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La solterona

Concepción Gimeno de Flaquer





He aquí un tipo calumniado siempre: la solterona es una mártir.

El martirio de la solterona es un martirio sin gloria, uno de esos dolorosos martirios que no se admiran, porque lejos de inspirar respeto excitan la hilaridad.

¡A cuántas chanzonetas incisivas, picantes chistes y duras bromas ha dado lugar el inofensivo tipo que describo!

Nadie vacila en sacrificar la solterona a una sátira ingeniosa. Las personas de corazón más tierno son agresivas para ella.

Y sin embargo, la solterona es un ser lleno de resignación y de bondad. Su misión en este mundo es tolerar las impertinencias de cuantos la rodean. La solterona vive generalmente agregada a una familia de propios o extraños, a los cuales tiene que mimar. Si la solterona está agregada a una familia extraña, paga una corta cantidad por su manutención, y los que la perciben lo olvidan al momento de haberla recibido, llegando a forjarse la ilusión de que tienen por favor a la solterona. Si la solterona vive con individuos de su familia, no le falta un tío misántropo, achacoso y mal humorado que la hace víctima de sus rarezas, o lo que es peor, una cuñada.

¿Os habéis detenido a pensar una vez siquiera, lo que es una cuñada para la solterona?

Es el azote de su vida; la cuñada de la solterona es cruel con ella sin advertirlo, inconscientemente. Si la solterona acaricia demasiado a los hijos de ésta, la acusan de educarlos mal, haciéndola responsable de todas las travesuras de sus sobrinos; si la solterona los reprende, la increpan por tratarlos con aspereza, y le echan en cara como baldón ignominioso el no haber sido nunca madre.

La situación de la solterona es desesperada, bajo cualquier aspecto que se considere: la solterona es en el mundo un hongo, un paria, una planta parásita.

¡Cuántos sufrimientos devora en silencio el corazón de la solterona!

¡Cuán ilimitada es su abnegación!

La vida de la solterona es una pesada cadena eslabonada con humillaciones y acerbos dolores.

¡Piedad, piedad para ella!

La solterona es un ser más útil a la sociedad de lo que se cree. La solterona, como no tiene hijos, ni marido, que son los seres que más absorben nuestra vida, se consagra a cicatrizar los dolores de la humanidad; para ella, su familia es la gran familia humana.

La solterona suele ser buena enfermera, conoce casi todas las recetas caseras, y las propina a sus amigas sin auxilio de médico.

La solterona hace labores de adorno, dulces, conservas, cuida pájaros y riega flores.

La solterona mece la cuna de los niños, los arrulla, los vela, los viste, los desnuda y les enseña a pronunciar el nombre de dios.

La solterona asiste a las novenas, trisagios y sermones; la solterona reza por todos los pecadores que jamás se acuerdan de rezar.

Si queréis saber los milagros de algún santo, los bautizos y defunciones que ha habido en la parroquia durante la semana, y los nombres de los predicadores más elocuentes, preguntadlo a la solterona.

La solterona tiene gran memoria y sabe deciros qué visitas se deben, cuáles se han pagado, quiénes son los nuevos vecinos de la casa, por qué se han marchado los antiguos.

La solterona es un ser que me inspira gran conmiseración; para ella no brilla el sol cual para todas las mujeres, porque para ella no ha brillado el luminoso astro del amor.

Me decía una vez una poetisa solterona cuyos trabajos literarios tenían gran éxito:

A pesar de la desmesurada pasión que sentimos por la gloria las que cultivamos las artes o las letras, el consorcio con la inmortalidad no me consolará nunca de los dolores del celibato.

Escuché con pena la triste lógica de tal frase.

¡Qué vale para una mujer la gloria literaria ante la gloria de ser amada!

El mejor blasón de una mujer es el amor que inspira.

Ser amada es alcanzar el más brillante de los éxitos, porque ser amada resume todos los triunfos, todas las victorias.

Inspirar amor es adquirir una patente de mérito, es tener arrullado el corazón, satisfecho el amor propio.

La mujer que no ha sido nunca amada, paréceme que no pertenece al bello sexo, paréceme que no tiene un lugar en la espléndida fiesta de la vida.

Al pensar en la soledad, en el aislamiento de la solterona, recuerdo a esas flores alpinas que se pierden entre los hielos sin que hayan sido acariciadas por una mirada.

La solterona es flor saxátil azotada por lodos los huracanes.

Mi horror a la soltería o al solterismo, me hace encontrar muy sabia aquella costumbre de los asirios, que consistía en celebrar anualmente una especie de venta de todas las mujeres casaderas; las hermosas se casaban con el que más dinero ofrecía, y este dinero servía para dotar a las feas. Con este sistema no había solteronas.

Solteronas: ved en mí un abogado vuestro. El día en que México se halle disfrutando de gran holgura metálica, os ofrezco proponer al Gobierno se cree un fondo para atender a las calamidades públicas, con objeto de que sean rescatadas las solteronas de la calamidad del solterismo.

El día que abunde el mármol en México, propondré se levante un monumento nacional consagrado a la memoria de esas víctimas inmoladas en los altares del celibato; de esas víctimas que se quedaron para vestir santos, poner la copa a Santa Catalina, adornar altares, cuidar imágenes o guardar palmas.

¿Por qué es la palma el símbolo de la solterona?

Porque la palma representa el heroísmo o el martirio.

La solterona es heroína y mártir. ¡Pobre solterona!





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