La socialización de los textos de Calderón. El legado de don Juan de Vera Tassis y don Pedro de Pando y Mier
Alan K. G. Paterson
St. Andrews College
Permitidme un recuerdo cariñoso a un erudito bajo cuya tutela se realizaron los primeros adelantos de la bibliocrítica calderoniana en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Me refiero por supuesto a Edward M. Wilson. Cuando le recuerdo me viene a la memoria su manera de justificar el estudio científico del libro, la cual consistía primero en que el bibliófilo tenía derecho a conocer el verdadero estado del texto que pensaba comprar. Quizá en aquel entonces el detective bibliógrafo, pipa en boca, estaba ya sobre la pista de falsas partes de comedias. Por supuesto, su escrutinio reverencial de los libros que llenaban los estantes de su despacho no sólo servía al difícil ejercicio de la compra y venta, sino que era el preludio de la tarea obligatoria del erudito, la de confeccionar un texto rigurosamente investigado y editado antes de proferir cualquier juicio que tuviera seria pretensión hermenéutica. Con el transcurrir de los años, debo cuestionar a la luz de la experiencia la validez de su segundo criterio, porque es evidente que los que van en busca de la verdad literaria apenas se detienen ante la textualidad del texto si no es para cerciorarse de que tienen en las manos una edición que valga la pena. En la intensa actividad crítica que se realiza a nuestro alrededor es raro que la escrupulosa atención al texto y a su transmisión que caracteriza la bibliocrítica tenga resonancia en su interpretación; es como si la crítica textual, que en todo momento requiere un estado de alerta ante el texto, representase sólo el umbral que una vez franqueado da paso a otro lugar privilegiado donde se plantea el sentido real que conserva el texto más allá de su ser histórico y material. Este distanciamiento entre una disciplina y otra coincide paradójicamente con el impulso principal de la poética posmodernista, que ha centrado el significado de la obra literaria en su texto y su lector. Hay que preguntarse por qué se produjo esta polarización en la academia, la cual llega a constituir una oposición de miras que se diría irreconciliable.
La bibliocrítica reconoce en todo momento la fisicidad e historicidad del texto y en su vertiente histórica puede inferir también la noción de su autoría. Sobre todo cuando el bibliógrafo pone su mira en una edición, el típico estema apoya su aparente intento de regresar a una fuente textual depurada, limpia del detritus acumulado en torno al texto prístino. A diferencia de una moda hermenéutica que abolía al escritor en favor de una transacción prolongada al infinito entre el texto y su lector, la crítica textual parecía consagrar precisamente la intencionalidad autorial. Es quizá por el antagonismo entre la noción platónica de la intencionalidad y la igualmente platónica noción de la inefabilidad del texto preconizada por Paul de Mann por lo que las dos operaciones textuales, la bibliocrítica y la hermenéutica, producen una suerte de aversión mutua entre sus respectivos promotores. En realidad, ambos persiguen un fantasma, el uno en busca de un texto que capte de una vez la neta intención original de su creador y el otro en pos de una lectura que se bate siempre en retirada bajo el horizonte de nuestro conocimiento. Si es por esta u otra razón, la bibliocrítica queda largamente marginada en el debate hermenéutico, para su gran detrimento. Bajo esta perspectiva, el análisis bibliocrítico tiene su razón de ser sólo cuando se trata de la transmisión del texto, y no sirve para entenderlo.
El modelo
idealista ofrecido por De Mann de un texto que se borra de lectura
a lectura, por contrario que sea a una tradición
filológica muy engranada con la bibliocrítica, no
deja de influir en el intérprete del teatro en un aspecto
fundamental, que es el texto como evento teatral. La pérdida
del objeto crítico en su estado transitorio, sea en los
corrales de comedias, sea en la fiesta del Corpus Christi, sea dondequiera
y cuandoquiera, es un dato básico. Si queremos restaurar el
texto como teatro, contemplamos el vacío. No hay lugar a
dudas. La interpretación de la comedia parte del libro. El
libro condiciona nuestra idea del teatro. La pérdida de la
experiencia teatral no dejó de pasar desapercibida. Ya Lope
de Vega fue el primero en poner el dedo en las múltiples
contradicciones que entran en la publicación de comedias,
incluso elaborando a través de sus dedicatorias una
poética que pretendía solventar el dilema planteado
ante el teatro y el libro y a la cual volveré más
adelante1.
El condicionamiento de nuestra idea del teatro mediante el libro es
una sólida razón para colocar la bibliocrítica
en la corriente principal de la interpretación. En este
proyecto, no es que carezcamos de guías. La materialidad del
texto forma el marco de importantes estudios actuales que versan
sobre la textualidad. Los de Gérard Genette sobre los
elementos bibliográficos que él denomina como
«paratextos»
nos llevan casi
obligatoriamente hacia una valoración de cómo el
libro es un sistema semiótico que influye en la
comprensión del lector2.
Los estudios de Jerome J. McGann3
logran profundizar la noción de la textualidad; su concepto
de la condición textual aúna dentro del acto
comunicativo la condición material de textos con su forma
lingüística. La condición textual enunciada por
McGann esquiva la idealización del texto literario. En su
evolución el texto está sujeto a la
intervención de los que lo usan y manejan, entre quienes
figura por supuesto el mismo escritor. Las manifestaciones
corpóreas del texto son testimonios de su progresiva
socialización4.
Llegamos con esto a mi propósito, que es el de abordar a la
luz de esas consideraciones aspectos de la socialización de
la obra de Calderón, repasando textos que todos conocemos y
que han ejercido, sin duda, cierta influencia en el conocimiento
que cada uno tiene del dramaturgo.
¿Dónde mejor empezar si no es con la Primera Parte de
1634? «PRIMERA | PARTE | DE | COMEDIAS |
DE | DON PEDRO CALDERON | DE LA BARCA. | RECOGIDAS POR DON IOSEPH
CALDERON | de la Barca su hermano. | AL EXCELENTISSIMO SEÑOR
DON | Bernardino Fernandez de Velasco y Tobar, Condestable de
Castilla, Duque | de la ciudad de Frias, Conde de Haro, Marques de
Verlanga, Señor de la Ca- | sa de los siete Infantes de
Lara, Camarero, Copero, y Montero | mayor, y Gentilhombre de la
Camara del Rey | nuestro señor. | 75. | Año [orla]
1636. | CON PRIVILEGIO. | En Madrid, Por Maria de Quiñones.
| A costa de Pedro Coello, y de Manuel Lopez, Mercaderes de
Libros»
. El paratexto, este territorio que linda con el
mundo de la ficción sin serlo, encierra en su título
una intención, la de seguir publicando las comedias de
Calderón en una serie que empieza precisamente con esta
Primera Parte. Retrospectivamente, el título hace tabla rasa
de cualquier otra publicación no autorizada. La promesa de
futuras partes que es implícita en el título se
cumplió efectivamente hasta que la piratería
intervino simulando una Quinta Parte que cortó el hilo que
luego iba a recoger Juan de Vera Tassis. No vacilo en concluir que
la intencionalidad a que me refiero es autorial; el mismo
Calderón inicia y da noticia del trasvase de su teatro al
libro. Su empresa tiene un paralelo muy cercano en Tirso de Molina,
cuya serie de partes, suspendida durante más de diez
años, vuelve a salir con una presteza notable si no en el
orden numérico correcto; tercera, segunda, cuarta y quinta
partes entre 1634 y 1636. En efecto, la Primera Parte de
Calderón y la Cuarta de Tirso son de la misma imprenta, la
de María de Quiñones, separadas por un mes o dos, y
costeadas por los mismos libreros, Pedro Coello y Manuel
López. La coincidencia nos invita a considerar que ambos
dramaturgos emprenden una etapa esencial en la consolidación
de su carrera. Intentan fijar su reputación, hasta ahora
puesta a la merced de las tablas (y en el caso del mercedario
puesta también bajo la amenaza de la desaprobación
oficial expresada diez años antes por altas autoridades en
el aparato estatal), en la forma duradera del libro. Ambos aducen
la complicidad de un pariente cercano (un hermano y un sobrino
respectivamente), personalizando así el producto comercial
con la clara intención de acreditar la calidad de la labor
editorial. De aquí en adelante, sucesivas partes de
Calderón llevarán el sello de la calidad que
representa el parentesco cercano o la amistad, sea esta fingida o
no, sello que impone una distinción entre textos
auténticos, originarios, fidedignos, y otros sumidos en el
caos bibliográfico y textual de impresiones piratas.
La dedicatoria
cumple la misma finalidad promocional, no sólo mediante los
títulos y honores que realzan al mecenas, sino por el
metatexto político que conllevan, porque el don Bernardino
citado es un magnate preclaro, lo suficientemente preclaro como
para merecer una breve glosa. Cuando Calderón le
dedicó la Primera Parte don Bernardino tenía
veintisiete años; era un joven que había llamado la
atención del Conde Duque y su carrera prometía altos
cargos, sobre todo en el campo militar. Era de la parentela del
Conde Duque, ya que se había casado con una hermana del
marqués de Toral, yerno de Olivares. Su ascenso se documenta
ya en 1634, cuando Olivares le quiere nombrar capitán
general de Guipúzcoa, observando al rey que «se está a ver este
mozo»
5.
De modo que la dedicatoria va dirigida no sólo al octavo de
los Condestables de Castilla, oficio hereditario de gran realce en
el reino, sino a un estadista estrechamente relacionado con un
coevo en la privanza, el Duque de Medina de las Torres. No es de
subestimar el acierto. Amén de la brillante carrera
política del magnate, es de apreciar la eficacia de los
títulos palatinos al conectarle en línea directa con
el trono. Y ya que tenemos ante nosotros la lámpara de las
maravillas honoríficas de los Austrias que convierte deseos
en realidades, no se nos olvide que el año en el que aparece
la Primera Parte de don Pedro es cuando se inició,
precisamente en julio, el proceso de confirmación de su
investidura con el hábito militar de la Orden de Santiago.
Si bien es prematuro que la nueva dignidad alcanzada por el
dramaturgo por su servicio benemérito en la dramaturgia
palaciega sea señalada en la portada de esta parte (para
eso, hay que esperar a que salga la Segunda Parte cuando el
hábito sea ratificado), el mecanismo del adelantamiento de
Calderón está ya puesto en marcha, y ciertamente
sería un descuido no relacionar la aparición de su
primer tomo con la confirmación inminente de su estatus en
la Villa y Corte. Y en efecto, interrogándolo desde este
ángulo, el paratexto ofrece un paralelo sugestivo entre la
incorporación del texto de las comedias en su forma libresca
y la elevación de su creador a caballero de hábito.
Por una parte, el paratexto, incluso y sobre todo en aquellas zonas
reservadas para los protocolos administrativos del libro
(aprobaciones, licencias, tasa, fe de erratas), sujeta las comedias
al libro y la imprenta; quiero decir que los preliminares asisten a
la transformación de la comedia de género
representado en género leído. Por supuesto, la
transformación no es nada innovadora; el formato de las
partes de comedias está ya bien establecido, diríase
casi invisible por su familiaridad. Por otra parte, sin embargo, el
paratexto en este caso se vuelve metatexto, comentando el mismo
proceso de transformación genérica. Lo vemos en la
dedicatoria en el cuerpo de los preliminares, la cual va más
allá de la entrega simbólica del libro al mecenas
para presentar más bien una forma de manifiesto editorial.
El tema de la dedicatoria es el libro, y principalmente su
publicación, empresa que don Joseph justifica con cierta
circunspección, seguramente por razones que tienen que ver
con criterios de decoro social. Entre reticencias de este tipo y el
deseo de publicar, el balance se inclina en favor de sacar un libro
de comedias en el que «el que las leyere
las halle cabales, enmendadas y corregidas»
[¶14v]. Es un juego en el que se
hacen manifiestos valores sociales y literarios que entran en
aparente conflicto. Pero la publicación del texto adquiere
precedencia ya que es harto necesario eliminar el desorden de
«comedias erradas, mal corregidas y muchas
que no son suyas en su nombre»
[¶14r]. Aquí se ve cómo la defensa del
libro refleja el proceso social, dado que la finalidad de ambos es
la de proteger y ensalzar la debida excelencia de don Pedro, en
este caso contra el caos libresco donde incluso se confunde el
debido nombre del autor. Por eso arguyo que la investidura de don
Pedro en el hábito de Santiago no es del todo ajena a la
publicación de sus comedias; en 16366,
el escritor y su obra van saliendo a luz, en desafío de las
tinieblas donde pululan textos poco limpios, incluso algunos que
por pura alevosía llevan ostentosamente su nombre. La idea
del libro como insignia de las justas pretensiones caballerescas de
su autor parece confirmarse en la conclusión de la
dedicatoria, donde la extendida metáfora de «salir a luz»
, que equivale a hacerse
público el libro, termina en la biblioteca del mecenas:
«Vuestra Excelencia las ampare como
dueño y las mande ocupar el más olvidado cajón
de su librería, donde esté a obediencia de las
demás facultades»
[¶4v]. En estas líneas queda efectuada una
serie de traslados: desde el teatro al libro, desde las tablas a la
biblioteca, desde la confusión a la jerarquía, desde
el desorden al orden. Es decir, que sea recibido el ejemplar de la
Primera Parte en los estantes de don Bernardino es una metonimia
distintiva de un cursus honorum ganado por el texto de
Calderón. Y cuando juntamos el paratexto elaborado
así con los textos que forman el cuerpo del libro, se pone
de manifiesto la verdadera meta de la empresa editorial de
Calderón, que es asegurar su rango en las primeras filas del
mundo de las letras.
El aserto de un
control editorial por parte de Calderón puede ser que no se
limite al texto de cada comedia sino que pretenda establecer el
canon de su autor; de todas formas, el hecho de que La vida es
sueño encabece precisamente la zona literaria de la
Primera Parte nos puede llevar hacia semejante especulación,
pero sería una diversión de mi intento inmediato. Lo
que sí me toca advertir en esta coyuntura es la diferencia
que se nota entre Lope de Vega y Calderón en sus respectivos
papeles como editores. Ante la aparición de sus comedias en
letras de molde, a Lope le fascina la dialéctica que se
plantea entre el teatro y el libro; observa reiteradas veces la
oposición que hay entre el teatro, lugar de contingencias y
accidentes, pero territorio propio del dramaturgo, y el libro,
exento de ellos pero ya no en manos del dramaturgo sino en
posesión del lector. En el caso de Calderón, la
dialéctica planteada por el libro es otra; él expresa
una inquietud ocasionada por el mismo libro y reacciona fuertemente
contra el desorden que provocan los múltiples agentes que
gestionan la proliferación de textos: impresores, libreros,
autores de comedias impelidos por el fraude y la ignorancia a
subvertir su textualidad. La idea del editor surge como remedio en
medio del caos. Aquí tenemos la dialéctica que vuelve
a expresarse hasta el tedio a lo largo de todas las partes impresas
de Calderón, y no sólo en las que están en
manos de los buenos editores, sancionados por el parentesco, la
amistad o la obligación, sino en las partes que contrahacen
los malos de la película, las cuales imitan las buenas en
todo, haciendo las mismas acusaciones al pie de la letra contra
textos pirateados para complicar aún más el enredo.
Este afán de controlar su propia textualidad raya en lo
obsesivo; en la Cuarta Parte (1672), Calderón llega al
extremo de componer una suerte de anti-catálogo de comedias
que no son suyas aunque aparenten serlo, y luego en estilo
indirecto libre, divertido pero muy en serio, se interroga:
«qué le importa a la
República que la Comedia de Juan ande en nombre de Pedro, ni
la de Pedro ande en nombre de Juan, ni la de Pedro esté
cabal, o adulterada?»
[¶3v] Importa por razones económicas (la
comedia impresa es devaluada, porque dejando de ser nueva ya no se
representa, de modo que los teatros y luego los Hospitales pierden
los ingresos a su cargo) e importa porque hay fraude, incluso por
parte de editores de confianza, y el psicodrama se intensifica
cuando Calderón acusa de chantaje a un amigo que le aconseja
que le fíe la publicación de sus comedias que de
todos modos van a ser publicadas, quiéralo él o no.
El anti-catálogo de la Cuarta Parte tendrá su
contrapunto en las tablas de comedias verdaderas iniciadas en la
«verdadera» Quinta Parte por Vera Tassis, quien sigue
fiel a don Pedro en la persecución de las falsas y en el
amparo de las buenas.
El modelo editorial que se establece en la Primera Parte influye profundamente en las sucesivas, y, como ya he sugerido, se mantiene póstumamente en la tarea editorial de Juan de Vera Tassis, pero que no se nos pierda de vista el gran proceso que presenciamos; es la socialización de la comedia, un proceso que consiste no sólo en su transferencia desde el ambiente teatral al libro sino en cómo se involucra el texto en la actividad de múltiples agentes que dejan sus señales en el producto literario: autores de comedias, actores, impresores, compositores, libreros, sin omitir a los que compran el producto para leerlo. El mismo Calderón es plenamente consciente de este proceso al convertirlo en una forma de bibliomaquia, donde él arremete contra las fuerzas que resisten al texto autorial tirando siempre hacia un texto corrompido. Pero cuando él subraya su afán de eliminar a los agentes a quienes juzga como textualmente irresponsables -propuesta que en resumidas cuentas corre el riesgo de espejismo-, pasa por alto su misma intervención en la evolución de sus textos; si la condición textual resulta inestable en el caso de Calderón, sin duda es él uno de los principales promotores de la confusión. Gracias a la edición de La vida es sueño de José María Ruano de la Haza7, tenemos a mano una prueba terminante de la intervención masiva de Calderón en un texto ya establecido. O la edición de La vida es sueño que encabeza la Primera Parte o la de Zaragoza es el producto de una revisión extensiva. Raras veces en la bibliocrítica histórica de Calderón nos encontramos cara a cara con el fenómeno que suele caracterizar la elaboración de cualquier acto discursivo que no sea estrictamente informativo, cuya índole es indecisa, provisional. Hay casos en Tirso de Molina donde una numerosa familia de textos forman arabescos en torno a sí mismos, lo cual hace que resulte imposible el clásico estema rectilíneo de líneas de ascendencia que provienen de un solo punto8. La vida es sueño nos presenta un caso parecido. Desde la perspectiva bibliocrítica, los textos introducen una bifurcación en la transmisión de La vida es sueño que refleja precisamente la provisionalidad que entra en el proceso de la creatividad literaria. No soy partidario de la conclusión a que nos conduce Ruano, a saber, que hay un texto para ser representado y otro para ser leído, porque las acotaciones que él aduce para tal argumento forman en realidad otro paratexto muy especial. Ubicadas medio fuera y medio dentro de la obra literaria, las acotaciones en los textos impresos de comedias tienen una función más bien simbólica que real, la de señalar los orígenes históricos del género en el teatro, y son muy susceptibles de sufrir cambios por motivos materiales que pueden distar mucho de ser estéticos. No obstante, estoy plenamente de acuerdo con la implícita conclusión metodológica, que es que la crítica textual es simultáneamente crítica hermenéutica. El cotejo de los dos textos capta la provisionalidad del texto literario e inicia el importante debate intertextual.
La historia
bibliocrítica de las comedias de Calderón encierra
como palimpsesto la historia de su escritor; el libro la lleva
inscrita, pero a veces el texto se oscurece, como si el mismo
Calderón quisiese borrarse del espacio libresco.
Quizá sea su deseo de disociarse de cualquier complicidad en
la tarea lo que le lleva a insistir en el editor, personalizado en
el pariente o amigo que actúa por él, creando
así un paradigma profesional que en muchos aspectos resulta
familiar. Es cierto que el editor dedicado es una presencia
imprescindible en el legado de Calderón, y tanto Vera Tassis
como Pando y Mier van a acomodarse concienzudamente a un papel que
empezó con Joseph Calderón (Primera y Segunda Partes)
y pasó luego a Ventura de Vergara Salcedo, «mi más apasionado amigo»
(la
Tercera Parte). La excepción es la Cuarta Parte, salida en
1672, sobre cuyo paratexto se cierne algo misterioso. La portada
carece de editor y de mecenas; y en el espacio promocional se
revuelve la queja de marras: «Lleva un
prólogo del autor en que distingue las comedias, que son
verdaderamente suyas, o no»
. En los preliminares, la
ausencia del mecenas y del editor se rectifica, pero en el caso del
mecenas Calderón anula el efecto manteniéndole en la
oscuridad del anonimato y refiriéndose a él como
«un amigo ausente»
, reducido a
la soledad de sus desengaños. Y el editor no es sino el otro
amigo, sin nombrar, a quien Calderón reprende por el ya
mencionado chantaje. Las comedias de la Cuarta Parte, por muy
festivas que sean algunas, salen a la sombra de un desengaño
que proyecta un paratexto parco y sin lustre.
Con la aparición de la Cuarta Parte en 1672 (fijémonos en el largo intervalo que la separa de la Tercera), se ha aflojado el paso, se ha perdido la confianza, se adopta una actitud defensiva y como la naturaleza aborrece el vacío no es de sorprender que se le aseste el golpe más duro a Calderón cuando en 1677 se publica la Quinta Parte de la serie, que es una parte espuria. La Quinta Parte es, para Calderón, su quinta columna, el malévolo espíritu del desorden que tras años de combate se ha hecho dueño en 1677 de la condición textual. Y sin embargo, la infiltración enemiga provoca la segunda intervención radical del poeta ya setentón en la publicación de su obra. Y en esta nueva empresa, Calderón vuelve la atención a otro rico tesoro suyo, los autos sacramentales, aun a riesgo de ser saqueados a su turno.
Si bien hay un
ligero problema cronológico por resolver respecto a las
fechas exactas de la Quinta Parte y del primero y único tomo
de Autos sacramentales, alegóricos y historiales, el motivo
que mueve a Calderón a reanudar la gran obra es
efectivamente esa Quinta Parte espuria de comedias. El insulto que
ésta le ha proferido le hiere por muchas razones: él
mismo (ya no hay intermediario) advierte al Lector de los Autos
sacramentales que «no contenta la codicia
con auer impresso tantos hurtados escritos míos, como andan
sin mi permisso adocenados, y tantos como sin ser míos andan
impressos con mi nombre; ha salido agora con un libro intitulado
Quinta parte de comedias de Calderón, con tantas falsedades,
como auerse impresso en Madrid y tener puesta su impression en
Barcelona, no tener licencia, ni remission, ni del Vicario, ni del
Consejo, ni aprobación de persona conocida; y finalmente de
diez comedias que contiene, no ser las quatro mías, ni aun
ninguna pudiera decir, según están no cabales,
adulteradas, y defectuosas, bien como trasladadas a hurto para
vendidas, o compradas, de quien no pudo comprarlas y venderlas.
Este consentido abuso, que mirado a otra luz resulta en no menos
daño de terceros, que en perjuicio de veinte y seis mil
ducados al año, aplicados a Hospitales, y obras pías,
me ha puesto en recelo de que los Autos Sacramentales, que en su
festivo día se han Representado a sus Magestades y a sus
Reales Consejos de más de treinta años a esta parte,
no corran (pues no hay quien lo impida) la desecha fortuna que han
corrido las Comedias; porque siendo como son tan escrupulosos sus
assumptos, que por un término errado, o por la pluma o por
la prensa, puede passar de lo sensible del ingenio a lo intolerable
de la reputación, me ha mouido (mejor dixera me ha
forçado) a que ya que ayan de salir, salgan por lo menos
corregidos, y cabales, que para defectos bastan los míos sin
que entren a la parte los agenos...»
[7v-8r].
A pesar de su indignación, su prosa nos da una idea bastante vivida de ese mundo libresco tan antitético al ideal suyo y tan subversivo: donde salen textos maltrechos de las manos de copistas e impresores, donde circulan en docenas sus propios textos hurtados en íntima promiscuidad con otros no suyos pero en su nombre, donde todo está a la merced de un mercado negro y subrepticio, y donde el delincuente principal es esa falsa Quinta Parte, carente de credenciales legales, intelectuales y textuales. Otra vez, Calderón acude en defensa de la calidad y la reputación, la una corroborada por el respetable público que asistía a los autos sacramentales (muy selectivo y selecto, ya que Calderón menciona la asistencia real y la de los Consejos de Estado, eliminando a los plebeyos, etc.) y la otra corroborada por el ingenio con el que trazó tan escrupulosamente sus argumentos. El paratexto vuelve a establecer las conocidas coordinadas del dualismo que caracteriza, según Calderón, la condición textual.
Calderón
saca a luz la Primera Parte de autos en su propio nombre, como
autor y editor. «[En un marco de
líneas y orlas] [rojo] AVTOS | SACRAMENTALES, | ALEGORICOS,
Y HISTORIALES | DEDICADOS | A | CHRISTO | SENOR NVESTRO |
SACRAMENTADO. | COMPVESTOS | POR DON PEDRO CALDERON | de la Barca,
Cauallero de la Orden de Santiago, Capellan de Honor de su
Magestad, y de los Señores Reyes Nueuos | de la Santa
Iglesia de Toledo. | PRIMERA PARTE. | [Cruz de Santiago] | En
Madrid, [negro] En la Imprenta Imperial, [rojo] Por Ioseph
Fernandez | de Buendia, Año de 1677. [negro] Y à su
costa, [rojo] Véndese en su casa | en la calle del Duque de
Alva»
. Los propios títulos honoríficos de
don Pedro ofrecen el tipo de condecoración que solía
adornar la portada. La cruz enfatiza su rango de caballero de la
Orden de Santiago, además de cumplir otra función
semiótica que estará bien clara cuando lleguemos a la
dedicatoria escrita. Volviendo la página, tenemos en el
anverso de una hoja inserta el retrato de Calderón como
caballero de Santiago, grabado por el escultor del Rey. El retrato
lleva como mote una cita bíblica: «Quid Retribuam Domino, Pro Omnibus quae retribuit
mihi?»
. Y no son el texto y la gráfica las
únicas muestras de un determinado aserto de control autorial
y editorial, sino la tipografía también, que adopta
un rasgo propio de libros de alto prestigio, costosos, a lo mejor
de temas sagrados, que consiste en imprimir la portada en dos
tintas, una roja y otra negra. Esto último puede ser que
Calderón lo haya tomado prestado de una de las armas
ofensivas de esa falsa Quinta Parte de Barcelona, cuya portada luce
también un precioso marco de orlas rojas y negras y un texto
llamativo en dos tintas. No es que un paratexto tan rico en signos
sociales carezca de dedicatoria. Ésta tiene página
aparte, intitulada «A Cristo sacramentado» y una glosa
sobre el mote bíblico que transforma la entrega del libro al
mecenas en una elegante agudeza espiritual: el libro es una deuda
que se paga, un sacrificio que el autor hace en agradecimiento a
Cristo ante el altar, un sacrificio que tiene en su interior
(«en su Tema» como reza la glosa) el sacrificio
original que es la causa del agradecimiento. Así que el
libro adquiere una suerte de función sacramental, signo
exterior de una realidad interior mediada por el escritor/editor
sacerdote. En sus parámetros sociales y espirituales, el
paratexto en su conjunto representa una estrategia cuidadosamente
elaborada para legitimar, salvaguardar y hasta consagrar (usando el
verbo con su asociación sacerdotal) la textualidad de don
Pedro.
No es decir que el
mismo dramaturgo no se arrogue el derecho a introducir una vez
más el demonio de la confusión. Esta vez la prueba se
encuentra en el Ms 1/ 1 y
Ms 1/ 2 del Archivo Municipal, que
han consultado recientemente Ignacio Arellano, José
María Ruano de la Haza, y Don Cruickshank entre otros (los
tres forman ahora parte del llamado por Genette «metatexto»
). Todos concuerdan en que
son autógrafos. Pero supongamos como hipótesis que el
texto según la edición de Pando y Mier proviene de
los autos originales almacenados en los estantes de su dueño
corporativo, el Ayuntamiento de Madrid. Al cotejar los textos en
Pando y en el autógrafo, el resultado vuelve a situarnos
ante el fenómeno del texto provisional; Calderón no
se contenta con trasladar con un esmero muy evidente sus propios
textos sino que los somete a una reescritura minuciosa, que no
sólo cambia el texto sustancialmente sino que incurre en
errores muy evidentes. A nadie le debiera extrañar el
proceso ya que confirma que el texto acabado desde su
concepción, nacido como Minerva de la cabeza de Jove, es un
ensueño que no cuadra con la realidad escritorial. Al
contrario, el mismo escritor es un agente principal entre muchos en
la inestabilidad de sus propios textos, la cual caracteriza su
precario avance por el proceso nunca acabado de su
socialización.
En muchos aspectos, Pando y Mier vio claramente la maniobra editorial ejecutada por el maestro en la edición impresa por Buendía (1677). Como todos sabemos, el Ayuntamiento había cedido a un socio de Pando el derecho a imprimir los autos, consciente de que desde los estantes de la Corporación había un escape continuo de traslados no autorizados. Pando se mantuvo fiel a la semiótica y por lo tanto al espíritu del modelo de 1677. De los seis tomos que forman la edición, el primero tiene al principio una hoja grabada en la que aparecen la custodia y el retrato de Pedro Calderón. El libro adquiere así el valor de un objeto cuasi-devocional y hace que su autor, colocado dentro de la misma arquitectura gráfica, tenga una relación muy especial con el misterio eucarístico. La portada confirma no sólo los méritos sociales y el estatus literario de don Pedro sino también lo fidedignos que son sus textos, ya que están sacados de su legítima estancia, el Archivo de la Villa. La portada, en su estado perfecto, luce dos tintas, una roja y la otra negra. Todo evidencia que el libro, por lo menos en su forma prístina, se ha convertido en un objeto perfecto, una custodia de textos digna de tan insigne autor. Éste es el modelo que se transmitirá no sólo a futuras ediciones como la de Apontes sino que en una variación extraña de trascendencia textual este modelo será el objeto de imitación en ediciones cuidadosamente escritas a mano, muestras esmeradas y muy deliberadas, creo yo, de una artesanía que predata la producción en serie representada por el libro.
El legado de don Juan de Vera Tassis y el de don Pedro de Pando y Mier es determinado por la herencia que ambos reciben de Calderón. Ésta es la conclusión principal a la que llego: el futuro que los dos editores aseguran para los textos de Calderón es condicionado por el pasado que él mismo fraguó en la prolongada lucha que mantuvo con la materia literaria que se resistía a plasmarse en formas ideales. Fue él quien creó a su medida el papel de editor, fiel a su empresa. Su empresa consistía en enaltecer y pulir su obra en su elevación al libro, garantizándole una preeminencia en las primeras filas de la literatura nacional. Las partes de Vera Tassis y sus sucesores son un testimonio duradero del éxito de la estrategia ideada por Calderón. Los tomos de Pando y Mier y sus sucesores ofrecen un caso muy parecido. Ambos influyen profundamente en la formación y percepción de un Calderón clásico y canónico9.
- COTARELO Y MORI, E., Ensayo sobre la vida y obras de Don Pedro Calderón de la Barca, Parte primera, Madrid, 1924.
- ELLIOTT, J. H. y PEÑA, J. F. de la, Memoriales y Cartas del Conde Duque de Olivares, Madrid, Alfaguara, 1981.
- GENETTE, G., Paratexts: Thresholds of interpretation, trad. J. E. Lewin, Cambridge University Press, 1997.
- La primera versión de La vida es sueño de Calderón, ed. crítica de J. M. Ruano de la Haza, Liverpool, Liverpool University Press, 1992.
- McGANN, J. J., The Textual Condition, Princetown University Press, 1991.
- PATERSON, A. K. G., «Trasmisión tirsiana: peripecias textuales de Tirso», en Varia lección de Tirso de Molina, ed. I. Arellano y B. Oteiza, Pamplona-Madrid, Instituto de Estudios Tirsianos, 2000, pp. 129-42.
- ——, «¿Quién esta canción te ha dado / que tristemente has cantado?», Edad de Oro, 7, 1988, pp. 129-42.