Huyendo del perejil...
Proverbio en un acto
Manuel de Tamayo y Baus
| A VICTORINO TAMAYO Y BAUS | |
| Este juguete, que nada vale en sí, tiene un gran valor a nuestros ojos: a los tuyos, por ser obra de mi escaso ingenio; a los míos, porque la indulgencia del público te ha estimulado en él con benévolos aplausos. Por eso te lo dedica tu hermano | |
| MANUEL. | |
REPARTO
| PERSONAJES | ACTORES | ||
| CAROLINA | Doña Teodora Lamadrid. | ||
| EL MARQUÉS DE SAN MILLÁN | Don Joaquín Arjona. | ||
| RAFAEL, su hijo | Don Victorino Tamayo. | ||
| UNA CRIADA, que no habla. | |||
Acto único
Sala decentemente amueblada; butacas, mesas, piano, etcétera. Puerta en el foro, una lateral a la izquierda y una ventana a la derecha, en primer término. Al levantarse el telón se oye ruido como de volcar un carruaje.
¡Ah! Esas voces ese ruido... (Corriendo a asomarse a la ventana.) Una silla de posta ha volcado en medio del camino. Dolores (La criada se presenta a la puerta del foro.), un coche acaba de volcar; corre y di a los pasajeros que esta quinta está a su disposición. (Vase la criada.) Tiemblo como una azogada... ¿Se habrán hecho daño? No; se dirigen hacia aquí. (Asomándose a la ventana.) Mis criados hablan con ellos..., entran, ¡oh! (Entra precipitadamente por la puerta de la izquierda.)
Escena II
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN, RAFAEL y la CRIADA.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Bien está; aguardaremos en esta sala. Diga usted a esa señora que no se moleste; añadiendo que desea darle gracias por tan generosa hospitalidad el Marqués de San Millán. (Vase la CRIADA.) Ese estúpido Julián nos ha hecho volcar cuando sólo nos faltaban tres leguas para llegar a Sevilla.
RAFAEL. -¡Qué quiere usted, papá! En España está de moda volcar en los caminos.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Tú celebrarás, sin duda, este accidente?
RAFAEL. -¿Eso dice usted cuando he estado a pique de romperme la cabeza?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Más resignado te encuentro de lo que yo esperaba.
RAFAEL.-La conformidad, cuando no hay otro remedio, es una excelente virtud. Usted se empeña en descasarme.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Tú podías haberme ahorrado ese trabajo.
RAFAEL. -¿Cómo?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -No casándote.
RAFAEL. -Pero si ya lo hice...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Sin mi consentimiento.
RAFAEL. -Usted me lo hubiera negado.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Sí, señor; sí, y mil veces sí. Venir a Sevilla con el objeto de arreglar varios asuntos de familia... Enamorarse de la noche a la mañana de una muchacha humilde y pobre... Casarse clandestinamente con ella... ¿Le parece a usted esto regular?
RAFAEL. -Pero en seguida volví a Madrid, me arrojé a los pies de usted, le pedí perdón...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Y yo no te rompí la cabeza..., no sé por qué. Pero aún es tiempo de remediarlo todo. En cuanto lleguemos a Sevilla, veremos cómo se ha verificado este matrimonio. Yo no te he dado mi consentimiento. Tú eres menor de edad, y voy creyendo que al decirme que te habías casado, te proponías alcanzar mi permiso con el objeto de casarte después.
RAFAEL. -No, papá, no. La verdad es que estoy casado ya.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Si es así, me valdré de las autoridades, del Arzobispo de Sevilla, acudiré hasta al mismo Papa, te obligaré a obedecerme, y pronto romperé con un divorcio el clandestino casamiento.
RAFAEL. -Yo espero que en cuanto usted vea a su nuera cambiará de resolución.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Nuera! No; no esperes que yo consienta en un enlace tan desigual.
RAFAEL. -Padre, el siglo en que vivimos no es, ciertamente, un siglo de vanas preocupaciones. Ya se van desmoronando aquellas insuperables barreras que separaban al grande del pequeño.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Bellas teorías!...
RAFAEL. -Ya hemos visto a muchos de los más elevados títulos de Castilla contraer matrimonio con jóvenes...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Esos tienen la culpa de que los plebeyos se nos vayan subiendo a las barbas.
RAFAEL. -Desengáñese usted; en la mujer propia no debe uno ambicionar riquezas, sino hermosura; no un título vano, sino virtud.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Qué sabes tú de eso! Todos nuestros antepasados han elegido esposas muy ilustres; algunos de ellos han casado con princesas de sangre real, y mientras yo viva no ha de decirse que un hijo mío tiene por mujer a una Carlota Pérez a secas.
RAFAEL. -Seguro estoy de que usted no hubiese dicho esta boca es mía si mi mujer se hubiera llamado doña Juana de Guzmán Castro Padilla Téllez Carvajal, princesa del Mar Rojo, duquesa del Polo Ártico y marquesa del Cabo de Finisterre, aun cuando hubiese sido vieja y fea, y puerca y mal hablada.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Insolente! ¿Te estás burlando de mí?...
RAFAEL. -Perdone usted, papá, y convenga en que tratar así a un bachiller en Leyes...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Muñeco!
RAFAEL. -Y todo, ¿por qué? Porque me he casado con una mujer bonita.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Eso no vale nada.
RAFAEL. -Discreta.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Tú qué has de decir?
RAFAEL. -Virtuosa.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Sí, sí; fíate de las apariencias.
RAFAEL. -(Acariciándole.) ¡Vamos, papá!...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Casado un muñeco de veinte años.
RAFAEL. -Dos meses y cinco días.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Aparta.
RAFAEL. -Pero...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Silencio; aquí se acerca la dueña de la quinta.
Escena III
DICHOS y CAROLINA.
CAROLINA. -Ruego a usted, señor Marqués, que me dispense si le he hecho aguardar. Lo mismo digo a este caballero.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Es linda como un sol!) Señora, nosotros somos los que debemos pedir a usted mil perdones.
CAROLINA. -Tengan ustedes la bondad de tomar asiento. ¿Se han lastimado ustedes? El vuelco ha sido horrible.
RAFAEL. -Felizmente, hemos escapado con media docena de chichones y otros tantos cardenales.
CAROLINA. -¿Quieren ustedes que se les haga un poco de tila? Se habrán ustedes asustado y...
RAFAEL. -¿Asustarnos?... Ni por pienso.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Es muy amable!) Bien haya el triste suceso que nos proporciona el gusto de conocer a usted.
RAFAEL. -(¡Qué fino está mi señor padre!)
CAROLINA. -Sólo a él debo la inmerecida honra de poder ofrecer mis respetos al señor Marqués.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Tanta bondad me confunde y...
CAROLINA. -Vamos a lo que importa. En los viajes siempre se tiene apetito: voy a mandar que nos sirvan el desayuno en esta sala. (RAFAEL se coloca una pierna sobre otra, quedando en posición poco decente; su padre le mira indignado, y RAFAEL toma otra posición afectadamente modesta.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh, no se moleste usted por nosotros!
CAROLINA. -A no ser que ustedes se desdeñen de honrar mi pobre mesa...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Levantándose para despedir a CAROLINA. RAFAEL permanece sentado.) Aceptamos con sumo placer.
CAROLINA. -Vuelvo en seguida. (Vase.)
Escena IV
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN y RAFAEL.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Qué te parece?
RAFAEL. -¿De qué?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -De nuestra huéspeda.
RAFAEL. -Que ha tenido una felicísima ocurrencia.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Cuál?
RAFAEL. -La del almuerzo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Eh! Quita allá. ¿No te ha parecido bonita?
RAFAEL. -¡Psch!...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Amable?
RAFAEL. -¡Psch!...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Ingeniosa?
RAFAEL. -¡Psch!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Eres un necio. ¡Ya se ve! Como la ninfa sevillana te ha trastornado el seso... Ya le diré yo a la... ¡Dios me perdone! Ve y ordena a Julián que se dé prisa en la compostura de la rueda y que nos avise si pasa alguna diligencia con dirección a Sevilla.
RAFAEL. -¿No sería mejor que descansáramos aquí un ratito?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Lo mejor es que no me repliques.
RAFAEL. -Punto en boca. Yo soy un muchacho muy obediente. (Vase por la puerta del foro.)
Escena V
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN; en seguida CAROLINA.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh! Yo le aseguro que ha de pagármelas todas juntas. ¡Está completamente obcecado! Negar que esta señorita es bella..., amable, ingeniosa... Vaya si lo es... Vaya si lo es... Estos jóvenes del día no entienden una palabra en materia de gustos.
CAROLINA. -(Saliendo por la puerta de la izquierda.) ¿Está usted solo?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Mi hijo acaba de bajar a ver si han compuesto ya el carruaje.
CAROLINA. -Yo que me prometía el honor de hospedar a usted un día por lo menos.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Tanto lo deseaba usted?
CAROLINA. -¡Oh, mucho!...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Es hechicera!) (En este momento sale la criada y empieza a disponer la mesa para el desayuno.)
Escena VI
DICHOS y RAFAEL.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Qué dice Julián?
RAFAEL. -Que antes de una hora podremos echar a andar. (CAROLINA se vuelve de espaldas y da varias órdenes a la criada.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Oye; vuelve y dile que no por darse demasiada prisa vayamos a tener otro percance en el camino.
RAFAEL. -Antes, que se apresurase; ahora, que tenga cachaza.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Ve, y haz lo que te digo.
RAFAEL. -Considere usted, papá, que estoy muy cansado.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Obedece.
RAFAEL. -Vamos allá.
Escena VII
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN y CAROLINA.
CAROLINA. -Cu ando ustedes gusten... ¡Ah! Su hijo de usted se ha marchado otra vez...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Sí, vuelve en seguida... ¿Vive usted siempre en esta quinta?
CAROLINA. -Casi siempre.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh, qué precioso dibujo! (Reparando en uno que habrá sobre la mesa.)
CAROLINA. -No mire usted eso. Es una copia de la vista que se descubre desde esa ventana.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Está admirablemente hecho!
RAFAEL. -(Entra dando muestras de cansancio. El MARQUÉS DE SAN MILLÁN le ase de un brazo.) Que hasta dentro de cinco o seis horas...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Imprudente.)
RAFAEL. -No había reparado...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Mira, mira qué lindo paisaje. Tú entiendes algo de esto. Dinos tu parecer.
RAFAEL. -Vale bien poco; los lejos están muy mal colocados.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Insensato! ¿Qué dices?
CAROLINA. -No le riña usted.
RAFAEL. -¡Cómo!... Quizá...
CAROLINA. -Sí, el dibujo es mío.
RAFAEL. -Señorita... Si yo hubiese sabido... Ruego a usted que me dispense...
CAROLINA. -¡Con todo mi corazón! Ea, vamos a almorzar.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Decir que es malo este dibujo! Ese muchacho ha perdido la cabeza.) (Los tres se sientan a la mesa. RAFAEL se coloca la gorra sobre un muslo, cáesele al suelo; repítese el mismo juego, y RAFAEL se la pone en la cabeza. Su padre, indignado, se la quita y la tira.) Gracias. (A CAROLINA, que le alarga un plato.)
RAFAEL. -La vida del campo debe ser muy monótona. ¿No es verdad, señorita?
CAROLINA. -Yo me considero muy feliz lejos del bullicio de las grandes ciudades.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Qué candor!) Este beefsteack está excelentemente condimentado.
RAFAEL. -(Después de probar una.) Lástima que las patatas estén poco fritas.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Nada le parece bien.) Pero tan linda criatura no debía vivir oscurecida en medio de los campos.
CAROLINA. -¡Lisonja cortesana! Y ¿qué haría yo en ese mundo, huérfana y desvalida?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Es usted huérfana?
CAROLINA. -En la toma de Morella perdí a mi padre, militar valiente y pundonoroso, y mi madre murió de pesar.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Pobrecilla!)
CAROLINA. -Desde entonces vivo a expensas de una tía que me ama tiernamente; ayer justamente salió para Sevilla. Todos sus bienes consisten en esta quinta y las tierras que la rodean, lo que le produce una renta de siete a ocho mil reales, y con esto nos basta para vivir.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Es usted un ángel!
RAFAEL. -Ese queso, ¿es de Gruyère?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Sí; toma. (¡Uf, qué glotón!) (Dándoselo.)
CAROLINA. -Algunas veces voy yo también a Sevilla...: y ojalá no hubiese ido nunca.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Por qué?
CAROLINA. -Hace un año que un joven se enamoró de mí. Así me lo juró, por lo menos.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Nada más natural. (RAFAEL tira a su padre del faldón de la levita.)
RAFAEL. -Ciertamente; papá tiene razón. Nada más natural. ¿Y, sin duda, quiso casarse con usted?
CAROLINA. -Sí; pero su padre, ilustre y opulento señor, se opuso tenazmente a nuestro enlace, y le obligó a partir para lejanos países, anteponiendo su interés a nuestro puro y vehemente amor, y yo quedé abandonada en el mundo para siempre.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Qué iniquidad! ¡Padre tirano! ¡Padre cruel!
RAFAEL. -¡Padre injusto y desnaturalizado!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Oh!) Quiero decir... padre..., padre..., porque, al fin, un padre...
RAFAEL. -Claro está; no debe violentar las legítimas inclinaciones de su hijo. ¿No es verdad? Diga usted que sí, papá.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Descarado!...)
CAROLINA. -La voluntad de un padre es siempre sagrada.
RAFAEL. -No digo yo lo contrario. Justamente por eso me someto a ir a Sevilla, donde...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Calla.)
CAROLINA. -¿Qué?
RAFAEL. -Donde estuve hace algún tiempo y vi una joven encantadora.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -No le haga usted caso.
RAFAEL. -Con la cual me casé en secreto.
CAROLINA. -¡Hola!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Rafael!)
RAFAEL. -Y mi padre, movido sin duda por las más piadosas intenciones...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Silencio!)
CAROLINA. -Continúe usted.
RAFAEL. -Me lleva a Sevilla para divorciarme.
CAROLINA. -¿Será posible?...
RAFAEL. -Él mismo puede repetírselo a usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Levantándose.) Con permiso de usted, señorita; tengo que decir dos palabras a mi señor hijo.
CAROLINA. -Está usted en su casa.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Llevándose a un lado a RAFAEL.) Corre y di a Julián que despache pronto, porque de lo contrario le haré moler los huesos a palos. Que quiero marchar antes de cinco minutos...; y tú..., tú ya verás.
RAFAEL. -¿He dicho algo que no sea la pura verdad?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Tunante! Corre. Quítate de mi vista, y no lo olvides; quiero marchar dentro de cinco minutos.
Escena VIII
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN y CAROLINA.
CAROLINA. -¿Es verdad lo que acaba de decir el señor don...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Rafael.
CAROLINA. -¿Es verdad?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Señorita, hasta cierto punto...
CAROLINA. -Dispénseme usted si me atrevo a intervenir... Pero las vivas simpatías que me ha inspirado usted...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Vivas simpatías!... ) Gracias.
CAROLINA. -Me mueven a dar a usted un consejo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Crea usted, señora, que las que yo he sentido hacia usted...
CAROLINA. -Gracias. Y si bien no parece natural que una joven inexperta aconseje a un caballero tan sensato como usted parece serlo...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Señorita...
CAROLINA. -No vacilaré en decirle, aun a riesgo de equivocarme...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Una persona tan entendida como usted se equivoca difícilmente.
CAROLINA. -Gracias. Que contrariar tan abiertamente las inclinaciones de la juventud no es siempre provechoso.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Hay un adagio francés que dice: un jeune curé fait les meilleurs sermons, lo que en castellano quiere decir...
CAROLINA. -Sí; que un cura joven es el que mejor predica.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Sabe usted francés?
CAROLINA. -Un poco.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Vous est la femme la plus joli du monde.
CAROLINA. -Et vous l'homme le plus poli de la terre.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Admirable! ¡Qué acento! ¿Ha estado usted en París?
CAROLINA. -¡Oh! No, señor.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Y tiene usted deseos de ir por allá?
CAROLINA. -Vivísimos deseos... Pero ya he renunciado a la esperanza de verlos realizados.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Por qué?
CAROLINA. -La escasez de mis recursos...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Tal vez cuando usted se case...
CAROLINA. -¿Casarme?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Justamente.
CAROLINA. -¿Y quién ha de querer casarse conmigo?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Cualquiera que tenga ojos en la cara para ver los de usted.
CAROLINA. -Demasiado influjo atribuye usted a mis pobres ojos.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Es que tiene usted por ojos ¡dos estrellas, dos luceros, dos soles!
CAROLINA. -Muy astronómico está usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Y usted..., usted... (Pero, señor, ¿qué estoy yo haciendo? ¿He perdido la cabeza?) (Se levanta.)
CAROLINA. -¿Por qué se levanta usted?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Porque..., porque hace mucho calor. (Haciéndose aire con el pañuelo.)
CAROLINA. -Es natural..., en agosto...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Efectivamente... (¡Hierve la sangre!)
CAROLINA. -Con que decíamos...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Que es usted hechicera! ¡Divina! (Acercando su silla a la de CAROLINA y sentándose.)
CAROLINA.- Supongamos que lo soy.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Nada de suposiciones. Sentémoslo como hecho probado.
CAROLINA. -En hora buena. Quede sentado que soy bonita.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Eso no tiene réplica. ¡Ah! ¿Su gracia de usted?
CAROLINA. -Carolina.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Precioso nombre!
CAROLINA. -¿Cree usted que me será fácil hallar un marido, careciendo de un nombre ilustre y de bienes de fortuna? Supongamos..., y esto sí que es una suposición, que su hijo de usted se enamora de mí.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Qué?
CAROLINA. -Y quiere casarse conmigo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Cómo?
CAROLINA. -¿Consentiría usted en este enlace?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Señora..., yo...
CAROLINA. -Segura estoy de que no, cuando el matrimonio que ha contraído...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Ha sido sin mi consentimiento.
CAROLINA. -¿Se lo hubiera usted dado?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Nunca.
CAROLINA. -¿Lo ve usted?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Señora..., yo...
CAROLINA. -¿Y usted mismo no habrá sentido en la juventud esos arrebatos de la pasión que enloquecen?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh! Eso sí; mi corazón...
CAROLINA. -Y me atrevería a apostar que ha sido usted más calavera que su hijo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Con sonrisa de satisfacción.) ¿De veras?
CAROLINA. -Se le conoce a usted en la cara.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Cree usted?...
CAROLINA. -Y todavía debe ser usted algo aficionado al bello sexo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -No le falta a usted perspicacia, porque la verdad es que... (Mirándola con el lente.)
CAROLINA. -Y supongo que esos finos modales.... esa elegante figura...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Señorita...
CAROLINA. -No hay duda; usted es afortunado en amores.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Yo... ¡Ah! (CAROLINA deja caer el pañuelo. El MARQUÉS DE SAN MILLÁN lo recoge y se le entrega, asiéndole la mano.)
CAROLINA. -Gracias.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Conque usted supone que yo puedo ser amado todavía?
CAROLINA. -Claro está.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Por una joven... bella, entendida...
CAROLINA. -¿Por qué no?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Ah! Carolina... (Agitando la mano de CAROLINA, que aún conserva entre las suyas.)
CAROLINA. -(Reparando en que el MARQUÉS DE SAN MILLÁN le tiene cogida la mano.) ¿Qué hace usted?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Perdone usted; estaba distraído. (El MARQUES suelta la mano de CAROLINA.)
Escena IX
DICHOS y RAFAEL.
RAFAEL. -Ya están enganchadas las mulas.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(El diablo cargue contigo y con ellas.)
RAFAEL. -Con que, ¿vamos?
CAROLINA. -¿Tanta prisa tiene usted?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Mirándola con el lente.) (Está visto: no quiere que me vaya.) (A RAFAEL, llevándosele aparte.) (Estoy hablando con esta señorita de cosas muy importantes. Asómate a esa ventana y di a Julián que aguarde un poquito.)
RAFAEL. -(Pero, padre, esto parece cosa de burla.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Siempre has de replicar!
RAFAEL. -Sea todo por Dios. (Asomándose a la ventana.) ¡Eh! Julián, que aguarde usted otro poquito. (RAFAEL se acerca al MARQUÉS DE SAN MILLÁN y CAROLINA como para tomar parte en la conversación.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Siéntate allí, en aquella butaca, y no nos interrumpas.
RAFAEL. -¡Mejor! ¡Estoy rendido, tengo un sueño! (RAFAEL se arrellana en una butaca que habrá cerca del foro, al lado opuesto que ocupan las sillas de CAROLINA y el MARQUÉS DE SAN MILLÁN.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Si yo me atreviera a indicarle.) Aún permaneceré a su lado de usted breves momentos. (Sentándose otra vez al lado de CAROLINA y aproximando su silla a medida que habla.)
CAROLINA. -Lo celebro.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Si?
CAROLINA. -Sí. (Pausa. CAROLINA le mira con coquetería.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Después de mirar a su hijo y en voz baja.) Señorita...
CAROLINA. -¿Eh?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Después de una pausa.) ¡Si viera usted qué malos están los caminos!
CAROLINA. -Sí, muy malos.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Después de mirar a su hijo.) Señorita...
CAROLINA. -¿Eh?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Después de una pausa.) ¿Le gusta a usted la ópera?
CAROLINA. -Mucho. (RAFAEL ronca.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Qué es eso?
CAROLINA. -Su hijo de usted que se ha dormido.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Ah! Dispense usted. (Yendo adonde está RAFAEL y sacudiéndole con violencia.) ¡Despierta, despierta!
RAFAEL. -Qué..., ¿que ya están enganchadas las mulas?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Eh! Te has dormido como un patán.
RAFAEL. -Sí, como se duerme todo el mundo.
CAROLINA. -¡Estará muy cansado!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Desde que contrajo ese fatal casamiento, le desconozco.
CAROLINA. -Mi lema es cortesía y franqueza.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Franqueza!... Señorita. (Volviendo a sentarse al lado de CAROLINA.)
CAROLINA. -¿Eh? (RAFAEL desaparece por la puerta del foro.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -A pesar mío siento que... (Se ha ido... Me alegro.)
CAROLINA. -Adelante.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Valor! Quién sabe qué clase de mujer será ésta. Quizá mis riquezas...)
CAROLINA. -Está usted pensativo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Bajando progresivamente la voz y acercándose a ella.) Deseo decirle a usted una cosa.
CAROLINA. -¿Qué cosa es ésa?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Una cosa que... Sentiría ofender a usted.
CAROLINA. -¡Ofenderme!... De ningún modo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Más bajo. Es un secreto.
CAROLINA. -¡Me pone usted en cuidado! Hable usted...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Pu diera usted enojarse conmigo. (RAFAEL vuelve a entrar sin ser visto de los otros dos personajes, y se sienta al piano.)
CAROLINA. -(Acercando la silla.) Esté usted seguro de que no. ¿Lo entiende usted?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Ella me anima. ¡No hay duda! ¿Qué vacilo?) ¡Pues bien!... Hay momentos en la vida... (RAFAEL en este momento empieza a tocar el coro de los locos de «Jugar con fuego», o bien el aria coreada de los tambores del «Valle de Andorra».) ¡Condenado!
CAROLINA. -¡Déjele usted!
RAFAEL. -¿Es usted aficionada a la música?
CAROLINA. -Creo haberle dicho a usted que sí.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Canta usted?
CAROLINA. -Un poco.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡También canta!) Si fuese usted tan bondadosa que nos quisiera dispensar el favor...
CAROLINA. -Por complacer a usted...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Mi hijo la acompañará a usted.
RAFAEL. -Con mucho gusto. (CAROLINA coloca el papel de música sobre el piano y empieza a cantar, acompañada de RAFAEL.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh! ¡Qué voz tan angelical!
CAROLINA. -(Deteniéndose.) Creo que se ha equivocado usted.
RAFAEL. -Perdone usted, señorita. Usted es quien se ha equivocado.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Este chico ha perdido el juicio.)
CAROLINA. -Puede ser... Pero juraría que ha sido usted el que...
RAFAEL. -Si le parece a usted que lo hago mal, no lo haré, y está todo remediado. (Levantándose bruscamente.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Jesús! ¡Qué grosería! No; tú no eres mi hijo. Reniego de ti... Vete; vete, y di a Julián que bajo en seguida.
RAFAEL. -(¡Bien va!) (Vase.)
Escena X
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN y CAROLINA.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Estoy abochornado!
CAROLINA. -No se acalore usted, y sepamos qué es lo que me quería usted decir antes con tanto misterio.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Ah! Lo de antes. (Parece que no lo ha olvidado. ¿Si estaré haciendo un papel ridículo...? Pues, señor..., clarito.)
CAROLINA. -¿Vuelve usted a quedarse pensativo?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Ya se lo he dicho a usted, no quisiera alarmarla...
CAROLINA. -¿Me amenaza algún peligro?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Peligro!...
CAROLINA. -¿Debo temer algo?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Temer!... No; no hay que temer.
CAROLINA. -Hable usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Pues bien. El secreto es que yo me he enamorado de usted.
CAROLINA. -(Riendo.) ¿De veras?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Se alegra usted?
CAROLINA. -No es cosa de enojarse.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¿No lo dije?) (En tono de broma.) ¿Quiere usted venirse conmigo a Sevilla?
CAROLINA. -¿Para asistir a la fiesta que ha de solemnizar el casamiento de su hijo de usted? Con mucho gusto.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Hola! ¡Bromea!) Después la acompañaré a usted a Madrid.
CAROLINA. -¡Ja, ja, ja!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¿Parece que no le disgusta!) Allí tendrá usted vestidos, joyas, coche y un palco en el teatro Real.
CAROLINA. -¡Usted acompañarme a Madrid! Joyas, coche... Para esto se necesita dinero, mucho dinero, y yo no tengo ninguno.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Lo tengo yo.
CAROLINA. -¿Y acaso es usted mi marido, mi hermano, mi padre?...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Y ya que tanto desea usted ir a París, yo la llevaré allá, y también a Italia y a Londres... En fin, adonde usted quiera.
CAROLINA. -Pero ¿es usted mi marido, mi padre...?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Soy un amigo de usted..., un buen amigo.
CAROLINA. -¿Y con qué podría yo pagar...?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Con qué? Con un poco de amor nada más.
CAROLINA. -¡Ja, ja, ja! ¡Ahora recuerdo!... Ha dicho usted a su hijo que bajaba en seguida, y le estarán esperando. Le deseo a usted un feliz viaje.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Ah!...
CAROLINA. -(Cambiando de tono.) Beso a usted la mano, caballero. (Vase.)
Escena XI
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN.
¡Con qué delicadeza me ha despedido! ¡Estoy admirado! ¡Qué dignidad! ¡Qué noble orgullo! O, por mejor decir, ¡qué idiotez!, ¡qué necedad! ¡Rehusar un partido como el que yo la he propuesto!... ¡Cuántas..., cuántas quisieran!... Y bien mirado, mi hijo tiene razón. Su belleza es la belleza del diablo; su amabilidad, coquetería; su talento, un barniz superficial. ¿Y se ha de haber burlado de mí impunemente?... No diría que no si la ofreciese mano de esposo. ¡Qué más quisiera ella!... Y bien mirado, yo voy siendo viejo...; mi hijo es un libertino... Necesito una amiga, una compañera... ¡Bueno estaría que yo...! ¡Qué diantre, la verdad es que estoy enamorado como un animal!; que esa infame mujer me ha trastornado el juicio... ¿Y por qué me he de violentar, privándome...? ¡Un enlace tan desigual! ¡Bah! Perdería en pergaminos, pero ganaría en modestia, en sumisión. No, no, ni por pienso... ¡Qué diría mi hijo!... ¿Y qué me importa a mí lo que pudiera decir ese muñeco? ¿Y el mundo?... ¡Váyase noramala (1)!... Una joven tan linda..., tan... Fuera escrúpulos. Me caso, me caso.
Escena XII
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN y RAFAEL.
RAFAEL. -Media hora me ha tenido usted esperándole con el pie en el estribo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Escucha. (¡Animo!)
RAFAEL. -¿Qué hay de nuevo?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Que me caso.
RAFAEL. -¿Usted?...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Yo.
RAFAEL. -¡Ave María!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Como lo oyes.
RAFAEL. -¿Con quién?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Con nuestra huéspeda.
RAFAEL. -¿Y su pobreza?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Me basta con lo que tengo.
RAFAEL. -¿Y la diferencia de clase?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Con la mía sobra para los dos.
RAFAEL. -¿Pues no decía usted antes...?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Y aquel rostro angelical?...
RAFAEL. -Eso no vale nada.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Y aquella discreción?
RAFAEL. -¡Qué ha de decir usted!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Y su virtud?
RAFAEL. -Sí, fíese usted de las apariencias.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Eh! Basta.
RAFAEL. -Pero eso quiere decir que mi matrimonio queda aprobado.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Nada de eso.
RAFAEL. -¿Pues no elige usted por mujer a una joven que se halla en las mismas circunstancias que la mía?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Y aun suponiendo que así fuese, que no lo es, tú has despreciado mi autoridad, y esto no ha de quedar así.
RAFAEL. -Pues, la ley del embudo.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Tu mujer será una mujer ordinaria, en tanto que ésta...
RAFAEL. -¡Ya quisiera parecérsele!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Una señorita que dibuja!
RAFAEL. -La mía pinta.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Que canta como un ruiseñor.
RAFAEL. -La mía como un ángel.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Que toca.
RAFAEL. -La mía toca también.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Pues lo dicho; aunque toque, no te saldrás con la tuya.
RAFAEL. -Es que si usted no aprueba mi matrimonio, yo me opondré al de usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Cómo se entiende?
RAFAEL. -Lo dicho.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Deslenguado!
RAFAEL. -Y gritaré, y rabiaré, y patearé.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. - ¡Silencio!
RAFAEL. -No quiero faltar a usted al respeto, pero es una iniquidad.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Ella viene.
RAFAEL. -Me alegro.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Qué vas a hacer?
RAFAEL. -Ahora lo verá usted.
Escena XIII
DICHOS y CAROLINA.
CAROLINA. -¡Qué voces!... ¡Ah! ¿Están ustedes aquí todavía? Me retiro.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Ah! Deponga usted ese justo enojo.
RAFAEL. -Señorita.
CAROLINA. -Caballero.
RAFAEL. -Mi padre quiere casarse con usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Señora, yo le diré a usted.
RAFAEL. -Con usted, que es pobre, de condición humilde.
CAROLINA. -¡Caballero!
RAFAEL. -¿Hay justicia para que aún desapruebe mi casamiento?
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(¡Voy a hacer un disparate!)
RAFAEL. -Réstame añadir que mi mujer vale, por lo menos, tanto como usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Perdón, señora, y mil veces perdón. No haga usted caso de ese hijo infame, que abandono desde este momento. Es cierto que deseo llamarme esposo de usted, y si usted me concede su mano, me consideraré el más feliz de los hombres.
CAROLINA. -Caballero, por mucho que me envanezca esta proposición...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh! Ameme usted. (Arrodillándose.) Se lo pido de rodillas.
CAROLINA. -Sólo con una condición podría amarle.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Cuál?
CAROLINA. -La de que perdone usted a su hijo y apruebe su enlace.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Qué me pide usted?
CAROLINA. -Si tanto desea usted mi amor...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Oh! ¡Sí, con toda mi alma! ¡Estoy fascinado, loco!
CAROLINA. -Pues bien...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Usted lo quiere? Le perdono.
RAFAEL. -(¡Oh!)
CAROLINA. -(¡Oh!) Y yo le amaré a usted toda la vida...
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Levantándose lleno de júbilo y queriendo abrazar a CAROLINA.) ¡Ah! Carolina.
CAROLINA. -(Cayendo a sus pies.) Como a un padre.
RAFAEL. -(Arrodillándose también.) Y usted la amará como a una hija.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -(Se queda estupefacto.) ¿Eh? ¿Qué significa esto?
RAFAEL. -Esto significa que, seguro yo de que Carolina había de parecerle a usted mal sabiendo que era mi mujer, y bien si no lo sabía, he querido hacer ver a usted que es digna de ser amada, y que los extravíos de la juventud merecen perdón cuando tienen tanta disculpa como el mío.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Pero esto es una trama infernal.
RAFAEL. -No; es un inocente complot, tramado por mí sólo con intención meritoria. He querido evitar un escándalo, evitarle a usted el remordimiento de haberme hecho infeliz.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Y tan seguro estabas?...
RAFAEL. -Confiaba en el buen gusto de usted.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Con que el vuelco?...
RAFAEL. -Estaba convenido de antemano.
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¿Y todo cuanto aquí ha sucedido?...
RAFAEL. -Dame la carta que te escribí desde Madrid. (CAROLINA se la da.) Lea usted. (El MARQUÉS DE SAN MILLÁN recorre la carta con la vista.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Bien; he prometido aprobar vuestra unión, pero adiós para siempre. (Alejándose.)
RAFAEL. -¡Padre!
CAROLINA. -¡Señor!
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -¡Eh! ¿Por qué no me he de confesar vencido?... (Volviendo.) ¿Por qué no he de confesar que soy un badulaque? ¿Que es usted una perla? Lo confieso, lo confieso y vengan los brazos.
CAROLINA. -¡Oh! (CAROLINA y RAFAEL abrazan al MARQUÉS DE SAN MILLÁN.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Ahora vosotros.
CAROLINA. -¡Qué dicha!
RAFAEL. -¡Carlota! (Se abrazan.)
MARQUÉS DE SAN MILLÁN. -Pues, señor, huyendo del perejil... Resignémonos a ser abuelo.
| CAROLINA. - | Esperad: tengo que hacer | |
| una recomendación. | ||
| RAFAEL.- | ¿De quién es la pretensión? | |
| MARQUÉS DE SAN MILLÁN. - | Hombre, ¿de quién ha de ser? | |
| CAROLINA. - | Y temo... | |
| MARQUÉS DE SAN MILLÁN.- | No hay que temer. | |
| CAROLINA. - | Dudo... | |
| MARQUÉS DE SAN MILLÁN.- | Recelo pueril. | |
| Mediadora tan gentil | ||
| será su mejor escudo. | ||
| CAROLINA. - | ¡Ay, señores, temo y dudo, | |
| si huyendo del perejil...! |
FIN