Leopoldo de Luis: «Los horizontes»
Ramón de Garciasol
LEOPOLDO DE LUIS: Los horizontes. Colección «Planas de Poesía», núm. XII, Las Palmas de Gran Canaria, 1951.
Ya tenemos cierta perspectiva para ver líneas generales en la poesía de Leopoldo de Luis. Cuatro libros publicados desde 1946, proporcionan material suficiente. Como coordenadas de su poesía, encuentro: una forma clásica, acento, ritmo y rima, al servicio de una inquietud muy actual: vino -vida- nuevo, en odres viejos -solera y continuidad. Por otro lado, un predominio de lo lírico sobre lo agónico-metafísico. Su profundidad está en su verdad más natural, en el verso con los acentos bien puestos, la rima cantarina y sin violencia, y un patetismo auténtico, de haber mirado seriamente a las cosas con temor de amor. No se olvide el origen cordobés de Leopoldo de Luis, trasplantado -y arraigado- al corazón de Castilla. Y téngase presente su atención a un tiempo sombrío, del que el poeta se considera huésped. Tiempo en el que ha vivido el alba del hijo, como cumplimiento justo de la hombría, mas en el que, a la par, ha sufrido sintiendo volar los imposibles pájaros del sueño. El tiempo, el irrecobrable, ha cambiado muchas ilusiones y esperanzas en melancolía, oro que lleva el dolor en los mejores.
El nuevo libro de Leopoldo de Luis, Los horizontes, consta de dos partes, de títulos muy significativos: Vida arriba, trabajo, temor, fatiga, con desazón por alcanzar la verdad en las cumbres, y Elegías, un poco vuelta y llanto sobre el pasado, miedo de que las semillas de luz no den espigas, trituradas en polvo y olvido por una circunstancia atroz. O como dice el poeta en su arquitecturada Elegía tercera, dedicada al gran Miguel Hernández:
No es un estéril cielo la elegia;sí la patria mejor de la memoria.
En Los horizontes, Leopoldo de Luis culmina su manera peculiar de hacer hasta ahora: predominio de lo lírico sobre lo agónico-metafísico (véase «Salida del colegio», exponente de la primera, frente a «El odio», sin que deje de tener honda hermosura el segundo); acatamiento dominado de la rima, donde se encuentra más holgado el poeta; respeto al ritmo -el tempo espiritual- aun en los versos libres, que obedecen a una contención y legislación más estrictas de lo que permite sospechar alegremente su nombre externo, ya que la libertad es lo que más obliga cuando se es digno de ella: libertad es mayoría de edad mental y sentimental, y, por tanto, responsabilidad. La palabra, nos dice Leopoldo de Luis, luz de la luz, la suprema distinción humana, nos fuerza a mucho.
Por esta voz que brota de la sangre,la libertad humana se ilumina,
porque como canta en un verso inspiradísimo,
La libertad nos nace por el llanto.
Entre los grandes poemas de Los horizontes, se encuentra esta redonda «Elegía de la última tarde», llena de aciertos expresivos, como, en general, la segunda parte del libro, más cuajada y hecha, a nuestro ver.
Como calas en Los horizontes, recordemos un verso espeluznante, de grandiosa fuerza, que cambiando el mandamiento divino de amor en odio, casi se ha convertido en un lema de hoy:
Al prójimo odiarás como a ti mismo.
Los días de la infancia -visto y no visto, porque el paraíso se vive sin conciencia- son para el poeta:
pasos hacia la pena de ser hombres,
y, también, añadamos, pasos hacia la gloria de ser hombres, ya que el mundo, aunque no lo parezca siempre, no está tan mal hecho, si bien nos empeñemos en matarnos de espaldas al contento inteligente, por más que sea verdad que el corazón del hombre, tal un bosque,
frondosas ramas de dolor lo pueblan.
El libro está gravemente ilustrado por Alberto I. Manrique, con unos dibujos, tal vez de más intención espiritual que dibujística gracia. La edición, a cargo de los beneméritos hermanos Millares y Rafael Roca, es digna del magnífico libro que nos da Leopoldo de Luis.