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ArribaAbajoActo II

 

El mismo decorado del acto anterior. Unos días después, al anochecer.

 
 

(En escena, ADELAIDA sentada en un sillón y acomodada entre numerosos almohadones. Entra LOLITA en seguida.)

 

LOLITA.-  ¿Ha llamado la señora?

ADELAIDA.-  Sí, Lolita. ¿Qué hora es?

LOLITA.-  Las ocho y media... (LOLITA enciende una pantalla colocada junto al sillón donde descansa ADELAIDA.) 

ADELAIDA.-  Me duele la cabeza... Dame otra tableta.

LOLITA.-  ¿Qué tableta quiere la señora?

ADELAIDA.-  Me da igual. Pero prefiero las de color de rosa. Son las más bonitas...

LOLITA.-  Sí, señora. (Sale y vuelve al instante con una bandejita, en la que lleva la tableta y un vaso de agua. Se la sirve.) 

ADELAIDA.-  ¿Siguen llamando por teléfono?

LOLITA.-  ¡Huy! Sí, señora. A todas horas... Todo el mundo quiere saber por qué no se ha casado la señorita Guadalupe...

ADELAIDA.-  ¡Miserables! Lo que quieren es enterarse de todo para reírse de mí a gusto...

LOLITA.-  Yo a todos les contesto lo mismo: ¡Que la señora está en el campo!

ADELAIDA.-  Muy bien hecho. ¿Se lo creen?

LOLITA.-  No, señora. Ninguno.

ADELAIDA.-  ¡Qué cinismo!

LOLITA.-  ¿Desea algo más la señora?

ADELAIDA.-  Nada, hija.

LOLITA.-  Con permiso...

 

(Sale LOLITA. Queda ADELAIDA sola. Inmediatamente entra MÓNICA.)

 

MÓNICA.-  Hola, mamá.

ADELAIDA.-  Hola, hijita. ¿De dónde vienes?

MÓNICA.-  Del Ateneo2.

ADELAIDA.-  ¿Había algún baile?

MÓNICA.-  ¡Mamá!  (Indignada.) ¿Un baile en el Ateneo? No sabes lo que dices...

ADELAIDA.-  Mira, hijita. No me gusta que vayas tanto al Ateneo. ¡Ea! Me acuerdo muy bien de lo que pasó con tu padre. En los últimos tiempos de la Monarquía le dio por ir al Ateneo, y un día lo metieron en la cárcel. Después, cuando vino la República, como era tan tozudo, siguió yendo al Ateneo y, claro, lo volvieron a meter en la cárcel. Y estoy segurísima de que todo, todo fue por ir tanto al Ateneo. ¿Me entiendes?

MÓNICA.-  Vamos, mamá.  (Muy superior.) Ahora es muy distinto. Hoy hemos tenido un conferenciante extraordinario... Un hombre maravilloso. ¡Si le hubieras oído, mamá!

ADELAIDA.-  ¿De veras?

MÓNICA.-  ¡Era un escritor francés existencialista!

ADELAIDA.-  ¡Ah!

MÓNICA.-  Mira. Me ha firmado la invitación de la conferencia y me ha dedicado esta fotografía...

ADELAIDA.-  A ver, a ver...  (Toma la fotografía y la contempla enternecida.)  ¡Pobre muchacho! ¡Qué mal vestidito va! Y qué barbas... ¿Le has dado algún dinero?

MÓNICA.-   (Indignada.) Pero ¿qué dices, mamá? ¡Si este hombre gana un dineral con sus libros!

ADELAIDA.-   (Atónita.)  ¿Es posible?

MÓNICA.-  ¡Naturalmente! ¿Qué habías creído? Para ser existencialista hay que ser, por lo menos, hijo de familia rica. Los pobres no tienen dinero para vestir mal.

ADELAIDA.-  ¡Caramba! ¿Eso es posible?

MÓNICA.-  ¡Claro!

ADELAIDA.-   (Asombradísima.)  ¿Y de qué ha hablado este señor?

MÓNICA.-   (Muy solemne.) De la angustia de Europa...

ADELAIDA.-  ¡Jesús! ¿De qué has dicho?

MÓNICA.-  De la angustia de Europa...

ADELAIDA.-  ¡Qué barbaridad!

MÓNICA.-   (Muy preocupada.) Ha sido como un grito de alarma a la conciencia universal. ¡Y qué palabras! ¡Qué ideas! Con qué dolor ha descrito la incertidumbre y la angustia que padecen en esta hora todos los europeos...

ADELAIDA.-   (Muy impresionada.) ¡Pobres europeos! ¡Qué mal lo deben de estar pasando!  (Transición.)  Pero ¿qué te pasa, hijita? ¿Por qué te has quedado callada? ¿En qué piensas?

MÓNICA.-   (Un suspiro profundo.)  En Europa.

ADELAIDA.-  ¡No! (Indignadísima.)  ¡Eso sí que no! ¡No te lo tolero!

MÓNICA.-  ¡Mamá!

ADELAIDA.-  ¡He dicho que no y no! ¡Ea! Mónica, si sigues pensando en Europa, te doy un sopapo...

MÓNICA.-  Pero, mamá...

ADELAIDA.-  ¡Se acabó! Ni una palabra. ¿Me oyes? ¡La culpa es mía, por dejarte ir tanto al Ateneo!

MÓNICA.-  ¡Oh!

 

(Aparece MATY, que, como MÓNICA, llega de la calle.)

 

MATY.-  ¿Pasa algo?

ADELAIDA.-  ¡A callar!

MATY.-  ¡Ay, mamá!

ADELAIDA.-  ¿Tú también vienes del Ateneo?

MATY.-  ¡Huy!  (Casi ofendida.) Nada de eso.

ADELAIDA.-  Menos mal.

MATY.-  ¡Yo he salido con Felipín Mendoza!

ADELAIDA.-  ¿Sí? Pues no me gusta nada que vayas tanto con ese Felipín. Tiene una fama...

MATY.-  ¡Anda! Pues por eso es tan útil...

ADELAIDA.-  ¡Niña!

MATY.-   (Muy mundana.) Mira, mamá. Con la fama que tiene Felipín es imposible que comprometa a ninguna chica... ¡Figúrate! Con decirte que muchas señoras casadas cuando van de compras se lo llevan de acompañante. Por dos razones, ¿sabes? Primero, porque de Felipín no van a tener celos los maridos. Y segundo, porque Felipín entiende mucho de telas...3

ADELAIDA.-  ¡Qué horror! ¿Y dónde has estado con esa alhaja?

MATY.-  Verás. Yo quería que saliéramos al campo a tomar unas copas. Pero como si no. Felipín se ha empeñado y hemos estado en un desfile de modelos...

ADELAIDA.-  Me parece mucho más apropiado.

MATY.-  Eso decía Felipín. Es que es más egoísta...  (Transición.) Por cierto, mamá. ¿Sabes que en todo Madrid no se habla más que de tía Lupe?

ADELAIDA.-  ¡Oh!  (Se estremece.) ¿De veras?

MÓNICA.-  ¡Toma! Hasta en el Ateneo.

ADELAIDA.-  ¿También?

MÓNICA.-  También. Al subir yo la escalera empezó la gente a rodearme y a preguntar... No sé cómo pude escabullirme. Pasé un rato malísimo.

ADELAIDA.-  ¡Qué vergüenza!

MATY.-  ¡Anda! Pero si aún hay más... Me han dicho que en la Gran Peña4, como los socios se pasan el tiempo discutiendo sobre si tú casarás o no casarás a la tía Lupe, ya han empezado a hacer apuestas...

ADELAIDA.-  ¡Oh! Es el colmo. ¡Hasta se hacen apuestas!

MATY.-  Sí, sí. Van tres a uno.

ADELAIDA.-  ¡Qué escándalo! Somos la comidilla de todo Madrid. Se habla de nosotras en todas partes: en la calle, en los cafés, en las casas de modas, en la Gran Peña, y, lo que ya es el colmo, en el Ateneo. Y así, desde hace ocho días. ¡Todo Madrid lleva ocho días divirtiéndose a mi costa! Porque, claro, como todos saben que yo había hecho cuestión de amor propio la boda de mi hermana, ahora resulta que la que de verdad está en ridículo soy yo...

MÓNICA.-  ¡Oh!

MATY.-  Pobre mamá.

ADELAIDA.-   (Con desconsuelo.) ¡Y en qué ridículo, hijitas! ¿Os dais cuenta? Yo, que he organizado de todo: roperos, catequesis, rifas para los suburbios, funciones de la Cruz Roja... Yo, que he organizado hasta un partido de fútbol a beneficio de los toreros ancianos. Yo, que he sido el alma de las mejores fiestas, fracaso en algo tan fácil de organizar como una boda. Y fracaso porque me falla la novia. ¡Mi hermana!  (Amargamente.)  ¡Con lo poquísimo que le hubiera costado casarse para dejarme en buen lugar! Pero, Dios mío, si nunca se ha visto nada parecido. Sí, ya se sabe que, a veces, los hombres se arrepienten la víspera de ir al altar y se marchan al extranjero, y ahí te quedas. Pero las mujeres, no.  (Con altanería.) Las mujeres tenemos otra idea del cumplimiento del deber. ¡Nos casamos pase lo que pase!

MATY.-  Eso es verdad...

ADELAIDA.-  Ya veis: el párroco, que es tan viejecito, dice que no recuerda más que otro caso en el que se suspendió la boda por culpa de la novia... Y fue en 1920.

MATY.-  ¿Se arrepintió la novia?

ADELAIDA.-  No, hija, por Dios. Se murió la víspera.

MATY.-  ¡Ah, vamos! Ya decía yo...

ADELAIDA.-  Y si, al menos, supiera yo por qué no ha querido casarse con el pobre Joaquín... ¡Ah! Pero ese secreto se lo ha llevado a Montalbán. Porque estoy segurísima de que está en Montalbán. A mí no me despista. ¡Quia! Su fuga, aquella misma noche, mientras nosotras dormíamos, no puede haberla llevado a otro sitio. ¿Dónde va a estar ella, una provinciana tímida y huraña como ella, si no es en Montalbán?  (Dolorosamente.) Y mientras, yo, aquí, soportando la rechifla de todo Madrid. ¡Oh, cómo me duele la cabeza! No puedo más. Voy a tomar otra tableta. Lolita, Lolita... ¿Dónde estás?

 

(Y sale. Quedan solas MÓNICA y MATY.)

 

MÓNICA.-  ¡Maty! ¡Qué embustera eres! Tú esta tarde no has salido con Felipín...

MATY.-   (Muy interesada.) ¡Ay! ¿Cómo lo sabes?

MÓNICA.-  Porque Felipín ha estado conmigo en el Ateneo.

MATY.-  ¡Toma!

MÓNICA.-  ¿Dónde has estado?

MATY.-   (Romántica.) En una barca.

MÓNICA.-  ¿Cómo?

MATY.-  En el estanque del Retiro...

MÓNICA.-  ¡Ah! ¿Con otro muchacho?

MATY.-  Mujer...  (Dignamente.) ¿Qué iba a hacer yo sola en una barca?

MÓNICA.-  ¿Quién es él?

MATY.-  Es un secreto. No te lo puedo decir. Pero ya verás qué sorpresa... Es quien menos te puedes imaginar. Y si tú supieras cómo le quiero. ¡Cómo nos queremos los dos! Por eso queremos que no lo sepa nadie... No lo digas, Mónica. No me descubras.

MÓNICA.-   (Con evidente superioridad.)  ¡Oh! ¡Qué femenina eres!

 

(Entra de nuevo ADELAIDA, como una tromba.)

 

ADELAIDA.-  Conque dices que apuestas y todo, ¿eh?

MATY.-  ¡Ay! Sí, mamá.

ADELAIDA.-  Pues ya puedes decir a tus amigos que apuesten a favor... Porque la caso; vaya si la caso.

 

(MÓNICA y MATY, sobresaltadísimas, rodean a su madre.)

 

MATY.-  ¡Mamá!

MÓNICA.-  ¿Qué dices?

ADELAIDA.-  Lo que habéis oído. Esos que se ríen de mi fracaso todavía no saben quién soy yo...  (Soberanamente.)  ¡Yo no me doy por vencida así como así! ¡Yo no me rindo! ¡Quia!

MATY.-  ¡Mamá!

MÓNICA.-  ¿Qué piensas? ¿Qué vas a hacer? Mira que te temo, mamá.

ADELAIDA.-  ¡Silencio!  (Transición.) ¡Hijas mías! Para salir de esta situación, para que se olvide la campanada que ha dado mi hermana, no hay más que una solución. ¡Otra boda!

 

(MÓNICA y MATY, con mucho susto, gritan a un tiempo.)

 

MÓNICA.-  ¡No!

MATY.-  ¡No!

ADELAIDA.-  Os digo que sí. Lo he pensado muy detenidamente. Y desde hace unos días, ya tengo el nuevo candidato...

MÓNICA.-  ¡Oh! ¡Mamá!

ADELAIDA.-  Será una sorpresa, desde luego. Os advierto que su aspecto no es muy bueno. Pero ya comprenderéis, hijitas, que a estas alturas no estamos para elegir...

MÓNICA.-  ¿Quién es ese individuo?

ADELAIDA.-  ¡Chiss! Pronto lo sabréis. Lo tengo citado esta tarde, y ya es la hora... Va a llegar de un momento a otro. Y no me preguntéis más, ¿eh? No me preguntéis más. Me duele muchísimo la cabeza...

 

(Sale con gran dignidad. MATY y MÓNICA se miran, absortas.)

 

MÓNICA.-  ¡Maty!

MATY.-  ¡Mónica!

MÓNICA.-  ¿Quién será ese hombre?

MATY.-  ¡Ay, Dios! Dice que está al llegar...

MÓNICA.-  Habrá que avisar a tía Lupe...

MATY.-  Sí, sí. Tenemos que hacer algo. Porque, esta vez, como mamá se empeñe, la casa.

MÓNICA.-  Pondremos una conferencia...

MATY.-  Sí, sí. Una conferencia. Le diremos a tía Lupe que se vaya al extranjero...

 

(Y, en este instante, surge GUADALUPE. Es una nueva GUADALUPE, elegantísima, con su vestido y su sombrero de otoño, último modelo. Desde la puerta, llama prudentemente.)

 

GUADALUPE.-   (Muy bajito.) ¡Chiss! ¿Estáis solas?

 

(MATY y MÓNICA se vuelven, estupefactas.)

 

MÓNICA.-  ¡Tía Lupe!

MATY.-  ¡Tú, tía Lupe!

GUADALUPE.-  ¡Chiss! No gritéis...

MATY.-  ¡Dios mío! Tú aquí. Y qué elegante... Pero si no pareces la misma.

GUADALUPE.-  ¿Te gusto?

MATY.-  Una barbaridad.

MÓNICA.-  ¿Qué es esto, tía Lupe? Te han transformado. ¿Por qué has vuelto de Montalbán?

GUADALUPE.-  ¡Anda! Pero si yo no vengo de Montalbán...

MATY.-  ¿Que no vienes de Montalbán?

GUADALUPE.-  No, no.

MÓNICA.-  Entonces, ¿dónde has pasado estos días?

GUADALUPE.-  Aquí.

MATY.-  ¿En Madrid?

GUADALUPE.-  ¡Claro!  (Muy natural.) En el Palace...

MATY.-  ¡Atiza!

 

(MÓNICA, escamadísima, se queda mirando a GUADALUPE, en actitud muy fiscal.)

 

MÓNICA.-  De manera que en el Palace.... Y con este vestido.

GUADALUPE.-  Mujer... Con este solo, no. Tengo otros. Y todos muy bonitos. Ya veréis. (Se despoja del sombrero, del bolso y de los guantes, que deja sobre una mesita.) 

MÓNICA.-  Oye, oye... ¿No te has vuelto loca, verdad?

GUADALUPE.-   (Con rubor.)  ¡Oh, Mónica!

MÓNICA.-  A nosotras no puedes engañarnos. Sabemos por qué te negaste a casarte. Conocemos tu complejo... Sencillamente, no pudiste soportar un beso del hombre que iba a ser tu marido. Pero entonces, empezaste a sentir una enorme curiosidad por saber si con otro hombre te sucedería lo mismo. Era una curiosidad que no habías sentido nunca... ¿No es así?

GUADALUPE.-   (Casi no se la oye.) Sí...

MÓNICA.-  ¡Tía Lupe! Supongo que en estos días esa curiosidad no te habrá llevado a hacer una tontería con el primer desconocido que te haya salido al paso...

GUADALUPE.-  Quia, hija. (Un suspiro.)  No he podido.

 

(MATY y MÓNICA se acercan más a GUADALUPE muy alarmadas.)

 

MÓNICA.-  ¿Qué dices?

GUADALUPE.-  La verdad, hijas mías. ¡Que es muy difícil!

MÓNICA.-   (Con terror.) Pero, tía Lupe... ¡No te entiendo!

GUADALUPE.-  Mira, Mónica... En Montalbán dice la gente que Madrid es una ciudad pervertida, que los hombres son unos frescos, y que, aquí, una mujer no puede andar sola por la calle... Pues nada. Todo eso son calumnias de las provincias... Resulta que en Madrid pasa todo contrario... ¡Como que ya quisieran en Montalbán!

 

(Las dos muchachas la observan muy inquietas.)

 

MÓNICA.-  ¿Qué nos vas a contar, tía Lupe?

MATY.-  ¿Qué es lo que has hecho?

 

(GUADALUPE las mira de una en una, baja la cabeza. Y se ruboriza.)

 

GUADALUPE.-  Bueno... Tenéis que perdonarme. Yo necesitaba la prueba de un beso. Un beso nada más. Es tan poco. No es casi nada... Y me pareció que encontrar en Madrid alguien que me diera un beso no iba a ser muy difícil.  (Un gran suspiro.)  Pero, ya, ya. Yo no sé cómo se las arreglan algunas... Durante estos ocho días he recorrido todos los lugares donde dicen que una mujer puede estar en peligro. He paseado por el Retiro al atardecer y por el Hipódromo de noche...

MATY.-  ¿Y... nada?

GUADALUPE.-  Nada...

MATY.-  ¡Qué raro! Será que ahora lo prohíbe el Ayuntamiento...

GUADALUPE.-  También he estado en esos cines por horas...

MÓNICA.-  ¿De veras? ¿Has sido capaz?

MATY.-  ¿Te has atrevido?

GUADALUPE.-  Sí, hija. Yo estaba decidida a todo. Como los cines por horas tienen esa fama... Me pareció que el hecho de que una señora entre sola en un cine así ya es bastante insinuación. Pues nada. Inútil. ¡Hay que ver! Cuando pienso que el año pasado, en Montalbán, quisieron poner un cine por horas y lo prohibió el alcalde porque decía que era un atentado a la moral. Sí, sí. Está listo el alcalde.  (De pronto.)  ¿Sabéis lo que hacen los novios en esos cines por horas?

MATY.-   (Curiosísima.) ¿Qué?

MÓNICA.-  ¿Qué hacen?

GUADALUPE.-  Ven la película.

MÓNICA.-   (Sorprendidísima.) ¡No!

MATY.-   (Lo mismo.)  ¡No puede ser!

GUADALUPE.-  Como os lo cuento.

MATY.-  ¡Oh!

GUADALUPE.-  Claro, ya comprendo que vosotras creíais otra cosa. Pero no hay nada de eso. Lo que pasa es que los madrileños conocéis Madrid de oídas...

MÓNICA.-  ¡Oh!

GUADALUPE.-  También he estado en un bar americano de esos que a la hora del aperitivo se llenan de muchachas alegres...  (Transición.) Bueno, en Montalbán las llaman de otra manera.

MATY.-  Y aquí, también.

MÓNICA.-  ¡Dios mío! ¿Y qué hiciste tú entre ellas?

GUADALUPE.-  ¡Toma! Me pareció que lo más natural era hacer lo mismo que hacían las demás.

MÓNICA.-  ¡Tía Lupe!

GUADALUPE.-  Me senté junto a la barra del bar. Bebí un poquito y se me subió en seguida a la cabeza. Como a ellas. Empecé a fumar y a toser muchísimo, porque hay que ver lo que tosen esas chicas, pobrecitas. Y, de pronto, noté que todas me estaban mirando muy serias. Fue un poco violento, ¿sabes?

MÓNICA.-   (Indignada.) ¡Descaradas! Y tú, claro, te levantaste y te fuiste.

GUADALUPE.-  No, no. Se fueron ellas...

MATY.-  ¿Todas?

GUADALUPE.-  ¡Todas! Por lo visto, no les gustan las mezclas... Tienen mucha dignidad.

MATY.-  ¡Huy!

MÓNICA.-  Pero ¿te das cuenta, mujer, te das cuenta?

GUADALUPE.-   (Desconsoladísima, a punto de llorar.) Calla, Mónica, no me regañes. ¡Si es que soy fatal! Me han fallado todos los trucos. Anoche, para retirarme al hotel, paré un taxi en Recoletos. Entonces, un caballero que parecía muy fino empezó a dar voces diciendo que el taxi lo había parado él. Bueno, ya se sabe que siempre que una señora y un caballero discuten por un taxi pierde la señora, porque los hombres, como tienen más fuerza, empujan... Entonces, le dije que podíamos subir al coche los dos y yo le llevaría a donde fuese.  (Se ruboriza.) Lo hice con intención. ¿Comprendéis? A él le hizo mucha gracia. Cuando me vi en el coche con él a mi lado me pareció que ya había encontrado lo que buscaba. Era una ocasión maravillosa. Estaba segurísima de que se iba a aprovechar. De noche, dentro de un coche, tan cerca el uno del otro. Yo empecé a mirarle a hurtadillas. Muy guapo, guapísimo, de veras. De pronto, me miró fijamente. Y me preguntó...  (Se calla.) ¿Qué diréis que me preguntó?

MATY.-  ¿Qué?

MÓNICA.-  ¿Qué?

GUADALUPE.-   (Amargamente.) Me preguntó que si yo era de provincias...

MÓNICA y MATY.-   (Muy indignadas.) ¡Oh!

GUADALUPE.-  Al parecer, se me nota. Es una fatalidad. Yo le dije que sí y él se puso muy contento, porque era de Cuenca. Se acercó a mí más todavía, y entonces...

MATY.-  ¿Qué?

MÓNICA.-  ¿Qué?

GUADALUPE.-  Entonces... me enseñó las fotografías de sus tres hijitos.

MATY y MÓNICA.-  ¡Oh!

GUADALUPE.-  Unos niños muy ricos.

 

(Y se echa a llorar. Las dos chicas la consuelan y la dan palmaditas.)

 

MATY.-  ¡Oh, tía!

MÓNICA.-  No llores, tía Lupe.

LOLITA.-  ¡Qué chasco! ¿Verdad, pequeñas? Y qué grotesco. Una pobre solterona que recorre Madrid a la busca de un beso y que no lo encuentra. ¡Si seré torpe! ¿No es para reírse? ¡Pobre de mí! Yo solo quería saber si soy todavía como aquella niña que se asustaba de las caricias de don Fabián... Y esto es lo que me asusta. Porque antes, en Montalbán, en mi soledad, no sentía curiosidad. Era otra mujer...

MÓNICA.-  Cálmate, tía Lupe.

GUADALUPE.-  Sí, Mónica. No temas. He ordenado en el Palace que traigan mis maletas. Todos esos vestidos elegantes que compré con tanta ilusión y que ya no me volveré a poner. Me quedaré aquí con vosotras...

 

(MÓNICA y MATY, automáticamente, se miran y se ponen en pie.)

 

MÓNICA y MATY.-  ¡No!

GUADALUPE.-  ¿Cómo?

MÓNICA.-  ¡No! Aquí, no.

MATY.-  ¡Tienes que marcharte ahora mismo!...

MÓNICA.-  ¡Vete, tía Lupe!

MATY.-  ¡Vete!

GUADALUPE.-   (Extrañadísima.) Pero ¿es que os habéis vuelto locas?

MÓNICA.-  No, tía Lupe. Es que mamá está decidida a casarte...

GUADALUPE.-  ¡Ay!...

MÓNICA.-  ¡Y ya te ha buscado otro novio!

GUADALUPE.-  ¡Ayy! Pero, ¿otra vez?

MATY.-  Sí, tía, sí. ¿Comprendes ahora?

GUADALUPE.-   (Consternada.)  Pero esto es demasiado... Mi hermana está loca. ¿Y quién es ese desaprensivo? Porque, naturalmente, tiene que ser un desaprensivo...

MÓNICA.-  ¡Seguro! Alguno de esos hombres que se casan por dinero...

GUADALUPE.-  Pero ¿quién es?

MATY.-  No lo sabemos. Pero está al llegar...

GUADALUPE.-   (Con terror.)  ¿Ahora?

MÓNICA.-  Sí, tía Lupe. De un momento a otro, ese hombre va a aparecer por esa puerta...

GUADALUPE.-  ¡No, Dios mío! Eso, no. ¡Otra vez, no!

 

(Aparece en la puerta de entrada ESTEBAN, muy jovial y muy risueño.)

 

ESTEBAN.-  ¡Buenas tardes! ¿Se acuerdan ustedes de mí? Yo soy el organista de la parroquia...

 

(GUADALUPE, MÓNICA y MATY, que estaban nerviosísimas, al verle se sobresaltan más aún y gritan.)

 

LAS TRES.-  ¡Ayyy!

ESTEBAN.-   (Retrocediendo, asustado.) ¡Caramba!

MÓNICA.-  ¡Tía Lupe! Era este...

GUADALUPE.-   (Aterrada.) ¿Tú crees?

MÓNICA.-  Seguro, segurísimo. ¡Mamá dijo que estaba al llegar! Es este... ¡Qué desahogado!

MATY.-  ¡Qué fresco!

GUADALUPE.-  ¡Qué sinvergüenza!

ESTEBAN.-   (Perplejo.) Oiga... ¿Ese soy yo?

LAS TRES.-   (Furiosas.)  ¡Sí!

ESTEBAN.-  ¡Caramba!  (Atónito.)  ¿Y de verdad me esperaban ustedes?

LAS TRES.-  ¡Sí!

ESTEBAN.-  ¡Demonio! Pero qué cosas me pasan a mí en esta casa...

 

(Y, muy atribulado, comienza a darle vueltas al sombrero que tiene entre las manos. GUADALUPE, MÓNICA y MATY le miran de arriba abajo con muchísima rabia y empiezan a pasear de un lado para otro.)

 

MÓNICA.-  ¡El organista!

MATY.-  ¡Un pobre hombre!

GUADALUPE.-  ¡Un desgraciado!

ESTEBAN.-   (Tímidamente.)  Hombre, no tanto...

 

(Las tres se revuelven, furiosas.)

 

GUADALUPE.-  ¡Cállese!

MÓNICA.-  ¡Cállese usted!

MATY.-  Calladito, ¿eh? Muy calladito. ¡Vamos! Con esa pinta... Pero si ni siquiera se ha puesto un traje nuevo, que es lo que hacen en estas ocasiones todos los hombres.

ESTEBAN.-   (Modestamente.) Es que no tengo otro.

GUADALUPE.-   (Indignadísima.)  ¿Por qué se presta usted a esto?

ESTEBAN.-   (En la luna.)  ¿A qué?

GUADALUPE.-  ¡No disimule más, que me pongo muy nerviosa! Hable de una vez. Traerá usted su papel bien aprendido. ¡Hable!

MÓNICA.-  Eso, eso. ¡Hable!

MATY.-  ¡Hable!

GUADALUPE.-  ¡No! ¡Cállese! Naturalmente, vendrá usted dispuesto a casarse en seguida. ¿No es así? ¡Sí! Es así.  (Con muchísimo coraje.)  ¿O prefiere usted que seamos novios una temporada?

ESTEBAN.-  ¡Señorita! ¿Novios usted y yo?

GUADALUPE.-  ¡Claro!

ESTEBAN.-   (Ilusionadísimo.) ¡Oh! Pero eso sería maravilloso...

GUADALUPE.-  ¡Oh!  (Casi llorando.)  ¿Habéis oído?

MÓNICA.-  ¡Es un cínico!

MATY.-  ¡Un granuja es lo que es!

 

(En este momento asoma ADELAIDA. Viene muy satisfecha. Entra y se dirige a GUADALUPE, sin reparar en nadie más.)

 

ADELAIDA.-  ¡Guadalupe! Querida, queridísima... No sabes cómo me alegro de que hayas vuelto. ¡Huy! Y si tú supieras con qué oportunidad has llegado...  (Descubre a ESTEBAN. Le mira, muy extrañada, y tuerce el gesto.) ¡Hola! ¿Qué hace aquí este sujeto? Que le den diez pesetas y que se vaya...

 

(GUADALUPE, MÓNICA y MATY se quedan mirando a ESTEBAN sobrecogidas.)

 

GUADALUPE.-  ¡Adelaida!

MÓNICA.-  ¡Mamá!

 

(ADELAIDA se vuelve de nuevo a GUADALUPE, tan tranquila, como si estuvieran solas, y le coge las manos cariñosísima.)

 

ADELAIDA.-  ¡Guadalupe! ¡Querida hermanita! Estamos de enhorabuena. Me parece que ya he resuelto tu situación para siempre. Tengo una sorpresa para ti... ¿Sabes quién espera en el salón? Un caballero. Un verdadero caballero que está loco por ti y dispuesto a casarse inmediatamente...

GUADALUPE.-  ¡Adelaida!  (Con los ojos clavados en ESTEBAN.) Pero ¿no era este?

ADELAIDA.-  ¿Este?  (Indignada.) ¿Con esa facha?

GUADALUPE.-  ¡Oh!

ADELAIDA.-  Pero, mujer... ¿Cómo se te puede haber ocurrido? ¿Cómo voy a casarte con el organista de la parroquia?

MÓNICA.-   (Espantada.) ¡Ay, Dios mío! Y le hemos llamado hasta granuja...

MATY.-  ¡Anda! Y muchas cosas más...

ADELAIDA.-  No comprendo la confusión. Lo que yo te propongo es una buena boda. Se trata de un verdadero señor. Es un viejo amigo y correligionario de mi marido5. También ha estado muchas veces en la cárcel por ir tanto al Ateneo. Pero, en fin, ya se sabe; esas son manías de los hombres. La verdad es que es un gran partido. Y te aseguro que es encantador. Tiene todas las condiciones necesarias para enamorar a una mujer...  (Ponderativa.)  ¡Tiene hasta la Cruz de San Raimundo de Peñafort!

GUADALUPE.-   (Gritando.) ¡Adelaida!

ADELAIDA.-   (Retrocede.) ¡Ay! ¡Guadalupe!

GUADALUPE.-  ¡Cállate, Adelaida! No me vuelvas loca. ¡Y vete!

ADELAIDA.-   (Consternada.) Pero, Lupe... ¿Qué hago con ese caballero?

GUADALUPE.-  ¡Despídelo!

ADELAIDA.-  ¡No! Eso no...

GUADALUPE.-  Te digo que sí. Si no le despides pronto, soy capaz de ir al salón y pegarle.

ADELAIDA.-  ¡Dios mío! ¡Pegarle! ¡Oh! Ya salió la de siempre... ¡La salvaje!

GUADALUPE.-   (Un sollozo.) ¡Vete, Adelaida, vete!

ADELAIDA.-  ¡Pobre señor! ¡Pobrecito! Con lo orgulloso que está él con su condecoración...

 

(Sale verdaderamente abrumada. Hay un silencio. GUADALUPE, vuelta de espaldas a los demás, se ha dejado caer en el diván. MÓNICA y MATY, calladas e inmóviles, con los ojos muy abiertos clavados en ESTEBAN. Este, a un lado de la escena.)

 

MÓNICA.-  No sé qué decirle. No tengo palabras para pedirle que nos perdone...

ESTEBAN.-   (Azarado.)  ¡Je!

 

(MÓNICA le mira un instante. Parece que va a hablar más. Pero, de pronto, bruscamente, echa a correr y sale. MATY queda frente a ESTEBAN. Da unos pasos impulsivamente hacia él. Va a hablar. Pero, calla. Y escapa corriendo, detrás de MÓNICA.)

 

ESTEBAN.-  ¡Je!

 

(Están solos GUADALUPE y ESTEBAN. Un gran silencio. Ella está vuelta de espaldas, refugiada entre los almohadones del diván. Él, más azorado que nunca, empieza otra vez a darle vueltas al sombrero que tiene entre las manos.)

 

GUADALUPE.-   (Al cabo. Muy bajo.) ¿Está usted ahí todavía?

ESTEBAN.-  ¡Je! Sí...

GUADALUPE.-  ¿Cómo se llama usted?

ESTEBAN.-  Esteban...  (Sonríe.) Le traigo algo que no es mío. Usted me lo pidió y luego no quiso aceptarlo. Pero yo lo guardo....

GUADALUPE.-  ¿Qué es eso?

ESTEBAN.-  ¡Je! Un beso.

GUADALUPE.-  ¡Ah!

ESTEBAN.-  ¿Se acuerda?

GUADALUPE.-  Sí...  (Se vuelve un poco y le mira, casi a hurtadillas. Un silencio. Muy bajo.) ¿No querrá usted besarme ahora, ¿verdad?

ESTEBAN.-  ¡Oh! No tengo prisa. Puedo esperar...

 

(Otro silencio.)

 

GUADALUPE.-  ¿Quién es usted?

ESTEBAN.-  ¡Je! Lo que ustedes decían. Un pobre hombre. El organista... Nadie.

GUADALUPE.-   (Contrita.) ¿Eso hemos dicho?

ESTEBAN.-  ¡Huy! Eso fue al principio...

GUADALUPE.-  ¡Qué vergüenza!

ESTEBAN.-  Pero si no tiene importancia, señorita. Si de verdad, de verdad, soy un pobre hombre. ¡Oh! Habrá usted visto a tantos como yo... Yo soy uno de esos hombres que jamás tienen prisa, que nunca van a ningún sitio. Uno de esos que muy de mañana pasean por el Retiro arrancando hojitas de las matas de boj, y pensando, por pensar en algo, en la Revolución Francesa. Soy uno de esos hombres que cualquier tarde puede usted encontrar sentado en un banco de los jardines de la plaza de España, leyendo con muchísimo interés un periódico atrasado... Uno de esos hombres que cenan solos en el rincón de una tabernita barata y que pasan la velada en el rincón de un café antiguo donde un pianista muy viejo toca todas las noches «Doña Francisquita».  (Sonríe.)  ¿Comprende usted ahora? La gente dice que soy un bohemio y un perezoso. Pero lo que yo soy de verdad es un vagabundo. Lo que a mí me gusta es andar y andar...

GUADALUPE.-   (Mirándole.) ¿Y... solo eso?

ESTEBAN.-   (Suavemente, risueño.) Solo eso. ¿Para que más? Cuando era más joven, en el Conservatorio, tenía sueños de artista. ¡Cosas de muchacho! Quería ser un Falla, un Ravel, un Strawinsky... ¡Qué sé yo! Tonterías. Pronto me di cuenta de que no merecía la pena. Es mejor vivir, vivir nada más.

GUADALUPE.-  ¿Es que a esa vida de vagabundo le llama usted vida?

ESTEBAN.-  ¡Claro! Vivo como quiero. Como me gusta vivir. ¡Soy feliz!

GUADALUPE.-  ¿De verdad?

ESTEBAN.-  De verdad, señorita. Muy feliz. Le aseguro que es maravilloso. Hay algo más emocionante y más divertido que vivir uno mismo, y es ver cómo viven los demás. ¡Je! Se pasa el tiempo tan ricamente y sin sentir. ¡La gente hace tantas tonterías!  (Sonríe.) Bueno. Para ganarme la vida toco el órgano en la parroquia. Me gusta, ¿sabe? Es muy bonito. Luego, a solas, compongo canciones para mí. Son unas canciones muy románticas y muy alegres... De verdad.

GUADALUPE.-  ¡Esteban! ¿Por qué ha venido usted?

ESTEBAN.-  ¡Je! Por curiosidad. Estoy loco de curiosidad por usted desde que un día la vi rezando en la parroquia, junto a los claveles del altar de san Pablo. Tenía usted los ojos bajos, como asustada, como acorralada, con su vestidito de provinciana, con su libro de misa, con su velo y su rosario. Con una pena y una angustia dentro. Y tan sola, tan sola, que solo en la soledad de la iglesia con sus rezos se sentía usted un poco acompañada. ¿No era así? ¡Je! ¡Señorita! ¿Sabe usted que el amor, sobre todo lo que es, sobre todas las cosas, el amor no es más que una infinita curiosidad? Una curiosidad que nos llena el alma y el pensamiento y la imaginación...

GUADALUPE.-  ¡Esteban!...  (Más bajo.) Yo soy una solterona.

ESTEBAN.-  ¡Oh!

GUADALUPE.-  Yo no sé nada del amor.

ESTEBAN.-  ¡Oh! Usted, como todas las solteras, ha tenido durante mucho tiempo un gran novio. El ideal. Es el amante que más enseña y el que más descubre.

GUADALUPE.-   (Con melancolía.) Yo no soy como las demás mujeres, Esteban. Yo tengo un complejo.

ESTEBAN.-  ¡Hola! ¿De veras?

GUADALUPE.-  Sí, sí.  (Enrojece.) Yo no valgo para el amor. La única vez que un hombre me ha besado, creí morir de angustia, de miedo y de horror...

ESTEBAN.-   (Se calla, piensa y sonríe.) Se comprende. Una mujer como usted no puede besar a un hombre si no está enamorada...

GUADALUPE.-  ¡Ay!  (Se vuelve con viveza. Con una luz de esperanza en los ojos.)  ¿Es... eso? ¿Cree usted que solo es eso?

 

(Ella le mira con tímida ansiedad. Él la contempla y sonríe.)

 

ESTEBAN.-  Bueno... Me gustaría que conociera usted mi vieja taberna. Es divertida. Como es tan vieja y tan humilde, todas las noches se llena de millonarios, que son los que menos dinero gastan en comer... Pero, para mí, siempre hay un rincón reservado. Esta noche, si usted quisiera, mi rincón podría ser para los dos. Después, oiríamos música en el café. El pianista viejecito, que es amigo mío, nos dedicará un vals antiguo de los que a él le gustan. Ya verá usted. Pasaremos la velada como dos estudiantes... ¿Querrá usted? La esperaré a usted, durante media hora o más, en el portal.  (Sonríe.) Bueno: si no quiere, no baje... Por mí, no se preocupe. Yo no tengo nada que hacer. Tampoco tengo prisa. Ya le he dicho que soy un vagabundo... Pero esperaré.

 

(Sale. GUADALUPE le ve salir, callada, pensativa. Entra LOLITA.)

 

LOLITA.-  ¡Señorita Guadalupe! Acaban de traer sus maletas del Palace...

GUADALUPE.-  Está bien, Lolita. Llévalas a mi cuarto...

LOLITA.-  Sí, señorita. ¿Es que se queda otra vez con nosotras la señorita?

GUADALUPE.-  ¡Sí!

LOLITA.-  ¡Qué alegría!

 

(Va a salir. GUADALUPE la llama.)

 

GUADALUPE.-  Oye, Lolita.

LOLITA.-  ¡Señorita!

GUADALUPE.-  ¿Tú has salido alguna vez con un hombre, de noche?

LOLITA.-  ¡Huy! Muchísimas veces, señorita. Al cine, a bailar, a la verbena y a la lucha libre...

GUADALUPE.-  ¡Ah!  (Muy bajo.)  ¿Y... es peligroso?

LOLITA.-  ¡Pche!  (Escéptica.) No crea la señorita. A la vuelta todos se ponen un poco tiernos... Pero, como en seguida les entra el sueño, se acabó.

GUADALUPE.-  ¡Ah, ya! Gracias, Lolita.

LOLITA.-  Con permiso de la señorita. Me parece que están llamando...

 

(Sale LOLITA. GUADALUPE, sola, recoge su sombrero, sus guantes, su bolso y sale. Al salir apaga la luz de la pantalla. Queda la escena en semioscuridad. De pronto, surge una figura que titubea entre las sombras. Es JAIME, que llama bajito.)

 

JAIME.-  Maty, Maty. ¿Dónde estás?

 

(Aparece MATY.)

 

MATY.-  ¿Quién anda ahí?  

(MATY enciende la luz central, y JAIME se da un buen susto.)

  ¡Jaime! ¡Tú!

JAIME.-  ¡Ay, Maty! Me... me has asustado.

MATY.-  ¿Qué buscas?

JAIME.-  A ti... Te busco a ti. Le dije a la doncella que no me anunciara.

MATY.-   (Emocionadísima.) ¡Jaime!

JAIME.-  Es que no podía volver a casa sin verte otra vez, ¿sabes?

MATY.-  ¿De veras? ¿Es verdad eso, Jaime?

JAIME.-   (Muy conmovido.) ¡Huy! Ha sido una tarde tan bonita la que hemos pasado. ¡Y tantas horas juntos! Cuando te dejé en la esquina, no lo pude remediar. Me eché a llorar. Me pareció que no te vería más...

MATY.-  ¡Oh, Jaime! ¿Tanto me quieres?

JAIME.-  ¡Que si te quiero! ¡Demonio, que sí te quiero! Desde entonces estoy paseando por la acera de enfrente, para ver si te asomas un poquito al balcón. Claro que has hecho muy bien en no asomarte, porque se ha levantado fresco y puedes coger un catarro. Y eso sí que no, ea.

MATY.-  Jaime... Me vas a hacer llorar.

JAIME.-  ¡Qué bonita estás!

MATY.-  Calla, hombre...

JAIME.-  Oye, ¿se han enterado?

MATY.-  No. Todavía no lo sabe nadie...

JAIME.-  Mejor. Esto es para nosotros solos.

MATY.-  Sí, Jaime. Para nosotros...

 

(Se miran a los ojos, lenta, dulcemente.)

 

JAIME.-  ¡Cómo te quiero, Maty!

MATY.-  ¡Cómo te quiero, Jaime!

 

(Y, de pronto, con las manos cogidas, impulsiva, irremediablemente, se besan. Entra GUADALUPE, con el sombrero puesto, arreglada de nuevo para salir a la calle. Al verlos, se queda, inmóvil por el asombro, en la puerta.)

 

GUADALUPE.-  ¡Maty!

 

(Los dos muchachos se separan, avergonzadísimos.)

 

JAIME.-  ¡Oh!

MATY.-  ¡Tía Lupe!

GUADALUPE.-   (Casi sin voz, por el asombro.) ¡Chiquilla! Le has besado...

 

(JAIME, muy sonrojado, se retira a un lado. MATY corre hacia su tía, llorando de vergüenza, y se arroja en sus brazos.)

 

MATY.-  ¡No me riñas, tía Lupe!

GUADALUPE.-  ¡Le has besado! Lo he visto yo...

MATY.-  ¡No me riñas, tía Lupe, por Dios! ¡Mira que me muero de vergüenza! No me daba cuenta de nada. Ha sido sin pensar. Es que estamos enamorados...

GUADALUPE.-  ¡Ah! Estáis enamorados...

MATY.-  ¡Le quiero! ¿Sabes? ¡Le quiero!

GUADALUPE.-  Entonces es eso. Es el amor...

 

(Mira hacia la puerta por donde salió ESTEBAN. La muchacha se estrecha más contra ella.)

 

MATY.-  Por Dios, tía Lupe, que no se entere mamá. ¡Que no lo sepa nadie! Te aseguro, tía Lupe, que, a pesar de las frescuras que digo y a pesar de lo coqueta que soy, esta es la primera vez... ¿Me oyes? No me riñas, tía Lupe; no me riñas...

 

(GUADALUPE, emocionada, la atrae, la besa, la acaricia.)

 

GUADALUPE.-  No, chiquilla, no temas. No lo sabrá nadie. Y no llores, no llores más. Dios mío, ¿cómo voy a reñirte? Si ha sido tan hermoso, tan hermoso...


 
 
TELÓN