La madre
Concepción Gimeno de Flaquer
¡Madre! Nombre bendito, tierno cual el suspiro del aurora, dulce como la felicidad; nombre que llevamos .escrito en el alma con caracteres indelebles, nombre que no disipa la distancia, que no se pierde en la ventura, que no desaparece en medio de las fuertes conmociones del dolor o el placer.
¡Madre! Palabra mágica, cuyo eco penetra en todos los corazones; palabra que encierra un poema de sacrificios y amor.
Por eso se ha dicho con tanta verdad como elocuencia: «Nada hay en el mundo superior a una mujer, como no sea una madre».
La madre es el faro que nos ilumina en las densas nebulosidades de la vida.
La madre es el eslabón primero de esa interminable cadena llamada sociedad: el ángel que vela nuestros sueños infantiles, la que recoge nuestro primer aliento, la que recoge nuestro primer suspiro y la que imprime en nuestros labios el primer beso de amor.
La madre cifra toda su dicha en la ventura de sus hijos; la madre corre un tupido velo sobre su pasado, se olvida de su presente y no tiene otro porvenir que el de sus hijos, con los cuales ríe si gozan, y padece dolores acerbos si los sufren ellos.
La madre no tiene otro febril deseo que el placer y la gloria de sus hijos. Ella ejerce dignamente su augusto sacerdocio; ella, desde el momento en que enseña a su hijo a balbucir el nombre de su padre, procura sembrar en su corazón la semilla del bien y la virtud. El corazón de la madre es la pira inextinguible del amor, el manantial de los sentimientos elevados, el raudal de la ternura y el foco de las grandes ideas.
¡Sacrificio y abnegación! He aquí sintetizada la historia de la buena madre.
La madre expresa el ideal del amor divino descendido al corazón de la mujer. Toda la poesía del hogar está reconcentrada en la madre.
El alma de la madre es una égloga, su corazón un idilio, su mirada un poema, su palabra una balada de amor.
¡Cuan dulces son los acentos de una madre cuando estos salen de su alma, lira hermosa que parece pulsada por ángeles y serafines! Al lado de una madre virtuosa se aspira un ambiente de pureza y santidad, célico y suave cual la fragancia de la más arrobadora ilusión. La madre es nuestro genio tutelar, nuestro mentor y el ángel que cierne sus invisibles alas sobre nuestras frentes. La madre es un oasis en los desiertos de la vida.
El aturdido y el despreocupado, el indiferente y el libertino, sienten redoblar el latido de su corazón al recordar el nombre de la mujer que les dio el ser.
La madre es en la tierra una enviada, una mensajera del paraíso para llevarnos a él. La madre es la gran influencia del universo, porque sobre sus rodillas se forma la sociedad. Las épocas en que más genios han florecido, han sido las épocas en que han brillado mejores madres. No ha muchos días nos decía un hombre muy distinguido y de clara inteligencia: «Mis sentimientos nobles, la pureza de mis ideas, la inmaculada inocencia de mi corazón y mi caballerosidad, los debo a mi madre; a mi madre que me inoculó las ideas de lo bello, que es lo bueno; a mi madre, que me perfeccionó con su delicado cincel. El recuerdo de mi madre embalsama constantemente mi alma, y no soy capaz de cometer una acción mala, porque me arrullan siempre sus palabras».
Hemos referido esto, porque las frases de un hombre honrado debieran grabarse en oro en el templo de la inmortalidad.
Las lágrimas que asomaban a los ojos de nuestro buen amigo, al hablar de su madre con tierno éxtasis, eran perlas desprendidas de la diadema de su alma. ¡Madres! El cetro del mundo os pertenece: vuestro porvenir aparece radiante y esplendoroso; ilimitado el panorama de vuestras prerrogativas. Ya que las modernas sociedades han sacado a la mujer de su abyección, para erigirle un suntuoso y elevado pedestal, corresponded a la dignidad de los principios proclamados en esta era culta y civilizadora.
La mujer está destinada a ser la gran figura de la humanidad: ¡madre! Y para educar la mujer el alma de su hijo, para desenvolver en su corazón los sentimientos elevados, tiene que conocer la ley de justicia a que todas las cosas deben estar encadenadas.
La importancia de la mujer en la vida moral, y en la física, es grande, inmensa, inconmensurable.
Dice Schiller: «Honrad a las mujeres; ellas cubren de rosas celestes el camino de nuestra vida; ellas forman los nudos afortunados del amor, y bajo el púdico velo de las gracias alimentan la flor inmortal de los buenos sentimientos».
La gran idea que hoy debe agitar a la humanidad, es educar a la mujer para madre, porque la mujer necesita cultivar el alma de su hijo, desenvolviendo en su corazón los sentimientos puros y generosos, y la madre no podrá inspirar la virtud y el heroísmo si no ha recibido una educación levantada.
Daniel Stern ha dicho: «Los deberes de la maternidad son compatibles con las grandes ideas, mientras que no podrían amalgamarse con los gustos frívolos. Una mujer en el momento que lacta a su hijo, puede soñar con Platón y meditar con Descartes; y por eso bueno será su humor, y no se alterarán las cualidades de su leche; pero la que se adorna, se acicala, vela, baila, intriga, se irritará, se marchitará su seno, y el hijo sufrirá. ¿Por qué, pues, los hombres rechazan tan duramente a la mujer filósofo, y sufren con tanta complacencia a la coqueta?»
«El porvenir de una criatura es casi siempre obra de su madre», decía Napoleón I, y esto aserto es muy verídico, porque las ideas que la madre inculca al niño, son las que vierte el hombre en la plaza pública.
Después de afirmar el tierno Lamartine que debe su genio a su madre, añade: «La mirada de nuestra madre es una parte de su alma que penetra en nosotros por nuestros propios ojos. Mi alegría ha dependido siempre de los ojos de mi madre, de su dulce y angelical sonrisa. Nada le ha sido más fácil que mi educación: llevaba las riendas de mi corazón en el suyo. Ella no pedía más que bondad y yo era bueno, sin ninguna violencia, porque me inspiraba la idea de lo bueno hasta el heroísmo. Como mi alma no respiraba más que bondad, no podía producir otra cosa. Mi pensamiento, siempre en comunicación con mi madre, puede decirse que se desenvolvía en el suyo. El sistema de mi madre para conmigo no era arte, era amor».
¡Cuánta ternura revelan las anteriores frases!
No es extraño que Lamartine fuera tan grande, modelado por una mujer sublime...
La dicha de las futuras generaciones debe esperarse de la mujer, la mujer está llamada a enarbolar la bandera del progreso. La mujer ha de transformar la faz moral del universo, porque la educación que ella da a sus hijos no ha de tener por objeto (como hasta hoy) reproducir indefinidamente en las generaciones futuras los errores de las generaciones pasadas, alimentando necias preocupaciones, vulgares trivialidades, debilidades pueriles y ridículos absurdos.
La mujer debe desenvolver a su hijo la razón dejándole libre la conciencia.
Es preciso conceder libertad, para matar la hipocresía.
¡No obligues a un niño a que mienta si no queréis hacerlo ruin!
Inspirad a una criatura en todo lo noble y justo, enseñadle por oración el deber y por religión la moral, mostradle por premio y castigo el fallo de su conciencia, y en todas sus acciones observareis la más severa rectitud.
Hacer que se practique el bien, no por temor, sino por placer, y obtendréis mejores resultados; pues si despertáis la idea de hacer el bien por otro mayor, hacéis nacer la semilla del egoísmo, y esta da siempre nocivos frutos.
No hay misión más elevada para una mujer que la de madre, si la llena cumplidamente. La aureola de la maternidad es la mejor diadema.
No existe vejez para la buena madre: deja de ser bella sin pesar, al ver que su hija comienza a serlo; la abnegación de su amor le ofrece más goce por los triunfos de su hija que por los suyos.
Una mujer coqueta cesa de serlo al estrechar en sus brazos al ser que vive de su vida: se desprende de cuanto tiene relación consigo misma, y no piensa más que en adornar al ángel que llena completamente su alma.
¡Cuan conmovedor es ver en la India a una madre con su hijo exánime en los brazos, queriendo embellecer la muerte y prodigándole tantos cuidados como a la vida!
Las mujeres de esos países, cuando ven a sus hijos helados por el soplo de la muerte, eligen un arco cubierto de flores encarnadas y festoneado de guirnaldas de apio que exhalan suave fragancia, entrelazan las ramas y forman una cuna flotante, en la cual colocan con delicadeza los despojos queridos de la inocencia.
En estas aéreas y fantásticas tumbas, penetrados los cuerpos de las sustancias etéreas, sepultados entre espesas hojas y olorosas flores, refrescadas por el rocío y embalsamadas por brisas perfumadas, se ven columpiados por los vientecillos los restos infantiles tal vez en las mismas ramas en que el ruiseñor ha hecho oír su doliente melodía, o donde ha colgado su nido la paloma.
¡Que tiernas y poéticas son estas costumbres indianas! ¡Felices las buenas madres!
Un hombre célebre paseaba una tarde con una dama en la elegante carretela de esta, y le manifestó a la distinguida señora su deseo de visitar el cementerio, en su compañía: la señora, fina y complaciente, accedió a esta petición. Llegaron a la tranquila morada de los muertos, se apearon del carruaje, recorrieron las más soberbias galerías donde se hacía alarde de opulencia, y concluyeron su fúnebre gira en una sombría plazoleta de cipreses: en el más oscuro rincón de esta se alzaba una modesta lápida blanca, casi cubierta de hiedra. La curiosidad le hizo separar a la dama las hojas que cubrían una negra inscripción, y al leerla, quedó grave y pensativa, perdiendo la sonrisa que jugueteaba en sus carmíneos labios constantemente. Había leído en la inscripción: ¡Duerme en paz, madre mía! ¡Tu hijo copiará tus virtudes!
Aquella señora que no había pensado más que en derrotar a sus rivales; aquella señora que aspiraba de continuo la atmósfera del aplauso, tuvo envidia de la pobre muerta que había inspirado la inscripción.
Desde entonces abandonó la vida de salón, y se consagró a la educación de sus hijos, anhelando merecer la sencilla frase que tanto la impresionó.
Ha pocas noches, hojeando un libro de poesías, encontré en una preciosa oda a su madre, los siguientes versos de un poeta muy inspirado, que pudiéramos apellidarle moderno Coriolano del amor filial:
| «Para mí, ¡qué fuera el mundo | |||
| sin tu sombra y sin tus besos, | |||
| sin los dulces embelesos | |||
| de tu cariño profundo! | |||
| ¿Qué fuera? Dolor profundo | |||
| en otros nuevos dolores; | |||
| manantial de sinsabores | |||
| y de padecer contino; | |||
| largo y medroso camino | |||
| sin luz, sin aire, sin flores. | |||
| Madre, flor de rica esencia | |||
| que dios concederme quiso, | |||
| puerto que feliz diviso | |||
| en el mar de mi existencia; | |||
| nunca, nunca la conciencia | |||
| por ti me grite ofendida; | |||
| nunca dolorosa herida | |||
| por mí tu pecho taladre, | |||
| que al que le falte una madre | |||
| debe faltarle la vida». |
¡Oh madres, de vosotras es el reino de la tierra!
Tenéis conquistada vuestra libertad, y en ella vuestros derechos.
Podéis practicar lo que os dicte vuestro corazón, sin barrera alguna; podéis obrar obedeciendo vuestros impulsos sublimes; podéis purificar las costumbres y levantar las ideas, pues sois fuertes por medio de vuestro amor.