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La cruz del monte

Manuel María Santa Ana

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

I

Solo el pie y un brazo restan,

De la cruz que hace ocho años

Clavó el sacristán de Coria

Sobre un negruzco peñasco,

Que se eleva entre la villa

Y el Guadalquivir cercano:

Allí, dicen que está el cuerpo —20—

De un desertor sepultado,

Y que su sombra de noche

Vaga por aquellos campos.

Ninguno a tales consejas

da lugar, pero es el caso

Que apenas desde occidente

Lanza el sol su último rayo

Cuando vagando se observa

Alrededor del osario

Una sombra que a la aurora

Desaparece hasta el ocaso.

¿Qué melancólica suerte

ha cabido al ser fantástico

que hace de una pobre tumba

su presente y su pasado?

¿Quién es el ser misterioso

que pasa el tiempo y los años

entre una cruz y un cadáver

resto de un ser condenado?

¿Queréis conocer la historia

origen de asombro tanto?

Oídla como la cuentan

los pastores comarcanos. —21—

II

En la hermosa Andalucía

Nunca se ha visto pastora,

Más bella, más seductora

Que la pastora María.

Amó a Tomás con extremos

Y Tomás la idolatró;

Quién de los dos más amó

Fijamente no sabremos.

Mas la suerte incomprensible

Hizo opulenta a María,

Y Tomás no poseía

Mas que un corazón sensible. —22—

Sin esperanza se amaban,

Mas se amaban de tal suerte,

Que aun más allá de la muerte

Ser amantes esperaban.

Vivir juntos en la tierra

Eran sus sueños de gloria,

Cuando en los campos de Coria

Sonó el clarín de la guerra.

La patria exigió la vida

De Tomás. Tomás partió;

Pero en el alma llevó

La imagen de su querida.

En el campo, en la alquería,

De la guerra entre despojos,

Siempre tuvo ante sus ojos

Los ojos de su María.

Fiel por su patria lidió

Pero supo que su hermosa,

Iba a ser de otro hombre esposa

Por violencia, y desertó.

Verla, escucharla un momento,

Destrozar tan torpes lazos

Y morir de ella en los brazos,

Fue solo su pensamiento. —23—

Más vendido, condenado,

Ni este consuelo alcanzó;

Sin verla una vez murió,

Por desertor, fusilado.

María entonces, loca

No halló tregua en sus dolores,

Que el amor, como las flores,

Perece cuando se toca.

El sepulcro del soldado

Fue de entonces su consuelo,

Y unirse penó en el cielo

Con su amante infortunado.

Ya que partir no podía

De Tomás la triste suerte,

Junto al umbral de la muerte,

Viviendo sola, moría

De la noche a la mañana.

La pastora se ausentó;

Si esté en el mundo o murió

Ninguno en saber se afana.

Allá por la tarde fría

Cuando el viento airado zumba,

Resuena sobre la tumba

La dulce voz de María: —24—

Mas haya muerto o su nombre

Resuene en otro hemisferio

Su destino es un misterio

Desconocido del hombre. —25—

III

Así la fúnebre historia

De María y el soldado,

Refieren al pasajero

Desde el niño hasta el anciano.

Pero no es ficción, no es sueño

De cerebros exaltados

La misteriosa visión

Que impone terror y pasmo.

Es ella, la pobre niña

Que en su triste desamparo

Tórtola viuda gime

Junto al nido de su amado.

Siempre, cuando el sol declina,

Lleva sus tímidos pasos,

De su desdichado amante —26—

Hacia el lecho funerario,

Y con flores le engalana,

Y le riega con su llanto.

«Despierta cariño mío

(dice con acento blando).

No seas sordo a mis clamores

Ni a mis quereles reasio.

¿No miras mi triste vía?...

¿No ves mis ojos preñaos

de lágrimas? ¡Ay! Despierta,

ven a mis amantes brasos,

al pecho de tu María

que por ti vive espirando».

Sucede que el caminante,

Para, al verla, su caballo,

Para arrojar una piedra1

Por el alma del soldado;

Y entonces la pobre loca

Tregua a sus lamentos dando

Enjuga la última lágrima

Que surca su rostro cárdeno.


FUENTE

Santa Ana, Manuel María, Romances y leyendas andaluzas: cuadros de costumbres meridionales. Obra ilustrada con sesenta grabados de vistas, trajes y costumbres de Andalucía, por los mejores artistas nacionales. Impr. de D. Benito Lamparero y compañía, Madrid, 1844, pp. 19-26.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.