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Carta tercera

De Carmela a Pablo

Carta de Carmela, en la cual le participa a Pablo su amante, que ha profesado, mas sin decirle los motivos secretos que ha tenido para hacerlo.




I

    Quien tanto te esperó, ya no te espera.
Obedezco al destino, aunque me quejo.
No me preguntes hoy por qué te dejo;
la causa la sabrás cuando yo muera.


II

   Ya sé que, al profesar, lleno de luto  5
el alma de un perfecto caballero
que presiente y adora lo absoluto
de lo bueno, lo bello y verdadero.


III

   Mas la suerte es más móvil que la luna,
y es quererla fijar empeño vano.  10
No hay libertad. Todo poder humano,
bueno o malo, es un golpe de fortuna.


IV

   Ya ves que no disculpo mis traiciones,
aunque sé como todas las mujeres
que en materia de amores y placeres  15
para obrar sin razón siempre hay razones.


V

   Respeta mi sagrado juramento.
¿Seré yo la primera que afligida
por miedo a los pesares de la vida
sin tener vocación se fue a un convento?  20


VI

   No me vuelvas a ver, pues sé que quieres
penetrar el dolor que me atormenta,
y el alma es una luz que en las mujeres
a través de su piel se transparenta.


VII

   Ya está sin remisión la suerte echada,  25
pues por causas mejores o peores
se ha cerrado mi alma a los amores
lo mismo que una iglesia excomulgada.


VIII

   Mientras Dios de la vida me destierra,
a ti, dando al olvido mi memoria,  30
te quedan otro amor, la fe y la gloria,
las grandes ilusiones de la tierra.
—475→


IX

   No aspires, ciego, a la esperanza vana
de alcanzar la ventura un solo día.
¿No conoces que el mundo algo valdría  35
si fuera una verdad la dicha humana?


X

   Pero ¡ay de mí! mi corazón no alcanza
a desterrar de sí tu pensamiento,
por más que en los umbrales del convento
arrojé a puntapiés a la esperanza.  40


XI

   ¡Ilusa! ¿Querrás creer que aunque valiente
entierro en flor las esperanzas mías,
aun pienso que aquel sol de aquellos días
alumbrará mi vida eternamente?


XII

   Aun en sueños extática te llamo,  45
y en todas las ventanas del convento
empaño los cristales con mi aliento
para escribir en ellos: -¡te amo! ¡te amo!-


XIII

   Yo te quise olvidar, y no he podido;
mas tal vez me dé el claustro horas serenas,  50
aunque corre una sangre por mis venas
más ardiente que el plomo derretido.


XIV

   Doy, llorando, la eterna despedida
a nuestro amor de un día, al que reemplazan
las dos eternidades que se enlazan  55
al principio y al fin de nuestra vida.


XV

   ¡Cuánto angustia la eterna divergencia
de estas cosas humanas y divinas
que dan grandes batallas submarinas
en el fondo del mar de la conciencia!  60


XVI

   El valor me abandona, cuando veo
que, ni orando, mi espíritu se exalta.
No tengo de la fe más que el deseo.
¿Y la gracia de Dios? Ésa me falta.


XVII

   ¡Que se incline mi espíritu, Dios mío,  65
del santo amor por la inmortal pendiente,
pues, así como al mar corre la fuente,
la fe es al alma lo que el cauce al río.


XVIII

   Vine a buscar la dicha, y es lo cierto
que, presa de ese amor que nunca olvida,  70
está el rincón que ocupo en esta vida
más triste que un lugar donde hay un muerto.


XIX

   Lucho, y lucho con bárbaro heroísmo,
pero, luchando, es mi tortura tanta,
que aparto con las manos ahora mismo  75
la sangre que se agolpa a mi garganta.


XX

   ¡Dad ánimo, Señor, a la que tierna
siente en su pecho ese anhelar profundo
que da por una dicha de este mundo
las dichas todas de la vida eterna!  80


XXI

   La acción de mi tremendo sacrificio
ha de ser por los ángeles cantada
hasta después que terminado el Juicio
circule en paz la tierra despoblada.


XXII

   ¡Adiós! oigo en el templo el Miserere.  85
¡Voy a pedir por mi eternal reposo,
herida como el héroe religioso
que cae, mira al cielo, reza y muere!
—476→


Carta cuarta

De Carmela a Florentina

Carmela escribe a su amiga Florentina que atrayendo a Pablo frecuentemente al convento por medio de su habilidad en el canto consigue que no la olvide.




I

   ¡Con qué placer tan grande te lo cuento!
Víctima fiel de las memorias mías,
para escuchar mi acento,
el sol de mis primeras alegrías
acude a presenciar todos los días  5
los oficios divinos del convento;
y yo que aunque soy monja rigorista,
sin faltar a las leyes del decoro,
por mis fueros de artista
puedo bien desde el coro  10
ser oída y oír, ver sin ser vista,
le atraigo dulcemente
con el arte bendito
que sin formas ni líneas, vagamente
consigue en lo interior de cuanto siente  15
juntar lo indefinido a lo infinito;
y aunque ayer contagiado
de mi canción por el ardiente fuego
me oía embelesado,
aguzando el oído como un ciego,  20
pasó nuestra pasión desconocida
para el alma dormida
de estas monjas honradas
que tristes y en sus celdas encerradas
ven vegetar sin atrición la vida;  25
y nadie en el convento,
mientras duró mi canto, ha conocido
que, el uno al otro unido,
desde su pecho al mío era mi acento
un reguero de plomo derretido.  30


II

   No en vano pretendía
que él oyese algún día
el temblor de mi voz apasionada.
porque yo bien sabía
que una mujer amada  35
oída es más temible que mirada;
y así al buscar, oyéndome, consuelo,
dando ciego al olvido
que es el amor en nuestro obscuro cielo
un sol que para siempre se ha extinguido,  40
en su pura inocencia
el infeliz no sabe
que siempre es cosa grave
someter el amor a la experiencia,
y por eso no advierte  45
que oír la voz de una mujer querida
hace adorar la vida,
como un clarín hace afrontar la muerte;
y aunque yo, siempre honrada,
como una salamandra ya aguerrida  50
de mi edad más florida
la hoguera atravesé sin ser quemada,
hasta a mí misma su pasión me aterra,
pues temo que el volcán que mi alma encierra
ante el calor de su recuerdo estalle.  55
¿Dónde hay amor tan puro en que no se halle
levadura del limo de la tierra?
   ¡Quiera Dios, quiera Dios, que sus dolores
no reanimen de nuevo mis ardores,
como algún día, de sudor cubierto,  60
recordaba sus íntimos amores
al darle a San Jerónimo temblores
las ráfagas de viento del desierto!


III

   Al llegar el instante
en que a hurtadillas veo  65
su extático semblante
envuelto en una nube de deseo,
—477→
del órgano primero acompañada
pulsé con diestra mano
una tierna balada  70
difundida y mezclada
al monótono son del canto llano,
y así, juntando a las divinas glorias,
algo del cieno del humano goce,
con varias inflexiones que él conoce,  75
mis notas impregné de sus memorias,
y en tanto que él me mira
con grandes ojos, de ternura llenos,
yo, con el genio que el amor inspira,
hice, apelando al día de la ira,  80
al órgano lanzar rayos y truenos.
   Y cuando estaba de dolor postrado,
sintiendo una agonía permanente,
a un altar apoyado,
para oirme, los ojos dulcemente  85
abría como un niño embelesado,
y a la postrera nota
en que el amor de lo pasado evoco,
más bien que como un loco
miraba el infeliz como un idiota.  90
   ¿Qué fue de la ventura
de este hombre de nobleza inmaculada,
que hoy lanza en su terrible desventura
relámpagos de sangre su mirada,
corriendo a toda prisa a la locura?  95
¡Oh! ¡cuán honda tristeza
inspira al alma esa común flaqueza
de ver rodar, caída por el suelo,
la indómita fiereza
con que levanta con orgullo al cielo  100
su torre de Babel toda cabeza!


IV

   Conforme él iba atento,
como un ciego de amor de nacimiento,
traduciendo mis notas en cariños,
pues ven por sentimiento  105
los ciegos, las mujeres y los niños,
toda el alma en el timbre del acento;
yo, iniciando con ánimo tranquilo
cierto tema de amor idealizado,
que es Fray Luis de León en el estilo,  110
por supuesto añadiéndole el pecado,
en escala ascendente
parodiando más tarde vagamente
el plácido gorjeo
del céfiro sutil del mar Egeo  115
que el sol suele traernos del Oriente,
copié luego los giros de la brisa
que agitando indecisa
las flores con sonoro movimiento
va imitando la risa  120
de niñas que están locas de contento;
y al acabar mi canto, santamente
pedí con voz doliente
para él la dicha y para mí el olvido
a ese gran Dios de las tristezas mías  125
que la inmortal naturaleza adora,
y a quien manda sus himnos o alegrías
cuando en la tarde, y al brillar la aurora,
la tierra es un delirio de armonías.


V

   Miradle allí rendido,  130
como si fuese por un rayo herido,
pensando en su locura
«¿Por qué entré en el convento?»
cuya triste y eterna conjetura
hace su desventura,  135
pues no hay carga mayor que el pensamiento.
De este misterio, el sin igual tormento
será su torcedor hasta que muera,
y como el ser que espera desespera
él vivirá desesperado y loco,  140
y sin dar con la causa verdadera,
así lo irá matando poco a poco
la fiebre intolerable de la espera.
Y yo ¿qué espero? Nada.
Aunque ya escarmentada  145
no olvido, para andar con pie seguro,
que el presente es el filo de una espada,
y el pasado lo mismo que el futuro,
un sueño entre una nada y otra nada;
con humildad cristiana  150
ya vivo convencida
de que en toda la vida
ni por Dios bendecida hay dicha humana,
y sólo espero, por la muerte herida,
a la tumba cercana,  155
que el voto que del mundo me destierra
me abra un día en el cielo otra esperanza,
que en el amor, lo mismo que en la tierra,
cuando un mar se retira el otro avanza.


VI

   Soy dichosa de veras.  160
Ahora es cuando creo
que la lira de Orfeo
convertía en corderos las panteras,
pues cuando, como un reo,
—478→
a locura y a muerte condenado,  165
me escuchaba aterrado,
dando a mi voz, con afectada calma,
una tierna inflexión que él no ha olvidado,
reanimando su amor, nunca apagado,
le herí de frente en la mitad del alma;  170
y su dolor fue tanto,
que, apresuradamente,
huyendo con vergüenza de la gente,
del convento salió rompiendo en llanto;
y yo, al verle salir, enardecida,  175
mandándole una eterna despedida,
con voz, mezcla de hachazo y de lanzada,
hice febril apresurar su huida
al que lleva la imagen esculpida
del Dios de mi niñez en su mirada...  180
¡Adiós, noble esperanza defraudada!
¡Adiós, único sueño de mi vida!


Carta quinta

De Carmela a Florentina

Anunciándole la muerte de Pablo y revelándole el secreto de su profesión.




I

   Antes que mi memoria
venga a falsear la intemperante historia
que no calla lo suyo ni lo ajeno,
desde este jardín lleno
de flores ignoradas  5
en donde, aunque no es moda ser cristiano,
se ejercen con esfuerzo sobrehumano
unas viejas virtudes desusadas,
con el alma partida de tristeza
mi espíritu iracundo  10
se despide de un mundo
en que no hay más virtud que la belleza.


II

   Murió presa de un éxtasis divino
el hombre enamorado
que siendo tan cortés como un Cruzado  15
tenía el corazón de un Antonino.
Y aunque por él sentía
el ciego amor que en el delirio toca,
tengo, al saber que ha muerto, una alegría
mas triste que el contento de una loca.  20
Pues por más que ahora mismo el sentimiento
mi corazón destroza
al recordar cuando a escuchar mi acento
se mostraba en la iglesia del convento
como un rey a la puerta de una choza,  25
sin querer ni saber en qué consiste,
al llegar para mí la eterna ausencia
de un ser que era mi vida y ya no existe,
te declaro en conciencia
que siento, como hay Dios, no estar más triste;  30
y es porque considero
que para mi alma ardiente es gran fortuna
el que, muerto el primero,
no pueda ser querido de otra alguna,
y bendigo al Señor porque ha dejado  35
mi espíritu en reposo.
¡Qué alegre está un celoso
cuando muere antes que él el ser amado!


III

   ¡Tiene burlas que espantan el destino!
¡Cuando era más cantada mi belleza  40
me convirtió en un monstruo el Dios que vino
a hacer una virtud de la tristeza!
Yo soy, amiga mía,
la que pasé por bella entre las bellas,
y a quien Pablo algún día  45
-Para verte, Carmela, me decía,
hacen alto en el cielo las estrellas.-
Pero ¡ay de mí! cuando llegó el instante
de ser la esposa fiel de un fiel amante,
un rayo repentino  50
cayendo en mi semblante
partió de medio a medio mi destino.
Hoy ya puedo contarte que apartado
este velo que ampara
el recuerdo feliz de mi pasado,  55
parecen las arrugas de mi cara
oquedades de un mármol oxidado;
y más muerta que viva
te diré que unas pérfidas viruelas
en esta frente altiva,  60
dejando de su paso las estelas,
hicieron de mi cutis una criba.
—479→
Y cauta, en previsión de que el amante,
próximo a ser mi esposo,
no viese este semblante  65
que es de un ídolo indiano en lo espantoso,
para ocultar las huellas
que dejó en mí la enfermedad traidora,
fui buscando la sombra protectora
que hace iguales las feas y las bellas;  70
y, sin perder momento,
huyendo del amor con heroísmo,
me vine a este convento
que me atrajo hacia sí como un abismo,
y en él, haciendo al cielo  75
una noble promesa,
además de mis votos de profesa
hice voto especial de llevar velo;
pues aunque yo sabía
que es sólo la belleza flor de un día,  80
quise huir del mayor de los horrores,
y es que Pablo me viese de este modo,
sabiendo que en amores
la realidad lo desencanta todo;
y cierta de que el mundo embelesado  85
más bien que al corazón, mira a la cara,
pues siempre para el hombre enamorado
vale más y es más bello un pie torneado
que un palacio de mármol de Carrara,
del mundo huí con varonil firmeza,  90
pues, por más que el decirlo es cosa dura,
lo que encanta en la vida es la belleza,
y el alma en la mujer es la hermosura.


IV

   Visto el mundo a través de mi tristeza,
y estando convencida  95
de que el hombre sólo ama la belleza
y en faltando el amor ¡adiós la vida!
voy a pensar ahora en mi pasado
para poner en orden mi conciencia,
porque es limpiar el alma del pecado  100
el último pudor de la existencia.
En vez de ir imitando
a estas hijas de Cristo
a quienes va matando
la nostalgia de un cielo que no han visto,  105
yo, fingiendo una santa penitencia,
es tanto lo que lidio
por terminar cuanto antes mi existencia,
que entregada al cilicio y la abstinencia,
es mi vida ejemplar un suicidio,  110
¡Morir! nada hay que consolarnos pueda
de una ilusión perdida,
y más cuando en la vida
la hermosura se va y el amor queda.
¡Morir y morir pronto! he aquí la suerte  115
que anhelo con empeño:
como el hombre cansado llama al sueño,
busca el triste el consuelo de la muerte.


V

   Al ver el santo celo
de estas pobres mujeres  120
que atentas a cumplir con sus deberes
por el camino real marchan al cielo,
deseo arrepentida
morir creyendo en Dios y en la otra vida:
y aunque ruegan por mí con fanatismo  125
estas monjas honradas
que creen que purifican mis miradas
lo mismo que las aguas del bautismo,
aun temo por el fin del alma mía,
porque yo siempre he sido  130
una grande impostora que ha sabido
inspirar una fe que no tenía;
y aunque hoy, crédula y tierna,
el recuerdo del ser por quien suspiro
es el cristal de aumento con que miro  135
los horizontes de la vida eterna,
tengo dudas sí, al fin de la jornada,
podrá morir del todo arrepentida
esta desventurada
que ha pasado la vida  140
mirando a lo infinito sin ver nada.


VI

    ¡Qué malestar! ¿Si empezará, Dios mío,
la muerte del planeta?
¡Los mármoles estallan con el frío,
y una bruma pesada el mar aquieta!  145
¡Adiós, adiós! Voy a morir en breve,
pues cual si fuese, como yo, otro muerto,
sobre el mundo desierto
echa el cielo una sábana de nieve,
y oculta entre la atmósfera sombría,  150
alguna mano fría
parece que me entierra
entre esa nieve que será algún día
el último ropaje de la tierra.
—480→


VII

   ¡Cuánto adoré y sufrí! ¡Pero, adelante!  155
¿Qué importa lo sufrido y lo gozado,
si después que los días han pasado
lo mismo son un siglo que un instante?
¡La leyenda irrisoria
de mis tristes errores  160
pasó ya, como pasa la memoria
de los grandes placeres y dolores!
¡Reyes y emperadores,
siglos de horror y de pasada gloria,
todo caerá en la sima de la historia  165
como el hoy y el ayer de mis amores!


Carta sexta

De Florentina al autor

Florentina da noticia al Autor de la muerte de Carmela, explicándole las circunstancias por las cuales murió en olor de santidad.




I

   ¡Y vuelta a repetirme que me quieres!
Galante en procederes
y en las palabras tierno,
cualquiera dirá que eres
un ave que hace nidos en invierno.  5
¿No ves, querido monstruo sin entrañas,
que al ponderar tu amor como un falsario
a esta pobre aldeana a quien engañas,
te dirán que nos habla un millonario
del placer de vivir en las cabañas?  10
Es de tu ciencia el singular secreto
que la vida es un viaje sin objeto,
y yo, llamando monstruo al que me olvida,
no encuentro más que monstruos en la vida;
y así uno engañador, y otra engañada,  15
somos dos seres de experiencia llenos,
que si tú sabes que la ciencia es nada,
yo sé que la pasión es mucho menos.


II

   Empezaba a decir... ¿qué te decía?
¡Ah! sí; que el alma mía  20
no es fácil que deteste
a un hombre que algún día
estudió en mi garganta anatomía,
y en mis ojos mecánica celeste;
pues recuerdo, embriagada de contento,  25
que apelando a la noble poesía,
hija y madre a la vez del sentimiento,
tu lira bondadosa
me llamó un día hermosa,
e hizo un canto impregnado de tristeza  30
a la última rosa
que llevé de novicia en la cabeza.


III

   Voy, pues, ya que lo ordenas,
de una vida que amé más que la mía
a pintarte las últimas escenas,  35
mitigando el dolor con mi alegría,
pues sé, Ramón María,
que te fastidian como a mí las penas.
Y ocultando, si puedo, mis dolores,
al rendir el tributo  40
de mis tiernos loores
a una mujer que tuvo en sus amores
la estúpida virtud de lo absoluto,
te diré que ha acabado su existencia,
sintiendo la influencia  45
de ese inmortal deseo no apagado
de que vuela empapado
el soplo de la brisa de Valencia,
fascinadora brisa
que hizo que ambos tuviesen la gran suerte  50
de imitar en la vida y en la muerte
el amor de Abelardo y de Eloísa.


IV

   Sabrás que de la vida de Carmela
hizo al fin el milagro una novela,
pues la hermana Consuelo y otra hermana,  55
ignoro si por sueño o desvarío,
refieren que a la luz de la mañana
encontraron su féretro vacío;
y la hermana Consuelo,
que cree que todo el mundo ha de ir al cielo,  60
y que al velar, durmiéndose, a la muerta,
pudo soñar despierta,
—481→
como el hecho del mundo más sencillo
cuenta de fe exaltada
con su voz natural desafinada,  65
que a un fantástico brillo
vio vestida y calzada
a María Carmela del Castillo
subir a lo inmortal transfigurada.
Y como no hay manera  70
de evitar que en milagros y en agüeros
una madre embustera
pueda engendrar mil hijos embusteros,
la historia de esta monja milagrera
será la que tendrán por verdadera  75
los bobos de los siglos venideros.


V

   Y como en cosa de ilusión tan rara
siempre ha habido encontrados pareceres,
me dicen que Sor Clara,
una monja que mira cara a cara  80
lo mismo que en el siglo las mujeres,
y Sor Juana, que inspira
al Capellán, que fue de regimiento,
y que, hipócrita, aspira
a ser la superiora del convento,  85
andan diciendo ahora
que entre un criado mío y el portero
la sacaron, poco antes de la aurora,
en el carro del pan del panadero.
¡Inútil presunción! pues siempre ha sido  90
el imán de nuestra alma lo imposible,
y como esto es tan real y tan creíble
por lo mismo será menos creído.


VI

   Por lo dicho verás que me consagro
a dar fuerza a la idea del milagro,  95
y es porque así preveo
que el pueblo con su inmenso clamoreo
de mi amiga Carmela hará una santa,
idea que me encanta,
pues además de merecerlo, creo  100
que la virtud que hay en la tierra espanta.
Fue admirada de tantos,
que es natural que aquellos que la lloran
ya muerta multipliquen sus encantos,
porque siempre los seres que se adoran  105
a la fuerza han de ser héroes o santos.
Y por eso declaro
que mi empeño lo fundo
en que este caso de histerismo raro
se quede en el secreto más profundo.  110
¡Oh fuerza del misterio! En este mundo
nadie se hace matar por nada claro.


VII

   Mas, juzgando el milagro una impostura,
un recto magistrado
que todo el mundo sabe  115
que es tonto, y para un tonto es todo grave,
con mucha gravedad ha encomendado
a otro insigne letrado
que busque con premura
el rincón de la tierra  120
en que estén de ella y de él la sepultura
(secreto impenetrable que se encierra
en mi pecho con triple cerradura),
y que, poniendo mano
en esa indiscernible  125
frontera de lo real y lo invisible,
certifique por medio de escribano
lo que haya en el milagro de creíble;
y como es su torpeza
igual a la destreza  130
de otras muchas y grandes dignidades,
que aunque no hacen ni dicen necedades
son necios de los pies a la cabeza,
el famoso letrado
con el mayor cuidado  135
desplegará cuanta malicia quepa
en un magín de textos incrustado,
probando que el cadáver fue robado
por quien ya se sabrá cuando se sepa.


VIII

   Y yo que con rodeos,  140
entre las malas condiciones mías
acostumbro a ocultar mis baterías
marchando en línea recta a mis deseos,
para hacerle creer cualquiera cosa
ya cuento con su esposa,  145
mujer por los milagros entusiasta,
y buena de tal modo,
que si fuese tan limpia como casta
sería una virtud pura del todo;
pues ella es de esos seres elegidos,  150
santos hasta el exceso,
que nunca a sus maridos
les dan en tiempo de cuaresma un beso,
y que, con alma de rezar sedienta,
amontonando preces sobre preces,  155
suele leer, de fe calenturienta,
los libros de moral hasta las heces,
y en este año leyó, según me cuenta,
el dichoso Telémaco diez veces,
que, después de otras treinta, hacen cuarenta,  160
—482→
y ella al fin, anulando con su celo
de su esposo los planes,
inútil hará de él todo el desvelo,
y, por grandes que sean sus afanes,
como suelen decir los alemanes,  165
no llegarán los árboles al cielo.


IX

Y como siempre Maquiavelo ha sido
para mí una inocente criatura,
pues han hecho entre el médico y el cura
de mi mente un estanque corrompido,  170
suceda, en conclusión, lo que suceda,
más que la curia he de poder yo sola,
porque, en último caso, a mí me queda
lo que llama Argensola
la grave autoridad de la moneda;  175
y, al peso del dinero, en el sumario
del milagro se hará pleito ordinario,
y el tiempo, ese tirano sin segundo,
encauzará en lo real lo imaginario,
pues el vulgar deber es el sudario  180
que envolverá el cadáver de este mundo.


X

   ¡Carmela del Castillo, alma bendita,
confía en mis cuidados,
sé que el sepulcro es un lugar de cita
de todos los amantes desgraciados,  185
y ya ves que no olvido
que hablándome de Pablo, me decías:
¿No habrá algún ser querido
que mezcle sus cenizas con las mías?
¡Los dos en un sarcófago ignorado  190
reposaréis en paz, almas inquietas,
y uno del otro al lado
os verá el sol del día en que cansado
deje Dios de su mano a los planetas!


XI

   ¡Cuánto envidio a estas almas tan honradas,  195
que, no estando tocadas
de la común miseria,
viviendo en lo fantástico, elevadas
cual Platón, llaman lo otro a la materia!
¡Bendigo el santo fuego que redime  200
a esos seres benditos
que están por su pasión por lo sublime
ebrios siempre de sueños infinitos!
¡Candorosos ensueños de mi cuna,
renovad mis primeras emociones!  205
¿Qué realidad hace feliz? Ninguna.
Pues si sólo hay verdad en las ficciones,
si sólo, en lo ideal, da dicha alguna
la fe que hace latir los corazones...
¡quítame, oh Dios, el oro y la fortuna,  210
pero vuélveme a dar las ilusiones!