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La lengua libre en la boca

Sergio Ramírez





La libertad de expresión es parte del tejido vivo -huesos, piel, nervios- del sentido general de la libertad, y anoto la necesidad de la redundancia. La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por libertad así como por la honra, se puede aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres, dice don Quijote cuando viene de abandonar junto a su escudero Sancho los dominios del duque, ejemplo cabal este personaje de la corte de los abusos y las insensibilidades del poder.

Es una frase esa de don Quijote mil veces repetida. La filosofía verdaderamente ética es la filosofía de la libertad, y ya Cervantes lo había aprendido de otro trasgresor, Erasmo, quien había escrito, con humor y alegría, el primer elogio de la locura un siglo atrás. El Quijote no es sino un nuevo elogio de la locura, donde al humor se suma la pesadumbre, y alegría y melancolía se dan la mano, pero signadas por la libertad.

Para Erasmo no hay humanismo sin tolerancia, y son los intolerantes, dueños de la verdad absoluta, los que siempre acusan de herejes a quienes no piensan igual. «Hay asuntos sobre los cuales es más sabio permanecer en la duda... antes que proclamar verdades», nos dice. El poder que quiere meter en cintura la libertad de palabra, parte de la creencia absoluta de que lo sabe todo, sabe la que conviene a los demás, y olvida la regla de la duda, que es la regla de la tolerancia, y olvida la regla de Sócrates: saber nada más que no se sabe nada más.

La libertad de palabra es sustancial a la mutabilidad del pensamiento como herramienta de la mutabilidad del espíritu. La lengua libre en la boca es lo que define la edad de la razón, que comienza con Giordano Bruno quemado en la hoguera, y se extiende hasta Voltaire, perseguido por las monarquías y retirado en Ferney, a un paso de la raya fronteriza de Francia con Ginebra, listo a huir de la policía política del rey Luis XV, que no le daba tregua. Entre los dos, una sola edad de renacimiento ilustrado, o ilustración renacentista. Una sola edad de las luces, y de la razón, y de la duda, contra todas las imposiciones del silencio, de la censura, de las verdades teologales, de la autoridad emanada de las tinieblas.

Quien busca regular, o dominar, o recortar la libertad de palabra, niega la duda, y se atiene a las certezas oficiales. De la tragedia, a la comedia. «Comprendo que la duda no es un estado muy agradable pero la seguridad es un estado ridículo», dice Voltaire. Y la premisa revivida de Montaigne: «¿Qué sé yo?», se alza en contra de la petulancia de la otra, «¡qué no sabré yo!». ¡Qué no podré ordenar yo!. Cuando se llega a ser dueño de la verdad absoluta, el mundo se detiene en la locura de las ausencias, como temía Erasmo.

En esta entrada del nuevo siglo, la lucha entre el dogma y la libertad de pensamiento sigue pendiente. Los temores sobre la verdad absoluta son más modernos que nunca cuando todas las preguntas de la filosofía regresan a buscar el verdadero sentido del humanismo, que es el ser humano, soterrado antes bajo el culto del estado, después bajo el culto del mercado, y ahora, otra vez, amenazado por la resurrección de los proyectos mesiánicos que apartan todo a su paso depredador. Tomismo contra humanismo, ideología contra razón, verdad sabida contra verdad por aprender. Es lo que afirma mi maestro Mariano Fiallos Gil en su ensayo El humanismo beligerante (1958): «si de acuerdo a Protágoras el hombre es la medida de todas las cosas, eso significa que en todo hombre varía el criterio de la verdad. La verdad que es relativa y variable, según las circunstancias, y el tiempo y el espacio en que se está colocado».

Hay en la historia, de acuerdo a los momentos dados, verdades insurgentes que se oponen a las verdades establecidas. Es cuando las utopías triunfantes reclaman todas las respuestas y dejan vacías las preguntas, y se impone la razón del ideal, más que el ideal de la razón. Es lo que ocurre al triunfo de las revoluciones. La polaridad entre la utopía llena de gracia, versus la realidad llena de defectos, elimina la escogencia múltiple; y entonces la verdad insurgente adquiere poder transformador al amparo de la utopía triunfante, y al volverse verdad dominante se convierten en verdad absoluta. El mundo en llamas es una verdad, por sí misma intolerante. Pero de todas maneras, se trata de un fulgor precario. Cuando los fuegos del primer momento de una revolución se apagan, se apaga también el prestigio de la intolerancia, y todo se vuelve luego un juego burocrático en el que los antiguos ardores son sustituidos por los trámites.

En aquel primer momento, la certeza desprecia la duda, que pierde la naturaleza dialéctica de prueba y error que Protágoras le da. La duda es vista entonces no como método de la razón, o sentido de la razón, sino como vacilación cobarde. Pero sólo ocurre con las revoluciones, no hay otro contexto en que la duda pueda ser abolida. Son fenómenos excepcionales, que se van y no vuelven nunca, o regresan muy de cuando en cuando, con su cauda encendida. Porque las revoluciones no son fenómenos sistemáticos bajo plazos y reglas preestablecidas, montados sobre la regularidad que la democracia acuerda a los procesos electorales, ni tampoco se improvisan en las urnas.

Pero no porque lo sepamos se rompe el molde del dogma. Un dogma vuelve siempre a sustituir a otro. El pensamiento de Fiallos Gil, tan contemporáneo, nos llama siempre a apropiarnos de la libertad crítica, y a rechazar todas las imposiciones que pesan sobre el ser humano, así provengan, dice, de «entidades abstractas, ya se llamen sociedad, estado o clase, y peor aún, sacrificándolo todo a ideas absolutas denominadas la justicia, la verdad, la belleza o el bien». Si no debemos caer bajo la égida de ninguna idea de belleza absoluta, o idea absoluta de justicia, menos debemos someternos entonces a una idea absoluta de verdad política.

Nadie puede arrogarse la potestad de elaborar un manual de conducta de información desde el poder, ni menos la terrible potestad de separar las aguas del bien y el mal, que corren revueltas en el cauce de la vida. Esa coincidencia concurrente de que habla Cervantes en el Persiles: «parece que el bien y el mal distan tan poco el uno del otro, que son como dos líneas concurrentes, que aunque parten de apartados y diferentes principios, acaban en un punto».

La única manera en que un ciudadano puede disfrutar del derecho a la información, que es un derecho inalienable suyo, es desde el espacio inviolable de su propia independencia de criterio, y de la independencia de criterio de quien le informa. El estado tiene el derecho de informar a través de sus propios medios, pero dentro de un espacio compartido, y no distorsionado por las imposiciones del poder contra los demás: presiones económicas, control de materias primas e insumos, terrorismo fiscal, discriminación en las asignaciones de la publicidad gubernamental; y peor, a partir de allí, de leyes restrictivas a la libertad de expresión, que pretenden establecer lo que es bueno y conveniente para la sociedad y para el individuo, o lo que no es conveniente para el propio estado. Lo que es contaminado, o lo que es puro.

La libertad de expresión sólo debe depender de las disposiciones constitucionales que la garantizan de manera explícita, y de las leyes ordinarias que regulan los derechos del individuo a su privacidad, integridad y honra. Y del otro lado, el derecho ciudadano de saber, es también inalienable, y lo es, por tanto, el derecho a la información pública, porque el peor enemigo del estado de derecho es el secreto, cuando todo se trama y se fragua en la oscuridad, de espalda a los ciudadanos, en una permanente conspiración de sombras.

Si la ausencia de leyes reguladoras o restrictivas de la libertad de palabra es lo que define el espacio de independencia frente al poder de los medios de comunicación, y de quienes se expresan a través de ellos, ese espacio de independencia está definido también por el hecho de que los criterios oficiales acerca de la información no se transformen en instrumentos coercitivos, que distorsionen o corrompan la función de los medios y de los periodistas. Cada gobierno traza sus propias estrategias de comunicación, que pueden funcionar o no, dice el periodista nicaragüense Danilo Aguirre Solís, pero la estrategia comunicativa del gobierno no puede pasar a ser la política informativa de los periodistas.

Porque todo periodismo oficialista, que calla o que miente en nombre del poder, primero que nada está destinado a vegetar en la incuria, lejos de la credibilidad del público que es el que, al fin y al cabo, certifica el alcance y la profundidad de la información. «Que las obligaciones de las recompensas, de los beneficios y mercedes recibidas, son ataduras que no dejan campear el ánimo libre», dice don Quijote a Sancho. Y luego, ese periodismo está destinado al olvido. No se crean lectores ni radioescuchas, ni televidentes, afiliándose a los gustos, preferencias, o conveniencias del poder político, de cualquier color ideológico que éste sea.

Masatepe, marzo de 2008.





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