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La mujer en nuestros días

Concepción Gimeno de Flaquer





El siglo XIX, que puede estar orgulloso de sus asombrosos inventos y de sus utilísimos descubrimientos, podrá vanagloriarse con justa razón de ser el siglo que más ha enaltecido a la mujer, de ser el siglo que más ha hecho en favor suyo, y el que de buen grado le ha cedido un puesto más o menos importante en el banquete universal.

Siglo de las mujeres será denominado por la historia nuestro siglo, pues aunque en él no lo hayamos alcanzado todo, se ha hecho lo más importante, que ha sido destruir absurdas preocupaciones y esparcir con prodigalidad una semilla de progreso que ha de dar hermosos frutos en épocas nada lejanas.

Instruir a la mujer, es educar las generaciones venideras; esta frase se había repetido mil veces sin haberle dado aplicación: nuestro siglo la ha sancionado y ha hecho de ella un axioma.

Si todavía hay oscurantistas y retrógrados que desean a la mujer sumida en la ignorancia, pocos, muy pocos se atreven a proclamar en público tales ideas. Los neos aman las tinieblas, porque sus débiles pupilas no pueden soportar la luz de una alborada.

Nuestro siglo ha glorificado el trabajo, ha anatematizado la punible ociosidad de los señores feudales, y como la mujer es compañera inseparable del hombre, debe asociarse a este en todas las innovaciones provechosas. La mujer no puede ser en el presente siglo un ídolo mecánico adorado sistemáticamente; debe ser una diosa reverenciada por sus méritos reales. Para que el hastío no envenene las horas de la vida de la mujer, es preciso que esta rinda culto a la religión del trabajo, y para trabajar necesita instrucción. El siglo XIX lo ha comprendido, y por eso ha abierto para la mujer las puertas del saber, que tan herméticamente le habían cerrado otros siglos.

Bajo el nombre de «Liceo Victoria», nombre de la princesa que lo inauguró, existe en Berlín, un templo consagrado a la instrucción del bello sexo. En Lieste se ha abierto un instituto superior para las mujeres.

La facultad de medicina de Montpellier concedió, principios de este siglo, el título de oficial de sanidad a Madame Castanier.

En los Estados Unidos ha brillado en Medicina la Srta. Blackwell. En dicho país hay seis Academias de Higiene y Fisiología dirigidas por mujeres eminentes, y muy concurridas por las obreras. La Srta. Hunt ha ganado una medalla de oro, como médico de mujeres y niños. En los hospitales de New York las enfermas están asistidas por mujeres, las cuales hacen, cuando es necesario, hasta operaciones quirúrgicas.

En 1869 el Instituto de Boston recibió entre sus socios a la Srta. Jackson, que se ha distinguido mucho en la ciencia de Hipócrates.

Suiza, Francia, Rusia e Inglaterra, han repartido muchos títulos de médico entre mujeres notables, por sus conocimientos en el arte de curar.

La Facultad de París ha admitido en su seno a Miss Putuam, ya doctora en Filadelfia.

En Prusia, Suecia, Dinamarca, Hungría, Londres y Berlín, hay numerosas escuelas mixtas, en donde los dos sexos reciben instrucción.

En San Petersburgo, una junta de damas ha pedido la participación de las mujeres en el profesorado, para la enseñanza histórica, científica, y filológica. Stuart Mill, el valeroso defensor del derecho y del deber social, apoyó la petición de las damas, pronunciando estas palabras:

«El igual acceso de los dos sexos a la cultura intelectual, importa no solo a las mujeres, lo cual sería ya una recomendación suficiente, sino también a la civilización universal. Estoy profundamente convencido de que el progreso moral e intelectual del sexo masculino se halla en gran peligro de detenerse y hasta de retroceder, si el bello sexo no sigue su marcha».



En las oficinas del Banco de Francia han admitido hace algunos años más de cien señoras, las cuales se ocupan en inutilizar billetes, en arrancar cupones, etc., etc. El Banco les da sueldos decentes que las libran de la penuria y de la desesperante aguja, que acaba con la vida de la costurera sin salvarla de la miseria. Las empleadas de dicho Banco comienzan ganando tres pesetas diarias, y pueden llegar a obtener cuatrocientos pesos anuales. Además, ha creado el Banco una caja de ahorros para poder dar una especie de cesantía a las enfermas o ancianas que no sirvan para el trabajo. ¡Bendita sea la luz del progreso!

La duquesa viuda de Medinaceli, esa graciosa mujer que cuenta 53 años de edad, y que posee todos los encantos de la juventud, ofrece a la sociedad madrileña, un tanto frívola, el espectáculo de su amor a lo útil, presidiendo una sociedad de agricultores. La duquesa Medinaceli, que es muy inteligente, dirige a los labradores de sus haciendas con acertadas observaciones.

Sus pinares le producen grandes rentas debidas a la resina recolectada bajo su vigilancia. Frecuentemente recibe visitas de importantes agricultores que van a proponerle proyectos o a participarle descubrimientos de gran trascendencia. La duquesa a que me refiero, posee la aristocracia de la hermosura, la del talento y la de la sangre. Solo ella y la duquesa de la Torre conocen, cual Ninon de Lenclos, el secreto de no envejecer. El tiempo, enamorado de esas dos famosas hermosuras, plegó sus alas ante, ellas y rompió su rueda, ofreciéndolas estar siempre encadenado a sus pies.

Mas esta digresión me separa de cuestiones más serias que había empezado a tratar.

Insisto en que este siglo es favorable cual pocos a la causa de la mujer: él romperá todas las cadenas de su esclavitud moral, dándole empleos y ocupaciones lucrativas que la libren del doloroso sacrificio de entregar su mano al hombre que no ama para defenderse de miseria.

Hasta en México, donde la mujer no había estado asociada al movimiento intelectual, está despertando hoy de su marasmo.

La Srta. Montoya acaba de examinarse de tercer año de medicina, haciendo un examen muy brillante. Muchas señoritas mexicanas pertenecientes a las clases más opulentas, adquieren un título, que en cualquiera circunstancia adversa puede permitirlas entrar en la honrosa clase del profesorado. Nunca había sido porque la mujer no le había dado el poderoso impulso de su valiosa influencia. De nada servía que el hombre caminase hacia adelante, si la mujer quedaba en la retrogradación. Si el sexo masculino busca con afán la luz y la mujer la rechaza, queda la mitad de la humanidad en tinieblas.

No, no ha debido mirarse nunca con indiferencia la ilustración de la mujer, porque el bello sexo representa una importantísima parte del género humano.

Felicitémonos de que la mujer mexicana haya comprendido en nuestros días que puede llevar su contingente a la gran obra del progreso.

Sabemos que algunas mexicanas están estudiando telegrafía, teneduría de libros, artes y oficios, aplicando su inteligencia a diversas industrias.

Una nueva industria se está planteando en México, y en ella van a utilizar los servicios de la mujer. Refiérome la industria de la seda, que exige cuidados minuciosos y de gran delicadeza. Para esta industria aventaja la mujer al hombre, pues la mano de la mujer es más flexible, más suave, más blanda y fina.

Colaboremos con el hombre en todas las empresas a que alcancen nuestras fuerzas, y ya que el siglo XIX es tan protector nuestro, coadyuvemos a la gran obra de la regeneración social, esmerémonos en hacer ilustre por nuestra propia cuenta, al siglo que tan favorable es a la mujer, al glorioso siglo XIX.





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