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Sobre la triste suerte que encontraron los «anticonformistes du XVIIIième siècle [...] éveilleurs de conscience», como los periodistas de que tratamos, ya se había detenido en 1969 François Lopez en su cit. artículo (véase, supra n. 62) Pan y Toros subrayando la miseria en que finalizaron su existencia Cañuelo y Centeno además de Marchena y, probablemente, de Arroyal. En efecto Cañuelo, sufrió una condena de la Inquisición, cayó en miseria y, de crisis en crisis, llegó hasta un estado de locura que le condujo a la tumba en 1802. Centeno, también condenado por la Inquisición, acabó sus días en infeliz estado, internado en un convento de Arenas de San Pedro. Marchena, como bien se sabe, se marchó a Francia y fue activo hombre político y de letras durante y después de la Revolución. Volvió a España para morirse, pobre, en 1821. Mejor suerte tuvo Rubín de Celis que pudo conservar su puesto de Contador Mayor de Rentas en diversas provincias de España, aunque no faltaron sospechas y persecuciones en su familia por haber sido su hermano Miguel un revolucionario.

No se trata -desde luego- de reducir a una única causa las dificultades en que se encontraron estos periodistas/ideólogos (menos aún de identificarla, simplificándola, con intervenciones de Forner ante Floridablanca para que prohibiera sus publicaciones) sino tan sólo de subrayar el mudado clima político, que no permitía ya la relativa libertad y tolerancia del reinado de Carlos III y no dejaba espacio a los que no fueran conformistas.

 

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Publicado en 1963 por Julián Marías, La España posible, p. 181-218. Por su atribución a Capmany: Nigel Glendinning, «A Note on the Autorship of the «Comentario sobre el Doctor Festivo»...» en Bulletin of Hispanic Studies, XLIII (1966), p. 276-283.

 

73

Ibid., p. 204.

 

74

Ibid., p. 216.

 

75

Ibid., p. 196. Capmany en el Discurso preliminar de su T eatro histórico-crítico de la elocuencia española (Madrid 1786) reconoce que ciertos errores de juicios de los extranjeros pueden derivar del «necio pundonor de nuestros apologistas» que han glorificado, sin distinción, lo bueno y lo malo» (p. XCIV). Interesante es notar que Capmany en su Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, que es del mismo 1786, inserta motivos y trozos enteros del texto de 1773, mientras reconoce abiertamente la mejora de España dentro del marco de «las ventajas de este siglo que ha hecho la Europa entera una escuela general de civilización». A los contemporáneos hay que mirar: «imitemos y alentemos con nuestra gratitud y nuestros obsequios a los ingenios ilustres que nos sirven de modelo... Nuestros antepasados nos han dejado cosas buenas, pero no todas las que hoy necesitamos.» Tomo la cita de: Hans Juretschke, «La contestación de Capmany a Cadalso y su discurso de ingreso a la Academia de la Historia», en Revista de la Universidad de Madrid 18 (1969), p. 211.

 

76

Sobre este concepto y, a veces, su aberrante utilización, véase el inteligente ensayo de Antonio Domínguez Ortiz, «Reflexiones sobre «Las dos Españas»» en Cuadernos Hispanoamericanos 238 - 240 (1969), p. 42 - 54, reimpreso en Hechos y figuras del siglo XVIII español, Madrid 1973, p. 247 - 268.

 

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Julián Marías, La España posible, p. 73.