Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
IndiceSiguiente


Abajo

La educación del hombre

Federico Fröebel

Traducida del alemán por Don J. Abelardo Núñez

Edición anotada por W. N. Hailmann




ArribaAbajoIntroducción

Una ley eterna y única gobierna el universo. En lo exterior, la naturaleza la revela; en lo interior se manifiesta en la inteligencia, y además en la unión de la naturaleza con la inteligencia. En la vida se revela de una manera todavía mas clara e indudable: De la necesidad de su existencia están penetradas el alma y la mente del hombre. A esta ley no le es dado dejar de ser, pues lleva el testimonio en sí misma. Por medio del interior de los seres y de las cosas, conduce al hombre a conocer su exterior; y de la propia suerte se sirve también de su exterior para revelar su interior a la inteligencia humana. Es necesario que esta ley, que rige todas las cosas, tenga por base una unidad que influya sobre todo, y cuyo principio sea verdadero, claro, activo, consciente y, como resultado de esto, eterno. La ley que, sea por la fe, sea por el examen, impone esta unidad, ha sido y será siempre reconocida y sancionada por todo espíritu observador, por toda inteligencia elevada.

Esta unidad, es Dios.

Todo proviene únicamente de Dios. Dios es el principio único de todas las cosas.

El fin, el destino de cada cosa estriba en divulgar exteriormente su ser, la acción que Dios ejerce en ella, la manera cómo esta acción se confunde con ella misma, y por último, en revelar y dar a conocer a Dios. La vocación del hombre, considerado como inteligencia racional, le lleva a dejar libre la acción de su ser para manifestar la obra de Dios que se opera en él, para divulgar a Dios al exterior, para adquirir el conocimiento de su verdadero destino, y para realizarlo con toda libertad y espontaneidad.

La educación del hombre no es sino la vía o el medio que conduce al hombre, ser inteligente, racional y consciente, a ejercitar, desarrollar y manifestarlos elementos de vida que posee en sí propio. Su fin se reduce a conducir, por medio del conocimiento de esta ley eterna, y de los preceptos que ella entraña, a todo ser inteligente, racional y consciente, a conocer su verdadera vocación y a cumplirla espontánea y libremente.

Todo el arte de la educación está basado en el conocimiento profundo y en la aplicación de esta ley, única capaz de contribuir al desarrollo y expansión del ser inteligente, y única susceptible de conducir a éste a la consumación de su verdadero destino.

La educación tiene por objeto formar al hombre, según su vocación, para una vida pura, santa y sin mancha: en una palabra, a enseñarle la sabiduría propiamente dicha.

La sabiduría es el punto culminante hacia el cual deben dirigirse todos los esfuerzos del hombre: es la cúspide más elevada de su destino.

La doble acción de la sabiduría consiste para el hombre en educarse a sí mismo, y en educar a los demás con conciencia, libertad y espontaneidad. El ejercicio de la sabiduría se llevó a cabo por el ser individual, a partir de la aparición del hombre sobre la tierra; se mostró con la primera manifestación de la conciencia humana; se reveló más tarde y sigue revelándose aun como una necesidad de la humanidad, por lo que debe ser escuchada y obedecida. Sólo por la sabiduría se obtiene la satisfacción legítima de las necesidades externas e internas; sólo por ella se logra la felicidad.

Precisa que todo el ser del hombre se desarrolle con la conciencia de su origen: he ahí cómo logrará elevar su alma hasta el conocimiento de la vida futura, y sabrá manifestarlo en él desde su paso sobre esta tierra.

La educación y la instrucción que recibe el hombre deben revelarle la acción divina, espiritual, eterna, que obra en la naturaleza toda, y exponer a su inteligencia, al propio tiempo que a sus ojos, esas leyes de reciprocidad que gobiernan la naturaleza y el hombre, uniendo el uno a la otra1

La educación y la instrucción deben hacer reconocer al hombre que el principio de su existencia y el de la existencia de la naturaleza reposan en Dios, y que deber suyo es manifestar este principio por medio de su vida entera.

La educación debe llevar al hombre a conocerse a sí mismo, a vivir en paz con la naturaleza y en unión con Dios; y por alcanzar estos fines, ella se esfuerza desde lugo en elevar al hombre hasta el conocimiento de Dios, de la humanidad en general y de la naturaleza interna y externa, suministrándole más tarde el medio de unirse a Dios, al proponerle el modelo de una vida fiel, pura y santa.

Todo lo que es interno -el ser, el espíritu, la acción de Dios en los hombres y en las cosas- pónese en evidencia por medio de manifestaciones exteriores. No obstante, aunque la educación y la enseñanza se refieran sobre todo a las manifestaciones exteriores del hombre y de las cosas, y la ciencia las invoque como libres testimonios que hacen deducir del interior al exterior, no se desprende de ahí que sea permitida a la educación o a la ciencia la deducción aislada del interior al exterior; antes por el contrario, el ser de cada cosa exige que, simultáneamente, el interior sea juzgado por el exterior, y el exterior por el interior. Así, de la multiplicidad de la naturaleza no se desprende la pluralidad de su principio, la pluralidad de Dios; y porque Dios, su principio, es uno, no hay que negar que la naturaleza sea una cadena de numerosos seres; antes bien, conviene deducir de estas dos premisas, tan opuestas entre sí, que siendo Dios uno en sí propio, la naturaleza, que lo tiene por origen, es eternamente múltiple; y de esta multiplicidad o de esta variedad implicadas por la naturaleza, hay que deducir la unidad de Dios. La negación de esta verdad es la causa de la inutilidad de tantos esfuerzos, de tantos desengaños en la educación y en la vida. Los fallos pronunciados sobre la naturaleza de un niño, en vista únicamente de sus manifestaciones externas, constituyen el motivo de tantas educaciones fracasadas, de tantas malas inteligencias entre los padres y los hijos, de tantos desvaríos de la fantasía, de tantas esperanzas defraudadas.

Que los padres, los tutores y los maestros se penetren de esta verdad, que se familiaricen con ella, que la examinen hasta en sus más ínfimos detalles; pues ella les dará, para el cumplimiento de sus deberes y de sus compromisos, la seguridad y el reposo. Que se persuadan bien de que el niño, bueno en apariencia, no tiene a veces en el fondo nada de bueno, y que en todo su proceder exterior, no está sazonado ni para el amor, ni para el conocimiento, ni para la estima del bien; mientras que el niño, al parecer rudo, tenaz, caprichoso, y cuyo exterior anuncia todo excepto la bondad, posee no obstante muchas veces, en sí mismo, una inclinación verdadera por todo lo que es bueno, una voluntad inquebrantable por el bien; pero sin haberse aún desarrollado ni manifestado tales disposiciones, he ahí porqué toda educación y toda enseñanza deben ser, en un principio, indulgentes, flexibles, blandas, deben limitarse a proteger y a vigilar, sin propósito previo ni sistema preconcebido2. Tal debe ser justamente la educación, porque la acción divina en el hombre es buena, y no podría dejar de serlo. Esta condición esencial, emanada de la misma índole de su principio, hace que, joven todavía, el hombre, inconsciente como un simple producto de la naturaleza, no vacile en reclamar lo que realmente le es ventajoso, exigiéndolo sobre todo bajo la forma que más se armoniza con sus aptitudes o con sus fuerzas. El polluelo del pato, apenas salido del cascaron, se lanza en el estanque y se zabulle en el agua, mientras que el de la gallina escarba el suelo para buscar sus alimento, y la pequeña golondrina halla su pasto revoloteando por el aire, sin casi jamás rozarse con la tierra. En vano se forjarán objecciones contra esta verdad y contra su aplicación en la educación; en vano se pretende discutirla o combatirla: ella no dejará nunca de justificarse, ni cesará nunca de aparecer radiante de claridad y esplendor a los ojos de la generación que deposite en ella su fe y su confianza.

Concedemos a las plantas nuevas y a los animales recién nacidos el espacio y el tiempo necesarios para su desarrollo, persuadidos como estamos de que unas y otros no pueden crecer y desenvolverse sino bajo ciertas leyes peculiares a cada una de sus especies. Los vemos crecer y desenvolverse, gracias al reposo que les procuramos, a la asiduidad con que los protegemos contra toda influencia perniciosa. Todo el mundo lo sabe; y sin embargo, ¿el niño no es siempre a los ojos del hombre la cera blanda, el fragmento de barro amoldable a la forma que conviene a la fantasía?

Oh! vosotros, que recorréis los jardines, los campos, las praderas y los bosques ¿porqué no abrís los ojos a vuestra inteligencia? ¿Porqué no escucháis lo que os dice y os enseña la naturaleza en su lenguaje mudo? Estas plantas que desdeñáis y que tituláis mala yerba, han crecido estrechadas, ahogadas: apenas permiten adivinar lo que hubieran podido ser. Si os hubiera sido dado hallarlas dilatándose, extendiéndose, subsistiendo en un espacio vasto, cultivadas en un prado o en un jardín, las hubierais visto ostentar a vuestras miradas una naturaleza rica y esplendente, una abundancia de vida infiltrada en todas sus partes.

Lo propio acontece con los niños que habéis oprimido, encerrándolos en condiciones evidentemente opuestas a su naturaleza; hoy languidecen en torno vuestro, acosados de dolencias morales o físicas, al paso que hubieran podido llegar al rango de seres completamente desarrollados, y holgarse en el jardín de la vida.

Toda educación, toda enseñanza convencional es contraria a lo que la acción de Dios exige en el hombre, y debe necesariamente destruir o, por lo menos, dificultar los progresos del hombre, considerado en su origen sano e íntegro. Que aun en este caso, la naturaleza sea nuestro guía. La vid requiere ser podada; pero la poda de la vid no siempre trae consigo el fruto. Cualesquiera que sean las buenas intenciones del viñador, como no tome, al podar la vid, las precauciones requeridas por la naturaleza de esta planta, destruirá en ella o perjudicará el germen de fecundidad.

Notemos de paso que el hombre adopta casi siempre, por lo que toca a los seres inferiores de la naturaleza, la vía recta, el camino que directamente conduce al fin; pero no siempre procede de igual manera para con el hombre-niño, por más que la fuerza que opera en el hombre, en el niño como en la naturaleza, emane de la misma fuente y esté regida por las mismas leyes. No nos cansaremos, pues, de insistir, para interés del hombre, en la observación y en el estudio de la naturaleza.

La verdadera educación, aquella cuyo fin acabamos de determinar, debe ser considerada en su doble objeto. Entraña una idea clara, vivificante, una idea fundamentalmente cierta, reflejo de un ideal. Pero allí donde este pensamiento vivificante, basado sobre sí mismo, aparece claramente, exige también que el modo de educación sea tolerante, variable, blando y flexible, pues la idea vivificante, eterna y divina, reclama la espontaneidad y el libre albedrío para el hombre creado para la libertad, a la imagen de Dios3.

Mas por perfecto que sea el modelo de educación anteriormente reconocido y aceptado, no debe seguirse este ideal de la educación sino en su esencia y en sus aspiraciones, jamás en la forma bajo la cual puede haberse presentado a los maestros. Cuando este último escollo no es evitado, obtiénese el alejamiento del ideal que debía secundar al hombre a elevar y ennoblecer la humanidad. Que sólo el ideal intelectual sirva de guía, y que la elección de la manifestación, del modo exterior, la forma de educación, sea dejada a la inteligencia del maestro.

Este ideal de la vida que los cristianos hallamos en Jesús y que la humanidad reconoce por el solo modelo de su vida, implica en sí mismo el conocimiento claro y perfecto de la vida eterna, principio, origen y fin de la existencia del hombre; así pues, el ideal eterno exige que cada hombre presente a su vez una imagen de este modelo eterno. Conviene que el hombre se convierta de este modo en un modelo para los demás, y que cada hombre se manifieste según la ley eterna con toda libertad, conciencia y espontaneidad. Bien que para toda educación, el ideal o tipo divino es el único modelo adoptable, no por eso la elección del modo o de la manifestación externa de la educación deja de estar sometida a la apreciación individual de los padres o de los maestros.

Nuestra propia experiencia nos enseña que, a veces, este ideal eterno parece al hombre como que exigiera demasiado de su debilidad, y se le antoja por demás severo e inflexible. El espíritu humano debe empero proponerse este ideal, aunque sin sujetarse en el detalle o en la aplicación a esta o a la otra forma individual, convencional e impuesta.

En toda buena educación, en toda enseñanza verdadera, la libertad y la espontaneidad deben ser necesariamente aseguradas al niño, al discípulo. La coacción y la aversión apartarían de él la libertad y el amor. Allí donde el odio atrae el odio, y la severidad al fraude, donde la opresión da el ser a la servidumbre, y la necesidad produce la domesticidad; allí donde la dureza engendra la obstinación y el engaño, la acción de la educación o de la enseñanza es nula.

Para evitar este escollo, urge que los educadores y los institutores obren de la manera que hemos indicado; esto es, eligiendo el modo de educación o de enseñanza propio a la naturaleza de cada individuo, sin dejar por esto de respetar la ley eterna en toda su integridad.

Que los preceptores y los institutores no pierdan de vista el doble deber a que están obligados en el ejercicio de sus funciones; precisa que, siempre y a un tiempo, den y tomen, unan y separen, se adelanten y sigan; precisa que obren y dejen obrar, que escojan un objetivo o abandonen al niño el cuidado de elegir uno; que sean a la vez firmes y flexibles.

Pero entre el niño y el preceptor, entre el maestro y el alumno, surge una tercera exigencia a la cual deben igualmente someterse el niño, el educador, el maestro y el alumno; esto es, la elección de todo lo que está conforme con la justicia y con el bien. Por la satisfacción de esta exigencia revelarán ellos y manifestarán la justicia y el bien que llevan en sí propios; y conviene a este propósito dejar establecido que el niño, desde su más temprana edad, satisface a esta exigencia con un tacto sorprendente, pues rara vez le vemos sustraerse a ella de una manera voluntaria.

La elección de lo justo y de lo bueno debe presidir los menores actos relacionados con la educación y la enseñanza. Que los educadores y los institutores no pierdan de vista esta verdad, porque de ella deriva esta fórmula generalmente adoptada en toda educación verdadera: Haz tal cosa, y ve en seguida lo que ella produce, cómo conduce al fin que tú te propones, cuál es el conocimiento que, por medio de ella, has adquirido. Ella es también la autora de esta máxima: Para que el ser intelectual que vive en ti se manifieste al exterior y por el exterior, en toda su integridad, interroga ese ser, y aprende a conocerlo. Jesús, al proceder de tal suerte para consigo mismo, nos inicia en el conocimiento de la divinidad de su ser, de su vida, de su misión; nos da la noción del principio y del ser de toda verdad y de toda vida.

Para hacer comprender este precepto, y para aplicarlo a la educación, conviene que los educadores y los institutores se esfuercen por hacer deducir lo particular de lo general y lo general de lo particular, para mostrarlos después en su unión. Deberán hacer comprender la diferencia entre el interior y el exterior, y la que hay entre el exterior y el interior, y demostrar la unión que por fuerza existe entre estas dos condiciones del ser y de la cosa. Deberán asimismo establecer la diferencia entre lo infinito y lo que parece finito, la diferencia entre lo finito y lo infinito y mostrar las relaciones entre ambos; deberán, por último, conducir al niño y al alumno a considerar la acción divina en el hombre, al propio tiempo que el ser del hombre que existe por Dios, y la unión íntima que existe entre el hombre y Dios.

He ahí lo que demostrará claramente el conocimiento del hombre por el hombre, tanto más cuanto que el hombre buscará la imagen de su vida propia en la vida del hombre niño, y en la historia del desarrollo de la humanidad.

Puesto que hallamos en la vida del hombre, ser finito, temporal, terrestre, la manifestación de un principio infinito, eterno, celeste; puesto que hallamos en el origen y en todo el ser interno del hombre, la acción divina que constituye la esencia de su ser, y que todo el fin de la educación estriba en manifestar y publicar por el hombre la acción de Dios en él, conviene necesariamente considerar a la criatura desde los primeros instantes de su aparición sobre la tierra, y convencerse de que el hombre, aún desde el seno de su madre, exige una solicitud particular.

Consideremos pues al hombre, sobre todo en su origen sano o íntegro; miremos su alma y su inteligencia como una esencia que proviene de Dios, animando una fuerza humana. Que el niño se nos presente como una garantía viviente de la presencia, de la bondad y del amor de Dios. Así apreciaban a sus hijos los primeros cristianos; tal significaban también los nombres que les daban.

Todo hombre debe en consecuencia ser considerado como miembro real y necesario de la humanidad, y bajo este título ser objeto de cuidados inteligentes y particulares. Los padres deben considerar a Dios en persona en el niño que Él les confía, y del cual les hace responsables ante la humanidad entera.

Los padres considerarán asimismo al niño en relación o enlace evidente con el pasado, el presente y el porvenir del desarrollo de la humanidad; ellos tendrán siempre presentes, durante la educación del niño, las exigencias del pasado, del presente y del porvenir del género humano. Contemplando así al niño en sus relaciones con Dios, con la naturaleza y con la humanidad, reconocerán en él los padres una unidad, una individualidad que, llevando en sí el germen del cual ella fue producto, encierra a la vez el pasado, el presente y el porvenir de la humanidad.

No consideremos, pues, al hombre, o la humanidad en el hombre, como la aparición de un ser que ha alcanzado el punto más elevado de su desarrollo y de su desenvolvimiento. Miremos al hombre, esa figura de la humanidad, como un ser progresivo, que anda sin jamás detenerse, que pasa de un grado de desarrollo a otro, vueltos sin cesar los ojos hacia el fin h donde se dirige, aspirando a lo infinito, a lo eterno.

Es un error el considerar el desarrollo y la formación de la humanidad como el resultado de una acción aislada, que se renueva sin cesar en una comunidad de seres semejantes. Si de esta suerte se considera el desarrollo del género humano, el niño, así como las razas presentes no aparecerán más que como copias serviles de modelos anteriores, mientras que deben ser, por el contrario, modelos vivientes para el porvenir, por el grado de desarrollo que habrán adquirido en provecho de las razas futuras y de la gran comunidad humana.

Toda raza humana, como todo hombre individual, resume en sí el desarrollo total anteriormente adquirido por la marcha del progreso humano. Si así no fuera, el hombre no alcanzaría a comprender ni el pasado, ni el presente de la humanidad. Bueno es que sepa que Dios no lo ha colocado en la angosta vía de la imitación, sino en la anchurosa vía del desarrollo y de la perfección, reservándole la libertad y la espontaneidad. Que cada hombre, pues, se ponga en modelo a sí propio y a los demás; pues en cada hombre, miembro de la humanidad e hijo de Dios, aparece la humanidad entera. En cada hombre también, la humanidad, manifestándose de una manera tan variada y tan particular al individuo, hace presentir tanto más la esencia de su ser y la del ser de Dios en su infinito, cuanto que ella proclama también el elemento creador por diversidades que la misma sin cesar engendra.

Sólo por medio de la perfecta noción del hombre y del conocimiento de todas las cosas a que aquélla nos conduce, sólo por medio de esta penetración en el interior del hombre, que nos inicia en las necesidades y en las exigencias a las cuales la educación está llamada a satisfacer, sólo por medio del minucioso examen del hombre, desde los primeros instantes de su aparición en este mundo, sólo por tales medios podemos esperar que produzca buenos frutos los cuidados de que rodeamos al niño4.

De todo lo que precede, se desprenden claramente los deberes de los esposos y padres antes y después de la llegada del niño a este mundo. Que se esfuercen por hacer su vida pura y santa; que se penetren de la dignidad y del valor del hombre; que se consideren como los protectores, los depositarios, los despiertos guardianes de un don confiado por Dios a sus cuidados; que se instruyan acerca del verdadero destino del hombre; que busquen la vía más adecuada para llevarlo a su fin, con el objeto de venir a saber lo que es el niño respecto a Dios, a la humanidad y a sí mismo. El destino del hombre, hijo de Dios y de la naturaleza, consiste en manifestar por sí propio la unión de Dios y de la naturaleza, que él es el lazo entre lo natural y lo divino, entre lo terrestre y lo celeste, entre lo finito y lo infinito. El destino del niño, miembro de la familia, consiste en desenvolver y en manifestar por sí mismo el ser de la familia, las aptitudes, las fuerzas que aquélla obtiene en su unión. El destino del hombre, como miembro de la humanidad, consiste en desarrollar y manifestar por sí mismo el ser, las fuerzas y las facultades de la humanidad en general.

He ahí cómo, manifestándose y desenvolviéndose individual, completa y libremente, los niños y los miembros de una misma familia manifiestan y desarrollan al propio tiempo el ser de los padres y de la familia, y con frecuencia también tal cual disposición o facultad que hasta entonces no habían ellos reconocido ni supuesto en sí mismos, por más que ella existiese en el fondo de su ser.

Los hombres, hijos de Dios y miembros de la humanidad, manifiestan el ser común a Dios y a la humanidad, desde que cada hombre o cada niño individual se manifiesta de la manera que le es peculiar o personal, y esto se produce cada vez que el hombre se desarrolla y se manifiesta según esa ley divina, en virtud de la cual todo ser o toda cosa debe manifestarse, porque esta ley domina y manda por do quiera que se encuentren el ser y la existencia, el Creador y la criatura, Dios y la naturaleza.

Cada hombre debe manifestarse, es decir, manifestar fiel y completamente la integridad de su ser en unión consigo mismo, en unión con una unidad de la cual él forma parte, de la cual él proviene, y de la cual, al propio tiempo, él tiene la raíz en sí. El hombre debe manifestar su ser en su diversidad, esto es, en relación con todo lo que depende de él o acontece por él.

Sólo por esta manifestación triple, si bien una en sí misma, se deja ver claramente el interior de cada ser, y llega el hombre al verdadero conocimiento de las cosas.

El niño, hombre desde su primera aparición sobre la tierra, debe ser interrogado, dirigido según la naturaleza de su ser y puesto en posesión del libre empleo de su potencia. El uso de uno de sus miembros o de una de sus fuerzas no se verificará a costa de otro miembro o de otra fuerza. Importa que el niño no sea atado, agarrotado, empaquetado y metido en las andaderas. Haced que aprenda en sí mismo, desde temprano, el punto de apoyo para todas sus fuerzas y para todos sus miembros, que repose o se mueva con toda confianza o libertad; que aprenda a coger y a sostener los objetos por medio de sus manos, a mantenerse en pie y a andar por medio de sus pies, a ver, a encontrar, a descubrir los objetos por sus propios ojos, a emplear, en fin, sucesivamente cada uno de sus miembros, según el grado de fuerza que respectivamente les corresponde. Así se iniciará en la práctica del más difícil de los artes, y poco a poco sabrá también mantenerse en equilibrio en la vida, a pesar de los peligros, las dificultades, los obstáculos y los impedimentos de que aquélla está llena.

La primera manifestación del niño es la de la fuerza. La fuerza atrae la resistencia: de ahí el primer grito del niño. Éste rechaza con el pie el objeto que se le ofrece como obstáculo; guarda en la mano el objeto que acaba de coger; de ahí el despertar de su energía.

A este primer grado de desarrollo adquirido por la fuerza, agréganse sin tardanza los primeros indicios del desarrollo de otro sentimiento, el del bienestar; de ahí la sonrisa, de ahí el gozo que experimenta el niño al hallarse bajo una temperatura suave, en medio de la serenidad, de la claridad y de la frescura. El niño comienza desde entonces a conocese a sí mismo, y adquiere la conciencia de su ser.

Las primeras manifestaciones de la vida humana son el reposo y la agitación, el gozo y el pesar, la sonrisa y el llanto. El reposo, el placer, la sonrisa son la expresión del desarrollo del niño, cuando se realizan con serenidad y pureza. Conservar la vida del niño pura y serena, desarrollar su ser bajo condiciones de pureza y serenidad, tal debe ser el fin de todos los esfuerzos de la primera educación.

La agitación, el pesar, el llanto son, por el contrario, la expresión de todo lo que se opone al desarrollo del niño; la acción de la educación debe tender a inquirir las causas de esto y librar de ellas al niño. A sus primeras agitaciones, a sus primeros gritos, a sus primeras lágrimas, la voluntad es completamente ajena. El pobre pequeñuelo no gime sino cuando está abandonado, por la negligencia o por la pereza de aquellos que le cuidan, a una impresión o a una sensación penosa que le agita y le hace sufrir. Cuando esta sensación se impone al niño por el capricho, cométese una grave falta, cuyas consecuencias caerán tanto sobre su autor, como sobre su pequeña víctima; pues con mucha frecuencia por ahí se conduce el hombre a la mentira, al disimulo y a la obstinación.

De consiguiente, mucha atención; que por los sufrimientos pequeños aprende el hombre a soportar los grandes y a despreciar el dolor. Si los padres están convencidos de que el niño se encuentra realmente en todas las condiciones exigidas por sus necesidades, y creen haber alejado de él todo lo que podría serle perjudicial, abandonen durante algún tiempo al niño a sí propio, cuando, preso de agitación, llora o grita, dejándole el tiempo de hallar en sí mismo y por sí mismo la quietud y la serenidad que reclama. Persuádanse bien los padres de que, desde el momento en que su tierno hijo, simulando sufrimiento, logra esquivar ligeras incomodidades, pierden ellos una cierta fuerza, que no podrán recobrar ya sino por la violencia. Estos adorados seres están dotados de una perspicacia y de un discernimiento tales para descubrir el flaco de aquellos que les rodean, que lo presienten aun antes de que éstos hayan tenido tiempo u ocasión de revelarlo por su paciencia o por su tolerancia.

En este grado de su desarrollo, el hombre titúlase criatura; y ¿no lo es, acaso, en toda la fuerza de la expresión? Criarse, nutrirse, es casi su única ocupación, y a esta acción se refiere casi exclusivamente cada una de esas manifestaciones que nosotros llamamos risa o llanto. En este grado, el hombre no recibe en sí mismo más que de fuera: por el acto de mamar, se apropia las cosas de fuera, pues aún no halla nada en sí propio. Interesa, pues, a toda la vida del hombre, que en esta edad no se nutra el niño de nada malsano, común, falso o vil, en una palabra, que no mame nada malo. Importa que la mirada o la fisonomía de los que le rodeen sean puras y serenas y le inspiren confianza; que la atmósfera que le envuelva sea pura, y la luz que le alumbre, clara. Estas condiciones, desde luego, revisten gran trascendencia, porque el hombre lucha, a veces, durante toda su vida, contra las impresiones y las influencias dañinas recibidas por él en su edad primera.

Las madres que han criado por sí mismas algunos de sus hijos, y que se han visto obligadas a confiar los otros a nodrizas, pueden apreciar más tarde, según las manifestaciones de la vida de unos y de otros, el valor de las presentes consideraciones. Interpelemos a las madres; éstas nos dirán que la primera sonrisa del niño es para ellas de una importancia tal, que se les antoja que mucho más que la expresión del gozo, de la gratitud, del descubrimiento de sí propio por el niño -propiamente hablando, la primera sonrisa no es más que esto- es el sentimiento de la unión que se manifiesta entre la madre y su hijo, como más tarde se manifestará entre el hijo y su padre, entre el niño y sus hermanos, entre el niño y el hombre.

Ese primer sentimiento de comunidad entre el niño y su madre, su padre y sus hermanos, sentimiento del cual la sonrisa parece ser la primera manifestación y que tiene por base la unión intelectual de las almas, ese sentimiento que precede al de la comunidad de todos los hombres con un ser superior o invisible, ese sentimiento es el germen, el principio de toda religiosidad, de todo esfuerzo hacia la unión indestructible del hombre con Dios.

Venga la religión verdadera, aquella que sostiene al hombre contra los peligros de esta vida, que le ampara en las luchas y los combates que él se libra a sí propio, venga esta pura religión a proteger al niño desde la cuna; pues la acción divina, bien que no se deje aún presentir en él sino de una manera harto oscura y harto vaga, no por eso exige menos cuidados particulares por parte de los que le rodean.

En la felicidad eterna de su hijo, piensa ya la madre, cuando posándole adormecido sobre el lecho, vuelve su mirada feliz y confiante hacia Aquél que es en los cielos el padre común, el paternal apoyo de la madre y el hijo.

Esta madre solicita una bendición sobre el curso de la vida de su hijo, cuando, al despertar éste, le toma en sus brazos, elevando a Dios una mirada llena de gratitud por el descanso gozado por la dulce criatura; y aspira este reconocimiento sobre los labios del niño que le es restituido después del sueño. Esos actos religiosos, esas mudas plegarias tienen una influencia feliz sobre los lazos que unen el alma del niño a la de su madre. Las madres, que no ignoran esto, no ceden sino con sentimiento a otras manos el cometido de acostar y levantar a sus hijos.

El niño, de tal suerte cuidado y acostado por su madre, reposa bajo el doble punto de vista terrenal y celestial; su oración queda hecha, Dios la ha escuchado. El hombre, con efecto, reposa siempre en Dios, cuando tiene a Dios por primer término y último fin de sus acciones.

Para que los padres puedan verdaderamente presentar a su hijo a Dios como primer término y último fin de sus actos; para que los hijos consideren tal origen y tal fin como el tesoro mas valioso de la vida del hombre, importa que los padres y el niño, en el instante de la plegaria o de la elevación de sus almas a Dios, se reconozcan y se sientan en comunidad interna y externa con ese ser supremo al cual ellos ruegan, sea en el secreto del hogar doméstico, sea a la faz del cielo y de la naturaleza.

No se nos arguya ni la edad del niño, ni la dificultad para él de comprender; el niño verdaderamente unido a sus padres por los lazos naturales, se unirá con ellos a los arranques del alma, no porque comprenda la noción del rezo, sino porque su joven alma instintivamente la habrá adivinado.

El fervor religioso, la vida íntima con Dios, como no esté desde temprano desarrollada en el niño, no se desarrollará más tarde de una manera completa sino a costa de grandes dificultades y de penosos esfuerzos, mientras que el sentimiento religioso cuidado, cultivado y desarrollado en su germen, infundirá siempre al hombre firmeza contra las asechanzas y los riesgos de esta vida. No, los ejemplos de religión dados por los padres a los hijos en la cuna, no permanecen estériles, por más que el niño no parezca poder aún notarlos o comprenderlos. Lo propio sucede con todos los ejemplos que ofrece a los niños la vida de sus padres.

Si para el desarrollo y desenvolvimiento del sentimiento religioso que el hombre lleva en si mismo, urge que ese desarrollo comience desde el nacimiento de éste, y se continúe sin cesar en el curso de su vida, no en menor escala exigen las propias condiciones el desarrollo y el desenvolvimiento de sus otras facultades y de sus otros sentimientos. El desarrollo del hombre requiere un curso progresivo no interrumpido, y desembarazado de todo obstáculo.

Nada tan nocivo al éxito del desarrollo y del perfeccionamiento del hombre, como mirar un grado cualquiera de su desarrollo cual si fuese aislado de los demás. Preciso es que los diversos grados de la vida, conocidos bajo el nombre de edades del infante, del niño o de la niña, del adolescente o de la muchacha, del hombre o de la mujer, del anciano o de la matrona, formen una cadena sucesiva y jamás interrumpida; que la vida sea conceptuada como una en todas sus fases, presentando un conjunto completo; que el infante y el niño no sean considerados como seres distintos del adolescente y del hombre, y distintos hasta el punto de hacer perder de vista que en el infante y en el niño no hay sino el hombre mismo en los primeros grados de su vida. Y, sin embargo, con harta frecuencia error tan grave se reproduce entre nosotros; los grados posteriores consideran a los grados anteriores como si les fuesen del todo extraños, como si difirieran de ellos esencialmente. El niño no se reconoce ya en la criatura, y en la criatura no se presiente el niño. El adolescente no ve ya en sí propio ni el niño, ni la criatura, ni en ellos se ve el adolescente; no mira aquél más que delante de sí: guíase por medio de los que le preceden. Pero es sobre todo enojoso y sensible que el hombre, no reconociendo ya en sí ni la criatura, ni el niño, ni el joven, ni el adolescente, cese de contemplar su vida en el espejo de su existencia, y conceptúe los hombres, en el primer grado de desarrollo de su vida, como seres provistos de una naturaleza en absoluto distinta de la suya.

Este desconocimiento de la cadena jamás interrumpida, que enlaza íntimamente todos los grados de la vida, proviene siempre de la negligencia del hombre, que no examina, interroga y observa su vida desde su origen. Sin saberlo, pone su camino dentro de estrechos límites, o acumula a su paso dificultades u obstáculos, siempre más fáciles de advertir que de evitar.

Sólo a una rara fuerza de organización interior le es dado vencer los obstáculos creados a la vida, por aquellos que tejen la trama de la existencia: victoria tal no puede deberse más que a un esfuerzo violento, y con frecuencia no se obtiene sino a costa de perturbaciones heridas en el desarrollo de alguna facultad o aptitud del hombre. Muchas desgracias, muchos escollos se evitarían, si los padres considerasen el hijo con relación a todos los diversos grados de desarrollo que éste está llamado a recorrer, sin hacerle pasar por alto ni desdeñar uno solo; si tuviesen los padres en cuenta que el completo desarrollo de grado sucesivo se halla basado sobre el completo desarrollo de cada uno de los grados precedentes. Y sin embargo ¡cuántos padres no toman en cuenta la importancia de esta observación! Para ellos, el niño no es más que el niño; el adolescente no es más que el adolescente; en el uno olvidan a la criatura, en el otro al niño; no piensan que el niño es niño y el adolescente, adolescente, menos por causa de haber alcanzado la edad del segundo grado de la infancia o de la adolescencia, que por haber recorrido ya el primero o el segundo grado de la vida. No consideran que el hombre es menos hombre por el hecho de haber alcanzado la edad en que uno es hombre, que por haber recorrido, uno tras otro, los grados de criatura, de niño, de adolescente y de joven, llenando fielmente las exigencias de los grados de la infancia, de la adolescencia y de la juventud.

Si no se aplican todos los cuidados al desarrollo del hombre en los primeros grados de su vida, dificúltase para más tarde la marcha de la educación; este olvido, esta negligencia harto común, es frecuentemente causa deplorable de que el hombre se aparte del fin a que tendían sus facultades y aspiraciones. El niño, el joven sobre todo, debe esforzarse en ser para cada uno de los grados de su desarrollo, lo que cada grado exige que él sea. De esta suerte todo grado procederá del grado precedente, a la manera que un germen brota de un capullo o de un fruto. Solo satisfaciendo completamente a las exigencias de un grado anterior de desarrollo, podrá holgarse el hombre de alcanzar el desarrollo completo del germen siguiente.

Bueno es que lo que precede sea igualmente aplicable a la facultad creadora del hombre que, por el trabajo de sus manos, realiza las concepciones de su inteligencia; pues, ¿no es cierto que hoy día, el trabajo, lejos de presentarse al espíritu como medio de alimentar y fortificar la vida del hombre por la actividad que le imprime, se le aparece como una carga pesada y vil, bajo la cual a veces el hombre sucumbe?

Dios obra y crea sin cesar; cada pensamiento de Dios tradúcese por una obra, un hecho, un testimonio, y cada pensamiento de Dios encierra en sí mismo una fuerza creadora que opera hasta la eternidad. Quien de ello no esté convencido, contemple a Jesús en su vida y en sus obras, considere luego la vida y las obras del hombre, concéntrese en sí mismo y examine sus propios actos.

El espíritu de Dios vaga sobre todo objeto aún informe, y lo anima poco a poco. Piedras, plantas, animales, hombres, reciben una forma o una figura al mismo tiempo que la existencia y la vida. Dios creó al hombre a su semejanza, lo hizo a su imagen; he ahí porqué el hombre debe obrar y crear como Dios. El espíritu del hombre vaga también sobre los objetos sin forma ni figura, y los anima imprimiéndoles la forma, la figura, el ser y la vida que lleva en sí. Ahí está el sentido profundo, la alta significación, el noble objeto del trabajo y de la creación por el hombre. Merced a nuestra energía por el trabajo, merced a las obras por las cuales nos anima la convicción potente, sabemos dar, manifestando el interior por el exterior, cuerpo al espíritu, forma al pensamiento, y hacemos visible lo invisible, o infundimos existencia exterior a lo que era intelectual; merced a tales obras, en fin, nos acercamos realmente a Dios, y en consecuencia, adquirimos más y más el conocimiento de Dios y nos elevamos hasta la contemplación de su ser5.

Error fatal bajo todos los puntos de vista, y que debemos rechazar con todas nuestras fuerzas, es la idea de que el hombre no debe trabajar y crear sino para proveer a sus necesidades: la idea de que el trabajo no tiene otro fin que el de asegurar al hombre el pan, el techo, los vestidos. No, el trabajo es una facultad original del hombre, por la cual éste, al producir las obras más diversas, manifiesta exteriormente el ser espiritual que recibió de Dios. El pan, el techo, el vestido que el trabajo le asegura, son una superfluidad, un don insignificante. He ahí porqué Jesús nos dice: Buscad desde luego el reino de Dios, y todo lo restante -es decir, por lo relativo a la vida temporal- os será dado como de sobra. Y añade Jesús: Yo me alimento con la voluntad de mi Padre. Los lirios de los campos están vestidos por Dios, no trabajan ellos como el hombre, no hilan tampoco, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón en medio de toda su gloria. ¿No ostentan, por ventura, los lirios sus hojas y sus flores? ¿No publican la obra de Dios? Los pájaros bajo el cielo no siembran ni siegan; pero no por eso dejan de atestiguar, por todas sus manifestaciones externas, sea cuando cantan, sea cuando construyen su nido, o ejercen cualquier otro de sus actos, -no por eso dejan de atestiguar el instinto, la vida que Dios les concedió. He ahí porqué Dios los alimenta y los conserva. Aprenda, pues, el hombre, por los lirios del campo y los pájaros del cielo, que Dios exige que él lo ponga en evidencia, en virtud de los actos y de las creaciones a las cuales ha de imprimir, según su índole, el sello del espíritu de Dios que obra en su seno. Convénzase el hombre de que Dios le abrirá todos los caminos que deben llevarle al término de su empresa, y le suministrará la palanca de la idea creadora, mucho más de que si se tratara simplemente de satisfacer sus necesidades terrenales. Por más que careciese aún de todo, hallaría en la potencia divina que opera en él y que nada puede paralizar, una fuerza fecunda para la producción de las obras concebidas por su genio.

Siendo así que todas las creaciones del espíritu aparecen bajo un orden sucesivo, dedúcese necesariamente de ahí que si el hombre descuida, en algún momento de su vida, de producir bajo una forma real su facultad creadora, o de utilizarla en provecho de una acción o de una obra, tarde o temprano sentirá en sí mismo un vacío que le detendrá en medio de su trabajo, o por lo menos, impedirá que su obra sea lo que ella hubiera sido si él hubiese utilizado de la manera y en el momento oportuno su potencia creadora. Entonces, sólo redoblando el celo y los esfuerzos en la aplicación de su actividad, puede el hombre reparar el abandono o el olvido en que la había dejado.

Hay pues necesidad de que el hombre sea, desde su mas tierna edad, excitado, estimulado a manifestar su actividad por las obras: su mismo carácter lo exige. La actividad de los sentidos y de los miembros del joven es el primer germen, el retoño del trabajo. Los graciosos capullos de éste son los juegos de la infancia; que la infancia es la época en que debe cultivarse la afición y el amor al trabajo. Ocúpese todo niño o todo joven, cualquiera que sea su posición, ocúpese por lo menos durante dos horas al día, en algún trabajo manual determinado y propio para desarrollar su actividad.

En los tiempos que alcanzamos, los niños están por demás ocupados en todo lo que es intelectual: no se otorga bastante espacio al trabajo, bien que nada sea tan ventajoso para el desarrollo de los niños como la instrucción que adquieren mediante el ejercicio de esa facultad creadora y productora que llevan en sí mismos. Los padres y los hijos descuidan y desdeñan harto frecuentemente la potencia de actividad que en cada uno de ellos reside: incumbe a toda educación verdadera, a toda enseñanza seria, el abrirles los ojos sobre el particular. La educación actual, dada en la familia y en la escuela, fomenta en los niños la pereza y la indolencia, y el germen del indecible poder humano, lejos de desarrollarse así, se destruye. Además de las horas consagradas a la enseñanza, se consagrarán algunas al trabajo manual, al desenvolvimiento de la fuerza física, cuya importancia y cuya dignidad son harto desconocidas actualmente.

De la propia manera que la manifestación exterior y precoz exígese por parte de la religión, así también la acción, el trabajo está reclamado imperiosamente y desde temprano por el sentimiento de la actividad innato en el temperamento del hombre. El trabajo precoz, comprendido y ejercido según su verdadera acepción, consolida y eleva el sentimiento religioso. La religión, sin la actividad, sin el trabajo, está expuesta a graves peligros, a una ineficacia casi completa; así como el trabajo, sin la religión, hace del hombre un bruto o una máquina.

Trabajo y religión son pues inseparables. Proceden el uno del otro.

¡Ojalá esta verdad fuese reconocida por todos los hombres! ¡Ojalá fuese ella el móvil de la vida del hombre! ¿A qué grado de perfección no se elevaría entonces el género humano? Nada tan digno de atención como esta observación. La vida que presente estas tres condiciones: la religión, el trabajo y la moderación, es la imagen del paraíso terrenal, en donde reinaban la paz, el gozo, la gracia y la santidad.

Que en el niño sea considerado el hombre; que en la infancia sea considerada a la vez la infancia de la humanidad y del hombre; que en los juegos de la infancia sea considerado asimismo el germen de la facultad creadora que posee el hombre. Conviene que así sea, porque, para desarrollarse y desarrollar en él la humanidad, el hombre debe ser mirado desde la infancia como una unidad, como la personificación de la humanidad.

Empero, como toda unidad debe ser representada por unidades, como toda generalidad se revela por manifestaciones sucesivas y recíprocas, se sigue que, sentado que el mundo y la vida, considerados como unidades, se desarrollan en el niño por su orden sucesivo, las fuerzas, las disposiciones, la actividad de los miembros y de los sentidos del niño deben obtener desarrollo, según el orden por el cual se presentan a él y en él6.





IndiceSiguiente