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Miguel Ángel Lozano Marco, «Introducción» en Gabriel Miró, Las cerezas del cementerio, Madrid, Taurus, 1991, p. 64.
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En ese sentido, el primer encuentro erótico de los amantes, desarrollado bajo el signo de la claridad y la luz y resuelto con la comparación con Adán y Eva al ser arrojados del Paraíso, puede entenderse de nuevo como una referencia al re-conocimiento positivo que podría llevar a cabo Félix a través de Beatriz. No en vano, es el beso final el que hace desaparecer ese Ángel imaginario que expulsa a los primeros padres del Edén por haber alcanzado el conocimiento y la conciencia. (Capítulo I)
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La coincidencia es compleja: las une su amor hacia Félix, su capacidad de reconocerlo como un ser único e inconfundible y la apelación a su presencia (en vida o muerto) para cumplir su voluntad y liberarse de aquello que las oprime. Así, tras la muerte de Félix, Beatriz compra la casa solariega de los Giner y sus jardines «llenos para sus ojos de la figura de Félix» (Capítulo XXI), llevando por fin, la vida de autonomía que nunca pudo llevar durante su matrimonio; menos sabemos de Isabel, pero su aparición al final de la novela degustando las cerezas del cementerio resulta un inequívoco signo de liberación; finalmente, también Julia -y en eso coincide con las otras dos mujeres- se libera de un insoportable matrimonio con Silvio a partir del recuerdo de Félix: la lectura de una carta en la que su madre le habla de la muerte de éste, genera un ataque de celos en su esposo y en último término, la decisión de Julia de abandonarlo y volver junto a su madre, de la que dirá: «¡Quiero ser como ella, nobilísima como ella, que, pecadora o no, nunca se ha envilecido!»(Capítulo XXI) Tres destinos sorprendentemente rebeldes e independientes para las tres mujeres que protagonizan la novela.
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Rallo, op. cit., p. 277
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Antonio Ballesteros, Narciso y el doble en la literatura fantástica victoriana, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1998, p. 361.
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Roberto Ruiz, «El sentido existencial de Las cerezas del cementerio» en Márquez Villanueva, F. (ed.) Harvard University Conference in Honor of Gabriel Miró, Harvard Studies in Romance Languages, 1982, p. 39.
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La carga simbólica del nombre de Beatriz ha sido vista por Larsen como una ironía, según la cuál, ella no conduce al amor divino sino al humano. En cierta medida, es cierto, pero no menos cierto es que es Beatriz quién ejerce de guía de Félix, siendo el reconocimento de éste la meta de ese viaje; obviamente, Félix -siguiendo con la referencia dantesca- se pierde en la selva oscura de los recuerdos y no alcanza esa meta hasta después de morir.
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Se englobarían así dentro del grupo de personajes que, según Becker «buscan una vida afirmativa, el máximo cumplimiento de sus posibilidades físicas y espirituales». Que Beatriz y Félix, así como más tarde también Julia e Isabel demuestren ese carácter con el gesto de comer las cerezas en un ámbito tan marcado por la muerte como es el cementerio, no hace sino resaltar esa peculiar característica.