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El mismo decorado. Días después. Por la tarde. |
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(En escena, MÓNICA y MATY. MÓNICA, echada boca abajo en el diván, lee un libro con enorme atención. MATY, con un espejito y unas pinzas, se depila delicadamente las cejas. De vez en cuando sonríe muy complacida de sí misma. Así, las dos en silencio, unos instantes. Entra ADELAIDA.) |
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ADELAIDA.- Hola, hijitas. Acaba de telefonear Jaime pidiéndome permiso para venir a tomar el té. Es curioso. Desde hace una temporada, este muchacho se invita solo con el menor pretexto. ¿Tú sabes algo, Maty? |
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MATY.- No, no, mamá. (Inocentemente.) De verdad. |
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ADELAIDA.- Nena, no digas mentiras, que me pongo muy nerviosa. |
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MATY.- Pero, mamá... |
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(ADELAIDA, que está en el centro del escenario, se cruza de brazos y se queda mirando a una y a otra.) |
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ADELAIDA.- ¿Qué es lo que estáis haciendo? ¿Nada? Pero, Señor, ¿cuántas veces os he dicho que no me gusta veros ociosas? Fijaos en mí. No paro. ¡Ay! Son tantas las cosas que deberíais aprender de vuestra madre... En esta casa nadie tiene sentido del orden y todo el mundo hace lo que le da la gana. Todos mis esfuerzos son inútiles. Me he pasado la vida velando por la felicidad de los demás, ¿y qué he conseguido? Nada, nada absolutamente. A vuestro padre lo único que de verdad le ponía contento era decir que no, si yo decía que sí. ¡Digo! Pero si cuando yo quería veranear en San Sebastián tenía que suplicarle, con lágrimas en los ojos, que me llevara a Santander, porque era la única manera de que me llevara a San Sebastián. Y hay que ver qué veranos tan felices pasaba el pobre papá paseando por la Zurriola y pensando que me había hecho la pascua... (Tiernamente.) Era muy morboso, pero muy morboso, el pobrecito. Claro que, entonces, como no estaban de moda los hombres morbosos, porque todas las películas eran de caballos, él no se daba ninguna importancia. Pero vuestro padre fue de los primeros. Vaya si lo era... Tan morboso como el que más. Ya quisieran muchos que presumen ahora. (Transición. De pronto.) Maty, encanto. |
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MATY.- ¡Ay, mamá! Me has asustado. |
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ADELAIDA.- ¿Es que vas a pasarte la tarde haciendo visajes con el espejito? ¿No te cansas de mirarte, hija mía? ¿No te das cuenta de que llevo aquí un ratito hablando? |
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MATY.- ¡Ay, mamá! Es que estaba distraída. |
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ADELAIDA.- Conque distraída, ¿eh? Maty, nena, me tienes muy disgustada. No piensas más que en mirarte en todos los espejos... Eres una coqueta de tomo y lomo. Y, claro, así resulta que siempre tenemos algún muchacho que se invita solo a tomar el té... Un día va a parecer esta casa la Ciudad Universitaria. |
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MATY.- Pero, mamá... |
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ADELAIDA.- ¡Silencio! Venga ese espejo. |
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MATY.- ¡Oh! |
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ADELAIDA.- Ea, se acabaron las coqueterías. Y si me replicas te suelto un cachete... |
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MATY.- ¡Oh! |
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(ADELAIDA, muy severa, atrapa el espejito de las manos de MATY y marcha hacia MÓNICA. La pequeña, muy enfurruñada, se queda zambullida en su sillón.) |
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ADELAIDA.- ¡Mónica! |
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(MÓNICA, sobresaltadísima, aparta los ojos del libro como si la arrancaran de un profundo sueño.) |
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MÓNICA.- ¡Ay! ¿Qué? ¡Ah! Eres tú, mamá. |
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ADELAIDA.- ¡Naturalmente! |
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MÓNICA.- Perdona, mamá. (Sonríe.) Es que estaba tan lejos de aquí... |
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ADELAIDA.- ¡Ah! ¿Sí? ¿Y dónde estabas, hijita? |
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MÓNICA.- (Suspira, feliz.) En un campo de concentración. |
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ADELAIDA.- ¡¡Jesús!! (Asustadísima.) Las cosas que tiene una que oír. ¡Una hija mía en un campo de concentración! (Transición.) ¿Qué libro es ese, Mónica? |
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MÓNICA.- (Muy entusiasmada.) Algo fantástico. (Con énfasis.) Es la vida de un gran luchador, escrita por él mismo. Y qué vida, mamá. |
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ADELAIDA.- ¿Es... emocionante? |
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MÓNICA.- Muchísimo. Es hijo de unos campesinos... Nació en una aldea húngara. |
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ADELAIDA.- ¿Junto al Danubio? |
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MÓNICA.- Eso no lo dice. |
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ADELAIDA.- Se le habrá escapado. Pero todas las aldeas húngaras están junto al Danubio... Ya se ve en el tecnicolor. Sigue, hija mía, sigue. |
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MÓNICA.- De muchacho, tenía un gran espíritu religioso. ¿Sabes? Estuvo a punto de entrar en un convento. |
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ADELAIDA.- (Conmovida.) ¡Oh! ¡Qué santito! |
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MÓNICA.- Pero se hizo de las Juventudes de Hitler. |
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ADELAIDA.- (Un respingo.) ¿Cómo? |
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MÓNICA.- Y después, cuando comprendió que Hitler perdía la guerra, sus ideas sufrieron una transformación y se afilió al Partido Comunista. |
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ADELAIDA.- (Atónita.) ¡Qué fresco! |
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MÓNICA.- ¡Mamá! Ten en cuenta que es un luchador... |
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ADELAIDA.- ¡Ah! (Comprensiva.) Entonces... |
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MÓNICA.- (Muy natural.) Ahora se ha escapado de detrás del Telón de Acero y cuenta en este libro todos los horrores que ha visto allí. Ya puedes figurarte. Ha conocido todos los campos de concentración de Europa. Ha pasado lo mejor de su juventud en la cárcel... |
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ADELAIDA.- ¿Por ser de Hitler? |
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MÓNICA.- No, mamá. Por ser comunista. |
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ADELAIDA.- ¡Ah, ya! |
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MÓNICA.- Además, ha estado tres veces ante el pelotón de ejecución... |
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ADELAIDA.- ¿Por comunista? |
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MÓNICA.- No, no. Porque era de Hitler. |
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ADELAIDA.- ¡Mónica! A mí, este luchador me parece un sinvergüenza... |
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MÓNICA.- Pero, mamá... ¿Eso es todo lo que se te ocurre? |
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ADELAIDA.- Y no me chilles, ea. ¿Me oyes? Dame ese libro. (Se lo quita.) No lees más. |
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MÓNICA.- ¡Mamá! |
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ADELAIDA.- ¡A callar! A una señorita como tú no le importa nada de lo que pasa en un campo de concentración. ¡Mónica! No quiero que leas tantos librotes. ¿Por qué no empleas el tiempo en otra cosa? ¿Por qué no eres como todas las muchachas? ¿Por qué de vez en cuando no te miras un ratito al espejo? Toma, mujer, toma... (Le entrega el espejito de MATY.) Anda. Mírate al espejo. |
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MÓNICA.- Pero, mamá... |
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ADELAIDA.- ¡He dicho que te mires al espejo! |
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MÓNICA.- ¡Oh! |
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(ADELAIDA se vuelve y se encuentra frente a MATY.) |
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ADELAIDA.- ¿Y tú qué haces ahí, pasmada? |
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MATY.- Nada... (Un suspiro.) Me aburro. |
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ADELAIDA.- Conque te aburres, ¿eh? ¡Claro! Si no fueras tan holgazana. Si estudiaras un poquito. Pero Dios mío, ¿por qué no lees un libro de vez en cuando? (Muy indignada.) Borriquita, que eres una borriquita. ¡Toma! (Le tiende enérgicamente el libro de MÓNICA.) Lee. |
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MATY.- (Aterrada.) Pero, mamá... |
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ADELAIDA.- ¡A leer! Anda, vete enterando de lo que es un campo de concentración. Después de todo, tal y como está hoy el mundo, nunca se sabe lo que puede pasar. (Al salir, a sí misma.) Señor, Señor, que siempre tengo que ser yo la que ponga las cosas en orden... |
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(Sale. Las dos muchachas se miran en silencio y suspiran con resignación. Después, las dos se levantan a un tiempo y avanzan, la una hacia la otra. MÓNICA entrega a MATY su espejito y esta devuelve a aquella su libro. MÓNICA se tumba de nuevo en el diván y se entrega otra vez a la lectura con ardiente afán. Y MATY, en su sillón, prosigue encantada acicalándose. Una pausa breve. En la puerta del vestíbulo, asoman JAIME y PEPITO.) |
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JAIME.- ¡Chiss! ¡Chiss! |
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PEPITO.- ¡Hola! ¿Se puede? |
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MATY.- (Brinca alborozadísima.) ¡Jaime! ¡Pepito! Cuánto tiempo sin verte. Y qué bien estás... |
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PEPITO.- Te diré. Es que estoy en forma. Me lo ha dicho el entrenador del equipo... (Y le brinda orgullosamente un bíceps.) Toca, toca. |
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MATY.- (Palpa delicadamente. Con mucha admiración.) ¡Qué bruto! |
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PEPITO.- (Feliz.) ¿Verdad que sí? |
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MATY.- Sí, hijo. Ya puedes estar contento... (MÓNICA, que no ha variado de postura en el diván, está mirando el grupo que componen MATY y los muchachos, muy picada. Y casi grita para hacerse notar.) |
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MÓNICA.- ¡Hola! |
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JAIME.- (Muy indiferente.) Hola. |
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PEPITO.- Hola, tú. |
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JAIME.- (Encandilado.) ¡Maty! ¿Sabes que estás muy guapa? |
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MATY.- (Muy natural.) ¿Tú crees? Pues te advierto que hoy casi no he tenido tiempo de mirarme al espejo... Pero si te gusto a ti... |
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JAIME.- ¡Huy! ¡Que si me gustas! |
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PEPITO.- ¡Toma! Y a mí. A mí también me gustas... |
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MATY.- (Encantada.) ¿De verdad, Pepito? ¿Te gusto? |
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PEPITO.- (Con embeleso.) Mucho... Estás imponente. |
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MATY.- ¡Ay, Pepito! ¿Por qué te lo tenías tan callado? |
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PEPITO.- (Sentimental.) ¡Pche! |
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(Y se marcha hacia el fondo, muy ruborizado. JAIME está picadísimo.) |
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JAIME.- Pero, Maty... ¿Es que también vas a flirtear con Pepito? |
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MATY.- (Inocentemente.) ¡Ay, hijo! Perdona. Se me olvidó que estabas tú delante... |
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JAIME.- (Indignado.) ¡Maty! ¡Porras! |
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PEPITO.- Oye, tú... ¿Se lo decimos? |
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(PEPITO avanza de nuevo hacia el grupo. Él y JAIME se miran y, repentinamente, se ponen muy tristes. Bajan la cabeza. MATY mira al uno y al otro.) |
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MATY.- ¿Qué os sucede? |
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PEPITO.- (Un suspiro.) El pobre papá, ¿sabes? Desde que tu tía Lupe le dejó plantado la víspera de la boda, papá ya no es papá... |
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JAIME.- (Muy avergonzado.) Papá es un golfo. |
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MATY.- ¡Jaime! |
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PEPITO.- (Dolorosamente.) Sí, Maty. ¡Papá está hecho un perdido! No le vemos apenas. Pasa las noches fuera de casa... |
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JAIME.- (Francamente preocupado.) ¿Dónde se meterá? |
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MATY.- ¡Dios mío! |
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PEPITO.- ¡Si oyeras qué frescuras nos suelta cuando le llamamos al orden! Tan bien educado como lo teníamos... |
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JAIME.- (Muy sabihondo.) Científicamente, el fenómeno tiene un explicación muy sencilla. La profunda revolución psíquica que ha sufrido papá... |
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PEPITO.- (Salta indignadísimo.) Oye, tú. No vengas aquí dándotelas de profesor para presumir porque no te aguanto... ¡Ea! |
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JAIME.- (Furioso.) ¿Qué tienes tú que decir? Digo lo que me da la gana... |
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PEPITO.- (Jaque.) ¡Jaime! No me tientes. |
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JAIME.- Lo que pasa es que tú no sabes nada de nada. ¡Eso es! |
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PEPITO.- ¡Te digo que no me tientes! |
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JAIME.- Eres un analfabeto. Lo único que te importa es jugar bien al fútbol y por eso no estudias y te pasas la vida dando carreras por el pasillo de casa para estar bien en forma... |
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(Están los dos casi a punto de llegar a las manos. MATY, en medio.) |
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MATY.- Pero, chicos... ¿Es que vais a reñir? |
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PEPITO.- Conque analfabeto, ¿eh? Y tú te crees que lo sabes todo. ¡Empollón! ¡Que eres un empollón! ¡Maldita sea mi estampa! Pero, ¿a que no sabes tú esto? ¡Anda! ¿A que no lo haces? |
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(Muy decidido y con mucho coraje, empieza a hacer vertiginosas flexiones de piernas y brazos.) |
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MATY.- (Admiradísima.) ¡Qué bárbaro! |
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JAIME.- Sí, sí. (Muy socarrón.) Pero que diga cuántos habitantes tiene el Brasil. Anda... ¡Que lo diga! |
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PEPITO.- (Frenético.) ¡Eso es una provocación! |
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JAIME.- (Triunfante.) ¡No lo sabe! |
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MATY.- ¿Lo sabes tú? |
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JAIME.- ¡Claro que lo sé! Según las últimas estadísticas... |
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PEPITO.- Sí, ¿eh? ¿Y esto? ¿Sabes hacer esto? (Y cogiendo carrerilla da un salto morrocotudo y salva limpiamente un sillón.) |
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MATY.- (Aplaudiendo.) ¡Bravo! ¡Bravo, Pepito! |
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JAIME.- Ya, ya. Pero que te diga en qué año nació el general MacArthur. Anda, anda... |
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PEPITO.- (Derrotado.) ¡Huy! ¡Maldita sea! |
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JAIME.- ¡A ver si lo sabe! Y en qué año se escapó Napoleón de Santa Elena... |
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PEPITO.- ¡Empollón! |
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JAIME.- Jajá. ¿Y en qué año empezó la guerra del 14? |
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PEPITO.- (Nerviosísimo.) ¡El 16! |
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JAIME.- ¡Qué bruto! |
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MATY.- Pero, Pepito... La guerra del 14 empezó el 18. |
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JAIME.- (En un grito.) ¡Maty! |
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PEPITO.- Eso es... El 18. Es que cuando me pongo nervioso se me olvida todo. (Rencorosísimo.) ¡Huy! ¡Maldita sea! Empollón, empollón, empollón... |
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(Y sale furioso, pero bastante corrido. JAIME, con cierto aire de triunfador, se limpia el sudor, como después de un gran esfuerzo.) |
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JAIME.- Te advierto, Maty, que la guerra del 14 empezó el 14... |
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MATY.- ¿De veras? (Con admiración.) Dios mío, qué cosas tan difíciles sabes.. |
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JAIME.- ¡Anda! Pues sé muchas más que me callo. (Modestamente.) Ya sabes que no me gusta darme importancia... |
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MATY.- ¡Jaime! Eres maravilloso... |
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JAIME.- (Enamoradísimo.) ¡Je! (Transición: de pronto.) Caramba, Maty, ¿sabes que eres coqueta de verdad, eh? |
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MATY.- (Humildemente.) Perdóname, Jaime. |
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JAIME.- Le has estado dando unos pases a Pepito que ya, ya. Pues para que lo sepas. ¡Yo soy muy celoso! |
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MATY.- No me riñas. Yo solo te quiero a ti. Te quiero muchísimo, Jaime. Pero, mira, no lo puedo remediar: cuando veo a otro me entran unas ganas terribles de pincharle para que me diga cosas bonitas. Pero estate tranquilo, hombre. Yo creo que cuando nos casemos me enmendaré un poquito... |
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JAIME.- (Atónito.) ¿Cómo un poquito? ¡Caramba, Maty, caramba! |
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MATY.- ¡Ay, hijo! Es que no sé lo que digo... |
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(Salen los dos. Un instante antes, a tiempo de oír las últimas frases, en la puerta del fondo ha surgido GUADALUPE. Cuando MATY y JAIME han salido, MÓNICA se incorpora en el diván, arroja el libro lejos y se vuelve hacia GUADALUPE. Esta ríe de buena gana.) |
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MÓNICA.- ¿Has oído? |
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GUADALUPE.- (Riendo.) ¡Sí! |
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MÓNICA.- Ya veo que te hace mucha gracia. Pues a mí, con franqueza: esta chica me parece una fresca... |
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GUADALUPE.- Oye, Mónica. ¿Sabes que tú también eres algo salvaje? |
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MÓNICA.- ¿Yo? |
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GUADALUPE.- Sí, tú... ¿Por qué no aprendes un poco de tu hermana? |
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MÓNICA.- ¿Quién? ¿Yo? (Indignadísima.) ¿Qué puedo aprender yo de una criatura que cree que la guerra del 14 empezó el 18? Porque no querrás que aprenda todo ese juego que Maty se trae con los hombres... |
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GUADALUPE.- ¿Y por qué no? |
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MÓNICA.- ¡Tía Lupe! |
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GUADALUPE.- ¿Por qué no, si dentro de ese juego está el amor y el amor es toda la vida? Ven aquí, fierecilla. ¡Ay, Mónica, cómo me recuerdas a mí misma cuando yo tenía tu edad! ¿Es que tú, que sabes tanto, todavía no sabes que una mujer solo vive de verdad cuando vive para ellos? Se llora por ellos, se ríe por ellos. Y se juega con ellos... Todo es por ellos. Antiguamente, en Montalbán se daba todos los años un Premio a la Virtud y no quieras saber cómo se lo disputaban las muchachas. No por el gusto de ser la más virtuosa, ¿comprendes?, sino porque la que se llevaba el Premio siempre sacaba novio. No falló ni un año. Otras, en cambio, saben que su atractivo consiste en ser algo menos virtuosas que las demás. Y así se ve lo que se ve por ahí... No hay quien las sujete. También parece que van a ganar un Premio, pobrecitas... |
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MÓNICA.- (Asombradísima.) Pero, tía Lupe... ¿Eres tú la que habla así? ¡Tú! |
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MATY.- (Baja los ojos.) ¿Te extraña? |
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MÓNICA.- Muchísimo. Mira, tía Lupe. (Bajito.) ¿Es que te has enamorado del organista? |
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GUADALUPE.- (Muy bajo también.) Eso dice él... |
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MÓNICA.- ¡Ay, ay, ay! ¡Claro! Ahora me lo explico todo. Pero si no podía resultar otra cosa. Si os pasáis la vida juntos en todos los cafés de Madrid y cenando en todas las tabernas típicas... De manera que te has enamorado del organista. ¡Es fabuloso! |
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GUADALUPE.- ¡Mónica! (Sonrojadísima.) ¿Es que me vas a hacer llorar? |
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MÓNICA.- (De pronto.) ¿Ya te ha besado? |
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GUADALUPE.- (Avergonzadísima.) Sí... |
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MÓNICA.- ¿Cuándo? |
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GUADALUPE.- Anoche. |
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MÓNICA.- ¿Dónde? |
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GUADALUPE.- En el ascensor... |
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MÓNICA.- Bueno. Sería un beso fugaz. |
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GUADALUPE.- (Un suspiro.) Quia, hija. Son cinco pisos. |
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MÓNICA.- ¡Ah! |
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GUADALUPE.- Yo creía que no llegábamos nunca. ¿Sabes? |
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MÓNICA.- ¡Qué aprovechado! |
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GUADALUPE.- ¡Oh, no! Si tú supieras... Es tan dulce, tan delicado. (Con ternura.) ¡Mi pobre vagabundo! |
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MÓNICA.- (Prudentemente.) Sospecho que a este no le diste de bofetadas... |
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GUADALUPE.- No. (Muy sofocada.) Como fue en el ascensor... |
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MÓNICA.- Ya, ya... Se comprende. (Un silencio brevísimo. Con otra voz.) Oye, tía Lupe. Dime, ahora que ya lo sabes. ¿De verdad, el amor es tan maravilloso como dicen? |
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(GUADALUPE, que no ha levantado los ojos del suelo, se estremece toda ella en un sollozo.) |
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GUADALUPE.- ¡Mónica! |
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MÓNICA.- (Sorprendida.) ¡Tía Lupe! ¿Por qué lloras? |
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GUADALUPE.- (Con angustia.) ¡No quiero que tú seas una solterona! ¿Me oyes? ¡No quiero! Tú, no, pequeña. Tú, no. ¡Te lo suplico! El tiempo pasa y no vuelve nunca: es como un delito dejarlo escapar. No pierdas tu tiempo, Mónica. Mira que después es tarde... Vive todos los días, todas las horas de cada día. ¡Busca un novio, Mónica! |
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MÓNICA.- (Estupefacta.) ¿Yo? ¿Estás loca? |
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GUADALUPE.- Y después, cásate. Y ten muchos hijos... |
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MÓNICA.- ¡Ah, no! Yo tengo otro destino. ¡Soy una intelectual! El matrimonio sería un estorbo para mí. Además, los hombres no me importan nada. Yo soy diferente. |
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GUADALUPE.- (Casi con violencia.) ¡No mientas! Tú eres como todas... ¡Todas somos iguales! Lo que ocurre es que tú te empeñas en ser de otro modo. Porque, para que te enteres. ¡Tú sí que tienes un complejo! |
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MÓNICA.- ¿Qué estás diciendo? |
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GUADALUPE.- ¿Crees que no me he dado cuenta? Desde que tu hermana y tú erais unas chiquillas, tú estás viendo que tu hermana tiene con los muchachos más éxito que tú. Y, claro, en vez de luchar con sus mismas armas de mujer y con su misma coquetería, como eres muy orgullosa y tienes miedo a perder, te has dado por vencida sin lucha y te has metido en la cabeza eso de que a ti no te importan los hombres. Eso, eso es lo que a ti te pasa. Si eso no es un complejo, hija mía... |
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(MÓNICA, que la ha oído desconcertada, rompe a llorar, llena de vergüenza.) |
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MÓNICA.- ¡Tía Lupe! ¿Por qué me has dicho eso? |
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GUADALUPE.- ¡Chiquilla! |
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MÓNICA.- ¿Por qué? Si no lo sabía nadie... Casi ni yo misma. |
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(GUADALUPE la recoge en sus brazos y la acaricia. MÓNICA solloza suavemente.) |
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GUADALUPE.- Porque quiero salvarte, ¿sabes? ¿Me oyes, chiquilla? Tú te salvarás. Te lo pide la tía Lupe. ¿Comprendes? Tú no serás una solterona como yo. Tú, no, Mónica; tú, no... Por Dios. |
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MÓNICA.- Pero, tía Lupe... |
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GUADALUPE.- (Acariciándola.) Vive. Diviértete. Aprende a ser coqueta. No estudies tanto. No leas esos libros tan raros. Porque, hija mía, hay que ver qué cosas lees. Ayer entré en tu cuarto y me quedé horrorizada... |
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MÓNICA.- (Entre lágrimas.) ¡Pche! Steinbeck, Joyce, Sartre... Lo más corrientito. |
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GUADALUPE.- ¡Qué barbaridad! Con lo ricamente que pasaba yo las veladas en Montalbán leyendo los «Episodios Nacionales»... |
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MÓNICA.- (Llorando.) ¡No querrás que me ponga ahora a leer los «Episodios Nacionales»! |
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GUADALUPE.- No, hija. Ya no te daría tiempo... Hay que empezar desde muy niña. Pero sí quiero que seas una mujer como todas. Péinate de otro modo. Píntate esos labios. Si tú quisieras, Mónica, serías tan atractiva... |
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MÓNICA.- (Tímidamente.) ¿Tú crees? |
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GUADALUPE.- ¡Oh! Estoy segura... |
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MÓNICA.- Pero, eso no es todo. ¿Y después? |
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GUADALUPE.- Después... ¡lánzate a la conquista del primer muchacho que pase ante tus ojos! |
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MÓNICA.- ¿El primero? |
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GUADALUPE.- ¡Sí! |
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MÓNICA.- ¿Sea el que sea? |
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GUADALUPE.- ¡Sea el que sea! |
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(Y, en este justo instante, entra PEPITO. Viene encorajinadísimo. Cruza la escena sin detenerse ante las dos mujeres y se sienta en el diván.) |
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PEPITO.- ¡Empollón! Más que empollón... |
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MÓNICA.- (Muy bajito: con un susto enorme.) ¿Este...? |
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GUADALUPE.- (Muy complacida.) ¿Por qué no? |
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MÓNICA.- ¡Ay, tía Lupe! |
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PEPITO.- (Con su tema.) Es un sabelotodo. Eso es lo que es. Ahora se ha puesto a hablar de Virgilio y la tiene embobada. ¡Maldita sea! Un día le voy a dar un tortazo... |
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MÓNICA.- (Aterrada.) ¿Ahora mismo? |
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GUADALUPE.- Ahora. Yo te echaré una manita. |
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MÓNICA.- ¡Ay, tía Lupe! En qué lío me has metido. |
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GUADALUPE.- ¡Vamos! (Instintivamente, pero muy nerviosa. MÓNICA se arregla el peinado y el vestido y da con timidez unos pasos hacia PEPITO, que está muy enfurruñado en el diván.) ¡Pepito! |
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PEPITO.- Hola. |
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MÓNICA.- (Se vuelve desconsolada hacia su tía.) ¿Has visto? No le gusto. |
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GUADALUPE.- Mujer... No te desanimes. Creo que al principio todos dicen que no. |
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MÓNICA.- ¡Ay, Dios mío! (Y avanza de nuevo. Cariñosísima.) ¡Pepito! |
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PEPITO.- (Sin mirarla. Como un rugido.) ¿Qué? |
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MÓNICA.- ¿Sabes...? ¿Sabes que tengo muchísimas ganas de verte jugar al fútbol? |
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PEPITO.- (Atónito.) ¿Tú? |
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MÓNICA.- (Monísima.) Sí, sí. Yo. |
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PEPITO.- Anda... Pero, ¿a ti te gusta el fútbol? |
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MÓNICA.- ¡Huy que si me gusta! Más que nada... |
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PEPITO.- (Estupefacto.) ¡Arrea! |
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MÓNICA.- ¿Cómo? |
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PEPITO.- No, nada. |
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MÓNICA.- (Con entusiasmo.) ¡«Mens sana in corpore sano»! |
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PEPITO.- (Disgustadísimo.) ¿Sabes latín? |
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MÓNICA.- (Transición.) ¡No! |
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GUADALUPE.- (Al quite.) Nada. No sabe nada. Lo que ocurre es que eso lo dice tanta gente que ya no es latín... |
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MÓNICA.- ¡Eso mismo! |
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GUADALUPE.- Pero si en el fondo, esta chica es una ignorante... |
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PEPITO.- (Ilusionadísimo.) ¿De veras? |
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MÓNICA.- De veras, Pepito. |
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PEPITO.- ¡Qué suerte! |
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GUADALUPE.- No sabe nada de nada. Lo que a ella le gusta es el boxeo. Y el baloncesto. Y los patines. |
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PEPITO.- (Lleno de admiración.) ¿Los patines también? |
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MÓNICA.- También, también. Pero sobre todo, el fútbol. A tía Lupe se lo estoy diciendo siempre. ¡Qué bonito!, ¡pero qué bonito es el fútbol! (Embalada.) Como que ya se sabe: el fútbol solo es para personas muy, muy inteligentes... |
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GUADALUPE.- (Con alarma.) Mónica, que te pasas. |
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PEPITO.- (Tan feliz. Acercándose a la muchacha.) ¡Chica! Es bárbaro, bárbaro. De manera que te gusta el fútbol. ¿Por qué no me lo has dicho antes? |
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MÓNICA.- ¡Hombre! Me daba vergüenza... No fueras a creer que te lo decía con otra intención. |
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PEPITO.- ¿Quieres venir a verme jugar el domingo por la mañana? |
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MÓNICA.- (Palmoteando.) ¡Ay, qué ilusión! |
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PEPITO.- (En su elemento.) Jugamos los de Derecho contra los de Ciencias para el Campeonato Universitario. Y me ha dicho el entrenador que voy a jugar de interior porque lo de medio volante no me va... |
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MÓNICA.- ¿No te va? |
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PEPITO.- No me va. |
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MÓNICA.- (A GUADALUPE. Muy preocupada.) ¿Oyes? No le va. |
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GUADALUPE.- ¿No le va? Vaya por Dios. |
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PEPITO.- (Orgulloso.) Mi puesto es de interior. Porque, ahora con lo de la W. M6. el interior es el que más brega... |
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MÓNICA.- (Interesadísima.) ¿Y tú bregas? |
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PEPITO.- ¡Huy que si brego! (Entusiasmándose.) De pronto, ¡hala, para el ataque! De pronto, ¡hala, para la defensa! ¡Hala! ¡Hala! ¡Hala! |
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MÓNICA.- (Sugestionada.) ¡Hala! ¡Hala! |
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GUADALUPE.- (También.) ¡Hala! |
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MÓNICA.- ¡Ay, Pepito! ¡Qué brutote eres! |
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PEPITO.- (Ufano.) Mucho, mucho. |
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MÓNICA.- ¿Y tú haces todo eso? |
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PEPITO.- ¡Anda! Y más. ¿No ves que estoy tan fuerte? (Y con su habitual orgullo le brinda el antebrazo.) Toca, toca. |
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MÓNICA.- (Toca.) ¡Qué barbaridad! |
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PEPITO.- ¿Verdad que estoy hecho un bestia? |
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MÓNICA.- Hombre, tanto como un bestia... |
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GUADALUPE.- Mujer... Cuando él lo dice... |
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PEPITO.- ¡Un bestia! Ni más ni menos. Toca, Lupe. Toca. |
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GUADALUPE.- A ver, a ver... (Tocando. Convencidísima.) ¡Mónica! Este chico tiene razón. |
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PEPITO.- ¡Digo! Si lo sabré yo. Ya quisiera ese empollón, maldita sea. (Transición: se queda mirando a MÓNICA embelesado.) ¡Mónica! |
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MÓNICA.- (Suspensa.) ¿Qué? |
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PEPITO.- ¿Quieres...? ¿Quieres que vayamos juntos a los partidos de Chamartín? |
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MÓNICA.- ¡Ay, sí! ¡Todos los domingos! |
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(PEPITO se acerca a ella, la coge de un brazo y, muy juntos y muy entusiasmados, inician la salida.) |
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PEPITO.- ¿Y después quieres que vayamos al cine? |
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MÓNICA.- ¿Al cine? (Emocionada.) Pero, Pepito. Eso es ir muy de prisa... |
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PEPITO.- Oye, ¿sabes que estás hecha un bombón? |
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MÓNICA.- ¡Ay, Pepito! Tanto como un bombón... |
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(Salen los dos. Queda GUADALUPE sola en escena, que los ve marchar, sonriendo. En seguida, asoma de nuevo MÓNICA sola.) |
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MÓNICA.- ¡Chiss! ¿He estado bien? |
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GUADALUPE.- Muy bien. |
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MÓNICA.- Bueno. Después de todo, es fácil. |
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GUADALUPE.- Sí, es fácil... |
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MÓNICA.- (Sonríe dichosa.) ¿Has oído? Dice que soy un bombón... ¡Qué cosas dicen los hombres! |
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VOZ DE PEPITO.- (Dentro.) ¡Mónica! |
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MÓNICA.- ¡Voy! ¿Oyes? Ya me llama. |
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GUADALUPE.- ¡Corre! No le hagas esperar. |
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(MÓNICA se la queda mirando. Impulsivamente corre hacia ella, la rodea el cuello con los brazos y la besa.) |
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MÓNICA.- ¡Gracias. |
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GUADALUPE.- (Emocionada.) ¡Chiquilla! |
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(MÓNICA sale corriendo. GUADALUPE, sola, se sienta en el diván. Durante unos instantes piensa, sonríe y se seca suavemente una lágrima. En la puerta aparece ESTEBAN. Se detiene en el umbral. Muy risueño, suavemente, avanza, sin ruido, hasta GUADALUPE. Cuando está a su lado, habla bajo.) |
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ESTEBAN.- ¿En qué piensas? |
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GUADALUPE.- ¡Esteban! Casi me has asustado. |
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ESTEBAN.- ¿En qué piensas? |
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GUADALUPE.- (Sonríe.) En Montalbán. |
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ESTEBAN.- ¡Hola! ¿Y qué ocurre ahora en Montalbán? |
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GUADALUPE.- (Sonríe.) Nada... Allí nunca ocurre nada. Es una tarde como todas. Dentro de una hora anochecerá. Darán las siete en el reloj de la catedral; se encenderán los farolillos en los soportales de la plaza. Se oirá el toque del Ángelus... Las muchachas, que pasean por la alameda se irán pronto a casa, porque de noche siempre hace frío. Y las calles se quedarán silenciosas y desiertas hasta mañana. (Sonríe con ternura.) Con los ojos cerrados puedo hacerme la ilusión de que estoy allí todavía. Parece que nunca he salido de allí... (Transición con un tenue sobresalto.) ¡Esteban! ¿No crees que la felicidad es como una sensación de estar en peligro? |
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ESTEBAN.- (Sonriendo.) Puedes preguntártelo a ti misma. Anoche fuiste muy feliz... |
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GUADALUPE.- ¿Anoche? |
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ESTEBAN.- Sí... |
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GUADALUPE.- (Sonrojándose.) ¿Cuándo me besaste? |
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ESTEBAN.- Sí. |
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GUADALUPE.- Calla. |
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ESTEBAN.- (Después de un silencio.) Te sentí vibrar entre mis brazos como una pobre criatura indefensa... Ese estremecimiento era tu felicidad. |
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GUADALUPE.- (Muy bajo.) ¿Así es la felicidad? |
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ESTEBAN.- Así es el amor. Solo podemos ser verdaderamente dichosos por el amor, por la fe o por la esperanza. Pero en el amor está todo. Porque, cuando se quiere, se cree más en Dios y el alma se llena de esperanzas maravillosas... |
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GUADALUPE.- ¡Cuántas cosas me has enseñado! |
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ESTEBAN.- Bueno... Yo no te enseño nada, pobre de mí. Nadie enseña nada. Es que tú lo vas descubriendo todo poco a poco. La vida es un continuo descubrimiento. Mi querida provinciana, mi pobre solitaria, la que conocí hace unos meses, una mañana, oyendo misa junto al altar de san Pablo, con su velo negro sobre los ojos, está descubriendo ahora la incertidumbre del amor... ¿Sabes, Guadalupe? Yo también he perdido mi paz: la paz de mi bohemia y de mi pereza. Mi Montalbán. Ya no soy el despreocupado indolente que vivía tranquilo andando horas y horas por esas calles. Ahora tengo la maravillosa impaciencia de quererte y de que me quieras. Esa es la incertidumbre del amor, Guadalupe. Una angustia que le hace a uno reír y llorar... |
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GUADALUPE.- ¿Tanto me quieres? |
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ESTEBAN.- (Casi ruborizado.) ¡Je! Vaya... |
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GUADALUPE.- ¡Esteban! |
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ESTEBAN.- Di... |
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GUADALUPE.- Es solo una curiosidad. |
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ESTEBAN.- Dime. |
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GUADALUPE.- ¿Qué harías tú si no nos volviéramos a ver? |
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ESTEBAN.- ¡Si no nos volviéramos a ver! |
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GUADALUPE.- Sí... |
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ESTEBAN.- (Se calla. Baja la cabeza. Con la voz llena de emoción.) No lo sé. (Otro silencio.) Seguramente iría todos los días de mi vida a la parroquia, a la misa de nueve, al altar de san Pablo. Y con los ojos cerrados, tanto, tanto pensaría en ti que tú estarías a mi lado... |
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GUADALUPE.- (Conmovida.) ¡Qué bueno, Dios mío! ¡Qué bueno eres! Te dije que era solo una broma y, sin embargo, te has conmovido como un chiquillo... |
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(Se levanta. Él permanece en el diván. GUADALUPE de unos pasos hacia el fondo. Entra LOLITA.) |
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LOLITA.- Con permiso, señorita Guadalupe... El té está servido. |
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GUADALUPE.- Gracias, Lolita. (Sale LOLITA.) ¿Quieres tomar una taza de té mientras yo me arreglo un poco? |
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ESTEBAN.- ¡Je! ¿Quieres que entre yo... ahí? |
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GUADALUPE.- (Sonríe.) ¿Te asusta? |
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ESTEBAN.- No, no. Entraré si es tu gusto... (Marcha hacia la puerta y, ya a punto de salir, se vuelve hacia ella.) ¡Guadalupe! A mí me abruma un poco todo esto. ¿Sabes? |
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GUADALUPE.- ¿Qué es lo que te abruma? |
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ESTEBAN.- Esto. (Mira alrededor y suspira.) Esta casa tan elegante y tan burguesa. Tu hermana, que es terrible. Todo lo que te rodea. Yo soy de otro mundo. ¡Je! A mí lo que me gusta es andar mucho, y perder el tiempo en los cafés... Ya sabes que soy un vagabundo. ¡Je! Si tú quisieras... Me gustaría que pasáramos un día, por lo menos un día, solos, en el campo. Un día entero para nosotros dos. Todo un día cogidos de la mano y andando, andando entre los pinos... Como dos chiquillos. Como dos vagabundos. ¿Quieres? |
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GUADALUPE.- ¿Por qué no? Será un día maravilloso. |
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ESTEBAN.- ¡Soberbio! Hay un tren eléctrico, muy temprano, a las siete... Será como una fuga. Ya verás. ¿Mañana? |
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GUADALUPE.- ¡Mañana! |
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ESTEBAN.- ¡Bravo! |
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(Alegrísimo, va hacia ella, la toma por los hombros e intenta darle un beso. Ella, sin moverse, vuelve la cabeza.) |
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GUADALUPE.- ¡No! |
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ESTEBAN.- (Desconcertado.) ¡Oh! Perdón... (La mira en silencio. Luego, baja la cabeza y marcha despacio hacia la puerta. Antes de salir se detiene un segundo. Sonríe.) No tardes... Te espero. |
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(Sale ESTEBAN. GUADALUPE espera hasta que desaparece. Luego, marcha hacia el fondo y sale. Durante un segundo queda la escena vacía. Y en seguida se oye la voz de ADELAIDA, que habla con alguien. Aparece ADELAIDA, seguida de DON JOAQUÍN. Es el mismo DON JOAQUÍN que conocimos en el primer acto, con su irremediable aire de buenísima persona. Pero ha extremado un poco su elegancia y hasta lleva un clavelito en el ojal.) |
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ADELAIDA.- ¡Adelante! ¡Mi querido Joaquín! ¡Qué sorpresa! |
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DON JOAQUÍN.- ¡Je! Pasaba por ahí... Me figuré que estarían aquí los chicos y me pareció que tú no me negarías una taza de té. |
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ADELAIDA.- ¡Cómo me alegro de verte! Tengo tantas cosas que contarte... ¿Sabes que mi hermana Lupe dejó plantado a su novio en la víspera de su boda? (Muy conmovida.) ¡Aquel pobre señor! |
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DON JOAQUÍN.- (Estupefacto.) Pero Adelaida... Si el novio era yo. |
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ADELAIDA.- ¡Jesús! (Se da una fuerte palmada en la frente.) ¿Cómo se me habrá olvidado? Pobrecito. Ya decía yo que algo te había ocurrido. Te noto muy desmejorado. ¿Has estado enfermo? |
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DON JOAQUÍN.- ¡Quia! Es que tengo sueño. (Un suspiro.) Como ahora no me acuesto... |
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ADELAIDA.- ¿Que no te acuestas? (Extrañadísima.) Entonces, ¿qué haces por las noches? |
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DON JOAQUÍN.- ¡Pche! Por ahí... (Paternalmente. Como si diera su bendición.) ¿No sabes, Adelaida? Estás hablando con un Balarrasa... |
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ADELAIDA.- ¡No! |
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DON JOAQUÍN.- Que sí, que sí. Me he hecho amigo de una pandilla de trasnochadores. Son muy salados... Mucho. Pero no se acuestan nunca. Todas las noches, a las nueve, nos reunimos en un bar y, para empezar, armamos un poco de camorra... |
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ADELAIDA.- ¡Jesús! (Espantada.) Tú, armando camorra. ¡Un hombre tan de derechas! |
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DON JOAQUÍN.- (En secreto.) No te fíes. Todos los de la pandilla son muy de derechas. Y no quieras saber cuando se sueltan. Son terribles. Mis amigos dicen que para ser principiante lo hago bastante bien. La otra noche, en un colmado, me enfadé un poquito y tiré un piano por el balcón... |
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ADELAIDA.- ¡Joaquín! |
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DON JOAQUÍN.- ¡Pche! Un pronto. También voy todas las noches a una juerga flamenca de esas que organizan los extranjeros para que los españoles conozcamos a fondo nuestra patria... Hija, yo no sabía que eso del cante era tan sentido. Los extranjeros se echan a llorar en seguida. |
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ADELAIDA.- ¡Oh! ¿Y tú también lloras? |
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DON JOAQUÍN.- Mujer... Hago lo que puedo. Por patriotismo. Pero al que no soporto es al viejecito. |
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ADELAIDA.- ¿Es que a las juergas flamencas van viejecitos? |
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DON JOAQUÍN.- Uno. |
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ADELAIDA.- ¡Será un viejecito corrompido! |
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DON JOAQUÍN.- ¡Ca! Es un infeliz. Pero se pone muy pesado. Se pasa la noche haciendo palmas y diciendo «¡Arsa!» Y no hay quien le pare. A mí me pone nervioso... |
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ADELAIDA.- (Con consternación.) Pero, Dios mío... Don Joaquín, tú estás hecho un sinvergüenza. |
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DON JOAQUÍN.- ¡Je! Mira, Adelaida. Yo era demasiado serio. ¿Comprendes? Toda una vida dedicada a mis hijos, a mis negocios. ¿Qué era yo? Un hombre muy aburrido, un infeliz. Aquella tarde tuve la sensación de que Guadalupe me dejaba compuesto y sin novia precisamente por infeliz. Fue el fracaso de mi vida. Y decidí convertirme en otro hombre. Porque la quiero, ¿sabes?, la quiero muchísimo... Y todavía espero. |
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ADELAIDA.- ¿De veras? ¡Pobrecito! |
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DON JOAQUÍN.- ¡Je! Lo malo es esto del sueño, ¿sabes? Ahora mismo, de buena gana, me echaba una cabezadita. |
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ADELAIDA.- Pobrecito, pobrecito... |
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(Salen los dos. Queda la escena sola. Entra GUADALUPE. Va vestida con el mismo traje oscuro, recatado y provinciano que vestía en el primer acto. Se cubre la cabeza con un velo de tul de los que se usan para ir a la iglesia. Entra de puntillas, comprueba que está sola, se acerca a una puerta y llama.) |
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GUADALUPE.- ¡Chiss! Oye... |
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(Aparece BERTA, la otra doncella.) |
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BERTA.- ¿Llama la señorita? |
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GUADALUPE.- Un coche, por favor. Pero, pronto. |
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BERTA.- (Extrañada.) ¡Señorita! |
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GUADALUPE.- (Impetuosa.) ¡No preguntes! Y date prisa... |
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BERTA.- Sí, sí, señorita... |
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(Sale BERTA. GUADALUPE, sola de nuevo. Irrumpe MÓNICA, roja de rubor y de contento.) |
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MÓNICA.- ¡Tía Lupe! Pepito está muy lanzado y creo que se me va a declarar. ¿Qué hago? (Transición: se detiene en seco. Con otra voz.) ¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Te marchas? |
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(GUADALUPE la mira y baja la cabeza.) |
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GUADALUPE.- Sí... |
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MÓNICA.- Pero ¿adónde? |
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GUADALUPE.- (Suavemente, muy bajo.) A Montalbán. |
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MÓNICA.- (Atónita.) ¡Tía Lupe! |
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GUADALUPE.- Por Dios, Mónica. Ni una protesta, ni una lágrima; que no te oiga nadie. No tendría valor para soportar la despedida. Me voy a Montalbán para siempre, ¿sabes? Para siempre... |
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MÓNICA.- ¡No puedes dejarnos así, tía Lupe! Esto es una huida... |
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GUADALUPE.- Sí, es una huida. |
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MÓNICA.- Pero ¿cuándo lo has decidido? |
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GUADALUPE.- Anoche... |
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MÓNICA.- ¡Anoche! |
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GUADALUPE.- Mientras Esteban me besaba yo solo tenía un pensamiento: huir, huir lejos... Muy lejos. ¡Calla! No me preguntes. Si esta necesidad de escapar es tan honda que solo puedo comprenderla yo. Fue como si él me besara en Montalbán, en la misma casa donde tantas noches he soñado con un amor de ángeles, con un amor sin besos, porque allí los besos de un hombre son casi un sacrilegio. ¿Entiendes, Mónica? Me vi otra vez asomada a la ventana de mi alcoba, frente al jardín de las monjas. Me pareció que las monjitas ya no me saludaban riendo, como todos los días. ¿Y sabes por qué, Mónica? Porque anoche, ese beso fue un pecado... |
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MÓNICA.- Pero, ¿por qué? |
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GUADALUPE.- Porque no le quiero... (Otra voz.) Yo quisiera que todo fuera de otro modo, ¿sabes? Pero no puedo. ¡He luchado desde anoche con toda mi alma y no puedo! Ya es demasiado tarde para el amor. Este sí es el complejo que tú buscabas, Mónica. Esta es la venganza del amor. Su castigo. No se puede vivir sin amor toda la juventud. Hay que acudir cuando el amor nos llama. Los niños y las niñas cuando juegan ya están enamorados y no lo saben... No lo olvides. Mónica. |
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MÓNICA.- No lo olvidaré. Te lo juro. Pero no te vayas. ¡No te vayas! |
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GUADALUPE.- Vamos, chiquilla. No llores. Harás que llore yo también... Después de todo, ¿qué ocurre? La tía Lupe, la rebelde, ¡la pobre rebelde, se vuelve otra vez a su rincón!... Nunca debí salir de allí. Cuando pienso en todas las locuras que he hecho en este tiempo que he pasado con vosotras, me pongo colorada... Oye, Mónica. Mañana, ¿me oyes?, mañana empezaré a leer otra vez los «Episodios Nacionales»... |
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MÓNICA.- ¿Quieres callar? |
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GUADALUPE.- ¡Chiquilla! |
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(Aparecen MATY y JAIME. Vienen discutiendo con bastante acaloro.) |
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MATY.- Ea, te digo que no y no. ¿Es que siempre se va a hacer tu voluntad? Tirano, que eres un tirano. |
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JAIME.- ¿Yo, un tirano? Esto es el colmo. |
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GUADALUPE.- ¿Qué os sucede? |
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JAIME.- Pues esta chica que es una impaciente. Se empeña en que nos casemos en seguida. Yo digo que vamos a esperar un poquito. |
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MATY.- (Indignada.) Pero ¿a qué vamos a esperar? |
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JAIME.- ¡Mujer! Hay que esperar a que yo sea más... más hombre. |
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MATY.- (Amoscadísima.) Oye, oye... ¿Es que todavía eres poco? |
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(GUADALUPE atrae hacia sí a los dos chicos.) |
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GUADALUPE.- ¡Maty! Me gustaría que Jaime y tú os casarais en Montalbán. En mi casa... |
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MATY.- (Asustada.) Pero, ¿es que te vas, tía Lupe? |
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GUADALUPE.- ¡Calla! Yo pondría un altar en el salón y llenaría la casa de flores. Sería una boda tan bonita... ¿Querrás, chiquilla? |
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MATY.- (Con lágrimas.) ¡Sí, tía Lupe! Te lo prometo. |
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GUADALUPE.- Gracias, nena. Cuando tú te vayas, en toda la casa quedará un perfume de novia, de sueños y de buen amor. Eso me hará feliz durante toda mi vida... |
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(MÓNICA y MATY se abrazan a ella.) |
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MÓNICA.- ¡Oh! |
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MATY.- ¡Tía! |
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JAIME.- Lupe... |
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(Aparece BERTA.) |
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BERTA.- El coche, señorita. |
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GUADALUPE.- Gracias. (Sale BERTA.) Bueno... Si no me doy prisa puedo perder el tren. (Se separa suavemente de las chicas. Un silencio brevísimo. Clava los ojos en la puerta por donde salió ESTEBAN. Pregunta muy bajo.) ¿Está ahí? |
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MÓNICA.- (Asomándose.) Sí. |
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GUADALUPE.- ¿Qué hace? |
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MÓNICA.- Nada... Habla con mamá. Se ríen. |
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GUADALUPE.- ¡Mi pobre vagabundo! Gracias. |
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(Sale, sofocando sus lágrimas. Un silencio fugaz. MATY, muy emocionada, corre tras ella.) |
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MATY.- ¡Tía! ¡Tía Lupe! Espera... |
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JAIME.- Lupe, Lupe... |
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(Salen los dos. Ha quedado en escena, sola, MÓNICA. Entra ESTEBAN, jovial, risueño.) |
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ESTEBAN.- ¡Lupe! Oye, Lupe... ¿Dónde estás? ¡Lupe! ¡Lupe! |
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(Va a salir por la puerta por donde salió GUADALUPE. Pero MÓNICA se interpone y le corta el paso.) |
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MÓNICA.- ¡No! |
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ESTEBAN.- (Deteniéndose sorprendido.) ¿Por qué? ¿Qué ocurre? |
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MÓNICA.- ¡Déjela! No la siga... Se ha ido. |
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ESTEBAN.- ¿Que se ha ido? (Absorto.) ¿Adónde? |
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MÓNICA.- A Montalbán. |
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ESTEBAN.- ¿Qué está usted diciendo? |
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MÓNICA.- Se ha ido y no volverá nunca... |
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ESTEBAN.- (Casi sin voz.) ¡Que no volverá! (Se queda inmóvil, mirando a MÓNICA. Un silencio. Vuelve. Se deja caer en un sillón. Otro silencio.) ¿Dijo algo para mí? |
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MÓNICA.- Dijo que era usted su pecado. ¡Su único pecado! |
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ESTEBAN.- ¿Eso dijo? |
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MÓNICA.- Sí... |
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ESTEBAN.- Entonces, no podrá olvidarme nunca... |
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TELÓN |
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