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La mujer médico

Concepción Gimeno de Flaquer





Consideramos a la mujer dotada de excelentes condiciones para dedicarse a la ciencia médica. Su paciencia, su dulzura y su simpático aspecto, la hacen muy a propósito para consagrarse a curar las enfermedades de su sexo.

No creáis que es invención moderna el ejercicio de la medicina fiado a las mujeres. Si consultáis las mitologías antiguas, veréis que Isis entre los egipcios; Lucina, Medea y Circe entre los griegos, poseían la ciencia de Esculapio, y se servían de ella para prolongar la vida de los mortales.

En la época de la Helena griega muchas mujeres distinguidas se consagraron a investigar los secretos de las plantas para curar a los guerreros. Las mujeres de Argos estudiaban botánica, y tenían completos herbarios.

En Constantinopla la célebre Nicarates convirtió su casa en laboratorio, pues dedicada a cuidar a los pobres, no solo recetaba, sino que preparaba las drogas.

Las mujeres druidas sobresalieron en el arte de curar de tal modo, que la superstición llegó a atribuirles el arte de curar lo incurable. La historia nos refiere que una carta real de 1250, concede una pensión diaria a una mujer que a título de médico real había acompañado a Luis IX y su familia a la Cruzada.

Los hebreos y los egipcios poseían comadronas, y en uno de los libros del Antiguo Testamento, en el Éxodo, encontraréis a Pucha y Sciphia salvando con sus conocimientos médicos a gran número de niños condenados por Faraón a la muerte. Plinio y Galeno nos han revelado también que en sus tiempos las mujeres ejercían la medicina. Una mujer curó a San Juan Crisóstomo una enfermedad del estómago.

En la famosa escuela de Salerno desempeñaban las mujeres un gran papel.

Por los servicios prestados por Agnodice, permitió el Tribunal de Atenas que las mujeres ejercieran la medicina, y sobre todo la obstetricia.

Ildegarda de Bingeu, la cual fue canonizada, distinguiose por sus conocimientos en medicina; y en Francia no adquirieron menos renombre Radegunda, Santa Edwigis, esposa de Enrique el Barbudo, y Santa Isabel de Hungría.

La marquesa de Sèvigné, tan elegante literata como madre distinguida, recomienda un libro de la Sra. de Fouquet, acerca de los remedios caseros más necesarios en los primeros momentos, mientras se avisa al médico.

Muchas mujeres han escrito acerca de higiene, ciencia utilísima que enseña a precaver, a evitar. Con una perfecta higiene bien observada, rara vez necesitaríamos a los médicos. Todavía no se ha dado a la higiene la importancia que merece.

Entre los romances de la Edad Media vemos a las castellanas poetizadas por los bardos, tomando parte activa en la ciencia de curar. Ponían apósitos en las heridas de los caballeros que se batían por ellas, y hasta curaban a sus pajes y siervos. Esto en la Edad Media, que ha sido una época de gran atraso para la mujer. La baronesa de Rabulini Chantal curó a muchos pobres.

Madame Glapion sobresalió en medicina.

Voltaire decía en una carta a Madame de Deffaut: «Mis dos ojos han sido dos úlceras durante cerca de tres años, hasta que una buena mujer me ha curado, consiguiendo lo que intentaron célebres doctores sin ningún éxito».

Oliva Sabuco de Nantes, erudita española que floreció en el siglo XVI, publicó un libro muy importante sobre anatomía.

En Francia, hasta el siglo XVII, la obstetricia fue un ramo de la medicina ejercido por las mujeres; pero en la época de Luis XIV, el hábil quirurgo Julien Clement empezó a ejercer ese arte con gran éxito; se puso en moda y tras él lo ejercieron algunos médicos.

La erudita Sra. Pilar Jáuregui, discípula del renombrado Dr. Mirelle, que se consagra cual su esposa a la enseñanza tocológica, dice lo siguiente acerca de las grandes ventajas que reporta el que la mujer sea asistida por la mujer en esas enfermedades en que la paciente sufre más que física moralmente, al sentir herido su pudor por la mirada del doctor:

«Los numerosos casos que en mi humilde experiencia he tenido la satisfacción de ver dichosamente coronados del mejor éxito, me han dado a conocer cuánto influye en el ánimo de la mujer que otra la asista en uno de los actos de más riesgo de la vida; y esta influencia, que es innegable, exige que la matrona posea extensos conocimientos tocológicos y que sea afable, cariñosa, de espíritu levantado y de inquebrantable energía. Su paciencia debe ser ejemplar, su tacto muy delicado, su estudio constante.

La práctica me ha hecho apreciar más y más lo útiles que son las matronas, las penas que endulzan y las lágrimas que enjugan, los secretos de suma reserva que se depositan en su alma, historias íntimas y que las más veces ponen de manifiesto los pesares que amargan la vida de la mujer, tan llena de contrariedades.

Séame, pues, permitido lisonjearme de la importancia que la ciencia médica adquiere con la institución de profesoras de obstetricia».



Actualmente ha empezado a tomar incremento el movimiento científico entre las mujeres en países adelantados, tales como los Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra.

En Londres hace algunos años que un gran número de señoras reclamó el derecho de seguir los cursos de medicina en los hospitales. Hoy existen cuarenta alumnas de medicina, costando el sostenimiento de la escuela unos cincuenta mil francos, que se reúnen con el producto de suscripciones y donativos.

Hasta en la India hay mujeres consagradas a la ciencia de Hipócrates. En Bombay se han reunido por suscrición cuarenta mil rupias para sufragar los gastos del primer establecimiento de señoras, provistas de título para ejercer el arte de curar.

Hará dos años conocimos en Barcelona a una hija de un farmacéutico, que era escritora y médico.

En todas épocas ha habido mujeres eminentes capaces de demostrar que nuestra inteligencia es igual a la del hombre. En la época de Isabel de Inglaterra, tan gloriosa para las letras, se distinguieron muchas mujeres en las ciencias y las artes. La misma reina comentó a Platón y tradujo a Eurípides, Isócrates y Horacio. Uno de sus críticos dice: «Leía más latín en un día que algunos prebendados en una semana». Harrizon añade: «El que iba a la corte hallaba por todas partes libros y oía controversias literarias; de modo que aquello parecía más bien una academia que el santuario de la política y de la diplomacia».

La nunca bastante célebre Madame Dacier se ocupó de diferentes ciencias: escribía libros ingeniosos en unión de su marido; pero Boileau, al juzgar a los dos, exclama: «Las obras de verdadero talento son de ella». Madame Dacier se hallaba más versada que el compañero de su vida en latín, griego y antigüedades; pero no le hizo sentir nunca su superioridad. ¡Cuán encantadora es una mujer ilustrada y modesta!

Una mujer ilustrada necesita ser muy humilde para que no la denominen pedante.

¡Sed estudiosas y modestas, lectoras mías!

¡Haced simpático el tipo de la mujer médico!

No olvidéis que para ser madres perfectas necesitáis saber algunas nociones de medicina.

¡Qué hermoso debe ser el que una mujer pueda curar las enfermedades de su sexo!

¡Qué gran manera de introducir en la medicina el pudor!

¡Velemos por el pudor de nuestro sexo!





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