La guerra interna [Fragmento]
Volodia Teitelboim
Nunca he sido prisionero de mis viajes sino quizás a la hora de la fiebre. Subía. Era una flecha lanzada hacia la zona roja del termómetro. El mundo entonces se convierte en una parodia de sí mismo. Cabía en la fiebre cierto humor, un juego irresponsable, me alejaba de las palabras que oía, las imágenes se mezclaban y desdibujaban y los colores perdían su consistencia. ¿Qué palabras oía, poeta? Mensajes propios de esos días, Esperanza. El médico no puede venir de Santiago. La enfermera no puede venir de San Antonio.
Es el toque de queda, explicó la muchacha sin necesidad. El Dr. Vargas Salazar manda un recado urgente: Tráigalo a una clínica a Santiago, aquí podré verlo. Hay que trasladarlo en una ambulancia. Para qué decirte nada de ese viaje. No me trataron como a un viejo señor. Ni siquiera como a un enfermo que perteneciera más al pasado que a un futuro peligroso (aunque estaban seguros de haberme reducido a la nada). No me trataron tampoco como un simple pasajero. En el camino de Melipilla (ahora el tren pasa sin detenerse por la estación Leida) me allanaron dos veces. Buscaban armas en la ambulancia. Hicieron poner la cama vertical. El resorte mecánico me incorporó de golpe. Tuve que aferrarme para no caer. Yo era un maniquí automático que bufaba. Andaban a la caza de los sujetos y los objetos maléficos. Cuando estaba agarrándome se me vino a la cabeza una acumulación alucinante de detalles de cuartel. Todos estos que me registraban, formados en el patio, cantaban mis tonadas de Manuel Rodríguez, con música de Vicente Bianchi, les imprimían un dejo patético y hasta se ponían delicados cuando, pasando a otro canto, «El romance de los Carrera», repetían: «Príncipe de los caminos -hermoso como un clavel- embriagador como el vino -así era don José Miguel»: Yo no era un príncipe de los caminos. Ni siquiera un enfermo de los caminos de Cartagena a Santiago. Yo era imagen moribunda del enemigo. Yo era un arma de esas que buscaban imaginándolas por todas partes. No importa que fuera una versión inventada, que las armas no existieran. Sólo mi poesía existía en la relación entre ellos y yo. Y esa era a su entender mi fusil ametralladora o mi AKA. Porque si hubieran existido armas otro gallo habría cantado, ¿no es así, Esperanza? ¿Pero acaso toda imaginación no es inventada? Preguntó ella con candor desconfiado. Sí, se inventa de la realidad. Unos inventan con melancolía, otros con furia sentimental. Unos inventan lo que está inventado. Algunos inventan la mentira que no es una obra de arte. Ahora inventan lisa y llanamente planes Zeta. Pero de planes Zeta está lleno el mundo, rectificó ella. Cada vez que los reyes del dinero se sienten desplazados o en peligro de serlo inventan un plan Zeta. Sí, pero ellos siempre están fuera de las puertas de la casa de la imaginación. ¿De toda imaginación, incluso de la más ramplona? Interrogó ella con un matiz escéptico. Digamos, simplificando, son ajenos a la imaginación creadora.
Hablan contra la imaginación en nombre de la seguridad del estado. Enfermo, póngase de pie, cuádrese, lleve sus manos a la nuca, identifíquese, verifíquele el carnet, conscripto Suazo, no necesita golpearlo, está bastante jodido por su cuenta.