mudar. Al menos así lo entiendo yo.
-La revolución de 1947, creo entender.
-Fue horrible.
—26→-¿Peleaste en ella?
-¿Yo? ¿Y por qué? No era MI revolución.
Aquel país que me describía empezaba a interesarme. Papá entonces era un muchachito, según decía, alumno de una Escuela de Artes y Oficios de la Marina, y sin edad para pelear. Como escuela no debió ser gran cosa, a juzgar por papá que salió de allí sin arte ni oficio alguno que se pudiera mencionar. Pero don Toribio me estaba pintando algo distinto. La mano de hierro de un General medio indio, que no simpatizaba con los políticos, y después los diques que se abren, y finalmente la revolución. Me imagino al General, solitario en su despacho, oyendo el tiroteo y viendo volar los aviones y diciendo algo así como «yo ya lo decía, yo ya lo decía...».
-Dicen que murió mucha gente, padrino.
-Mucha.
-¿Quiénes?
-Soldados, campesinos. Aquellos muchachos que iban a escuchar música al Vila o en la Bolsa, los que paseaban en tranvía con sus novias, los que iban al Municipal a ver a Nelly Prono y Jacinto Herrera, y a Carlos Gómez y a Ernesto Báez, que nunca paraban de discutir en el bar de Villalba, allí en la esquina del Municipal, donde ahora está la biblioteca más ruidosa del mundo. O murieron, o pusieron pies en polvorosa, cruzando a Clorinda.
-Era la guerra de todos...
-Así fue.
-Pero no la tuya.
-No lo digas con desprecio. Tenía mi experiencia, y la de mi mamá. Tomar bandera DURANTE una revolución es apostar entre la vida y la muerte. Lo más seguro era esperar a ver quién gana y DESPUÉS tomar bandera. Y no me mires así que a este país no lo hice yo. Solo vivo en él.
-¡Me inclino ante tu idealismo, padrino!
-No te pago para que me tomes del pelo, hijo. No es cuestión de idealismo. Tampoco fueron idealistas aquellos que se fueron a Clorinda a vivir bajo las carpas, comiendo un amargo pan de gendarmes. O lo fueron, en alguna medida, hijo, por lo menos algunos, porque terminada la revolución, la alternativa era de hierro. Volver a convertirse en hurrero, o seguir viaje al sur para convertirse en exiliado. Muchos vivieron aquí en catacumbas políticas.
-Vaya... la Época de la Libertad, como dices, desembocando en un baño de sangre. Resulta difícil comprender.
-Es por eso que me digo siempre que si la libertad lleva a eso, me cago en la libertad.
—27→-Tal vez otros piensen que valía la pena pagar el precio, padrino.
-No sé, ni quiero averiguarlo. A vos a lo mejor te toca averiguarlo, y cuando lo sepas, por favor, no vengas a contármelo, que quiero morir tranquilo.
Extraño, mi padrino. Amó (¿adoró?) hasta la locura. Renunció a ella desde el día que la vio, durante años fue un puñetero platónico. Encontró la manera de hacerse rico. Un traje de tussor blanco marcó la frontera entre dos épocas. Joven aún rehuyó una guerra, y ya viejo, no quería conocerla en su significado profundo. Quería morir sin saber la razón de los muertos de ambos bandos, la amargura de los exiliados, ni siquiera la elasticidad espinal de los que volvieron de las carpas. Ojalá los viejos de su edad no fueran todos como él, y tuvieran laureles que exhibir, cicatrices que mostrar, imprecaciones que gritar o furias y temores que callar, demostrando que sí fueron jóvenes. Miré a mi padrino y me dije filosóficamente que estaba encontrando la peor manera de ser viejo: ser viejo sin haber sido joven. Cristo, que no me pase a mí.
Ya era mediodía, y se había bebido como tres jarras de tereré sin haberse levantado a orinar ni una sola vez. Tal vez Sixta, para quien gordura significaba salud, conocía de un yuyo metabolizable en grasa.
Se levantó. Sin ceremonias sacó del bolsillo del piyama otro cheque y me lo entregó y miré el monto. Mi papel de oidor me estaba pareciendo altamente rentable. Era su manera de despedirme, pero antes de irme me ordenó:
-Te vas a llevar la guitarra.
Antes de que terminara de hablar, ya Sixta caminaba con su bamboleo de pato viejo en dirección a la casa, a traer la guitarra, por supuesto.
-No veo para qué, padrino. -Íbamos caminando hacia el portón, pasando por el garaje, donde brillaba un auto a capota casi sin uso, aunque con las cuatro ruedas desinfladas ya.
-La próxima vez no vienes aquí. Vas a visitar a Natalia. Ya le avisé. El viernes a las seis de la tarde. Y con la guitarra.
¡A cantarle boleros a una vieja inválida, Jesús mío! La sensación de que tenía alas que me había saturado al recibir el cheque se había esfumado.
-Pero... ¿cuál es el juego, padrino?
-No hay juego, hijo.
Algo me dijo que Natalia era su consuelo y viceversa. ¿Desde cuándo?
-Dos años o un poco más. Supe que estaba enferma. Sola en su casa. —28→ Cuidada por una enfermera. Reuní coraje y fui a visitarla. Me recibió en su dormitorio. Me miró con sus ojos acuosos, como una estrella celeste vista entre la niebla, me preguntó mi nombre. Se lo dije, y entonces ella me preguntó: «¿Debo conocerle, señor?» Se me abrieron puertas de inesperada felicidad. La bendita arterioesclerosis había consumido su memoria. Era una memoria en blanco, y allí instalé la memoria de nuestro viejo amor. ¿Pero qué viejo amor? Te preguntas, lo leo en tus ojos. El amor que no viví, es la respuesta. Revivimos juntos lo que no vivimos. Y ella es feliz y yo también.
-...y mi papel es sumarme a la comedia cantándole boleros.
-Exacto.
-¿Por qué no le compra un tocadiscos?
-No es lo mismo. -Sixta me ofrecía la guitarra, sin funda. Aquel pobre músico por lo menos había conservado la funda, como consuelo. Me iba. Me volví.
-¿No me dijo que era casada?
-Su marido murió en el 47. El teniente, ¿recuerdas? Lo mataron y lo castraron o lo castraron y lo mataron, no se supo bien en qué orden.
Me fui, guitarra al hombro, deseando que al pobre muchacho -¿tendría mi edad o un poquito más?- le hubieran matado antes de castrarlo. Me libré de sentimientos macabros y fui a una casa de música a comprar casetes de boleros para aprendérmelos de memoria.
Como en la ocasión anterior, mamá me esperaba con el almuerzo y con su curiosidad desenvainada. Esta vez conservé el cheque para mí, pasando por alto su mirada codiciosa a mis bolsillos. Comía en silencio, hasta que ella no pudo más.
-¿Cómo te fue con el padrino?
-Me contó muchas cosas. ¿Y Lucía?
-Está durmiendo. Llegó cuando te ibas.
-La vi.
-¿Cómo te fue con el padrino?
-Me contó cosas. A propósito, mamá... ¿Lucía sabe que su padre es...?
-Por mí no lo supo. Lo supo por su papá. El día aquel que casi se muere con el aborto, su papá se lo dijo en la cara.
-Lindo momento para enterarse.
-Bueno... se enteró a medias. Tu padre le dijo que no era hija suya, pero decidió que viviera atormentada y no le dijo quién era su padre.
-¿Pero no te preguntó a vos, mamá?
-Nunca.
-¿Por qué?
-Cuestión de orgullo, supongo.
—29→-¿Y por qué no se lo contaste vos?
-A lo mejor por otra cuestión de orgullo. O porque entiendo que si es difícil soportar un padre cornudo, más difícil debe ser tener una madre adúltera. Y además ser bastarda.
De todos modos, pocas veces se había notado mucha comunicación entre Lucía y mamá, desde que mi hermana fuera niña. La razón, para mí era un misterio. Nunca estuve en condiciones, ni ahora, de abrirme camino por las intricadas callejuelas obscuras y avenidas luminosas de la maternidad. No obstante, la gestación extraconyugal de mi hermana debió establecer obscuros meandros mentales en mamá, y después en la misma Lucía, cuando se enteró.
Había terminado la sopa y mamá me estaba sirviendo el guiso de arroz con costillas.
-¿Sabes lo que es sinceramiento, mamá?
-Tengo algunas ideas.
-Sospecho que no. Sincerarse es ponerse nariz a nariz y sacar afuera todas las verdades.
-¿Para qué?
-Para que las cosas se vuelvan definitivamente peores... o mejoren.
Mamá dijo que «al punto que hemos llegado...» y se encogió de hombros. Ya había aceptado plenamente la situación, y se ajustaba a ella. Eso, en lo que concierne a Lucía. Conmigo era distinto. Yo era el preferido, desde chico. El bendito y bienvenido hijo varón.
Cuando terminé el almuerzo mamá fue a acostarse a la habitación conyugal, llevándose reverentemente la preciosa guitarra, cosa rara, sin preguntarme de dónde la había sacado. Allá en la pilastra, los dos extremos del imán de papá apuntaban tramposamente a la ventanilla del medidor tras la cual giraba la «ruedita de mierda» con su marquita roja. Y el mismo papá estaba tensando las cuerdas de la hamaca, para hacer su siesta. Me acerqué a él.
-Papá... ¿Cuántos años tenías en la Revolución del 47?
Me miró con cara de que con qué preguntas me vienes.
-Trece o catorce, o menos, me recuerdo. Estaba en la Escuela de Artes y Oficios, nos uniformaban de marineros.
-¿Y antes?
-Entré en 1945.
-¿Y qué hacías antes de entrar en la Escuela de Artes y Oficios?
-Vivía. -Ya estaba satisfecho con las cuerdas y haciendo cierta gimnasia se acomodó en la hamaca. Empecé a mecerlo.
-No hagas eso que me mareo. -Dejé de mecerlo.
-Ya sé que vivías. ¿De qué?
-Recuerdo que entre muchas cosas, repartía viandas. Comida a —30→ domicilio, en recipientes especiales -rió-. Me echaron cuando descubrieron que entre proveedor y proveído, se esfumaba la tercera parte de la comida. El culpable era yo, naturalmente. Vendí diarios, recogía botellas de los basureros, me defendía.
-¿Y abuela?
-¿Qué abuela?
-Tu madre, naturalmente.
-Ah, cierto. Mi madre resulta ser tu abuela, nunca lo pensé. ¿Qué hay con mi madre?
-Nunca hablaste de ella.
-Hay poco que decir. Me quería de acuerdo al dinero que traía.
-¿Y mi abuelo?
-¿Te refieres a mi padre?
-Lógico.
-Bueno, anduvo con mamá, me hizo a mí y se fue. Yo era bastante descarriado, y la amenaza más socorrida de mi madre era «cuando venga tu papá vas a ver lo que es bueno» -se sacó un moco de la nariz y lo examinó como si fuera una gema extraída de una mina, untó con él la hamaca, y prosiguió-: Pero los dos sabíamos que nunca vendría. Supongo que era la manera que tenía mamá de mantener viva la esperanza de tener de nuevo a su hombre.
-¿Cómo te lo describía mi abuela?
-¿Para qué quieres saber?
-Es que estoy descubriendo el pasado. Y vos estuviste allí, viejo.
-Mi madre me decía que papá era «navegante», pero en la vecindad se murmuraba que era «embarcadizo». Los dos, marineros de agua dulce, pero al parecer el «embarcadizo» chapoteaba en la sentina y el «navegante» tomaba mate con el Capitán. Al fin, mi madre perdió la esperanza, o la puso en conserva, y vino a vivir a casa un suboficial músico de la Marina, que me llevó como aprendiz. Me echaron pronto, el día que robé un clarinete y fui a empeñarlo en el Montepío. Me raparon la cabeza y me llevaron a la Escuela de Artes y Oficios. Allí aprendí sastrería.
-¡Nunca me lo dijiste!
-Nunca me preguntaste. Y no ejercí jamás. Yo no quería vestir a los demás, quería vestirme bien yo.
-...haciendo el menor esfuerzo.
-¿Te parece?
-Te conozco desde que nací, ¿recuerdas?
-¿Y cómo soy? -había cierta curiosidad en su pregunta. Al fin de cuentas, no existe padre que no quiera ser admirado por el primogénito.
—31→-¿Cómo sos? -reflexioné, tal vez le viniera bien un arañazo en el ego-. No creo que nunca ganes la Medalla a la Voluntad y a la Persistencia.
-Tu madre lo dice de otra forma, pero suena igual. En fin, ya que estamos desnudando el pasado, hijo, entre el año 1950 y 1962 fueron mis mejores años. Un mecánico me dijo que era simpático, buen hablador, y que podía vender autos. Autos usados, ¿sabes? Mi socio los compraba, los pulía. Le ponía aceite número 90 al motor, cargaba la batería. Y la trampa estaba montada.
-No soy mecánico, papá...
-La trampa estaba en que a un motor se le pone solamente aceite 40, que es liviano. El aceite 90 es para la caja de velocidad y para el diferencial, y espeso como gelatina. Pero le poníamos al motor, y el motor funcionaba con un ronroneo delicioso, el cliente oía esa música falsa y le decíamos que estaba recién rectificado. El cliente se iba feliz con su auto rectificado... y volvía a los tres días con el motor hecho puré. Entonces mi socio y yo nos poníamos iracundos, le tratábamos de irresponsable y le decíamos que era un inútil, incapaz de desarrollar un motor recién rectificado. Duró el negocio doce años. Pero lo bueno nunca dura tanto. El último cliente resultó hijo de un Coronel, yo desaparecí y mi socio pasó una larga temporada en el Batallón Cuarenta. Pero tenía plata, me vestía bien. Iba a bailar al Sol de América y al Presidente Hayes... y conocí a tu mamá, Reina del Hayes. Eso fue en 1965. Vos naciste no recuerdo cuándo.
Cuando le iba a contestar roncaba. Aceite 90. Eso sí que era nuevo. O viejo, porque después de todo, la historia de mi papá se reduce a ponerle aceite 90 a todo, para que PAREZCA que funciona bien, hasta la cornamenta.
Decidí hacer la siesta yo también, no muy atraído por la perspectiva del catre en mi «taller», pero era el único lugar que quedaba para mí, y cuando pasé por la habitación de Lucía, la vi durmiendo en el colchón, refrescada por un ventiladorcito enano, y que en el colchón sobraba espacio para tenderme sin molestar a la bella durmiente. Me tendí cuidadosamente sin desvestirme, pero ella me percibió en sueños, ronroneó como una gata, suspiró y me colocó los muslos sobre el vientre. Aseguré mentalmente que nadie podía acusarla de estar mal entrenada, retiré cuidadosamente el aterciopelado muslo, me levanté y fui a tratar de dormir en mi catre. No pude, porque se me había olvidado preguntar a papá si mi abuela vivía aún, o si después del suboficial músico no hubo un guardiamarina por lo menos, de acuerdo a la vocación marinera que parecía tener la buena señora.
Al anochecer salí, con ánimo de encontrar a los amigos de la —32→ barra. En el San Roque no estaban, de modo que enfilé para Villa Morra, en ómnibus. Los encontré en la hamburguesería. Estaban todos, Rafael, que tenía a su padre con úlcera sangrante, que a su vez atribuía a que Rafael usara por las noches su adorado BMW. Con una calvicie incipiente temprana, hacía cuatro años que Rafael se sostenía en el tercer año de Derecho. Como siempre, hablaba de autos, su pasión más grande. Sergio, que quería ser pintor, desde que le conocí, cinco años atrás, y que se sepa, todavía no se había decidido a empuñar un pincel. Hijo de una viuda que de casada -dicen que- era insaciable en la cama, y a cuya agresividad ninfomaníaca se atribuía la muerte por agotamiento nervioso y vaya a saber de qué más del marido, al enviudar había dado una vuelta de ciento ochenta grados y se volvió beata, aunque el mismo Sergio ponía en duda tal beatitud contabilizando la frecuencia con que su madre preparaba y llevaba budines de pan dorados y gustosos a la Iglesia, no precisamente para los pobres, sino para el cura, que tenía la cara rubicunda del comedor de budín de pan, señal de sibaritismo que despertaba vehementes sospechas de Sergio sobre la virtud materna. No obstante, Sergio no se hacía muchos problemas al respecto, y su tranquilidad iba en relación directa con el dinero que le proporcionaba su madre, que le permitía vivir sin trabajar, manejando un Santana «mau», estudiar computación (al menos eso decía a su madre) y cuando no estaba acostado con una mujer, no paraba de hablar de mujeres. Sandoval -nunca conocí su nombre- tenía en sociedad con una hermana, una casa de modas especializada en alquilar vestidos de novia. Era homosexual asumido y los muchachos decían que gozaba más que la hermana cosiendo y recosiendo sobre el cuerpo de las novias los vaporosos vestidos4 usados una y mil veces. Siempre era bienvenido a las reuniones, acaso porque no negaba sus inclinaciones, contaba alegremente chistes de putos, y nadie se ofendía cuando de pronto veía un conscripto rapado llevando un bolsón de galleta a la casa de su oficial, y salía disparado tras su presa. No era raro que muchas veces volviera al día siguiente con un ojo amoratado o con el cuero cabelludo suturado con tres o cuatro puntos alrededor de un claro cortado en su espesa cabellera. Entonces las burlas eran sangrientas, pero quedaban allí, porque el que más reía era el mismo Sandoval. Si alguna vez se acuña una Medalla al Coraje del Homosexual, le darían con justicia a Sandoval. Valentín era un campesino rudo, torpe y rico, que de alguna manera logró terminar el secundario en su pueblo natal. Su padre le alquiló una casa en Asunción, le pasaba una mensualidad, le dijo que escogiera una carrera universitaria, le dio su bendición y le dejó solo. Las tres veces que se inscribió para los exámenes de —33→ ingreso perdió el coraje a último momento y no se presentó. Entretanto, siguió -mal- el consejo paterno de relacionarse con gente importante y se acopló a nosotros, tratando con ansiedad de digerir cultura y sobre todo aplomo, porque era de una timidez increíble con las mujeres, lo que hacía suponer que era vergonzosamente casto a su edad. Pero se le toleraba porque en primer lugar siempre tenía dinero, exhibía una divertida furia animal ante los avances de Sandoval y prestaba su casa a quien quisiera ahorrarse el precio de un reservado. Sandoval se vengaba de sus rechazos afirmando medio en serio y medio en broma que cuando un amigo estaba fornicando en su casa, él, Valentín, miraba por el ojo de la cerradura y se masturbaba. Siempre sospeché que eso podía ser verdad, aunque cómo lo averiguó Sandoval, es un misterio para mí. Yo le tenía una simpatía especial a Valentín, no del todo desinteresada porque ya me había sacado de más de un apuro económico. Y hasta quise ayudarle en su vida sexual, tratando de meter en su gran cabezota de medio mulato, cuarterón o zambo, que las mujeres no eran de una raza superior, que no todas las rubias eran «gringas» inalcanzables, y que dejara de decir «señorita» a las chicas y probara con «che flaca». Nunca se atrevió.
Y finalmente, René con apellido impronunciable, menonita emancipado que un buen día, allá en las calles polvorientas de Filadelfia o Loma Plata descubrió que servir a Dios y servirse del indio no eran vida para él, y menos casarse con una mujer con pollera al pie y pañoleta en la testa y no vestir jamás nada más elegante que un mameluco de brin azul. Reunió así los elementos necesarios para renunciar a su fe, vino a Asunción, y excelente mecánico, puso su taller de «experto en sistemas de inyección directa», se rodeó no se sabe cómo de herramientas y aparatos llenos de agujas y luces calibradoras, formó clientela y vivía dividiendo el día en dos actividades que resultarían incompatibles a cualquier mortal: serio, circunspecto y formal en el taller, y borrachín y mujeriego de noche.
Tal era el grupo de amigos con el que desde hacia horas estaba compartiendo cerveza en latas y hamburguesas grasientas, descubriendo al cabo que no estaba en onda, que me sentía más que aburrido, harto de la charla erótica de Rafael, que en ese momento hablaba de la mejor manera de hacer el amor en el asiento trasero del BMW, mientras Sergio, el pintor en potencia, ya borracho, trataba de averiguar con Sandoval, el invertido, sobre la dosis exacta de Leche de Magnesia Phillips que agregarle a la masa del budín materno para ponerle en aprietos al cura sin matarlo de deshidratación, en tanto —34→ René se divertía como loco proponiendo al bruto de Valentín una adivinanza: si las rubias menonitas tenían en el pubis pelo rubio o castaño o negro. El pobre Valentín, con el rostro arrebolado me miraba pidiendo ayuda.
-No me preguntes a mí, que no pasé por esa experiencia -le decía yo, compadeciendo los esfuerzos de Valentín de parecer hombre de mundo.
Me levanté, dispuesto a irme. Sentía una sensación de rechazo. De qué «cuernos estoy haciendo aquí».
-Estás entre tus amigos -me decía a mí mismo.
-Ya sé -me respondía. -Pero lo que me pregunté es qué estoy haciendo.
-Se supone que has venido a divertirte.
-No me divierto nada. Parece que traje a cuestas un vacío.
-¿De dónde?
No atiné a responderme. Había chapaleado mucho en el pasado de la gente y del mundo en los últimos días. ¿Me estaba pesando el pasado, o la inutilidad del pasado que producía viejos que no fueron jóvenes, padres sin artes ni oficios, boleros narcotizantes, jóvenes maridos castrados, oradores comunistas, combatientes con cresta de color, como gallos enloquecidos, carpas donde el astuto empollaba su oportunidad de volver y el desencantado la decisión de hundirse mucho más al sur? ¿De ese linaje soy yo? Jesús.
-Prefiero descender de los muertos -dije en voz alta, sin darme cuenta, y con tanta fuerza que la cháchara de la mesa enmudeció, y todos se volvieron a mirarme.
-¿De qué muertos hablas? -preguntó Sandoval con femenil espanto.
-De los que murieron porque creían en algo -dije sin pensar lo que estaba diciendo.
-¿Y si en lo que creían era un error? -no podía ser otro más que René-. Si yo hubiera muerto por los menonitas le hubiera pedido a Dios que me envíe al puto infierno, por pelotudo -añadió, terminante, y vació una lata de Pilsen.
-¿Morirías hoy por algo? -pregunté al ex-menonita y me contestó con un eructo.
-¿Pero qué te pasa que te volviste fúnebre de repente? -me preguntaba Rafael.
-¿Morirías por tu BMW?
-Jamás. ¡Moriría EN mi BMW, a 160 por hora y con una pendeja a mi lado!
El coro de risas me hizo sentir ridículo.
-¡Yo moriría por el amor de un marinero! -decía Sandoval, separaba —35→ sobre la silla y meneaba la cadera como una bailarina árabe. El jolgorio crecía en estruendo, con tanta furia desatada que desde las mesas vecinas la gente miraba sonriente el espectáculo. Y de pronto, escuché la voz ronca de Valentín.
-Yo moriría por un amigo -y me miraba con la cara de un perro que se merece un hueso. Sentí lástima. El único pobre diablo capaz de morir por un amigo, no tenía un solo amigo. Los payasos no los tienen.
-¡Que se quede, que se quede, que se quede! -coreaban todos. El forzudo René me atrapó en el portón y me devolvió a la mesa y me aplastó contra mi silla. Los dejé hacer.
-¡Si tenemos un programa formidable para esta noche! Juramos a Neida que irías con nosotros -decía Sergio.
-¿Adónde?
-¡A la discoteca, cretino!
Neida era el equivalente femenino de René, el ex-menonita. Con títulos universitarios en computación, trabajaba en la Binacional. Rafael decía que de día era programadora y de noche programera. Y no andaba equivocado, pues ya había hecho el amor con todos y en todas las posiciones, salvo con Valentín, que no dejó de ver a la «señorita» en aquella enana insaciable de piernas cortísimas, muslos como jamones y monumentales pechos. La cerveza se me revolvió.
-Voy al baño -dije.
Fui al baño, salí dando un rodeo y me encontré en la calle, respirando con ansiedad un aire que parecía nuevo.
Caminé hasta el local de El Lector, donde se lanzaba el nuevo libro de una poetisa. En ese momento, un conocido escritor estaba presentando el volumen, con esa voz metálica y arzobispal que tanto envidiaba. La autora ponía cara de modestia y probablemente lo que estaba diciendo el presentador era más importante que todo el contenido del libro. Suele suceder, porque se supone que un presentador de renombre es como una topadora que va abriendo camino al éxito, o por lo menos a las ventas, del libro en cuestión, sin contar, claro, con el sesudo prólogo, que suelen ser obras maestras de la literatura de compromiso. Social, se entiende.
Compré un ejemplar de Mecánica Popular, rico venero de ideas artesanales útiles en mi «taller», y decidí después caminar hasta República Argentina para tomar el ómnibus a casa. En una esquina una vieja señora, con un estropeado vestido azul y zapatillas japonesas en los pies, miraba con melancólico aire de derrota una pirámide de pollos que giraba sobre el fuego. El cheque de mi padrino me estaba haciendo sentir rico y generoso. La anciana tenía cabellos —36→ color zanahoria de las rubias canosas que se tiñen, ojos muy claros -podía ser el hambre que dicen que licua la mirada- y como una última concesión a la elegancia, una cartera que de nueva habría sido suntuosa, pero entonces ya no lo era.
-¿Le gustaría comerse un pollo, señora?
Me miró con desconfianza.
-¿Es Ud. un vicioso, joven?
-Le aseguro que no tengo puesta la mirada en su virtud.
-¿A cambio de qué?
-A cambio de respuestas. ¿Setenta años?
-Un poquito más. Pero solo un poquito.
Un pollo bien valía para ella algún gesto de coquetería, si después de todo el jovenzuelo preguntón ERA vicioso.
-¿Qué hacía en su juventud?
-¿Para qué quiere saberlo?
-Estoy reconstruyendo el pasado.
-Me parece Ud. algo loco. ¿De veras lo del pollo?
-De veras.
-¿Y para qué quiere reconstruir el pasado?
-No sé, doña. Se me metió en la cabeza. Eso es todo.
Me apuntó con el dedo.
-Ud. estuvo viendo en la tele la historia del negro ese que fue al África, a conocer sus raíces.
Me siguió apuntando con el dedo, como si ver la televisión fuera un pecado. Quizás lo era, después de todo.
-No vi la serie esa. Pero volvamos a ahora. Ud. parece una mendiga...
-No lo parezco, lo soy.
-Pero ve tele.
-Cuando me cuelo en casa de mi hija.
-Sueña extraño, doña. Si su hija tiene tele, algo debe tener para alimentarla a Ud.
-Apenas consigue que la alimente el marido. Y entre su marido y yo hay un mutuo sentimiento de aversión. ¿Y el pollo?
Entramos al local donde nos ubicamos en una mesa. Pedí un pollo entero, y antes de irse el mozo, ella agregó al pedido una botella de vino, mirándome con aire de disculpa y diciendo «ya que estamos...». Reinicié mi investigación.
-Ud. parece una persona culta.
-Vieja tirada no soy. Fui maestra.
-Debe tener una jubilación.
-Se perdió el expediente tres veces. La tercera me di por vencida.
Apareció el mozo con el pollo, cortado en cuatro pedazos, y —37→ la botella de vino. La anciana miró con hambre aquella carne crocante y dorada. Su mirada se desplazó del pollo a mí.
-¿Para mí sola?
-Ya cené, y también el vino -y justamente tapaba mi vaso para que el mozo no me lo sirviera. Le sirvió a ella, y ella mantuvo apretada la mano del mozo hasta que su vaso rebosó. Se lo zampó todo de un trago, dijo al mozo que «deje la botella a mi cargo» y volvió a llenar su vaso. Esperé que aferrara su pollo con garras hambrientas y que devorara5. Me equivoqué, se sirvió delicadamente un trozo pinchado en el tenedor, y empezó a comer modosamente. Algo de la maestra sobrevivía en ella, hasta en el uso elegante de la servilleta, especialmente cuando envolvía las puntas en un dedo y se limpiaba la comisura de sus labios. Con el vino tenía modos menos cortesanos.
La veía comer.
-En los años cuarenta debió ser una mujer atractiva.
-Rubia y con mucha cadera -dejó de masticar-. Pero cintura fina. ¿Es ese su vicio?
-Y dele con el vicio, doña. Ud. lo dijo, busco raíces.
-Perdón. Supongo que habrá traído dinero para pagar el pollo.
-Claro. ¿Y cómo era aquello?
Dejó de masticar. Bebió medio vaso y se secó los labios.
-Tenía muchos galanes. Pocos llegaron a amantes. Era divertida, bailaba hasta el amanecer.
-¿Dónde?
-Nada de locales de medio pelo. Yo era el tipo de muchacha que los hombres gustan de exhibir. Decían que me parecía a Anselmita Heyn, y no mire mi pobre nariz ahora, porque no me va a creer que comparaban mi nariz con la de Greta Garbo.
Todo es posible. Aquella nariz ganchuda podía haber sido más hermosa. Fiera venganza la del tiempo, me vino a la memoria la letra de un tango que cantaba papá cuando se afeitaba.
-¿Dónde iba a bailar?
-Al Unión Club, al Circolo Italiano, a la Casa Argentina. A veces al Mbiguá.
-¿Su madre le permitía salir sola con hombres?
-No tenía madre. Murió cuando yo nací. Papá se volvió a casar y fui a vivir con una tía vieja, soltera y amargada, que nunca se divirtió y se vengaba alentándome a que no parara de salir y bailar. No terminé puta porque era maestra, enseñaba y como dicen hoy Uds., hay que cuidar la imagen. Antes no había imagen, había reputación.
-No veo la diferencia.
-La imagen de Uds. no pasa por el sexo. La reputación sí. Ahí tiene. ¿Le dice algo eso del pasado que busca?
—38→-Algo. En todo caso Ud. no era una puritana.
-Rubia, alta, caderuda. Un poeta me dijo que Nuestro Señor me modeló para el placer. Le daba la razón con discreción.
-¿Y los boleros?
-¿De qué boleros habla?
-Juan Arvizu, Ortiz Tirado, José Mojica... -rememoré las remembranzas de mi padrino.
Ella suspiró hondo. Había tocado un nervio, estuve seguro. La masticación se detuvo, sorbió el vino con la delicadeza de una mariposa sorbiendo néctar. No supe si sentirme feliz o arrepentido de haberle inyectado por fin nostalgia. En el fondo de la botella quedaba apenas una tenue6 línea de vino sobrante, y mi7 invitada estaba evidentemente ebria. Y empezó a cantar. No tenía mala voz.
| -Ven, mi corazón te llama. | |||
| Ay, desesperadamente. | |||
| Ven, mi vida te reclama | |||
| Ven, que necesito verte... |
Lloraba. Se enjugó los ojos con la servilleta. Un señor gordo aplaudió discretamente. Su esposa, también gorda, le dijo:
-Siga, abuela.
Ella se irguió.
| -Sé que volverás mañana | |||
| Con la cruz de tu dolor | |||
| Mira, qué forma de quererte | |||
| Ay, desesperadamente. |
Los aplausos, algunos de admiración, otros de compasión y los más, burlones, sonaron en las otras mesas. Ella se encogió y rió con risita de niña avergonzada. Estaba gozando, al fin, de un protagonismo inesperado. Posiblemente sentía su cuerpo joven, la amplitud de su cadera garbosa y el dorado resplandor de su cabello rubio. Solo un instante de gloria y regreso, segundos quizás, un alto delicioso en el camino a la sepultura.
-Eso era música, música, música -decía con frenesí, con un retintín juvenil, y agregaba-: Era música, no ruido. ¿Sabes que las trompetas tenían sordinas para llegar mansita la música a los oídos? ¡Altavoces, puaj! Cuando paso por esas discotecas me parecen sucursales del infierno.
Estaba algo enojada. Por calmarla, dije que también tendrían música alegre. Sufrió un inesperado arrebato, de borracha.
-¡Conga, Rumba, Samba, Foxtrot, Pasodoble! ¡Hacíamos temblar los tablones de la pista del Mbiguá...!
Se levantó de un salto, se puso la canastilla del pan sobre la —39→ cabeza y empezó a bailar mientras tarareaba algo así como «un galo de noite cantó...», anunciaba que era la Carmen Miranda paraguaya y que vengan los aplausos. El público aplaudía, y el señor gordo se levantó a bailar con ella mientras la avergonzada señora gorda le tiraba del faldón de la guayabera. Un agente de policía asomó, dudó entre reírse o llevarla presa, optó por lo primero y empezó a batir palmas él también. Para mí, las cosas ya habían ido demasiado lejos. Pagué al mozo, y cuando me iba, ella estaba a mi lado, reteniéndome del brazo.
-Gracias -me dijo-. Hace tanto tiempo que no divierto.
-Por nada. ¿Me permite una pregunta? ¿Fue feliz?
-Tuve momentos felices. No hay que pedir más a la vida.
-Adiós, señora.
-Un momento, joven. ¿Qué busca? ¿Miserias?
-Tal vez.
-¿Para qué las busca en el pasado? Aquí, y ahora, estamos llenos de ella.
Salí a la calle, dialogaba conmigo mismo.
-La vieja te acusó de buscar miserias.
-No tenía razón.
-Pero esperabas una historia trágica.
-Escuché la de una libertina.
-Existieron en todos los tiempos. Además no era libertina, era maestra.
-Era una maestra libertina.
-Y esperabas un final trágico. No alcanzó a contarte, o no hubo tragedia en su vida.
Escuché un lamento horrible de gomas sobre el asfalto y un golpe. Un golpe blando, de carne machacada y hueso desarticulado. Me volví. En el piso yacía mi invitada, se sacudía con el temblor de la muerte y quedó quieta. Una mancha corría por el asfalto. No era sangre, era orina, o vómito. Un pollo vomitado, la cena del condenado. El coche culpable había acelerado como una centella, pero alcancé a ver. Era el BMW y Rafael iba al volante.
-La borracha se lanzó frente al auto...
-Decía alguien.
-¿Alguien tomó la chapa?
-Es uno de esos hijos de papá...
Solo escuchaba rumores. Un peso macizo ascendía por mi garganta. Tal vez fuera culpa, mía, de mi generación. De Rafael. Pero yo por lo menos, estaba tratando de saber de dónde venía. No me consoló, porque me vinieron las náuseas, y vomité mi hamburguesa.
-Bueno, hermano, ahí tienes la tragedia que esperabas.